miércoles, 17 de junio de 2015

La hora de los perdedores

Para todos los que siguen con interés los avatares de la política, profesionales, politólogos o sedicentes entendidos, debieron de resultar apasionantes estos días de ebullición en los que asistimos al espectáculo que nuestros elegidos nos ofrecieron gratuitamente buscando cada uno su acomodo como si fuera el juego de las sillas. Al final, claro está, todos encajaron, si bien alguno, cuando se despierte, puede que se dé cuenta de con qué extraño compañero de cama se acostó. Por contra, los ciudadanos de simple vivir nos quedamos contemplando, entre perplejos y displicentes, los efectos de la inmensa fuerza de atracción del poder, capaz de torcer barras que nos habían presentado como rígidas y de cruzar líneas que nos habían descrito como infranqueables. En el fondo no deja de ser una experiencia necesaria esa de asistir una vez más al juego de ambiciones y palabras encontradas que siguen a cada petición de voto, ver a todos los perdedores mercadeando entre ellos, ofreciendo, regateando, prometiendo, intercambiando futuros cargos, en algunos casos sólo para evitar que gobernase el partido que obtuvo más votos. ¿Dónde quedan las ideas y las rotundas afirmaciones previas a las elecciones, aquellas que establecían las luces rojas de los pactos? Pues sometidas a la coyuntura, que cuando tiene apariencia favorable no quiere saber nada de honor y dignidad. Ay si alguien nos asegurase que por encima de todo sólo late el afán de resolver los problemas de los ciudadanos y de mejorar la sociedad.
En el torbellino de frases y eslóganes de los mensajes partidistas hubo una palabra común a casi todos: cambio. Como si el cambio tuviera algún grado de calidad intrínseca. Un cambio puede ser a mejor o a peor; no implica nada por sí mismo. Otros nos repitieron términos de significado tan abstracto como obvio: progreso, libertad y demás. Hay quien, como ese nuevo alcalde gaditano, un tal Kichi, promete felicidad a sus vecinos, con lo que alcanza la cumbre más alta de las promesas. A lo mejor es un enviado del Olimpo.
Se ha discutido si estos pactos a espaldas de los votantes responden a una idea pura de la democracia o son más bien una mistificación de la voluntad popular revelada en las urnas, una falacia derivada de la indebida deducción de proposiciones a partir de la voluntad electoral de los ciudadanos. Hay incluso quien distingue en función de su finalidad; no sería lo mismo si se formalizan para elegir un poder legislativo que un ejecutivo, como serían los ayuntamientos. En todo caso se trataría de una cuestión sujeta a interpretaciones diversas, no todas de fácil asimilación. Aunque en la percepción popular no es tan complicado; un amigo me la resumía de forma muy sencilla:
-Yo aborrezco a Podemos y todo lo que representan; he votado a los socialistas. ¿Y qué hicieron los socialistas? Pues entregar mi voto a Podemos. Me siento engañado. Jamás volveré a confiar en ellos; quizá en ninguno.
No es verdad eso de que la derrota tiene una dignidad que la victoria no conoce. La derrota tiene dignidad si se la dan los derrotados. Algunos ya nos han enseñado cuánta tienen.

miércoles, 10 de junio de 2015

Final feliz

Justo cuando nos bombardean minuto a minuto con las idas y venidas de los partidos perdedores negociando entre sí para repartirse los cargos y evitar que gobierne el que obtuvo más votos, se produce uno de esos hechos que desfruncen el ceño de la ciudad y le ponen en los labios una sonrisa complacida. Estamos menesterosos de buenas noticias, así que se agradece más. Ni siquiera a los que no tenemos el fútbol entre nuestras pasiones nos puede dejar indiferentes lo sucedido la tarde del domingo. Un partido de Liga, una victoria ante un equipo que ya no se jugaba nada, pero qué enorme capacidad de liberar todos los sentimientos contenidos durante mucho tiempo y generar una explosión de alegría desbordada en la que no tienen cabida matices ni sombras. Esa manifestación de ciudadanos unidos sin distinciones por un júbilo pleno y desinhibido, esas riadas vestidas de rojo y blanco que inundaron las calles, ese estallido de felicidad compartida, eran algo más que una consecuencia de un encuentro futbolístico. Eran la exteriorización colectiva de un sentido de pertenencia y la expresión de la victoria final, con efectos catárticos, sobre la acción demoledora de muchas frustraciones y desengaños vividos. La posibilidad, por fin, de enarbolar el orgullo largamente reprimido. Las consecuencias económicas para la ciudad, que las hay, quedaban sepultadas bajo los cánticos enronquecidos y el frenético ondear de las banderas a la espera de un mejor momento para su análisis. Más que nunca, el fútbol se convertía en la liviana alegría de vivir.
Una ocasión así, en la que se vive uno de esos raros instantes en que se siente un latido común, casi como un éxtasis colectivo, bien merecería un Píndaro que exaltase con palabra ardiente la gloria de la lucha y del triunfo del atleta, porque en estos casos la emoción estética queda relegada ante el valor del desenlace final. El homo victor se impone claramente al homo ludens, y más en este deporte en el que todo es desmedido, enfático, extremado e hiperbólico, en la gloria y en el fracaso. He dicho deporte y acaso habría que llamarlo fenómeno de largo recorrido transversal, porque ninguna otra actividad lúdica trasciende su ámbito con tanta largueza, ninguna alcanza a paralizar tantos corazones, ninguna mueve tantos dineros y ninguna como esta tiene atado a los caprichos del azar el honor de una ciudad e incluso de todo un país. Ni ninguna otra sirve con tanta regularidad como eficacia para aliviar tensiones, adormilar penas, distraer atenciones y desviar miradas. Y en esta labor tiene infinitamente más prestancia que la que despliegan con el mismo fin otros poderes públicos y privados. Por una vez los sentimientos, que a veces se dejan arrastrar por falsos señuelos, siguen una dirección dictada por lo más auténtico de sí mismos. Si se trata de desviar la atención, al menos que sea para mirar una realidad gratificante y gozosa.
En fin, que Gijón y su nombre ya vuelven a donde debían, a estar cada semana en la atención y en los comentarios de los aficionados de toda España. Y ahora, que los dioses de las esferas acompañen a la nuestra en su nuevo rodar por los campos de la máxima categoría.

miércoles, 3 de junio de 2015

Palmira

Cuando se llega a Palmira hay unas cuantas impresiones inmediatas que se superponen en el viajero a modo de bienvenida: un aire sofocante que reseca la boca, unas ruinas que suponen un desafío para el visitante por su extensión y por la multitud de vendedores que no le dejan respirar, la certeza de hallarse en el centro de una inmensa soledad y la emoción de haber llegado a uno de esos sitios que, por alguna razón, forma parte de la lista de los lugares legendarios que todos nos hemos hecho. Luego, ya ante aquella majestuosa panorámica de ruinas, a las que ni el tiempo ni el viento del desierto a lo largo de dos mil años han conseguido desproveer de su solemnidad, queda la sensación de estar en lo que fue el límite mismo de la civilización, el punto máximo de extensión de la cultura griega y romana; más allá, los bárbaros, la oscuridad, la ausencia de la ley y del logos. El mal azar histórico ha querido ahora darle de nuevo ese papel.
Palmira fue desde antiguo un importante enclave comercial en el cruce de varias rutas caravaneras. Tiberio y Adriano la dotaron de las magníficas construcciones que hoy podemos ver. Luego, la reina Zenobia, una figura romántica, trató de prescindir totalmente de Roma, pero el emperador Aureliano en dos breves campañas acabó con ese intento y Zenobia fue llevada como trofeo a Roma, aunque se le perdonó la vida. La ciudad perdió su esplendor y se convirtió en un simple puesto militar del limes del imperio. Así se fue extinguiendo, afectada por terremotos, abandonada por sus habitantes y engullida por el desierto. Fue un viajero español, Benjamín de Tudela, el primer occidental que la visitó, hacia 1172; después volvió a hundirse en la oscuridad hasta el siglo XVIII. Hoy las excavaciones nos han devuelto su imagen, grande, espléndida, pero tan alejada de lo que fue en la antigüedad que, aún sorprendiéndonos, nos invita a la reflexión: decadencia de las civilizaciones, evidencia del azar como fuerza que domina la historia, mecanismo de autodefensa basado en rupturas necesarias para abrir nuevas vías a las expresiones de la humanidad, demostración inapelable de la ley de los ciclos históricos, cualquiera de estas cosas o algo de todas, quién sabe.
La ciudad actual está a unos tres kilómetros de la antigua, y sigue viviendo del comercio, como siempre. Las tiendas no parecen cerrar nunca. La calle principal, a las once de la noche, muestra la misma animación que de día. Comercios y tenderetes a lo largo de las dos aceras con la mercancía fuera y el dueño a la puerta saludando al forastero e invitándole a pasar; niños jugando; hombres sentados, charlando y fumando, practicando el típico dejar pasar el tiempo de los árabes. En una tienda de material fotográfico, el dueño nos invita a un té y nos regala una fotografía de Palmira tomada en 1950. Al viajero le queda esta noche, en la que pudo vivir la cercanía de la vida de una población siria y de su gente, como uno de esos recuerdos que se antojan irrepetibles. ¿Y ahora? Cómo cuesta imaginar a Palmira en manos de esas bestias asesinas del Estado Islámico. Cómo duele ver el triunfo del fanatismo y la ignorancia sobre el esfuerzo redentor del tiempo.

miércoles, 27 de mayo de 2015

Y ahora, a trabajar

Eso, a trabajar. Y a cumplir las promesas que nos hicieron durante estas dos semanas. Y a dejarse ya de tanta palabrería, aunque sólo sea para darnos un pequeño descanso, que es que estamos saturados de sus cosas. No de sus ideas, qué más quisiéramos que nos impregnaran de ideas vigorosas e ilusionantes, sino de eso que llamamos cosas de los políticos: de su habilidad para el manejo de las falacias, de su negativa absoluta a ver algo bueno en las propuestas del contrario, de su incapacidad para establecer alianzas pensando sólo en el bien de todos, de su descaro en denunciar la paja en el ojo ajeno sin aludir a la viga en el propio, de su maestría en ocultar su ignorancia bajo retórica barata, de la sumisión de su conciencia a la orden que da el dedo del que dirige. Cosas de los políticos, que ya casi se han convertido en categoría. Por lo que se ve, han ganado todos, como siempre; ninguno ha reconocido una derrota, así que todos contentos. Pues con esa alegría de la victoria, a tratar de establecer pronto los nuevos poderes ejecutivos, el regional y los municipales; que no suceda aquí como la vez anterior, que ni las circunstancias ni el lugar están para egoísmos miserables ni para miradas a ras de suelo.
Durante unos cuantos días los rostros de sus jefes han inundado las calles, adornados con su sonrisa más seductora, y el domingo nos decidimos por una de las listas, a pesar de estar llena de nombres desconocidos, y la pusimos en una urna. Ahí se acaba su vinculación con nosotros. A partir de ahora su actividad nos será completamente desconocida, y la confianza que depositamos en usted, hasta el punto de elegir la papeleta que contenía su nombre, se quedará sin respuesta y se irá al limbo de la evanescencia, hasta que en la próximas elecciones aparezca de nuevo para tratar de convencernos de que fue merecedor de ella. Entretanto, no esperamos gran cosa de su labor personal. La experiencia nos enseña que las propuestas que pueda imaginar para solucionar cualquier cuestión, las respuestas que tenga para salvar los problemas diarios, cualquier iniciativa propia, e incluso su percepción del latido ciudadano, estarán siempre mediatizadas por los intereses del partido. Ah, los partidos y su extraña mística del poder, entendida aquí como conocimiento. Ya se sabe que lo que más asusta de los partidos no es lo que dicen, sino lo que olvidan o no quieren decir.
Viendo esas listas llenas de nombres que en su mayoría nada dicen al votante, uno se pregunta cuántos de estos señores que nos pidieron el voto lo habrán hecho por auténtica vocación política, es decir, de servicio a la polis, y cuántos por buscarse un modo de vida en el que estar a cubierto mientras se pueda, e incluso, con un poco de suerte y si se tiene la virtud de la docilidad y alguna que otra prenda natural, medrar hasta quién sabe dónde. Vamos a pensar que estos son los menos. Ahora que los pactos entre los perdedores pueden dar lugar a un escenario inédito, con su carga de incertidumbre, el sencillo ciudadano de a pie espera de sus elegidos un esfuerzo por huir de la tentación sectaria y fijarse ante todo en el bien general. Vamos a ver.

miércoles, 20 de mayo de 2015

Escapada extremeña

El efecto más positivo de una campaña electoral es el de fomentar el espíritu viajero. No hay nada como una buena escapada para zafarse de ella, aunque sea por unos días; en cualquier dirección y a cualquier destino callado y recogido, que esta España nuestra es muy variada y los tiene en abundancia. En esta serranía cacereña el sol cae mansamente sobre jarales, madroños y lentiscos y sobre los mismos ojos del forastero, para hacerle aún más gozosa su andadura. Y así, este viajero acaba de dejar Cáparra con la mirada todavía impregnada de su singular arco tetrafronte e imaginando lo que debió de suponer esta ciudad en la Vía de la Plata, y se va hacia Guijo de Granadilla en busca del poeta de lo sencillo y de los sentimientos primarios, y quizá por eso mirado con cierto desdén por los gurús de la modernidad. Gabriel y Galán tiene aquí su casa y su tumba, y su recuerdo en la mente de sus paisanos y en estos campos de mieses y frutales, los de las mudas perspectivas serias, los de las castas soledades hondas, los de las grises lontananzas muertas.
El camino sigue hacia el norte hasta adentrarse allí donde los valles y la comarca entera adquieren un nombre de leyenda: Las Hurdes. La leyenda de Las Hurdes hace ya mucho tiempo que se deshizo, para bien de todos, y ni siquiera queda vivo algún recuerdo doliente, como no sea el que se ha transmitido por la palabra. Y sin embargo, uno contempla el apiñado y anodino caserío de cualquiera de los pueblos que se extienden por las laderas y le da por pensar que tal vez se podría haber alcanzado el progreso sin entregarse a la más absoluta vulgaridad. Han perdido su aspecto de pobreza, pero no han ganado belleza. Este visitante recuerda, por ejemplo, la comarca de los Pueblos Negros, en la sierra de Guadalajara, y le parece que aquí las cosas se podían haber hecho de forma parecida, manteniendo su esencia y convirtiéndola en fuente de riqueza. Desde luego, no encuentra ningún motivo especial para volver a Las Hurdes.
Como contraste, puede uno tomar una carretera solitaria que se adentra entre colinas y dehesas para llegar a uno de los pueblos más singulares de esta y otras muchas zonas: Granadilla. Una península rodeada por el inmenso lago de un embalse, un pueblo amurallado a los pies de un castillo, unas calles desiertas y unas casas hermosas y vacías. El embalse nunca anegó el pueblo, pero quedó al borde y sus habitantes fueron obligados a abandonarlo. Algunos trabajos de mantenimiento lo conservan hoy en toda su extraña belleza, habitado sólo por el silencio y el vacío, el imponente vacío que a la hora del anochecer se hace sobrecogedor. Vuelan bajos, sin temor y sin cuidado, vencejos y golondrinas; seguramente a la noche lo harán lechuzas y murciélagos. Desde lo alto de la torre del castillo la vista se pierde en la extensión de agua que la rodea y en los encinares que pueblan las lomas suavemente redondeadas que flanquean la carretera de acceso al pueblo. Cuando se despide de Granadilla, a este forastero ya no le importa demasiado la batahola de vana palabrería que haya de soportar en lo que queda de campaña.

viernes, 15 de mayo de 2015

Otra campaña electoral

Quizá lo más auténtico de una campaña electoral sea ese aire de mercadillo de pueblo que tiene siempre, pero no de los silenciosos y bien ordenados rastros de hoy, sino de aquellos de antes, en los que los vendedores anunciaban sus milagrosos productos con su mejor verborrea ante un corro de oyentes. Qué dominio de las técnicas de persuasión. Cómo se iban cambiando las caras de escepticismo, primero en una mirada curiosa y luego en un gesto convencido. Y cuántas píldoras curalotodo, afrodisíacos y crecepelos se compraron con la ilusionada certeza de estar adquiriendo una solución maravillosa, para verla sustituida enseguida por la triste comprobación de haber sido estafados. Pero para entonces el vendedor ya se había ido.
También los de hoy tratan de vender sus remedios sanadores, no ya ante su corro de oyentes, sino ante la plaza entera, que para eso están los medios. Y a pesar de que los años y la ya larga sucesión de citas hayan ido depositando alguna capa de recelo en la fe ilusionada de los comienzos, casi siempre consiguen que se les escuche con la misma mirada confiada que se brindaba a la pócima maravillosa. Cómo podría ser de otro modo, si traen lleno el saco de los regalos y de las ofertas, y los desparraman con una dulce sonrisa entre promesas de riguroso compromiso de cumplimiento. El ciudadano aún no tocado por el perverso microbio del escepticismo se quedará con la confortadora sensación de que por fin va a conocer el país de las maravillas, y eso sin atravesar espejo alguno. El bello jardín estaba detrás de una urna. En cambio, el que hurgue en los recovecos del mensaje captará un buen número de componentes que le harán esbozar una sonrisa de condescendencia: una carga abundante de demagogia, el acercamiento a algunos temas enormemente complejos y profundos tratados con la simpleza del diletante, un ir y venir de los argumentos girando siempre en torno al corral propio y, en el caso de algún vendedor, la inquietante sensación de que, si le compramos su producto, se nos va a resquebrajar algo secular y muy querido.
La técnica es conocida por repetida. Los vendedores van exponiendo sus ofertas a un ritmo bien medido, dosificándolas en función de las que hagan los rivales. Si es un vendedor con cierto sentido de la realidad, sabrá dónde debe detenerse, aunque no sea más que para no ofender la capacidad de raciocinio de los adquirentes. Si no lo es, ofrecerá ilusiones vestidas de proyectos vagamente realizables, sin explicar jamás cómo los realizará. Claro que los oyentes que tengan alguna experiencia sabrán distinguir entre ambos y dejarán en su sitio a los vendedores de humo. No es fácil. A veces no existen líneas definitorias claras y resulta difícil discernir entre el populismo engañoso y la utopía razonable, y otras sucede que los condicionantes externos son tan poderosos que hacen que la elección termine haciéndose en virtud de motivaciones más próximas al sentimiento que a la razón. Sería triste que el futuro del país se decidiera por la telegenia de un rostro. Ante la urna sólo cabe una profunda reflexión que deje al margen lo accesorio, porque ese es el único momento en que la democracia deja de ser palabrería.

miércoles, 6 de mayo de 2015

La madre

De vez en cuando la actualidad, aun sin perder del todo su eterna cara hosca, se digna hacernos algún guiño simpático y nos trae imágenes refrescantes que se nos presentan como evocaciones. Las vemos y nos damos cuenta de que ya resultan sorprendentes, ellas, que constituyeron una de las bases de la formación de tantas generaciones de ciudadanos, que, por cierto, no salieron muy mal formados. Tanto hemos cambiado que ahora son noticia de primera plana. Esa madre que saca a su hijo a pescozones de una manifestación violenta se ha convertido, sin pretenderlo, en el símbolo del coraje de quien no vacila en desafiar las conveniencias actuales, ni siquiera el peligro físico, por el amor a su hijo. Porque es eso, amor. Cuando se bordea el abismo y el diálogo se vuelve inútil, es ese mismo amor el que impulsa a remedios más contundentes. “Prefiero que llores tú un poco ahora que llorar yo el resto de mi vida”, ha oído alguno de nosotros como frase maternal, al menos antes. Bien por usted, señora. En el Día de la Madre lo ha sido usted ante el mundo entero. Seguramente con su gesto ha hecho más por enderezar a su hijo que mil discursos buenistas. Cuente con la sonrisa de complicidad de muchos de nosotros, pero no descarte que alguna asociación de educadores progres la denuncie por maltratadora y plantee a algún juez todavía más progre quitarle la custodia de su hijo.
La figura de la madre ha sido tratada muchas veces en un envoltorio rayano en lo cursi, con palabras edulcoradas y tono dulzón, casi siempre haciendo referencia a los conceptos más elevados. Se han cantado sus virtudes hasta convertirlas en proverbiales: el amor desinteresado, la abnegación, el sacrificio, la renuncia, el dar todo y pedir nada. Poemas, novelas y canciones la han sublimado hasta las alturas de la perfección conceptual; en todas las religiones se han hecho equivalencias celestiales de su figura. La madre, mito y realidad gozosa. En su naturaleza de mujer se aposenta una capacidad infinita de sentimiento primario que, traducido en amor, sostiene nuestra existencia cuando más lo necesitamos. Y en la consumación de su vocación, una entrega sin condiciones que sólo aspira a tener la recompensa en el resultado de su sacrificio. Es decir, la exigencia de ser fuerte. Es la respuesta que la Yerma lorquiana dio a quien se quejaba de que con los hijos se sufre mucho: “Eso lo dicen las madres débiles. Tener un hijo no es tener un ramo de rosas. Hemos de sufrir para verlos crecer”.
Cuando a la condición de mujer se añade la de madre nos damos cuenta del largo tiempo de sacrificios que han tenido que vivir. Hoy, cuando afortunadamente la técnica ha venido en su ayuda, los problemas pueden venir quizá de la infravaloración social. Que no sea así. Lo que el vendaval de las ideas no ha podido llevarse es la de que educar a un hijo, hacer que tenga siempre cercana la mano que puede secar sus lágrimas, consumar la vocación de madre quien la tenga como parte inalienable de sí misma, es mucho más importante que cualquier otra actividad que esta vida a la que hemos abocado nos imponga, aunque nos resulte necesaria para poder sobrellevarla.

miércoles, 29 de abril de 2015

La casa inacabada

Andamos tan ocupados en el ejercicio de nuestras pequeñas miserias humanas que tal parece que la naturaleza quisiera de vez en cuando llamarnos la atención con algún aviso; como un toque en el hombro que nos invita a dejar de mirar tanto los terrones de nuestro huerto y a levantar la mirada para recordar nuestra situación en el gran orden establecido. Casi al mismo tiempo, nos ha hecho dos manifestaciones distintas en lugares muy alejados entre sí, diferentes en la forma, pero muy propias de ella, es decir, imprevistas, sobrecogedoras, espectaculares, insoslayables y trágicas. El terremoto de Nepal nos trae unas imágenes no por acostumbradas menos dolientes. Entre los escombros de sus edificios, junto a las vigas y paredes de sus templos y casas caídas, los rostros incrédulos de quienes un minuto antes andaban por su calle a sus labores de siempre, miran a las cámaras con los ojos cegados por el polvo en una pregunta eterna, tan eterna como la ausencia de respuesta. Y luego, a cada minuto, las historias fieramente humanas, siempre inevitables y siempre renovadas: el heroísmo, la solidaridad, la alegría de un reencuentro dado ya por imposible, la vida rescatada al borde mismo de la desesperanza, las lágrimas de desconsuelo inconsolable, la generosidad de muchos y el miedo de todos. Los terribles gestos de la naturaleza sacan lo mejor de nosotros mismos, quizá porque no cabe rebeldía alguna; sólo una dócil y resignada aceptación.
En otro extremo del mundo, el volcán Calbuco nos dio otra imagen de la ira desordenada de nuestro planeta, pero esta vez recortada majestuosamente sobre el fondo del cielo. Hay poco de grandioso en un terremoto. El terremoto es invisible; su espectáculo solo estriba en sus efectos. El volcán, en cambio, resulta fascinante en su misma “terribilitá”. Una montaña coronada de fuego, vomitando materiales incandescentes y lanzando una columna de humo y ceniza hasta la misma estratosfera, viene a resultarnos un símbolo recordatorio de nuestra propia contingencia; en el fondo, tal vez una alusión al acontecimiento telúrico final que está escrito en nuestros genes culturales. El misterio de las entrañas incandescentes de la Tierra siempre fue una incitación a buscar la trascendencia de lo sobrenatural en el inframundo. Ya se lee en la Ilíada que las herramientas de Vulcano entraban por sí solas en las reuniones de los dioses. El volcán es devastador y pavoroso en su manifestación, pero previsible y lento en sus efectos; incluso se deja delatar ya con bastante precisión por la actual tecnología; hoy parece muy improbable otra Pompeya. La mayoría de ellos son de una belleza sugestiva, con el encanto de la fiera dormida a la que se puede acariciar impunemente; de hecho, los más amables -Teide, Etna, Vesubio, Fuji- constituyen una formidable atracción turística.
La naturaleza nos cobra de vez en cuando su terrible tributo sin que podamos saber por qué. Habitamos una casa inacabada, en continuo proceso de estructuración, pero los sentimientos tienen otra dimensión: la que nos impulsa, viendo esos rostros demudados, a sentirnos cómplices de su dolor y a ayudarlos en lo que podamos.

miércoles, 22 de abril de 2015

La caída

Qué puede pasar por los escondrijos de la mente de un triunfador abundoso en bienes materiales y en prestigio para ponerlo todo en riesgo por una pequeña migaja más. O estamos equivocados en nuestra definición de inteligencia, o no conocemos la fuerza invencible de la ambición, o no sabemos nada del ser humano, que es lo que debe de suceder. Hay en este caso un componente atípico que, al menos visto desde fuera, lo convierte en poco habitual. Normalmente se bordean los marcos legales en el camino de ascenso hacia la cima, cuando el único afán es alcanzarla, no en el de descenso, cuando ninguna meta puede compararse a la ya conseguida. Eso por lo menos en lo que se refiere a la escala social, porque en la material parece quedar claro una vez más que lo que pervierte no es la riqueza, sino el afán de tenerla; en este caso de aumentarla.
Rico de cuna, familia de alta clase, Berkeley, éxito personal, posibilidades sin límites en el mundo de la empresa y las finanzas. Y en la política, cuyo atractivo espejuelo de poder le sedujo y de la que también salió como triunfador, después de revelarse como el mejor ministro de Economía de la democracia, el que la sacó del pozo donde la había dejado el Gobierno que le precedió (y donde volvió a meterla el que le sucedió). Luego, la cima como director del Fondo Monetario Internacional. Y después... El clásico Tácito debía de estar pensando en él cuando escribió que “para quienes ambicionan el poder no existe una vía media entre la cumbre y el precipicio”.
En algún lugar de los altos despachos enmoquetados, frente a la mesa de caoba y junto a las rayas del cuadro del pintor de moda, debería fijarse una inscripción que dijera: “Recuerda, más dura será la caída”. El castigo del que cae de las alturas tiene un amargo añadido al puramente penal en el ensañamiento de los medios, en el regodeo de las cámaras, en la impunidad de las redes o en el mirar para otro lado de quienes tanto presumían de su amistad y tanto le deben. Todo revuelto en desordenada confusión. En la batahola de imágenes y opiniones se tiende a formar una masa acrítica que confunde al ladrón con el evasor fiscal, y al individuo con el partido, y lo presunto con lo cierto, y en las tertulias los sabihondos de cada día se crecen en su énfasis, y los políticos de la oposición hincan el diente porque mientras muerden evitan que se fijen en lo de ellos, y la justicia ha de andar a lo suyo sin dejarse arrastrar por eso que algunos llaman irresponsablemente alarma social.
Hay algo esperanzador en este vaivén de agentes policiales que entran y salen de lujosos domicilios llevando del brazo a gentes conocidas, antiguas personalidades convertidas en vulnerables personajillos que entran en el coche con la mirada baja, tratando de readaptar el oído del halago al insulto. La ley actúa, y los busca en todos los partidos y en todos los ámbitos geográficos y sociales. Se está limpiando de fango el lecho del río, y las aguas sin duda se volverán más claras y transparentes, y seguro que más tranquilas, como debe ser para nuestro bien y nuestra dignidad colectiva.

miércoles, 15 de abril de 2015

A qué se llama arte

Hubo un tiempo de vino y rosas en el que se generalizó la idea de que la máxima distinción de una ciudad consistía en tener un museo de arte moderno, cuanto más moderno mejor, y a ello se aplicaron muchas de ellas. Se levantaron grandes edificios, algunos, como el de Bilbao, con una cierta singularidad arquitectónica que pretendía ser su mayor reclamo, pero que en muy pocos casos lograron eliminar la sensación de cáscara hueca. Hoy muchos de ellos siguen vacíos de interés y de visitantes. Estamos compuestos de emociones, nos alimentamos de ellas, las buscamos y no nos interesan los lugares donde no las encontramos. Y además, a veces queda la molesta sensación de que se están burlando de nosotros. Ni siquiera la racionalización basta, porque resulta difícil situarnos; las vanguardias de la mañana ya están caducas a la tarde.
El pasado siglo fue para el arte lo mismo que para las ideologías: un torbellino de vaivenes, de arranques frenados en seco unas veces, y otras llevados hasta las últimas consecuencias, pero todo efímero. En lo que se refiere al arte, hay una característica añadida: el afán de asombrar, de impactar al espectador cada vez con una ocurrencia nueva y, algo menos confesable, de anular su capacidad crítica para subordinarla a una pretendida genialidad del autor, basada en el hecho de ser incomprensible. Los estilos se suceden a ritmo de década, cuando no de año. Los epígonos impresionistas, como el puntillismo, dan paso, en una línea sucesiva, cuando no superpuesta, al simbolismo y a los nabis, al modernismo, al rabioso color del fauvismo, al cubismo en su doble vertiente analítica y sintética, al movimiento naïf, al suprematismo y su búsqueda de un mundo sin objetos, al neoplasticismo, al expresionismo, al dadaísmo, al futurismo y su enfática propuesta de ruptura radical con todo lo anterior, al arte cinético, al op-art y pop-art, al minimalismo. Caminos que mueren apenas iniciados, exploraciones que se cierran en sí mismas, dejando al que venga detrás en un patio cada vez con menos salidas. Y entonces, los que vienen detrás hambrientos de vanguardia, la buscan como sea y tapan una fachada con plástico, cuelgan un calcetín, ponen un vaso de agua en una mesa, depositan un montón de escombros o, como ya se ha visto, cierran la puerta a los visitantes de su exposición para que disfruten con la belleza del gesto. Todo esto ha pasado. Y todo es arte, y todo es altísima manifestación creativa, todo impulso genial. Se trata de anular la capacidad crítica del espectador hasta hacerle creer que es su propia ignorancia la que le impide comprender el profundo significado de la obra. Y así, el espectador se verá a sí mismo a una distancia infinita del genio.
Aquí en nuestra ciudad se ha tenido en los últimos años algún reflejo de esto. El nombre de obra artística se ha aplicado a un cubo colocado en el suelo, a unas chapas puestas de pie o a unas rayas dibujadas en la acera. La crítica más o menos afín se admira y pontifica, y una mayoría se calla dudando de su propia capacidad de comprensión y de sus propios gustos. Aunque luego se queden pensando que lo único que merece confianza son sus emociones.

miércoles, 8 de abril de 2015

Primus circumdedisti me

Estuvo en nuestro muelle durante unos días la nao Victoria, aunque fuera en réplica, y se convirtió en una atracción para miles de personas, que no quisieron dejar pasar la oportunidad de vivir una sensación poco frecuente: la de participar por un momento del mundo de personajes históricos. Su silueta, casi convertida en símbolo de aquel tiempo en que el mar era todo él una leyenda; la majestuosidad que le brinda su propio anacronismo; su perfil inconfundible, mil veces imaginado en nuestros sueños y lecturas infantiles, componían un vibrante contraste con la monótona vulgaridad de la multitud de barquitos atracados a su lado. En medio de tantas atracciones pretendidamente culturales, cuando no estrafalarias, que se contratan en nuestra ciudad con el pretexto de mantenerla como centro de seducción turística, esta referencia física a nuestra historia se nos muestra como una gozosa bocanada de aire fresco y, desde luego, como un acierto; las largas filas de gentes que esperaban para subir a bordo dieron buena muestra de ello.
La crónica de este primer viaje alrededor del mundo es la de una epopeya absoluta que deja pequeños a todos los relatos de viajes conocidos, incluyendo el homérico. Una hazaña casi increíble, en la que no falta ningún ingrediente posible. Lee uno el diario de Pigafetta y otros testimonios y se asombra de estar ante una aventura real. El siempre comedido y nunca muy generoso con nuestras cosas Stefan Zweig, escribe en su biografía de Magallanes al narrar la singladura en solitario de la Victoria, ya con Elcano tras la muerte de aquél: “Este crucero de retorno del gastado y envejecido velero, que ha cumplido un viaje ininterrumpido de dos años y medio de duración a través de la mitad del globo, cuenta entre las más grandes acciones heroicas de la navegación”.
Sospecho que a nuestros escolares de hoy todo esto les suena, con suerte, como un eco lejano, viendo los programas de sus estudios. Siempre se ha dicho que si cualquier otro país –Francia, Inglaterra o Estados Unidos, por ejemplo-, hubiera protagonizado estas páginas de la Historia, las habría tenido, por sí solas, como el justificante de su presencia en el mundo. Pero el caso es que fueron naves españolas las primeras en dar la vuelta al mundo, las primeras en cruzar los dos mayores océanos, primero el Atlántico y luego el Pacífico, y fueron españoles quienes descubrieron y exploraron el río más grande de la tierra y el mayor espacio de mundo desconocido. El relato de los hechos de estas primeras travesías oceánicas de nuestros navegantes convertiría los viajes de Cook y compañía en cómodos cruceros. Es curioso, pero el orgullo que nos falta a nosotros les sobra a otros; hay sitios en que es tenida como una gran hazaña lo que en la crónica de nuestra aventura americana sería sólo un hecho más, tan llena está de acciones asombrosas. Deberíamos curarnos de una vez por todas de eso que Julián Marías llamaba nuestro síndrome de descalificación global. No se trata de reeditar Glorias Imperiales, sino de reconocernos como fuimos, con las nubes y claros, sin pasión, pero tampoco en un permanente estado de contrición.

miércoles, 1 de abril de 2015

El vuelo maldito

No tengo más remedio que acudir a mis propios sentimientos y a mis propias palabras para dar forma a las emociones que se desprenden de ese barranco de los Alpes, convertido en símbolo del horror. Diluido ya el eco informativo, amortiguada la sorpresa de su increíble causa y digerida en lo que cabe la terrible escena, los que han perdido a los suyos se van quedando con su dolor a solas, y los muertos a solas con su soledad eterna. No sé por qué, pero la muerte acumulada nos deja en el corazón un desgarro mucho más difícil de cerrar que la que cae lenta y constantemente cada semana, aunque ésta sea mucho más abundante. Se ha recordado que en cualquier puente festivo hay muchas más víctimas en la carretera que en cualquier catástrofe aérea y que para ellas no hay primeras planas, ni funerales de Estado, ni dolor generalizado, pero se ve que nuestra capacidad emocional ante lo ajeno es más vulnerable ante la desgracia torrencial que ante la que nos llega mediante goteo.
Hemos aceptado el concepto de accidente como una idea de progreso, pero cuando el factor humano se revela como la causa, siempre queda escondida una maldita sombra de duda que nos hace preguntarnos si se podría haber evitado. Y la dolorosa respuesta es que no. No hablo de este en concreto, sino de nuestra condición general de seres contingentes, sujetos a los imponderables de todo lo que nos rodea y, en mayor medida, de aquello que nosotros mismos hemos creado. Por mucho que nos esforcemos en buscar la total eliminación de los riesgos, siempre estaremos bajo el poder de la fatalidad, que es la mayor asesina de la historia. Y con ese azar vivimos y afrontamos todos nuestros actos cotidianos, desde ponernos al volante de un coche hasta dejar nuestra vida en otras manos. Nos resulta inimaginable otra condición, y acaso en nuestra capacidad de asumirla con serena indiferencia estribe una buena parte de toda la sabiduría posible. Pero a qué precio de dolor hay que pagarla.
Quizá lo que más nos impresiona de estas tragedias masivas es que en ningún caso como en este se nos muestra tan claramente la fragilidad de nuestra vida. Seguramente momentos antes habría alguien intranquilo porque llegaba tarde al aeropuerto, o preocupado por los exámenes para su beca, o pensando dónde alojarse esa noche. Proyectos, anhelos, preocupaciones y propósitos que sedimentan de golpe en lo más profundo de la nada. Amores que ya no podrán seguir amando jamás, y amores que se quedan y que seguirán amando para siempre, hasta que ellos mismos se vayan. Nunca podremos conocer el interior del instante final, el estallido de sensaciones cuando ya todo se siente como irremediable, hacia quién se dirigió el último pensamiento, qué mirada, qué palabra o qué arrepentimiento no tuvieron tiempo de consumarse. La muerte, esa que con callado pie todo lo iguala, es el más temido de los acontecimientos del hombre y, sin embargo, el más natural, el más cotidiano y el único que no ofrece duda alguna sobre su cumplimiento, pero al menos cabe esperar de ella que no nos busque por atajos, para que podamos recibirla con una pizca de desdén y sin el menor gesto de extrañeza.

miércoles, 25 de marzo de 2015

Mirando al cielo

Con lo abigarrada que está siempre la actualidad y con lo sobreactuada y trascendente que la hacemos, y resulta que la noticia de todas las portadas en medio mundo durante este fin de semana fue un eclipse parcial del sol. Quién lo diría en esta sociedad tecnificada, en la que los impulsos románticos se han sustituido por bytes y que ha situado el misterio más inmediato más allá de las galaxias visibles. Hubo quienes se desplazaron muchos kilómetros más al norte para poder verlo en su totalidad, y cuentan que incluso muchos aplaudieron entusiasmados la actuación de la luna cuando terminó de ocultar el sol. Bien es cierto que el terror de otros tiempos se sustituye ahora por la curiosidad, por el interés científico o quién sabe si por una íntima actitud reverencial ante una manifestación cósmica, como un rescoldo del ser animista que fuimos. No se explica, si no, tanta expectación por lo que hace ya tiempo que es un fenómeno natural, predecible, comprensible y, medido en el tiempo astronómico, puede decirse que cotidiano. Que el sol se oculte a mediodía ya no infunde pavor en las almas ni pone en trance de limpiar las conciencias. La ciencia deja sin atractivo el misterio, y nada hay más deprimente que un hermoso misterio que ha sido develado, pero nos sigue fascinando como un acontecimiento que nos ha acompañado desde que aparecimos por este planeta, como si quisiera acoger nuestras eternas preguntas, sin darnos más respuesta que su guiño sin pausa y sin amor. O sea, que de vez en cuando miramos al cielo. En el fondo resulta gratificante comprobar que todavía nos queda alguna capacidad de asombro y que no es ante lo incomprensible, sino ante lo inalcanzable.
Los eclipses fueron anuncios de desgracias o señales de buen agüero, pero también fuente de conocimiento: los griegos supieron que la Tierra era redonda al observar que la sombra que proyectaba en los eclipses de luna era circular; su presencia regular nos ayudó a datar acontecimientos históricos; un eclipse de sol facilitó que se pudiera comprobar empíricamente la teoría de la relatividad. Y en todo tiempo sirvieron para admirar al hombre ante la precisión de la mecánica celeste y, en una derivada antrópica y trascendente, para sentirnos más que nunca polvo de estrellas al contemplar el entorno en que se desarrolla. De esa alineación exacta es fácil pensar en una consecuencia existencial: sabemos que estamos a la distancia justa del Sol para que haya surgido la vida; si esa distancia se modificara sólo un 5 por ciento en un sentido o en otro, nuestro querido planeta estaría abrasado o congelado. Somos consecuencia de una distancia.
Entretanto aquí, en la tierra que nos acoge, la primavera está haciendo renacer de nuevo la vida, como cada año, que esa sí es medida humana. Los árboles del río ya vuelven a ser soto y las praderas se cubren de colores y asoma el cereal temprano. Están anidando los pájaros en los matorrales y en las ramas de los castaños; en el aire hay aroma de polen y brisa rejuvenecida. La vida, como el universo, va a lo suyo, sin tener para nosotros ni una leve mirada de complicidad.

miércoles, 18 de marzo de 2015

De nuevo entre nosotros

Mire que le hemos buscado, don Miguel, y ahora parece que al fin ya sabemos qué habíamos hecho con sus despojos después de los trasiegos a que sometimos su humilde sepultura. Le echábamos de menos. Le necesitábamos. Nos hacía falta su presencia para sentirnos un poco menos huérfanos, que no sabe vuesa merced lo áspero que puede hacerse un tiempo tecnificado y descreído sin una referencia física a lo mejor de nuestro espíritu, por simbólica que sea, que lo suavice. Cuatro siglos escondido, sin saber de sus restos más que lo que nos dice la décima que le dedicó su amigo Urbina, esa que empieza: “Caminante, el peregrino / Cervantes aquí se encierra, / su cuerpo cubre la tierra, / no su nombre, que es divino”. Eso le pasa por no haber puesto de epitafio una maldición sobre el que tocase sus huesos, como hizo su contemporáneo Shakespeare, que así lleva los mismos cuatro siglos sin que nadie se haya atrevido a moverlo. Válganos el cielo, don Miguel; bien aplicadas vienen aquí las palabras de su hidalgo: “El tiempo, descubridor de todas las cosas, no se deja ninguna que no la saque a la luz del sol, aunque esté escondida en los senos de la tierra”. Y al fin y al cabo, si no hay memoria que el tiempo no acabe, tampoco habrá olvido, que ya se sabe los juegos que se traen los opuestos. Además, mire: ha tenido más suerte que su íntimo enemigo Lope de Vega, y que sus vecinos Quevedo y Calderón, o que Tirso, o que, por citar otro genio que coincidió con usted, Velázquez. Todavía no los hemos encontrado.
  Mirar hacia atrás, hacia los que nos precedieron en el tiempo, es un ejercicio de todas las épocas, y en su caso bien claro lo deja vuesa merced en sus obras en lo que a su sentir se refiere. Ahora ya no es el mismo concepto de fama ni de gloria inmortal, pero seguimos aspirando a lo perenne y envidiando a quienes lo han conseguido por encima de la caducidad de la materia. Hemos encontrado sus restos y sentimos como si en la familia se hubiera acabado con una penosa ausencia, pero sabemos muy bien que no son los huesos lo que cuenta, más allá de la gozosa sensación de imaginarnos que vuelve a estar entre nosotros. Son los espectros que nos haya dejado por aquí, y esos sí que se encuentran instalados en la inmortalidad. El espectro islandés o coreano de su hidalgo está más vivo que la mayoría de todas esas figuras bien definidas por intereses puramente materiales, que se nos presentan cada día desde los poderosos medios que nos abruman. Cuerpos clónicos, huecos y efímeros, esculpidos por la publicidad; se asombraría de ver quiénes escriben hoy algunos libros de éxito. La figura de su caballero loco es reconocible en cualquier lugar del mundo; cabalga por los campos de la mente de todos nosotros, eso sí, casi siempre vencido, con la espalda doblegada como cuando volvió a su pueblo tras la derrota final. Y no se crea que sólo dio pasatiempo al pecho melancólico y mohíno. Algo más que pasatiempo fue, no me diga, que en pocos sitios tenemos los hombres una palabra dirigida particularmente a cada uno como en su historia de locos y cuerdos. Si puedo, iré a poner una flor en su tumba.

miércoles, 11 de marzo de 2015

La libertad

Debe de ser la palabra más escrita y pronunciada de toda la Historia. Apenas hay himno, escudo o divisa de cualquier nación, tiempo y lugar, que no la muestre como lema y propósito. Está en el grito de todas las revoluciones, en los discursos de cualquier demócrata y en los de los dictadores y tiranos más sanguinarios. Su nombre ha servido para enardecer y para morir con él en los labios. Los libros, los profanos y los sagrados, se llenan con su significado luminoso, casi siempre con sentido de esperanza. Es meta, anhelo, objetivo eterno, promesa liberadora. Y sobre todo, sombra esquiva que jamás se dejó atrapar. Libertad, palabra condenada a significar propósito inalcanzable.
La libertad está coartada por diversos factores: la ley natural, que nos impone unas limitaciones tan obvias como insalvables; la sociedad, que establece unos límites llamados leyes para regularse a sí misma; nuestra conciencia individual, que nos levanta barreras éticas, y una cuarta mucho más sutil, porque no lo parece y porque no emplea la fuerza: los que la controlan bajo la apariencia de fortalecerla. Lo de red de redes puede aplicarse en su sentido más literal. Vivimos emparedados entre gigantescas estructuras virtuales que nos tienen atrapados. Los afectos que creemos nuestros nos vienen inducidos por intereses ajenos. El gran sistema controla las inclinaciones de nuestro corazón, las corrige siempre a su favor, las modifica y encima nos hace creer que lo hacemos nosotros mismos. Nos bombardean desde todos los puntos donde se cuecen intereses partidistas, con sus tertulias sectarias, sus programas de banalidad nada inocente, su frivolidad impostada que apenas oculta una finalidad alienante. Nos imponen las palabras que podemos decir y las que no, el significado que ha de darse a cada una, cambiando el que tenía hasta ahora; prohibidos los adjetivos que no gustan al gran sistema; la terminología que ha de usarse es la que se asigna desde arriba; la corrección sólo la pueden dictar los intereses económicos y políticos. Los gustos, lo que es o no moderno, lo que debemos considerar hermoso, las ideas que hemos de sostener para estar en el mundo, todo nos viene señalado cada día desde las tribunas meticulosamente dispuestas para que no nos demos cuenta de que ni siquiera nos damos cuenta de ello. ¿Libertad? Un hermoso reflejo de aurora boreal. No la hay ni para dejar de ser libre.
La libertad verdadera es la que seamos capaces de crear dentro de nosotros mismos, y proviene del conocimiento y de la búsqueda incesante del saber hasta configurar un criterio fuerte e inmune a cualquier influencia que no tenga unos fundamentos sólidos. Lecturas reflexivas y sin prejuicios de los espíritus que fueron verdaderamente libres, que nos brindarán los elementos de análisis necesarios para crearnos un espacio intelectual propio, sin adherencias ajenas interesadas. Un espacio sólido, nuestro, hecho de materiales bien contrastados y no sujeto a esclavitudes ideológicas superficiales. Sólo en este sentido, la libertad, como la felicidad, puede aproximarse a dejar de ser una negación de la realidad.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Dos momentos del arte

Parece que deberíamos haber aprendido a comprender al ser humano y a confiar en que el progreso de las ideas hubiera elevado su condición racional, y todavía hemos de sorprendernos al comprobar que entre el fanatismo y la estupidez media la misma distancia que entre dos siameses. El fanatismo obliga a entrar en su oscura caverna a todas las demás ideas y las somete a su tiranía. La estupidez las desprecia y las ignora porque así cree que las desactiva. Para desgracia de todos, la Historia tiene un amplio muestrario de ambas cosas, pero cabía pensar que algunas ya estuvieran superadas, precisamente por la enseñanza de la propia Historia y por lo que se supone que implica de progreso del ser humano en todos sus aspectos. Lo que los islamistas están haciendo en los países que dominan constituye la evidencia más clara de que esto no es así. A estas espadas exterminadoras de Alá no les basta con someter a sus mujeres a humillaciones inconcebibles en esta época, al fin y al cabo eso yace en lo más hondo de su interpretación coránica, sino que están destruyendo lo mejor de su patrimonio artístico. Los preciosos vestigios de la civilización asiria, aquellos relieves de la legendaria Nínive, que ilustraron nuestros manuales de Historia del Arte y que nos hicieron atisbar un concepto creativo distinto, en un tiempo y un lugar ajenos por completo a los nuestros, están siendo demolidos a martillazos. Habían aguantado durante dos mil quinientos años los ataques de los tártaros, las inclemencias del desierto, los infinitos cambios políticos de esta zona y hasta las profecías de Jonás, pero no han podido sobrevivir a los islamistas. Alguien ordenó acabar con ellos por ser contrarios al libro del profeta; eran obra de adoradores paganos. O sea, como si en Egipto ordenan demoler la esfinge.
La iconoclastia es una enfermedad que afecta a los débiles mentales y que por aquí también hemos padecido. Los cristianos, cuando alcanzaron algún poder en Roma, destruyeron todas las estatuas de los emperadores y sólo dejaron en pie la del Capitolio creyendo que era la del cristiano Constantino. Luego resultó que era la del pagano Marco Aurelio, pero ya entonces los tiempos habían cambiado y el emperador estoico sigue allí, sobre su caballo, como único testigo sobreviviente de otra enorme estupidez. Pero esto fue en un siglo ya lejano. Ahora, en el XXI, los leones y toros alados de Nínive han ofendido con su gastada figura la conciencia religiosa de los que parecen no tenerla para asesinar con crueldad inhumana.
Mientras tanto, aquí está en todo su esplendor ARCO, esa feria del arte incomprensible y de lo incomprensible del arte. Una de las obras expuestas es un simple vaso con agua, de un tal Wilfredo Prieto. Su precio, 20.000 euros. Dice el galerista que el vaso en sí no vale nada, que si lo roban pone otro, que lo que cuenta es el certificado del autor, y que no vale colocar uno igual en casa, porque no sería un Prieto, sino una copia. Seguro que lo venden, que ya Cicerón había notado que stultorum plena sunt omnia, en todas partes abundan los tontos. O sea que no estamos peor que hace dos mil años.

miércoles, 25 de febrero de 2015

Operación limpieza

Mal momento este para ser golfo en España. Soplan helados vientos en contra. Si una de las claves de todo éxito consiste en estar en el momento oportuno en el lugar adecuado, los amigos de trincar el dinero público tienen ahora unas circunstancias tan propicias como las del ratón que intentase robar en una gatera. La operación limpieza es implacable e insensible a circunstancias ajenas a los sumarios, y las cárceles se están llenando de nuevos y hasta ahora poco habituales habitantes: políticos, sindicalistas, empresarios, banqueros, cantantes, mientras que por los juzgados pululan nuevos candidatos a ingresos: expresidentes de autonomías, exhonorables, deportistas, líderes obreros, yernos ilustres y hasta una infanta. Tipos de toda condición, lugar y adscripción política, desde el poderoso altivo hasta el que pesca en ruin barca. Ningún grupo está inmunizado contra el corrupto; en todos hay quienes son fieles seguidores de aquella vieja divisa que dice que entre el honor y el dinero, lo segundo es lo primero, pero cuanto mayor sea la cota de poder y mayor el número de cargos públicos, mayor es la tentación y mayor el riesgo de que alguno caiga en ella. Cuando algún partido presume de no tener ningún caso en sus filas, antes de admirar su calidad ética conviene fijarse en sus posibilidades reales de tenerlo, y casi siempre se comprueba que se trata de un partidillo poco más que testimonial, sin apenas mando en alguna plaza. A la fea suele resultarle más fácil mantener la honra.
Pasado el primer momento de frustración por tanta ausencia de valores morales y de indignación por la desvergüenza de robarnos lo que es de todos, la realidad que se encuentra es reconfortante. La Justicia funciona; trabaja lenta y con paso calmoso, pero inexorable. No mira hacia izquierda ni derecha, que por algo tiene los ojos vendados; no se deja influenciar por las circunstancias. El tercer poder del Estado ejerce su función de garante de los ciudadanos ante quienes pretenden aprovecharse de ellos. Cosa aparte es que este tipo de delitos conlleve una pena añadida para sus autores. Con sólo unos indicios se les condena a la cárcel de papel, y a la catódica, y no salen de ella ni con el fallo absolutorio del juez. Por razones que han motivado complejos análisis, la corrupción es un delito que suscita miradas inmisericordes entre la ciudadanía; nadie atiende al consejo que dio el caballero manchego a su escudero cuando éste partió hacia el gobierno de la ínsula: “Al que has de castigar con obras no trates mal con palabras, pues le basta la pena del suplicio sin la añadidura de las malas razones”.
Cualquier acción catártica desata una pequeña tempestad en los ánimos, pero provoca al mismo tiempo una sensación de tranquilidad, puesto que nos permite pensar que podemos conjurar el peligro. Se ha empezado a airear los rincones oscuros y a sacar a la luz lo que circulaba por las cloacas, y puede que ahora su fétido olor nos produzca náuseas, pero después respiraremos el aire más limpio. Que sepa todo aquel al que se le haya confiado una parcela de poder que el riesgo de ambicionar riqueza ilícita es perder la libertad.

miércoles, 18 de febrero de 2015

Como pompa de jabón

Ni una lágrima es capaz de detener a un tirano, ni una canción jamás podrá parar una guerra, ni este artículo que estoy empezando ahora, y que ni siquiera sé cómo va a quedar, valdrá para gran cosa, como todos. Si acaso, y ya sería suficiente, puede que merezca la amable atención de algún que otro lector fiel que haya podido conseguir a lo largo de los cerca de mil artículos con que he ocupado algún rincón de las páginas de este diario. De verdad que ya sería suficiente. La capacidad de generar grandes influencias es cada vez menos frecuente y, desde luego queda lejos del artículo de prensa y sólo para obras de gran consistencia. No hay nada más digno de una compasiva mirada de condescendencia que los suspiros satisfechos del pretencioso convencido de que puede modificar con sus palabras las líneas maestras del mundo. Acaso fuese bueno, pero no. Ni siquiera las de los humildes aposentos de lo más cotidiano de la mente. El carácter del artículo es ser efímero como un copo de nieve, y su destino el de sumirse para siempre en el olvido bajo el ingente montón de información que le ha de caer encima a la mañana siguiente. Aquello tan clásico de “verba volant, scripta manent” está dejando de ser tan rotundo. 
Y entonces ¿por qué escribir? Pues la verdad es que no se sabe muy bien. Acaso sea por la belleza especial que tiene todo lo inútil y que atrae con mucho más vigor que la de lo práctico y utilitario que nos hace la vida más cómoda. O quizá por la íntima vanidad de querer dar testimonio de uno mismo. O puede que en realidad, como ya alguien dijo, no exista nada inútil, ni siquiera la misma inutilidad. El caso es que uno se sienta ante su pantalla vacía con el ánimo dispuesto a hilvanar palabras que den fe de ideas y pensamientos, de reflexiones, de sugerencias y a veces, incluso, hasta con una cierta pretensión consoladora, tan atrevido puede ser. Buscará un lenguaje grave o desenfadado, en función del tema o de su propio estado de ánimo, siempre con la inquietud de conseguir algo literariamente correcto y en pelea constante con las limitaciones del idioma y, sobre todo, con las propias. Luego, en algunas ocasiones, algún lector escribe o llama, pero la gran mayoría calla y se guarda para sí sus opiniones sobre lo que ha leído, lo que deja al autor a solas consigo mismo. 
Se dice que los periódicos, esos museos de minucias efímeras, según Borges, son los depositarios hoy día de la mejor literatura que se escribe en la actualidad, pero quedan para los buenos degustadores. La reflexión y el pensamiento son incompatibles con las exigencias de las redes sociales. En ese teclear continuo de quienes caminan por la calle con la mirada puesta a todas horas en la pantalla de su móvil, sólo hay sitio para la inmediatez, la intrascendencia, la superficialidad. Vivimos el triunfo final de lo breve y el esplendor de lo instantáneo. La información vence al propio medio, la conclusión se impone al análisis, y la belleza formal queda absolutamente desterrada por la vulgaridad. Pero no importa. Seguiremos escribiendo. A pesar de todo, siempre habrá quien crea en la sugerente atracción de lo inútil.

miércoles, 11 de febrero de 2015

Invierno

Vaya con el cambio climático y el calentamiento global, lo difícil que nos ponen creer en su existencia. Uno, que tiende a ser un poco ingenuo y a aceptar lo que le cuentan con tono concluyente desde los altos púlpitos de la ciencia, se ha asomado estos días a los campos ateridos, a los caminos cortados y a los pueblos recogidos a la fuerza en sí mismos, y nota que ha perdido gran parte de su credulidad. Por lo menos, lo que ve lo pone todo bajo sospecha. Han vuelto a los tejados los carámbanos de nuestra infancia y a helarse los regatos que ya creíamos inmunes al poder invernal. Se han batido marcas de frío y de centímetros de nieve, se ha oído continuamente aquello de que esta es una nevada de las de antes, se han querido encontrar antecedentes y han tenido que buscarse en décadas ya perdidas en la memoria. El invierno ha llegado a lo grande, como argumento concluyente, y nosotros lo miramos con ojos de sorpresa, a pesar de que nunca ha hecho mucho caso de teorías que lo daban por moribundo. Puede que en nuestro acelerado camino hacia adelante nos hayamos olvidado de que somos hijos de la tierra que pisamos y que, en su impulso incomprensible, se mueve por designios distintos a los nuestros, sin darnos explicaciones de nada. Y puede también que tanta alarma no sea más que otra falacia de oscuro designio, pero cómo no esbozar una sonrisa aliviada cuando el invierno vuelve por sus fueros y pone de nuevo en los campos y en los termómetros sus señas de siempre. Pocas cosas hay más reconfortantes que la normalidad.
El invierno es todavía una de las cosas que se siguen desenvolviendo dentro de una lógica inmutable. Puede venir a su tiempo o impacientarse y anticipar su visita, pero llega siempre, y lo hace con la altiva displicencia del que no tiene ninguna deuda con nadie. Basta una leve mueca suya para que medio país quede desorientado y sin apenas capacidad de respuesta. Pueblos aislados, centenares de personas inmovilizadas, infinidad de proyectos rotos, y a dar gracias porque sólo suelen ser unos pocos días. El invierno tiene un poder casi infinito y se ensaña cuanto quiere y pone al descubierto nuestras debilidades de simple especie y, desde luego, todas nuestras imprevisiones y carencias para paliar sus efectos. Porque por mucho que nos creamos estar llevando a feliz término la enésima revolución tecnológica, por más que podamos dejar bien dicho para la posteridad que esta es la generación de las comunicaciones, por alto que queramos alardear de nuestra condición de dominante “homo faber”, lo cierto es que uno contemplaba las escenas del otro día y le parecía estar viendo el cuadro de Goya La nevada. Cambien el burro por un coche y díganme si no. Peor aún, porque el burro avanzaba; los coches no.
El invierno, metáfora recurrente del ciclo final de nuestra vida, allí donde la calma y el sosiego sustituyen a los olvidados ardores del estío. En el silencio de sus campos nevados y en las brumas envolventes de sus largas noches vemos el reflejo de nuestro propio invierno. Pero hay una diferencia: al final del primero siempre hay una primavera.

miércoles, 4 de febrero de 2015

Querencia griega

Grecia, el quebradero de Europa, casi al borde de su exclusión, quién lo diría. Ella, que está en su mismo origen, que le dotó de todo su soporte cultural, filosófico, artístico y racional, que le habló por primera vez de política, democracia y ética, que le dio hasta el nombre. No es esta Grecia desde luego. Al igual que en otros lugares, como Egipto, es preciso aprender a salvar la distancia que el devenir implacable del tiempo fue labrando, que en el caso de Grecia no fue muy amable. Alguna sombra de rubor debería anidar en la conciencia europea por haberse quedado indiferente ante el secuestro de su vieja madre durante cuatro siglos por parte de los turcos. En Lepanto se luchó por salvar la cristiandad, pero sólo una parte, la más poderosa. A Grecia se la dejó en manos de los turcos. Tuvieron que ser los románticos, con su pasión por la libertad y por los esplendores pasados, quienes compusieran una oda al ánfora griega y una elegía al ideal perdido de Verdad, Belleza y Bondad, que los griegos habían planteado a la humanidad hacía ya dos mil años. Al final, la lucha de todos los movimientos nacionalistas helénicos consiguió que en 1822 se proclamase la independencia, pero el país había cambiado su impulso. La larga presencia musulmana apenas dejó huellas en el pensamiento, porque la Iglesia ortodoxa aglutinó el sentir griego y preservó su lengua y su concepto nacional, pero otra cosa fue su influencia en las costumbres y en el mantenimiento de los ideales clásicos.
La Atenas que hoy encuentra el viajero encarna esta dualidad a simple vista. La ciudad clásica apenas generó alusiones posteriores. La que hoy extiende su inmenso caserío hasta donde alcanza la vista nació en el siglo XIX y es un producto apresurado y sin la menor visión urbanística, una capital fea y anodina. La ciudad que enseñó al mundo la búsqueda de la belleza como suprema razón, se ha convertido en el último espejo en que mirarse. Lo que ocurre es que, cuando desde algún claro se atisba la Acrópolis, uno vuelve a congraciarse con ella sin remedio.
Cuando el avión se eleva, se ve el Partenón emergiendo con majestuosa dignidad del gris océano de casas que se extiende hasta el infinito. Quizá sea el símbolo del contraste en esta tierra de contrastes. Una tierra vieja en sus formas de vida y renovada en sus defectos, creadora de la idea de la Belleza y con la capital más fea de Europa, la tierra que fue cuna del pensamiento racional y en la que se venden por todas partes piedras contra el mal de ojo, la inventora de la democracia y la que más golpes de estado ha generado en los últimos cien años, la de la corrupción asfixiante y la de Arístides y Asiarques. Una tierra donde la iglesia ortodoxa controla todos los espíritus, pero donde los saludos nunca hacen referencia a lo divino: hérete, ten alegría, o iasas, que tengas salud. La tierra donde el tiempo apenas tiene valor y donde se inventó el komboloi, un objeto para ocupar las manos y calmar los nervios. La tierra donde se dio respuesta a la eterna pregunta sobre nuestra condición y destino: que sólo sabemos que no sabemos nada.