miércoles, 1 de abril de 2020

Crónica del aislamiento (II)

Decimoctavo día de reclusión. El virus sigue ahí fuera, como si estuviera compuesto de paciencia infinita. En el ámbito que nos han limitado, la vida se va adaptando al presente diario en busca siempre de cualquier rendija de luz que la haga lo más llevadera posible. Es la hora de los artilugios de comunicación y de todos los dispositivos electrónicos de entretenimiento. Internet como sustituto de la libertad de andar; lo virtual como remedio de la ausencia física y de los abrazos que no podemos darnos. Claro que hay rincones del alma a donde solo llegan las palabras y las miradas en su propia carne. Me fijo en mi vecino de enfrente; vivía las tardes con sus amigos en el bar entre partidas de cartas y tertulias de fútbol, y ahora se pasa el tiempo asomado a la ventana con la mirada vacía y desorientada; parece la expresión del melancólico verso de Segismundo: y soñé que en otro estado más lisonjero me vi.
Qué valor alcanza la rutina perdida, aquella tediosa rutina que nos volvía iguales los días y que tanto nos empeñábamos en alterar. Andar cada día la misma acera, ver al quiosquero de la esquina con cara adormilada recogiendo los periódicos que le dejaron en la puerta, las persianas subiendo a la misma hora, los ruidos de siempre, las caras aborrecidas y las indiferentes, la baldosa de la plaza que tabletea cuando la piso, el pescadero que garrapatea en una pizarra con letra infernal que tiene chicharros y bocartes en oferta, saber que ayer se fue, mañana no ha llegado y hoy se está yendo sin parar un punto. La rutina ahora es comprobar cada día la asombrosa incompetencia de este Gobierno en la gestión material de la crisis, y al mismo tiempo descubrir a cada hora capas escondidas de nuestra sociedad. Hay un sinfín de historias de heroísmo, de ternura y de generosidad. Ternura da ese viejo que toca la armónica convencido de que los aplausos son para él; generosidad la del dueño del bar de carretera que pone en el exterior una mesa con víveres gratis para los camioneros o los cientos de personas anónimas que ofrecen sus habilidades profesionales y sus recursos, desde impresoras en 3D hasta máquinas de coser, al servicio de la lucha; heroísmo el de quienes están en primera línea. La sociedad civil una vez más por delante de la institucional.
Dentro, los pensamientos nos ofrecen el regalo de su infinita libertad. Puedo sentarme, a solas únicamente con mis personajes y mis inclinaciones, en el centro de un círculo acotado, al que invito, cuando tengo necesidad, a los grandes compositores, escritores o artistas que he seleccionado como amigos. No está tan mal el encierro.

miércoles, 25 de marzo de 2020

Crónica del aislamiento

Undécimo día de retiro. Ha llegado la primavera y esta vez sí que nadie sabe cómo ha sido. Los árboles reverdecidos y los prados en flor son imágenes para ver tan solo con la memoria. He vuelto a asomarme a la ventana como cada día, quizá con la secreta esperanza de encontrar algún nuevo signo que altere el tiempo detenido. Pero no; la calle está solitaria. La calle es ahora de las palomas y supongo que los gorriones se han convertido en los reyes de los bancos y los jardines de la plaza. En las aceras vacías no hay saludos ni encuentros ni siquiera pasos; no hay más visión que un desfile de persianas cerradas. La vida ha cambiado de cotidianidad. De un portal sale una chica con un perro. Me he fijado que lo hace siempre a la misma hora. Pasea con expresión ausente, como si tuviera que aceptar esa rutina como un mal menor frente a la que se encierra entre las cuatro paredes.
Aun en su estado de inacción, el tiempo trae sus pequeños acontecimientos, que se convierten en los hechos que configuran nuestro día personal. El periódico en el desayuno, el libro cuya lectura hemos redescubierto, la llamada de quien no se esperaba, la iniciativa en que no habíamos pensado o las manos que cada tarde aplauden desde las ventanas, convertidas en palcos de un escenario hecho de aire y gratitud. Llega desde algún sitio la canción "Resistiré", que alguien ha puesto a buen volumen, y por un momento su letra suena como un toque de emocionante rebeldía. No he dejado de oír cada día palabras como unidad, solidaridad, resistencia, civismo, compromiso, fortaleza, valentía, y frases esperanzadoras y de ánimo. Son el lado luminoso; la mayoría. En el rincón oscuro están los nacionalistas fanáticos de siempre y algún miembro del Gobierno, como ese vicepresidente de la coleta, que parece un personaje de novela creado para dar al argumento un tono inquietante.
Las horas caen con la cadencia de una oferta insistente, vestidas de oportunidad. He descubierto que no puedo arrepentirme más que del tiempo voluntariamente perdido. El tiempo no puede matarse; se muere él solo. Gira sin fin en un círculo de radio infinito y solamente nos son asignados unos insignificantes grados de su arco. El tiempo es el soñar; pobre idea la mía, pero parece exacta. El tiempo y el soñar nos son ajenos en su causalidad e impredecibles en su contingencia; los dos son finitos, implacables y generosos en posibilidades, y los dos nos tienen a su merced. Ahora el tiempo es nuestro y podemos abusar de él, exprimirlo y hacerlo parecer aún más breve. Este retiro puede enseñarnos muchas cosas.

miércoles, 18 de marzo de 2020

En clausura

Pues ya estamos aquí, confinados en nuestro particular régimen de clausura, a resguardo no de las acechanzas del demonio, el mundo y la carne, sino de un virus que anda por ahí desatado en busca de cualquier alojamiento. Bueno, al fin y al cabo la primera reacción ante una plaga es tratar de esconderse de ella para que no nos vea. Los personajes del Decamerón se alejaron de la ciudad y se marcharon al campo, donde cada tarde se reunían a la sombra de una fresca arboleda para contarse historias que les sirvieran de entretenimiento y olvido de la realidad, en espera de que la maldita peste se olvidara de ellos. Nuestra arboleda es la casa y nuestros entretenimientos los que nosotros queramos, que si algo tenemos en estos tiempos en abundancia son artilugios para pasar el rato. Y si no, en el silencio de las calles desiertas, en el dulce vacío que nos deja la ausencia de motos y demás artefactos estruendosos, podremos acaso oír el canto de algún pájaro perdido o, en todo caso, experimentar sensaciones inéditas. Si la ciencia aún no es capaz de darnos todas las soluciones, busquemos un remedio fuera de ella, aunque solo sea en lo que se refiere al espíritu.
Estamos en retiro claustral, dentro de lo que cabe, y seguramente lo primero que sentimos es una percepción distinta de la dimensión del tiempo. Más denso, menos apresurado, más generoso en su oferta de posibilidades y quizá también más difícil de ocupar. Una estupenda posibilidad de aprovecharlo mirando hacia dentro en busca de esas reflexiones que casi nunca nos hacemos. Ojalá nos sirva, por ejemplo, para adquirir una perspectiva que nos ponga en su sitio la medida de nuestras continuas quejas por todo, que nos sitúe en la evidencia de que vivimos en un ámbito nacional envidiable y que un poco más de autoestima y un mucho menos de autoflagelación nos haría más felices.
Según la ley que rige el universo, también los malos tiempos pasan. En la epidemia de la peste negra, cuando acabó la pesadilla, la sensación de alivio fue tan grande y generó un deseo de vivir tan intenso que se originó una nueva sociedad; nació el Renacimiento. También nosotros saldremos fortalecidos, no hay duda. La desgracia quiere un corazón fuerte y hay que pensar que lo tenemos. Cuando las calles sean otra vez nuestras y el virus sea solo un mal sueño, sentiremos un ánimo renovado y nos daremos cuenta de que estos días han servido para algo, aunque solo sea para regalarnos la experiencia de haber vivido una excepción. Y a lo mejor hasta puede que aumente la natalidad.

miércoles, 11 de marzo de 2020

Cada vez menos libres

Volver la vista atrás, hacia esa madre de todas las añoranzas que es la infancia, tiene el riesgo de caer en ellas, un riesgo del que el que esto escribe quiere librarse a toda costa. Las añoranzas tienden a generar sensaciones deformadas mediante el implacable proceso de depuración que se deriva de la parcialidad de nuestra memoria. Y, como consecuencia, a establecer comparaciones, otro riesgo a evitar. La infancia, quizá más que cualquier otra etapa de la vida, se vive en primera persona. Cada uno tiene la suya definitivamente marcada, como un sello que acompañará a la carta durante todo su recorrido hasta llegar a su destino. Acaso los que estén viviendo ahora esa etapa tengan otras sensaciones desconocidas por quienes ya hace tiempo que la dejamos atrás. En la mía, la que prima sobre todas es la de libertad. Puede sonar extraño o puede que se haya debido a unas circunstancias concretas, o puede -incursión atrevida en la sociología- que la libertad del niño haya ido recortándose a medida que aumentaba la de los adultos, el caso es que aquella fue una infancia sin demasiadas cortapisas en lo que se refiere al tiempo libre, que era mucho. Ahora que todas las diversiones están organizadas y reglamentadas desde arriba, que cualquier actividad lúdica exige un recorrido burocrático, ahora que los niños han de jugar en espacios controlados y con artilugios concebidos y creados por otros, uno ve su infancia como una continua sucesión de iniciativas, sin más límite que el consenso con los amigos. Una niñez en la que nadie nos decía dónde debíamos jugar a la pelota ni dónde montarnos nuestra hoguera de San Juan. Libertad para movernos por el entorno a nuestro antojo, lejos de las miradas de nuestras madres, aunque respetando la hora impuesta para el regreso, que era al anochecer. Libertad para inventar y crear nuestro mundo. ¿Seguridad? Algún descalabro que otro no era un gran precio por aquella sensación de libertad.
Estos tiempos son otros y nos parece impensable todo aquello. La evolución de los usos sociales y la cascada de normas y leyes que nos han caído encima lo harían ahora imposible, pero cabe plantearse algunas preguntas. ¿Caminamos realmente hacia una vida más libre? ¿De verdad creemos que tenemos cada vez más capacidad de usar nuestro pensamiento y de modelar nuestra opinión? ¿Nos damos cuenta de que todo son intentos de dominar nuestra voluntad? De cada reunión del Gobierno sale siempre alguna nueva prohibición o alguna nueva obligación. Solo nuestro personal espacio interior es irreductible, y qué importante es mantenerlo.

miércoles, 4 de marzo de 2020

Miedo global

La llegada del coronavirus, como antes la del ébola, las vacas locas, la peste y tantas otras, ha revuelto otra vez los temores y alterado el vivir de media humanidad. Creemos que tenemos un poder casi infinito sobre el mundo que nos rodea, que nada nos pone límites, que somos capaces de modificar el clima de la Tierra y hasta de destruirla, y aparece un ser microscópico, que está en el borde mismo de la vida, y nos deja sin saber qué hacer. Estamos sujetos a hilos azarosos que nos mueven sin lógica alguna. Nuestro propio caminar por este largo sendero que viene de la nada y se pierde en lo más profundo del infinito, no es más que una continuada secuencia de manifestaciones del azar. Incluso nosotros mismos quizá no seamos más que uno de los infinitos acontecimientos probables que pueden producirse en el universo. Probabilidad que en el caso particular de cada uno de nosotros se ha visto realizada, pero que no es más que una entre el número incontable de las que han podido ser y no fueron. Pero nunca dejaremos de estar a expensas de cualquier factor desconocido que nos recuerde nuestra verdadera dimensión.
El único poder que tenemos es el de saberlo. Al concepto de azar se han contrapuesto otros que tratan de eliminar de él su connotación de caos. Contra el azar se han elevado los conceptos trascendentes de determinismo, destino, predestinación o Providencia. También otros de carácter voluntarista: no existe el azar, porque entonces no habría tantas injusticias, ya que el azar no tiene preferencias y reparte ciegamente, y ya se ve que no es así. Pero sea cual sea lo que rige la gran norma universal, nuestra situación es la misma: la de estar sometidos a un sistema absolutamente ingobernable para nosotros, en el que solo podemos intervenir en parcelas infinitesimales en relación con el gran todo, aunque de cierta importancia para nuestro pequeño campo. No es una fuerza que se pueda atrapar en un algoritmo, ni siquiera un concepto que se acomode fácilmente en la lógica de nuestro entendimiento; es algo que nos impone su capricho y que jamás cuenta con nosotros. Conocerlo y aceptarlo es nuestra única respuesta. Alegrarnos cuando sonría y tratar de paliar sus efectos cuando cause dolor, pero teniendo la certeza de que no somos más que corchos zarandeados por olas caprichosas que no podemos ni siquiera atisbar. Cualquier bichito que hasta ahora no conocíamos nos pone de repente en nuestro sitio y nos recuerda nuestra fragilidad. Lo único bueno es que también nos da la medida de nuestra capacidad de defendernos mediante el avance de nuestro conocimiento.

miércoles, 26 de febrero de 2020

El mayor homenaje


Estamos en el año Beethoven y, como era de esperar, el mundo de la música se llena de conciertos, conferencias, publicaciones y todo tipo de actos en honor del sordo que supo convertir su propio silencio en las más profundas y bellas expresiones sonoras. Mucho se ha escrito sobre él y su obra a lo largo de estos dos siglos desde su muerte, muchos los estudios e infinitas las muestras de admiración que ha suscitado su música, pero uno cree que el homenaje más sincero y humilde que se le tributó jamás nos la da la escena que muestra a Schubert caminando en solitario detrás de su féretro el día de su entierro. Era un día de marzo vienés, frío y ventoso. El músico de Bonn había muerto el día anterior, y todo el que representaba o quería representar algo en la sociedad vienesa había acudido a despedir al hombre huraño y genial, que había llevado a la música aún más allá de Mozart y de todo lo conocido y por encima de todo convencionalismo personal y social. La devoción de Schubert por Beethoven, sin embargo, no tenía un carácter fenomenológico, sino intemporal y en cierto modo simbiótico; era la admiración de un creador por otro; la devoción profunda y silenciosa que siente el genio, aunque aún no tenga conciencia de serlo, por otro que lo es ya de modo absoluto y fecundo. En toda su vida, Schubert no se había atrevido a presentarse ante Beethoven por pudor artístico y acaso también por la fama de antisocial y de imprevisible que tenía el gran sordo; su veneración por la figura y la obra del maestro, que llegó a rozar lo obsesivo, fue siempre de condición silenciosa y tal vez algo dolorida, como lo son todos los sentimientos irrenunciables.
En aquel marzo de 1827, mientras todo el que quería hacerse ver en Viena desfilaba en el cortejo con sus mejores galas fúnebres, entre comentarios sobre la última anécdota del finado y con la cara de circunstancias que la ocasión requería, Schubert caminaba solo, detrás de la multitud, llevando en la mano su propia hacha y con sus ojillos miopes fijos en algún punto indefinido. Uno cambiaría de buena gana más de un conocimiento por saber qué pasó por la mente de Schubert en aquel momento, aunque, a falta de ello, cree que bien puede imaginarlo. En verdad, pocas imágenes de humilde admiración y homenaje callado del genio al genio pueden encontrarse en la larga crónica de las relaciones artísticas.
Schubert murió al año siguiente de Beethoven, un día de otoño, sin llegar a cumplir los treinta y dos años. Ambos descansan en el mismo cementerio.

miércoles, 19 de febrero de 2020

Pecado original


A nuestros gobernantes municipales no les ha parecido nada bien la posibilidad de que la Universidad Laboral fuera propuesta como candidata a ser Patrimonio de mundial de la Unesco. El origen. Esa es la cuestión, el origen. Está en pecado concebida. De ahí que durante muchos años se la haya dejado languidecer, se haya minimizado su valor patrimonial y hasta fuera considerada por algunos como un estorbo molesto por su condición de testimonio. Se dictó contra ella la vieja condena a la "damnatio memoriae". Se la desproveyó de sus señas de identidad y se arrancaron sus símbolos y sus marcas de nacimiento para situar su origen en el limbo de la bruma histórica. Se desvirtuó parte de su función, se borraron sus referentes fundacionales, se ocultaron pinturas, se le añadieron pegotes y se quitaron motivos decorativos, con lo que dejaremos a nuestros hijos un edificio amputado y les negaremos el derecho a juzgarlo por sí mismos en su integridad original. Pero es que, además, es inútil. El conjunto de la Universidad Laboral responde a un concepto indivisible. Todo en ella, el aspecto externo, la concepción estética, la disposición arquitectónica, la simbología espacial, la finalidad, todo es claramente representativo de la ideología que la creó, y eso seguirá siendo inevitable salvo que se la destruya hasta los cimientos. ¿Para qué mutilarla, entonces? Es como pretender que un león deje de parecer un león porque se le corten cuatro pelos del rabo.
Sin duda en algunos primará una pretensión honesta de acabar con las manifestaciones simbólicas de un régimen antidemocrático, pero en otros se adivina un resentimiento que no les es posible arrancar del subconsciente. Son los mismos que se empeñan en que esté para siempre estigmatizada por su marca de origen. No importa su aportación a la formación cultural y profesional de nuestros jóvenes, ni su contribución al prestigio de la ciudad, ni su condición de último recurso de tantas familias que tuvieron en ella la única oportunidad de forjar un porvenir para sus hijos.
Es muy posible que nuestra Universidad Laboral no consiga entrar en esa selecta lista de la Unesco, pero que sea por razones puramente objetivas, según se ajuste o no a los requisitos exigidos, y no por la forma de pensar de quienes la concibieron y la levantaron. Y en todo caso, guste o no su origen, despierte o no su poderosa silueta resquemor en los espíritus más sectarios, lo cierto es que, después de 2.000 años de historia, es el único monumento notable que Gijón puede enseñar al forastero.

miércoles, 12 de febrero de 2020

El futuro como meta

Cuando uno se detiene un momento a pensar en el tiempo en que le ha tocado vivir, se da cuenta de que el transcurrir de los años es una carrera detrás de una sombra que se aleja según nos acercamos a ella. Siempre tenemos el futuro como meta, y el futuro llega y no encontramos en él más que lo que teníamos en el presente, y volvemos a preguntarnos cómo será el nuevo futuro, y los que lo vivan sabrán que resultó ser el mismo de siempre. Parece como si los años, cuando se miran en gran cantidad y a distancia de futuro, tuvieran la facultad y hasta la obligación de renovar completamente la instalación vital del ser humano. Estamos ya en el siglo XXI bien entrado, pero aún no intuimos ni por asomos al hombre nuevo que alumbrará este milenio, por muchos esfuerzos que hagamos. ¿Cómo será el mundo en el 2120? Tenemos tendencia a imaginarlo muy ajeno al nuestro, poblado por personas con mentalidad, preocupaciones e inquietudes nuevas, y en las que hasta los sentimientos serán distintos. A lo mejor es que el futuro, al contrario que el pasado, no lo tenemos, y lo que no se puede tener suele parecernos prestigiado por un cierto halo de superioridad.
Estos años de nuestro presente fueron el futuro de otros, que a su vez lo imaginaron lejano, misterioso y cumplidor de anhelos imposibles entonces. En él se adivinaba la certeza de una nueva humanidad y un nuevo contexto, como consecuencia de un progreso inimaginable, o en todo caso, con la confianza de que cumpliría alguna ambición personal no satisfecha en su tiempo. Orwell fijó en 1984 el año de la entrada del hombre en una nueva era; Clarke tomó el 2001 como la fecha en que sería posible desarrollar una complicada odisea espacial; Stendhal escribió en 1835 que el único premio que pedía era el de ser leído en 1935; Ensor, en la treintena, quiso representarse a sí mismo en 1960, cuando tuviera cien años, y naturalmente pintó un precioso esqueleto.
Todas estas fechas ya se han superado y se superarán otras tantas y otras más que las generaciones venideras fijen como hitos, y no habrá situaciones nuevas ni hombre nuevo, porque el futuro llega cada día a velocidad constante y sin darnos cuenta, de forma que nunca podremos saber cuándo entramos en él. No hay saltos ni barreras ni señales, ni siquiera las que los hombres tratamos de fijar con nuestra numeración de los años y los siglos. El hombre del 2120 seguramente se extrañará de que nosotros sublimáramos su tiempo, porque ha entrado en él con el deslizamiento imperceptible con que se mueve la vida y no ha tenido ocasión de establecer una comparación por sorpresa.
No es el tiempo el que puede alumbrar un ser humano nuevo, sino el pensamiento; un pensamiento excepcional, genial, improbable, pero sólo él es capaz de modificar el estado espiritual y la conducta de la humanidad, según se ha comprobado a lo largo de su historia. Quizá, en el fondo, a todos nos gustaría poder atisbar como será la vida de los que anden por aquí dentro de un siglo, pero, dejando fuera los aspectos tecnológicos, seguramente encontraríamos un cuadro con protagonistas ya conocidos.

miércoles, 5 de febrero de 2020

Densa actualidad

La actualidad de estos días da para satisfacer de sobra el ansia que consume la opinión pública en cuanto se conecta a las redes. Viene tan cargada que se dobla por el exceso de su propio peso, como si los acontecimientos se hubieran encaprichado de este enero loco y de este febrero que no parece venir mejor. Se juntan en unos días sucesos que habitualmente sólo ocurren muy de tarde en tarde, sin dejarnos perspectiva para asimilarlos; sucesos cuya trascendencia sólo comprenderemos a la larga, sin que ahora seamos conscientes de la importancia de ser sus testigos. Luego, es verdad, el tiempo quizá les dará otro cariz, o puede que algunos se queden para siempre perdidos en los megas de algún almacén de memoria. No todos los hechos que vivimos quedan prendidos a nuestra vida, pero mientras suceden nos afectan siempre de alguna manera.
  Los británicos han consumado su "brexit" y ya están donde estaban antes de su arrebato de amor por Europa, hace casi 50 años. Lo que pareció en un principio un gesto de rebeldía grandilocuente, alimentado por el afán de seguir nutriéndose de las añoranzas del imperio y de satisfacer su carácter de oveja solitaria, terminó demostrando que no era totalmente impostado. No hubo titubeos en los ejecutores; tampoco alegría generalizada, ni tristeza que no estuviera matizada por alguna esperanza, ni más certeza que la de que ser dueño del propio destino lleva consigo la esclavitud de tener que acertar. En estos casos, más que en ningún otro, es donde el único que podrá decirles si han acertado o no será el tiempo.
De China, una vez más, nos llega un virus de esos que surgen nadie sabe de dónde, y que se extiende a sus anchas llevándose vidas, hasta que se consigue preparar la primera y más básica de las medidas de defensa: el aislamiento del foco afectado. El recuerdo de mortandades pasadas por pandemias semejantes siempre trae un eco inquietante, pero por suerte, de todas se ha aprendido. En esto sí que no puede haber discusión sobre el progreso de la humanidad. El terror medieval se ha convertido ahora en una mirada preocupada hacia un enemigo contra el que es posible luchar, y, en el caso de España, en una serena confianza en nuestro sistema sanitario.
Hay más cosas en la actualidad, claro está. Por ejemplo la grosería y mala educación, otra vez, de esos impresentables tipejos a los que pagamos suculentos sueldos por pavonearse por ahí como diputados, y se niegan a asistir a la inauguración de la legislatura que preside el rey. O la ristra de mentiras de un ministro, que a estas alturas ya ni él mismo debe de saber cuál fue la verdad de su nocturna visita aeroportuaria. O la autorizada voz de un dirigente sindicalista paleto y bien acomodado, con poco que agradecer a la madre naturaleza por las luces recibidas, insultando a los agricultores que se manifiestan por la miseria con que se paga su trabajo: "Son la derecha terrateniente y carca". Un tipo admirable.
En el lado contrario, los medios también nos han traído hechos optimistas y sucesos que nos reconfortan para el futuro. Por ejemplo... a ver... bueno... seguro que alguno hay.

miércoles, 29 de enero de 2020

La mentira como norma

En la educación que recibimos de niños, tanto en la escuela como en casa, al menos en mi generación, se nos inculcaba que debíamos huir de la mentira y decir siempre la verdad aunque tuviese consecuencias, porque al mentiroso se le descubre en seguida -ya se sabe, lo del mentiroso y el cojo-, y luego todo el mundo le desprecia y no merecerá nunca la confianza de nadie. Es lo que tiene una educación alimentada por la moral, en este caso estrictamente natural; que contribuye a formar personas con valores útiles a la sociedad y respetuosas con la verdad, dígala Agamenón o su porquero. Luego la vida nos enseñó que no se puede dar a este espacio un carácter dogmático, porque tiene unos límites poco definidos y muy vulnerables a las circunstancias del momento. Que no es lo mismo mentir que ocultar la verdad; que hay mentiras disculpables porque el beneficio que se obtiene con ellas es superior al mal que supone el hecho de mentir; que es aceptable, por ejemplo, una mentira que sirve para alimentar la ilusión de un niño o para no hacer sufrir a alguien. Excepciones cuya evidencia ha de ser absolutamente clara, porque el hecho es que la mentira supone ausencia de la verdad, es decir, de la seguridad de una certeza como referencia.
La mentira habita en todas las latitudes y ocupa todos los espacios de las relaciones humanas, aunque hay lugares con más fama de acogerla bien. Aquello de Bismarck, de que nunca se miente más que después de una cacería, durante una guerra y antes de unas elecciones, puede ser una graciosa ocurrencia, pero no es precisamente una mentira, sobre todo en el último caso. La política es, seguramente ha sido siempre, el refugio donde toda mentira encuentra su asiento, antes y después de las elecciones. Maquiavelo la definió de forma más cruda: "La política es la mentira bajo una máscara de servicio a la ciudadanía". Hemos aprendido a convivir con ella y nadie, ni el embustero cogido en la mentira ni el ciudadano engañado, se inmuta; se acepta su presencia como si se fuera inherente a la esencia del oficio. Todavía hace unos días, un ministro de este Gobierno negaba haber realizado un hecho que le comprometía, y cuando se vio acorralado por la evidencia dio tres versiones distintas de él; o sea, que mintió cuatro veces. Pues ahí sigue, en su puesto, sin una mancha de rubor en la cara, él, que tanto clamó contra cualquier afirmación simplemente dudosa de los adversarios.
Al mentiroso le conviene tener memoria porque la mentira, una vez dicha, es muy terca y difícil de eliminar; para ocultar una hacen falta luego muchas más. Las hemerotecas, la propia memoria individual o colectiva y la opinión social que merece el fulero son los peores enemigos de la mentira. Se la considera la única habilidad que tiene la gente de escasa capacidad o un recurso de personas mezquinas. Hasta se evita llamarla por su nombre por si resulta ofensivo; en cualquier diálogo, sobre todo en tribunas públicas, se procura eludirla mediante rodeos menos agresivos: eso es incierto, está usted faltando a la verdad, no se ajusta a la realidad, etc. Pase que los políticos no cumplan lo que prometen, pero al menos que no nos mientan.

miércoles, 22 de enero de 2020

Tómense un respiro

Si la primera labor de un gobierno es hacer lo posible por encontrar soluciones a las necesidades de los ciudadanos y no buscar más problemas; si uno de los objetivos primordiales de su ejercicio ha de ser el de incentivar todo lo que nos une y tratar de llegar a un acuerdo en lo que nos separa; si toda su actuación ha de guiarse por la meta del bien común, al margen de conveniencias partidistas, procurando buscar el equilibrio a la hora de satisfacer las aspiraciones de las mayorías y las minorías; si todo eso es así, este Gobierno de aluvión que hemos estrenado tiene trazas de haber empezado su camino con el pie torcido y con un rumbo inquietante. En apenas una semana que lleva ejerciendo ha puesto en muchos sectores de la sociedad un punto de desasosiego y ha hecho que se activen algunas alertas ante la entrada en tropel de sus miembros en todos los ámbitos. Tal parece que tengan una urgencia inaplazable en acomodar la realidad a sus propósitos, y a ello se han puesto irreflexivamente sin pensar en los cacharros que puedan romperse. En su preocupación obsesiva por la exhibición del poder no dejan puerta sin abrir ni cuarto que revolver.
No han tardado en agitar la crispación y provocar una fractura en el órgano de los jueces con el nombramiento como fiscal general de una señora de las suyas, a la que nadie se atreve a aplicar el calificativo de idónea. En Igualdad, la flamante ministra, esa señora que siempre parece estar riñendo, cesa a una directora recién nombrada por ser blanca y de paso nos obsequia con una de sus aportaciones a la lengua: la palabra racializada. A la ministra de Exteriores le ha faltado tiempo para permitir la reapertura de las llamadas embajadas catalanas, en contra de la sentencia de la audiencia de Cataluña. A la erudita vicepresidenta primera ha tenido que calmarle la Real Academia Española su preocupación por que la morfología del lenguaje constitucional deje fuera a las mujeres. Existe inquietud en la Guardia Civil ante el nombramiento de su nueva dirección y por los pactos en los que su expulsión de alguna provincia aparece como moneda de cambio. Hay por ahí una directora de un organismo de la Mujer que explica lo negativa que es la heterosexualidad y dice lo que tienen que hacernos a los hombres para acabar con ella. Y en esto sale la ministra de Educación y dictamina solemnemente que los hijos no pertenecen a sus padres. Pues nada; si hacen algún estropicio, que lo pague el Estado.
Va a ser una legislatura muy animada, en la que no vamos a aburrirnos por falta de sorpresas y ocurrencias estrafalarias, viendo algunos nombres de quienes mandan. Nos obsequiarán cada día con el manual de gobierno propio de esa coalición, pero la cuestión más importante es cómo va a quedar la casa cuando acaben su mandato. Qué panorama nos espera al final de su actuación, porque ahora todos los radicalismos asoman sin que nadie desde dentro trate de poner en ellos una mirada sensata. De momento esta es la hora de los extremistas de todos los ismos. Por cierto, no deja de tener su pequeña gracia sentirse sacerdotisas del credo feminista y tener que firmar Calvo, Montero o Delgado.

miércoles, 15 de enero de 2020

Palabras inútiles

Observar las caras de sus señorías el otro día en el Congreso durante la sesión de investidura bien podía ser un ejercicio para estudiosos de lo curioso y hasta de quien tratase de escribir una tesis sobre las formas de perder el tiempo. Era una colección de rostros conscientes de saber dónde estaban, atentos a lo que se decía desde la tribuna, pero con la atención que nacía de la simple cortesía o acaso de la obligación que contrae todo el que cobra por un ejercicio. Caras aparentemente aplicadas e interesadas por los discursos, que ocultaban su carácter de barrera impermeable a todas las palabras del contrario. Cuando éste hablaba todo les resultaba indiferente. Se ponían el escudo antivirus y a oír sin escuchar. Daba igual lo que dijera el orador de turno; de nada valían los argumentos, ni la belleza oratoria, ni la importancia de los temas expuestos. Los mismos oradores sabían que su esfuerzo era vano y sus discursos absolutamente inútiles; daba igual el desarrollo dialéctico y todas las aplicaciones de los recursos de la lógica. En realidad daba igual todo lo que dijeran. El voto de los presentes ya estaba predeterminado y era inmune a cualquier razonamiento. Y así fue; el número de votos en uno y otro sentido coincidió exactamente con lo previsto. Aunque muchos diputados de un partido habían manifestado hasta entonces tener posturas distintas, al final todos dieron un vuelco a sus convicciones en el mismo sentido y al mismo tiempo y hora que su jefe.
Aplastar la conciencia propia en aras de otros, acallar su voz para no verse expulsado del rebaño y de la posibilidad de seguir pastando tranquilamente en las cómodas praderas del hemiciclo, anular sus convicciones más personales para no aparecer como un rebelde disidente, esa es la desgraciada función que la mayoría de los políticos se ven obligados a ejercer una vez deciden dedicarse a esta actividad. Da igual que se trate de una de esas cuestiones que rozan lo moral y que afectan a las convicciones más íntimas, que del diseño de una gran obra que beneficiaría a la propia región. A la hora del voto, el diputado mira la señal que le indica el botón que tiene que pulsar, y las consideraciones propias y la voz de la conciencia se retiran derrotadas. ¿Cómo van a oponerse estas trivialidades a la suprema voz de su amo? ¿Qué importancia pueden tener las pequeñas verdades personales ante la verdad absoluta que encarna el sumo sacerdote del partido?
¿Cuántos de quienes han votado sí al presidente lo han hecho verdaderamente convencidos de que esas sombrías compañías que se ha buscado son las más adecuadas para gobernar España? ¿Cuántos han tenido que poner tapones en los oídos de su raciocinio y de sus convicciones para dar su voto afirmativo a lo que hasta ahora habían tenido por un disparate? Solo una diputada se atrevió a poner su propio criterio por encima de la disciplina de voto, aun a riesgo de enfrentarse a su partido. Dura servidumbre del político esa que le impide ejercer lo que él mismo tiene como bandera: el derecho a la libertad. En este caso la libertad de conciencia, quizá la más digna de todas las libertades.

miércoles, 8 de enero de 2020

Buenos deseos

Acaba de echar a andar el año y aún estamos en tiempo de deseos, e incluso de propósitos, que aunque las dos sean cosas más bien inútiles, cada año descubrimos que nos son necesarias, quizá porque nos dan la medida de nosotros mismos. Vamos a dejar los propósitos, que siempre terminan por pedir cuentas, y a limitarnos solo a los deseos, más que nada porque están relacionados con la ilusión. Es cierto que está en nuestra naturaleza el tener más deseos que necesidades, pero los deseos siempre encierran una carga de esperanza que nos viene muy bien para sobrellevar nuestro vivir, y estos momentos en que el calendario divide el tiempo son propicios para que sintamos la necesidad de formularlos, como si alguien los pudiera recoger.
Está aún recién nacido este año de final de década, redondo, díptico, eufónico, bisiesto y tan imprevisible como todos. ¿Qué nos traerá? ¿Qué líneas estarán escritas en sus páginas, aún sin abrir? Cuesta trabajo darle una cordial bienvenida, a juzgar por la cara que asoma, pero vamos a caer en la ingenuidad de creernos aquello que apetecemos, que al fin y al cabo es una condición natural de los hombres, y expresar algunos de nuestros deseos para este año que empieza.
Que nos vaya todo bien. Que sea un año amigo. Que en vez de problemas nos traiga soluciones. Que nos haga un poco mejores a nosotros y a las circunstancias que nos rodean. Que no nos ponga en situaciones decisivas ni nos traiga turbulencias de ánimo en las que no encontremos una luz. Que cuando den otra vez las campanadas podamos decir que ha sido el mejor año que hemos vivido.
Que alguna estrella bondadosa llene de sensatez los caletres de nuestros gobernantes. Que esa extraña amalgama que nos va a gobernar no nos traiga un sobresalto cada mañana y, sobre todo, que no cause el estropicio que se teme. Que ciertos políticos sientan la necesidad de retirarse a una solitaria cabaña del desierto a meditar allí sobre cosas más inofensivas y más acordes con sus capacidades, por ejemplo sobre cómo encontrar un mejor sistema para destripar terrones. Que los dioses que velan por los ciudadanos de a pie nos protejan de los vaivenes oportunistas de un presidente cuyas afirmaciones no tienen ningún valor, y que ha convertido sus principios, si alguna vez existieron, en una baratija de mercadillo que se vende y se compra según la conveniencia del momento.
En el pequeño mundo particular de cada uno, que es donde los deseos cumplidos alcanzarían su verdadera trascendencia, hay pocos que se salgan de lo primario, porque es en este grado donde se encuentra lo más próximo que podemos estar de la felicidad: salud, amor, paz, trabajo, suerte, alegría, bienestar económico, armonía familiar, buenas noticias, momentos de ocio, sueños conseguidos. Y el mayor de todos: que se cumplan, al menos algunos.
Pues eso. Que tengamos todos un feliz, boyante y esperanzado 2020.

martes, 31 de diciembre de 2019

Feliz Año


Feliz Año Nuevo
 
Año de final de década, redondo y bisiesto,  bienvenido a nuestras vidas. ¿Qué nos traerá? ¿Qué líneas están escritas en sus páginas, aún sin abrir? Solo podemos expresar deseos y desde aquí va el nuestro:
Feliz, próspero y esperanzado 2020.

martes, 24 de diciembre de 2019

Feliz Navidad

Feliz Navidad  a los que la denigran sin que sepan explicarnos por qué; a los que solo pueden ver en ella tristeza; a los que la vida grabó estas fechas a fuego en el alma y precisamente por eso se han convertido en cicatrices que jamás pueden ocultarse; a los que lloran en soledad y a los que se aturden en compañía. Que algo pueda hacerlos felices, aunque sea un solo momento.

miércoles, 18 de diciembre de 2019

La décima sinfonía


Entre la hojarasca informativa que nos cae encima cada día, leemos una noticia que se escapa de los titulares que acapara la política casi en exclusiva: una máquina con un programa de inteligencia artificial ha compuesto la décima sinfonía de Beethoven. Suena a pretenciosidad de futuro o quizá a un eureka triunfal de dudosa base real, pero, dicho así, sin matices, el hecho viene a ser ese. La décima sinfonía es uno de esos temas recurrentes de la historia de la música que se ha querido convertir en enigma, sobre la base misma de su existencia o de las elucubraciones novelescas sobre la suerte que habría corrido la partitura. La realidad es muy simple. Se sabe que Beethoven tenía el propósito de escribir otra sinfonía después de la novena. Una semana antes de su muerte escribió a un amigo diciéndole que ya la tenía esbozada. Se conservan algunos de estos esbozos y notas sueltas dispersas entre sus papeles, y sobre ellos hubo algunos intentos por parte de algunos musicólogos por completarla, pero sin éxito. La sinfonía solamente sonó en la mente del compositor.
Ahora una máquina de esas que trabajan con un programa de inteligencia artificial, ha concluido la obra partiendo de la gestión, hecha por un algoritmo, de los pocos datos que se tienen de lo que no es más que una intención expresada en unas breves notas. El proceso ha sido largo y complejo, y viene acompañado de unas explicaciones técnicas por parte de sus autores, que, entre tecnicismos incomprensibles y justificaciones más o menos convincentes, nos dejan una pregunta inquietante: ¿Llegarán las máquinas a superar la creación artística que hemos desarrollado a través de los siglos y sobre la que sostenemos nuestra cultura y toda nuestra civilización? ¿Suplirán los algoritmos al esfuerzo, inspiración y cualidades individuales de los compositores que conocemos y que nos han proporcionado tanta belleza?
Por suerte no parece que ni aún las máquinas más inteligentes puedan traspasar la barrera de la racionalidad y llegar al espacio donde habitan las pasiones y las conmociones, lo fieramente humano. Porque el arte existe como objeto del sentimiento y no del entendimiento. Cuando se pretende crear usando solo la inteligencia suelen producirse verdaderas tonterías. El arte está inspirado por un concepto de vida; nace del espíritu, no de un mecanismo artificial. Cómo puede saber el tal aparato qué música sonaba en la cabeza de Beethoven. A veces dan que pensar esos empeños absurdos en alcanzar algo que al final no tendrá más interés que la curiosidad informativa de un día, porque la obra resultante nacerá con el sello de la falsedad o, cuando menos, de la duda.
Dicen los que han escuchado la sinfonía que no suena a Beethoven, que es aburrida y carente de matices. Pues claro. Por asombrosas que lleguen a ser las máquinas y por mucho que nos maravillen con sus increíbles capacidades técnicas, siempre estarán condenadas a trabajar sin emoción ni capacidad de penetración en los escondrijos más profundos del espíritu, allí donde se asientan los sentimientos que nos hacen ser como somos.

miércoles, 11 de diciembre de 2019

La cumbre del clima

Qué de cosas raras ocurren en estos días de final del año. Debe de andar la Tierra por alguna región oscura de su órbita, porque están sucediendo muchos hechos atípicos a la vez. Revueltas callejeras simultáneas en diversas ciudades de tres continentes, negras sombras en torno a la continuidad del presidente norteamericano, ambiente de incertidumbre en Europa, y aquí, en España, una situación política que entra en un arriesgado proceso de pactos peligrosos, del que hasta ahora se había huido precisamente porque siempre se vio que tenía mucho más de riesgo que de solución.
Atípica está resultando también la Cumbre Mundial del Clima que se está celebrando en Madrid, y no por lo que se espere de sus resultados, que serán los mismos que los de otras cumbres, o sea ninguno, sino por la llegada de esa niña sueca a Chamartín, convertida en la estrella indiscutible de la reunión. Cuántos papanatas atropellándose en el andén de la estación por lograr una simple mirada de una adolescente que llegaba con expresión de indiferencia, quizá por el cansancio de su extravagante viaje. Con su cara de eterna enfurruñada, sus mensajes simples y directos y la ayuda de una poderosa maquinaria promocional, ha logrado atraer sobre sí la atención de medio mundo, pero uno no puede evitar la impresión de que en el fondo no es más que una pobre niña manipulada por quién sabe qué oscuras manos, aturdida y desubicada, a la que le están privando del lugar en la vida que le corresponde por su edad y que pronto se convertirá en un juguete roto. No tiene ella la culpa de presentarse como la estrella mesiánica que nos ha de mostrar el camino hacia la salvación del planeta; bastante tiene con ser arrastrada a una situación de continuas contradicciones, aunque quizá su enfermedad la ayude a protegerse de ellas. La realidad es que mientras los científicos apenas pueden hacer oír su voz, el mundo está pendiente de cualquier frase de una chiquilla de dieciséis años que, por cierto, no dice más que tópicas obviedades y cuya única solución que ha aportado hasta ahora es la de cruzar el Atlántico en un barco a vela.
Uno confiesa que pertenece al batallón de los escépticos que creen que efectivamente se está produciendo un cambio del clima, pero que es inherente a la evolución del propio planeta. Su historia climática se resuelve en una sucesión de ciclos alternos de glaciaciones y épocas cálidas, y ahora estamos en un período interglacial. El cambio forma parte de la naturaleza; el hombre no puede ni provocarlo ni detenerlo. Las gentes del Paleolítico no contaminaban y también vieron cómo la tierra se calentaba y se extendían los desiertos. Seguramente ahora la acción del hombre contribuye de algún modo a alterar el ritmo del cambio, pero aunque la humanidad desapareciese, la Tierra seguiría con sus ciclos, indiferente a todo. Por supuesto que hay que cuidarla; debemos procurar no agredirla con desechos evitables y tratar de pasar lo más inadvertido posible en ella, pero sin histerias, sin arrimar las ascuas a ninguna sardina política y, desde luego, sin montar ningún circo de esos que tanto gustan a la gentecilla de la farándula y a todos los aprovechados de turno.

miércoles, 4 de diciembre de 2019

Nuestro mejor refugio

Es este un tiempo en que parece que todas las noticias se han conjurado para desasosegarnos y hacer que vivamos en continua preocupación. No, no es este un buen momento para cultivar el optimismo. En realidad nunca lo fue. A lo largo de nuestra vida, y aun en la historia entera, no parece que haya habido muchos períodos en los que se haya podido vivir sin preocupaciones ni amenazantes nubes negras. Debe de ser así la condición del hombre: estar en manos de un conjunto de fuerzas ajenas a nosotros que nos zarandean los sentimientos y alteran nuestro estado de ánimo según se manifiesten. Somos sus sujetos pasivos. Nuestra mejor defensa consiste en buscar refugio en nuestro interior, allí donde somos nosotros quienes dictamos el orden de nuestra vida. Ante la intemperie que nos rodea somos seres débiles, y eso nos obliga a vivir sostenidos por los pequeños anhelos que solicita el corazón y por la esperanza de su cumplimiento. Es decir, por las ilusiones.
A nuestra pequeña vida le afectan poco las grandes definiciones y los grandes movimientos de fuerzas. El único mal que de verdad amenaza a nuestro espíritu es la carencia de algo que esperar. Si fallase la última ilusión, si se apagase hasta el más pequeño rescoldo del último motivo, todo quedaría plano y oscuro como la noche. Pero mientras están ahí, nos sostienen sin darnos cuenta, nos empujan hacia adelante; la ilusión por nosotros, por los hijos, por el viaje de mañana, por la cena de hoy con los amigos. Nos componemos de ellas en todo grado y categoría, desde ver el triunfo de tu equipo del alma hasta una mejor vida en el más allá, que ha sido siempre la gran ilusión humana por antonomasia.
Recuerdo a un tipo cuyo acto primero de cada día era el de abrir el periódico para leer la columna de su escritor favorito. Al hombre la vida no le había ido precisamente bien; el mundo era para él un lugar hostil, en el que el acto más inteligente que cabía hacer era irse de él de una vez; los amigos, la lealtad, el cariño eran palabras bonitas, pero las reales eran decepción, egoísmo, soledad; hacía tiempo que no sabía lo que era una esperanza, ni siquiera la de tenerlas. Y sin embargo, el breve placer diario que le proporcionaba aquella lectura le bastaba para seguir viviendo. La pequeña ilusión de cada mañana de encontrar un pensamiento con el que identificarse o una afirmación que suscribir interiormente o la frase mágica que parece escrita pensando en el propio estado de ánimo, sostuvieron poco a poco el débil hilo, hasta que todo pudo volver a ser como antes.
Las ilusiones no se comen, pero alimentan, decía un personaje de novela que apenas ya las tenía. El día está lleno de ellas, unas de realización inmediata, otras a distintos plazos, pero todas juntas forman el único entramado que sostiene nuestro vivir. La simple ilusión de tenerlas ya es una buena ilusión. Luego, poco a poco, van muriéndose cumplidas o quizá a veces caídas, pero no importa demasiado, porque otras van apareciendo espontáneamente y nos invitan a seguir tras ellas para conseguirlas. Y al final nos daremos cuenta de que las ilusiones forman el último estado en el que podemos refugiarnos.

miércoles, 27 de noviembre de 2019

Siempre somos culpables

Vamos a pensar en un ciudadano normal, uno de tantos, o sea, uno de los que componemos la mayoría de la sociedad. Uno de esos que camina por la calle a cuestas con sus problemas de cada día, que no tiene más objetivo que el de sacar adelante a su familia y que se siente vulnerable en este empeño. En su empresa hablan de una regulación, le han avisado de que le van a subir el alquiler, le ha dejado temblando la factura de los libros del colegio, pero también sabe el valor que encierran las pequeñas cosas: le hace ilusión reunirse con toda la familia esta Navidad, y hoy mismo se van a ir con un matrimonio amigo a picar algo por ahí. Se levanta cada día temprano para ir al trabajo, vive el día con la rutina de quien hace bandera de la normalidad y piensa en el futuro imaginándolo en función de sus circunstancias actuales, pero vive sobre todo el presente. Es feliz en su pequeño círculo, quizá porque ha renunciado a entender los complicados entresijos de la política mundial con la que le abruman los medios de comunicación. No tiene voz pública ni medios para hacer oír sus ideas. Nadie le pide opinión ni cuenta con él más que para pagar impuestos. No tiene capacidad para influir en nada; si acaso únicamente cuando le llaman para que meta una papeleta en una urna, y aun así temiendo que, vistas las extrañas alianzas que luego se hacen, su voto termine por ir a parar un partido que no le gusta. En fin, un ciudadano cualquiera, uno de tantos, usted, yo, aquel.
No tiene ninguna capacidad de decisión, pero ve cómo desde los lejanos poderes que dirigen nuestras vidas y deciden lo que hay que pensar, le hacen sentirse responsable de todos los males que nos afectan. Primero es crearnos un estado permanente de temor, hacer que vivamos angustiados por la amenaza de algún acontecimiento que afectará de forma irremediable a todo el planeta. Ya en el pasado siglo, la crisis de los misiles, que iba a desencadenar la tercera guerra mundial; en los noventa la guerra del Golfo y el acceso de nuevos países a las armas nucleares; el final del milenio nos traería la amenaza del terrible efecto 2000; luego el agujero en la capa de ozono, que acabaría con la vida por el exceso de radiación; después la devastadora epidemia de la gripe aviar o la del ébola, y en su momento cosas tan pintorescas como el secreto de Fátima o algún asteroide que se acerca para acabar con la Tierra. Pero ahora, además, somos nosotros los culpables de todas las amenazas globales: del cambio climático, de que los océanos se llenen de plásticos y de productos desechables con que nos atiborran cada día, de la tragedia de los inmigrantes en el mar, de la contaminación el aire y hasta de de la extinción del quebrantahuesos. Culpables de admitir una comodidad que nos ofrecen desde todos los altavoces publicitarios y de vivir una forma de vida que nos ha sido dada sin que la hayamos elegido.
Ni temor ni complejo de culpabilidad. Ya que no podemos escapar de quienes nos machacan con sus informaciones mediatizadas, filtrémoslas cuidadosamente antes de aceptarlas; verán cómo lo mejor casi siempre es no hacerles caso.

miércoles, 20 de noviembre de 2019

Progresistas

Sobre todo progresistas. No se les cae de la boca esta palabra a la nueva pareja que ha convertido su hasta ahora arisca relación en un tierno idilio, con abrazo público incluido, para pretender gobernarnos. En cada discurso la sueltan media docena de veces, aun sin venir a cuento; es como la marca de la casa, que hay que machacar, como se hace con la palabra clave de un anuncio publicitario, para que quede inscrita en el subconsciente del elector. En el fondo no es más que la muestra del escaso nivel al que han conducido a la política algunos de sus representantes.
Nos confunden con las palabras y con las frases elaboradas a propósito para calar en la masa acrítica. En la verborrea incesante que nos abruma desde las tertulias, discursos y entrevistas, las palabras pierden su significado y adquieren el que los intereses políticos deciden en su propio beneficio. Se vuelven ambiguas, huidizas, esquivas, a veces incluso sospechosas; ya no responden al concepto que contenían y del que eran soporte. En un proceso de perversión se las desprovee de su sentido etimológico para adaptarlas a la ideología correspondiente y poder utilizarlas como instrumentos a su servicio. Quizá, de todas ellas, la más castigada en su significado es la de progreso. Su origen latino le otorga una etimología muy clara -de progredior: avanzar, ir hacia delante-, pero, como a veces ocurre, el manoseo constante al que se la somete y su empleo partidista han privado de valor a su definición.
Progresar no es en sí mismo ni bueno ni malo si no se dice hacia dónde se progresa. También progresa la enfermedad. Y aún reduciendo su significado al de ir hacia adelante mejorando, sería dudoso que pudiera aplicarse a las ideas que defienden los partidos que se llaman progresistas. Es discutible que pueda llamarse progreso, por ejemplo, a matar a un hijo antes de nacer, algo que ya se practicaba hace miles de años; en este caso más bien cabría hablar de regreso; no entremos en su contenido moral, que eso pertenece al ethos de cada comunidad; quédese aquí en su aspecto semántico. ¿Se puede llamar progreso al empeño de volver a la división de lo que el largo proceso de los siglos unió y tratar de deshacer la nación para regresar a las divisiones medievales del terruño? ¿Tiene algo de progresista la vuelta al desaliño, la grosería y el mal gusto? ¿Puede hablarse de progresismo en actitudes que, si se miran bien, no son más que una moda, una ambición de poder o un cultivo de intereses?
Como la mayoría de autodefiniciones que hacen los políticos, esta de progresista es hueca y aparente, buscando solo aprovechar la hermosa eufonía de la palabra para que quede en la mente de los votantes. Quizá la palabra progreso no sea fácilmente aplicable en los campos en los que la subjetividad se convierte en esencia y sustancia y sólo quepa hablar de progreso en lo referido a la ciencia y la técnica. O tal vez el verdadero progreso sea el que hace avanzar los ideales éticos, las normas morales, la convivencia y el respeto a los demás. Pero en fin, seguiremos oyendo a algunos políticos proclamarse progresistas a cada paso.