miércoles, 14 de septiembre de 2022

Llanto por una reina

Si algo no se les puede negar a los ingleses es su capacidad de presentar lo suyo como superior a todo y de actuar en provecho de su país sin que les importe nada lo que piensen de ellos los demás. Ahora se les ha muerto su reina y han convertido el hecho en uno de los acontecimientos del siglo. Lo han hecho muy bien; han dado una lección de unidad, de amor a sus tradiciones, de medida justa de la pompa y solemnidad, de modo que han conseguido tener a medio mundo pendiente de las pantallas empapándose del espíritu de su monarquía. Y todo con una persona nonagenaria de la que ya sólo cabía esperar lo que ha sucedido.
No sé si resulta fácil o difícil ejercer el oficio de rey, porque es profesión escasa y poco generadora de experiencias. A veces pienso que, al menos en las democracias parlamentarias, no debe de resultar muy difícil; no hay más que dejar que reine la Constitución, que es un manual de uso absolutamente seguro. Al margen de las luchas en la arena política, sin poder articular sus ideas ni expresar sus propias opiniones, y sin que le sea permitido influir con sus pensamientos en la voluntad popular, a simple vista no parece que resulte una profesión de excesiva dificultad, aunque esto no es más que una visión parcial. Más difícil debe de ser la renuncia a la vida privada, a la libertad de movimientos y de actitudes, a esconder sentimientos e incluso a sacrificarlos por razones de estado, a tener que prescindir de pequeños placeres tenidos por impropios y que son de libre disposición para los demás. Tampoco debe de resultar fácil verse continuamente bajo la mirada de todos, ni tener que estar siempre vigilante y atento para evitar enredarse en alguna de las trampas que seguramente urdirán algunos partidos para sacar algún provecho. De todo ello, según opinión unánime, hizo virtud y dio ejemplo la difunta reina.
Callada y taciturna, siempre con un mohín de fría distancia, a su muerte ha conseguido que durante varios días todos los informativos se convirtieran en monotemáticos y que el mundo entero conociera hasta el suceso más insignificante de todos los miembros de su familia. Sociólogos habrá que puedan explicarnos por qué todo grupo humano necesita periódicamente un altar donde depositar todas sus pulsiones emotivas y acaso también sus anhelos incumplidos y sus frustraciones individuales para hacerse la ilusión de que le son devueltos, si no del todo satisfechos, sí al menos en algún grado. Y quizá también puedan enseñarnos el misterioso proceso que hace que la realidad se convierte en leyenda y luego en mito, por encima de cualquier consideración pegada a la tierra. Ahora, cuando acabamos de asistir al arrebato mediático generado por la muerte de esa reina.

miércoles, 7 de septiembre de 2022

Tiempo de incertidumbre

Aburre hablar de política. Estamos saturados e intoxicados. Qué pereza. Pero la política se mete en nuestras vidas y las afecta queramos o no, así que no hay más remedio que convivir con ella y aceptar todas las condiciones que nos impone, entre ellas la de aguantar su desagradable cara continuamente. Lo malo es que resulta necesaria. Somos animales sociales y hemos de organizar nuestra convivencia mediante leyes aceptadas por la mayoría para no hundirnos en el caos. Hemos de hacer habitable la polis. Pero cómo.
Está en la naturaleza humana la tendencia a oscilar entre el conservadurismo y el progreso, convirtiéndolos en criterios complementarios, pero la política los ha transformado en dos conceptos antitéticos e irreconciliables, cuando de por sí no son nada el uno sin el otro. ¿Conservador? Naturalmente, porque hay muchas cosas dignas de ser conservadas y ha costado mucho tiempo y trabajo conseguirlas. ¿Progresista? Pues claro, porque el río que nos lleva no se detiene jamás. El problema semántico surge cuando se les convierte en categorías ideológicas y se les aplican valores ajenos para identificarlos con clichés prefabricados. Quizá la palabra progreso no sea fácilmente aplicable en los campos en los que la subjetividad se convierte en esencia y sustancia. Por ejemplo en el arte, que ha de ir a su aire, o en el del pensamiento, de modo que quizá solo quepa hablar de progreso en lo referido a la ciencia y la técnica. Pero cabe pensar que tal vez el verdadero progreso sea el que hace avanzar los ideales éticos, las normas morales, la convivencia y el respeto a los demás, el desarrollo interior del ser humano. O acaso, quién sabe, puede que el progreso no exista y los hechos que tomamos como tal no sean más que puntos de una misma circunferencia.
El panorama actual que nos trae la política no es muy risueño, con una crisis económica en puertas y un Gobierno débil e incapaz de fijar las prioridades de su actuación legislativa y ejecutiva; que se queda indiferente ante el desafío de una comunidad autónoma, cuyos dirigentes proclaman en plan chulesco, que no van a cumplir la sentencia de un alto tribunal.  Un Gobierno que premia a los etarras e indulta a golpistas y a defraudadores siempre que sean de su bando o le apoyen, y cuyos vaivenes en las relaciones con los vecinos del sur nos afectan a todos. Un Gobierno con un ministerio de Igualdad que dicta leyes de contenido sectario o enunciado ridículo, como esa del "solo sí es sí", y otro de Educación que deja a nuestros hijos sin apenas conocimiento de lo más valioso que tenemos: las humanidades. Por supuesto, todos se llaman progresistas. 

miércoles, 31 de agosto de 2022

Un tal Toumai

No sabemos hasta dónde habrá que retroceder la fecha de nuestra aparición en este planeta, visto que todas las dadas hasta ahora por definitivas son superadas por otras más antiguas a medida que se producen nuevos descubrimientos. Hace algunos años aparecieron en el desierto de Djurab, en Chad, un cráneo y restos óseos de un esqueleto de alguien que vivió hace unos siete millones de años. Se le llamó Toumai, que en la lengua local viene a significar esperanza de vida. Los primeros estudios indicaron que, por la disposición de la abertura del cráneo y el análisis de de los restos del fémur, quizá se trataba de un ser bípedo, capaz de andar como nosotros. Por esto y por otras pruebas, y porque no se ha encontrado ningún resto de grandes primates cerca del yacimiento, se descartó desde el principio que se tratara de uno de ellos. Sucesivas investigaciones han ido confirmando estas conclusiones, que ahora se publican como definitivas.
Si esto es así y Toumai era un homínido, nuestra trayectoria en este mundo es mucho más larga de lo que creíamos. Llevamos aquí un millón de años más de lo que pensábamos, y no cabe descartar que haya que volver a retrasar nuestro comienzo según surjan nuevos testigos de la existencia de alguno de nuestros parientes allá en lo más profundo del tiempo. Lo difícil es establecer si a estos homínidos cabe aplicarles ya la condición de seres humanos; en qué momento la evolución natural del hombre acabó con su estado de animal sin conciencia de trascendencia; cuándo y cómo se produjo el paso del puro instinto a la razón y de la fría indiferencia a las emociones. En qué punto lo meramente sensorial se complementó con ese fuego indefinible que arde en nuestro interior y nos convierte en seres únicos e irrepetibles. Ese sería el verdadero comienzo de nuestra vida en el planeta
Mirar hacia atrás en el tiempo nos sirve al menos para pensar que la Historia, es decir, nuestro propio discurrir por este largo sendero que viene de la nada y se pierde en lo más profundo del infinito, no es más que una continuada secuencia de manifestaciones del azar. Incluso nosotros mismos quizá no seamos más que uno de los infinitos acontecimientos probables que pueden producirse en el universo. Porque, ni aun sumando la vida de todos los hombres que han existido, hemos conseguido adquirir alguna certeza definitiva, por pequeña que sea. Estamos con la misma cara de asombro y la misma amarga ignorancia ante el gran misterio, aunque con muchísima más vanidad, que los primeros hombres que contemplaron este mundo y tuvieron que inventarse su propia explicación.

miércoles, 24 de agosto de 2022

La Laguna Negra

Una buena escapada de verano sería aquella que diese placer al cuerpo, desde luego, pero también al espíritu en su búsqueda de ese tiempo feliz que pretendemos vivir. Hay parajes que lo propician simplemente por estar ahí y ser como son, sin añadidos preparados para tratar de captar al turista acomodado. Suelen ser menos frecuentados, pero pueden dar mayores satisfacciones a quien solo  lleve consigo la voluntad de dejarse seducir por lo que encuentre. Escondida entre riscos, dentro del inmenso pinar soriano, a escasa distancia del punto donde nace el Duero, se encuentra la Laguna Negra. Una preciosa ruta serrana nos lleva a ella: Duruelo, donde el río aún no puede llamarse más que en diminutivo; Covaleda; el pequeño y señorial Molinos de Duero; Vinuesa, y luego una larga pendiente plagada de curvas, que el que esto escribe convirtió en protagonista de su novela El viaje más oscuro, lleva hasta un camino que conduce a un gran anfiteatro cercado por agudos picachos rocosos. En el centro, rodeada por una pradera de hierba fina y esponjosa, se encuentra la laguna.
La miras y parece agazaparse. Se aplasta contra el suelo. La hierba verduzca y acolchada de la pradera está muy por encima de ella y, sin embargo, no hay duda de quién es más poderosa. Sus aguas son de color verde negruzco, profundas y reposadas, misteriosas. Incluso en las orillas están tan quietas que produce desazón mirarlas; hay que tirar una piedra y contemplar las ondas para cerciorarse de que no es un cristal, tan inmóvil es. Sólo algún juncal raquítico crece en los bordes, entre guijarros cubiertos de limo negro y viscoso en los que pululan las cochinillas. La pradera termina, por un lado, ante un murallón de rocas cortadas a pico, entre las que crecen pinsapos desperdigados; este murallón rodea casi toda la laguna, como si fuera las primeras gradas del circo. Por el otro lado se abre una pequeña explanada, que constituye el único acceso a la orilla.
Dicen que cada día, cuando los primeros rayos del amanecer comienzan a reflejarse en las cumbres lejanas, la laguna muda su cara, como si quisiera transformarse a toda prisa para que nadie pueda saber de qué siniestras maquinaciones fue cómplice durante la noche, eso escribió un viajero. Porque este es el reino de las leyendas, empezando por la de los hijos parricidas que nos contó Machado. Los lugareños sólo subían allí si tenían que buscar alguna res extraviada, y siempre de día, y, desde luego, ninguno se atrevería a bañarse en la laguna, ni siquiera a acercarse a ella cuando comenzaba a caer el crepúsculo. Se dice que entonces las aguas adquieren un tono negro y que una quietud absoluta se apodera de todo; callan los pájaros, atemorizados; se esconden los lagartos y las culebras, y hasta los insectos enmudecen. Tan sólo se deja oír el silbido del aire, que envuelve la pradera como un largo lamento, como si alguien llamara.

 


miércoles, 17 de agosto de 2022

Apuntes ligeros de verano

No le está faltando de nada a este verano, como no sea confianza en que lo que queda de año lo mejore en todas sus líneas. Se nos han quemado campos y bosques de España y de toda Europa en mayor proporción que otras veces, sin que podamos hacer poco más que lamentarlo. También la sequía es atípica; y el calor, y las medidas del Gobierno para que no podamos combatirlo, y el encarecimiento de las vacaciones, y la escasez de hielo, y la ausencia de corridas en el Bibio, y hasta las desgracias y las anécdotas tienen un tinte propio. Un presidente suramericano desempolva una supuesta espada de Bolívar y la pasea ante los mandatarios que le acompañaban en su toma de posesión, frunciendo el ceño porque el Rey de España no se levantó a su paso. O sea, como si viniera aquí el califa Mustafá ben Halil y le ponemos delante la cruz de Don Pelayo para que le rinda honores. Naturalmente, por estos lares los de siempre se apresuraron a ponerse de parte del bolivariano, faltaría más; sería bueno que alguna vez leyeran una biografía bien documentada del tal don Simón.
En la noche mediterránea la tragedia apareció en forma de un vendaval repentino sobre una playa, que arrasó el tinglado ante el que se apiñaba una multitud de jóvenes para participar en uno de esos festivales de ruido con algo de música que tanto se llevan en las zonas turísticas en verano. Seguramente habría que hablar mucho sobre la seguridad de estos espectáculos y sobre a quién habría que achacar la responsabilidad de los daños, si es que la hay, pero a los que no tenemos las entendederas muy puestas al día nos cuesta un esfuerzo imaginar qué tipo de emoción puede derivarse del hecho de estar en una playa a las cuatro de la mañana, en medio de un rebaño, oyendo música electrónica.
Verano este en el que hasta el paso del tiempo parece haberse vuelto menos inexorable y dispuesto a rebobinarse trayéndonos fotogramas que creíamos perdidos. Del fondo de los pantanos surgen campanarios de iglesias y pueblos sacrificados en su día, cuyos nombres solo están escritos en los mapas del recuerdo de muy pocos. Emergen de un tiempo en que la naturaleza aún era complaciente y consecuente en su conducta y no se había rebelado negándose a darnos lo que acostumbraba. Muros y calles fantasmales que deben a la sequía una vuelta a la luz, que esperamos sea momentánea. Más de una nostalgia se habrá agitado ante la imagen recobrada del escenario de una infancia lejana. También la Historia se resiste a olvidar sus viejas fotografías en color sepia y nos las pone delante de vez en cuando.

miércoles, 10 de agosto de 2022

A oscuras

Nos espera un tiempo de noche oscura, y no del alma, sino de la ciudad. Lo ha decretado el Gobierno afilando los lápices para imponer multas de hasta no sé cuantos miles de euros a quien se le ocurra encender una luz que no deba o saltarse los límites de temperatura ordenados. Hay que ahorrar energía, nos dice el presidente con tono de maestro de novicios mientras manda a Bautista que prepare el Súper Puma para recorrer veinticinco kilómetros. O sea que, al menos de momento, se acabaron las noches de blanco satén y aprenderemos a ver las fachadas y escaparates de nuestras calles solo con el recuerdo que nos quede de cuando les daba la luz del día. La vida nocturna tendrá el encanto de la penumbra y un atractivo nuevo para el que quiera pasar más desapercibido por las calles. En fin, al menos servirá para hacernos una idea de cómo vivían en la Edad Media.
Nos repitieron una y otra vez que, por mucho que Putin nos quisiera hacer la gran faena cerrando la llave de paso, nosotros no tendríamos problema de restricciones energéticas gracias a nuestras estratégicas alianzas internacionales, a nuestras plantas regasificadoras y a la acertada y diversificada selección de proveedores, y resulta que estamos como todos, forzados a reducir nuestra calidad de vida, obligados a acostumbrarnos a la oscuridad de nuestras ciudades, controlando el termostato en el verano y mirando de reojo el próximo invierno por si le da por ser de los crudos. Mientras tanto nos dedicamos a deshacer lo que teníamos y a cerrar puertas sin abrir otras. Tanto empeño en hacernos creer que somos nosotros los responsables del calentamiento global de la Tierra, como si fuese la primera vez que se produce un cambio climático en la historia de nuestro planeta, nos ha llevado a un radicalismo ecologista que se vuelve contra nosotros. Se están desmantelando las centrales térmicas, se ha convertido en herejía hablar bien del carbón y no digamos de las nucleares, y solo queda encomendarse al agua, el viento y el sol, porque el gas depende del vaivén político y este es tan inestable como las mentes de quienes lo agitan.
Entre tanto, mientras pasa la tormenta y procuramos acostumbrarnos a estas nuevas restricciones, viene bien hacer nuestra literalmente aquella hermosa frase: tras las tinieblas espero la luz, que es el lema que figura, solo que en latín, en la portada de la primera edición del Quijote. Pues eso; a pesar de todo vamos a confiar en que después que pasen la pandemia, la guerra, la crisis, la sequía y todo lo que se arremolina en este momento sobre nosotros, el mundo sea de verdad más luminoso.

miércoles, 3 de agosto de 2022

Impuestos y corbatas

No sé por qué hay tantos que se quejan de este Gobierno, si es un primor de creatividad a la hora de encontrar remedios para llenar la faltriquera pública. Claro que lo es mucho más a la hora de vaciarla, pero hay que reconocerle la originalidad de la última idea puesta en marcha: subir impuestos. De momento solo a las empresas que hayan ido bien en cuestión de ganancias, en concreto a las energéticas y las financieras. Es imaginativo este Gobierno, hay que admitirlo. De un solo golpe, pone en la picota a las empresas que ganan dinero, las señala ante la sociedad, ahuyenta la inversión y queda él mismo en evidencia al dejar más a la vista el despilfarro que practica. Y además hace verdad aquello de que una multa es un impuesto por hacer las cosas mal y un impuesto es una multa por hacerlas bien.
Desde luego, ni las eléctricas ni los bancos van a encontrar entre los ciudadanos muchas voces que se alcen en su favor, las dos figuran en la parte alta de la lista de sus antipatías, y hasta seguramente muchos verán con una sonrisa retorcida que les pongan cualquier tributo sin que importe el pretexto, pero probablemente agradeceríamos más que les bajasen a esas empresas las cargas fiscales sobre sus beneficios y las obligasen a bajarnos a nosotros sus facturas. Bien es verdad que al menos los bancos se merecen de sobra este impuesto y varios pescozones más por su avaricia, su prepotencia y su falta de consideración con sus clientes, pero como sabemos que dominan el difícil arte de no perder nunca, mucho nos tememos que todo revierta sobre nuestras cuentas, y encima con creces, por más que la ministra de turno ponga la carita de los domingos prometiendo lo contrario.
Pero estábamos en que este Gobierno es una fecunda fábrica de ideas con las que dar soluciones a los problemas que nos atosigan. Por ejemplo, el del cambio climático, del que tanto nos hablan los medios hasta inculcarnos la sensación de que a este planeta le quedan cuatro días, podría aliviarse quitándonos la corbata. Barata sí que es esta idea, y hasta puede que funcione, quién sabe, aunque nadie explicó qué tiene que ver el deshielo del permafrost siberiano con que uno se ajuste un nudo de tela al cuello para sentirse más elegante. Más bien cabe creer que por muy descorbatados que nos quedemos, ningún glaciar de la Antártida va a darse por enterado ni ningún termómetro va a dejar de subir lo que tenga que subir. A lo mejor es que se trata de presentar la corbata como un símbolo de la lucha contra el cambio climático, como antes lo fue de la lucha social. O sea, una memez más en este tiempo de memeces.

miércoles, 27 de julio de 2022

El verano que nos puso a prueba

Qué verano, amigo. No ha permanecido nada reposando en su sitio tranquilamente sin que haya alzado el dedo y haya hecho acto de presencia en el discurrir diario de nuestras vidas. Todo ha venido a la vez, como si se hubieran puesto de acuerdo todos los genios del mal que pudieran causarnos algún daño. No hay mañana en que alguna línea del periódico o una frase de los informativos nos traigan un hilo de esperanza, ni siquiera una palabra de luz a la que poder acogerse, aunque sea a costa de engañarse a sí mismo en un exceso de ingenuidad. Huir de los telediarios se está convirtiendo en una cuestión terapéutica. Caen en cascada las noticias que nos encogen el aliento y nos debilitan la fe en el futuro más inmediato: las irremediables, que tienen un origen ajeno a nosotros, y las que nacen en el seno de las ambiciones políticas y económicas de los que mandan. Y todas nos dejan el ánimo por los suelos, porque ni ante unas ni ante las otras podemos hacer nada desde nuestro sitio en el mundo.
Pocas veces hemos tenido ante nosotros en un mismo tiempo un panorama tan desalentador y con ingredientes tan diversos: una ola de calor infernal que nos abrasa, bosques y campos incendiados, una guerra que sigue sin horizonte alguno de paz, el virus que no muere, una inflación disparada, el precio de la energía por las nubes con aviso de un próximo invierno con restricciones, la cesta de la compra diaria cada vez más difícil de llenar, una seria amenaza de recesión, un nuevo impuesto a los beneficios empresariales que pone en riesgo las inversiones y que terminaremos pagando nosotros, un Gobierno desorientado, de principios grouchistas, capaz de pactar con el diablo con tal de seguir en el poder. No hay sitio donde mirar que no nos muestre la cara de algún motivo de preocupación.
Pero también es en estos momentos en que todo parece conjurarse contra nosotros cuando cobran fuerza los impulsos más nobles del ser humano, esos que permanecen escondidos durante los tiempos de bonanza bajo la capa de la rutina y que en los momentos de zozobra siempre salen a la luz: valor, heroísmo, generosidad, entrega. Si en los días duros de la pandemia los héroes fueron los sanitarios que arriesgaron su salud y su vida tratando de salvar las nuestras, ahora con los incendios, como poco antes con el volcán, lo son los bomberos, las fuerzas de seguridad, los militares y los voluntarios. Y en la guerra de Ucrania hasta el más humilde campesino que intenta poner a salvo a su familia. Por suerte siempre tenemos a quien admirar.

miércoles, 20 de julio de 2022

El monte en llamas

Sin que sepa muy bien por qué, el que esto escribe siempre ha tenido una indefinible querencia hacia ese paisaje de montañas y valles que se extiende por las provincias de Salamanca y Cáceres. Quizá sea por sus recuerdos o por el interés objetivo de su naturaleza y su historia o por todo ello y más, el caso es que hay pocos años que no caiga por allí para terminar conociéndolo del todo y haciéndose cada vez un poco más amigo de él. Desde La Alberca, por el puerto del Portillo, una carretera hecha de curvas imposibles que casi tocan sus extremos desciende hasta el valle de Las Batuecas. Valle misterioso, silencioso, profundo, primitivo, en cuyo centro, invisible desde la carretera, se encuentra un monasterio carmelita que no se puede visitar, y, cerca, la cascada del Chorro, en un entorno de naturaleza casi irreal. Tras la retorcida carretera, la llegada a Las Mestas, ya en tierras de Las Hurdes, viene a tener algo de alivio, aunque puede que también de rompimiento de un hechizo; todo depende del espíritu que alimente al viajero. En Las Mestas puede el visitante tomarse un ciripolen en el bar de don Cirilo, un peculiar personaje que en los años 90 inventó esta bebida, basada en productos apícolas, y lo hizo famoso como un afrodisíaco natural.
Y aquel otoño en Monfragüe, junto a un mirador sobre el Tajo, al lado de una gran roca de forma lejanamente humana, cerca de un lugar que llaman el Salto del Gitano. Las aguas del río, remansadas por los embalses cercanos, reflejaban en su tono azul el verdor de las boscosas laderas. Todo estaba quieto; un paisaje congelado, en el que sólo los buitres parecían tener licencia para moverse. Comenzaba a anochecer. El silencio sólo era roto por alguna cigarra retardada, mientras las sombras caían y todo iba quedando envuelto en la oscuridad más absoluta. De pronto, de lo más hondo de la espesura surgió un bramido tremendo, que inmediatamente fue contestado por otro más lejano. En un momento la sierra entera retumbaba con multitud de roncas llamadas, que el eco se encargaba de multiplicar. Un momento sobrecogedor, al que uno asistía con la respiración contenida por temor a romperlo. Era la berrea de los ciervos, la manifestación de su celo, uno de esos espectáculos que la naturaleza nos brinda desinteresadamente, sin más trabajo por nuestra parte que el de estar allí a finales de cada septiembre.
Hoy veo por televisión cómo las llamas destruyen estos dos parajes y se me atropellan por dentro las palabras sin que acierten a salir más que dos, repetidas una y otra vez: qué pena.

miércoles, 13 de julio de 2022

Difícil de olvidar

Parece que fue ayer mismo y se cumple ya un cuarto de siglo. Cuánto tiempo puede llegar a permanecer el impacto de un dolor en la memoria sin que se debilite la intensidad de su primer día y sin que haga el menor ademán de retirarse hacia el olvido. Los que contamos ya más de cuarenta años tenemos muy clavado en lo más sensible de ese lugar donde se almacenan los recuerdos que sobrevivirán para siempre al tiempo, el de aquellos dos días de julio en que España entera se detuvo atónita, con la mirada vuelta hacia un oscuro pueblo vasco del que pocos habían oído hablar. Los terroristas etarras habían secuestrado a un concejal desconocido, un chico de veintinueve años, y amenazaban al Gobierno con matarlo si no accedía a sus peticiones sobre el acercamiento de sus presos en un plazo de dos días. Fueron cuarenta y ocho horas de pesadilla, una agonía vivida en directo, minuto a minuto, sabiendo que el Gobierno no podía ceder y que solo quedaba la debilísima esperanza de que algún golpe de suerte permitiera hallar una pista por la que poder encontrarlo, porque ninguna otra clase de esperanza era posible teniendo en cuenta las manos en que estaba. Cumplido el plazo, todos contuvimos la respiración, quizá en el fondo a la espera inconsciente de un milagro, pero los asesinos cumplieron su siniestra promesa con dos tiros en la cabeza del joven concejal. Todo el país enmudeció.
Seguramente ni los propios asesinos pudieron imaginar el impacto de aquel crimen. Pronto una ola de indignación se extendió por toda España. Los sentimientos de repulsa hacia la banda asesina rompieron toda inhibición y las ciudades se llenaron de muchedumbres que se manifestaban levantando las manos teñidas de blanco frente a quienes las tenían rojas de sangre. Fue una conmoción que cambió las conciencias de muchos vascos obligándoles a abandonar el cómodo refugio de la indiferencia. Nació un nuevo espíritu, que tomó el nombre del pueblo, mezcla de ya está bien, de hartazgo y grito de una sociedad hastiada y de válvula de escape de tanta presión acumulada durante años, que creó y dio vigor a la determinación de enfrentarse sin complejos a los terroristas. Nada fue igual desde entonces.
Aquel crimen habría de ser uno más de la infame y extensa lista de los etarras, llamado, como tantos otros, a pasar desapercibido o a ser pronto olvidado. La víctima no era ni la más destacada políticamente ni la más influyente ni la más conocida; era un simple concejal de un pueblo, a quien le gustaba tocar la batería. Nunca pudo sospechar que le tocaba convertirse en un símbolo.

miércoles, 6 de julio de 2022

Después de la cumbre

Difuminadas ya las imágenes de la reunión de los mandamases del mundo libre en Madrid, la actualidad vuelve a su cauce con las inquietudes y los protagonistas de siempre. Han sido unos días de expectación y en ocasiones de espectáculo, entre la curiosidad por las formas y el interés por el contenido. Luego fue la hora de los comentarios y opiniones de la infinita legión de expertos que nos iluminaron con sus análisis, desde el la necesidad de decidir una nueva geoestrategia militar en tierras europeas hasta el trascendental acontecimiento de comprar unas alpargatas. Fueron muchos los que se ocuparon de todo ello con dedicación, como pudo verse a diario en las mil tertulias que llenaron las pantallas y las páginas de los medios. La actualidad es lo que tiene: es una fuente de energía perpetua y renovable que jamás corre el riesgo de agotarse.
Lo cierto es que todo salió bien. La reunión fue un éxito y hasta los negacionistas habituales, esos que nunca ven nada bueno en lo nuestro, han tenido que descender hasta detalles ínfimos para encontrar algo con que satisfacer su permanente afán de crítica negativa. De los acuerdos de la cumbre no cabe hacer muchos juicios valorativos si no se conocen los entresijos de la política internacional. El tiempo dirá si sus consecuencias contribuyeron a mejorar la situación de tensión actual, pero lo que sí puede decirse con seguridad es que ha servido para revitalizar nuestra imagen de nación de gran densidad histórica y cultural, que siempre fue potente, pero que andaba últimamente adormecida a causa, en gran parte, de nuestra habitual costumbre de asentir y dar la razón a todo el que hable mal de nosotros. Esta vez los escenarios opinaron por sí solos: las majestuosas salas de palacios, el teatro Real y el inigualable espacio del Museo del Prado, pero también la gastronomía, el protocolo y la seguridad y el orden en las calles, tan alejado de lo que se acostumbra a ver en Davos o París, por ejemplo.
Claro que, desde una maravillosa mirada utópica, lo ideal sería que ni esta ni ninguna reunión de este tipo fuera necesaria. Cualquier organización defensiva es la respuesta al miedo que la humanidad se tiene a sí misma, incapaz de vivir toda ella bajo unos principios comunes, por elementales que fuesen, y necesitada de asociarse con los más afines para defender su seguridad. Más o menos como se ve en la naturaleza. Aquí la soledad es signo de debilidad. Ya lo dejó dicho Churchill: No es bueno discutir con los aliados, pero es peor no tener aliados con los que discutir.

miércoles, 29 de junio de 2022

La economía, ese misterio

Por más que lo intento he de confesar que no me siento capaz de comprender ni una sola explicación en el campo de la economía. De la gran economía, se entiende, porque la mía la puedo llevar contando con los dedos. Ya me he rendido. Siempre que sale por la tele algún experto a hablarnos de la situación económica, o sea todos los días, me quedo con la convicción de que debo de ser un perfecto ceporro, incapaz de encontrar un significado que arroje alguna luz sobre mi ignorancia. Y eso que yo creo que no me hago preguntas difíciles; más bien concretas. Por ejemplo, por qué suben los precios. Estamos al borde de una recesión, según los que saben de esto; los indicadores no son propicios; hay temor en los gobiernos y más aún en el pueblo llano, sí, pero sigue en pie la pregunta: por qué de pronto suben a la vez los precios de todos los productos y en todos los lugares; quién dicta las leyes que lo rigen; de dónde salen las decisiones que lo determinan; qué tiene que ver que Putin haya bombardeado Lisichansk con que el frutero de mi barrio haya subido el melón a cuatro euros el kilo. El experto de turno ajusta sus gafas, si es político hace las pausas que saben hacer los políticos, y nos lo explica desde su altura de economista doctorado: el comportamiento de los grupos sociales en relación con los factores monetarios está regido por sus expectativas y puede suscitar un proceso acumulativo de elevación de precios que se autoalimenta mediante diversos resortes. Diáfano y convincente. O sea, que sabe lo mismo que yo: nada. Ya lo dijo alguien: un economista es un experto que sabrá mañana por qué las cosas que predijo ayer no han sucedido hoy.
Por lo visto, la verdadera sabiduría consiste en complicarlo todo hasta que ni nosotros mismos podamos entenderlo. Cree uno que la actividad económica se basa en última instancia en vender lo que se produce y comprar lo que se necesita, pero no, qué va. Armado sólo con tan escaso bagaje no se puede ir muy lejos ni pretender lecturas que nos aclaren las cosas; ahí están esperando los guardianes del misterio en forma de sintaxis y semántica: la aplicación del término sostenible desde el sujeto hasta el último complemento circunstancial, la prima de riesgo, las criptomonedas, Keynes y Friedman, la inflación, la deflación, la estanflación y la reduflación, miren, esto sí lo entiendo: era lo que hacía el tendero de la rue del Percebe: vender kilos de ochocientos gramos. Total, que llegué a la conclusión de que lo mejor es no hacer caso a nadie. No hay quien sepa poner remedio a lo del melón.

miércoles, 22 de junio de 2022

Jaén, la callada

 
Dicen de Jaén que es la provincia menos andaluza de todas, a medias entre la seriedad castellana y la querencia meridional. Tierra de presencia humilde, sin el relumbrón de sus hermanas Granada, Córdoba o Sevilla, y sin embargo, a uno le parece la más entrañable de todas, quizá por sencilla, quizá por su capacidad para sorprender. A medida que uno deja atrás las curvas de Despeñaperros ya comienzan las retinas a acostumbrarse a una sucesión infinita de puntitos oscuros que todo lo inundan; son olivos. Dicen los que saben de esto que Jaén es la provincia de España y del mundo que más olivos tiene y más aceite produce, y cómo no va a creerlo uno si aquí no se ve otra cosa. Ni las pomaradas de Asturias, ni los encinares extremeños, ni los pinares de Guadarrama, ni los naranjales levantinos alcanzan a desbordar la mirada del viajero como lo hace este olivar. Tampoco su importancia económica, lo que tiene aún más trascendencia.
Apenas pasada Sierra Morena, en La Carolina, aún puede admirarse el resultado del ambicioso intento de solución que dieron los ilustrados de Carlos III al viejo problema de la España vacía; un recital de urbanismo avanzado: plano en cuadrícula, con calles axiales que facilitaban los movimientos y las perspectivas, plazas circulares y rectangulares sabiamente distribuidas, fachadas uniformes, con jardines delanteros, orden y racionalidad, mientras se creaban fábricas y se atraían inversiones para el relanzamiento de la actividad minera.
Muy cerca, un rótulo y un monumento alertan los escondidos recuerdos de pupitre: Las Navas de Tolosa. Y poco más allá, Bailén. Son dos de esos nombres prendidos a nuestra infancia, por lo menos a la infancia de la generación del que esto escribe, que ahora no sé. Algo deberán de tener estos campos para haber sido escenario de las dos batallas más famosas de una larga historia cargada de batallas. En el escudo de Bailén figura un cántaro agujereado como homenaje a las aguadoras, encabezadas por María Bellido, que aliviaron la sed de los soldados españoles durante la batalla en aquella tórrida mañana de julio.
Sigue el olivar infinito. Se suceden lomas y valles amplios, todo olivos. Se ve a la derecha, sobre una colina, Mengíbar, con su torreón destacando sobre el caserío. Por la vega corre el Guadalquivir como un actor indiferente a todo, sin saber que su paisaje está unido a momentos, tan lejanos como decisivos, en la vida de este viajero. Marmolejo sigue ofreciendo salud y descanso en su célebre balneario de aguas termales, el mismo en que Palacio Valdés sitúa los amores, nada sacrílegos, de la hermana San Sulpicio. Baeza y Úbeda se ofrecen como un regalo sorpresa a los viajeros desprevenidos que no esperan hallar allí dos esencias del Renacimiento español. Y al fondo, el verde intenso de la sierra de Cazorla, donde el Guadalquivir se prepara para cumplir su función de gran rey de Andalucía.

miércoles, 15 de junio de 2022

Verano caliente

Casi sin transición y sin avisos, ya tenemos otra vez ahí el verano. Si es que parece que el anterior se fue hace nada; hay que ver qué tópico más manido ese de lo rápido que pasa el tiempo y lo cierto que es. Viene con ganas; todavía no ha llegado el solsticio y ya está achicharrando la mayor parte de la península con ese calor apabullante que nos envían cada año desde tierras africanas, y así todo, su imagen inconfundible nos tiene dominados los deseos y fijadas las añoranzas. Parece traernos un ansia irresistible por absorber la vida en este paréntesis que el año nos brinda, casi como si fuera cada vez algo a estrenar. Se acumulan los pretextos para el desahogo. Mente y cuerpo nos reclaman la luz y el aire libre, como si no fueran capaces de soportar el resto del año sin una inmersión temporal en ellos. Sentimos necesidades que sólo el eterno vaivén de esta bola que nos acoge puede satisfacer, como si la mecánica celeste tuviera un corazón que comprendiera nuestros afanes. Esa es nuestra condición: la de ser pequeña mota que se tiene que dejar llevar, porque toda esa plenitud de vida que nos invade en verano, la alegría de las madrugadas tempranas y claras, la serenidad que desprenden esas tardes largas y mansas, el inquieto bullir de nuestro espíritu o el deslizamiento hacia un sentimiento de renovado optimismo que nos tiende a afectar en estos días, todo eso no es, en definitiva, más que una simple consecuencia de la inclinación del eje de
la Tierra. Menos mal que nadie tiene el poder de enderezarlo.
También la intensidad informativa parece haberse contagiado estos días del efecto del calendario. Arde la política exterior de nuestro país, sobre todo en sus flancos más sensibles, y de paso nos deja la economía tiritando, asomada al borde de una grave crisis, con una alocada subida de precios, una deuda por las nubes, una inflación descontrolada y una amenaza de escasez de energía como fruto de una inexplicable decisión con relación a uno de nuestros vecinos; este Gobierno ya ha demostrado muchas veces que es especialista en crear conflictos donde no los hay sin nada que ganar a cambio.
No está el verano para muchos despilfarros viajeros, justamente cuando más necesitábamos vivir intensamente ese tiempo de desinhibiciones y sentirnos con una actitud renovada ante el paisaje de cada mañana después de dos años de tener que imaginarlo desde casa. Pero tratemos de no pensar demasiado y ser cigarras por un momento, que ya se encargarán desde arriba todos los días de amargar el tono de nuestro canto.

miércoles, 8 de junio de 2022

Reflexión en la tarde

Estaba la tarde cargada de melancolía, con el último rayo de sol cayendo sobre el amplio paisaje de campos y colinas, que comenzaban a teñirse de un tono dorado. Era muy fácil dejarse empapar por una maravillosa sensación de serena plenitud, como si de pronto todo hubiera adquirido un sentido nuevo. Un sentimiento de infinita paz, mezclado con el de solidaridad con todo lo creado, se imponía sobre todos los demás. Un sentimiento que remitía, más que ningún otro, a la misteriosa esencia del origen de todos ellos.
Bien mirado, si nos proponemos encontrar una razón de ser de todo lo que configura la parte inmaterial del ser humano que nos resulte entendible y ajustada a la lógica, estorban los sentimientos. No se les encuentra encaje en ningún plan. Son una excepción que impide dar carpetazo al concepto de una creación igualitaria y adscrita a un propósito puramente material. Si no fuese porque tenemos sentimientos todo tendría una explicación más asumible; seríamos una especie animal más. Sólo nos distinguiríamos de las otras por un mayor desarrollo cerebral: una mayor inteligencia, mayor capacidad de memoria, instintos más desarrollados, más aptitudes creativas, pero todo dentro del reino animal. Seríamos unos ejemplares con mayores atributos intelectuales y mejor situados para la lucha por la supervivencia; nada más. Pero la presencia de sentimientos dentro de nosotros nos plantea una exigencia de explicación metafísica que no se satisface con ningún auxilio de la ley natural. Todos esos sentimientos que constituyen nuestro mundo interior, que dominan nuestra vida y nos la hacen vivir con un carácter propio, que motivan y condicionan todos nuestros actos y afectos, que nos hacen sufrir y gozar; esos sentimientos de amor, de perdón, de compasión, de frustración, de odio, de miedo, de añoranza, de agradecimiento, de vergüenza, de arrepentimiento, de culpa, de responsabilidad, de admiración, ¿por qué están únicamente en nosotros? ¿De dónde proceden? ¿Qué finalidad tienen?
Somos parte de un enigma y en él hemos de desenvolvernos a ciegas. Estamos hechos de misterios que nos impiden entender nuestra condición existencial en toda su plenitud, porque la ciencia aún no puede explicarlos y la fe solo ayuda a sus elegidos. Nuestros sentimientos son nuestro mayor tesoro. A menudo no resultan fáciles de compartir, sobre todo los más intensos, y se quedan para siempre en lo más hondo de nuestro interior, allí donde nacieron, pero cuando los buenos se proyectan hacia fuera, llevan consigo un germen de felicidad para los demás.

miércoles, 1 de junio de 2022

Muerte en la escuela

Por lejos que nos quede, nos encoge el ánimo la terrible matanza de Uvalde, un pueblo de Texas de esos en los que nunca pasa nada como no sea la vida con su cara más anónima. La noticia es de una sencillez que da escalofríos: un chico de dieciocho años entra en una escuela con un fusil y asesina a 21 personas, entre ellas a 19 niños. A pesar de la estudiada asepsia informativa con que todos los medios suelen tratar estos hechos, huyendo de planos truculentos y de cualquier asomo de contemplación morbosa, resulta difícil no imaginar el pavor que se vivió en aquella aula y la rabia, la impotencia y el dolor infinito de quienes han visto cómo sus niños eran asesinados de la forma más incomprensible. El horror tiene un asiento permanente en nuestros rincones más escondidos; es un huésped duradero de la memoria; cuesta mucho arrancarlo de allí donde se ha grabado. Solo el tiempo puede si acaso debilitar su recuerdo, pero cuesta confiar en él a tan largo plazo.
Se han hecho todos los análisis posibles, incluyendo los de salón y tertulia barata, pero no es fácil dar valor a las explicaciones que tratan de ser racionales cuando los sentimientos se encuentran afectados hasta el espanto y las consideraciones que uno puede hacerse sin gran esfuerzo indican que se trata de algo que va mucho más allá de la simple circunstancia, por atroz que sea. En Estados Unidos todo el mundo puede llevar armas. Está escrito en su Constitución y no hay forma de cambiarlo por muchas encuestas y presidentes que se muestren favorables a ello; de hecho es el país del mundo donde hay más armas en manos de particulares. Hay quien piensa que este derecho consuetudinario tiene que ver con la violencia en que se fue desarrollando el país desde su origen y que se ha ido configurando hasta constituir una poderosa organización, la Asociación Nacional del Rifle, que es hoy un potente grupo de presión y el brazo político de la industria armamentística. Lo que en nuestros desarmados países nadie puede entender es la práctica ausencia de filtros a la hora de controlar en qué manos caen. Como en otras matanzas semejantes, el autor de esta era un joven desequilibrado, aunque seguramente hay que pensar que su sociedad está tan enferma como él.
La vida es un azar en el que apostamos todos, pero esta vez las bolas las lanzaron unas malditas manos asesinas y fueron a señalar a diecinueve seres que no tenían más propósito en aquella mañana, desde sus pocos años, que el de prepararse para enfrentarse al futuro, y a otras dos que estaban allí para ayudarles a ello.

miércoles, 25 de mayo de 2022

Las vacas de Leoncio

Me invitó a su casa después de estar un buen rato charlando delante de una botella de sidra. Había sido un encuentro puramente ocasional; no nos conocíamos de nada, pero primero un saludo de cortesía, una respuesta amable y pronto una conversación y una invitación a seguir hablando en su casa.
Al pueblo de Leoncio hay que llegar por una carretera que va bordeando prados en una sucesión continua de curvas. La casa tiene una pequeña antojana con suelo de llábanes y un porche ennegrecido donde cuelga un montón de cosas. La cocina es una mezcla práctica de tradición y puesta al día. En el viejo llar hay ahora una vitrocerámica; sobre la antigua masera un televisor; de la sardera cuelgan embutidos con etiquetas de lejanas fábricas. Duermen en el solláu su sueño definitivo el trébede y las calamiyeres de los abuelos, esperando quizá el beso de algún coleccionista que venga a despertarlos. En el techo, tanto la viga cumbrera como las tercias son hermosas piezas de roble que el visitante admira sin disimulo. Las ventanas de atrás se abren a una huerta y luego al valle, un valle largo y verde, abarcable desde la eterna querencia escondida en nosotros mismos, pero voluble y cambiante en sombras y colores. A un lado de la casa hay un maizal; al otro, la panera. En la cuadra hay tres vacas que apenas vuelven la cabeza cuando Leoncio abre la puerta.
Leoncio se levanta muy temprano, a las seis, cuando los montes comienzan a perder su olor a noche y las lechuzas retardadas sienten en sus ojos la herida de la luz primera. Baja a catar y a dar la primera ración a las vacas. Al mediodía hay que volver a llenar la cebadera con segadura y, si hay alguna vaca parida, ordeñar de nuevo. Luego, a media tarde, otra vez a segar, limpiar un poco por allí y hacer algo en la huerta. A veces, pocas, se tercia alguna que otra partida en el chigre de la carretera; otras, casi todas, sube para terminar de atender a las vacas, ordeñar y preparar algo de cena. Cuando Leoncio se acuesta aún canta en su cueva el último grillo.
Leoncio mima a sus vacas; les habla, las cepilla con cuidado, no hay vez que pase junto a ellas sin acariciarles el lomo.
-Entre las tres vienen a dar unos cuarenta litros de leche. Y luego siempre hay alguna que otra cría. Uno más o menos iba apañándose, pero ahora... Entre la subida de los piensos y de todos los costes y la amenaza de cierre de las industrias lácteas, veo muy negro el futuro. Encima, tenemos al botarate ese de ministro de Consumo haciendo campaña contra la carne y la leche. No sé, no sé...

miércoles, 18 de mayo de 2022

Noticia del universo

 La actualidad viene a ser una mezcla de noticias sin más puntos de unión entre sí que su simultaneidad. Tristes, alegres, curiosas o indiferentes, pero casi siempre las que más nos afectan porque son las más cercanas y las que más influyen en nuestra vida diaria. Las que estos días encuentra uno al abrir un periódico o en los titulares de cualquier informativo tienen en su mayoría el sonsonete de lo acostumbrado, como si el mismo guion se repitiese sin cansarse: la imparable subida de precios, la penosa lucha del Gobierno por mantenerse en el poder a cambio de lo que sea, las ocurrencias de algunas ministras, el permanente chantaje de los nacionalistas, el miedo al covid que aún nos amenaza con una nueva ola y, como triste novedad, la guerra en Ucrania y los desastres que está produciendo. Todas nos tocan; de todas nos hacen partícipes, querámoslo o no, aunque solo sea porque hemos de sufrir sus consecuencias, y en este mundo, cada vez más convertido en un patio de vecindad, todas terminan por resultarnos más o menos cercanas. Quizá por eso pasan casi inadvertidas las que se refieren literalmente a otros mundos que, pese a ser una absoluta realidad, se nos aparecen más bien como pertenecientes al terreno de la abstracción.
Un grupo de astrónomos ha confirmado lo que ya se sospechaba: que en el centro de nuestra galaxia hay un agujero negro. Está a 26.000 años luz de nosotros y tiene una masa cuatro millones de veces mayor que el sol. Los científicos dan datos sobre su morfología, lo comparan con el otro agujero negro que se conoce en otra galaxia, explican que concuerda con la teoría de la relatividad y establecen conclusiones que habrán de ayudar a los astrofísicos del futuro a comprender uno de los grandes enigmas del universo. Pero para la mayoría de nosotros eso es un lenguaje sin apenas significado. Uno prefiere hacer una lectura más próxima a sus sentimientos y más reconfortante. Ver en ello un buen pretexto para ser conscientes de la insignificancia de todo lo que nos rodea, pero también para sentirnos participes de un proceso común que se inserta en una unicidad absoluta de origen y destino. Porque somos literalmente materia estelar. Todos los pedazos de materia sólida que existen en el universo son residuos del largo proceso de formación y extinción de las estrellas hasta su conversión en agujeros negros. Este ser que vive y ama y se preocupa por el mañana de cada hoy y ese que está leyendo esto, son polvo de estrellas. Las instancias a quien poder acudir en busca de aclaraciones están ocultas, pero al menos tenemos la certeza de saber que existe un punto absoluto y común.

miércoles, 11 de mayo de 2022

Nuevos métodos, mismas barbaridades

Como todas las guerras que ha habido, esta de Ucrania también aportará alguna nueva página a los tratados que han estudiado las técnicas, los medios, las justificaciones y las diversas formas de matarse entre sí que ha practicado nuestra especie desde siempre. Aunque no sea más que por tratarse de una guerra del siglo XXI, ya añade unos cuantos capítulos a todo lo que se ha escrito y teorizado hasta ahora sobre los modos de vencer al enemigo. Esta es una guerra en la que los valores tradicionales militares han perdido brillo en favor de lo que se origina más allá del campo de batalla, en los laboratorios y en los centros de investigación y aplicación de las nuevas técnicas que han cambiado el mundo en los últimos años. Una guerra cibernética, que nos trae modos nuevos, capaces de aplicar fuerzas y desencadenar efectos también nuevos: misiles que pueden destruir una ciudad situada a 8.000 kilómetros de distancia, identificación de imágenes por inteligencia artificial, vehículos con cámaras que detectan la presencia de soldados armados, drones capaces de elegir y aniquilar con total precisión objetivos muy concretos. Los teóricos del futuro tendrán que olvidar muchos capítulos de todo lo que se ha escrito sobre el mal llamado arte de la guerra y ponerse en el lugar de quienes asistieron, por ejemplo, a la aparición de las armas de fuego.
Siempre ha sorprendido el desajuste evolutivo que se aprecia en nuestra condición de seres pensantes. Viene bien recordar las reflexiones de aquel inconformista que fue Arthur Koestler sobre la tremenda disparidad entre el crecimiento de la ciencia y la conducta ética del hombre: “Hay una diferencia impresionante entre el poder del intelecto humano aplicado al dominio del medio y su incapacidad para mantener relaciones armoniosas dentro de la familia, la nación y la especie. Hace unos 2.500 años los griegos se embarcaron en la aventura científica que nos llevó a la luna, lo que constituye una impresionante curva de crecimiento. En aquel siglo VI a. C. surgieron el taoísmo, el budismo y el confucianismo; en el siglo XX, el nazismo, el fascismo y el comunismo”. Y Bertalanffy lo apoya: “Es dudoso que los modernos métodos de guerra sean preferibles a las piedras con que los hombres de Neandertal rompían la cabeza a sus congéneres. Es evidente que las normas morales de Buda y Lao-Tsé no eran inferiores a las nuestras. En lo científico, nuestra corteza cerebral nos llevó desde el hacha de piedra a la bomba atómica, y de la mitología primitiva a la teoría cuántica”. Y en lo moral –cabe añadir- de Atila a Putin, o sea, ningún avance.

miércoles, 4 de mayo de 2022

Treinta años después

En diciembre de 1991 la URSS hizo al mundo un magnífico regalo: desaparecer. Dimitió Gorbachov y en el inmenso estado soviético comenzaron a desgajarse sus repúblicas, algunas de las cuales se declararon soberanas y otras se constituyeron en una unión poco definida y menos esperanzadora en sus resultados: la Confederación de Estados Independientes. Una de ellas, Georgia, se hundió en una guerra civil, y el resto en la indecisión. En Moscú, la vieja bandera tricolor fue izada en lo alto del Kremlim en sustitución de la roja de la hoz y el martillo, arriada en presencia del mundo entero. En Occidente lo que más preocupaba era lo que podía suceder con el enorme potencial militar del antiguo oso soviético, especialmente el arsenal nuclear, disperso por varias repúblicas. Y algo aún más grave: qué pasaría con sus científicos, que, según se decía, habían recibido sustanciosas ofertas de gobernantes extranjeros no muy recomendables.
Lo que vino después es de todos conocido y puede resumirse con palabras llanas. Más o menos esto: el experimento se había acabado. Ahora, de los dos mundos sólo quedaba el que confía en la iniciativa personal del ser humano. Los millones de muertos, el terror policial, los campos de trabajo, el dolor y la resignación de tantos, los fugitivos asesinados en el muro, los silenciados en Siberia, el gulag y el holodomor, todo para que ahora estos países se encontrasen con que llevaban 70 años de retraso respecto a los que permanecieron en la “podrida democracia burguesa”. El comunismo fue la ilusión de muchos, esperanzados porque quizá fuera posible la plasmación material de las ideas de Marx y del ortodoxo luterano Engels. Fue luego el final de millones de personas, sacrificadas en aras del dios Estado, y terminó siendo odiado por todos, excepto por los que estaban bien instalados en la nomenklatura, y por los progres, intelectualoides y figurantes de Occidente, que cantaban sus excelencias desde el sofá de su casa. Ahora no era más que una inmensa ruina.
El mayor problema con que se encontraron los supervivientes fue el de rearmarse. Nada menos que el de hallar unos sentimientos nuevos que llenasen sus inquietudes, después de que sistemáticamente se les hubieran destruido. Este rearme espiritual era la base previa para cualquier evolución de la nueva sociedad, pero no era fácil, porque por primera vez nos hallábamos ante una enorme masa totalmente desorientada y desposeída de todos sus valores, y con la acuciante necesidad de volverse hacia algo que supliera ese vacío. ¿Hacia dónde quieren llevar a Rusia los que ocupan ahora el Kremlin? No se sabe. Churchill ya la definió con una de esas frases suyas: Rusia es un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma.