miércoles, 17 de agosto de 2016

Notas del verano y un adiós

Con el último brillo de los fuegos de la fiesta se va cada año el tiempo en que vivimos más intensamente el pulso de la ciudad. O mejor, el tiempo en que lo compartimos con otros. Tiempo de ganancia para todos, para el que recibe y para el que llega, siempre que haya podido cumplir aquí el objetivo de sus vacaciones. Apagados los ecos del día grande y de todas las ferias, acabadas ya todas las jornadas y ocurrencias estivales diversas, el año parece iniciar un periodo de letargo antes del declive que nos llevará a la vida enmarcada y recogida del invierno. El verano es el tiempo en que se tiende a descoser algunas costuras y las cosas pierden densidad ante nuestro asentimiento, aun sabiendo que pronto hemos de volver a darles su dimensión, eso que a veces se llama síndrome postvacacional. Quizá por eso, porque pocas cosas nos parecen más importantes que la posesión del tiempo libre y la sensación de libertad, preferimos escapar de la actualidad general y vivir sólo la nuestra, la del sol, los amigos, las terrazas, la lectura, el paseo. Los sucesos del verano ya adquirirán su verdadera medida con la vuelta de la rutina.
Agosto viene a ser un mes determinado como pocos por la estación y por las costumbres sociales; un mes repetitivo, con el añadido este año de los Juegos Olímpicos. Medio mundo buscando un acomodo temporal que le haga feliz durante unos días, la clase política dándonos algún descanso en sus perpetuas cuitas infantiles, España batiendo un año más todos los récords de turismo, y aquí, hasta el grupito de auntitaurinos frente a la plaza, con sus gritos de siempre, sin que nadie les haga caso. Poco nuevo bajo el sol, al menos bajo el sol de este verano.
En un día de este verano se nos fue Gustavo Bueno, el filósofo capaz de alumbrar a quien le escuchara vías sorprendentes para transitar hacia el conocimiento, sostenidas siempre por sólidos fundamentos. Era bajito, menudo, locuaz, de mirada viva y sonrisa entre amigable y burlona, permanentemente dispuesto a argumentar en contra, a veces con afirmaciones que chocaban con la corrección política establecida, pero siempre razonadas y siempre con el marchamo de ser el producto final de un exhaustivo proceso de reflexión. Se le veía a gusto en la polémica. Su prodigiosa memoria le permitía traer a colación citas y autores con las que reafirmar sus argumentos sin apenas dejar opción a la réplica. Era un placer hablar con él sobre cualquier aspecto de la vida relacionado con la filosofía, que vienen a ser casi todos: las apariencias y la realidad, el ateísmo y la idea de Dios, el cristianísimo y el islam, la política y la ética, Grecia y Confucio. De la reflexión sobre la relación entre la filosofía materialista y las ciencias nació su teoría del cierre categorial, que, como todas las teorías filosóficas, sólo es útil a aquellos que logran saber qué aplicación puede dársele. Y eso que él mismo lo explicaba: es un instrumento crítico para diferenciar, dentro de las formas culturales, las que, pretendiendo ser científicas, sólo son pseudociencias. Don Gustavo, el último caballero andante de la filosofía, adentrándose siempre por cualquier camino en busca de la verdad.

miércoles, 10 de agosto de 2016

El nombre

Como el verano siempre es época de escasa producción informativa, y encima este año viene marcado por las consecuencias de la frasecita esa del "no es no", que tiene bloqueada la vida política del país, cualquier nadería se convierte en titular y cualquier minucia en sujeto trascendente. Eso sí, solo durante un par de horas; pronto se buscará y se encontrará otra de esas pompas de verano y se convertirá en noticia. La que en estos días ha merecido ser comunicada al mundo es que una pareja ha conseguido llamar Lobo a su hijo. Por lo visto era un sueño irrenunciable y tuvieron que enfrentarse a la primera instancia de la Administración, que no estaba muy de acuerdo. Ya se sabe que no hay lucha que unos padres no sean capaces de emprender por su hijo.
Eso de los nombres tiene su importancia, incluso hay quien cree que encierran un agente determinista. Desde luego, son imprescindibles. De hecho, según cuenta el Génesis, lo primero que hizo el hombre en este mundo, por sugerencia de su Creador y aún antes de que éste le diera una compañera, fue poner nombre a todo lo que tenía delante de sí. Tan necesario era. ¿Una alegoría? Como tal puede tomarse, porque el nombre es inherente a lo nombrado y sin él éste no existe en nuestra construcción intelectual. Ya saben: cuando la rosa se marchite no nos quedará de ella más que el nombre. Es decir, que las cosas dejan de existir y permanecen solamente las palabras. El nombre hace la cosa, hasta el punto de que la realidad basa toda su permanencia en algo tan convencional como su nombre.
Lobo es un término polisémico, aunque de connotaciones más o menos comunes. Se habla del lobo estepario, el lobo solitario, el lobo de mar, los hombres lobo, el lobo de Gubbio y hasta de aquel "Hermano Lobo" que trató de arrancarnos una sonrisa en otros tiempos. Está en los cuentos infantiles y en los relatos de noches de luna llena. Fiero y cruel, imagen del miedo y del mal en la imaginación popular, y en la ficción a menudo astuto, a veces ingenuo y siempre con el rabo entre las piernas, vencido por la inteligencia o la bondad. Sólo tras el revisionismo iniciado por el amigo Félix, que consiguió delimitar y mostrar su imagen más cercana a la realidad, su figura ha comenzado a adquirir valores positivos, a veces hasta límites discutibles, según las víctimas de su actual estado de impunidad. Y además, todos somos lobos, según el clásico que sentenció que el hombre es un lobo para el hombre. Ahora ha entrado en el reducido Olimpo donde se encuentran los escasos animales que dieron su nombre a los humanos.
Es posible que en una sociedad tan empapable, en la que las cosas más extrañas encuentran siempre entusiastas, el tal nombre venga para quedarse. Bien mirado, lobo es un término de recia raigambre en el idioma, no como esos nombres que nos traen los suramericanos: Yéremi, Kéilor, Yeison, Kevin, James y demás. Es de suponer que la inocente criatura a la que se le imponga no se apellide del Bosque o Cordero o Manso o algo así. Lo que sí cabría era preguntar a esos padres si le habrían puesto Loba en el caso de ser una niña.

miércoles, 3 de agosto de 2016

Rubén Darío

Otro centenario literario en este año que debería estar marcado por las letras y lo está por la política, qué se va a hacer. Será que no corren buenos tiempos para la lírica, y eso que este corresponde a uno de los poetas más representativos y que mejor simbolizan esta expresión poética: Rubén Darío.
Salió de su pequeño país y se hizo ciudadano del ancho idioma y del aún más ancho afán de expresión estética. "Soy un hijo de América, soy un nieto de España". Nicaragüense, español, afrancesado y europeo hasta sus raíces, incluso las puramente formales. Tuvo un vivir inquieto, a medio camino entre su continente y el nuestro, y volvió a morir a su país después de beberse buena parte del acervo poético europeo y transformarlo en un nuevo modelo para su generación. De hecho se le tuvo por el patriarca de los poetas españoles del siglo XX, pues en casi todos es apreciable su influencia. Nada en su vida fue común, ni su mismo carácter. Bipolar, eternamente insatisfecho, siempre entre el ansia de todo placer y el miedo al dolor, entre el optimismo más desbordado y el pesimismo más angustioso, entre el derroche y la penuria, ingenuo, sensible, mujeriego y alcohólico, pagano por amor a la vida y cristiano por temor a la muerte, según él mismo se definió. Esa fue una de las constantes que condicionaron algunos rasgos de su carácter: la angustia ante la idea de la muerte, que le llegó en plena madurez creativa, a los 49 años, hace ahora un siglo.
Con Rubén el modernismo entra en las letras españolas como un torrente de aguas nuevas. Del mismo modo que por esas fechas Horta o Gaudí trataban de escapar de un realismo estricto y llenaban sus edificios de curvas, flores, asimetrías, colores brillantes, dibujos caprichosos y ondulaciones inútiles, pero bellas, Rubén llenó su lenguaje de palabras y expresiones cargadas de intencionalidad más estética que significativa: nelumbo, crisálida, céfiro, empíreo, náyade, canéfora, siringa, liróforo, sistro, núbiles doncellas, cisnes unánimes. Fue más culterano que conceptista. Removió la métrica con el libre empleo de las estrofas y con la vuelta al verso alejandrino; buscó la sonoridad del poema en el ritmo del verso latino, tanto binario como ternario, en los acentos esdrújulos y en la adecuación eufónica de las palabras. "Únanse, brillen, secúndense tantos vigores dispersos: / formen todos un solo haz de energía ecuménica. / Sangre de Hispania fecunda, sólidas, ínclitas razas".
A instancias de Pérez de Ayala pasó en Asturias varios veranos, los de 1905, 1906 y 1909. Se asentó en San Esteban de Pravia, en Riberas y en San Juan de la Arena, donde se cuenta que pasaba los días escribiendo, bebiendo ginebra con hielo que se hacía traer todos los días desde Oviedo, y haciendo cosas como bañarse desnudo por la noche en la playa, así que no es de extrañar que lo tuvieran por un bicho raro.
Su obra fue muy conocida, aunque sólo en su parte más popular. Cuántos de nosotros habremos recitado aquel poema sobre la princesita traviesa que se fue a buscar una estrella. Aún sigue estando linda la mar, y el viento lleva esencia sutil de azahar.

miércoles, 27 de julio de 2016

Un rincón insólito

Por la serranía cacereña el verano pasa con el toque de delicadeza con que mira siempre a la montaña: sin apretar demasiado y dejándose llenar de perfumes. El valle de la Vera es un camino de encanto natural y de emociones históricas, entre continuo verdor y pueblos y lugares que combinan sencillez con intensas evocaciones del pasado. La carretera que sale de Cuacos hacia la sierra pasa al lado del cementerio de soldados alemanes, un lugar donde se pide un recuerdo para los muertos con profundo respeto y humildad, y donde solo los pájaros se atreven a romper el silencio, y sigue hasta el monasterio de Yuste, allí donde llegó un día el emperador Carlos V a cuestas con su gota, sus relojes y sus desengaños. Aún se ve su huella por todas partes, en el palacio, en su celda, en su silla, en los cedros y naranjos que mandó plantar alrededor de su casa de campo, en la terraza desde la que contemplaba el hermosísimo paisaje. Pero el viajero esta vez quiere fijarse en un lugar menos conocido, de nombre curioso y de personalidad aun más curiosa, cuando no extraña: Garganta la Olla.
La carretera sale de Yuste subiendo entre curvas y desciende luego hasta un valle en forma de gran olla, en el que confluyen unas cuantas gargantas, con lo que parece justificarse su nombre. Al visitante le parece este uno de los pueblos de carácter más vigoroso que conoce, y no sólo por su arquitectura popular, con sus casas de paredes entrecruzadas por vigas de madera, ni por sus calles o rincones, sino por lo que no se ve. Parece que había aquí un poblado de pastores venidos de Cáparra, que nunca aceptaron someterse a Plasencia; querían ser libres, lo cual ya indica un rasgo de carácter. Luego, por circunstancias buscadas o sobrevenidas, el lugar fue acumulando elementos insólitos, casi todos sombríos o inquietantes, que hoy sorprenden al forastero. De aquí era la famosa Serrana de la Vera, Isabel de Carvajal, que, en 1560, para huir de la obligación de casarse con un hombre al que odiaba, se refugió en el bosque y se dedicó a seducir a cuantos hombres encontraba para asesinarlos después, hasta que la Inquisición la apresó y la ahorcó. También aquí se muestra, en uno de los soportales de la plaza, la picota donde se exponía a los condenados a la vergüenza pública. Y aún más, la cárcel en la que se torturaba a los detenidos. Y la Casa de la Inquisición, donde se guardan diversos instrumentos de tormento. Por si fuera poco, este viajero oye contar que, en 1948, el diablo se le apareció a uno de los vecinos del pueblo que, por cierto, era una persona muy poco impresionable. Y en todas las leyendas referidas al pueblo, duendes que imponían juramentos, ninfas encantadas que matan a los hombres, enormes serpientes peludas de mordedura mortal o niñas dotadas de capacidades paranormales. Menos mal que aún queda, como concesión a la realidad más humana, la casa de las Muñecas, un antiguo burdel construido para satisfacer a la soldadesca del emperador; una muñeca tallada sobre la puerta, que aún está en su sitio, no dejaba lugar a confusiones.
El visitante trata de volver a la natural sonrisa de esta tierra. Ya no es tiempo de cerezas, pero sí de higos, y qué bien se dan en este valle, y qué ricos.

miércoles, 20 de julio de 2016

Ese tal Mohamed

Qué puede pasar por la mente de alguien cuando decide coger un camión y aplastar a todos los que encuentre en su camino, incluyendo un tiovivo lleno de niños. Qué motivaciones, qué explicaciones, qué justificaciones. Somos una especie de recorrido infinito y de vericuetos incontables; jamás nos conoceremos en grado pleno. Eso que justamente nos distingue de las otras, la razón, la conciencia de la certeza de la muerte, la compasión ante el dolor ajeno, la risa y el llanto, el amor y el sacrificio, todo eso que nos convierte en únicos, se transforma en un enigma causal. Una pregunta sin respuesta, la frontera de nuestro conocimiento, una linde que nunca podremos traspasar. La gran preocupación del hombre desde que comenzó a razonar, aquel "conócete a ti mismo" del templo de Apolo, no fue más que una sabia invitación a un imposible.
Ese tal Mohamed que causó la matanza de Niza seguramente tenía algún tipo de sentimientos; puede incluso que se considerase a sí mismo una persona afectiva o sensible; quizá acariciaba con ternura a un perro o lagrimeaba con una película o vibró con algún beso de amor. Era padre de tres hijos; alguna emoción habrá sentido con ellos a lo largo de su vida, aunque no fuese más que cuando eran pequeños, alguna preocupación por su salud o por cualquier cosa que les afectara. Sin embargo, lanzó con toda frialdad su camión contra un grupo de niños que se divertían en unos caballitos, tratando de matar al mayor número posible. Quién puede explicarlo.
Somos un misterio como especie, por más que nuestro mayor esfuerzo desde que existimos haya sido el de tratar de desentrañarlo. Trabajo eternamente inútil, porque no conocemos ni sobre qué idea causal se sustenta ni la final a la que todo se acomoda, y de esa imposibilidad de conocernos nacen todos nuestros conflictos, las guerras, las injusticias, los crímenes. Mohamed era consciente de que iba a morir, porque no podía ignorar que de esos atentados nunca se sale vivo, y no le importó perder su vida a cambio de hundir en el dolor a centenares de personas. Cómo entenderlo. A una mente racional le resulta imposible creer que haya sido por la esperanza de las 72 huríes virginales que esperan a los que maten infieles, aunque nunca se sabe hasta dónde puede alcanzar ese combinado abyecto de fanatismo y estupidez. Más bien parece decisiva la presencia del otro ingrediente mortal: el odio. Un odio al país que lo acogió y a la sociedad que lo crio, un odio rabioso, injustificado, criminal, un odio con el que consumó su despreciable e inútil vida. Qué será que cuanto más pequeños son la mente y el corazón más odio son capaces de albergar. El odio callado puede combatirse con la indiferencia y acaso con amor, pero del odio asesino sólo cabe defenderse con la fuerza, en este caso con la fuerza policial y militar. Y hay que aplicarla sin complejos y sin cándidas apelaciones a la fraternidad universal y a alianzas de civilizaciones, ni estériles disquisiciones legalistas, que pueden evitarse con sólo cambiar las leyes que sea preciso. La debilidad siempre es una invitación al ejercicio del odio por parte de los que están llenos de él.

miércoles, 13 de julio de 2016

Hasta otra, señor Obama

Al fin ha venido, señor Obama, aunque sea en una visita con aire de viaje de fin de curso, y encima abreviada por sus problemas de intramuros. Le han privado de conocer Sevilla, que no es poca privación, se lo aseguro, e incluso de revivir algunas viejas andanzas en la capital. Ya sabemos que anduvo otra vez por España; hay por ahí alguna imagen en la que aparece con unos cuantos años menos y una mochila a la espalda en la plaza Mayor de Madrid. Haber vuelto a pasearla, hombre; vería qué está todavía más bonita, y qué animada, y qué segura. Cuántos placeres prohibidos, señor presidente. Ya ve, ahora que es el hombre más poderoso del mundo puede menos que cuando andaba por ahí con una mochila y una hamburguesa. Pero seguro que se lo habrá contado su mujer, que nos ha visitado ya un par de veces, aunque no sabemos muy bien para qué. Y si no, lo harán sus hijas, por lo menos una, a la que ha hecho el regalo de dejarla venir a España y vivir entre nosotros algún tiempo para completar su aprendizaje. Se ve que la quiere usted mucho.
Cuando, hace ya casi ocho años llegó usted a la Casa Blanca, buena parte del mundo pareció lanzar un suspiro de esperanza, casi como si hubiera presentido al Enviado. Le esperaban en todas partes: le esperaban en su propio país los que le habían votado con una radiante sonrisa de entusiasmo y hasta los que le miraron siempre con algún recelo; le esperaban los optimistas y los escépticos, los progres y los que piensan que hay muchas cosas que merece la pena conservar; le esperaban en los palacios y en las cabañas, en los despachos de Wall Street y en la tienda de la esquina; le esperaban en Irak y en Afganistán, en el África de su padre y en la Europa que miraba hacia usted como si fuera el destello de un faro en una noche de tormenta. Le habíamos convertido en el Moisés que habría de guiarnos en la travesía del desierto, con maná y varita de brotar agua incluidos. Ya en Oslo se habían anticipado a concederle el Nobel de la Paz, y aquí, una ministra de inefable recuerdo dijo aquello de la conjunción cósmica que se produciría por la coincidencia de su mandato con el de nuestro anterior presidente.
Ser la esperanza de alguien resulta siempre una responsabilidad que inquieta el ánimo; serlo del mundo entero tiene que producir una quemazón difícil de calmar. Yo no sé si ha sido usted un buen presidente para su país. No sé si la Historia le inscribirá en la lista de los mediocres o si su rostro será incluido en algún Rushmore del futuro. No sé si su nombre resonará con respeto en las escuelas o si más bien pasará a los libros como un dirigente envuelto en vacilaciones, contemporizador a destiempo, sin grandes éxitos en política interna y preso de su propia circunstancia racial y de su capacidad personal para la comunicación. Pero un país está por encima de su presidente, y el suyo es intenso y enorme en sus luces y sombras. Ahora mismo su actualidad son dos hechos que lo definen: el problema racial, que sigue en pie después de más de dos siglos, y la asombrosa proeza del Juno en Júpiter, que señala otro de sus rasgos distintivos: el de estar siempre a la cabeza del progreso técnico y científico. No hay mayor metáfora de su país.

miércoles, 6 de julio de 2016

El intruso

De la voracidad del capital para triturar cualquier cosa que le dejen con tal de incrementar su cuenta de beneficios, sabemos mucho con sólo mirar alrededor. Lo tenemos en nuestras costas, en nuestros campos y ciudades, aquí en la nuestra y en cualquier otra del mundo, especialmente allí donde las leyes no se muestran demasiado contundentes en defensa de sus víctimas más indefensas, como el arte y la naturaleza. El afán de ganar dinero a costa de lo que sea es tan antiguo como el propio hombre; el desprecio por parte de los mercaderes hacia lo que constituye el testimonio de nuestro pasado, también. Sólo una conciencia ciudadana nutrida por el conocimiento puede hacerle frente. Por eso reconforta leer una pequeña noticia, desapercibida entre la bambolla política, que llega estos días desde Florencia.
El buen viajero siempre termina por establecer su particular mapa de la tierra que ha escogido conocer. Es una conclusión inevitable y depende, claro está, del grado de personalidad del país y de la del visitante. Se trata de un proceso inconsciente, que va adquiriendo más consistencia a medida que el viaje se va alejando en el tiempo. Más o menos viene a consistir en fijar unos pocos clichés totalizadores en los que resumir el concepto que se ha labrado acerca del país. Es decir, crear unos soportes sencillos de consultar, que sirvan de referencia inmediata y donde se apoyen las imágenes y los rasgos de lo visitado, incluso los de menor significación. Cualquier viajero por Italia que repase los apoyos troncales que se le han ido fijando sobre el país tendrá que incluir por fuerza un escenario, que es el centro del poder espiritual de Florencia: la plaza del Duomo.
La inconfundible figura de la catedral se ha hecho símbolo e imagen de toda la ciudad. Un ramalazo de desasosiego debió de recorrer el espíritu de los florentinos cuando vieron levantarse sobre su ciudad la enorme cúpula roja, para llegar a decir que era "capaz de dar sombra a toda la raza toscana". La cúpula del Fiore es novedosa, no como elemento arquitectónico, que ya estaba el precedente del Panteón, sino como solución constructiva, al desdoblar los soportes de los empujes mediante la construcción de una cúpula interna. Brunelleschi así lo concibió y Florencia, Europa entera, lo admiraron. Ante ella, la plaza aporta el escenario necesario para completar el conjunto. Aquí se halla la típica trilogía toscana, catedral, baptisterio y campanile, sólo que esta vez sublimada. El conjunto florentino es madre y maestra, perfecto en todo, imitado cien veces y nunca igualado. Quizá tan sólo el de Pisa le gane en espectacularidad, que no en significación artística.
Pues ahora, en esta plaza del Duomo pretende instalar sus reales una omnipresente multinacional de hamburguesas. El apetitoso negocio que asegura este lugar, uno de los más visitados y prestigiosos del mundo, hace que la M amarilla pretenda asentarse como un cuerpo extraño en el corazón del Renacimiento, en otro penoso ejemplo de la banalización del comercio. Naturalmente, los ciudadanos florentinos han dicho no. Los ciudadanos, no los políticos, siempre enredados en sus propias leyes. Esperemos que lo consigan.

miércoles, 29 de junio de 2016

Un panorama nuevo

Qué tiempos están corriendo que parece que todo se nos está envolviendo en un tono crepuscular, como una continua y cansada interrogación a la que sólo sabemos dar respuestas también cansadas. Cómo crecen los viejos espectros que creíamos extinguidos para siempre después de las dolorosas catarsis del pasado siglo; cómo nos miran desde el fondo de una historia no tan lejana los fantasmas que parecían haberse difuminado para siempre. De pronto, unas cuantas mentes iluminadas, en Europa y aquí, han tomado las trompetas para tocar a diana; hemos de despertar; hemos de darnos cuenta de lo mal que nos ha ido en todo este tiempo, de que el estado de bienestar que hemos conseguido no es más que una frágil apariencia de igualdad y de que el sistema democrático que nos hemos dado no es más que la obra de una casta egoísta. Los consensos fueron un error, porque del consenso surgen las reformas, cuando lo que procedía eran rupturas. Surgen voces de nuevos liderillos que piden destejer lo que un largo período de trabajo y visión esperanzada ha ido hilvanando puntada a puntada. Han saltado todos los tabúes, incluso los que estaban amparados por la ley natural. El concepto de unidad pierde valor ante el de disgregación; la familia tiende a contemplarse como una institución que es preciso modificar radicalmente, cuando no sustituir por la tribu; sobran los valores éticos que han dotado de vigor inmaterial toda nuestra trayectoria, y, como ejemplo de paradoja, la idea de globalización absoluta convive dentro de las mismas sociedades con la vuelta a la concha. El populismo a la caza de mentes ingenuas. Cada país tiene ya alguna variante, a izquierda y derecha, todos extremados y todos parecidos, y, como en otras cosas, nos encontraron sin defensas. Los tártaros existían en su desierto; lo que no existía ya era la fortaleza.
En Inglaterra la aplicación práctica de las exigencias populistas está trayendo consecuencias que alarman incluso a quienes las apoyaron; en Francia y en otros países están dando lugar a inquietantes crecimientos de formaciones extremistas de otros tiempos; en toda Europa a una falta de confianza en sus propios valores, porque una de las características de los populistas es que para asentarse ellos hay que denigrar todo lo demás.
Aquí en España el experimento está dando muestras de agotarse sin haber dado más fruto que unas expectativas infladas artificialmente. Los partidos emergentes, esos que surgieron con aire redentor de la indignación, la telegenia y el empeño de algún medio televisivo, parece que han tocado techo, y se inicia el camino de vuelta hacia el bipartidismo. Hay quien dice que ese es el estado natural de todo sistema democrático sedimentado por el tiempo; desde luego, la experiencia en países de larga tradición así lo indica. Así al menos evitaríamos el habitual espectáculo de los perdedores haciendo de perro del hortelano. Porque es lo que cabe esperar de nuestra clase política a no ser que ahora nos dé algo que muy pocas veces nos suele dar: grandeza de miras, consideración de los intereses generales sobre los particulares, voluntad de servir a la sociedad; eso que siempre se llamó patriotismo.

miércoles, 22 de junio de 2016

El dilema británico

No pertenezco al gremio de los anglófilos, que siempre tuvo en España abundancia de representantes, aunque tampoco al de los que aborrecen a los ingleses sin matiz alguno, que también los hay. No me gusta su insoportable condescendencia, ese convencimiento de que el mundo fue hecho para ellos y que quizá esté en el origen de su habitual práctica de la rapiña de lo que otros han creado, que han practicado casi como sistema, desde los mármoles del Partenón hasta la piedra de Rosetta. Ni su hipocresía, elevada a la categoría de virtud y confundida entre gestos de exquisita educación, que les hace criticar a los demás las mismas cosas que ellos hacen en grado mayor, y de eso sabemos algo los españoles. Sospecho que Heine, claro que era alemán, no andaba muy descaminado cuando puso en boca de uno de sus personajes aquello de que "los ingleses son los dioses del tedio; añádase su curiosidad sin interés, su pesadez aderezada, su descarada estupidez, su egoísmo". De su orgullo, tan humillante como estéril, ya apuntó Moratín hace casi tres siglos que era su pecado mortal, el que cubre toda la nación, pero tan necio, tan incorregible, que no se les puede tolerar. Orgullo que es simple arrogancia nacida de un injustificado exceso de autoestima, al menos visto desde la mirada de sus vecinos. Bernard Shaw se permitió hacer de su historia un cruel resumen: el único hecho honroso de toda la historia de Inglaterra fue enviarle cien libras a Beethoven.
Han hecho gala, hasta lograr que se fijara como modelo a imitar, de su carácter pragmático, que les llevó siempre a realizar sus actos sin más disquisiciones que las puramente instrumentales. Bordeando siempre la prepotencia, cuando no el desprecio. Y sin embargo, cabe sentir cierta envidia de su patriotismo por encima de la idea de partido, del respeto que demuestran a sus tradiciones como lazo de unión al margen de las modas, y del coraje especial que saben activar para defender su identidad, sea ante Napoleón o ante Hitler. Y también admirar su capacidad para crear símbolos propios claramente identificables, un espíritu empírico, que les permitió alcanzar un alto nivel científico y de pensamiento, y una libertad creativa capaz de generar una literatura totalizadora, que exploró todos los géneros con obras maestras en cada uno: teatro, ensayo, poesía, novela policíaca, de aventuras, de humor.
Han contribuido a la idea de Europa, claro, quizá a su pesar, pero nunca la han querido ni tenido como propia. Entraron en la Unión como el que va a probar una nueva vida a otro sitio, pero lleva oculto en su bolsillo el billete de regreso. Han aceptado sus grandes objetivos -justicia, libertad, seguridad-, pero no su espíritu integrador, ni siquiera su moneda, ni su sistema métrico, ni sus normas de circulación. Ahora se lo van a preguntar a sí mismos.
No sé lo que ocurrirá mañana. Quizá el sueño secular de una Europa unida quede frustrado para siempre. Aunque sólo sería en lo referente a las fronteras físicas, económicas o jurídicas, incluso políticas, porque en lo que atañe a las internas, las del espíritu, las culturales y las históricas, por mucho que se empeñen en lo contrario serán siempre Europa.

miércoles, 15 de junio de 2016

El pintor de lo inexplicable

Esas colas interminables que rodean el Museo del Prado en espera de poder entrar a la exposición de El Bosco vienen a ser la confirmación de que seguimos en busca de alguna respuesta a nuestras inquietudes inmateriales, igual que hace quinientos años. Es como si se siguiera manteniendo la certeza de poder encontrar en lo que se halla más allá de las evidencias de la realidad una explicación a tantos misterios como nos dejan los dogmas. Y nada mejor para ello que los símbolos, y nada más ambiguo ni más capaz de dar respuestas a la medida de cada uno. El pintor extraño y heterodoxo, que en su tiempo apasionó a intelectuales y a reyes, sobre todo a Felipe II, gracias al cual tenemos hoy en Madrid la mayor parte de su producción, fascina hoy al pueblo llano. Algo sí ha cambiado. 
El Bosco atrae porque no se entiende, y ese desafío nos azuza hasta encontrar la clave que se ajuste a nuestra razón. Sabemos que la hay, y también sabemos que seguramente no coincidirá con la que haya encontrado otro; será la nuestra. De ahí la multitud de interpretaciones, análisis y reacciones que ha suscitado. Esto es así especialmente en su segunda etapa. Hasta entonces sus temas están próximos a la pintura de género, con elementos costumbristas e intención moralizante: el prestidigitador que distrae a un primo mientras otro le roba la cartera, el cuerdo del embudo en la cabeza que extrae a otro la piedra de la locura o las festivas y fantásticas alegorías de los pecados capitales. Es en su período de madurez artística, a partir de sus 50 años, cuando comienza a romper la referencia al mundo real y aparece una fantasía desbordante de elementos híbridos, mezcla de animal, mineral y humana. Es la época de sus grandes trípticos. En torno a El carro de heno se reúnen todos los estamentos sociales, el rey y el papa, el clero y el pueblo, pobres y ricos, unidos por el mismo afán de conseguir el placer a toda costa, sin preocuparse de lo que les espera en el panel derecho. Abundan los elementos sarcásticos, como la abadesa que no necesita preocuparse por recoger el heno, pues se lo sirven, pero sobre todo queda claro el mensaje: el mundo es un carro de heno y cada uno saca de él lo que puede. 
 El destino del hombre, enmarcado, sí, en una sincera convicción cristiana, eso viene a ser El jardín de las delicias. El destino, como consecuencia de la realidad en que ha convertido su presente después del acto de la creación divina. El panel central es una explosión de elementos oníricos, esotéricos, cabalísticos, fantásticos y alquimistas, casi todos de difícil aproximación, pero siempre dentro de un fino humor: una procesión circular de gentes que montan los animales más extraños, hombres y mujeres desnudos en raras posturas o con cuervos sobre sus cabezas, artefactos extravagantes, pájaros gigantes, actitudes grotescas. Se han dado sobre cada uno todas las explicaciones posibles, desde la freudiana sobre la sexualidad del autor hasta la que le incluye en la secta adamita. Ninguna parece convincente. Uno, por ejemplo, ha leído uno tantas interpretaciones sobre la pareja que se acaricia dentro de la burbuja o sobre esa extraña mujer negra que acompaña a las que parecen ser una alegoría de las Tres Gracias, que ya sólo hace caso a la suya.

sábado, 11 de junio de 2016

Un escritor olvidado

Uno de los centenarios que pueblan este año, abundante en aniversarios ilustres, es el de un escritor poco conocido y menos leído, pero que en vida alcanzó fama, éxito y buenas rentas con sus libros: Felipe Trigo. Médico, militar y novelista, autor de obras calificadas en su momento de escandalosas por sus temas amorosos y por la importancia concedida al componente erótico y al tratamiento de la moral sexual, llevó una vida inquieta y acomodada, y gozó durante algún tiempo de gran popularidad, casi tan grande como luego fue su olvido. En algún momento tuvo una relación, aunque ocasional, con Asturias.
Había nacido en 1864 en Villanueva de la Serena y estudiado Medicina en Madrid, de donde volvió a su Extremadura natal a ejercer como médico rural. Entró luego en la Sanidad Militar y, tras una estancia en Sevilla, vino a Trubia como médico de la fábrica de cañones, pero no encuentra su sitio y decide irse con su familia como voluntario a Filipinas, en plena insurrección indígena. Allí es herido a machetazos y queda mutilado, pero sobrevive y vuelve a España, donde se dedica exclusivamente a la actividad literaria. El éxito de sus novelas es enorme; se convierte en una figura social, lleva una vida mundana y lujosa y consigue fama de personaje distinguido y galante.
La crítica contemporánea no corrió en paralelo con su éxito popular, ni en lo referente a la forma ni al contenido de sus obras. Su defensa del erotismo como sujeto temático y su concepto de la liberación de la mujer -"mezcla armoniosa de Venus y de la Inmaculada"- tuvieron respuestas varias, casi siempre contundentes. Pero también su despreocupación por el estilo y por el buen uso de la lengua: abuso irritante de los pronombres enclíticos, incorrecciones sintácticas, laísmos, errores de concordancia. Gómez de la Serna hablaba con sarcasmo de su obra, Galdós y Unamuno no ocultaron sus descalificaciones, y Clarín escribió sobre Las ingenuas, su primera novela, que "era un corruptor de menores y del idioma" y que hacía de la lengua algo "groseramente tosco, incorrecto y confuso". Vendió, sin embargo, como pocos y se hizo rico con los derechos de autor como ninguno, gracias, en parte, a que era un buen publicista de sus novelas.
Alma en los labios desarrolla su acción en la imaginaria localidad de Ardoa, un lugar que el lector identifica pronto como asturiano: altas montañas, maizales, gaitas, manzanas, chigres, sidra, carbón, un mar no lejano. Sobre el fondo de una historia amorosa con diversas derivaciones se plantea un enfrentamiento dialéctico entre dos modos de producción industrial, dentro de un tono discursivo y moralizante sobre la condición femenina, con largos diálogos y alguna referencia autobiográfica.
Un día de otoño de 1916 se encerró en el despacho de su chalé madrileño y se disparó un tiro en la sien. Tenía 52 años. Hacía algún tiempo que le angustiaba el temor a una enfermedad mental que ya se le insinuaba, según se deduce de su carta de despedida a su familia. Hoy su recuerdo queda difuminado en la lejanía, como las circunstancias del tiempo que retrató. Quizá lo que más suene de él sea el premio literario que lleva su nombre.

miércoles, 1 de junio de 2016

Una víctima propicia

La transformación que modificó radicalmente la sociedad a lo largo del último siglo tuvo un símbolo, que fue a la vez emblema de un tiempo nuevo, medida del prestigio social, aspiración permanente y hasta inspiración de tendencias artísticas: el automóvil. A la sombra de su venerada figura, convertida en meta de anhelos cada vez más posibles, se ha desarrollado una poderosa clase media, que ha visto en él un instrumento igualatorio, capaz de allanar desigualdades sociales y de acortar distancias de clase hasta entonces imposibles. Todo un milagro de la técnica, que, esta vez más que nunca, trascendió de las clases favorecidas y llegó a la mayoría. De las grandes cadenas de montaje salían vehículos, pero sobre todo sueños; cada uno de ellos suponía el cumplimiento de una ilusión largamente esperada, que por fin se convertía en una hermosa realidad, aunque fuera a costa de sacrificios que bien merecían la pena. Había nacido un nuevo ejemplar ciudadano: el automovilista, un ejemplar que pronto despertó las apetencias de todos los alcabaleros del poder.
Hoy el automovilista quizá sea el consumidor más exprimido, estrujado y recurrido por parte de todas las administraciones. Su peripecia de pagador impenitente ya comienza cuando pretende ingresar en el gremio. Necesitará unas cuantas clases de aprendizaje, que le brindará una autoescuela, y un examen, y por todo este proceso de sólo unos días habrá de abonar un importe similar al de todo un curso universitario. Bien, ya tiene su permiso. Ahora a por el coche. Por supuesto, más impuestos: el de matriculación, el iva, yo qué sé. Para poder circular habrá de pagar el de circulación, y cuando acabe de rodar, tendrá que pagar también por aparcarlo. Cada año estará obligado a llevarlo a que se lo revisen durante un cuarto de hora y a pagar por ello, naturalmente. Desde luego, tendrá que hacerse un seguro, y ya se sabe cómo se las gastan las aseguradoras a la hora de pasar recibos. Y pagar altísimos peajes si quiere circular por autopistas y hasta trabajar gratis para algunos gasolineros, que ven en él una mano de obra pintiparada para ahorrarse puestos de trabajo. Y que no se le ocurra tener el menor descuido y saltarse aunque sea mínimamente alguna de las infinitas reglas de circulación, por inofensiva que sea, porque tendrá que llevarse de nuevo la mano al bolsillo y dejarlo temblando una vez más. Todo ello con la amenaza permanente de la subida de la gasolina, porque ya se sabe que el precio del petróleo sólo influye cuando sube; cuando baja no.
Asediado por todos los frentes, estrujado sin ninguna posibilidad de oposición, acosado por los ayuntamientos, que parecen disfrutar dificultándole el aparcamiento, el automovilista ha de soportar su indefensión por el mismo hecho de que la vida actual se ha organizado de tal modo que le resulta muy difícil dejar de serlo. Y ahora, cuando han mejorado las vías de comunicación y tenemos unas de las mejores redes de autovías de Europa, llegan esos que se llaman expertos y proponen limitar la velocidad a 90 km. hora. Por la contaminación, dicen. O sea, que estar más tiempo en la carretera contamina menos. Ah, las calesas.

miércoles, 25 de mayo de 2016

Un tipo raro

Mi amigo es de natural reservado en sus opiniones y nada inclinado a pontificar, ni siquiera en lo que atañe al campo de sus conocimientos profesionales, que son muchos. Es reflexivo y tolerante, y da vueltas a los temas antes de llegar a alguna conclusión; no rechaza nada sin un motivo que él crea bien razonado, pero tiene unas cuantas manías que no oculta y que cualquiera va descubriendo con facilidad a poco que le trate. Todas ellas son llevaderas para los demás, porque son de carácter personal y, además pronto uno se da cuenta de que no se trata de caprichos anecdóticos, sino de decisiones bien meditadas que ha elevado al nivel de categorías, casi de principios con capacidad para definir su personalidad. Algunas vienen a tener fuerza de norma de actuación, como si quisiera con ellas conformar un mundo que funcionase según su ideal. Por ejemplo, es generoso y solidario, pero prefiere ayudar a quien lo necesita a través de algún organismo fiable; jamás da una moneda a esos que son mendigos profesionales, que ocupan su sitio en la acera con el descaro de quien tiene una plaza en propiedad y que, según sospecha, están controlados por una organización de corte semimafioso. Si se le pregunta sobre ello lo justifica con argumentos razonados acerca de su concepto de la solidaridad y con situaciones y hechos que ha visto.
Tiene otras manías curiosas, como la de no acudir jamás a un restaurante en cuyo comedor haya un televisor. Le parece una falta de respeto y una imposición inadmisible para quien no necesite en el acto de comer más compañía que la que él elija. Uno, me dice, va a disfrutar con los placeres de la mesa o con una buena conversación, y no a que le amarguen la comida obligándole a escuchar a unos individuos pontificando desde una pantalla sobre lo divino y lo humano, ni a que le adoctrinen desde sectarias tertulias al rojo vivo, o a una pandilla de cotillas gritonas, que son la sal de los programas telecinqueros. En esto, desde luego, cada vez hay más que piensan como él.
Tampoco entra, por otra norma que se ha impuesto, en aquellos comercios en los que parece que la primera condición que se imponen a sí mismos a la hora de buscar un nombre es que no pertenezca a nuestro idioma, No ve ninguna razón para ese desprecio por nuestra lengua, como no sea una mezcla de papanatismo y paletismo. Le gusta, por ejemplo, que en las cafeterías se ofrezca café, y no "cofee", y que una tienda de deportes no sea una "running shop", y comercios con identidad propia que no caigan en cosas como outlet, low cost, house, center, sport, home, play gallery, que quizá a alguien le parecerán el colmo de la distinción, pero que él ve como una forma elevada de memez. Su callada protesta consiste en evitarlos.
Mi amigo tiene también otras manías. Por ejemplo, la de no criticar jamás a nadie, porque cree que siempre hay una razón que los demás no comprendemos. O la de atender gratuitamente, fuera de las horas de despacho, a quienes necesitan sus servicios profesionales y no tienen medios, porque piensa que si todos ponemos nuestros conocimientos al servicio de los demás, el mundo sería un lugar mucho más amable y menos egoísta. Sí, un tipo raro.

miércoles, 18 de mayo de 2016

Nuestra libertad personal

Hemos pasado generaciones enteras luchando por conseguir la libertad y nos encontramos con la paradoja de que cuanto más avanzamos en esa búsqueda menos libres somos. A mayor libertad política menor libertad personal. Esto indica que la libertad discurre por dos vías paralelas, en las que por una avanza, al menos en lo más aparente, y en la otra más bien retrocede. Posiblemente a lo largo del día habrá usted cometido sin darse cuenta una docena de infracciones a unas cuantas leyes que no conoce. Sin duda habrá por ahí alguna que se ha saltado sin tener voluntad de hacerlo, porque la maraña legislativa que nos envuelve se hace cada día más tupida y no hay modo de estar al día. Los políticos de todas las administraciones se han convertido en nuestros padres amantísimos, que hacen suya la salud de nuestro cuerpo y velan por nosotros con la diligencia del ángel de la guarda, dulce compañía. Nuestra forma de vida y nuestros pensamientos habrán de tener su visto bueno; qué sería si no de nosotros. Hasta nos dictan qué valores hemos de inculcar en nuestros hijos.
Estamos sumidos en un mar de advertencias, amenazas, consignas, avisos de vigilancia, obligaciones, prohibiciones, consejos conminatorios. Nos llevan a toda velocidad hacia un estado en el que todo lo que no está prohibido es obligatorio. Y aún habría que añadir las limitaciones impuestas a expresiones hasta el momento inocuas y ahora prácticamente prohibidas y sustituidas por absurdos eufemismos en aras de lo políticamente correcto. Alguien decide con qué palabras debemos definir a partir de ahora lo que siempre hemos llamado con otras, qué nombres han de ser sustituidos, qué términos nuevos son los correctos, incluso qué expresiones hasta ahora neutras se han convertido en un insulto. Se nos informa de lo que ha de despertar obligatoriamente nuestra simpatía si no queremos recibir algún calificativo terminado en "fobo". Se nos hacen aparecer nuestros propios sentimientos como equivocados si no participamos del nuevo orden de opinión en el que no se pueden señalar las diferencias ni discutir las creencias ni criticar las costumbres. Tenemos la obligación de sentir amor por todo el género humano, en cualquier lugar del mundo, porque seguro que alguna culpa de sus desgracias es nuestra. El amor universal, mucho más allá del que sentimos por las personas y cosas de nuestro entorno, esas que nos acompañan cada día y forman parte inalienable de nuestra vida. O sea que, al final, el laicismo viene a sustentarse sobre una raíz de carácter claramente religioso.
Entender el concepto de libertad únicamente como el ejercicio de derechos políticos, y creer que porque estos se mantengan o aumenten somos libres, mientras nos controlan y nos van arrebatando los individuales, es un error en el que se cae fácilmente. En nuestro ámbito cultural los enemigos de la libertad ya no están en las leyes ni los códigos, sino en la presión que ejercen ciertas ideologías a través de sus medios. Los anatemas los lanzan ahora los abanderados de la progresía, y nuestro grado de libertad personal es inversamente proporcional al de su influencia.

miércoles, 11 de mayo de 2016

Un cariño renovado

Tienen su tiempo tan medido y sujeto a horarios como siempre, ese tiempo que ahora debería ser enteramente suyo y libre de compromisos, que bastantes habrán tenido ya. Se encuentran con que han de vivir en una nueva situación en la que sólo ha cambiado lo accidental, como si se hubieran prorrogado sus obligaciones de antes y, que como antes, esas obligaciones no se pagan con dinero, sino con actitudes. Con besos y cariño, por ejemplo. Soportan los mismos caprichos y trastadas infantiles que soportaron muchos años atrás, y lo hacen con disposición gozosa, casi como quien ve en ello un premio, a pesar de que ni las fuerzas del cuerpo ni la paciencia del alma sean ya las mismas. Quieren con un cariño nuevo, que tiende a hacerlos vulnerables, y del que muchas veces salen perdedores. Son los abuelos.
Han ajustado su horario al ritmo de la vida de sus nietos. Se les ve a menudo a las salidas de los colegios, esperándolos, y por los parques, vigilando sus juegos, o por las calles, llevándolos de una mano y llenándoles la otra de chucherías. Las nuevas actitudes sociales les han sacado de una situación de retaguardia, en el que ejercían un papel a veces cercano al residuo sentimental, y les han puesto en primera línea, y todo ello sin habérselo pedido, con su consentimiento silencioso y su entrega desinteresada. Han aceptado su papel en el tramo de sus vidas en el que por fin pueden disfrutar de la libertad, porque están atados por el corazón, que es la ligadura más fuerte que puede existir, e incluso por la conciencia de un deber hacia sus hijos, del que jamás abdican.
Ya han dejado de figurar en la lista de agentes productivos de la sociedad, pero justo cuando el desgaste de la vida comienza a manifestarse en sus capacidades y en sus aptitudes, se encuentran ejerciendo de uno de sus soportes. Los abuelos se han convertido en la gran guardería nacional, gratuita, callada, sin otro reconocimiento que el que les dan sus nietos con su simple presencia. No sé si alguien se ha parado a calcular la cuantificación dineraria de esta contribución silenciosa a la marcha económica del país; cuánto empleo femenino facilita, cuántas hipotecas familiares firmadas sobre la seguridad de que se puede hacer frente a ellas porque se tiene resuelto el problema de qué hacer con los pequeños, cuántos viajes que no habrían podido realizarse si no fuera porque "hemos dejado a los niños con los abuelos". Y cuántas pensiones compartidas con los hijos en paro, cuántas renuncias y cuántos planes sacrificados e incumplidos ya para siempre. Su labor no existe para los balances económicos ni se tiene en cuenta en el diseño de ningún presupuesto. Su compensación externa sólo les llega, y no siempre, de la palabra agradecida de sus hijos y del cariño de los pequeños. Con eso les basta.
Es cierto que en el eterno desfilar de las generaciones, a la sociedad del momento no le interesa quién fue el abuelo, sino cómo es su nieto, pero, en las circunstancias hacia las que ha derivado, los nietos son, cada vez en mayor medida, lo que los abuelos sepan hacer de ellos. Lo cual le parece a uno que no es mala cosa.

miércoles, 4 de mayo de 2016

El entreacto

Y en esto ya estamos en mayo y aquí no hay ha habido más novedad que la llegada de la primavera, que siempre es novedad bienvenida. De la que nos pudieran traer los políticos, nada que esperar; todo se diluyó en el laberinto de ambiciones en que se perdieron, y ahora de nuevo a la estación de salida para ver si los que decidimos quiénes han de nombrar al maquinista lo hacemos mejor que la otra vez. Quién sabe, el verano siempre es generoso con la luz. Entre fiestas religiosas y laicas, mayo entra siempre con fuerza: el día de la Madre, San José Obrero, el día del Trabajo y el que en tiempos se llamó Día de la Independencia y ahora se quedó en el de la Comunidad de Madrid. Pues este año hay que añadirle el ser el prólogo de la antesala de la precampaña de las elecciones de finales de junio, o sea un estado de campaña electoral continuo, que es lo que nos espera durante estos casi dos meses. Estos políticos son incansables.
El largo entreacto que nos han dado puede que haya tenido consecuencias negativas en algunos campos, pero al menos ha servido para algo: para saber casi todo de cada uno de los que aspiran a gobernarnos. Tanto andar por los telediarios, las tertulias y las redes sociales, tanto hablar a todas horas sin coto ni medida, tanto colarse en cualquier programa -excepción hecha de los culturales-, tanto estar presente en nuestras vidas, que ya nos conocemos todos como si fuéramos vecinos de un patio de vecindad. Va a pasar mucho tiempo antes de que alguno de estos pueda sorprendernos con algo suyo.
El ejercicio intensivo de este tiempo ha servido también para traernos un aprendizaje político que nos permite acotar observaciones con más nitidez que nunca. Por ejemplo, sobre las apariencias externas. En la época de la imagen, resulta que ya no cuentan tanto. Hubo dos casos opuestos de candidatos que hicieron de su aspecto uno de sus mayores activos: uno guapo y apolíneo, a quien su apostura parece que no le sirvió de mucho para añadir votos, y otro de pinta desastrada y escaso sentido del buen gusto, al que eso tampoco le quitó ninguno. Y están también las palabras. La más oída, repetida por alguno de los aspirantes hasta privarla de virtualidad, fue cambio. Sugerente, pegadiza, promisoria, pero vacía. Nada en sí misma. El cambio es una abstracción carente de contenido evaluable; necesita complementos para situarla en un plano de análisis cualitativo. Se cambia hacia una situación distinta, que no implica que haya de ser mejor. Es una de esas palabras elegidas a propósito para funcionar como eslogan efectivo ante los electores acríticos. Y luego están las promesas. Son los ingredientes clásicos de cualquier tiempo electoral, siempre con su capacidad de atracción y su mensaje de esperanza, siempre efectivas porque necesitamos oírlas y siempre dejándonos la inevitable sensación de que bajo su hermosa capa de colores se esconde la certeza de su incumplimiento. Aunque ahora también hemos aprendido que quizá eso no sea tan malo, viendo que algunas nos llevarían a convertirnos en Venezuela.
Imagen, frases, promesas. A ver cuántos añaden una decidida actitud de buscar más el interés común que el de su partido.

viernes, 29 de abril de 2016

La fiesta de las letras

Esta semana, un año más, la amplia cofradía de las letras en español se miró a sí misma; los lectores celebraron su fiesta y los escritores el día de su gran patrono laico, el hombre que dejó a España la herencia más preciosa que ha recibido jamás. Es la fiesta de Cervantes, claro, pero quizá no haya otro caso en el que un autor no pueda despegarse de su personaje, hasta el punto de producirse un proceso simbiótico tan evidente entre realidad y ficción. Sólo en algunas grandes creaciones de la historia la biografía del autor parece una consecuencia derivada de su obra, casi con un componente de curiosidad. En el caso de Cervantes, su criatura ha alcanzado la victoria total sobre el tiempo, que es el encantador más malandrín y difícil de vencer que todos tenemos delante. "¿Qué mágico encanto posee, pues, este libro de extraordinaria fortuna; qué virtud y qué significación, que superan su momento y pertenecen a lo eterno?", se preguntaba Alexandre Arnoux. Y añadía: "Quitad a la literatura, no sólo a la española, el Quijote, y le habréis arrebatado algo genial; cojea".
Esta suprema victoria del caballero manchego en la difícil batalla contra el tiempo, es decir, contra el olvido que todo lo termina engullendo, se sustenta sobre raíces que van más allá de las formas externas. El mero valor literario, con ser grande, no alcanzaría a conseguir la admiración de los lectores de otras lenguas, algunas sumamente alejadas de la nuestra, ni de todas las épocas, pues las traducciones modifican, los estilos cambian y las formas expresivas están sujetas a fecha de caducidad al paso de las generaciones. La permanencia del Quijote se basa, entre otras cosas, en su increíble capacidad para retratarnos hasta lo más hondo de nosotros mismos, haciéndonos a la vez partícipes del proceso seguido en la obtención de ese retrato. Para todos hay una frase, un guiño de comprensión, un trocito de espejo donde ver las propias inquietudes, casi siempre con un trazo amable y risueño. Cómo no va a ser universal. La sombra del hidalgo manchego ha cabalgado sobre los siglos cada vez más viva y más lozana, hasta convertirse en patrimonio de cualquier mente civilizada. Hoy, tantos años después, el espectro ruso o japonés de Don Quijote sigue gozando de más vida que la mayoría de los habitantes del reino de las letras. Ninguna otra figura literaria ha logrado convertirse en un arquetipo icónico tan rotundo y tan universal; resulta muy sencillo para cualquiera, sea del país que sea, repentizar la figura de Don Quijote. Pero, además, este arquetipo físico soporta un arquetipo moral tan sólido y universal como él; no en vano su nombre se ha introducido en todas las lenguas como sinónimo de alguien que lucha por las nobles causas perdidas. El idealista que todos llevamos dentro más o menos escondido se reconoce en él, aquí y en el último rincón del mundo donde haya una biblioteca.
Se ha escrito mucho sobre este libro inagotable, pero por encima de todas las interpretaciones, de las búsquedas simbólicas y de los análisis, tesis, conjeturas, estudios, teorías y suposiciones que ha desencadenado, el lector oye a su lado la palabra sosegada y amigable de Don Quijote diciéndole: sigue tu ideal, no lo traiciones. Y con esto le basta.

miércoles, 20 de abril de 2016

Cuatrocientos años

Hace ahora justamente 400 años, en una modesta casa del hoy llamado barrio de las Letras, el barrio literario por excelencia de Madrid, terminaba la azarosa y cansada existencia de Miguel de Cervantes, puesto ya definitivamente el pie en el estribo y echada la última mirada a esta tierra, que nunca le había dado gran cosa, al menos a corto plazo. Era el fin de un viaje repleto de destinos inalcanzados. Había visto transcurrir muchos paisajes y vivido muchas desesperanzas, había digerido muchos sinsabores y le habían robado los cinco años más prometedores de su juventud, sepultados en una mazmorra en tierra de infieles. Y ahora se despedía con la misma media sonrisa de siempre y con ese decir tan suyo que nos dejó en el escrito de su adiós. Los caprichos del calendario actual hicieron que ese día sea también el de la muerte del otro gran visionario de lo humano, más afortunado y más distante que don Miguel, aunque no más trascendente: William Shakespeare.
De Cervantes se han hecho tantos estudios e investigaciones desde aquella primera biografía de Mayans, que se sabe ya casi todo, aunque queden aun algunas etapas de su vida en penumbra y a pesar de que periódicamente aparece alguna teoría estrafalaria que trata de apropiarse de su figura. Es sin duda el español que más trabajos ha generado sobre su persona y su obra, al que más monumentos se han levantado y el que tiene su nombre en más organismos, centros, instituciones y lugares públicos. El hombre que ha hecho a España el mayor regalo de toda su Historia. Las labores de investigación han llegado a perfilar casi totalmente su imagen biográfica, pero es en su obra donde se halla su verdadero retrato. En ella vemos a un hombre de mirada benévola y comprensiva hacia las debilidades humanas, cargado de una ironía sutil y un humorismo que le permite relativizar lo trascendente hasta ponerlo a escala humana. Su mayor fijación, presente en todas sus obras, es la defensa de la libertad, que en algunas, como en la Numancia, alcanza carácter de argumento único; es el conjuro de quien se ha visto privado injustamente de ella y quiere advertir a los que no la valoran. Y todo con esa prosa suya tan característica, cercana, precisa, graciosamente descuidada, pero intensa en matices y siempre alejada de extremos conceptistas y culteranos.
Cervantes fue venerado por Sterne, Goethe, Flaubert, Dostowevsky, Kafka, Melville, Freud, Kundera y tantos más. Hace unos años su Don Quijote fue elegida como la mejor novela de todos los tiempos por los cien escritores más destacados del mundo, a gran distancia de la segunda. En su ensayo en el que compara los hallazgos de la Física con la obra cervantina, Simon Jenkins, exdirector del Times nos aporta una clave: "Einstein era un genio, pero si no hubiera existido, la ciencia lo habría terminado inventando; su teoría estaba en el horizonte, esperando que la descubriera el primer genio que pasara por allí. No ocurre lo mismo con Cervantes. Se preguntó: ¿Dónde está el hombre? Atrapó el valor, el amor, la lealtad, la mortificación, los comprimió a escala humana y contó una historia que nadie más habría podido contar. Si Cervantes no hubiera existido el tapiz europeo tendría un agujero".

miércoles, 13 de abril de 2016

Incapaces de entenderse

El tiempo político tiene su propio ritmo, que no marcan los astros, qué más quisiéramos, sino las ambiciones de quienes se sienten sus protagonistas. Es a veces tan frenético que nos desconcierta, y otras lento y sin preocupaciones de paso, como si los instantes fueran horas y los días semanas. Ahora estamos en una de esas etapas en las que parece que el dogma que lo rige es el de que la prisa es mala consejera. Cuatro señores son incapaces de entenderse después de estar cuatro meses reuniéndose y hablando, supongo que con buena disposición, pero con escasa capacidad de convicción, a lo que se ve. ¿Tan estrecho es el filtro que cada uno establece para no permitir el paso de ninguna idea ajena? ¿Tan difícil resulta encontrar entre todos un camino, al margen de la propiedad que atraviese, que tenga como única meta el progreso de España? ¿Tan heroico es lanzar la mirada a lo lejos?
Entre egos individuales, antipatías personales, la cerrazón obsesiva de alguno y la posición extremista de otros, hemos perdido un tiempo irrecuperable en declaraciones, promesas, dimes, diretes y rencillas de colegio. Es decir, en incertidumbre, en inactividad, en nada. Frente a la necesidad de no interrumpir la recuperación económica ni de ofrecer al mundo una nueva imagen del feroz individualismo que nos ataca cíclicamente y que es uno de nuestros genios maléficos familiares, la clase política vuelve a mostrar su falta de grandeza, y así, ante el olvido casi absoluto de la nación y entre afanes de poder, intereses sectarios y actitudes chulescas, cuando no groseras, al ciudadano le da la sensación de que su voto, lo único que tiene, ha sido en vano. Seguramente observará a cada uno para cuando se lo pidan otra vez.
Y al fondo, todos nosotros. Un país que había encaminado su recuperación tras la crisis a costa de dolorosos esfuerzos, a cuestas con sus problemas estructurales y coyunturales, pero con un futuro lleno de posibilidades, varado en un tiempo muerto. Esperando a que cuatro personas, a las que han elegido para ello, se despojen de sus ideas a ras de suelo y alcancen una altura de miras que permita de una vez trabajar sin reservas por ella. ¿Tan hondas son las diferencias que las separan, que no puede vencerlas el afán del bien común? Cómo se echa de menos el viejo concepto de patriotismo.
Seguramente los profesionales de la política podrán mirarnos con cierta condescendencia a los que opinamos sin serlo. Sin duda desde dentro se aprecia una complejidad que a los demás se nos escapa, pero es una complejidad creada por ellos mismos. La devaluación de la clase política en la opinión ciudadana viene de una percepción que nadie parece querer demostrar que sea falsa: confiamos a los políticos la solución de nuestros problemas, y resulta que ellos mismos se convierten en un problema más. Al problema del enfermo hay que agregar el de los médicos, que discuten sobre la marca del bisturí. Será todo tan complejo como se diga, habrá factores condicionantes y hasta de carácter determinista, pero nadie puede evitar que nos hagamos una pregunta resignada y dolorida: ¿por qué siempre es tan complicada la política en esta vieja y entrañable nación que se llama España?

miércoles, 6 de abril de 2016

Querido libro

De las pocas líneas que quedan en el cuaderno donde uno anotaba sus certezas, una de las que se mantienen con la misma nitidez de siempre es la que señala la deuda permanente e impagable que ha contraído con los libros. Hurgando allá donde se acumulan los recuerdos, siempre termino encontrando que una gran parte de los mejores momentos de mi vida están ligados a ellos. A su lectura, al gozo de su adquisición, a la emoción de un descubrimiento, a la ilusión de un regalo, a su presencia. Y al silencio de una noche enganchado a sus páginas, a la soledad de una tarde de lluvia, a la demostración de afecto de una dedicatoria, al olor de una biblioteca. También a los años de estudio, a los tiempos de pupitre y exámenes, en los que algunos se convertían en simples instrumentos necesarios y circunstanciales. Pero siempre el libro. Con mis preferencias cambiantes a lo largo de los años y mis devociones según las épocas, pero eterno acompañante de tantos momentos, con esa imagen suya tan familiar que se ha hecho parte de mi mundo. El vendaval tecnológico que nos afecta, con sus inevitables ramalazos iconoclastas, ha propuesto el fin de esa imagen y su sustitución por una de sus elaboradas manifestaciones; naturalmente no faltaron quienes enseguida le pusieron un nombre que sonase a inglés: 'ebook'.
El libro electrónico ofrece indudables ventajas, la principal de ellas su capacidad de almacenamiento, con el consiguiente ahorro de espacio. Claro que habría que hablar de en qué consiste para cada uno la seducción de lo invisible; hay quien presume de llevar mil libros virtuales en su aparato y quien prefiere tener la compañía de mil libros en sus estantes. En realidad, todo se reduce a la consideración que se haga del libro como un simple texto o como un objeto diferenciado. Si se tiene como un simple texto a leer, sin nada que importe al margen de él, no hay duda de que puede resultar práctico, sobre todo en circunstancias concretas, por ejemplo en los viajes.
Pero hay otros que pensamos que leer un libro es mucho más que leer un texto. Es participar de un objeto único en toda su plenitud. Un objeto con sus caracteres sensoriales, su olor, sus cualidades táctiles, su posibilidad de ofrecer una enorme belleza externa en su portada, en su diseño, en su tipografía, hasta en su tipo de papel, e incluso de alcanzar un alto valor material en función de su rareza o de la calidad de su edición. Y por encima de todo está el hecho mismo de su presencia. Cada libro tiene su propia historia. Han llegado a nosotros a lo largo de nuestra vida, cada uno en un momento determinado; muchos de ellos encarnan un recuerdo concreto o fueron un regalo ilusionado; algunos tienen una dedicatoria ya irrepetible; todos juntos conforman ese ambiente de sosegado afán que sólo puede encontrarse en una biblioteca.
Ya sabemos que lo que da sentido a un libro es su lectura y que lo importante son sus palabras, estén sobre lo que estén escritas, pero algunos creemos que también tienen su vida particular y un aura mágica individual que jamás tendrá una máquina. Cómo imaginar que el libro de papel pueda ser sustituido alguna vez por un artilugio electrónico.