miércoles, 24 de mayo de 2017

El tiempo de mañana

El aprendizaje más doloroso al que nos condena la vida es el de comprobar la aceleración del tiempo en su acción sobre todo lo que constituye lo que somos. Esta generación está consiguiendo que el discurrir del tiempo haya dejado su cadencia natural para seguir la que nosotros queramos que siga. Por supuesto, el ritmo del paso del tiempo es una percepción humana; lo marcamos nosotros según el número de sucesos con que lo llenemos, es decir del conocimiento que tengamos de ellos. En esta época de acceso gratuito y global a la contemplación de la actualidad, la cascada continua de información que nos inunda a cada minuto nos solapa las emociones y apenas nos permite generar recuerdos. Los momentos cada vez son más breves y se suceden con más rapidez. Antes solo los viejos podían establecer comparaciones porque tenían detrás un largo tiempo más o menos estable; ahora hasta los más jóvenes tienen ya referencias para comparar su momento actual. El tiempo de ayer ya no es de ayer, sino de esta misma mañana. El tren circula cada vez a mayor velocidad sin que sea posible contemplar el paisaje.
No se trata de hacer un ejercicio de melancolía, que tampoco sería mala autodefensa, sino de buscar explicarnos a nosotros mismos el extraño tiempo en que nos ha tocado vivir. Un cronista del futuro quizá se encuentre en dificultades para dar un nombre adecuado a esta etapa de transición acelerada hacia un modelo del que apenas podemos intuir algo, y lo poco que intuimos no parece muy apetecible para nuestra condición de seres pensantes. Seguramente hable, desde la clarividencia que da contemplar la escena desde la distancia, de una época en la que alguna conjunción de fuerzas invisibles, bien organizadas, se empeñó en disminuir, en incluso anular, la capacidad de pensamiento individual. La gran red global en la que el mundo está enredado sin escapatoria, está sirviendo a unos propósitos de dominio por parte de grandes grupos de poder que pretenden imponer un nuevo orden mundial. Se trata de aceptar un pensamiento único, de conseguir que se considere equivocada cualquier conclusión derivada de un raciocinio personal, de crear un estado de opinión general en el que se anule al que no acepte los nuevos valores establecidos. La única verdad viene dictada desde una especie de pentecostés que todo lo domina con sus lenguas de fuego, a las que nadie puede poner nombre. Es llamativa, por ejemplo, la idolatría que el sistema educativo tiene por las matemáticas y afines, como si en la vida real nos fuésemos a encontrar cada día con dos o tres polinomios que sumar; incluso esos sedicentes orientadores que tienen los institutos tienden a pintarle al alumno el bachillerato humanístico como algo sin salida y sin apenas futuro en el mundo actual; poco menos que una pérdida de tiempo.
Evitar el pensamiento y el análisis crítico, debilitar la capacidad de argumentación, es decir, todo lo que aportan las humanidades, ese parece el destino de nuestros jóvenes. Con las ciencias exactas la mente no se ejercita en la dialéctica; sus postulados no admiten discusión porque no trabajan con ideas. Es en las humanidades donde se puede tratar de buscar un sentido a la vida. Por eso hay que proscribirlas.

miércoles, 17 de mayo de 2017

Falta de explicaciones

Cualquier acción política, y más si es de carácter ejecutivo, debería acompañarse de una cierta labor pedagógica que la explique, la justifique y la haga aceptable por los ciudadanos, que son los que van a vivir sus consecuencias. Si se entienden los motivos siempre será más asumible cualquier norma, por dura que sea; si se exponen las razones puede que hasta encontremos en ella un fondo de lógica, por extraña que nos haya parecido. Explicar no es adoctrinar, como parecen entender los gobiernos, temerosos de ser tachados de imponer su ideología. Buena parte de la crítica continua hacia la clase política y de la insatisfacción generalizada ante ciertos aspectos del sistema que nos rige viene de esa ausencia de explicaciones de determinadas decisiones. Porque hay que ver que algunas son extrañas.
Alguien ha decidido, por ejemplo, que a partir de ahora no sea necesario aprobar la enseñanza primaria para comenzar el bachillerato; que se puede acceder con dos asignaturas suspendidas. No se han explicado las razones por las que se tomó esta decisión, de modo que cada uno puede interpretarla según sus propias conclusiones: premiar la vagancia, desincentivar el interés por el estudio, despreciar el valor del esfuerzo, renunciar a la excelencia, desmotivar al buen estudiante. Pero no, no es posible creer que se haya pretendido eso. Puede que muchos de nuestros políticos no den muestras de ser unas luminarias, pero resulta difícil admitir que fuese ese su propósito. Seguramente tendrá fines más nobles: acaso hacer aflorar pronto las cualidades de cada estudiante, o quizá eliminar obstáculos para facilitar el desarrollo de los estudios vocacionales allanando el camino a quienes tengan bien delimitada su inclinación académica. Puede ser, pero las intenciones ocultas no son fuerzas vivas que aporten claridad; lo que hacen es dar apariencia de capricho a cualquier decisión, por correcta que sea.
Estamos rodeados de misterios que sin duda tienen respuesta, porque son artificiales, pero que permanecen para la mayoría en el campo de lo incomprensible porque nadie tiene a bien enseñar al que no sabe. Y no son solo cuestiones referidas al esotérico mundo de la política. Cuántas veces nos hemos quedado perplejos ante sentencias judiciales que no alcanzamos a comprender. En nuestra simpleza nos preguntamos, por ejemplo, cómo es posible que en la lucha contra la corrupción a unos los metan en la cárcel inmediatamente y otros lleven años con sus trapicheos familiares en total libertad y hasta con un toque de jactancia. O que un tipo con no sé cuantas detenciones encima siguiera en la calle; para su desgracia, otros como él decidieron aplicarle su particular justicia.
Gobernar bien es convencer; es procurar el modo de hacer partícipes a los ciudadanos de lo que se decide para todos. Sin duda detrás de cada disposición que se toma se encuentran sólidos argumentos que la apoyan, pero dígnense explicarlos para que no sintamos ese desamparo de vivir bajo unas decisiones que nos pueden parecer absurdas. Lo que se entiende se respeta; es lo incomprensible lo que nos incita a rebelarnos.

miércoles, 10 de mayo de 2017

Primavera en el bosque

Bosque otra vez reverdecido, sembrado de las ilusiones que van asomando, bosque sabio de tantas primaveras. El símbolo, hoja con ternura de recién nacida y brote primerizo de tantas metáforas que alientan nuestra pobreza expresiva, lo ha inundado todo, se ha hecho con el aire y la tierra y, sin embargo, qué luz es capaz de dar la buena predisposición de ánimo para que todo parezca más luminoso. Está tibio el aire, dormida la tierra y dormido el olor de los espinos. Hay una carretera en la ladera lejana, pero hasta aquí sólo me llega su silencio. Está tragándose sus propios ruidos, allá ella; si no me lanza más que su imagen muda no habrá por qué odiarla. Sé que este seno es eterno y ha cobijado pensamientos diversos y que incluso algunos de ellos se han atrevido a materializarse en ideas y formas que sólo a la cultivada mente del hombre pueden interesar. Pero hoy no quiero ser una mente cultivada, no quiero, y me siento en el musgo y dejo que la humedad fije la realidad de mis divagaciones.
El sol forma claros como pequeños templos atravesados por rayos de luz que penetraran por cientos de ventanas. Fuera de allí, cuántas palabras, cuántos lechos como cálices amargos, cuántas verdades dichas en susurro, cuántas mentiras dichas a gritos. Somos cantos rodados tirados por el camino de la vida, y si alguien tuviera la facultad de andarlo con paso largo y libre, tropezaría con nosotros. Bultos pequeños que se mueven sin parar, que se mueven en círculo buscando la tangente definitiva. Luego, con los años, sabremos que la única ciencia en la que todos somos diplomados es en la ciencia de no entender nada.
También el sendero entre los robles está iluminado por los rayos que las hojas modelan a su gusto. No hay sendero menos libre para elegir su apariencia. Me llega ahora un perfume de helechos como un recuerdo de infancia, amable y complaciente el bosque con los que renuncian a ser ambiciosos, porque al ambicioso que se apoderó de los sencillos corazones de su pueblo para emplearlos en su propio provecho no le será permitido oler el aroma de los helechos, sino el hedor de las cárceles que creó. Tampoco a la sombra cobarde que aprovecha la oscuridad para romper la esperanza de cuerpos apenas iniciados o la vida de alguien que ama y es amado, le será dado oler más que la putrefacción de sus propias entrañas. A los que el hambre mata o la enfermedad desconsuela, sí. A esos puede que sí.
Así me parece en esta mañana de primavera recién iniciada, en la que el aire de algún confuso propósito me ha traído hasta el claro de un bosque, en el que, de vez en cuando, pasa revoloteando una mariposa blanca. Ya se ha cubierto el suelo de flores y pronto aparecerán las fresas silvestres y ardillas temerosas en las ramas; en el canto de los pájaros hay un trino recién estrenado que tiene algo de presentación. Siento ganas de internarme por la hojarasca, pero me quedo donde estoy, a cuestas con una extraña mezcla de bienestar y desasosiego. Han brotado las hojas, pero los rayos de sol siguen con su poder de siempre, indiferentes a sus efectos, sin saber de las turbulencias que pueden crear en los ánimos inquietos. A lo mejor, la ansiada explicación universal comienza en aquel silencio de colores.

miércoles, 3 de mayo de 2017

El club de los políticos originales

No se acaba nunca el tiempo de los políticos originales, a medio camino entre salvapatrias y elegidos. No hay forma de que se agoten en su propia esterilidad, porque siempre surgen otros nuevos con ímpetu parecido. Los políticos originales tienen a gala adueñarse de la ultramodernidad y andar siempre dos años luz por delante del resto de los vulgares mortales, ufanos ellos, asombrados de sus propias ideas, cuyo excelso brillo no les permite ver que la ultramodernidad suele ser un atajo de regreso hacia la caverna. En este país nuestro, tan viejo y tan de vuelta de todo, se dejan ver a menudo, especialmente cuando no sienten una posibilidad cercana de conseguir sus planes, como si dedicaran todo su esfuerzo a demostrar aquello de la vaca, que cuando no tiene que hacer espanta moscas con el rabo. Más que partidarios de la política como servicio al bien común, lo son de la política-espectáculo. Su originalidad suele rozar con lo grotesco, y su pretendida llamada de atención a la sociedad termina invariablemente en un silencio de indiferencia.
Quizá nos habíamos acostumbrado a años de cierta normalidad, pero el caso es que de pronto parecen haberse cruzado no sé qué líneas del devenir y por todas partes aparecen a la vez tipos originales que preludian otro horizonte. Algunos, como el coreano, dan miedo; otros, como Trump o los populistas europeos, inquietud; otros, como los del enredo británico, curiosidad; y otros, como Maduro, risa por él y pena por quienes lo sufren. El abanico es amplio, y los aderezos con que se adornan, comunes: verdades y mentiras a medias, promesas que halagan cualquier oído, sofismas, demagogia, populismo.
Los hay también algo más vulgares, como si la imaginación del autor no fuera precisamente un potro desbocado. Aquí hay uno, por ejemplo, que anda por ahí con un autobús pintado con caras de gentes que no le gustan, exhibiéndolas como el trofeo de algún lance justiciero; en realidad, este es el partido de las actuaciones originales, según puede verse en su curriculum, y eso que no es muy largo. Hay también por ahí una chica, representante de uno de esos partidillos al que nuestro sistema proporcional le da una representatividad desproporcionada, que predica que tener hijos en pareja origina una lógica perversa y que su crianza ha de ser cosa de la tribu. Y luego están los que pretenden romper lo que ha estado unido desde que tenemos conciencia de habitar esta península y que nos hacen pensar que si España tuviera la suerte de no tener partidos nacionalistas sería realmente un espléndido país, más aun de lo que es. Tiene problemas que resolver, entre ellos el de limpiar muchos despachos, pero sí, sería un gran país. Cuenta con todas las circunstancias para ello: no tiene ningún conflicto grave que la agobie, ha alcanzado una esperanzadora situación económica, le ampara un magnífico pasado cultural y artístico, y sus gentes han evolucionado con naturalidad y sin traumas hacia ideas y prácticas nuevas de libertad y tolerancia. Pero le han brotado en algunos rincones de su casa los enanos de la división, esos que se sienten más importantes siendo cabeza de ratón que parte del león, y ahí están, con su eterno victimismo, sus tergiversaciones históricas y su odio enfermizo hacia todo lo español. Esa es su originalidad.

miércoles, 26 de abril de 2017

Mezclar y confundir

Qué tendrá el concepto de educación y el modo de diseñar el sistema educativo que resulta imposible encontrar uno que concite la aprobación de todos y, sobre todo, que se aproxime lo más que pueda a una formación integral de nuestros jóvenes. Pasan años y leyes, reformas y contrarreformas, normas provisionales y decretos definitivos que duran hasta el fin de ese curso, y así casi medio siglo, sin que valgan regímenes, gobiernos ni signos políticos. De esta larga historia de búsqueda la única conclusión que cabe sacar es la de que aún seguimos en ella. Y otra más, derivada de esta: la de que algunos recovecos de la Administración donde se toman las decisiones sobre educación parecen haber sido creados para ser una fábrica de ocurrencias. Recuerden aquel ministro que decretó que el curso escolar debía coincidir con el año natural, o sea, comenzar en enero y acabar en diciembre; o aquello de las nuevas matemáticas, con los conjuntos y disjuntos, que volvió locos a los niños de la época; o ese baile continuo de nombres para denominar las asignaturas de siempre, y tantas otras, con las que quizá alguien escriba algún día otra antología del disparate, pero esta vez no precisamente de los alumnos.
La historia continúa; se ve que la educación se considera un campo apropiado para iniciativas ingeniosas. En algún despacho consejeril, o acaso ministerial, alguien ha decidido que nuestros niños, al menos en algunos colegios públicos, han de estudiar las ciencias naturales en inglés; que saber en esa lengua, por ejemplo, las partes de la flor, es sumamente útil. Pregunten a un alumno de primaria si estudia ciencias y les dirá que no, que él estudia "sayens", y luego seguramente les mirará con cara de no hablemos de eso. Ya que las ciencias le resultan de por sí difíciles de comprender, si las tiene que estudiar en inglés se le vuelven imposibles. Y el niño se desorienta, se desespera, duda de sí mismo y termina odiando a las ciencias y al inglés. Y desde luego no aprende ni una cosa ni otra. Si anidara en él algún germen de vocación científica con posibilidad de aflorar, quedaría muerto de raíz. ¿En qué brillante cerebro se gestó esta ocurrencia? Seguramente en uno gemelo del que creyó necesario que en algunos grupos la enseñanza secundaria se estudie la Historia, incluida la de España, también en inglés. Salvemos la intención, que siempre tiene salvación, pero poco más. ¿Se imaginan a los alumnos de un colegio inglés estudiando la Historia de Inglaterra en español? Es impensable. Respetan demasiado a su historia y a su lengua.
La absurda anglolatría que nos inunda se extiende por todos los ámbitos, hasta llegar a sustituir al español en las aulas. Poca imaginación y mucho desdén por las ciencias y la historia demuestran en algunos altos despachos. El aprendizaje del inglés tiene otros caminos que no deben interferir en el estudio de las demás materias, y menos en esa edad temprana en que se quedan fijadas para siempre las fobias y las fuentes gozosas del saber. Podemos convertir a nuestros niños en letraheridos, y no, no es pedantería, es que no tengo otra palabra; heridos por aquello que debería ser para ellos una fuente de placer y la puerta hacia el conocimiento: el estudio.

miércoles, 19 de abril de 2017

En un rincón de Castilla

A las soledades de estos campos burgaleses de transición hacia el Duero apenas llegan los flecos de ninguna estampida masiva de puentes festivos. Estas son tierras de monasterios y ermitas, de recogimiento y de romances, también de caballeros y leyendas guerreras. Dejado atrás Silos, el visitante puede perderse por carreteras solitarias entre sotos de chopos y campos de cereal hasta ver, por ejemplo, la espadaña y el torreón de Caleruega.
Caleruega es un pequeño pueblecito situado entre la Ribera del Duero y la sierra, que no tendría nada de particular si no fuera porque guarda la memoria de una de las figuras que más habrían de influir en el modo de acción de la Iglesia: Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de Predicadores, los dominicos. Domingo nació aquí en 1170 y, tras una completa formación y muchas experiencias, vio la necesidad de fundar una nueva Orden basada en premisas distintas de las que regían hasta entonces: estudio, vida mendicante y participación en la sociedad, lejos de la reclusión monástica. Tras su muerte se levantó aquí una pequeña capilla, que luego se convirtió en iglesia. Extrañamente, Caleruega queda sumida durante siglos en la insignificancia, sin más presencia dominicana que la modesta comunidad de monjas del pequeño convento. Hubo que esperar hasta 1952 para que la cuna del fundador alcanzara la dignidad que merecía. El impulso vino de un asturiano, Manuel Suárez, maestro general de la Orden, quien decidió convertir el sitio en el primer lugar dominicano.
El conjunto destaca poderosamente sobre el humilde caserío del pueblo. El edificio del convento tiene aspecto de fortaleza, realzado a propósito por las torres circulares de las esquinas, que rodean el macizo torreón de los Guzmanes. En la cripta de la iglesia se encuentra una capilla con mosaicos de temas alusivos al santo, como sus nueve modos de orar. A un lado, el imponente sepulcro del padre Suárez, muerto en accidente de tráfico en 1954. En el centro, el pozo abierto en el mismo lugar en que, según la tradición, nació el fundador. Hay en el brocal unos vasos para quien quiera beber su agua, pero el fraile que enseña la cripta a un grupo que está alojado en la hospedería del convento, explica que no se trata de ninguna agua milagrosa y que no hagan caso de leyendas, porque es la misma que sale por el grifo de sus habitaciones. Estilo O.P. Veritas, como lema.
Fuera, en la pequeña placita, el pueblo recuerda a su hijo con una sencilla estatua. Y más allá, la inmensa llanura solitaria que, más que dispersar, concentra, como concentra siempre la presencia de toda inmensidad. Caleruega es la cuna de uno de los grandes santos de la Iglesia y, sin embargo, nunca ha sido lugar de mitificación, ni meta de peregrinaciones masivas, ni señuelo milagrero. Tampoco ha hecho nada por ello. Aquí la austeridad castellana se ha dejado sentir también en el modo de fijar su presencia ante el mundo. Nada que ver, por ejemplo, con Asís o Loyola, por citar sólo dos lugares de parecida significación.
Antes de abandonar Caleruega, este viajero se acerca de nuevo al convento de las monjas a comprar una caja de sus riquísimas delicias gastronómicas. Le atiende una hermana de ojos claros y sonrisa más dulce que las pastas que prepara.

miércoles, 12 de abril de 2017

Vacaciones, tradición y fe

Con media España de mudanza en busca de algún lugar distinto al suyo y el sol colaborando en el empeño, hemos entrado en la semana más atípica del año, esa en la que casi nada está en su sitio y obliga a alterar la normalidad habitual, al menos en sus aspectos más superficiales. La Semana Santa es el primer alto que se toma el año en su curso. O mejor, que se toma el año que nosotros hemos creado con nuestros afanes y trabajos. Que su ritmo y sus pausas estén basados en el ciclo del período litúrgico cristiano no es más que una constatación más de las raíces culturales de las que venimos.
Quizá sea en España donde la Semana Santa ha encontrado su símbolo más identificativo, a la vez que complejo de comprender en una primera mirada: las procesiones. Frente a la Europa del Norte, donde la influencia calvinista impone una ostentación contenida de los sentimientos y un rigor casi conceptual en las expresiones, aquí la devoción se manifiesta libremente en la calle, sin pudores, entre cantos, llantos y plegarias compartidas. Las procesiones, más allá del carácter folclórico que ocasionalmente puedan bordear, son elementos de manifestación religiosa a través de unas formas profundamente humanas. Son evocación del sufrimiento ajeno, exaltación de la compasión y de las lágrimas por un dolor solo comprendido por quienes tienen la certeza de la verdad del misterio que se representa. El dogma solo vive en los corazones en los que anida la fe; sin ella no hay posibilidad de penetrar en su entraña más íntima, aunque, eso sí siempre queda su belleza externa y su carácter de elemento cultural y sociológico.
Hace ya mucho tiempo, desde que el afán por la conquista de la realidad material ha ido ganando terreno al mundo espiritual, que la Semana Santa se ha convertido en una inmensa manifestación de fe profana. El segundo gran momento del año cristiano, el que cierra y culmina su ciclo dogmático, es, simplemente un período vacacional. Si en la época navideña, a pesar de la plaga comercial que ha caído sobre él, se mantiene una innegable cercanía al hecho que se celebra y un espíritu de cierta aproximación litúrgica, que se refleja en la tradición de la celebración familiar, en Semana Santa se hace difícil encontrar otra cosa que caras ansiosas de llegar a un destino ajeno al suyo. A lo mejor es que un nacimiento, aunque haya tenido lugar hace dos milenios, nos aviva siempre una idea de alegría; en cambio la muerte, por más que haya sido redentora, nos perturba, mientras que la resurrección, como todo lo que es ajeno a la realidad ordinaria, resulta de muy difícil comprensión fuera de la gracia de la fe.
Esta semana termina sólo por ser santa para esa alma humilde y anhelante, que se recoge en la penumbra silenciosa de una iglesia, cara a cara consigo misma y a solas con el misterio que nutre su fe. Su meditación sobre el hecho fundamental del dogma cristiano se convertirá en plegaria, en propósito, en razón de vida. Revivirá su esperanza con la palabra mil veces oída y siempre renovada, como alimento que es. Y no andará por las calles con sayales ni capirotes. Sólo para ella la semana es santa.

viernes, 7 de abril de 2017

Panorama televisivo

Hasta la aparición de internet, la televisión ejercía el poder absoluto en lo que se refiere a la configuración de las costumbres y modos sociales, además de la diversión familiar, que parecía innato a ella. Su mágica presencia en el salón de cada casa, especialmente en las noches, tenía mucho de reverencial, un oráculo supremo, una ventana que se nos abría al más allá de nuestro raquítico entorno y a la que era inevitable entregarse sin reserva. Y ella proclamaba orgullosa la triple función que debía ser su objetivo y a la que habría de servir: formar, informar y entretener. Eran tiempos de novedad y de trazado de caminos a seguir, y en estos casos siempre se piensa con una altura de miras que luego, poco a poco, el tiempo y nuestra inexplicable atracción por todo lo negativo, rebajan hasta eliminarla. Qué poco puede decirse hoy de algún efecto medianamente positivo de la televisión en nuestra sociedad. Lo de formar sería hoy motivo de burla en esos acreditados canales de conocimiento que son las redes sociales. Informar ya suena a abstracción difusa, como un propósito que hace tiempo que ha dejado de serlo; la información es ahora opinión, nacida de una línea editorial partidista y desarrollada hasta la náusea en tertulias y espacios al rojo vivo en los que se crean de la nada los políticos que conviene. Y entretener ha cambiado su sencillo significado, y sobre todo sus modos, para apoyarse en la zafiedad, la sosería y la ausencia absoluta de ingenio. Ver la televisión es cada día más un ejercicio ideal para rebajar la dignidad propia y el respeto a sí mismo.
Puede que las exigencias de un público cada vez más curtido hayan aumentado y que resulte muy difícil sorprenderlo, como antes, con cualquier novedad, pero lo que se hace notar es la falta de talento para renovar con éxito las ofertas, al menos en las cadenas generalistas. La vieja pantalla familiar se ha convertido en una vaciedad absoluta; el ciudadano de a pie ve en ella muy pocas cosas que le traigan reflejos de su vivir cotidiano y ni siquiera le sirve para evadirse de él; prefiere grabar sus programas en otros sitios y verlos a su gusto. Los géneros de siempre se han convertido en apuestas arriesgadas por su escasa aceptación; las nuevas series muestran una total incapacidad para conectar con el espectador; los concursos, aquel recurso entrañable de la tradición televisiva, sobreviven en formatos menores; por los llamados programas del corazón se mueve un rebaño de mindundis que parecen salidos de alguna tabla de El Bosco. Como grandes hallazgos pueden citarse esa ola de enseñanzas culinarias que nos invadió de repente, como si nuestras madres y abuelas nunca hubieran sabido freír un huevo, y la consagración de las tertulias para discutir sesudamente el sentido del último insulto de cualquier imbécil en su tuit.
Eso sí, hay ofertas para toda necesidad. Por ejemplo, si usted quiere estar informado de forma parcial y partidista, puede ver los informativos de esa cadena de las tertulias al rojo vivo, y si le gusta experimentar la sensación de sentir vergüenza ajena, vea algo de la madre de las mamachichos. Y así la mayoría. El ejercicio crítico será lo único que deje a salvo nuestra integridad intelectual.

miércoles, 29 de marzo de 2017

Aniversario europeo

Nacieron de un tronco común y se alimentaron de los mismos nutrientes, aunque algunos se desarrollaron más que otros. Crecieron juntos y participaron también juntos de casi todo lo que afectó a cualquiera de ellos. Pasaron la vida peleándose entre sí, mirándose de reojo, tratando de cambiarle al vecino las fronteras en beneficio propio, pero a la vez intercambiándose ideas y forjando un modo de ser común. Apenas hubo entre ellos un momento de paz absoluta hasta que, hace ahora sesenta años, decidieron solemnemente hacer un pacto de unión y olvidar para siempre lo que los dividió durante siglos. La Unión Europea es, sin duda, una experiencia única en la Historia, y al mismo tiempo, una de las más lógicas. Y es que hay conceptos cuyo poder de abstracción se superpone a la propia realidad física que los sustenta. Por encima del hecho geográfico que la configura -una península irregular de Asia- Europa y lo europeo tienen una proyección histórica que alcanza en mayor o menor medida a la totalidad de la humanidad. Nada hay tan fluido como el pensamiento, sobre todo cuando va sustentado por un empirismo capaz de crear ventajas materiales. La cultura europea, su concepción ontológica, sus referencias morales, su creación artística, su ciencia y, por supuesto, su actuación material, han influido de modo tan determinante en el quehacer histórico, que resulta difícil no encontrar su eco, por débil que sea, en el rincón más apartado de la vida cotidiana de todos los pueblos. Bien mirado, no hay mayor fuerza de cohesión.
El sustrato cultural europeo tiene su raíz en tierras griegas en el momento en que el mito comenzó a ceder sitio a la razón, y se ha desarrollado con esta marca de origen en todos los campos del conocimiento. Luego, lo que se refiere a los modos de organización social lo aportó Roma, y lo que atañía a la relación individual con lo trascendente lo puso el cristianismo. No es una visión mediterránea; ya se encargaron las reformas religiosas de contrastar los dos espacios diferenciados y de hacerlos valer hasta hoy mismo, pero nada puede entenderse en el ser europeo, ni siquiera en lo material, sin tener presente esa raíz. Como alguien ha recordado estos días, en el 298 Diocleciano dividió el Imperio romano de Occidente en siete diócesis: Germania, Hispania, Britania, dos en la Galia, Italia y África. Pues las cinco primeras son hoy los cinco estados con mayor PIB de la Unión Europea.
En este aniversario se ha hablado mucho de Europa, se han dicho muchas cosas y se han hecho muchos discursos. Ninguno, sin embargo, se ha referido a lo realmente importante: sus lazos internos, las venas invisibles que la fecundan. Todos los argumentos que se esgrimen a favor de la idea de Europa nacen de la economía, la geoestrategia o de la contingencia política del momento, es decir, son argumentos circunstanciales, que nadan sobre las olas a merced de donde sople el viento, sin anclarse en nada sólido. Se hace necesario un rearme poderoso de su identidad cultural y moral, que es justamente lo que se está abandonando en favor del fortalecimiento exclusivo de los lazos económicos y, algo menos, de los políticos. Sin unos firmes apoyos sentimentales, aferrados a las raíces espirituales que la han nutrido desde su origen, se hace imposible su futuro.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Políticos de la nueva hornada

El aire fresco que anunciaban las nuevas caras de los indignados que iban llegando al foro de la política se ha ido enrareciendo a medida que fueron teniendo oportunidad de abrir la boca. Más que brisa vivificante es ya miasma envejecido que huele a rancio y que nos trae recuerdos de turbios momentos del pasado. Pronto agotaron su aliento; no pudieron sostener mucho tiempo el soplo impostado con que pretendían encandilar a todos los necesitados de un salvapatrias. Es lo que tiene estar a todas horas en las pantallas, luciendo verborrea fraygerundiana e imagen modosita de telepredicador; que las burbujas del fondo terminan por aflorar. Siempre en vanguardia de la preocupación por solucionar los grandes problemas de nuestro vivir diario, siempre atentos a la felicidad de los ciudadanos y ciudadanas, han decidido retomar la vieja arma del anticlericalismo, que les debe de parecer muy efectiva para satisfacer esa acuciante demanda de la sociedad que es la de acabar con cualquier signo religioso. Pero no les basta con asaltar capillas, terminar con la enseñanza concertada o derogar los acuerdos con el Vaticano. Han decidido que lo que realmente ofende nuestra condición de demócratas y pone en peligro todo nuestro sistema de convivencia es que la televisión pública siga retransmitiendo la misa cada domingo; o sea, que dé un servicio al 70 por ciento de la población.
Mucha dosis de fanatismo hay que tener para anteponer una ideología nacida del sectarismo a la necesidad espiritual de millones de personas. Precisamente la parte más débil de la sociedad: mayores, impedidos, gentes aisladas en el medio rural, personas que tienen en la misa dominical un consuelo reconfortador y un modo de sentirse partícipes de la vida de su comunidad a través de su liturgia y su mensaje. Pocas veces la televisión habrá ejercido con tanta dignidad su función de servicio público, ese que estos nuevos salvadores de nuestra indigencia intelectual quieren quitarle. Y todo porque ni siquiera saben leer: en ninguna página de la Constitución aparece el término laico ni ninguno de sus derivados. Lo que se dice es que ninguna confesión tendrá carácter estatal, o sea que el Estado ha de ser aconfesional, algo muy distinto, y además, que ha de tener en cuenta las creencias religiosas de la sociedad, especialmente la de aquella que aparece como mayoritaria desde el inicio mismo de nuestra andadura histórica.
Si la altura del pensamiento de estos nuevos paladines que han irrumpido de pronto en nuestra escena política alcanza ahí una de sus cotas máximas, fácil defensa tiene el bipartidismo; aquello de que muchas manos en un plato hacen mucho garabato tiene aquí una buena demostración, viendo las manos que revuelven el plato. A ver en qué podemos mejorar la vida de nuestros conciudadanos, se preguntan cada mañana. Pues podemos, por ejemplo, introducir algún nuevo elemento de crispación o buscar problemas donde no los hay, y de paso, atacar a los sectores más vulnerables de la sociedad, también los más pacíficos y los que no tienen más respuesta que el silencio. Y el voto. Cada domingo sube la audiencia de la misa.

miércoles, 15 de marzo de 2017

Los dictadores de opinión

La vida se nos presenta siempre como un camino desconocido, pero este tramo en que hemos entrado hace ya algún tiempo nos comienza a parecer irreconocible y, lo que es peor, sin un destino claro. Sin apenas darnos cuenta, hemos llegado a un período en el que todo parece amontonarse, nada permanece más allá de un suspiro, corren extrañas novedades a ocupar un lugar que aún no ha sido desalojado y todo se hace confuso y de difícil asimilación. Igual las ideas. Desde algún poder escurridizo en sus formas, pero no en sus medios, se decide una alteración de los valores que nos han sustentado y se impone una idea única, y ay de quien no la siga; menuda catarata de epítetos le espera. Pensar cada vez se convierte más en un acto heroico. Los pensamientos propios, esos queridos y a veces rebeldes pensamientos que nos hacen ser como somos y configuran nuestra carta de naturaleza espiritual, están siendo arrinconados por los de unos cuantos que lo dominan todo y a los que se les permite enseñorearse de ellos. Parece que ya nadie está a gusto con sus opiniones. Se nos invita a huir de lo que pueda decirnos nuestro propio interior. Se procura que siempre tengamos alguna voz ajena que anule a la nuestra, sea una campaña o el charloteo de unos tertulianos profesionales que lo mismo opinan sobre el bosón de Higgs que sobre los efectos de la globalización en la sociedad zulú.
El empeño es debilitar nuestras convicciones para que quedemos a merced de ellos. Se está entregando la facultad de pensar a cambio de que nos ocupen la mente. "Lejos de nosotros la funesta manía de pensar", declaró el rector de la universidad catalana de Cervera para fijar su fidelidad al rey absolutista. Hoy el absolutismo se ha trocado en el intento de llevarnos hacia un único pensamiento, haciéndonos renunciar a todo lo que configuró nuestra instalación moral y cultural. Todos hemos de pensar lo correcto, es decir, lo que entienden por correcto quienes controlan los medios. Tiene que gustarnos lo que les guste a ellos. Hay que compartir su opinión sobre algunos comportamientos y actitudes que hasta ahora nos parecieron rechazables, o sobre unos determinados segmentos sociales y hasta sobre aspectos de nuestra propia historia. Que no tengamos ocasión de pensar. Quizá sea porque, según los expertos, razonar no es cuestión que dependa de la inteligencia, sino que se aprende con el ejercicio.
A mis soledades voy, de mis soledades vengo, porque para estar conmigo me bastan mis pensamientos. Puede, don Félix, pero es que en su tiempo no existían los robamentes, ni los hechizos ante ellos, en la misma dimensión que hoy. El progreso es hijo a la vez del tiempo, de la sana voluntad del hombre y del maligno, pero hay algunos que parecen ser únicamente hijos del maligno. Cuando el progreso aliena no puede tener otro padre.
Si quieres oír cantar a tu alma, haz el silencio a tu alrededor, escribió otro poeta. El silencio que habita lejos de la bambolla mediática y de quienes aparecen por todos los sitios lanzando sus consignas. Allí donde no haya ninguna voz ajena que merezca quitarte tu propia compañía para darte a cambio basura elaborada.

miércoles, 8 de marzo de 2017

Evocación tunecina


Hay muchos motivos para perderse unos días por Túnez y todos tienen que ver con los aspectos más gratificantes de la actividad viajera: por sus gentes amables y hospitalarias, por la variedad de sus paisajes, por sus contrastes físicos y humanos o porque acaso ahora sea uno de los países más seguros para el turista. O puede que por el color rotundo de las cosas, ese color que le hizo decir a Paul Klee: "El color me posee; somos uno bajo este cielo, el más bello del mundo". Hay muchas razones y cada visitante tendrá la suya. La que le mueve a este viajero tiene que ver con lejanos pero vigorosos recuerdos de pupitre, cuando los héroes eran los únicos señores de la Historia y oía las hazañas de Aníbal con la convicción de que era el mayor de todos ellos. Aún recuerda el texto literal de su libro: "Cruzó los Pirineos, cruzó los Alpes, venció a los romanos en las batallas de Tesino, Trebia, Trasimeno y Cannas y llegó hasta el corazón de la misma Roma, pero no se decidió a atacarla". Luego, ya se sabe, la falta de recursos, la incomprensión de su ciudad y la derrota final en Zama. Más tarde, el "Delenda est Carthago", la destrucción total y la desaparición de la ciudad púnica.
Casi todo lo que hoy nos queda de aquella poderosa señora del Mediterráneo que se atrevió a desafiar a Roma es la ciudad reconstruida por los mismos romanos, extendida a lo ancho de 600 hectáreas en torno a la colina de Byrsa, el núcleo primitivo. En su cima quedan los restos de la acrópolis romana, y junto a ellos el Museo Cartaginés y una catedral, ya sin culto, dedicada al rey San Luis de Francia, que murió aquí. Y a sus pies, dispersos entre pinares y palmeras, los vestigios de la gran ciudad: las enormes termas de Antonino, el anfiteatro, un conjunto de villas romanas, el teatro, y también los dos puertos púnicos artificiales, el comercial y el militar, que albergaba la poderosa flota cartaginesa, y el "tofet", el lugar de los sacrificios a Baal. Los franceses se encargaron de poner a esta zona el nombre de Salambó, como la sacerdotisa de la novela de Flaubert.
Desde la ladera de la colina se tiene ante los ojos la espléndida bahía, bordeada de verdor. Está el aire reposado y todo el ambiente parece contagiado de su serenidad. La luz mediterránea dibuja el paisaje con una nitidez desacostumbrada, como si todo estuviera envuelto en una transparencia desconocida. Al fondo, sobre la otra orilla, se recorta la silueta de Bou Kornine, la montaña sagrada. Apoyado en la verja de una terraza, este viajero contempla todo esto y le da por pensar que los hechos que deciden nuestros caminos en la vida vienen determinados por minúsculas conjunciones de actos insignificantes. La Historia está formada por hechos así, y de ellos gozamos o sufrimos las consecuencias, sin que intervenga más voluntad que la de quien cree decidir algo sin gran importancia. Si Aníbal, después del triunfo de Cannas, se hubiera decidido a atacar Roma, seguramente nuestra historia sería muy distinta. No habría existido el Imperio romano ni la Europa que conocemos ni yo estaría escribiendo en esta lengua. Pero ahora la mañana es luminosa y uno también piensa que sólo por gozar de este momento y este lugar, bien merece la pena venir a Túnez.

miércoles, 1 de marzo de 2017

No es tiempo para la lírica

Algo se nos va perdiendo día a día sin que nos demos cuenta, algo que no echamos de menos ni echaremos hasta que el tiempo nos lo convierta en una carencia insoportable. Y es que corren malos tiempos para la lírica, amigos. El viento de no sé qué modernidad se está llevando por delante la dulce entrega a la evocación y hasta la misma poesía, como si fueran las hojas inservibles de un parque en otoño. Ya marchita la rosa el viento helado, todo lo muda esta edad ligera. A ver qué niño de ahora conoce algún romance o alguna de las fábulas de Iriarte o Samaniego, que antes todos se sabían de memoria; a ver quién es capaz de recitar las décimas de Segismundo o siquiera algún soneto; a ver cuántos pueden citar en voz alta versos que hablen de honor, de libertad o de amores escondidos. Buena escoba traéis, mudanza fuerte, que sin piedad ni amor todo lo cambias. Pregunten a los niños por impronunciables nombres de aplicaciones de móvil y de ordenador o a un joven por los secretos de cualquier red y obtendrán no sólo una respuesta exacta y extensa, sino también un rostro iluminado por la íntima satisfacción del conocimiento. Pero no les habléis del olmo seco hendido por el rayo ni de qué tengo yo que mi amistad procuras, porque veréis en su cara un gesto de extrañeza, cuando no de desagrado. Así es, amigo, qué se le va a hacer.
Y el caso es que esta cuarta o quinta revolución tecnológica tampoco va a traernos la menor solución a ninguna de nuestras inquietudes espirituales, ni va a colaborar en la búsqueda de los tres grandes objetivos que nos enseñaron los griegos y que nadie ha logrado invalidar como modo de ser mejores como individuos y como sociedad: la belleza, la bondad y la verdad. Más bien al contrario. Ninguna realidad tecnológica puede ser en sí misma un fin, como parecen pretender esos falsos progres miméticos y obsesionados por el temor de perder no sé qué tren, sino que se trata tan sólo de un medio para alcanzar un objetivo mucho más alto y bastante más lejano, y que tiene que ver con la realidad más profunda del hombre. Parece que alguien gana con que no coticen los sentimientos. Ya se alzó en un parlamento autonómico la voz de una boca seca de no besar, clamando contra el amor romántico y sus terribles consecuencias sobre la igualdad de género. Qué equivocados estuvimos todos hasta ahora. Qué bonita y ejemplar habría sido la historia literaria sin Julieta ni Dulcinea ni Melibea ni Emma Bovary. Qué maravilloso modo de entrar, desprovistos de lastres absurdos, en el mundo de la auténtica corrección, el de las relaciones establecidas sobre unas coordenadas de implacable igualdad, sin los condicionantes artificiosos que hemos fabricado y que tienen nombres como ternura, dulzura, cariño, amor.
Si algún atractivo tiene para uno la posibilidad de vivir doscientos años, sería la de ver qué clase de seres humanos hemos contribuido a dejar en este planeta. Vamos a creer que los griegos tenían razón y que la búsqueda de sus tres conceptos seguirá suscitando preocupación; eso indicaría que, a pesar de todo, la esencia del ser humano prevalece como parte inherente a él. Pero entretanto, amigo, lo dicho: corren malos tiempos para la lírica.

martes, 28 de febrero de 2017

Días señalados

Debe de ser tan grande el interés que tienen algunos de que tomemos conciencia de todo lo que nos rodea que cada día está ya dedicado a algo, a un concepto, a una enfermedad, a un objeto, a un animal, a una campaña, a cualquier cosa. No sé quiénes deciden de qué debemos preocuparnos cada jornada, pero no parecen darse cuenta de que todas las causas no son iguales y que, en todo caso, el exceso de llamadas de atención lleva a la pérdida de ella y, por tanto, a la indiferencia. Además, al ser impuestas y decididas de forma discrecional, pueden generar más rechazo que aceptación y conseguir así el efecto contrario. Los aniversarios, en cambio, por su misma concreción y por su carácter ocasional, sirven mucho mejor al personaje que recuerdan o al hecho que conmemoran.
Todos los años nos traen fechas que nos ponen en el mapa del presente a algún personaje cuya silueta, aunque conocida, se hallaba bastante desvaída en la memoria cotidiana. Los aniversarios vienen a ser como una llamada de atención desde el más allá hacia la figura de alguien; una especie de área de descanso en la que detenerse durante algún tiempo a considerar un nombre o unos hechos dignos de ser considerados y que el torbellino del tiempo se llevaría si no se lo impide. Eso en su finalidad más noble; en la más terrena se los procura convertir en un foco de atracción turística y en la consiguiente fuente de rentables dividendos. La lista de candidatos anuales es amplia. Este año hay cumpleaños redondos de hechos como la Revolución rusa, las apariciones de Fátima o el más doméstico del desembarco de Carlos I en Asturias, pero abundan, mucho más los que se refieren a las personas. Entre aniversarios de nacimientos y de muertes, y aun atendiendo tan solo a los nombres que estén en la memoria general, en 2017 se cumplen los centenarios de gentes tan diversas como Cisneros, Murillo, Zorrilla, Kennedy, Manolete, Ventura Rodríguez, Campoamor, Degas, Dean Martin, Mata Hari, Pedro Infante, D'Alambert, Indira Gandhi, Rodin o Buffalo Bill. Gente y gentecilla para toda la gama de homenajes posibles, a gusto y beneficio de quien los rinda. Si el año pasado estuvo ocupado en su totalidad por el brillo de dos estrellas gigantes, Cervantes y Shakespeare, este apenas tiene alguno sobre el que se proyecte algún reflejo institucional.
Instalarse en la inmortalidad es el sueño perenne del ser humano, pero resulta sumamente difícil adjudicar ese premio con justicia. Decía Ledoux que la fama que conceden los hombres nunca está de acuerdo con la razón de la que se deriva; es como la sombra, que siempre resulta más larga o más corta que el objeto que la produce. Seguramente los interesados jamás sospecharon que el recuerdo de sus nombres habría de exceder con mucho la hora de trabajo del marmolista de que hablaba Kant, y puede que, de haberlo sabido, sus vidas hubieran sido otras, acaso con mayores ansias y peores resultados. Esa es una pobre ventaja que tenemos la mayoría de los mortales, con quienes el viento de los siglos y las trompetas de la fama van a tener poco trabajo.

miércoles, 15 de febrero de 2017

Los congresos

Estuvo el fin de semana ocupado por los congresos de dos partidos, a izquierda y derecha, coincidentes en el mismo tiempo y en la misma ciudad, y los dos con todas sus velas desplegadas al aire de la actualidad. Bien nos enteramos, desde luego, porque hay que ver el tiempo sin medida que dedicaron casi todos los medios a tan altos acontecimientos. Y todavía queda el relato del postcongreso, que prolongará la felicidad de algunas cadenas durante unos cuantos días, en un proceso que agota su carácter informativo para convertirse en opinión, y que termina convirtiendo la opinión en una mera secuela epigonal.
Los congresos vienen a ser el vértice sobre el que se sostiene todo el entablamento doctrinal del partido en esa religión laica que es la política. Allí se fijan los dogmas, se consagra a su sumo sacerdote, se decide la liturgia, se nombran los acólitos y hasta las víctimas a sacrificar, si es el caso. Al igual que la Iglesia se reúne en concilio para examinar su rumbo, los partidos convocan sus congresos más o menos para lo mismo. Solo que la Iglesia mide la distancia entre sus concilios por siglos, y los partidos se reúnen para verse las caras cada tres o cuatro años; se ve que necesitan una mirada mucho más vigilante sobre sus interioridades.
La tipología de los congresos es muy poco variada; apenas ofrece diferencias de una formación a otra e incluso de un país a otro. Todo consiste en enardecerse con las propias ideas y hacer que los asistentes se transmitan unos a otros la certeza de que son imprescindibles para la sociedad. Lo que sí varía son las circunstancias de su desarrollo. Hay congresos a los que se va con los egos ya defraudados previamente, quizá porque afloraron a destiempo, y entonces todo transcurre sin sobresaltos, se adivina en el aire sosegado un aleteo de palomas blancas, y los resultados se reciben con la naturalidad de lo previsible. Hay otros, en cambio, a los que los aspirantes al cetro de mando acuden lanza en ristre, con la mirada clavada en las defensas del adversario y la sonrisa tratando de ocultar los colmillos afilados, configurando la puesta en escena de un ajuste de cuentas. Alguno se desmelena, literalmente, quizá para aprovechar el principio del temor a la apariencia, mientras otros recurren a las palabras y actitudes que generen un proceso empático en su torno. Se prevé en el ambiente un duelo en la alta sierra con final a decidir por los pulgares alzados en las gradas. Luego, la experiencia casi siempre nos dice que, después de decirse lo que callaban, callar lo que decían, jurar fidelidades o hacer ademán de requerir la espada, miraron al soslayo, fuéronse y no hubo nada. Los problemas nacen cada día y requieren atenciones que no están escritas en ningún manual previo, y en el próximo congreso ni siquiera se examinará el cumplimiento de las conclusiones de este y volverá a surgir alguna voz nueva para hacer viejos a los cachorros de hoy.
Poco de esto importa al ciudadano. Las miradas al ombligo tienen un interés limitado para los demás, por mucha forma de círculo que tenga, y al final lo que cuenta es el día siguiente y el otro.

miércoles, 8 de febrero de 2017

Cuestión de modernidad

Entre los cultos que ha practicado el hombre en todas las épocas, quizá el más persistente y el que siempre ha salido fortalecido con cada generación es el que ha tributado a la modernidad. Extraña divinidad esta, que siempre requiere sacrificios, a veces tan valiosos como el de las propias convicciones. La modernidad, y esa extraña hija que algunos le han inventado y que llaman postmodernidad, es una deidad tiránica que, si no recibe una veneración sin reservas, cuelga al rebelde la etiqueta de retrógado, carca, cavernario y cosas así. Luego resulta que una mirada objetiva a los hechos y su reflejo en la sociedad nos enseña que no hay nada más reaccionario que eso que nos dan a entender como modernidad.
Lo peor de este culto es que nos lleva a la dictadura del pensamiento único. Tal parece que hemos entregado la decisión de lo que debemos pensar a una clase superior que está en posesión de todas las certezas, aunque nadie sabe de dónde la sacó. Se han hecho dueños de todas las ideas y dictaminan sobre cuáles se deben admitir o no. Salen en tromba a anular cualquier opinión que se salga fuera de su esquema; utilizan eficazmente las redes y los medios; pululan por ahí de tertulia en tertulia, pontificando sobre todo lo que se les plantee y descalificando a quien no comparta su sagrada opinión. Su poder se volvió tan grande que consigue que muchos no se atrevan a hacer aflorar sus propios convencimientos. Cuántos hay que sienten vergüenza de manifestar sus pensamientos más personales por temor a ser tenidos por retrógrados y poco modernos. Cuántos se sienten heridos en su interior al ver que cualquier botarate de la progresía se mofa de su idea acerca de su patria o de la familia y de la educación de los hijos, en nombre de no se sabe qué nuevos dogmas. O cuántos terminan por dudar de su buen gusto cuando contemplan verdaderos mamarrachos artísticos y ven que los gurús de la postmodernidad las califican de obras geniales y a él de ignorante.
Desde que la frasecita esa de "lo políticamente correcto" tomó rango de norma poco menos que de obligado cumplimiento, parece que hemos de ocultar nuestras verdaderas convicciones, no se sabe si para no herir la fina susceptibilidad de los que se sienten eternamente agraviados o para evitar que nos miren con su sonrisa desdeñosa y compasiva los prohombres de la progresía. O sea que, cuando miremos, por ejemplo, una sardina colgada del techo o cualquiera otra de esas obras artísticas de los genios de la ultramodernidad, hemos de decirles a nuestros ojos que lo que tienen delante no es el mamarracho que ven, sino algo cuya genialidad no podemos entender por culpa de nuestra pobre capacidad de comprensión, según nos dicen. Como en el cuento, el rey está vestido, naturalmente.
Nada posee el hombre más preciado que sus convicciones, sedimentadas por el tiempo, maduradas por la vida y contrastadas por el entendimiento. Demasiado preciadas para destruirlas por un falso título de modernidad. Y además, al final comprobamos que la modernidad se encuentra a lo largo de la Historia, en las grandes mentes del pasado, porque, como alguien dijo, toda la sabiduría está ahí, bajo tierra.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Basura en la red

Cuenta el filósofo Leszek Kolakowski que, un tranvía de la Polonia comunista, oyó a su conductor decir esta frase a los pasajeros: "Por favor, avancen hacia atrás". Ningún esfuerzo literario daría como resultado un hallazgo tan expresivo para referirse a los aires que cimbrean nuestra sociedad. Nunca un oxímoron ha generado un sentido tan exacto a partir de sus términos contradictorios. Avanzar hacia atrás, ser conscientes de ello y estar encantados, tal es la trilogía que esta nueva revolución parece haber elegido como lema. Cuando cabría esperar que tantos siglos de aportaciones éticas y de aprendizaje social hubieran depurado y agudizado el afán por el buen gusto, el respeto ajeno, la educación y las buenas maneras, el acceso masivo a las redes sociales nos descubre cuánta miseria puede albergar el ser humano cuando se sabe amparado por el anonimato y la impunidad. Basta cualquier muestra en cualquier momento. Por ejemplo, una de estos días. Un descerebrado rellena unas galletas con pasta de dientes y se las da a un mendigo. Naturalmente, graba su hazaña y la difunde por la red; el abuso de la necesidad del otro ha de tener su crónica; la humillación necesita espectadores que admiren la genialidad de su autor. Y vaya si los tiene. Resulta que el individuo este cuenta con más de un millón de seguidores en las redes sociales. Un millón de cretinos siguiendo las hazañas de un imbécil. Si él mismo se autodefine como un inmaduro, qué serán entonces todos esos que permanecen atentos a su pantalla.
Ese es el terrible lado oscuro de un medio que ha venido a revolucionar todo lo hecho hasta ahora en materia de comunicación, y que sería realmente formidable si lograra algún modo de depurarse a sí mismo y dejar de ser el vertedero donde se arrojan todas las inmundicias que los cobardes llevan dentro, aprovechando su escondite y la indefensión de los destinatarios. Burlas a costa de los más débiles, insultos despiadados, apología de los asesinos, chistes crueles, mentiras interesadas y calumnias injuriosas, todo tiene cabida en ese río convertido en cloaca. Por supuesto, a su miseria moral se añade una absoluta indigencia de expresión, con un lenguaje compuesto por media docena de palabras mal escritas y peor dispuestas. No puede ser de otro modo; a cada contenido le corresponde su envoltorio. Ese es otro de los aspectos negativos que nos están descubriendo los recién llegados modos de comunicación, su incidencia en el empobrecimiento de la lengua.
Lo preocupante del tipo ese de las galletas no es él, ni siquiera su gesta; es la legión de seguidores a quienes interesa. Ya nos lo advirtió Gibbon al analizar la decadencia de Roma: todo lo humano, si no avanza, debe retroceder; solo que ahora a eso se le llama progresismo. Hemos olvidado lo que las voces más sabias del pasado y la propia Historia nos advierten continuamente: que el verdadero instrumento del progreso de los pueblos está en el hecho moral. Y si el modo más fiable de enjuiciar el estado moral de una sociedad es observar cómo actúan sus instintos primarios en la impunidad, la nuestra presenta síntomas sobre los que habría que reflexionar.

miércoles, 25 de enero de 2017

Notas de invierno

Ya llegó y se fue el temporal que cada enero nos coge por sorpresa. Vino con el acompañamiento que también nos sorprende siempre: carreteras con dificultades, vías cortadas, pueblos aislados, actividad diaria trastocada y pérdidas para casi todos, menos para las eléctricas y los del negocio de la nieve, que se frotan las manos, y no de frío precisamente. Algo debemos de haber torcido en la línea de la lógica porque resulta que, durante medio mes, la gran noticia en todos los titulares y espacios informativos es que en invierno hace frío y que en enero está nevando. Y encima, vienen luego los que han vivido más inviernos y nos dicen que aquellos sí que lo eran de verdad, que los eneros de su niñez van unidos a la imagen de largos carámbanos colgando de los aleros y a charcos congelados sobre los que era un gusto saltar para oírlos crujir, y que nadie se extrañaba ni veía en ello nada extraordinario. O sea, que estos de ahora son estrellas mediáticas, pero tienen menor enjundia; ya ni forman sabañones. En realidad, lo único que este ha tenido de atípico es que ha dejado por una vez más o menos libres estas tierras norteñas y ha golpeado allí donde casi nunca lo hace, las mediterráneas del sol y el cielo azul.
El invierno, en su despiadado e inútil reto a la vida, nos trae la imagen de la desolación y desamparo que forman el reverso de nuestro vivir. En la desnudez de los árboles, en el silencio helado de los campos o en la temprana oscuridad de la tarde, nos da ocasión de aflorar nuestras mejores añoranzas y de entrever lo que sería un mundo eterno sin luz ni calor. Y cómo seríamos nosotros, hechos de anhelos de sol. Cómo sería compatible la alegría con la presencia constante de la decadencia, y el calor que necesitamos en nuestro lado más humano con la frialdad que nos atemoriza los sentidos. Qué difícil resultaría sentirnos solidarios con todo lo creado.
Como sucede en todo lance extremo, el invierno nos pone en evidencia nuestras desigualdades, tanto las individuales como las de carácter social. Se ceba en los más débiles de salud o de recursos; sus víctimas suelen ser los más indefensos y los menos adaptados a sus caprichos; exige una mayor solidaridad de todos con los que sufren algunas de sus consecuencias y para minimizar sus efectos sobre los que menos tienen. La tragedia del hotel de Italia, sepultado con todos sus huéspedes bajo un inmenso alud de nieve, viene a recordarnos su aspecto más cruel, pero al mismo tiempo la resistencia desesperada de la vida a entregarse. En otros países de Europa, el frío y las escasas defensas ante él se llevaron a muchos como un doloroso tributo. Quizá entre todas las penurias que aun afligen a las clases más desfavorecidas de nuestra sociedad, la de la llamada pobreza energética, que no es más que carencia de recursos, sea una de las que requiere una mayor atención y mayor valentía para frenar el inagotable afán de lucro de las empresas energéticas. Que se quede el invierno con su belleza perturbadora, pero quitémosle en lo posible su capacidad para hacer sufrir.

miércoles, 18 de enero de 2017

El peor crimen

Nada agrava tanto la repugnancia de un crimen como el hecho de que la víctima sea un niño. Bendito poder de la conmoción que nos hace ver en su mirada a nosotros mismos despojados de todas las adherencias que nos fue dejando la vida como costras en la piel del alma. En el remolino de jerarquías de las aberraciones del hombre coincidimos en ver al niño como la frontera que las limita; cuando se traspasa se pierde la condición de ser humano. No es una cita de código legislativo; está en las entrañas de nuestra especie en todo tiempo, cultura y lugar. Nos duele doblemente el sufrimiento del que nada debe todavía a la vida, nos subleva la injusticia que se comete contra alguien que ni siquiera sabe que está indefenso, nos asquea hasta la náusea la corrupción de la infancia, los pederastas de infames apetitos y los explotadores que usan a sus propios hijos como un medio para enriquecerse a costa de ellos y de la buena fe de todos nosotros. Y desde luego, nos perturba hasta lo más hondo de nuestra capacidad de conmoción la violencia ejercida contra una víctima que puede mirar a su asesino con una confiada sonrisa porque aun no tuvo tiempo de conocer los terribles recovecos del mal que pueden anidar en el corazón humano.
Quizá todo sea porque en nuestro inconsciente nos vemos como desheredados forzosos de un reino del que nos expulsaron sin miramientos y sin opción alguna a la protesta, porque la vida necesita hacerlo para poder continuar. Era aquel tiempo antes de que las cosas dejasen de ser asombrosas, cuando todo a nuestro alrededor era un hermoso libro de páginas blancas, en el que todo estaba por escribir, y cuando aún no sabíamos que el paraíso no es más que el mundo del primer día. No nos es posible soportar una agresión a quienes están ahora en él porque comprendemos muy bien ese dolor; es el dolor infligido a la parte más querida de nosotros mismos.
La violencia contra un niño va contra el orden natural establecido y contra cualquier esquema en que enmarquemos nuestros sentimientos, sobre todo si es ejercida por aquellos de los que solo cabe esperar amor y protección, y por eso nos dejan sin palabras las noticias que a veces nos llegan sobre bebés arrojados a los contenedores o, por ejemplo, la de ese matrimonio que mató a su pequeña después de haberla adoptado, o no digamos la de aquel monstruo en forma de padre que asesinó y quemó a sus dos hijos, por citar solo algunas. No son ya los códigos morales que la humanidad se ha ido dando para protegerse de sí misma; tampoco la constatación de la inutilidad de sacrificios ni ofrendas como en otros tiempos; es una mera cuestión de subsistencia y de intolerancia intelectual. Nos resulta inasumible el concepto de padres asesinos, como un contrasentido para el que no encontramos comprensión; se dice que hasta en la cárcel sienten el desprecio de los peores delincuentes. Y es que, como alguien ha dicho, si se vuelve la mirada melancólicamente a la niñez es porque se tenía madre. Ser niño es eso, es nada más que eso: tener padres; ser completamente hijo. Cómo esperar que el peor golpe de la vida venga de su parte.

miércoles, 11 de enero de 2017

Contra la Historia

Arranca el año con el mismo roncón nacionalista en tierras catalanas, amenazando con propósitos a fecha fija, con promesas sin más garantía que el hecho de hacerlas y con gestos varios que pretenden darnos pruebas de la solidez de su proyecto sin ver que consiguen justamente el efecto contrario. Algún ceño debió de fruncirse y alguno de esos farolillos estelados que sacaron en la cabalgata de Reyes debió de apagarse al saber que el Tribunal Constitucional de Alemania rechazó rotundamente la posibilidad de que un estado federado convoque un referéndum secesionista. Ni en Alemania ni en Francia ni en Italia ni en ningún país europeo lo contempla su Constitución; solo fue posible en el Reino Unido porque no la tiene. No cabe esperar ninguna sonrisa de apoyo por ahí fuera.
Tenía que ser así. Las sociedades, como las personas, son hijas de su pasado, al menos en lo que se refiere a las líneas que influyen en sus tendencias generales. La historia de Europa es la de un largo camino de retorno a su origen. Cuando se asoma a la civilización lo hace unida, a raíz de una conquista militar y cultural. Roma le da unidad e identidad al dotarla de elementos comunes, el derecho, la lengua, las estructuras políticas, las vías de comunicación. El fraccionamiento final no vino de la rebelión de sus pueblos, sino de invasiones externas, ajenas al Imperio. Luego, más de un milenio de disgregación en el que Europa se vio dividida en una infinidad de entidades políticas, casi siempre enfrentadas entre ellas, hasta que algunas comenzaron de nuevo a unirse, formando así estados. El primero fue España, en el siglo XV, y siguieron otros hasta el XIX, cuando se forman Italia y Alemania. El proceso siguiente, tras un traumático enfrentamiento bélico, fue poner en marcha la voluntad decidida de la reunificación total, y en eso estamos desde hace más de medio siglo, tratando de eliminar barreras y sustituir las fronteras por vasos comunicantes. Como para que algunos pretendan hacernos retroceder quinientos años.
Hemos de soportarlos todos los días, oyendo sus muestras de indignación, sus exigencias sin fin, sus advertencias interesadas. Siempre desafiando las leyes, poniendo condiciones, amenazando con rupturas, insinuando el adiós y haciendo negocio con él, perennemente insaciables y eternamente insatisfechos. Y sobre todo, siempre omnipresentes. No hay tribuna pública en que no aparezca alguno de ellos, aunque sin poder evitar la evidencia de que sus ideas son el resultado de un cuidadoso proceso de laboratorio. Han destilado la Historia y la han dejado únicamente en un memorial de agravios. Ni en esto son originales; el truco es muy viejo: "Era preciso servirse de mentiras para avivar aquel odio que el paso del tiempo había ido desgastando, a fin de que los ánimos se exacerbasen con algún nuevo motivo de cólera", escribe Tito Livio de los suyos hace dos mil años.
Y el caso es que uno va por allí, habla con la gente y se da cuenta de que la distancia entre la clase política y el pueblo es mayor que en ninguna otra parte de España. El ciudadano de a pie no siente que tenga conflicto alguno con el resto de los españoles y sonríe con cierta condescendencia cuando se le comenta la imagen que dan sus políticos: "Son tantos y les gusta tanto mentir..."