jueves, 17 de marzo de 2011

La naturaleza juega a los dados

Y la tierra tembló de nuevo y el mar se salió de su sitio y el orden natural se trastornó para sorpresa y dolor del hombre. De lo más profundo de las entrañas del planeta surgió una fuerza desconocida, infinitamente mayor que cualquiera que el hombre pudiera crear, y nos vino a decir que la vida es un accidente sin trascendencia dentro del orden telúrico. Lección tan dura como inútil, porque la vida no forma parte de su sistema más que para tomar la energía que necesita para conservarse. Y, sin embargo, qué sensación de impotencia ante un hecho ante el que nada podemos hacer. Instalados en un afán permanente de certezas, nos quedamos perplejos al ver que no podemos preverlo, que nos llega de pronto y sin aviso y que, con todos nuestros avances técnicos, somos incapaces siquiera de intuirlo. Obsesionados por la seguridad, hemos de resignarnos a comprobar que estamos en manos del capricho de una fuerza que no podemos controlar.
El país del mundo más avanzado en tecnología antisísmica ha visto cómo se ponía a prueba todo su sistema de defensa. Ha opuesto todo lo que el hombre ahora mismo puede oponer, y eso, a pesar de la inmensidad de la catástrofe, ha impedido un desastre que en otro país hubiera sido incalculable. Los edificios se cimbrearon, pero no se derrumbaron; las carreteras se abrieron, las fábricas se incendiaron y millones de toneladas de barro y basura sepultaron pueblos y campos, pero no habrá cólera ni hambre. Las gentes salieron a la calle, pero no hubo pillaje ni saqueos en las tiendas. Cada uno tenía una lección aprendida, sabía a dónde ir, qué equipo llevar, a qué refugio acudir. Los japoneses, esas gentes disciplinadas, creativas, laboriosas y calladas, nos han dado una vez más una lección ejemplar.
Pero el temor sigue. Los expertos vaticinan que en algún momento y en algún sitio se producirá un terremoto 10 y que no hay posibilidad de intuir qué consecuencias tendrá. Simplemente cabe imaginar lo que habría sucedido si este tsunami, en vez de tener lugar en la costa oriental del archipiélago, con toda la inmensidad del Pacífico por delante, hubiera ocurrido en la occidental, a pocos kilómetros de la tierra continental. Las fuerzas telúricas sí juegan a los dados.
Esa es la condena del hombre, el único ser que sabe que ha de morir: la angustia de la incertidumbre, el acecho permanente de lo irremediable, la certeza de que nuestra madre la naturaleza no tiene por nosotros más aprecio que por una oruga. Nos hemos repetido a nosotros mismos, hasta convertirlo en dogma liberador, que el hombre es la medida de todas las cosas, pero no se nos ha ocurrido añadir que en todo caso lo será de todas las cosas humanas. Que en el conjunto de todo lo que nos rodea ni es medida ni es rey. El dominio absoluto pertenece a la naturaleza, de la que no somos más que una pequeña parte, eso sí, la más atrevida, la más rebelde y la única consciente de serlo.

jueves, 17 de febrero de 2011

La sonrisa

A mediados de los años sesenta estaba de moda en todas las listas de éxitos Sor Sonrisa, una monjita belga que cantaba aquello de "Dominique, nique, nique, pobremente por ahí va él cantando amor". Con su guitarra, su cara de angélica inocencia y su voz acariciante, logró que una canción dedicada a un santo, Domingo de Guzmán, alcanzase récords de ventas inimaginables, en un momento en que la primera generación de la posguerra europea comenzaba a cuestionar los valores nacidos tras el fin de la contienda. La sonrisa de Sor Sonrisa no duró mucho. Abandonó los hábitos, tuvo problemas con el fisco, cayó en malas compañías, en la depresión y en el alcohol, y terminó suicidándose en el apartamento que compartía con una amiga. Hoy su canción es casi una pieza de un museo imaginario de sociología.
La sonrisa es siempre la expresión de un estado de ánimo. Puede ser tímida, como cuando sonreímos ante alguien desconocido para ganarnos su simpatía; puede ser irónica, enigmática, cómplice, maternal, cruel, agradecida, condescendiente. Y puede ser también tonta. Nuestro presidente ha adoptado la sonrisa como emblema de su persona y de su actuación política, pero uno se siente incapaz de clasificarla. Quizá bienintencionada, quizá hueca, quizá impostada, quizá innata. Habría que pensar en convocar un gran simposio de buceadores del alma humana para decidir a qué grupo adjudicarla, y aun así, no sé. Una sonrisa que ha conseguido llevarnos a la situación en que estamos merece por fuerza un nuevo apartado en el que poder incluirla.
A lo mejor es que mira más allá del ruin presente y busca la inmortalidad. A las grandes sonrisas de la historia, la de los kuroi griegos, las esculturas etruscas, el borracho velazqueño, el Bacchino malato caravaggesco o la Gioconda, hay que añadir ya para siempre la del presidente que rige nuestros destinos. Lo malo para todos es que no es inofensiva.

miércoles, 19 de enero de 2011

Señores senadores

Decía Juvenal que en su época era difícil no escribir una sátira. Pues anda que en esta. Lo malo es que ya no tenemos grandes satíricos, aquellos que hacían excelsa literatura con la crítica aguda e ingeniosa de los disparates de su tiempo. En cambio sí nos quedan buenos humoristas, que encuentran cada día motivos sobrados para su trabajo.
El espectáculo de nuestros senadores hablando en varias lenguas para luego traducirlas al idioma que entienden todos lo firmaría el guionista de los hermanos Marx. Una fuente de inspiración para cualquier obra señera del teatro del absurdo. Pero vamos a ver, ¿no se sienten ridículos con un pinganillo en la oreja oyendo la traducción de alguien cuyo idioma oficial es el mismo que el suyo? ¿No les da un no sé qué cuando saben que están en la incomprensión de todos y que no hacen más que contribuir al descrédito de su institución, ya de por sí muy devaluada ante los ciudadanos? Y aún peor: ¿es posible que en la Cámara Legislativa española haya que traducir al idioma oficial de España?
Señores senadores: su labor pasa por ser un verdadero enigma para los que no tenemos muchas luces en eso de la política. Por más que leamos la Constitución no acabamos de saber para qué sirven ustedes. Sabemos que su número es variable, que tienen una sede suntuosa y unas instalaciones acordes con la dignidad de sus señorías, pero de las consecuencias de su trabajo no acertamos a ver nada. Los proyectos de ley que les envía el Congreso, si no los aprueban, vuelven a la Cámara Baja y allí salen adelante como estaban. Se les define como cámara territorial, pero eso tampoco explica gran cosa. Pues eso, para qué sirven. Vale que les sostengamos con sustanciosas retribuciones, qué se va a hacer, pero podríamos al menos exigirles que se dejen de juegos infantiloides y cumplan con seriedad lo que sea que hagan. No está el horno de la economía para bollos de capricho ni la galerna para veleros de pitiminí. Cualquiera de nosotros podríamos darles mil ideas para emplear ese dinero que gastan en dejarnos a todos con una piadosa sonrisa de condescendencia ante sus ocurrencias. Quéjense luego del desprestigio de la clase política.
En el fondo, lo que se ve es un desprecio al idioma común y al ciudadano. Para ustedes la lengua ha alterado su esencia primaria, es decir, la de ser un instrumento de comunicación, de relación social, de expresión del pensamiento y de creación de belleza literaria; ahora es también un elemento más de transacción política. La práctica habitual, nacida de la lógica, se somete a exigencias partidistas, y el ciudadano asiste entre indignado y asombrado al espectáculo de una torre de Babel artificial, que cuesta lo suyo, y ante la que no le queda más que decir: son como niños. Luego, acabadas las agotadoras sesiones, se reúnen en la cafetería y allí se entienden todos muy bien en la misma lengua. Seguramente entonces pueden aplicarse lo que Catón decía de los adivinos: "No pueden mirarse sin reírse".

jueves, 13 de enero de 2011

Dennos un descanso

Yo creo que los ciudadanos de a pie nos merecemos unas vacaciones. Dennos un descanso, señores políticos, que ya que mantenemos generosamente sus necesidades bien podrían callarse durante algún tiempo. A ver qué otro gremio, de todos los que pagamos con nuestros cuartos, nos aflige tanto con su omnipresencia, nos sobresalta con sus ocurrencias, nos inquieta con sus desaguisados y nos asombra con su pretenciosidad. Déjennos airear un poco la cabeza, aunque no sea más que para poder comprobar que en la vida y en el mundo existen otras cosas a las que prestar atención. Retírense durante unos días a lavar el polvo de las palabras muertas y, de paso, refrescaremos todos nuestras recalentadas meninges. Aunque ya no resulte tan fácil demostrarlo, la Tierra sigue girando alrededor del Sol, no alrededor de ustedes.
Claro que en un país en el que existen dieciocho parlamentos, y donde hasta el último mindundi con un acta se cree de Tomás Moro para arriba, no resulta fácil escapar de su presencia y, lo que es peor, de sus palabras. Especialmente en los últimos dos meses, no es que sea un chubasco; es un chaparrón, los cuarenta días del diluvio, Krakatoa y Pompeya juntas. Todo el amplio muestrario de los ejercientes del viejo arte de lo posible puesto en la labor de machacar las mentes de quienes no tenemos otra misión que votarlos cada cuatro años: diputados, secretarios generales, tránsfugas, portavoces, nacionalistas, los del federalismo asimétrico, los que con el siete por ciento de los votos exigen gobernar, corruptos, querellantes y querellados, los que se jactan de incumplir las sentencias judiciales, parlamentarios de miniparlamentos y presidentes de minigobiernos, los de la voz grave y las de grito chillón y brazos en jarras. Todo el elenco bombardeándonos con los problemas que ellos mismos han creado. Cada uno con su razón intocable; el error y la mala fe siempre están, por supuesto, en los demás.
Tómense un respiro. No digo ya que imiten a San Pacomio de por vida, pero sí al menos durante un tiempo, de forma simbólica, claro está. Mientras tanto podríamos estar gobernados por un equipo unido de técnicos callados y eficaces, sin más ideología que la de hacer las cosas pensando en el bien de la comunidad. A ver qué pasaría.

viernes, 10 de diciembre de 2010

No hay motivo

Tendría que haber un dios de los eternamente insatisfechos y también, si acaso, de los que se regodean en sus miserias y hasta las magnifican para que sea mayor su sentimiento; un dios que podría tener el altar de espinas para que sus devotos se sintieran a gusto. Los devotos de este dios serían ciertamente abundantes y encontradizos desde las cabañas a los palacios. En realidad tal parece como si el español fuese de por sí inclinado al culto de este dios de la autocompasión, y más cuando desde arriba siempre hay prohombres de cartón y mensajeros que se complacen en alimentarlo.
Es cierto. Inexplicablemente poseemos una inevitable tendencia a tener de nosotros mismos un concepto muy bajo, como si anhelásemos más la compasión que el respeto. Tal vez algo se haya calado en los genes de nuestra historia, a juzgar por los testimonios de la lucha que contra ello han mantenido mentes claras de diversos siglos, desde Quevedo a Moratín. Es una constante de antes y de ahora. Y sin embargo, aunque el momento actual no inspire optimismo, desde una mirada más larga no hay motivo.
No hay motivo para que al habitante de este viejo, particular y querido país, que ha visto pasar sobre él la historia entera de Occidente y que ha sido copartícipe de sus alumbramientos, le quieran hacer sentir que el sol siempre está velado sobre sus viejos campos, como si el 98 no fuera ya apenas una menuda anécdota en dos milenios de historia. Cuesta ganar y mantener la fe en lo ganado; cuesta aún más encontrar quien avive esa llama y haga inteligibles los motivos por los que ha de estar encendida. Quizá suceda, como decía aquel pesimista integral que fue Unamuno, que los sentidos al servicio de la conciencia social están dormidos y no son capaces de reaccionar ante estímulos reconfortantes y, además, realistas.
Es sabido, y uno no sabe si desear que fuera el caso, que la insatisfacción aumenta con la conciencia. De ser así, nuestra conciencia, por la estrechez de su código, ha sido y es tan poderosa que ha ejercido como elemento catártico, muchas veces fuera de todo linde de racionalidad.
Harían bien nuestros juicios negándose a admitir a trámite tanta verborrea autoflagelante como lanzan algunos que parecen tenerla como emblema del progresismo. España necesita ser mirada con ojos grandes y, aun así, no resulta fácilmente abarcable. En el balance de sus miserias y sus grandezas podemos estar razonablemente satisfechos.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

La vulgaridad como refugio

Es tan grande nuestro miedo a encontrarnos solos que buscamos refugio en la vulgaridad. Lo dejó escrito Petrarca hace ya siete siglos, así que también en su tiempo debió de vivir la deriva de una sociedad hacia su degradación. Muy grande debe de ser el miedo de la nuestra, porque estamos asistiendo al triunfo absoluto de lo cutre, lo inmundo y lo fétido. Peor aún, a su normalización. Peor aún: a su instalación como categoría propia. Es un espectáculo continuo, que hace pensar que, si esto es lo que nos ha traído la generalización de las comunicaciones, quizá habría que lamentarlo por lo que afecta a la salud intelectual de la ciudadanía. Ahí tenemos, en cualquier revista, en cualquier pantalla y a cualquier hora, a todas las figuras que marcan la pauta social en el país en cuanto a popularidad y fama. Personajes que subastan su dignidad al mejor postor, gentes que venden su intimidad por un cuarto de hora de gloria, figuras cuya gran fama consiste únicamente en haber practicado con asiduidad el adulterio, la infidelidad y la mentira, y en saber venderlo a los bobos. Un torrente de mal gusto, verdadero monumento a las cloacas. Todos ellos embolsándose cientos de millones, que en definitiva es lo único que se busca.
Se silencia al que habla a la inteligencia, por favor, no moleste, que eso no motiva a la masa y no da dinero. Aquí sólo importa fomentar el culto a lo más primitivo del ser humano. Evidentemente, entre un filósofo que trata de darnos una respuesta a la gran incógnita de la vida y alguien que tiene por oficio el subir y bajar de las camas ajenas, no hay color. No cabe ni siquiera plantearlo.
Dejemos a un lado si es un atentado contra la moral para no dar opción a quien alguien salte con el consabido argumento de la relatividad de ese concepto, pero lo que no cabe perdonar es que sea un atentado contra la estética. Pues hasta eso es.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Balada de otoño

Bosque de otoño, sembrado de las ilusiones que se van muriendo, bosque sabio. El símbolo, hoja dorada de tantas metáforas que alientan nuestra pobreza expresiva, lo ha inundado todo, se ha hecho con el aire y la tierra y, sin embargo, qué luz es capaz de dar la buena predisposición de ánimo entre tanto ocre marchito. Está tibio el aire, dormida la tierra y dormido el olor de los espinos. Hay una carretera en la ladera lejana, pero hasta aquí sólo me llega su silencio. Está tragándose sus propios ruidos, allá ella; si no me lanza más que su imagen muda no habrá por qué odiarla. Sé que este seno es eterno y ha cobijado pensamientos diversos y que incluso algunos de ellos se han atrevido a materializarse en ideas y formas que sólo a la cultivada mente del hombre pueden interesar. Pero hoy no quiero ser una mente cultivada, me niego, y me siento en el musgo y dejo que la humedad fije la realidad de mis divagaciones.
Fuera de allí, cuántas palabras, cuántos lechos como cálices amargos, cuántas verdades dichas en susurro, cuántas mentiras dichas a gritos. Somos cantos rodados tirados por el camino de la vida, y si alguien tuviera la facultad de andarlo con paso largo y libre, tropezaría con nosotros. Bultos pequeños que se mueven sin parar, que se mueven en círculo buscando la tangente definitiva. Luego, con los años, sabremos que la única ciencia en la que todos somos diplomados es en la ciencia de no entender nada.
El sendero entre los robles está iluminado por los rayos que las hojas modelan a su gusto. No hay sendero menos libre para elegir su apariencia. Me llega ahora un perfume de helechos, amable y complaciente el bosque con los que renuncian a ser ambiciosos, porque al ambicioso que se apoderó de los sencillos corazones de su pueblo para emplearlos en su propio provecho no le será permitido oler el aroma de los helechos, sino el hedor de las cárceles que creó. Tampoco a la sombra cobarde que aprovecha la oscuridad para romper la esperanza de cuerpos apenas iniciados o la nuca de alguien que ama y es amado, le será dado oler más que la putrefacción de sus propias entrañas. A los que el hambre mata o el terremoto deshereda, sí. A esos puede que sí.
Así me parece en esta tarde de otoño ya maduro, en la que el aire de algún confuso propósito me ha traído hasta el claro de un bosque, en el que, de vez en cuando, aún pasa revoloteando una mariposa blanca. Ya no quedan flores en el suelo ni fresas silvestres ni ardillas temerosas en las ramas; en el canto de los pájaros hay una cadencia de despedida. Siento ganas de internarme por la hojarasca, pero me quedo donde estoy, a cuestas con una extraña mezcla de bienestar y desasosiego. Han caído para siempre las hojas, pero los rayos de sol siguen con su poder de siempre. A lo mejor, la ansiada explicación universal comienza en aquel silencio de colores.

miércoles, 13 de octubre de 2010

Justicia talibán

Las imágenes de esa mujer siendo asesinada a pedradas en Pakistán, que han pasado casi de puntillas por nuestras televisiones y que apenas han levantado comentarios entre quienes tantos hacen por cualquier nimiedad, hielan el alma. ¿Qué habrá hecho esta mujer? Seguramente algo relacionado con sus impulsos afectivos, quizá un amor prohibido, acaso simplemente dejarse ver en público con otro hombre. Pues que la maldición de Alá caiga sobre ella, que la sura cuarta del Corán la aplaste y que la justa ley de la Sunna le machaque los huesos. No hubo ningún juez misericordioso que sintiese algún remusguillo por dentro; dejaría de ser un buen talibán. El cuerpo de la chica terminó bajo un montón de piedras, sin más réquiem que un corro de miradas heladas y un círculo de manos armadas con guijarros, satisfechas de cumplir su misión. Ni siquiera pudo ver la expresión de quien le tiró la piedra definitiva.
Suena a episodio de la antigüedad semítica, pero es una noticia de estos días del siglo XXI. Los que pregonan desde el amparo de sus códigos legislativos la igualdad moral de todas las civilizaciones deben de verse en el trance de tener que hacer encaje de bolillos para evitar este rotundo argumento en contra. Por cierto, que el Corán dicta sentencia de emparedamiento para las adúlteras; fue la Sunna la que cambió luego esta pena por la de la lapidación, que a su vez procedía de la tradición judía. O sea, que los sincretismos religiosos entre grupos sociales secularmente antagónicos funcionan especialmente bien por su parte más siniestra, como si, por debajo de toda creencia, existiera un hilo conductor común a ellas para igualarlas en inmisericordia. Fue precisamente la misericordia la que libró del apedreamiento a la adúltera más famosa de la Historia: aquella de Jerusalén que vio cómo sus ejecutores tenían que soltar las piedras ante una mansa reconvención.
No creo que los que decidieron esa muerte hayan leído a Juan, ni sé qué grado de blandura tienen sus conciencias, aunque es fácil de adivinar. Sólo sabemos cuál es la dimensión de su compromiso con una ley inhumana, por más que se empeñen en verla divina. Y podemos también imaginar con pavorosa certeza el horror del tormento, que es algo que se impone sobre la sensibilidad por encima de cualquier consideración. No es ya que se trate de un vergonzoso agravio a la dignidad de la mujer -la lapidación es una pena de aplicación casi exclusivamente femenina-, sino que su extraordinaria crueldad remite a la peor abyección de la capacidad humana para hacer sufrir a un semejante, y todo por un delito cuyo juicio moral depende de las circunstancias geográficas. Aquí las adúlteras desfilan a diario por la televisión haciendo gala de ello y embolsándose fama y dinero; en otros sitios, por menos, son apedreadas hasta morir. Todas las convicciones sobre el pacifismo universal que uno pueda tener firmemente asentadas en su sistema ético personal se relativizan de golpe ante esta barbarie. Los grandes ideales alimentan el progreso moral del hombre, pero yo prometo no llorar si los tanques acaban con el poder de estos miserables.

domingo, 19 de septiembre de 2010

Parábola de la vieja casa

Mi amigo me dijo que quería enseñarme algo y me llevó a través de un camino que discurría entre casas de tamaño y aspecto muy variados, hasta una de las más curiosas de todas. Se encontraba en un extremo del pueblo, algo alejada del centro, aunque bien comunicada con las demás. Vista desde fuera, parecía realmente una magnífica mansión. Estaba rodeada de mar en casi toda su extensión, excepto por un pequeño trozo que la unía al poblado. Aunque no era excesivamente grande, era lo suficiente para ser una de las mayores. Era también la más luminosa y soleada de todas, y la de estancias más variopintas, y la de habitantes más hospitalarios, y hasta la más extraña, según había quien decía. Y, por todo ello, la más visitada. Tenía hasta diecisiete habitaciones, más dos pequeños cuartos, pegados ya a una casa vecina. En el centro estaba situada la estancia principal, que no era la mayor, pero sí la más suntuosa, la que albergaba las obras de arte más importantes y la que servía de aposento a la gente principal; por su situación y condición era paso casi obligado para todos. Las demás habitaciones eran también hermosas, unas más que otras, todas distintas entre sí, diversas todas en tamaño y ambiente, sombrías unas y soleadas otras, algunas con vistas al mar y el resto a la montaña, cada una con el recuerdo de un pasado que se adivinaba abrumador. Mi amigo siguió:
-Esta casa fue construida por una familia de larga historia y de carácter fuerte, quizá porque se pasó media vida en el brete de tener que expulsar a tantos como quisieron ocuparla por la fuerza. Han sido siempre gente de enorme talento, pero de un talento intuitivo. Sus acciones generalmente tuvieron más que ver con la pasión del instante que con los esquemas racionalizados. Prefieren el gesto repentino y brillante al agónico esfuerzo del trabajo perseverante. De esta familia han salido algunos de los más grandes escritores y artistas, también personajes de la milicia y la Iglesia, buenos deportistas, los mejores toreros, músicos ilustres. Es para tenerle respeto ¿no? Pero esta casa es curiosa en todo. Ellos dicen que Adán les asignó la envidia como pecado original. No. Su pecado es otro mayor, mucho mayor: la complacencia en la autodestrucción. Son campeones en hablar mal de sí mismos. Disfrutan creyéndose los peores de todos. Tal parece que busquen ser compadecidos continuamente, como si estuviesen afectados por algún atavismo mendicante. Sus hazañas fueron atentados contra otros, sus cosas apenas tienen valor si es el de fuera quien lo dice, todos sus vecinos son más listos y más cultos y más guapos. Una permanente actitud de cuestionarse hasta el mínimo hecho; una necesidad inmanente de justificarlo ante los demás. Es una pena.
Cuando salí, vi que la casa tenía por nombre una hermosa palabra de seis letras, a la que una eñe daba una bella sonoridad.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Los menores

Las noticias que leemos cada día sobre casos criminales protagonizados por menores son para que salten todas las alarmas sobre el futuro de nuestra sociedad. Ya no son los actos de indisciplina propios de la edad, ni la típica rebeldía sin causa, ni siquiera las gamberradas de siempre, que en mayor o menor medida nos afectaron a todos en esa bendita etapa; no, ahora es la violencia, la extorsión, el abuso prepotente y hasta el asesinato. Los profesores se están viendo convertidos de educadores con autoridad en víctimas desarmadas; los padres, suponiendo que no estén ignorantes de lo que tienen en casa, se ven impotentes ante el monstruo que se les enfrenta con toda desvergüenza, y la sociedad asiste a todo ello sin hacer el menor gesto de exigencia ante los poderes que han posibilitado esta situación.Nos estamos equivocando. Hacer unos planes de estudio carentes de contenidos morales, esa función que antes cumplía la enseñanza de valores religiosos, supone desarmar a nuestros jóvenes de principios y referencias éticas. Desterrar, en aras de un falso progresismo, conceptos como disciplina, esfuerzo, sacrificio, es vaciar su personalidad de recursos para enfrentarse a la vida. Resulta significativo que los mayores problemas se den en la escuela pública y no en la privada. Y para colmo, ahí está esa seráfica Ley del Menor, que nació ahogada por el exceso de buenas intenciones y por la ausencia prácticamente total de carácter punitivo, como si fuera dirigida a unos seres angelicales que de vez en cuando pueden cometer alguna pequeña travesura.
No todo puede basarse en el castigo, es claro. La educación familiar, el ejemplo social y el sistema educativo están en la base de todo, pero tampoco puede ofrecerse alegremente la impunidad al menor que delinque, aunque no sea más que por respeto a sus víctimas. La lección de la responsabilidad hay que aprenderla pronto.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Los viajes que no lo son

Si hay algo por lo que nunca sentiré la menor envidia de los famosos es por la libertad para andar por el ancho mundo a mi antojo, sin compartir compromisos ni rendir cuentas más que a mis deseos y al estado de mis recursos. Ser anónimo es una condición imprescindible para observar sin condicionamientos ajenos y para tratar de penetrar en los recovecos de todo lo que una tierra extraña ofrece, que son dos de los objetivos de lo que uno entiende por viaje. Andar por el mundo a cuestas con la fama de un nombre, rodeado de guardaespaldas, acompañado de una comitiva que todo lo dispone, en medio de consejos y recomendaciones restrictivas, sin la gozosa libertad de poder hablar con quien se quiera ni de tomar un café en el boliche más cutre que uno encuentre, no es viajar. Es una parodia, una transpolación al absurdo. O acaso una cretina manifestación de egolatría, puestos ya a definir las cosas por su nombre. Sterne no pensaba en estos cuando hizo su clasificación particular de los viajeros: simples, ociosos, curiosos, embusteros, vanidosos, melancólicos, delincuentes, infortunados y sentimentales, pero sí toman algo de alguno de ellos. Son simples, ociosos, vanidosos y, sobre todo, infortunados.
El caso visto estos días en Marbella, aliñado con una asqueante mezcla de megalomanía y papanatismo, viene a demostrar una vez más que viajar no es lo mismo que desplazarse y que los placeres del viaje puede que sean de muy distinto signo, pero sólo los primarios, el misterio del camino y la esperanza de la posada, son los que pueden consumar nuestras apetencias, porque siguen arraigados en los escondrijos más profundos de nuestra especie de origen trashumante. El verdadero viajero es ese de ojos eternamente curiosos que se deja empapar libremente por todo lo que ve y que busca por cuenta propia sin aceptar sumisamente opiniones ajenas ni someterse a itinerarios previstos por otros. Sobre las incomodidades se impone la curiosidad y sobre la apetencia de lo simplemente bello la búsqueda de lo interesante. El viajero libre sabe que salir de viaje no es sólo ir en busca de emociones, sino que también es ir en busca de la prueba que verifica nuestra posición en el mundo. "Hay que viajar -dice José Pla- para darse cuenta de que una pasión, una idea, un hombre, sólo son importantes si resisten una proyección a través del tiempo y del espacio".
En realidad, es la vieja metáfora de la vida; todo es un caminar partiendo de un punto para llegar a otro que siempre, siempre, será distinto. Naturalmente cada viajero hace su viaje y le da el tono y la finalidad que se avenga con su forma de ser o que las circunstancias le permitan. Viaje es una palabra que puede envolver un concepto relacionado con el anhelo más ferviente, el placer, la obligación y hasta el odio, como es el caso de la postura kantiana. Uno sólo trata de exponer su visión particular, y ahora se da cuenta de que en pocos artículos ha expresado unas opiniones tan personales. Bueno, para eso ocupa este rincón.

miércoles, 21 de julio de 2010

Los niños del verano

Están nuestros parques más llenos que nunca de niños y de abuelos, más animados con acentos distintos y palabras y preguntas infantiles sobre procedencias, nombres y planes para la tarde. No son turistas. Sus visitas no engordan las estadísticas de visitantes a nuestra región ni contribuyen a las cuentas de resultados del sector hostelero. Son los hijos de los hijos que se fueron a buscar en otros pagos el trabajo que aquí no encontraban. De nuestros jóvenes emigrantes, esos que nuestra alta clase dirigente vino a incluir en el grupo de leyendas urbanas. Algunos ya ni siquiera han nacido aquí, y el único contacto que tienen con nuestra tierra son esos dos meses de verano, cuando el calor aprieta en sus lugares y las vacaciones escolares los convierten en un problema para sus padres, y entonces, claro, qué mejor que irte a Asturias con los abuelos. Y aquí están, llenando temporalmente el hueco que dejaron sin saberlo.
Cuando las cosas están mal, y vaya si lo están, tener unos abuelos "en el pueblo" es un verdadero lujo. Supone contar con un último recurso para poder hacer la escapada de vacaciones, aunque sea a un lugar sin sorpresa posible, pero sobre todo la oportunidad de dar a sus hijos un verano completo dejándolos en manos queridas, seguras y generosas. Puede que sea este el rostro más positivo de la emigración juvenil, el único acaso. Es un trueque a tres bandas en el que, con todas las excepciones que cada uno conozca, todos salen ganando, y eso dejando aparte los aspectos emocionales, que es mucho dejar. Los padres porque solucionan un problema que en otro caso tendrían muy difícil solventar. Los niños porque se les abre un mundo nuevo sin rupturas familiares y sin ver interrumpido el hilo de sus afectos. Y los abuelos porque sí. Porque resulta que la vida es un camino hacia atrás. Porque a medida que uno avanza por él siente el impulso cada vez más exigente de mirar hacia los momentos de su inicio, y en esa mezcla de añoranza, recuerdo y reflexión asombrada sobre la brevedad de los años anda el último tramo. Ahora tiene ante sí el espejo de aquellos primeros pasos que él anduvo, encarnados en alguien que forma parte de su propia continuidad. Y si el que está de vuelta debe fijarse en el gesto del que va de ida, mayor motivación encontrará en este caso. La vieja casa, vacía de ruidos durante tantos años, vuelve ahora a llenarse con gritos y zalemas renovados; aquellos conocimientos semioxidados han de volver a activarse para ayudar en los deberes veraniegos; aquella paciencia que se creía debilitada vuelve a fortificarse, y esos días, que acaso se sucedían dentro de una oscura y resignada monotonía, adquieren de nuevo un brillo con luces y sombras que los vivifica.
Bienvenidos sean esos niños del verano, que tendrán a Asturias en una zona ambigua de sus sentimientos, pero siempre como primer reserva en el banquillo de sus quereres, y que quizá nunca entiendan por qué sus padres abandonaron esa tierra en la que se pasa tan bien durante el verano.

miércoles, 14 de julio de 2010

De rojo y amarillo

Algo muy relevante debía de estar oculto quién sabe bajo qué capas de hojas muertas, porque de repente todo ha estallado en una eclosión vibrante de colores rojos y amarillos. Como si estuviera adormecido a la espera de un motivo que la hiciera aflorar de repente. Como si se hubiera librado de alguna atadura que impedía mover libremente los miembros. Esa profusión de balcones luciendo la bandera de España, esa multitud llenando las calles de todas las ciudades del país con los colores nacionales, esa marea de jóvenes con las caras pintadas de rojo y amarillo cantando "soy español" con naturalidad y frescura, sin reserva alguna, es un fenómeno que conformaría por sí mismo un nuevo capítulo de nuestra sociología.
Quienes ponían en duda la misma idea de patriotismo español y, sobre todo, quienes hicieron todo lo posible por diluirlo, deben de estar viendo la inutilidad de su esfuerzo, porque esta no es un exhibición provocada por motivos ideológicos ni derivada de consignas previamente establecidas. No tiene ninguna connotación partidista ni más carácter reivindicativo que el del propio sentido de pertenencia. Es una juventud desacomplejada en la exhibición de los símbolos de su identidad nacional, espontánea y desenfadada, sin recámaras ocultas en la manifestación de su fervor patriótico. Han sacado del armario sin inhibiciones lo que sus impulsos más hondos les pedían, sin mirar hacia ninguna reticencia del pasado ni mucho menos a quienes se empeñan en perpetuarlo. En su sus sonrisas orgullosas sólo había la satisfacción primaria por el triunfo de su país, y coreaban su nombre y agitaban su bandera con el orgullo de quienes se saben parte de él. Qué limpias, qué auténticas salen las cosas cuando brotan espontáneamente de los sentimientos, sin que las manipulen intereses particulares; cuando ningún político pone sus manos sobre ellas.
Quizá se necesitaba una victoria de esta altura para recomponer externamente lo que en los ámbitos internos de las emociones nunca se había perdido. Bienvenida sea la pasión futbolística si puede romper incomprensibles tabúes. España había obtenido éxitos del mismo nivel en otros deportes -ciclismo, baloncesto, tenis, automovilismo, hockey-, pero sólo el fútbol es capaz, en sus momentos de gloria, de dar la vuelta entera a la vida de un país, de aunar sentimientos y colectivizar voluntades; sólo él puede conseguir que millones de brazos se levanten a la vez con un grito unánime de alegría. Incluso los que no somos especialmente futboleros terminamos rendidos a su misterioso poder. Lo visto el domingo en todas las ciudades españolas y el lunes en Madrid no está al alcance de ningún otro sujeto agente, por muy instigado y organizado que se pretenda desde cualquier instancia. Faltarían las vibraciones de las fibras más íntimas. Cómo no tener respeto a este juego de apariencia infantil y trascendencia insospechada, capaz de renovar entusiasmos que se creían dormidos. Porque nunca se pudo decir con mayor exactitud que esta victoria supone el triunfo de unos colores. Los de la bandera.

miércoles, 30 de junio de 2010

Y ahora el burka

El verano suele ser una estación propicia para que los gobernantes puedan respirar mejor. Será el sol, que distrae la atención de sus gobernados y la lleva hacia otros caminos, o las noticias, que se vuelven menos trascendentales y más amables, o simplemente la necesidad ciudadana de sacudirse el hartazgo de la omnipresente política. Estos días de Mundial son un alivio para cualquier gobierno y, si no bastara, ahí tenemos otra propuesta de discusión sobre lo que nunca creíamos que tendríamos que discutir jamás: el burka.
Tan lejano nos parecía que nos ha cogido desprevenidos. Estamos estrenando razonamientos. En el Senado dicen sí los que en los ayuntamientos dicen no. Hablan los ideólogos y los que ponen el acento en los aspectos prácticos, como la seguridad, pero caben otras preguntas. ¿Qué se puede sentir al verse obligado a contemplar la vida a través de un enrejado de minúsculos cuadrados pegados a los ojos? ¿Cuál puede ser la percepción del mundo que ha de tener alguien que tan sólo puede atisbarlo detrás de un velo oscuro, abierto únicamente por unos pequeños agujeros que le compartimentan la visión?
La crónica de la historia nos ofrece épocas de especial dureza para la mujer, especialmente en lo que se refiere al sometimiento de su voluntad y al acallamiento de sus impulsos más humanos, pero no es posible encontrar, ni aún en épocas en las que las ideas igualitarias derivadas del moderno desarrollo de una moral racional eran impensables, un estado de degradación semejante. La mujer es propiedad exclusiva de un hombre, primero de su padre y luego de su marido, y sólo ellos pueden tener acceso a su expresión. Se anula su voluntad, por supuesto, pero también su cualidad de ser humano solidario con todo lo creado. El mundo ya no es un escenario para contemplar y admirar, sino un espacio al que sólo es posible vislumbrar a través de un pequeño agujero. El entendimiento pierde su carácter de potencia necesaria; deja de ser el instrumento indispensable para el desarrollo del espíritu y de la mente y se convierte en un don entregado gratuitamente a unos individuos que así lo exigen.
Esas mujeres que han llegado hasta nosotros y nos miran a través de su velo apenas calado, sólo tienen la ventaja de poder ver y no ser vistas. Estamos desnudos ante ellas, mientras que ellas son para nosotros un misterio incomprensible, tanto como la clase de ideas que las aprisionan. No resulta fácil encontrar la solución de lo que no se comprende, y si aplicamos nuestra mentalidad de occidentales no nos queda más que acudir a la razón y a nuestras leyes, que nada tienen que ver con la asura XXXIII, 59, del Corán.
Sin demasiada concesión a la retórica, alguien lo resume en la barra de un café, entre el asentimiento de quienes le escuchan:
-Si no les gustan nuestras costumbres ni nuestros usos sociales, que se vuelvan al lugar de donde vinieron, así, sin paños de corrección política, que allí encontrarán no sólo el derecho, sino la obligación de llevarlo.

miércoles, 16 de junio de 2010

El milagro del fútbol

En un sentido primario, la mayoría de los deportes tienen un principio de infantilismo que es la base de una extraña paradoja. Dos señores pasándose una pelotita por encima de una red se convierten en un espectáculo mundial; doce jóvenes tratando de meter un balón en un aro pueden paralizar a todo un país; veintidós individuos corriendo por un campo detrás de una pelota para introducirla en un rectángulo es el mayor acontecimiento mediático del mundo. Trabajo para sociólogos y psicólogos de masas.
Pero si lo verdaderamente sorprendente de casi todos los deportes es esa enorme desproporción entre la inanidad de la causa y la magnitud de los efectos, es en el fútbol donde se pierde cualquier explicación. Un juego de concepción elemental, desnudo de complejidades abstractas, con reglas aferradas a una obsoleta sencillez y dotado de una terminología de reminiscencias bélicas: hay capitanes, disparos, estrategias, líneas de ataque y defensa y hasta la idea que de su resultado depende el honor patrio. Nada que no haya en otros, y sin embargo, en torno a él se mueven ingentes sumas de dinero; sus campeonatos mundiales -lo estamos viendo- se convierten en el mayor espectáculo de masas, batiendo en cada ocasión su propio récord de espectadores; en su propia condición de elemento representativo de toda una nación hace sentir su acción aglutinante y su capacidad de unir, aunque sea momentáneamente, los ánimos separados por todo lo demás. El fútbol, más allá de su hecho físico, es sentimiento derivado en pasión, en la que, como en toda pasión, está ausente el componente racional. Sólo él es capaz de conseguir que millones de personas en distintos lugares levanten a la vez los brazos en un estallido de alegría por un hecho en lo que no han tenido participación alguna ni va a influir para nada en su vida personal. El fútbol es la cadena más difícil de romper por parte de quien ha sido atado con ella. Ya se sabe que se puede cambiar de mujer, de trabajo, de lugar de residencia y hasta de religión, pero no se cambia de equipo. No hay fidelidad más constante.
¿Y a quién perjudica esto? Desde luego, colectivamente a nadie. El fútbol debe de ser una de las pocas actividades que a todos les viene bien. A sus mandamases, que se embolsan sus buenos millones con la organización de los eventos; a los futbolistas, que no sólo se convierten en objetos de idolatría, sino que también aumentan su cuenta con sustanciosas primas simplemente por cumplir con su deber; a las cadenas de televisión, que ven crecer sus audiencias y sus ingresos publicitarios; a los gobiernos, que pueden rentabilizar los triunfos que lleguen, y en todo caso ven cómo por unos días las miradas se vuelven hacia una realidad más ilusionante que la que ellos son capaces de ofrecer; y a los propios aficionados, que tienen ocasión de avivar sus emociones sin pagar nada a cambio.
Hoy España inaugura su actuación frente a los precisos suizos y todo el país se detendrá con un mismo deseo compartido. Qué otra cosa podría lograr semejante milagro. Y sólo es un juego. La bagatela más seria del mundo.

sábado, 12 de junio de 2010

La libertad

La palabra libertad no es más que un sinónimo de ilusión inalcanzable. Qué tendrán algunos conceptos que se erigen como metas a alcanzar mediante un camino de perfección y en realidad no son más que sombras inasibles. Libertad, palabra suprema, simple señuelo que ha estimulado el vivir humano. La oímos y pensamos en un concepto absoluto, sin darnos cuenta de que, como mucho, sólo podemos referirnos a su grados. La paradoja consiste en que, si pudiéramos alcanzarla individualmente en toda su plenitud, desapareceríamos como especie. En esto se diferencia de otros ideales que también constituyen anhelos permanentes, como la solidaridad, el amor o la verdad.
Libertad es el término más repetido desde siempre en cualquier discurso de cualquier político, y las gentes aplauden entusiasmadas sin atender más que al bello sonido de la palabra. ¿Libertad? Sólo en el espacio que hay hasta que comienza la del otro, pero es un espacio que cada día nos reducen más. El control es poder, el control es necesario para la supervivencia social y el poder vela por ella, luego ha de controlar. Así que has de declarar el dinero que tienes, la casa en que vives, lo que ganas y lo que consumes, la forma en que te apañas en la vida y hasta el nombre de tu perro. Deciden por ti el sitio donde tienes que fumar, el momento en que has de revisar el coche, la velocidad a la que has de ir y hasta dónde y cuándo puedes pasar un rato pescando. Has de tener por fuerza una cuenta en un banco, no puedes cambiar ni un grifo de tu casa sin pedir autorización, y ni siquiera podrás decir ya que un negro es negro o que un gitano es gitano, salvo que quieras caer en las iras de la implacable ortodoxia de lo políticamente correcto. Y, por supuesto, no podrás decidir sobre tu salud ni sobre los límites de tu vida.
-A veces dan ganas de hacer lo de Vittorio Gassman en El profeta: mandar al diablo a todos y marcharse al monte más inaccesible a vivir sólo con una cabra.
Pues no tardarías en ver subir a un inspector de Hacienda a ver de qué vivías, a un policía a ver por qué habías desaparecido y a una cámara de televisión a sacarte una exclusiva. Esta es una sociedad sin gateras. Nadie es libre ni para decidir si quiere dejar de serlo. La compleja realidad que nos hemos creado nos está acercando a ese punto en que lo que no está prohibido es obligatorio y, encima, por cada obligación que imponen, nos cobran por cumplirla.
No deja de ser una contradicción de esta sociedad nuestra que el aumento de la libertad moral, religiosa o política se corresponda con las restricciones de la que podríamos llamar cívica. Es cierto que en otros ámbitos no existen ninguna de las dos, pero aquí hemos pasado muchos siglos teorizando, sistematizando y acudiendo a todas las fuentes de legitimidad relacionadas con la naturaleza del ser humano hasta llegar a la conclusión de que el hombre es un sujeto de derecho a la libertad. Lo que no nos han enseñado es que ese derecho viene acompañado de una recomendación: la de resignarnos a ver que es, o nos lo hacen, imposible. Así es. Parecemos tan libres y estamos tan encadenados.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Y no era nada

Lo peor de todo es esa sensación de que han jugado a su antojo con nuestra credulidad, como si ésta no tuviera el menor valor. De que nos han engañado con brújulas trucadas para hacernos la ilusión de que íbamos por el camino seguro, ocultándonos que al final habríamos de terminar atravesando un sendero empinado y oscuro. No quisieron saber que el ingenuo ciudadano de a pie, cuando ve tambalearse su pequeño mundo, vuelve la mirada a su única referencia posible, a sus gobernantes, y que sus palabras son para él la fuente de su confianza. Pero no. Todo era impostado. Tantas declaraciones con voz rotunda sobre la inexistencia de riesgo, tantas afirmaciones enérgicas sobre la excelencia de nuestro sistema financiero, tantas palabras inflamadas sobre la solidez de nuestra situación, tantas promesas de que jamás se habría de cargar el coste de la crisis sobre los más débiles, y de pronto, un miércoles, nos descorren el telón para enseñarnos la piedra que tenemos que llevar. El equipo médico, que tantas veces nos repitió que lo nuestro era un pequeño mal pasajero, nos despierta de golpe para decirnos que ahora nos tiene que operar a vida o muerte porque no han intervenido cuando aún estaban a tiempo.
Nada era parecido a lo que nos contaban. Los brotes verdes necesitaban aún mucho esfuerzo de sol a sol para que empezaran a asomar, pero nadie dijo algo parecido a aquello de sangre, sudor y lágrimas, y de verdad que lo habríamos entendido. Ninguna familia se niega a aceptar su cuota de privaciones cuando se tambalean los cimientos comunes, aunque no sea más que por simple instinto de supervivencia. Puede que la mentira sea inherente a la política, pero no es posible mantenerla más allá del tiempo que tarde en imponerse la realidad. La mentira es un camino tentador, pero sumamente peligroso en el ejercicio político, sobre todo cuando se presenta envuelta en papel de celofán con brillos dorados y se practica oculta bajo las medias palabras, los dobles sentidos, la tergiversación, los gestos enfáticos y la falsa candidez.
Es fácil ponerse en el lugar de los funcionarios, de las madres o de los pensionistas, que van a pagar la factura de un festín al que no fueron llamados y que sólo contemplaron desde la puerta. Y más cuando ven que el festín aún continúa. Ahí está el Senado, que se va a gastar no sé cuántos miles de euros en traducir las intervenciones de sus señorías a la lengua que hablan todos. Resulta curioso ver hasta dónde llega la majadería de algunos de nuestros políticos. Con dinero ajeno, claro, porque, con su mucho amor a su lengua, no se pagan de su bolsillo a los traductores. Así que es inútil pedir que se metan de verdad las tijeras a la administración, más allá del simple maquillaje: ministerios inútiles, tarjetas visa oro, ciento de asesores, subvenciones a cualquier cosa que sea afín, alegres donaciones a estrafalarias organizaciones tercermundistas, comisiones y consejos, multiplicidad de sueldos, viajes gratis total. Todo ello multiplicado por dieciocho. El ejemplo arrastra y genera complicidad. Sólo con eso, todos lo comprenderíamos mejor.

martes, 11 de mayo de 2010

Los abuelos

Se les ve a menudo a las salidas de los colegios, esperando a sus nietos, y por los parques, vigilando sus juegos, o por las calles, llevándolos de una mano y llenándoles la otra de golosinas. Las nuevas actitudes sociales les han sacado de una situación de retaguardia, en el que ejercían un papel a veces cercano al residuo sentimental, y les han puesto en primera línea, y todo ello sin habérselo pedido, con su consentimiento silencioso y su entrega desinteresada. Han aceptado su papel en el tramo de sus vidas en el que por fin pueden disfrutar de la libertad porque están atados por el corazón, que es la ligadura más fuerte que puede existir, e incluso por la conciencia de un deber hacia sus hijos, del que jamás abdican.
Los abuelos se han convertido en la gran guardería nacional, gratuita, callada, sin otro reconocimiento que el que les dan sus nietos con su simple presencia. Alguien tendría que pararse a calcular la cuantificación económica de esta contribución silenciosa a la marcha económica del país; cuánto empleo femenino facilita, cuántas hipotecas familiares firmadas sobre la seguridad que se puede hacer frente a ellas porque se tiene resuelto el problema de qué hacer con los pequeños, cuántos viajes que no podrían realizarse si no fuera porque "hemos dejado a los niños con los abuelos". Su labor no existe para los balances económicos ni se tiene en cuenta en el diseño de ningún presupuesto. Su compensación externa sólo les llega, y no siempre, de la palabra agradecida de sus hijos y del cariño de los pequeños. Con eso les basta.
Ciertamente, en su eterno caminar en el tiempo, a la sociedad no le interesa quién fue el abuelo, sino cómo es su nieto, pero, en las circunstancias hacia las que ha derivado, los nietos son cada vez más lo que los abuelos sepan hacer de ellos. Lo cual le parece a uno que no es mala cosa.

viernes, 23 de abril de 2010

El libro y la cieguita

Una mujer ciega, no muy joven, está sentada en la acera de una de nuestras calles, cumpliendo con su trabajo diario de vender cupones. Va cada día al mismo sitio, haga sol o frío, se acomoda en su pequeña silla y se dispone a pasar otra jornada inmóvil, atendiendo a sus clientes, que buscan en ella la fortuna. Seguramente el sonido de la calle debe de resultarle lo bastante descriptivo como para combatir su tedio; acaso alguna breve conversación ocasional y su propio trabajo serían suficiente distracción para dulcificar las largas horas muertas, y en todo caso, siempre estaría el recurso del transistor amigo. Pero ella ha confiado en el mágico y eterno poder de sugestión de la palabra escrita. A su lado, una chica joven y guapa, quizá un familiar cercano, o en todo caso un verdadero lazarillo espiritual, le lee con voz dulce, y durante largos ratos, un libro. Si la cieguita del tango se preguntaba por qué ella no podía jugar, esta de nuestra calle se habrá planteado por qué ella no podía disfrutar del placer de la lectura, y unos ojos generosos le prestan cada día su mirada para proporcionárselo.
No creo que ningún discurso ni ninguna exégesis que se puedan hacer en este día sobre el significado y el valor del libro alcancen a tener la fuerza de esta imagen, sencilla y cotidiana, como casi todas las imágenes que envuelven los grandes conceptos.
Pueden darse mil razones para iniciarse en la lectura, pero bastaría pensar en una sola para emprenderla sin reservas. Quevedo lo dijo en dos endecasílabos:
Vivo en conversación con los difuntos y escucho con mis ojos a los muertos.
Los libros nos hacen contemporáneos de todos los hombres y ciudadanos de todos los países, es decir, nos permiten entrar en contacto con las mentes más poderosas del pasado y con los intelectos más grandes que han existido. Nos ofrecen la respuesta que ellos han dado a las preguntas que nos hacemos y el consuelo que encontraron para sus desdichas, que siguen siendo las nuestras. Y, cuando no sea así, al menos nos brindarán un momento entretenido y harán lo que quieran con nuestra imaginación, y ante ambas cosas estamos en las mismas condiciones quienes ven y quienes no.
Hoy, día 23 de abril, en que los caprichos del azar, y del calendario no reformado, hicieron que coincidieran en su muerte los dos escritores que han apasionado a más lectores, quizá porque han sido quienes mejor han sabido penetrar en los recovecos del ser humano, es jornada de grandes actos privados y oficiales, de estadísticas, de declaraciones y de panegíricos de este humilde objeto llamado libro. Pues que don Miguel y sir William me disculpen, que lo harán, pero yo no encuentro hoy mejor homenaje a ambos y al libro, que la imagen de una joven ayudando a una ciega a aliviar sus largas horas de trabajo y oscuridad mediante la lectura.

sábado, 10 de abril de 2010

El debate taurino

De poco valen los argumentos cuando andan por el medio los prejuicios, esos que, decía Einstein, son más difíciles de desintegrar que el núcleo del átomo. Discutir un tema con alguien que ya lo ha prejuzgado y sentenciado es tan inútil como querer llegar a algún sitio dando vueltas en torno a un árbol. Lo estamos viendo en esa discusión que ha resurgido en torno a los toros, que, para mayor oscurecimiento de los argumentos, han mistificado con ribetes políticos.
Uno debe confesar que no es taurófilo, quizá porque nunca tuvo interés en conocer ese mundo. De los toros me gusta su liturgia externa, el color, la música, la sentenciosa dialéctica de los aficionados. No comprendo nada de lo que ocurre en el ruedo, no entiendo los códigos que rigen los movimientos y los espacios del toro y del torero ni apenas sé distinguir un lance de otro. O sea, que si lo que me atrae es accesorio y lo fundamental lo ignoro, poca capacidad podré tener para emitir juicio alguno. Pero sí pueden enjuiciarse los juicios. A los defensores se les oye un argumento recurrente: la huella que los toros han dejado en la pintura y la literatura, y citan siempre a una serie de poetas y pintores; cuando quieren profundizar llegan hasta Teseo. Eso sería tanto como admitir que una cosa es buena o mala en función de lo que se haya pintado o escrito sobre ella, lo que llevaría a consagrar, por ejemplo, la guerra, que hay que ver la huella que dejó en la literatura y la pintura. Y dicen que el toreo es un arte, pero uno no encuentra nada en él que entre en lo que entiende por tal concepto. Y eso de que el derecho a matar al toro se paga con el deber de poner la vida en juego no es más que una frase sofista, porque no existen ni tal derecho ni tal deber.
Los detractores, los realmente honestos, tienen un argumento único: el sufrimiento del toro. Una vez, durante un viaje a Uruguay, me invitaron a visitar uno de los mataderos más modernos del país. Eran unas instalaciones modélicas en cuanto a limpieza y avances técnicos. Las reses llegaban de las estancias, se las descargaba de los camiones y se las hacía pasar por un pasillo de una en una hasta un punto donde tenían que detenerse. Allí, un tipo forzudo levantaba una gran maza y la descargaba en su cabeza hasta que morían. No sé si esta será la práctica habitual por aquí, pero aquella muerte era más ignominiosa y tenía más de acto de prepotencia que la del toro en la plaza. Para ser consecuentes, la lucha contra el sufrimiento animal implica manifestarse también contra la caza y la pesca. Clavar unas banderillas a un toro no es más cruel que meter a un ciervo una bala en el estómago o ensartar a una trucha por la garganta. Apurando el argumento, sólo los que se alimenten de la huerta, de leche y de huevos tendrían derecho a criticar el maltrato animal, y aun así con reparos, pues hay que ver cómo viven las gallinas en las granjas industriales.
Hemos hablado de los detractores honestos, que suelen ser los más moderados. Ya sabemos que los que levantaron este alboroto obedecen a consignas que tienen poco que ver con la defensa de los animales
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