miércoles, 16 de octubre de 2019

La sentencia

De todo lo que rodea a la sentencia contra el golpismo catalán, lo que más extraña es que algunos se extrañen de ella. ¿Qué pensaban, que podían salir como si todo hubiera sido la inocente ocurrencia de una alegre chufla pandillera? ¿De verdad creyeron que podían ganar? ¿Ninguno de los doce se paró a pensar que no hay estado en el mundo que no trate de defenderse de quien intente destruirlo? Mira uno esas caras tratando de poner en sus ojos la mayor dosis de asepsia, y ve en ellas una mezcla de absurda autosuficiencia, una gallardía engañosa que nace solamente de la compañía del rebaño, en algunos una expresión disimulada de "qué hemos hecho", y en todos una mirada de héroe desorientado que no entiende la incomprensión de aquellos a los que quiere salvar. Irán a la cárcel con la sorpresa de que el buen propósito no triunfa y con la sensación de injusticia hacia quien ha luchado por un sublime ideal. Pobrecitos; el ruin mundo nunca es generoso con los que se sacrifican por un noble sueño redentor. A uno, que se confiesa un absoluto profano en la cosa jurídica, le parece muy difusa la línea fronteriza entre sedición, insumisión, rebelión, malversación y sus parientes, así que supone que la sentencia también ha de resultar compleja y difícil de contentar a todos. Lo que sí tiene claro es que todo ello tenía como último fin la ruptura de nuestro país y un cambio traumático en su historia; no es de extrañar que a algunos pueda parecerles más liviana de lo que desearían.
Todo en este episodio parece diseñado por algún guionista de serie B: un propósito tambaleante entre el ahora y el más tarde, una planificación sin objetivos troncales que alcanzar de forma inmediata, una ejecución chapucera y unos protagonistas que abarcan todos los prototipos de un manual para conseguir fracasar. Están primero los ilusos, esos que, confiados en la adhesión de las masas y en la promesa de apoyo por parte de ocultas fuerzas, salieron a pecho descubierto y se llevaron todas las tortas; ahora en la cárcel tendrán tiempo de pensar sobre ello. Están también los teóricos, tanto del plan como de la ejecución, caminando en equilibrio sobre el alambre, siempre bordeando la línea entre la libertad y el banquillo de un tribunal; son los nadadores entre dos aguas, que casi siempre salen bien parados de todos los trances. Y están luego los cobardes, los que torean desde el tendido y ordenan desde allí arrimarse al toro. Los más despreciables son los que huyeron ante la llegada de la justicia, abandonando a los suyos; ni siquiera saben lo que es la dignidad.
Pobre Cataluña, tan desacreditada y tan perjudicada con esta gente. Una vez más es ese jugador que siempre pierde, no porque tenga mala suerte, sino porque es un mal jugador; solo hará falta que se coloquen detrás de él a observar cómo juega; verán que no acierta ni una, según dejó escrito con amarga desilusión uno de los suyos. Cuenta Borrow que en un viaje en barco coincidió con unos catalanes que no pararon de hablar ni un momento, y añade: "Estas gentes no se marean nunca, aunque con frecuencia producen o aumentan el mareo de los demás". No sabía él hasta qué punto.

miércoles, 9 de octubre de 2019

El viaje más largo

Si tuviera ocasión de charlar con algún personaje anónimo del pasado, de esos que vivieron su vida oscuramente al lado de algún protagonista de la Historia compartiendo todas sus desgracias y ninguna migaja de su gloria, seguramente elegiría a uno de los dieciocho marineros que volvieron a España después de dar la primera vuelta al mundo. En pocas vidas podría encontrar tanta cantidad de experiencias, ni tan intensas, ni tan singulares, ni tan arriesgadas. Le pediría que me dijera qué recursos se esconden en nuestro interior para salir indemnes de situaciones ni siquiera imaginadas. Cómo es convivir sintiendo la presencia continua de la muerte rondando alrededor, el dolor, la sed y el hambre, la convivencia en un pequeño receptáculo en medio de la inmensa soledad, el perenne temor a lo desconocido, la desesperanza de cada día ante el perpetuo horizonte vacío e infinito, la sensación de divisar tierra; no, esto seguramente no podría explicármelo. Aquellos hombres habían recorrido durante tres años mares de los que nada se sabía, habían cruzado primero el océano Atlántico, luego el inmenso y desconocido Pacífico y después el Índico, todo en un mismo periplo, y al final habían rodeado por primera vez el planeta.
La crónica de este primer viaje alrededor del mundo es la de una epopeya absoluta que deja pequeños a todos los relatos de viajes conocidos, incluyendo el homérico. Fue sin duda el viaje más duro del que tenemos conocimiento; una hazaña casi increíble, en la que no falta ningún ingrediente posible. Primero el descontento de algunos y la rebelión, luego la incertidumbre de hallar el paso hacia el gran océano y la terrible travesía del estrecho hasta salir al gran mar desconocido. Durante esta infinita travesía del Pacífico, el inacabable horizonte parecía presagiar el fin. El serrín y el cuero ablandado en agua de mar eran el único menú diario; una rata se convertía en un manjar muy caro; el agua era tan repelente que había que taparse la nariz mientras la bebían para no tener que olerla; el escorbuto y la desnutrición se erigieron en terribles compañeros habituales. Continuamente arrojaban muertos al mar. Es difícil imaginar tanto sufrimiento o, en el caso del nuevo capitán, Elcano, tanta voluntad y empeño en seguir adelante por la nueva ruta a partir de las Molucas. Ahora no podían tomar tierra por temor a ser apresados por los portugueses. Al final, la "Victoria", con 18 sobrevivientes, espectros esqueléticos, llegó a Sanlúcar. Las crónicas cuentan que la noticia de la hazaña recorrió Europa como un reguero de pólvora, causando asombro y admiración general. La Tierra era redonda. Se habían acabado todas las discusiones.
El siempre comedido y nunca muy generoso con nuestras cosas Stefan Zweig, escribe en su biografía de Magallanes al narrar la singladura en solitario de la “Victoria”, ya con Elcano al mando tras la muerte de aquél: “Este viaje de retorno del gastado y envejecido velero, que ha cumplido un viaje ininterrumpido de dos años y medio de duración a través de la mitad del globo, cuenta entre las más grandes acciones heroicas de la navegación”. Ahora se cumplen quinientos años y a uno le parece que todo lo que se haga por conmemorarlo es poco.

miércoles, 2 de octubre de 2019

La niña de los sueños rotos

En este tiempo en que la información llega a nosotros queramos o no, y nos convierte en sus forzosos sujetos pasivos por mucho que intentemos escaparnos de sus garras, vivimos la sensación de una actualidad en ebullición continua, sin tregua y sin respiro, con un ritmo que parece diseñado para no permitirnos detenernos ni un momento a pensar sobre ella. Ahí están los pacíficos secesionistas catalanes que preparaban explosivos para usarlos con la paz de los hombres de buena voluntad, o la aparición de un nuevo partido por el ala izquierda, o el trascendente problema de un cambio de tumba, o el monumental embrollo de los ingleses con su 'brexit'. Pero la reina de los noticiarios de estos días fue esa niña sueca, Greta, que dice que le robamos la infancia y que le rompimos un sueño que tenía. Pobrecilla. Siempre dan pena los sueños rotos, y más si son sueños de salvación planetaria. Se saltó el colegio, cruzó el Atlántico en un velero para no contaminar el aire, puso cara de pariente de la niña de "El exorcista" y soltó a los dirigentes políticos de todo el mundo una reprimenda en la que no resultaba fácil distinguir si era mayor el efecto de los tópicos que decía o de la sobreactuación que los acompañaba. Eso sí, luego regresó en avión.
Todo en este asunto del cambio climático parece una masa confusa de buenas intenciones, realidad científica, afirmaciones falsas, oscuros intereses, propósitos inconfesables y ribetes de espectáculo mediático. Esa niña, afectada de un trastorno neurológico y mal orientada, es un instrumento más al servicio de una causa de noble aspecto y dudoso contenido, que, tras el efecto producido por esta exhibición histriónica y sentimentaloide, quedará arrumbado en el olvido, como los demás. Desde luego, hay un hecho indiscutible: el cambio climático existe; se está comprobando día a día. Y hay otro tan incontestable como ese: que se ha estado produciendo siempre. Desde el momento de su creación la Tierra ha sufrido etapas sucesivas de glaciaciones y calentamientos, y ahora estamos en uno de estos. Conocemos, y hasta les pusimos nombre, todos los períodos glaciales, seguidos de épocas cálidas. Hay constancia, por ejemplo, de que en otro tiempo el actual desierto del Sahara estaba cubierto de bosques y sabanas, y se espera que vuelva a ser verde dentro de unos 15.000 años. Los expertos achacan esta oscilación climática a varias causas, como las variaciones orbitales del planeta o la modificación de la inclinación del eje de la Tierra, que varía cíclicamente con un período de unos 25.000 años.
O sea, que aunque cerrásemos todas las industrias, aunque volviéramos a las carabelas y cambiáramos los coches por diligencias y los aviones por parapentes, el cambio climático seguiría su curso sin inmutarse, porque es inherente al planeta. Por supuesto que hemos de luchar por cuidar la casa que nos acoge procurando conservar su paisaje y mantener limpios su aire y sus aguas, pero ella misma se mueve por leyes que no está en nuestra mano modificar. No nos demos tanta importancia. El cambio climático existe, pero ni lo hemos producido nosotros ni lo podemos detener. Solo no empeorarlo.

miércoles, 25 de septiembre de 2019

Un día de paseo

A medida que las nuevas tecnologías avanzan en poder y capacidad, comienzan a surgir interrogantes en la visión del pequeño trozo de realidad que nos rodea y que hasta ahora había sostenido nuestra forma de pensar y actuar. Nos dejamos seducir por ellas hasta la veneración idólatra, les entregamos nuestro tiempo y nuestra confianza, nuestra capacidad de pensar, nuestra credibilidad y nuestra renuncia a explorar otras vías de conocimiento, les damos todo lo mejor que tenemos, y a cambio hacen innecesaria nuestra facultad de razonar, nos convencen de que sus contenidos son dogmas indiscutibles, limitan hasta el extremo nuestras relaciones personales y, sobre todo, nos convierten en elementos en serie, embarcados en un proceso de deshumanización del que ni siquiera somos conscientes.
Me lo decía no hace mucho alguien a quien apenas conocía, pero que era evidente que necesitaba hablar. El hombre se había quedado viudo y por un tiempo había encontrado en la soledad un buen refugio para su dolor, pero ya comenzaba a pasarle la cuenta. Sintió la necesidad de airearse y tener algún contacto con la vida. Decidió coger el coche y salir a vagabundear por ahí para ver otras gentes y otros pueblos y distraerse durante un día.
-Antes de salir fui a sacar dinero al cajero automático. Llegué al peaje de la autopista y la cabina estaba vacía; había que pagar con tarjeta. En la gasolinera tampoco había nadie; tuve que hacer de empleado sirviéndome a mí mismo y pagar otra vez con la tarjeta. Paré en un restaurante de la carretera y resultó ser un autoservicio; nadie me saludó ni me preguntó ni qué quería; cogí algo y lo comí en silencio. En el garaje donde dejé el coche nadie me atendió, ni para darme el ticket al entrar ni para pagar al salir; un botón y una ranura para tarjetas. Al final me di cuenta de que había pasado todo el día sin oír una voz humana dirigiéndose a mí.
Esta cuarta o quinta revolución tecnológica, la de los bytes y los algoritmos, añade a las consecuencias de las anteriores, como la destrucción de empleos o la incertidumbre por el futuro, un nuevo elemento aún más inquietante: su capacidad de alienación, la terrible sospecha de que parece haber un designio global empeñado en absorber nuestras voluntades y restringir a su conveniencia nuestra condición de hombres libres. La uniformidad de opinión y de conducta es el objetivo; la corrección política que dicta no se sabe quién. Nos quieren convertir en partes alícuotas seriadas, aisladas cada una en su burbuja autosuficiente, dependientes de un orden que impone un pensamiento único y dirige nuestras mentes según sus intereses. En la empresa el ser humano tiene perdida la batalla frente a la despersonalizada eficacia de un programa; en la calle hay que andar sorteando a los que van como zombies con la vista fijamente clavada en la pantallita. Y hay que ver lo que podemos perdernos. Nos lo recuerda un escritor inglés al que ya nadie echa de aquí: "Lo que hace al mundo hispano superior al anglosajón: el saber vivir, el utilizar el tiempo trabajando lo justo e invirtiendo la energía ante todo en disfrutar todo lo posible de lo mejor que ofrece nuestra breve travesía por la Tierra, la simpatía, la alegría, la familia y los amigos".

miércoles, 18 de septiembre de 2019

Amargas lluvias de otoño

El tópico otoño caliente trae este año un añadido de tragedia ante la que pierden toda su falsa prestancia los vaivenes de los políticos en su interminable regateo por los sillones del poder. Una maldita gota fría cayó sobre las tierras levantinas, sumergiéndolas en un mar de agua y dejando sobre ellas algo parecido a las terribles imágenes que nos llegan a veces desde las tierras tropicales castigadas por los monzones. Ciudades y campos, carreteras, vías, coches, casas, recuerdos, testimonios del pasado y proyectos de futuro apenas iniciados han quedado sumergidos, sin más esperanza que la que pueda derivarse de que, cuando las aguas se retiren, lo que se encuentre no sea tan terrible como lo que se teme. Las cifras de la devastación parece que van a ser enormes, aunque todas ellas no pueden comprarse con las pérdidas dolorosamente irreparables de quienes no pudieron escapar de las aguas enloquecidas.
Los golpes de la naturaleza siempre nos causan una obligada y morbosa admiración, justamente por hacernos sentir la realidad de nuestra absoluta impotencia ante ellos. En el caso de los fenómenos meteorológicos, los expertos dan explicaciones y se esfuerzan en hacer predicciones, pero siempre cogen desprevenidas a las poblaciones que azotan, sorprendiendo a sus habitantes en sus tareas cotidianas sin que tengan tiempo de planificar una respuesta. No debe de ser fácil. Los caprichos de las nubes son eso, caprichos; no obedecen a ninguna ley, no cabe evitarlos ni apenas prevenirlos con garantías de tiempo suficiente. Naturalmente, la culpa de estas inundaciones la tiene ese nuevo mantra de todas las desgracias que es el cambio climático y, por tanto, nosotros por ser sus causantes, cuando lo cierto es que las gotas frías sobre el Levante español no son precisamente de ahora. Aún muchos recordarán aquella devastadora riada de 1957 en Valencia, que causó 80 muertos y propició que se desviase el cauce del río Turia de la ciudad para que no se repitiera la catástrofe; cinco años después, en la provincia de Barcelona, la tragedia fue mucho mayor: mil muertos en apenas tres horas. Y hay noticias de unas cuantas de efectos semejantes a lo largo de los siglos.
En ese campo de desolación, en el que vidas y haciendas están a expensas de unas circunstancias que pueden cambiar a cada minuto, la única mirada de esperanza que les queda a los afectados es la que se dirige a la solidaridad y la eficacia de las ayudas, y en eso siempre sabemos estar a la mayor altura. Abnegación, esfuerzo, sacrificio, competencia y generosidad en la entrega. No solo los que tienen como misión ayudarnos -Guardia Civil, bomberos, UME-, sino también los voluntarios que se ofrecen desinteresadamente, ofrecen lo mejor de sí mismos hasta más allá de todo deber. Somos una sociedad fuerte, cohesionada por sólidos valores de solidaridad y generosidad, que son el poso de muchos siglos de trayectoria común, y que salen a flote en los momentos de adversidad. Qué pequeños parecen aquí los oportunistas de la división y los medios que les jalean.

miércoles, 11 de septiembre de 2019

La gloria deportiva

La gloria deportiva es la más temprana y la más difícil de sostener de todas las glorias. También quizá la más explosiva, por su impacto en un momento concreto, y podría decirse que la más inoportuna, porque habitualmente llega en plena juventud, cuando la vida aún no ha permitido madurar los mecanismos de relativización que la sitúe en su lugar justo. La propia naturaleza del deporte hace que la fama, si llega, haya de venir a una edad pronta, en plena juventud, según una ley inexorable que marca la naturaleza. Es, además, una fama efímera, llena en el mejor de los casos de resplandores deslumbrantes, pero tan fugaces que apenas sobreviven a la ocasión que los originó. Las proezas se suceden cada vez en un grado más alto, las marcas se superan en cada prueba, la máquina mediática en seguida vuelve la espalda para arrimarse al nuevo sol que brilla y lo que fue una hazaña bien glosada cae en el olvido, y con ella el nombre de quien la realizó. Llega el vacío.
En torno a los treinta y pocos años, cuando el cuerpo comienza a decir basta y llega la hora de escuchar el último aplauso y de decir adiós definitivo a la emoción de la lucha por el triunfo, aún quedan muchos años de vida por delante, pero ya sin la seguridad de que te van a reservar una mesa en cualquier restaurante y sin ver ninguna alusión ni siquiera una cita en las páginas de la prensa deportiva. Es duro comprobar que el momento ha pasado para siempre y que las nuevas generaciones ya no conocen ni el nombre, si acaso por oírlo como pregunta en algún concurso. Y quizá lo más desolador sea que, a diferencia de lo que ocurre en otras actividades, ya no va a haber jamás la posibilidad de intentar repetir otra hazaña que traiga de nuevo la gloria. Nunca se ha manifestado con tanta brutalidad la dependencia del ejercicio competitivo del deporte del aspecto material del ser humano.
En toda adversidad el infortunio más desgraciado es haber sido feliz, nos dejó dicho uno de esos clásicos. Cuando se ha conseguido todo ya no hay nada por lo que luchar, y si se consigue de joven queda luego una larga travesía en la que acecha el desengaño, la soledad y la incomprensión. Ya se ha dejado de ser un modelo y ahora ese papel ha pasado a otras manos. Cuando eso se combina, como es frecuente, con problemas económicos o con una tendencia depresiva, el resultado suele ser trágico. Hay casos en todos los deportes y en todos los lugares; algunos aquí entre nosotros, que están en la mente de todos: Ocaña, Rollán, Urtáin, Blanca.
Por fortuna son mayoría los que no dan más importancia a sus éxitos que la relativa que tienen y que son en todo momento conscientes de la breve transitoriedad que los acompaña. Que se preocupan de formar en paralelo un castillo interior que luego les prevenga de los ataques de la añoranza de la gloria ya ida y de la frustración del tiempo presente. Una sólida formación, una carrera alternativa que permita el ejercicio en otros campos o una actividad relacionada con el propio deporte, aunque ejercida en un segundo plano y sin ocupar titulares, son los mejores remedios contra la disfunción temporal que trae consigo la gloria deportiva

miércoles, 4 de septiembre de 2019

Los ingleses

Estos ingleses, tan rutinarios ellos que Heine los llamó los dioses del aburrimiento, tienen de vez en cuando explosiones de jovenzuelos caprichosos, sorprendidos de que el mundo haya dejado de adorarlos; gestos de rebeldía grandilocuente y pretendidamente trascendente, pero todo impostado, sin más soporte que la negativa a aceptar la realidad de los tiempos actuales y el empeño en seguir viviendo de las añoranzas del imperio. Entonces miran hacia dentro, descubren que prefieren tomar el té de las cinco solos que unas cuantas pintas de cerveza en compañía obligada, y deciden marcharse de la aldea común y levantar una valla en torno a su casa; eso sí, dejan alguna puerta, pero solo para dar salida a los productos que esperan seguir vendiendo a la aldea que rechazaron.
De los ingleses pueden admirarse muchas cosas, además de aquel gesto de enviar cien libras a Beethoven, que fue, según Bernard Shaw, el único hecho honroso de toda la historia de Inglaterra; claro que Shaw era irlandés. Han aportado a la cultura occidental un importante acervo en todos los aspectos de la ciencia, la creación artística, la filosofía, el conocimiento geográfico, la política o el deporte, hasta el punto de que todos, en mayor o menor grado, hemos sido influenciados por su acción cultural. Les debemos buena parte del teatro moderno, de la novela de humor, de aventuras y de intriga, hallazgos científicos decisivos, novedosas teorías filosóficas, vanguardias musicales o el parlamentarismo entendido como eje permanente del sistema democrático. La lista de personajes importantes es amplia y forma una lista de nombres que están en la mente de cualquiera, por ignorante que sea. Tienen fama por su fino sentido del humor y por su imperturbabilidad ante las circunstancias adversas, pero también por su hipocresía y su desdén hacia todo lo que haya nacido al otro lado del canal, que ya se sabe que cuando se embravece deja al continente aislado. Su insufrible aire de superioridad se alimenta de su facilidad para apropiarse de méritos ajenos y de convertir en motivo de orgullo actos que en otros sitios se verían como vergonzosos. Cuentan con una especial habilidad para ocultar sus fracasos y desmanes, y una proverbial capacidad para criticar a los demás lo que ellos mismos hacen en grado aún mayor. Los viajeros de mirada aguda no los dejan bien parados. Heine habla de "su curiosidad sin interés, su pesadez aderezada, su descarada estupidez, su egoísmo". Santayana ve el país como "el paraíso del individualismo, la excentricidad, las anomalías y las aficiones" y nuestro Moratín señala que lo que "los hace fastidiosos es el orgullo; pero tan necio, tan incorregible, que no se les puede tolerar".
Ahora se han encerrado en un laberinto sin atisbar la salida. La tierra de Locke, Hume y toda la familia del empirismo filosófico se ha dejado arrastrar hacia una entelequia sin líneas definidas. La campeona del parlamentarismo ha bloqueado el suyo para que un tipo extravagante se salga con la suya. En el despacho de Churchill se sienta ahora un tal Johnson, y sobre el canal que lo separa del continente la niebla se vuelve cada vez más espesa.

miércoles, 28 de agosto de 2019

Notas de agosto

Se acaba agosto y con él el verano, porque septiembre ya nos suena a otoño, a otro curso, a hojas caídas y a colores de bosque cansado. Se acaba agosto y la actualidad dejará pronto el tono entre anecdótico y superficial con que cubre el vacío que deja la política y volverá a rendirse casi exclusivamente a la actividad y a las andanzas dialécticas de nuestros dirigentes, y más cuando se vislumbra un otoño de esos que llaman calientes, que son casi todos, según se dice cada año. Y eso que el mes de agosto ha sido pródigo en hechos significativos, algunos endémicos del verano y otros que parecen llevar camino de serlo. Han reaparecido los incendios de cada año, ahora en zonas más sensibles por su importancia ecológica, como la selva del Amazonas o aquí, entre nosotros, el interior de Gran Canaria; ha habido las huelgas veraniegas habituales, pensadas para fastidiar las vacaciones a los que las llevan esperando todo el año; ha habido hasta un obsceno intento de linchamiento de nuestro español más universal por parte de las oscuras fuerzas del "me too" americano, que esta vez han tenido una firme y justa respuesta por parte del público europeo.
El protagonista del mes fue, sin embargo, ese destartalado barco de una de las oenegés que se dedican a recoger y traer a Europa a todo el que se haya perdido en su camino hacia ella. Italia le negó sus costas, el retorno a su puerto de salida por lo visto no era posible, y la situación se convirtió en una emergencia de carácter humanitario hasta que se encontró una solución de última instancia, que no parece contemplar que la situación se va a repetir mil veces. Naturalmente, han vuelto a alzar la voz los eternos autoflagelantes que nos hacen responsables a los europeos de todo el mal que acontece en los otros cuatro continentes. Es evidente que en casos de tanta magnitud como este de inmigración masiva la responsabilidad está repartida y salpica en diversos grados a muchos, pero está claro que en primera instancia tiene un carácter más bien endógeno; reside en factores internos, como la invertebración social de estos países, en su profunda corrupción institucional, en el error de aplicar terapias colectivistas y proteccionistas, en la escasez de inversiones en infraestructuras y en el empleo de una gran parte de los recursos en absurdos gastos militares. Puede que la medida más eficaz fuese que en vez de sus ciudadanos emigrasen sus dirigentes.
Casi al mismo tiempo se han reunido en Biarritz en su cumbre anual los siete que mandan, al menos nominalmente, en nuestros actos y nuestros dineros. Hay miedo a una nueva recesión mundial por la guerra comercial entre chinos y americanos, pero ya aprendimos que no cabe esperar que de estas cumbres salga alguna solución. El objeto de la ciencia económica es la sociedad, ya se sabe, pero resulta inevitable el uso de la economía con fines políticos. Lo que nunca falla es el espectáculo que monta en torno a la reunión esa mezcolanza de elementos variopintos que van desde los fanáticos antisistema hasta los descerebrados naturales y que únicamente parecen seguir el lema de "destroza, que algo queda". Solo con verlos ya merece la pena desear suerte a la cumbre.

miércoles, 21 de agosto de 2019

El fondo del mundo


Atardecer en el mar Muerto

Si algún lugar tiene el privilegio de quedar grabado en la memoria del visitante con afán de permanencia es esta enorme hondonada desnuda, en cuyo fondo se aposienta el lago más extraño del mundo: el Mar Muerto. Nada aquí es normal. Este es el punto más hondo del planeta, a 400 metros bajo el nivel del mar, la masa de agua más salada y la mayor extensión sin vida de toda la Tierra. Un litro de su agua pesa 1.275 gramos, lo que le da una densidad tal que hace que los cuerpos floten como corchos. La tópica imagen de un bañista leyendo el periódico tumbado en su superficie es real. No tiene más aportes de agua dulce que unos cuantos arroyos que sólo tienen agua cuando llueve y la mísera contribución del Jordán, que el pobre poco puede dar. En realidad, se trata de un lago de 75 kilómetros de longitud, hundido en una gran depresión y rodeado por un paisaje de laderas desoladas. Un lugar extraño, bien conocido por la Biblia, en la que aparece casi siempre asociado a dramáticas historias, incluyendo la destrucción de Sodoma y Gomorra. Hoy este mar sin vida, centro de un entorno sobre el que parece flotar la sombra de alguna maldición, se está tratando de convertir, tanto en su parte jordana como en la israelí, en un centro de atracción turística, aprovechando su singularidad y, sobre todo, las cualidades de sus aguas; de sus fondos se extrae barro para conservar la piel joven, y con sus sales se elaboran jabones y productos de belleza muy apreciados. Las playas son de arena dorada, muy fina, y algunas están acondicionada para que el visitante disfrute en lo posible de ellas: una pasarela que sortea las afiladas rocas, tumbonas, parasoles y, algo muy importante, una manguera de agua dulce para lavar rápidamente los ojos en caso de que entren en contacto con el mar.
Las quietas aguas brillan con un azul intenso bajo el sol de la mañana. Desde la costa oriental se ven perfectamente en la orilla opuesta los caseríos de Jericó y, algo más allá, Jerusalén y Belén. El mar está totalmente quieto. Es una insólita experiencia vivir su presencia: su turbadora quietud, su aspecto oleaginoso, denso, profundo, muerto. Ni una embarcación, ni una onda en su superficie, ni un ave que vuele sobre él. Esto es el fondo del mundo y el reino de la sal, donde nada se mueve, ni la brisa. A veces se rondan los 50º y el sofoco casi impide respirar. Qué lejos parece todo en este paraje que difumina todas la sensaciones que nos unen a la normalidad de nuestro entorno habitual, qué ajenas las percepciones de siempre y qué extrañas divagaciones surgen sin pretenderlo sobre nuestra relación con el planeta que habitamos.
Apenas caída la tarde, el sol comienza a hundirse rápidamente sobre las montañas lejanas, iluminándolo todo con una luz dorada que parece que sólo puede darse aquí. El día se despide con un adiós misterioso, como no podía ser de otra forma. La inmóvil superficie de las aguas se vuelve aún más inquietante. Lo mejor es sentarse en una roca a sentir este mar, envuelto ahora en una profunda negrura en la que el único signo de normalidad son las estrellas, que aquí parecen brillar como en ninguna otra parte.

miércoles, 14 de agosto de 2019

La chuleta y el clima

Ahora que los agoreros de la ONU nos aconsejan mirar bien lo que comemos, o sea, que comamos lo que ellos nos digan, que para eso son los que más saben, casi dan ganas de apartar a un lado la tapa de la caña y decirle al camarero que nos la cambie por una hojita de perejil. Que si seguimos comiendo lo que nos dé la gana acabamos con el planeta, que ya está bien de tanta carne, que las vacas, aunque ellas no lo sepan, tienen mucha culpa de esto, que la ganadería ocupa muchas tierras y que con todo eso estamos subiendo la temperatura de nuestra única casa que no sé a dónde va a llegar. Así que cada vez que comamos una chuleta hemos de hacer un acto de contrición y sentir un intenso arrepentimiento con propósito de enmienda. La carne es el arma destructiva del clima, o al menos una de ellas. O sea, menos jamón y más repollo, si no queremos tener veranos tan calientes.
Esto del cambio climático parece haberse convertido en el gran pretexto para justificar todo tipo de imposiciones, ideologías y decisiones; fíjense, hasta para dictarnos lo que hemos de comer o no. Que se está produciendo es evidente; que nosotros tengamos algo que ver es más dudoso. En sus cuatro mil millones de años de existencia la Tierra ha vivido en un continuo cambio climático. A un período glacial intenso sucedía otro de calentamiento, y ahora estamos en uno de esos períodos tras la última glaciación, la würmiense. Vivimos en un período interglacial, y por tanto de calentamiento. Decir que somos nosotros los causantes es atribuirnos un poder que seguramente no tenemos. Nos creemos más de lo que somos. ¿Los humos y gases contaminantes? Hay teorías que afirman que nuestro planeta tiene capacidad para regenerarse a sí mismo y que sus propias emisiones forman parte de ese proceso; desde luego, la actividad volcánica a lo largo de tantos millones de años lanzó y lanza más gases a la atmósfera que toda nuestra acción humana, y aquí seguimos. No parece creíble que, aun en el caso de que lográsemos eliminar toda actividad humana se detuviera el proceso de calentamiento global. O sea, que el clima ha hecho siempre lo que le dio la gana en este planeta desde el primer momento hasta ahora, y quizá no debamos creernos tan presuntuosos como para afirmar que tenemos capacidad para modificarlo de modo esencial.
Como es verano y uno suele aprovechar estos días para releer a algunos autores, se reencuentra esta vez con Stuart Mill, que ya en su tiempo sacaba una conclusión: que vivimos una época en que el individuo está sometido a la dictadura de una sociedad que nos dicta la normalidad, nos esclaviza a sus opiniones y nos fija las normas de nuestra vida, y todo por nuestro propio bien, que conoce mejor que nosotros mismos; y ya no es solo el gobierno el que dirige nuestras vidas, sino la opinión pública, que se convierte en una verdadera tiranía que anula la libertad de pensamiento y de expresión. Parece que seguimos en ese punto.

miércoles, 7 de agosto de 2019

Ruta por el pasado

Monasterio de Moreruela
Hay viajes para todos y formas de satisfacer cualquier espíritu que salga en busca de emociones, especialmente en este tiempo de verano, en que parece que se afinan nuestros deseos de novedades que rompan la rutina del resto del año. No es preciso alejarse mucho; pueden estar ahí, sencillas y cercanas, pero cargadas de fuerza interior, esa fuerza intensa que solo puede dar el largo paso de los siglos. Sentado en un muro que parece resistir con el vigor que aún le queda la fuerza destructiva del tiempo, uno piensa que en España bien podría crearse una ruta de los monasterios en ruinas. Desde luego, nombres no faltarían. España es una nación de larga andadura y abundantes vicisitudes, y refleja en su cuerpo las huellas de la espiritualidad con la que las hizo frente. En las llanuras solitarias, en lo más oculto de valles aislados, escondidos en las laderas de las montañas o buscando el cobijo de los bosques, a menudo desapercibidos y casi siempre próximos al rumor del agua y alejados del rumor de los hombres, los viejos monasterios nos ofrecen los restos de su pasado esplendor como una invitación a entender un tiempo que nos resulta cada vez más alejado en nuestra comprensión del mundo. Sería tal vez una ruta para espíritus becquerianos o para almas melancólicas; acaso para estudiosos del pasado, sin más, o quizá para quien tuviera como lema aquello de sic transit gloria mundi. Lo que es seguro es que no habrían de faltarle visitantes.
Seguramente sea Moreruela, en tierras zamoranas, el mejor punto de partida en ese camino de búsqueda. Aquí el Císter levantó la obra primera y señera de su presencia en España: el gran monasterio de Santa María. Su templo se concluyó en 1168, aún antes de las abadías de Claraval y Císter. Como casa madre de la Orden, gozó de un poder inmenso sobre cuerpos y espíritus, del que es fácil hacerse una idea con sólo contemplar sus restos. Quedan en pie algunas dependencias monásticas, como la sala capitular, y sobre todo el gran ábside de la iglesia, con su magnífica girola. Es una arquitectura monumental, de asombrosa perfección técnica por su gran complejidad, y al mismo tiempo severa de aspecto, debido a la desnudez decorativa, tan propia del Císter. En el exterior, la gran cabecera se articula mediante un juego de volúmenes escalonados que le dan un aspecto austero y majestuoso, resaltado aún más por la soledad que lo rodea. Las leyes desamortizadoras se encargaron de convertir este inigualable conjunto en el campo de sombra y silencio que es hoy. Aunque, quién sabe, puede que ahora resulte más impresionante. Al atardecer, cuando las cigüeñas ya miran sólo hacia el nido y la luz rojiza del sol agranda los huecos, las ruinas de Moreruela parecen más que nunca la plasmación perfecta del media vita in morte sumus. Por el verano, los campos que rodean el recinto se convierten en un mar de amapolas.
San Pedro de Arlanza, en Burgos, puede ser otra sugerente parada. Allí, en un amplio claro junto al río, se encuentra lo que queda del gran monasterio que vivió días de gloria y poder. Luego, otra vez la Desamortización y la ruina. Y lo mismo en Veruela, Sandoval, Carracedo, Bonaval, Monsalud y otros muchos, cada uno con mil cosas que contar al visitante.

miércoles, 31 de julio de 2019

Ese objeto pequeño y llevadero

Pues ahora sabemos que por mucho que viajemos y veamos y nos deslumbren brillos novedosos, no saldremos de aquellos primeros libros que leímos. Tampoco de los segundos, ni del último, el de anoche mismo, pero acaso todos sean consecuencia de aquéllos. Ay, amigo, qué seres más extraños y poderosos estos, porque seres son, por más que ni respiren ni suden ni exijan ni alboroten. En una buena medida somos como somos por lo que sabemos, y sabemos lo que leímos. O sea, por los libros. Ya dijo alguien que el destino de muchos hombres depende de que haya habido una biblioteca en su casa paterna.
Este objeto pequeño y llevadero como un pensamiento es compañía, placer, consuelo, incitador de fantasías y creador de realidades gozosamente metafísicas. Una reunión de don Quijote, Hamlet, don Juan y Ana Karenina en torno a una mesa nos parece mucho más real que la de bastantes políticos, pongo por caso. Y mucho más interesante. A ver quién tiene tal poder sobre el delicado mecanismo que dibuja y desdibuja la realidad.
- ¡Ah de la vida!... ¿Nadie me responde?
Le responden un millón de ojos agradecidos por cosas como esos dos tercetos suyos de aquel soneto inolvidable, don Francisco. Gracias a ellos uno siempre se ha atrevido a afirmar públicamente y cuantas veces hiciera falta, que una palabra vale más que mil imágenes. Y le aseguro que nadie me ha replicado todavía.
El libro es la posibilidad de un diálogo a solas con quienes han sabido y saben bastante más que nosotros. Con él se entra en conversación con los difuntos y se lee con los ojos a los muertos, es cierto, don Francisco. Y además, es silencioso y permanente como ningún otro amigo puede serlo. Y encima puede ser increíblemente bello. Y tremendamente poderoso. ¿Alguien ha visto que el contenido de alguna obra de arte cambiara el curso de la Historia, modificando el pensamiento de la humanidad? Pues hubo libros que sí. Quizá no exista arma de mayor alcance, y sin embargo, cómo no preferir el libro de palabra sencilla, humilde, casi intranscendente, no importa, pero acariciadora y mansa.
- ¿Qué leéis, mi señor?... Palabras, palabras, palabras.
Sí, sir William, palabras donde aprendemos que somos de la misma materia de que están hechos los sueños. A veces parece que hay que recordárnoslo para sentirnos sublimes y que el mal aire de la desesperanza no se asiente en nuestros escondrijos. Sólo por eso, amigos, sólo por eso, valdría más una línea de ese cariz que el centón de solemnes vaciedades que tenemos que escuchar cada día desde tantos púlpitos como nos hablan. La felicidad es tener una biblioteca que dé a un jardín, fue dicho. Que cada uno se siente y piense qué quedaría de él si le quitaran todo lo que aprendió en los libros.
El libro incita, excita, suscita, mueve y conmueve, hace reír y llorar, cambia amarguras por licor suave, ilumina, enseña, muestra y demuestra, da alas a la imaginación más gris, suaviza soledades y abre ventanas con vistas de lejanos horizontes. En el libro, los escenarios y las caras de los personajes son como uno quiere que sean, y no como quiera un señor de Hollywood.
- Yo he dado en Don Quijote pasatiempo al pecho melancólico y mohíno.
Ya lo creo, don Miguel, y en qué medida. El espectro lapón o japonés de su hidalgo está más vivo que todas las figuras bien definidas de tantos pretenciosos, y no digamos que esos cuerpos clónicos y millonarios de ahora, esculpidos por la publicidad. Y algo más que pasatiempo fue, no me diga, que en pocos sitios tenemos los hombres una palabra dirigida particularmente a cada uno como en su historia de locos y cuerdos. Esa inmensa suerte de tener un idioma universal que nos permite leer a grandes autores en su idioma original, qué poco valorada. Qué ganas de traducir a veces sin motivo.
Luego está el cuerpo, papel, sólo papel. Y tinta, claro; puede que algún material pretendidamente noble en las cubiertas, pero en definitiva sólo papel. Y sin embargo, pocos objetos cotidianos arrastran tanto la necesidad de un acercamiento sensorial. Al libro hay que verlo, tocarlo, olerlo, sentir en la yema de los dedos el cortante filo de sus páginas. Que nadie tema por su querida figura, porque ni los ebooks ni todas las macanas digitalizadas van a poder con él; les falta carácter sensual.
- No soy nada, no lo seré nunca. Esto aparte, tengo en mí todos los sueños.
Y yo, señor Pessoa. Los sueños que me brindáis cada vez que os abro una tarde de lluvia, melancólico el corazón y un algo abatido por cualquier mal aire de la vida. Las sombras que a veces se nos cuelan por dentro tienden a esfumarse cuando se las llama por su nombre exacto, y ese nombre puede que nos lo dé un libro. El lector, que suele ser alma cabal y bien nacida, sabrá siempre agradecerlo, porque no se le escapa que pocas cosas hay más fáciles de soñar y más difíciles de hacer que un libro.
Y al fin, de todos los libros que hay en el mundo sólo habré leído unos pocos. La vida es pequeño recipiente para mar tan grande de sensaciones, pero quién sabe. Yo también imagino el paraíso bajo la especie de una biblioteca.

miércoles, 24 de julio de 2019

Aquella noche de luna

Está ahí al lado, a algo más de un segundo/luz, una distancia tan ridícula en el Universo que preferimos expresarla en kilómetros, y sin embargo es el viaje más largo que ha logrado hacer el hombre en toda su historia. Casi un viaje de familia, porque en definitiva no fue más que visitar un pedazo de nosotros que prefirió seguir su propio camino aun a costa de quedarse sin el azul del mar y sin la vida misma. Ay, Luna, cuántas cosas perdiste en aquella noche de hace cincuenta años, en que supimos de una vez para siempre que no mereces la pena. Estabas en tu cuarto creciente, en la que quizá fuera tu última noche de musa de poetas y anhelo de enamorados, acompañándonos en aquellas horas vacías de sueño, sin percibir que la niña de ojos vivos que vierte fuego blanco, que dijo el poeta, estaba dejando de ser doncella para convertirse en un cadáver descarnado, hecho tan solo de polvo y piedra. Qué decepción después de tantas miradas interrogantes, de tantos suspiros resignados y tantas interpelaciones como compañera intemporal de nuestras vidas. Esa noche supimos que la belleza exige distancia y que la sugerencia, sobre todo cuando está hecha de luz, siempre es más sugestiva que la realidad.
Seguirás alzándote rotunda sobre nosotros, seguirás siendo testigo indiferente de nuestras noches en vela y hasta seguiremos tratando de buscarte en el mismo jardín, como cuando te teníamos por confidente y diosa, pero ya hemos dejado de preguntarnos qué misterio se oculta en la palidez de tu resplandor y si alguna vez has cobijado algún latido en esa hermosa casa que nos enseñas, porque esa noche también confirmamos la absoluta soledad que te habita. Seguirás moviendo cada día el mar a tu capricho y siendo para nosotros tan inalcanzable como siempre, suspiro de toros enamorados y desesperación de pinceles ambiciosos, y te seguiremos teniendo como esa pequeña compañera que hace que no nos sintamos tan solos en la inmensidad que nos rodea, pero tu hechizo se nos ha quedado roto para siempre.
Quizá nunca la ciencia llegó tan lejos en su papel de romper hechizos, pero es eso, ciencia. Has sido utilizada como demostración de nuestra capacidad para asomarnos al universo insondable. Aquella noche perdiste casi todo lo que tenías y en cambio nosotros ganamos la certeza de nuestra capacidad de enfrentarnos a lo hasta entonces impensable y una autoafirmación de nosotros mismos como especie trascendente. Por primera vez habíamos puesto los pies sobre algo que estaba fuera de nuestro planeta, aunque fuese en esa cercana y humilde compañera que nos sigue en nuestro eterno girar en torno al sol. Y ganamos también en conocimientos técnicos que dieron un impulso a nuestro progreso posterior en muchas ramas científicas, en experiencia para futuros objetivos espaciales y en especulaciones racionales sobre la normalización de los viajes y hasta sobre una futura colonización. Pero eso no importa. Tu imagen en medio de la oscuridad es la de nuestro destino. Te seguiremos mirando cada noche, y tu brillo reflejado en el agua de un charco de lluvia seguirá siendo una buena metáfora de nuestra existencia.

miércoles, 17 de julio de 2019

Fiestas

El verano viene a ser ese gran patio de recreo que el año nos concede para desarrollar nuestras necesidades de especie de homo ludens. El sol abre las puertas a los impulsos más placenteros y alienta los afanes lúdicos que todos tenemos escondidos en algún lugar. Es la hora de la calle, de echarse a ella con el pretexto de alguna reminiscencia histórica, real o inventada, o de cualquier forma de competición, y crear un ambiente colectivo de jolgorio que al mismo tiempo señale nuestra personalidad. Y así, España entera es un muestrario de fiestas a cual más pintoresca, y da igual por donde se vaya, por el norte, el sur, el centro o cualquier lado. En todo momento, en algún lugar, siempre habrá un pueblo engalanado, haciendo las cosas más extrañas para divertirse.
Uno mira el catálogo de las fiestas veraniegas de nuestros pueblos y se queda convencido de que este es un país imaginativo como ninguno a la hora de encontrar modos y pretextos para pasarlo bien. No cuentan aquí las de las grandes ciudades ni esas que tienen fama mundial y valor de documento de identidad de su lugar, sino las nacidas de alguna vieja tradición o de una humilde historia de pueblo y que no suelen tener más recursos que el empuje y el entusiasmo de ese mismo pueblo. El abanico de muestras es de lo más variopinto, y eso que han ido desapareciendo las que tenían que ver con el maltrato animal. La preferencia, desde luego, va por las batallas de eco histórico; se ve que hay mucho que recordar; batallas sobre todo contra los romanos, bien de astures, de cántabros, de cartagineses o de cualquier pueblo que se crea que puso en apuros al Imperio. Están también las de moros y cristianos, las que celebran las invasiones de los bárbaros y de los vikingos y otras en las que se recrean justas medievales. Las hay que procuran evitar alusiones a la sangre y prefieren liarse a tomatazos o lanzarse chorros de vino o tirarse flores. Otras fiestas optan por adoptar un nombre más sabroso, y así las hay del vino, de la sidra, del cordero, del pan, del queso, del pulpo, del jamón, del azafrán, del orujo y de cualquier cosa que se cultive en el pueblo como lo mejor del mundo. Hay quienes hacen consistir la fiesta en atravesar descalzos unas brasas ardientes con alguien a cuestas y quienes centran la base de la celebración en rapar las crines a unos caballos. En algún sitio hay una romería de muertos vivos y en un pueblo granadino la fiesta es troglodita. Están también las que se basan en un pretexto más o menos deportivo: carreras, concursos o descensos de ríos de todas las maneras posibles, desde las serias y competitivas hasta las folclóricas y creativas. Y si se trata de danzas las hay de todas las advocaciones: del diablo, de la muerte, de los zancos, celtas, medievales, de lo que quiera.
Ancladas en lo más profundo del tiempo y del recuerdo de que una sociedad tenga constancia, sostenidas unas veces por un débil armazón histórico, otras por la fuerza del mito y la leyenda y siempre por la tradición oral, nuestras fiestas mantienen cada año su enorme poder de seducción. Ya se sabe que lo difícil no es organizar una fiesta, sino asegurar la alegría, pero este no es un país en que eso sea precisamente una dificultad.

miércoles, 10 de julio de 2019

El río de los eremitas

El Duratón y la ermita de San Frutos
El Duratón es un río de meseta pobre, que no estaría llamado a más destino que el de entregarse al Duero sin haber hecho otra hazaña a lo largo de su oscura vida que la de dar alguna que otra trucha. Un río como tantos de los que corren por tierras poco agradecidas, incapaces de brindar sotos risueños y riberas jugosas y de acoger con gesto amistoso a quien trata de cambiarles la hosquedad de su rostro. Sin embargo, a mitad de su recorrido, el Duratón se empeña en perder su anonimato para unir su nombre a uno de esos sorprendentes parajes que de vez en cuando se encuentran en la península: las Hoces del Duratón.
Cuentan que, cuando la invasión musulmana, vivía aquí un ermitaño, San Frutos, que, ante la llegada de los infieles, separó con su báculo las rocas para impedirles el paso, originando así este imponente desfiladero. Luego los geólogos nos dijeron que no hubo más báculo que la acción continuada del agua sobre los bloques de caliza mesozoica, mediante un proceso de karstificación, que originó no solo la entalladura, sino las numerosas oquedades y cuevas que se abren en sus paredes. Qué manía la de los científicos de poner las cosas en su lugar cuando están tan guapas revoloteando por ahí sin ningún orden.
El río se retuerce en pronunciados meandros, encajonado a más de cien metros de profundidad, entre farallones abruptos en los que anida el buitre leonado. Las aguas son apenas una cinta de color cambiante, azules, verdes y grises, según el capricho del cielo. En torno, todo es páramo, desnudez y soledad.
Un paraje así, provisto además de abundantes oquedades naturales, tuvo por fuerza que atraer a eremitas y gentes deseosas de despegarse del mundo y sus vanidades, hasta convertirse en una verdadera Tebaida hispánica. Las crónicas, y aún más las leyendas, hablan, entre otros, de San Valentín, de Santa Engracia, de San Julián y, sobre todo, de San Frutos, que desde su muerte, en el 715, no ha cesado de hacer milagros, especialmente los relacionados con las fracturas de huesos. De todo esto tiene constancia el visitante en ermitas, monasterios, tumbas y cuevas santas a todo lo largo del Parque.
Entre chopos, en un lugar delicioso y al lado de uno de los escasos puentes sobre el río, se encuentra la Cueva de los Siete Altares. Se trata de una iglesia excavada en una gran roca, formada por dos capillas, una serie de hornacinas que servían de altares y unas pequeñas celdas donde habitaban los monjes de esta pequeña comunidad. Un arco de herradura, también tallado en la piedra, indica su origen visigodo, lo que convierte a este templo en el más antiguo de la provincia. El viajero contempla todo esto a través de la verja que protege el interior y no puede menos de quedarse un rato pensativo. Los monjes de este rincón perdido prefirieron la concavidad a la convexidad. Quizá sea más fácil construir mediante sustracción que por adición; quizá resulte más lógico hacer un pozo que una torre; o quizá haya que dejarse llevar por lo simbólico y entender que aquellos monjes prefirieran acogerse al materno seno de la tierra antes que a un techo sin voz y sin caricias. Cuando el viajero vuelve a la chopera, el sol que se filtra entre las hojas está convirtiendo el aire en un laberinto de luz.

miércoles, 3 de julio de 2019

Un mundo de sal

Cámara de los Duendes, homenaje a los enanos buenos,
que avisaban a los mineros del peligro.
Debe de ser el museo del mundo que más escondidos tiene sus tesoros: en lo profundo de la tierra y sin posibilidad de separarse nunca del entorno del que han sido creados. Lo de Wieliczka es una de esas cosas que ni el viajero más avezado puede ver con frecuencia. Descubrir a 135 metros de profundidad un universo insospechado de figuras de sal, hechas por los propios hombres de la mina, ver aquel mundo subterráneo de oscuridad y angustia convertido en un escenario mágico de luz e imágenes, entre lagos de aguas inmóviles y misteriosas galerías, no es en absoluto frecuente. Wieliczka se encuentra cerca de Cracovia, en la Polonia más profundamente polaca, y lo cierto es que no sería nada si no fuera por la presencia, desde hace 700 años, de las minas de sal más importantes y famosas de Europa. El pozo tiene nueve niveles; su profundidad máxima es de 340 metros y sus galerías alcanzan una longitud de casi 300 kilómetros. Las de los tres primeros niveles están abiertas al público. En el nivel V, a 211 metros de profundidad, se encuentra un sanatorio para enfermos de asma, que aprovechan las propiedades curativas del microclima de la mina. Por haber en este universo de fantasía hay hasta un campo de deportes.
Pero lo realmente espectacular de este mundo subterráneo es el trabajo realizado con los bloques de sal. Hay cientos de cámaras decoradas con conjuntos escultóricos de temas diversos; escenas y personajes de la historia o la leyenda de Polonia, motivos universales, como un enorme belén, objetos y figuras humanas aparecen ante los ojos sorprendidos del visitante como si estuvieran esperándole. Copérnico, el rey Casimiro, enanos, los quemadores de metano. La cámara de la Gran Leyenda escenifica la devolución a la princesa Kinga del anillo que había arrojado a un pozo y que sirvió para descubrir la mina. Todo, hasta las arañas que cuelgan del techo, está esculpido en sal. Sorprende el realismo de los rostros y de las actitudes. La textura salina da a las expresiones una frialdad distante, a la vez que una impresión de poderosa serenidad, como de alguien que se ha preparado para la eternidad. La mujer de Lot, la única congénere conocida, no tendría aquí cabida. Demasiado fina, demasiado blanca, demasiada sorpresa en sus ojos curiosos. Los personajes de Wieliczka, quizá porque el Hades no permite miradas perdidas, saben que han renunciado a las fuentes de la vida, el sol y el agua, y parecen compadecerse del visitante, que los necesita.
La sal tiene un color verdegris y es dura y compacta. El aire es extremadamente seco, porque el mayor enemigo de la sal es el agua; de este modo, la madera de las entibaciones es incorruptible. Los lagos son verdadera salmuera; su saturación de sal alcanza niveles únicos. Las galerías se extienden en todas direcciones, formando un laberinto del que resultaría muy difícil salir. Nos dicen que a la mina ya no le falta mucho para agotarse, o al menos para dejar de ser rentable, pero que seguirá abierta al turismo, y hasta es posible que ofrezca una mayor rentabilidad.
Cuando el visitante vuelve de nuevo a la luz de la superficie, no siente esa envolvente sensación de libertad que le sacude cuando sale de otras minas. Más bien le embarga un cierto sentimiento de nostalgia por lo que ha dejado en las entrañas de la tierra. Porque, en definitiva, ha vuelto a la vulgaridad.

miércoles, 26 de junio de 2019

Violencia juvenil

La muerte de ese profesor de Cudillero durante unas fiestas en Oviedo, a causa de una brutal patada que le propinó un individuo de dieciocho años, ha conmovido a toda Asturias y nos deja a todos sin palabras que puedan, no ya justificar, sino comprender lo sucedido. David era un joven treintañero que se preparaba para examinarse de las oposiciones a maestro que tendrían lugar tres días después; luego pasaría el verano en un campamento como monitor de natación. Volvía a su casa esa noche tras disfrutar de la fiesta de un barrio de Oviedo cuando tres individuos se acercaron y uno de ellos le dio una patada que le tiró al suelo, causándole un golpe que le produjo un coma del que no se pudo recuperar; murió una semana después. Estupor, pena, rabia contenida y la pregunta eterna del por qué. Por qué acabar con la vida de alguien a quien ni siquiera se conoce. Qué mirada, qué palabras o qué gesto pudieron desencadenar una reacción tan bestial. La justicia decidirá el grado de intencionalidad de hacer daño, pero es evidente el afán de violencia y la presencia de la maldad en los hechos.
Casi al mismo tiempo el Tribunal Supremo ponía fin a un largo y polémico proceso judicial y condenaba a quince años de prisión a los componentes de una manada de energúmenos por abuso y violación de una chica durante otras fiestas. El caso fue actualidad en toda España y tuvo una exégesis digna de las más arduas cuestiones y sujetos de discusión, a juzgar por las controversias que despertó en diversos sectores y, por supuesto, en los medios, pero en definitiva es, como el anterior y como todos los crímenes, una manifestación de la maldad a la que puede llegar el hombre cuando se aflojan los lazos morales que la sujetan.
La violencia es una constante en la vida humana desde el primer hombre que tuvo conciencia de tener un semejante a su lado. En la crónica negra de todas las sociedades de todos los tiempos se repiten los mismos hechos con parecidas motivaciones, aunque la gama de variantes fue ampliándose al ritmo de las transformaciones sociales. La de hoy resulta especialmente inaceptable porque vivimos un tiempo decantado por siglos de avances del pensamiento y de evolución de los conceptos morales que sostienen las relaciones entre los miembros de una sociedad. Algo falla cuando nuestros jóvenes se comportan como si toda esa evolución hubiera pasado a su alrededor sin afectarles a ellos, de modo que no hubiera ninguna barrera que pudiera contener sus instintos más primarios frente al débil, a la presa apetitosa, al diferente, al indefenso o simplemente a una ocasión de estúpida diversión a costa del sufrimiento ajeno. Algo falla en el modelo que estamos aplicando para su formación, o quizá en su propio interior, cuando las causas son tan variadas: sentimiento de exclusión social, sublimación de la fuerza como elemento de poder, ausencia de valores, carencia de sentimientos y de convicciones éticas. Por suerte son una pequeña parte de nuestra juventud, aunque parecen muchos por lo grave de sus acciones y por el eco que encuentran en algunos medios, que parecen ver en ellos un buen aliado de los índices de audiencia.

miércoles, 19 de junio de 2019

Asturias, nueva etapa

La circunstancia de un cambio en el más alto sillón de nuestro gobierno puede ser un momento propicio para tender una mirada a nuestra comunidad y hacer una serena reflexión en torno al momento y a nosotros mismos. Si siempre esto es bueno en el plano individual, quizá lo sea aún más en el colectivo, porque las causas son más complejas y requieren un análisis más riguroso. Una sociedad inteligente, que a la vez sea sincera y que tenga valor suficiente para renunciar a la engañosa apariencia de que la vida sigue alegre y confiada, aprovechará ese momento para iniciar un autoexamen, sin punto de partida previo alguno ni límite de llegada, buscando tan solo las causas, por sesgadas y lejanas que parezcan, porque sabe que estas causas se hallan en su propio seno y no en otro.
En los momentos actuales de nuestra región, cuando una negra sombra en torno al presente inmediato, aunque tenga algo de irracional, parece invadirlo todo, cuando la ilusión por el futuro está dejando su sitio a la preocupación por la mera supervivencia, cuando apenas parece haber más horizonte para nuestros jóvenes que la búsqueda de nuevos aires y para los que no lo son tanto la mano amiga del presupuesto público, cuando un ciclo productivo parece acercarse definitivamente a su fin, cuando nuestros pueblos y aldeas se despueblan y ni siquiera tenemos asegurado el relevo generacional, sería bueno participar en una reflexión colectiva sobre nosotros mismos, sobre lo que somos, tenemos y podemos, con palabra serena y el ánimo abierto a cualquier conclusión. Por supuesto, lejos de cualquier apriorismo partidista. Ahora que tenemos nuevos alcaldes y un nuevo gobierno es un buen momento para recordarles que de su capacidad y trabajo depende más que nunca el futuro de nuestra región. Es la hora de los técnicos imaginativos y de los políticos valientes, que encuentren y den forma material a las soluciones, que, por supuesto, las hay. Descubrir las potencialidades de una tierra aún joven, relativamente poco exprimida y razonablemente bien conservada en sus aspectos básicos, parece ser ahora el reto inmediato. Buscar caminos de apertura a un tiempo nuevo y no caer en empeños improductivos y sin sentido, como la oficialidad del bable o absurdas incursiones por los terrenos de la falsa modernidad.
Pero tal vez todo dependa de una acción interna, previa e indispensable para fecundar las voluntades: la reforma de nuestra conciencia social. Un impulso regeneracionista común, que empequeñezca hasta reducirlas a la nada las fatuas ruindades particulares, los politiqueos de alcoba y los dogmas de patio de vecindad. Un basta ya de cubrir nuestras debilidades con el argumento de que las otras comunidades, el resto de España, tiene una deuda permanente con nosotros. Un propósito de mirar hacia objetivos de altura sin ceder a la tentación de nacionalismos falsos y absurdos, que no conducen más que al espíritu de tribu y, por tanto, a la castración de nuestras mejores posibilidades. Al fin y al cabo, con sombras y claros, esta es nuestra tierra, y su camino nuestro camino, salvo que en nuestra aventura personal se encuentre el buscar nuevos sentimientos.

miércoles, 12 de junio de 2019

Días de tregua

Junio es tiempo de fin de curso y ansias de verano. Hasta la actualidad parece cansada y se remansa para tomarse un respiro después de unos meses agitados por los vientos políticos de la primavera que, no se sabe por qué, siempre soplan con ansias de trascendencia. Luego, en otoño, volverán a las andadas, pero ahora la efervescencia política ha dejado paso a una cierta calma; debe de ser el propio cansancio de las palabras.
La noticia trágica nos llega de Holanda, el país de la continua sorpresa progresista, y nos habla de esa chica de diecisiete años que, harta de la vida, decidió acabar con ella, y el Estado holandés la ayudó en su empeño. Padecía un dolor psicológico insoportable, derivado de abusos sexuales que sufrió, según alegó, y le cumplieron el gusto. Qué desesperación, qué profunda oscuridad la envolvería para que nadie fuera capaz de aliviarla y mostrarle un resquicio de esperanza; solo el camino de ida. Uno no está capacitado para considerar en su totalidad la complejidad de aspectos éticos, legales y sociológicos del caso, y mucho menos para juzgar a los demás, pero da que pensar que una sociedad civilizada no sea capaz de encontrar un alivio al dolor psicológico de una adolescente antes de autorizar a que la maten. Y aún más allá, y al margen de la lógica compasión por esa vida arrancada, nos ofrece una invitación a lanzar otra mirada interrogante sobre el eterno misterio de la muerte a través de una pregunta hecha desde el lado opuesto: ¿De quién es la vida? ¿Puede un Estado considerarla suya y quitársela a quien se lo pida? Y otra: ¿Es posible que esa niña de diecisiete años no tuviera posibilidad de salvación? A veces produce vértigo pensar qué clase de mundo estamos preparando, en nombre de no sé qué solemnes apelaciones al progreso, a los que vienen detrás de nosotros.
Aquí, en el ámbito doméstico, calmadas ya las marejadas electorales, lo que está ahora en ebullición más o menos silenciosa es el vaivén de ofertas y contraofertas de los partidos con vistas a conseguir las mayores cuotas posibles de poder en los tres niveles de nuestro sistema político. Más o menos lo de siempre. El caso es que no se está mal con el Gobierno en funciones. No se sacan nuevas leyes, no se producen destrozos ministeriales, no nos despertamos con sobresaltos ni con nuevas prohibiciones, no se llevan a la práctica ocurrencias y el país sigue funcionando en su día a día sin mirar a babor ni estribor, indiferente a que en el puente de mando solo se hagan labores de mantenimiento. A veces no nos damos cuenta de la solidez estructural de esta vieja nación, hecha de mil experiencias, ni de la fortaleza de su sociedad.
En fin, que se nos ha ido Ibáñez Serrador, el hombre que mejor supo hacer cumplir a la televisión su noble misión de entretener. Toda una generación confió sus mejores momentos de cada noche ante el televisor a su ingenio, y a todos ofreció la posibilidad de elegir según sus preferencias: el humor, la diversión, el miedo, la información, el misterio. Desde luego, era otra época televisiva.

miércoles, 5 de junio de 2019

En la red

La mujer no debió de ver más horizonte que una negrura existencial de imposible salida y no fue capaz de seguir viviendo así. Eran demasiadas miradas morbosas, demasiadas sonrisas de doble intención, demasiada opresión en el alma ante una vorágine de efectos que no podía ni comprender ni asimilar. Varios años ya desde aquel maldito día en que decidió grabar y enviar a alguien aquellas imágenes que ahora estaban en el móvil de todos sus compañeros. No podía resistir más; ni la traición, ni la deslealtad, ni las miradas socarronas a su alrededor, ni los murmullos disimulados, ni los silencios que querían parecer bienintencionados. Y se ahorcó. Ni su bebé de nueve meses ni su otro niño de cuatro años fueron fuerza suficiente para retenerla en un mundo que se le había vuelto hostil. No hizo lo que aquella otra mujer que, en un caso similar, aprovechó la situación para hacer suyo el cuarto de hora de éxito que la vida da a cada uno y logró incorporarse al mundo del famoseo televisivo, allí donde el motivo de la popularidad no cuenta nada, hasta que la cadena del cotilleo, después de exprimirla, la mandó al olvido. Lo que en una fue bochorno, pundonor y sonrojo, en la otra fue desvergüenza, oportunismo y aprovechamiento comercial.
La revolución tecnológica en las comunicaciones es tan rotunda y llegó tan de repente que parece que no nos hemos adaptado aún a las nuevas reglas que impone ni somos conscientes de sus consecuencias. Atrapan en sus redes a una serie de víctimas que poco pueden hacer para librarse: a los incautos, a los excesivamente confiados, a los de escaso alcance mental, a los que tienen el corazón como único rector de sus impulsos. Allí quedan debatiéndose entre los hilos hasta que los depredadores se cansen de verlos y vayan en busca de otras presas. El prometido paraíso de libertad se ha convertido en el mayor ámbito de linchamiento y ausencia de comprensión hacia el débil, y todo ello de forma irreversible. Siempre se ha dicho que hay tres cosas que jamás se pueden volver atrás: la palabra dicha, la piedra tirada y el tiempo perdido; ahora cabe añadir lo que se cuelga en internet. Porque, además, su poder es invencible por su inmediatez y su inmensa capacidad de penetración. La Dolores se vio en coplas que recorrieron España, pregón de infamia de una mujer; las de ahora se ven a todo color en una pantalla que se lleva en el bolsillo, en cualquier lugar del mundo y todas las veces que se quiera. Hoy no son las gentes de mala lengua las que insinúan; son imágenes incontestables que, para más dolor, salieron de uno mismo.
No conozco el vídeo de esa mujer, pero puedo imaginar que quizá lo hizo con algo más que un simple impulso ocasional en el que solo habitaban los instintos más primitivos. Regalar la intimidad a otro es un acto de entrega confiada que incluye algún componente de afecto y puede que de cariño. Luego la vida se le hizo imposible y tomó otra decisión equivocada, pero digna de comprensión y empatía, disculpable en el marco de la debilidad humana. Bastante más merecedora de respeto que la de esos miserables que recibieron el vídeo y, en vez de correr un velo sobre él, lo reenviaron a otros.