sábado, 13 de julio de 2013

Escapada romana (I)

En la colina del Capitolio se viene a resumir todo lo que el visitante primerizo espera de Roma. Mira a un lado y ve el inmenso escenario de lo que fue la Roma imperial: los Foros, el Coliseo y el Palatino. Mira al frente y se encuentra con la majestuosa figura de Marco Aurelio, el emperador filósofo, en el centro de una plaza diseñada por Miguel Ángel cuando la ciudad volvió a ser la señora del mundo. Mira al otro lado y ahí está ese aplastante monumento a la unidad italiana, incongruente con el lugar. Y si busca miradas más humildes, ahí tiene la columna con la Loba Capitolina, o la roca Tarpeya, donde eran despeñados los condenados y desde la que Nerón contempló el incendio de Roma. En el Capitolio, por haber, hay hasta uno de los mayores símbolos de Roma, según este viajero: una fuente. Una fuente sencilla, de esas con orificio en la parte superior del caño para comodidad del usuario, una fuente que sirve para lo primero que tiene que servir toda fuente: dar de beber al sediento. Roma es la ciudad más generosa con la sed del visitante que uno conoce. Le ofrece fuentes por cualquier rincón, fuentes de agua fresca y sin el menor sabor, como debe ser el agua. Simples, con tan sólo un caño y una sencilla pileta; más decorativas, como la de la Piña o las Tiaras, y, por supuesto, monumentales, las que alegran los ojos en vez de la garganta: Trevi, Tritone, Acqua Paola y otras, pero esas ya son sólo para saciados y nada tienen que ver con la tercera obra de misericordia. Respighi fue un ingenuo al querer reflejar en su poema sinfónico el encanto de las fuentes de Roma, porque, por mucha música con que se las pretenda describir, la música está en las propias fuentes.
Desde cualquier punto del Tíber entre el Campo de Marte y el Vaticano, la perspectiva quizá no tenga semejanza con ninguna visión urbana de Europa. Puede andarse una y cien veces y preguntarse cómo una serie de circunstancias acumuladas dieron lugar a algo tan unitario. O a lo mejor es que el transcurso de la Historia es, de por sí, la mayor mente dirigista. Hay otras perspectivas, como la de la plaza del Popolo, pero están más hechas a voluntad y no desprenden ese grato olor a casualidad, que es una de las más placenteras sorpresas que pueden aguardar al viajero. Al fin y al cabo, Roma es, más que ninguna, una ciudad ideológica. Los impactos de cada voluntad que la ha gobernado se reflejan en ella con mayor nitidez que en otras. Además, al tratarse de una urbe que ocupó en todo momento un puesto de protagonista, los criterios ideológicos se han impuesto en ella con más fuerza que en ninguna otra. Y como, por efecto de su larga historia, esos criterios tuvieron que ser por fuerza opuestos y además mantenidos por los dos poderes más fuertes que conoció Europa, el resultado es una ciudad en la que cualquiera puede advertir de inmediato que su enorme personalidad consiste en ser una plasmación física de esas ideologías. Podemos traer infinidad de símbolos, pero quizá ninguno mejor que el Panteón y San Pedro. O el Laocoonte y el Moisés, o el Ara Pacis y la puerta del Filarete.
Y el Tíber, callado y ajeno, de todos siempre.

miércoles, 3 de julio de 2013

Los impuestos

Anda la Agencia Tributaria con el instinto cazador más activo que nunca, como un lince con apetito en busca de las presas que corrieron a esconderse detrás de los árboles. Ya ha atrapado a unas cuantas, algunas de amplia resonancia en los medios: un futbolista con cara de no enterarse de nada, empresarios y políticos con cara de estar bien enterados de todo, un cocinero de esos de la nueva ola y otros más o menos conocidos. Dicen los mal pensados que se trata de dar un escarmiento público, algo así como lo que se hacía en aquellas picotas que se alzaban en las plazas de los pueblos, en las que se ataba a los delincuentes para aviso y ejemplo de todos. Puede ser, pero hace bien, qué diablos, que, puesto que hay que pagar, paguemos todos, según el principio de la justicia distributiva. A la hora de disponer del fruto de esos impuestos nadie pone reparos, así que tampoco trate de escabullirse.
La cuestión está en tener o no la percepción, mejor sería la convicción, de que lo que se nos quita para proveer el fondo común nos es devuelto en su justa medida en forma de servicios y atenciones sociales. Porque ese es el fundamento del impuesto, sea cual sea la consideración semántica y técnica que quiera dársele. Hay teóricos que lo ven como el pago de la prima de un seguro; hay quienes lo consideran como una retribución por los servicios que presta el Estado, y hay incluso quienes lo ven como una consecuencia de la condición de súbdito. Aunque quizá deban concebirse mejor como un simple intercambio, a menudo desigual, de dinero por bienestar social. En cualquier caso, todo parte de una raíz única y fundamental: que los ciudadanos paguen. Y vaya si pagamos. Pagamos por lo que ganamos, por lo que gastamos y por lo que ahorramos, por circular y por aparcar, por recibir la herencia de los padres, por comprar un bien y por venderlo, pagamos hasta por tener que pagar, y eso sólo en lo que se llaman impuestos directos, porque los indirectos están tan omnipresentes en todo lo que hacemos en la vida cotidiana que puede decirse que sólo el pensamiento está libre de impuestos. Y aquí no hay negociación posible ni caben esfuerzos de entendimiento; cada uno se queda con lo que el Estado le deja. De ahí que nada irrite más al ciudadano harto de pagar que la ligereza con que se trata su dinero, el despilfarro, los gastos inútiles, las subvenciones absurdas, los sueldos escandalosos, las prebendas, los privilegios y, no digamos, el saqueo de las arcas por parte de algún miserable que siempre suele aparecer.
Los impuestos son una de las escasas seguridades absolutas que puede tener el hombre. Como la muerte, el dolor, la duda o el error. Tanto que, ni aun en el hipotético caso de que alguien renunciase por completo a vivir en sociedad y a las ventajas que ésta le proporciona, le dejarían estar exento de ellos. Visto así, resulta fácil tomarlos como la demostración evidente que deja en simple utopía la proclama de la libertad del hombre. Y, por buscar alguna justificación más metafísica, la prueba de la incapacidad del ser humano para sobrevivir como individuo aislado.

miércoles, 26 de junio de 2013

Otro quinto centenario

Conmemorar efemérides con cierta fastuosidad sólo está en manos de quienes tienen el poder, o sea, los políticos. Y como los políticos siempre responden a la doctrina de su partido, se elegirán las efemérides en función de la cercanía ideológica o de la conveniencia de programa. Los no correctos políticamente, por importantes que sean, se procurará que pasen desapercibidos y quedarán a merced de lo que puedan hacer entidades culturales privadas, mientras que los que sobrepasan cualquier dimensión ideológica para entrar en la categoría de hecho nacional, están a expensas de lo que haga con ellos el Gobierno. No son estrictos criterios de objetividad histórica los que deciden lo que merece ser celebrado ni el grado de su celebración; lo hemos visto con algunos centenarios locales traídos por los pelos y lo veremos el próximo año con el más falso aún tricentenario de la “pérdida de las libertadas catalanas”. Parece que a menor importancia más entusiasmo, y a más localismo más importancia. En cambio, los que nos atañen a todos como nación, los que configuran nuestra historia común, parecen infundir un cierto pudor, al menos en las instancias más altas, lo que indica un estado de debilidad de la conciencia nacional y una autoestima en horas muy bajas. Ya el pasado año se ignoró el centenario de las Navas de Tolosa, quizá la batalla que decidió en mayor grado nuestra trayectoria histórica, y en este se lleva el camino de pasar por alto el quinto centenario del hecho que completó el conocimiento real de nuestro planeta: el descubrimiento del océano Pacífico.
Núñez de Balboa había oído hablar de la posible existencia de un mar al otro lado de la cordillera del Darién, y decidió ir en su busca con algunos de sus hombres. Los cronistas cuentan las terribles dificultades de aquella travesía por tierras desconocidas, a través de montañas y desfiladeros, abriéndose camino en la selva a golpes de hacha, en medio de un calor y una humedad sofocantes, atacados por animales salvajes y, sobre todo, por los insufribles mosquitos.
Se ha dicho que si cualquier otro país –Francia, Inglaterra o Estados Unidos, por ejemplo-, hubiera protagonizado estas páginas de la Historia, las habría tenido, por sí solas, como el justificante de su presencia en el mundo. Pero el caso es que fueron naves españolas las primeras en cruzar los dos mayores océanos, primero el Atlántico y luego el Pacífico, y las primeras en dar la vuelta al mundo, y fueron españoles quienes descubrieron y exploraron el río más grande de la tierra y el mayor espacio de mundo desconocido. El relato de los hechos de cualquiera de aquellos aventureros convertiría a Livingstone y Stanley en simples paseantes domingueros. Ya está bien de leyenda negra. Es curioso, pero el orgullo que nos falta a nosotros les sobra a otros; hay sitios en que es tenida como una gran hazaña lo que en la crónica de nuestra aventura americana sería sólo un hecho más, tan llena está de acciones asombrosas. No se trata de reeditar Glorias Imperiales, sino de reconocernos como fuimos, con las nubes y claros, sin pasión, pero tampoco en un permanente estado de contrición.

miércoles, 19 de junio de 2013

Y allá a su frente, Estambul

La plaza de Taksim no es, ni mucho menos, el primer rincón de Estambul al que acude el turista, pero sí el que puede encarnar a la ciudad nacida en su segunda andadura, ya exclusivamente turca. Ataturk está allí en su sitio natural, presidiéndola. Acaso sea también el lugar más en consonancia con las ideas que dan pie a otra de esas primaveras, aunque no para las tanquetas, las barricadas y los destrozos, que para esos jamás es bueno ninguno. Y el viajero se da cuenta de que esto es accidental y que el meollo está en otra parte. Al fin y al cabo él no tiene más vinculación con la ciudad que la que quiera tener.
Estambul, desde lejos, parece tener mágico hasta el nombre, quizá por su sonoridad líquida aguda, que suena como un disparo de culebrina, porque rima con azul, o porque era el punto que tenía ante sí aquel pirata que cantaba alegre en la popa. Estambul suena mejor que Bizancio y aun que Constantinopla, y desde luego mejor que Istanbul, con acentuación llana, que es como los turcos la llaman. A Estambul el viajero puede intuirla sin saber muy bien qué es lo que hay que intuir, y por eso suele ir sin grandes estorbos en sus alforjas, que es la suerte más agradecida que puede tener un viajero.
Visto desde arriba da para mucho este rincón. No extraña que, estando donde está, en un paso clave para el comercio marítimo con Oriente y siendo punto en el que confluyen las dos grandes corrientes de la civilización mediterránea, haya sido habitado y disputado desde siempre. Aquel Byzas, griego él, bien sabía lo que hacía cuando se asentó allí. Luego, Constantino, en el 336, la reconstruyó a imagen de Roma; Justiniano, en el siglo VI, levantó la espléndida basílica de Santa Sofía y la embelleció aún más, y en el mal año de 1453, los turcos cayeron sobre ella y se la quedaron para siempre. Tan sólo desecharon su nombre, que debió de parecerles un trabalenguas muy poco turco, y la llamaron Istanbul. Nadie en Occidente la lloró ni jamás se reivindicó su pertenencia. Solimán, en el siglo XVI, la reformó a la turca y la llenó de mezquitas. Ataturk, en 1923, la hizo perder la capitalidad en favor de la pueblerina Ankara. Hoy tiene unos trece millones de habitantes y recibe cada año medio millón de inmigrantes de todo el país.
Estambul es fea y hermosa, abigarrada y plácida, oriental y occidental, engañosa y fiable, enervante y enamoradora, todo a la vez y como gozándose en ello y en ir a contrapelo de cualquier circunstancia. Cuando Ataturk la despojó de la capitalidad, ella creció hasta hacerse una de las mayores aglomeraciones urbanas del mundo; cuando el mismo padre de la patria impuso los caracteres latinos, no pareció afectarle mucho, porque su origen la amparaba. De Amicis, en su Constantinopla, la describió bajo el influjo del misterio que aún ejercía sobre el viajero decimonónico. Pierre Loti, en La Turquía agonizante, lamentó con nostalgia la desaparición de unas formas de vida que se iban, pero eso era en 1923. Hoy vería que Estambul no deja irse casi nada, como no sea lo que se puede llevar el turismo masivo, que ese sí que es un enemigo buscado.

miércoles, 12 de junio de 2013

Tertulianos

Tertulia es una vieja y entrañable palabra que evoca buenos momentos: reunión de amigos, charla sin tiempo, diálogo distendido, controversia amistosa, mesa y café. Las tertulias han formado desde siempre parte de nuestra forma de ser y han sido un rasgo de nuestra actitud ante la vida. De la nuestra y de la de todos los pueblos extravertidos e intensamente sociables, como los mediterráneos; hay quien dice que su propio nombre viene de las reuniones que hacía Tertuliano, o acaso de tres Tulios romanos que se reunían de vez en cuando a cenar y charlar, o de ninguna de las dos, quién sabe. Lo cierto es que, ya desde los círculos literarios del Siglo de Oro, poblaron los cafés y casinos de toda España y formaron parte de nuestra historia cultural, aunque sólo fuera por ejercer el papel que las sesudas Academias dejaban libre. En ellas se ha dicho y oído lo mejor de lo que el español lleva dentro. En su anecdotario, en los míticos nombres de los cafés que las acogieron y en los miembros ilustres que las conformaron, se encuentra la intrahistoria más cercana y auténtica de nuestro modo de ser y de expresarse. Allí se cuecen todos los remedios, los juicios tienen autorización para ser enfáticos, y las propuestas para solucionar los entuertos del planeta son tan abundantes que parece mentira que pueda seguir tan mal. La tertulia de café, la de las conspiraciones ingenuas y las críticas al ausente, la de los genios incomprendidos y arbitristas repletos de buenas soluciones, la del poeta en busca de oyentes y quizá de un café con una magdalena, no ha pretendido jamás abdicar de su humilde condición de reunión primaria y entrañablemente humana.
Pero miren por dónde ahora las han convertido en un género televisivo. No hablo de esos programas que reúnen a unas cuantas personas desaforadas, gritonas, insultonas, malhumoradas, pregonando a voces lo más rastrero y primitivo de sí mismas y de los demás, que a su vez también se prestan al juego en un cambalache realmente repugnante. A esto no cabe dar el nombre de tertulia; cae directamente en la telebasura. Se trata de esas reuniones de apariencia más civilizada, que ya forman parte de todas las parrillas, y que presentan a unos cuantos de esos llamados tertulianos a hablar de lo que sea, siempre con un programa previo. Deben de resultar baratos –hay alguna emisora que les paga con vales de un centro comercial-, dan juego y no necesitan más que una silla. Si se mira bien, son casi siempre los mismos, brincando de mesa en mesa, a cuestas siempre con sus coletillas –alguien ya ha llamado a su modo de expresión el tertulianés- y su pretensión de dar a entender que saben de todo. A veces son terminales de los partidos políticos, que tienen así un modo subliminal y eficaz de crear opinión; a uno le han pillado confesando que recibía por el móvil instrucciones de su partido sobre lo que tenía que decir. En todo caso, lo que el espectador termina viendo es que se encuentra ante un nuevo género del mundo del espectáculo, habitado por profesionales que venden su propia presencia, cuando no se avienen a convertirse en actores que se interpretan a sí mismos. Por supuesto, no todos.

miércoles, 5 de junio de 2013

El montón de escombros

La Bienal de Venecia ofrece este año como representación de nuestro arte un montón de escombros. Así, como suena. Llegó un camión, levantó el volquete, descargó unas cuantas toneladas de piedras y materiales de desecho de construcción, y allí dejó la participación española. Posa la autora, -otro genio zaragozano, como Cecilia la del Ecce Homo, y que Goya nos disculpe- con gesto satisfecho, explicando que se trata de “una reflexión sobre el ciclo vital de los edificios”, pero lo que ve la mayoría de los visitantes, pobres mentes ignorantes, no es más que eso, un montón de escombros sin posibilidad de generar ninguna meditación. Pues que no se preocupen. Seguramente lo explicará algún crítico diciendo, por ejemplo, que se trata de un análisis intraconsciente del no ser ontológico en su calidad y condición de elemento deviniente dentro de una visión introspectiva e intemporal del mundo como proyección de los propios impulsos de búsqueda; o, digámoslo de modo más sencillo, una metáfora dualista del sentido ambivalente que seduce nuestra voluntad en forma de una entelequia inalcanzable, aunque siempre inmanente. Está claro ¿no? A ver, que se levante el que sólo vea aquí un montón de escombros. Y naturalmente no se levanta nadie.
En 96 años la vanguardia, al menos la de base objetual, ha recorrido un camino que va desde un urinario hasta un montón de escombros. A Duchamp ya se la había ocurrido exponer como escultura un botellero que había comprado y que luego tiró su hermana, que no debía de tener mucha sensibilidad artística; por cierto, del urinario tampoco se supo nunca más. Después, por esas ferias de la progresía y esos museos de arte contemporáneo que en los últimos años han surgido por todas partes, ha podido verse de todo, desde un folio arrugado sobre una mesa hasta un corcho clavado en una pared. Así están las limpiadoras de esas salas, que no se atreven ni a recoger una colilla del suelo por temor a estar destruyendo la obra maestra de algún genio. Y todo es arte, y todo requiere de nosotros una preparación especial para comprenderlo, y todo tiene, naturalmente, un precio. Cuánto se han reído de nosotros.
A la autora de esa descarga de escombros seguramente se le han ocurrido y se le ocurrirán muchas más creaciones similares, porque siempre encontrará a alguien dispuesto a pagar cualquier precio por un marchamo de vanguardista. Lo que resulta más difícil es saber en qué clase de expresión artística hay que incluir su obra, al menos la de Venecia. Evidentemente no es pintura; tampoco escultura. Acaso pueda incluirse en la arquitectura, eso sí, deconstruida, o sea, como hace Ferrán Adriá con la tortilla de patata. Más de un siglo de sucesión frenética de ismos, de búsqueda de la expresión de un arte conceptual, de intentos de sometimiento de la forma al subjetivismo más extremo, y hemos terminado en la consagración de lo meramente contemporáneo como categoría artística, en lo coyuntural, lo utilitario, lo estéril de conceptos. En un montón de escombros que acaso sea una metáfora del arte actual.

miércoles, 29 de mayo de 2013

La educación, eterno debate

Sería bueno que el sistema educativo estuviera en manos de gentes que de verdad conociesen y amasen la profesión de enseñar, de quienes estén convencidos de que acaso se trate del oficio más noble y trascendente que hay, de verdaderos profesionales, pedagogos, psicólogos, hombres y mujeres apasionados del conocimiento y estudiosos de la forma de transmitirlo, pero, eso sí, con una visión por encima de cualquier ideología y, mucho más aún, ajena a todo guiño político. Pero no es así. La educación de nuestros hijos está en manos del poder de turno; eso en sus líneas generales, porque en las particulares hay diecisiete administraciones interviniendo en ella a su gusto. Y jamás hay posibilidad de que las distintas facciones políticas despeguen la mirada de sus dichosos dogmas partidistas y la pongan en un plano superior, allí donde puedan confluir en un punto de encuentro con todos. Aunque en algo sí parecen estar de acuerdo: el Estado tiene que formar a los ciudadanos, pero a su gusto. Pase la asepsia en las disciplinas técnicas, pero en las otras, en la susceptibles de aderezarse con alguna carga ideológica, en esas ni hablar. Ciudadanos formados, claro, pero en los sacrosantos fundamentos doctrinales de la ideología imperante. Y aun así, los resultados son decepcionantes, y se impone un nuevo intento. Y ahí empieza, cómo no, el conflicto.
Vamos a ver. Desde casi los comienzos mismos de este período democrático, la educación está dictada por el criterio de un mismo partido, que fue el que dictó las tres leyes orgánicas que la rigieron. A una generación entera de jóvenes se le aplicó un sistema que, entre otras cosas, relativizaba los valores del trabajo y el esfuerzo, y en el que se trató de primar la creatividad sobre el estudio y el aprendizaje. Lo accidental sobre lo esencial. El resultado es que tenemos el mayor índice de fracaso escolar de Europa y estamos a la cola en todos los informes sobre educación. Ahora, otro gobierno trata de enmendarlo y ya está el guirigay montado, que si vuelta atrás, que si otra vez la reválida, que si la religión. Personalmente uno cree que la reválida era un buen instrumento para mantener la actualización de los conocimientos, y también cree que el estudio –optativo, por cierto- de una asignatura llamada religión va más allá de la búsqueda de una posición personal ante un hecho trascendente. Es una cuestión cultural de primera magnitud. No se puede acceder a ninguna manifestación creativa a lo largo de los siglos si se ignora lo relativo a las creencias que la engendraron; no sería posible comprender apenas nada de nuestros museos, nuestra música, nuestros monumentos, nuestra literatura y nuestra historia. Pero hombre, no confundan dogma con cultura.
Tengo la sospecha de que esos profesores de las pancartas, camisetas y pareados son los que sólo se sienten funcionarios; a ningún asalariado le gusta que le aumenten las horas de trabajo semanales. En cambio, los que se sienten profesores de verdad sin duda analizarán el nuevo proyecto con rigor y sin gritos, y tratarán de aportar sus observaciones para mejorarlo lo más posible.

jueves, 16 de mayo de 2013

Dalí

Si pudiera ver su nombre y su cara allá en lo alto de la fachada del viejo y solemne edificio de la plaza de Santa Isabel, seguramente tendría un gesto de suficiencia con el que disimularía el enorme placer que le producía; incluso mayor que ver la enorme cola que aguarda a la puerta para contemplar su obra. Se creería en su estado natural, alzado sobre todos, recogiendo la rendida admiración de todos, dando que hablar a todos. La gran exposición que el Reina Sofía le dedica está llevando al museo madrileño a un gran número de admiradores de su obra, que son muchos y fieles. Y a resguardo de cualquier crítica adversa.
Dicen los que le conocieron que nadie como él supo crear y manejar dos aspectos opuestos de sí mismo: el que se vestía con una personalidad particular ante los demás, y el que se despojaba de ella en la intimidad y se mostraba como realmente era. O sea, el “avida dollars” y el Salvador Dalí. Una especie de esquizofrenia practicada, que quizá sea la más difícil de comprender, y puede que hasta de llevar. “No sé cuando comienzo a simular o cuándo digo la verdad”, llegó a decir, pero queda la duda de si esta turbadora confesión entra dentro de lo primero o de lo segundo.
Era extravagante, contradictorio, narcisista, megalómano, de mirada alucinada y bigote de resonancias velazqueñas. Presumía de español y de sí mismo: “Cada mañana, al levantarme, experimento un supremo placer: ser Salvador Dalí”. Era también un sedicente paranoico, pero de una paranoia crítica, que tenía como un método espontáneo de conocimiento irracional fundado en la asociación interpretativa crítica de los fenómenos delirantes. O sea, palabras. Pobló su mundo pictórico de visiones hechas de referencias oníricas y alusiones eróticas, de relojes reblandecidos para decirnos que ni el tiempo es absoluto, de langostas y monstruos de largas patas para hablarnos de sus angustias. Combatió durante toda su vida por la conquista de lo irracional, él, que era un racionalista absoluto. Él, que sentía una rendida admiración por los clásicos, especialmente por su venerado Velázquez, hasta asegurar que en el caso de un incendio en el Museo del Prado, si tuviera que salvar algo salvaría el aire de Las Meninas. Él, que era un místico confeso, errante por caminos extraños, pero capaz de pintar un inigualable Cristo de San Juan de la Cruz o una sobrecogedora Última Cena. Él, que rompió con todo lo aparente, hasta con el propio movimiento surrealista, para quedarse solo como ejemplar singular de una especie. Y terminó siendo marqués.
Dalí está embalsamado y sepultado bajo la cúpula geodésica de su Torre Galatea, sin ninguna inscripción sobre la losa; la nada es el nombre de Dalí. Entre el volcán de opiniones que ha desatado siempre, sólo me merecen atención las que afectan a su concepto del arte. Y mi sorpresa por la jugada final del gran engañador: en su testamento hizo lo que pocos suelen hacer: dejar toda su obra al Estado español.
 

miércoles, 1 de mayo de 2013

Lo que echamos de menos

De tantas palabras como se oyen y se leen cada día en los medios, qué pocas animan, qué pocas dan esperanza, qué pocas ayudan. Huecas en el mejor de los casos, fatalistas casi siempre, pesimistas, destructoras de ilusión, agoreras, como regodeándose en el mal momento que atravesamos. Parece que hay que rivalizar en mostrar todo lo negativo sin dejar asomar ningún rayo de luz, como si eso fuese una debilidad que no se puede permitir. Lo progre es hablar mal del país, del sistema y de nosotros mismos. Sobre la crisis que padecemos están las actitudes, y en las actitudes las palabras que nos llegan cada día desde los periódicos, los telediarios y las facciones políticas interesadas, y que nublan nuestro modesto vivir de desesperanza. Y hay que añadirles las otras, las que parecen ya normales en la clase política, especialmente entre los que aspiran al poder. Las palabras que abundan en descalificaciones y críticas destructivas, cuando no insultos más o menos solapados; las de todos esos intransigentes con todo lo que diga o haga el adversario, esclavos de su ideología hasta bordear el fanatismo, inmunes al sentimiento de pertenencia a una misma comunidad y a una misma patria. Palabras que crispan el ambiente y decepcionan la buena fe de los electores, y demuestran al mismo tiempo lo tontos que parecen ser quienes las dicen cuando no se dan cuenta de lo alejadas que están del sentir del ciudadano normal, que no aspira más que a vivir su día a día en paz y feliz con los suyos. Se ha comentado mucho la atención que ha despertado la actitud sencilla y humilde del nuevo papa, incluso entre aquellos que viven en la indiferencia a todo lo que él representa. Es lógico. No es de extrañar que todos nos volvamos hacia quien habla de ternura, amor, comprensión, fidelidad. Necesitamos oír esas palabras.
La regeneración debería iniciarse por la clase política y su aledaña la sindical, y por todos aquellos que se sienten llamados a convertirse en dirigentes de la sociedad. Y también por los medios. Una regeneración que habría de empezar por examinarse a sí mismos, esforzarse por conocer el país en su pasado y presente, adquirir conciencia de que sus actos y palabras tienen cierta trascendencia y de que de ellos depende en buena parte el tono general de la sociedad. Que, sin embellecer ni falsear la realidad, traten de mostrarnos los aspectos positivos que tenga; que se sientan identificados con nuestra historia; que sepan dar palabras de estímulo y de esperanza, en vez de regodearse continuamente en los aspectos más dolorosos; que infundan y alimenten el orgullo por nuestro país; que no nos hagan verlo siempre con el fúnebre tono de sus permanentes gafas negras. Alguien ha escrito que el peligro de los representantes del pueblo es que con mucha frecuencia se limitan a representarlo en sus defectos. Pues que no nos representen en eso, que ya hay bastantes españoles a los que les gusta hablar mal de sí mismos. Que en vez de maldecir la oscuridad, nos enciendan una vela de esperanza.

miércoles, 24 de abril de 2013

Querida primavera


Se está yendo ya Orión del cielo con la formalidad del tiempo cumplido, porque el aire que se lleva las hojas del calendario es el único que es constante en su fuerza y puntual en el tiempo. Se han ido también las mimosas y los ciclámenes, que esas son flores a contracorriente, y están iniciando su marcha las azaleas después de haber atisbado la esperanza. Llegan ahora petunias, margaritas, y prímulas, que son flores primerizas y con prisa, y se preparan hortensias, rosas, lilas y narcisos, y pronto estará completa toda la corte de esta dama vanidosa y bella, desde el humilde jaramago hasta su majestad la camelia. La flor de alta alcurnia y la sencilla flor que ilumina de colores los campos recién estrenados, las dos como un milagro renovado, símbolo confeso de tantas imágenes y del jamás colmado anhelo palingenésico del hombre. Que sigan siendo definición y metáfora, que para algo habrá de servir a nuestra comprensión, y que nadie nos recuerde que en el fondo todo se debe a una inclinación circunstancial del eje de rotación de este planeta atípico.
Qué fácil resulta el símbolo, y qué comprensible lo que en definitiva es incomprensible. No hay juego más sencillo de entender que este de la vida, en el que todo consiste en una sucesión continua de nacimiento, muerte y renovación. Quizá sean las únicas reglas que no admiten ninguna excepción, ni siquiera para ser confirmadas. Nuestra visión global del mundo según el principio antrópico que nos damos, nos impide asomarnos a él desde un balcón ajeno, y por eso nos parece perfecto, pero en este único mundo que tenemos, la vida basa su propia existencia en la acción consecutiva de nacer, morir y renacer. La vida en general, no la del hombre, al que sólo se le conceden los dos primeros actos. El hombre jamás podrá admirarse ante su segunda primavera.
Brotan entre la hojarasca que dejó el otoño, envejecida por el invierno, las yemas de semillas recién germinadas. Y en los jardines y en los retamares ya se han despertado a la vida aquellos a los que el frío durmió, y al celo todos, porque esa es condición previa de la vida misma. Suena en las ramas de los árboles su canto de llamada, y hasta en lo profundo del bosque se oye algún ronco arrullo, a poco que se tenga la suerte de poseer la paciencia del silencio. Pronto volverán los que se fueron en busca de inviernos más llevaderos y comenzará de nuevo el camino anual hacia la plenitud. No es fácil escapar de la alegoría ni siquiera como fuente de inspiración; ahí está esa infinita canción que poetas, pintores y músicos dedicaron a la primavera a lo largo de todos los tiempos, como si fuera la deidad de un panteón creado exclusivamente para adoradores de la belleza. Pero la flor que se abre y mil flores surgiendo y un campo cuajado repentinamente de colores no ofrecen muchas posibilidades de definición, ni siquiera para la palabra. Quizá la imagen más aproximada de la primavera sea la que dio un poeta japonés: "La flor cae de la rama y vuelve a la rama. Ah, no; es una mariposa".
Ah, no; es la vida.

miércoles, 17 de abril de 2013

Lluvia de primavera



La lluvia, que cae sin permiso ni miramientos, se ha empeñado en quedarse con nosotros más tiempo de lo habitual, para preocupación de los hosteleros y gozo del caminante degustador de paisajes. Nada tiene tanto poder de transformación yendo en contra la entropía. En La Mancha, la inmensa llanura se ha vuelto verde, como un mar imposible. Ya no es aquella tierra rojiza, plena de matices, con un algo de misterio y un mucho de serena soledad. Ahora parece haber adquirido un cierto aire norteño, si no fuese por las infinitas hileras de cepas que dibujan líneas rectas hasta perderse más allá de la vista, y en las que sólo los olivos, ponen de vez en cuando un mínimo de verticalidad.
Los caminos de La Mancha son tantos como quiera la mirada del caminante. Los puntos cardinales son aquí apenas una referencia menor, porque lo que cuenta es el sendero que se tiene ante sí. En la región natural más extensa de Europa los pasos pueden perderse por donde se quiera, que siempre habrán de llegar al encuentro de lo intuido, convertido en realidad. Está La Mancha de las Órdenes Militares; la que hace memoria del eterno andar de los arrieros; la de la rosa del azafrán; la del queso y el vino; la de las minas más antiguas del mundo o la de los insólitos humedales. Y está sobre todo La Mancha de aquel hidalgo loco que llevó el nombre de su tierra por todos los confines del mundo. Esta es tierra de arrieros, trajinantes y buhoneros; de ventas como oasis; de venteros que daban vigor a los cuerpos cansados y de mozas de partido que daban fruición a todo lo demás; de hidalgos venidos a menos. Y de caballeros. Las Órdenes de Calatrava, San Juan y Santiago tuvieron aquí la expresión máxima de su poder hasta que el cambio inexorable del tiempo fue poco a poco reduciéndolas al sitio en que ahora están. Pero para el mundo entero esta es, sobre todo, la tierra de la lucha entre ideal y realidad, que concluye con la sepultura del primero y la pervivencia de la segunda.
Las lluvias han dado un nuevo vigor a los famosos humedales. El de las Tablas bulle de vida y de visitantes; en Ruidera el agua parece estar más acostumbrada. Ruidera es pequeño y blanco, con el ambiente que dan las gentes de paso. Las lagunas comienzan allí mismo, donde se encuentra la más majestuosa, la del Rey. Vienen luego la Colgada, con bellas cascadas, la Batana, y así hasta la última, la Blanca, ya allí donde sólo es posible llegar con la mochila al hombro. En total quince, todas distintas, todas verdes. La carretera las va bordeando entre pinos, encinas, olmos y chopos, que casi se mezclan con los juncos y carrizos de las orillas, como engarzando los quince misterios de un rosario de esmeraldas. A pesar del barullo de los coches y de los turistas, llega el ruido inconfundible del agua al saltar de una laguna a otra, ruido que sirvió para darles nombre, allá por la Edad Media. Los geólogos hablan de calizas dolomíticas que dejan filtrar el agua sobre un fondo de sedimentos de arcilla, pero no. El viejo hidalgo sonreiría. En realidad, las lagunas no son más que las lágrimas de la dueña Ruidera y sus hijas, encantadas por Merlín, que lloran continuamente.

miércoles, 27 de marzo de 2013

El rapto de Europa

Desde hace algún tiempo están sonando a deshora las campanas del uno al otro confín de la aldea europea, como nunca lo habían hecho en décadas. No hay apenas rincón en el que no se oiga un alboroto. Saltan las líneas que nos daban la apariencia de familia feliz y nos miramos unos a otros con cierta desorientación, como si por todas partes hubieran surgido de pronto nuevos elementos que hasta ahora estaban adormecidos o simplemente no existían. Elementos de todo tipo. Francia, hundida en un tremendo fangal de corrupción de izquierda a derecha, con sus dos últimos expresidentes imputados y nombres como Strauss-Khan, Lagarde o Villepin convertidos en continua primera plana y no precisamente por sus virtudes ejemplarizantes. En Alemania cada vez más ciudadanos añoran los tiempos en que tenían su propia moneda y estaban libres de compromisos con los demás; de hecho acaba de surgir un partido, el AFD, que propugna la salida del euro. Reino Unido se juega su integridad en un referéndum donde se decidirá la secesión de casi la mitad de su territorio. Italia vive en un imposible atolladero político e institucional. En España se suman los casos de corrupción a las tensiones separatistas del dirigente catalán. Grecia ya se sabe cómo está, y ahora Chipre trata de quitar a sus ciudadanos una buena parte de sus ahorros para pagar unas deudas que nadie sabe quiénes y por qué se contrajeron. Las preguntas sobre la forma de gestionar la unidad europea, e incluso sobre el propio sentido de la unidad, saltan enseguida a los labios.
¿Fue un acierto por nuestra parte entregar un buen porcentaje de nuestra soberanía a unos organismos ajenos que no pueden sentir nuestros intereses como propios? ¿Hicimos bien en renunciar a nuestra moneda y aceptar otra no basada en reservas tangibles, sobre la que no podemos tener ningún control? ¿Debemos desengañarnos ahora de aquella proclama tantas veces oída de que el euro nos traerá crecimiento y preservará la estabilidad de los precios? ¿Hemos ganado algo al aceptar, por ejemplo, que unos jueces lejanos y ajenos a nuestra realidad puedan excarcelar a nuestros terroristas más sanguinarios después de que nuestros dos tribunales mayores los hayan condenado? Pues no lo sé. Habrá respuestas de todo tipo, pero quizá la más válida sea la que cada uno pueda dar desde su mirada personal.
El caso es que hemos perdido de vista el horizonte mayor. Europa es una abstracción que se superpone a la propia realidad física que la sustenta. Por encima del hecho geográfico que la configura -una península irregular de Asia- Europa y lo europeo tienen una proyección histórica que alcanza en mayor o menor medida a la totalidad de la humanidad. Nada hay tan fluido como el pensamiento, sobre todo cuando va sustentado por un empirismo capaz de crear ventajas materiales. La cultura europea, su concepción ontológica, sus referencias morales, su arte, su ciencia y su actuación material, han influido de modo tan determinante en el quehacer histórico, que resulta difícil no encontrar su eco, por débil que sea, en el rincón más apartado de la vida cotidiana de todos los pueblos. Ahora ha caído en manos de mercaderes.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Los profesores

Hay noticias que nos pintan en la cara un sonrojo ajeno y, aún peor, nos dejan la amarga sensación de estar ante un terrible síntoma del declive de nuestro tiempo: el 86 por ciento de aspirantes a profesores suspendieron una prueba con preguntas que ellos mismos exigirían a sus alumnos de 11 años. Ya lo ven. Estos son los que aspiran a enseñar a nuestros niños y los que protestan porque el ministro habla de imponer algo parecido a un MIR. Pero son también los que a su vez fueron alumnos de otros profesores y de la actual ley de educación. El caso es que aquellas antologías del disparate que tanto éxito tuvieron mostrando las burradas de los alumnos, ahora podrían nutrirse de los disparates de los aspirantes a profesor. Ya me lo decía un amigo hace tiempo:
-En la calidad de la educación influye la ley de turno, claro, pero sobre todo la formación de los profesores. Es absolutamente fundamental. Habría que evitar en lo posible a todos esos que entran en la profesión para adquirir las ventajas de ser funcionario, y no porque su vocación les impulse a ello. Para enseñar, primero hay que amar el conocimiento. Y hay que recuperar el concepto de profesor o, como antes se decía, de maestro. Entre que muchos han decidido acabar con el respeto hacia su figura, no hacia su persona, se supone, y que en consecuencia han preferido superponer a su condición de enseñantes la de coleguillas, estamos recorriendo un camino en la relación entre el niño y su profesor que quizá se inició con buena intención, pero que cada vez parece más evidente que está equivocado.
Desde luego, el oficio de enseñante es oficio de vocación donde los haya. La vocación de enseñante imprime carácter a quien siente su llamada; es algo que se nota en su actitud general, en la profunda conciencia que tiene de lo que está haciendo, en la capacidad para llevar con alegría los sinsabores de un oficio exigente y estresante en ocasiones. Los buenos profesores son esos que echan a la sabiduría el grano de sal indispensable para que los demás la puedan degustar sabrosamente sazonada. Esos que saben muy bien que enseñar es aprender dos veces. Los que, más que al conocimiento en sí mismo, aman al sujeto del conocimiento; es decir, al alumno.
Son los que saben que su labor se realiza con los chicos justo en el tiempo en que más se necesita una mano que canalice sus sueños y les brinde la ilusión de una meta a alcanzar. Dejando aparte el seno familiar, cuya influencia está sujeta a circunstancias concretas, es la figura del profesor la que se erige en verdadero modelador de gustos y caracteres que han de configurar la persona del futuro. Buena responsabilidad es esa, que implica por sí misma el concepto de trascendencia sin posibilidad de quiebro alguno. Demasiado valiosa para que se dejen en manos de gentes que no conocen su valor. Quien haya tenido la suerte de haber encontrado en sus años de formación buenos profesores sabrá de la influencia decisiva que han tenido en su vida. Pocas cosas hay que se recuerden más, y pocos regalos más perdurables puede recibir un chico que la palabra sabia del buen profesor.

miércoles, 6 de marzo de 2013

La crisis no está sola

Parece una ley dictada por la Historia que una crisis jamás haya de venir sola. De vez en cuando, los mil diablos que zascandilean por ahí se reúnen y se conjuran para actuar a la vez en todos los frentes posibles, y nos dejan primero sorprendidos, luego desorientados, después impotentes y por fin desanimados y entregados a la desesperanza, con los gritos y las pancartas como único desahogo, hasta que, pasado un tiempo que se nos hace eterno, las cosas comienzan a volver a su sitio. Pero en ese período, desde luego, todo lo que puede salir mal, sale mal. Los norteamericanos, científicos ellos, dieron a esto nombres con categoría de sistema, como Ley de Murphy o Corolario de Finagle; aquí lo hemos solucionado con el refrán del perro flaco y las pulgas, que tiene bastante más expresividad y menos pedantería.
El caso es que estamos viviendo como si de pronto se hubiese desencajado todo lo que parecía estar bien ajustado y cada pieza saltase a su aire para caer en el peor momento y lugar posibles y con la mantequilla siempre hacia abajo. Al eco de la implosión económica han acudido todos: el ataque separatista, la corrupción, los conflictos laborales, el acoso a la Jefatura del Estado, el hundimiento de la oposición; hasta el vodevil político italiano, que, incomprensiblemente, también nos afecta, según los mercados. Menos mal que la sede vacante en la Iglesia no parece que nos ataña más allá de los abundantes consejos que dan al colegio cardenalicio los habituales entendidos que pululan por las tertulias.
Bien mirado, nada tiene de extraño. No es una concatenación aleatoria, sino que tiene unas leyes internas que enlazan causas con consecuencias. La recesión siempre es buena compinche de la corrupción, la debilidad de la nación es el terreno de caza del separatismo, el malestar social es el campo propicio para los grupos antisistema y su violencia callejera, el pesimismo es inseparable del desánimo, y el desánimo favorece la parálisis de la inversión. La crisis se hace de una complejidad apabullante, pero, paradójicamente, con una solución clara y delimitada, porque sólo tiene un corazón: la situación económica o, mejor dicho, su manifestación más terrible, el paro. Ese es el endiablado nudo a deshacer, y a partir de ahí todo recuperaría su verdadera dimensión.
Saldremos, por supuesto, pero seguramente nos encontraremos con que el paisaje que dejamos ya no es el mismo. Algo habremos aprendido de todo esto y es posible que demos una vuelta radical a nuestra escala personal de valores. Que volvamos a tener por importante aquello que habíamos arrojado a un rincón porque el engaño de una falsa modernidad nos hizo tener por superado. Y, por un capricho del tiempo, esa nueva situación coincidirá con la que está creando la técnica. Si después de Auschwitz no puede haber poesía, ahora, después de internet y de las redes sociales, apenas queda lugar para el misterio, ni para el ensueño de lo desconocido, ni para el romanticismo liberador de la realidad, ni para la imaginación como amiga y compañera de evasión. Nos quedará, eso sí, nuestro interior y el de nuestro pequeño mundo personal.

domingo, 24 de febrero de 2013

No necesitamos tanto

Uno de esos grandes proyectos científicos supranacionales, en el que trabajan investigadores de varios países, se ha propuesto conocer a fondo el funcionamiento de nuestro cerebro. Arduo trabajo, según parece, si se tiene en cuenta que apenas podemos usar un pequeño porcentaje de sus posibilidades. De momento ya se ha establecido que, medido en el lenguaje informático, tendría una capacidad de dos millones y medio de gigas. Vamos, para quedarse meditabundo un buen rato. Entonces ¿qué tengo yo sobre los hombros? Una máquina 5.000 veces más potente que mi maravilloso ordenador, quién lo diría. Y yo a cuestas con mis dudas, mi ignorancia, mis errores y mi incapacidad para entender casi nada de lo que sucede. Pero no, no puede ser esa la comparación. El ordenador se guía solamente por la lógica, mientras que nuestro cerebro lo hace de forma intuitiva. Todos los cerebros del mundo juntos no pueden competir con mi humilde ordenador en realizar cálculos numéricos, pero todos los ordenadores del mundo unidos serían incapaces de generar una sola emoción, un deseo o una pregunta sobre sí mismos.
Pero, así todo ¿qué extraño órgano es ese que se permite el lujo de permanecer inactivo en la mayor parte de su potencialidad, pero que hace que con lo poco que nos deja utilizar ya nos sintamos los reyes del universo? A Arthur Koestler le preocupaba esta incongruencia y sus consecuencias, porque hacen tambalearse las teorías que nos explicaban nuestro desarrollo. Algo se torció en la evolución para dar al hombre un cerebro que excede en gran manera sus necesidades. Le ha dotado de un órgano que no sabe utilizar o que, en todo caso, necesitaría miles de años para aprender a usarlo, si es que lo consigue. Es como si la evolución hubiese rebasado sus propios objetivos. El cerebro es un lujo inútil. Un error que explicaría la vena de paranoia que recorre nuestra historia. Viene a ser –nos cuenta- como aquel pobre tendero de un bazar árabe al que todos timaban porque no sabía sumar. Entonces rogó a Alá que le regalase un ábaco, y Alá le envió un poderoso ordenador. Después de manipularlo inútilmente unos cuantos días, desesperado, comenzó a darle golpes y descubrió que, golpeando tres veces un botón y dos otro, aparecía en una pantalla el número cinco. Agradeció a Alá que le hubiera enviado un ábaco tan hermoso y siguió usándolo así, en la ignorancia de que podía, por ejemplo, derivar las ecuaciones de Einstein en un santiamén.
Pues con nuestro modesto cerebro hemos pasado del hacha de piedra a la llegada a la Luna y del conjuro del hechicero al trasplante de corazón, y hemos sido capaces de los actos más nobles y de los horrores más crueles, de amar y odiar en sus grados más extremos, de avanzar sin límites en lo material y de retroceder en los valores morales. ¿Y si algún día existe una humanidad que ha aprendido a usar ya su órgano al completo? Pues quién sabe. Con el que tenemos ahora no podemos imaginarlo. Sería un mundo de genios, un mundo sin incógnitas y sin misterios, quizá sin dolor, pero seguramente también sin felicidad.

martes, 12 de febrero de 2013

La renuncia

Qué puede hacer el espíritu ante las flaquezas del cuerpo que lo soporta, y qué puede hacer el cuerpo ante la evidencia de su propia debilidad. Sobrenadan vigorosos el entendimiento y aun la voluntad, pero flaquea la memoria, que no sería lo más lamentable, dado que puede ser suplida parcialmente por artilugios artificiales que la almacenan y la ponen a disposición permanente de los otros dos. Lo peor reside en el ánimo, en la convicción de que la tarea sobrepasa ya nuestras fuerzas, en la ausencia de ganas de seguir luchando, en la mirada realista que uno echa sobre sí mismo y en lo que encuentra: la pérdida de lo que fue y la evidencia de que lo que antes suponía un esfuerzo más o menos llevadero, ahora se convierte en sobrehumano. La débil carne frente al espíritu fuerte.
La renuncia del Papa ha levantado de golpe un maremoto que achica cualquier otra noticia, y hay que ver que estaba el panorama bien servido de ellas. Cae así, de improviso, después de seiscientos años de ausencia, y la sorpresa hace que las primeras reacciones apenas sean más que balbuceos. De momento se echa mano de los antecedentes y apenas se encuentran unas líneas; se especula con las consecuencias y se viene a dar en el proceso bien conocido de la elección papal. Poco a poco van surgiendo los comentarios ya no tan improvisados, y se traslucen en ellos percepciones encontradas, que van desde el entusiasmo a la oposición, nunca la indiferencia. Lo que para unos es una decisión lógica y vivificante, para otros, no deja de ser más que un acto de debilidad que roza la cobardía y que puede llevar a la Iglesia a una etapa de incertidumbre. Hasta hay quien, después de proclamarse no creyente, afirma que en definitiva supone un fallo del Espíritu Santo.
Este papa, sabio, estudioso, dialéctico brillante y teólogo de consulta, que aprendió griego para poder leer las Escrituras sin las interferencias de la traducción y que empeñó su labor intelectual en conciliar armónicamente Grecia y el evangelio, la razón y la fe, ha resultado ser, con su apariencia de viejecito de los Grimm, el más atípico de todos. No quiso seguir en la cruz si desde ella no podía ejercer su labor de pastor. El cayado requería manos que no estuviesen clavadas; el timón de la barca exigía brazos más fuertes y no atenazados por el cansancio y el dolor, y no le importó someterse al juicio universal de su acto. Ahora seguramente encontrará la consumación de su vocación en el cuarto de un monasterio, con sus libros, su piano y su empeño en trazar un camino válido para racionalistas y creyentes.
A uno, todo esto, como cualquier decisión nacida de lo más profundo de la conciencia, le inspira un enorme respeto, y se siente incapaz de juzgar nada de lo que le ataña, y mucho menos de hacer valoraciones de cualquier tipo. Que un hombre decida renunciar al cargo más encumbrado y de mayor relevancia espiritual de cuantos existen porque se encuentra a sí mismo falto de las cualidades físicas que le permitan ejercerlo, le parece un acto de profunda sinceridad consigo mismo y con los fieles que en él confían. Todo lo demás no tiene importancia.

jueves, 7 de febrero de 2013

Paseo por Verona






Lo mejor de un viaje quizá sea su condición de exilio temporal, en el que lo habitualmente cotidiano nos es ajeno por unos días. A estas tierras de la llanura del Po no llegan los ecos de nuestro vocerío informativo. Sí se oye el de aquí, que tampoco es pequeño, pero como el primero no llega y el otro no importa, anda uno por Verona sin más preocupación que la de pasear y ver.
Bien mirado, a Verona le faltan pocas cosas, como no sea la buena fama entre sus vecinos. Leo en un texto de hace doscientos años: "Los veroneses son gente alegre; entre los hombres hay bella juventud, pero no se observa así entre las mujeres; aman con extremo la música y en las provincias confinantes tienen fama de locos". Uno en eso ni sale ni entra, pero sigue diciendo que no puede quejarse de la prodigalidad del destino, ni siquiera cuando la castigó con rencillas civiles, porque que terminaron haciéndola inmortal. A ver qué ciudad debe tanto a una lucha interna. Ahí está el número 23 de la vía Capello: un pequeño patio, una fachada desconchada de ladrillo y un balcón. Sobre todo, el balcón. En el patio, una bella estatua femenina de bronce y gente, siempre mucha gente, que viene a la búsqueda de aquello sin lo que no se puede vivir, digan lo que digan los superhombres: un cierto fetichismo espiritual. El de aquí, además, no viene dado por sentimientos particulares ni reservados a conformaciones sentimentales específicas. Este fetichismo es del corazón y se refiere al amor, y, por tanto, es universal. Sin embargo, por encima de todo, uno se da cuenta de que en lo que verdaderamente está pensando es en el poder de la palabra. Si la mentira es siempre mentira, ¿de qué se habrá hecho el envoltorio para que sea capaz de fenómenos así? ¿O es que no importa ni lo uno ni lo otro y sólo cuenta la emoción de un hecho inalcanzable que le hubiera gustado vivir a cada corazón? Hay tres chicas contemplando en silencio el balcón. Una de ellas se coloca junto a la estatua de Julieta y la mira a los ojos, uno cree que con cierta ternura. Quién sabe si la está tratando como a una igual.
Y a pesar de todo, este viajero confiesa paladinamente sin ningún rubor en sus mejillas, que en su peregrinación literaria a Verona aquel balcón ocuparía un lugar secundario, y que sir William le perdone. Este viajero es agradecido con quienes le hicieron feliz, y aquí nació uno de los personajes que mejores momentos supo brindarle allá en los años en que la vida rompía y no había mundo bastante para contener las ilusiones, cuando lo que había más allá del umbral de la puerta era tan sólo letra escrita por quien sabía generar ensueños. A Emilio Salgari la injusticia del destino le hizo dador de la felicidad que le negó a él, y eso sí que inspira un trágico y hondo respeto. Sus dos jóvenes y famosos conciudadanos murieron entre suspiros de amor y tras una vida centrada en sí mismos; Salgari murió entre la locura de su mujer y la avaricia de los editores, después de que una nube negra oscureciese para siempre sus hermosas fantasías, que fueron luego las de todos nosotros. Pero no preguntéis en Verona por la casa de Emilio Salgari.

martes, 29 de enero de 2013

La libreta de ahorros

Encontré a mi amigo apoyado en una barandilla del parque, contemplando los gansos del lago, aunque creo que sin verlos. Mi amigo es una persona de natural apacible, moderado en sus ideas y sus expresiones, educado, culto y poco dado a afirmaciones apriorísticas ni dogmáticas. Sin embargo, ahora tenía el ceño adusto y los ojos con un brillo de indignación poco habitual en él. No fueron necesarias muchas preguntas para que se desahogara.
-Es que vengo del banco, de poner al día mi libreta de ahorros, y no puedo evitar enfurecerme viendo cómo caen sobre ella como buitres a arrancarle todo lo que pueden. Fíjate: me quitan 27 euros por mantenerla, ya ves lo que debe de gastarles la pobre. Y mira todos estos cargos: son los costes de las cartas que me mandan y que nadie les pidió, incluyendo las de su publicidad, así que envían muchas. Hasta me tienen retenidos cinco euros, dicen que para que no se quede a cero; hay que ser ruines. De intereses nada, por supuesto. Luego se extrañan de que los depósitos de ahorros de los españoles disminuyan; lo extraño es que todavía alguien quiera tenerlos en un banco.
La libreta era de una Caja de nombre catalán. Le sugerí que quizá en otro banco...
-Es igual. El afán de beneficio iguala todas las conductas. En esto creo que ninguno se diferencia mucho de los demás. Son todos hijos del mismo matrimonio: la usura y la prepotencia.
Se quedó mirando un momento hacia lo lejos y luego siguió hablando como quien hace una reflexión en voz alta.
-No hay ningún negocio que pueda compararse con el de los bancos. Es redondo. Les prestas tu dinero para que saquen beneficios con él, y encima tienes que pagarles por prestárselo. Y cuando se van al desastre, hemos de reparar la incompetencia de sus dirigentes con el dinero de todos, mientras ellos se van de rositas. No verás nunca un banquero arruinado. Y encima todo el sistema contribuye a hacerlos insustituibles, porque se las han arreglado para que nos resulte imprescindible tener una cuenta. Lo que ya no está tan claro es que el sistema controle sus tendencias al abuso; ahí está, por ejemplo, todo ese saqueo al cliente en forma de comisiones sobre un montón de conceptos, correo, gastos diversos y mil disculpas más. O, en otro sentido, el caso de las preferentes, aprovechando la vulnerabilidad de algunos clientes –especialmente los mayores-, en materia de inversiones financieras. Ya sabes aquella frase de Brecht: hay algo peor que atracar un banco: fundarlo.
-Imagina –añadió- que hubiera un solo banco. Un banco único, sin ánimo de lucro, sólo con los beneficios justos para mantenerse sin cargo al presupuesto. Sí, un servicio público, como la sanidad o la educación, sin buscar ganancia alguna a costa de nadie. Piensa lo que supondría para las economías familiares y empresariales y para toda la sociedad.
Un ganso soltó un graznido que sonó como una risotada.

miércoles, 9 de enero de 2013

Somos felices

No lo sabíamos, pero resulta que somos uno de los pueblos más felices del mundo, el segundo de la Unión Europea, tras Finlandia, según una de esas empresas que se dedican a hacer preguntas a la gente para decirnos por dónde anda la opinión pública. En este caso no es un trabajo local; la encuesta se ha hecho en 54 países, así que algo de universalidad sí que tiene. El caso es que también dice que somos uno de los más pesimistas sobre nuestra situación actual, lo cual puede parecer una paradoja, aunque, bien mirado, no lo es. El pesimismo implica tener una cierta visión del futuro, mientras que felicidad se refiere al presente. Se puede ser infeliz y a la vez un empedernido optimista, igual que puede uno sentirse un tipo satisfecho de su vida y al mismo tiempo tener tendencia a ver los aspectos más desfavorables de lo que le rodea. Es una sutil diferencia, que, por lo visto en esta encuesta, sólo sabemos distinguir por aquí. Nuestros vecinos portugueses, por ejemplo, que figuran como campeones del pesimismo, se sitúan también a sí mismos en los últimos puestos de la felicidad. Resulta llamativo que los países más pobres sean los más optimistas y que los que ven el mundo con más pesimismo sean precisamente los europeos y los ricos en general. Puede que sea por aquello de que un pesimista no es más que un optimista bien informado. Si es así casi dan ganas de bendecir la ignorancia. En realidad, la vida termina enseñándonos que sólo somos felices a costa de desconocer algo.
La cuestión es saber qué entendemos por felicidad, si es un concepto unívoco o múltiple, un término definible o un estado de ánimo, una vocación perpetua del ser humano o simplemente un azar que se prolonga más o menos. Recuerdo, hace ya unos cuantos años, una encuesta que hizo una revista preguntando a sus lectores qué entendían por felicidad, y las respuestas iban desde las más hondas y espirituales hasta la de una afamada actriz, que contestaba que en su caso consistía en poder comer como un cargador de muelle y no engordar. El ideal de felicidad de cada uno puede decir mucho acerca de su carácter, su personalidad, su escala de valores y hasta de su condición moral, pero nadie puede escapar de ese impulso que forma parte de nuestra esencia y que nos lleva a buscar permanentemente la felicidad como único objetivo en la vida. Luego, cuando podemos atraparla, nos parece tan insólito que desconfiamos de ella.
Aun admitiendo que la típica trilogía -salud, dinero y amor- sea fuente de felicidad, apenas depende de nosotros. Mucho más seguro es aquello que podemos tener sin necesitar grandes recursos ni aspirar a cambiar de condición, porque, si sabemos buscarlos, tenemos muchos motivos para ser felices. Pequeñas cosas que nos rodean y que están ahí sin apenas hacerse notar, una conversación con los amigos, una caricia aceptada, una lectura, esa música que nos conmueve, un paseo solitario, un vino compartido, una entrega a la nostalgia. Ya Borges había observado que la felicidad es más frecuente de lo que pensamos: no pasa un día sin que estemos por un instante en el paraíso.

miércoles, 2 de enero de 2013

Año nuevo

Pues ya hemos celebrado otra vez el rito del paso de un año a otro, más o menos con el ceremonial de siempre, lleno de gestos simbólicos que tratan todos de inducirnos al contento y sobre todo a exteriorizarlo lo más expresivamente posible. Sesudos buscadores de todos los pies posibles e imposibles del gato han tratado de averiguar las razones por las que desparramamos tanta alegría esa noche, como si hiciéramos nuestro el mérito de la Tierra de haber dado otra vuelta alrededor del Sol. Alegría compartida sin miramientos y además con afanes transitivos. En los brindis hay buenos deseos y en las palabras expresiones de esperanza, y en el fondo de cada uno quizá firmes propósitos para el tiempo que nace o acaso alguna atrición por no haber cumplido los prometidos el año anterior. ¿Y por qué? Pues por estar vivos, o por asomarnos a un tiempo que consideramos nuevo, o porque sentimos la necesidad recurrente de despojarnos de lo viejo y vestirnos ropajes diferentes, o porque necesitamos renovar las ilusiones y las promesas y este nuevo número nos brinda una buena ocasión, o porque sí, quién sabe.
El caso es que, bien mirado, y desde una perspectiva alejada de lo cotidiano, los años son casi todos iguales. Pasan acotando en parcelas nuestra vida, contemplan siglo tras siglo nuestra lucha por la vida, nuestras pasiones, nuestros afanes, nuestras miserias y nuestras estupideces y, cumplido su plazo, se dejan engullir para siempre por el misterio de la eternidad. Muy pocos se quedan como hitos en el tiempo. Apenas cruzan su San Silvestre ya quedan enterrados en el pasado y confundidos con los que los precedieron, y tan sólo los que marcan una señal decisiva en nuestras vidas dejan su nombre en nuestra memoria personal. Son los que se llevan consigo y almacenan para siempre nuestros sucesos más íntimos y más queridos, esos que luego reciben el nombre de recuerdos.
Pero si los años vienen a ser todos similares en sus efectos, algunos merecen un olvido más rápido que otros; al menos este que acaba de morir lo merece casi de inmediato. 2012 no nos trajo el fin del mundo, como unos avispados nos vendieron y muchos inexplicablemente creyeron, pero a la hora de guardarlo en la memoria no figurará precisamente entre los venturosos. En su balance presenta las habituales catástrofes que la naturaleza nos ofrece según su costumbre, y, por supuesto, las desgracias que los hombres nos creamos a nosotros mismos, también según nuestra costumbre: guerras, injusticias, fanatismos, asesinatos masivos y, por añadidura, la crisis, que tanto dolor ocasiona entre los que caen de lleno en ella. Ha sido un año triste. En las palabras, en las actitudes, en las conversaciones, flota un aire desesperanzado, casi de derrotismo, como si nos hubiera sorprendido de pronto una situación terrible que no conocíamos y ante la que no sabemos qué hacer. Por más que se repasen los resúmenes apenas se encuentra un motivo ilusionante, y sólo el ámbito deportivo, miren por dónde, ha ofrecido motivos para una sonrisa satisfecha. Desear a alguien un año próximo mejor no es tener mucha generosidad en el deseo. Así todo, que lo sea