miércoles, 27 de julio de 2022

El verano que nos puso a prueba

Qué verano, amigo. No ha permanecido nada reposando en su sitio tranquilamente sin que haya alzado el dedo y haya hecho acto de presencia en el discurrir diario de nuestras vidas. Todo ha venido a la vez, como si se hubieran puesto de acuerdo todos los genios del mal que pudieran causarnos algún daño. No hay mañana en que alguna línea del periódico o una frase de los informativos nos traigan un hilo de esperanza, ni siquiera una palabra de luz a la que poder acogerse, aunque sea a costa de engañarse a sí mismo en un exceso de ingenuidad. Huir de los telediarios se está convirtiendo en una cuestión terapéutica. Caen en cascada las noticias que nos encogen el aliento y nos debilitan la fe en el futuro más inmediato: las irremediables, que tienen un origen ajeno a nosotros, y las que nacen en el seno de las ambiciones políticas y económicas de los que mandan. Y todas nos dejan el ánimo por los suelos, porque ni ante unas ni ante las otras podemos hacer nada desde nuestro sitio en el mundo.
Pocas veces hemos tenido ante nosotros en un mismo tiempo un panorama tan desalentador y con ingredientes tan diversos: una ola de calor infernal que nos abrasa, bosques y campos incendiados, una guerra que sigue sin horizonte alguno de paz, el virus que no muere, una inflación disparada, el precio de la energía por las nubes con aviso de un próximo invierno con restricciones, la cesta de la compra diaria cada vez más difícil de llenar, una seria amenaza de recesión, un nuevo impuesto a los beneficios empresariales que pone en riesgo las inversiones y que terminaremos pagando nosotros, un Gobierno desorientado, de principios grouchistas, capaz de pactar con el diablo con tal de seguir en el poder. No hay sitio donde mirar que no nos muestre la cara de algún motivo de preocupación.
Pero también es en estos momentos en que todo parece conjurarse contra nosotros cuando cobran fuerza los impulsos más nobles del ser humano, esos que permanecen escondidos durante los tiempos de bonanza bajo la capa de la rutina y que en los momentos de zozobra siempre salen a la luz: valor, heroísmo, generosidad, entrega. Si en los días duros de la pandemia los héroes fueron los sanitarios que arriesgaron su salud y su vida tratando de salvar las nuestras, ahora con los incendios, como poco antes con el volcán, lo son los bomberos, las fuerzas de seguridad, los militares y los voluntarios. Y en la guerra de Ucrania hasta el más humilde campesino que intenta poner a salvo a su familia. Por suerte siempre tenemos a quien admirar.

miércoles, 20 de julio de 2022

El monte en llamas

Sin que sepa muy bien por qué, el que esto escribe siempre ha tenido una indefinible querencia hacia ese paisaje de montañas y valles que se extiende por las provincias de Salamanca y Cáceres. Quizá sea por sus recuerdos o por el interés objetivo de su naturaleza y su historia o por todo ello y más, el caso es que hay pocos años que no caiga por allí para terminar conociéndolo del todo y haciéndose cada vez un poco más amigo de él. Desde La Alberca, por el puerto del Portillo, una carretera hecha de curvas imposibles que casi tocan sus extremos desciende hasta el valle de Las Batuecas. Valle misterioso, silencioso, profundo, primitivo, en cuyo centro, invisible desde la carretera, se encuentra un monasterio carmelita que no se puede visitar, y, cerca, la cascada del Chorro, en un entorno de naturaleza casi irreal. Tras la retorcida carretera, la llegada a Las Mestas, ya en tierras de Las Hurdes, viene a tener algo de alivio, aunque puede que también de rompimiento de un hechizo; todo depende del espíritu que alimente al viajero. En Las Mestas puede el visitante tomarse un ciripolen en el bar de don Cirilo, un peculiar personaje que en los años 90 inventó esta bebida, basada en productos apícolas, y lo hizo famoso como un afrodisíaco natural.
Y aquel otoño en Monfragüe, junto a un mirador sobre el Tajo, al lado de una gran roca de forma lejanamente humana, cerca de un lugar que llaman el Salto del Gitano. Las aguas del río, remansadas por los embalses cercanos, reflejaban en su tono azul el verdor de las boscosas laderas. Todo estaba quieto; un paisaje congelado, en el que sólo los buitres parecían tener licencia para moverse. Comenzaba a anochecer. El silencio sólo era roto por alguna cigarra retardada, mientras las sombras caían y todo iba quedando envuelto en la oscuridad más absoluta. De pronto, de lo más hondo de la espesura surgió un bramido tremendo, que inmediatamente fue contestado por otro más lejano. En un momento la sierra entera retumbaba con multitud de roncas llamadas, que el eco se encargaba de multiplicar. Un momento sobrecogedor, al que uno asistía con la respiración contenida por temor a romperlo. Era la berrea de los ciervos, la manifestación de su celo, uno de esos espectáculos que la naturaleza nos brinda desinteresadamente, sin más trabajo por nuestra parte que el de estar allí a finales de cada septiembre.
Hoy veo por televisión cómo las llamas destruyen estos dos parajes y se me atropellan por dentro las palabras sin que acierten a salir más que dos, repetidas una y otra vez: qué pena.

miércoles, 13 de julio de 2022

Difícil de olvidar

Parece que fue ayer mismo y se cumple ya un cuarto de siglo. Cuánto tiempo puede llegar a permanecer el impacto de un dolor en la memoria sin que se debilite la intensidad de su primer día y sin que haga el menor ademán de retirarse hacia el olvido. Los que contamos ya más de cuarenta años tenemos muy clavado en lo más sensible de ese lugar donde se almacenan los recuerdos que sobrevivirán para siempre al tiempo, el de aquellos dos días de julio en que España entera se detuvo atónita, con la mirada vuelta hacia un oscuro pueblo vasco del que pocos habían oído hablar. Los terroristas etarras habían secuestrado a un concejal desconocido, un chico de veintinueve años, y amenazaban al Gobierno con matarlo si no accedía a sus peticiones sobre el acercamiento de sus presos en un plazo de dos días. Fueron cuarenta y ocho horas de pesadilla, una agonía vivida en directo, minuto a minuto, sabiendo que el Gobierno no podía ceder y que solo quedaba la debilísima esperanza de que algún golpe de suerte permitiera hallar una pista por la que poder encontrarlo, porque ninguna otra clase de esperanza era posible teniendo en cuenta las manos en que estaba. Cumplido el plazo, todos contuvimos la respiración, quizá en el fondo a la espera inconsciente de un milagro, pero los asesinos cumplieron su siniestra promesa con dos tiros en la cabeza del joven concejal. Todo el país enmudeció.
Seguramente ni los propios asesinos pudieron imaginar el impacto de aquel crimen. Pronto una ola de indignación se extendió por toda España. Los sentimientos de repulsa hacia la banda asesina rompieron toda inhibición y las ciudades se llenaron de muchedumbres que se manifestaban levantando las manos teñidas de blanco frente a quienes las tenían rojas de sangre. Fue una conmoción que cambió las conciencias de muchos vascos obligándoles a abandonar el cómodo refugio de la indiferencia. Nació un nuevo espíritu, que tomó el nombre del pueblo, mezcla de ya está bien, de hartazgo y grito de una sociedad hastiada y de válvula de escape de tanta presión acumulada durante años, que creó y dio vigor a la determinación de enfrentarse sin complejos a los terroristas. Nada fue igual desde entonces.
Aquel crimen habría de ser uno más de la infame y extensa lista de los etarras, llamado, como tantos otros, a pasar desapercibido o a ser pronto olvidado. La víctima no era ni la más destacada políticamente ni la más influyente ni la más conocida; era un simple concejal de un pueblo, a quien le gustaba tocar la batería. Nunca pudo sospechar que le tocaba convertirse en un símbolo.

miércoles, 6 de julio de 2022

Después de la cumbre

Difuminadas ya las imágenes de la reunión de los mandamases del mundo libre en Madrid, la actualidad vuelve a su cauce con las inquietudes y los protagonistas de siempre. Han sido unos días de expectación y en ocasiones de espectáculo, entre la curiosidad por las formas y el interés por el contenido. Luego fue la hora de los comentarios y opiniones de la infinita legión de expertos que nos iluminaron con sus análisis, desde el la necesidad de decidir una nueva geoestrategia militar en tierras europeas hasta el trascendental acontecimiento de comprar unas alpargatas. Fueron muchos los que se ocuparon de todo ello con dedicación, como pudo verse a diario en las mil tertulias que llenaron las pantallas y las páginas de los medios. La actualidad es lo que tiene: es una fuente de energía perpetua y renovable que jamás corre el riesgo de agotarse.
Lo cierto es que todo salió bien. La reunión fue un éxito y hasta los negacionistas habituales, esos que nunca ven nada bueno en lo nuestro, han tenido que descender hasta detalles ínfimos para encontrar algo con que satisfacer su permanente afán de crítica negativa. De los acuerdos de la cumbre no cabe hacer muchos juicios valorativos si no se conocen los entresijos de la política internacional. El tiempo dirá si sus consecuencias contribuyeron a mejorar la situación de tensión actual, pero lo que sí puede decirse con seguridad es que ha servido para revitalizar nuestra imagen de nación de gran densidad histórica y cultural, que siempre fue potente, pero que andaba últimamente adormecida a causa, en gran parte, de nuestra habitual costumbre de asentir y dar la razón a todo el que hable mal de nosotros. Esta vez los escenarios opinaron por sí solos: las majestuosas salas de palacios, el teatro Real y el inigualable espacio del Museo del Prado, pero también la gastronomía, el protocolo y la seguridad y el orden en las calles, tan alejado de lo que se acostumbra a ver en Davos o París, por ejemplo.
Claro que, desde una maravillosa mirada utópica, lo ideal sería que ni esta ni ninguna reunión de este tipo fuera necesaria. Cualquier organización defensiva es la respuesta al miedo que la humanidad se tiene a sí misma, incapaz de vivir toda ella bajo unos principios comunes, por elementales que fuesen, y necesitada de asociarse con los más afines para defender su seguridad. Más o menos como se ve en la naturaleza. Aquí la soledad es signo de debilidad. Ya lo dejó dicho Churchill: No es bueno discutir con los aliados, pero es peor no tener aliados con los que discutir.

miércoles, 29 de junio de 2022

La economía, ese misterio

Por más que lo intento he de confesar que no me siento capaz de comprender ni una sola explicación en el campo de la economía. De la gran economía, se entiende, porque la mía la puedo llevar contando con los dedos. Ya me he rendido. Siempre que sale por la tele algún experto a hablarnos de la situación económica, o sea todos los días, me quedo con la convicción de que debo de ser un perfecto ceporro, incapaz de encontrar un significado que arroje alguna luz sobre mi ignorancia. Y eso que yo creo que no me hago preguntas difíciles; más bien concretas. Por ejemplo, por qué suben los precios. Estamos al borde de una recesión, según los que saben de esto; los indicadores no son propicios; hay temor en los gobiernos y más aún en el pueblo llano, sí, pero sigue en pie la pregunta: por qué de pronto suben a la vez los precios de todos los productos y en todos los lugares; quién dicta las leyes que lo rigen; de dónde salen las decisiones que lo determinan; qué tiene que ver que Putin haya bombardeado Lisichansk con que el frutero de mi barrio haya subido el melón a cuatro euros el kilo. El experto de turno ajusta sus gafas, si es político hace las pausas que saben hacer los políticos, y nos lo explica desde su altura de economista doctorado: el comportamiento de los grupos sociales en relación con los factores monetarios está regido por sus expectativas y puede suscitar un proceso acumulativo de elevación de precios que se autoalimenta mediante diversos resortes. Diáfano y convincente. O sea, que sabe lo mismo que yo: nada. Ya lo dijo alguien: un economista es un experto que sabrá mañana por qué las cosas que predijo ayer no han sucedido hoy.
Por lo visto, la verdadera sabiduría consiste en complicarlo todo hasta que ni nosotros mismos podamos entenderlo. Cree uno que la actividad económica se basa en última instancia en vender lo que se produce y comprar lo que se necesita, pero no, qué va. Armado sólo con tan escaso bagaje no se puede ir muy lejos ni pretender lecturas que nos aclaren las cosas; ahí están esperando los guardianes del misterio en forma de sintaxis y semántica: la aplicación del término sostenible desde el sujeto hasta el último complemento circunstancial, la prima de riesgo, las criptomonedas, Keynes y Friedman, la inflación, la deflación, la estanflación y la reduflación, miren, esto sí lo entiendo: era lo que hacía el tendero de la rue del Percebe: vender kilos de ochocientos gramos. Total, que llegué a la conclusión de que lo mejor es no hacer caso a nadie. No hay quien sepa poner remedio a lo del melón.

miércoles, 22 de junio de 2022

Jaén, la callada

 
Dicen de Jaén que es la provincia menos andaluza de todas, a medias entre la seriedad castellana y la querencia meridional. Tierra de presencia humilde, sin el relumbrón de sus hermanas Granada, Córdoba o Sevilla, y sin embargo, a uno le parece la más entrañable de todas, quizá por sencilla, quizá por su capacidad para sorprender. A medida que uno deja atrás las curvas de Despeñaperros ya comienzan las retinas a acostumbrarse a una sucesión infinita de puntitos oscuros que todo lo inundan; son olivos. Dicen los que saben de esto que Jaén es la provincia de España y del mundo que más olivos tiene y más aceite produce, y cómo no va a creerlo uno si aquí no se ve otra cosa. Ni las pomaradas de Asturias, ni los encinares extremeños, ni los pinares de Guadarrama, ni los naranjales levantinos alcanzan a desbordar la mirada del viajero como lo hace este olivar. Tampoco su importancia económica, lo que tiene aún más trascendencia.
Apenas pasada Sierra Morena, en La Carolina, aún puede admirarse el resultado del ambicioso intento de solución que dieron los ilustrados de Carlos III al viejo problema de la España vacía; un recital de urbanismo avanzado: plano en cuadrícula, con calles axiales que facilitaban los movimientos y las perspectivas, plazas circulares y rectangulares sabiamente distribuidas, fachadas uniformes, con jardines delanteros, orden y racionalidad, mientras se creaban fábricas y se atraían inversiones para el relanzamiento de la actividad minera.
Muy cerca, un rótulo y un monumento alertan los escondidos recuerdos de pupitre: Las Navas de Tolosa. Y poco más allá, Bailén. Son dos de esos nombres prendidos a nuestra infancia, por lo menos a la infancia de la generación del que esto escribe, que ahora no sé. Algo deberán de tener estos campos para haber sido escenario de las dos batallas más famosas de una larga historia cargada de batallas. En el escudo de Bailén figura un cántaro agujereado como homenaje a las aguadoras, encabezadas por María Bellido, que aliviaron la sed de los soldados españoles durante la batalla en aquella tórrida mañana de julio.
Sigue el olivar infinito. Se suceden lomas y valles amplios, todo olivos. Se ve a la derecha, sobre una colina, Mengíbar, con su torreón destacando sobre el caserío. Por la vega corre el Guadalquivir como un actor indiferente a todo, sin saber que su paisaje está unido a momentos, tan lejanos como decisivos, en la vida de este viajero. Marmolejo sigue ofreciendo salud y descanso en su célebre balneario de aguas termales, el mismo en que Palacio Valdés sitúa los amores, nada sacrílegos, de la hermana San Sulpicio. Baeza y Úbeda se ofrecen como un regalo sorpresa a los viajeros desprevenidos que no esperan hallar allí dos esencias del Renacimiento español. Y al fondo, el verde intenso de la sierra de Cazorla, donde el Guadalquivir se prepara para cumplir su función de gran rey de Andalucía.

miércoles, 15 de junio de 2022

Verano caliente

Casi sin transición y sin avisos, ya tenemos otra vez ahí el verano. Si es que parece que el anterior se fue hace nada; hay que ver qué tópico más manido ese de lo rápido que pasa el tiempo y lo cierto que es. Viene con ganas; todavía no ha llegado el solsticio y ya está achicharrando la mayor parte de la península con ese calor apabullante que nos envían cada año desde tierras africanas, y así todo, su imagen inconfundible nos tiene dominados los deseos y fijadas las añoranzas. Parece traernos un ansia irresistible por absorber la vida en este paréntesis que el año nos brinda, casi como si fuera cada vez algo a estrenar. Se acumulan los pretextos para el desahogo. Mente y cuerpo nos reclaman la luz y el aire libre, como si no fueran capaces de soportar el resto del año sin una inmersión temporal en ellos. Sentimos necesidades que sólo el eterno vaivén de esta bola que nos acoge puede satisfacer, como si la mecánica celeste tuviera un corazón que comprendiera nuestros afanes. Esa es nuestra condición: la de ser pequeña mota que se tiene que dejar llevar, porque toda esa plenitud de vida que nos invade en verano, la alegría de las madrugadas tempranas y claras, la serenidad que desprenden esas tardes largas y mansas, el inquieto bullir de nuestro espíritu o el deslizamiento hacia un sentimiento de renovado optimismo que nos tiende a afectar en estos días, todo eso no es, en definitiva, más que una simple consecuencia de la inclinación del eje de
la Tierra. Menos mal que nadie tiene el poder de enderezarlo.
También la intensidad informativa parece haberse contagiado estos días del efecto del calendario. Arde la política exterior de nuestro país, sobre todo en sus flancos más sensibles, y de paso nos deja la economía tiritando, asomada al borde de una grave crisis, con una alocada subida de precios, una deuda por las nubes, una inflación descontrolada y una amenaza de escasez de energía como fruto de una inexplicable decisión con relación a uno de nuestros vecinos; este Gobierno ya ha demostrado muchas veces que es especialista en crear conflictos donde no los hay sin nada que ganar a cambio.
No está el verano para muchos despilfarros viajeros, justamente cuando más necesitábamos vivir intensamente ese tiempo de desinhibiciones y sentirnos con una actitud renovada ante el paisaje de cada mañana después de dos años de tener que imaginarlo desde casa. Pero tratemos de no pensar demasiado y ser cigarras por un momento, que ya se encargarán desde arriba todos los días de amargar el tono de nuestro canto.

miércoles, 8 de junio de 2022

Reflexión en la tarde

Estaba la tarde cargada de melancolía, con el último rayo de sol cayendo sobre el amplio paisaje de campos y colinas, que comenzaban a teñirse de un tono dorado. Era muy fácil dejarse empapar por una maravillosa sensación de serena plenitud, como si de pronto todo hubiera adquirido un sentido nuevo. Un sentimiento de infinita paz, mezclado con el de solidaridad con todo lo creado, se imponía sobre todos los demás. Un sentimiento que remitía, más que ningún otro, a la misteriosa esencia del origen de todos ellos.
Bien mirado, si nos proponemos encontrar una razón de ser de todo lo que configura la parte inmaterial del ser humano que nos resulte entendible y ajustada a la lógica, estorban los sentimientos. No se les encuentra encaje en ningún plan. Son una excepción que impide dar carpetazo al concepto de una creación igualitaria y adscrita a un propósito puramente material. Si no fuese porque tenemos sentimientos todo tendría una explicación más asumible; seríamos una especie animal más. Sólo nos distinguiríamos de las otras por un mayor desarrollo cerebral: una mayor inteligencia, mayor capacidad de memoria, instintos más desarrollados, más aptitudes creativas, pero todo dentro del reino animal. Seríamos unos ejemplares con mayores atributos intelectuales y mejor situados para la lucha por la supervivencia; nada más. Pero la presencia de sentimientos dentro de nosotros nos plantea una exigencia de explicación metafísica que no se satisface con ningún auxilio de la ley natural. Todos esos sentimientos que constituyen nuestro mundo interior, que dominan nuestra vida y nos la hacen vivir con un carácter propio, que motivan y condicionan todos nuestros actos y afectos, que nos hacen sufrir y gozar; esos sentimientos de amor, de perdón, de compasión, de frustración, de odio, de miedo, de añoranza, de agradecimiento, de vergüenza, de arrepentimiento, de culpa, de responsabilidad, de admiración, ¿por qué están únicamente en nosotros? ¿De dónde proceden? ¿Qué finalidad tienen?
Somos parte de un enigma y en él hemos de desenvolvernos a ciegas. Estamos hechos de misterios que nos impiden entender nuestra condición existencial en toda su plenitud, porque la ciencia aún no puede explicarlos y la fe solo ayuda a sus elegidos. Nuestros sentimientos son nuestro mayor tesoro. A menudo no resultan fáciles de compartir, sobre todo los más intensos, y se quedan para siempre en lo más hondo de nuestro interior, allí donde nacieron, pero cuando los buenos se proyectan hacia fuera, llevan consigo un germen de felicidad para los demás.

miércoles, 1 de junio de 2022

Muerte en la escuela

Por lejos que nos quede, nos encoge el ánimo la terrible matanza de Uvalde, un pueblo de Texas de esos en los que nunca pasa nada como no sea la vida con su cara más anónima. La noticia es de una sencillez que da escalofríos: un chico de dieciocho años entra en una escuela con un fusil y asesina a 21 personas, entre ellas a 19 niños. A pesar de la estudiada asepsia informativa con que todos los medios suelen tratar estos hechos, huyendo de planos truculentos y de cualquier asomo de contemplación morbosa, resulta difícil no imaginar el pavor que se vivió en aquella aula y la rabia, la impotencia y el dolor infinito de quienes han visto cómo sus niños eran asesinados de la forma más incomprensible. El horror tiene un asiento permanente en nuestros rincones más escondidos; es un huésped duradero de la memoria; cuesta mucho arrancarlo de allí donde se ha grabado. Solo el tiempo puede si acaso debilitar su recuerdo, pero cuesta confiar en él a tan largo plazo.
Se han hecho todos los análisis posibles, incluyendo los de salón y tertulia barata, pero no es fácil dar valor a las explicaciones que tratan de ser racionales cuando los sentimientos se encuentran afectados hasta el espanto y las consideraciones que uno puede hacerse sin gran esfuerzo indican que se trata de algo que va mucho más allá de la simple circunstancia, por atroz que sea. En Estados Unidos todo el mundo puede llevar armas. Está escrito en su Constitución y no hay forma de cambiarlo por muchas encuestas y presidentes que se muestren favorables a ello; de hecho es el país del mundo donde hay más armas en manos de particulares. Hay quien piensa que este derecho consuetudinario tiene que ver con la violencia en que se fue desarrollando el país desde su origen y que se ha ido configurando hasta constituir una poderosa organización, la Asociación Nacional del Rifle, que es hoy un potente grupo de presión y el brazo político de la industria armamentística. Lo que en nuestros desarmados países nadie puede entender es la práctica ausencia de filtros a la hora de controlar en qué manos caen. Como en otras matanzas semejantes, el autor de esta era un joven desequilibrado, aunque seguramente hay que pensar que su sociedad está tan enferma como él.
La vida es un azar en el que apostamos todos, pero esta vez las bolas las lanzaron unas malditas manos asesinas y fueron a señalar a diecinueve seres que no tenían más propósito en aquella mañana, desde sus pocos años, que el de prepararse para enfrentarse al futuro, y a otras dos que estaban allí para ayudarles a ello.

miércoles, 25 de mayo de 2022

Las vacas de Leoncio

Me invitó a su casa después de estar un buen rato charlando delante de una botella de sidra. Había sido un encuentro puramente ocasional; no nos conocíamos de nada, pero primero un saludo de cortesía, una respuesta amable y pronto una conversación y una invitación a seguir hablando en su casa.
Al pueblo de Leoncio hay que llegar por una carretera que va bordeando prados en una sucesión continua de curvas. La casa tiene una pequeña antojana con suelo de llábanes y un porche ennegrecido donde cuelga un montón de cosas. La cocina es una mezcla práctica de tradición y puesta al día. En el viejo llar hay ahora una vitrocerámica; sobre la antigua masera un televisor; de la sardera cuelgan embutidos con etiquetas de lejanas fábricas. Duermen en el solláu su sueño definitivo el trébede y las calamiyeres de los abuelos, esperando quizá el beso de algún coleccionista que venga a despertarlos. En el techo, tanto la viga cumbrera como las tercias son hermosas piezas de roble que el visitante admira sin disimulo. Las ventanas de atrás se abren a una huerta y luego al valle, un valle largo y verde, abarcable desde la eterna querencia escondida en nosotros mismos, pero voluble y cambiante en sombras y colores. A un lado de la casa hay un maizal; al otro, la panera. En la cuadra hay tres vacas que apenas vuelven la cabeza cuando Leoncio abre la puerta.
Leoncio se levanta muy temprano, a las seis, cuando los montes comienzan a perder su olor a noche y las lechuzas retardadas sienten en sus ojos la herida de la luz primera. Baja a catar y a dar la primera ración a las vacas. Al mediodía hay que volver a llenar la cebadera con segadura y, si hay alguna vaca parida, ordeñar de nuevo. Luego, a media tarde, otra vez a segar, limpiar un poco por allí y hacer algo en la huerta. A veces, pocas, se tercia alguna que otra partida en el chigre de la carretera; otras, casi todas, sube para terminar de atender a las vacas, ordeñar y preparar algo de cena. Cuando Leoncio se acuesta aún canta en su cueva el último grillo.
Leoncio mima a sus vacas; les habla, las cepilla con cuidado, no hay vez que pase junto a ellas sin acariciarles el lomo.
-Entre las tres vienen a dar unos cuarenta litros de leche. Y luego siempre hay alguna que otra cría. Uno más o menos iba apañándose, pero ahora... Entre la subida de los piensos y de todos los costes y la amenaza de cierre de las industrias lácteas, veo muy negro el futuro. Encima, tenemos al botarate ese de ministro de Consumo haciendo campaña contra la carne y la leche. No sé, no sé...

miércoles, 18 de mayo de 2022

Noticia del universo

 La actualidad viene a ser una mezcla de noticias sin más puntos de unión entre sí que su simultaneidad. Tristes, alegres, curiosas o indiferentes, pero casi siempre las que más nos afectan porque son las más cercanas y las que más influyen en nuestra vida diaria. Las que estos días encuentra uno al abrir un periódico o en los titulares de cualquier informativo tienen en su mayoría el sonsonete de lo acostumbrado, como si el mismo guion se repitiese sin cansarse: la imparable subida de precios, la penosa lucha del Gobierno por mantenerse en el poder a cambio de lo que sea, las ocurrencias de algunas ministras, el permanente chantaje de los nacionalistas, el miedo al covid que aún nos amenaza con una nueva ola y, como triste novedad, la guerra en Ucrania y los desastres que está produciendo. Todas nos tocan; de todas nos hacen partícipes, querámoslo o no, aunque solo sea porque hemos de sufrir sus consecuencias, y en este mundo, cada vez más convertido en un patio de vecindad, todas terminan por resultarnos más o menos cercanas. Quizá por eso pasan casi inadvertidas las que se refieren literalmente a otros mundos que, pese a ser una absoluta realidad, se nos aparecen más bien como pertenecientes al terreno de la abstracción.
Un grupo de astrónomos ha confirmado lo que ya se sospechaba: que en el centro de nuestra galaxia hay un agujero negro. Está a 26.000 años luz de nosotros y tiene una masa cuatro millones de veces mayor que el sol. Los científicos dan datos sobre su morfología, lo comparan con el otro agujero negro que se conoce en otra galaxia, explican que concuerda con la teoría de la relatividad y establecen conclusiones que habrán de ayudar a los astrofísicos del futuro a comprender uno de los grandes enigmas del universo. Pero para la mayoría de nosotros eso es un lenguaje sin apenas significado. Uno prefiere hacer una lectura más próxima a sus sentimientos y más reconfortante. Ver en ello un buen pretexto para ser conscientes de la insignificancia de todo lo que nos rodea, pero también para sentirnos participes de un proceso común que se inserta en una unicidad absoluta de origen y destino. Porque somos literalmente materia estelar. Todos los pedazos de materia sólida que existen en el universo son residuos del largo proceso de formación y extinción de las estrellas hasta su conversión en agujeros negros. Este ser que vive y ama y se preocupa por el mañana de cada hoy y ese que está leyendo esto, son polvo de estrellas. Las instancias a quien poder acudir en busca de aclaraciones están ocultas, pero al menos tenemos la certeza de saber que existe un punto absoluto y común.

miércoles, 11 de mayo de 2022

Nuevos métodos, mismas barbaridades

Como todas las guerras que ha habido, esta de Ucrania también aportará alguna nueva página a los tratados que han estudiado las técnicas, los medios, las justificaciones y las diversas formas de matarse entre sí que ha practicado nuestra especie desde siempre. Aunque no sea más que por tratarse de una guerra del siglo XXI, ya añade unos cuantos capítulos a todo lo que se ha escrito y teorizado hasta ahora sobre los modos de vencer al enemigo. Esta es una guerra en la que los valores tradicionales militares han perdido brillo en favor de lo que se origina más allá del campo de batalla, en los laboratorios y en los centros de investigación y aplicación de las nuevas técnicas que han cambiado el mundo en los últimos años. Una guerra cibernética, que nos trae modos nuevos, capaces de aplicar fuerzas y desencadenar efectos también nuevos: misiles que pueden destruir una ciudad situada a 8.000 kilómetros de distancia, identificación de imágenes por inteligencia artificial, vehículos con cámaras que detectan la presencia de soldados armados, drones capaces de elegir y aniquilar con total precisión objetivos muy concretos. Los teóricos del futuro tendrán que olvidar muchos capítulos de todo lo que se ha escrito sobre el mal llamado arte de la guerra y ponerse en el lugar de quienes asistieron, por ejemplo, a la aparición de las armas de fuego.
Siempre ha sorprendido el desajuste evolutivo que se aprecia en nuestra condición de seres pensantes. Viene bien recordar las reflexiones de aquel inconformista que fue Arthur Koestler sobre la tremenda disparidad entre el crecimiento de la ciencia y la conducta ética del hombre: “Hay una diferencia impresionante entre el poder del intelecto humano aplicado al dominio del medio y su incapacidad para mantener relaciones armoniosas dentro de la familia, la nación y la especie. Hace unos 2.500 años los griegos se embarcaron en la aventura científica que nos llevó a la luna, lo que constituye una impresionante curva de crecimiento. En aquel siglo VI a. C. surgieron el taoísmo, el budismo y el confucianismo; en el siglo XX, el nazismo, el fascismo y el comunismo”. Y Bertalanffy lo apoya: “Es dudoso que los modernos métodos de guerra sean preferibles a las piedras con que los hombres de Neandertal rompían la cabeza a sus congéneres. Es evidente que las normas morales de Buda y Lao-Tsé no eran inferiores a las nuestras. En lo científico, nuestra corteza cerebral nos llevó desde el hacha de piedra a la bomba atómica, y de la mitología primitiva a la teoría cuántica”. Y en lo moral –cabe añadir- de Atila a Putin, o sea, ningún avance.

miércoles, 4 de mayo de 2022

Treinta años después

En diciembre de 1991 la URSS hizo al mundo un magnífico regalo: desaparecer. Dimitió Gorbachov y en el inmenso estado soviético comenzaron a desgajarse sus repúblicas, algunas de las cuales se declararon soberanas y otras se constituyeron en una unión poco definida y menos esperanzadora en sus resultados: la Confederación de Estados Independientes. Una de ellas, Georgia, se hundió en una guerra civil, y el resto en la indecisión. En Moscú, la vieja bandera tricolor fue izada en lo alto del Kremlim en sustitución de la roja de la hoz y el martillo, arriada en presencia del mundo entero. En Occidente lo que más preocupaba era lo que podía suceder con el enorme potencial militar del antiguo oso soviético, especialmente el arsenal nuclear, disperso por varias repúblicas. Y algo aún más grave: qué pasaría con sus científicos, que, según se decía, habían recibido sustanciosas ofertas de gobernantes extranjeros no muy recomendables.
Lo que vino después es de todos conocido y puede resumirse con palabras llanas. Más o menos esto: el experimento se había acabado. Ahora, de los dos mundos sólo quedaba el que confía en la iniciativa personal del ser humano. Los millones de muertos, el terror policial, los campos de trabajo, el dolor y la resignación de tantos, los fugitivos asesinados en el muro, los silenciados en Siberia, el gulag y el holodomor, todo para que ahora estos países se encontrasen con que llevaban 70 años de retraso respecto a los que permanecieron en la “podrida democracia burguesa”. El comunismo fue la ilusión de muchos, esperanzados porque quizá fuera posible la plasmación material de las ideas de Marx y del ortodoxo luterano Engels. Fue luego el final de millones de personas, sacrificadas en aras del dios Estado, y terminó siendo odiado por todos, excepto por los que estaban bien instalados en la nomenklatura, y por los progres, intelectualoides y figurantes de Occidente, que cantaban sus excelencias desde el sofá de su casa. Ahora no era más que una inmensa ruina.
El mayor problema con que se encontraron los supervivientes fue el de rearmarse. Nada menos que el de hallar unos sentimientos nuevos que llenasen sus inquietudes, después de que sistemáticamente se les hubieran destruido. Este rearme espiritual era la base previa para cualquier evolución de la nueva sociedad, pero no era fácil, porque por primera vez nos hallábamos ante una enorme masa totalmente desorientada y desposeída de todos sus valores, y con la acuciante necesidad de volverse hacia algo que supliera ese vacío. ¿Hacia dónde quieren llevar a Rusia los que ocupan ahora el Kremlin? No se sabe. Churchill ya la definió con una de esas frases suyas: Rusia es un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma.

miércoles, 27 de abril de 2022

Algo más que un conflicto bélico

La paz y el bienestar de nuestra sociedad no dependen más que del azar, es decir, de que el hombre cargado de odio, el humillado, el sediento de venganza, no adquiera poder. Todos tenemos nuestros rencores y nuestros inconfesables y secretos deseos, pero están contenidos por el propio sistema de relaciones que establece la sociedad para sus miembros. Pero ¿qué ocurre cuando alguien con mucho odio o mucha ambición o mucho delirio se libera de esa contención por haberse encaramado a la cúspide? Pues que comienza seguramente un tiempo marcado por el riesgo constante de todo lo anómalo. Ese azar que le ha tocado a ese pueblo hará la desdicha de sus habitantes. No hay enviados, ni hombres providenciales, ni guías carismáticos; no hay más que circunstancias. La paz no depende más que del hecho de que el que puede no odie, o de que el que odie no pueda. Hoy, cuando miramos las imágenes de Ucrania, cualquiera puede ver el reflejo de la acción del azar; el azar de que un hombre haya alcanzado todo el poder lleno de odio y de fanatismo. Si Putin hubiera sido tendero o acomodador de cine o tocador de balalaika, seguiría siendo el mismo desalmado, pero no habría podido causar tanto dolor, tanto miedo y tantas muertes. Nada hay previsto; todo depende de que las circunstancias fabriquen su hecho. Sólo podemos ayudarlas. Y en todo caso, ser escépticamente optimistas.
Esta guerra es seguida como una novela por episodios. Ningún otro conflicto desde la II Guerra Mundial fue atendido tan de cerca por el ciudadano de a pie. Quizá sea porque se trata de un capítulo más de la larga historia del recelo y del antagonismo hacia el imperio de la gran estepa oriental, impreso desde siglos en nuestra conciencia histórica de europeos occidentales. Además, la particularidad del alma rusa con relación a la nuestra, que en su lado positivo hemos visto y admirado plasmada de forma espléndida en muchas de sus manifestaciones culturales, se ha diferenciado más cuando, hace ya un siglo, adquirió una connotación ideológica propia, que constituye el fundamento de su sistema político y económico. Una ideología impuesta por la fuerza, de carácter totalitario y dirigista, en la que la libertad y los derechos individuales están sometidos a la voluntad de un partido único. En el fondo, esta viene a ser una guerra entre dos conceptos de convivencia: la que se articula mediante el ejercicio de la democracia, con todas sus limitaciones, y la que se impone bajo un esquema dictatorial en el que se anula por completo el mundo personal del ciudadano. No es de extrañar el unánime apoyo de Europa a Ucrania.

miércoles, 20 de abril de 2022

Mirada interior

No puedo arrepentirme más que del tiempo voluntariamente perdido. Con el tiempo no caben rectificaciones. Gira sin parar en un círculo de radio infinito y solamente nos son asignados unos insignificantes grados de su arco. El tiempo es el soñar; pobre idea la mía, pero parece exacta. El tiempo y el soñar nos son ajenos en su causalidad e impredecibles en su contingencia; los dos son implacables y generosos en posibilidades, y los dos nos tienen a su merced. De nada más he de arrepentirme que del tiempo que haya podido caérseme por el vertedero de la nada mientras lo miraba sin hacer algo por remediarlo. No creo que a nadie le sea posible ir en busca del tiempo perdido, a pesar de las magdalenas, mero recurso literario. El remedio es vivir, así de simple; abusar del tiempo mientras lo haya, exprimirlo, hacerlo parecer aún más breve, subirse a él y seguir su propio juego.
Estos días de primavera, alegres y renovados, son como una llamada de atención hacia el propio vivir. Miro la tierra y la veo toda ella en ebullición; los campos soleados, recibiendo la luz acariciadora de la mañana; el frescor de la sombra de los árboles; las hierbas del prado, que se han vuelto más frondosas y más verdes; las flores de todos los colores; el aire quieto y transparente. Están anidando los pájaros en los matorrales y en el manzano; apenas vuelan, como no sea una escapada rápida y breve para buscar comida. Tampoco cantan; el canto ahora sería inútil y quizá peligroso, y el orden que rige la primavera es orden supremo y ha de ser inalterable. Se oye un grillo junto al camino; debe de ser el primero, pero su canto suena impropio, como si ya quisiera meternos en el verano.
Yo hoy quisiera decir mi idea de la felicidad. Es muy sencilla, y tan poco original que cualquier estudiante de instituto puede seguirla a través de las obras literarias de todas las épocas, tan presente está en el hombre, pero es mía y me sirve de paso para comprobar lo poco que me diferencio de todos. Imagino una plenitud y una serenidad de espíritu por el esfuerzo continuado en la búsqueda de algún conocimiento que diera sentido a lo que no parece tenerlo, y un resto de vida en el que aún tarden en debilitarse las sensaciones y en el que los deseos se sometan por sí mismos a la idea superior de la conveniencia. Y en torno a mí, una casa lo suficientemente solitaria como para no oír más que el sonido que la tierra quisiera mandarme. Y en ella, junto a los míos, la muda compañía de mis poetas y mis filósofos, y de todos mis escritores compositores y artistas. El sol de la mañana sobre la fachada de la casa y un vaso para compartir con un amigo, si se tercia.

miércoles, 13 de abril de 2022

Los actores del drama

Uno cree que si algo nos ha traído esta guerra de Ucrania, aparte de las mil calamidades que nos van a afectar indirectamente a medio plazo, es la enseñanza de lo que realmente es una guerra. No un escenario preparado ni un decorado en el que se desarrolla un guion previamente escrito, sino una guerra en toda su cruda realidad. Nuestra generación, la de quienes nacimos pocos años después del final de la II Guerra Mundial, ha tenido la suerte de coincidir con el paréntesis de paz y progreso más largo e intenso de la historia de España y de Europa. No conocimos el drama que se desarrolla en un campo de batalla ni la insoportable angustia del miedo. Habíamos oído hablar de lo que es una guerra a nuestros padres, que pasaron la suya en primera persona, pero las visiones a la fuerza habían de ser parciales y limitadas, según las circunstancias de cada uno. Y las guerras que hubo en las siguientes décadas eran noticias lejanas y apenas afectaban a nuestro vivir diario ni amenazaban nuestro bienestar material. Ahora podemos ver y comprender directamente, casi como si participásemos en ella, todo lo que una guerra supone en su conjunto, y es una lección que nos llega con el grafismo que da la propia realidad y su visión directa. Ya no vemos sus desastres a través de dibujos, por muy de Goya que sean. Ahora todos llevamos una cámara en el bolsillo.
Tenemos delante, como en un diorama que se actualiza continuamente, el escenario donde se mueven los actores y se nos hace más inteligible el desarrollo de la acción. Nos es posible distinguir muy bien los distintos participantes en la tragedia, los que la causan y los que la sufren, los que no saben por qué matan y los que no saben por qué mueren, los que huyen con lo puesto y los que están preocupados porque les incautaron sus yates. Dentro de la complejidad que presenta todo gran conflicto, se nos hace evidente el lugar que ocupan sus protagonistas en el escenario y la relación entre ellos. Cada uno podría formar un capítulo por sí solo. Las víctimas: su desesperación, sus miradas de incredulidad, sus cuerpos tirados por las calles, las ciudades convertidas en montones de ruinas. Los responsables: su propósito sistemático de matar, la carencia de cualquier escrúpulo de índole moral, la deficiencia de su preparación logística y estratégica, el cinismo como instrumento complementario de la mentira. Las causas: difíciles de entender y aún más de justificar, imposibles de desenmarañar y de comprender desde una posición externa; mejor fijarse más en los efectos.

miércoles, 6 de abril de 2022

Y van ocho

Qué tendrá la educación que lo primero que hacen todos los gobiernos, en cuanto llegan al poder, es crear una nueva ley que la modifique a su gusto. No hay familia en España en que padres e hijos hayan estudiado el mismo currículo educativo. Es un vaivén continuo de normas que hacen imposible aclararse y que en lo único que educan es en ejercitar la virtud de la paciencia de padres, profesores y alumnos. La reforma de la reforma de lo que se había reformado y que no había que reformar. Es que ya van ocho leyes de educación en cuarenta años. No hay ministro del ramo que no quiera pasar a la posteridad poniendo su nombre a una ley, posteridad que durará hasta que venga otro a ocupar su sitio y haga lo mismo.
Parece imposible que no acierten nunca, ni en los modos ni en los contenidos ni en los objetivos, como si las disciplinas objeto de estudio fuesen reflejos en el agua que cambian a cada instante. Pero hasta ahora todo ha sido una sucesión de decepciones. Cada reforma, en vez de ser una esperanza resulta una amenaza. Esta última revela como pocas la incompetencia de la ministra que la alumbró. Más que un paso adelante parece un ajuste de cuentas con el pasado, al que hay que configurar a gusto del poder. El nuevo currículo de la ESO es un compendio de barbaridades pedagógicas. Se lleva por delante, entre otras cosas, el estudio de la Filosofía, y con ella el pensamiento crítico y las vías de experiencia racional, a cambio de cosas como el ecofeminismo o un difuminado conjunto de valores cívicos. En la lengua se deja a un lado el aprendizaje del análisis sintáctico y morfológico; total, para combinar la media docena de palabras que los chicos manejan en la pantallita no hacen falta muchos conocimientos lingüísticos, y además ahí están los emoticonos. Y, quizá lo más grave, se pone la Historia al servicio de las creencias y las ideas; de ahí que no interese lo que no esté "relacionado con el entorno real del alumnado". Hay que prescindir de todo lo ocurrido en España antes de 1812, solo unos 2.500 años. De qué portentoso cerebro habrá salido tal disparate. Para explicarnos el presente necesitamos hitos que nos señalen el camino recorrido, que organicen la secuencia de los pasos andados, y la Historia nos da esos hitos. Si la excluimos quedaremos a ciegas, eliminaremos la causalidad y jamás podremos comprender cómo y por qué somos lo que somos. Nuestra intensa y fascinante Edad Media, el espléndido Siglo de Oro, el descubrimiento de América y del océano Pacífico, la circunvalación de la Tierra, la Ilustración, todo eso ignorarán nuestros chicos. Menos mal que esta reforma durará lo que dure este gobierno.

miércoles, 30 de marzo de 2022

Tiempo revuelto

Qué habremos hecho para que la mano que tira los dados que marcan nuestras vidas haya desatado sobre nosotros tal cúmulo de inquietudes a la vez. Es que llevamos un tiempo en que parece que las fuerzas negativas que habían estado adormecidas durante años se pusieron de acuerdo para volver todas juntas. Entre lo que nosotros mismos nos procuramos con nuestra característica insensatez humana y lo que nos regala la madre naturaleza, no tenemos un respiro. No nos ha dejado todavía el virus, que tanta muerte nos ha traído -y ya van tres años-, cuando nos llega otro de los jinetes malditos: la guerra con todo lo que la acompaña: los millones de refugiados, la destrucción generalizada, la catástrofe económica, el renacer de odios olvidados, las heridas que tardarán siglos en curarse.
Aquí en España parece más evidente la sensación de que en este momento todo se ha confabulado especialmente contra nosotros. Primero el volcán y la borrasca Filomena que, como la pandemia, nos vinieron sin buscarlos. Después, una crisis generalizada de esperanza y de aliento colectivo, como si de pronto se hubiera quebrado todo rasgo de confianza en nuestras posibilidades, y especialmente en los responsables de administrarlas y potenciarlas. Apenas hubo un sector que no enarbolara una pancarta en protesta por alguna causa. Salieron de repente todas las frustraciones largamente calladas y todas las reivindicaciones desatendidas, ampliadas ahora por los problemas generados por la guerra en Ucrania. Las huelgas, la subida de precios, las promesas incumplidas, la ausencia de perspectivas inmediatas y la desorientación evidente de quienes desde el poder deberían hallar soluciones, crearon un descontento social generalizado. Las calles fueron tomadas por sectores de toda clase sin ninguna connotación política, cada uno con sus problemas y sus desengaños, reclamando una solución: transportistas, agricultores y ganaderos, pescadores, cazadores, autónomos, la sanidad de atención primaria, las víctimas del terrorismo. Hasta el rey moro asoma su turbante, aprovechando la ocasión. Tantos fuegos a la vez que el Gobierno no sabe a dónde dirigir la manguera. Ni dirigirla ni manejarla. Y todo ante la inutilidad de los sindicatos, que parecen contemplar el espectáculo asomados al balcón con su cervecita en la mano.
Tiempos difíciles requieren mentes fuertes y lúcidas. Es ahí donde se pone a prueba la inteligencia y la altura política de los gobernantes. Demandan visiones de largo alcance y voluntades que sepan y quieran aunar esfuerzos, apartando a un lado los prejuicios que lo impiden. Justamente lo que ahora no hay aquí.

miércoles, 23 de marzo de 2022

Las otras víctimas de la guerra

Mientras convierte a las ciudades de Ucrania en un montón de ruinas y sus campos en cementerios, el gran amo contempla en un estadio de Moscú el espectáculo que ha organizado para que nadie dude de que su gran victoria es segura y, a la vez, como homenaje a sí mismo. Observa a su alrededor con su mirada fría e inexpresiva, habla sobre la necesidad de la operación militar, evitando la palabra guerra, y apenas deja asomar un breve sonrisa cuando recibe la ovación del estadio lleno de un público entregado. Fiesta patriótica, fervor de triunfo, orquestas, cantantes y hasta un grupo de coristas con mejor apariencia que resultado. Todo pensado para la exaltación del líder que aparece como libertador de un pueblo y que marca el glorioso futuro de la patria. Y sin embargo, seguramente muchos espectadores tuvieron la sensación de que escenarios como este, preparados para celebrar una victoria, suelen ser obra de alguien que comienza a sentirse perdido.
En los frentes ucranianos, entretanto, sus soldados viven cada hora entre la angustia del miedo y el frío de la intemperie, preguntándose qué hacen allí y cuándo acabará aquello que iba a ser una breve operación de pocos días. Son los actores olvidados del gran drama. Nadie piensa en ellos porque están en el bando de los agresores y porque sirven en el lado de los poderosos, pero sus cuerpos, en muchos casos poco más que adolescentes, se encogen de temor ante cada explosión y sufren y mueren exactamente igual que los que tienen enfrente. Sólo que ellos no mueren por defender a su tierra ni a su patria. Mueren por algo inconcreto, imposible de visualizar ni de representar, por algo recogido en un conjunto de ideas ambiguas y lejanas, mezcladas entre sí y envueltas en un lenguaje lleno de palabras resonantes. Mueren por nada propio. Mueren en una tierra desconocida y hostil, sin saber a qué fueron allí, entre el odio de todos y sin que ninguna mano querida apriete la suya en el último adiós. Mueren sin que las crónicas dediquen ni un solo pensamiento a su sufrimiento, como si su muerte fuese un acto obligado de la justicia universal. Y en su casa los suyos llorarán su muerte con un dolor íntimo y callado, no vaya a ser que algún lamento incomode demasiado.
Son las otras víctimas de la guerra, las que no sacarán nada de su victoria y mucho de su derrota: la muerte o la prisión, que en su caso viene a ser lo mismo. "Si volvemos como canjeados, nuestros compatriotas nos fusilan, por vergüenza”, asegura uno de los prisioneros en Ucrania. Y todo sin saber para qué.

miércoles, 16 de marzo de 2022

Y la guerra continúa

La negra sombra de Stalin debe de estar dando saltos de satisfacción en el oscuro antro en que se encuentre al ver lo bien que sabe imitarle este heredero suyo que ocupa ahora el Kremlim. No podrá superarle porque los tiempos no están para eso y porque por algo su nombre se alza en lo más alto de la escala de la ignominia universal como el responsable del mayor número de muertes de toda la historia de la humanidad; por encima incluso de Hitler, que ya es decir. Pero cortapisas de carácter moral, desde luego, no serán las que se lo impidan. Cuando tantas prevenciones se levantan en toda Europa ante la posibilidad de rebrotes fascistas -prevenciones que por supuesto es necesario tener-, no estaría de más mirar con el rabillo del ojo a los que todavía ven en el estalinismo una época digna de resurrección, aunque sólo sea porque Stalin no fue un brote espontáneo, surgido de la nada, sino que se limitó a refinar una tradición histórica de gobernar mediante el terror, que ya vemos que puede volver de nuevo. El actual jerarca del Kremlin tiene el manual en casa, y el pueblo ruso la misma disposición de siempre. Viendo su pasado, puede comprobarse que en el debate entre la libertad y una fuerza atávica que le empuja a someterse a la servidumbre, sea al Estado o a un tirano, siempre gana esta última.
Las imágenes que llegan de Ucrania van más allá de la simple resolución bélica de un conflicto entre naciones. Clausewitz aquí quedaría mudo. La idea decimonónica de que la guerra no queda nunca reducida a una simple acción estratégica por cuanto en ella influyen de manera definitiva los valores morales, adquiere aquí una amarga confirmación en su sentido totalmente opuesto. Es la inmoralidad, la ausencia de referencias éticas lo que pesa decisivamente en aquellas llanuras infinitas de olor a trigo, donde ahora todo dolor es poco y donde la indignidad humana se lleva hasta el bombardeo de hospitales y guarderías.
Toda guerra hace tambalear convicciones que parecían firmemente ancladas en nuestra lista de principios, entre ellas precisamente la que expresa ese grito de no a la guerra, que nos deja ver la imposibilidad de tomarlo con carácter absoluto y la necesidad de encontrarle matices. Esta desde luego también, pero la unanimidad y la comprensión que todo el mundo libre ha mostrado al juzgarla la reviste de cierto carácter de legitimidad, como la lógica respuesta del débil ante el abuso de un vecino poderoso. El eterno debate teórico sobre el concepto de guerra justa tiene aquí un argumento dolorosamente real.