miércoles, 15 de febrero de 2017

Los congresos

Estuvo el fin de semana ocupado por los congresos de dos partidos, a izquierda y derecha, coincidentes en el mismo tiempo y en la misma ciudad, y los dos con todas sus velas desplegadas al aire de la actualidad. Bien nos enteramos, desde luego, porque hay que ver el tiempo sin medida que dedicaron casi todos los medios a tan altos acontecimientos. Y todavía queda el relato del postcongreso, que prolongará la felicidad de algunas cadenas durante unos cuantos días, en un proceso que agota su carácter informativo para convertirse en opinión, y que termina convirtiendo la opinión en una mera secuela epigonal.
Los congresos vienen a ser el vértice sobre el que se sostiene todo el entablamento doctrinal del partido en esa religión laica que es la política. Allí se fijan los dogmas, se consagra a su sumo sacerdote, se decide la liturgia, se nombran los acólitos y hasta las víctimas a sacrificar, si es el caso. Al igual que la Iglesia se reúne en concilio para examinar su rumbo, los partidos convocan sus congresos más o menos para lo mismo. Solo que la Iglesia mide la distancia entre sus concilios por siglos, y los partidos se reúnen para verse las caras cada tres o cuatro años; se ve que necesitan una mirada mucho más vigilante sobre sus interioridades.
La tipología de los congresos es muy poco variada; apenas ofrece diferencias de una formación a otra e incluso de un país a otro. Todo consiste en enardecerse con las propias ideas y hacer que los asistentes se transmitan unos a otros la certeza de que son imprescindibles para la sociedad. Lo que sí varía son las circunstancias de su desarrollo. Hay congresos a los que se va con los egos ya defraudados previamente, quizá porque afloraron a destiempo, y entonces todo transcurre sin sobresaltos, se adivina en el aire sosegado un aleteo de palomas blancas, y los resultados se reciben con la naturalidad de lo previsible. Hay otros, en cambio, a los que los aspirantes al cetro de mando acuden lanza en ristre, con la mirada clavada en las defensas del adversario y la sonrisa tratando de ocultar los colmillos afilados, configurando la puesta en escena de un ajuste de cuentas. Alguno se desmelena, literalmente, quizá para aprovechar el principio del temor a la apariencia, mientras otros recurren a las palabras y actitudes que generen un proceso empático en su torno. Se prevé en el ambiente un duelo en la alta sierra con final a decidir por los pulgares alzados en las gradas. Luego, la experiencia casi siempre nos dice que, después de decirse lo que callaban, callar lo que decían, jurar fidelidades o hacer ademán de requerir la espada, miraron al soslayo, fuéronse y no hubo nada. Los problemas nacen cada día y requieren atenciones que no están escritas en ningún manual previo, y en el próximo congreso ni siquiera se examinará el cumplimiento de las conclusiones de este y volverá a surgir alguna voz nueva para hacer viejos a los cachorros de hoy.
Poco de esto importa al ciudadano. Las miradas al ombligo tienen un interés limitado para los demás, por mucha forma de círculo que tenga, y al final lo que cuenta es el día siguiente y el otro.

miércoles, 8 de febrero de 2017

Cuestión de modernidad

Entre los cultos que ha practicado el hombre en todas las épocas, quizá el más persistente y el que siempre ha salido fortalecido con cada generación es el que ha tributado a la modernidad. Extraña divinidad esta, que siempre requiere sacrificios, a veces tan valiosos como el de las propias convicciones. La modernidad, y esa extraña hija que algunos le han inventado y que llaman postmodernidad, es una deidad tiránica que, si no recibe una veneración sin reservas, cuelga al rebelde la etiqueta de retrógado, carca, cavernario y cosas así. Luego resulta que una mirada objetiva a los hechos y su reflejo en la sociedad nos enseña que no hay nada más reaccionario que eso que nos dan a entender como modernidad.
Lo peor de este culto es que nos lleva a la dictadura del pensamiento único. Tal parece que hemos entregado la decisión de lo que debemos pensar a una clase superior que está en posesión de todas las certezas, aunque nadie sabe de dónde la sacó. Se han hecho dueños de todas las ideas y dictaminan sobre cuáles se deben admitir o no. Salen en tromba a anular cualquier opinión que se salga fuera de su esquema; utilizan eficazmente las redes y los medios; pululan por ahí de tertulia en tertulia, pontificando sobre todo lo que se les plantee y descalificando a quien no comparta su sagrada opinión. Su poder se volvió tan grande que consigue que muchos no se atrevan a hacer aflorar sus propios convencimientos. Cuántos hay que sienten vergüenza de manifestar sus pensamientos más personales por temor a ser tenidos por retrógrados y poco modernos. Cuántos se sienten heridos en su interior al ver que cualquier botarate de la progresía se mofa de su idea acerca de su patria o de la familia y de la educación de los hijos, en nombre de no se sabe qué nuevos dogmas. O cuántos terminan por dudar de su buen gusto cuando contemplan verdaderos mamarrachos artísticos y ven que los gurús de la postmodernidad las califican de obras geniales y a él de ignorante.
Desde que la frasecita esa de "lo políticamente correcto" tomó rango de norma poco menos que de obligado cumplimiento, parece que hemos de ocultar nuestras verdaderas convicciones, no se sabe si para no herir la fina susceptibilidad de los que se sienten eternamente agraviados o para evitar que nos miren con su sonrisa desdeñosa y compasiva los prohombres de la progresía. O sea que, cuando miremos, por ejemplo, una sardina colgada del techo o cualquiera otra de esas obras artísticas de los genios de la ultramodernidad, hemos de decirles a nuestros ojos que lo que tienen delante no es el mamarracho que ven, sino algo cuya genialidad no podemos entender por culpa de nuestra pobre capacidad de comprensión, según nos dicen. Como en el cuento, el rey está vestido, naturalmente.
Nada posee el hombre más preciado que sus convicciones, sedimentadas por el tiempo, maduradas por la vida y contrastadas por el entendimiento. Demasiado preciadas para destruirlas por un falso título de modernidad. Y además, al final comprobamos que la modernidad se encuentra a lo largo de la Historia, en las grandes mentes del pasado, porque, como alguien dijo, toda la sabiduría está ahí, bajo tierra.

miércoles, 1 de febrero de 2017

Basura en la red

Cuenta el filósofo Leszek Kolakowski que, un tranvía de la Polonia comunista, oyó a su conductor decir esta frase a los pasajeros: "Por favor, avancen hacia atrás". Ningún esfuerzo literario daría como resultado un hallazgo tan expresivo para referirse a los aires que cimbrean nuestra sociedad. Nunca un oxímoron ha generado un sentido tan exacto a partir de sus términos contradictorios. Avanzar hacia atrás, ser conscientes de ello y estar encantados, tal es la trilogía que esta nueva revolución parece haber elegido como lema. Cuando cabría esperar que tantos siglos de aportaciones éticas y de aprendizaje social hubieran depurado y agudizado el afán por el buen gusto, el respeto ajeno, la educación y las buenas maneras, el acceso masivo a las redes sociales nos descubre cuánta miseria puede albergar el ser humano cuando se sabe amparado por el anonimato y la impunidad. Basta cualquier muestra en cualquier momento. Por ejemplo, una de estos días. Un descerebrado rellena unas galletas con pasta de dientes y se las da a un mendigo. Naturalmente, graba su hazaña y la difunde por la red; el abuso de la necesidad del otro ha de tener su crónica; la humillación necesita espectadores que admiren la genialidad de su autor. Y vaya si los tiene. Resulta que el individuo este cuenta con más de un millón de seguidores en las redes sociales. Un millón de cretinos siguiendo las hazañas de un imbécil. Si él mismo se autodefine como un inmaduro, qué serán entonces todos esos que permanecen atentos a su pantalla.
Ese es el terrible lado oscuro de un medio que ha venido a revolucionar todo lo hecho hasta ahora en materia de comunicación, y que sería realmente formidable si lograra algún modo de depurarse a sí mismo y dejar de ser el vertedero donde se arrojan todas las inmundicias que los cobardes llevan dentro, aprovechando su escondite y la indefensión de los destinatarios. Burlas a costa de los más débiles, insultos despiadados, apología de los asesinos, chistes crueles, mentiras interesadas y calumnias injuriosas, todo tiene cabida en ese río convertido en cloaca. Por supuesto, a su miseria moral se añade una absoluta indigencia de expresión, con un lenguaje compuesto por media docena de palabras mal escritas y peor dispuestas. No puede ser de otro modo; a cada contenido le corresponde su envoltorio. Ese es otro de los aspectos negativos que nos están descubriendo los recién llegados modos de comunicación, su incidencia en el empobrecimiento de la lengua.
Lo preocupante del tipo ese de las galletas no es él, ni siquiera su gesta; es la legión de seguidores a quienes interesa. Ya nos lo advirtió Gibbon al analizar la decadencia de Roma: todo lo humano, si no avanza, debe retroceder; solo que ahora a eso se le llama progresismo. Hemos olvidado lo que las voces más sabias del pasado y la propia Historia nos advierten continuamente: que el verdadero instrumento del progreso de los pueblos está en el hecho moral. Y si el modo más fiable de enjuiciar el estado moral de una sociedad es observar cómo actúan sus instintos primarios en la impunidad, la nuestra presenta síntomas sobre los que habría que reflexionar.

miércoles, 25 de enero de 2017

Notas de invierno

Ya llegó y se fue el temporal que cada enero nos coge por sorpresa. Vino con el acompañamiento que también nos sorprende siempre: carreteras con dificultades, vías cortadas, pueblos aislados, actividad diaria trastocada y pérdidas para casi todos, menos para las eléctricas y los del negocio de la nieve, que se frotan las manos, y no de frío precisamente. Algo debemos de haber torcido en la línea de la lógica porque resulta que, durante medio mes, la gran noticia en todos los titulares y espacios informativos es que en invierno hace frío y que en enero está nevando. Y encima, vienen luego los que han vivido más inviernos y nos dicen que aquellos sí que lo eran de verdad, que los eneros de su niñez van unidos a la imagen de largos carámbanos colgando de los aleros y a charcos congelados sobre los que era un gusto saltar para oírlos crujir, y que nadie se extrañaba ni veía en ello nada extraordinario. O sea, que estos de ahora son estrellas mediáticas, pero tienen menor enjundia; ya ni forman sabañones. En realidad, lo único que este ha tenido de atípico es que ha dejado por una vez más o menos libres estas tierras norteñas y ha golpeado allí donde casi nunca lo hace, las mediterráneas del sol y el cielo azul.
El invierno, en su despiadado e inútil reto a la vida, nos trae la imagen de la desolación y desamparo que forman el reverso de nuestro vivir. En la desnudez de los árboles, en el silencio helado de los campos o en la temprana oscuridad de la tarde, nos da ocasión de aflorar nuestras mejores añoranzas y de entrever lo que sería un mundo eterno sin luz ni calor. Y cómo seríamos nosotros, hechos de anhelos de sol. Cómo sería compatible la alegría con la presencia constante de la decadencia, y el calor que necesitamos en nuestro lado más humano con la frialdad que nos atemoriza los sentidos. Qué difícil resultaría sentirnos solidarios con todo lo creado.
Como sucede en todo lance extremo, el invierno nos pone en evidencia nuestras desigualdades, tanto las individuales como las de carácter social. Se ceba en los más débiles de salud o de recursos; sus víctimas suelen ser los más indefensos y los menos adaptados a sus caprichos; exige una mayor solidaridad de todos con los que sufren algunas de sus consecuencias y para minimizar sus efectos sobre los que menos tienen. La tragedia del hotel de Italia, sepultado con todos sus huéspedes bajo un inmenso alud de nieve, viene a recordarnos su aspecto más cruel, pero al mismo tiempo la resistencia desesperada de la vida a entregarse. En otros países de Europa, el frío y las escasas defensas ante él se llevaron a muchos como un doloroso tributo. Quizá entre todas las penurias que aun afligen a las clases más desfavorecidas de nuestra sociedad, la de la llamada pobreza energética, que no es más que carencia de recursos, sea una de las que requiere una mayor atención y mayor valentía para frenar el inagotable afán de lucro de las empresas energéticas. Que se quede el invierno con su belleza perturbadora, pero quitémosle en lo posible su capacidad para hacer sufrir.

miércoles, 18 de enero de 2017

El peor crimen

Nada agrava tanto la repugnancia de un crimen como el hecho de que la víctima sea un niño. Bendito poder de la conmoción que nos hace ver en su mirada a nosotros mismos despojados de todas las adherencias que nos fue dejando la vida como costras en la piel del alma. En el remolino de jerarquías de las aberraciones del hombre coincidimos en ver al niño como la frontera que las limita; cuando se traspasa se pierde la condición de ser humano. No es una cita de código legislativo; está en las entrañas de nuestra especie en todo tiempo, cultura y lugar. Nos duele doblemente el sufrimiento del que nada debe todavía a la vida, nos subleva la injusticia que se comete contra alguien que ni siquiera sabe que está indefenso, nos asquea hasta la náusea la corrupción de la infancia, los pederastas de infames apetitos y los explotadores que usan a sus propios hijos como un medio para enriquecerse a costa de ellos y de la buena fe de todos nosotros. Y desde luego, nos perturba hasta lo más hondo de nuestra capacidad de conmoción la violencia ejercida contra una víctima que puede mirar a su asesino con una confiada sonrisa porque aun no tuvo tiempo de conocer los terribles recovecos del mal que pueden anidar en el corazón humano.
Quizá todo sea porque en nuestro inconsciente nos vemos como desheredados forzosos de un reino del que nos expulsaron sin miramientos y sin opción alguna a la protesta, porque la vida necesita hacerlo para poder continuar. Era aquel tiempo antes de que las cosas dejasen de ser asombrosas, cuando todo a nuestro alrededor era un hermoso libro de páginas blancas, en el que todo estaba por escribir, y cuando aún no sabíamos que el paraíso no es más que el mundo del primer día. No nos es posible soportar una agresión a quienes están ahora en él porque comprendemos muy bien ese dolor; es el dolor infligido a la parte más querida de nosotros mismos.
La violencia contra un niño va contra el orden natural establecido y contra cualquier esquema en que enmarquemos nuestros sentimientos, sobre todo si es ejercida por aquellos de los que solo cabe esperar amor y protección, y por eso nos dejan sin palabras las noticias que a veces nos llegan sobre bebés arrojados a los contenedores o, por ejemplo, la de ese matrimonio que mató a su pequeña después de haberla adoptado, o no digamos la de aquel monstruo en forma de padre que asesinó y quemó a sus dos hijos, por citar solo algunas. No son ya los códigos morales que la humanidad se ha ido dando para protegerse de sí misma; tampoco la constatación de la inutilidad de sacrificios ni ofrendas como en otros tiempos; es una mera cuestión de subsistencia y de intolerancia intelectual. Nos resulta inasumible el concepto de padres asesinos, como un contrasentido para el que no encontramos comprensión; se dice que hasta en la cárcel sienten el desprecio de los peores delincuentes. Y es que, como alguien ha dicho, si se vuelve la mirada melancólicamente a la niñez es porque se tenía madre. Ser niño es eso, es nada más que eso: tener padres; ser completamente hijo. Cómo esperar que el peor golpe de la vida venga de su parte.

miércoles, 11 de enero de 2017

Contra la Historia

Arranca el año con el mismo roncón nacionalista en tierras catalanas, amenazando con propósitos a fecha fija, con promesas sin más garantía que el hecho de hacerlas y con gestos varios que pretenden darnos pruebas de la solidez de su proyecto sin ver que consiguen justamente el efecto contrario. Algún ceño debió de fruncirse y alguno de esos farolillos estelados que sacaron en la cabalgata de Reyes debió de apagarse al saber que el Tribunal Constitucional de Alemania rechazó rotundamente la posibilidad de que un estado federado convoque un referéndum secesionista. Ni en Alemania ni en Francia ni en Italia ni en ningún país europeo lo contempla su Constitución; solo fue posible en el Reino Unido porque no la tiene. No cabe esperar ninguna sonrisa de apoyo por ahí fuera.
Tenía que ser así. Las sociedades, como las personas, son hijas de su pasado, al menos en lo que se refiere a las líneas que influyen en sus tendencias generales. La historia de Europa es la de un largo camino de retorno a su origen. Cuando se asoma a la civilización lo hace unida, a raíz de una conquista militar y cultural. Roma le da unidad e identidad al dotarla de elementos comunes, el derecho, la lengua, las estructuras políticas, las vías de comunicación. El fraccionamiento final no vino de la rebelión de sus pueblos, sino de invasiones externas, ajenas al Imperio. Luego, más de un milenio de disgregación en el que Europa se vio dividida en una infinidad de entidades políticas, casi siempre enfrentadas entre ellas, hasta que algunas comenzaron de nuevo a unirse, formando así estados. El primero fue España, en el siglo XV, y siguieron otros hasta el XIX, cuando se forman Italia y Alemania. El proceso siguiente, tras un traumático enfrentamiento bélico, fue poner en marcha la voluntad decidida de la reunificación total, y en eso estamos desde hace más de medio siglo, tratando de eliminar barreras y sustituir las fronteras por vasos comunicantes. Como para que algunos pretendan hacernos retroceder quinientos años.
Hemos de soportarlos todos los días, oyendo sus muestras de indignación, sus exigencias sin fin, sus advertencias interesadas. Siempre desafiando las leyes, poniendo condiciones, amenazando con rupturas, insinuando el adiós y haciendo negocio con él, perennemente insaciables y eternamente insatisfechos. Y sobre todo, siempre omnipresentes. No hay tribuna pública en que no aparezca alguno de ellos, aunque sin poder evitar la evidencia de que sus ideas son el resultado de un cuidadoso proceso de laboratorio. Han destilado la Historia y la han dejado únicamente en un memorial de agravios. Ni en esto son originales; el truco es muy viejo: "Era preciso servirse de mentiras para avivar aquel odio que el paso del tiempo había ido desgastando, a fin de que los ánimos se exacerbasen con algún nuevo motivo de cólera", escribe Tito Livio de los suyos hace dos mil años.
Y el caso es que uno va por allí, habla con la gente y se da cuenta de que la distancia entre la clase política y el pueblo es mayor que en ninguna otra parte de España. El ciudadano de a pie no siente que tenga conflicto alguno con el resto de los españoles y sonríe con cierta condescendencia cuando se le comenta la imagen que dan sus políticos: "Son tantos y les gusta tanto mentir..."

miércoles, 4 de enero de 2017

El año en que aprendimos muchas cosas

Se fue el año y entró este con la familiaridad del que lleva haciéndolo desde la infinitud del tiempo, sin signos externos y sin ni siquiera saberlo, porque en definitiva no es más que una convención creada por nosotros para organizar el breve período de estancia que se nos concede aquí. Nos viene bien que el tiempo que tarda la Tierra en su vuelta alrededor del Sol sea justamente el que es, proporcionado a nuestra vida, porque así puede servirnos de medida. Claro que si la órbita fuera de distinta longitud nadie estaría aquí para dar campanadas. El caso es que nuestro planeta completó otra vuelta en torno a su estrella y nosotros nos alegramos y lo celebramos como si tuviéramos algún mérito en ello. Qué misterio esa necesidad vital que nos incita a intentar buscar la felicidad, aun sin razones, sea en el grado que sea y con cualquier pretexto.
2016 fue el año en que vivimos sin Gobierno y descubrimos que la vida cotidiana sigue su curso sin grandes alteraciones, dirigida solo por las leyes. Y descubrimos también otras cosas: que el más fuerte no es siempre lo bastante fuerte para ser el que manda, que el poder que da más confianza es el que sabe imponer moderación y buen sentido, y que los pobres trabajan mientras los poderosos se pierden en discusiones. Fue el año en el que el Congreso se llenó de rastas, greñas, mala educación y gentes capaces de llevar un bebé a su escaño o de sentarse en el suelo para dar una rueda de prensa e incapaces de guardar un minuto de silencio por la muerte de una compañera.
El título de palabra del año fue para populismo. Si hubiera una elección similar para las frases, seguramente sería el "no es no", una de las afirmaciones más trascendentales y de mayor complejidad de formulación de todas las que ha enunciado el hombre en su historia. No es no; tautología pura, redundancia infantil, afirmación de la nada. Populismo, en cambio, es un término vivo, que ha ido perdiendo dignidad en su evolución hasta convertirse ahora, de la mano de sus mantenedores, en un concepto peyorativo que admite diversas definiciones: la práctica de halagar al pueblo para ganarse su voto, llamada también demagogia; la tendencia a engañarlo ofreciéndole soluciones sencillas a problemas complicados; la de decirle solamente aquello que quiere oír. Su remedio siempre lo pone la realidad, porque la vida política del populismo está unida a la circunstancia; nace y muere con ella, según la idea orteguiana. En el año que ahora empieza, con Trump en la Casa Blanca, podremos comprobar si eso es cierto.
Entre los adioses, como siempre, hubo de todo: despedidas envueltas en tristeza y otras acompañadas de un suspiro de alivio, solemnes y huecas, íntimas y sentidas. Se fueron unos cuantos cantantes, un dictador que parecía eterno, un sabio filósofo, algún político y un equipo de fútbol entero, entre los que más sonaron. Y los más importantes: las víctimas de esos fanáticos de la sangre y el odio, que nos matan en nombre de Alá. Un año para olvidar. Y todavía al final tuvimos que añadirle un segundo para ajustarlo a nuestra medida del tiempo, porque por lo visto ni la Tierra tiene formalidad en sus vueltas.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

Buenos augurios

Siempre había sido un devoto de los videntes. Necesitaba complementar el presente con el conocimiento del futuro; no podía concebir que alguien pudiera vivir sin que le preocupara el porvenir. Si alguna vez la lógica de la razón amenazaba con tambalear su fe, la regeneraba sobre la base de su propia necesidad, que es la fuerza de sustentación más poderosa. Como siempre por estas fechas, fue a que su vidente preferido le desvelara por qué escenario habrían de discurrir sus pasos en el año que iba a comenzar. A esas horas de la mañana, el vidente, con su melena encrespada y su barba mosaica, parecía aún más digno de todo crédito, como si de su figura no pudiera salir otra cosa que la verdad. Desde luego, nada más alejado de la idea de un charlatán boquivano.
  -Podemos empezar por el día de hoy, si te parece, que es lo que se me presenta con mayor nitidez. Veo que vas a tener una jornada llena de buenos sucesos, uno de esos días que parece empeñado en que todo te salga bien. Alguien te ha mirado con buenos ojos. Vas a ver, por ejemplo, a un joven que cede el asiento a una señora mayor en el autobús, que un policía pone una multa a un motorista por el ruido que hace su moto y a otro que llama la atención a unos mozalbetes por destrozar un banco del parque, y hasta vas a encontrar a un ciclista que respeta las señales de tráfico. No me digas que no es un día excepcional.
Le pareció ver que el vidente tenía en la cara un amago de media sonrisa que nunca le había visto, pero lo olvidó cuando lo vio volver a concentrarse con las manos en las sienes y la mirada fija en el vacío:
-También el año se me aparece con buen tono. En tu caso, veo que tus hijos encontrarán un trabajo estable, y que el juez de familia que lleva el divorcio de uno de ellos hará algo insólito: fallar en contra de la mujer. Para el país veo sosiego y ganas de evitar la crispación y de trabajar juntos. Los políticos tratarán de fortalecer la conciencia nacional y el orgullo de lo nuestro; los nacionalistas dejarán de mirarse tanto el ombligo y colaborarán en el progreso conjunto de España; los sindicatos se plantearán renunciar a sus subvenciones para poder dedicarse sin ninguna servidumbre a su función de defender a los trabajadores; las cadenas de telebasura comenzarán a recuperar el concepto de la dignidad y prometerán emitir de vez en cuando algún programa que no haga sentir vergüenza ajena; incluso la Sexta podría dar alguna buena noticia sobre España; los del cine y la farándula dejarán de tenerse a sí mismos por "los de la cultura" y de escudarse en el IVA para justificar su falta de conexión con el público. Y los partidos se pondrán de acuerdo para tener una ley de educación eficaz, igualitaria, de ámbito nacional y aceptada por todos.
-Qué país tendríamos si todo fuera como dice. ¿De veras lo ve así?
-¿Y por qué no? Si todos queremos puede ser posible.
El vidente esbozó una sonrisa entre las barbas y entonces él se dio cuenta del día que era antes de que el otro añadiera:
-De todos modos esto solo te lo puedo decir hoy. Si vinieras mañana te diría algo diferente.

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Bella Navidad


Con la noche más larga del año, noche de solsticio y de la Virgen de la Esperanza, entramos en el invierno, y otra vez a cerrar el ciclo anual y a vivir más de puertas adentro y menos al aire que acaricia los cuerpos. Está la luna llena y las noches llevaderas, casi impropias de las alturas del calendario. Y en el ambiente ese aire único de la Navidad, y en las calles el vaivén que trata de satisfacer ilusiones, y en los corazones de buena voluntad una mayor inclinación a ejercerla. Año tras año, siempre repetido y siempre nuevo, como un anhelo de comprobar lo mejor de nosotros mismos, un anhelo que hemos de satisfacer periódicamente para sentirnos bien. En las frases y en los deseos expresados, incluso en los más protocolarios, hay algo más que un simple cumplimiento. Hay una necesidad de afirmación de nuestra condición de seres sociales, que tratan de ofrecer su humilde aportación en forma de deseo para conseguir mejorar el duro día a día.
Sea por su condición de conmemoración del dogma germinal del cristianismo -el Verbo se hizo carne-, o porque lo que se celebra en ella es el nacimiento de un niño, algo que siempre es motivo de gozo, la Navidad es una fiesta bella y alegre, generadora de ilusiones y buenos propósitos, llena de sugerencias y deseos de buena voluntad, necesaria en sí misma, de modo que habría que inventar algo semejante si no existiera. Tanto para el creyente, que ve en el misterio del portal el alimento de su fe, como el que la vive como un simple festejo de convivencia social y familiar, en su nombre se expresan las aspiraciones, aunque sea en modo de simple evocación, a un tiempo lo más aproximado posible a la idea de felicidad. Cómo no vamos a necesitar eso. En toda su larga historia ningún poder ha logrado acabar con ella, y algunos bien que lo intentaron y lo intentan. Están quienes la desprecian bajo la etiqueta de un progresismo que siempre da marchamo de superioridad, y quienes la denigran en nombre de una racionalidad incompatible con cualquier concesión al sentimentalismo; están los políticos que intentan imponer su propio dios laico, y los que intentan apropiarse de ella cambiándole su esencia para hacerla suya. Al final todo es en vano. Siempre acaba imponiéndose a las corrientes ideológicas con las que se va encontrando, que ante ella se convierten en simples modas pasajeras.
Con su poderosa personalidad y su enorme capacidad de sugestión, la Navidad ha inspirado todo un mundo propio en el campo de la creación artística, en la literatura, la música y el arte. Y en el ámbito de nuestro pequeño mundo personal, su nombre ocupa generalmente un lugar asociado a momentos marcados, que pueden ser los más felices, pero también los más tristes si la desgracia golpeó en estos días, porque habrá golpeado para toda la vida. Pero seguramente lo que a la mayoría de nosotros nos resume la Navidad es una añoranza hecha de recuerdos infantiles, músicas alegres, dulces, regalos, la burra que iba a Belén, la expectación de los mayores con el fondo del sonsonete de la lotería, las uvas que nunca se acababan a tiempo, el milagro siempre renovado de la madrugada de Reyes. Desde ese recuerdo, Feliz Navidad.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Luces de la ciudad

Esto de las luces navideñas en nuestra ciudad debe de obedecer a decisiones de difícil comprensión, porque hay que ver las diferencias con que se nos presentan cada año. Al lado de veces que inspiran el reconocimiento casi unánime por el acierto, tanto de su forma externa como del significado de su presencia, hay otras en que más bien transmiten decepción. Este año, por ejemplo. Salvo algún tramo de dos o tres calles del centro, donde sí ofrecen cierta finura y elegancia, en el resto no parece que hayan podido despertar mucho entusiasmo. Amorfas, monótonas, repetitivas, carentes de brillo y sin ninguna alusión al hecho que celebran. Ni una sola imagen navideña, ni apenas un "Feliz Navidad" que exprese los buenos deseos de nuestros ediles hacia los ciudadanos. Una iluminación que lo mismo podría valer para la Navidad, que para el Carnaval, el Ramadán, la reina de las Nieves o las fiestas del pueblo.
Según a quien se pregunte se encontrará una razón para instalar la decoración navideña: tradición, embellecimiento de la ciudad, incentivo para el comercio, creación de un ambiente especial, conmemoración del nacimiento de Jesús. O acaso otras o todas juntas, pero hay algo en lo que es fácil coincidir: las luces alegran nuestras calles, las hacen más hermosas, crean en ellas una sensación distinta de la monotonía de todo el año. Pero es que la iluminación navideña es algo más que un simple adorno urbano que se pone en determinados días. En la necesidad que todo grupo humano tiene de identificarse con las fuentes de su realidad cultural, se acude a la luz como imagen que la representa. No hay pueblo que no pregone sus esencias básicas, simbolizándolas de forma colectiva en sus celebraciones importantes, como afianzamiento de su unidad y referencia de sus orígenes. Unas veces son manifestaciones parciales, que pueden ir desde colgar unas humildes bombillas en el prado del pueblo para celebrar la fiesta de su patrón, hasta llenar el cielo de fuegos artificiales para resaltar algún acontecimiento mayor. Otras tienen más alcance; proclaman su pertenencia identitaria. Esas luces que embellecen las calles de todas las ciudades de España, de Europa y de medio mundo son la declaración de la nuestra. Hay quien piensa que el progresismo consiste en la renuncia de lo propio, pero nuestra ordenación como seres culturales se inscribe en lo que ellas representan. Ahí habitan muchas de nuestras queridas ilusiones infantiles y de nuestros más amables recuerdos de niñez. Somos seres de memoria, y la memoria necesita símbolos que den imagen a su abstracción y nos hagan presente su significado. La iluminación navideña viene a ser una exigencia de nuestro subconsciente colectivo, y si faltara, veríamos que algo importante habíamos dejado por el camino.
Lo que no es admisible es quedar a medias, entre el sí y el no, poner una iluminación híbrida, como de mala gana y por pura obligación. Poca, anodina y mal distribuida. Calles a medias, guirnaldas minúsculas, perdidas en el vacío, pequeños espacios iluminados aislados entre sí, sin continuidad ni lógica ni justificación en sus propias imágenes. A ver el año que viene.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

La venganza de Don Pedro

Se han cumplido en estos días ochenta años del asesinato del que fue quizá el autor teatral más popular de su tiempo, el hombre que mejor supo conectar el escenario con el público a través de lo que él siempre consideró un ingrediente infalible: el humor. Si la valoración de un artista se puede medir por la cantidad de momentos en que fue capaz de hacer feliz a alguien con su obra, lo que no es mala forma de valorar, la de Muñoz Seca ha de ser altísima, digan lo que digan los gurús de turno. No era el suyo un humor impostado, sino endógeno; nacía de su carácter optimista, festivo, irónico. Su vida es una fuente continua de anécdotas, incluyendo los momentos previos a su asesinato. Ya se sabe que el humor no es un elemento atemporal y universal, sino una realidad de un presente y un ámbito concretos, de modo que lo que resulta cómico para una generación puede que no lo sea para las siguientes, pero si en el fondo subyacen códigos comunes a todas las modas, la obra se prolonga en el tiempo, y este es el caso. A Muñoz Seca le parecía que la vida tenía pocas cosas que pudieran tomarse en serio, y la literatura aún menos, y así se burla de la poesía pedante y hueca, del discurso rimbombante, de los tópicos románticos y de las situaciones falsamente trascendentes, todo ello entre juegos de palabras, dobles sentidos, parodias, retruécanos, situaciones sorprendentes, respuestas absurdas y ripios, muchos ripios llenos de intención y de alusiones.
Opinaba que lo único que hay en el mundo digno de estimación es una buena carcajada, y que quienes la produzcan con su arte o con su ingenio merecen la gratitud de las gentes. "¿Qué haré yo para que los que sufren dejen de sufrir por un instante y rían? ¡Lo más sano, lo más bueno, lo que más se parece a la felicidad!". Dedicó a ello toda su obra, incluso la que escribió como sátira política -ahí está La Oca-, siempre con gran aceptación del público, y no tanto de la crítica, aunque esto le importaba muy poco. Ni la crítica ni la poca consideración que tuvieron hacia su obra los intelectuales de izquierdas. De los críticos se vengaba a su manera: cuando una obra alcanzaba las cien representaciones averiguaba qué crítico le había puesto peor y le regalaba una entrada para el palco. De los intelectuales no haciéndoles el menor caso.
"El que hace reír nunca se rebaja, sino todo lo contrario. El que con la risa hace olvidar a alguien por un instante sus pequeñas miserias, el que hace reír a seres que tienen tantas razones para llorar, ése es el que les da fuerzas para vivir, y a ése se le ama como a un bienhechor", había escrito Mark Twain. No lo vieron como un bienhechor los miserables que le condenaron a muerte "por católico y monárquico" y que, después de haberle quitado todo menos el miedo que tenía, según él mismo dijo a sus asesinos, le fusilaron en Paracuellos. No tuvo la suerte posterior de otros asesinados por un odio semejante, solo que en el bando contrario. La venganza de don Pedro consistió en que su Don Mendo sigue haciendo reír a mucha gente y se ha erigido, junto con Don Juan Tenorio y La vida es sueño, en la obra más representada del teatro español.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Se fue Fidel

Por fin, cuando despertó, el dinosaurio ya no estaba allí. Algunos llegaron a creer que era inmortal, tan largos se les hicieron casi sesenta años esperando la noticia, pero al final todo acaba en esta vida rastrera y se arruga el más derecho, etc. Ahora está en los titulares de medio mundo y hay que ver el remolino de opiniones encontradas, entre afectos y aversiones, que se han podido leer y oír. Afectos no son muchos, la verdad, al menos fuera de su isla, y vienen todos de marxistas de salón que no soportarían vivir en su país ni una semana. Cuba llora, al menos por fuera, y los cubanos del exilio se alegran por dentro y por fuera, y lo celebran con toda la variedad de recursos que hay en su tierra para expresar alegría. Hubo pronto muchas disidencias ante el cariz autoritario que afloró enseguida entre la retórica de las consignas, y muchos desengaños, también muy tempranos, y luego mucho sufrimiento por parte de tantas familias quebradas por denuncias y sospechas políticas o por la injustificada apropiación de sus bienes; seguramente todos nosotros sabemos de algún caso de forma más o menos indirecta. Desde aquel Manifiesto de Sierra Maestra, el castrismo no hizo más que confirmar lo que ya era bien sabido: que toda revolución comienza en los idealistas y acaba en un tirano.
Con la habitual inclinación de tantos otros salvadores a invocaciones ajenas a las leyes humanas, este sólo aceptará el juicio de la Historia, seguro de que habrá de ser entusiasta: la Historia me absolverá. No, camarada, la Historia ni absuelve ni condena, ni siquiera juzga. En todo caso serán los historiadores, y ya se sabe que son humanos. Todo deseo de absolución señala la existencia de una incómoda efervescencia interior, pero seguramente la suya va a tener una autopercepción de sentido distinto en cuanto a las causas. De qué le van a absolver. ¿De haber privado de libertad a su pueblo durante más de medio siglo? ¿De haber mantenido a sus compatriotas sometidos a una dictadura férrea? ¿De haberles negado el derecho a las urnas, la libertad de expresarse y de opinar, la posibilidad de abandonar su país y hasta cualquier aspiración a su desarrollo personal fuera de las rejas donde encarceló las ideas? ¿De dejar detrás de sí miles de asesinatos, millones de exiliados y la isla convertida en una cárcel? ¿O acaso de hacer de uno de los países más ricos de América un lugar de hambre y pobreza?
Ni los más de seiscientos intentos de atentado que dicen que planearon contra él, ni la muerte natural a la que nadie escapa, han acabado con el castrismo, ni siquiera modificado apenas los muros de hormigón en los que se encierra. Como en todas las dictaduras más dañinas e inseguras de sí mismas, el poder queda a buen recaudo en la familia. Pero saben que las ideas impuestas sobreviven mal fuera del momento y de la circunstancia que las originó, sobre todo si cada vez se hace más difícil sustentarlas en la fuerza, y que en definitiva están llamados a ser un paréntesis en la historia de su país, que pronto se verá abocado al difícil trance de buscarle el cierre menos doloroso posible.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Sueño de esperanza

Otra niña de 14 años se ha convertido estos días en protagonista de la actualidad, aunque sea perdida entre la avalancha de información política que nos inunda. Es una historia de fe y esperanza a partes iguales, acaso también de ingenuidad, y desde luego de apego a la única realidad que nos es dado conocer. Una trasposición del guion de Largo retorno, aquella película tan espléndida como olvidada, con la que el cine español rompió algunos de sus clichés. Desahuciada por una enfermedad irreversible, perdida la batalla contra ella, la chica comenzó otra lucha por aferrarse a la vida, aunque fuera lejana, hipotética y desconocida. No quiso que la enterrasen sino que pidió ser criogenizada para volver al mundo cuando su enfermedad tenga cura. Ante la negativa de su padre, inició un pleito para conseguirlo, "porque creo que en el futuro pueden encontrar un remedio para mi mal y despertarme; esa es mi oportunidad", según manifestó en su escrito de reclamación. Un Alto Tribunal de Familia de Londres le dio la razón. Ahora ya se encuentra en la oscura y larga espera.
Burlar a la muerte, encontrar esa rendija inverosímil que nos permita escapar de su acción y hacer que tenga que volver a realizar su trabajo, fue el sueño imposible de todo ser racional, y de ello tenemos muestras en casi todas las civilizaciones. Detener el inevitable proceso entrópico, y aún más revertirlo, está en el deseo más íntimo del hombre, pero sólo en el deseo. Sin embargo, siempre hay alguien que ve un quizá donde jamás pudo fructificar una esperanza; alguien empeñado en dar la razón al poeta: no, la muerte no es un sueño eterno; borrad de las tumbas esa inscripción impía. En la soledad de su habitación, cuando el dolor de la despedida se volvía más insufrible que el físico, la niña quizá pensó que sólo morimos cuando nos olvidan, que si alguien puede recordarnos estaremos siempre con él, que por qué va a ser cierto que sólo los muertos no vuelven y que acaso haya una posibilidad, por remota que sea, de evitar que tras nuestra breve salida a la luz hayamos de dormir una sola y eterna noche. Y a ella se aferró.
Seguramente ninguno de nosotros sabrá nunca el desenlace final de su ilusión. Quizá la ciencia sea capaz de superar lo que ahora nos resulta insuperable y consiga que la niña regrese al punto donde quedó, aunque es difícil imaginar cómo estará su cuerpo después de permanecer quizá siglos sumergido en nitrógeno líquido a 196 grados bajo cero. Si es así, si el deseo de vivir le volviese a dar la vida, supondría un cambio radical en nuestro concepto existencial, una mirada distinta a los principios de la ética en relación con nuestra capacidad como seres humanos, un conflicto con la fe religiosa y un nuevo planteamiento de nuestras creencias sobre nuestro origen y destino, pero también una puerta abierta al infinito del tiempo al poder morir más de una vez. Y si es así, si la niña pudiera recuperar la vida que perdió, qué será de ella cuando se encuentre con un tiempo diferente, en una sociedad extraña y entre gentes y costumbres desconocidas. Cómo será su despertar, qué mundo la recibirá, quién la querrá.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

Ahora va de verdad, señor Trump

La ha armado buena, señor Trump, saliéndose con la suya. Se empeñó en entrar en la Casa Blanca y seguramente estará ahora pellizcándose para comprobar que todo lo que le ocurre no es fruto de algún delirio febril en una noche de luna llena; que es real, y que es su nombre el que está en el centro de todo. Al contrario que a su antecesor, a usted nadie le esperaba, así que algo ya tiene; la ventaja de que nadie le espere a uno es que no se defrauda a nadie. Con todo lo que ha armado, a poco que haga va a resultar una grata sorpresa, porque lo que la mayor parte del mundo espera de usted es justamente que no cumpla sus promesas electorales, es decir, que será mejor presidente si no hace lo que puso en su programa. Original sí que es. Al menos por aquí ninguno de nuestros políticos quiere identificarse con usted; todos ponen buena distancia, al menos en palabras. Luego resulta que, en cuanto a insultos, sofismas y amenazas, algunos son casi idénticos, solo que andan por el otro extremo.
El suyo es un fenómeno curioso. Parte usted del rincón de la trastienda del aprecio, allí donde la estima recibe todos los golpes que se le quieran dar por parte de quienes ignoran que con eso, en algunos caracteres como el suyo, se hacen más fuertes. Han dicho de usted que es una estridencia, que sólo capitalizó la ira, que es un peligro mundial, que le votaron por venganza, que miente para generar polémica; le han llamado en todos los idiomas populista, demagogo, xenófobo, racista, ignorante y cosas personales peores; han criticado a su mujer y a sus negocios; se han burlado de su pelo y de sus gestos. En las calles de varias ciudades, cientos de manifestantes reafirman su concepto de la democracia destrozando todo lo que encuentran entre gritos de que no le aceptan como presidente. Se lo ha buscado, es verdad, pero no, no ha empezado bien. Luego, a lo mejor termina siendo un buen presidente, quién sabe. Cosas parecidas dijeron los analistas más conspicuos tras la elección de Reagan, por ejemplo, y después tuvieron que echar silencio sobre sus agudos vaticinios al ver que acabó siendo tenido por uno de los mejores presidentes de su país.
Desde luego, si algo habrá que reconocerle en lo sucesivo es su capacidad para establecer como ideología la de no tener ideología. Sobre la abstracción de las grandes ideas ha plantado la concreción de las sencillas, esas que casi todo el mundo entiende. Esas que han prendido entre tantos como están hartos de la globalización, del mundialismo, de la inmigración, de la tiranía del buenismo, de la ideología de género, del feminismo radical, hartos de los que parecen tener como único objetivo que vivamos en un continuo temor y de quienes pretenden hacernos culpables de todos los males del planeta.
El caso es que ahora está usted atrapado en su propia palabrería. Sabe que la mayoría de sus promesas no tienen ninguna posibilidad de convertirse en realidad. Cómo va a salir de ese callejón sin dejar en él muchos jirones de su credibilidad y del valor de su palabra, es uno de los aspectos de su actuación por el que todos estamos más expectantes. De momento solo es una preocupación para casi todo el mundo.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Muerte en el descampado

Esa niña de doce años, muerta en aras de nada y sin la caricia de nadie, bien puede ser una metáfora de un tiempo al que ahora contemplamos sorprendidos y extrañados después de haberlo dejado convertirse en un monstruo que nos mira amenazante cada día. Un tiempo que devora lo que nos es más querido, ante la irresponsabilidad de algunos padres, la inconsciencia de los ideólogos del falso progresismo y la inacción de los poderes públicos. En ese descampado, entre la sordidez del espacio que la ciudad rechaza y ante la botella convertida en incomprensible tentación, se consumó la tragedia previamente larvada, como un sacrificio tan absurdo como cruel. Y la niña perdió su propia apuesta. Que habrá pensado, qué propósitos, qué maldito aire de desafío ocupó su mente mientras empinaba la botella hasta trasegarla entera. Qué regusto ardiente en su boca o qué pesadez en el estómago no le habrán avisado de que el límite estaba cerca. Cómo fue morir en la inconsciencia a los doce años, sin haber visto de la vida más que un corto camino, cuyo fin era inexorablemente lo que con cierta piedad se llama coma etílico.
Tantas falsas invocaciones a la igualdad, tantas luchas desviadas del auténtico camino para llegar a ella, tantos dogmatismos asentados sobre ideas sectarias, han dado lugar a que, al lado de evidentes logros, hayamos conseguido que la mujer iguale al hombre en sus vicios, incluso que lo supere. Dicen los datos que ya hay tantos tumores de pulmón en ellas como en ellos, y un consumo de alcohol parecido y el mismo lenguaje tabernario y hasta la misma violencia. Si la igualdad consistía en poner a la mujer a la misma altura que el hombre en sus aspectos negativos, ha caído en una trampa. Ver a la salida de los colegios a las niñas con un cigarrillo en la mano en mayor medida que a los chicos, debería ser un motivo de reflexión sobre tantos mensajes feministas radicales que caen cada día sobre un terreno poco cultivado.
Aquella tarde, en su mundo de realidad falseada, la niña quiso ejercer al límite los derechos que se le habían ido dando, sin darse cuenta de que a su edad no se ejercen impunemente. Cuando de verdad nos examinemos como sociedad y analicemos con humildad y sin prejuicios algunos de nuestros fracasos, seguramente tendremos aquí uno de los que expliquen muchos de ellos. A la hora de adaptarnos a los nuevos modos de vida derivados de las nuevas ideologías y de los cambios tecnológicos, no hemos pensado en los niños. Les hemos acortado la infancia, les hemos privado de su tiempo de asombro llevándolos directamente del mundo infantil al adulto. Hemos descorrido velos antes de tiempo y abierto ventanas que aún debían estar entornadas hacia campos para los que no estaban todavía preparados. Hemos confundido progresismo con laxitud y cumplimiento del deber con autoritarismo; hemos concedido a nuestros hijos, bajo la capa del relativismo, derechos que no les correspondían, aunque, eso sí, luego difuminamos sus rostros en las pantallas. Pero hay niños y niñas de doce años con la botella de ron en la mano que se emborrachan. Y mueren.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

Conclusiones tras la tormenta

La sesión de investidura, y sobre todo el largo tiempo de ebullición hasta llegar a ella, han permitido aflorar las miserias y los paños menores de casi todos los partidos, pero también han puesto en evidencia las deficiencias de nuestro marco político de convivencia, tanto en lo que se refiere a su armadura jurídica como a los protagonistas que lo representan. Ahora, a viento pasado, el ciudadano de a pie puede establecer algunas conclusiones elementales y obvias, seguramente diferentes de las de los políticos, pero desde luego más cercanas a la realidad.
La primera de todas es la constatación de un hecho inédito: el curioso caso de la suspensión de los efectos del tiempo político. Una nación entera paralizada durante once meses entre trifulcas, ambiciones, egos, chantajes y nueva llamada a las urnas, para terminar dando el gobierno al partido que ganó las dos elecciones. Tiempo perdido, camino circular en cuyas cunetas quedaron tiradas sus víctimas: la sensatez y el sentido común. El Pericles que se empeñó en ello tendrá un puesto de honor en los anales de la política al lado de Rufus Firefly de Freedonia.
La segunda conclusión es la del fracaso del discurso dialéctico, de la réplica amable y de la ironía inteligente, que sólo asomó en la intervención del candidato. Es decir, del fracaso del buen parlamentarismo. Por contra, vimos el triunfo de la mala educación de algunos de las bancadas de los extremos que, por estar donde están, por llamarse representantes de la sociedad que los ha elegido, deberían ser ejemplos de buen decir y mejor hacer. Qué exhibición de insultos y gestos amenazadores, nacidos no de las circunstancias del momento, que sería disculpable, sino del odio, de un odio profundo y rufianesco. En algún caso, acompañados en los escaños cercanos de actitudes ridículamente teatrales y tan falsas como la figura de revolucionario de pacotilla que configuraba un héroe descamisado, puño en alto, trayéndonos una imagen de amargos recuerdos, precisamente en la semana en que se cumplía el aniversario de la invasión de Hungría por los tanques soviéticos.
Hay más conclusiones que nos ayudan a conocer mejor a nuestros políticos y a situarlos en su casilla más adecuada. Por ejemplo su renuncia a la utilización de la Historia como argumento, quizá por su desconocimiento, o la fragilidad de las convicciones a la hora de la defensa y consolidación de la conciencia nacional, o, en otros casos, el triunfo del sectarismo y de la política del terruño sobre el bien general y sobre toda razón histórica.
Y aún cabe otra, que podría evitar la repetición del desatino que hemos vivido: la necesidad de sustituir esta ley electoral por otra que otorgue a cada partido los escaños según los votos recibidos, al margen de la circunscripción donde se presente. O acaso elevar el porcentaje mínimo de votos necesario para obtener asiento parlamentario y evitar así esa estéril fragmentación que convierte la Cámara en una representación de aquel carro bosquiano en el que todos se pelean por poder atrapar la mayor cantidad posible de heno.

miércoles, 26 de octubre de 2016

Cruce de caminos

Un viaje, aunque sea una escapada cercana, resulta un remedio gratificante contra la opresiva presencia de los aspectos más negativos de la actualidad, que hace que ver cualquier informativo se convierta en un acto de masoquismo. Alguna vez podría analizarse de verdad y sin apriorismos la actitud de los medios y su responsabilidad en el estado del espíritu social. Pero ahora hace sol y tan solo se oye el murmullo de un río. Sentado en un muro ante la torre del castillo de Valencia de Don Juan, con la vega del Esla a los pies, este viajero piensa en todo eso y en cómo esta localidad, a la que tantos asturianos vinieron a vivir sus veranos, hasta hacer de ella su particular Benidorm, ha sabido sacar provecho de sus atractivos y potenciarlos para convertirlos en uno de sus pilares económicos. Entre la potente evocación histórica y las posibilidades que le brinda su entorno natural, la vieja Coyanza resulta un buen lugar para el que busque vivir un tiempo de veraneo plácido y satisfactorio en su misma sencillez.
Cerca está Astorga. Astorga debió de nacer para enclave de andaduras, eso cree el visitante cuando pasa por una calle y ve en un escaparate una reproducción de una carreta maragata. Aquí se cruzan el Camino de Santiago con la Vía de la Plata, y los dos a su vez con los caminos arrieros de la Maragatería. En el Museo de los Caminos, el único que uno conoce dedicado al viejo y noble afán de andar, puede verse todo esto con orden y buen criterio. Y además es de Gaudí, que lo diseñó para sede del obispo. La catedral es del gótico tardío, aunque sin la ligereza del buen flamígero; tal vez sean los chapiteles, impropios a todas luces, los que le den esa cierta apariencia de pesadez que sorprende un poco. Pero el conjunto de templo y palacio es de los que pueden servir de emblema. En la campana del Ayuntamiento golpean las horas Colasa y Perico, maragatos ellos, que no permiten que se escape ninguna sin que la señalen con sus mazas. Si el visitante quiere emociones, aunque sea en el recuerdo, que se llegue hasta la celda de las Emparedadas; allí verá el ventanuco a través de cuyos barrotes los peregrinos misericordiosos arrojaban algún mendrugo a las desgraciadas que purgaban su mala vida encerradas en el interior.
Esta es tierra de mantecados, que le parecen a uno cosa de poca sustancia para las dos de la tarde, pero también de cocido maragato, que eso ya tiene más enjundia. Podría tomarlo en cualquiera de los restaurantes especializados de la ciudad, que buena fama tienen, pero prefiere acercarse a Castrillo de los Polvazares, donde satisface bien su antojo. Luego vagabundea por el pueblo para conocer un lugar rescatado del amargo fin que le esperaba. Castrillo es hermoso y, salvo en los días festivos, callado. Conserva todo aquello que definió a ese pueblo extraño que fueron los maragatos: sus construcciones en piedra viva, los grandes portones de acceso a los patios interiores por los que entraban los carros, portones en arco o en dintel, generalmente pintados de verde, la fuente y abrevadero para los caballos.
Pasan peregrinos en silencio. En la inmensidad del campo los alborotos de cada día suenan lejanos y ajenos.

miércoles, 19 de octubre de 2016

El premio

Entre el premio concedido al presidente colombiano Santos y el de Bob Dylan, los Nobel han alcanzado la cima más alta de su largo historial de culto a lo incomprensible. Al primero por firmar con los asesinos terroristas una paz tan humillante que su propio pueblo, a pesar de tantos años de sufrimiento, rechazó en referéndum. Al segundo por... pues no sé muy bien por qué, ni ellos explicarlo. Cuando uno ve la lista de premiados y ausentes, al menos en este apartado de Literatura, comprende que haya quienes digan aquello de que el castigo de Dios a Alfred Nobel por haber inventado la dinamita fue el de dar su nombre a unos premios como estos. En una relación en la que se supone que han de figurar los mejores escritores de cada momento no aparecen, por ejemplo, Tolstoi, Zola, Ibsen, Galdós, Borges, Proust, Kafka, Baroja, Valery o Rilke, y sí otros a quienes con buena voluntad podemos aplicar el piadoso eufemismo de discutibles. Algo parecido ocurre en el otro galardón que está al alcance de cualquier opinión por carecer de aspectos puramente técnicos: el de la Paz. Se le concedió a tipos como Arafat, Menchú, Al Gore, Kissinger, o a simples intenciones, como en el caso de Obama, pero no a Gandhi ni a ningún papa, por ejemplo.
Que el premio a Dylan haya despertado comentarios entusiastas en las redes sociales y en algunos cenáculos de opinión no es más que una muestra de la confusión de valores creativos y del sentido relativista al que algunos se empeñan en llevarnos. Un músico no es lo mismo que un escritor. Un músico tiene en la música su expresión, su objetivo estético, su modo de comunicación y el fin primordial de su trabajo. La palabra es un complemento. La música es la que origina y define la canción; es la letra la que se adapta a su ritmo y acentos, sacrificando si es preciso buena parte de sus posibilidades literarias con tal de no alterarla. Una letra leída pierde su categoría poética y, desde luego, su capacidad de conmover. Incluso en los cantautores más afamados, desprovista de la música, la canción suele quedarse en unos versitos insulsos, casi siempre cursis, y sin más contenido que el que pretenden hacernos ver sus potentes medios de promoción. Por cierto, todos los que nos meten por los oídos pertenecen únicamente al ámbito de la lengua inglesa; parece que en otros idiomas nadie sabe componer ni cantar medianamente bien.
Si la Academia sueca dio este Nobel a un letrista, por qué no dar el próximo a un publicista, a un cartelista, a un guionista o al que escribe el discurso a un ministro de Hacienda. En el signo de nuestro tiempo, que es la vulgarización de la excelencia y el igualitarismo de conceptos, cabe eso y más, desde que las parejas prefieran tener perros a tener hijos, hasta considerar que "el vino que vende Asunción" es igual que una cantata de Bach. Qué intereses habrá escondidos por algunos rincones del proceso, teniendo en cuenta el impacto global que esto supone. Desde luego no parece que sean los de los editores y libreros, que pierden una de sus grandes ocasiones anuales de hacer caja llenando sus escaparates con la obra del premiado. En este caso, la obra está flotando en el viento.

miércoles, 12 de octubre de 2016

Compañeros de camino

Es una historia como la de tantos, de esas que tienen en sí misma su importancia y que jamás aspiran a figurar como titular de nada. Una historia, como todas, hecha de momentos y experiencias enlazadas a los zarandeos de la vida, alegres unas veces, no tanto en otras, vacilante entre dudas y certezas y entre ilusiones y decepciones, pero nunca desesperanzadas. Se conocieron apenas salidos de la adolescencia, hace ya cincuenta años, y se convencieron pronto de que no había camino posible que pudieran andar sin el otro. La lucha que conlleva la vida les fue descubriendo los aspectos de cada uno que aun quedaban ocultos, y comprobaron que en conjunto daban más solidez a su decisión. Supieron pronto mirar en la misma dirección y hacer suyos los dos sentimientos. La nube que le parecía luminosa a uno se lo parecía también al otro, y el atardecer que le resultaba amenazador a uno lo era igualmente para el otro.
No conocieron grandes turbulencias en su vivir diario, quizá porque les tocó una época de estabilidad, aunque es cierto que tampoco ellos jugaron nunca a arriesgarla. Mantuvieron la prudencia como una norma en la que confiar siempre, y aplicaron a sus decisiones la osadía justa y el riesgo calculado, sin dejarse deslumbrar por el brillo de ninguna ilusión más allá de sus posibilidades. Sin saberlo, fueron fieles al viejo consejo: asómbrate con las montañas, pero quédate en el llano; admira el mar, pero mantente en la orilla. Tuvieron como enemigos a los más comunes, la rutina y la costumbre, pero los combatieron con el afán de cumplir ilusiones y con la aceptación de aprendizajes continuos. Aprendieron que la vida se nos va en continuas aspiraciones, pero que tener aspiraciones es señal de riqueza de espíritu y que, además, casi todos los sueños acaban por tomar alguna forma. Aprendieron también que el instante de ahora mismo muy pronto será pasado y nunca podrá volver a presentarse, y que el pasado es todo lo que tenemos; si lo olvidamos es como si no hubiéramos vivido. En sus hijos, en el cariño de sus hijos, tienen la mejor evidencia.
Fue una andadura normal, sin estridencias ni sorpresas, pero ahora que todo se está volviendo efímero y cambiante, y que la convivencia ve cómo se debilitan los esfuerzos que la defendían, su historia resulta cada vez más alejada de los usos y modos del tiempo actual, eso que a algunos les da por llamar modernidad. Miran a su alrededor y ven que en su generación, e incluso en la siguiente, las historias son similares a la suya, pero un par de escalones más abajo los conceptos que daban solidez a la relación -abnegación, fidelidad, tolerancia, sacrificio, respeto- son vistos como una carga que no hay por qué soportar, y todo se disuelve, casi siempre con víctimas. Ellos siguen confiando en el poder del cariño, un cariño sustentado ahora más por la ternura y la comprensión que por manifestaciones primarias.
Hoy cumplen cincuenta años de camino juntos. Miran hacia atrás y ven que todo cabe en un corto sueño. Ahora todo valor y todo objeto ya no están en función del futuro, porque el futuro ya se ha vuelto débil. Pero saben que seguirán juntos hasta completar el camino, porque ha merecido la pena.

miércoles, 5 de octubre de 2016

El bloqueo

La mayor ventaja de no ser analista político es que permite ver el bosque desde el camino, sin que los árboles lo impidan. Y desde el camino se ve a uno de los dos hemisferios del espacio político zarandeado por unas turbulencias autocreadas, que amenazan con diluirlo en otras fuerzas que están al acecho. Y todo por una cerrazón ideológica, sostenida por prejuicios, apriorismos y análisis interesados de la realidad, cuando no por un odio personal hacia el adversario, un odio cuyas consecuencias pagamos todos. Algo falla en el sistema que nos dimos para regir nuestra convivencia cuando un solo hombre, un perdedor, tiene en sus manos la capacidad de paralizar a capricho la gobernación de todo un país. Algo falla cuando no fueron las leyes, ni siquiera los usos, sino sus propios compañeros los que se conjuraron para quitarlo del medio. Puede que el sistema de primarias no sea tan buena idea como parece, o que las exigencias para el cargo, ante la ausencia de filtros, respondan más a intereses de grupo y afinidades personales que a una mirada al bien general. Sin duda una de las tareas legislativas del futuro inmediato debería ser la de poner los medios de evitar que vuelva a repetirse una situación como la vivida.
Los legisladores de la Transición no previeron, quizá porque les pareció impensable, que un partido derrotado en las elecciones pudiera mantener bloqueada a toda la nación durante casi un año, con todo lo que eso conlleva en el orden institucional, económico, social, diplomático y de prestigio internacional. Un país paralizado y unos ciudadanos atónitos ante el secuestro de sus posibilidades de progreso y ante el espectáculo de declaraciones absurdas y actitudes pueriles al que tuvieron que asistir. Y aún más, ante la relativa simpleza de la solución que lo habría evitado. Hay unas cuantas medidas posibles que se le ocurren a cualquiera:
-Disponer que la votación de la sesión de investidura sea secreta. Cada diputado expresaría con su voto su propia opinión, no la del partido, con lo que el resultado final sería más susceptible de variación en función de las circunstancias.
-Fijar por ley que sea el partido más votado el que haya de formar gobierno.
-Hacer que la investidura del candidato tenga lugar ante las Cortes en su totalidad, es decir, no solo ante el Congreso sino también ante el Senado; se daría valor a la Cámara Alta y se dificultarían los intentos obstruccionistas.
Otras posibilidades, como la de establecer una segunda vuelta en la que solo se pueda elegir entre los dos partidos más votados en la primera, ofrece una mayor complejidad hasta hacerse inviable con nuestro actual sistema. En todo caso, hay soluciones que convendría estudiar para cerrar ese flanco descubierto en nuestros procesos electorales. Seguramente no será todo tan sencillo. Vendrán los sedicentes expertos y encontrarán mil trabas y otros tantos inconvenientes técnicos, jurídicos y de todo tipo que los votantes rasos no vemos, pero ante el hecho de que un país entero pueda paralizarse durante tiempo indefinido por la voluntad de un pequeño grupito, cualquier esfuerzo por superarlos valdrá la pena.