miércoles, 30 de diciembre de 2015

Fin de año

El tiempo resbala por nuestras vidas con una fluidez tan suave que su paso se nos hace imperceptible, y cuando nos da por sentarnos de vez en cuando a echar cuentas, nos encontramos invariablemente con una sorpresa. Otro cumpleaños que nos llega con un número redondo, un primer achaque desconocido, aquel bebé que ya está en la universidad, aquellas sonrisas aniñadas y felices en cualquier fotografía y cosas así suelen ser las llamadas de atención que nos hacen detenernos a establecer referencias, que terminan siempre con un suspiro de resignación. Pero si cada año nos sorprendemos de que haya pasado un año. Cómo entre mis dedos te deslizas, tiempo, que te vas sin miramiento.
Esta casa errante en la que estamos embarcados acaba de dar una vuelta más alrededor del sol, y nosotros lo celebraremos mañana como si eso fuese algo más que un simple hecho de la mecánica celeste. El caso es que se trata de algo que ya ha sucedido unos 4.300 millones de veces, según los que saben de esto; es decir, que si la rutina quita brillo a los acontecimientos, la Tierra no va a descorchar ninguna botella ni a adornarse con luces para celebrar que ha pasado otra vez por el mismo sitio. El hombre es un producto hecho a la medida del año, y no al revés, como a veces pensamos con pretenciosidad. Si en vez de ser hijos de la Tierra lo fuéramos de Mercurio, cumpliríamos años cada 88 días; y si viviéramos en Plutón, oiríamos las campanadas cada 248 años terrestres, es decir, nunca, y tendríamos que inventar otra unidad de tiempo basándonos en quién sabe qué. O sea, que estamos en la velocidad y el espacio justos. Pero qué nos importa eso, si nuestra verdadera medida es la de las ilusiones que podamos hacernos cada día, y esas nunca van a necesitar una excesiva magnitud de tiempo.
El año que se muere nos ha traído de todo, como siempre. Un año da para mucho; al fin y al cabo es una página añadida al gran libro de la historia, ese que después casi nunca tenemos tiempo de hojear. Este 2015 volvió a acoger terribles episodios de una guerra inédita en sus formas, en la que nuestra civilización se las ha de ver con un enemigo que está empeñado en destruirla, que ha eliminado cualquier barrera moral, que rinde culto a la crueldad y al sufrimiento ajeno y que no considera un bien ni su propia vida, mucho menos las obras humanas nacidas de un impulso espiritual; este año quedará marcado en la Historia del Arte por la pérdida de Palmira.
Aquí, en España ha sido un tiempo electoral en toda su extensión y también nos ha dejado novedades: el episodio final, al menos por algún tiempo, del virulento ataque con que los nacionalistas de la barretina se proponen nada menos que deshacer España, y la aparición de un partido antisistema, de gestación televisiva, que ha venido a traer bastantes más problemas que soluciones. Luego está el plano personal, ese que solo es nuestro: las ilusiones satisfechas, los propósitos incumplidos, los anhelos frustrados, las esperanzas mantenidas, las penas y las alegrías. Cualquier balance ofrece todas las posibilidades que queramos; la única realidad plenamente cumplida es que somos un poco más viejos.

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Feliz Navidad

Feliz Navidad a los que ven en ella el reflejo contrario de su pensamiento y tratan de denigrarla y confinarla a los aposentos donde guardamos nuestros recuerdos infantiles. A quienes la tradición les parece una espina que hiere su razón y a los que la miran con la condescendencia del gran magnánimo; a los que les gustaría llevarnos a su racionalidad quitándonos las bellas historias, mucho más si están ligadas al aspecto espiritual de nuestra cultura, y a los que la desprecian porque creen que la ternura y la ilusión no son valores que puedan cotizarse en la modernidad que pretenden. A esa alcaldesa que quiere quitarle su nombre para ponerle el de un fenómeno astronómico y a esos otros que adornaron su ciudad con iluminación navideña sin motivos navideños. Pues a esos también Feliz Navidad.
Feliz Navidad a quienes acaban de entrar en el templo del poder, cada uno a cuestas con sus propósitos y ambiciones. A los que van armados con la honradez y el único afán de servir a los ciudadanos y a los que solo les mueve la oculta intención de medrar y hacer carrera a costa de sus votantes. A todos los que ahora se encuentran deliberando cómo decidir la forma de gobernarnos. Que algún aire nacido en alguna estrella les inspire, que aquí estamos dependiendo de su acierto.
Feliz Navidad a esas gentes que huyen de su tierra porque una fuerza maligna trata de dejarlas sin esperanzas y sin vida, a los que se la juegan en el intento y a los que se agolpan en largas filas confiando en la generosidad de algún país más rico y cargando con sus añoranzas y quizá también con su odio reprimido y sus lágrimas por la casa destruida y por el país que fue y ya no es. Incluso a los asesinos del cuchillo y la bomba, que nada saben del valor de la vida humana. Aunque les ofenda, Feliz Navidad.
Feliz Navidad a esa señora que me encuentro cada mañana sentada a la puerta del supermercado, con su cara de pena y con un cartel de desgracias idéntico al de su compañera de la otra calle, y a la que alguien convenció de que dejara su Rumanía natal porque era preferible vivir aquí tirada en una acera que allí de pie. A los que dedican en silencio buena parte de su tiempo y de su vida a los demás; a las gentes sencillas que cumplen calladamente con su deber a diario sin darse cuenta de que ellas son los verdaderamente importantes; a la cajera que me atiende con una sonrisa sin dejar traslucir su cansancio después de estar todo el día de pie y al vecino que me saluda cada día y me habla del tiempo.
Feliz Navidad a quienes la esperan con ilusión para volver casa con el ánimo de revivir entrañables recuerdos de infancia; a los que la burra que va a Belén bien puede ser un himno de algún momento ya lejano y ahora solo explicable desde lo inexplicable; a ese niño que se sienta nervioso a escribir la carta más hermosa del mundo, esa que empieza por "Queridos Reyes Magos", y luego una lista inacabable. A ti, que me has leído, y a mí, que en eso de tener buenos deseos para uno mismo se demuestra también ser un hombre de buena voluntad.

jueves, 17 de diciembre de 2015

Mi nuevo libro

Quiero anunciaros la aparición de mi última novela. Aquí está, recién salida y cargada de ilusión:

El entierro de Lucas


El día que llevaron a enterrar a Lucas del Toro comenzó su verdadera pesadilla. Porque Lucas no había muerto. Estaba bien vivo, pero cómo demostrarlo cuando a uno le han borrado de todos los registros. La vida plácida y sin sobresaltos de Lucas se convirtió en un angustioso círculo sin salida posible entre la indiferencia de sus vecinos, algunos de ellos -el cura, el psicólogo, el juez, el enterrador, el director de banco-, se definen a sí mismos por su actuación. Sólo una chica, otra perdedora solitaria como él, le ofrece comprensión y ayuda, hasta ejercer un papel decisivo en el desenlace final.         
Novela de humor y ternura, que lleva al lector desde la carcajada hasta la emoción más intensa. Una original historia que quiere ser una reflexión desenfadada y amable sobre nuestra existencia.

(KRK Ediciones, Oviedo, 2015)


     

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Una campaña novedosa

Las campañas electorales son el gran ritual previo a la celebración que simboliza lo que ahora mismo entendemos por democracia. Una larga liturgia hecha de palabras y escenarios estudiados, de apariencias y de empeños por ofrecernos ilusiones que nos parezcan creíbles. Los ofertantes las van exponiendo a un ritmo bien medido, dosificándolas en función de las que hagan los rivales. Si es un vendedor ya avezado, sabrá dónde debe detenerse, aunque no sea más que para no ofender la capacidad de raciocinio de los adquirentes. Si no lo es, ofrecerá sus promesas vestidas de proyectos vagamente realizables, sin explicar que jamás podrán pasar de ahí. Si los oyentes tienen ya una experiencia bien curtida, sabrán distinguir entre ambos sólo con oírlos saludar, y dejará en su sitio a los vendedores de humo. Lo malo es que, en la realidad, no existen líneas definitorias tan claras. Ni aun los ofertantes más serios pueden prescindir de una cierta dosis de demagogia, ni los más fantasiosos carecen de una mínima cantidad de realismo. De ahí la dificultad de discernir entre ambos, y de ahí el hecho de que, muchas veces, la elección termine haciéndose en virtud de motivaciones más próximas al sentimiento o a la imagen que a la razón.
Todas las campañas tienden a parecerse entre sí porque los caminos para convencer no son infinitos y no hay más remedio que transitar siempre por los mismos. Sin embargo, en esta pueden apreciarse algunas novedades. Por ejemplo, la relevancia que se da desde los medios a partidos que no tienen más presencia real que la que figura en las encuestas. En todas las campañas anteriores los debates y espacios televisivos tenían como protagonistas a los partidos con representación parlamentaria. Ahora no. Ahora no se hace ni caso de la mayoría de partidos del Congreso y se centran los focos en las dos nuevas estrellas de los platós, especialmente en una que es un producto político casi exclusivo de una de las cadenas. Otra característica es la exaltación total de lo que se ha llamado efebocracia. La experiencia es un lastre, la juventud un valor en sí misma. Que nada repose; que gobiernen políticos que con poco más de cuarenta años ya serán expresidentes. También es novedoso el estilo bronco y áspero del jefe de la oposición, que trata de cubrir sus carencias argumentales con ofensivos ataques ad hominem. E igualmente el aspecto externo de algún candidato, con su empeño en salirse de la corrección formal de los políticos de nuestro ámbito, en lo que se asemeja mucho a una de esas rebeldías de adolescente sin motivo ni razón. En lo que no hay mucha variación es en la ignorancia de que muchos hacen gala. A uno debió de sonarle el nombre de Kant y le atribuyó la Ética de la razón pura"; fue el mismo que argumentó citando un referéndum de autodeterminación en Andalucía. Y eso que es politólogo.
Decía Borges, con su afición a fabricar definiciones contra corriente, que la democracia es una superstición muy difundida. El día en que las campañas electorales dejen de ser subastas vocingleras para convertirse en reflexión personal sobre la base de unos mensajes ofrecidos con medida discreción, le habremos quitado otro poco de razón a esta definición.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

El comercio y sus nombres

Alguna vez me he referido ya a este tema, pero creo que no está mal volver a él. Ya sé que estas cosas de nuestro comercio hay que tratarlas con suavidad de terciopelo, porque no está para muchos zarandeos, y más aún el pequeño, así que nadie vea indicio alguno de acidez y sí de amable observación. En esto de la actividad comercial siempre se termina hablando de las mismas cosas, o sea de lo que atañe a las arcas, es decir de la esencia misma del asunto. Pero como uno de esta cuestión no sabe mucho, no va a poner ni una palabra sobre ello. Y eso que sospecha que algo sí se podría decir; por ejemplo, de algunos modos de atender al cliente.
No, esto no va a tratar sobre lo fundamental, sino sobre lo accesorio, aunque a ver quién conoce qué es accesorio y qué fundamental en estos tiempos de relativización que vivimos. El caso es que nada tiene de accesorio, más bien al contrario, que una sociedad tenga en tan poco sus propios valores y que haga alarde de la imitación de lo extraño, convirtiendo en sinónimos los conceptos de extranjero y superior. Qué razones la impulsan a ello parece cuestión ardua de desentrañar, materia a debatir por expertos que sepan más que los comunes mortales sobre el funcionamiento de los complejos del hombre y de su proyección externa. No sé qué extraña seducción ejercen sobre algunos de nuestros comerciantes los nombres ajenos, y cuanto más ajenos mejor. Tal parece que la primera condición que se imponen a sí mismos a la hora de buscar un nombre para su negocio es que no pertenezca a nuestro idioma, líbrenos Dios. Y al margen de toda consideración psicológica queda el hecho de que la imagen gráfica de nuestra ciudad se ha convertido con ello en algo tan anodino e impersonal, que al andar por sus calles comerciales se tiene la sensación de estar ante una copia repetida en todas partes, un modelo internacional basado en la eliminación de las raíces propias y en aras no sé muy bien de qué, tal vez del simple esnobismo.
Va uno por cualquiera de nuestras calles comerciales y se encuentra, por ejemplo con una tienda de ropa que anuncia su nueva colección como “New winter collection”, otra de artículos deportivos rotulada como “Running shop”, o una cervecería convertida en “birrateria”, con lo que se va pensando que el que puso ese rótulo no sólo desprecia el español sino también el italiano. En muchos escaparates se felicita la Navidad con el “Merry christmas”. Alguien anuncia no sé qué de “nails”, que resulta que son las uñas, y hasta nuestra Caja de Ahorros de siempre es ahora un “bank”. A algunos les da por añadir a su nombre un apóstrofo y una S para convertirlo en genitivo sajón, lo que seguramente les parecerá el colmo de la distinción, aunque puede que otros lo vean como una forma elevada de memez. Y así, entre rótulos de outlet, low cost, house, center, sport, look, home, play gallery y una infinidad más, uno anda por su ciudad pensando qué extraña epidemia de papanatismo les habrá afectado a nuestros comerciantes para renunciar a su identidad y entregarse a un absurdo colonialismo. Como si con eso fueran a vender más. A lo mejor es que tienen muchos clientes angloparlantes.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

El cambio climático

Salió de casa con su pancarta contra el cambio climático recién pintada, enrollada con cuidado para que no se arrugase y llegase bien curiosa a la hora de la manifestación. Aún quedaba más de una hora para el comienzo. La tarde era fresca y soleada, tarde de placidez otoñal y niños en el parque. Se sentó en un banco a dejar pasar el tiempo mientras llegaba la hora, aunque ya veía a algún que otro grupo caminar con sus distintivos hacia el lugar de concentración. En el banco que estaba a sus espaldas, un abuelo y su nieto conversaban y, sin querer, se encontró prestándoles atención. Algo había preguntado el niño sobre el motivo de la manifestación y el hombre le estaba respondiendo con voz reposada y el tono de quien más bien parece hablarse a sí mismo:
-El cambio climático es una realidad, nadie lo duda porque es fácilmente comprobable. Se dice que la temperatura global ha aumentado un poco en el último siglo y que la tendencia es a seguir subiendo. Pero otra cosa es que nosotros tengamos que ver con eso. Algunos lo dudamos. En los cuatro mil millones de años de existencia que tiene la Tierra ha vivido en un continuo cambio climático. A un período glacial intenso sucedía otro de calentamiento, y ahora estamos en uno de esos períodos tras la última glaciación, la würmiense. Es de suponer que quienes vieron cómo se derretían los hielos delante de su cueva hace diez mil años, cuando terminó, también pudieron pensar en un cambio climático, aunque no tendrían a qué echarle la culpa, pero se adaptaron sin problemas y aquí estamos nosotros. Vivimos en un período interglacial, y por tanto de calentamiento. Decir que somos nosotros los causantes es atribuirnos un poder que seguramente no tenemos. Nos creemos más de lo que somos. ¿Los humos y gases contaminantes? Hay teorías que afirman que nuestro planeta tiene capacidad para regenerarse a sí mismo y que sus propias emisiones forman parte de ese proceso; desde luego, la actividad volcánica a lo largo de tantos millones de años lanzó y lanza más gases a la atmósfera que toda nuestra acción humana. No parece creíble que, aun en el caso de que lográsemos eliminar toda actividad industrial se detuviera el proceso de calentamiento del planeta.
Pero ojo, eso no quiere decir que no procuremos cuidar y respetar la naturaleza con todas nuestras fuerzas. Cada uno en lo que pueda. Es nuestra casa y la de los que vengan después. Lo que quiero decirte es que en este y en todos los demás casos, antes de aceptar cualquier afirmación o de acudir a cualquier llamada por amplia que sea, conviene pensar, valorar, examinar, aunque sea a costa de salirse del círculo. La verdad tiene muchos enemigos. Puede, por ejemplo, estar en brazos de intereses ocultos. Como no lo sabemos, nos queda siempre la acción personal en lo que se refiere a la conservación de nuestro entorno, que esa sí que es auténtica.
Comenzaban a pasar más grupos agitando banderas ajenas por completo al tema y coreando lemas simples de rimas facilonas. Él se quedó un rato mirándolos. Luego recogió la pancarta y se fue camino de su casa.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

El artículo de opinión

Es cierto que el artículo de prensa es efímero como una pompa de jabón. Lo es por su propia condición o por su propia circunstancia, ya esté nutrido por la actualidad o inserto en un medio que la sirva y por tanto comparta su caducidad. Decía Pemán que la inmortalidad del autor de un artículo en el periódico dura desde el desayuno hasta la tarde. Es todo lo que tiene. El gran Moloch necesita alimentarse continuamente sin hacer memoria ni detenerse en regusto alguno. No hay más que ver qué extraña sensación es la de leer el periódico del día anterior; cómo nos marca el vértigo del tiempo. Las palabras no envejecen por sí mismas, sino por lo que construyen mediante sus relaciones con las demás. En un tiempo en que la información se ha convertido en un torbellino vertiginoso, en que las noticias se quitan el sitio unas a otras en cuestión de minutos y las reflexiones sobre lo que nos rodea se hacen con 140 caracteres, el artículo de opinión en la prensa se nos aparece como uno de los últimos asideros que nos van quedando para ayudarnos a interpretar con la perspectiva necesaria la realidad cotidiana. En el acuerdo o en la discrepancia, pero siempre con el soporte del argumento razonado y, a veces, con la belleza de la palabra.
Ya no es posible pedirle la influencia que ejerció en otro tiempo en la política y en las costumbres y creencias de la sociedad. Hoy sería difícil repetir las consecuencias de aquel Yo acuso de Zola o de algunos artículos de Larra, por ejemplo. Tampoco cabe atribuirle la condición de poderoso modificador de opinión que tenía en los tiempos en que la sociedad estaba dirigida por una minoritaria clase culta frente a una amplia mayoría iletrada. Pero sobre todo es la propia mecánica de los medios y sus consecuencias directas lo que le hace recogerse en su refugio más valioso: la reflexión. Las exigencias de esta nueva etapa de la información en que hemos entrado de repente, con las redes sociales como principales protagonistas, son incompatibles con el razonamiento y el pensamiento reposado. Triunfan la inmediatez, la superficialidad, la intrascendencia, el apresuramiento en la elaboración de conclusiones. Asistimos a la victoria final de lo breve y al esplendor de lo instantáneo. El medio, con su enorme poder de seducción, vence al contenido, el análisis desaparece ante la facilidad de unas interpretaciones acríticas, y la búsqueda de la belleza formal queda desterrada por la vulgaridad, cuando no por el más absoluto desprecio al idioma. Ante esto, el viejo artículo de prensa tiene, paradójicamente, en su carácter opuesto su mejor garantía de supervivencia. Tras la inmediatez de la noticia, la visión sosegada; tras la reacción primaria, la opinión razonada; tras la redacción apresurada, quizá el placer de un texto convertido en obra literaria.
En fin, algo trascendente me parece que me he puesto. Será porque este es justamente mi artículo número mil en el mismo periódico a lo largo de veinte años. No es que tenga importancia alguna, desde luego, ni que sea de interés para nadie; sólo que yo mismo me admiro de ello.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

En nombre de Alá

Poco quedará ya por decir sobre esa noche de pesadilla parisina que encogió los ánimos del país vecino y aun los de todos nosotros, pero no es posible olvidar lo que la imaginación nos sugería sobre lo que podría suponer hallarse en ese momento en alguno de esos lugares, ante unas ametralladoras disparando indiscriminadamente. El horror encuentra una cálida acogida en la memoria; es un huésped agradecido y duradero; la fortalece, la hace sentirse viva, y por eso no lo suelta fácilmente. El horror cuesta mucho arrancarlo de allí donde se ha grabado. A pesar de que las cadenas de la telebasura siguieron a lo suyo, -la información nos llegaba en directo por otros dos medios más serios- será difícil enterrar aquellas imágenes, por más que vayan adquiriendo la terrible condición de ser habituales. Se han hecho todos los análisis posibles, incluyendo los de salón y tertulia barata, pero cuesta mucho dar valor a las explicaciones racionales cuando los sentimientos se encuentran afectados hasta el espanto y las consideraciones que uno puede hacerse sin gran esfuerzo indican que se trata de algo que va mucho más allá de la simple circunstancia, por atroz que sea. En nuestro caso es como una dolorosa revisión de aquellos terribles días de marzo en los que nos negamos a creer lo que veíamos hasta que el corazón lo confirmó con su dolor. El mismo propósito, la misma crueldad, los mismos asesinos, que Alá maldiga.
¿Por qué Occidente ha llegado a ser tan vulnerable? ¿Por qué esa sensación de indefensión ante unos fanáticos que se han aprovechado de nuestra acogida? Puede que una causa resida en la propia estructura de valores que constituye su misma esencia, nacidos tras una larga y dolorosa gestación: el concepto de democracia, la presunción de inocencia, el habeas corpus, la libertad de conciencia, los derechos humanos, la reinserción del delincuente. En su ingenuidad ha creído que su aplicación habría de ser universal, quizá porque sin ellos la vida no parece vida, pero con ello ha propiciado una sociedad porosa y receptiva, unas fronteras que apenas suponen obstáculo y unas leyes igualitarias, tolerantes y permisivas con todo aquel que llegue aquí. Una tentación.
Luego está eso tan habitual de que esto no es el islam, que es una religión de paz. Es viejo. Se viene oyendo desde que, aún en vida de Mahoma, degollaron a sus enemigos en Medina y desde que sus seguidores, poco después, se lanzaran a invadir a sangre y espada todas las tierras que pudieron. Y está en el Corán, donde hasta en once aleyas se ordena matar a los infieles allí donde se encuentren, y el Corán es la ley eterna, el punto donde confluyen por fuerza todas las tendencias doctrinales. Y además lo han dicho: os conquistaremos con vuestras leyes y os gobernaremos con las nuestras. Más convincentes serían los mandatarios musulmanes si denunciasen a los clérigos que prediquen la yihad, si diesen transparencia a sus enseñanzas en madrasas y mezquitas y si se pusieran al frente de las manifestaciones tras los atentados. Es cierto que la inmensa mayoría del mundo islámico rechaza la violencia y ama la paz. Por supuesto, todos los musulmanes no son terroristas, pero todos estos terroristas son musulmanes.

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Políticos ocurrentes

En política la originalidad viene a ser la guinda que embellece cualquier propuesta. Más aún, el marchamo que da categoría de prócer eminente a quien la propone. La originalidad, como el cambio o el progreso, son términos neutros en contenido cualitativo; no implican en sí mismos ni bien ni mal, pero que el buen cielo nos libre de los políticos originales, como ya tuvo a bien librarnos de los salvapatrias y elegidos. Los políticos originales tienen a gala adueñarse de la ultramodernidad y andar siempre dos años luz por delante del resto de los vulgares mortales, ufanos ellos, asombrados de sus propias ideas, cuyo excelso brillo no les permite ver que la ultramodernidad suele ser un atajo de regreso hacia la caverna. En este país nuestro, tan viejo y tan de vuelta de todo, abundan siempre como setas en otoño, tanto en tiempos de cierta bonanza política como en momentos de aguas agitadas. En el primer caso lucen su ingenio sin más objetivo que eso, lucirlo, como si empeñaran todo su esfuerzo en demostrar aquello de la vaca, que cuando no tiene que hacer espanta moscas con el rabo. En el segundo suben tres decibelios el tono, refuerzan el acento enfático y se convierten en herederos de aquellos inefables arbitristas que tanto ocuparon las páginas de nuestra literatura desde el Siglo de Oro.
Es raro el día que no nos animan con alguna propuesta de esas que mejorarían nuestra vida radicalmente o insisten en las bondades de las que propusieron en algún momento sin que merecieran ninguna atención. Hay uno, por ejemplo, que lleva no sé cuánto tiempo dando la tabarra con algo así como el federalismo asimétrico, que uno no sabe qué santo del cielo político se lo pudo inspirar, pero desde luego no lo debió de hacer con gran claridad, porque nunca nos lo ha sabido explicar. Es el mismo que propone llevar el Senado a Barcelona para amansar a los secesionistas, o suprimir el Ministerio de Defensa, eso no sé muy bien por qué. Hay otro por tierras aragonesas al que se le aposentó bajo el cachirulo la idea de llevar la felicidad a sus paisanos declarando la fabla lengua vehicular de su comunidad; la fabla es la lengua materna de 500 personas. Otro saca la hoz y propone recortar los salarios por arriba hasta hacer que el mayor no exceda en diez veces el mínimo. Se ve que premiar la excelencia, el esfuerzo, la capacidad o el riesgo no está en los genes de su partido; nunca lo estuvo. Y puestos ya a reglamentar, ¿por qué no hacer efectiva a decretazo limpio la igualdad entre hombre y mujer? El mismo número en todas las listas. El mérito, la aptitud o el curriculum estarán supeditados a esto. Que pueda quedar fuera un genio y entrar un botarate sólo por ser del otro sexo, es algo que no tiene la menor importancia.
Los hay también algo más vulgares, como si la imaginación del autor no fuera precisamente un potro desbocado: a una alcaldesa en edad de jubilación se le ocurrió que bien podrían ser las madres de los alumnos las que se encargasen de la limpieza de los colegios. Y luego están los que buscan un prometedor futuro para su pueblo, como ese prócer catalán, que sueña para su tierra un estatus como el de Kosovo.
Por qué no se dedicarán a la heurística especulativa.

miércoles, 4 de noviembre de 2015

El oasis no existía

Va a resultar que casi nada es como parecía. Pocas veces un país ha visto desplomarse así su imagen por méritos propios, pocas veces sus dirigentes han hecho tanto por hundir su prestigio y por despertar el rechazo hasta de los más comprensivos, y pocas veces se ha hecho con tanta perseverancia. Es imposible que Cataluña encuentre algo que agradecer a esta generación de políticos, por más que pretendan ocultar sus actuaciones bajo la bandera de una nación con proyección de futuro universal. El modelo tenía el interior carcomido; si de algo era ejemplo era de lo que no debía ser imitado.
Habíamos oído hasta cansarnos que aquello era un oasis en medio de la ciénaga de corrupción y podredumbre que inundaba otros sitios y resulta que su máxima referencia era un clan familiar especializado en el robo y en la mentira. Nos convencieron de que eran casi una excepción en medio de las debilidades humanas, de que en la distribución de las virtudes cívicas y colectivas casi todas cayeron de su lado, y lo cierto era que la mayoría de las estructuras sociales y económicas estaban condicionadas por el soborno y la extorsión monetaria. Presumían de su famoso seny frente a la visceralidad de los demás y han elegido a extremistas radicales para gobernar sus principales ayuntamientos. Nos habían vendido como algo asociado a su forma de ser su europeísmo, su cosmopolitismo y su condición de guía y faro cultural del resto de los habitantes de la península, y ni siquiera se sonrojan haciendo el ridículo cuando afirman la catalanidad de Cervantes, Descartes, Leonardo, Santa Teresa, San Ignacio y otros. Llamaban a su presidente “muy honorable”, y se le encontraron muchos más millones robados que honor. Se la tenía como ejemplo de comunidad próspera, ahorradora y bien administrada y resulta que no puede pagar ni los medicamentos. Presume de su equipo señero como algo que es más que un club, y lo tiene castigado por la FIFA y multado por la UEFA por diversas ilegalidades, involucrado en pleitos por irregularidades en su fichaje estrella, con los máximos dirigentes investigados y con sus ídolos denunciados por fraude fiscal. O todo era un brillo engañador o la están despeñando por un tobogán muy inclinado ante su propia indiferencia. Qué nuevas definiciones hay que reescribir de aquella tierra que antes cautivaba afectos, según el verso de Verdaguer: “Mirando a Cataluña se siente robar el corazón”. Ya ve, mosén Jacinto, ahora bastante más que el corazón.
Y eso que se les ha dado todo lo que han ido pidiendo; por su sentido de Estado, decían, qué ironía. Hasta hemos renunciado a nuestra lengua para escribir sus nombres en la de ellos; y así decimos y escribimos Lleida, Girona o Catalunya, pero ellos traducen a la suya y ponen Saragossa y Espanya. Habría que ver hasta dónde llegó el límite de nuestra ingenuidad.
Lo siento por los catalanes del seny auténtico, los que aman a su tierra porque conocen su verdadera instalación histórica y miran atónitos cómo el partido de su burguesía tradicional se echa en brazos de los radicales extremistas que pretenden destruir el sistema que ellos defendían hasta ahora. Son una mayoría, pero callada. Quizá la esperanza esté en que alcen la voz de una vez.

miércoles, 28 de octubre de 2015

La prioridad del aspirante

En el morral de promesas electorales cabe todo, que por algo los políticos velan por meter en él cualquier cosa que aumente nuestra felicidad y nos ayude a conciliar el sueño libre de pesadillas. Aún no han comenzado y ya demuestran su voluntad decidida de aliviarnos la dureza de la vida con propuestas que sin duda serán aceptadas con satisfacción general. Basta fijarse en la que ha hecho con tono enfático el aspirante socialista, un señor que cada vez que habla parece empeñado en demostrar que su mayor activo es su físico: que la prioridad política de su gobierno será convertir a España en un Estado laico. Uno tenía la ingenua idea de que la prioridad de todo gobierno es la de luchar por elevar la calidad de vida y el bienestar de sus ciudadanos, garantizar el futuro de nuestros hijos, las pensiones, la sanidad, la educación, la seguridad. Pero si ya se lee en la Constitución de 1812: “El objeto del Gobierno es la felicidad de la Nación”. Pues no; antes que todo eso hay que eliminar problemas más importantes. Es cierto que en la lista de las preocupaciones de los españoles no aparece por ningún lado la cuestión religiosa, pero por si acaso, ahí están estos nuevos paladines de nuestro bienestar, dispuestos a librarnos del yugo del oscurantismo de dos mil años. Se acabaron las referencias públicas a lo inefable, que tan ofensivas resultan a todos. Ya no oiremos más en público La muerte no es el final, ni tendremos que soportar procesiones en Semana Santa, habrá que buscar un nuevo sentido a la cabalgata de Reyes y a la iluminación navideña, se suprimirá toda publicidad del Camino de Santiago y se pensarán otros nombres para las fiestas de San Fermín, de San Isidro o del Pilar. Habrá mucho que reparar, que veinte siglos marcan huellas muy hondas, qué se va a hacer. Pero al día siguiente seremos todos mucho mas felices; seguiremos con el mismo paro, la violencia de género, la corrupción y los separatismos, pero lo llevaremos con una sonrisa en los labios, y hasta los inmigrantes que antes comían en los comedores de Cáritas ahora lo harán mejor en los que les haya tenido que poner el Gobierno. España será más luminosa.
La aconfesionalidad del Estado ya está recogida en la Constitución, pero cuando este concepto se solapa con los de laicidad y laicismo, se llega fácilmente a la radicalidad. Y cuando se confunde el dogma con sus manifestaciones externas y las creencias que reposan en lo más íntimo de nuestro interior con las realizaciones a que dieron lugar, cuando se confunde religión con cultura religiosa, se llega a la barbaridad de prescindir de las dos en la formación de nuestros jóvenes y se les condena a un empobrecimiento intelectual. Se los aísla de su tradición cultural, se les deja inermes ante las obras de arte que les rodean. Será difícil explicarles quiénes son esos dos señores que intentan juntar sus dedos en el techo de la Capilla Sixtina, o esos otros que están reunidos en una mesa en la Última Cena; Dante o San Juan de la Cruz serán ininteligibles, y hasta habrá que hacerles ver que Haendel no compuso El Mesías para un anuncio de mazapanes. Cuesta entender que esto sea la principal prioridad política de alguien que aspira a gobernarnos.

miércoles, 21 de octubre de 2015

Comienza la carrera

Ya se van perfilando las candidaturas de los que aspiran a gobernarnos, todos ya tomando posiciones y decidiendo estrategias para conseguir el laurel final. Esta vez parece que hay más posibles caballos ganadores en la línea de salida, o eso dicen los que saben de encuestas, aunque no sé. Los que hemos vivido todas las elecciones desde aquellas primeras del 77 hemos aprendido varias cosas: que las encuestas debilitan su valor de fiabilidad en razón inversa a la objetividad de quien las analiza; que el menú de siglas y nombres que en un principio ocupa toda la mesa, a los postres se reduce casi siempre a dos platos; que las campañas pueden producir adhesiones, pero también antipatías, y que si algo tenemos claro los electores después de todo este tiempo es el significado de términos como demagogia y populismo. La oferta es tan variada como acostumbra, aunque esta vez algunos espacios parecen tener una presencia más potente. Va desde los que se estrenan a la derecha de la actual derecha hasta los eternamente indignados de la extrema izquierda, pasando por los dos grandes de siempre y otros nuevos en la plaza: uno que parece querer servir de modelo para ejemplificar en qué consiste el populismo, y otro, autodefinido de centro, del que no se sabe a quién va a entregar los votos que reciba. O sea, más o menos lo de siempre: nuevos nombres, nuevas caras, nuevos medios y los mismos afanes, el mismo propósito y la misma ambición. El poder tiene una voz sumamente acariciante y melodiosa cuando llama.
Hay sin embargo esta vez un rasgo común en los nuevos aspirantes a ocupar el despacho monclovita: la juventud que lucen. Aquello tan ciceroniano de que las cosas grandes no se hacen con las fuerzas ni con la improvisación, sino con la sensatez y la reflexión, no parece ser un valor a tener en cuenta; más bien al contrario. La juventud, como prenda a exhibir o como arma con la que avasallar; un diploma a enseñar al votante como garantía de eso que siempre se llama cambio y nunca se explica por qué se da por supuesto que ha de encerrar necesariamente un valor positivo; un trasunto extremado de aquello de que los jóvenes piensan que los viejos son tontos y los viejos saben que los jóvenes lo son.
Claro que ser joven en casos como este ofrece otras consideraciones colaterales. Uno de los aspirantes tiene ahora 35 años. Si consiguiera ser presidente dejaría de serlo a los 39. Será un jubilado de la presidencia del Gobierno a los 39 años, con lo que conlleva semejante jubilación. Y ¿a qué se puede dedicar en política una persona de 39 años después de haber sido presidente del Gobierno? Pues a incordiar; será un jarrón chino de larga duración. Y como en la era de la imagen lo que cuenta es la prestancia telegénica, la apostura física, lo apolíneo sobre la lechuza de Minerva, la nueva hornada trata de responder a ello. Incluso uno con pinta desaliñada y con trazas de no haber visto unas tijeras de peluquero en unos cuantos años. Hombre, si se trata de representar la modernidad, hace ya veinte siglos los nazarenos hacían voto de lucir una figura pilosa parecida. Nada nuevo.
La carrera ha comenzado. Muchos son los que se sienten llamados; ojalá acertemos con el elegido.

miércoles, 14 de octubre de 2015

El cliente, el paro y la tecnología

El paro siempre aparece en el primer lugar de la lista de problemas que tenemos en España, según repiten las encuestas continuamente. Debe de ser un asunto de difícil solución por su misma naturaleza, en la que intervienen una serie de factores contingentes de diversos tipos: económicos, desde luego, pero también políticos, sociales, jurídicos, institucionales y hasta sociológicos. Sería pretencioso tratar de explicar las causas, algo que ni los más sesudos economistas han conseguido, pero a uno le da por pensar que algo contribuyó la idea empresarial de convertir también en sujeto al que hasta entonces había sido sólo objeto directo de su acción, es decir, al cliente. Si quería ser atendido, que hiciera él la labor de los empleados. Lógicamente comenzaron por lo más obvio. Un día algún dueño de un algún edifico lujoso descubrió que el ascensor ya no era una máquina muy complicada y que sus usuarios eran capaces de apretar por sí mismos el botón, y dejó sin trabajo a los ascensoristas. Otro, los hoteles se dieron cuenta de que los clientes podían muy bien buscar ellos solos su habitación y llevar sus maletas, y suprimieron el oficio de botones. Esto fue la prehistoria; después vino lo demás. Los supermercados descubrieron que el cliente podía coger los productos con su propia mano, y acabaron con los dependientes; luego las gasolineras decidieron que el que quisiera gasolina que cogiese la manguera y la echase él mismo, y amortizaron miles de puestos de trabajo; los restaurantes de los hoteles inventaron el “self service”: que cada cliente se sirva su plato y fuera camareros; en los bancos, los cajeros automáticos acabaron con un montón de empleados de ventanilla; las tarjetas y otros artilugios telemáticos vaciaron las cabinas de los peajes de las autopistas; en las estaciones obligaron a los viajeros a sacar ellos mismos su billete y eliminaron a los que los despachaban detrás de una ventanilla. Y así una larga lista que cada día se incrementa más. Todo para ahorro de los empresarios, no del el cliente, que se encuentra con que trabaja gratis para ellos y paga lo mismo. Sé de algunos que se niegan, en lo que pueden, a consumir en estos establecimientos.
Se da la paradoja de que el avance de las realizaciones técnicas nos lleva al estancamiento de las posibilidades reales de contribuir a ese avance. Se trabaja para progresar y ese progreso reduce el trabajo. La tendencia irracional a adoptar las aplicaciones tecnológicas más recientes puede llevar a una quiebra del sistema social antes de que haya sido sustituido por otro. Si la primera Revolución Industrial tuvo como fundamento necesario el empleo masivo de mano de obra, y en la segunda, con la aparición de otras fuentes de energía y de nuevos medios y modos de producción, ya se atisbaba un predominio de la máquina sobre el elemento humano, esta tercera o cuarta, que ya no se sabe, nos amenaza con prescindir de la mano del hombre. Va a ser uno de los grandes retos de las próximas generaciones, que tendrán que emplear aún más ingenio que el que ahora se despliega en crear altas tecnologías, en paliar sus efectos.

miércoles, 7 de octubre de 2015

El turismo del horror

Existe un turismo del horror, como existe un turismo de playa, de casinos, de parques temáticos o de tantas cosas. El turismo del horror es sin duda el más aleccionador de todos; no busca el halago de los sentidos, como el estival, ni el simple placer intelectual, como el cultural, ni el bienestar del cuerpo, como el de salud, ni el negocio, como el de congresos. Es el turismo de la memoria y del sentimiento, de la ausencia de palabras, de la mirada recogida y de la advertencia. El turismo en el que los ojos se revuelven doloridos y en el fondo del alma brota siempre un suspiro de alivio por estar allí solamente como visitantes. Un turismo cuyos focos de atracción no debieran aumentar jamás.
Sobre el afán de olvido que el hombre ha tenido siempre para sus momentos trágicos, como si al eliminarlos de la vista los desvaneciera también de la memoria, en los tiempos recientes se ha impuesto el propósito de conservar su presencia física, como la de un amigo que nos previene con su desgracia de nuestros errores. Somos seres olvidadizos y tratamos de defendernos de ello con recordatorios permanentes. En el fondo sabemos que no deja de ser una ingenuidad, pero cuando uno pasea, por ejemplo, entre los pabellones de Auschwitz y siente cómo se extiende en su interior su desconocimiento del ser humano, todo lo que pudiera tener de ingenua esperanza se convierte en una lección necesaria.
Los centros del turismo del horror se recorren con vergüenza, con angustia, con asombro o con un protector escudo intelectual; también con impostada indiferencia y puede que con curiosidad morbosa, pero siempre con el alma encogida. Y hay muchos. Auschwitz es uno de los nombres fundamentales de este recorrido, pero sólo uno más, porque, al contrario que los soviéticos, los campos del horror nazi quedaron a la vista de todos, convertidos en exposición permanente de lo que significaron. El catálogo de testigos conservados como muestra de lo que nunca debió haber sucedido abarca diversos tiempos y lugares. En Berlín, la torre semiderruida de la Gedäschtniskirche, la iglesia del Recuerdo, permanece en medio del moderno entorno de la ciudad. En Hiroshima se ha querido conservar la cúpula descarnada del Pabellón de Congresos como recuerdo del horror nuclear, y el turista que llega a Roma tiene en las Fosas Ardeatinas, justo al lado de unas catacumbas, un contrapunto de emoción dolorosa frente a tanta emoción estética. Oradour-sur-Glane es un pueblecito francés que permanece tal como quedó después su destrucción y de la terrible matanza de sus habitantes en 1944.
Y en España, Belchite. Destruido casi totalmente durante el asedio de 1937, se decidió mantenerlo así y construir al lado un pueblo nuevo. Sobrecoge andar por sus calles; sobrecogen sus ventanas vacías como ojos fantasmales, sus muros acribillados a balazos, los esqueletos de las cúpulas de sus iglesias, el silencio que oprime, la presencia invisible de la muerte. Dicen que algunas veces, en lo más profundo de la noche, aún se oyen entre las piedras los lamentos estremecidos de los moribundos que cayeron allí. Yo creo que es el viento que trata de espantar sus propios recuerdos.

miércoles, 30 de septiembre de 2015

Una mirada desde fuera

Oculta bajo la hojarasca de la actualidad monocorde de todas estas semanas yace la vida, la pequeña vida de cada día. Pequeña porque así lo quieren muchos medios de comunicación, que tienen como objetivo, más que informar, crear opinión al servicio de quién sabe qué intereses. Hay alguna cadena de televisión que parece tener prohibido dar una sola noticia positiva sobre nuestro país; que no se le escape a ningún presentador un comentario realzando algún logro, que aquí todo se hace mal y el Gobierno jamás tiene un solo acierto. Sí, la Sexta, ya saben. Bajo el chaparrón monotemático catalanista apenas se recordó el aniversario de un gran triunfo de nuestra sanidad: la victoria sobre el ébola; un año desde aquellos angustiosos días en que el apocalipsis parecía cernerse sobre nosotros sin remedio. Ni de que, en otro nivel, sobre la bahía de Cádiz se inauguró uno de los puentes más grandes de Europa, obra de la ingeniería española.
Este continuo afán de autoflagelación -no confundir con autocrítica- causa perplejidad a quienes nos ven desde fuera. Me lo decía un amigo alemán:
-Hay algo en vosotros que me cuesta entender: la actitud de permanente de derrotismo y desprecio hacia lo vuestro. Oigo una conversación entre amigos españoles y casi siempre termina derivando en tremendas críticas a su propio país. Lo mismo pasa en los medios. No sé porque siempre estáis con la idea de que España es un desastre. Eso podrían pensarlo vuestros abuelos, pero ahora no tiene sentido. Parece que no queréis ver que en los últimos 40 años os habéis convertido en un país avanzado y moderno después de hacer una transición política y social que ha sido estudiada en todo el mundo por innovadora. Tenéis una de las constituciones más avanzadas de Europa, sois una sociedad abierta y tolerante. Las empresas españolas participan en proyectos en los cinco continentes, la primera industria textil mundial es española, dos bancos españoles figuran entre los mayores del mundo, sois líderes europeos en energía eólica y en infraestructuras, estáis a la cabeza en tecnología ferroviaria y en autovías. Y también en donación y trasplantes de órganos, en cobertura y calidad sanitaria. Tenéis el segundo idioma más hablado y uno de los tres museos de pintura más importantes del mundo, sois el segundo país en declaraciones de Patrimonio de la Humanidad, el segundo en ingresos por turismo, tenéis incluso el mejor restaurante del mundo. Hasta en deporte estáis en la élite. Y otras cosas intangibles: carácter propio, personalidad inconfundible, fuerte sentido de la familia, concepto de la existencia muy atractivo para otros. Sois un país donde es agradable la vida, vitalista, fácil de captar. Ya sé que la crisis y el paro os están atacando fuerte y que los nacionalismos aprovechan para tratar de debilitar al Estado, pero eso no puede llevaros a destruir de tal forma vuestra autoestima. Desde fuera no se entiende. Según las encuestas, sois el único país de Europa que se valora a sí mismo por debajo de como lo valoran los demás países. Sois una vieja nación, el Estado más antiguo de Europa, habéis cruzado toda la Historia en lucha permanente por todo tipo de metas, hicisteis famoso vuestro orgullo. Ahora parece que lo habéis perdido.

miércoles, 23 de septiembre de 2015

Aire otoñal

Anda la Tierra por zona de equinoccio, todo igual, equilibrio en los ardores, paso obligado entre la euforia del verano y la depresión del invierno. La Tierra está forzada por una ley eterna a contener sus excesos dos veces al año. Qué pena que a los hombres sólo nos llegue como metáfora; qué grandeza y qué desgracia que las leyes que han de moderar los nuestros estén impresas sólo en nuestro interior; bien podrían estar sometidas a un mandato inexcusable para que fueran de obligado cumplimiento. Aunque no, mejor que respeten nuestra libertad. Tiempo de medida justa, reparto equitativo del día entre la luz y la oscuridad, Libra en el cielo, y en el suelo nuestras miserias de siempre, como de especie irremediable, y nuestras alegrías y dolores de seres racionales, que son el mayor atributo de nuestra condición. Los usos sociales lo convierten en el verdadero comienzo del año, dejando al otro con su festivo valor simbólico. Mientras la naturaleza se dispone a adormecerse, el hombre reinicia su ciclo anual, aunque sea a cuestas con eso tan moderno del síndrome postvacacional. Se reabre el curso político con los señores diputados otra vez dispuestos a sacrificarse por nuestro bienestar, y este año con algunos iluminados dispuestos a sacrificarnos a todos; se generan propósitos de enmienda; regresan los estudiantes a las aulas y los coches a las ciudades y la rutina a sus aposentos de siempre. Sin campanadas ni fuegos artificiales, septiembre abre el año nuevo.
Quizá sea el dorado de los campos o el ocre de las choperas o el suave vaivén de la hoja que cae, el caso es que este viene a ser un tiempo de reflexión, tal vez asociado a la melancolía que le es tan propia. Uno contempla a esos niños con sus mochilas al hombro camino del colegio, alegres en sus charlas o interrogante la mirada entre la ilusión y el temor de lo primerizo, y recuerda sus propios septiembres, lejanos en el tiempo, pero prendidos a la memoria, cuando la vida aún era una página en blanco en la que nadie había comenzado a escribir. Un suave vientecillo que se ha levantado le despeja las añoranzas.
Pronto regresará Orión y el cielo habrá ganado su aspecto más misterioso, y seguramente alguien, mirando en la noche el brillante azul de Rígel, volverá a pensar en la infinitud de nuestra pequeñez. Qué imagen tan manida y tan exacta la del ciclo de las estaciones sobreponiéndose al de la vida; el otoño, cuando las ramas ya van viendo que el suelo se llena con sus despojos, última etapa de plenitud, y el invierno, la antesala. En las largas noches frías surgen los espectros de lo desconocido y los recuerdos se vuelven más intensos y más dolorosos. Atemoriza el invierno.
Pero aún es otoño, tiempo de vendimia, de higos y nueces, de castaños erizados y de almendros en sazón. El tiempo de los hayedos cobrizos y de los bosques imposibles para cualquier pincel. Aún no se les han despertado a las golondrinas sus ansias eternas de cielos lejanos. Que espere el invierno, que no están preparadas todavía las nostalgias del sol sobre las pieles desnudas ni las de los amaneceres tempranos y los crepúsculos prolongados en las tardes sin tiempo. Que espere, que a todos nos ha de encontrar.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Rebeldes sin causa

Son incansables con su matraca. Se ponen la barretina bien calada y ya no hay argumento que se la haga quitar, y venga a quejarse, a hacerse los eternamente agraviados, a tenerse por las víctimas de todos los robos y atropellos de sus vecinos, a creerse los primeros en la fila cuando se repartieron las virtudes en el mundo. Parecen el trasunto de unos niños en constante rabieta para reclamar una atención permanente. Son los catalanistas de Mas y compañía, que sé muy bien que no hay que confundir con los catalanes. Sé muy bien que sería una sinécdoque injusta. Sé que la bandera del triangulito no es el viejo y noble estandarte cuatribarrado. Pero también sé que se han erigido en intérpretes de Cataluña ante el silencio desidioso de los demás.
Todo en ellos es exagerado. Todo lo suyo es único, superior, primigenio, indigno de ser comparado. Son singulares porque tienen una lengua, una historia, una cultura o unas costumbres propias, y por tanto son nación, y así lo han enseñado a sus chicos durante dos generaciones y ahora esperan recoger los frutos. Y quieren convencernos a los demás. Son expertos en convertir hechos circunstanciales en apodícticos y en usar el conocido recurso de repetir una mentira hasta que sea tenida por verdad. Pero nada hay en su historia de especial. Fue primero parte de Hispania y luego de la España visigoda. Con la aparición de los reinos peninsulares tras la invasión árabe, quedó como un territorio del reino de Aragón, sin que la proclamación de unos condados en el siglo X pueda ser tomada como un acto fundacional de nada. Después, la reunificación; de nuevo un solo estado y un solo ente político, llamado como siempre: España. Cataluña jamás fue una entidad independiente.
Tienen una lengua, como la tenemos los demás. Identificar lengua con nación va bien a la pereza mental, pero no al análisis crítico. Equivale a decir que Argentina o Estados Unidos, por ejemplo, no son naciones porque no tienen un idioma propio. La lengua es un instrumento de comunicación, un vehículo del pensamiento, una herramienta de creación de belleza y, sí, también un factor identitario de un pueblo, pero no tiene por qué coincidir con sus fronteras.
Y su cultura, en una mirada global, es como la de tantas comunidades: destacada en unos aspectos, como en la música, y discreta en otros, como en literatura; desde luego no se encuentra ningún Nobel. Y no es exacto hablar de cultura catalana en un sentido diferenciado, porque ni el modernismo, ni aun menos el surrealismo, son movimientos exclusivamente catalanes, aunque los han cultivado a gran altura; ni siquiera el llamado románico catalán, que es de escuela lombarda. No es el caso, por ejemplo, de Asturias y su Prerrománico.
Más difícil es encontrar en la cultura popular y en las costumbres más rasgos distintivos que los de otras regiones. Que si la butifarra, la sardana, los castellets... Cambien la butifarra por el botillo o la chistorra, la sardana por las sevillanas o la jota, y los castellets por los versolaris o el silbo gomero, y verán que no son más que unas de tantas muestras populares como hay en España, sin capacidad para singularizar ninguna nación.
Emprendedora, laboriosa, creativa, vale, pero, don Arturo, deje de jugar a montar el caballo de don Wifredo.

miércoles, 9 de septiembre de 2015

La foto

Somos débiles ante las emociones, nos movemos por ellas, impulsan casi todos nuestros actos y pueden llegar a tener más fuerza de motivación que cien argumentos juntos. Las emociones son el contrapunto de irracionalidad que necesitamos para no actuar como mecanismos robóticos regulados. Para ser imperfectos. O sea, para ser humanos. La foto de ese niño sirio ahogado en una playa ha convulsionado la forma de ver a los refugiados que se agolpan a millares en las fronteras europeas, dispuestos a entrar como sea. Un impacto visual de carácter dramático siempre es más contundente que mil descripciones, y eso lo saben muy bien quienes acostumbran a emplearlos a su conveniencia. La imagen de ese niño es conmovedora para cualquier persona de bien; le procura una reflexión y le plantea unas cuantas preguntas, pero no deberían ser más que las de esos otros niños que están muriendo a decenas en los ataques yihadistas a las ciudades sirias, o las de esas que pueden verse en la red, que nos muestran a pequeños disparando a la nuca de prisioneros o con un cuchillo en la mano degollando a un peluche para practicar.
El fracaso de Europa, gritan editoriales y titulares como reflejo de esa estrecha conciencia que nos convence de ser los responsables de todos los males de los demás. Mal se puede calificar de fracasado a algo que es el sueño de tantos. Nadie se la juega por ir a un sitio donde la vida es un fracaso, sino donde es un éxito. Más bien al fracaso hay que ponerle otros nombres. Fracaso del islam como una cultura incapaz de crear progreso material e intelectual y de formar un espacio de libertad social. Fracaso de unos regímenes teocráticos que tienen el Corán como única fuente de derecho, y de otros de corte dictatorial que acumulan sobre unos pocos las inmensas riquezas de sus países mientras favorecen la ignorancia, miseria y destructuración de sus sociedades. Fracaso de quienes, queriendo dar una solución definitiva, no han sabido elegir a sus enemigos. Fracaso de una visión del mundo que parece tener como único guía de su proceder el dogma del tiempo inmóvil.
El fanatismo aparece como el producto destilado de todo esto, un producto de fácil trasvase y difícil neutralización. Anda por ahí un vídeo en el que se ve a soldados macedonios tratando de repartir alimentos a un grupo de cientos de refugiados sirios, pero como las cajas llevan el emblema de la Cruz Roja, las rechazan al grito de ¡Allahu akbar!. Alá es grande, pero no les daba la comida; eran los infieles cruzados y no podían admitirla. Los soldados se retiraron y ellos aplaudieron. Alá había sido servido. Quizá parezca una simple anécdota, pero pueden darse consecuencias más graves. Inquieta pensar cuántos terroristas aprovecharán que no hay controles de entrada para colarse mezclados entre los refugiados.
Naturalmente, Europa debe ayudar en lo que pueda a quienes huyen de una tierra destrozada y acogerlos según sus posibilidades, aunque no sea más que por ser fiel a su condición de espacio de tolerancia y solidaridad. Pero ha de hacerlo con normas nacidas de criterios racionales, no de un ternurismo ocasional ni de la conmoción de una foto.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Los que esperan a la puerta

Este drama migratorio que está teniendo lugar en nuestras fronteras exteriores es de una complejidad difícil de abarcar para una comprensión como la mía, pero por lo que se ve cabe deducir que toda esa muchedumbre que escapa de sus países y trata de entrar como sea en territorio europeo se divide en dos grandes grupos: los que huyen de la miseria y los que huyen de la guerra. El hambre y el miedo, dos poderosos motivadores de las acciones humanas. Las escenas que nos enseñan de unos y otros son un muestrario de todos los sentimientos que pueden llegar a inundar nuestro interior: angustia, incertidumbre, tristeza, esperanza, rabia, resignación. El único sentimiento ausente es el de la alegría. Todos tratando de forzar las puertas de Europa y de entrar en ella como sea, por las buenas o por las malas. Razas, religiones, nacionalidades y creencias, todos reunidos en un mismo lugar, las fronteras europeas, y con un mismo propósito: saltarlas. Cuando la desgracia azota alguna zona de este desquiciado mundo todas las miradas, y los pasos, de sus habitantes se vuelven hacia Europa. No se dirigen a China, por ejemplo, la segunda economía del mundo, ni hacia Rusia, la otra gran potencia, sino hacia Occidente, la tierra donde las palabras libertad y dignidad del ser humano adquieren carácter de conceptos fundamentales. Desde luego no es casualidad, y eso sería motivo de un largo estudio, que los dos espacios, el deseado y el de los que desean entrar en él, coincidan con los ámbitos de influencia de dos religiones.
La emigración que huye de la miseria llega en su mayoría de países africanos. No viene para salvar su vida, sino para mejorarla, y para ello primero se la juega. Analizar sus causas sería comenzar a atisbar las soluciones. Al margen de esos heraldos de su propia progresía que hacen responsable a Europa de todo el mal que acontece en los otros cuatro continentes y que buscan las culpas y se olvidan de las causas, casi siempre con una argumentación basada en repetir la serie de tópicos que enseñaban los manuales de propaganda en las décadas de descolonización, es evidente que en casos de tanta magnitud la responsabilidad está repartida y salpica en diversos grados a muchos, pero también parece claro que en primera instancia tiene un carácter más bien endógeno; reside en factores internos, como la invertebración social de estos países, en su profunda corrupción institucional, en el temor de sus dirigentes a una clase media fuerte, en su permanente inestabilidad política y tantos otros. Claro que eso nada le importa al que está esperando la noche para saltar la valla.
En las actitudes de quienes escapan de la guerra se adivina la rebeldía de quien se ha visto obligado a abandonar por la fuerza todo lo que tenía e irse con su familia para salvar sus vidas. Extraña sin embargo ver tantos jóvenes de países en guerra. Esos chicos sirios que se esconden por los campos tratando de cruzar la frontera ¿no tendrían que estar reclutados en su ejército haciendo frente al invasor que destruye sus ciudades? Si quienes pueden defender el país escapan de él, poco porvenir le queda. Pero seguramente esta es una pregunta ingenua.

miércoles, 26 de agosto de 2015

El crimen de Palmira

De todos los salvajes asesinatos que han perpetrado esa banda de criminales del mal llamado Estado Islámico, quizá el que alcanza la cima de la barbarie y la degradación moral sea el del arqueólogo Khaled al Asad. Tenía 82 años y había dedicado la mayor parte de ellos al estudio de la historia, la excavación y la conservación de las ruinas de su querida Palmira. Era un prestigioso y respetado erudito, autor de diversos libros sobre esta ciudad y su antiguo reino, y director del sitio arqueológico. Cuando vio irremediable la llegada de los yihadistas puso a su familia a salvo fuera de Siria y él decidió quedarse en Palmira, tal vez confiando en poder salvarla de la destrucción. Pero no. Fue apresado, se le acusó de evacuar muchas piezas del museo para ponerlas a salvo y le degollaron públicamente; luego colgaron su cuerpo en la plaza y colocaron la cabeza en el suelo junto a él. Si la arqueología fuese una religión tendría aquí el perfecto ejemplo de mártir.
No hay noticias de que nadie por aquí se haya manifestado por semejante crimen, aparte de algún comentario de compromiso, ni en los medios académicos, ni mucho menos en los populares, ni siquiera en lo que se refiere a resonancia mediática. Murió ante el silencio del mundo, como una víctima inevitable de un mal también inevitable. Ay si hubiese sido alguien de alguno de esos colectivos que ahora se han vuelto tan visibles, pero sólo era un sabio. Sólo era alguien que dedicó su vida al conocimiento del pasado de su nación y a tratar de salvar sus huellas de la barbarie. Menos mal, que, sin pretenderlo, sus asesinos le ahorraron el dolor de ver cómo dinamitaban una de las joyas de su Palmira, el templo de Baal Shamin. Murió, eso sí, entre sus piedras, bajo el sol ardiente que tantas veces acompañó sus trabajos, quizá siendo consciente de haber vivido una vida útil en la plenitud de su vocación y ojalá sintiendo que somos muchos los que tenemos un profundo agradecimiento hacia todo aquel que dedica todo su esfuerzo a hacernos algo más inteligible el mundo; en este caso el de nuestra propia trayectoria, porque sin la labor de los arqueólogos, una gran parte del pasado sólo sería una mancha de oscuridad.
La humanidad ha vivido a lo largo de su historia en medio de una permanente guerra civil entre la fuerza bruta y la cultura, y ha sido la primera la que ha obtenido siempre los triunfos inmediatos y los más espectaculares, pero la que terminó derrotada a la larga. Ya se sabe que la Grecia conquistada conquistó al fiero conquistador, según el sincero verso horaciano. La victoria siempre termina, para suerte de nuestra condición humana, del lado de la racionalidad, pero esta victoria puede dejar muchos jirones irreparables, sobre todo si enfrente no está sólo la ignorancia, sino el odio. La ignorancia, como en ese caso de Roma, es fácilmente subsanable; el odio es un agente mortífero y difícilmente destructible, y estas bestias están hechas de odio.
Asad forma parte de ese selecto grupo de personas que han asegurado la transmisión de lo mejor de la cultura para las generaciones venideras. En un mundo que honra cada vez más a héroes y mártires equivocados, aquí por fin tenemos uno real.

miércoles, 19 de agosto de 2015

La Universidad

Resulta imposible encontrarse con una lista de las cien mejores cosas del mundo y no ver en ella alguna española. Hagan la prueba. Busquen entre los cien mejores museos, restaurantes, aeropuertos, teatros, estadios, equipos, cantantes, lo que sea, y encontrarán unos cuantos de nuestro país, muchos de ellos en los primeros puestos. La única relación donde no aparece ninguna es en la de universidades. Y en la lista de las doscientas sólo una. Lo dice cada año el Ranking Académico de las Universidades del Mundo, uno de esos organismos que hacen dictámenes valorativos de los que todos los medios se hacen eco, que se analizan a primera vista simplemente por los titulares y que por ello fijan la percepción popular sobre la cultura de un país. Es cierto que la mayoría de los puestos están ocupados por universidades estadounidenses y que las europeas no salen en general bien paradas, pero da que pensar que ninguno de nuestros centros alcance la consideración suficiente como para ser incluido entre los cien más valorados del mundo. Puede que los criterios de evaluación no sean tan universales como la propia idea de Universidad o puede incluso que el concepto de cultura sea sometido a consideraciones relativas, con lo que los juicios también serían relativos, pero es de suponer que listas como esta serán un buen punto de análisis por parte de quienes tienen la facultad y la obligación de hacerlo. Algo habría que comparar, quizá imitar y sin duda corregir, y no sólo en materia de recursos económicos.
La Universidad de Oviedo, no aparece ni siquiera entre las quinientas mejores del mundo, y no sabemos hasta dónde habría que descender para encontrarla. Su cultivo de la sabiduría, según estos calificadores de Sanghai, no es digno de mención en ninguno de los campos. Por lo visto, nada hay en ella que traspase su condición de mero centro de distribución de conocimientos, no de su creación. Cierto que está en la línea de la mayoría de las universidades españolas e incluso europeas, pero no deja de resultar frustrante que nuestra querida Universidad, cuatro veces centenaria, siga pintando tan poco en el mapa del saber, o al menos en el de los medios que lo dibujan.
Quizá no convenga hacer excesivo caso a estas clasificaciones, que aplican unos indicadores tan generales que desvirtúan los criterios de influencia y eficacia particulares, eso suponiendo que no haya otros menos transparentes. Claro que también atienden a los que miden la productividad y la eficiencia, y eso sí que resulta más inquietante. ¿Reflejan realmente estas listas el verdadero estado de nuestra Universidad y su situación en relación con las demás? Seguramente no, al menos de modo concluyente, pero mejor sería que figurase en ellas, porque indicaría una tendencia ascendente y vigorosa, al contrario de otras instituciones, como algunos ateneos, o de otras más cercanas, como el RIDEA, un organismo que en los últimos años ha adquirido un aire de elitismo excluyente y debilitado buena parte de su antiguo prestigio y relevancia en el ámbito cultural de Asturias.

miércoles, 12 de agosto de 2015

Notas de agosto

Siempre termina viniendo, aunque sea en visita breve y haciéndose el remolón, como si no acabasen de gustarle estas tierras del norte. El verano por aquí llega de forma casi furtiva, para desesperación de hoteleros y tiendas de bronceadores. Y además es de poco fiar por veleidoso e inestable, y no hay que buscar explicaciones más allá del hecho de que siempre fue así. Uno, que tiene tendencia a no creer casi nada de lo que le cuentan sobre las causas del cambio climático, piensa que el tiempo ha hecho lo que le dio la gana en este planeta desde el primer día de la creación hasta ahora, y que no debemos ser tan presuntuosos como para afirmar que tenemos capacidad para modificarlo de modo esencial. Imagino que los hombres del paleolítico, cuando les llegó la glaciación würmiense y vieron cómo la Tierra entera se convertía en un témpano de hielo, también hablarían de un cambio climático, si supieran qué significaba eso. Y si lo supieran iban a tener difícil encontrar alguna obra suya a la que echar la culpa.
Pues eso, que el verano viene a ser el de siempre: una manifestación de sensaciones contrapuestas según dónde se entre en contacto con él. Una duda metafísica por estos lares y un agobio por los mediterráneos, una interrogativa mirada al cielo cada mañana aquí y la certeza de otro sofoco allí, un pensárselo dos veces antes de meter el pie en el agua en nuestras playas y una zambullida despreocupada en aquellas. Si se quiere encontrar diferencias con los de otros años habrá que buscarlas allí donde no alcanzan los barómetros ni el picor de las cicatrices ni el calendario zaragozano.
Como las serpientes de verano han dejado ya de ser aquel inofensivo y recurrido asidero periodístico estival -oh signo de estos tiempos tecnificados-, la actualidad se nutre de la realidad, que es un alimento que suele resultar bastante más indigesto. Ya no tenemos a Nessy en su lago, ni siquiera una plaga de topillos o de medusas, que también daban su toque de exotismo estacional. El único animal que se ha hecho famoso este verano ha sido Cecil, un león casi con ecos disneyanos, que por lo visto era algo así como si se hubiera escapado del escudo de su país, y que terminó asesinado por un millonario descerebrado. Nada ejemplifica mejor la tónica de este verano, en el que las páginas de los diarios parecen fotocopias de las de El Caso, aquel semanario que cada sábado se esmeraba en poner a todos un nudo en la garganta mostrando lo peor del ser humano. Madres que arrojan a su bebé a un contenedor, padres que degüellan a sus hijos, hombres que matan a sus mujeres, niños que se ahogan cada día, incendiarios quemando nuestros montes. Triste verano, estación de la alegría. Quizá el calor avive las pasiones y active algunos comportamientos que habitualmente permanecen inhibidos, pero no, eso sería otorgar al determinismo climático un poder que seguramente no tiene. Quizá más bien en el trasfondo de todo se encuentre, aparte de alguna maldita casualidad, el frívolo trastrueque de conceptos a que hemos sometido muchos de nuestros valores más decisivos, entre ellos el de la familia. Cada vez que un niño es asesinado nos hace una llamada a esta reflexión.

miércoles, 5 de agosto de 2015

Olor a tomillo

Estos días, cuando el sol se toma más en serio su misión de darnos calor, este viajero, que confía más en la eficacia del bosque que en la de la playa, ha vuelto a uno de sus lugares preferidos, en la ladera sur del puerto de Navacerrada, y se entretiene ahora mirando un madroño en el que se han posado dos verderones que parecen desconcertados, como si todo les resultara nuevo; se miran, levantan la cabeza y emprenden el vuelo, eso sí, juntos, no sé si por miedo o por amor. Es este un mundo en el que estar ocupado tan sólo en cosas como esta, en recibir sensaciones y en andar, porque aquí el conocimiento, que tiene un cuerpo difícil de abarcar, sólo puede alcanzarse desde la observación pegada a la tierra.
Andar por el río, cruzar el bosque y subir hasta la cima de la montaña por un sendero cerrado entre pinos, un sendero penumbroso y alegre, sobre el que el sol dibuja manchas temblorosas de luz. Ir tal vez por el camino de un antiguo sanatorio, hoy desaparecido, hasta la Bola del Mundo, o por el puente del Descalzo y la vieja vía romana hasta el puerto de la Fuenfría, o por la senda Schmidt bajo los Siete Picos, o a la pradera de Navarrulaque a ver los miradores de los poetas, o atreverse Pedriza arriba y luego a Peñalara, y a ser posible llevar una voz amiga al lado, que el sol y la brisa, el aroma intenso del pino y el tomillo, el sosegado sentir de lo silvestre, inducirán a un anhelo de identificación y a establecer una relación nueva sobre el solar de la vieja. Y arriba, en la cumbre, las laderas ya no son pinos, sino granito y matorrales; algún caballo, cualquier fuente, puede que una pequeña laguna. Sobre las cabezas se nota el encuentro del aire de las dos Castillas.
Por debajo de La Pedriza, la orgullosa figura del castillo de Manzanares es la firma de la España del mester de caballería, cuando los marqueses eran poetas y se admiraban de lo garridas que pueden ser las vaqueras; de este de Santillana quedan el castillo, los piropos en soliloquio y sus sentenciosos consejos, que suelen florecer en toda época de transición, y la suya bien que lo fue. En la otra vertiente, más o menos a la misma altura, La Granja aparece como el contrapunto conceptual y estético. Al pie del puerto de Cotos, el monasterio del Paular alza su torre entre robles y chopos, en uno de los valles más hermosos que el visitante pueda encontrar. En el puente del Perdón, los Caballeros de los Quiñones decidían si el delincuente que habían apresado debía seguir hacia la Casa de la Horca o le dejaban libre. El río Lozoya, cuando pasa debajo del puente del Perdón, tiene las aguas verdes.
Es la Sierra por antonomasia, la sierra de Madrid o de Segovia, según se mire, pero la Sierra. Y por encima de su extraordinaria belleza física, el caminante puede fijarse en que pocos corazones de historia habrá tan definidos como este. A poco más de la vista humana, allí están desde los yacimientos de neandertales de Pinilla del Valle hasta la estación espacial de la NASA en Robledo de Chavela. Y desde cualquier punto de la ladera sur puede verse en la lejanía, como un sello labrado, la inconfundible figura de El Escorial. No, no le falta ninguna página al caminante en esta serranía.

miércoles, 29 de julio de 2015

Asturias de mis amores

Bien quisiera uno que esto no pudiera ser jamás tema de un artículo, o al menos lograr suavizar el tono amargo que sin duda ha de tener este, pero a Asturias no se la lleva en el roncón de la gaita ni se la quiere más por subirse a un árbol a coger una flor para que la ponga en el balcón. Ser y ejercer de asturiano es mucho más que acabar en "es" los plurales o cantar a la vaca de Xuanón. Es, por ejemplo, verla en su realidad con los ojos de un amante dolorido que se niega a cubrirla con falsos velos. Y la realidad que la actualidad nos presenta cada día con su frío lenguaje de índices y números no permite ningún gesto de autocomplacencia; más bien de preocupación por ver que la imagen no sólo carece de lozanía, sino que se ha vuelto fija e inmóvil durante ya muchos años.
  En las últimas semanas se han sucedido una serie de titulares de prensa que dejan poco espacio al optimismo. Asturias recibe de otras comunidades 1.828 millones más de los que aporta, el 8,4 % de su PIB. Por detrás sólo queda Extremadura. O sea, que vivimos en buena medida a costa de los demás, nosotros, que tanto llegamos a alimentar la percepción contraria. Se dan los datos del paro del último trimestre y vemos que la única comunidad en la que no ha descendido es Asturias. Y otro más: tenemos la tasa de natalidad más baja de España y un índice de fecundidad de 0,99, lejos de ese 2,1 en que se fija el umbral del reemplazo generacional. Menos mal que esa hornada que tomó recientemente los sillones municipales viene con grandes ideas para dar solución a nuestros problemas. Los de Corvera, por ejemplo, han tomado la decisión de suprimir el uso del masculino y hablar sólo en femenino para luchar contra el lenguaje sexista. Qué brillante conjunción de inteligencias. Hay que felicitar a los vecinos por haber sabido elegir a unos concejales que están dispuestos a solucionar tan resueltamente el que es sin duda uno de los problemas más acuciantes de su concejo. Pensar que esto puedan leerlo por ahí fuera es para hacer enrojecer a cualquiera que sienta esta tierra. Querida Asturias; qué imagen te están dando.
¿Cómo es posible que hayamos llegado a este estado de postración? ¿Qué ha sucedido en nuestra Asturias? Las leyes de la causalidad no son ciegas ni confluyen sobre una tierra por ocultos caprichos. Nadie está tirando los dados para marcar un destino. Este paraíso natural es el solar de la palabra grandona, de los aumentativos en "ón", de la inclinación a derivar hacia los demás las causas de nuestros achaques; la metáfora del que, siendo de pequeña estatura, tiende a mirar a otros por encima del hombro. En los valles de esta tierra aislada, sencilla, hermosa y transitiva, a pesar del diagnóstico orteguiano, ha anidado desde siempre la mirada corta.
Visión amplia, que sobrevuele las miserias partidistas, habría que pedir ante todo a nuestros políticos, porque voluntad y capacidad habrá que suponerles. Eso y una concepción más desligada del fácil sentimentalismo, que impide observar por comparación y desde la distancia, que siempre es la mirada más fiable. Mientras tanto, vamos a llenarnos de esperanza para no dar la respuesta que todos pensamos al preguntarnos: ¿dónde vas, Asturias?

miércoles, 22 de julio de 2015

Alegrías veraniegas

No parece que escarmentemos en esto de los conciertos de verano por muchos números rojos que nos ofrezcan. Ya se sabe que lo que se va en alegrías, salvo, claro está, para los que no las gozan, se va en buena hora y sin pena, pero, así todo, cabe pensar que tal vez sean demasiadas alegrías para un cuerpo tan flaco. Ahora que aún suenan los ecos del último fiasco espectacular, nunca mejor dicho, de dos cantantes de esos que se llevan todos los superlativos absolutos y excluyentes, a uno le da por ponerse aguafiestas, qué se va a hacer, y a pensar y decir algunas cosas desde su humilde óptica y su visión de pobre ignorante de estos asuntos. Eso sí, sin acritud, y confesando de antemano que, en cuanto a belleza y condición de agradable, tiene al rock a la misma altura que el cólico nefrítico.
El caso es que, desde hace unos cuantos años, en este pequeño país llamado Asturias han tenido cabida y pingüe acomodo contractual casi todos los dioses del pop, beat, heavy, rock, folk, rap, funky y blue que en el olimpo del ritmo son. Según voz común, los más grandes, los más famosos, los más caros. Unos han venido llamados por Gijón y otros por Oviedo, como si ambas ciudades se hubieran enzarzado en una carrera de tú a mí no me ganas. Y entre todos se han llevado de Asturias unos cuantos millones de euros. Y todo ¿para qué? Pues no lo sé muy bien, pero supongo que para no mucho. Se dice que atraen a visitantes que dejan aquí sus buenos billetes, pero eso suena más bien a débil pretexto; que vengan unos cuantos forasteros al concierto y se vayan al día siguiente, de poco sirve. Se habla también de su efecto como difusor del nombre de la ciudad, del valor de la publicidad obtenida o de la necesidad de ponerse de largo ante el mundo, pero nadie ha pensado en que tal vez el efecto conseguido sea justamente el opuesto. Hace pocos años, en otra ocasión similar, una revista americana que se ocupa de estas cosas se preguntaba dónde estaba y quién era una región llamada Asturias, y qué nivel de vida había de tener para permitirse hacer lo que muy pocas grandes capitales se permitían. Es de desear que no les dé por venir a conocerla, porque si se encuentran con la realidad de nuestros indicadores económicos, con nuestro índice de paro, nuestra profunda crisis de perspectivas y con el puesto que ocupamos dentro del conjunto de España, tal vez se echarían las manos a la cabeza sin comprender nada.
Un millón de euros, dicen, ha costado la presencia en Gijón de los dos últimos astros, puede que más, porque en esto de las cifras nunca existe información del todo fiable. Uno piensa que más de una necesidad cubierta tendríamos ahora con ese dinero. Más de una ilusión satisfecha en algún sitio, más de algún modo de entretener el ocio de nuestros jóvenes durante más de dos horas, más de un proyecto convertido en realidad con ese dinero que escapó de Gijón y ahora reposa en las cuentas de unos cuantos señores en los bancos de Londres o Suiza. Vendrán los políticos y llamarán a esto demagogia, pero les aseguro que no quiere serlo, que no es más que el deseo de hacer unas preguntas sin esperanza de que nadie se digne contestarlas. A lo mejor es que nadie sabe.

miércoles, 15 de julio de 2015

El otro valor del español

Otro estudio más de esos que se hacen periódicamente por diversas instituciones, viene a confirmar que la lengua española se ha convertido en el primer valor de nuestra economía: genera nada menos que el 16 por ciento del PIB español. Es decir, su aportación a la riqueza nacional es superior incluso a la del turismo, que en un país como España es mucho decir. Es más, el estudio nos confirma también que pueden contarse hasta setenta servicios fundamentales que no podrían existir sin el español. A la lengua como instrumento de comunicación y luego como elemento de manifestación artística a través de la creación literaria, se añade la lengua como producto de valor económico, y también en esto el español deja clara su enorme importancia.
El mayor patrimonio de España son sus Humanidades y, en la base de todas ellas, su idioma. Una lengua precoz, que a poco de nacer ya fue capaz de componer uno de los grandes poemas épicos europeos y que apenas cuatro siglos después hizo posible uno de los momentos más altos de todas las literaturas mundiales. En riqueza léxica muy pocas la ganan; en rotundidad y sencillez fonética, puede que ninguna; en eufonía, quizá solamente el italiano. Una lengua asombrosamente precisa para referirse a conceptos esenciales en el discurso expresivo; por ejemplo en la distinción entre persona y cosa: que, quien; nada, nadie; algo, alguien. Igualmente sabe también diferenciar un objeto directo-cosa de uno de persona; en éste exige la preposición "a". Y es de las pocas que cuentan con dos verbos distintos para diferenciar entre ser y estar, entre la esencia y la presencia, la condición y la circunstancia.
Su gran capacidad de adaptación la ha hecho salir, no sólo indemne, sino fortalecida, de todas las presiones que ha sufrido a lo largo de sus mil años de vida. Primero fue el árabe, luego el italiano, después el francés y ahora es el inglés el que la pone a prueba con su dominio de la terminología tecnológica. Es aquí precisamente donde se encuentra hoy uno de los puntos más débiles del español: su relevante puesto como instrumento de comunicación aún no guarda proporción con su presencia en las nuevas tecnologías. Algo que se está tratando de paliar con algunas medidas recientes, pero no es fácil; sería necesaria una mayor colaboración de todos.
Lo cierto es que tenemos un idioma universal y lo miramos con la indiferencia con que el rico de cuna mira su riqueza. Ni lo cuidamos ni lo defendemos. Sus principales enemigos están en su misma casa, en el maltrato a que le someten sus propios hablantes, en los medios de comunicación que renuncian a usar sus topónimos para satisfacer a los nacionalistas, en quienes prefieren usar un término inglés aun cuando ya exista uno equivalente en español, mostrando una mezcla de debilidad intelectual, cursilería y papanatismo servil que quieren disfrazar de modernidad. Nada que ver con la respuesta que el emperador Carlos V dio al papa Pablo III en 1536: "No espere de mí otras palabras que de mi lengua española, la cual es tan noble que merece ser sabida y entendida por toda la gente cristiana”.

miércoles, 8 de julio de 2015

El laberinto griego

Un anciano está sentado llorando en la acera de una calle de Atenas, junto a la puerta de un banco. Tiene en la cara una expresión de desesperación y en el cuerpo una actitud desmadejada de desconsuelo. Viste bien y muestra un porte digno, aun vencido por el abatimiento. A su lado, en el suelo, tirados como si fueran objetos inútiles, están su libreta de ahorros y su documento de identidad. Algo más allá una larga fila de personas mayores hacen cola para entrar en el banco; algunas le miran, otras parecen preferir evitarlo, todas tienen en su cara la expresión comprensiva de quien conoce muy bien la causa de esas lágrimas porque es la suya propia, que podría manifestarse de la misma manera en cualquier momento. Un aire de tristeza infinita envuelve la imagen; tan sólo la mano tendida de un joven policía que se acerca a él parece poner un poco de esperanza con su intento de sustituir a las palabras cuando resultan inútiles. Más que cien tertulias, declaraciones y explicaciones, esta fotografía resume e ilustra una situación: la de quienes, desde el lugar donde se pelea diariamente con los problemas diarios, allí donde se sitúan los ciudadanos sencillos que nada saben de cifras de macroeconomía, han de vivir cada día para conseguir que les devuelvan, como una displicente limosna, un poco de su propio dinero. ¿Qué habrá votado este hombre? ¿Con qué esperanza? ¿Cuántas veces habrá leído la enrevesada pregunta de la papeleta para tratar de encontrar cuál de las dos respuestas le convendría más?
La cuestión parece realmente dictada por algún genio del absurdo, no precisamente de la escuela socrática, y más teniendo en cuenta que Grecia es mucho más que los ciudadanos de la capital. Si los atenienses entrevistados en la plaza Sintagma daban cada uno una interpretación distinta al significado de la pregunta, uno piensa en el campesino de un pueblo de la Arcadia que araba su huerta con una mula, y que seguramente podría verse retratado a sí mismo muy aproximadamente en otro de los tiempos del rey Menelao. Democracia y demagogia, dos términos griegos que han terminado ejerciendo de antónimos. Hay que ver qué poco hay de lo primero en esta consulta, justamente por lo que hay de demagogia en su pregunta. Ni ajustada a la verdad, porque la propuesta europea ya había sido retirada, ni honesta, porque equivalía a preguntar a un deudor si estaría dispuesto a sufrir sacrificios para pagar sus deudas. Y tramposa, porque al hacerla incomprensible se obligaba a los ciudadanos a responder, no a una cuestión concreta, sino a un sentido general, que no era otro que el sí o el no a los acreedores europeos. Y eso que fue un griego, de los otros, claro, el que hace ya dos mil quinientos años resumió las cualidades que debe tener un político: saber lo que se debe hacer y ser capaz de explicarlo, amar a su país y ser incorruptible.
Grecia saldrá de esto, desde luego, -de las crisis económicas siempre se termina saliendo- aunque seguramente será a un precio doloroso, pero quedará la lección dada por una sucesión de malos gobernantes y agravada luego por poner la esperanza en otros peores.

miércoles, 1 de julio de 2015

Indefensos

Nos tienen acongojados y preguntándonos cuándo y cuál va a ser el próximo escenario del horror al que vamos a asistir. Se ríen de nuestro miedo, juegan con él, se burlan de nuestra incapacidad para tomar decisiones unitarias y firmes contra ellos. Se aprovechan de nuestras leyes para tratar de destruirlas e imponernos las suyas; saben de nuestra debilidad moral y de nuestra falta de vigor espiritual y nos muestran el suyo sin contemplaciones, a sangre y fuego. Nuestras respuestas deben de causarles un regocijado asombro; van desde las políticas, esas de “la unidad de los demócratas derrotará a los terroristas”, a las candorosamente angelicales. Una señora iraní, Shirin Ebadi, uno de esos premios Nobel de la Paz que no se sabe muy bien a qué razones efectivas responde, tiene la solución: “A los del Estado Islámico no hay que lanzarles bombas; hay que bombardearles con libros”. Buenas armas, son, desde luego, pero, a diferencia de las otras, estas son armas que requieren una voluntad de aceptación. Su debilidad y su grandeza estriban en que necesitan una libre disposición del entendimiento y en que, por tanto, son fácilmente rechazables. Poco efecto iban a hacer en quienes declaran que no ha de haber más lectura que la del libro santo inspirado por Alá, y que todos los demás deberían ser destruidos. Como dice un personaje de Esquilo, el que teme a los dioses es temible. Ellos temen al suyo hasta la irracionalidad, y esto los hace inmunes a las armas de las ideas y de las palabras y de todas las que no sean las mismas que ellos usan.
Golpean a Occidente y a los propios creyentes de Alá que no aceptan la lectura literal de aquellas suras del Corán donde se leen aleyas como estas: “Matad a los infieles dondequiera que los encontréis”. “No sois vosotros quienes los matáis, sino Alá”. Todos los estados que no admitan esta interpretación salafista del libro serán objeto de su acción salvadora. No respetan ni los vestigios del pasado ni ninguna creación del hombre por sublime que sea, ni siquiera sus propios sentimientos, esos que siempre creímos que podían encontrarse en lo más profundo de todos los corazones humanos.
Europa asiste perpleja y desorientada al ataque de este nuevo enemigo, tan temible como poco convencional. No debe de ser casualidad que la ofensiva de los nuevos bárbaros coincida con esta etapa de relativismo en que nos hemos instalado, un tiempo de postración moral y espiritual en el que la indiferencia y el desprecio a lo propio son los valores de moda. Europa, que dio tantas respuestas a la humanidad y que ahora está vacía de certezas, avergonzada de su historia, acomplejada por sus logros, en perpetua petición de disculpas por haber alumbrado la civilización más evolucionada, libre y justa de toda la historia. En su afán por minimizar su pasado relativiza en su presente cualquier referencia a él, por trascendente que haya sido; el único orgullo del que ahora alardea por las calles con entusiasmo es el de la bandera del arco iris. Qué distinto de aquel lema que se podía leer en algunas manifestaciones durante las revueltas árabes: “Lleva la cabeza bien alta; eres musulmán”. Tienen mejores armas que nosotros.