miércoles, 7 de abril de 2021

Primavera desapercibida

Segunda Semana Santa envuelta en un silencio que no proviene precisamente del recogimiento propio de estos días, sino del vacío. Un vacío que todo lo llena. Estamos viviendo el protagonismo de la ausencia. Lo que siempre fueron masas y multitudes expectantes son ahora grandes huecos silenciosos en los que no hay más presencias que las de los actores en el escenario. No hay nadie en las gradas de los estadios de fútbol, ni en los oficios religiosos de las iglesias; en los cines, teatros y actos culturales, las palabras apenas tienen quién las reciba, y las grandes ferias y fiestas vuelven a estar calladas un año más. Hasta la primavera parece estar pasando de puntillas por nuestros campos, sin que nadie se pare a piropearla ni la vea como una metáfora del renacer.

Nos dicen que, cuando todo esto acabe, nos espera una travesía difícil hacia la normalidad que perdimos, y que no será en breve plazo. Crisis es esa palabra maldita que está en todas las bocas y en todas las partes, hasta en los aledaños del poder, que no suelen reconocerla fácilmente. Crisis en la economía, en la sanidad, en la justicia y en la educación. Crisis también en el empleo, en el comercio, en nuestros bolsillos y hasta en nuestros hábitos, que quizá ya no serán los mismos. Crisis de ideas y de voluntades. Crisis de confianza y de esperanza. En realidad, casi todas ellas son más o menos permanentes, y por tanto llevaderas, pero cuando se les añade las de unidad e identidad todas se potencian y se nos presentan con una cara más cruda. Ojalá que el virus, con su terrible exhibición de poder, nos haya traído una nueva forma de mirar la realidad, alejada del terruño y de particularismos, para abarcar la totalidad del horizonte y centrar fuerzas en lo que realmente importa a todos. Que nuestros políticos se deshagan por una vez de sus eternas querencias sectarias y aúnen sus ideas y sus esfuerzos para empujar el carro hacia adelante.

Vamos a creer que cuando nos libremos de esta pesadilla tengamos una ilusión renovada y nuevas ganas de hacer cosas, como si hubiésemos dejado atrás un camino accidentado y entrásemos en otro más brillante y sosegado. Una mirada hacia atrás nos enseña que después de todas las grandes pandemias que diezmaron naciones enteras a lo largo de los siglos, casi siempre ha venido un período de euforia que propicia un progreso material y de pensamiento y una forma más positiva de ver las cosas. Los que tengan ocasión de contemplar este tiempo con perspectiva de años, quizá lo señalen como el punto de referencia que marca el fin de una época y el comienzo de otra.

miércoles, 31 de marzo de 2021

Atasco en el canal

Ese buque atascado en el canal de Suez es el símbolo del estado de extrema fragilidad al que nos ha llevado el afán de desarrollo material basado en el culto a la técnica y en la creencia de que posee una capacidad poco menos que infinita. Basta un leve tropiezo que obstaculice el paso en una pequeña arteria para que se provoque un infarto que afecta al sistema circulatorio de todo el mundo. Les sacudieron temblores a los mercados financieros y a los despachos donde se controlan los índices económicos, ante la posibilidad de que aquello se prolongara y los trescientos barcos que aguardaban allí cargados de mercancías tuvieran que dar la vuelta a África para llegar a Europa, y también nosotros debimos mirarlo con cierta preocupación, porque al final seríamos quienes lo pagásemos como consumidores. Este mundo del mercadeo es tan interdependiente y está tan entrelazado por dentro que no hace falta ni que la mariposa aletee; basta su suspiro para que se tambalee hasta el último eslabón de la cadena.

Hemos aceptado la globalización como una fuerza poderosa, capaz de igualar las aspiraciones de las distintas sociedades y de suavizar las diferencias entre sus diferentes niveles de desarrollo, y no nos damos cuenta de que en su misma condición de globalidad lleva el reverso de su enorme fragilidad. Cualquier disfunción, por lejana e inocua que parezca, es capaz de afectar gravemente a la economía mundial, incluso de  paralizarla. Suez al fin y al cabo no es más que una vía de agua; imaginemos lo que sucedería si cae internet.

La base de la globalización, ya desde los fenicios, es el comercio, y su consecuencia la formación de una comunidad de intereses universales, que tienen como punto común aspiraciones, gustos y conceptos coincidentes, en la medida que ninguna ideología o religión consiguieron. La uniformidad en los estilos, las costumbres, los modos de vivir la vida cotidiana y hasta las formas de diversión, tiene su contrapartida en la generalización de los hallazgos científicos y en la extensión del progreso de unos a los que no lo alcanzan por sí mismos. Estamos en un mundo en el que ya no concebimos que cada área económica consuma únicamente sus propios productos ni se atenga solo a su propia ciencia y tecnología. Y lo  mismo pasa con la ética, la moral, el pensamiento y la cultura. Podemos verlo como un factor de progreso o abominar de sus resultados, pero se trata de un fenómeno que está inmerso en el fluir natural de la historia y que ahora la tecnología ha hecho aún más acelerado.

Y mientras tanto aquí, empeñados en que nos entendamos en bable.

miércoles, 24 de marzo de 2021

Escapada saludable

Santa Cristina de Lena
La pandemia nos ha traído un confinamiento no sólo físico, sino mental, de ruptura con todo lo que nos hacía sentirnos libres y nos permitía el disfrute de la vida a nuestro aire. Esa fatiga pandémica que se ve ya como una amenaza en muchos casos y que puede encontrar su antídoto procurando airear el pensamiento. Un buen ejercicio puede ser salir por un momento del presente y acercarse a nuestro pasado. Hacer, por ejemplo, un recorrido, fácil y cercano, por las huellas de aquel reino en el que nació Asturias como entidad histórica y cuyas manifestaciones máximas son los monumentos prerrománicos.

Asturias hace su entrada en el gran libro de la cultura occidental de una forma humilde, pero singular, con una modesta campanada cuyo eco aún retumba mil años después. Hijo de nadie y de todos, nacido en un rincón del viejo Imperio y en otro rincón aún más pequeño de la Alta Edad Media, sucesor, por la fuerza de las circunstancias históricas, del arte visigodo, nuestro prerrománico se afincó en las páginas de la Historia del Arte con una voluntad de permanencia que ni sus propios creadores habrían podido siquiera intuir. Y ahí lo tenemos, convertido en patrimonio de la Humanidad y salvado para siempre en virtud de la afortunada evolución de la sensibilidad hacia los testimonios de nuestro pasado. El Prerrománico es, sin duda, el esfuerzo más vigoroso y más coordinado que Asturias realizó por colocar su nombre en la mente colectiva de la cultura europea. Y a fe que lo logró.

El caso es que se trata de un regalo indirecto, hecho a Asturias por el Islam, que, al invadir tierras cristianas obliga a sus habitantes a refugiarse en nuestra tierra como último reducto y, claro, traen todo su saber constructivo y teológico, que era infinitamente mayor que el nuestro. Los recién llegados, en su propósito de restaurar el orden perdido, no sólo tratan de dar continuidad a las estructuras sociales rotas, sino que intentan reproducir en la nueva tierra el marco cultural de su reino y de su capital, Toledo. Antes del siglo VIII en Asturias no había edificios levantados con las más pequeñas pretensiones; de pronto, la región se cubre de monumentos capaces de perdurar y de admirar a los siglos siguientes. También en esto se anticipó a la metáfora del monje Glaber. Arte presciente, vaticinador, si es que un arte puede serlo, pero sí, miren la integración de los elementos escultóricos en los arquitectónicos o la concepción del espacio litúrgico; todo eso alcanzará su plenitud en el románico, pero ya está aquí anticipado. En sus escasos dos siglos de vida, el prerrománico asturiano ejemplifica a la perfección la teoría sobre las fases de la evolución artística. Es arcaico en Santianes, bello en San Julián, Bendones y Nora, sublime en el Naranco y en Santa Cristina, e imitativo en Valdediós, Gobiendes, Tuñón y Priesca.

Con el traslado de la corte a León, terminaba el período artístico más original y creativo de toda nuestra historia, cuyos resultados han acabado por convertirse en el que es, sin duda, el rasgo más diferenciador de nuestra identidad cultural.

miércoles, 17 de marzo de 2021

Revuelo permanente

No hay nadie con más afición a crear conflictos que la clase política. Debe de estar en su misma raíz, porque resulta imposible verla con las aguas aquietadas, aunque sea por un momento, como si tuviera miedo de perder su identidad si se sosiega. Un mar en permanente agitación, a veces de tormenta, que nos salpica a todos y nos inquieta con sus continuos caprichos de niña insatisfecha. Sus oficiantes, al menos en estos últimos años, parecen condenados a no ser capaces de permanecer quietos en su sitio sin incordiar y sin hacer todo lo posible por meternos en el cuerpo preocupaciones inventadas. ¿Que tenemos una Constitución que funciona, que da estabilidad y que ha demostrado su eficacia en momentos difíciles a los largo de cuarenta años? Pues llega un grupo de aprendices y dice que hay que tirarla abajo; naturalmente, para aumentar la felicidad de los ciudadanos. ¿Que alguien de otro bando lo está haciendo bien en el gobierno? Pues no solo no se lo reconocerán jamás, sino que se hará lo posible por echarlo y poner a uno de los suyos, aunque sea un cenutrio; por supuesto, por el bien de la gente. ¿Que nos va bien con alguna norma que viene de atrás? Pues hay que cambiarla por antigua y carca; claro está que para nuestro bienestar. Buscar problemas donde no los hay, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicarles un remedio equivocado; vemos cada día cómo algunos parecen empeñados en dar cuerpo real a esta conocida definición grouchiana de la política.

Tanto como se ha hablado de la erótica del poder y resulta que no es más que una pasión elemental y fácilmente entendible hasta para los que no la tenemos. El ansia de mando, la ambición y el afán de dominio sobre los demás son tan antiguos como el hombre, por más que en las sociedades civilizadas se presenten revestidos de un ropaje legislativo y ordenado en aras de la convivencia social. Estos días hay un revuelo en dos gobiernos regionales que ha roto la normalidad que se suponía habría de durar toda la legislatura. No parecía que hubiera un motivo especialmente grave ni acuciante; simplemente la eterna razón del quítate tú que quiero ponerme yo. La última pirueta, la de un vicepresidente del Gobierno que renuncia a su cargo para ser un simple candidato autonómico, seguramente oculta razones no declaradas, pero en todo caso viene a indicarnos la compleja estructura psicológica de quienes han sido afectados por lo que ya los griegos llamaron hibris, y que en el campo político siempre termina encontrando su némesis. Lo malo es que, cuando llega, sus efectos casi siempre acaban por afectarnos a todos.

miércoles, 10 de marzo de 2021

Tres generaciones

 Cuando uno lee las memorias de algún combatiente de la guerra civil o, mejor aún, si tuvo la suerte de oír de su propia voz los recuerdos de su experiencia en las trincheras, se siente invadido por un profundo respeto y una inevitable sensación de estar ante alguien con quien el destino tiene una deuda que no va a pagar jamás. No importa el bando ni el uniforme que le haya caído en suerte; cuerpo a tierra, con las balas silbando alrededor y el aire convertido en un espeso olor a pólvora quemada, todos los miedos son iguales. A aquellos hombres les fueron secuestrados los mejores años de su juventud y obligados a vivirlos entre la metralla y el fuego de un conflicto cainita. Luego, acabada la guerra, hubieron de hacer frente a la tarea de reconstruir un país arrasado, y lo hicieron soportando todo tipo de penurias y escaseces, en medio de limitaciones de toda índole y de recuerdos dolorosos aún sin cicatrizar.

La generación siguiente, la nacida en la posguerra, ya pudo recoger los frutos de ese esfuerzo y vivió al ritmo del progreso económico que transformó el país hasta niveles nunca alcanzados. Pero al final de este período le tocaba enfrentarse a la reforma total de las estructuras políticas y sociales para poner a España en la misma línea que los países de nuestro entorno. Esta fue la generación de la Transición. Con espíritu de consenso, sin ánimo revanchista y cediendo cada uno lo necesario, una serie de políticos, apoyados por la sociedad, a la que supieron hacer partícipe de su empeño, lograron articular un nuevo sistema de convivencia que se plasmó en una nueva Constitución, aprobada en referéndum por una gran mayoría. Esta es la generación que, por primera vez en varios siglos, deja a los que vienen detrás un largo período de progreso y de paz sin adjetivos. La generación de los que ahora agonizan en soledad en las UCI o esperan en las residencias alguna visita, mientras asisten atónitos al empeño de algunos por destruir su legado. Bien merecen un recuerdo agradecido de todos.

La que ha venido después, la que ahora nos gobierna, se ha encontrado con un mundo de cambios acelerados, en el que los principios se han convertido en enunciados relativos y los valores que nos han hecho fuertes se someten a la conveniencia del momento. Además, ha tocado poder una pandilla de arribistas, criados a los pechos del estado de bienestar, que pretenden acabar con el sistema y volver a la casilla de inicio, justo el ámbito donde comenzó la tragedia de aquella otra generación. Cómo se echa de menos en estos dirigentes de hoy la fortaleza de los que vivieron la guerra y el sentido común y el patriotismo de los que hicieron la Transición.

miércoles, 3 de marzo de 2021

Un año ya

Siguen tristes nuestras calles, especialmente los sábados y domingos, cuando no hay transeúntes obligados cumplir con sus quehaceres. Pesa sobre su ambiente algo como un hálito amenazador que las priva de su capacidad de invitación a encontrar en ellas el disfrute que siempre nos ofrecieron, y a la vez convierte estos días de acercamiento a la primavera en un tiempo indiferente, como si el inminente rebullir de la naturaleza hubiese dejado de ser un símbolo de esperanza. Quién ha visto nuestras ciudades y quién las ve ahora. Los alegres domingos de vermut y fútbol, de bullicio juvenil o de simple paseo familiar; la vida ocupando el espacio con su cara más lúdica, con saludos sin temor y conversaciones cercanas, sin distancias preventivas de ninguna amenaza. Qué vacío este y qué ausencia de sonido de fondo, como en un mar muerto. Se cumple ahora un año desde la llegada de aquel lejano virus que nos encerró en casa. Pesa ya el tiempo detenido como en una estación sin tráfico. Se convierte en enemigo la monotonía de las horas que se repiten iguales, como si fuera una sola sin fin. Surge la añoranza de los viajes, de las reuniones en libertad, de los abrazos a quienes se quiere, y a la vez no podemos desprendernos del pensamiento de que el virus sigue ahí y que se ha llevado a cien mil compatriotas. Quizá luego alguien sistematice todo esto como un nuevo trastorno del ánimo y hasta le ponga un nombre, el síndrome pandémico, o algo así; sería un daño añadido.

Un año ya y todo sigue parecido. Hemos aprendido a combatir el virus mediante alteraciones importantes de nuestra conducta social y, por supuesto, con nuevos hallazgos científicos sobre la prevención y el tratamiento, pero ni siquiera esta situación de emergencia ha servido para suavizar las asperezas que impiden una relación fructífera entre los partidos ni para impulsarlos a pensar mirando al conjunto por encima de su propio campo. Siguen en sus trincheras, en muchos casos alejados de las aspiraciones y necesidades de la sociedad, y poniendo sus intereses por encima de lo que dicta el sentido común. Ahí está otra vez la tabarra feminista tratando de repetir el disparate del año pasado con tal de mostrar su fuerza. Tampoco la visión cercana de tantas despedidas definitivas ha servido para que los extremistas fanáticos se detuvieran un momento a pensar en la relatividad de sus convicciones, si es que alguna puede habitar en sus cerebros; como si no fuera bastante, siguieron añadiendo destrucción e inquietud a las calles y hundiendo aún más la economía de su ciudad. Qué sensatos seríamos si aprovechásemos la amarga lección aprendida este año.

miércoles, 24 de febrero de 2021

Ira en las calles

Es difícil comprender, y no digamos explicar, lo que hemos visto este fin de semana en algunas ciudades, sobre todo en Barcelona. Cuál es la verdadera razón de que unas nutridas hordas desbocadas salgan al asalto de la ciudad destruyendo todo lo que encuentran, arrasando comercios y bienes públicos y dispuestos a causar el mayor daño físico posible entre los que tienen la misión de contenerlos. Si uno se fija individualmente en ellos verá que parecen productos clónicos: todos vestidos de negro de los pies a la cabeza, dejando tan solo al descubierto los ojos, en los que brilla la misma mirada enfebrecida, una actitud de manada, culto a la brutalidad y ausencia absoluta de indicios de querer aproximarse a algo parecido al diálogo. En conjunto, una imagen real y nada simbólica de la parte más irracional del ser humano. Dicen que luchan por defender la libertad de expresión, que por lo visto encarna un tipo al que es imposible arrancarle dos frases que tengan sentido. Su antología de barbaridades es solo inferior a la cantidad de odio que destilan, y en su contenido pueden encontrarse todas las variantes del agravio: insultos, amenazas, injurias, incitación a la violencia, todo en ello con ripios pareados propios de un adolescente semianalfabeto y recitados con el subyugante y melodioso ritmo rapero. A este individuo salen a defender sus compinches arrasándolo todo cuando le llegó la hora de rendir cuentas. Pero hombre, si habría que haberle juzgado antes que nada por ofensas a la música y la poesía.

Ya se ha convertido en algo acostumbrado. Cualquier pretexto y cualquier ciudad les vale para salir a destruirlo todo. Si no es por la globalización es por el cambio climático o porque sí; no hay ciudad que se vea libre. Suelen ser una amalgama en la que los que de verdad van de buena fe a ofrecer su presencia para solucionar el problema son los menos; los más son niños de papá con todo resuelto o botarates que acuden como borregos a la llamada de cualquier tuit, a los que se incorporan energúmenos de todo pelaje: profesionales del conflicto, aprovechados en saqueos y pillajes, expertos en formas y maneras de causar daño y hasta teóricos de la guerrilla urbana. Y al fondo, el ciudadano de a pie que ve cómo su ciudad sufre unos destrozos que va a pagar él con sus impuestos o el comerciante que se ha quedado con los cristales rotos y su tienda saqueada.

Si asolar una ciudad es una forma de solidarizarse con la libertad de expresión, pueden sus defensores sonreír con esperanza, al menos aquí, porque hay un partido en el propio Gobierno que los anima.

miércoles, 17 de febrero de 2021

El absurdo como norma

El absurdo es uno de nuestros compañeros de vida. Nos rodea por todas partes. No es de ahora; desde siempre se ha asentado entre nosotros como un comensal más dando lugar a teorías, disquisiciones y hasta tendencias creativas, quizá porque su presencia es tan fecunda como la de la lógica. Es como si entre la razón humana y el absurdo hubiera una afinidad secreta. De hecho, más de una vez se ha visto resultar mal las cosas más razonables y bien las más absurdas. Un fiel camarada este atrabiliario elemento que llamamos absurdo, sin duda porque absurda es su misma existencia.

El absurdo pierde su cariz negativo cuando el que lo practica es consciente de que lo es. Lo malo es cuando se llega a él creyendo que se está diciendo o haciendo una obra genial, que es lo que pasa casi siempre. Cada uno seguramente tendrá su inventario de absurdos, y, juntos todos, deben de formar una lista capaz de envolver las pirámides. Lo que pasa es que de tan habitual que es terminamos teniéndolo por normal. Es absurdo, por ejemplo, prestar dinero a alguien y que encima nos cobre, como nos hacen los bancos, o que se llame latina a una América en la que ningún habitante del Lacio tuvo nada que ver. ¿Y qué es el absurdo? se atreve a preguntar uno. Pues lo contrario a la lógica y al buen sentido, podría responderse, pero ahí estarán Jardiel, Groucho, Ionesco y muchos otros contestándonos a coro que es la única verdad absoluta con que cuenta el hombre. Quizá porque también es un ser absurdo.

Existe una narrativa y un teatro del absurdo hasta constituir un género literario, pero donde más abunda es en el campo de los políticos, eso sí, sin pizca de ingenio y sin la fuerza creativa y la capacidad simbólica del anterior. Siempre ha sido así, pero en estos tiempos en que todo se hace más visible, parece que hace sentir aún más su presencia. Miren lo que se puede reunir solo en unos pocos días:

Es absurdo que el vicepresidente de un Gobierno ataque a la jefatura del Estado de su propio país o que afirme que en España no hay una democracia verdadera; será porque no se explica que un partido que apenas es la cuarta fuerza del Congreso esté cogobernando. Que cuando se quiere frenar el grave problema del despoblamiento rural se prohíba controlar la presencia del mayor enemigo de los ganaderos. Que en plena pandemia nuestros gobernantes se preocupen de preparar leyes, como la llamada ley trans, que viene a decretar que ya puede uno tener los atributos naturales que tenga, que eso no determina su sexo; lo determina su voluntad; no necesita más que querer y, eso sí, haber cumplido dieciséis años, lo que no deja de ser un detalle.

Creo porque es absurdo, dijo un santo filósofo, resignado a no entender nada. Como nosotros.

miércoles, 10 de febrero de 2021

Foto fija

Como todo está condicionado por la epidemia, no tenemos más remedio que modificar nuestro modo de actuar y adaptarlo como podamos a esta nueva realidad que se nos impone a la fuerza y que interrumpe de golpe el camino que estábamos andando. Nos hemos quedado sin acciones a corto plazo y sin planes de realización inmediata; hemos congelado todos los proyectos, los personales y los generales; nuestro espacio para hacer propósitos de futuro no va más allá de una tarde. Todas las perspectivas que nos habíamos fijado para los meses inmediatos, las vacaciones, los viajes, las fiestas, las celebraciones, todo está retenido bajo llave desde hace más de un año, sin que terminemos de encontrar la manera de abrirlo. Se ha detenido el curso de nuestra acción. Es como en los cines de barrio de antes, cuando se atascaba la máquina y quedaba el fotograma fijo en la pantalla. Así estamos, en espera de que la imagen vuelva a ponerse en movimiento.

Todo lo estancado tiende a degradarse y a criar agentes nocivos en su interior. En este caso se llaman cansancio, hartazgo, tedio o hastío, eso en su versión más inocua. Hay otros más difíciles de sobrellevar, porque afectan a capas más profundas de nuestro carácter y resultan más determinantes para nuestro equilibrio emocional: frustración, pesimismo, incertidumbre, escepticismo, nihilismo, neurosis. El pensamiento de lo que podría estar siendo y no puede ser; la confirmación día tras día de que cualquier tiempo pasado fue mejor; el ver cómo el horizonte de esperanza vuelve a alejarse cada vez que lo vemos cercano. Se hace difícil estar en casa rehuido de todos, pero también en la oficina o en el aula con la mascarilla puesta todo el día, y no digamos si se trabaja en primera línea de riesgo. Y sobre esto, hacer un esfuerzo para salir indemne del bombardeo de información sobre la pandemia que nos cae encima cada minuto y del baile de cifras, medidas, recomendaciones, horarios, porcentajes, fechas y previsiones que unos señores muy serios nos traen todos los días y en todos los medios. Cuánta gente hay ya que ha dejado de ver los telediarios.

Están los días grises aunque salga el sol. Cuando el virus sea solo un mal recuerdo y todo se vuelva a poner en movimiento, cuando las calles y las horas sean otra vez nuestras y podamos por fin cambiar la virtualidad de los saludos por los abrazos de verdad, volveremos a sentir aquella dimensión del tiempo que perdimos y, si somos optimistas, puede que veamos que estos largos meses han servido para algo, aunque solo sea para regalarnos la experiencia de haber vivido una excepción.

miércoles, 3 de febrero de 2021

Cuando esto acabe

El día que pase todo esto y miremos hacia atrás vamos a verlo como un tiempo irreal que hemos vivido sin apenas darnos ocasión de explicárnoslo, un mal sueño del que solo las profundas huellas que ha dejado nos dan fe de su existencia. De nada nos sirvió lo que sabíamos de otras mortandades semejantes. Lo narrado en crónicas y testimonios, por fiables que sean, no tiene el valor de lo vivido en primera persona; pertenece al pasado y lo damos por ido para siempre. Por eso, cuando aparece en el presente nos sacude primero la sorpresa, luego la desorientación y enseguida el afán nervioso y acelerado por encontrar el remedio. Y al final todo se convierte en una experiencia más en nuestras vidas, de la que, si somos inteligentes, podemos sacar lecciones que nos ayuden a sobrellevar futuros casos semejantes.

Si creemos que la mejor forma de enfrentarse a una desgracia es convertirla en una oportunidad, cuando todo esto acabe puede que nos lamentemos por aquel largo espacio ocioso que no aprovechamos. Tanto tiempo libre como nos ha sido impuesto da lugar a muchas opciones de ejercer aquello para lo que hasta ahora nunca encontramos ocasión, o de fijarse un propósito para cuando todo termine, o simplemente de reordenar algunos aspectos de conducta sobre los que nunca habíamos pensado, de satisfacer aficiones descuidadas o de explorar otras nuevas. Quizá algún día nos preguntemos de qué nos ha servido haber vivido esta experiencia, además de para atiborrarnos de mensajes y pantallas. Eso en lo que se refiere al ámbito individual.

 Como sociedad, deberían nuestros gobernantes hacer un verdadero examen de las lecciones que nos deja la pandemia, acompañado de una reflexión libre de condicionantes partidistas y de encuadres sectarios, que todo lo pervierten. Por ejemplo, sobre la necesidad, de sobra demostrada, de reorganizar la sanidad pública con un criterio más centralizado, que evite el caos de normas y el barullo de medidas y horarios que vuelven loco al ciudadano, fomentan la desigualdad y crean la sensación de que no hay nadie al timón marcando el rumbo. O por ejemplo, hacerse el propósito de una vez por todas de fomentar la investigación biomédica, invertir algo más que ese raquítico 0,5 % que ahora se le dedica. Se hace evidente lo que ya sabíamos: que solo la ciencia nos puede dar la solución, y nosotros apenas nos hemos preocupado de mimarla. La vida ya no puede ser la misma después de tanto dolor y tantas muertes. Hay muchas huellas que reparar y mucho que corregir. Si no, no habremos aprendido nada.

miércoles, 27 de enero de 2021

Desde dentro

Digamos que se llama María. Es una chica guapa, amable, responsable y con una pizca de sana picardía que se refleja en sus ojos azules. Vive su juventud con la alegre despreocupación por el paso del tiempo de sus veintitrés años y con la ausencia de inquietudes vitales de quien no ha tenido que sufrir en su vida ningún grave mazazo del destino. Su mundo son sus amigos, los estudios, su familia, las redes sociales, la diversión ocasional y moderada. Vive el presente según los esquemas de su tiempo, sin excesivos conflictos conceptuales y procurando evitar cualquier signo de estridencia. Sus aspiraciones son las de la mayoría: una familia, un trabajo seguro, un futuro asentado en la estabilidad y la seguridad. Una chica como muchas, de clase media, estudios medios y posibilidades medias.

Había cursado estudios de auxiliar sanitario, pero nunca los había utilizado profesionalmente. Cuando apareció el virus y la epidemia comenzó a colapsar los centros sanitarios se ofreció como voluntaria para colaborar en lo que fuera necesario. La destinaron a un gran hospital público, donde el aumento del número de ingresos diarios estaba exigiendo a los trabajadores sanitarios un esfuerzo sobrehumano. Le tocó atender en la recepción a los que llegaban y tratar de calmar la inquietud de sus familiares, a los que aliviaba la dureza del momento con una palabra amable y su expresión acogedora. Con el aumento de casos se hizo necesario reforzar los cuidados intensivos y María pasó como auxiliar a una de las UCI, en la primera línea del drama. Allí conoció la verdadera esencia del ser humano, su condición contingente y la inanidad de tantos actos y tantas palabras inútiles. De repente la vida y la muerte le mostraron con toda crudeza su juego, un terrible juego en el que siempre pierde el mismo jugador. Jamás había podido imaginar la capacidad de las pequeñas cosas para herir el alma y los sentidos: el siniestro sonido de los respiradores, los gemidos ahogados, el último instante de las vidas que se van sin más consuelo que la caricia de sus manos, el latigazo que se siente en el corazón cuando se llama a una esposa para entregarle la ropa de su marido.

Y aquella chica cambió. Conoció de cerca el lado más oscuro de nuestra realidad de seres humanos y, después de pasar un mal momento en el que necesitó ayuda psicológica, aprendió una nueva forma de medir los acontecimientos de nuestra vida. La muchacha alegre, risueña, impulsiva, se hizo más reflexiva, más tolerante y más vulnerable a los sentimientos derivados de los lazos familiares y de los seres queridos. Y, desde luego, no entiende la irresponsabilidad de quienes no hacen caso de las normas.

miércoles, 20 de enero de 2021

Tormenta perfecta

 La palabra de este año está siendo Filomena. O sea, ruiseñor en el lenguaje poético, quién lo diría viendo la que armó. Este enero de 2021 está siendo algo así como el punto de reunión de malasombras empeñados en amargarnos la vida. Se han alineado en perfecto orden los negros astros que giran por el universo de las tinieblas y han concentrado en nosotros toda su atención. Durante toda esta semana Filomena nos ha estado llevando por la calle de la amargura, haciendo la vida imposible en la mayor parte del país. Ha venido a machacar aún más nuestra economía y de paso a generar, como siempre, las habituales discusiones políticas sobre la responsabilidad de su gestión. Como un arrebato airado de la naturaleza, ha provocado un caos que ha puesto patas arriba todo nuestro sistema de organización social: ha dejado aislados a miles de personas en sus pueblos, ha cerrado vías de tren, autopistas y aeropuertos, ha impedido los desplazamientos urbanos, ha convertido nuestras calles en cepos para nuestros coches, ha destrozado olivares y cultivos de invierno, ha provocado terribles aludes mortales y ha llevado el peligro a la misma puerta de las casas. Ya tenemos el primero.

El virus sigue ahí, tan escurridizo y cambiante que no acertamos a encontrar su punto débil. Nos ha llegado una firme esperanza en forma de vacuna, pero tampoco estamos atinando a la hora de administrarla y, mientras tanto, los contagios se disparan, los hospitales se llenan, los sanitarios se agotan y los muertos aumentan. También viene del misterioso seno de la naturaleza, de alguna disfunción que no podemos conocer, o como una oscura venganza por nuestro comportamiento, que dirían los fanáticos de la teoría Gaia. Lleva con nosotros un año, pero ahora se convierte en el segundo elemento de esta malhadada conjunción.

Y el tercero: un Gobierno débil y desbordado, rehén de unos indeseables socios y obligado a pagar un precio continuo a quienes le auparon al poder. Tiene ante sí la situación más complicada que ha vivido nuestro país desde hace muchos años y se entretiene creando problemas donde no los hay y presentando leyes polémicas sobre temas que no tienen apenas demanda social. Esta vez la naturaleza no tiene nada que ver; es cosa nuestra. Si acaso, de la naturaleza del ser humano, que tiende casi siempre a equivocarse.

El caso es que en este enero todo parece haberse conjurado para que lo recordemos bien. Ojalá pase a nuestra memoria como el punto de inflexión entre un tiempo de miedo y errores y otro marcado por un impulso renovado que genere nuevas ideas y liderazgos más lúcidos.

miércoles, 13 de enero de 2021

El visitante del Capitolio

Ese tipo con cuernos, medio tapado con pieles y con el pecho pintarrajeado, que entró en el Capitolio norteamericano como por territorio conquistado, viene a ser el emblema de una de las tendencias de nuestro tiempo: la de dar dos pasos por el camino de lo tangible y retroceder tres por el de las ideas. Avanzar con marcha firme por el terreno técnico y científico y caminar hacia atrás en el de la creación artística, el concepto estético o la estimación de los valores culturales. Era un símbolo ver pasear por el parlamento del país más desarrollado del mundo a una figura salida de la Edad de Piedra; un símbolo del mito del eterno retorno, principio y fin que se juntan como cierre de todas las categorías que han regido nuestra trayectoria.

Bien sé que seguramente nada de esto puede tenerse por auténtico y que este individuo se viste de mamarracho por afán de notoriedad o quizá por algún oscuro motivo remunerado, que siempre hay quien pague por todo, pero lo que cuenta es la imagen que proyecta como salto hacia atrás de nuestro sistema de vida y de pensamiento, una vuelta al origen que pretende decirnos que todo ha sido ya andado y que ahora no queda más camino que el retroceso. El cavernícola ese no tiene su mayor extravagancia en su ridícula pinta de hechicero selandio, sino en el hecho de estar en el sitio donde se entiende que se resumen todos los logros políticos de Occidente. Entre él y Trump, simultáneamente y cada uno con su estilo, parecen querer darnos la confirmación de la decadencia de su civilización, que es la nuestra. Casi se puede oír a Spengler: ya os lo decía yo.  

Sea o no casualidad, lo cierto es que en este tiempo ha coincidido en el poder una generación de políticos inanes, de abundante presencia y escasa sustancia, alejados del modelo de estadista, que no admiten comparación posible con quienes los precedieron no hace muchos años. Pocos países se libran de ellos, ni siquiera aquellos en los que se supone una mayor madurez democrática. Demagogos y populistas, ignorantes, atentos solo a su apariencia y a su presencia mediática, maestros en el manejo de las redes sociales, faltos de credibilidad de tanto incumplir sus promesas, mentirosos, huecos y, en muchos casos, ridículos, esas son sus señas. Los conocemos todos, porque bien se encargan de ello. Quizá Trump sea el paradigma más marcado, seguramente porque ha terminado pagando sus excesos con la penitencia de ser tirado al vertedero de la historia de su país, pero también aquí tenemos nuestro producto nacional. Hay que esperar que a todos ellos les vaya en las urnas como al americano.

miércoles, 6 de enero de 2021

Deseos de Año Nuevo

Este año es el que más fácil nos ha puesto hacer la lista de deseos que pedimos por estas fechas. Solo uno en primer y exclusivo lugar: la salud. Siempre lo tuvimos, pero de forma individual, según nos rozaran las adversidades. Si no nos tocaban de cerca, teníamos tendencia a considerarlo un deseo cuyo cumplimiento se daba por seguro, porque su quiebra nos parecía algo ajeno que solo afectaba a otros. Ahora esa quiebra ha adquirido un carácter universal, cercano e indiscriminado, y por eso temible. Esta vez la salud prima como único  deseo, solo uno, pero unánime. El dinero y el amor se quedan en las letras de boleros y en la recámara para tenerlos como objetos más deseados cuando la normalidad nos vuelva a todos a ser como antes. El viejo dicho que repetían nuestros abuelos, Dios nos dé salud que lo demás todo se compra, obtiene aquí un consenso universal. Pero como en esto de los deseos hay barra libre, y dejando siempre claro que ese es el primero de todos, uno quiere añadir otros por si algún hado tiene buen oído y quiere echar una mano. Ahí van algunos:

Que el paisaje después de la batalla no lo encontremos tan destrozado como nos tememos. Que la suerte nos lo presente menos hosco de lo que se prevé y que, en todo caso, tengamos inteligencia, ánimos, medios y dirigentes capaces de superar las consecuencias de esta pesadilla. Que nos dejen de mentir los políticos, sobre todo si están en el Gobierno, y reconozcan con humildad sus limitaciones, sus errores y sus dificultades. Lo entenderíamos. Los sentiríamos más cercanos a nosotros y los tendríamos por fiables, no como ahora.

Que el recuerdo de los que se fueron nos ayude a tener presentes todas las lecciones aprendidas y a dar a cada problema su verdadera medida; veríamos cuantas preocupaciones inútiles nos evitaríamos. Que entre esas lecciones esté la de tomar conciencia de una vez por todas de que debemos invertir en investigación científica aunque sea eliminando tantos sueldos inútiles como se pagan en las esferas de lo público, porque en una crisis como esta la ciencia es lo único que puede salvarnos o al menos infundirnos esperanzas razonables.

Que se alimente una lectura en positivo de nosotros mismos como nación y como sociedad, de nuestro pasado y de nuestros hechos. Que perdamos de una vez nuestra perpetua tendencia a la autoflagelación, que algunos parece querer fomentar, y dejemos de mirar solo los rincones más oscuros de nuestra historia, porque hay muchos luminosos que ni siquiera se enseñan.

Y que el despertar de esta mañana haya sido en cada casa el de las ilusiones cumplidas.

miércoles, 30 de diciembre de 2020

Por fin se va

A estas alturas del año parece obligatorio echar la vista atrás y hacer un balance de su comportamiento. Viene a ser una costumbre que nos permite examinar nuestra vida por capítulos y de paso llegar una vez más a la reflexión que nunca podemos evitar sobre la brevedad del tiempo. En ninguna otra fecha como en esta nos damos cuenta de cómo se nos escurre entre los dedos. No sentí resbalar, mudos, los años. Está visto que cada vez que queramos describir los efectos del tiempo lo mejor es acudir a Quevedo.

Se va 2020 y con él un trocito más de nuestras vidas y una página escrita ya para siempre. Bueno, pues que se vaya. Que se vaya este año que nos ha dejado tantas lágrimas, tantas ausencias y tantos temores. Desde un punto de vista colectivo, porque en lo personal no cabe afirmación alguna, este 2020, con su nombre simétrico y eufónico, no va a pasar con letras luminosas a las crónicas de nuestra historia, más bien al rincón más oscuro y donde solo habita el olvido. Es el año en que despertamos dolorosamente a una realidad que no conocíamos más que de oídas y que desde entonces nos tiene en vilo el corazón. Hemos descubierto hasta dónde puede llegar la profundidad de nuestra condición de seres vulnerables; hemos comprobado que no tenemos respuestas para todo y nos hemos confirmado en la idea de que solo la ciencia puede poner algo de orden en aquello que el azar descompone. Hemos vivido el miedo de cerca y la angustia de ver cómo se resquebrajaba la esperanza del bienestar del mañana al tambalearse los pilares económicos de nuestras ciudades. Y también, al mismo tiempo, hemos encontrado héroes que nos han descubierto el valor de la solidaridad y del sacrificio por los demás. Ha sido el año de los abrazos que no dimos y de las muestras de afecto aplazadas, pero, quizá por eso, el de ver cómo se avivaban sentimientos que nunca habíamos echado de menos porque los podíamos satisfacer con total libertad. Eso aprendimos, el valor de lo que teníamos sin darnos cuenta.

Y también el año en que parece iniciarse en nuestro país un desgarro de la conciencia nacional, al amparo de la debilidad de un gobierno dispuesto a conceder a sus indeseables socios todo lo que le pidan con tal de mantenerse en el poder, aunque sea a costa de abrir peligrosos frentes que nadie sabe a dónde nos pueden llevar.

Pues eso, que se vaya de una vez este año bisiesto de tan mala memoria y vamos a confiar en su sucesor, que puede que no tenga un nombre tan redondo, pero seguramente será más amable con nosotros.

miércoles, 23 de diciembre de 2020

Navidad inédita

Qué extraño se me hace hablar este año de la Navidad. Un tiempo en el que en el artículo que escribo cada año he de seleccionar palabras y conceptos porque desbordan su espacio, ahora se vuelve árido y seco, como uno de esos paisajes que siempre deslumbraron por su belleza y que ahora aparecen marchitos por alguna catástrofe. Y sin embargo, siguen ahí, con su fascinación escondida. Porque, a pesar de todas las circunstancias que la rodeen, por adversas que sean, y estas lo son, la Navidad es una fiesta bella y alegre, necesaria en sí misma, de modo que habría que inventar algo semejante si no existiera. Un tiempo que equilibra los desasosiegos y bajones de ánimo de otros momentos con su mensaje generador   de ilusiones y buenos propósitos, lleno de sugerencias y deseos de buena voluntad. Tanto para el creyente, que ve en el misterio del portal el alimento de su fe, como el que la vive como un simple festejo de convivencia social y familiar, en su nombre se expresan las aspiraciones, aunque sea en modo de simple evocación, a un tiempo lo más aproximado posible a la idea de felicidad. Cómo no vamos a necesitar eso. Aún oculta bajo una terrible cara de miedo y dolor, sentimos que no podemos prescindir de ella y que, con todas las dificultades que se nos impone, queremos notar su presencia en estos días.

Nada la identifica más que las palabras paz y felicidad puestas en todos los labios como un deseo universal. Bajo la forma de un amable cumplimiento social, son la expresión sincera de una aspiración que nos indica la necesidad que tenemos de ella. Del afán de sosiego que necesitamos en medio de tanta turbulencia artificiosa, que este año se añade a la que un caprichoso virus nos impone. Ojalá traiga paz interior a los políticos obsesionados por la pasión del poder, que no vacilan en poner en riesgo realidades sociales sólidamente asentadas, con tal de satisfacer sus ambiciones personales. A los de la crispación continua, a los de las declaraciones desestabilizadoras, que pretenden llevarnos a épocas y sistemas de otro tiempo, que fracasaron sin remedio. Que sean días de paz para sus inquietas mentes y sus agitadas aspiraciones.

En esta Navidad atípica, sin besos ni brindis, con el temor aleteando sobre los reencuentros y con el número de participantes tasado, seguramente adquirirá más valor su esencia eterna, hecha de recuerdos infantiles: músicas alegres, juegos, dulces, regalos, la burra que iba a Belén, correr a abrir la puerta a los abuelos y, al cabo de unos días, el milagro siempre renovado de la madrugada de Reyes. Por ello, y a pesar de todo, Feliz Navidad.

miércoles, 16 de diciembre de 2020

Cuando acabe la pandemia

 Mi amigo tiene las ideas claras; siempre las tuvo, pero parece que ahora, tras la experiencia semieremítica de la pandemia las tiene todavía más definidas. Está la mañana envuelta en una calima grisácea, desdibujada la línea del horizonte y con los sentidos preparados solo para percibir lo cercano. Quizá porque todo invita a la introspección o porque los deseos cuando se convierten en palabras parecen más próximos a su cumplimiento, mi amigo me habla de las primeras cosas que piensa hacer en cuanto acabe esta pesadilla. Veo que necesita decirlo, aunque no sea más que por establecer prioridades cuando llegue la liberación:

-Lo primero, buscar el abrazo de los míos. Abrazarnos sin limitaciones, valorar ese contacto físico que nos estuvo prohibido. Besar y tocar a los que quiero, sobre todo a los niños. Esta maldita epidemia nos está privando de los momentos más gratificantes que se pueden disfrutar a esas alturas de la vida: la relación con los nietos, sus risas, sus caricias, sus camelos. Momentos que son irrecuperables, porque en este punto el tiempo pasa deprisa y cuando uno quiere darse cuenta, ni ellos son ya los niños que se sentaban en las rodillas ni nosotros vemos el fin con la distancia de antes. Volver a poder reunirnos para comer juntos cuando queramos, celebrar los cumpleaños como siempre, poder despedir a los que se van.

Volver al café de media mañana, en la cafetería de siempre y con el periódico de siempre y decir sí a un amigo que me llame para salir a picar unas tapas. Me he dado cuenta de la fuerte dependencia que tenemos de las costumbres, cómo notamos no poder practicarlas y con qué intensidad las retomamos cuando vuelva a ser posible.

Ir al primer partido de fútbol que haya, a cualquier manifestación o a cualquier conferencia, no porque me interesen, porque raras veces lo hice cuando podía, sino por estar rodeado de humanidad, por sentirme miembro del rebaño, por palpar la presencia cercana de mis semejantes. Yo, que siempre me tuve por algo antisocial. Voy a tomarlo como una de las enseñanzas de este virus

Y viajar. Ir con quien quiera y por donde quiera sin cierres perimetrales ni controles ni toques de queda. Ir y encontrar todo abierto, dispuesto a acogerme, a darme un café o a ofrecerme un servicio. Desquitarme de tanta caminata circular y de tantas persianas bajadas.

Todo eso haré. Ya ves qué pocas pretensiones. Solo volver a lo mismo. Qué valor adquieren las cosas más insignificantes cuando se pierden; qué poca estima concedemos a lo que nos es dado de suyo; qué de enseñanzas podemos sacar de todo esto.

miércoles, 9 de diciembre de 2020

Una relectura

Están tristes los días, con las huellas de la borrasca invernal que los ha teñido de gris y de melancolía. Tristes por la borrasca política que algunos de nuestros gobernantes se esfuerzan en alentar con su empeño por destruir todo lo que nos hemos dado en su día con ilusión de primerizos y ha funcionado más que aceptablemente hasta que ellos llegaron. Tristes por la borrasca de la epidemia que no cesa, que nos angustia con su reguero de muertes, nos cambia los usos y las costumbres, nos trae nuevas preocupaciones por el mañana y nos recluye en nuestro ámbito como nuevos eremitas. Contra la primera nada podemos hacer, contra la segunda podemos acordarnos de ellos ante la urna en la próximas elecciones, y contra la tercera nos queda la esperanza de una pronta respuesta científica y, entretanto, la oportunidad de aprovechar el obligado retiro para ampliar el campo de nuestros gustos con nuevas experiencias culturales, o quizá recordando algunas ya vividas. Releer libros, volver a ver esa película que no entendimos en su día, explorar nuevos géneros musicales -acercarse por ejemplo a la zarzuela o la ópera-, profundizar en la obra de un artista. Seguro que la experiencia da frutos gratificantes. Si no podemos salir, al menos aprovechemos las posibilidades que nos ofrece el interior. 

He vuelto en este tiempo a visitar a algunos autores que siempre he apreciado, pero que tenía algo olvidados, como esos familiares a los que quieres pero que nunca encuentras momento para ir a ver. Estos días he estado releyendo a Larra y he comprobado que es una de las mejores cosas que uno puede recomendar para ocupar el ocio, si no fuera porque sabe que los ocios suelen ir en una dirección bien distinta. Larra es una de esas figuras que cualquier literatura quisiera tener y pocas tienen; una piedrecita metida en el zapato, bella como un diamante, pero que te recuerda su presencia cada vez que pisas. Larra es la pieza necesaria para cerrar una literatura de modo definitivo y convertirla en algo completo en sí mismo. Cuántas meditaciones literarias y sociales cabe hacer, a la vista de sus obras, dos siglos después de su muerte. Larra fue un hombre de agudeza inusual, casi excesiva para su tiempo, de tal modo que sus apreciaciones podrían alcanzar más efectividad en el siglo siguiente y en el nuestro que en el suyo propio. Y aun dejando a un lado algunos de sus tópicos más conocidos, el lector casi desea que esos artículos hubieran aparecido en la prensa de esta mañana, en lugar de hace casi doscientos años. En su lucha contra la mediocridad y la estupidez hoy habría tenido el mismo trabajo.

miércoles, 2 de diciembre de 2020

El último exceso

Hay por ahí una fotografía, entre un millar de otras parecidas, que, vista sin palabras al pie, pondría el corazón del que la ve en el más alto extremo de la compasión por un semejante. Está tomada en una plaza de Buenos Aires. Son dos personas, una mayor y otra más joven, llorando desgarradamente y abrazándose con fuerza, como si quisieran fundirse en uno solo. El mayor muestra en el rostro una desesperación extrema: la cara levantada, la boca abierta; se adivina el grito que sale de su garganta; es la imagen de la desolación más absoluta. El más joven esconde su cara en el pecho del otro y solo deja ver unos ojos que traslucen el dolor de un drama sin consuelo posible. Los brazos de cada uno se aferran al otro como vasos comunicantes de una pena infinita. Se diría que la vida se ha acabado para ellos. 

No es el dolor nacido de una gran catástrofe colectiva ni de una matanza terrorista ni por alguna gran desgracia que esté acabando con la ciudad; es que ha muerto un jugador de fútbol. Se ha detenido su país como atenazado por la sorpresa, a pesar de que todo él llevaba ya mucho tiempo siendo la crónica de una muerte anunciada. Resulta difícil de entender tanta desmesura como no sea atendiendo tan solo a los rincones más complejos y ocultos del interior del ser humano, allí donde se esconden las emociones más primarias, esas que no tienen explicación racional ni lógica. Esas que se escapan a cualquier análisis, pero que nos sirven para dar salida a nuestra necesidad de escape pasional. 

No fue ni mucho menos el que más títulos consiguió, más bien fueron pocos, ni el que más goles marcó. Eso sí, fue autor de uno que todos vimos hasta el hartazgo y de otro que nunca debió serlo porque lo marcó con la mano. A este le llamaron el de la mano de Dios, al otro el gol del siglo. Luego, como entrenador fue un fracaso absoluto. Pero sobre todo fue un fracaso en su vida personal y un pésimo ejemplo para los niños y jóvenes. Si de Valle se dijo que era eximio escritor y extravagante ciudadano, de este cabría decir que fue un buen futbolista y un ciudadano impresentable. Y sin embargo fue venerado literalmente como un dios y ensalzado hasta el ridículo, como el de aquel locutor que, cuando el famoso gol, parecía romper el micrófono con sus gritos desaforados preguntándose de qué planeta había venido, llamándole barrilete cósmico y desgañitándose entre lágrimas. Y eso que era uruguayo. 

Pisó todos los lodazales y fue una triste víctima de su propia debilidad, pero uno cree que merece un recuerdo agradecido por lo feliz que hizo a los aficionados al fútbol y por la cuota de orgullo perdido que devolvió a sus compatriotas.

miércoles, 25 de noviembre de 2020

Otra ley fallida

Ya es una tradición consolidada que todos los ministros de Educación se esfuercen en dejar su huella para la posteridad perpetrando una nueva ley educativa nada más sentarse en su despacho. Cuántas van ya, siete u ocho, creo, formando una ensalada de nombres que más bien suenan a trabalenguas. Se emplearon tantas siglas que va a resultar difícil encontrar algunas libres para denominar la próxima. Eso sí, todas efímeras, tanto como la mano que las firmó. Y a la vez, otro revoltijo de siglas para dar nombre a lo que los chicos estudian y así volver locos a los padres: EGB, BUP, COU, ESO, EBAU. Todo para denominar lo que en definitiva son unos años de enseñanza primaria y otros de secundaria. Ahora llega usted, señora Celaá, a imponernos otra nueva ley, con el visto bueno de su jefe, supongo, aunque no con el de la sociedad, porque la ha sacado adelante sin consenso alguno y por un solo voto. 

Pues esa sociedad a la que va dirigida, no los políticos profesionales, que esos aprueban lo que les manden, ha calificado la tal ley con una dureza que haría repensar su contenido a cualquiera, incluso a un ministro. Profesores, padres, pedagogos, intelectuales, asociaciones, colegios, gentes nada sospechosas de sectarismo, incluso dentro de su misma onda, la han calificado de disparate, idiotez, canallada, dislate, despropósito; han dicho que es una ley partidista, ideológica, regresiva, inaceptable, absurda. Todo eso se ha escrito como recibimiento a su engendro. Hubo quien encontró algún aspecto de su lado bueno y también lo dejó escrito: al que no le guste esta ley que no se agobie; no durará.

La cuestión, ministra, es que esta ley, a diferencia de casi todas las de antes, no afecta tanto a la normativa propiamente académica, que eso sería fácilmente comprensible y seguramente asumible, como a aspectos más abstractos y menos tangibles, pero infinitamente más importantes. Afecta, por ejemplo, a la cohesión nacional, al derecho de los padres sobre sus hijos, a la igualdad de conocimientos y, sobre todo, a la libertad de elección y de pensamiento, una cuestión propia de alguien que afirma que los niños no pertenecen a sus padres. 

Realmente poco puede salvarse. ¿Alguien en su sano juicio puede justificar que el español deje de ser lengua vehicular en España? Acabar con la enseñanza especial y la concertada; pues no le debió de ir tan mal a usted estudiar en un colegio privado cuando mandó a sus hijas al mismo. Pasar de curso con suspensos; o sea, motivar al alumno diciéndole que estudie o no el resultado va a ser el mismo. Nuestros alumnos no se agotarán por el esfuerzo, pero eso sí, saldrán diplomados en burrología. Total, para llegar a ministro no hace falta gran cosa. Hay ministras de Educación que creen que lo de Fierabrás era un arte.