
La Tierra, que alberga en su seno todos los misterios y nos abruma con el desconcierto cada vez que logramos arrancarle alguno, anda ahora por zona de equinoccio mostrándonos los mismos de siempre, que, sin embargo, nos siguen pareciendo recién descubiertos. Otoño. Revolotear de alas migratorias, berrea de ciervos y aquelarre de brujas. Por el camino que se adentra en el bosque, convertido ahora en un misterio de colores, el ánimo predispuesto se siente desprevenido ante el acoso de la nostalgia, como si las hojas que caen hiciera cada una de ellas una herida en lo más hondo de los delicados tejidos en que envolvemos nuestros recuerdos. Sabemos que el presente no puede existir, porque sólo es un punto infinitésimo de paso, y que el futuro no es más que un supuesto, así que sólo tenemos el pasado, es decir, los recuerdos. Qué tendrán que se nos hacen tan necesarios como el aire. No podemos vivir de ellos, pero tampoco sin ellos, porque siempre terminan haciéndose parte de nosotros mismos, aunque sepamos que al final acabarán siendo deshechos por el tiempo. Y sin embargo, no podemos evitar plantar cara con todos nuestros escasos recursos a la injusticia de ver cómo se nos quita lo que se nos dio. Nos rebelamos frente al eterno fluir. Tratamos de detener los fragmentos del tiempo y no nos paramos a pensar que quizá la mejor manera de vencerlo es echarse en sus brazos y que haga con nosotros lo que quiera. Cuando las hojas amarillean caen al suelo mansamente, sin golpear la tierra que las va a destruir. ¿Tendrán neutrinos los átomos de las hojas muertas?
Pero en definitiva todos somos residuos del gran proceso estelar. Polvo de estrellas. Las instancias a quien poder referirse están muy altas y, miren, eso tiene algo de paradoja reconfortante, porque es la unicidad absoluta de nuestro origen y de nuestro destino. Al menos tenemos la certeza de saber que existe un punto absoluto y común.
Algo melancólico y grave me he puesto. Debe de ser que hoy es mi cumpleaños