miércoles, 19 de julio de 2017

Un poder que quizá no tengamos

El ardiente verano, que está marcando registros de calor más altos de lo habitual, y algunas manifestaciones, como una gran grieta en un glaciar antártico, parecen confirmar que algo está cambiando en el clima. Nada anormal, si pensamos en el modo de ser de nuestro planeta. Buen objeto de estudio para los científicos y buen reclamo para los catastrofistas, agoreros, aprovechados y políticos oportunistas, que tienen aquí materia de resultados eficaces para conseguir sus fines sin coste ni desgaste alguno. En los peores casos, la verdad les importa tanto como la salud del planeta; lo que importa es señalar a un culpable entre los contrarios.
El cambio climático es una realidad, nadie lo duda porque es fácilmente comprobable. Se dice que la temperatura global ha aumentado un poco en el último siglo y que la tendencia es a seguir subiendo. Pero otra cosa es que nosotros tengamos que ver con eso. Por lo menos cabe dudarlo. En los cuatro mil millones de años de existencia que tiene la Tierra ha vivido en un continuo cambio climático. A un período glacial intenso sucedía otro de calentamiento. La última de las muchas glaciaciones que sufrió la Tierra, la Würm, terminó cuando ya el hombre estaba pintando las paredes de sus cuevas, hace unos 10.000 años, y desde entonces el planeta no ha dejado de calentarse, no precisamente por culpa de la acción humana. La Tierra no es un planeta tranquilo; toda su existencia fue una sucesión continua de crisis, como si fuese incapaz de completar su evolución. Ella misma genera sus propias emanaciones destructivas y las hace suyas en un continuo proceso; basta pensar que la actividad volcánica a lo largo de tantos millones de años lanzó y lanza más gases a la atmósfera que toda nuestra acción humana, lo que confirma la capacidad de nuestro planeta de regenerarse a sí mismo. La atmósfera y la capa superficial de la Tierra se comportan como un todo coherente que se autorregula. Ahora vivimos en un periodo postglacial, inicio de otro de calentamiento, y no parece creíble que, aun en el caso de que lográsemos eliminar toda actividad industrial se detuviera el proceso de evolución térmica del planeta. Decir que somos nosotros los causantes de la variación del clima es atribuirnos un poder que seguramente no tenemos. Nos creemos más de lo que somos. El hombre no puede controlar la Naturaleza.
Parece que siempre hay alguien interesado en que vivamos en perpetuo temor, alguien que encuentra beneficio en nuestro miedo, alguien que sabe sacar provecho de la inquietud del hombre por lo desconocido, como si a pesar de todo no siguiésemos aquí. La zozobra de la vida, convertida en un producto comercial. Por supuesto hemos de procurar cuidar este planeta porque es todo lo que tenemos y porque nos importa él más a nosotros que nosotros a él. Pero antes de aceptar cualquier afirmación o acudir a cualquier llamada por amplia que sea, conviene pensar e informarse, aunque sea a costa de salirse del círculo. La verdad tiene muchos enemigos. Puede, por ejemplo, estar en brazos de intereses ocultos o de los habituales demagogos que se apuntan a todas las causas.

miércoles, 12 de julio de 2017

Otra cara del populismo

Cada vez que los que gobiernan el mundo se reúnen para analizar su marcha y -se supone- tratar de buscar soluciones a alguno de sus problemas, allí aparecen unos cuantos grupos de violentos vociferantes destrozando todo lo que encuentran entre gritos contra la globalización. En algún descanso de su antiglobal actividad bien podrían tener la deferencia de explicar a los pobres ciudadanos los profundos conceptos de su ideología, a ver si logramos saber si ya estamos globalizados, o cómo hemos de hacer para desglobalizarnos, o si merece la pena hacer algo por globalizarnos del todo. O sea, que nos faciliten la comprensión del asunto, porque ningún estudioso del asunto ha dejado las cosas demasiado claras. A lo mejor es que la utopía no admite descripciones, o quizá que de todas las doctrinas sociales que han ido brotando al paso de las generaciones desde que se consolidó el derecho al libre pensamiento, esta de la globalización es una de la que más dificultades presenta para su comprensión. En su propia contradicción, resulta tan vulnerable, o tan sumamente fuerte, que brinda sus propias herramientas para que la ataquen. Sus enemigos se citan a través de la global internet, viajan en globales líneas aéreas, pagan en globales dólares y se visten, adornan, eligen a sus ídolos e incluso la comida y el ocio según la moda global. La verdad es que podían explicar un poco mejor qué es lo que buscan.
A uno le da la impresión de que tanta contradicción de conceptos tiene bastante que ver con la esencia misma del asunto. Globalización viene a ser sinónimo de universalización. Es decir, que se está contra el impulso que tiende a hacer universales las cosas. Pero entonces aparecen unas cuantas preguntas. ¿Se está a favor de que no se globalicen la técnica, la salud, el conocimiento científico, la democracia, los derechos? ¿Se pretende que cada civilización viva de su propia producción cultural? ¿Se reclama que no haya trasvases de conocimientos entre las distintas sociedades que habitamos este planeta? Pues entonces flaco favor le hacen estos reivindicadores a más de la mitad de la humanidad, si tenemos en cuenta que los avances técnicos y científicos, la medicina, el pensamiento filosófico, las teorías sociales y políticas basadas en los conceptos de libertad y dignidad individual son obra casi exclusiva de la otra mitad. Es decir, del denostado Occidente. Si cada uno se hubiera arreglado solo con sus ideas, medio mundo seguiría en el Neolítico.
Las movilizaciones suelen ir contra cualquier reunión del G20, del Banco Mundial, el FMI o algún organismo internacional de esos de los que la mayoría de nosotros apenas sabemos más que el nombre, pero en todo caso mucho ruido parece para tan oscuro objetivo. No es probable que, aun queriéndolo, estuviera en sus manos poner puertas a una marea que lo ha ido anegando todo desde el primer viajero que descubrió que, si vendía en Samarcanda un producto europeo, le pagarían con una seda que luego podría vender en Europa, con el consiguiente beneficio. Que le pidan cuentas a ese. Entretanto, y a falta de más propuestas que el mero vandalismo, seguirán etiquetados como una manifestación más del peor populismo.

miércoles, 5 de julio de 2017

El nuevo nombre de la mentira

La verdad es eso que a todos nos cuesta decir cuando no es aliada nuestra, aunque reconozcamos que es lo único que nos permite estar en paz con nosotros mismos. Dicen que nos hace libres, pero a la vez esclavos de sus consecuencias, una bendita esclavitud que trae consigo serenidad de espíritu y ausencia de temores. Sobre ella se sostienen el resto de virtudes, porque si ella se ausenta todo se apoyará sobre la falsedad. Pues ahora le ha salido una hermanastra a la que los turiferarios de la modernidad han aplicado el nombre de posverdad. Palabra extraña y sin mucho sentido, porque posverdad significaría después de la verdad, y después de la verdad solo hay un conocimiento más auténtico de la realidad. Desde luego no está la mentira, ni siquiera una especie de verdad ectoplásmica no sujeta a demostración, que es el significado que dan a la nueva palabreja. La posverdad viene a ser una verdad que se basa en fuentes no demostrables empíricamente, o sea, lo que llamamos una falsa verdad o al menos una verdad dudosa. "Toda información o aseveración que no se basa en hechos objetivos, sino que apela a las emociones, creencias o deseos del público", dice la definición propuesta para su inclusión en el diccionario académico. Según eso, papá Noel, por ejemplo, sería una posverdad. Y también el rapto de Europa, la Santa Compaña, el "España nos roba", la superioridad moral de la izquierda, la chica de la curva o las visitas de extraterrestres. Mentiras que, de tanto repetirse, acaban siendo tenidas por verdad. Es decir, lo que siempre hemos conocido como manipulación.
Y no, no es posible desdibujar los contornos de la verdad en beneficio de algo, porque hay una imposibilidad práctica de creer en lo que no es verdad. Russell, con su rotundidad acostumbrada, llegó a una conclusión muy clara: "Si algo es verdad, es verdad; y si no lo es, no lo es. Si es verdad debes creerlo, y si no lo es, no debes creerlo. Es fundamentalmente deshonesto y dañino creer en algo solo porque te beneficia y no porque pienses que es verdad".
La aparición de la posverdad como concepto a tener en cuenta es un indicador de algo que encontramos a lo largo de toda nuestra historia como seres humanos individuales y como sociedad: que lo que rige al mundo es el temor a la verdad. Es una característica nuestra: no queremos la verdad; solo queremos que se nos disfrace la mentira, y eso lo saben muy bien los que aspiran a dominar nuestras vidas. A los niños les queda la verdad como un adorno en el rostro que les trasluce una conciencia aún sin trabas y una ausencia de resabios. A los adultos, en cambio, la verdad es como un peso colgado del alma, que debiera ser pluma ligera y gratificante, pero que no lo es. Decir la verdad está coartado casi siempre por algún temor: el de exponerse a toda clase de improperios, el de que se vuelva contra nosotros, el de ser excluido del batallón de la progresía, el de quedar como ignorante o -el más noble- el de ofender. En cambio, los que desde sus propios intereses traman sus planes contra todos nosotros tienen en la mentira y la posverdad su arma más eficaz. Por eso su primer empeño es que no tengamos más remedio que aceptarlas.

miércoles, 28 de junio de 2017

Notas del verano

Con los rescoldos de las hogueras sanjuaneras todavía humeantes y los conjuros de la noche del solsticio aún pendientes de cumplimiento, el verano inicia su andadura y con él los afanes de espacios abiertos y de tiempo libre de mediciones. Están los proyectos a la espera de ser satisfechos en toda su medida, y las pieles desnudas deseando ser acariciadas por ese sol que las ha de oscurecer. Nos reclaman la mente y el cuerpo la luz y el sol, como si no fueran capaces de soportar el resto del año sin una inmersión temporal en ellos. Parece haber un afán por absorber la vida en este paréntesis que las nubes nos brindan, casi como si fuera algo a estrenar. Esa es nuestra condición: la de ser humilde polvo de estrellas, porque toda esa plenitud de vida que nos invade en verano, la alegría de las madrugadas tempranas y claras, la serenidad que desprenden esas tardes largas y mansas, el inquieto bullir de nuestro espíritu o el deslizamiento hacia un sentimiento de renovado optimismo que nos tiende a afectar en estos días, todo eso no es, en definitiva, más que una simple consecuencia de la inclinación del eje de la Tierra. Menos mal que nadie puede enderezarlo.
 En el vivir diario el bullicio no cesa, más bien se incrementa de forma artificial, y eso que hace ya años que ha muerto la famosa serpiente de verano. El gran monstruo de la información necesita ser alimentado constantemente, y todo vale: las fiestas y sus espectáculos, un aparatoso desfile de gentes que ostentan su orgullo sin que sepamos muy bien de qué, cualquier declaración por cenutria que sea o las tribulaciones de los famosillos con el fisco; se explotan hasta la saciedad los residuos de la actividad deportiva mientras que las cadenas especializadas en sensacionalismo político exprimen los temas hasta que no queda ni una gota que extraer de ellos, o sea, hasta que aburren al farol de la esquina.
Por encima de todo ello está la información de verdad, la que nace de la realidad cotidiana que determina nuestras vidas, esa que no conoce estaciones y que es la que verdaderamente nos afecta. La actualidad de estos días viene dominada por la terrible presencia de los incendios, siempre fieles a su cita de cada año, pero que en este nos ofrecen su cara más criminal. A las víctimas de la tragedia portuguesa, al desastre que nos hizo temblar por Doñana, se ha unido la imagen infernal de la torre ardiente de Londres, como si el maldito poder de las llamas hubiese querido ampliar sus registros y ejercer al mismo tiempo una actuación más selectiva. Dicen que es el cambio climático, lo que puede ser posible, y que somos nosotros los culpables de que se haya producido, lo que uno cree que no lo es; bastantes millones de años ha tenido la Tierra para demostrarnos que no necesita del ser humano para modificarse a sí misma.
Pero en la temprana amanecida de cada día, con la luz que se nos cuela con prisa en los ojos, vemos la cara amable del verano y su eterno gesto de invitación. Así que hagamos un año más de cigarra y lancemos fuera los trastos que nos atosigan el resto de los días. No tenemos que preocuparnos por el otoño; llegará enseguida.

miércoles, 21 de junio de 2017

De una, muchas

Lo han decidido unos señores en una reunión de su partido. Así, a paso lento, para darnos tiempo a digerir sus decisiones, los partidos políticos se van apoderando de casi todos los ámbitos de la sociedad. Su función de cauce de las distintas corrientes políticas y de los intereses públicos se ha ido desbordando hasta afectar a todos los campos, por ajenos que parezcan. Nada está libre de sus garras; ni las conciencias, ni las costumbres, ni la lengua, ni la historia. Acomodan los conceptos a su modo para adaptarlos a sus propósitos, incluso violentando a menudo la labor hecha por el tiempo y sin importarles lo que puedan tener de elementos de entendimiento. Sobre todo los llamados a sí mismos progresistas tienen una especial tendencia a trastocar todo lo que sea con tal de adaptarlo a sus intereses sectarios, como si solo en ellos residiese la verdad absoluta. Si la lengua es un inconveniente, se la modifica a la brava por muy milenaria que sea; se reúne un congresillo del partido y decide cómo tenemos que hablar a partir de ahora: el nuevo léxico a emplear, la extinción del género como categoría gramatical, las palabras vetadas y los eufemismos que las han de sustituir. La nueva censura será implacable con quien tenga la ilusa pretensión de hablar en libertad.
Ahora, en otro congreso de partido, este nacional, los asistentes han establecido que España no es una sola nación, que son muchas, que no se trata de una única realidad, sino de unas cuantas, que la solución a nuestros problemas de cada día está en reconocerlas y que la mención a una sola nación es desde ahora un concepto inexacto. O sea, para que lo entendamos, que España viene a ser como una matrioska, una muñeca de esas cuyo interior está formado por otras muñecas más pequeñas. Debemos de ser el único país que cuenta con políticos que defienden la existencia en él de un proceso de mitosis. Antes debían de ser muy cerriles al no darse cuenta de que no tenían una sola nación. Cuando, por ejemplo, en el Quijote un personaje llama al hidalgo honor y espejo de la nación española, nadie entendería que lo hubiera hecho en plural; a ninguno de sus contemporáneos se le ocurriría plantearse que pudiera haber más de una. Pero eso se arregla con unas papeletas; se vota y ya está. Claro que eso es como votar para derogar la ley de la gravedad. Recuerda a aquel ayuntamiento de un pueblo de Tarragona que, reunido en sesión extraordinaria en 1937, sometió al pleno la cuestión de la existencia de Dios. Por unanimidad, todos los concejales votaron que no, así que declaró oficialmente que Dios no existía y así se hizo constar en acta.
Quiénes son estos señores para dictaminar lo que es España. Qué autoridad intelectual les avala, qué reflexión les acredita, en cuál de las muchas definiciones de nación se apoyan, qué argumentos, fuera de los puramente afectos a la política coyuntural, ofrecen como soporte de su afirmación. Y quiénes son esa pandilla de salvadores de petulante palabrería y escasas lecturas, cuando no directamente iletrados, para obligarnos a usar el idioma según sus criterios sectarios. Quiénes son todos ellos para cambiar la esencia de nuestro modo de ser y estar como país, fruto del sedimento de tantos siglos.

miércoles, 14 de junio de 2017

Más que un acto heroico

Cómo necesitamos oír palabras como generosidad, valentía, heroísmo. Qué sensación tan gratificante la de leerlas y oírlas en medio de tanta vulgaridad, aliñada con una insufrible negatividad, como nos rodea. Por una sola vez, hasta los medios en los que jamás se oye un comentario positivo sobre nada, ni una sola palabra que reconforte, ni una noticia que encierre alguna esperanza, han tenido que pronunciarlas, aunque no fuera más que por no quedar en evidencia. Ese chico que perdió la vida en un puente de Londres por tratar de salvar la de otros nunca sabrá que su gesto fue algo más que un simple acto de heroísmo ante un hecho criminal; fue un aldabonazo que ha resonado en todo el país por encima del miserable ruido cotidiano y que por un momento nos ha situado en una dimensión en la que nos es necesario emplear palabras que ya creíamos olvidadas. Algo que se nos había debilitado ha vuelto a salir a la luz para reconciliarnos con lo mejor de nosotros mismos, y así lo hemos percibido. En estos tiempos en que tantos cobardes se amparan en el anonimato de las redes para ofender, un acto de valentía en defensa de otro alcanza categoría excepcional. Las manifestaciones de sincera admiración ante el hecho y las muestras de apoyo a la familia dan el verdadero reflejo de los sentimientos tantas veces escondidos porque casi nunca tienen ocasión de aflorar. Cuántas verborreas inútiles, cuántas soflamas campanudas, cuántas peroratas huecas y enfáticas palidecen ante las sencillas palabras de una chica afirmando que algo tan triste y tan duro como la muerte de su hermano se está convirtiendo en algo más bonito que les hace quererle más a él y a su familia, a sus amigos y a su país.
No está al alcance de la mayoría de nosotros enfrentarnos a un peligro cierto por salvar a alguien que no conocemos y al que ni siquiera hemos visto nunca; solo algunos se atreven a dejar salir a ese Don Quijote que todos llevamos dentro, pensando más en el bien a conseguir que en las consecuencias que le puede acarrear. El héroe casi nunca lo es por su triunfo; lo es por su afán de remediar con riesgo de sí mismo una situación en la que alguien sufre, sobre todo si ese sufrimiento viene dado por la maldad de otro. Puede que su sacrificio sea en vano, pero eso no le resta ni un ápice de mérito; solo lo tiñe de amarga melancolía. Un héroe es aquel que hace lo que puede; los demás no lo hacen.
Aquel héroe de nuestras lecturas infantiles que todos quisimos ser, hace ya tiempo que murió en nosotros, y el héroe histórico que realizaba grandes hazañas por su patria y alcanzaba la inmortalidad en crónicas y poemas, ya no es de este tiempo. Los de ahora no asaltan fortalezas ni conquistan imperios. Son héroes anónimos que surgen de pronto, cuando más los necesitamos, para sacudir nuestro escepticismo y traernos el convencimiento de que las lecciones de grandeza vienen más fácilmente de la mayoría callada que de esos esforzados paladines de la tropa mediática que nos lo arreglan todo con su palabrería. Por lo menos esta vez no han tenido más remedio que estar de acuerdo, lo que también es otra hazaña.

miércoles, 7 de junio de 2017

Una vida más larga

Si tienen razón los profetas de la ciencia, los afortunados niños que vengan a este exclusivo valle de lágrimas a partir de la próxima década tendrán la posibilidad de permanecer en él hasta los 120 años; al menos eso afirma un experto en genética. Por lo visto, cada vez es más factible poder manipular los mecanismos que determinan el envejecimiento de las células. Así, por ejemplo, añade el experto, los que vengan al mundo en el 2040 no tendrán problema en superar el siglo y medio. Vamos, que los que anden por aquí dentro de cien años van a tener que sacar número para poner los dos pies en el suelo. Es ciencia, y a ver quién puede negarle el derecho a seguir adelante, pero uno no tiene nada claro que las victorias parciales obtenidas sobre la muerte, sobre todo las de tan gran alcance, no lleven consigo un enorme precio a pagar. Habría que ver cómo sería esa vida. Habría que ver si las cualidades internas, las del espíritu, seguirían un desarrollo consecuente y paralelo al de lo físico. Si se mantendrían la capacidad de amar, la posibilidad de la ilusión, la inteligencia, la memoria, la esperanza, el gusto por la belleza. Y sobre todo, pensar qué humanidad resultaría y a la búsqueda de qué nuevo equilibrio habríamos de enfrentarnos para seguir viviendo con los dictados del tiempo actual. Podemos jugar a suponer qué habría sucedido si Mozart, pongamos, hubiera vivido 150 años, pero también si los hubiera vivido Stalin. Puede que el progreso de la humanidad se hubiera conseguido en una tercera parte del tiempo, o puede que hubieran sido necesarias todavía más guerras y más muertes violentas para mantener el equilibrio del planeta; quién sabe. Es muy posible que la astuta señora se hubiera tomado su venganza. Casi mejor, déjennos con nuestro tiempo marcado por el reloj de siempre.
Alargar la vida es el sueño eterno del hombre, aunque sabemos que no es más que aplazar un poco el pitido final del tiempo de juego. La muerte encierra en su propia palabra todo lo que tememos, pero también el hecho más natural, más cotidiano y el único que no ofrece duda alguna sobre su cumplimiento. Si lográsemos tener siempre presente su carácter necesario, seguramente no disminuiría nuestra rebeldía ante ella, pero quizá nos ayudaría a tener una mayor dosis de resignación. Todo lo que es naturalmente necesario lo es siempre en función de nuestra propia esencia, sencillamente porque, si no, no existiríamos. La muerte no es más que un eslabón indispensable para la vida. Y sin embargo, nadie nos ha enseñado a librarnos de su temor. Bueno, sí: los filósofos, aunque sin mucho éxito. Algunos, como Epicuro, le negaron hasta el poder de atemorizarnos.
El tiempo, que siempre es generoso en sus dádivas, nos añade cada poco una nueva dimensión: la de convencernos de que todo viaje tiene un final, la de entender que es la obligada contribución por el hecho de haber vivido, la de acercarnos a ella con la mirada resignada y el alma cargada con mucha, con alguna o con ninguna esperanza en el otro lado, que eso allá cada cual, y la de tratar de dejar aquí el mejor recuerdo que podamos. Más no nos es posible, ni ahora ni dentro de ciento cincuenta años.

miércoles, 31 de mayo de 2017

Un buen país

No parece que nos demos cuenta, pero lo cierto es que vivimos en un país estupendo. Solo a veces, cuando salimos por ahí a conocer otros lugares, y más si son de ámbitos diferentes al nuestro, llegamos a la conclusión de que en España, en general, se vive bien. Un país de clima soleado, de enorme variedad paisajística en sus costas y sus montañas, con un inmenso patrimonio artístico e histórico, de gentes amables y solidarias, con unas ciudades limpias y cuidadas y con grandes ofertas lúdicas y culturales. Un país con una buena cobertura sanitaria y educativa y unas infraestructuras viarias de primer nivel, festivo en sus manifestaciones y rico en productos para alegrar el paladar. Un país moderno y garantista en sus leyes, en el que se vive en libertad y seguridad, que atrae cada año a setenta millones de personas que ven en él el lugar ideal para el disfrute. Un país con un carácter propio, una personalidad inconfundible, un fuerte sentido de la familia y un concepto de la vida muy atractivo para otros.
Un país con problemas, ya lo creo, pero con un futuro entre el pequeño grupo de privilegiados que aúnan libertad y progreso económico. Los problemas tienen sus categorías, aunque al afligir de cerca puedan parecer exclusivos e insalvables. Ni la corrupción lo es ni las secuelas del temporal económico. Tampoco es exclusiva la crisis de valores, ni insalvable el desafío sedicioso de unos enfebrecidos libertadores. Lo que sí tenemos como un pecado original, sin redención hasta ahora, es una tendencia compulsiva a la autoflagelación como sociedad. Lo moderno siempre es hablar despectivamente de nosotros mismos, despreciar nuestros propios símbolos, soltar como una coletilla eso de que España es un desastre. Lo comentaba un amigo extranjero que nos conoce bien: "Oigo una conversación entre amigos españoles y casi siempre termina derivando en tremendas críticas a su propio país. No sé porque siempre estáis con la idea de que en España todo está mal. Eso podrían pensarlo vuestros abuelos, pero ahora no tiene sentido". Lo mismo pasa en los medios. Hay alguna cadena de televisión que parece incapaz de decir una sola buena noticia sobre España; es como si hubiera hecho voto perpetuo de masoquismo identitario, y, claro, eso, en una masa acrítica, termina creando opinión; según las encuestas, somos el único país de Europa que se valora a sí mismo por debajo de como lo valoran los demás países. A Unamuno le crispaba esa actitud y proponía un remedio contra ella: "Os lo he dicho cien veces y os lo diré otras cien mil más: cuando oigáis a un español quejarse de las cosas de su patria no le hagáis mucho caso. Siempre exagera; la mayor parte de las veces miente. Por un atavismo mendicante busca ser compadecido y no sabe que es desdeñado".
Cabría esperar que la nueva hornada de políticos jóvenes que ha surgido, nacidos ya cuando las vacas gordas, trajeran una mirada más positiva de España. Pero no, al contrario, su estrategia consiste en hacernos ver que vivimos en un país desgraciado y en una situación desoladora de la que solo su genio puede rescatarnos. Ellos, que se lo encontraron todo hecho, que no saben lo que es enfrentarse de verdad a un problema, vienen ahora a dar una patada al tablero para empezar de nuevo. Por supuesto, nunca se les oirá una sola palabra ensalzando algo de nuestro país. Sí, mejor no hacerles caso.

miércoles, 24 de mayo de 2017

El tiempo de mañana

El aprendizaje más doloroso al que nos condena la vida es el de comprobar la aceleración del tiempo en su acción sobre todo lo que constituye lo que somos. Esta generación está consiguiendo que el discurrir del tiempo haya dejado su cadencia natural para seguir la que nosotros queramos que siga. Por supuesto, el ritmo del paso del tiempo es una percepción humana; lo marcamos nosotros según el número de sucesos con que lo llenemos, es decir del conocimiento que tengamos de ellos. En esta época de acceso gratuito y global a la contemplación de la actualidad, la cascada continua de información que nos inunda a cada minuto nos solapa las emociones y apenas nos permite generar recuerdos. Los momentos cada vez son más breves y se suceden con más rapidez. Antes solo los viejos podían establecer comparaciones porque tenían detrás un largo tiempo más o menos estable; ahora hasta los más jóvenes tienen ya referencias para comparar su momento actual. El tiempo de ayer ya no es de ayer, sino de esta misma mañana. El tren circula cada vez a mayor velocidad sin que sea posible contemplar el paisaje.
No se trata de hacer un ejercicio de melancolía, que tampoco sería mala autodefensa, sino de buscar explicarnos a nosotros mismos el extraño tiempo en que nos ha tocado vivir. Un cronista del futuro quizá se encuentre en dificultades para dar un nombre adecuado a esta etapa de transición acelerada hacia un modelo del que apenas podemos intuir algo, y lo poco que intuimos no parece muy apetecible para nuestra condición de seres pensantes. Seguramente hable, desde la clarividencia que da contemplar la escena desde la distancia, de una época en la que alguna conjunción de fuerzas invisibles, bien organizadas, se empeñó en disminuir, en incluso anular, la capacidad de pensamiento individual. La gran red global en la que el mundo está enredado sin escapatoria, está sirviendo a unos propósitos de dominio por parte de grandes grupos de poder que pretenden imponer un nuevo orden mundial. Se trata de aceptar un pensamiento único, de conseguir que se considere equivocada cualquier conclusión derivada de un raciocinio personal, de crear un estado de opinión general en el que se anule al que no acepte los nuevos valores establecidos. La única verdad viene dictada desde una especie de pentecostés que todo lo domina con sus lenguas de fuego, a las que nadie puede poner nombre. Es llamativa, por ejemplo, la idolatría que el sistema educativo tiene por las matemáticas y afines, como si en la vida real nos fuésemos a encontrar cada día con dos o tres polinomios que sumar; incluso esos sedicentes orientadores que tienen los institutos tienden a pintarle al alumno el bachillerato humanístico como algo sin salida y sin apenas futuro en el mundo actual; poco menos que una pérdida de tiempo.
Evitar el pensamiento y el análisis crítico, debilitar la capacidad de argumentación, es decir, todo lo que aportan las humanidades, ese parece el destino de nuestros jóvenes. Con las ciencias exactas la mente no se ejercita en la dialéctica; sus postulados no admiten discusión porque no trabajan con ideas. Es en las humanidades donde se puede tratar de buscar un sentido a la vida. Por eso hay que proscribirlas.

miércoles, 17 de mayo de 2017

Falta de explicaciones

Cualquier acción política, y más si es de carácter ejecutivo, debería acompañarse de una cierta labor pedagógica que la explique, la justifique y la haga aceptable por los ciudadanos, que son los que van a vivir sus consecuencias. Si se entienden los motivos siempre será más asumible cualquier norma, por dura que sea; si se exponen las razones puede que hasta encontremos en ella un fondo de lógica, por extraña que nos haya parecido. Explicar no es adoctrinar, como parecen entender los gobiernos, temerosos de ser tachados de imponer su ideología. Buena parte de la crítica continua hacia la clase política y de la insatisfacción generalizada ante ciertos aspectos del sistema que nos rige viene de esa ausencia de explicaciones de determinadas decisiones. Porque hay que ver que algunas son extrañas.
Alguien ha decidido, por ejemplo, que a partir de ahora no sea necesario aprobar la enseñanza primaria para comenzar el bachillerato; que se puede acceder con dos asignaturas suspendidas. No se han explicado las razones por las que se tomó esta decisión, de modo que cada uno puede interpretarla según sus propias conclusiones: premiar la vagancia, desincentivar el interés por el estudio, despreciar el valor del esfuerzo, renunciar a la excelencia, desmotivar al buen estudiante. Pero no, no es posible creer que se haya pretendido eso. Puede que muchos de nuestros políticos no den muestras de ser unas luminarias, pero resulta difícil admitir que fuese ese su propósito. Seguramente tendrá fines más nobles: acaso hacer aflorar pronto las cualidades de cada estudiante, o quizá eliminar obstáculos para facilitar el desarrollo de los estudios vocacionales allanando el camino a quienes tengan bien delimitada su inclinación académica. Puede ser, pero las intenciones ocultas no son fuerzas vivas que aporten claridad; lo que hacen es dar apariencia de capricho a cualquier decisión, por correcta que sea.
Estamos rodeados de misterios que sin duda tienen respuesta, porque son artificiales, pero que permanecen para la mayoría en el campo de lo incomprensible porque nadie tiene a bien enseñar al que no sabe. Y no son solo cuestiones referidas al esotérico mundo de la política. Cuántas veces nos hemos quedado perplejos ante sentencias judiciales que no alcanzamos a comprender. En nuestra simpleza nos preguntamos, por ejemplo, cómo es posible que en la lucha contra la corrupción a unos los metan en la cárcel inmediatamente y otros lleven años con sus trapicheos familiares en total libertad y hasta con un toque de jactancia. O que un tipo con no sé cuantas detenciones encima siguiera en la calle; para su desgracia, otros como él decidieron aplicarle su particular justicia.
Gobernar bien es convencer; es procurar el modo de hacer partícipes a los ciudadanos de lo que se decide para todos. Sin duda detrás de cada disposición que se toma se encuentran sólidos argumentos que la apoyan, pero dígnense explicarlos para que no sintamos ese desamparo de vivir bajo unas decisiones que nos pueden parecer absurdas. Lo que se entiende se respeta; es lo incomprensible lo que nos incita a rebelarnos.

miércoles, 10 de mayo de 2017

Primavera en el bosque

Bosque otra vez reverdecido, sembrado de las ilusiones que van asomando, bosque sabio de tantas primaveras. El símbolo, hoja con ternura de recién nacida y brote primerizo de tantas metáforas que alientan nuestra pobreza expresiva, lo ha inundado todo, se ha hecho con el aire y la tierra y, sin embargo, qué luz es capaz de dar la buena predisposición de ánimo para que todo parezca más luminoso. Está tibio el aire, dormida la tierra y dormido el olor de los espinos. Hay una carretera en la ladera lejana, pero hasta aquí sólo me llega su silencio. Está tragándose sus propios ruidos, allá ella; si no me lanza más que su imagen muda no habrá por qué odiarla. Sé que este seno es eterno y ha cobijado pensamientos diversos y que incluso algunos de ellos se han atrevido a materializarse en ideas y formas que sólo a la cultivada mente del hombre pueden interesar. Pero hoy no quiero ser una mente cultivada, no quiero, y me siento en el musgo y dejo que la humedad fije la realidad de mis divagaciones.
El sol forma claros como pequeños templos atravesados por rayos de luz que penetraran por cientos de ventanas. Fuera de allí, cuántas palabras, cuántos lechos como cálices amargos, cuántas verdades dichas en susurro, cuántas mentiras dichas a gritos. Somos cantos rodados tirados por el camino de la vida, y si alguien tuviera la facultad de andarlo con paso largo y libre, tropezaría con nosotros. Bultos pequeños que se mueven sin parar, que se mueven en círculo buscando la tangente definitiva. Luego, con los años, sabremos que la única ciencia en la que todos somos diplomados es en la ciencia de no entender nada.
También el sendero entre los robles está iluminado por los rayos que las hojas modelan a su gusto. No hay sendero menos libre para elegir su apariencia. Me llega ahora un perfume de helechos como un recuerdo de infancia, amable y complaciente el bosque con los que renuncian a ser ambiciosos, porque al ambicioso que se apoderó de los sencillos corazones de su pueblo para emplearlos en su propio provecho no le será permitido oler el aroma de los helechos, sino el hedor de las cárceles que creó. Tampoco a la sombra cobarde que aprovecha la oscuridad para romper la esperanza de cuerpos apenas iniciados o la vida de alguien que ama y es amado, le será dado oler más que la putrefacción de sus propias entrañas. A los que el hambre mata o la enfermedad desconsuela, sí. A esos puede que sí.
Así me parece en esta mañana de primavera recién iniciada, en la que el aire de algún confuso propósito me ha traído hasta el claro de un bosque, en el que, de vez en cuando, pasa revoloteando una mariposa blanca. Ya se ha cubierto el suelo de flores y pronto aparecerán las fresas silvestres y ardillas temerosas en las ramas; en el canto de los pájaros hay un trino recién estrenado que tiene algo de presentación. Siento ganas de internarme por la hojarasca, pero me quedo donde estoy, a cuestas con una extraña mezcla de bienestar y desasosiego. Han brotado las hojas, pero los rayos de sol siguen con su poder de siempre, indiferentes a sus efectos, sin saber de las turbulencias que pueden crear en los ánimos inquietos. A lo mejor, la ansiada explicación universal comienza en aquel silencio de colores.

miércoles, 3 de mayo de 2017

El club de los políticos originales

No se acaba nunca el tiempo de los políticos originales, a medio camino entre salvapatrias y elegidos. No hay forma de que se agoten en su propia esterilidad, porque siempre surgen otros nuevos con ímpetu parecido. Los políticos originales tienen a gala adueñarse de la ultramodernidad y andar siempre dos años luz por delante del resto de los vulgares mortales, ufanos ellos, asombrados de sus propias ideas, cuyo excelso brillo no les permite ver que la ultramodernidad suele ser un atajo de regreso hacia la caverna. En este país nuestro, tan viejo y tan de vuelta de todo, se dejan ver a menudo, especialmente cuando no sienten una posibilidad cercana de conseguir sus planes, como si dedicaran todo su esfuerzo a demostrar aquello de la vaca, que cuando no tiene que hacer espanta moscas con el rabo. Más que partidarios de la política como servicio al bien común, lo son de la política-espectáculo. Su originalidad suele rozar con lo grotesco, y su pretendida llamada de atención a la sociedad termina invariablemente en un silencio de indiferencia.
Quizá nos habíamos acostumbrado a años de cierta normalidad, pero el caso es que de pronto parecen haberse cruzado no sé qué líneas del devenir y por todas partes aparecen a la vez tipos originales que preludian otro horizonte. Algunos, como el coreano, dan miedo; otros, como Trump o los populistas europeos, inquietud; otros, como los del enredo británico, curiosidad; y otros, como Maduro, risa por él y pena por quienes lo sufren. El abanico es amplio, y los aderezos con que se adornan, comunes: verdades y mentiras a medias, promesas que halagan cualquier oído, sofismas, demagogia, populismo.
Los hay también algo más vulgares, como si la imaginación del autor no fuera precisamente un potro desbocado. Aquí hay uno, por ejemplo, que anda por ahí con un autobús pintado con caras de gentes que no le gustan, exhibiéndolas como el trofeo de algún lance justiciero; en realidad, este es el partido de las actuaciones originales, según puede verse en su curriculum, y eso que no es muy largo. Hay también por ahí una chica, representante de uno de esos partidillos al que nuestro sistema proporcional le da una representatividad desproporcionada, que predica que tener hijos en pareja origina una lógica perversa y que su crianza ha de ser cosa de la tribu. Y luego están los que pretenden romper lo que ha estado unido desde que tenemos conciencia de habitar esta península y que nos hacen pensar que si España tuviera la suerte de no tener partidos nacionalistas sería realmente un espléndido país, más aun de lo que es. Tiene problemas que resolver, entre ellos el de limpiar muchos despachos, pero sí, sería un gran país. Cuenta con todas las circunstancias para ello: no tiene ningún conflicto grave que la agobie, ha alcanzado una esperanzadora situación económica, le ampara un magnífico pasado cultural y artístico, y sus gentes han evolucionado con naturalidad y sin traumas hacia ideas y prácticas nuevas de libertad y tolerancia. Pero le han brotado en algunos rincones de su casa los enanos de la división, esos que se sienten más importantes siendo cabeza de ratón que parte del león, y ahí están, con su eterno victimismo, sus tergiversaciones históricas y su odio enfermizo hacia todo lo español. Esa es su originalidad.

miércoles, 26 de abril de 2017

Mezclar y confundir

Qué tendrá el concepto de educación y el modo de diseñar el sistema educativo que resulta imposible encontrar uno que concite la aprobación de todos y, sobre todo, que se aproxime lo más que pueda a una formación integral de nuestros jóvenes. Pasan años y leyes, reformas y contrarreformas, normas provisionales y decretos definitivos que duran hasta el fin de ese curso, y así casi medio siglo, sin que valgan regímenes, gobiernos ni signos políticos. De esta larga historia de búsqueda la única conclusión que cabe sacar es la de que aún seguimos en ella. Y otra más, derivada de esta: la de que algunos recovecos de la Administración donde se toman las decisiones sobre educación parecen haber sido creados para ser una fábrica de ocurrencias. Recuerden aquel ministro que decretó que el curso escolar debía coincidir con el año natural, o sea, comenzar en enero y acabar en diciembre; o aquello de las nuevas matemáticas, con los conjuntos y disjuntos, que volvió locos a los niños de la época; o ese baile continuo de nombres para denominar las asignaturas de siempre, y tantas otras, con las que quizá alguien escriba algún día otra antología del disparate, pero esta vez no precisamente de los alumnos.
La historia continúa; se ve que la educación se considera un campo apropiado para iniciativas ingeniosas. En algún despacho consejeril, o acaso ministerial, alguien ha decidido que nuestros niños, al menos en algunos colegios públicos, han de estudiar las ciencias naturales en inglés; que saber en esa lengua, por ejemplo, las partes de la flor, es sumamente útil. Pregunten a un alumno de primaria si estudia ciencias y les dirá que no, que él estudia "sayens", y luego seguramente les mirará con cara de no hablemos de eso. Ya que las ciencias le resultan de por sí difíciles de comprender, si las tiene que estudiar en inglés se le vuelven imposibles. Y el niño se desorienta, se desespera, duda de sí mismo y termina odiando a las ciencias y al inglés. Y desde luego no aprende ni una cosa ni otra. Si anidara en él algún germen de vocación científica con posibilidad de aflorar, quedaría muerto de raíz. ¿En qué brillante cerebro se gestó esta ocurrencia? Seguramente en uno gemelo del que creyó necesario que en algunos grupos la enseñanza secundaria se estudie la Historia, incluida la de España, también en inglés. Salvemos la intención, que siempre tiene salvación, pero poco más. ¿Se imaginan a los alumnos de un colegio inglés estudiando la Historia de Inglaterra en español? Es impensable. Respetan demasiado a su historia y a su lengua.
La absurda anglolatría que nos inunda se extiende por todos los ámbitos, hasta llegar a sustituir al español en las aulas. Poca imaginación y mucho desdén por las ciencias y la historia demuestran en algunos altos despachos. El aprendizaje del inglés tiene otros caminos que no deben interferir en el estudio de las demás materias, y menos en esa edad temprana en que se quedan fijadas para siempre las fobias y las fuentes gozosas del saber. Podemos convertir a nuestros niños en letraheridos, y no, no es pedantería, es que no tengo otra palabra; heridos por aquello que debería ser para ellos una fuente de placer y la puerta hacia el conocimiento: el estudio.

miércoles, 19 de abril de 2017

En un rincón de Castilla

A las soledades de estos campos burgaleses de transición hacia el Duero apenas llegan los flecos de ninguna estampida masiva de puentes festivos. Estas son tierras de monasterios y ermitas, de recogimiento y de romances, también de caballeros y leyendas guerreras. Dejado atrás Silos, el visitante puede perderse por carreteras solitarias entre sotos de chopos y campos de cereal hasta ver, por ejemplo, la espadaña y el torreón de Caleruega.
Caleruega es un pequeño pueblecito situado entre la Ribera del Duero y la sierra, que no tendría nada de particular si no fuera porque guarda la memoria de una de las figuras que más habrían de influir en el modo de acción de la Iglesia: Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de Predicadores, los dominicos. Domingo nació aquí en 1170 y, tras una completa formación y muchas experiencias, vio la necesidad de fundar una nueva Orden basada en premisas distintas de las que regían hasta entonces: estudio, vida mendicante y participación en la sociedad, lejos de la reclusión monástica. Tras su muerte se levantó aquí una pequeña capilla, que luego se convirtió en iglesia. Extrañamente, Caleruega queda sumida durante siglos en la insignificancia, sin más presencia dominicana que la modesta comunidad de monjas del pequeño convento. Hubo que esperar hasta 1952 para que la cuna del fundador alcanzara la dignidad que merecía. El impulso vino de un asturiano, Manuel Suárez, maestro general de la Orden, quien decidió convertir el sitio en el primer lugar dominicano.
El conjunto destaca poderosamente sobre el humilde caserío del pueblo. El edificio del convento tiene aspecto de fortaleza, realzado a propósito por las torres circulares de las esquinas, que rodean el macizo torreón de los Guzmanes. En la cripta de la iglesia se encuentra una capilla con mosaicos de temas alusivos al santo, como sus nueve modos de orar. A un lado, el imponente sepulcro del padre Suárez, muerto en accidente de tráfico en 1954. En el centro, el pozo abierto en el mismo lugar en que, según la tradición, nació el fundador. Hay en el brocal unos vasos para quien quiera beber su agua, pero el fraile que enseña la cripta a un grupo que está alojado en la hospedería del convento, explica que no se trata de ninguna agua milagrosa y que no hagan caso de leyendas, porque es la misma que sale por el grifo de sus habitaciones. Estilo O.P. Veritas, como lema.
Fuera, en la pequeña placita, el pueblo recuerda a su hijo con una sencilla estatua. Y más allá, la inmensa llanura solitaria que, más que dispersar, concentra, como concentra siempre la presencia de toda inmensidad. Caleruega es la cuna de uno de los grandes santos de la Iglesia y, sin embargo, nunca ha sido lugar de mitificación, ni meta de peregrinaciones masivas, ni señuelo milagrero. Tampoco ha hecho nada por ello. Aquí la austeridad castellana se ha dejado sentir también en el modo de fijar su presencia ante el mundo. Nada que ver, por ejemplo, con Asís o Loyola, por citar sólo dos lugares de parecida significación.
Antes de abandonar Caleruega, este viajero se acerca de nuevo al convento de las monjas a comprar una caja de sus riquísimas delicias gastronómicas. Le atiende una hermana de ojos claros y sonrisa más dulce que las pastas que prepara.

miércoles, 12 de abril de 2017

Vacaciones, tradición y fe

Con media España de mudanza en busca de algún lugar distinto al suyo y el sol colaborando en el empeño, hemos entrado en la semana más atípica del año, esa en la que casi nada está en su sitio y obliga a alterar la normalidad habitual, al menos en sus aspectos más superficiales. La Semana Santa es el primer alto que se toma el año en su curso. O mejor, que se toma el año que nosotros hemos creado con nuestros afanes y trabajos. Que su ritmo y sus pausas estén basados en el ciclo del período litúrgico cristiano no es más que una constatación más de las raíces culturales de las que venimos.
Quizá sea en España donde la Semana Santa ha encontrado su símbolo más identificativo, a la vez que complejo de comprender en una primera mirada: las procesiones. Frente a la Europa del Norte, donde la influencia calvinista impone una ostentación contenida de los sentimientos y un rigor casi conceptual en las expresiones, aquí la devoción se manifiesta libremente en la calle, sin pudores, entre cantos, llantos y plegarias compartidas. Las procesiones, más allá del carácter folclórico que ocasionalmente puedan bordear, son elementos de manifestación religiosa a través de unas formas profundamente humanas. Son evocación del sufrimiento ajeno, exaltación de la compasión y de las lágrimas por un dolor solo comprendido por quienes tienen la certeza de la verdad del misterio que se representa. El dogma solo vive en los corazones en los que anida la fe; sin ella no hay posibilidad de penetrar en su entraña más íntima, aunque, eso sí siempre queda su belleza externa y su carácter de elemento cultural y sociológico.
Hace ya mucho tiempo, desde que el afán por la conquista de la realidad material ha ido ganando terreno al mundo espiritual, que la Semana Santa se ha convertido en una inmensa manifestación de fe profana. El segundo gran momento del año cristiano, el que cierra y culmina su ciclo dogmático, es, simplemente un período vacacional. Si en la época navideña, a pesar de la plaga comercial que ha caído sobre él, se mantiene una innegable cercanía al hecho que se celebra y un espíritu de cierta aproximación litúrgica, que se refleja en la tradición de la celebración familiar, en Semana Santa se hace difícil encontrar otra cosa que caras ansiosas de llegar a un destino ajeno al suyo. A lo mejor es que un nacimiento, aunque haya tenido lugar hace dos milenios, nos aviva siempre una idea de alegría; en cambio la muerte, por más que haya sido redentora, nos perturba, mientras que la resurrección, como todo lo que es ajeno a la realidad ordinaria, resulta de muy difícil comprensión fuera de la gracia de la fe.
Esta semana termina sólo por ser santa para esa alma humilde y anhelante, que se recoge en la penumbra silenciosa de una iglesia, cara a cara consigo misma y a solas con el misterio que nutre su fe. Su meditación sobre el hecho fundamental del dogma cristiano se convertirá en plegaria, en propósito, en razón de vida. Revivirá su esperanza con la palabra mil veces oída y siempre renovada, como alimento que es. Y no andará por las calles con sayales ni capirotes. Sólo para ella la semana es santa.

viernes, 7 de abril de 2017

Panorama televisivo

Hasta la aparición de internet, la televisión ejercía el poder absoluto en lo que se refiere a la configuración de las costumbres y modos sociales, además de la diversión familiar, que parecía innato a ella. Su mágica presencia en el salón de cada casa, especialmente en las noches, tenía mucho de reverencial, un oráculo supremo, una ventana que se nos abría al más allá de nuestro raquítico entorno y a la que era inevitable entregarse sin reserva. Y ella proclamaba orgullosa la triple función que debía ser su objetivo y a la que habría de servir: formar, informar y entretener. Eran tiempos de novedad y de trazado de caminos a seguir, y en estos casos siempre se piensa con una altura de miras que luego, poco a poco, el tiempo y nuestra inexplicable atracción por todo lo negativo, rebajan hasta eliminarla. Qué poco puede decirse hoy de algún efecto medianamente positivo de la televisión en nuestra sociedad. Lo de formar sería hoy motivo de burla en esos acreditados canales de conocimiento que son las redes sociales. Informar ya suena a abstracción difusa, como un propósito que hace tiempo que ha dejado de serlo; la información es ahora opinión, nacida de una línea editorial partidista y desarrollada hasta la náusea en tertulias y espacios al rojo vivo en los que se crean de la nada los políticos que conviene. Y entretener ha cambiado su sencillo significado, y sobre todo sus modos, para apoyarse en la zafiedad, la sosería y la ausencia absoluta de ingenio. Ver la televisión es cada día más un ejercicio ideal para rebajar la dignidad propia y el respeto a sí mismo.
Puede que las exigencias de un público cada vez más curtido hayan aumentado y que resulte muy difícil sorprenderlo, como antes, con cualquier novedad, pero lo que se hace notar es la falta de talento para renovar con éxito las ofertas, al menos en las cadenas generalistas. La vieja pantalla familiar se ha convertido en una vaciedad absoluta; el ciudadano de a pie ve en ella muy pocas cosas que le traigan reflejos de su vivir cotidiano y ni siquiera le sirve para evadirse de él; prefiere grabar sus programas en otros sitios y verlos a su gusto. Los géneros de siempre se han convertido en apuestas arriesgadas por su escasa aceptación; las nuevas series muestran una total incapacidad para conectar con el espectador; los concursos, aquel recurso entrañable de la tradición televisiva, sobreviven en formatos menores; por los llamados programas del corazón se mueve un rebaño de mindundis que parecen salidos de alguna tabla de El Bosco. Como grandes hallazgos pueden citarse esa ola de enseñanzas culinarias que nos invadió de repente, como si nuestras madres y abuelas nunca hubieran sabido freír un huevo, y la consagración de las tertulias para discutir sesudamente el sentido del último insulto de cualquier imbécil en su tuit.
Eso sí, hay ofertas para toda necesidad. Por ejemplo, si usted quiere estar informado de forma parcial y partidista, puede ver los informativos de esa cadena de las tertulias al rojo vivo, y si le gusta experimentar la sensación de sentir vergüenza ajena, vea algo de la madre de las mamachichos. Y así la mayoría. El ejercicio crítico será lo único que deje a salvo nuestra integridad intelectual.

miércoles, 29 de marzo de 2017

Aniversario europeo

Nacieron de un tronco común y se alimentaron de los mismos nutrientes, aunque algunos se desarrollaron más que otros. Crecieron juntos y participaron también juntos de casi todo lo que afectó a cualquiera de ellos. Pasaron la vida peleándose entre sí, mirándose de reojo, tratando de cambiarle al vecino las fronteras en beneficio propio, pero a la vez intercambiándose ideas y forjando un modo de ser común. Apenas hubo entre ellos un momento de paz absoluta hasta que, hace ahora sesenta años, decidieron solemnemente hacer un pacto de unión y olvidar para siempre lo que los dividió durante siglos. La Unión Europea es, sin duda, una experiencia única en la Historia, y al mismo tiempo, una de las más lógicas. Y es que hay conceptos cuyo poder de abstracción se superpone a la propia realidad física que los sustenta. Por encima del hecho geográfico que la configura -una península irregular de Asia- Europa y lo europeo tienen una proyección histórica que alcanza en mayor o menor medida a la totalidad de la humanidad. Nada hay tan fluido como el pensamiento, sobre todo cuando va sustentado por un empirismo capaz de crear ventajas materiales. La cultura europea, su concepción ontológica, sus referencias morales, su creación artística, su ciencia y, por supuesto, su actuación material, han influido de modo tan determinante en el quehacer histórico, que resulta difícil no encontrar su eco, por débil que sea, en el rincón más apartado de la vida cotidiana de todos los pueblos. Bien mirado, no hay mayor fuerza de cohesión.
El sustrato cultural europeo tiene su raíz en tierras griegas en el momento en que el mito comenzó a ceder sitio a la razón, y se ha desarrollado con esta marca de origen en todos los campos del conocimiento. Luego, lo que se refiere a los modos de organización social lo aportó Roma, y lo que atañía a la relación individual con lo trascendente lo puso el cristianismo. No es una visión mediterránea; ya se encargaron las reformas religiosas de contrastar los dos espacios diferenciados y de hacerlos valer hasta hoy mismo, pero nada puede entenderse en el ser europeo, ni siquiera en lo material, sin tener presente esa raíz. Como alguien ha recordado estos días, en el 298 Diocleciano dividió el Imperio romano de Occidente en siete diócesis: Germania, Hispania, Britania, dos en la Galia, Italia y África. Pues las cinco primeras son hoy los cinco estados con mayor PIB de la Unión Europea.
En este aniversario se ha hablado mucho de Europa, se han dicho muchas cosas y se han hecho muchos discursos. Ninguno, sin embargo, se ha referido a lo realmente importante: sus lazos internos, las venas invisibles que la fecundan. Todos los argumentos que se esgrimen a favor de la idea de Europa nacen de la economía, la geoestrategia o de la contingencia política del momento, es decir, son argumentos circunstanciales, que nadan sobre las olas a merced de donde sople el viento, sin anclarse en nada sólido. Se hace necesario un rearme poderoso de su identidad cultural y moral, que es justamente lo que se está abandonando en favor del fortalecimiento exclusivo de los lazos económicos y, algo menos, de los políticos. Sin unos firmes apoyos sentimentales, aferrados a las raíces espirituales que la han nutrido desde su origen, se hace imposible su futuro.

miércoles, 22 de marzo de 2017

Políticos de la nueva hornada

El aire fresco que anunciaban las nuevas caras de los indignados que iban llegando al foro de la política se ha ido enrareciendo a medida que fueron teniendo oportunidad de abrir la boca. Más que brisa vivificante es ya miasma envejecido que huele a rancio y que nos trae recuerdos de turbios momentos del pasado. Pronto agotaron su aliento; no pudieron sostener mucho tiempo el soplo impostado con que pretendían encandilar a todos los necesitados de un salvapatrias. Es lo que tiene estar a todas horas en las pantallas, luciendo verborrea fraygerundiana e imagen modosita de telepredicador; que las burbujas del fondo terminan por aflorar. Siempre en vanguardia de la preocupación por solucionar los grandes problemas de nuestro vivir diario, siempre atentos a la felicidad de los ciudadanos y ciudadanas, han decidido retomar la vieja arma del anticlericalismo, que les debe de parecer muy efectiva para satisfacer esa acuciante demanda de la sociedad que es la de acabar con cualquier signo religioso. Pero no les basta con asaltar capillas, terminar con la enseñanza concertada o derogar los acuerdos con el Vaticano. Han decidido que lo que realmente ofende nuestra condición de demócratas y pone en peligro todo nuestro sistema de convivencia es que la televisión pública siga retransmitiendo la misa cada domingo; o sea, que dé un servicio al 70 por ciento de la población.
Mucha dosis de fanatismo hay que tener para anteponer una ideología nacida del sectarismo a la necesidad espiritual de millones de personas. Precisamente la parte más débil de la sociedad: mayores, impedidos, gentes aisladas en el medio rural, personas que tienen en la misa dominical un consuelo reconfortador y un modo de sentirse partícipes de la vida de su comunidad a través de su liturgia y su mensaje. Pocas veces la televisión habrá ejercido con tanta dignidad su función de servicio público, ese que estos nuevos salvadores de nuestra indigencia intelectual quieren quitarle. Y todo porque ni siquiera saben leer: en ninguna página de la Constitución aparece el término laico ni ninguno de sus derivados. Lo que se dice es que ninguna confesión tendrá carácter estatal, o sea que el Estado ha de ser aconfesional, algo muy distinto, y además, que ha de tener en cuenta las creencias religiosas de la sociedad, especialmente la de aquella que aparece como mayoritaria desde el inicio mismo de nuestra andadura histórica.
Si la altura del pensamiento de estos nuevos paladines que han irrumpido de pronto en nuestra escena política alcanza ahí una de sus cotas máximas, fácil defensa tiene el bipartidismo; aquello de que muchas manos en un plato hacen mucho garabato tiene aquí una buena demostración, viendo las manos que revuelven el plato. A ver en qué podemos mejorar la vida de nuestros conciudadanos, se preguntan cada mañana. Pues podemos, por ejemplo, introducir algún nuevo elemento de crispación o buscar problemas donde no los hay, y de paso, atacar a los sectores más vulnerables de la sociedad, también los más pacíficos y los que no tienen más respuesta que el silencio. Y el voto. Cada domingo sube la audiencia de la misa.

miércoles, 15 de marzo de 2017

Los dictadores de opinión

La vida se nos presenta siempre como un camino desconocido, pero este tramo en que hemos entrado hace ya algún tiempo nos comienza a parecer irreconocible y, lo que es peor, sin un destino claro. Sin apenas darnos cuenta, hemos llegado a un período en el que todo parece amontonarse, nada permanece más allá de un suspiro, corren extrañas novedades a ocupar un lugar que aún no ha sido desalojado y todo se hace confuso y de difícil asimilación. Igual las ideas. Desde algún poder escurridizo en sus formas, pero no en sus medios, se decide una alteración de los valores que nos han sustentado y se impone una idea única, y ay de quien no la siga; menuda catarata de epítetos le espera. Pensar cada vez se convierte más en un acto heroico. Los pensamientos propios, esos queridos y a veces rebeldes pensamientos que nos hacen ser como somos y configuran nuestra carta de naturaleza espiritual, están siendo arrinconados por los de unos cuantos que lo dominan todo y a los que se les permite enseñorearse de ellos. Parece que ya nadie está a gusto con sus opiniones. Se nos invita a huir de lo que pueda decirnos nuestro propio interior. Se procura que siempre tengamos alguna voz ajena que anule a la nuestra, sea una campaña o el charloteo de unos tertulianos profesionales que lo mismo opinan sobre el bosón de Higgs que sobre los efectos de la globalización en la sociedad zulú.
El empeño es debilitar nuestras convicciones para que quedemos a merced de ellos. Se está entregando la facultad de pensar a cambio de que nos ocupen la mente. "Lejos de nosotros la funesta manía de pensar", declaró el rector de la universidad catalana de Cervera para fijar su fidelidad al rey absolutista. Hoy el absolutismo se ha trocado en el intento de llevarnos hacia un único pensamiento, haciéndonos renunciar a todo lo que configuró nuestra instalación moral y cultural. Todos hemos de pensar lo correcto, es decir, lo que entienden por correcto quienes controlan los medios. Tiene que gustarnos lo que les guste a ellos. Hay que compartir su opinión sobre algunos comportamientos y actitudes que hasta ahora nos parecieron rechazables, o sobre unos determinados segmentos sociales y hasta sobre aspectos de nuestra propia historia. Que no tengamos ocasión de pensar. Quizá sea porque, según los expertos, razonar no es cuestión que dependa de la inteligencia, sino que se aprende con el ejercicio.
A mis soledades voy, de mis soledades vengo, porque para estar conmigo me bastan mis pensamientos. Puede, don Félix, pero es que en su tiempo no existían los robamentes, ni los hechizos ante ellos, en la misma dimensión que hoy. El progreso es hijo a la vez del tiempo, de la sana voluntad del hombre y del maligno, pero hay algunos que parecen ser únicamente hijos del maligno. Cuando el progreso aliena no puede tener otro padre.
Si quieres oír cantar a tu alma, haz el silencio a tu alrededor, escribió otro poeta. El silencio que habita lejos de la bambolla mediática y de quienes aparecen por todos los sitios lanzando sus consignas. Allí donde no haya ninguna voz ajena que merezca quitarte tu propia compañía para darte a cambio basura elaborada.

miércoles, 8 de marzo de 2017

Evocación tunecina


Hay muchos motivos para perderse unos días por Túnez y todos tienen que ver con los aspectos más gratificantes de la actividad viajera: por sus gentes amables y hospitalarias, por la variedad de sus paisajes, por sus contrastes físicos y humanos o porque acaso ahora sea uno de los países más seguros para el turista. O puede que por el color rotundo de las cosas, ese color que le hizo decir a Paul Klee: "El color me posee; somos uno bajo este cielo, el más bello del mundo". Hay muchas razones y cada visitante tendrá la suya. La que le mueve a este viajero tiene que ver con lejanos pero vigorosos recuerdos de pupitre, cuando los héroes eran los únicos señores de la Historia y oía las hazañas de Aníbal con la convicción de que era el mayor de todos ellos. Aún recuerda el texto literal de su libro: "Cruzó los Pirineos, cruzó los Alpes, venció a los romanos en las batallas de Tesino, Trebia, Trasimeno y Cannas y llegó hasta el corazón de la misma Roma, pero no se decidió a atacarla". Luego, ya se sabe, la falta de recursos, la incomprensión de su ciudad y la derrota final en Zama. Más tarde, el "Delenda est Carthago", la destrucción total y la desaparición de la ciudad púnica.
Casi todo lo que hoy nos queda de aquella poderosa señora del Mediterráneo que se atrevió a desafiar a Roma es la ciudad reconstruida por los mismos romanos, extendida a lo ancho de 600 hectáreas en torno a la colina de Byrsa, el núcleo primitivo. En su cima quedan los restos de la acrópolis romana, y junto a ellos el Museo Cartaginés y una catedral, ya sin culto, dedicada al rey San Luis de Francia, que murió aquí. Y a sus pies, dispersos entre pinares y palmeras, los vestigios de la gran ciudad: las enormes termas de Antonino, el anfiteatro, un conjunto de villas romanas, el teatro, y también los dos puertos púnicos artificiales, el comercial y el militar, que albergaba la poderosa flota cartaginesa, y el "tofet", el lugar de los sacrificios a Baal. Los franceses se encargaron de poner a esta zona el nombre de Salambó, como la sacerdotisa de la novela de Flaubert.
Desde la ladera de la colina se tiene ante los ojos la espléndida bahía, bordeada de verdor. Está el aire reposado y todo el ambiente parece contagiado de su serenidad. La luz mediterránea dibuja el paisaje con una nitidez desacostumbrada, como si todo estuviera envuelto en una transparencia desconocida. Al fondo, sobre la otra orilla, se recorta la silueta de Bou Kornine, la montaña sagrada. Apoyado en la verja de una terraza, este viajero contempla todo esto y le da por pensar que los hechos que deciden nuestros caminos en la vida vienen determinados por minúsculas conjunciones de actos insignificantes. La Historia está formada por hechos así, y de ellos gozamos o sufrimos las consecuencias, sin que intervenga más voluntad que la de quien cree decidir algo sin gran importancia. Si Aníbal, después del triunfo de Cannas, se hubiera decidido a atacar Roma, seguramente nuestra historia sería muy distinta. No habría existido el Imperio romano ni la Europa que conocemos ni yo estaría escribiendo en esta lengua. Pero ahora la mañana es luminosa y uno también piensa que sólo por gozar de este momento y este lugar, bien merece la pena venir a Túnez.