miércoles, 7 de junio de 2023

No hay respiro

Lo más decepcionante de los políticos, en general, es el orden en que colocan las prioridades de su actuación. En primer lugar está él mismo, su propia persona; erigirse como referencia ineludible de la actualidad nacional, dominar la sociedad en todos sus aspectos y pasar al olimpo de las figuras históricas. En segundo lugar viene el partido, el número de votos que pueda ganar o perder, su estabilidad interna y su imagen externa; todo sea por él, que fue el que lanzó al jefe al poder y el refugio que apoya sus errores; por él vale todo: pactos antinaturales, alianzas extrañas, incumplimientos de promesas y hasta los dictados de la propia conciencia se venden y se compran si es necesario con tal de que el partido cumpla su función de captar votos. Después, y a mucha distancia, está el país, entendido como patria común, ya que la conciencia nacional y el sentimiento patriótico no son conceptos que suelan figurar entre las proclamas de la mayoría de nuestras facciones partidistas. Y en último lugar estamos los ciudadanos; los ciudadanos de a pie, que soportamos las promesas incumplidas y las decisiones arbitrarias sin más ocasión de sentirnos protagonistas que la que nos dan las urnas cada cierto tiempo.
Ahora nos llaman de nuevo a votar. No toca, pero habremos de ir por conveniencia de alguien que ve en ello su propia ventaja. Iremos en chanclas y a piel descubierta, y más de uno oliendo a bronceador, porque julio es mes de canícula y los domingos riman más con sol y playa que con una sala cerrada donde se va a cumplir con una obligación que podría tener mejor acomodo en el calendario. Pero iremos, porque hay ganas de cambio y de acabar de una vez con esta pesadilla que nos amarga cada mañana con una actualidad de sobresaltos y con escasas noticias que reconforten el espíritu.
Pero antes hemos de hacer frente a otra campaña electoral, que no es ningún aperitivo placentero. Aún tenemos el paladar saturado de la anterior. Volveremos a oír las mismas frases impostadas que nada significan. Todo será progresista y sostenible y, por supuesto, democrático. Habrá negociaciones frenéticas en busca de alianzas que permitan uniones de hecho, por antinaturales que sean, para evitar que el ganador se siente en el poder. Oiremos a quienes atisban al lobo tras las encuestas justificar sus errores intentando que los veamos como aciertos, y a los que olfatean el triunfo exhibir sus remedios, que tampoco necesitan ir mucho más allá de lo que dicta el sentido común. Nos han llamado en un día atípico, pero así todo iremos.

miércoles, 31 de mayo de 2023

Mi amigo el moro

Andaba el hombre por Roma con su cara de eterno desubicado y bastó que me oyera saludar con acento español para que se acercara con su vaso a mi lado. El vaso era de zumo, que Muley Mehmed no bebe alcohol. El mío era de chianti, y por ahí, por los vinos de Italia y España, vino el pretexto para hablar.
Muley sabe bien lo que quiere, pero se encuentra con que la vida no es precisamente una dama generosa que se distinga por allanar los caminos, y da la impresión de que eso le sorprende un poco. Puede que ya sepa que así nos ocurre a la inmensa mayoría y que le traiga sin cuidado, porque ciertamente vago consuelo es, pero en todo caso es una verdad, por si de algo sirve.
Muley Mehmed es marroquí, habla un correcto español y trabaja en una agencia de viajes en Roma. Dice las cosas en voz baja y muy despacio, mirando fijamente a su interlocutor, creo que para darse más seguridad a sí mismo, y de este modo me cuenta que es licenciado en Literatura Española por la universidad de Casablanca y que todo su afán se centra en trabajar algún día en España:
-A los marroquíes España nos parece la meta a alcanzar. Ir a tu país es ir a un país europeo y además sin los inconvenientes de los otros. Es como la otra orilla, en todos los sentidos.
-¿Y por qué nosotros no tenemos otra orilla?
Muley le mira a uno como diciendo qué pregunta. No se da cuenta de que no se trata de ninguna autocontemplación, ni mucho menos, sino de una observación entre curiosa y dolida, y comienza a hablar del tremendo atraso cultural y social de su país, del inmovilismo de sus estructuras, de la pobreza, de la sorda lucha entre religión y progreso, de la interminable toma de decisión entre dos mundos, que cada vez parece más angustiosa. Luego vuelve al tema de su nueva vida:
-Aquí me tratan bastante bien, pero no es sólo eso; veo que jamás tendré posibilidades
Un país como Italia debe de resultar de difícil comprensión para los alejados culturalmente de su sombra. Todas las formas complejas y elevadas ofrecen una cara dura a los que no están iniciados en ellas, incluso aunque provengan de otras igualmente importantes. También puede que ocurra en España, aunque aquí el carácter modifica algo la norma.
-Yo lo que quiero es ir a España a trabajar como guía turístico, a ser posible en el sur.
A Muley se le pone cara de ensoñación y a uno le parece que no es nadie para romperla con los crudos datos de la realidad, así que se limita a hacer alusión a algunas exigencias.
-He estudiado mucho sobre España. Mucho. Y si hay que sacar alguna titulación, pues la saco. Podría ser un buen guía. Se lo digo de verdad.
Muley bebe su zumo y mira al otro a ver qué dice y, como el otro no dice nada, continúa:
-En Italia no estoy mal, pero... Yo me siento ya un trasplantado y a los trasplantados no les importa ya ninguna operación con tal de que el órgano funcione.
El último día de mi estancia en Roma, tomando en Via Tomacelli la copa de la despedida, Muley Mehmed pidió con la más clásica de las circunlocuciones árabes que hiciera lo posible por ayudarle a conseguir lo que quería.

miércoles, 24 de mayo de 2023

A quién votar el domingo

 Se hace larga la campaña electoral. Quince días de jarreo de mensajes, de rostros omnipresentes dentro y fuera de casa y de ofertas de mercadillo de feria, dejan a todos, a los que hablan y a los que escuchan, con la lengua y los oídos fatigados y a los cuerpos con ganas de un poco de silencio. Seguramente no se conoce otro modo mejor de prologar unas elecciones que este de montar un vaivén continuo de candidatos moviéndose por todos los rincones y diciendo las mismas cosas, pero quizá habría que echar cuentas y ver si el esfuerzo hecho se corresponde con la eficacia del sistema. La realidad es que la campaña ya está hecha; se fue haciendo día a día a lo largo de toda la legislatura. Los mítines de ahora son, si acaso, la hojita de perejil con que se remata el plato, pero sin añadir ya ningún sabor. Algún converso habrá de última hora, alguien de convicciones tambaleantes que las modifique en función de lo último que oiga, pero la experiencia viene a decir que a los mítines van los convencidos y que los discursos tienen más un efecto de reafirmación que de convencimiento. No sé de nadie que vaya a un mitin con un propósito y salga con otro.
Las campañas pueden tener más efecto en los escépticos, aquellos que tienden más al accidentalismo que al dogma. También en los que no tienen claro a quién votar, pero sí saben muy bien a quién no van a hacerlo. Encuentran más práctico y con menor riesgo de equivocación tomar la decisión por descarte. Despejan sus dudas proyectando sobre los candidatos su propio concepto de lo que ha de ser el ejercicio de la política y rechazando a quienes no se ajustan a él. No votarán a los que desprecian o banalizan los valores que para ellos son irrenunciables, a los que mienten descaradamente, a los que prometen sin ningún propósito de cumplir lo prometido, a los de la sonrisa y gesto obscenamente impostados, a los que insultan y ofenden, a los que buscan el lucro personal por encima del bien común, e incluso a otros por razones más concretas y menos trascendentes. Yo, por ejemplo, confieso que no votaré nunca a los que den la tabarra continuamente con eso de todos y todas, ciudadanos y ciudadanas, trabajadores y trabajadoras, y todo ese irritante desdoblamiento, que sólo pone en evidencia la ignorancia de quien no conoce la tendencia de nuestro idioma a la economía sin mermar un ápice su fuerza expresiva.
Y al final hay en toda campaña electoral un aire de cierta ternura al ver cómo todos se esfuerzan en convencernos de que son los mejores y podemos confiar en ellos. Ay, si pudiéramos acertar.

miércoles, 17 de mayo de 2023

La campaña

 Sería una suerte tener en cada campaña electoral un viaje que nos permitiera librarnos de ella y dejarnos la cabeza más o menos como estaba. Desde la lejanía todo se achica y, si uno no quiere, cuenta con muchas posibilidades de no tener que observar la refriega política española, lo cual es un tonificante para la salud tan bueno como el mejor balneario.
Las campañas electorales son una subasta. Los licitadores van exponiendo sus ofertas a un ritmo bien medido, dosificándolas en función de las que hagan los rivales. Si es un postor ya avezado, sabrá dónde debe detenerse, aunque no sea más que para no ofender la capacidad de raciocinio de los adquirentes. Si no lo es, ofrecerá ilusiones vestidas de proyectos vagamente realizables, sin explicar que jamás podrán pasar de ahí. Si los oyentes tienen ya una experiencia bien curtida, como es el caso, sabrán distinguir entre ambos sólo con oírlos saludar, y dejará en su sitio a los vendedores de humo. Lo malo es que, en la realidad, no existen líneas definitorias tan claras. Ni aun los ofertantes más serios pueden prescindir de una cierta dosis de demagogia, ni los más fantasiosos carecen de una mínima cantidad de realismo. De ahí la dificultad de discernir entre ambos, y de ahí el hecho de que, muchas veces, la elección termine haciéndose en virtud de motivaciones más próximas al sentimiento que a la razón.
Decía Borges, con su agudeza para fabricar definiciones contra corriente, que la democracia es una superstición muy difundida. Puede que tenga de superstición el hecho de ser inalcanzable en su estado más puro y que posea sus rituales propios y sus ministros y su terminología específica, pero el hecho de introducir un nombre en una urna no tiene de mágico más que lo escaso de su práctica. Ese es el único momento en que la democracia no es palabrería. El día en que las campañas electorales dejen de ser subastas vocingleras para convertirse en reflexión personal sobre la base de unos mensajes ofrecidos con medida discreción, le habremos quitado otro poco de razón a la definición de Borges.
Y, luego, a la vuelta, encontrarse con que se ha cambiado al alcalde y a otros dirigentes, y mantener otra vez en nuestro interior la ingenua esperanza de que se  esta vez se van a cumplir las promesas

miércoles, 10 de mayo de 2023

Un premio acertado

De nuevo hay que hablar de las humanidades con aire de lamento, como se habla de alguien muy querido que se encuentra en una situación delicada sin que nadie parezca querer ayudarle. Este año el premio Princesa de Asturias en este apartado ha recaído en Nuccio Ordine, alguien que ha dedicado su obra y su esfuerzo a su estudio y su defensa. El latín, el griego, la filosofía, el arte, la música, la literatura, todas esas cosas que los necios se preguntan para qué sirven, tienen hoy un firme defensor en este humanista italiano, que lleva su posición hasta establecer un postulado: "Sólo es realmente hermoso lo que no sirve para nada. Todo lo que es útil es feo, porque es la expresión de alguna necesidad, y las necesidades del hombre son ruines y desagradables, igual que su pobre y enfermiza naturaleza". Pero hay algo más: el empobrecimiento de nosotros mismos, de nuestro pasado y de lo que somos en el presente. Pensemos, por ejemplo, que en pocos años no quedará nadie que pueda entender un documento antiguo. Las humanidades son el mayor patrimonio de España, y sin embargo hay que ver el maltrato que reciben por parte de las desdichadas leyes de educación que padecemos y que cada ministro que llega al poder se esfuerza en hacer peor que el anterior.
En los estudios de las humanidades encontramos lo mejor de cada generación que nos precedió. Lo que nosotros sufrimos, otros lo sufrieron; lo que sentimos, otros lo sintieron; lo que nos ilusiona, a otros ilusionó. Las dudas que nos afligen afligieron a otros, y las mismas preguntas que nos hacemos otros se las hicieron. Y todas sus conclusiones y las respuestas encontradas, envueltas casi siempre en marcos de enorme belleza expresiva, están en las obras de esos autores que llamamos clásicos, o sea en el estudio de las humanidades.
Los clásicos son receta contra la melancolía y la soledad, y para los autores de hoy, santo y excelente remedio para curar la vanidad. Son defensa frente a la vaciedad de la palabrería engañosa con que nos atiborran y contra la invasión de nuestra mente por parte de tantos como tratan de dominarla. Andamos tantas veces soportando la intemperie de nuestras limitaciones intelectuales y no caemos en que la sabiduría consiste en acudir al armario a ver qué prendas de abrigo nos protegen del frío. Porque, además, el armario que tenemos es amplio y está repleto de prendas de gran calidad. La experiencia no consiste sólo en ver las cosas que pasan, sino en reflexionar sobre ellas una vez que han pasado. Sea bienvenido ese premio.

miércoles, 3 de mayo de 2023

Ser agradecidos

Pocas escenas hay en la Historia del Arte tan significativas como aquella que nos muestra a Schubert caminando en solitario detrás del féretro de Beethoven. Era un día de marzo vienés, frío y ventoso. El músico de Bonn había muerto el día anterior, y todo el que representaba o quería representar algo en la sociedad vienesa había acudido a despedir al hombre huraño y genial, que había llevado a la música aún más allá de Mozart y de todo lo conocido y por encima de todo convencionalismo personal y social. La devoción de Schubert por Beethoven, sin embargo, tenía un carácter intemporal y en cierto modo simbiótico; era la admiración de un creador por otro; la devoción profunda y silenciosa que siente el genio, aunque aún no tenga conciencia de serlo, por otro que lo es ya de modo absoluto y fecundo. En toda su vida, Schubert no se había atrevido a presentarse ante Beethoven por pudor artístico y acaso también por la fama de antisocial y de imprevisible que tenía el gran sordo; su veneración por la figura y la obra del maestro, que llegó a rozar lo obsesivo, fue siempre de condición silenciosa y tal vez algo dolorida, como lo son todos los sentimientos irrenunciables.
En aquel marzo de 1827, mientras todo el que quería hacerse ver en Viena desfilaba en el cortejo con sus mejores galas fúnebres, entre comentarios sobre la última anécdota del finado y con la cara de circunstancias que la ocasión requería, Schubert caminaba solo, detrás de la multitud, llevando en la mano su propio hachón y con sus ojillos miopes fijos en algún punto indefinido. 
En verdad, pocas imágenes de humilde admiración y homenaje callado del genio al genio pueden encontrarse en la larga crónica de las relaciones artísticas. Y por debajo de todo, de íntimo agradecimiento hacia el creador de belleza por parte del receptor de ella. Porque este es precisamente un agradecimiento escaso y cuya ausencia resulta siempre fácil de justificar, como todo lo que se recibe sin atisbo de interés ni de imposición ni contrapartida alguna por parte del donante. Leemos un hermoso libro, gozamos con una obra de arte o disfrutamos durante un intenso momento con una bella música y nos parece natural que eso haya sido creado para nosotros, como si alguien hubiera nacido con esa obligación original, cuando, por un elemental deber de gratitud, debiéramos cerrar los ojos y dedicar mentalmente un fervoroso recuerdo agradecido a la figura que lo hizo posible. La belleza no brota de ninguna sopa germinal ni de las intenciones ni aun de las ideas o, al menos, no sólo; el espíritu del demiurgo es tan evanescente que no anida en ningún mortal, y mejor que así sea; el genio lo es sólo en cuanto es capaz de sacrificio.
De todas las definiciones de genio que uno tiene anotadas, tal vez la más exacta sea la menos ortodoxa: genio es la infinita capacidad de tomarse molestias. El genio en sí mismo poca cosa es, unas simples y calladas cuerdas de arpa, dijo el poeta; un uno por ciento de la obra, dijo el científico; un don, decimos todos, y tenemos razón. Pero un don inactivo en sí mismo; es decir, nada sin el esfuerzo. Y el eco de ese esfuerzo es el que nos alcanza a todos, sin que merezca en la mayoría de los casos ni un leve pensamiento.
Schubert murió al año siguiente de Beethoven, un día de otoño, sin llegar a cumplir los treinta y dos años. Tal como había deseado, fue enterrado al lado del sordo genial.

miércoles, 26 de abril de 2023

Rostros del pasado

Perdida entre la habitual bambolla de la actualidad, desapercibida para las tertulias y para los que manejan el cotarro mediático, nos llega una noticia del pasado que bien merece una calurosa bienvenida, aunque no sea más que porque nos sirve para salirnos por un momento del presente y, sobre todo, porque ayuda a desvelarnos parte de la oscuridad de nuestro tiempo remoto. La cansada mirada diaria agradece que se la aparte ocasionalmente de la acostumbrada inanidad que nos rodea y se la lance a lo lejos, allí donde sólo habitan el sosiego del conocimiento y la serena reflexión sobre nuestro origen.
La noticia nos da cuenta de que en un yacimiento extremeño se han hallado por primera vez esculturas de rostros humanos pertenecientes a los tartesios, esa civilización que se nos presenta más envuelta en misterios que en certezas. Son dos caras femeninas del siglo V a. C. talladas en piedra, que constituyen las primeras imágenes humanas que nos llegan de esta civilización y posiblemente los rostros de los compatriotas más antiguos que conocemos. Se trata de esculturas de rara perfección, de facciones equilibradas, labios carnosos insinuando una sonrisa, grandes pendientes y peinado elegantemente tratado. Este esmero en la imagen y su calidad artística invitan a pensar que podría tratarse de personajes destacados de la sociedad tartésica o quizá de divinidades femeninas de su panteón. Si es así, dicen los expertos que supondría un cambio absoluto de paradigma en la interpretación de la cultura tartésica, que siempre se había considerado anicónica al representar a sus dioses mediante motivos vegetales, animales o piedras sagradas. Esta plasmación humana del poder divino deja abierto un camino para una nueva consideración de la civilización tartésica alejada de Gárgoris y Habis. Y es que Tarteso forma parte de la historia mítica de España y hallazgos como este nos permiten esquivar su halo de leyenda, que a veces no nos deja evaluar imparcialmente lo que sabemos con certeza.
No es sólo una rutinaria cuestión de arqueólogos. Se ha añadido un nuevo fascículo a nuestra Historia del Arte componiendo un capítulo que tenía las páginas en blanco y que supone un apasionante prólogo de nuestra posterior trayectoria artística. Ahora surge el lado humano, sin respuesta posible. Viendo esos rostros de expresión serena, que parecen mirarnos con cierta condescendencia desde lo profundo del tiempo, cabe preguntarnos a qué voluntad obedecen, qué emociones representan, qué creencias las motivaron o quiénes se conmovieron con su presencia.


miércoles, 19 de abril de 2023

Lindísima amapola

 Por el campo castellano la primavera parece que llegara con una gana irrefrenable, mucho más que por aquí, por el norte, donde viene resuelta más bien en puro follaje y como con prisas de entrar pronto en el verano. En la llanura, la primavera se asienta con el gozo de quien se sabe bien recibido y puede lucir todas sus gracias sin obstáculo alguno. Están los jarales blancos, y los sembradíos cubiertos en toda su extensión por el rojo ondulante de las amapolas. Asoma el trigo verde como una esperanza, y el centeno, más pálido, y el alcacel, y hasta los taludes que bordean ambos lados de la carretera parecen inmensos macizos de flores, plantados quién sabe por quién, azules de genciana, blancos de margaritas, violetas de violetas y rojos, sobre todo rojos, de la gran flor simbólica de las tierras de pan y cereal. Luego llegará la espiga dorada y aún después la viña, pero el problema de éstas con la primavera es que ya no forman parte de ella. O sea, exactamente el mismo que tenemos los hombres con la juventud.
Si uno se decide a internarse en el campo comenzará a sentir los aromas infinitos del aire, que la primavera no sólo es hacedora de colores ni halaga únicamente a la vista, sino a casi todos los sentidos, aunque a unos más que a otros. A este del olfato, el más sutil de todos, desde luego que sí. La llanura de las hondas perspectivas serias, la de las castas soledades hondas y de las grises lontananzas muertas, es en primavera, ante todo y sobre todo, color y aroma, ambos estallantes, como si toda la sensualidad residiera en lo que se ve y se aspira y no hiciera falta más. O acaso como si cada tierra tuviera asignada su contribución específica en la gran tarea del gozo de la vida. El campo castellano aspiró profundamente el aire del asturiano y le dijo: eres un campo sin olores. Y el asturiano se quedó un momento escuchando y replicó: y tú un campo sin sonidos. Luego se dieron la mano y reconocieron que los dos tenían razón, aunque ninguno del todo.
Por el campo castellano están viviendo las amapolas su breve existencia, ofreciendo al viajero la visión del terruño enrojecido como una herida gozosa. Luego, el sol del verano igualará los colores y todo será amarillo y ocre, pero ahora merece la pena detenerse y mirar y sentir y aspirar y saber que es impiedad pasar de largo, porque nada justificaría negarse a la invitación de tratar de alcanzar el viejo sueño del poeta: ver el cielo en una flor silvestre y encerrar la eternidad en una hora.

miércoles, 12 de abril de 2023

Reencuentro triste

Hemos vuelto a las rutinas de siempre después de este tiempo que cada primavera nos concede el calendario para levantar la cabeza de nuestra mesa diaria del trabajo de vivir. Es un alto que se ha hecho necesario para separarnos por un momento del presente y darnos oportunidad de examinar nuestra andadura, aunque sea a costa de recordarnos que el año ya lleva gastado un cuarto de su vida. El tren se ha detenido y da tiempo al viajero a serenar la mirada y a concentrarla en lo que nunca había fijado su atención.
Para el creyente cristiano la Semana Santa es la ocasión propicia para pararse a fortalecer su fe y recargar sus reservas espirituales ante la contemplación de la pasión, muerte y resurrección de Jesús, que constituye el núcleo fundamental de su instalación espiritual. Recogido en su interior o ayudado por las abundantes manifestaciones exteriores, tratará de acercarse a la meditación del dogma de la redención y, a través de él, al gran misterio del ser humano: cuál es el sentido de nuestra vida, y quizá de sus meditaciones salga un hombre mejor.
Para el que ve esta semana tan sólo como un tiempo de vacaciones, son unos días alegres y despreocupados, en los que merece la pena aguantar atascos, retenciones y caravanas con tal de tumbarse unas horas en una playa o de visitar un lugar que poder recordar el resto del año. Las procesiones no tienen más profundidad que la de un elemento folclórico que se contempla con la curiosidad del turista o con la indiferencia del ya habituado, según la procedencia de quien las mire. Incluso para los que han preferido quedarse en casa ha sido una semana de agradable paz, con el Gobierno inactivo, los políticos más o menos callados y sin más agitación mediática que la que causó una señora que se las arregló para ser a la vez madre y abuela de un niño.
Y para todos, esta pausa viene a ser el momento del olvido que, aunque sea fugaz, se presenta como un anhelo; ya vendrá luego la realidad, y en ella ya estamos de nuevo. Es hora de asimilar, por ejemplo, que nos han destruido una parte del paisaje y que se hace imprescindible establecer un firme propósito de que eso no vuelva a suceder jamás, poniendo todo lo necesario para evitarlo, incluyendo el cambio del código actual. Qué triste el reencuentro con lo que habíamos dejado, qué sensación de desolación ante la negrura en que se han convertido nuestros queridos bosques y qué impotencia frente a las manos cobardes que encendieron las llamas.

jueves, 6 de abril de 2023

Ora vez la primavera

El aire que se lleva las hojas del calendario es el único que es constante en su fuerza y puntual en el tiempo. Ya se han ido las mimosas y los ciclámenes, que esas son flores a contracorriente, y están iniciando su marcha las azaleas después de haber atisbado la esperanza. Llegan ahora margaritas, cristalinas y prímulas, que son flores primerizas y con prisa, y se preparan hortensias, rosas, lilas y narcisos, y pronto estará completa toda la corte de esta dama vanidosa y bella, desde el humilde jaramago hasta su majestad la camelia. La flor de alta alcurnia y la sencilla flor que ilumina de colores los campos recién estrenados, las dos como un milagro renovado, símbolo confeso de tantas imágenes y del jamás colmado anhelo palingenésico del hombre. Que sigan siendo definición y metáfora, que para algo habrá de servir a nuestra comprensión, y que nadie recuerde que en el fondo todo se debe a una inclinación circunstancial del eje de rotación de este planeta atípico.
No hay juego más sencillo de entender que este de la vida, en el que todo consiste en una sucesión continua de nacimiento, muerte y renovación. Quizá sean las únicas reglas que no admiten ninguna excepción, ni siquiera para ser confirmadas. Nuestra visión global del mundo según un principio antrópico nos impide asomarnos a él desde un balcón ajeno, y por eso nos parece perfecto, pero en este único mundo que tenemos la vida basa su propia existencia en la acción consecutiva de nacer, morir y renacer. La vida en general, no la del hombre, al que sólo se le conceden los dos primeros actos. El hombre jamás podrá admirarse ante su segunda primavera.
Y en el bosque y en los retamares ya se han despertado a la vida aquellos a los que el frío durmió, y al celo todos, porque esa es condición previa de la vida misma. Pronto volverán los que se fueron en busca de inviernos más llevaderos y comenzará de nuevo el camino anual hacia la plenitud. No es fácil escapar de la alegoría ni siquiera como fuente de inspiración; ahí está esa infinita canción que poetas, pintores y músicos dedicaron a la primavera a lo largo de todos los tiempos, como si fuera la deidad de un panteón creado exclusivamente para adoradores de la belleza. Pero la flor que se abre y mil flores surgiendo y un campo cuajado repentinamente de colores no ofrecen muchas posibilidades de definición, ni siquiera para la palabra. Quizá la imagen más aproximada de la primavera sea la que dio un poeta japonés: "La flor cae de la rama y vuelve a la rama. Ah, no; es una mariposa".

miércoles, 29 de marzo de 2023

Pajares

Ahora que la línea férrea de Pajares va a dejar paso a su esperada variante, bien cabe un breve ramalazo de nostalgia por lo que ha supuesto para todos nosotros. Este fue un camino en abierta rebeldía a los pasos de todo caminante. Camino de leyenda, forjada como han de forjarse las leyendas de cualquier camino para que sean creíbles: con los ayes de quienes los han andado y los suspiros de orgullo de quienes han terminado por vencerlos. Por aquí, por esta rara muestra de debilidad de la cordillera Cantábrica, aprovecharon los hombres para entrar y salir de Asturias hacia el resto de la península desde que sintieron la necesidad de comunicarse si querían sobrevivir. Lo vieron pronto los romanos, cómo no, que abrieron por La Carisia una vía de penetración, camino de Lucus Asturum y de Gigia. Era un camino para foráneos, es decir, para facilitar la llegada de otras gentes; se ve que los de aquí no sentían ninguna necesidad de salir al exterior. Luego, en los siglos sucesivos, la empinada pendiente se convertiría en ruta de peregrinación por gracia de los atrevidos caminantes jacobeos que se desviaban en León para dirigirse a Oviedo, a venerar las reliquias de San Salvador. No cuesta demasiado imaginar, mirando desde la ventanilla del tren y sintiendo la infinita pequeñez de uno ante aquella grandiosidad, los temores y sufrimientos, la fe, la esperanza y quizá los arrepentimientos de aquellos peregrinos atrapados en un camino hostil, sin más defensa que su voluntad.
Pero la leyenda de Pajares la cimentó definitivamente el ferrocarril. El que esto firma, que por algo tiene entre sus títulos el de ser hijo de ferroviario, siempre ha visto el tren como un portador de ensueños, un mundo misterioso en su eterno vaivén hacia lo desconocido, alimentado por lágrimas de adioses y bienvenidas, e inmensamente bello en el hechizo de su majestuosa figura. La idea de tener que construir un ferrocarril que atravesara esta montaña imponía tanto respeto que durante mucho tiempo echó para atrás a todos los empresarios. Era preciso vencer un desnivel de casi mil metros en sólo diez kilómetros, sin pasar de una pendiente máxima del dos por ciento, y para ello había que convertir esos diez kilómetros en cincuenta y construir un sinfín de túneles, viaductos, terraplenes y trincheras. Es decir, había que afrontar una de las mayores obras de ingeniería ferroviaria de Europa.
Pajares terminó por ser vencido del todo por la técnica, que siempre avanza más deprisa que sus estáticas pendientes. La variante convertirá el actual trazado en una curiosidad a estudiar por los interesados del mañana. O, en el mejor de los casos, en una vía verde para desahogo de piernas y sentimientos. O acaso en referencia de románticos.

miércoles, 22 de marzo de 2023

Riqueza dudosa

Hay riquezas a las que uno renunciaría de buena gana, si pudiera. La riqueza habrá que medirla, digo yo, en función de su capacidad para generar estados positivos que redunden en bienestar y en la solución de problemas; si no, ya me dirán para qué vale. Pues eso es lo que no acaba uno de ver con el tesoro que dicen que tiene España con sus cuatro o cinco lenguas. O más, porque cada día aparece una nueva.
Las lenguas son resultado de la trayectoria histórica del hombre como ser social. La abundancia de ellas en un pequeño espacio no indica más que un estado de incomunicación secular entre los grupos sociales que lo habitaban, estado que puede deberse al hecho de que haya diferentes lenguas que impidan la comunicación, o a la incomunicación, que fomenta la aparición de distintas lenguas. Con la consolidación de alguna de ellas como lengua nacional, y a veces universal, las demás fueron perdiendo todas sus funciones, entre ellas la primordial de toda lengua: la de ser vehículo básico para la comunicación. Hoy pueden ser vistas como un factor de identificación, pero también como un resto de tribalismo y, en todo caso, como una reminiscencia histórica de carácter cultural. Pero que no nos repitan a todas horas eso de que es una riqueza inapreciable de nuestro país. Está claro entonces que Botswana, con más de doscientas lenguas, es infinitamente más rico culturalmente que Alemania, que sólo tiene una, la pobre.
La riqueza cultural de un país no la da el número de lenguas, sino el empleo que se hace de ellas. Si España ha creado una de las tres o cuatro literaturas más importantes del mundo, desde luego no ha sido por lo que aportaron el euskera, el gallego o el catalán, y no digamos el bable. La expresión creativa busca sus propios cauces y, según vemos, los cauces elegidos a lo largo de la Historia fueron pocos. Y es que, en definitiva, la lengua es el espacio social de las ideas.
Seguiremos oyendo eso de que España tiene una riqueza única en sus lenguas, cuando la riqueza real sería no tenerlas, porque así no gastaríamos los millones que nos gastamos en traducciones, doblajes, dobles rótulos, ikastolas, disposiciones legales y subvenciones de todo tipo. Pero bueno, debemos de ser los europeos de mayor riqueza cultural. Porque ya saben que el momento de la Historia más rico en cultura no fue la Grecia clásica ni la Italia del Renacimiento ni nada parecido. Fue la torre de Babel.

miércoles, 15 de marzo de 2023

Semana agitada

Y al final, ¿qué queda de toda esa barahúnda de actos y manifestaciones que vivimos esta semana del 8 de marzo?. Pues nada. Una confusión de ideas, un barullo de definiciones, una riada de rencores aflorados artificialmente y, para una gran mayoría, la sensación de que se trata de buscar cinco pies al gato en algo que siempre hemos tenido por claro y sencillo, tal como son las cosas que nos da la naturaleza. Esas señoras feministas que han llegado al poder y que tratan de modelar a su gusto nuestras opiniones y de dictar nuestro modo de actuar según su criterio, incluso en los aspectos más reservados de nuestra vida, parecen estar seguras de ser el ejército de salvación que viene a abrirnos los ojos sobre algo que nunca entendimos muy bien. Hablan con el tono de no admitir réplica y con la seguridad impostada que da el poder, pero al mismo tiempo con la suficiencia del ignorante y la condescendencia de quien destapa ante el pobre lego el tarro de su sabiduría. En su inmensa prepotencia ni siquiera se dan cuenta de los disparates que sueltan ni de las sonrisas de conmiseración que levantan.
No saben bien estas preclaras musas el daño que están haciendo al auténtico movimiento feminista y al mundo de la mujer en general. Con sus leyes han puesto en la calle a un buen número de violadores y pederastas, y con sus ideas adanistas han creado una confusión de conceptos que hace difícil situar cada uno en un lugar comprensible. Hasta 37 géneros sexuales y 10 orientaciones específicas han encontrado entre nosotros, según el documento que han mandado a la Policía para que todos sean tratados correctamente; la verdad es que la lista podría pasar por un poema dadaísta escrito en una noche de absenta. Además, han dividido al movimiento feminista minusvalorando a las verdaderas luchadoras por la causa de la mujer, esas que llevan años en el empeño de conseguir derechos para ella sin aspavientos histriónicos y con las ideas bien delimitadas, sin confusión en cuanto a género y sexo; han creado un espectáculo difícil de poder ser tomado en serio y, lo peor, han puesto a la mujer en un injusto lugar ante las dudas de que el puesto que ocupa lo haya conseguido por la ley de la paridad y no por su valía.
¿Qué es una mujer? le preguntaron a una de las ministras después de que ésta hubiese soltado una de sus ininteligibles peroratas. La ministra frunció el ceño y contestó algo que no tenía nada que ver. Miles de años de civilización y de convivencia de ambos sexos en este planeta y la ministra de Igualdad no sabe qué es una mujer.

miércoles, 8 de marzo de 2023

Velázquez

Al viajero que llega a Roma le van a sobrar oportunidades de vivir sensaciones de todo tipo, pero hay una que quizá no conozca: la de medir su mirada con la de unos ojos que le taladran desde más allá del tiempo. En una pequeña habitación del palacio Doria, desnuda y mal iluminada, está colgado el que es posiblemente el retrato más asombroso de la historia de la pintura: el del papa Inocencio X, de nombre Giambattista Pamphili. Fue pintado por Velázquez en 1650, durante su segundo viaje a Italia, y fue un encargo del propio papa, lo cual ya era una honrosa distinción para el pintor español, de visita a la capital del arte y del mundo cristiano. Antes de enfrentarse a la tarea, Velázquez, previsor y flemático como siempre, quiso poner los dedos a punto pintando el retrato de su propio sirviente, Juan de Pareja, retrato que, al ser luego expuesto con otros en el Panteón, suscitó la admiración unánime. "Los demás cuadros eran sólo pintura; sólo éste parecía ser verdad", escribió un testigo. Trescientos años más tarde, en 1971, este retrato del moreno y altivo sirviente batiría todas las marcas de precio de venta hasta la fecha, al ser adquirido en subasta por el Metropolitan Museum de Nueva York.
El retrato de Inocencio X constituye uno de esos momentos mágicos en los que el arte va más allá de la simple representación formal para convertirse en una inmersión en el interior más profundo de un ser humano; un hacer visible lo invisible para bien o para mal. El rostro del pontífice, emergiendo entre dos manchas rojas, aporta más elementos para un psicoanálisis que cien sesiones de diván freudiano. La expresión desconfiada, los ojos como espadas, los labios fruncidos, la postura inquieta, no sé qué otra retina habría podido ver tan adentro. "Tropo vero", comentó el papa al verse, entre disgustado y admirado. Demasiado verdadero, incluso para alguien que crea conocerse bien. Pero verdad es belleza, y el papa había ido a elegir tal vez al único pintor que jamás habría traicionado esa equivalencia.
Casi toda la gran obra de Velázquez está en el Prado, para suerte nuestra, pero uno quiere hoy evocar a su manera su genio recordando aquella penumbrosa sala romana de la Galería Doria, en la que entra siempre con actitud reverente.

miércoles, 1 de marzo de 2023

Las hermanas

Al lado de las grandes tragedias que afligen estos tiempos, guerra, pandemia, terremotos, cuya lejanía nos las hace sentir poco más que como simple tema informativo, el acto de esas dos niñas de un pueblo catalán que se lanzaron al vacío, un hecho de ayer, de ahí mismo, vuelve a ponernos frente a la eterna interrogante sobre el corazón del hombre. Uno no es nadie para indagar los motivos que se ocultan en los escondrijos más profundos del espíritu, y además sería vanamente pretencioso porque sin duda serán diversos y múltiples, pero desde su mirada actual, digamos que inmersa en la normalidad, puede imaginar su intensidad. La intensidad de su angustia, de las palabras a medio asomar, de aquella terrible oscuridad que veían en su entorno y de los silencios obligados en el que solo actuaron las miradas; de la certeza de una condena a vivir con la eterna sensación de inadaptabilidad a la realidad en que la vida las había situado. Pero sobre todo la intensidad de su propósito y de su deseo de consumarlo.
Fue tal vez el miedo a tener que sobrevivir en un ambiente educativo de carácter excluyente, en el que prima ante todo la supremacía de lo propio, y en un entorno social hostil y cerrado hasta hacer sentir al forastero que será siempre un eterno inadaptado. O acaso estemos ante las secuelas de esa oleada de feminismo furibundo que están trastocando todos los conceptos establecidos sin aportar a cambio más que confusión y situaciones de injusticia para las propias mujeres. Desde el lenguaje hasta las costumbres más cotidianas, todo hay que pasarlo por el tamiz de la nueva corrección feminista, pero nadie parece pensar, por ejemplo, en las consecuencias de unas leyes sobre la identidad sexual que crean el caos en las mentes aún en formación. Las dos hermanas tenían doce años. Lo que hace este caso aún más dramático es su desamparo espiritual y, desde luego, el grado excepcional de comunión entre ambas.
Morir juntos y voluntariamente parece el sueño de los dioses o de quienes aspiran a ser más que ellos alcanzando el don de elegir su propio destino. Morir juntos no puede ser nunca la elección de dos niños de doce años. Algo estamos haciendo muy mal en estos tiempos de continuo cambio, algo que tiene que ver con la educación, con la modificación de los paradigmas que nos han servido hasta ahora y, sobre todo, con la familia, con el abandono de sus valores y con la voladura de los lazos que la mantuvieron siempre como la estructura básica de la sociedad. Ojalá que la niña que ha sobrevivido pueda vencer en su lucha con los fantasmas que la esperan.

miércoles, 22 de febrero de 2023

Nuestro mejor patrimonio

No estaría de más que tomáramos conciencia de una vez de que tenemos una de las más hermosas lenguas que existen y que es nuestro deber cuidarla y protegerla, aunque no sea más que por orgullo propio. Esto del idioma es como la naturaleza o como los monumentos artísticos, que los agredimos con total alevosía, sin pararnos a pensar que no son nuestros y que no tienen defensa alguna. Y aún en el caso de los dos primeros todavía pueden contar con alguna legislación a su favor, pero el idioma ni siquiera eso. El idioma sólo cuenta con la cultura, el cariño y el buen gusto de sus hablantes.
Que debiera bastar si fueran intensos, pero no lo son, ni mucho menos. Observen ustedes la intervención de cualquiera que salga por la pantalla o por el micrófono, desde políticos a tertulianos sin denominación de origen, deportistas, actores o alguno de esos personajes que uno nunca acaba de saber por qué están de moda, a todos, con las debidas y honrosísimas excepciones, que por suerte las hay. Observen y les oirán decir continuamente cosas, por ejemplo, como estas:
Yo soy de los que creo... en lugar de yo soy de los que creen... Si el sujeto está en plural, el verbo ha de estarlo también. Parece elemental.
Yo pienso de que... Introduciendo con de oraciones dependientes de verbos que no rigen ninguna preposición. El omnipresente y vulgar dequeísmo.
En relación a... Omitiendo la preposición con, que es la que exige esta construcción.
Son tres simples muestras tomadas sin ánimo de aburrir al lector. Cabría hablar también del detrás tuyo, a través mío, el puesto doceavo, la dije, y docenas de cosas así.
Y ¿qué hacen los profesores de lengua y todos los que tienen algo que ver en la enseñanza del idioma? Pues es de creer que todo lo que pueden y saben, aunque también aquí hay excepciones.
Tenemos una lengua hermosa y universal y la miramos con la indiferencia que el rico de cuna mira sus millones. Una lengua que, como sabe cualquiera que haya cogido una pluma, se adapta de una forma inverosímil al concepto hasta convertirlo sin dificultad en imagen mental. En eufonía tal vez sólo la gana el italiano; en riqueza léxica, muy pocas; en precisión, ninguna.
Esta lengua, viva y de enorme proyección, sufre los peores ataques desde su propio seno. De los que la desprecian a la hora de denominar sus establecimientos o sus productos; de los que desfiguran con toda desfachatez sus palabras para crear el léxico de otra lengua que apenas lo tiene; de la moda de los jóvenes, cuyo lenguaje está muy poco por encima del monosílabo incoherente; del esnobismo y papanatismo de muchos, que la atiborran de términos extraños e innecesarios; de la mala intención de algunos; de la ignorancia de otros. A veces ni siquiera se la llama por su denominación correcta, el español, y se prefiere tomar el nombre de una parte por el del todo. Pues por encima de todas las coyunturas, por encima de los personajes y personajillos que agitan nuestra actualidad, por encima de cualquier circunstancia y situación, por importantes que traten de hacérnoslas ver, ha de estar nuestro respeto a la lengua. El mayor patrimonio que posee España, como nación, son sus humanidades, y entre ellas, claro está, su idioma. Nosotros no hemos hecho más que heredarlo de quienes lo han enriquecido hasta dárnoslo convertido en uno de los tres o cuatro más importantes de todos.

miércoles, 15 de febrero de 2023

Desolación

A pesar de los días que han pasado desde el terremoto de Turquía y Siria, y apagada ya hace tiempo toda esperanza de que se produzca el milagro de encontrar alguna otra vida entre las ruinas, nos siguen encogiendo el ánimo las imágenes que hemos contemplado. Cuánto sufrimiento y cuánta destrucción y qué cruel demostración de nuestra fragilidad. Ante el dolor, sea propio o ajeno, nuestros sistemas internos envaran sus defensas y tratan desesperadamente de racionalizar lo irracional. Las actitudes van desde el rechazo, que le hace sumirse a uno en el absurdo de la propia existencia, hasta la rebeldía ante la propia impotencia o hasta la resignación, que no es más que la forma última de consuelo. Pero en todo caso, siempre con el corazón angustiado y con lo mejor de nosotros destilando piedad y compasión hacia esos semejantes cuyo único delito era el de vivir allí. ¿Qué habrá pasado por la mente de esa niña de siete años durante los dos días que estuvo enterrada entre los escombros protegiendo con su brazo la cabeza de su hermano más pequeño? ¿Qué última mirada se quedó prendida en los ojos de aquella madre cuando las manos no alcanzaron a tocar al hijo que acababa de nacer?
El terremoto debe de ser la única calamidad natural que ataca donde quiere, sin limitación de coordenadas y sin anunciarse. El volcán advierte ya con su simple presencia; la inundación no afecta al que vive lejos del río; el tsunami nada puede tierra adentro; el huracán avisa; el incendio permite luchar contra él. Sólo la tierra con sus movimientos a capricho es capaz de aniquilar mediante una muerte súbita y de hundir en el dolor y la desolación a regiones enteras. La naturaleza es amoral; tratamos de tenernos por hijos suyos, pero ella obedece tan sólo a sus propias leyes, y no a las que cabría encontrar en el corazón de una madre. Habitamos un planeta imperfecto, o mejor, sin terminar de hacer. Somos testigos de su formación, como si se hubiera anticipado indebidamente nuestra presencia en él. Bastante haremos con tratar de no herirlo más.
Surgen las preguntas casi como una forma de consuelo y ninguna sirve, porque todas habrán de tener un carácter metafísico y por tanto no encontrarán más acomodo que el sentimiento individual. Preguntas para las que hemos perdido toda esperanza de respuesta, entre ellas una que es tan antigua como la idea humana de la trascendencia y que seguramente agita más de una instalación espiritual interior: cómo puede ser compatible la existencia del mal con la infinita bondad divina.

miércoles, 8 de febrero de 2023

El libro y la cieguita

Una mujer ciega, no muy joven, está sentada en la acera de una de nuestras calles, cumpliendo con su trabajo diario de vender cupones. Va cada día al mismo sitio, haga sol o frío, se acomoda en su pequeña silla y se dispone a pasar otra jornada inmóvil, atendiendo a sus clientes, que buscan en ella la fortuna. Seguramente el sonido de la calle debe de resultarle lo bastante descriptivo como para combatir su tedio; acaso alguna breve conversación ocasional y su propio trabajo serían suficiente distracción para dulcificar las largas horas muertas, y en todo caso, siempre estaría el recurso del transistor amigo. Pero ella ha confiado en el mágico y eterno poder de sugestión de la palabra escrita. A su lado, una chica joven y guapa, quizá un familiar cercano, o en todo caso un verdadero lazarillo espiritual, le lee con voz dulce, y durante largos ratos, un libro. Si la cieguita del tango se preguntaba por qué ella no podía jugar, esta de nuestra calle se habrá planteado por qué ella no podía disfrutar del placer de la lectura, y unos ojos generosos le prestan cada día su mirada para proporcionárselo.
No creo que ningún discurso ni ninguna disertación que se puedan hacer en este día sobre el significado y el valor del libro alcancen a tener la fuerza de esta imagen, sencilla y cotidiana, como casi todas las imágenes que envuelven los grandes conceptos. Pueden darse mil razones para iniciarse en la lectura, pero bastaría pensar en una sola para emprenderla sin reservas. Quevedo lo dijo en dos endecasílabos: Vivo en conversación con los difuntos / y escucho con mis ojos a los muertos. Los libros nos hacen contemporáneos de todos los hombres y ciudadanos de todos los países, es decir, nos permiten entrar en contacto con las mentes más poderosas del pasado y con los intelectos más grandes que nos han precedido. Nos ofrecen la respuesta que ellos han dado a las preguntas que nos hacemos y el consuelo que encontraron para sus desdichas, que siguen siendo las nuestras. Y, cuando no sea así, al menos nos brindarán un momento entretenido y harán lo que quieran con nuestra imaginación, y ante ambas cosas estamos en las mismas condiciones quienes ven y quienes no.
En esta época del dominio de la imagen y de la amenaza de la inteligencia artificial, no creo que haya mejor homenaje a todos los escritores que nos han hecho felices en algunos momentos de nuestra vida que esta escena de una joven ayudando a una ciega a aliviar sus largas horas de trabajo y oscuridad mediante la lectura.


miércoles, 1 de febrero de 2023

La precampaña

Huele ya a campaña electoral. En la actitud de los políticos, en sus declaraciones y manifestaciones de opinión, en sus relaciones entre sí, hay un imperceptible tono de fin de ciclo que anuncia una nueva lucha por el poder, aunque esta vez se trate solo del municipal y autonómico. Un intento de ir tomando posiciones ante los ciudadanos, que se inicia cuatro meses antes de las elecciones. Se agitan las aguas de la dialéctica habitual con una dosis mayor de suspicacia y al mismo tiempo se aprecia un propósito de aparecer con una imagen de moderación; lo que pasa es que casi siempre se nota que se trata de una imagen impostada, que no concuerda con la trayectoria conocida de quien la ofrece y que tiene difícil engañar a los demás.
Más que de balances y de rendición de cuentas comienza un tiempo de promesas volanderas y proyectos que sabemos que no se cumplirán, a pesar de que, al menos en algunos candidatos, nazcan de una buena voluntad y mejor intención. El azar y lo imprevisible no son factores que se tengan en cuenta en una campaña electoral, aunque luego suelen servir para tapar los rotos de una gestión. Si la olla política está siempre agitada y raramente en calma, ahora entrará en ebullición con más fuerza y sin regatear recursos. Todos tratan de hacer la campaña más efectiva y para eso siguen un camino nada novedoso, bien conocido de ocasiones anteriores. Se busca el error ajeno, las contradicciones del rival, el fallo en el dato o en el argumento; los que están en el poder aprovecharán estos meses para acelerar las obras pendientes e improvisar inauguraciones; el presidente saca pecho de sus logros, tratando de convencernos de que con su gobierno hemos vivido en el mejor de los mundos posibles, y la oposición prepara sus armas para demostrar todo lo contrario y que ellos no cometerán los mismos errores; en los discursos todo es de color claro y de una evidencia que hacen innecesarias las objeciones; incluso se presenta como un valor positivo lo que, bien mirado, no es más que una muestra de cinismo: por ejemplo ver cómo la izquierda, que gobierna aliada con la ultraizquierda, se escandaliza de que la derecha pueda hacerlo con la ultraderecha.
La ya larga experiencia electoral nos ha enseñado que no conviene hacer mucho caso de todo esto ni de los sondeos previos, y no solo por los intereses ocultos que se esconden en la sala de máquinas de quien los haga, sino por la falsedad, volubilidad o superficialidad de las respuestas. Sólo una opinión extraída de un proceso reflexivo, apoyado en bases de conocimiento, merece ser tenida en cuenta. Es la que deberíamos procurar todos.

miércoles, 25 de enero de 2023

Iguazú

Las cataratas del Iguazú son de esas cosas que resultan difícilmente ajustables al corsé de las descripciones. Son más de los ojos que de las palabras, y del recuerdo silencioso que de la narración. Aún así, uno quiere escribir sobre ellas, pero se hace el propósito de renunciar al uso de adjetivos, porque ve cómo aún los más atrevidos se convierten en tópicos. Dicen que
la UNESCO las ha situado en el segundo lugar de las maravillas naturales del mundo, tras el glaciar de Perito Moreno. Uno no ha visto el tal glaciar y no sabe si es justo o no, así que ha de componerse su propia escala, y ahí sí que están en un primero e indiscutible lugar.
Fue un español, cómo no, quien las descubrió. Era el año 1541. Alvar Núñez Cabeza de Vaca, uno de los mayores exploradores de todos los tiempos, había salido de Curitiba, en el Atlántico, y trataba de llegar hasta Asunción siguiendo el río Paraná, cuando, guiados por el enorme estruendo que venían oyendo durante muchas leguas, se encontró con ellas. Cuentan las crónicas que, al verlas, sólo atinó a exclamar: ¡Santa María! Y así se las denominó durante algún tiempo, hasta que primó el nombre indígena: Y-guazú, agua grande. Una placa de bronce, colocada en la roca de una de las cascadas, mantiene la memoria de su descubridor.
El artífice de todo esto es el Iguazú, que desemboca en el Paraná, 23 kilómetros más abajo de las cataratas. Es un típico río de selva y llanura, que corre plácido entre el inmenso bosque que se extiende a sus orillas; cien metros antes de los saltos nadie podría sospechar el infierno que desatará un instante después: un laberinto de 273 cascadas dispuestas en un abanico gigantesco, que ponen en los ojos un brillo de ansiedad por tratar de abarcarlo todo y una exclamación inevitable en toas las gargantas.
Lo que todo esto suscita en quien lo contempla no puede tener una sola definición; en última instancia depende de los estados de ánimo y de los caracteres individuales, pero por encima de ellos termina uniéndose en una sola sensación: asombro. Sería un hermoso sueño perderse solo por aquellos senderos sombríos, eternamente humedecidos, que serpentean entre la selva y la ribera. Perderse solo, en las horas del atardecer, cuando se acalle el parloteo de los turistas y se oiga únicamente el estruendo de las cataratas y el humilde goteo del arroyo que corre a tu lado. Cuando el arco iris ya no llene de colores el gran espectáculo y sean las sombras quienes pongan con su temblor la palabra muda que se precisa. Las cataratas de Iguazú ni se explican ni se enseñan. Se recomiendan, y aquél a quien la suerte le sea propicia, que haga caso.