miércoles, 12 de septiembre de 2018

Covadonga

Mira, amigo, que este valle y estas montañas hay que verlas con ojos divididos entre la admiración por lo que nos muestran y la reflexión por lo que representan. Mira que este es un lugar de contemplación retrospectiva, salvo que se quiera quedar solamente en un oh espontáneo de asombro y en unas fotos, antes de dar media vuelta. Aquí, junto al Auseva, en la cueva que se abre en este marco de caliza, agua y bosque, al que la piedra azafranada de la basílica da un toque casi mágico, confluyen todos los caminos que quieran andarse en Asturias: el del historiador que pretenda desandar el largo proceso que concluye con la recuperación de la unidad española en 1492; el del asturiano que se entrega dócilmente a sus resortes de primigeneidad e identificación, sin análisis ni críticas; el del turista en busca de lugares emblemáticos o especialmente hermosos; el del peregrino cargado de fe que busca elevar su plegaria de consuelo o agradecimiento. Y Covadonga, encastillada en su mito y guarnecida por las actitudes, resiste bien todas las miradas y no defrauda a ninguno. Todo mito nace de una necesidad y, en su origen, mientras el grupo social lo abona y lo riega amorosamente, tiene todas las características y las consecuencias de lo verdadero, al menos para la comunidad que lo fomenta. Son la perspectiva y el rigor histórico los que habrán de desenmarañar la confusa urdimbre de hilos que el tiempo fue entrecruzando, hasta dejar a la vista, clara e insobornable, la lectura del tejido primitivo. En el caso de Covadonga esto se vuelve particularmente difícil todavía ahora, en su decimotercero centenario. Pero tampoco importa mucho.
Quizá vengas con algún resabio, que no es mala cosa siempre que no se le deje convertirse en un quiste dogmático, pero déjate llevar. Mira y respira. El valle se va cerrando. Dejas atrás La Riera, donde acaso aún se acuerden de la tabernera a la que los canteros habían de cortejar si querían beber buen vino. El arroyo corre pegado al camino; viene de la cueva y trae de ella el nombre y el agua santa. La última curva te va a parecer una curva inmisericorde con quien vaya desprevenido, al presentar de golpe la inmensa mole de roca, prolongada en el ábside de la basílica. Es preciso subir a la explanada para equilibrar un poco las dimensiones y recuperar algo de la perdida confianza en uno mismo. Y allí entenderás por qué viajeros de todas las épocas, desde reyes a papas, han expresado su admiración por la belleza de este paraje único. Y allí también tardarás muy poco en darte cuenta de que Covadonga es el lugar ideal para detenerse a mirar con calma en el propio interior en busca de alguna respuesta aún no encontrada. Todo te ayudará en este inmenso retablo de roca y verdor.
Y al final, amigo, te confieso que yo he llegado a la conclusión de que el mayor misterio y a la vez la mayor aportación de Covadonga, como la de otros centros similares, no residen tanto en su carácter histórico como en su condición catalizadora de voluntades y aunadora de sentimientos, referencia y recurso al que acudir cuando vientos ajenos alteran la calma, e inspiración perenne de un pueblo sencillo e imaginativo que allí busca aliviar sus penas.

miércoles, 5 de septiembre de 2018

De amarillo

Pues sí que han acertado los cerebros de la turra de Torra eligiendo el amarillo para pedir la libertad de sus compadres presos. Pero hombre, si el amarillo es el color asociado desde siempre al lado negativo de lo que nos rodea; si apenas hay entidad ni ámbito natural o humano que lo puedan presentar con sólidas connotaciones positivas, como no sean el oro y el sol. Color primario, sí, señalético y bien visible, también, pero cuánto hace porque escapemos de él. En el ámbito europeo es el color de la envidia y la cobardía, y en casi todo el mundo el de la traición y el narcisismo; el del azufre, el absurdo y la locura. Amarilla se llama la prensa que solo vende sensacionalismo y amarillos a los sindicatos vendidos al patrón; amarilla es una fiebre tropical y la cara de los enfermos del hígado; amarillo es el color que da mal fario a los actores, que jamás lo vestirán, y amarillo es uno de los avisos de la naturaleza: cuando vea un animal amarillo, cuidado con tocarlo; es posible que sea venenoso. Amarilla también era la estrella con que se señalaba a los judíos antes de meterlos en los trenes. A lo mejor, por eso a los de los lazos de ahora algunos les llaman lazis. También estos son excluyentes, pero, al revés que los otros, excluyen a quienes no los llevan.
La moda de los lacitos tiene el sentido de hacer visible algo que por sí mismo pasaría desapercibido; una llamada de atención hacia un problema olvidado por minoritario o porque ocupa un escaso espacio en la sociedad: una cierta enfermedad, una necesidad de algún determinado grupo social de poca visibilidad, un recuerdo, alguna situación penosa de escasa relevancia para la mayoría pero doloroso para quienes lo padecen. Humildes presencias en las solapas de las personas de bien, siempre por causas nobles y ajenas a toda conveniencia partidista. Hasta ahora. Ahora los han prostituido. Lo que era un signo solidario y bienintencionado que unía voluntades en favor de una minoría necesitada, ha sido convertido en el emblema de una preocupante fractura social, en causa de discordia y de enfrentamiento entre vecinos.
Con su amarillo a cuestas y su absurda presencia en los sitios más inadecuados, estos lazos sí resultan simbólicos, ya lo creo. Simbolizan el fanatismo nacido de una ignorancia deliberada de todo aquello que echaría por tierra el edificio de la gran falsedad de la historia inventada. Simbolizan la inmensa mentira de llamar presos políticos a quienes son simplemente unos políticos delincuentes. Simbolizan la pretensión de una superioridad autoatribuida y de un supremacismo carente de todo argumento racional, que trae ecos de triste referencia. Simbolizan el fin de un anuncio de neón, la evidencia de la cuesta abajo de una sociedad que se tuvo en otro tiempo por modelo de pragmatismo y modernidad en fecunda mezcla, y por avanzadilla del progreso, de la creatividad y del buen sentido. Cuánta exageración y cuánto papanatismo ha habido siempre por parte de algunos en estas miradas. Ahora todo ha quedado a la luz. Camelot era solo un espejismo, pero sus señores no; esos eran y son una penosa realidad.

miércoles, 29 de agosto de 2018

Doña Carmen

Doña Carmen Calvo mira desde su sillón vicepresidencial a través de la pantalla y todos sabemos que el Boletín Oficial del Estado se va a enriquecer con una nueva arma que contribuirá a aumentar el arsenal de nuestra felicidad. Bueno, y de nuestra dignidad, de nuestro optimismo y de todo lo que necesitemos para llevar una vida mejor. Doña Carmen se explica mal y se expresa peor, pero adereza cada frase con la palabra democracia, casi como si aludiera a la santa patrona de su pueblo, tanto que dan ganas de contestar ora pro nobis. En su afán de primar el énfasis sobre la fonética y en su mirada decidida y repleta de convencimiento se adivina su condición de ardiente luchadora en la cruzada contra el carácter inclusivo de la lengua española.
Doña Carmen es el rompehielos que avanza quebrando el iceberg fosilizado de la historia y del idioma, pero sigue ilustres estelas de inefable memoria dentro de su propio partido. Doña Carmen, egabrense ella, -ya se sabe, el latín sirve para que los de Cabra se llamen egabrenses-, fue, según confesión propia, cocinera antes que fraila y estaba convencida de que dixit era el nombre de un ratón. Pues ya ven, fue ministra de Cultura en otro Gobierno y ahora es segunda de a bordo en este. Cuando intenta ser convincente da cierta ternura contemplar sus esfuerzos por adecuar el tono de seriedad al de trascendencia y ver luego cómo se diluyen ambas al someterlos a un análisis. "La democracia española se siente ahora más digna", afirma para justificar la decisión de cambiar de tumba a alguien que murió hace casi medio siglo. Pues no sé. Yo, desde luego, tengo la misma dignidad que ayer; le he preguntado al kioskero y me dice que él tampoco notó ningún incremento. Y eso que a lo que parece estuvimos 43 años con la dignidad bajo mínimos y nosotros sin enterarnos. Y ella tampoco, porque estuvo en el Gobierno y no parece que eso fuera su preocupación de entonces. Ay, señora ministra, qué ingrato resulta desvivirse por aumentar nuestra felicidad.
Claro que a los políticos, en general, hay que hacer un esfuerzo por entenderlos, y aún así siempre nos queda la duda de si nos hemos equivocado. Los hay que cuando hablan inspiran respeto y otros que cuando abren la boca parece que está uno oyendo al soldado Schwejk en la novela de Hasek. Pero luego las decisiones de unos y otros tienen el mismo rango en los boletines que regulan nuestras vidas. De firmas boletineras de tontos o algo similar están los códigos llenos de leyes y las hemerotecas llenas de anécdotas. O sea, que es una tradición, que ya lo dijo Anacarsis hace muchos siglos: los inteligentes deliberan y los necios deciden. Había en la Francia postrevolucionaria un político, un tal Harlay, que decía: "Una necedad más y seré ministro". Se había mezclado en mil sucesos escandalosos, pero supo sacar tal partido de ellos que le sirvieron para ir escalando uno tras otro los puestos más elevados hasta llegar al de intendente de París; comentando esto con unos amigos, solía repetir esas palabras. Se ve que la clase política no encuentra en sus referencias demasiada ayuda para mejorar su fama.

miércoles, 22 de agosto de 2018

El viajero y la posada

Cualquiera que haya andado en idas y venidas por esos mundos de Dios habrá tenido que vérselas con alojamientos y mesas de toda marca y condición. Es el sino y el riesgo del caminante, qué se va a hacer. Andar de acá para allá por tierras ajenas lleva, junto al hecho gozoso del conocimiento de lo nuevo, la contingencia del techo que nos cobije y la cama y el plato con que restaurar nuestro cuerpo, casi siempre necesitado de un buen alivio. Lo que ocurre es que, a la larga, seguramente cada uno terminará por establecer su particular clasificación de estos establecimientos, en función de la propia exigencia y de las veces que haya salido escaldado de ellos.
Las estrellas y los tenedores ayudan muy poco al viajero en este quehacer. Le garantizan, eso sí, un precio más alto y acaso una ducha con veinte artilugios incomprensibles o un camarero que es capaz de preguntarle lo que desea en siete idiomas, pero no mayor comodidad ni mejor servicio ni mayor limpieza ni más cortesía. Eso son cosas que nacen de dentro y se alimentan de la proximidad entre alojador y alojado y entre restaurador y restaurado, y no tienen nada que ver con disposiciones oficiales ni índices estadísticos. Estas cosas sólo tienen que ver con el espíritu que anime al anfitrión.
El noble y viejo ejercicio de la hospitalidad, en su vertiente profesional, puede adquirir dos formas básicas de manifestarse. Una es la que se contempla a sí misma como la consecuencia de la globalización del mundo actual, un mundo en que la eliminación de las distancias propicia y casi exige una homogeneización de los servicios, de forma que faciliten al viajero la posibilidad de sentirse siempre dentro de un mismo ambiente. Su organización y su tipología responden a criterios específicos, entre los que la funcionalidad no es el menos influyente. Es el caso de los grandes hoteles, esos que lucen su tamaño y su imagen orgullosa en los mejores sitios de las ciudades o de la costa y que suelen llevar junto al nombre las siglas de una gran cadena hotelera multinacional. Este viajero no niega que en estos establecimientos ha recibido por lo general un trato correcto y un servicio eficaz, pero hoy está dispuesto a romper una lanza de la madera más noble por la otra forma de entender la hospitalidad, esa que tiene que ver más con la vida cotidiana y menos con la derivada de criterios puramente contractuales y uniformadores. Podría decirse que es la que distingue entre alojarse y hospedarse. La que basa su servicio en la consecución de un ambiente cálido y amable, cercano al huésped, familiar hasta donde es posible y siempre con la distancia justa entre las dos partes. Los hoteles así son pequeños, abarcables, pulcros, con plantas y flores por todos los sitios, que la misma dueña se encarga de regar. En estos hoteles el anfitrión no delega casi nada en nadie.
Los auténticamente grandes establecimientos hosteleros no son grandes por su tamaño, sino por su capacidad para hacer que cada viajero pueda llegar a ver en ellos lo más aproximado a una prolongación de su propio ámbito doméstico. Esto es también válido para restaurantes y para todo el que ejerza la noble profesión de dar cobijo y comida al prójimo.

miércoles, 15 de agosto de 2018

Una mañana en Giza (y II)

Las sensaciones que bullen en el interior de cada uno tienden a buscar una justificación que las explique, y el visitante mira a su alrededor en busca de una referencia que le ayude a sacudirse la presencia obsesiva de aquel trío mil veces contemplado. Allí mismo, junto a la gran pirámide, un moderno edificio de pésimo gusto que alberga la barca solar que debía transportar el alma de Keops al más allá, que por algo era hijo del dios solar Ra. Al oeste, la infinita extensión del desierto, deshecho en dunas. En frente, el pueblo de Giza, con sus arrabales ya casi tocando el recinto acotado de las pirámides. Al fondo, bajo una capa grisácea, El Cairo. Y delante de la pirámide de Kefren, pero en el lado bajo de la meseta, la gran Esfinge. Si hay algo que resuma el misterio de Egipto es esta mole de piedra tallada, con sus hermosos ojos eternamente fijos en la infinitud; si hay algo que confirme la frase de un viajero decimonónico español de que "en los monumentos de Egipto se nota siempre alguna cosa misteriosa que anuncia sublimes pensamientos", este es el ejemplo definitivo. Con su cara achatada, deshecha por mil vientos y por los cañonazos de los mamelucos, parece soportar con altiva indiferencia a las modernas hordas que tiene delante. Tuvo que ser hermosísima. Aún hoy, con el cuerpo herido por las estrías de la erosión y perdida en buena parte la majestuosidad de su rostro, que le valió el nombre que los primeros árabes le dieron, Abu el-Hol, padre del terror, su enorme figura de león con cabeza humana impone su enigmática presencia en un entorno de presencias poderosas.
Este viajero levanta una vez más la vista hacia las pirámides mientras se sienta en una terraza cercana en busca de una sombra y de un café. Aún no ha reposado del todo sus sensaciones, pero hay una que se le impone por encima de las demás. Las pirámides son quizá los monumentos más absurdos que el hombre ha construido nunca. Unas montañas gigantescas de piedra para albergar solamente un sarcófago. Nunca el egoísmo individual ha producido tanto sufrimiento. Cien mil esclavos trabajando diez horas diarias durante veinte años, controlados por una organización despiadada, únicamente para que un solo hombre tuviera a resguardo su alma en el más allá. No levantaban un templo que pudiera servir a todos los fieles, ni un edificio público para el servicio del pueblo, ni siquiera un palacio que podría pasar a las generaciones siguientes. Levantaban una tumba para un solo individuo. Una tumba inmensamente desproporcionada para que fuera visible desde muy lejos y afianzara así la grandeza del faraón después de su muerte. La cámara mortuoria que alberga el sarcófago supone apenas nada con relación al volumen total de la pirámide; más o menos como un pequeño agujero en una gran bola de queso.
El sol del mediodía ilumina casi por igual las cuatro caras de las pirámides. Dicen que están dispuestas a la distancia justa para que ninguna se dé sombra entre sí, no vaya a ser que Ra se enfade por privarle de su poder. Si del alma de los faraones no se supo nada, sus nombres sí sobrevivieron a los siglos, porque ya se sabe que todo el mundo teme al tiempo, pero el tiempo teme a las pirámides.

miércoles, 8 de agosto de 2018

Una mañana en Giza (I)


Deben de ser los monumentos del mundo que más miradas han soportado. Esas tres figuras triangulares que nos acompañan desde los principios de la civilización son quizá la imagen más firmemente instalada en la retina de la humanidad. Por mucho que Egipto haya almacenado en la gran alacena de la Historia, siempre, ante todo, será el país de las tres pirámides. Cuando uno se acerca a ellas por primera vez, y a pesar de que seguramente viene con el convencimiento de que va a ver una imagen familiar, la primera impresión que recibe es de asombro. Quedan atrás los cientos de imágenes que le acompañan desde la infancia, las reproducciones que en los viejos libros de texto hacían volar su imaginación, las incontables fotografías y documentales contemplados. Están ahí, ante uno mismo, con su implacable sensación de eternidad. Soy uno más de los millones de visitantes que ha recibido a lo largo de más de cuarenta siglos. Recortadas sobre las nubes cambiantes, parecen aún más impasibles, como si ofrecieran a todos el frío desdén de la perennidad.
Realmente, son obras dignas de admiración. Hay que acercarse a su base y mirar hacia arriba para darse cuenta del prodigio que supone conseguir, en tan inmenso volumen, que los ángulos de inclinación de los cuatro lados sean exactamente iguales para que la línea desde el vértice caiga en perfecta vertical sobre el centro del cuadrado. Ante eso, a uno le importa menos conocer los medios técnicos empleados para apilar los más de dos millones de enormes bloques de piedra que la constituyen, quizá porque ha leído muchas teorías sobre ellos y todas le parecen convincentes. Y, desde luego, mucho menos, o mejor, nada, todo el esoterismo nacido en torno a ellas, que si emanaciones de energía, que si la altura de la de Keops está relacionada con la distancia al sol, que si esconden el secreto del número pi, que si suponen un tratado completo de astronomía, que si son los graneros que mandó construir José en el tiempo de las vacas gordas, o que si, eso se ha dicho, fueron obra de extraterrestres. Prefiere emplear su imaginación en contemplarlas en su estado original, blancas, con el pulido revestimiento de caliza brillando al sol. Hoy sólo queda un resto en la de Kefren; el resto es piedra descarnada, más cruda, más impresionante. A la de Keops la erosión y la estupidez humana le han achatado el vértice y rebajado diez metros de su altura, pero desde abajo cuesta apreciarlo. Todavía a comienzos del siglo pasado, cuando aquello era un campo abandonado sin control alguno, los beduinos trepaban hasta lo alto y demostraban a los turistas la grandiosidad de la pirámide empujando una piedra para que cayese rodando por la ladera. El efecto tenía que ser espectacular, aunque no tanto como la sandez de quienes lo pagaban y la ignorancia de quienes cobraban.
Entran los curiosos a su interior para no ver más que unas angostas rampas y dos cámaras. Ni una inscripción, ni una pintura. Nadie sabe cuándo fueron saqueados los sarcófagos y robados los cuerpos, pero ya los viajeros más antiguos las encontraron así. Quedan solo las sensaciones que bullen en el interior de cada uno, pero eso será para otro artículo.

miércoles, 1 de agosto de 2018

El hombre y el perro

Apareció una tarde por las calles del barrio sin que nadie pudiera explicar de dónde había salido. No tenía pinta de ser un perro de esos de raza acreditada. Era de tamaño mediano, pelo blanco y cuerpo flaco; no llevaba collar ni señal alguna de identidad; solo una actitud sumisa y una mirada en la que parecía habitar únicamente la resignación. Daba la impresión de haberse perdido o tal vez había sido abandonado por quién sabe qué inconfesables motivos. Si alguien se acercaba a él le miraba con ojos de tal confianza que tenía algo de conmovedor y luego agachaba la cabeza en espera de una caricia. No había en él ni una pizca de recelo ni de sombra alguna. O la vida hasta entonces le había tratado muy bien o es que los perros tardan más que nadie en perder la fe en la solidaridad de las criaturas. Olisqueaba con el hocico vivaracho por todas partes y a todo el que se acercaba a él, como si estuviera en una continua búsqueda. En su actitud podía verse una promesa de lealtad y un torrente de afecto; no conocía otro sentimiento que el afecto. Pero, por más que se intentó, fue imposible conseguir que se fuera con alguien.
Pronto hubo quien lo identificó como el perro de un mendigo que se sentaba cada día en la acera de una de las calles del centro y para el que constituía su única compañía en este mundo. Hombre y perro entendiéndose simplemente con la mirada, haciendo que el calor de uno fuera el del otro y convirtiendo su pobreza en un valor por cuya desaparición nunca pagarían el precio de renunciar al otro. Habían adquirido ya cierta popularidad entre los transeúntes habituales, de modo que nadie era capaz de imaginar a uno sin el otro. Alguien con afanes de indagación espiritual podría ver en ellos un símbolo del inmenso poder de los sentimientos, capaz de lograr establecer cadenas entre desiguales, y comprobar de paso cómo, en un estado puro, esos sentimientos alcanzan una dimensión totalizadora. Para hombre y perro, los sentimientos estaban escritos en todas las cosas que nos rodean, sin distinciones de apariencias ni de grados, y así los vivían ambos. Pero un día el hombre se quedó quieto y frío de repente sin un solo quejido, y el perro solo acertó a gemir pidiendo ayuda y a lamer las manos del cuerpo inerte. Luego se quedó varios días sin moverse en el sitio vacío, esperando su vuelta, hasta que una mañana los primeros paseantes vieron que había desaparecido.
En el barrio seguía vagando a su aire por las calles sin mostrar ningún afecto por nadie. Si alguien le llamaba, se acercaba a él, le olía detenidamente y se iba, como si no fuera eso lo que buscaba. Todos los esfuerzos por adoptarlo como amigo resultaban inútiles. Ni siquiera cuando le daban alguna golosina se conseguía de él más que una mirada triste que podía entenderse como de agradecimiento. Un día, andando con su paso indiferente por una calle, se detuvo de pronto, levantó las orejas, cruzó a la acera de enfrente y se acercó despacio a un viejo mendigo que pedía limosna sentado en el suelo. Le olió la raída ropa, husmeó sus cosas y se quedó frente a él. El hombre lo miró un momento y le acarició el lomo. Entonces el perro se acercó más y se acurrucó a su lado.

miércoles, 25 de julio de 2018

El nuevo líder

Este fin de semana estuvo ocupado por el congreso del principal partido de España, al menos el que más votos ha obtenido y por tanto el que mayor representación parlamentaria tiene. Se han detenido a echar una mirada a sus pasos en los últimos tramos del camino andado y han decidido hacer un pequeño cambio de dirección de la mano de un nuevo líder. Los partidos vienen a ser réplicas figuradas de los organismos vivos; necesitan un ejercicio constante de sus órganos, se anquilosan por la inactividad, precisan alimento continuo de ideas y más aún de adhesiones, y sobre todo les es necesario una renovación profunda de formas y personas si no quieren entrar en coma por agotamiento. En este congreso, tan necesario como inevitable, se ha elegido a un líder joven, de palabra briosa y discurso conciliador, que supo destapar lo justo los tarros de las viejas esencias, que son las suyas, intuyendo que había una gran mayoría que las echaba de menos.
Esta elección viene a confirmar la tendencia, muy propia de este tiempo, del culto a la juventud, eso que a falta de una palabra mejor se da en llamar efebocracia. Ahora mismo los líderes de los cuatro partidos principales son jóvenes, y tres de ellos, además, guapos y bien presentados. Se ve que eso de la apariencia, digan lo que digan, es un magnífico añadido. En cambio, la experiencia merece poca valoración. A la edad en que una persona alcanza su plenitud, allí donde la sabiduría adquirida con los años se une a la visión prudente y a la moderación inherente a la madurez, ya se es considerado inútil para la política. Ahora parece impensable un Attlee, liderando con 72 años el partido laborista inglés después de veinte a su frente, o Helmuth Kohl, veinticinco como presidente del CDU alemán, o tantos otros de aquellos tiempos en que los biorritmos de la política se acompasaban a un transcurso sin urgencias y se daba por supuesto que las decisiones que afectan a la vida de toda la sociedad requieren una maduración lenta y ajena a toda impaciencia. De un tiempo político reposado se ha pasado a otro acelerado, en el que todo fluye sin sedimentarse y en el que las ideas que ayer no más nos parecieron buenas normas para conformar nuestra personalidad y nuestra convivencia, ya tienen al progre de turno calificándolas de rancias. Sin duda en la confluencia entre la ausencia de resabios propia de la juventud y la promesa de salvaguardar aquellos viejos valores que merece la pena conservar, está la base del éxito de cualquier político, al menos la de este nuevo líder en su congreso.
Que el partido más numeroso del parlamento renueve las personas y las fuerzas que lo impulsan, es un hecho bueno y conveniente para él. Que lo haga sobre la firmeza de las ideas propias, ahora que la batalla ideológica vuelve a ganarle la atención a la económica, es bueno para la clarificación del camino a seguir por los votantes en las urnas. Y en todo caso, es absolutamente necesario que el espacio donde se albergan los principios y las convicciones de la mitad de nuestra sociedad tenga un representante sólido, seguro y convencido de sí mismo.

miércoles, 18 de julio de 2018

Un invitado que sobra

Entre los muchos criterios que se aplican para clasificar a los restaurantes hay uno que debería estar a la cabeza de todos y que los dividiría en dos grandes grupos: los que sienten respeto por sus comensales y procuran brindarles un ambiente que les haga lo más agradable posible el acto de comer, y los que no tienen ninguna consideración con ellos y les obligan a hacerlo soportando una compañía que no han elegido. Es decir, los que tienen el buen gusto de ofrecer un comedor sin televisión, y los que lo tienen presidido por el dichoso aparato, convertido en un comensal más y, por lo que parece, el más importante. A muchos nos parece que ese es un factor revelador de la categoría del restaurante: la diferencia entre sentirse acogido por quien hemos elegido para que nos brinde un momento agradable en torno a una mesa o tener la sensación de que lo que menos le importa a quien nos va a pasar la factura es que estemos a gusto. O sea, entre el buen restaurador y el que olvida que la calidad de un restaurante no se mide solo por lo que se encuentra en el plato.
El caso es que su omnipresencia es aplastante. Apenas hay algún establecimiento que no tenga en su comedor la correspondiente pantalla como la imagen de un dios imprescindible. Y eso que si algún enemigo tiene el buen comer es la televisión. Tratar de disfrutar de una comida en familia aguantando el habitual corro de cotorras de Telecinco insultándose a grito pelado, o soportando la ración diaria de información sectaria y sesgada que nos brinda la Sexta al rojo vivo, viene a ser metafísicamente imposible. Querer entablar una conversación con tu acompañante mientras Torra te mira desde la pantalla o te martirizan a publicidad, es un intento irrealizable. Pero al hostelero eso no suele importarle nada; por mucho que uno se lo pida jamás apagará el aparato. Ni siquiera aunque el que lo solicite esté solo en el comedor y le diga que no quiera ver la maldita televisión. Alguien me explica que algunas cadenas le pagan por tenerla conectada y así contribuyen a aumentar los índices de su audiencia. No sé, pero desde luego cada vez ponen más; hay establecimientos que tienen hasta cinco aparatos, todos encendidos, por supuesto. Si esto es así, poca credibilidad cabe dar a tales índices, porque fuera del fútbol nadie atiende jamás a la televisión en un bar.
Y hacen bien, desde luego, porque a un bar se va a pasar un momento distendido, a charlar con alguien o simplemente a leer el periódico mientras se toma la bebida preferida, pero no a que le den a uno la misma tabarra que en casa, y mucho menos en el solemne momento de disfrutar de una buena mesa en compañía. Sé de alguno que ha adoptado la norma de no ir jamás a un restaurante que tenga un televisor en el comedor; prefiere comer un bocadillo en el parque. Ya ha hecho una lista de aquellos que todavía tienen la consideración de no amargarle la comida; no es una lista muy larga, pero le basta para poder seguir disfrutando del placer de comer fuera de casa.

miércoles, 11 de julio de 2018

Rescate en la cueva

Esta no es, por extraña que parezca, una de las típicas serpientes de verano, sino una inquietante realidad que nos ha tenido a todos en vilo, a pesar de su lejanía. La peripecia de esos doce chicos y su monitor, atrapados en una cueva tailandesa de estructura endiablada, tiene todos los componentes de una tragedia más bien nacida como producto de una imaginación que de circunstancias reales: unos niños en un día de recreo, un adulto sin mucha consciencia del riesgo, una caverna retorcida y tenebrosa, la naturaleza que se desploma en forma de lluvia cerrando la salida, y luego la toma de conciencia de lo que han hecho, la inquietud, la incomunicación, el hambre. Y sin embargo, las imágenes que nos llegaron tras su localización no son las de alguien al borde de la desesperación ni muestran miradas apagadas por la angustia, ni gestos de súplica arrebatada, ni siquiera impaciencia. Sorprende su aparente fortaleza de ánimo y su conducta serena, la confianza en un buen final y el rechazo a toda desesperanza que se perciben en las cartas que escribían a sus familias. Dieciséis días enterrados en las entrañas de una montaña, diez de ellos en un completo aislamiento, sin noticias del exterior y sin más compañía que la oscuridad, la humedad y la incertidumbre, daban para justificar eso y mucho más.
De todas las posibles tragedias protagonizadas por el ser humano, quizá no haya ninguna más dramática que la que tiene lugar en las entrañas de la tierra. Ni el mar ni el desierto ni lugar alguno de la superficie son el reino de las tinieblas, allí donde la claridad es negada y donde habitan los muertos en casi todos los imaginarios de las creencias, allí donde el hombre pierde su condición de rey de la creación. No estamos hechos para la oscuridad ni para el límite del espacio físico; ningún fleco evolutivo creyó oportuno dotarnos de algún modo de adaptación ni de medios para andar por el mundo subterráneo; somos una especie hecha para la luz y el aire, de ahí el pavor innato a adentrarse en las entrañas de la tierra. En el inframundo solo habitan las fuerzas contrarias al hombre.
La tremenda dificultad del rescate y los esfuerzos por llevarlo a cabo se han cobrado la vida de uno de los buzos que lo intentaban, como si fuera un inevitable precio a pagar. Es la cara terrible y al mismo tiempo luminosa de casi todas las tragedias: la generosidad del héroe anónimo, capaz de arriesgar su vida por salvar la de otros. Y ahora que todo ha terminado de manera feliz en lo que se refiere a los niños, habrá que hacer frente a otros problemas; el más inmediato, por supuesto, el de recuperar sus cuerpos físicamente tras tantos días de desnutrición y oscuridad, algo que seguramente no será muy difícil, dada la edad de los chicos. Más largo será el proceso a seguir para tratar sus heridas interiores, como procurar mitigar dentro de lo posible el impacto de esta terrible vivencia en su vida de niños, situar sus consecuencias en el marco de una experiencia enriquecedora, protegerlos del acoso inmisericorde de los medios, y quizá exigir las responsabilidades que procedan, si es que las hay.

miércoles, 4 de julio de 2018

El cambio

Parece que ha pasado un lustro y hace apenas un mes que teníamos otro Gobierno y otro presidente, así de vertiginoso es el tiempo en que vivimos. Más bien en lo que lo hemos convertido con nuestro modo de entender la información, de manera acumulativa y superpuesta, sin dejar espacio para sedimentar la noticia y dar lugar a una reflexión que la metabolice y la coloque en su lugar. Es el triunfo continuo del olvido y el presentismo sobre el ayer inmediato. El presidente del gobierno de hace tan solo unos días, quizá aun más que los anteriores por la discreción que impuso tras su retirada, pronto será un nombre cada vez más lejano. La vida, en su reflejo en la actualidad, se defiende a sí misma no estancándose jamás, aun a riesgo de dar apenas respiro.
A ese presidente le tocó la tormenta perfecta: enfrentarse a la crisis económica más grave de los últimos cincuenta años; tener que gobernar en funciones durante casi un año porque el parlamento era incapaz de elegir un presidente; que el jefe del Estado abdique y haya que tutelar la primera sucesión en la Corona; que una comunidad autónoma se declare en rebeldía y su cabecilla se escape a otro país; tener que tomar la decisión de aplicar por primera vez un artículo de la Constitución que jamás se pensó que hubiera que aplicar; encontrarse con una sentencia brutal contra su partido por prácticas corruptas ocurridas hace 15 años. Y todo eso con los dos grandes duopolios televisivos privados dedicados todos los días a machacarle. Pocas veces se han juntado en un punto tantos elementos distorsionadores de un país como en esta legislatura y en un hombre que responde a un fenotipo bien identificable: tranquilo, retraído, reservado, distante, previsor, poco dado a los impulsos y discreto en su ámbito personal, como demostró tras su derrota. Sin una palabra, Cincinatus volvió al campo de donde había venido, a ganarse otra vez la vida con su arado.
El balance de su mandato ofrece sin duda luces y sombras, pero los españoles no tuvieron ocasión de juzgarle ni de decidir si querían que siguiese en su puesto. Una de esas extrañas conjunciones que a veces se producen en el campo astral de la política, en las que una brillante estrella no duda en alinearse con el más tosco de los asteroides con tal de aumentar su fuerza gravitatoria, se llevó por delante el orden lógico del desenlace. En este caso fue la ambición sin límites de alguien obsesionado por encontrar, con la ayuda de quien sea, pagando el peaje que le pidan y en el límite mismo de las señales de tráfico, un atajo en el camino que lleva a la Moncloa.
Y ahora estamos en un tiempo nuevo, que es lo que siempre dice todo el que llega al poder, en el que hay que hacer frente a problemas acuciantes. Lo nuevo debe de ser el culto visual a la imagen del nuevo líder con técnicas ya tan vistas como infantiloides, y lo acuciante es remover la tumba de un cadáver que lleva enterrado casi cincuenta años y que a ningún presidente le pareció problema alguno. La obsesión por la figura allí enterrada; en eso sí que no parece que el paso del tiempo acabe de llevarse nada.

miércoles, 27 de junio de 2018

El fútbol como evasión

Viene bien el Mundial para hacer que la actualidad dirija su mirada hacia otro lado y evitar por unos días su habitual cara, tan fea casi siempre y tan poco dada a ilusiones y esperanzas. Llegan, claro está, los ecos del mundo, que sigue girando, con sus cambios de gobierno, sus crisis migratorias y con las ya habituales payasadas del muñeco de guiñol catalán, que vive en un país que solo existe en su imaginación; debe de ser duro creerse hasta el fondo sus propios delirios y encontrarse cada día con que la realidad va irremediablemente por un camino distinto. Es este un ruido que no calla nunca, pero ahora el balón lo debilita casi todo con su poderosa presencia. La atención se la lleva la eterna fijación del hombre con el juego, ya se sabe, el ser mejor que otro, más rápido, más técnico, más resistente, más de todo. No es tan solo el famoso pan y circo. Es una expresión generalizada de las distintas formas de soltar ataduras de la realidad y de abrazarse a la ilusión de un triunfo que pondría a los suyos en la cima del prestigio y el respeto de todo el mundo del deporte y aun de otros mundos. Los estadios se convierten en una vocinglera manifestación tribal, en la que la autoafirmación de la propia identidad y del terruño de origen adquiere caracteres de declaración solemne de un compromiso irrenunciable que ninguna derrota puede debilitar.
El fútbol es un compendio de todas las actitudes humanas que vemos dispersas por otros ámbitos, solo que aquí reunidas en un todo: pasión, victimismo, subjetividad, emoción, patriotismo, euforia, depresión, venganza, decepción, gloria, fracaso, orgullo, cielo e infierno. Produce cierta conmoción ver los primeros planos de los rostros de algunos aficionados, sobre todo de los países suramericanos, ante la derrota de su selección. No puede haber imagen más exacta de la desolación; una tristeza infinita, una decepción inconsolable, unas lágrimas rebeldes que no es posible contener, una mirada que parece no comprender cómo la vida podrá seguir después de eso. Está exactamente en el mismo grado de desmesura que la exaltación por la victoria, solo que en el otro extremo y sin los efectos catárticos de esta.
Por lo visto, este Mundial es el de la rebelión de los débiles, según los resultados que se están dando en algunos campos. O sea, que la alegría y las lágrimas se reparten con más equidad que hasta ahora y los que siempre hacían de patitos feos pueden lucir por un momento imagen de cisne, al menos en lo que llevamos de competición, pero se estrellan contra la lógica. En toda su historia, solo ocho países ganaron el Mundial, así que viene a ser un club exclusivo, de acceso muy exigente, no propicio a ingresos por simples circunstancias casuales.
En el medio del camino, la mitad de los participantes ya ha vivido todas las emociones que podían vivir en el Mundial, pero al menos dieciséis países seguirán con la atención atrapada por el balón. Pues bienvenido sea si contribuye cambiar por unos días los titulares de la actualidad. Y si luego se consigue el final deseado, vendrá a ser como un tónico reconstituyente que aliviará por un tiempo algunos achaques del cuerpo social.

miércoles, 20 de junio de 2018

El Mundial

Ya estamos otra vez en tiempo de Mundial para gozo de millones de aficionados futboleros y ganancia de monopolios televisivos, prensa deportiva, agencias de viajes, bares de caña y televisor y de esos medios que buscan siempre sus titulares en las polémicas más insignificantes. Es el Mundial de fútbol, por supuesto, el Mundial por antonomasia; es un adjetivo que aquí ha alcanzado categoría de sustantivo para designar exclusivamente al campeonato cuatrienal de fútbol en el que participan países de todos los continentes. Hay otros Mundiales, pero siempre son de algo; solamente este no precisa complemento alguno.
El fútbol, tomado como deporte, debe de ser la disciplina que más entendidos tiene y la que cuenta con más expertos, según parece por lo que se oye en cualquier reunión, pero lo que supone como fenómeno configurador de emociones masivas resulta un hondo misterio sin explicaciones claras. Unos hombres con una pelota en un campo y millones de sentimientos desatados, a veces hasta el límite, en un ámbito en el que todo es desmesura, desde las cifras a las palabras. Un juego al que se le han conferido conceptos épicos y dotado de terminología guerrera; aquí hay combate, estrategia, defensa y ataque, disparos, capitanes y hasta la idea suprema de toda lucha: la de que de su resultado depende el honor patrio. Puede, y así lo ha hecho en numerosas ocasiones, levantar la dignidad de una nación al dotarla de un motivo de orgullo del que carece en todos los demás campos, y de ahí la atención con que lo han mirado muchos dirigentes políticos. Otros lo utilizan para sus propios fines, a veces de forma tan descarada que cae en la obscenidad, incluso en gobiernos que se tienen por democráticos. Aquí en España basta recordar cómo se rotuló un gol de la selección en un partido del Mundial de 1986, a cinco días de las elecciones. ¿Qué tendrá este espectáculo, de concepción tan infantil, para exaltar los pensamientos más equilibrados hasta la hipérbole y convertir en borrosa la línea que advierte de la caída en el ridículo? Cuántas sandeces se han escrito bajo la penumbra de no se sabe qué nube de pasión. Por ejemplo la de Alberti sobre un tal Platko, un portero húngaro que debió de agitarle la emoción lírica y le dedicó una oda de gran visión profética: "Nadie se olvida. / El cielo, el mar, la lluvia lo recuerdan... / No, nadie, nadie, nadie, / nadie se olvida Platko." O aquella otra de Benedetti, que elevó una infracción de Maradona a la categoría de sexta y definitiva vía tomista: "Aquel gol que hizo a los ingleses con la ayuda de la mano divina es, por ahora, la única prueba fiable de la existencia de Dios". De Zarra se dijo que era la mejor cabeza de Europa después de la de Churchill, y hay por esos mundos locutores que parecen entrar en un teofánico trance verbal, hasta agotar todos los registros del idioma, por un simple pase de su ídolo.
El fútbol es, quizá, misterio, emoción y hasta retazos de arte que se deshacen en el instante para permanecer tan sólo en el recuerdo y luego en la leyenda. Pero sobre todo es pasión instantánea que se reaviva constantemente sin necesidad de ningún estímulo, acaso el único fenómeno capaz de aglutinar pasiones planetarias en un denominador común. Esta tarde buena parte del país se detendrá para ver a los nuestros pelear contra los iraníes. Esto es fútbol, eso que alguien definió como la bagatela más seria del mundo.

miércoles, 13 de junio de 2018

Nuevo gobierno

Siempre que se produce un cambio de gobierno, sobre todo si es tan sorpresivo como este, se levanta un clima de expectación y de esperanza, incluso en los que se creen inmunizados contra ella por el escepticismo, aunque es más en los medios que en la calle. Y si además se nos presenta con peculiaridades que nos quieren hacen ver como novedosas y con dos o tres llamativos aderezos, más cercanos a lo pintoresco que a lo esencial, esa sensación de espera expectante se refuerza. Será breve, eso sí, porque toda burbuja es efímera, porque la realidad jamás se esconde ni deja de imponerse, porque pronto asoman las cuentas a saldar y las prestaciones a exigir y porque al día siguiente se muestran ya las debilidades de los nuevos miembros del gobierno y las primeras tonterías que dicen. El catálogo de ellas comienza a llenarse allí mismo; incluso hay alguna ministra que ya lo trae medio lleno de una etapa anterior. Pero mientras dura el corto idilio entre la sociedad y sus nuevos dirigentes, todo tiende a alimentar un razonable clima de optimismo y un cambio en las actitudes críticas de uno y otro signo. Los mismos que pedían el cielo al gobierno anterior para descalificarlo porque no se lo daba, se vuelven de repente razonables en sus exigencias y cantan como un ejemplo de buen quehacer cualquier decisión insignificante que apenas afecta a nadie. Se ve fácilmente en los medios. Algún periódico vuelve a recuperar ese carácter de oficioso diario gubernamental que tenía y a resucitar sus editoriales ditirámbicos, mientras otros comienzan a economizar palabras elogiosas y a agudizar su espíritu más crítico.
Al final todo volverá a su sitio y quedará envuelto en la rutina del vivir diario, como siempre, y aflorarán pronto otra vez las quejas y las reivindicaciones de casi todo, por insignificante que sea, y se callarán los motivos para estar satisfecho del país y la sociedad en que vivimos, que son muchos y fuertes. Somos un pueblo que no se acostumbra al sosiego durante largo tiempo. Tampoco a la tormenta, pero sí a un oleaje constante que nos permita sacar a flote las pequeñas tensiones, como si los principios contrapuestos de la continuidad y el cambio fuesen el motor con que tratamos de caminar hacia el progreso como sociedad. Un nuevo gobierno es una esperanza efímera, que pronto será objeto de críticas, incluso suponiendo que no tenga entre sus objetivos acabar con todo lo positivo que haya hecho el anterior, que no sé si será este el caso. Algunas promesas hay por ahí que mejor sería que fuesen repensadas.
No le va a ser fácil mantener ese aire de buena intencionalidad primeriza durante mucho tiempo. En la práctica, la legitimidad de acción de un gobierno nace de la sensación generalizada de que es el que han decidido los ciudadanos, y aquí nadie ha elegido a nadie. Con tan precaria situación parlamentaria, sin programa que cumplir y con tantos pies amigos que evitar pisar, toda su acción de gobierno tendrá que moverse probablemente en la superficialidad de los gestos y en aprovechar, sin que lo parezca, la estela del anterior, al menos en lo que pueda beneficiarle. Lo demás se quedará en declaración de intenciones.

miércoles, 6 de junio de 2018

El presidente que contentó a todos

Ya es difícil dejar contentos con un programa de gobierno a casi la totalidad de los partidos del parlamento, nada menos que a 22, entre ellos esos minipartidos que nunca se contentan con nada. La sonrisa de satisfacción que había en la cara del protagonista tras la votación debía de tener algo de rictus. Solo una ambición de poder cegadora o una desmesurada percepción de sí mismo pueden hacer que alguien se quede satisfecho por haber logrado contentar a la vez a veintidós partidos tan variopintos. Es para echarle al menos una mirada de recelo. Algo falta o sobra en el esquema. Pero el caso es que ya tenemos de nuevo en la Moncloa al partido que metió a España en la mayor crisis económica de los últimos tiempos, y eso a pesar de que los españoles le dijeron varias veces en las urnas que no lo querían. Una de esas conjunciones inverosímiles en el siempre incomprensible universo de la política, capaces de propiciar acuerdos impensables, esos que están hechos de deslealtades, amores antinaturales, palabras falsas y sonrisas traidoras. Nadie pone en cuestión que la llamada democracia representativa sea democracia, pero que se articulen medios para dejar a las minorías en el lugar que les corresponde por su representatividad también lo es.
El nuevo presidente no va a encontrar el camino de gloria que seguramente soñó en su febril empeño. Desde luego nadie le negará que ha conseguido un hecho atípico en las crónicas de la democracia: ser presidente de un país sin haber ganado nunca unas elecciones y sin siquiera ser diputado, pero justamente por eso siempre estará bajo la sombra de su peculiaridad de origen y con una pesada carga de agradecimientos sobre sus espaldas. Por supuesto, hay que darle suficiente margen de confianza y tiempo para que pueda demostrar sus cualidades como gobernante, que seguramente las tiene, pero de momento tendrá que contar con las escasas simpatías que despierta alguien que es capaz de aliarse con quien sea con tal de llegar al poder y lo que esto indica como síntoma de una ausencia de principios y convicciones. Además, tal como reflejan los sucesivos resultados electorales, en el plano personal no resulta atractivo para muchas gentes por su aire algo chulesco y prepotente, la altivez con la que trata de ocultar sus contradicciones, su sonrisa impostada o su irritante tono condescendiente.
Alguien ha escrito que entre un deseo y un arrepentimiento casi siempre hay lugar para una necedad. Ojalá no sea este el caso y el nuevo presidente nos descubra agradables sorpresas, pero habrá que ver qué pasará cuando tenga que empezar a pagar las facturas, teniendo en cuenta la rapacidad de semejantes acreedores. Con ochenta y pocos diputados, sin mayoría en el Senado y sin presencia en el Congreso, qué concesiones habrá de hacer, cuántas promesas secretas que cumplir, qué letras que satisfacer, cuántos cambalaches que urdir y cuántos conceptos que traicionar para mantenerse aferrado a su tan anhelado sillón. Lo malo será que esas facturas no las pagará él; las pagará el país, o sea, nosotros. En fin, que todo nos salga bien, que a todos nos va en ello buena parte de nuestras vidas y haciendas.

miércoles, 30 de mayo de 2018

La corrupción

Si nos fijamos bien, el desarrollo de los hechos del hombre a lo largo del tiempo, eso que llamamos Historia, está decisivamente influido por la corrupción, al menos desde que tenemos noticia. En todas sus innumerables formas y manifestaciones. Corrupción entendida en su concepto más ajustado: una desviación delictiva cometida por personas respetables en el desempeño de su función y violentando la confianza depositada en ellas, a cambio de alguna ventaja. Aunque estas ventajas pueden no ser tangibles, como el encubrimiento de un escándalo, la falsificación de un documento o la obtención de un cargo, lo que se asocia comúnmente a la práctica corrupta es el afán de enriquecimiento personal. No hay época ni lugar que se haya librado, porque en todas está el hombre con su ambición y su pasión por el dinero, que ya lo dijo el poeta: pues que da y quita el decoro / y quebranta cualquier fuero, / poderoso caballero... etc. En su tiempo fue frecuente la simonía, una entre mil prácticas corruptas; hoy tiene diversos nombres según el lugar donde se realice: soborno, coima, mordida, unto, cohecho, baratería, e incluso hay algún territorio en que tiene uno más concreto: el tres por ciento. En las sociedades sin libertad de prensa ni de crítica es donde la corrupción puede llegar a emular la norma que dictó el presidente Groucho en su república: "No permitiré injusticias ni juego sucio, pero si se pilla a alguien practicando la corrupción sin que yo reciba una comisión, le pondremos contra la pared y dispararemos". Podría firmarlo Bokassa, por ejemplo.
En España la corrupción es un hecho de triste actualidad por reiterado y relativamente frecuente, pero no más que la de los países de nuestro entorno. Conviene por tanto fijarla en sus justos términos. Aquí no se desliza disimuladamente una botella de whisky a las manos de un aduanero para que no te abra la maleta, como yo vi hacer como algo habitual en una frontera suramericana, ni es corriente meter un billete en el bolsillo del agente que te va a poner una multa. La corrupción no habita peligrosamente en las instancias más altas de las instituciones, ni tampoco en la calle de nuestro vivir diario. Anda más bien por las estancias medias de la economía y la política, eso sí, lejos del alcance del ciudadano de a pie. Por suerte, no es una corrupción generalizada. Además, según las sentencias que vemos, se castiga duramente, en algunos casos más que el homicidio, aunque el efecto disuasorio de la posible condena pierde fuerza ante la asombrosa falta de perspectiva que el corrupto tiene sobre su propia persona. Se cree el más listo, el más audaz, el que más hilos maneja; está convencido de que ha encontrado el modo de actuar que solo él vio hasta ahora; su inmensa vanidad y la seguridad en sí mismo, que siente acrecentarse en cada actuación, le llevan a convencerse de no haber dejado ningún cabo suelto en cuanto a impunidad se refiere. Y claro, acaba en la cárcel. Pero entretanto hace un daño terrible al país y a todos nosotros; pone en riesgo la estabilidad política, que es la base necesaria del crecimiento económico, crea un clima de pesimismo y mancha gravemente nuestra imagen. Su sitio está entre rejas, a pan y agua, después de devolver lo que se llevó.

miércoles, 23 de mayo de 2018

La casita

De decepciones y golpes a la buena fe que todos llevamos de serie se va componiendo la vida, y de sus consecuencias vamos aprendiendo y escarmentando día a día, hasta que en algún momento llegamos a la conclusión de que cuanto antes lo hagamos mejor será. Encontré a mi amigo inusualmente pensativo y con una cierta expresión de perplejidad; no sé por qué me trajo la imagen de uno de esos desengaños literarios que conducen a la melancolía. Mi amigo es votante de la hornada más reciente, un nuevo en la plaza donde se elige el producto preferido del mercado político, y quizá por eso, porque apenas vio nada todavía, aún no se lo creía.
-Nos ha dejado sin palabras. Teníamos en él la referencia de una actitud y por fin la certeza de una respuesta bien sustentada, y ahora qué. La columna era de cera y se ha derretido al primer contacto con la cálida caricia del lujo. Tanto abominar de la casta, tanto criticar a los que huyen del contacto con la calle, tanta palabrería contra los bancos y el sistema capitalista y ya ves. Todo pura hipocresía. En cuanto pudo se hizo uno de ellos.
Mi amigo fue uno de los indignados de mayo que, apenas recién salido de la adolescencia, acampó en la Puerta del Sol, convencido de que iban a cambiar el mundo. Siguió embebido de entusiasmo las arengas de aquel nuevo líder de aire transgresor, coleta larga y palabra verborreica, que transmitía un convencimiento en sus propósitos que a su vez nacía de una visible seguridad en lo que decía. El futuro comenzaría con el asalto a los cielos por parte de los hasta entonces perdedores. Mi amigo lo creyó. No había leído la sentencia de Séneca: 'la elocuencia es un veneno cuando es ella y no la verdad la que apasiona'.
-¿Has visto qué casa? No sabe uno qué le produce más rechazo, si la obscena ostentación que supone o las razones con que intentan justificarla. Qué ideología queda, si en la base del marxismo genuino están la búsqueda de los mecanismos que lleven a una sociedad sin clases y la aversión a la economía de mercado, a la burguesía y a los instrumentos del capitalismo, y todo eso ha sido machacado. Al menos he aprendido a no volver a fiarme de los políticos, sobre todo de los que más presumen de ser de izquierdas, porque los de derechas desde luego son consecuentes; no ocultan sus aspiraciones ni sus propósitos, ni jamás traicionan a su credo capitalista.
Había en su tono ese énfasis del joven que acaba de descubrir algo en lo que no había caído y que sustituye desde ahora a algunas convicciones que tenía.
-Y encima, ese ardid tramposo de preguntar a sus militantes si quieren que dimita o no, obligándolos a elegir entre lo malo y lo peor. Ni siquiera acepta juzgarse a sí mismo. Una pregunta fullera, a la que la mejor respuesta es no contestarla. Seguramente le saldrá bien y en ese caso incluso va a salir reforzado, pero ha quedado desacreditado ante la mayoría. Yo, desde luego, no le votaré más. Ni a él ni a nadie. Me he quedado sin opciones.

miércoles, 16 de mayo de 2018

El muñeco de guiñol

Uno está llegando a creer que ninguna de las maldiciones que los dioses han echado a los hombres en todos los sitios y épocas, pudo ser tan perversa como esta: estáis condenados a empeñaros en hacer lo contrario de lo que deberíais hacer para ser felices. Y en eso estamos, viendo cómo se cumple sin remedio. Esta especie de mono desnudo que se ha apoderado del planeta parece que tiene como actividad preferente la de preocuparse en hacer lo posible por no ser feliz. Su historia es la de una sucesión continua de actos para eso, para lograr no serlo, y la misma sucesión continua de propósitos para conseguirlo, con amplia derrota de esta última. O no acertamos a saber en qué consiste ser felices, o nos equivocamos en los medios para lograrlo o buscamos donde no podemos encontrarlo, el caso es que la maldición no ha dejado jamás de cumplirse.
Se podría hacer una clasificación primaria de las personas, dividiéndolas en dos grupos: las que buscan problemas y las que buscan soluciones. Pero, a pesar de su atractivo enunciado es eso, primaria, porque los que buscan problemas lo hacen casi siempre pensando que con ello consiguen soluciones, con lo cual el problema se alarga hasta el infinito. La sociedad que hemos hecho es un tejido inextricable de contradicciones, intereses, hipocresías, ambiciones y pasiones ocultas, y en virtud de ellas mentimos, fingimos y pasamos por encima de la verdad y hasta de nuestras propias convicciones. El reflejo de esto en nuestra vida privada tiene siempre un alcance limitado, e incluso puede que se compense en muchas ocasiones con actitudes nobles y sublimes, pero casi siempre son acciones individuales, porque la masa es más proclive a estímulos inmediatos que se siguen sin análisis ni crítica. No hay más que leer las consignas que se muestran en las pancartas y en los gritos; lo que más importa es que tengan una rima bien sonora.
Ahora, como casi siempre, está el mar de la actualidad algo rizado y las nubes que llegan del nordeste aparecen aborrinadas y desapacibles. En el chuflesco esperpento catalán ha surgido un nuevo personaje, un tipo con hechuras de muñeco de guiñol y lengua de alcantarilla twitera, chulesco, amenazante, insultón, desafiante, maleducado, xenófobo e ignorante, por lo menos de la Historia; con una capacidad intelectual tan escuálida como su catadura moral. El pobre meritorio elegido para hacer el triste papel de la voz de su amo. En la promesa de su actuación no se augura ninguna inclinación a la serenidad ni a la razón; sólo división, una mayor fractura entre sus conciudadanos, una clara intención de alimentar el odio y de tensar la cuerda hasta su ruptura aunque sea entre el estropicio de los suyos. Un prototipo del grupo de quienes ostentan la miserable condición de buscar problemas al margen de toda consideración, por graves consecuencias que traigan. Que siempre las traerán en el caso de que se trate de políticos, porque son los únicos que, aunque solo representen a una minoría en un pequeño rincón del mapa, pueden amargar la vida a todo el país. Gente de esa calaña es lo que menos necesita una sociedad, salvo que pretenda sufrir.

miércoles, 9 de mayo de 2018

Una obra histórica

La Real Academia de la Historia acaba de hacernos un regalo digno de todo agradecimiento: nada menos que su monumental Diccionario Biográfico Español, que ahora cuelga en la red en versión electrónica a disposición gratuita de todos. Entre tanta noticia descorazonadora y deprimente con que los medios se encargan de presentarnos la actualidad diaria, da gusto leer una como esta, que viene a facilitarnos las claves fiables para el conocimiento de nosotros mismos. Un soplo de aire fresco y luminoso que nos demuestra lo que ya sabemos, aunque haya quien parezca querer hacérnoslo olvidar: que somos un país en la primera línea del saber y en el modo de fijarnos grandes empeños y conseguirlos con método y rigor.
Todo en esta obra es enorme, porque 2.500 años de historia dan para mucho y porque está pensada con afán totalizador, aún con la certeza de que siempre estará inacabada. A lo largo de veinticinco siglos desfilan las vidas de 45.000 personajes de todos los tiempos y ámbitos, ya desaparecidos, desde Argantonio, en el siglo VII a. C. hasta Íñigo, fallecido hace cuatro días. En sus biografías trabajaron 4.000 autores, y de una ojeada a sus textos se desprende que han procurado ajustarse a la vieja sentencia que dice que no está al alcance del historiador establecer la verdad histórica, sino contribuir a ella empleando el rigor. Seguramente habrá más de una voz discrepante. Por naturaleza todos los diccionarios son discutibles, y mucho más los que recopilan nombres y hechos. Habrá personajes que llamen la atención por su presencia y otros por su ausencia; habrá quien vea juicios subjetivos donde esperaba encontrar algo más acorde con su visión del biografiado; habrá quizá algunos calificativos controvertidos, semblanzas con exceso o escasez de énfasis, y afirmaciones que alguien pretenda tomar como opiniones cuando no son sino datos reales. Ya se sabe que la pasión es enemiga de la Historia, pero se sabe también que es inevitable, y más en un pueblo como el nuestro, inclinado siempre a discutirlo todo. Pero ahí está la obra, que viene a cubrir de una vez por todas un hueco importante en nuestros estudios historiográficos y a igualarnos con los pocos países que lo habían hecho. Obras así llenan de satisfacción a cualquiera que crea que la verdadera grandeza de un país se mide por el grado y la influencia de su dimensión cultural. Y sí, obras así hasta tienden a reconciliar a uno con los impuestos.
Pocos elementos hay que contribuyan tanto a vertebrar una sociedad como un pasado común. Su conocimiento, su respeto y su acercamiento a él sin resabios ni prejuicios deberían ser materia de alta consideración para todos sus ciudadanos. Esta obra, en la que tuve el honor de colaborar, constituye un enorme y completo corpus de voluntades, caracteres, inteligencias y personalidades que moldearon nuestro pasado y de los que heredamos lo que somos, con sus luces y sombras. Tener la oportunidad de conocerlos en su individualidad es, además de una gratificante posibilidad para el simple curioso, un instrumento imprescindible para quien intente penetrar con ojos de investigador en las entrañas de nuestro paso a paso como nación.

miércoles, 2 de mayo de 2018

Tribunales callejeros

Nos ha tocado vivir una época vertiginosa en la que nada tiene asiento más allá del momento. No hay día en que no nos sorprenda algún hecho inédito, no porque no hubiera sucedido nunca, sino porque no lo conocíamos. Sin darnos cuenta todo se nos ha hecho transparente, nosotros también. El techo ya no es lo único de cristal; ahora también lo son el suelo y las paredes. Las fuentes del pensamiento que tratan de moldearnos ya no son aquellas a las que más o menos se podía esquivar por sus mismas limitaciones: el ámbito social, los partidos, la Iglesia, las asociaciones de diverso carácter, ni siquiera la familia. Al menos no son las únicas. Ahora lo que configura nuestro modo de entender la realidad en que vivimos es la tecnología de la información, con su apabullante universalidad y su omnipresencia; en concreto las redes sociales, convertidas en el nuevo Sinaí donde se dictan los mandamientos que hemos de acatar y las nuevas liturgias que hemos de seguir, y ay del que intente discrepar; hay todo un catálogo de palabras escogidas para caer sobre él.
Hemos asistido estos días a algunos ejemplos. Apenas dictada la sentencia del juicio de esos cinco tarados por lo que hicieron a una chica en los sanfermines de hace dos años, salió a la calle una multitud exigiendo su justicia. La suya. Nueve años de cárcel no les pareció mucho castigo, pero es sobre todo la calificación del delito lo que estaba en los gritos y en las pancartas. Esa sutil línea llena de matices, que separa un delito de otro cercano, tan difícil siempre de discernir incluso para los profesionales, la tenían muy clara los manifestantes. Unos juristas expertos, tras estudiar durante cinco meses el video de lo sucedido y las declaraciones de los testigos, llegaron a una conclusión fundamentada en las pruebas que tenían delante. En cambio, una turba sin más conocimiento de los hechos que lo que pudieron imaginar, no necesitó ni un minuto para salir a la calle a dictar su sentencia. Pobres leyes si su aplicación se hiciera en función del sentimiento de la masa, con lo manipulable que es, y pobre justicia si quedara sometida a la influencia de las redes sociales.
Casi al mismo tiempo, las redes convertían en viral el video de una pequeña flaqueza psicológica de una política relevante, que algún ventajista sin escrúpulos guardó en su día saltándose la ley, y otro con menos escrúpulos todavía saca ahora, no precisamente con fines de ejemplaridad. Un hecho anecdótico convertido en acontecimiento nacional siete años después, el nombre de una persona exhibido para escarnio general en la nueva picota pública, y la constatación de que todos nosotros podemos estar a merced de alguna mano desconocida y malintencionada, porque a ver quién no tiene algo que ocultar en su pasado.
Vivir es más que nunca estar atento, aceptar o rechazar influencias, guardarse de las propias huellas, a veces sobresaltarse y casi siempre tratar de defenderse mediante una barrera de escepticismo. No hacer caso de la bambolla que inunda las redes. Sencillamente no dejarse llevar más que por el convencimiento derivado del criterio propio.