miércoles, 18 de julio de 2018

Un invitado que sobra

Entre los muchos criterios que se aplican para clasificar a los restaurantes hay uno que debería estar a la cabeza de todos y que los dividiría en dos grandes grupos: los que sienten respeto por sus comensales y procuran brindarles un ambiente que les haga lo más agradable posible el acto de comer, y los que no tienen ninguna consideración con ellos y les obligan a hacerlo soportando una compañía que no han elegido. Es decir, los que tienen el buen gusto de ofrecer un comedor sin televisión, y los que lo tienen presidido por el dichoso aparato, convertido en un comensal más y, por lo que parece, el más importante. A muchos nos parece que ese es un factor revelador de la categoría del restaurante: la diferencia entre sentirse acogido por quien hemos elegido para que nos brinde un momento agradable en torno a una mesa o tener la sensación de que lo que menos le importa a quien nos va a pasar la factura es que estemos a gusto. O sea, entre el buen restaurador y el que olvida que la calidad de un restaurante no se mide solo por lo que se encuentra en el plato.
El caso es que su omnipresencia es aplastante. Apenas hay algún establecimiento que no tenga en su comedor la correspondiente pantalla como la imagen de un dios imprescindible. Y eso que si algún enemigo tiene el buen comer es la televisión. Tratar de disfrutar de una comida en familia aguantando el habitual corro de cotorras de Telecinco insultándose a grito pelado, o soportando la ración diaria de información sectaria y sesgada que nos brinda la Sexta al rojo vivo, viene a ser metafísicamente imposible. Querer entablar una conversación con tu acompañante mientras Torra te mira desde la pantalla o te martirizan a publicidad, es un intento irrealizable. Pero al hostelero eso no suele importarle nada; por mucho que uno se lo pida jamás apagará el aparato. Ni siquiera aunque el que lo solicite esté solo en el comedor y le diga que no quiera ver la maldita televisión. Alguien me explica que algunas cadenas le pagan por tenerla conectada y así contribuyen a aumentar los índices de su audiencia. No sé, pero desde luego cada vez ponen más; hay establecimientos que tienen hasta cinco aparatos, todos encendidos, por supuesto. Si esto es así, poca credibilidad cabe dar a tales índices, porque fuera del fútbol nadie atiende jamás a la televisión en un bar.
Y hacen bien, desde luego, porque a un bar se va a pasar un momento distendido, a charlar con alguien o simplemente a leer el periódico mientras se toma la bebida preferida, pero no a que le den a uno la misma tabarra que en casa, y mucho menos en el solemne momento de disfrutar de una buena mesa en compañía. Sé de alguno que ha adoptado la norma de no ir jamás a un restaurante que tenga un televisor en el comedor; prefiere comer un bocadillo en el parque. Ya ha hecho una lista de aquellos que todavía tienen la consideración de no amargarle la comida; no es una lista muy larga, pero le basta para poder seguir disfrutando del placer de comer fuera de casa.

miércoles, 11 de julio de 2018

Rescate en la cueva

Esta no es, por extraña que parezca, una de las típicas serpientes de verano, sino una inquietante realidad que nos ha tenido a todos en vilo, a pesar de su lejanía. La peripecia de esos doce chicos y su monitor, atrapados en una cueva tailandesa de estructura endiablada, tiene todos los componentes de una tragedia más bien nacida como producto de una imaginación que de circunstancias reales: unos niños en un día de recreo, un adulto sin mucha consciencia del riesgo, una caverna retorcida y tenebrosa, la naturaleza que se desploma en forma de lluvia cerrando la salida, y luego la toma de conciencia de lo que han hecho, la inquietud, la incomunicación, el hambre. Y sin embargo, las imágenes que nos llegaron tras su localización no son las de alguien al borde de la desesperación ni muestran miradas apagadas por la angustia, ni gestos de súplica arrebatada, ni siquiera impaciencia. Sorprende su aparente fortaleza de ánimo y su conducta serena, la confianza en un buen final y el rechazo a toda desesperanza que se perciben en las cartas que escribían a sus familias. Dieciséis días enterrados en las entrañas de una montaña, diez de ellos en un completo aislamiento, sin noticias del exterior y sin más compañía que la oscuridad, la humedad y la incertidumbre, daban para justificar eso y mucho más.
De todas las posibles tragedias protagonizadas por el ser humano, quizá no haya ninguna más dramática que la que tiene lugar en las entrañas de la tierra. Ni el mar ni el desierto ni lugar alguno de la superficie son el reino de las tinieblas, allí donde la claridad es negada y donde habitan los muertos en casi todos los imaginarios de las creencias, allí donde el hombre pierde su condición de rey de la creación. No estamos hechos para la oscuridad ni para el límite del espacio físico; ningún fleco evolutivo creyó oportuno dotarnos de algún modo de adaptación ni de medios para andar por el mundo subterráneo; somos una especie hecha para la luz y el aire, de ahí el pavor innato a adentrarse en las entrañas de la tierra. En el inframundo solo habitan las fuerzas contrarias al hombre.
La tremenda dificultad del rescate y los esfuerzos por llevarlo a cabo se han cobrado la vida de uno de los buzos que lo intentaban, como si fuera un inevitable precio a pagar. Es la cara terrible y al mismo tiempo luminosa de casi todas las tragedias: la generosidad del héroe anónimo, capaz de arriesgar su vida por salvar la de otros. Y ahora que todo ha terminado de manera feliz en lo que se refiere a los niños, habrá que hacer frente a otros problemas; el más inmediato, por supuesto, el de recuperar sus cuerpos físicamente tras tantos días de desnutrición y oscuridad, algo que seguramente no será muy difícil, dada la edad de los chicos. Más largo será el proceso a seguir para tratar sus heridas interiores, como procurar mitigar dentro de lo posible el impacto de esta terrible vivencia en su vida de niños, situar sus consecuencias en el marco de una experiencia enriquecedora, protegerlos del acoso inmisericorde de los medios, y quizá exigir las responsabilidades que procedan, si es que las hay.

miércoles, 4 de julio de 2018

El cambio

Parece que ha pasado un lustro y hace apenas un mes que teníamos otro Gobierno y otro presidente, así de vertiginoso es el tiempo en que vivimos. Más bien en lo que lo hemos convertido con nuestro modo de entender la información, de manera acumulativa y superpuesta, sin dejar espacio para sedimentar la noticia y dar lugar a una reflexión que la metabolice y la coloque en su lugar. Es el triunfo continuo del olvido y el presentismo sobre el ayer inmediato. El presidente del gobierno de hace tan solo unos días, quizá aun más que los anteriores por la discreción que impuso tras su retirada, pronto será un nombre cada vez más lejano. La vida, en su reflejo en la actualidad, se defiende a sí misma no estancándose jamás, aun a riesgo de dar apenas respiro.
A ese presidente le tocó la tormenta perfecta: enfrentarse a la crisis económica más grave de los últimos cincuenta años; tener que gobernar en funciones durante casi un año porque el parlamento era incapaz de elegir un presidente; que el jefe del Estado abdique y haya que tutelar la primera sucesión en la Corona; que una comunidad autónoma se declare en rebeldía y su cabecilla se escape a otro país; tener que tomar la decisión de aplicar por primera vez un artículo de la Constitución que jamás se pensó que hubiera que aplicar; encontrarse con una sentencia brutal contra su partido por prácticas corruptas ocurridas hace 15 años. Y todo eso con los dos grandes duopolios televisivos privados dedicados todos los días a machacarle. Pocas veces se han juntado en un punto tantos elementos distorsionadores de un país como en esta legislatura y en un hombre que responde a un fenotipo bien identificable: tranquilo, retraído, reservado, distante, previsor, poco dado a los impulsos y discreto en su ámbito personal, como demostró tras su derrota. Sin una palabra, Cincinatus volvió al campo de donde había venido, a ganarse otra vez la vida con su arado.
El balance de su mandato ofrece sin duda luces y sombras, pero los españoles no tuvieron ocasión de juzgarle ni de decidir si querían que siguiese en su puesto. Una de esas extrañas conjunciones que a veces se producen en el campo astral de la política, en las que una brillante estrella no duda en alinearse con el más tosco de los asteroides con tal de aumentar su fuerza gravitatoria, se llevó por delante el orden lógico del desenlace. En este caso fue la ambición sin límites de alguien obsesionado por encontrar, con la ayuda de quien sea, pagando el peaje que le pidan y en el límite mismo de las señales de tráfico, un atajo en el camino que lleva a la Moncloa.
Y ahora estamos en un tiempo nuevo, que es lo que siempre dice todo el que llega al poder, en el que hay que hacer frente a problemas acuciantes. Lo nuevo debe de ser el culto visual a la imagen del nuevo líder con técnicas ya tan vistas como infantiloides, y lo acuciante es remover la tumba de un cadáver que lleva enterrado casi cincuenta años y que a ningún presidente le pareció problema alguno. La obsesión por la figura allí enterrada; en eso sí que no parece que el paso del tiempo acabe de llevarse nada.

miércoles, 27 de junio de 2018

El fútbol como evasión

Viene bien el Mundial para hacer que la actualidad dirija su mirada hacia otro lado y evitar por unos días su habitual cara, tan fea casi siempre y tan poco dada a ilusiones y esperanzas. Llegan, claro está, los ecos del mundo, que sigue girando, con sus cambios de gobierno, sus crisis migratorias y con las ya habituales payasadas del muñeco de guiñol catalán, que vive en un país que solo existe en su imaginación; debe de ser duro creerse hasta el fondo sus propios delirios y encontrarse cada día con que la realidad va irremediablemente por un camino distinto. Es este un ruido que no calla nunca, pero ahora el balón lo debilita casi todo con su poderosa presencia. La atención se la lleva la eterna fijación del hombre con el juego, ya se sabe, el ser mejor que otro, más rápido, más técnico, más resistente, más de todo. No es tan solo el famoso pan y circo. Es una expresión generalizada de las distintas formas de soltar ataduras de la realidad y de abrazarse a la ilusión de un triunfo que pondría a los suyos en la cima del prestigio y el respeto de todo el mundo del deporte y aun de otros mundos. Los estadios se convierten en una vocinglera manifestación tribal, en la que la autoafirmación de la propia identidad y del terruño de origen adquiere caracteres de declaración solemne de un compromiso irrenunciable que ninguna derrota puede debilitar.
El fútbol es un compendio de todas las actitudes humanas que vemos dispersas por otros ámbitos, solo que aquí reunidas en un todo: pasión, victimismo, subjetividad, emoción, patriotismo, euforia, depresión, venganza, decepción, gloria, fracaso, orgullo, cielo e infierno. Produce cierta conmoción ver los primeros planos de los rostros de algunos aficionados, sobre todo de los países suramericanos, ante la derrota de su selección. No puede haber imagen más exacta de la desolación; una tristeza infinita, una decepción inconsolable, unas lágrimas rebeldes que no es posible contener, una mirada que parece no comprender cómo la vida podrá seguir después de eso. Está exactamente en el mismo grado de desmesura que la exaltación por la victoria, solo que en el otro extremo y sin los efectos catárticos de esta.
Por lo visto, este Mundial es el de la rebelión de los débiles, según los resultados que se están dando en algunos campos. O sea, que la alegría y las lágrimas se reparten con más equidad que hasta ahora y los que siempre hacían de patitos feos pueden lucir por un momento imagen de cisne, al menos en lo que llevamos de competición, pero se estrellan contra la lógica. En toda su historia, solo ocho países ganaron el Mundial, así que viene a ser un club exclusivo, de acceso muy exigente, no propicio a ingresos por simples circunstancias casuales.
En el medio del camino, la mitad de los participantes ya ha vivido todas las emociones que podían vivir en el Mundial, pero al menos dieciséis países seguirán con la atención atrapada por el balón. Pues bienvenido sea si contribuye cambiar por unos días los titulares de la actualidad. Y si luego se consigue el final deseado, vendrá a ser como un tónico reconstituyente que aliviará por un tiempo algunos achaques del cuerpo social.

miércoles, 20 de junio de 2018

El Mundial

Ya estamos otra vez en tiempo de Mundial para gozo de millones de aficionados futboleros y ganancia de monopolios televisivos, prensa deportiva, agencias de viajes, bares de caña y televisor y de esos medios que buscan siempre sus titulares en las polémicas más insignificantes. Es el Mundial de fútbol, por supuesto, el Mundial por antonomasia; es un adjetivo que aquí ha alcanzado categoría de sustantivo para designar exclusivamente al campeonato cuatrienal de fútbol en el que participan países de todos los continentes. Hay otros Mundiales, pero siempre son de algo; solamente este no precisa complemento alguno.
El fútbol, tomado como deporte, debe de ser la disciplina que más entendidos tiene y la que cuenta con más expertos, según parece por lo que se oye en cualquier reunión, pero lo que supone como fenómeno configurador de emociones masivas resulta un hondo misterio sin explicaciones claras. Unos hombres con una pelota en un campo y millones de sentimientos desatados, a veces hasta el límite, en un ámbito en el que todo es desmesura, desde las cifras a las palabras. Un juego al que se le han conferido conceptos épicos y dotado de terminología guerrera; aquí hay combate, estrategia, defensa y ataque, disparos, capitanes y hasta la idea suprema de toda lucha: la de que de su resultado depende el honor patrio. Puede, y así lo ha hecho en numerosas ocasiones, levantar la dignidad de una nación al dotarla de un motivo de orgullo del que carece en todos los demás campos, y de ahí la atención con que lo han mirado muchos dirigentes políticos. Otros lo utilizan para sus propios fines, a veces de forma tan descarada que cae en la obscenidad, incluso en gobiernos que se tienen por democráticos. Aquí en España basta recordar cómo se rotuló un gol de la selección en un partido del Mundial de 1986, a cinco días de las elecciones. ¿Qué tendrá este espectáculo, de concepción tan infantil, para exaltar los pensamientos más equilibrados hasta la hipérbole y convertir en borrosa la línea que advierte de la caída en el ridículo? Cuántas sandeces se han escrito bajo la penumbra de no se sabe qué nube de pasión. Por ejemplo la de Alberti sobre un tal Platko, un portero húngaro que debió de agitarle la emoción lírica y le dedicó una oda de gran visión profética: "Nadie se olvida. / El cielo, el mar, la lluvia lo recuerdan... / No, nadie, nadie, nadie, / nadie se olvida Platko." O aquella otra de Benedetti, que elevó una infracción de Maradona a la categoría de sexta y definitiva vía tomista: "Aquel gol que hizo a los ingleses con la ayuda de la mano divina es, por ahora, la única prueba fiable de la existencia de Dios". De Zarra se dijo que era la mejor cabeza de Europa después de la de Churchill, y hay por esos mundos locutores que parecen entrar en un teofánico trance verbal, hasta agotar todos los registros del idioma, por un simple pase de su ídolo.
El fútbol es, quizá, misterio, emoción y hasta retazos de arte que se deshacen en el instante para permanecer tan sólo en el recuerdo y luego en la leyenda. Pero sobre todo es pasión instantánea que se reaviva constantemente sin necesidad de ningún estímulo, acaso el único fenómeno capaz de aglutinar pasiones planetarias en un denominador común. Esta tarde buena parte del país se detendrá para ver a los nuestros pelear contra los iraníes. Esto es fútbol, eso que alguien definió como la bagatela más seria del mundo.

miércoles, 13 de junio de 2018

Nuevo gobierno

Siempre que se produce un cambio de gobierno, sobre todo si es tan sorpresivo como este, se levanta un clima de expectación y de esperanza, incluso en los que se creen inmunizados contra ella por el escepticismo, aunque es más en los medios que en la calle. Y si además se nos presenta con peculiaridades que nos quieren hacen ver como novedosas y con dos o tres llamativos aderezos, más cercanos a lo pintoresco que a lo esencial, esa sensación de espera expectante se refuerza. Será breve, eso sí, porque toda burbuja es efímera, porque la realidad jamás se esconde ni deja de imponerse, porque pronto asoman las cuentas a saldar y las prestaciones a exigir y porque al día siguiente se muestran ya las debilidades de los nuevos miembros del gobierno y las primeras tonterías que dicen. El catálogo de ellas comienza a llenarse allí mismo; incluso hay alguna ministra que ya lo trae medio lleno de una etapa anterior. Pero mientras dura el corto idilio entre la sociedad y sus nuevos dirigentes, todo tiende a alimentar un razonable clima de optimismo y un cambio en las actitudes críticas de uno y otro signo. Los mismos que pedían el cielo al gobierno anterior para descalificarlo porque no se lo daba, se vuelven de repente razonables en sus exigencias y cantan como un ejemplo de buen quehacer cualquier decisión insignificante que apenas afecta a nadie. Se ve fácilmente en los medios. Algún periódico vuelve a recuperar ese carácter de oficioso diario gubernamental que tenía y a resucitar sus editoriales ditirámbicos, mientras otros comienzan a economizar palabras elogiosas y a agudizar su espíritu más crítico.
Al final todo volverá a su sitio y quedará envuelto en la rutina del vivir diario, como siempre, y aflorarán pronto otra vez las quejas y las reivindicaciones de casi todo, por insignificante que sea, y se callarán los motivos para estar satisfecho del país y la sociedad en que vivimos, que son muchos y fuertes. Somos un pueblo que no se acostumbra al sosiego durante largo tiempo. Tampoco a la tormenta, pero sí a un oleaje constante que nos permita sacar a flote las pequeñas tensiones, como si los principios contrapuestos de la continuidad y el cambio fuesen el motor con que tratamos de caminar hacia el progreso como sociedad. Un nuevo gobierno es una esperanza efímera, que pronto será objeto de críticas, incluso suponiendo que no tenga entre sus objetivos acabar con todo lo positivo que haya hecho el anterior, que no sé si será este el caso. Algunas promesas hay por ahí que mejor sería que fuesen repensadas.
No le va a ser fácil mantener ese aire de buena intencionalidad primeriza durante mucho tiempo. En la práctica, la legitimidad de acción de un gobierno nace de la sensación generalizada de que es el que han decidido los ciudadanos, y aquí nadie ha elegido a nadie. Con tan precaria situación parlamentaria, sin programa que cumplir y con tantos pies amigos que evitar pisar, toda su acción de gobierno tendrá que moverse probablemente en la superficialidad de los gestos y en aprovechar, sin que lo parezca, la estela del anterior, al menos en lo que pueda beneficiarle. Lo demás se quedará en declaración de intenciones.

miércoles, 6 de junio de 2018

El presidente que contentó a todos

Ya es difícil dejar contentos con un programa de gobierno a casi la totalidad de los partidos del parlamento, nada menos que a 22, entre ellos esos minipartidos que nunca se contentan con nada. La sonrisa de satisfacción que había en la cara del protagonista tras la votación debía de tener algo de rictus. Solo una ambición de poder cegadora o una desmesurada percepción de sí mismo pueden hacer que alguien se quede satisfecho por haber logrado contentar a la vez a veintidós partidos tan variopintos. Es para echarle al menos una mirada de recelo. Algo falta o sobra en el esquema. Pero el caso es que ya tenemos de nuevo en la Moncloa al partido que metió a España en la mayor crisis económica de los últimos tiempos, y eso a pesar de que los españoles le dijeron varias veces en las urnas que no lo querían. Una de esas conjunciones inverosímiles en el siempre incomprensible universo de la política, capaces de propiciar acuerdos impensables, esos que están hechos de deslealtades, amores antinaturales, palabras falsas y sonrisas traidoras. Nadie pone en cuestión que la llamada democracia representativa sea democracia, pero que se articulen medios para dejar a las minorías en el lugar que les corresponde por su representatividad también lo es.
El nuevo presidente no va a encontrar el camino de gloria que seguramente soñó en su febril empeño. Desde luego nadie le negará que ha conseguido un hecho atípico en las crónicas de la democracia: ser presidente de un país sin haber ganado nunca unas elecciones y sin siquiera ser diputado, pero justamente por eso siempre estará bajo la sombra de su peculiaridad de origen y con una pesada carga de agradecimientos sobre sus espaldas. Por supuesto, hay que darle suficiente margen de confianza y tiempo para que pueda demostrar sus cualidades como gobernante, que seguramente las tiene, pero de momento tendrá que contar con las escasas simpatías que despierta alguien que es capaz de aliarse con quien sea con tal de llegar al poder y lo que esto indica como síntoma de una ausencia de principios y convicciones. Además, tal como reflejan los sucesivos resultados electorales, en el plano personal no resulta atractivo para muchas gentes por su aire algo chulesco y prepotente, la altivez con la que trata de ocultar sus contradicciones, su sonrisa impostada o su irritante tono condescendiente.
Alguien ha escrito que entre un deseo y un arrepentimiento casi siempre hay lugar para una necedad. Ojalá no sea este el caso y el nuevo presidente nos descubra agradables sorpresas, pero habrá que ver qué pasará cuando tenga que empezar a pagar las facturas, teniendo en cuenta la rapacidad de semejantes acreedores. Con ochenta y pocos diputados, sin mayoría en el Senado y sin presencia en el Congreso, qué concesiones habrá de hacer, cuántas promesas secretas que cumplir, qué letras que satisfacer, cuántos cambalaches que urdir y cuántos conceptos que traicionar para mantenerse aferrado a su tan anhelado sillón. Lo malo será que esas facturas no las pagará él; las pagará el país, o sea, nosotros. En fin, que todo nos salga bien, que a todos nos va en ello buena parte de nuestras vidas y haciendas.

miércoles, 30 de mayo de 2018

La corrupción

Si nos fijamos bien, el desarrollo de los hechos del hombre a lo largo del tiempo, eso que llamamos Historia, está decisivamente influido por la corrupción, al menos desde que tenemos noticia. En todas sus innumerables formas y manifestaciones. Corrupción entendida en su concepto más ajustado: una desviación delictiva cometida por personas respetables en el desempeño de su función y violentando la confianza depositada en ellas, a cambio de alguna ventaja. Aunque estas ventajas pueden no ser tangibles, como el encubrimiento de un escándalo, la falsificación de un documento o la obtención de un cargo, lo que se asocia comúnmente a la práctica corrupta es el afán de enriquecimiento personal. No hay época ni lugar que se haya librado, porque en todas está el hombre con su ambición y su pasión por el dinero, que ya lo dijo el poeta: pues que da y quita el decoro / y quebranta cualquier fuero, / poderoso caballero... etc. En su tiempo fue frecuente la simonía, una entre mil prácticas corruptas; hoy tiene diversos nombres según el lugar donde se realice: soborno, coima, mordida, unto, cohecho, baratería, e incluso hay algún territorio en que tiene uno más concreto: el tres por ciento. En las sociedades sin libertad de prensa ni de crítica es donde la corrupción puede llegar a emular la norma que dictó el presidente Groucho en su república: "No permitiré injusticias ni juego sucio, pero si se pilla a alguien practicando la corrupción sin que yo reciba una comisión, le pondremos contra la pared y dispararemos". Podría firmarlo Bokassa, por ejemplo.
En España la corrupción es un hecho de triste actualidad por reiterado y relativamente frecuente, pero no más que la de los países de nuestro entorno. Conviene por tanto fijarla en sus justos términos. Aquí no se desliza disimuladamente una botella de whisky a las manos de un aduanero para que no te abra la maleta, como yo vi hacer como algo habitual en una frontera suramericana, ni es corriente meter un billete en el bolsillo del agente que te va a poner una multa. La corrupción no habita peligrosamente en las instancias más altas de las instituciones, ni tampoco en la calle de nuestro vivir diario. Anda más bien por las estancias medias de la economía y la política, eso sí, lejos del alcance del ciudadano de a pie. Por suerte, no es una corrupción generalizada. Además, según las sentencias que vemos, se castiga duramente, en algunos casos más que el homicidio, aunque el efecto disuasorio de la posible condena pierde fuerza ante la asombrosa falta de perspectiva que el corrupto tiene sobre su propia persona. Se cree el más listo, el más audaz, el que más hilos maneja; está convencido de que ha encontrado el modo de actuar que solo él vio hasta ahora; su inmensa vanidad y la seguridad en sí mismo, que siente acrecentarse en cada actuación, le llevan a convencerse de no haber dejado ningún cabo suelto en cuanto a impunidad se refiere. Y claro, acaba en la cárcel. Pero entretanto hace un daño terrible al país y a todos nosotros; pone en riesgo la estabilidad política, que es la base necesaria del crecimiento económico, crea un clima de pesimismo y mancha gravemente nuestra imagen. Su sitio está entre rejas, a pan y agua, después de devolver lo que se llevó.

miércoles, 23 de mayo de 2018

La casita

De decepciones y golpes a la buena fe que todos llevamos de serie se va componiendo la vida, y de sus consecuencias vamos aprendiendo y escarmentando día a día, hasta que en algún momento llegamos a la conclusión de que cuanto antes lo hagamos mejor será. Encontré a mi amigo inusualmente pensativo y con una cierta expresión de perplejidad; no sé por qué me trajo la imagen de uno de esos desengaños literarios que conducen a la melancolía. Mi amigo es votante de la hornada más reciente, un nuevo en la plaza donde se elige el producto preferido del mercado político, y quizá por eso, porque apenas vio nada todavía, aún no se lo creía.
-Nos ha dejado sin palabras. Teníamos en él la referencia de una actitud y por fin la certeza de una respuesta bien sustentada, y ahora qué. La columna era de cera y se ha derretido al primer contacto con la cálida caricia del lujo. Tanto abominar de la casta, tanto criticar a los que huyen del contacto con la calle, tanta palabrería contra los bancos y el sistema capitalista y ya ves. Todo pura hipocresía. En cuanto pudo se hizo uno de ellos.
Mi amigo fue uno de los indignados de mayo que, apenas recién salido de la adolescencia, acampó en la Puerta del Sol, convencido de que iban a cambiar el mundo. Siguió embebido de entusiasmo las arengas de aquel nuevo líder de aire transgresor, coleta larga y palabra verborreica, que transmitía un convencimiento en sus propósitos que a su vez nacía de una visible seguridad en lo que decía. El futuro comenzaría con el asalto a los cielos por parte de los hasta entonces perdedores. Mi amigo lo creyó. No había leído la sentencia de Séneca: 'la elocuencia es un veneno cuando es ella y no la verdad la que apasiona'.
-¿Has visto qué casa? No sabe uno qué le produce más rechazo, si la obscena ostentación que supone o las razones con que intentan justificarla. Qué ideología queda, si en la base del marxismo genuino están la búsqueda de los mecanismos que lleven a una sociedad sin clases y la aversión a la economía de mercado, a la burguesía y a los instrumentos del capitalismo, y todo eso ha sido machacado. Al menos he aprendido a no volver a fiarme de los políticos, sobre todo de los que más presumen de ser de izquierdas, porque los de derechas desde luego son consecuentes; no ocultan sus aspiraciones ni sus propósitos, ni jamás traicionan a su credo capitalista.
Había en su tono ese énfasis del joven que acaba de descubrir algo en lo que no había caído y que sustituye desde ahora a algunas convicciones que tenía.
-Y encima, ese ardid tramposo de preguntar a sus militantes si quieren que dimita o no, obligándolos a elegir entre lo malo y lo peor. Ni siquiera acepta juzgarse a sí mismo. Una pregunta fullera, a la que la mejor respuesta es no contestarla. Seguramente le saldrá bien y en ese caso incluso va a salir reforzado, pero ha quedado desacreditado ante la mayoría. Yo, desde luego, no le votaré más. Ni a él ni a nadie. Me he quedado sin opciones.

miércoles, 16 de mayo de 2018

El muñeco de guiñol

Uno está llegando a creer que ninguna de las maldiciones que los dioses han echado a los hombres en todos los sitios y épocas, pudo ser tan perversa como esta: estáis condenados a empeñaros en hacer lo contrario de lo que deberíais hacer para ser felices. Y en eso estamos, viendo cómo se cumple sin remedio. Esta especie de mono desnudo que se ha apoderado del planeta parece que tiene como actividad preferente la de preocuparse en hacer lo posible por no ser feliz. Su historia es la de una sucesión continua de actos para eso, para lograr no serlo, y la misma sucesión continua de propósitos para conseguirlo, con amplia derrota de esta última. O no acertamos a saber en qué consiste ser felices, o nos equivocamos en los medios para lograrlo o buscamos donde no podemos encontrarlo, el caso es que la maldición no ha dejado jamás de cumplirse.
Se podría hacer una clasificación primaria de las personas, dividiéndolas en dos grupos: las que buscan problemas y las que buscan soluciones. Pero, a pesar de su atractivo enunciado es eso, primaria, porque los que buscan problemas lo hacen casi siempre pensando que con ello consiguen soluciones, con lo cual el problema se alarga hasta el infinito. La sociedad que hemos hecho es un tejido inextricable de contradicciones, intereses, hipocresías, ambiciones y pasiones ocultas, y en virtud de ellas mentimos, fingimos y pasamos por encima de la verdad y hasta de nuestras propias convicciones. El reflejo de esto en nuestra vida privada tiene siempre un alcance limitado, e incluso puede que se compense en muchas ocasiones con actitudes nobles y sublimes, pero casi siempre son acciones individuales, porque la masa es más proclive a estímulos inmediatos que se siguen sin análisis ni crítica. No hay más que leer las consignas que se muestran en las pancartas y en los gritos; lo que más importa es que tengan una rima bien sonora.
Ahora, como casi siempre, está el mar de la actualidad algo rizado y las nubes que llegan del nordeste aparecen aborrinadas y desapacibles. En el chuflesco esperpento catalán ha surgido un nuevo personaje, un tipo con hechuras de muñeco de guiñol y lengua de alcantarilla twitera, chulesco, amenazante, insultón, desafiante, maleducado, xenófobo e ignorante, por lo menos de la Historia; con una capacidad intelectual tan escuálida como su catadura moral. El pobre meritorio elegido para hacer el triste papel de la voz de su amo. En la promesa de su actuación no se augura ninguna inclinación a la serenidad ni a la razón; sólo división, una mayor fractura entre sus conciudadanos, una clara intención de alimentar el odio y de tensar la cuerda hasta su ruptura aunque sea entre el estropicio de los suyos. Un prototipo del grupo de quienes ostentan la miserable condición de buscar problemas al margen de toda consideración, por graves consecuencias que traigan. Que siempre las traerán en el caso de que se trate de políticos, porque son los únicos que, aunque solo representen a una minoría en un pequeño rincón del mapa, pueden amargar la vida a todo el país. Gente de esa calaña es lo que menos necesita una sociedad, salvo que pretenda sufrir.

miércoles, 9 de mayo de 2018

Una obra histórica

La Real Academia de la Historia acaba de hacernos un regalo digno de todo agradecimiento: nada menos que su monumental Diccionario Biográfico Español, que ahora cuelga en la red en versión electrónica a disposición gratuita de todos. Entre tanta noticia descorazonadora y deprimente con que los medios se encargan de presentarnos la actualidad diaria, da gusto leer una como esta, que viene a facilitarnos las claves fiables para el conocimiento de nosotros mismos. Un soplo de aire fresco y luminoso que nos demuestra lo que ya sabemos, aunque haya quien parezca querer hacérnoslo olvidar: que somos un país en la primera línea del saber y en el modo de fijarnos grandes empeños y conseguirlos con método y rigor.
Todo en esta obra es enorme, porque 2.500 años de historia dan para mucho y porque está pensada con afán totalizador, aún con la certeza de que siempre estará inacabada. A lo largo de veinticinco siglos desfilan las vidas de 45.000 personajes de todos los tiempos y ámbitos, ya desaparecidos, desde Argantonio, en el siglo VII a. C. hasta Íñigo, fallecido hace cuatro días. En sus biografías trabajaron 4.000 autores, y de una ojeada a sus textos se desprende que han procurado ajustarse a la vieja sentencia que dice que no está al alcance del historiador establecer la verdad histórica, sino contribuir a ella empleando el rigor. Seguramente habrá más de una voz discrepante. Por naturaleza todos los diccionarios son discutibles, y mucho más los que recopilan nombres y hechos. Habrá personajes que llamen la atención por su presencia y otros por su ausencia; habrá quien vea juicios subjetivos donde esperaba encontrar algo más acorde con su visión del biografiado; habrá quizá algunos calificativos controvertidos, semblanzas con exceso o escasez de énfasis, y afirmaciones que alguien pretenda tomar como opiniones cuando no son sino datos reales. Ya se sabe que la pasión es enemiga de la Historia, pero se sabe también que es inevitable, y más en un pueblo como el nuestro, inclinado siempre a discutirlo todo. Pero ahí está la obra, que viene a cubrir de una vez por todas un hueco importante en nuestros estudios historiográficos y a igualarnos con los pocos países que lo habían hecho. Obras así llenan de satisfacción a cualquiera que crea que la verdadera grandeza de un país se mide por el grado y la influencia de su dimensión cultural. Y sí, obras así hasta tienden a reconciliar a uno con los impuestos.
Pocos elementos hay que contribuyan tanto a vertebrar una sociedad como un pasado común. Su conocimiento, su respeto y su acercamiento a él sin resabios ni prejuicios deberían ser materia de alta consideración para todos sus ciudadanos. Esta obra, en la que tuve el honor de colaborar, constituye un enorme y completo corpus de voluntades, caracteres, inteligencias y personalidades que moldearon nuestro pasado y de los que heredamos lo que somos, con sus luces y sombras. Tener la oportunidad de conocerlos en su individualidad es, además de una gratificante posibilidad para el simple curioso, un instrumento imprescindible para quien intente penetrar con ojos de investigador en las entrañas de nuestro paso a paso como nación.

miércoles, 2 de mayo de 2018

Tribunales callejeros

Nos ha tocado vivir una época vertiginosa en la que nada tiene asiento más allá del momento. No hay día en que no nos sorprenda algún hecho inédito, no porque no hubiera sucedido nunca, sino porque no lo conocíamos. Sin darnos cuenta todo se nos ha hecho transparente, nosotros también. El techo ya no es lo único de cristal; ahora también lo son el suelo y las paredes. Las fuentes del pensamiento que tratan de moldearnos ya no son aquellas a las que más o menos se podía esquivar por sus mismas limitaciones: el ámbito social, los partidos, la Iglesia, las asociaciones de diverso carácter, ni siquiera la familia. Al menos no son las únicas. Ahora lo que configura nuestro modo de entender la realidad en que vivimos es la tecnología de la información, con su apabullante universalidad y su omnipresencia; en concreto las redes sociales, convertidas en el nuevo Sinaí donde se dictan los mandamientos que hemos de acatar y las nuevas liturgias que hemos de seguir, y ay del que intente discrepar; hay todo un catálogo de palabras escogidas para caer sobre él.
Hemos asistido estos días a algunos ejemplos. Apenas dictada la sentencia del juicio de esos cinco tarados por lo que hicieron a una chica en los sanfermines de hace dos años, salió a la calle una multitud exigiendo su justicia. La suya. Nueve años de cárcel no les pareció mucho castigo, pero es sobre todo la calificación del delito lo que estaba en los gritos y en las pancartas. Esa sutil línea llena de matices, que separa un delito de otro cercano, tan difícil siempre de discernir incluso para los profesionales, la tenían muy clara los manifestantes. Unos juristas expertos, tras estudiar durante cinco meses el video de lo sucedido y las declaraciones de los testigos, llegaron a una conclusión fundamentada en las pruebas que tenían delante. En cambio, una turba sin más conocimiento de los hechos que lo que pudieron imaginar, no necesitó ni un minuto para salir a la calle a dictar su sentencia. Pobres leyes si su aplicación se hiciera en función del sentimiento de la masa, con lo manipulable que es, y pobre justicia si quedara sometida a la influencia de las redes sociales.
Casi al mismo tiempo, las redes convertían en viral el video de una pequeña flaqueza psicológica de una política relevante, que algún ventajista sin escrúpulos guardó en su día saltándose la ley, y otro con menos escrúpulos todavía saca ahora, no precisamente con fines de ejemplaridad. Un hecho anecdótico convertido en acontecimiento nacional siete años después, el nombre de una persona exhibido para escarnio general en la nueva picota pública, y la constatación de que todos nosotros podemos estar a merced de alguna mano desconocida y malintencionada, porque a ver quién no tiene algo que ocultar en su pasado.
Vivir es más que nunca estar atento, aceptar o rechazar influencias, guardarse de las propias huellas, a veces sobresaltarse y casi siempre tratar de defenderse mediante una barrera de escepticismo. No hacer caso de la bambolla que inunda las redes. Sencillamente no dejarse llevar más que por el convencimiento derivado del criterio propio.

miércoles, 25 de abril de 2018

Olvido imposible

Qué especie es esta nuestra, que puede mostrar un grado tan extremo de contrastes en su conducta, capaz de actos conmovedores y de crímenes pavorosos, de amar al semejante hasta poner en riesgo su vida y de odiarle hasta acabar con él. No hay día en que la crónica de la actualidad no venga marcada por una variedad de hechos violentos salidos de su mano, de diversa condición y en diversos ámbitos, algunos de los cuales resultan difícilmente creíbles para una mente normal, sobre todo cuando las víctimas son niños y personas especialmente vulnerables. Es el mismo ser que tiene impreso en el libro de ruta de su vida un impulso permanente a luchar por algo que llama felicidad, que se alimenta de sentimientos, ilusiones y deseos que le llevan a ella, y que se siente atraído irremediablemente por la belleza, la bondad, la justicia y la verdad como guardianes del único paraíso al que le cabe aspirar en esta posada. No nos conoceremos nunca; nunca acabaremos de saber cómo somos ni cómo podremos ser; jamás dejaremos de tener que preguntarnos qué podemos esperar de nosotros mismos. No hay normas generales que nos permitan atisbar hasta dónde es capaz de llegar esta especie. La raíz que se oculta en la tierra siempre será un misterio para el árbol.
Acabamos de oír a unos asesinos que mataron, hirieron, secuestraron y deshicieron la vida de más de mil personas, pedir algo parecido a unas disculpas por sus crímenes. Eso sí, disculpas selectivas; solo por los que asesinaron sin que hubieran hecho nada por merecerlo, porque hubo otros, la mayoría, que están bien muertos. Ellos son los que deciden eso. Como jueces y ejecutores nombrados por sí mismos, no se arrepienten de sus hechos ni abominan de ellos. A tanta sangre vertida y a tanto dolor causado durante medio siglo se les da como compensación un tímido reconocimiento del daño producido y un hipócrita "lo sentimos de veras". Es la actitud propia de los asesinos que han perdido todo rastro de dignidad: manifestar empatía respecto al sufrimiento causado por su propia mano, quizá con la esperanza de que en el relato del futuro la amnesia se lo lleve todo menos eso.
Toda el agua de los ríos no bastaría para lavar las manos ensangrentadas de un homicida, escribe Esquilo. Las religiones ofrecen diversas respuestas y actitudes ante la ofensa recibida, desde la venganza, el ojo por ojo, a la mansedumbre y el perdón. El perdón es siempre una victoria, pero ha de decidirla y administrarla cada uno de forma individual; en lo más profundo de su ser está el concederlo o no, acudir al amparo del olvido o mantener la memoria de lo sucedido como un homenaje de recuerdo perpetuo a la víctima. Nadie que no sea él mismo puede obligarle a concederlo. La sociedad, en cambio, no tiene poder para otorgar ningún perdón que decrete el olvido de los crímenes, sobre todo cuando no puede menos que sentirse burlada ante un gesto escenográfico en cuyo guion faltan palabras como arrepentimiento, rendición, entrega de armas, colaboración. El instrumento de la sociedad es la justicia, que ha de ser doncella con los sentimientos a buen recaudo.

miércoles, 18 de abril de 2018

El título

Anda algo alborotado el vivir de nuestros diputados a causa del máster universitario de una presidenta autonómica, que, según aseguran sus denunciantes, reposa en algún lugar del limbo sin acabar de adquirir cuerpo material, a pesar de que figura en su curriculum. Estos políticos nuestros son especialistas en enredarse en trifulcas sin más trascendencia que un breve suspiro de satisfacción ante su agudeza, y en perder de vista lo que realmente tiene interés para todos. Pierden energías en criticar el color de los remos de la barca sin preocuparse de si de verdad va o no en la buena dirección. Santifican la anécdota y olvidan la categoría. O sea, lo del dedo y las estrellas. Un incidente de escasas consecuencias, que podría haberse arreglado con una simple corrección, una petición de disculpas y un tirón de orejas, se convierte en una tormenta de ámbito nacional, tema de debate inacabable en las tertulias de las cadenas populistas, en el nuevo sumidero de los valores éticos de la derecha y en el signo de que el tiempo de la purificación está llamando inexorablemente a la puerta. Relacionar todo este alboroto con el bienestar de los ciudadanos y establecer qué puede influir ese hecho en su vida cotidiana es el ejercicio pendiente de hacer, y que desde luego nadie tendrá interés en que se haga. La carga de artificiosidad nunca permite obtener una realidad destilada.
Para lo que sí sirvió fue para poner en marcha un movimiento generalizado de rectificación de currículos y reseñas personales, por aquello de ver pelar las barbas del vecino. Bien por sí mismos o porque todos pusieron en marcha a sus rastreadores para hurgar y detectar trampas y falsedades en los datos académicos de los otros, más de uno tuvo que apresurarse a modificar unas cuantas cosas de su historial y, lo más difícil, buscarse al mismo tiempo una justificación que le evitara un sonrojo excesivo. Y así hubo doctorados que se quedaron en licenciaturas y licenciaturas que pasaron a ser "cursó estudios de", carreras en universidades prestigiosas que se convirtieron en cursillos de quince días y graduaciones que simplemente desaparecieron. La lista de nombres para el rubor los incluye de todas las bandas, desde el centro a los extremos, sin distingos en las faltas y en los atenuantes. Queda luego en manos de los medios presentar a unos como más culpables que otros.
En la clase política caben todos, No hay exigencias académicas marcadas ni ninguna selectividad establecida, y eso se nota. Pero de poco les sirve a algunos inflar sus expedientes, porque la ignorancia es tan hueca que siempre sale a flote. Ahí tenemos, por ejemplo, a la alcaldesa de una ciudad como Barcelona llamando fascista a Cervera, muerto en 1909, doce años antes de la aparición del partido fascista. Sería por ser almirante, algo que a la chica esa debe de sonarle muy raro. Nadie exige ningún título y, si no se tiene, mejor trabajar en silencio, que al fin y al cabo lo que el ciudadano aprecia en el político, por encima de sus orlas y diplomas, son sus valores morales, la honradez, el amor a la verdad, la fidelidad a su palabra y su capacidad de compromiso con la búsqueda de soluciones a sus problemas.

miércoles, 11 de abril de 2018

Abril en Sevilla

A Sevilla se la adivina siempre sin saber cómo. Sevilla hoy ya no es Hispalis, ni apenas guarda nada de ella, que otros aires le soplaron; y lo cierto es que no fueron tan malos si la hicieron como hoy es: una de las ciudades más hermosas del mundo. Sevilla se hizo universal por sí sola, que ya es mérito, pero también por tantos como vieron en ella el escenario ideal para las cuitas y ensueños de sus personajes, llámense Don Juan o Carmen, Rinconete o Fígaro, Fidelio, Guzmán o maese Pérez. Seguramente no habrá ciudad española más fijada en la literatura, ni más cantada, ni más ligada al gran mundo de la creación artística. Fue tema de Mozart, Beethoven, Bizet, Verdi y Rossini, entre otros, y cuna de mil pintores y aún más poetas. De Velázquez y Murillo, de Bécquer y Machado. Imagen grabada en todos nosotros con favorables pretensiones de perennidad, horizontal en su río y vertical en sus torres, ajardinada de azahar y hecha fiesta entre vino y guitarras. Engarzada en leyendas de amores y milagros, en romances de pasiones reales y de judías arrepentidas, en el relato majestuoso de las crónicas de su pasado. Qué no tendrá Sevilla, si hasta los que se fueron a dar la vuelta al mundo volvieron a ella tras haber visto todo lo que había que ver a lo largo de los siete mares.
Hay ciudades tan ambiciosas de emociones que parecen estar hechas para cada uno de los cinco sentidos, como si no quisieran dejar nada sin el efecto de su influencia. Ciudades que atienden a todo, gustosas de que nada se vaya de ellas sin la huella perenne de su presencia. Sevilla, en abril, lo es. En Sevilla, hasta el olfato, que pasa por ser el sentido más reacio al placer, se rinde ante el aire empapado de azahar que corre por las callejas del barrio de Santa Cruz y que nadie sabe de dónde viene, si de Doña Elvira o del patio de los Reales Alcázares, si del parque de María Luisa o de todos los sitios a la vez, o acaso estuviese ya allí desde el principio del mundo, que es lo que parece. La vista se asoma al Guadalquivir por San Telmo y contempla una de las perspectivas urbanas más hermosas que pueden contemplarse; se oyen al atardecer saetas y guitarras con ritmo de sevillanas y se satura el gusto de tapas y finos en el Real de la Feria o en cualquier tasquita que uno encuentre. Y el tacto; el tacto es caricia y siempre habrá una mano sobre una piel morena con ansias de soledad. Abril se transforma en Sevilla hasta hacerla suya. El mes de transición mira aquí a los demás con aires de Pigmalión y Sevilla le muestra que nunca hubo una Galatea más dócil.
Esplendores así tienden a dejar en penumbra todo lo que se encuentra en su entorno, como si no tuvieran nada que decir o que enseñar. El buen viajero, ese que procura establecer bien las proporciones de lo que busca, lo sabe y de ningún modo olvida la provincia en su viaje, por corto que sea. Se va, por ejemplo, a Itálica para situarse en el tiempo, o a la marisma, para descubrir el espacio, y al final se da cuenta de que todo es el mismo espíritu.

miércoles, 4 de abril de 2018

Una mirada al país real

Bendita Semana Santa, que nos ha dado un respiro en medio de la agobiante matraca catalana. No se han muerto sus voces, qué va; suenan de fondo, pero ahora parecen más fuera de lugar que nunca, más inverosímiles, como un ruido extraño y discordante que no tiene cabida en estos días de vivir gozoso, tan largamente esperados. Qué buena ocasión para probar a huir por un tiempo de toda información sobre las miserias cotidianas de la política y dejarse llevar por el transcurrir de la vida en su estado más simple y más cercano a nosotros mismos, ese que alberga nuestras inclinaciones y guarda vivos nuestros deseos soterrados el resto del año. Disfrutar de lo que siempre nos pasa desapercibido, descubrir que existen mundos al margen de la información que nos sirven, hallar placeres desconocidos al alcance de nuestra mano y, de paso, librarse de ese tono gris y pesimista que algunos medios parecen empeñados en proyectar sobre nosotros, como si nuestro país fuese una excepción en la armonía del universo, sentenciado eternamente a ser un desastre y a no hacer ni tener jamás nada bueno. Si el estado del país se juzgara por el que se retrata desde las tertulias y editoriales de algunas cadenas y medios escritos o por las declaraciones de algunos personajillos, todos los que vivimos aquí mereceríamos poco menos que una medalla al mérito masoquista. No, no es la envidia el pecado nacional; no hay aquí más envidia que en otras sociedades. Es la estúpida tendencia a denigrarnos a nosotros mismos sin ningún objetivo crítico, incluso con un cierto aire de superioridad intelectual, y a veces hasta con cierto regodeo. Y eso a pesar de todas las evidencias.
Estamos en una perpetua, profunda y tremebunda crisis, según se encargan de certificar a cada momento los gurús de lo negativo, pero lo que pudo ver cualquier extranjero que nos haya visitado esta Semana Santa fue un país de gentes entregadas al disfrute de su tiempo libre, con sus calles llenas de vida, sus espacios comerciales a rebosar y sus terrazas y restaurantes abarrotados, con unos trenes modernos y unas autovías espléndidas, colapsadas por millones de desplazamientos hacia lugares de descanso, con las estaciones de esquí más concurridas que nunca y una ocupación hotelera rozando el lleno en playas y casas rurales. Un país con un alto nivel de vida, seguro y fiable, de gentes afables y hospitalarias; unas ciudades cuidadas y atractivas, en las que es fácil sentirse pronto como un ciudadano más. Un país vibrante y dinámico, que vive intensamente en la calle con toda naturalidad sus tradiciones religiosas, con orgullo y sin complejos. Un país en el que, a poco que ese viajero se fije, podrá darse cuenta de la distancia que hay entre los vericuetos por donde transita una gran parte de su clase política y la realidad que forjan día a día sus gentes.
Es este un país que vuela siempre por encima de sus dirigentes, como si tuviera un sentido especial para establecer las categorías de la vida. Por viejo, por zarandeado, por mediterráneo, o porque sabe que en la normalidad de cada día, vivida libremente, está todo lo que cabe esperar.

miércoles, 28 de marzo de 2018

El diálogo de los políticos

Dentro del campo de la política, el diálogo es tenido por esa panacea maravillosa que todo lo remedia, bálsamo fierabreño que cura desacuerdos y hasta puede permitir yacer juntos a la oveja y el león. Se tiene a gala poseerlo como un valor más, de la mano sobre todo de los partidos de la oposición, que presumen de ofrecerlo y se ponen bravos para exigirlo, y que incluyen entre las instrucciones que dan a sus huestes la de enarbolar la palabra en toda ocasión posible, antes, durante y después de su acceso al sillón de mando. Y ahí queda la noble expresión de la dialéctica despojada de su condición de instrumento y convertida en un fin electoral. Luego, claro, se le convierte en eso, en una mera expresión, y si alguien pide explicaciones se mira hacia otro lado.
No parece que estén muy dispuestos al diálogo limpio y abierto los separatistas catalanes, que lo exigen con la condición previa de que se acepten sus peticiones, ni los que convierten una muerte natural por infarto en un asesinato capitalista, ni los que dicen tener como ley suprema la voz de la calle siempre que no les sea adversa, como en el caso del debate sobre la prisión permanente revisable, ni tantos colectivos infiltrados de dogmatismos, apriorismos y reduccionismos ideológicos. Tengo para mí que, de todos los sectores implicados en los innumerables conflictos, grandes y pequeños, que se presentan cada mañana en la mesa del gobernante, los menos proclives a encontrar una solución mediante el diálogo desinteresado son los partidos de la oposición, cualquiera que sea. En esos casos, la actitud dialogante, bella virtud cuando se mantiene en un plano por encima de la praxis, se vuelve elemento retórico y cebo para atrapar incautos en boca de quien lo presente como un elemento de eficacia decisiva en el campo de lo pragmático. El diálogo es, ante todo, persuasión, disensión, razonamiento. Su descubrimiento es, según Borges, el mayor suceso de la historia universal. Pero ¿es compatible con la acción política? Pues quizá sí, pero solo de sus representantes verdaderamente grandes, esos que, según se les ha definido, buscan mirar más a las próximas generaciones que a las próximas elecciones.
La teoría socrática nos enseña que en el diálogo existen dos razones o proposiciones previas que se contraponen entre sí, es decir, una confrontación en la cual hay un acuerdo en el desacuerdo. A partir de ahí, mediante el desarrollo del discurso dialéctico, se podrán ir dando sucesivos cambios de posiciones, inducidos por cada una de las posturas contrarias, hasta llegar a llegar a armonizar ambas o hacer prevalecer una de ellas mediante argumentaciones lógicas. Pero ¿cómo aplicar esto en el duro, interesado y sectario mundo de la política? ¿Qué hacer cuando uno de los participantes se refugia en un dogma o se encastilla en sus posiciones sin más argumentos que una difusa apelación a valores de imposible medición? Pensemos otra vez, por ejemplo, en los nacionalismos que todos conocemos, o en los populismos, pero pensemos también que cuando el diálogo fracasa llega la imposición.

miércoles, 21 de marzo de 2018

Voto cautivo

Es inevitable. Cualquier votación de cualquier parlamento tiene algo de impostado, un acto mecánico, programado previamente, que no obedece más que a un toque de trompeta que obliga a cumplir la ordenanza. Se vota una propuesta cualquiera, sea una gran obra que beneficiaría a todos, o una de esas que cuestiones que rozan lo moral y que afectan a las convicciones más íntimas, o simplemente cualquier asunto trivial sobre el que cualquier diputado podría tener una opinión fundada. Pues no. El jefe del grupo hace una señal con los dedos indicando el sentido del voto, y el beneficio de todos, la voz de la conciencia y la opinión personal se van a paseo. ¿Cómo van a oponerse estas trivialidades a la suprema voz de su amo? ¿Qué importancia pueden tener las pequeñas verdades individuales ante la verdad absoluta que encarna el sumo sacerdote del partido? Acallar la conciencia propia en aras de otros, desoír su voz para no verse expulsado del redil y de la seguridad de seguir pastando tranquilamente, anular sus convicciones más personales para no aparecer como un rebelde disidente y verse arrojado a las tinieblas exteriores sin posibilidad de encontrar otro acomodo, esa es la desgraciada función que la mayoría de los políticos se ven obligados a ejercer una vez deciden dedicarse a esta actividad.
Se cuenta, y así está escrito en el epitafio de su tumba, que Nicolás Salmerón dimitió de su cargo de presidente de la I República para no tener que firmar una sentencia de muerte porque su conciencia no se lo permitía. Se cuenta porque es un caso tan infrecuente en la clase política que continúa siendo un referente solitario, sin descendencia. ¿Cuántos de quienes han votado, por ejemplo, a favor de la derogación de la pena de prisión permanente revisable están de verdad en contra de ella? ¿Cuántos han tenido que poner tapones en los oídos de su conciencia para dar su voto afirmativo a su eliminación, aun cuando estén convencidos en su fuero interno de que ni cae en la venganza ni elimina los derechos que la sociedad concede al delincuente en cuanto a su reinserción? Dura servidumbre del político esa que le impide ejercer lo que él mismo tiene como bandera: el derecho a la libertad. En este caso la libertad de conciencia, quizá la más necesaria de todas las libertades.
La conveniencia o no de dejar al parlamentario ser dueño de su voto es una de esas cuestiones de arduos filos que da lugar a estudios profundos cargados de argumentos en ambos sentidos. La Constitución dice que su voto es personal e indelegable, pero hay quienes apuntan el temor a alguna tentación de venalidad si se permite salir de la disciplina del grupo. La cuestión estriba en saber si cabe correr ese riesgo por salvaguardar la libertad de opinión individual frente a la del conjunto, porque lo cierto es que ahora, con muy pocas excepciones, el partido manda y el diputado obedece, y así siempre puede quedar la duda de si preferirá escoger para sus listas, en vez de a personas valiosas, a personas sumisas. Desde luego, viendo el nivel intelectual y profesional de muchos de nuestros diputados, la duda es justificada.

miércoles, 14 de marzo de 2018

La peor de las ausencias

No hay desasosiego mayor que la incertidumbre ni dolor más difícil de llevar que esa incertidumbre convertida en posibilidad de vida o muerte de un ser querido. La duda no tiene más consuelo que el que uno quiera darle, y en la necesidad de encontrarlo termina engañándose a sí mismo. En la duda se derrumba nuestra fortaleza y se alimenta un dolor mucho más lacerante que el que nos presenta de cara la realidad. Ante el misterio de la ausencia inexplicable de alguien que debiera estar con nosotros, el entendimiento queda perdido en una infinitud de revueltas a cual más oscura, sin poder aferrarse a nada. La actualidad de estos días viene marcada por una serie de desapariciones de personas cercanas en el tiempo y algunas en el espacio: tres mujeres en Asturias y un niño en Almería, aunque dos de esos casos ya han dejado de ser de desaparecidos del peor modo posible. No son más que la continuación de tantos otros, algunos todavía inexplicados, que en su momento golpearon nuestros sentimientos y ahora nos golpean más bien la imaginación. Qué ocurrió, por ejemplo, con el niño desaparecido en el accidente del camión en el puerto de Somosierra, qué fue de Yéremi, y de David, el niño pintor, y de Germán, perdido sin rastro durante una excursión de su colegio en los Picos de Europa. En ninguno de estos casos han quedado huellas determinantes de ellos ni parece que se haya pedido rescate ni recibido señales por parte de los autores. Simplemente han desaparecido. Sin razón, sin motivo, sin lógica y sin piedad.
Debe de resultar insoportable el sufrimiento que produce en lo más hondo de las entrañas de unos padres la ausencia inexplicada de un hijo pequeño, tanto que a medida que pasa el tiempo algunos llegan a preferir tener en sus brazos el cuerpo de su hijo muerto antes que seguir viviendo en la insufrible oscuridad de la incertidumbre. Al menos la muerte lleva consigo una certeza; terrible, pero certeza. Qué vacío y qué tristeza la de esas madrugadas envueltas en la angustia de si pasará otro día en vano, uno más en esa sucesión siniestra de jornadas, porque el tiempo se estrecha con cada una y las esperanzas se debilitan sin remedio. O puede que acaso alguna noche piadosa deje en el alma un atisbo de confianza con el que empezar el día, aunque solo sea para poder seguir viviendo. Pero ahí están sus cosas, su ropa y sus juegos, y la cama sin deshacer, y las preguntas que asedian el pensamiento como monstruos siniestros: dónde estará, cómo será su noche, quién se hallará a su lado. Y la más pavorosa: ¿vivirá?
Surge la solidaridad de las gentes de bien, que son casi todas, y queda siempre la esperanza en el éxito de la búsqueda organizada, pero en la soledad de sí mismo, en las horas inacabables de tiempo inmóvil, solo existe el sentimiento de ausencia. Y duele muy especialmente cuando a la ausencia se une el silencio absoluto, porque cabe temer que sea el silencio de la muerte. La ausencia solo puede vencerse con la presencia, que no está casi nunca al alcance de quien la sufre, y si acaso aliviarse con el recuerdo, que sí lo está, por suerte para nuestro equilibrio, y de él habrá que alimentarse si todo se rompe.

miércoles, 7 de marzo de 2018

Los franceses lo tienen claro

El presidente francés, Macron, es un tipo joven, escaso todavía de intensa experiencia política y, quizá por eso, escaso también de complejos que silencien las convicciones en aras de algún rédito electoral. En su evolución desde la izquierda se ha convertido en apóstata desengañado del partido socialista y en líder del movimiento liberal de centro que ha ganado las elecciones presidenciales. Y desde esta posición ha recordado a quien tenga alguna duda algo que ya el Consejo Nacional había confirmado hace años: que no hay más que un único idioma oficial en toda la República, que es el francés, y que no hay más que hablar. Que sí, que el bretón, alsaciano, occitano, corso, catalán y demás están muy bien y cada uno puede hablarlos cuanto quiera, pero que sólo sirven para usarlos con el vecino, y que nada de cambiar los rótulos de las carreteras y los nombres de las ciudades. Que una de las razones de la gran cultura francesa, y de su grandeur, es su lengua, y que ningún habla local, por muchas aspiraciones de gran idioma con que lo presenten, va a hacerle sombra.
Hay que ver cómo piensan estos franceses. Tienen a su lengua nacional como su más alto signo de identidad. Han sabido dignificarla hasta hacer de ella, durante muchos años, el idioma de la diplomacia, de la moda, de la gastronomía y de la gente de mundo. Sin ser una lengua que cuente con un gran número de hablantes, ha logrado estar presente en todos los planes de estudio del mundo y tener categoría de idioma oficial en todos los organismos posibles. Es cierto que ahora está en cierto declive en las aulas extranjeras, pero el francés es y siempre será el símbolo supremo del ser nacional. ¿Otros idiomas oficiales en Francia? Vamos, monsieur, usted delira. Claro que por suerte para ellos no tienen la izquierda montaraz que tenemos nosotros ni los partidos de terruño y minifundio que tanta guerra nos dan aquí.
 Pues sí que son intransigentes con su lengua y opresores despiadados de las minorías lingüísticas, sin ver las innumerables ventajas que se pierden. En su ignorancia, no acaban de ver claro eso de que la variedad de lenguas sea un tesoro inapreciable para una nación; se conoce que no ven que países como Papúa Nueva Guinea, donde cada aldea tiene un idioma único, o Afganistán, donde disfrutan de tantas, sean grandes potencias culturales. Más bien creen, materialistas ellos, que la riqueza está en lo contrario: en no tener que hacer todos los impresos bilingües, ni crear nuevos gastos académicos, ni duplicar los indicadores de las vías públicas, ni financiar publicaciones que a nadie interesan, ni pagar intérpretes para que traduzcan al francés las palabras de un francés. Aunque puede que en lo que piensen de verdad sea en algo mucho menos cuantitativo y más inasible. Por ejemplo, que un ciudadano francés pueda recorrer cualquier región de su país sin sentirse extraño en ella, o que un niño de la Provenza siga teniendo la posibilidad de ir a un colegio de Bretaña, pongo por caso, sin ser sometido a una inmersión lingüística en una piscina aderezada con un puñado de sales de hecho diferencial, unos cuantos frascos de historia inventada y muchas gotas gordas de desprecio a la patria común. Estos franceses necesitarían unas cuantas lecciones de modernidad.