miércoles, 7 de diciembre de 2016

La venganza de Don Pedro

Se han cumplido en estos días ochenta años del asesinato del que fue quizá el autor teatral más popular de su tiempo, el hombre que mejor supo conectar el escenario con el público a través de lo que él siempre consideró un ingrediente infalible: el humor. Si la valoración de un artista se puede medir por la cantidad de momentos en que fue capaz de hacer feliz a alguien con su obra, lo que no es mala forma de valorar, la de Muñoz Seca ha de ser altísima, digan lo que digan los gurús de turno. No era el suyo un humor impostado, sino endógeno; nacía de su carácter optimista, festivo, irónico. Su vida es una fuente continua de anécdotas, incluyendo los momentos previos a su asesinato. Ya se sabe que el humor no es un elemento atemporal y universal, sino una realidad de un presente y un ámbito concretos, de modo que lo que resulta cómico para una generación puede que no lo sea para las siguientes, pero si en el fondo subyacen códigos comunes a todas las modas, la obra se prolonga en el tiempo, y este es el caso. A Muñoz Seca le parecía que la vida tenía pocas cosas que pudieran tomarse en serio, y la literatura aún menos, y así se burla de la poesía pedante y hueca, del discurso rimbombante, de los tópicos románticos y de las situaciones falsamente trascendentes, todo ello entre juegos de palabras, dobles sentidos, parodias, retruécanos, situaciones sorprendentes, respuestas absurdas y ripios, muchos ripios llenos de intención y de alusiones.
Opinaba que lo único que hay en el mundo digno de estimación es una buena carcajada, y que quienes la produzcan con su arte o con su ingenio merecen la gratitud de las gentes. "¿Qué haré yo para que los que sufren dejen de sufrir por un instante y rían? ¡Lo más sano, lo más bueno, lo que más se parece a la felicidad!". Dedicó a ello toda su obra, incluso la que escribió como sátira política -ahí está La Oca-, siempre con gran aceptación del público, y no tanto de la crítica, aunque esto le importaba muy poco. Ni la crítica ni la poca consideración que tuvieron hacia su obra los intelectuales de izquierdas. De los críticos se vengaba a su manera: cuando una obra alcanzaba las cien representaciones averiguaba qué crítico le había puesto peor y le regalaba una entrada para el palco. De los intelectuales no haciéndoles el menor caso.
"El que hace reír nunca se rebaja, sino todo lo contrario. El que con la risa hace olvidar a alguien por un instante sus pequeñas miserias, el que hace reír a seres que tienen tantas razones para llorar, ése es el que les da fuerzas para vivir, y a ése se le ama como a un bienhechor", había escrito Mark Twain. No lo vieron como un bienhechor los miserables que le condenaron a muerte "por católico y monárquico" y que, después de haberle quitado todo menos el miedo que tenía, según él mismo dijo a sus asesinos, le fusilaron en Paracuellos. No tuvo la suerte posterior de otros asesinados por un odio semejante, solo que en el bando contrario. La venganza de don Pedro consistió en que su Don Mendo sigue haciendo reír a mucha gente y se ha erigido, junto con Don Juan Tenorio y La vida es sueño, en la obra más representada del teatro español.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Se fue Fidel

Por fin, cuando despertó, el dinosaurio ya no estaba allí. Algunos llegaron a creer que era inmortal, tan largos se les hicieron casi sesenta años esperando la noticia, pero al final todo acaba en esta vida rastrera y se arruga el más derecho, etc. Ahora está en los titulares de medio mundo y hay que ver el remolino de opiniones encontradas, entre afectos y aversiones, que se han podido leer y oír. Afectos no son muchos, la verdad, al menos fuera de su isla, y vienen todos de marxistas de salón que no soportarían vivir en su país ni una semana. Cuba llora, al menos por fuera, y los cubanos del exilio se alegran por dentro y por fuera, y lo celebran con toda la variedad de recursos que hay en su tierra para expresar alegría. Hubo pronto muchas disidencias ante el cariz autoritario que afloró enseguida entre la retórica de las consignas, y muchos desengaños, también muy tempranos, y luego mucho sufrimiento por parte de tantas familias quebradas por denuncias y sospechas políticas o por la injustificada apropiación de sus bienes; seguramente todos nosotros sabemos de algún caso de forma más o menos indirecta. Desde aquel Manifiesto de Sierra Maestra, el castrismo no hizo más que confirmar lo que ya era bien sabido: que toda revolución comienza en los idealistas y acaba en un tirano.
Con la habitual inclinación de tantos otros salvadores a invocaciones ajenas a las leyes humanas, este sólo aceptará el juicio de la Historia, seguro de que habrá de ser entusiasta: la Historia me absolverá. No, camarada, la Historia ni absuelve ni condena, ni siquiera juzga. En todo caso serán los historiadores, y ya se sabe que son humanos. Todo deseo de absolución señala la existencia de una incómoda efervescencia interior, pero seguramente la suya va a tener una autopercepción de sentido distinto en cuanto a las causas. De qué le van a absolver. ¿De haber privado de libertad a su pueblo durante más de medio siglo? ¿De haber mantenido a sus compatriotas sometidos a una dictadura férrea? ¿De haberles negado el derecho a las urnas, la libertad de expresarse y de opinar, la posibilidad de abandonar su país y hasta cualquier aspiración a su desarrollo personal fuera de las rejas donde encarceló las ideas? ¿De dejar detrás de sí miles de asesinatos, millones de exiliados y la isla convertida en una cárcel? ¿O acaso de hacer de uno de los países más ricos de América un lugar de hambre y pobreza?
Ni los más de seiscientos intentos de atentado que dicen que planearon contra él, ni la muerte natural a la que nadie escapa, han acabado con el castrismo, ni siquiera modificado apenas los muros de hormigón en los que se encierra. Como en todas las dictaduras más dañinas e inseguras de sí mismas, el poder queda a buen recaudo en la familia. Pero saben que las ideas impuestas sobreviven mal fuera del momento y de la circunstancia que las originó, sobre todo si cada vez se hace más difícil sustentarlas en la fuerza, y que en definitiva están llamados a ser un paréntesis en la historia de su país, que pronto se verá abocado al difícil trance de buscarle el cierre menos doloroso posible.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Sueño de esperanza

Otra niña de 14 años se ha convertido estos días en protagonista de la actualidad, aunque sea perdida entre la avalancha de información política que nos inunda. Es una historia de fe y esperanza a partes iguales, acaso también de ingenuidad, y desde luego de apego a la única realidad que nos es dado conocer. Una trasposición del guion de Largo retorno, aquella película tan espléndida como olvidada, con la que el cine español rompió algunos de sus clichés. Desahuciada por una enfermedad irreversible, perdida la batalla contra ella, la chica comenzó otra lucha por aferrarse a la vida, aunque fuera lejana, hipotética y desconocida. No quiso que la enterrasen sino que pidió ser criogenizada para volver al mundo cuando su enfermedad tenga cura. Ante la negativa de su padre, inició un pleito para conseguirlo, "porque creo que en el futuro pueden encontrar un remedio para mi mal y despertarme; esa es mi oportunidad", según manifestó en su escrito de reclamación. Un Alto Tribunal de Familia de Londres le dio la razón. Ahora ya se encuentra en la oscura y larga espera.
Burlar a la muerte, encontrar esa rendija inverosímil que nos permita escapar de su acción y hacer que tenga que volver a realizar su trabajo, fue el sueño imposible de todo ser racional, y de ello tenemos muestras en casi todas las civilizaciones. Detener el inevitable proceso entrópico, y aún más revertirlo, está en el deseo más íntimo del hombre, pero sólo en el deseo. Sin embargo, siempre hay alguien que ve un quizá donde jamás pudo fructificar una esperanza; alguien empeñado en dar la razón al poeta: no, la muerte no es un sueño eterno; borrad de las tumbas esa inscripción impía. En la soledad de su habitación, cuando el dolor de la despedida se volvía más insufrible que el físico, la niña quizá pensó que sólo morimos cuando nos olvidan, que si alguien puede recordarnos estaremos siempre con él, que por qué va a ser cierto que sólo los muertos no vuelven y que acaso haya una posibilidad, por remota que sea, de evitar que tras nuestra breve salida a la luz hayamos de dormir una sola y eterna noche. Y a ella se aferró.
Seguramente ninguno de nosotros sabrá nunca el desenlace final de su ilusión. Quizá la ciencia sea capaz de superar lo que ahora nos resulta insuperable y consiga que la niña regrese al punto donde quedó, aunque es difícil imaginar cómo estará su cuerpo después de permanecer quizá siglos sumergido en nitrógeno líquido a 196 grados bajo cero. Si es así, si el deseo de vivir le volviese a dar la vida, supondría un cambio radical en nuestro concepto existencial, una mirada distinta a los principios de la ética en relación con nuestra capacidad como seres humanos, un conflicto con la fe religiosa y un nuevo planteamiento de nuestras creencias sobre nuestro origen y destino, pero también una puerta abierta al infinito del tiempo al poder morir más de una vez. Y si es así, si la niña pudiera recuperar la vida que perdió, qué será de ella cuando se encuentre con un tiempo diferente, en una sociedad extraña y entre gentes y costumbres desconocidas. Cómo será su despertar, qué mundo la recibirá, quién la querrá.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Ahora va de verdad, señor Trump

La ha armado buena, señor Trump, saliéndose con la suya. Se empeñó en entrar en la Casa Blanca y seguramente estará ahora pellizcándose para comprobar que todo lo que le ocurre no es fruto de algún delirio febril en una noche de luna llena; que es real, y que es su nombre el que está en el centro de todo. Al contrario que a su antecesor, a usted nadie le esperaba, así que algo ya tiene; la ventaja de que nadie le espere a uno es que no se defrauda a nadie. Con todo lo que ha armado, a poco que haga va a resultar una grata sorpresa, porque lo que la mayor parte del mundo espera de usted es justamente que no cumpla sus promesas electorales, es decir, que será mejor presidente si no hace lo que puso en su programa. Original sí que es. Al menos por aquí ninguno de nuestros políticos quiere identificarse con usted; todos ponen buena distancia, al menos en palabras. Luego resulta que, en cuanto a insultos, sofismas y amenazas, algunos son casi idénticos, solo que andan por el otro extremo.
El suyo es un fenómeno curioso. Parte usted del rincón de la trastienda del aprecio, allí donde la estima recibe todos los golpes que se le quieran dar por parte de quienes ignoran que con eso, en algunos caracteres como el suyo, se hacen más fuertes. Han dicho de usted que es una estridencia, que sólo capitalizó la ira, que es un peligro mundial, que le votaron por venganza, que miente para generar polémica; le han llamado en todos los idiomas populista, demagogo, xenófobo, racista, ignorante y cosas personales peores; han criticado a su mujer y a sus negocios; se han burlado de su pelo y de sus gestos. En las calles de varias ciudades, cientos de manifestantes reafirman su concepto de la democracia destrozando todo lo que encuentran entre gritos de que no le aceptan como presidente. Se lo ha buscado, es verdad, pero no, no ha empezado bien. Luego, a lo mejor termina siendo un buen presidente, quién sabe. Cosas parecidas dijeron los analistas más conspicuos tras la elección de Reagan, por ejemplo, y después tuvieron que echar silencio sobre sus agudos vaticinios al ver que acabó siendo tenido por uno de los mejores presidentes de su país.
Desde luego, si algo habrá que reconocerle en lo sucesivo es su capacidad para establecer como ideología la de no tener ideología. Sobre la abstracción de las grandes ideas ha plantado la concreción de las sencillas, esas que casi todo el mundo entiende. Esas que han prendido entre tantos como están hartos de la globalización, del mundialismo, de la inmigración, de la tiranía del buenismo, de la ideología de género, del feminismo radical, hartos de los que parecen tener como único objetivo que vivamos en un continuo temor y de quienes pretenden hacernos culpables de todos los males del planeta.
El caso es que ahora está usted atrapado en su propia palabrería. Sabe que la mayoría de sus promesas no tienen ninguna posibilidad de convertirse en realidad. Cómo va a salir de ese callejón sin dejar en él muchos jirones de su credibilidad y del valor de su palabra, es uno de los aspectos de su actuación por el que todos estamos más expectantes. De momento solo es una preocupación para casi todo el mundo.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Muerte en el descampado

Esa niña de doce años, muerta en aras de nada y sin la caricia de nadie, bien puede ser una metáfora de un tiempo al que ahora contemplamos sorprendidos y extrañados después de haberlo dejado convertirse en un monstruo que nos mira amenazante cada día. Un tiempo que devora lo que nos es más querido, ante la irresponsabilidad de algunos padres, la inconsciencia de los ideólogos del falso progresismo y la inacción de los poderes públicos. En ese descampado, entre la sordidez del espacio que la ciudad rechaza y ante la botella convertida en incomprensible tentación, se consumó la tragedia previamente larvada, como un sacrificio tan absurdo como cruel. Y la niña perdió su propia apuesta. Que habrá pensado, qué propósitos, qué maldito aire de desafío ocupó su mente mientras empinaba la botella hasta trasegarla entera. Qué regusto ardiente en su boca o qué pesadez en el estómago no le habrán avisado de que el límite estaba cerca. Cómo fue morir en la inconsciencia a los doce años, sin haber visto de la vida más que un corto camino, cuyo fin era inexorablemente lo que con cierta piedad se llama coma etílico.
Tantas falsas invocaciones a la igualdad, tantas luchas desviadas del auténtico camino para llegar a ella, tantos dogmatismos asentados sobre ideas sectarias, han dado lugar a que, al lado de evidentes logros, hayamos conseguido que la mujer iguale al hombre en sus vicios, incluso que lo supere. Dicen los datos que ya hay tantos tumores de pulmón en ellas como en ellos, y un consumo de alcohol parecido y el mismo lenguaje tabernario y hasta la misma violencia. Si la igualdad consistía en poner a la mujer a la misma altura que el hombre en sus aspectos negativos, ha caído en una trampa. Ver a la salida de los colegios a las niñas con un cigarrillo en la mano en mayor medida que a los chicos, debería ser un motivo de reflexión sobre tantos mensajes feministas radicales que caen cada día sobre un terreno poco cultivado.
Aquella tarde, en su mundo de realidad falseada, la niña quiso ejercer al límite los derechos que se le habían ido dando, sin darse cuenta de que a su edad no se ejercen impunemente. Cuando de verdad nos examinemos como sociedad y analicemos con humildad y sin prejuicios algunos de nuestros fracasos, seguramente tendremos aquí uno de los que expliquen muchos de ellos. A la hora de adaptarnos a los nuevos modos de vida derivados de las nuevas ideologías y de los cambios tecnológicos, no hemos pensado en los niños. Les hemos acortado la infancia, les hemos privado de su tiempo de asombro llevándolos directamente del mundo infantil al adulto. Hemos descorrido velos antes de tiempo y abierto ventanas que aún debían estar entornadas hacia campos para los que no estaban todavía preparados. Hemos confundido progresismo con laxitud y cumplimiento del deber con autoritarismo; hemos concedido a nuestros hijos, bajo la capa del relativismo, derechos que no les correspondían, aunque, eso sí, luego difuminamos sus rostros en las pantallas. Pero hay niños y niñas de doce años con la botella de ron en la mano que se emborrachan. Y mueren.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Conclusiones tras la tormenta

La sesión de investidura, y sobre todo el largo tiempo de ebullición hasta llegar a ella, han permitido aflorar las miserias y los paños menores de casi todos los partidos, pero también han puesto en evidencia las deficiencias de nuestro marco político de convivencia, tanto en lo que se refiere a su armadura jurídica como a los protagonistas que lo representan. Ahora, a viento pasado, el ciudadano de a pie puede establecer algunas conclusiones elementales y obvias, seguramente diferentes de las de los políticos, pero desde luego más cercanas a la realidad.
La primera de todas es la constatación de un hecho inédito: el curioso caso de la suspensión de los efectos del tiempo político. Una nación entera paralizada durante once meses entre trifulcas, ambiciones, egos, chantajes y nueva llamada a las urnas, para terminar dando el gobierno al partido que ganó las dos elecciones. Tiempo perdido, camino circular en cuyas cunetas quedaron tiradas sus víctimas: la sensatez y el sentido común. El Pericles que se empeñó en ello tendrá un puesto de honor en los anales de la política al lado de Rufus Firefly de Freedonia.
La segunda conclusión es la del fracaso del discurso dialéctico, de la réplica amable y de la ironía inteligente, que sólo asomó en la intervención del candidato. Es decir, del fracaso del buen parlamentarismo. Por contra, vimos el triunfo de la mala educación de algunos de las bancadas de los extremos que, por estar donde están, por llamarse representantes de la sociedad que los ha elegido, deberían ser ejemplos de buen decir y mejor hacer. Qué exhibición de insultos y gestos amenazadores, nacidos no de las circunstancias del momento, que sería disculpable, sino del odio, de un odio profundo y rufianesco. En algún caso, acompañados en los escaños cercanos de actitudes ridículamente teatrales y tan falsas como la figura de revolucionario de pacotilla que configuraba un héroe descamisado, puño en alto, trayéndonos una imagen de amargos recuerdos, precisamente en la semana en que se cumplía el aniversario de la invasión de Hungría por los tanques soviéticos.
Hay más conclusiones que nos ayudan a conocer mejor a nuestros políticos y a situarlos en su casilla más adecuada. Por ejemplo su renuncia a la utilización de la Historia como argumento, quizá por su desconocimiento, o la fragilidad de las convicciones a la hora de la defensa y consolidación de la conciencia nacional, o, en otros casos, el triunfo del sectarismo y de la política del terruño sobre el bien general y sobre toda razón histórica.
Y aún cabe otra, que podría evitar la repetición del desatino que hemos vivido: la necesidad de sustituir esta ley electoral por otra que otorgue a cada partido los escaños según los votos recibidos, al margen de la circunscripción donde se presente. O acaso elevar el porcentaje mínimo de votos necesario para obtener asiento parlamentario y evitar así esa estéril fragmentación que convierte la Cámara en una representación de aquel carro bosquiano en el que todos se pelean por poder atrapar la mayor cantidad posible de heno.

miércoles, 26 de octubre de 2016

Cruce de caminos

Un viaje, aunque sea una escapada cercana, resulta un remedio gratificante contra la opresiva presencia de los aspectos más negativos de la actualidad, que hace que ver cualquier informativo se convierta en un acto de masoquismo. Alguna vez podría analizarse de verdad y sin apriorismos la actitud de los medios y su responsabilidad en el estado del espíritu social. Pero ahora hace sol y tan solo se oye el murmullo de un río. Sentado en un muro ante la torre del castillo de Valencia de Don Juan, con la vega del Esla a los pies, este viajero piensa en todo eso y en cómo esta localidad, a la que tantos asturianos vinieron a vivir sus veranos, hasta hacer de ella su particular Benidorm, ha sabido sacar provecho de sus atractivos y potenciarlos para convertirlos en uno de sus pilares económicos. Entre la potente evocación histórica y las posibilidades que le brinda su entorno natural, la vieja Coyanza resulta un buen lugar para el que busque vivir un tiempo de veraneo plácido y satisfactorio en su misma sencillez.
Cerca está Astorga. Astorga debió de nacer para enclave de andaduras, eso cree el visitante cuando pasa por una calle y ve en un escaparate una reproducción de una carreta maragata. Aquí se cruzan el Camino de Santiago con la Vía de la Plata, y los dos a su vez con los caminos arrieros de la Maragatería. En el Museo de los Caminos, el único que uno conoce dedicado al viejo y noble afán de andar, puede verse todo esto con orden y buen criterio. Y además es de Gaudí, que lo diseñó para sede del obispo. La catedral es del gótico tardío, aunque sin la ligereza del buen flamígero; tal vez sean los chapiteles, impropios a todas luces, los que le den esa cierta apariencia de pesadez que sorprende un poco. Pero el conjunto de templo y palacio es de los que pueden servir de emblema. En la campana del Ayuntamiento golpean las horas Colasa y Perico, maragatos ellos, que no permiten que se escape ninguna sin que la señalen con sus mazas. Si el visitante quiere emociones, aunque sea en el recuerdo, que se llegue hasta la celda de las Emparedadas; allí verá el ventanuco a través de cuyos barrotes los peregrinos misericordiosos arrojaban algún mendrugo a las desgraciadas que purgaban su mala vida encerradas en el interior.
Esta es tierra de mantecados, que le parecen a uno cosa de poca sustancia para las dos de la tarde, pero también de cocido maragato, que eso ya tiene más enjundia. Podría tomarlo en cualquiera de los restaurantes especializados de la ciudad, que buena fama tienen, pero prefiere acercarse a Castrillo de los Polvazares, donde satisface bien su antojo. Luego vagabundea por el pueblo para conocer un lugar rescatado del amargo fin que le esperaba. Castrillo es hermoso y, salvo en los días festivos, callado. Conserva todo aquello que definió a ese pueblo extraño que fueron los maragatos: sus construcciones en piedra viva, los grandes portones de acceso a los patios interiores por los que entraban los carros, portones en arco o en dintel, generalmente pintados de verde, la fuente y abrevadero para los caballos.
Pasan peregrinos en silencio. En la inmensidad del campo los alborotos de cada día suenan lejanos y ajenos.

miércoles, 19 de octubre de 2016

El premio

Entre el premio concedido al presidente colombiano Santos y el de Bob Dylan, los Nobel han alcanzado la cima más alta de su largo historial de culto a lo incomprensible. Al primero por firmar con los asesinos terroristas una paz tan humillante que su propio pueblo, a pesar de tantos años de sufrimiento, rechazó en referéndum. Al segundo por... pues no sé muy bien por qué, ni ellos explicarlo. Cuando uno ve la lista de premiados y ausentes, al menos en este apartado de Literatura, comprende que haya quienes digan aquello de que el castigo de Dios a Alfred Nobel por haber inventado la dinamita fue el de dar su nombre a unos premios como estos. En una relación en la que se supone que han de figurar los mejores escritores de cada momento no aparecen, por ejemplo, Tolstoi, Zola, Ibsen, Galdós, Borges, Proust, Kafka, Baroja, Valery o Rilke, y sí otros a quienes con buena voluntad podemos aplicar el piadoso eufemismo de discutibles. Algo parecido ocurre en el otro galardón que está al alcance de cualquier opinión por carecer de aspectos puramente técnicos: el de la Paz. Se le concedió a tipos como Arafat, Menchú, Al Gore, Kissinger, o a simples intenciones, como en el caso de Obama, pero no a Gandhi ni a ningún papa, por ejemplo.
Que el premio a Dylan haya despertado comentarios entusiastas en las redes sociales y en algunos cenáculos de opinión no es más que una muestra de la confusión de valores creativos y del sentido relativista al que algunos se empeñan en llevarnos. Un músico no es lo mismo que un escritor. Un músico tiene en la música su expresión, su objetivo estético, su modo de comunicación y el fin primordial de su trabajo. La palabra es un complemento. La música es la que origina y define la canción; es la letra la que se adapta a su ritmo y acentos, sacrificando si es preciso buena parte de sus posibilidades literarias con tal de no alterarla. Una letra leída pierde su categoría poética y, desde luego, su capacidad de conmover. Incluso en los cantautores más afamados, desprovista de la música, la canción suele quedarse en unos versitos insulsos, casi siempre cursis, y sin más contenido que el que pretenden hacernos ver sus potentes medios de promoción. Por cierto, todos los que nos meten por los oídos pertenecen únicamente al ámbito de la lengua inglesa; parece que en otros idiomas nadie sabe componer ni cantar medianamente bien.
Si la Academia sueca dio este Nobel a un letrista, por qué no dar el próximo a un publicista, a un cartelista, a un guionista o al que escribe el discurso a un ministro de Hacienda. En el signo de nuestro tiempo, que es la vulgarización de la excelencia y el igualitarismo de conceptos, cabe eso y más, desde que las parejas prefieran tener perros a tener hijos, hasta considerar que "el vino que vende Asunción" es igual que una cantata de Bach. Qué intereses habrá escondidos por algunos rincones del proceso, teniendo en cuenta el impacto global que esto supone. Desde luego no parece que sean los de los editores y libreros, que pierden una de sus grandes ocasiones anuales de hacer caja llenando sus escaparates con la obra del premiado. En este caso, la obra está flotando en el viento.

miércoles, 12 de octubre de 2016

Compañeros de camino

Es una historia como la de tantos, de esas que tienen en sí misma su importancia y que jamás aspiran a figurar como titular de nada. Una historia, como todas, hecha de momentos y experiencias enlazadas a los zarandeos de la vida, alegres unas veces, no tanto en otras, vacilante entre dudas y certezas y entre ilusiones y decepciones, pero nunca desesperanzadas. Se conocieron apenas salidos de la adolescencia, hace ya cincuenta años, y se convencieron pronto de que no había camino posible que pudieran andar sin el otro. La lucha que conlleva la vida les fue descubriendo los aspectos de cada uno que aun quedaban ocultos, y comprobaron que en conjunto daban más solidez a su decisión. Supieron pronto mirar en la misma dirección y hacer suyos los dos sentimientos. La nube que le parecía luminosa a uno se lo parecía también al otro, y el atardecer que le resultaba amenazador a uno lo era igualmente para el otro.
No conocieron grandes turbulencias en su vivir diario, quizá porque les tocó una época de estabilidad, aunque es cierto que tampoco ellos jugaron nunca a arriesgarla. Mantuvieron la prudencia como una norma en la que confiar siempre, y aplicaron a sus decisiones la osadía justa y el riesgo calculado, sin dejarse deslumbrar por el brillo de ninguna ilusión más allá de sus posibilidades. Sin saberlo, fueron fieles al viejo consejo: asómbrate con las montañas, pero quédate en el llano; admira el mar, pero mantente en la orilla. Tuvieron como enemigos a los más comunes, la rutina y la costumbre, pero los combatieron con el afán de cumplir ilusiones y con la aceptación de aprendizajes continuos. Aprendieron que la vida se nos va en continuas aspiraciones, pero que tener aspiraciones es señal de riqueza de espíritu y que, además, casi todos los sueños acaban por tomar alguna forma. Aprendieron también que el instante de ahora mismo muy pronto será pasado y nunca podrá volver a presentarse, y que el pasado es todo lo que tenemos; si lo olvidamos es como si no hubiéramos vivido. En sus hijos, en el cariño de sus hijos, tienen la mejor evidencia.
Fue una andadura normal, sin estridencias ni sorpresas, pero ahora que todo se está volviendo efímero y cambiante, y que la convivencia ve cómo se debilitan los esfuerzos que la defendían, su historia resulta cada vez más alejada de los usos y modos del tiempo actual, eso que a algunos les da por llamar modernidad. Miran a su alrededor y ven que en su generación, e incluso en la siguiente, las historias son similares a la suya, pero un par de escalones más abajo los conceptos que daban solidez a la relación -abnegación, fidelidad, tolerancia, sacrificio, respeto- son vistos como una carga que no hay por qué soportar, y todo se disuelve, casi siempre con víctimas. Ellos siguen confiando en el poder del cariño, un cariño sustentado ahora más por la ternura y la comprensión que por manifestaciones primarias.
Hoy cumplen cincuenta años de camino juntos. Miran hacia atrás y ven que todo cabe en un corto sueño. Ahora todo valor y todo objeto ya no están en función del futuro, porque el futuro ya se ha vuelto débil. Pero saben que seguirán juntos hasta completar el camino, porque ha merecido la pena.

miércoles, 5 de octubre de 2016

El bloqueo

La mayor ventaja de no ser analista político es que permite ver el bosque desde el camino, sin que los árboles lo impidan. Y desde el camino se ve a uno de los dos hemisferios del espacio político zarandeado por unas turbulencias autocreadas, que amenazan con diluirlo en otras fuerzas que están al acecho. Y todo por una cerrazón ideológica, sostenida por prejuicios, apriorismos y análisis interesados de la realidad, cuando no por un odio personal hacia el adversario, un odio cuyas consecuencias pagamos todos. Algo falla en el sistema que nos dimos para regir nuestra convivencia cuando un solo hombre, un perdedor, tiene en sus manos la capacidad de paralizar a capricho la gobernación de todo un país. Algo falla cuando no fueron las leyes, ni siquiera los usos, sino sus propios compañeros los que se conjuraron para quitarlo del medio. Puede que el sistema de primarias no sea tan buena idea como parece, o que las exigencias para el cargo, ante la ausencia de filtros, respondan más a intereses de grupo y afinidades personales que a una mirada al bien general. Sin duda una de las tareas legislativas del futuro inmediato debería ser la de poner los medios de evitar que vuelva a repetirse una situación como la vivida.
Los legisladores de la Transición no previeron, quizá porque les pareció impensable, que un partido derrotado en las elecciones pudiera mantener bloqueada a toda la nación durante casi un año, con todo lo que eso conlleva en el orden institucional, económico, social, diplomático y de prestigio internacional. Un país paralizado y unos ciudadanos atónitos ante el secuestro de sus posibilidades de progreso y ante el espectáculo de declaraciones absurdas y actitudes pueriles al que tuvieron que asistir. Y aún más, ante la relativa simpleza de la solución que lo habría evitado. Hay unas cuantas medidas posibles que se le ocurren a cualquiera:
-Disponer que la votación de la sesión de investidura sea secreta. Cada diputado expresaría con su voto su propia opinión, no la del partido, con lo que el resultado final sería más susceptible de variación en función de las circunstancias.
-Fijar por ley que sea el partido más votado el que haya de formar gobierno.
-Hacer que la investidura del candidato tenga lugar ante las Cortes en su totalidad, es decir, no solo ante el Congreso sino también ante el Senado; se daría valor a la Cámara Alta y se dificultarían los intentos obstruccionistas.
Otras posibilidades, como la de establecer una segunda vuelta en la que solo se pueda elegir entre los dos partidos más votados en la primera, ofrece una mayor complejidad hasta hacerse inviable con nuestro actual sistema. En todo caso, hay soluciones que convendría estudiar para cerrar ese flanco descubierto en nuestros procesos electorales. Seguramente no será todo tan sencillo. Vendrán los sedicentes expertos y encontrarán mil trabas y otros tantos inconvenientes técnicos, jurídicos y de todo tipo que los votantes rasos no vemos, pero ante el hecho de que un país entero pueda paralizarse durante tiempo indefinido por la voluntad de un pequeño grupito, cualquier esfuerzo por superarlos valdrá la pena.

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Dias de septiembre

Y septiembre llegó, el sol cayendo ya con cansancio sobre las pieles morenas y el aire entero envuelto en olor a despedida. Septiembre, mes de equinoccio, todo igual, reparto igualitario de la luz, colores renovados en la tierra y Libra en el cielo con sus platillos en eterno equilibrio. Mes de paso cuidadoso y aún sin definición, de sentimientos que se renuevan y dejan los ánimos oscilantes entre la nostalgia del alegre verano que se va y la aceptación resignada del invierno que se atisba. Aún suenan los ecos de las últimas romerías y de las fiestas patronales más rezagadas. Están los campos viviendo la alegría de la vendimia y la recolecta de los frutos en sazón antes de recogerse para la larga espera. Se van preparando los árboles deshaciéndose de las hojas caducas en la confianza de que habrá de volver la primavera. También los pájaros migratorios y los hibernantes del bosque y los que andan en busca de un acomodo oculto, y todo aquel que no quiera ver el fracaso de la luz, que se adivina próximo. Sólo las setas se atreven a asomarse a la vida.
Aquí, en estas latitudes nuestras, septiembre no seca las fuentes ni lleva los puentes. Aquí es un mes de sosiego y entrega generosa. Saca sus colores, serena el aire, ofrece su seno envuelto en oportunidades con la tierna benevolencia de todo tiempo de transición que sabe que tras él comienza el final de un ciclo. Ay, la metáfora de la vida.
En septiembre tiene la añoranza la última oportunidad de herirnos, y bien que suele hacerlo, porque no hay dolor más amargo, ni más inútil, que el recuerdo del bien perdido. Puede que comienzan a remansarse los amores de verano, pero a costa de dejar el corazón herido de promesas incumplidas. El mes en que más duele el alma. Acaso por eso este es también el mes al que más canciones se han dedicado, quizá porque no hay conjuro más efectivo que la música para ahuyentar los demonios que acechan nuestra debilidad. Canciones de optimista esperanza: Cuando llegue septiembre todo será maravilloso. O de nostalgia envuelta en recuerdo amoroso: Melancolía en septiembre, eso solo me quedó de ti. O de simple descripción con vislumbre de promesa: Septiembre se muere, se muere dulcemente, con su luz amarilla, con sus racimos verdes.
La realidad es que en nuestro ámbito septiembre se ha convertido, en la práctica, sin campanadas ni cava, en el verdadero fin del año social y en el comienzo del nuevo, el momento de volver a las andadas de siempre, eso sí, con la esperanza de una nueva ruptura que aún se vislumbra lejana. Ahora el tiempo recupera lo suyo: empieza el curso escolar, el ciclo político, la liga de fútbol, el supermercado de cada mañana, la charla con los amigos de siempre y la vida de nuevo fijada en un horario. Volveremos a todo eso y entraremos de nuevo en la vida de tedio de cada día y en la aburrida y bendita rutina, y descubriremos otra vez durante unos días que lo que más tristeza nos produce es haber sido feliz.
Y ahora que leo esto me pregunto qué poder de evocación tendrá el otoño que siempre me tiñe las palabras de melancolía, si hoy está la mañana radiante y además es mi cumpleaños. Será por eso.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Sólo hablan con ellos mismos

Campaña sobre campaña y sobre campaña otra, se va deslizando el segundo año electoral sin que aún se atisbe alguna grieta en la cerrazón que nos impide darlo por concluido. Ahora se junta además con dos elecciones regionales, con lo que la capacidad de absorción de tópicos, frases huecas y promesas de todo tipo por parte de la ciudadanía está ya muy próxima al punto de saturación. No es de extrañar; tenemos que llenar 18 parlamentos, más el europeo, y encima uno de ellos está necesitando unos cuantos intentos. No debe de haber lugar donde se ejercite tanto la democracia.
En el fondo terminamos comprobando que la negación de las soluciones viene de la negación al diálogo, entendido según el concepto socrático, que parte de la existencia de dos proposiciones previas que se contraponen entre sí, es decir, una confrontación en la cual hay un acuerdo en el desacuerdo. A partir de ahí, mediante el desarrollo del discurso dialéctico, se podrán ir dando sucesivos cambios de posiciones, inducidos por cada una de las posturas contrarias, hasta llegar a armonizar ambas o hacer prevalecer una de ellas mediante argumentaciones lógicas. Pero ¿cómo aplicar esto en el duro, interesado y sectario mundo de la política? ¿Qué hacer cuando uno de los participantes se refugia en un dogma o se encastilla en sus posiciones sin más argumentos que una difusa apelación a valores de imposible medición?
El diálogo es uno de lo soportes fundamentales del sistema democrático, y ahora, una vez más, está de moda como un valor político más en boca de los partidos en cuyas manos está la decisión de investir por fin a un presidente. Tan poderoso es su prestigio que hasta lo enarbola el que ha repetido hasta la saciedad el no a la investidura del partido más votado sin saber lo que va a proponer su candidato, a los presupuestos aun antes de ser redactados y a cualquier acuerdo que se proponga desde la formación que le ganó las elecciones con gran diferencia. Y sin embargo, el diálogo es uno de los elementos que son exclusivos del ser humano, porque si algo necesita para ser útil es el auxilio de la razón. El diálogo está en la base de toda acción humana, y aun en el origen de nosotros mismos, porque al fin y al cabo nacemos de una pareja, que seguramente habrá tenido el suyo. El diálogo es duda, persuasión, disensión, razonamiento. Su descubrimiento es, según Borges, el mayor suceso de la historia universal. Pero ¿es compatible con la acción política? ¿No es aquí donde se despoja a la noble expresión de la dialéctica de su condición de instrumento al servicio de la verdad y se la convierte en un fin electoral?
La actitud dialogante, bella virtud cuando se mantiene en un plano por encima de la praxis, se vuelve elemento retórico y cebo para atrapar incautos en boca de quien lo mantiene como simple adorno, a sabiendas de que no está dispuesto a aplicarlo en el campo de la realidad. Y así, en definitiva, todo se reduce a la situación que ya Fedro describió en una sola frase: Humiles laborant ubi potentes disident. Los pobres trabajan mientras los poderosos se dividen en disensiones.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Nuestro parque


Fue desde su creación, allá por el año 1950, la radiante joya de una ciudad no muy acostumbrada a estrenarlas. La insalubre charca del Piles se convirtió de pronto en un parque esplendoroso, con el que, en su momento, pocos en España podían competir. No se le regatearon metros de extensión ni apertura de criterios en su diseño; se le dotó de elementos decorativos discretos y bellos, tanto escultóricos como utilitarios; sus lagos se poblaron de una rica avifauna y sus praderas de más de cien especies distintas de árboles. Sus jardines se convirtieron en espacio conmemorativo de algunos de nuestros personajes ilustres, y hasta acogió el primer monumento levantado en el mundo al descubridor de la penicilina. Cuando un gijonés recibía la visita de algún familiar o amigo de fuera, no podía pasar sin enseñarle con todo orgullo su parque. El parque por antonomasia. Luego pasó por temporadas en las que sus responsables de turno parecían no saber que existía, junto a otras en que volvió a ser mimado y querido por los de arriba. Sufrió modificaciones en su contenido y en su entorno; se le incorporaron nuevos elementos, pero también fue despojado de estatuas y figuras de las nunca se ha vuelto a saber. Por no querer eliminar a unas nutrias que estaban acabando con su fauna, se le impuso una valla metálica que le resta belleza e interrumpe sus caminos. Vivió cambios diversos, algunos discutibles, al compás de los gustos de quienes mandasen; conoció desde la indiferencia al exceso de celo, según los aires que soplasen por el Ayuntamiento, pero hasta ahora no se había encontrado con un Consistorio que lo confundiera con un recinto ferial.
Un tinglado de casetas y carpas, bajo el nombre de Central Park, se asentó en su mismo centro con su aire de nueva atracción, aunque en definitiva fue lo que son casi siempre este tipo de eventos: el sempiterno mercadillo, un montón de chiringuitos con olor a calamares y algún que otro guiño al público infantil. Poco más. Si un parque es una secesión que se hace en la ciudad para librarnos justamente de ella, como si nos fuera imposible vivir sin tener siempre cerca la naturaleza, ahora fue la ciudad la que se apoderó de su espacio y volvió a llenarlo con todas sus miserias. La pregunta inmediata es si no habría, en esta ciudad de abundantes recintos abiertos, un lugar más adecuado y de consecuencias más inofensivas. Y otra más, ¿servirá de precedente? ¿Encontraremos cualquier día un circo o alguna de tantas farándulas que vienen por aquí?
No parece, señores responsables, que se den ustedes muchos paseos por el parque. Si lo hicieran verían una desoladora estampa de desidia y abandono. Verían que la mayoría de los bancos están pintarrajeados, que muchas esculturas están llenas de mugre, que el monumento a Fleming se encuentra cubierto de pintadas, que las elegantes Dríadas apenas se adivinan entre la maleza que las invade. Y papeleras abolladas, rosaledas sin rosales y un río cuyas aguas se ocultan bajo una verdosa capa de suciedad. Desde luego lo que no verían sería vigilancia alguna. Yo no sé en qué se emplearán los ingresos que esto ha dejado, supongo, en las arcas municipales, pero bien podrían revertirlos en su víctima.

miércoles, 7 de septiembre de 2016

Seguiré votando

Será difícil que el pueblo crea en la clase política mientras sus miembros no crean en él, en ese pueblo llano y no militante, que es la inmensa mayoría, y cuyos intereses siempre están en segundo lugar en la lista de objetivos de cada partido. El desfile de actuaciones que nos brindaron estos dos días en la tribuna del parlamento nos mostró una galería de personajes y de actitudes que parecen haberse equivocado de tiempo, de país y hasta de planeta. Hablo de los jefes de cada grupo, porque los demás son convidados de piedra sin palabra ni opinión, bultos de acompañamiento, con presencia y sin esencia. Un tipo vestido de luto, con pinta cavernaria, que parecía salido de algún museo antropológico de Cataluña, lanzando amenazas y proclamando con tono desafiante que las leyes le importaban un bledo; otro poco menos que presumiendo de venir directamente del Neolítico; otro con el puño en alto, en una escena que parecía captada en los años 30. Y luego, claro, el señor del no, el empecinado, el inmune a todo argumento, con la fatuidad del perdedor que quiere presentarse como ganador. Con semejante elenco no hay obra que pueda salir bien ni método de elección que valga. Cabría sugerirles que imiten el de la Iglesia, que para elegir al Papa encierra a los electores bajo llave y no les deja salir hasta que han cumplido su cometido. Lo que no sabemos es si saldrían vivos.
Creeré en los políticos, y bien que tengo ganas, cuando realmente intenten de corazón ejercer de políticos, es decir, de trabajar por la polis, y no por su grupito; cuando decidan hacer suya la palabra libertad, que tanto repiten, y puedan votar según su propio criterio y no del que les viene impuesto desde arriba; cuando no lleguen al extremo de tener decidido ya su voto en contra de un candidato antes de que éste exponga sus propuestas y su programa.
Creeré en los políticos cuando acostumbren a usar nuestra Historia como argumento y no como lugar donde buscar miserias; cuando aprendan a resaltar los aspectos positivos que ofrece y los usen como ejemplo y como estímulo, y no se fijen tan solo en lo que no debimos hacer, que de eso hay en las crónicas de todas las naciones. Cuando aprendan a no confundir cultura con espectáculo y dejen de llamar gente de la cultura a la que no es más que gente del mundo de la distracción, cuando no de la frivolidad. Cuando un jefe de la oposición, en su absurda autosuficiencia, no llame carca a otro diputado por hacer una alusión a un episodio del Quijote. Cuando alguien proponga alguna prueba de aptitud para el ejercicio de la profesión, como se hace para practicar cualquier otra, y evitar así la muestra continua de pobreza intelectual y de escasez de cultura, política y de la otra, de muchas señorías.
Creeré en los políticos cuando no se trasluzca en sus réplicas al contrario ningún argumento ad hominem; cuando decidan que cada partido tenga los escaños que le corresponden realmente por sus votos en el conjunto de España, y no por los que obtenga en el sitio donde se presente; cuando sean conscientes de que están ahí por nosotros y para nosotros.
Así todo, seguiré votando.

miércoles, 31 de agosto de 2016

Italia

Todas las grandes desgracias nos ponen un peso en el alma, pero mucho más las que tocan a quienes nos son más próximos. La cercanía aumenta la emotividad y aviva el sentido más sincero de la compasión, sobre todo si ha habido algún contacto previo. Yo he de confesar que desde siempre he sentido por Italia un afecto especial, que ha sido el destino de muchos de mis pasos por el mundo y que en cada una de mis visitas regresé a casa con la idea de repetirla. ¿Y por qué Italia? Quién sabe. Por la hazaña de Aníbal, por los cristianos del circo, por el vuelo airoso de la clámide, por el paso de las legiones, por el Ave, Caesar, morituri te salutant. Por eso y por más, pero sobre todo por las aportaciones que me fueron llegando posteriormente, a medida que el curso natural de la vida me fue apagando la necesidad de referencias efectistas y abriéndome otros ámbitos de más hondura. Por el humanismo, por el Renacimiento, por el perro de Pompeya, por un atardecer en Fiésole, por aquel rincón de Capri, por la mirada del Moisés, por el coro de Nabucco, por Fellini, porque, si bien lo miro, gran parte de las cosas que me hicieron feliz en algún momento tienen su origen en Italia.
Tembló el suelo de nuevo en el centro de Italia, por tierras de Rieti y la Umbría, quizá las más reservadas y menos conocidas de la península. Los umbros son tenidos en la opinión de los demás italianos por gentes humildes, que se conforman con el desapercibimiento de que son objeto. Puede ser que este espíritu les venga de su Francisco, que empezó matando vanidades en su propia tierra, aunque bien puede ser también que un santo como Francisco no pudiera haber nacido más que en la Umbría; esta es una buena cuestión de estudio. Como toda tierra de transición, lo es también de poca atención. Igual que tantos otros lugares, que tienen la mala suerte de ser vistos casi siempre desde la ventanilla de un coche a ciento veinte por hora, la Umbría y Rieti apenas son destinos. Se atraviesan y poco más. Sin embargo, se nota en sus gentes el orgullo por la belleza de su tierra -un "corazón verde" tópico, pero cierto- y también una cierta reserva hacia el extraño, como si quisieran hacer virtud de su provincianismo. Los pueblos son apacibles y silenciosos. Hay un algo de escepticismo y un mucho de equilibrio en todas estas campiñas onduladas. Los precios son más bajos que en otras regiones de Italia y la vida parece más fácil, siempre que no se busquen alharacas. Seguramente para Amatrice y los pueblos vecinos nada volverá ya a ser igual. Serán muchas ausencias y muchos ecos de lamentos que no pudieron atenderse, muchos recuerdos materiales sepultados para siempre en los escombros y otros muchos en el alma, también para siempre.
Italia sufre la cruz de la maldita falla de los Apeninos y seguramente sufrirá luego la de la mafia de la construcción, que ven en el montón de ruinas un suculento pastel. La otra cara de este país, dual como pocos, tan intensa, apasionada, individualista, extremada, ingeniosa y reconocible como la otra y, que avala, como la otra, su condición primaria y sublimada del carácter latino.

miércoles, 24 de agosto de 2016

Los políticos y la sociedad

Qué diferente es todo entre los dos niveles de la sociedad, el oficial y el popular. Cómo se marcan las distancias entre los dos y qué distintas son las motivaciones de sus actos. Lo podemos notar de continuo, pero ahora, en estos días de juegos olímpicos pudimos verlo como una metáfora fácilmente entendible. La distancia entre la generación de políticos que tenemos y la de quienes luchan de verdad cada día por su país en el ámbito que les es propio, resulta tan abismal que no es de extrañar que desde abajo se mire a sus señorías con ese desdén con que se mira a un mal inevitable. Lo peor es que sus señorías parecen ver a los de abajo como unos simples mantenedores de sus puestos mediante sus votos.
En silencio, con trabajo duro y callado a lo largo de los años, afrontando renuncias y con las esperanzas oscilantes según el estado de ánimo, deportistas, escritores, científicos, artistas y profesionales diversos representan la verdadera medida de nuestro país y son los que realmente dan prestigio a su nombre en el mundo. Ellos y esas gentes que acuden cada mañana a su trabajo y hacen de su profesión un servicio, sin rencores, sin dogmatismos, sin rechazos viscerales, sin odios. Al otro lado, en la parcela ocupada por el poder, los políticos, sin deshacerse jamás de sus miserias, sin importarles someter el buen nombre del país y el bien general a sus mezquinos intereses partidistas, con su desprecio a los grandes conceptos que configuran la nación, con sus campanudas declaraciones demagógicas y sus rotundas negaciones, no es no, con su irremediable egocentrismo y su igualmente irremediable convicción de que el pueblo nació ayer y solo alcanzará el paraíso social haciendo caso a sus respectivos soflamas.
Uno no es muy dado a seguir las gestas deportivas ni a cantarles loas excesivas, pero le resulta fácil ver en ellas el resultado de la suma de muchos esfuerzos y el ejercicio de valores que podrían traspasarse a cualquier ámbito de la vida social. Diecisiete medallas, muchas de ellas en deportes desconocidos y conseguidas por chicos y chicas que jamás habían ocupado un titular, vienen a ser una afirmación de que la realidad del país no es la de las tertulias apocalípticas ni la de las tribunas interesadas ni la de los sempiternos amargados y derrotistas. Mucho menos la de los políticos, cegados por intereses sectarios y por sus propias perspectivas inmediatas, carentes de grandeza de carácter y de altura de miras, incapaces en todo un año de ceder en su mezquinas motivaciones particulares para dar un Gobierno a España. Y esos diputados, que son la mayoría, de los que nadie sabe exactamente qué hacen, porque jamás se les ve intervención alguna y todo su trabajo consiste en apretar el botón que manda el jefe del grupo, ¿no tienen nada que decir? ¿De verdad están de acuerdo con esta situación? ¿De verdad comulgan en todo con la opinión del que los manda? Piensen por sí mismos, hombre. Rompan de una vez esa disciplina de voto que tanto les esclaviza y voten según su criterio, que ningún líder merece esa fidelidad perruna.
En fin, gritos al mar.

miércoles, 17 de agosto de 2016

Notas del verano y un adiós

Con el último brillo de los fuegos de la fiesta se va cada año el tiempo en que vivimos más intensamente el pulso de la ciudad. O mejor, el tiempo en que lo compartimos con otros. Tiempo de ganancia para todos, para el que recibe y para el que llega, siempre que haya podido cumplir aquí el objetivo de sus vacaciones. Apagados los ecos del día grande y de todas las ferias, acabadas ya todas las jornadas y ocurrencias estivales diversas, el año parece iniciar un periodo de letargo antes del declive que nos llevará a la vida enmarcada y recogida del invierno. El verano es el tiempo en que se tiende a descoser algunas costuras y las cosas pierden densidad ante nuestro asentimiento, aun sabiendo que pronto hemos de volver a darles su dimensión, eso que a veces se llama síndrome postvacacional. Quizá por eso, porque pocas cosas nos parecen más importantes que la posesión del tiempo libre y la sensación de libertad, preferimos escapar de la actualidad general y vivir sólo la nuestra, la del sol, los amigos, las terrazas, la lectura, el paseo. Los sucesos del verano ya adquirirán su verdadera medida con la vuelta de la rutina.
Agosto viene a ser un mes determinado como pocos por la estación y por las costumbres sociales; un mes repetitivo, con el añadido este año de los Juegos Olímpicos. Medio mundo buscando un acomodo temporal que le haga feliz durante unos días, la clase política dándonos algún descanso en sus perpetuas cuitas infantiles, España batiendo un año más todos los récords de turismo, y aquí, hasta el grupito de auntitaurinos frente a la plaza, con sus gritos de siempre, sin que nadie les haga caso. Poco nuevo bajo el sol, al menos bajo el sol de este verano.
En un día de este verano se nos fue Gustavo Bueno, el filósofo capaz de alumbrar a quien le escuchara vías sorprendentes para transitar hacia el conocimiento, sostenidas siempre por sólidos fundamentos. Era bajito, menudo, locuaz, de mirada viva y sonrisa entre amigable y burlona, permanentemente dispuesto a argumentar en contra, a veces con afirmaciones que chocaban con la corrección política establecida, pero siempre razonadas y siempre con el marchamo de ser el producto final de un exhaustivo proceso de reflexión. Se le veía a gusto en la polémica. Su prodigiosa memoria le permitía traer a colación citas y autores con las que reafirmar sus argumentos sin apenas dejar opción a la réplica. Era un placer hablar con él sobre cualquier aspecto de la vida relacionado con la filosofía, que vienen a ser casi todos: las apariencias y la realidad, el ateísmo y la idea de Dios, el cristianísimo y el islam, la política y la ética, Grecia y Confucio. De la reflexión sobre la relación entre la filosofía materialista y las ciencias nació su teoría del cierre categorial, que, como todas las teorías filosóficas, sólo es útil a aquellos que logran saber qué aplicación puede dársele. Y eso que él mismo lo explicaba: es un instrumento crítico para diferenciar, dentro de las formas culturales, las que, pretendiendo ser científicas, sólo son pseudociencias. Don Gustavo, el último caballero andante de la filosofía, adentrándose siempre por cualquier camino en busca de la verdad.

miércoles, 10 de agosto de 2016

El nombre

Como el verano siempre es época de escasa producción informativa, y encima este año viene marcado por las consecuencias de la frasecita esa del "no es no", que tiene bloqueada la vida política del país, cualquier nadería se convierte en titular y cualquier minucia en sujeto trascendente. Eso sí, solo durante un par de horas; pronto se buscará y se encontrará otra de esas pompas de verano y se convertirá en noticia. La que en estos días ha merecido ser comunicada al mundo es que una pareja ha conseguido llamar Lobo a su hijo. Por lo visto era un sueño irrenunciable y tuvieron que enfrentarse a la primera instancia de la Administración, que no estaba muy de acuerdo. Ya se sabe que no hay lucha que unos padres no sean capaces de emprender por su hijo.
Eso de los nombres tiene su importancia, incluso hay quien cree que encierran un agente determinista. Desde luego, son imprescindibles. De hecho, según cuenta el Génesis, lo primero que hizo el hombre en este mundo, por sugerencia de su Creador y aún antes de que éste le diera una compañera, fue poner nombre a todo lo que tenía delante de sí. Tan necesario era. ¿Una alegoría? Como tal puede tomarse, porque el nombre es inherente a lo nombrado y sin él éste no existe en nuestra construcción intelectual. Ya saben: cuando la rosa se marchite no nos quedará de ella más que el nombre. Es decir, que las cosas dejan de existir y permanecen solamente las palabras. El nombre hace la cosa, hasta el punto de que la realidad basa toda su permanencia en algo tan convencional como su nombre.
Lobo es un término polisémico, aunque de connotaciones más o menos comunes. Se habla del lobo estepario, el lobo solitario, el lobo de mar, los hombres lobo, el lobo de Gubbio y hasta de aquel "Hermano Lobo" que trató de arrancarnos una sonrisa en otros tiempos. Está en los cuentos infantiles y en los relatos de noches de luna llena. Fiero y cruel, imagen del miedo y del mal en la imaginación popular, y en la ficción a menudo astuto, a veces ingenuo y siempre con el rabo entre las piernas, vencido por la inteligencia o la bondad. Sólo tras el revisionismo iniciado por el amigo Félix, que consiguió delimitar y mostrar su imagen más cercana a la realidad, su figura ha comenzado a adquirir valores positivos, a veces hasta límites discutibles, según las víctimas de su actual estado de impunidad. Y además, todos somos lobos, según el clásico que sentenció que el hombre es un lobo para el hombre. Ahora ha entrado en el reducido Olimpo donde se encuentran los escasos animales que dieron su nombre a los humanos.
Es posible que en una sociedad tan empapable, en la que las cosas más extrañas encuentran siempre entusiastas, el tal nombre venga para quedarse. Bien mirado, lobo es un término de recia raigambre en el idioma, no como esos nombres que nos traen los suramericanos: Yéremi, Kéilor, Yeison, Kevin, James y demás. Es de suponer que la inocente criatura a la que se le imponga no se apellide del Bosque o Cordero o Manso o algo así. Lo que sí cabría era preguntar a esos padres si le habrían puesto Loba en el caso de ser una niña.

miércoles, 3 de agosto de 2016

Rubén Darío

Otro centenario literario en este año que debería estar marcado por las letras y lo está por la política, qué se va a hacer. Será que no corren buenos tiempos para la lírica, y eso que este corresponde a uno de los poetas más representativos y que mejor simbolizan esta expresión poética: Rubén Darío.
Salió de su pequeño país y se hizo ciudadano del ancho idioma y del aún más ancho afán de expresión estética. "Soy un hijo de América, soy un nieto de España". Nicaragüense, español, afrancesado y europeo hasta sus raíces, incluso las puramente formales. Tuvo un vivir inquieto, a medio camino entre su continente y el nuestro, y volvió a morir a su país después de beberse buena parte del acervo poético europeo y transformarlo en un nuevo modelo para su generación. De hecho se le tuvo por el patriarca de los poetas españoles del siglo XX, pues en casi todos es apreciable su influencia. Nada en su vida fue común, ni su mismo carácter. Bipolar, eternamente insatisfecho, siempre entre el ansia de todo placer y el miedo al dolor, entre el optimismo más desbordado y el pesimismo más angustioso, entre el derroche y la penuria, ingenuo, sensible, mujeriego y alcohólico, pagano por amor a la vida y cristiano por temor a la muerte, según él mismo se definió. Esa fue una de las constantes que condicionaron algunos rasgos de su carácter: la angustia ante la idea de la muerte, que le llegó en plena madurez creativa, a los 49 años, hace ahora un siglo.
Con Rubén el modernismo entra en las letras españolas como un torrente de aguas nuevas. Del mismo modo que por esas fechas Horta o Gaudí trataban de escapar de un realismo estricto y llenaban sus edificios de curvas, flores, asimetrías, colores brillantes, dibujos caprichosos y ondulaciones inútiles, pero bellas, Rubén llenó su lenguaje de palabras y expresiones cargadas de intencionalidad más estética que significativa: nelumbo, crisálida, céfiro, empíreo, náyade, canéfora, siringa, liróforo, sistro, núbiles doncellas, cisnes unánimes. Fue más culterano que conceptista. Removió la métrica con el libre empleo de las estrofas y con la vuelta al verso alejandrino; buscó la sonoridad del poema en el ritmo del verso latino, tanto binario como ternario, en los acentos esdrújulos y en la adecuación eufónica de las palabras. "Únanse, brillen, secúndense tantos vigores dispersos: / formen todos un solo haz de energía ecuménica. / Sangre de Hispania fecunda, sólidas, ínclitas razas".
A instancias de Pérez de Ayala pasó en Asturias varios veranos, los de 1905, 1906 y 1909. Se asentó en San Esteban de Pravia, en Riberas y en San Juan de la Arena, donde se cuenta que pasaba los días escribiendo, bebiendo ginebra con hielo que se hacía traer todos los días desde Oviedo, y haciendo cosas como bañarse desnudo por la noche en la playa, así que no es de extrañar que lo tuvieran por un bicho raro.
Su obra fue muy conocida, aunque sólo en su parte más popular. Cuántos de nosotros habremos recitado aquel poema sobre la princesita traviesa que se fue a buscar una estrella. Aún sigue estando linda la mar, y el viento lleva esencia sutil de azahar.

miércoles, 27 de julio de 2016

Un rincón insólito

Por la serranía cacereña el verano pasa con el toque de delicadeza con que mira siempre a la montaña: sin apretar demasiado y dejándose llenar de perfumes. El valle de la Vera es un camino de encanto natural y de emociones históricas, entre continuo verdor y pueblos y lugares que combinan sencillez con intensas evocaciones del pasado. La carretera que sale de Cuacos hacia la sierra pasa al lado del cementerio de soldados alemanes, un lugar donde se pide un recuerdo para los muertos con profundo respeto y humildad, y donde solo los pájaros se atreven a romper el silencio, y sigue hasta el monasterio de Yuste, allí donde llegó un día el emperador Carlos V a cuestas con su gota, sus relojes y sus desengaños. Aún se ve su huella por todas partes, en el palacio, en su celda, en su silla, en los cedros y naranjos que mandó plantar alrededor de su casa de campo, en la terraza desde la que contemplaba el hermosísimo paisaje. Pero el viajero esta vez quiere fijarse en un lugar menos conocido, de nombre curioso y de personalidad aun más curiosa, cuando no extraña: Garganta la Olla.
La carretera sale de Yuste subiendo entre curvas y desciende luego hasta un valle en forma de gran olla, en el que confluyen unas cuantas gargantas, con lo que parece justificarse su nombre. Al visitante le parece este uno de los pueblos de carácter más vigoroso que conoce, y no sólo por su arquitectura popular, con sus casas de paredes entrecruzadas por vigas de madera, ni por sus calles o rincones, sino por lo que no se ve. Parece que había aquí un poblado de pastores venidos de Cáparra, que nunca aceptaron someterse a Plasencia; querían ser libres, lo cual ya indica un rasgo de carácter. Luego, por circunstancias buscadas o sobrevenidas, el lugar fue acumulando elementos insólitos, casi todos sombríos o inquietantes, que hoy sorprenden al forastero. De aquí era la famosa Serrana de la Vera, Isabel de Carvajal, que, en 1560, para huir de la obligación de casarse con un hombre al que odiaba, se refugió en el bosque y se dedicó a seducir a cuantos hombres encontraba para asesinarlos después, hasta que la Inquisición la apresó y la ahorcó. También aquí se muestra, en uno de los soportales de la plaza, la picota donde se exponía a los condenados a la vergüenza pública. Y aún más, la cárcel en la que se torturaba a los detenidos. Y la Casa de la Inquisición, donde se guardan diversos instrumentos de tormento. Por si fuera poco, este viajero oye contar que, en 1948, el diablo se le apareció a uno de los vecinos del pueblo que, por cierto, era una persona muy poco impresionable. Y en todas las leyendas referidas al pueblo, duendes que imponían juramentos, ninfas encantadas que matan a los hombres, enormes serpientes peludas de mordedura mortal o niñas dotadas de capacidades paranormales. Menos mal que aún queda, como concesión a la realidad más humana, la casa de las Muñecas, un antiguo burdel construido para satisfacer a la soldadesca del emperador; una muñeca tallada sobre la puerta, que aún está en su sitio, no dejaba lugar a confusiones.
El visitante trata de volver a la natural sonrisa de esta tierra. Ya no es tiempo de cerezas, pero sí de higos, y qué bien se dan en este valle, y qué ricos.