El café es un hervidero en el que todo parece servir a un orden no dictado. Andan los limpiabotas a la caza de algún par de zapatos y de unas cuantas libras, entran y salen vendedores ofreciendo las cosas más inimaginables, una joven sudanesa lleva en sus brazos a su hija pequeña y la muestra a los turistas para que la fotografíen a cambio de un euro. Es la única mujer musulmana que se permite estar en el local; todas las demás son extranjeras. A uno le gustaría conocer algo más de ella, pero sólo puede arrancarle una sonrisa y su nombre. Se llama Mona.
En realidad, el café no es más que una pequeña síntesis incompleta del inmenso barrio de Khan el Khalili, eso que algunos llaman El Cairo islámico, quizá porque reúne en perfecta unión los dos elementos identificativos de cualquier ciudad musulmana: mezquitas y zoco. Aquí las primeras se alzan en cada esquina y el segundo lo ocupa todo sin dejar espacio a nada más. Miles de callejuelas atiborradas de tiendas, pasadizos estrechos que terminan en cualquier escalera que da acceso a algún cuartucho convertido en vivienda, rincones sin salida en los que hurgan los gatos, portales oscuros en los que se adivina el trabajo de algún artesano y, sobre todo, una multitud tumultuosa y agobiante que lo llena todo, una sensación de humanidad pegajosa y palpitante de la que uno ha de formar parte irremediablemente. A cada paso docenas de vendedores asaltan al visitante incitándole a iniciar el regateo, y a cada negativa le sucede un ritual de frases y gestos para conseguir romper la indiferencia del otro. Este no es El Cairo del Nilo, con sus torres cosmopolitas, ni tampoco el del sosegado y limpio barrio cristiano, ni siquiera el de la Ciudadela, con sus viejas añoranzas militares, pero todos ellos, en mayor o menor medida, participan de él. Sólo así puede uno aproximarse a la comprensión de esta ciudad frenética, yuxtapuesta, caótica, anárquica y endiabladamente vital.