miércoles, 5 de agosto de 2020

Alejados de la realidad

Nunca hemos conocido un mes de agosto que se presente con tan mala cara. El maldito coronavirus, claro, con todo lo que arrastra, pero también la desorientación de un Gobierno que parece no saber a qué flanco atender entre los muchos que tiene delante. Con la economía cayendo hacia el índice más bajo de todos los registros que conocemos, con el turismo extranjero prácticamente desaparecido, con la pobreza social asomando su terrible cara, con la incertidumbre de cómo afrontar el otoño y el ya cercano curso escolar, con la política interior agitada por los populistas y los desleales de siempre, cómo se echa de menos un puente de mando que transmita confianza, prudencia, visión clara, rigor, firmeza. Pero las cosas no van por ahí. 
En la reunión de dirigentes autonómicos hemos oído de boca del presidente el plan de recuperación para hacer frente a este tremendo desastre que nos está dejando la pandemia. Nada nuevo ni ilusionante, nada concreto, ni siquiera algo que todo el mundo entienda y que sea capaz de provocar alguna forma de entusiasmo colectivo. Fórmulas abstractas, tópicas, carentes de contenido práctico y, sobre todo, desviadas del verdadero problema que nos angustia: "Transformar la economía abordando la transición ecológica para hacer frente al cambio climático, la transición digital, la igualdad de género y la cohesión social y territorial para una recuperación inclusiva". Pero ¿cuándo los políticos van a dejar de lado sus obsesiones por los artificiosos productos ideológicos de moda y se van a acercar a las preocupaciones reales del ciudadano en su día a día? Que el cambio climático sea en estos momentos un asunto prioritario en un país como España, que ni por población ni por índices industriales puede tener apenas influencia en él, resulta propio de gobernantes que viven en un estado de inopia. Que la igualdad de género se convierta en un objetivo supremo cuando la economía y el empleo se están desplomando, indica una sumisión cerril a un dogma que nada tiene que ver con el pan nuestro de cada día. Que los cientos de asesores y altos cargos, que se supone ponen su inteligencia al servicio del presidente, hayan producido este parto de los montes da que pensar en la existencia de dos realidades. Desde luego, al que ha perdido su trabajo o su negocio no creo que le preocupen en estos momentos el cambio climático ni la igualdad. Tiene el problema en su propia casa. Lo que espera es una respuesta práctica y concreta que le ofrezca un camino, o al menos la sensación de sentir sobre él una mirada de solidaria preocupación desde las alturas. La caja vacía no sabe de entelequias

miércoles, 29 de julio de 2020

Innecesaria cooficialidad

La elevación del bable a la categoría de lengua cooficial nos va a costar a los asturianos 20 millones de euros, según estima el propio presidente de la Academia de la Llingua, aunque hay otras voces que hablan de 70. Eso sin contar lo que nos ha llevado ya. Volver a la vida a un cuerpo exánime es tarea costosa, sobre todo si es necesario realizar numerosas operaciones de trasplantes, unir órganos, coyuntar huesos, injertar arterias y dotarle de una actividad más o menos funcional. Toda esta ardua labor ya se ha ido realizando durante los últimos años. El gasto de ahora es para ponerlo a caminar. 
Veinte millones son muchos millones y, salvo que se disponga de la fortuna de los muy poderosos, siempre es prudente pensárselo muy bien antes de darles un empleo. Con veinte millones podrían hacerse muchas cosas, y más en una región empobrecida y vulnerable a todos los vaivenes de las políticas económicas, según comprobamos a cada uno de ellos. Pero parece que esto de la cooficialidad va a enriquecernos una barbaridad. Se dice que es más bien una inversión, que "sería un revulsivo para la industria editorial, discográfica, tecnológica, para los medios de comunicación, para el turismo...". Puede ser. Quizá poniendo grandes dosis de buena voluntad podamos imaginar que cambien tan radicalmente las cosas que lleguemos a disfrutar de tantos beneficios, pero lo cierto es que resulta difícil de atisbar. No está claro cómo puede afectar a la industria tecnológica un habla totalmente carente de un léxico científico y técnico, ni a la editorial la edición de libros que se amontonan sin salida en los almacenes, ni a los medios de comunicación, ni mucho menos al turista que se encuentra con que en su propio país no entiende los letreros ni los indicadores; se lo tiene que pasar muy bien; seguirán viniendo, claro, pero no será por la nueva situación lingüística. 
Tenemos un conjunto de hablas campesinas al que siempre hemos llamado bable. Nuestro humilde y querido bable, que ha tenido que someterse a un largo proceso de maquillaje para ser introducido por la fuerza en los palacios, él, que nunca quiso salir de las cabañas. Nuestro bable, que ve cómo le modifican hasta el nombre y se lo elevan a la categoría de gentilicio. Ese bable nuestro, que nunca ha sido problema para nadie y que seguramente a partir de ahora nos va a complicar a todos la vida con su intromisión forzada en campos a los que nunca fue llamado. Y que, salvo para llenar ese pequeño escondrijo en el que todos guardamos algunos de nuestros afectos más entrañables e inútiles, no sirve para nada.

miércoles, 22 de julio de 2020

Santa Sofía

Al presidente turco se le desató la añoranza del viejo sultanato y decidió convertirse, dentro de sus posibilidades, en un segundo Mehmet, corrigiendo la obra del desviacionista Ataturk. La conquista de Estambul no debía de parecerle completa mientras la basílica de Santa Sofía no estuviera completamente integrada, como una presencia más, en el pensamiento y la práctica religiosa que dominan todas las estructuras del estado, así que la convirtió de nuevo en mezquita, como había hecho Mehmet II tras arrebatársela a los cristianos en el siglo XV. Ni las advertencias de la Unesco, ni la opinión contraria de destacados sectores sociales y culturales, ni el hecho de que pueda suponer un portazo definitivo a la entrada turca en Europa han hecho desistir, por ahora, al nuevo aspirante a caudillo otomano.
 En realidad, la Estambul turca de hoy es el producto de un violento expolio que nadie ha llorado nunca. Aquella ciudad griega, convertida luego por Constantino en capital del Imperio Romano de Oriente y que había logrado mantenerlo durante mil años después de la caída del de Occidente, fue tomada por los otomanos, que se la adjudicaron como si fuera suya. Fue uno de los mayores robos de la Historia y pasó desapercibido. Nadie en Occidente la lloró ni jamás se reivindicó. No hubo lamentos ni resistencia ni movimientos de recuperación ni nada que no fuera sacar provecho de la nueva situación. Si el comercio no se interrumpía, poco importaba de quién era. Solimán la reformó y la llenó de mezquitas; luego Ataturk la hizo perder la capitalidad en favor de la pueblerina Ankara. Hoy es una ciudad fea y hermosa, abigarrada y plácida, oriental y occidental, enervante y enamoradora, todo a la vez y como gozándose en ello.
La mancha roja de Santa Sofía es como una metáfora de la ambigüedad. Santa Sofía fue el orgullo de Justiniano y de toda la cristiandad; sin duda, una de las grandes obras maestras de la antigüedad, pasmo constante y objeto de alabanza de todos los viajeros que llegaban a Constantinopla. Cuando los turcos se apoderaron de ella la convirtieron al instante en mezquita. Se cuenta que Mehmet, el conquistador, oró en ella ese mismo día. Luego le taparon los mosaicos, le pusieron cuatro minaretes y le cambiaron para siempre su imagen. Pero su asombrosa cúpula ha sido el modelo que siguieron después para todas sus mezquitas, empezando por la gran Mezquita Azul, que tiene enfrente.
Alguno habrá que quiera ver algún paralelismo entre este caso y el de la mezquita de Córdoba, pero no lo hay; ni las circunstancias de origen ni el transcurso histórico posterior tienen puntos de similitud.

miércoles, 15 de julio de 2020

La tormenta

Cada generación siempre ha creído que le había tocado vivir el peor tiempo de la historia. Cuántas veces oímos eso de "no sé a dónde vamos a ir a parar" como expresión de la evolución negativa de la situación del momento, y cuántas veces hemos leído en los libros de otras épocas frases como "en estos aciagos tiempos" o "en esta calamitosa edad en que nos ha tocado vivir". No hay más que leer cartas, memorias o diarios de cualquier época para darnos cuenta de que sus contemporáneos estaban convencidos de que no había habido siglo más desventurado que el que les había caído en suerte. Quizá sea la sensación de fracaso colectivo que nos dejan las calamidades que nos afligen, tanto las que nos vienen de la naturaleza, tomadas a veces como castigo divino, como las que creamos nosotros con nuestras ambiciones y fanatismo, como las guerras. En todas los tiempos, sobre todo en los que muestran los síntomas de ser un final de etapa, ha habido hombres que sintieron la frustrante y dolorosa sensación de que este mundo ya no era el suyo y decidieron esconderse de él dentro de sí mismos o incluso abandonarlo voluntariamente. 
No puede afirmarse que sea este el peor momento de la humanidad porque no tenemos perspectiva anímica para establecer comparaciones con otros, pero sí tenemos sobre nosotros una coincidencia de torbellinos que están componiendo la galerna perfecta. Perfecta y novedosa para nuestra generación, tanto que nos tiene desorientados y nos ha dejado sin faros ni referencias, buscando soluciones como el que palpa a tientas en una habitación oscura. 
Todo se junta. Una pandemia mortal, difícil de contener y más aún de tratar, que paraliza fuerzas, voluntades e iniciativas hasta anular cualquier impulso que no sea el de la autoprotección, que hace tambalearse los sistemas sanitarios y que saca a la luz las debilidades e incompetencia de casi todos los gobiernos. Una depresión económica, derivada de la anterior, que nos deja sin turismo y sin empleo y nos aboca a una deuda similar a la de nuestros peores recuerdos. Una crisis de valores que impone unos nuevos dogmas a cual más extravagante, que hacen creer que el mundo se ha vuelto del revés. Y una generación, a nivel mundial, de políticos endebles, de escasa solidez intelectual, de mentalidad mediocre, precaria moral y portentosa vulgaridad, muchos de ellos semifracasados en sus estudios o terminados con títulos de dudoso merecimiento. Todo junto forma la tormenta perfecta, pero pasará. Hasta las galernas más feroces terminan dando paso a una brisa bonancible.

miércoles, 8 de julio de 2020

En nuestra ausencia

Ahora que hemos comenzado a poder alejarnos de nuestras casas, aunque sea con prevenciones, nos encontramos con que algunas cosas ya no son como las habíamos dejado. Nosotros nos hemos detenido, pero las fuerzas que mueven lo que nos rodea no. Hemos vivido en estado de hibernación durante más de tres meses y parece que la naturaleza nos echó de menos a su modo. A poco que uno salga a mirar los parajes que dejó y los rincones que conocía se dará cuenta de que nuestra ausencia se ha hecho sentir en ellos. En los bosques los senderos se han perdido bajo la maleza, en los caminos del monte las zarzas de una orilla tienden a juntarse con las de la otra hasta casi cerrar el paso, han desaparecido las rodadas bajo una invasión de ortigas, y en los muros de piedra crecen helechos y musgos hasta casi ocultarlos. El modesto jardín de la casita de fin de semana, siempre tan cuidado, es ahora una jungla en pequeña escala, y en la barbacoa, como en el olmo seco, urden sus telas grises las arañas. Dicen que el silencio del entorno ha alterado el comportamiento de las aves; que en el campo han aumentado las garrapatas y las avispas velutinas, que jabalíes y zorros andan con sus crías sin miedo alguno por donde antes no se atrevían, y que todos los animales, confiados, cruzan las carreteras con toda tranquilidad. Por un tiempo la naturaleza se ha desarrollado ajena a la relación humana, y en sus pautas no figura la de evitarnos peligros desconocidos, aunque sí la de ofrecernos lecciones que aprender. 
Estamos condenados a librar una lucha permanente contra la naturaleza si no queremos ser engullidos por ella. Nuestras casas, nuestras vías, nuestras fábricas, los espacios donde hacemos nuestras vidas apenas durarían un suspiro sin ser ocupados por su avance si los dejáramos a su merced. Alguien ha dicho que nuestras ciudades no son más que ensayos de secesión que hace el hombre al medio natural. Tal parece, porque se comporta como si pretendiera recuperarlo por todos los medios. Unos escasos días de ausencia y aparecen ya los desequilibrios que manifiestan su fuerza arrolladora. Será nuestra madre, pero tan rigurosa e implacable que no tenemos más remedio que vivir en eterna pelea con ella. 
No sabemos por qué motivo hemos aparecido como especie en la Tierra ni cuál es nuestra misión en ella; solo podemos conocer la que nos hemos asignado cada uno como individuos. Sí sabemos que, si la especie humana desapareciera, la única norma que regiría el planeta sería el caos. Aunque seguramente los seres que viviesen serían más felices

miércoles, 1 de julio de 2020

Compañeros de encierro


No todo estuvo mal en estos meses de encierro en nuestras casas, obligados a romper con nuestro entorno y a renunciar a nuestras fuentes habituales de placeres sociales. No hubo escapadas al café mañanero ni a la cañita de la tarde, ni más posibilidades de recorrer mundo que el que pudiéramos descubrir desde el sofá de nuestra habitación, pero a cambio se nos ofreció tiempo en abundancia para llenar. Y aquí tengo que escribir en primera persona, porque el mundo que uno busca no es el mismo que busca otro, y el placer que proporciona un hallazgo puede que sea solo indiferencia para los demás. Harto de la tecnología y de sus aplicaciones, he preferido acudir a mis estanterías para encontrarme de nuevo con aquellas lecturas, algunas ya lejanas, que dejaron alguna huella en mí. Releer es un ejercicio saludable y suele resultar sumamente placentero, como lo es cualquier reencuentro deseado. Han desaparecido los prejuicios y los resabios que pudo haber en el principio; ahora van a asomar matices y aspectos que pasaron inadvertidos, quizá ocultos por el interés otorgado al argumento. El libro, evidentemente, no ha cambiado, pero el lector sí. Y ahora que lo relee se da perfecta cuenta de ello.
He aprovechado las largas horas de reclusión para verme de nuevo con viejos conocidos, por ejemplo, de Galdós, al hilo de su centenario: con la fuerte y delicada Tristana, o con Nazarín, bondadoso, consecuente, generoso en su miseria, una de las figuras literarias más atractivas que pueden encontrarse. También he vuelto a Cervantes, porque su voz siempre me resulta cálida y acogedora; esta vez me acompañaron la Gitanilla, Monipodio, Tomás Rodaja y todos los personajes que desfilan con su carga de humanidad a cuestas por las Novelas ejemplares. Volví a coger Antígona, que siempre me deja un no sé qué de inquietud ante el triunfo aparente del poder arbitrario sobre la dignidad y la conciencia, aun sabiendo que su muerte va a demostrar justamente lo contrario. Sería largo seguir.
También el cine. Ver de nuevo algunas películas es un hecho gratificante y descubrir algunas perlas aún más. Me pasó con Umberto D., una cinta de hace setenta años que parece pensada para estos tiempos. Pocas veces la soledad, la incertidumbre y la indiferencia ajena se vistieron de imágenes tan poderosas como las que De Sica nos ofrece en este conmovedor retrato de un hombre que ve cómo se renueva a cada momento su carga de desesperanza. O Aquella casa en las afueras, una joya del cine español, o La hora incógnita, por poner solo tres ejemplos. No, no fue todo tiempo perdido en el encierro.

miércoles, 24 de junio de 2020

El mago y el político

¿Y si nuestros políticos aprovecharan la ocasión para cambiar radicalmente sus modos de comportamiento? ¿Si se guardaran sus insultos y sus odios, si tratasen de darnos un poco más de sosiego y procurasen señalarnos un camino esperanzador que nos ilusione a todos? Es una nueva etapa ¿no? Una nueva normalidad, nos dicen. Pues qué mejor ocasión para que también las conductas sean nuevas. Algo nos habrá enseñado este momento en que nos hemos visto asomados al abismo y contemplado de cerca la negra cara de la muerte y, ahora, la del desastre económico. Que se callen las gargantas envenenadas por el resentimiento y la insidia, y las voces de tono amenazante, y todos los que pretenden destruir lo que hay para imponer su particular orden; que hablen los que tengan voz serena y palabras de verdad que reconforten nuestros ánimos; que se oiga alto y fuerte a quienes luchan por conseguir que embustero deje de ser sinónimo de político. Necesitamos oír palabras como concordia, respeto, comprensión, y otras como autoestima, conciencia nacional, patria. 
Hay mucho esperando por hacer y hay que hacerlo bien. Es el momento de los espíritus fuertes y despegados de todo lo que no sea el bien general del país. La nueva normalidad que se pide debería ser sobre todo una nueva normalidad política, y para ser nueva tiene que ser distinta en sus modos de relación entre sus componentes, en sus formas y en sus afectos por la casa común que nos acoge. Sobran los que invocan continuamente a nuestros demonios familiares y los que llevan en cada una de sus palabras la semilla de la cizaña contra otros; sobran los falsarios que viven de una forma contraria a lo que predican; sobran los charlatanes de la falacia y el autobombo. Qué bien venida sería una nueva normalidad así. 
¿Y si se reuniesen todos dejando los prejuicios a la puerta, limpios de resabios y con la voluntad de aceptar las propuestas más convenientes al bien general sin mirar de quién proceden? ¿Si se propusieran por una vez dominar los egos, dignificar las formas, elevar los mensajes y darnos a todos un aliento de optimismo? ¿Si los políticos maleducados e ignorantes, los que mienten, engañan y crispan no obtuvieran ni un solo voto? Hay algunos a los que habría que pensárselo bien antes de darles alguna dosis de poder, porque lo ejercerán según sus filias y fobias personales. Alguien lo plasmó en una imagen que constituye una crítica demoledora al oficio: el mago hizo un gesto y desapareció el hambre; hizo otro gesto y desapareció la injusticia; hizo otro gesto y desapareció la guerra. El político hizo un gesto y desapareció el mago.

miércoles, 17 de junio de 2020

La hora de los necios

Vemos ya poco a poco la salida de la crisis del coronavirus y, como si no pudiéramos vivir ni un momento sin alguna tensión social, enseguida nos sirven otros conflictos más o menos artificiosos, envueltos en eternos enredos ideológicos, que en definitiva son propios de nuestra condición de sociedad con el estómago lleno e incapaz de diferenciar la esencia del puchero de la espuma que lo cubre. Vayan dos ejemplos de estos días. 
Una distribuidora cinematográfica ha decidido eliminar de su lista la película "Lo que el viento se llevó" por su contenido racista, dicen, y porque algo material les irá en ello, digo yo. Coincide esto con la oleada iconoclasta que derriba estatuas creyendo derribar la historia y tratando de convertir treinta siglos de existencia en una página en blanco. No es probable que estos nuevos inquisidores del pasado se muevan por ideales puros e incontaminados, y en todo caso demuestran una soberbia infinita. Juzgar a las generaciones que nos precedieron con los criterios morales de hoy es perverso; creernos superiores a ellos indica un matiz de mala conciencia. Qué atribuciones tenemos para corregir el pasado. Cómo podemos erigirnos en jueces de lo que otros hicieron según su propia visión del mundo. Todas los hechos tienen sus causas y su sitio en el tiempo; al fin y al cabo, tanto ética como moral se derivan del concepto costumbres, uno en griego, ethos, y otro en latín, mores. Yo confieso que nunca he visto entera "Lo que el viento se llevó". Lo intenté dos o tres veces y en ninguna logré pasar de la mitad. Ahora prometo verla hasta el final. 
Y ahí está la voluntad redentora de esa señora que hace de directora del Instituto de la Mujer, que es uno de esos organismos oficiales para la igualdad que marcan la desigualdad, al menos mientras no exista un Instituto del Hombre. Pues esta dama, una tal Beatriz Gimeno, ha puesto a funcionar su poderosa inteligencia y hallado un procedimiento que puede aliviar el agobiante problema de la igualdad entre niños y niñas que nos tiene sin dormir a todos los ciudadanos. Ha advertido a una empresa de decoración del daño que está haciendo a nuestros pequeños fabricando cartelitos para colgar en la puerta de sus habitaciones diciendo, por ejemplo, "Aquí duerme una princesa" o "Aquí duerme un pequeño héroe". Ya ven, hasta en nuestros dormitorios se meten en aras de la corrección política. No sé cuántos de nosotros no habremos llamado alguna vez princesitas a nuestras niñas y a nuestros niños campeones o algo así. Qué gran descuido. Merecemos una buena penitencia por nuestra inconsciencia.

miércoles, 10 de junio de 2020

Lo que el virus nos dejó

Ante todo nos ha dejado unas treinta mil ausencias definitivas, cada una con su drama añadido por la angustia de imaginar cómo se produjo el tránsito. Una terrible huella que oscurece todas las demás que ha traído consigo este tiempo de dolor y miedo. Eso es lo más evidente que nos ha dejado a cada uno: el miedo, la constatación de que este miedo nuestro es el mismo de antes y de siempre, desde el Paleolítico hasta hoy, a pesar de todas las defensas que hemos ido acumulando contra él. Ahora se nos hará más presente la idea que más fuertemente se ha instalado dentro de nosotros en estos días: la de nuestra fragilidad. 
El virus nos dejó también una secuela de evidencias y contradicciones, empezando por un poso de inseguridad ante el futuro y de temor porque pueda resurgir en otoño. Igualmente nos ha dejado oportunidad y motivo para replantearnos cuestiones que venían de su mano y que quizá sin él hubiéramos dejado pasar. En los largos días del encierro, cuando el exterior no era más que un espacio para contemplar con nostalgia desde una ventana, hubo tiempo para admitir, por ejemplo, la certeza de que estamos a merced del azar y que para el universo tenemos tanta importancia como una oruga. Al mismo tiempo nos ha enseñado a valorar mejor sentimientos como la amistad y las relaciones cercanas; a apreciar más la rutina de las cosas cotidianas; a descubrir la nostalgia como un escudo defensivo ante la agresividad del presente, y a calibrar el verdadero valor de la libertad, eso que por tenerla nunca apreciamos en toda su dimensión. 
Nos dejó, además, la ocasión de conocer a nuestros políticos en su auténtica realidad y a desenmascararlos a través de sus decisiones y de su actitud ante una emergencia general de muerte y dolor. Hemos podido ver quiénes trataron de aprovechar la desgracia para promocionar su imagen pública anteponiendo soluciones demagógicas a las verdaderamente eficaces, aunque más impopulares; quiénes trataron de alzarse con el símbolo de la lucha contra la epidemia mediante un torticero manejo de su imagen y quiénes trabajaron en silencio con el pensamiento únicamente puesto en el bien general; quiénes procuraron actuar en conciencia y quienes echaron mano de engaños y medias verdades. Para quiénes el dolor ajeno no es más que una molesta circunstancia que puede tener reflejo en las urnas; quiénes son los que más recurren a las falacias en sus argumentaciones; quiénes los que más insultan y los que más mienten. Sí, hemos podido ver su verdadera imagen. En momentos de zozobra tiende a aflorar el verdadero rostro de las cosas.

miércoles, 3 de junio de 2020

Lo que el virus se llevó

Por encima de todo, las vidas de miles de conciudadanos, en una trágica lista que aún está sin cerrar. Nos los llevó con las formas de una plaga bíblica, con sorpresa y sin sentido alguno que nos permitiera rebajar un poco nuestra impotencia y aliviar en algo nuestro miedo y dolor. Nos ha dejado sin lo más valioso de una sociedad, la vida y la felicidad de muchos ciudadanos, y eso, por supuesto, es lo primero que hay que lamentar. Pero a su rebufo, el maldito virus se ha llevado otras muchas cosas que formaban parte de nuestra cotidianeidad y configuraban en buena parte nuestra conducta en la vida. 
Se ha llevado, por ejemplo, la actitud despreocupada que siempre tuvimos de forma natural ante lo que nos rodea. Lo que antes era inofensivo o simplemente indiferente, ahora es visto como un enemigo escondido que puede morder sin avisar. Esa es una de las certezas que nos ha sido arrebatada: la de la entrega confiada a lo que siempre constituyó parte de nuestra vida diaria. Nos preocupa que las cosas que antes no nos preocupaban nos preocupen ahora. 
Se llevó también la sensación que teníamos de ser poco menos que invulnerables. Quizá llegamos a creer que el poder sobre el mal era el estado natural del ser humano o que acaso teníamos un derecho inalienable a vivir en él, concedido por algún dios que no conocemos. Y no. Nuestra fragilidad se nos ha mostrado en toda su realidad. Se ha debilitado buena parte de nuestra fe en el poder de la ciencia para acabar con plagas universales que nos parecían de otros tiempos. Siguen aquí y sin respuesta inmediata. Cada victoria sobre ellas es parcial, porque por cada una vencida surge otra distinta. 
El virus, aunque sea momentáneamente, nos llevó también los abrazos y los besos, las manos que se estrechan, el acercamiento confiado, los últimos adioses. Y en nuestros momentos oscuros, cuando nos ronda la sombra de la desesperanza, nos damos cuenta de que nos ha llevado cosas que creíamos tener aferradas en propiedad y solo eran prestadas; por ejemplo, la certeza de que mañana el sol saldrá igual que hoy. 
Pero también, paradójicamente, nos ha llevado el miedo ancestral a un enemigo que solo conocíamos a través de las páginas más terribles de la Historia y cuyo solo nombre helaba el corazón: epidemia. Ahora lo hemos tenido ante nosotros; hemos podido hacerle frente; sabemos de él y conocemos las sensaciones que produce. Nos ha enseñado sus puntos vulnerables y las armas que tenemos contra él. Podemos estar seguros de que en algún momento volverá bajo una u otra forma, como siempre, pero cada vez causará menor daño.

miércoles, 27 de mayo de 2020

Palos de ciego

Este Gobierno tiene la virtud de brindarnos de forma continua motivos para no aburrirnos. Garantizado. Basta seguir la actualidad política, aunque sea con un buscado distanciamiento, y asistiremos a un espectáculo que seguro nos va a producir efectos variados: sorpresa, estupor, indignación, cualquiera menos sosiego y sensación tranquilizadora. Un gobierno hecho de retazos siempre tiene más lugares donde cultivar ocurrencias. Es cierto que la clase política es la que más expuesta está a las críticas y al descrédito, muchas veces por motivos que en otras profesiones se disculparían más fácilmente, pero aquí parecen condensarse todos los caracteres comunes al gremio en sus aspectos más oscuros: el sometimiento de las convicciones al mantenimiento del poder a toda costa, una buena dosis de cinismo que ni siquiera causa un mínimo rubor, la consideración del valor de la palabra dada en función de la conveniencia del momento, el afán de alterar la vieja definición de la política como el arte de lo posible para convertir lo posible en imposible, o el olvido de que no existen autoridades y súbditos, sino elegidos y electores, es decir, representantes que los ciudadanos nos damos a nosotros mismos para que nos administren la cosa pública. 
Tienen todos los gobiernos tendencia a sentirse incomprendidos cuando los desagradecidos ciudadanos no ven que sus decisiones son las acertadas. Lo que no suelen tener en cuenta es que esos mismos ciudadanos saben distinguir muy bien cuándo esas decisiones se toman de buena fe, aunque luego resulten erróneas porque errar es humano, y cuándo obedecen a oscuros intereses partidistas que afectan al bien general. Este Gobierno se las ha arreglado para conseguir irritar a casi todos los sectores sociales: al sanitario, al empresarial, al educativo, al agrario, al cultural, a los cuerpos de seguridad, al poder judicial, a sus socios de investidura, a la oposición y hasta a sus propios barones y militantes de base, que han de debatirse entre el sentido común y la fidelidad a su jefe. Han firmado incomprensibles pactos que desdicen sus rotundas afirmaciones previas; aprovechan la crisis del coronavirus para colarnos reformas inoportunas y arriesgadas; ni siquiera saben contar los fallecidos por la epidemia. Es el Gobierno de los solemnes propósitos, que suenan bien hasta que comprobamos que no son más que aire; promesas proclamadas con tono enfático que se incumplen alegremente al día siguiente. Nada es creíble, salvo la certeza de que no conviene creer casi nada de lo que digan, aunque solo sea para dejar incólumes nuestras ilusiones.

miércoles, 20 de mayo de 2020

La cara interna del drama

Es difícil ya decir algo más sobre esta epidemia que nos paraliza el vivir diario y nos atemoriza por dentro, por mucho que intentemos tratarla con indiferencia. Tengo ante mí el dichoso espacio en blanco y siento más que nunca la dificultad de llenarlo, porque creo que ya todo es redundante y que lo que no se ha dicho es porque es muy difícil de decir. Se ha analizado hasta el hartazgo todo lo que rodea al virus desde el punto de vista sanitario, social y económico; se han mirado con lupa todas las decisiones del Gobierno y criticado sus bandazos y errores en todos los tonos; cada sábado el presidente nos da en televisión un largo discurso para explicar la situación según le conviene; gentes con más atrevimiento que credibilidad opinan continuamente en tertulias monotemáticas, y hay cadenas que en sus informativos se empeñan en convertir en noticias las anécdotas más intrascendentes, unas veces simplemente para rellenar espacios y otras con clara intencionalidad partidista. Todo lo que se diga suena ya a repetición. Un único tema bullendo en el candelero informativo durante dos meses deja poco lugar a cualquier mirada novedosa. 
Pero hay otro mundo infinitamente más rico y mucho más humano, en el que está todo por decir porque no se puede. Si lo anterior afecta al conjunto y se dispersa en él, este hiere lo más hondo de los corazones, allí donde reposan los sentimientos más queridos, y aquí las palabras no alcanzan. Revelan su incapacidad para transmitir lo que solo se puede entender en el silencio. Frente al drama general, imagen abstracta, lo que importa a cada uno son sus dramas particulares, esos que se sufren en el pequeño espacio de intimidad que nos concede el cariño: el sufrimiento de la pérdida inesperada sin más consuelo que un beso de adiós a distancia; el dolor de imaginar los últimos momentos de quien tantas veces te abrazó, buscando con su última mirada la cara querida que alivie su angustia final; la tristeza imposible de compartir; la maldita certeza de la ausencia definitiva. Qué miseria de defensas tenemos ante ese vacío, que ya nunca se va a llenar. 
 Ahora las palabras dan vuelta sobre sí mismas sin alumbrar nada nuevo. Lo que está por decir es lo que venga después, y ahí sí que habrá mucho de qué hablar. Si el presente es consecuencia del pasado, el futuro solo cabe imaginarlo como un tiempo difícil y convulso, con un gobierno desorientado y zarandeado por las contradicciones internas, que no augura precisamente un tiempo de recogido sosiego. Tendremos que ser fuertes.

miércoles, 13 de mayo de 2020

Ahora, cuidado

Hemos cambiado de fase, o sea de marco de deberes y obligaciones en nuestra vida social, y con eso se nos hace más fuerte la sensación de que el enemigo retrocede y que solo le falta la estocada final. Las cifras son alentadoras, dentro de lo volátil que resulta cada recuento, y nos resultan un buen pretexto para volver a entregarnos a aquello que antes podíamos hacer impunemente sin darnos cuenta de la suerte que teníamos: dar besos y abrazos, compartir físicamente los afectos, saludar con efusividad, tomar una caña en compañía cercana. El peligro ahora puede venir de la confianza que se genera tras el suspiro de alivio al ver que lo peor comienza a irse. La confianza puede ser un factor positivo cuando se basa en las propias fuerzas, pero arriesgado cuando se utiliza para enfrentarse a las ajenas. No es un escudo que proteja ni un ahuyentador del mal. A una persona de naturaleza confiada le cuesta tiempo darse cuenta de que no es más inmune que los demás frente al peligro. Es cierto que lo que se ve por las calles es a una mayoría de personas responsables con los demás y consigo mismas, pero también a algunos que se deben de creer exentos de las flaquezas de la naturaleza humana. 
Dicen los que más saben de esto, que son los que menos suelen hablar, que el virus se irá debilitando y perdiendo su eficacia, y que la epidemia terminará desapareciendo por sí misma, como todas. Cumplida su labor de aligerar a la humanidad, el bichito se retira a sus desconocidos escondrijos hasta que, renovado en su estructura y dotado de nuevas armas de camuflaje, pero con la misma o quizá mayor carga letal, alguna circunstancia que no somos capaces de prever lo haga reaparecer. El porqué, si responde a alguna oculta ley natural de autorregulación de las especies o se trata simplemente de una manifestación más del azar, nos resulta totalmente inalcanzable. Lo que sí sabemos por experiencia es que alimenta uno de los pocos sentimientos permanentes del ser humano: el miedo; el miedo de lo desconocido, de lo complejo, de lo inexplicable. 
Cuando todo esto termine, nada será igual, al menos de momento. Habrá una oleada de movimientos convulsos en todos los frentes, porque todos han sido tocados. Habrá también muchas explicaciones que pedir por los enormes fallos cometidos por ineptitud, sectarismo, intereses partidistas o simple ignorancia de quienes estaban al frente de la gestión. Esperemos que luego lo hagan mejor y, si no, que se pueda cambiar el puente de mando. Y esperemos que también haya nuevas armas contra el virus.

miércoles, 6 de mayo de 2020

Se entreabre la puerta

Desde hace tres días el confinamiento muestra un rostro algo más amable. Han entreabierto la puerta de nuestras casas y nos dejan salir por un tiempo y un espacio limitados, que ya es algo. Eso sí, sin juntarse y sin apenas poder entregarse a otro aliciente que no sea el de pasear o andar a carreras. Se han llenado las calles de corredores y de todos esos que odian estar quietos, y de aquellos para los que el confinamiento tenía todas las características de una prisión, pero también de quienes, aun teniendo un espíritu más quietista, echábamos de menos poder moverse a voluntad. Ayuda la primavera, un poco la esperanza de que estemos ya ante el principio del fin y un mucho la gozosa sensación de vivir de nuevo el encuentro con la libertad, y con todo ello parece respirarse en el ambiente un aire de estreno, como si de repente hubiéramos entrado en un tiempo nuevo. Y no es así, claro. Ya se sabe el valor que adquieren las cosas cuando se pierden. 
Pasear, sentir el aire puro, volver a andar por los rincones preferidos de la ciudad, poder pararse a charlar con un conocido que te encuentras en la acera, qué importantes nos resultan ahora esas pequeñas cosas que hasta ayer dábamos por normales y que de pronto alcanzan categoría de valor fundamental. En cualquier adversidad duele más haber sido feliz, dijo el clásico. Teníamos añoranza de la rutina y convertimos en un momento de gloriosa consumación el hecho de reencontrarnos con ella. Después de cincuenta días de reclusión, seguramente cada uno dedicó la primera salida a buscar aquello que más echaba de menos: los espacios abiertos, los sitios donde volver a sentir la caricia del sol, el asomarse al mar o a la montaña, las calles del centro de la ciudad o quizá algún rincón particularmente querido. Yo fui a un parque a ver una pradera cubierta de margaritas. 
Queda el miedo, es inevitable. Se ve en los andares y en los gestos huidizos, y seguramente en las expresiones, si las mascarillas no las ocultasen. Ninguno de nosotros ha vivido una situación como esta, salvo en la lectura de las crónicas y relatos de quienes la sufrieron en otros tiempos, y sí, hay miedo. Miedo a lo desconocido y a lo complejo de este enemigo, a que las decisiones que se toman para luchar contra él no sean las acertadas y a las consecuencias que nos va a traer, pero a su vez podemos convertirlo en una útil compañía. El miedo, si es vigilante y previsor, es madre de la seguridad. Si nos protege de imprudencias que nos lleven a una recaída, bienvenido sea.

miércoles, 29 de abril de 2020

Crónica del aislamiento (VI)

Cuadragésimo sexto día de recogimiento. Han aparecido nubes de amanecida ocultando el cielo. Están quietas, como si pensaran quedarse mucho tiempo, ellas, que pueden moverse a sus anchas por todo su espacio, no como nosotros. Desde hace tres días las calles parecen haber recuperado un pequeño asomo de normalidad; se ha levantado la reclusión a los niños durante una hora diaria y se les permite salir acompañados por un adulto, aunque no muy lejos de su domicilio. Y sin embargo, el aire sigue en silencio, como si ni siquiera los niños se atreviesen a romperlo. 
Lo más sorprendente, y a la vez lo más desconcertante, es que todo es nuevo. En apenas una semana hemos pasado de llenar estadios y abarrotar las calles con manifestaciones masivas a no poder salir de las cuatro paredes de nuestra casa. El virus ha convertido nuestro domicilio en el epicentro único de nuestras vidas. Durante la peste negra, las aterradas gentes se refugiaban en las iglesias y monasterios y buscaban esperanza y consuelo rezando y oyendo, por ejemplo, el Media vita in morte sumus. Hoy cantamos otras canciones, el monasterio es nuestra casa y la esperanza la busca cada uno donde puede. Conocemos a nuestro enemigo mucho mejor que ellos, pero de momento no nos sirve de gran cosa; seguimos usando el mismo remedio: aislarnos de él. Hemos cambiado la ignorancia de las razones de tanta desgracia por un conocimiento científico de sus causas, pero la incertidumbre ante el mañana y un cierto grado de temor escondido que nos acongoja, siguen teniendo una imagen parecida. 
Este tiempo sombrío siempre da lugar a la aparición de aspectos luminosos y oscuros en contraste notorio. Aquí tenemos, entre los primeros, la calidad moral de nuestra sociedad, su generosidad, las donaciones de los más favorecidos, el comportamiento ciudadano, el valor de los profesionales de todas las ramas, la solidez de nuestro sistema sanitario. Y en el lado más oscuro, la ruin labor de los oportunistas, que aprovechan la debilidad social en que nos deja la desgracia colectiva para arrimar el ascua a sus intenciones; en eso están los populistas y nacionalistas, cada uno por su lado, firmes en sus empeños destructivos, unos del sistema y otros del país. Y también el caos en la gestión material de la enfermedad, la imprevisión, el desbarajuste en las cifras, los fallos y timos en las compras de material de protección, la sensación de arrogante autosuficiencia del presidente del Gobierno y la desazón que produce todo lo que rodea a la inquietante figura del vicepresidente.

miércoles, 22 de abril de 2020

Crónica del aislamiento (V)

Trigésimo noveno día de confinamiento. El sol de mediodía calienta ya sin ninguna timidez y parece acentuar la soledad de las calles haciendo notar más su vacío. En un balcón de enfrente una chica lo toma tumbada en una hamaca como si no quisiera desaprovechar su visita; a lo mejor oyó a alguien decir que había que reponer la vitamina D que no se tomaba durante la reclusión. Es la vida improvisada en su adaptación a una nueva realidad nunca conocida hasta ahora, igual que las caminatas de ida y vuelta por el pasillo o el café de media mañana que nos servimos nosotros mismos y tomamos sin charla y sin ruido. Se nos va abril escondidos entre nuestras cuatro paredes, y el virus sigue ahí fuera, amparado en su invisibilidad, o puede que no y tengamos más margen del que pensamos. Esa es la gran cuestión: tener que combatir a ciegas, sin estar seguros de si acertamos en los golpes o gastamos más fuerzas de las necesarias. De momento ha bajado el número de contagios y de muertos, y cada cifra que se reduce es un pequeño destello de luz que se percibe al final de un túnel muy oscuro.
El tiempo detenido es el reino de la memoria. Disminuido el papel de la voluntad, con escasas oportunidades para actuar, y limitado el entendimiento a su labor de siempre, es la memoria la que se erige en dueña de nuestras sensaciones. Nos damos cuenta de que el recuerdo es un buen compañero, el mejor, porque siempre está disponible, y sentimos la necesidad de centrarnos en esas miradas hacia atrás para las que nunca encontramos tiempo, de ordenar esas fotografías en blanco y negro que tenemos en algún sitio, de releer ese libro o volver a ver aquella película que tanto nos gustaron en su momento, de llamar a ese amigo del que hace tiempo que no sabemos nada, de revivir aquel viaje en el que descubriste por primera vez el mundo y acaso el placer de pasearlo cogido de una mano querida. El recuerdo, el único paraíso del que nunca podremos ser desterrados.
Esta reclusión es también el reino de lo virtual: besos y abrazos virtuales, visitas virtuales a museos y monumentos, juegos, saludos y hasta aperitivos virtuales. Es el triunfo de una vida paralela que solo nos es permitido vivir desde la virtualidad, o sea desde la irrealidad vestida de apariencia. Cuánto hemos aprendido en nuestro afán de adaptación a las limitaciones que nunca imaginamos que tendríamos. Da que pensar que esto sea algo más que un ensayo sobrevenido e involuntario de unos nuevos modos de vida que luego entrarán de lleno en la normalidad. Vamos a creer que no.

miércoles, 15 de abril de 2020

Crónica del aislamiento (IV)


Trigésimo segundo día de clausura. Este año la primavera solo puedo seguirla a través de los geranios de mis macetas. Se ha convertido en una hermosa imagen grabada en el recuerdo, aunque puedo soñarla y revivir momentos de su luminosa presencia. En las llanuras castellanas los campos estarán verdes de trigo y alcacel recién nacidos y rojos de amapolas primerizas; en nuestras pomaradas los manzanos comenzarán ya a vestirse de blanco, y en el valle del Jerte los cerezos se estarán preparando para ofrecer su espléndido espectáculo anual. Habrá un rebullir en el bosque y un aroma a tierra húmeda en los caminos y nuevos cantos en el aire, hasta ahora silencioso. Es otro de los suspiros de resignación que se nos escapan en este retiro forzoso: saber que ahí fuera hay un mundo renovándose con las galas primaverales, mil veces repetidas y mil veces sorprendentes, y no poder contagiarnos de su estallido de vida ni sentirlo como estímulo de nuestra renovación interior.
Ahora se nos impone una experiencia nueva. En estos días, el hombre sentado en el sofá de su salón seguramente se reafirma en la idea de que el paraíso está siempre en otra parte. El viaje interior puede llevarnos por caminos sin polvo ni fatiga hacia el mundo que queramos plantearnos, sin tener que usar palabras de saludo ni de despedida; al fin y al cabo, del viaje alrededor de nuestro cuarto nunca se regresa. Pero muchas veces la exigencia se vuelve sensorial, y la necesidad de anular o de confirmar nuestro escepticismo acerca de lo imaginado nos impulsa a tomar el bastón de caminante, justo lo que ahora nos vemos obligados a reprimir. Hemos sido reconvertidos de homo girovagus a homo sedens.
El silencio de las calles hace fijar la atención en las palabras. La desgracia las dota de un nuevo significado, vuelve vacías y ridículas a aquellas que se pronunciaban como un dogma de fe y no eran más que huecas proclamaciones sectarias. Era apenas ayer cuando oíamos a aquellas luminarias de la gran manifestación feminista proclamar al mundo entero: "¡Mata el machismo, no el coronavirus!". Ya van más de 18.000 muertos. La ignorancia engendra soberbia y es la vida la que acaba imponiendo su ley. Hemos alcanzado importantes victorias sobre la enfermedad y la muerte, pero la naturaleza siempre termina volviendo con nuevas armas y una sonrisa burlona, como si disfrutara colocándonos una y otra vez en la casilla de salida. Fíjense, estamos tratando esta epidemia con el mismo remedio que se empleaba con la peste medieval: cuarentena y aislamiento. Voy a regar los geranios.

miércoles, 8 de abril de 2020

Crónica del aislamiento (III)

Vigésimo quinto día de encierro. Miércoles Santo sin nada que lo delate, sumido en un silencio que no deriva de su propia condición, sin pasos, sin procesiones y sin presencias. Esta semana será verdaderamente santa para quien la busque en lo más íntimo de su alma, cara a cara consigo mismo y a solas con el misterio que nutre su fe. Su meditación sobre el hecho fundamental del dogma cristiano se convertirá en plegaria, en propósito, en razón de vida. Fortalecerá su esperanza con la palabra mil veces oída y siempre renovada, como alimento que es. Tendrá la oportunidad de asistir desde su casa a la liturgia que le reafirme en su estado penitencial, pero esta vez no podrá recogerse en la penumbra silenciosa de una iglesia ni andar por las calles con sayales ni capirotes. Más que nunca, sólo para él la semana es realmente santa.
Los días pasan con la monotonía de la gota que cae machaconamente con el mismo intervalo. Como ella, cada uno es igual al siguiente y similar al anterior. Las calles vacías forman un escenario inalterable, como lo es todo aquello de donde se ausentado la vida. Da igual la hora o el lugar desde el que se contemplen. Sorprende el silencio; el vacío es silencio. El sonido ha sido expulsado de la ciudad, y una ciudad sin ruidos es como un decorado en el que faltan las palabras de los actores. De puertas adentro, a resguardo del virus, la gran amenaza se llama tedio. De pronto todos tenemos tiempo abundante a nuestra disposición. El virus nos ha quitado la excusa que tantas veces hemos empleado para no hacer lo que nos habíamos propuesto. Pero el tedio es un adversario fácilmente vencible. Sus grandes enemigos son la imaginación y la voluntad, la curiosidad, el afán de conocimiento, la práctica de lo lúdico, las relaciones familiares, la creatividad.
De fuera llega el pulso de una actualidad que nos deja admirados, agradecidos, indignados y atemorizados, todo en el mismo lote de sensaciones. Enciende uno cualquier pantalla y no oye más que palabras de elogio hacia los profesionales que luchan en primera línea contra la epidemia y ácidas quejas sobre la clamorosa ineptitud del Gobierno, que se traduce, entre otras cosas, en una angustiosa carencia de material básico de protección. Pero hombre, señor presidente, que no nos faltan equipos de protonterapia ni aceleradores de cobalto, sino lo que se usaba hace cien años: mascarillas, batas, guantes. Hemos aceptado perder la libertad antes que poner en riesgo la salud, pero es necesario que el camino no esté señalado por guías incompetentes.

miércoles, 1 de abril de 2020

Crónica del aislamiento (II)

Decimoctavo día de reclusión. El virus sigue ahí fuera, como si estuviera compuesto de paciencia infinita. En el ámbito que nos han limitado, la vida se va adaptando al presente diario en busca siempre de cualquier rendija de luz que la haga lo más llevadera posible. Es la hora de los artilugios de comunicación y de todos los dispositivos electrónicos de entretenimiento. Internet como sustituto de la libertad de andar; lo virtual como remedio de la ausencia física y de los abrazos que no podemos darnos. Claro que hay rincones del alma a donde solo llegan las palabras y las miradas en su propia carne. Me fijo en mi vecino de enfrente; vivía las tardes con sus amigos en el bar entre partidas de cartas y tertulias de fútbol, y ahora se pasa el tiempo asomado a la ventana con la mirada vacía y desorientada; parece la expresión del melancólico verso de Segismundo: y soñé que en otro estado más lisonjero me vi.
Qué valor alcanza la rutina perdida, aquella tediosa rutina que nos volvía iguales los días y que tanto nos empeñábamos en alterar. Andar cada día la misma acera, ver al quiosquero de la esquina con cara adormilada recogiendo los periódicos que le dejaron en la puerta, las persianas subiendo a la misma hora, los ruidos de siempre, las caras aborrecidas y las indiferentes, la baldosa de la plaza que tabletea cuando la piso, el pescadero que garrapatea en una pizarra con letra infernal que tiene chicharros y bocartes en oferta, saber que ayer se fue, mañana no ha llegado y hoy se está yendo sin parar un punto. La rutina ahora es comprobar cada día la asombrosa incompetencia de este Gobierno en la gestión material de la crisis, y al mismo tiempo descubrir a cada hora capas escondidas de nuestra sociedad. Hay un sinfín de historias de heroísmo, de ternura y de generosidad. Ternura da ese viejo que toca la armónica convencido de que los aplausos son para él; generosidad la del dueño del bar de carretera que pone en el exterior una mesa con víveres gratis para los camioneros o los cientos de personas anónimas que ofrecen sus habilidades profesionales y sus recursos, desde impresoras en 3D hasta máquinas de coser, al servicio de la lucha; heroísmo el de quienes están en primera línea. La sociedad civil una vez más por delante de la institucional.
Dentro, los pensamientos nos ofrecen el regalo de su infinita libertad. Puedo sentarme, a solas únicamente con mis personajes y mis inclinaciones, en el centro de un círculo acotado, al que invito, cuando tengo necesidad, a los grandes compositores, escritores o artistas que he seleccionado como amigos. No está tan mal el encierro.

miércoles, 25 de marzo de 2020

Crónica del aislamiento

Undécimo día de retiro. Ha llegado la primavera y esta vez sí que nadie sabe cómo ha sido. Los árboles reverdecidos y los prados en flor son imágenes para ver tan solo con la memoria. He vuelto a asomarme a la ventana como cada día, quizá con la secreta esperanza de encontrar algún nuevo signo que altere el tiempo detenido. Pero no; la calle está solitaria. La calle es ahora de las palomas y supongo que los gorriones se han convertido en los reyes de los bancos y los jardines de la plaza. En las aceras vacías no hay saludos ni encuentros ni siquiera pasos; no hay más visión que un desfile de persianas cerradas. La vida ha cambiado de cotidianidad. De un portal sale una chica con un perro. Me he fijado que lo hace siempre a la misma hora. Pasea con expresión ausente, como si tuviera que aceptar esa rutina como un mal menor frente a la que se encierra entre las cuatro paredes.
Aun en su estado de inacción, el tiempo trae sus pequeños acontecimientos, que se convierten en los hechos que configuran nuestro día personal. El periódico en el desayuno, el libro cuya lectura hemos redescubierto, la llamada de quien no se esperaba, la iniciativa en que no habíamos pensado o las manos que cada tarde aplauden desde las ventanas, convertidas en palcos de un escenario hecho de aire y gratitud. Llega desde algún sitio la canción "Resistiré", que alguien ha puesto a buen volumen, y por un momento su letra suena como un toque de emocionante rebeldía. No he dejado de oír cada día palabras como unidad, solidaridad, resistencia, civismo, compromiso, fortaleza, valentía, y frases esperanzadoras y de ánimo. Son el lado luminoso; la mayoría. En el rincón oscuro están los nacionalistas fanáticos de siempre y algún miembro del Gobierno, como ese vicepresidente de la coleta, que parece un personaje de novela creado para dar al argumento un tono inquietante.
Las horas caen con la cadencia de una oferta insistente, vestidas de oportunidad. He descubierto que no puedo arrepentirme más que del tiempo voluntariamente perdido. El tiempo no puede matarse; se muere él solo. Gira sin fin en un círculo de radio infinito y solamente nos son asignados unos insignificantes grados de su arco. El tiempo es el soñar; pobre idea la mía, pero parece exacta. El tiempo y el soñar nos son ajenos en su causalidad e impredecibles en su contingencia; los dos son finitos, implacables y generosos en posibilidades, y los dos nos tienen a su merced. Ahora el tiempo es nuestro y podemos abusar de él, exprimirlo y hacerlo parecer aún más breve. Este retiro puede enseñarnos muchas cosas.