miércoles, 15 de septiembre de 2021

La nueva banca

Tiene uno la impresión, más bien la certeza, de que los bancos se mueven siempre dos pasos por delante de los demás negocios en lo que se refiere a tomar posiciones para sacar provecho de la circunstancias de cualquier momento. Y también varios pasos por delante en la lista de antipatía entre los ciudadanos, aunque esto sea en dura competencia con otros sectores de servicios. Estamos indefensos ante sus imposiciones y aun más ante la subida continua de gastos y comisiones por sus servicios, que abarcan media página de términos de un diccionario: de apertura, de mantenimiento, de cancelación, de cambio, de transferencia, de cobro, de pago y de cualquier cosa que hagan. Eso sí, en general suelen ser más altas cuanto más bajos son los saldos de las cuentas, o sea, con los más débiles económicamente. Ahora, además, han convertido a sus clientes en mano de obra gratuita. Le dan a uno unos cuantos códigos, le cargan una aplicación informática, le recitan las ventajas que va a tener con la nueva operativa y a hacer en su casa lo que sus empleados le habían hecho siempre.

Un banco es ese negocio que todos quisiéramos tener, yo creo que incluso Brecht, que escribió aquello de que hay algo más grave que atracar un banco, y es fundarlo. En definitiva consiste en cobrarnos por prestarle nuestro dinero y en prestarlo él a su vez a otro y cobrarle aún más. Si le parecen pequeños los beneficios, recurre a cobrar más a sus clientes por cualquier pretexto, y, cuando está en apuros, al dinero de los contribuyentes para sanearse. Es decir, a los mismos. Bien es verdad que a veces socializan sus ganancias en forma de intervenciones culturales, lo que no está nada mal, aunque es de suponer que algo ganarán a cambio. Voltaire escribió una frase malévola que se hizo famosa: si alguna vez ves saltar a un banquero por una ventana, salta detrás; seguro que hay algo que ganar. Puede que en algunos casos su nombre pueda relacionarse con la cultura, pero hay otros términos mucho más asociados, como beneficio, ganancia, lucro, y otros más tradicionales: codicia, usura, especulación.

Y además, nos han ido dejando cada vez con menos opciones donde elegir. Qué tiempos aquellos en que había docenas de bancos de todos los tamaños, locales, regionales y nacionales, cada uno con su estilo y su propio concepto de cercanía al cliente. Ahora tres o cuatro tiburones se han ido comiendo a todos los pececillos y se han convertido en verdaderos tiranos de un mar en el que todos nos vemos obligados a nadar. Estamos en sus manos, indefensos, oyendo a los banqueros predicar soluciones para salir de la crisis y pensando que no vamos a reírnos nunca más de la abuela que guardaba sus cuartos en el calcetín.

miércoles, 8 de septiembre de 2021

Covadonga

Para el visitante que llega por primera vez a Asturias todos los caminos conducen a Covadonga. Para el historiador que pretende desandar el largo proceso que concluye con la recuperación de la unidad española en 1492 y se inicia con su ruptura tras la destrucción del reino visigodo en el 711, todos los caminos conducen a Covadonga. Para el asturiano que se entrega dócilmente a sus resortes de primigeneidad e identificación, sin análisis ni críticas, todos los caminos conducen a Covadonga. Y Covadonga, encastillada en su mito y guarnecida por las actitudes, resiste bien todas las miradas y no defrauda a ninguno. Todo mito nace de una necesidad y, en su origen, mientras el grupo social lo abona y lo riega amorosamente, tiene todas las características y las consecuencias de lo verdadero, al menos para la comunidad que lo fomenta. Son la perspectiva y el rigor histórico los que habrán de desenmarañar la confusa urdimbre de hilos que el tiempo fue entrecruzando, hasta dejar a la vista, clara e insobornable, la lectura del tejido primitivo. En el caso de Covadonga esto se vuelve particularmente difícil.

Según quién opine, se habla de una simple escaramuza o de una encarnizada batalla, de un breve encuentro de montaña o de una heroica gesta con intervención sobrenatural incluida, de un bárbaro salvaje o de un caudillo providencial, de una anécdota más en la invasión musulmana o del solemne momento en que se salvó la civilización cristiana occidental. Una vez más será necesario aplicar el sentido común y la eterna ley de la media proporcional y llegaremos a la conclusión de que la verdad discurre por el camino del centro, pero hay un hecho que no admite duda: a partir de este momento, la población astur abandona el terreno puramente etnográfico e ingresa en el político e histórico. Y otro: que 1.300 años después se sigue celebrando aquel hecho como el día que simboliza la esencia del ser asturiano.

Es esta una buena fecha para detenernos a ver el presente y reflexionar sobre el momento en que estamos. Una sombra de desesperanza parece invadirlo todo; la ilusión por el futuro se vuelve débil; apenas parece haber más horizonte para nuestros jóvenes que la búsqueda de nuevos aires. ¿Qué estamos haciendo? Las leyes de la causalidad no son ciegas ni confluyen sobre una tierra por ocultos caprichos. No podemos gastar fuerzas y dineros en objetivos absurdos, como ese de convertir en oficial una lengua artificial que nadie habla. Hay que pedir ante todo a nuestros políticos una visión amplia que sobrevuele las miserias partidistas, porque voluntad y capacidad habrá que suponerles.

miércoles, 1 de septiembre de 2021

Un país sin esperanza

Afganistán parece el lugar donde la geografía y la historia se han conjurado para ofrecer la peor cara de sí mismas. Esta tierra reseca, montañosa, desnuda, sin bosques y sin verde, punto secular de paso de trajinantes entre dos mundos, parece condenada a vivir desde siempre con las esperanzas frustradas, sin apenas tener tiempo para generar otras nuevas y menos aún para verlas cumplidas. En sus valles desolados y aislados entre sí, no ha podido germinar nunca la idea de una vocación de ser en algún momento agente activo en la configuración de la historia, como les ha ocurrido a la mayoría de países, al margen de su éxito o fracaso. Tierras así solo pueden tener puesta toda su atención en la supervivencia y, si acaso, en defenderse de quienes traten de apoderarse de ellas. Tierras así, además, cierran las mentes a la razón y las hacen vulnerables a cualquier imposición enérgica de pensamiento.

Quizá el fanatismo sea la peor condición a la que puede descender el hombre y también el peor enemigo contra el que combatir, porque ni la todopoderosa razón, ni la clarificadora lógica, ni siquiera la evidencia suprema de la realidad son capaces de vencerlo. No sé qué forma habrá de romper los velos que ciegan al fanático hasta la oscuridad, hasta confundir a la misma divinidad con la voluntad propia. Estamos totalmente impedidos para penetrar en el interior de unas mentes que para nuestra cultura están tan alejadas como la del hombre de las cavernas. Ni su creencia ciega nos resulta comprensible, ni su conversión del fanatismo en una virtud nos es aceptable, ni su lógica es nuestra lógica. No sé qué esfuerzo habríamos de realizar para llegar al plano de la comprensión.

Estas gentes han decretado la muerte de todas las emociones que no provengan de su fe. Las grandes emociones nos ayudan a dar al olvido las ruindades y los desasosiegos cotidianos. Son como fuerzas rescatadoras que están a nuestro alcance. Por supuesto, pueden venir de la experiencia religiosa, siempre que se viva de forma voluntaria y libre, pero también se encuentran a nuestro alrededor: en la música, la literatura o el arte en general. Una gran obra que agite nuestros sentimientos, nos limpia con frecuencia de las pequeñas preocupaciones y contribuye a hacernos la vida más luminosa y más despejada de nubarrones. Pues todo esto ha sido prohibido por los talibanes bajo graves penas. Los niños afganos crecerán sin canciones y acaso sin otra melodía que la que sus madres pudieran tararearles a escondidas; las mujeres vivirán sin lecturas ni imágenes, y todos sin la menor referencia artística. Traten de imaginárselo y verán que no lo consiguen.

miércoles, 25 de agosto de 2021

Vuelta a la barbarie

Parecía imposible, pero hemos vuelto a contemplar la misma situación que creíamos que jamás volveríamos a ver repetida. El tiempo ha retrocedido veinte años y nos lleva de nuevo a un terrible escenario que dábamos por olvidado para siempre. Esas caóticas escenas del aeropuerto de Kabul, donde la desesperación de quienes quieren huir del horror talibán se convierte en una dramática lucha por la supervivencia, no son más que el anuncio de lo que va a ser otra vez un régimen de pesadilla, de legislación delirante, terrorífico en sus prácticas, fuera de toda comprensión racional. El desprecio a la libertad individual y la imposición de las ideas mediante el terror es la base del sistema, pero quizá sea en el trato a la mujer donde adquiera su mayor grado de oprobio.

La crónica de la historia nos ofrece épocas de especial dureza para las mujeres, especialmente en lo que se refiere al sometimiento de su voluntad y al acallamiento de sus impulsos más humanos, pero no es posible encontrar, ni aún en épocas en las que las ideas igualitarias derivadas del moderno desarrollo de una moral natural eran impensables, un estado de degradación semejante. Se anula su voluntad, por supuesto, pero también su cualidad de ser humano solidario con todo lo creado. El mundo ya no es un escenario para contemplar y admirar, sino un espacio al que sólo es posible atisbar a través de un pequeño agujero. El entendimiento pierde su carácter de potencia necesaria; deja de ser el instrumento indispensable para el desarrollo del espíritu y de la mente y se convierte en un don entregado gratuitamente a unos individuos que así lo exigen. ¿Qué se puede sentir al verse obligado a contemplar la vida a través de un enrejado de minúsculos cuadrados pegados a los ojos? ¿Cuál puede ser la percepción del mundo que ha de tener alguien que tan sólo puede contemplarlo detrás de un velo oscuro, abierto únicamente por unos pequeños agujeros que le compartimentan la visión y le impiden hasta poder ver el suelo que pisa? Las afganas que han logrado escapar de su país no nos lo explican, quizá porque no consideran que eso tenga demasiada relevancia al lado de todo lo demás. Su grito se centra sobre todo en su situación legal y, como consecuencia, en su realidad cotidiana: sin derecho a la educación ni a la sanidad ni a la vida, sin libertad de relaciones ni de elección de estado, sin otra opción posible que la sumisión y el silencio.

Dan ganas de no quejarse aquí de nada, ni siquiera de que nuestra alcaldesa no pierda ocasión de hacer gala de su incompetencia.

miércoles, 18 de agosto de 2021

Días de agosto

Con el fin de la Semana Grande parece que todo tiene ya un aire de despedida, como si el tiempo se hubiera fatigado y exigiese un nuevo horizonte. Ya se han ido apagando todas las señales de cada verano: el vaivén de la Feria, el bullicio de las tardes de toros, las protestas al vacío de quienes no las quieren, los atascos. Comienzan a irse los visitantes, quizá iniciando el camino de la nostalgia, se aclaran terrazas y calles, se han consumido casi todos los espectáculos, que esta vez no han sido muchos, y la ciudad, engordada artificialmente durante unas cuantas semanas, empieza a recuperar su silueta de siempre. Seguramente aún llegarán algunos, pero serán secuelas. Se ha cruzado la fiesta grande, la jornada principal en el camino del año festivo de la ciudad, que es el que rige nuestra parcela más próxima. Claro que el calendario dice que aún queda verano, pero nada puede evitar que se imponga la sensación de un gesto de recogida. A falta del adiós que nos daban cada año los fuegos artificiales, el clarín de la última corrida tuvo algo de toque de clausura.

Se agotan los días de vacaciones, se apuran los últimos momentos antes de la vuelta a la rutina y se tratan de consumar los deseos aun incumplidos. Sigue sonando lejano el eco del rebullir diario de la actualidad como si no quisiéramos que tenga algo que ver con nosotros, y hasta parece que el país funciona mejor, quizá porque los gobernantes sestean. Seguramente estarán afilando las tijeras para su particular vendimia de septiembre, que es época en que acostumbran a cortar buena parte de nuestras ya menguadas viñas. De momento, ni siquiera alguien que esté tumbado despreocupadamente a la sombra de un pino, con una cervecita en la mano y el pensamiento a mil kilómetros de la realidad cotidiana, podrá evitar preguntarse por qué esta disparatada subida de la luz que está dejando su cuenta temblando, pero como nadie le va a contestar, mejor que se vuelva a su cervecita mientras pueda.

La vuelta a casa viene a ser un tributo que hay que pagar por robarle al ordinario de la vida unos días y poder configurarlos a voluntad. Se satisface a base de añoranza, tristeza por lo que se deja, cansancio y pereza mental por lo que nos espera y una mezcla de resignación y sorpresa por el rápido paso del tiempo cuando se le deja correr a su aire sin que nadie trate de ponerle medida. Pero queda el valor del reencuentro con lo que realmente nos pertenece, lo permanente de nuestras vidas, más el recuerdo de unos días especialmente vividos y la esperanza de que sea breve el tiempo hasta la próxima vez.

miércoles, 11 de agosto de 2021

Por el bosque

Seguir cualquier sendero que se pierda entre los árboles, andar en silencio, si acaso con una voz amiga al lado, entre el aroma de los helechos y el sosegado sentir de lo silvestre, nos inducirá a un ejercicio de identificación y quizá a establecer una relación nueva sobre el solar de la vieja. Es el poder del bosque. En este agosto de pandemia, en que todo parece preso de un afán de movimiento y masificación ruidosa, en lo profundo del bosque el aire parece aquietarse a fuerza de luces tornadizas y todo se vuelve de color canela. Es mediodía, la hora del silencio. El sol está en vertical, las sombras se reducen y el bosque calla. Dormitan cazadores y presas, amortiguadas la agresividad y el miedo. Descansa el murmullo, se aburren los árboles. Será al final de la tarde cuando el bosque sacuda su modorra y se preparen las estrategias para las terribles batallas nocturnas.

Para conocer el bosque se hace preciso abandonar los caminos y seguir las pistas que llevan a ninguna parte. Y así, pisando el sotobosque, tropezando con los estolones, respirando en los claros, esquivando espineras, acebos y zarzales, pero sin volver la vista a la comodidad del camino, le es posible al visitante de ánimo bien dispuesto acercarse a aquella intimidad en la que forma cada día su hogar la tierra y donde se generan procesos que, querámoslo o no, han de afectarnos a todos.

El sendero entre los robles está iluminado por los rayos que las hojas modelan a su gusto. Qué lejos queda el virus y cualquier noción del mal en este seno protector que parece darnos una perpetua bienvenida. Fuera de allí, cuántas palabras, cuántos lechos como cálices amargos, cuántas verdades dichas en susurro, cuántas mentiras dichas a gritos. Somos cantos rodados tirados por el camino de la vida, y si alguien tuviera la facultad de andarlo con paso largo y libre, tropezaría con nosotros. Bultos pequeños que se mueven sin parar, que se mueven en círculo buscando la tangente definitiva. Luego, con los años, sabremos que la única ciencia en la que todos somos diplomados es en la ciencia de no entender nada.

En Asturias el bosque adquiere un sentido de identidad que configura un carácter natural. Por el robledal, el hayedo, el castañar o el mixto; en Muniellos, Peloño, el Pome y tantos otros, sentirá el caminante, sentado humildemente junto a un tronco, que no tiene más remedio que volverse subjetivo y procurar hacer esfuerzos para no dejarse llevar por una fácil tentación panteísta, que resultaría hermosa, pero frágil como una pompa de jabón y que no contribuiría gran cosa al logro de una fe discernida que quizá busque.

miércoles, 4 de agosto de 2021

La debilidad de las palabras

Siempre nos faltan las palabras cuando se trata de decir lo que nos parece lo más importante. Los intentos de dar consuelo a quien sufre, la forma de expresar el amor, el miedo ante lo inexplicable, la justificación de algún acto, el dolor del arrepentimiento, todo se escapa de cualquier forma de decir y queda a medias en su significado y a merced de que el otro tenga la cualidad de saber completar lo que no somos capaces de expresar. La palabra no es el invento adecuado para corporeizar sentimientos; falla, no es elástica, rechina, no llega. En ella lo mejor queda siempre excluido y descansa en su fondo. La palabra sólo es perfecta para comunicar en la distancia. Para las presencias es preferible tomar al otro del hombro y decirle: mira, mira aquello y siente, que te comprendo; mírame a los ojos y siente conmigo. Las ideas sólo mantienen su pleno encanto cuando se quedan en su estado de sentimiento. Buscad un pensamiento hermoso, un pensamiento que nazca dentro de vosotros, que nadie haya tenido jamás, que os pertenezca porque atañe tan sólo a vuestra mente. Escribidlo. Lo encontraréis mediocre. El cuerpo que le deis ya no puede alcanzar la perfección de su espíritu, porque las palabras fueron inventadas por el intelecto e inevitablemente se moverán en un registro distinto, sobre todo si se escribe para descargar el corazón.

Lo saben muy bien los escritores cuando  tratan de describir las emociones derivadas, por ejemplo, de una situación amorosa. También aquí, más que nunca, falla la palabra, porque todo se vuelve inefable. Un querer intenso, un alzarse por encima del resto, una proyección exacta sobre el otro, un sentimiento de acierto, un gran acierto. Mejor no exprimir más las palabras. Mejor hacer sentir.

Más acertadamente cumplen las palabras su misión en la otra gran función que tienen, la de servir de soporte al conocimiento y a su transmisión a través del tiempo. De ellas están hechos los depósitos que lo albergan. En las obras capitales del viejo humanismo se encuentra la única sabiduría accesible; incluso la sabiduría de aprender de la sabiduría de los demás. Son éstas palabras desnudas, directas, con afán de ser útiles. Nos resultan necesarias, pero no estremecen ni sentimos ningún temblor por su causa. Las otras quizá se nos aparezcan como fácilmente prescindibles, pero qué placer cuando se da con una expresión plena de belleza, de esas que hay que releer varias veces, y qué satisfacción la del autor cuando remata una frase y la encuentra radiante y luminosa, aunque sea solo para él. Y qué pocas veces ocurre.

miércoles, 28 de julio de 2021

Los Juegos más extraños

En medio de esta larga pandemia que ha vuelto grises los días y nos ha dejado sin ocasiones de asomarnos a la frivolidad y a sus inofensivas y gratificantes emociones, llegan los Juegos Olímpicos como un paréntesis que nos permite escapar por un tiempo de la presencia obsesiva de todo lo relativo al dichoso virus. El mundo virtual, que sin duda ayudó a muchos a sortear el aislamiento y la soledad, ya comenzaba a enseñar sus carencias y a resultar insuficiente, y termina mostrando sus dificultades para reflejar buena parte de nuestra forma de percibir, sentir y conocer. La empatía, la pasión, la conmoción por la belleza o la vibración por la hazaña en directo no tienen cabida en ese mundo prefigurado. Este tiempo olímpico viene a abrir una ventana a la que asomarnos y poder olvidarnos por unos días del ominoso y agobiante paisaje omnipresente en todas las pantallas desde hace año y medio. Para el devoto del deporte serán unos días de continuo éxtasis ante tantas actividades como se le ofrecen, y al que no lo sea tanto traerá entretenimiento y emoción, y tocará sus fibras patrióticas, incluso las que creía más dormidas. A pesar de las gradas desangeladas y del silencio que acoge hasta las hazañas más destacadas, se nos viene a parecer como un eco de la vieja normalidad.

Qué queda del ideal clásico en el mundo de hoy, en el que todo se ha difuminado por la globalización. Veinticinco siglos de distancia, más la acumulación de formas diversas de pensamiento y el desarrollo de nuevos factores, económicos sobre todo, han influido en la evolución de una parte de nuestro espíritu, la que hace referencia a la relación entre cuerpo y mente, y en el camino para conseguir el buen funcionamiento de la segunda a través del primero. Los atletas griegos competían tan sólo por una corona de olivo y por el honor que ello conllevaba, jamás por dinero, y era ajeno a su pensamiento hacer la menor trampa. En su preparación era parte fundamental el conocimiento de la poesía y la filosofía, como contribución al cultivo de la mente. Además, durante los días de los juegos se establecía la Tregua Sagrada, por la que quedaba prohibida cualquier actividad militar en todas las ciudades griegas, con multas para quien la rompiese. A pesar de las inevitables diferencias que el paso del tiempo fue estableciendo, cabe reconocer que buena parte de ese espíritu original se ha tratado de mantener, al menos en lo que se refiere a conceptos como capacidad de sacrificio, afán de superación, respeto al rival. Y ahora, en medio de la pandemia, vienen a ser, más que nunca, un retrato perfecto de la sociedad de su tiempo.



miércoles, 21 de julio de 2021

Tiempo revuelto

Entre lo que nos trae la madre naturaleza y lo que armamos por aquí, el mundo parece no estar muy en sus cabales. O sea, más o menos como siempre, solo que ahora podemos verlo con una mirada más amplia. El planeta de extensos espacios ignotos y andadura inagotable durante tantos siglos, se ha convertido de pronto en una finca comunal, y el chasquido de una pequeña rama en cualquier árbol se deja oír en toda la extensión del bosque. Resulta un consuelo pensar que, al fin y al cabo, suceden las mismas cosas que nos han sucedido siempre desde que aparecimos por aquí -desastres naturales, accidentes y todas las maldades que añadimos los humanos-, pero ahora resulta más inevitable que nunca hacerlas nuestras y sufrirlas o gozarlas como algo cercano. En cierto modo hemos aumentado nuestra condición de sujetos pasivos de todo lo que sucede en cualquier lugar.

Lloran Alemania y Bélgica la tragedia de unas inundaciones que han causado cientos de muertos y desaparecidos, además de enormes daños materiales en la zona más rica de Europa. Tiene algo de especial esta catástrofe, por sorpresiva y por infrecuente. A pesar de que haya quienes se esfuercen más por estar mejor preparados, cuando los elementos se desatan no miran dónde lo hacen e igualan todos los lugares con su acción destructiva. Si acaso luego, a la hora de remediar sus consecuencias, sí tendrá que ver el grado de capacidad de respuesta del país afectado, y el desastre será más o menos reparable, aunque el dolor por los que se fueron siempre será el mismo. Algo se podrá aprender de esta tragedia, aunque no sea más que la evidencia de nuestra ignorancia acerca de las fuerzas que actúan sobre nuestro mundo.

Casi al mismo tiempo, de Cuba nos llega un recordatorio más de que el dinosaurio sigue allí, aunque con otro nombre. La enésima revuelta dentro de la inmensa cárcel parece comenzar a diluirse, pero seguro que tendrá más reediciones. Un sistema que se basa en privar a un pueblo del derecho a las urnas, de la libertad de expresarse y de opinar y de la posibilidad de abandonar su país; en negar a sus ciudadanos cualquier aspiración a su desarrollo personal fuera de las rejas donde se encarceló sus ideas; en obligar a convivir con la realidad de cientos de detenciones injustas y millares de exiliados; en haber hecho de uno de los países más ricos de América un lugar de hambre y pobreza, lleva dentro de sí el germen de su propia destrucción. Queda el difícil trance de buscarle el cierre menos doloroso posible.

Y este virus que no se acaba.

miércoles, 14 de julio de 2021

Que acierten

Nos han cambiado el Gobierno y nos lo han llenado de caras desconocidas, ahora que ya comenzábamos a familiarizarnos con las otras, al menos con algunas. Bueno, más que con las caras, era con las palabras de cada uno con lo que nos íbamos acostumbrando entre alguna sonrisa condescendiente y bastantes dosis de inquietud. A ver estos. A uno le gustaría conocer qué fuerzas rigen las entrañas de estos procesos y qué fuerzas determinan quiénes han de ser los destituidos y quiénes los que los sustituyan. O mejor no. Seguramente se encontraría con extraños y misteriosos designios y tejemanejes que no sospecha ni entendería muy bien, ni tampoco le importarían demasiado. La política es un mundo complejo en su funcionamiento interno y con normas generales hechas, a partes variables según conveniencia, de ética, pragmatismo, convicciones a medida, capacidad de relativizar la realidad, interés por el bien común y apego al poder. Esta renovación nos lleva rostros ya muy vistos y nos trae otros que de momento no son más que nombres, pero nos deja algunos de los que más alto alzaron el pabellón del ridículo y el sectarismo. Por ejemplo, se mantiene a un señor ministro de Universidades que afirma que Clarín fue fusilado por los franquistas, a un ministro de Consumo que demoniza el consumo de carne, o a una ministra de Igualdad que da todas las armas a la mujer contra el hombre, incluyendo la de que tenga que ser él quien haya de demostrar su inocencia ante cualquier denuncia. Se ve que esos no importa cómo lo hagan.

Pues que se pongan todos a trabajar cuanto antes. Que comiencen a tratar de encontrar los medios para que la crisis económica que se adivina no tenga, como siempre, su eslabón final en las familias que viven de su precario salario. Desde las alturas de los seis mil euros mensuales no se percibe la angustia del paro, la inflación, las hipotecas, la subida de la luz, la inestabilidad de los contratos, la inaccesibilidad de la vivienda o el incierto futuro de nuestros jóvenes. Que se olviden los partidismos y se dediquen a ello con todas sus fuerzas, aunque no sea más que por pura supervivencia ante el siguiente trance electoral, porque el ciudadano con el cinturón apretado suele olvidar sus afinidades ideológicas y se agarra a las siglas que le inspiren una mayor confianza en la gestión de sus bolsillos. Que se esfuercen desde ahora mismo por fortalecer la conciencia nacional, debilitada por alianzas peligrosas y concesiones a quienes tienen como principal objetivo diluirla del todo para conseguir sus objetivos. Que gobiernen sin pensar tanto en sí mismos. Por el bien de todos, que acierten.

miércoles, 7 de julio de 2021

Sigue ahí

No acaba de irse el dichoso virus. Cuando parece que está de retirada gracias a las vacunas, nos damos cuenta de que aun cuenta con un enorme campo de actuación y que no ha hecho más que reducir un poco su presencia en el escenario y permanecer agazapado, mientras se camufla bajo la apariencia de una nueva cepa que ahora, seguramente para evitar susceptibilidades nacionales, se denominan siguiendo el alfabeto griego. Ya vamos por la cuarta letra. La variante delta, o sea la india, viene con fuerza, amenazando con traernos una quinta ola. Llega de la mano de la imprudencia y la falta de responsabilidad por parte de algunos, y de control por parte de quienes deben ejercerlo. Parece que somos nosotros los que nos empeñamos en darle facilidades para que se asiente y siga campando a sus anchas. Por lo visto, la impaciencia juvenil por la vuelta a la diversión en grupo es superior a su temor al virus, y de ahí esa entrega ansiosa a festivales, viajes de estudios, celebración de absurdos orgullos, conciertos masivos y reuniones porque sí, que han triplicado el número de contagios. Por ejemplo, más de mil personas en ocho comunidades han dado positivo en covid, todos ellos casos relacionados con las reuniones de adolescentes en la zona de El Arenal, en Mallorca. Se dice que los jóvenes van en grupo, los adultos en pareja y los viejos solos; pues en ese instinto gregario, que protege y modela su personalidad, tienen su vulnerabilidad.

Estamos en medio de la batalla, entre la esperanza cierta, pero aún lejos de cumplirse del todo, y la incertidumbre que da el temor por ver que nos hallamos ante un enemigo capaz de reinventarse cíclicamente y de seguir expandiéndose a la menor oportunidad que se le dé. Ahora el ataque va hacia el sector que parecía más protegido por su propia naturaleza, porque aún estaba a salvo del riesgo físico que trae consigo el paso de los años; habría que pedirle que siga olvidándose por un tiempo de los impulsos primarios de su edad y aprenda a distinguir la línea que separa la diversión de la imprudencia.

Cuando todo esto acabe veremos este tiempo como el que nos puso delante de los ojos la realidad de nuestra condición vulnerable. A los jóvenes del botellón hay que advertirles de los riesgos de sus desmadres, pero a quienes nos mandan cabe exigirles unidad de criterios, claridad en las normas, rigor en su cumplimiento y olvido de razonamientos partidistas y de todos los que no sean exclusivamente sanitarios. Claro que ahí nos metemos en el campo de actuación de los políticos, y entonces ya nos resulta inevitable caer en la duda.

miércoles, 30 de junio de 2021

Nueva profesión

Casi 23.000 aspirantes a astronautas, entre ellos 1.300 españoles, se han presentado a la Agencia Espacial Europea como candidatos a participar en alguna de las misiones que proyecta llevar a cabo en los próximos años. Tendrán que ser ciudadanos europeos y cumplir una serie de requisitos físicos y académicos, sobre todo en lo que se refiere a las áreas científicas y tecnológicas, además de contar con tres años de experiencia en sus respectivas especialidades. Todos ellos pasarán estrechos filtros y exigentes pruebas a lo largo de un año, hasta que al final queden tan solo cuatro o seis elegidos, que son los que se prevé que se necesiten. Un camino largo y difícil, escaso de certezas y de final incierto, que exige una entrega sostenida por una vocación a prueba de sacrificios y decepciones, como casi todas.

O sea, que ya han pasado los tiempos en que nuestros jóvenes aspiraban a ser bomberos, futbolistas o rockeros. Ahora puede que también, pero el desarrollo de la tecnología espacial y la incorporación a ella de nuevos actores, entre ellos Europa, han abierto un nuevo e inacabable campo en el que encontrar otros paradigmas de héroes y nuevos propósitos a los que aspirar como meta de realización personal. El espacio exterior, que desde el comienzo de la carrera por su exploración fue siempre un sueño de imposible realización que enfriaba toda vocación, se ha convertido ahora en una posibilidad más cercana y realizable, eso sí, solo para quienes tengan capacidades y cualidades muy concretas.

Afortunados ellos, que podrán contemplar nuestra casa desde la distancia y tendrán ocasión de modificar todos los resabios y prejuicios que da la proximidad. Perdido en la infinitud, solo en la inmensidad que lo rodea, nuestro planeta no podrá menos que inspirar reflexiones que desde aquí no pueden alcanzar más categoría que la de intentos. Quizá una de las soluciones para tomar conciencia exacta de nuestros actos como seres humanos y ordenar un poco nuestro mundo sería que todos pudiéramos dar una vuelta por ahí arriba y ver desde la negrura del vacío exterior este puntito azul en el que nos afanamos cada día con todas nuestras fuerzas. Nos parecería increíble que puedan caber en él tanto torbellino de ambiciones, de luchas por conseguir objetivos que desde allí nos parecerían menos que insignificantes, de disparates continuos y de energías gastadas en aras de lo efímero y lo inútil. No podríamos comprender que en aquella pequeña y preciosa bolita de tenue color celeste, la única en la que ha surgido la vida, sus habitantes no hayan conseguido vivir en paz completa ni un solo día desde que aparecieron en ella.

miércoles, 23 de junio de 2021

El espectáculo

Pocos son los que puedan ser actores en este gran teatro del mundo, y menos aún los que desempeñen algún papel que influya en la conducta y el pensamiento de quienes lo miran. Ni siquiera los que más fuerte parecen pisar en el escenario son otra cosa que comparsas de un guión escrito a golpes imprevisibles, amoral, acrítico, sin finalidad ni lógica, o sea, eso que llamamos el curso de la vida. La mayoría hemos de ser espectadores obligados, sin más posibilidad de influencia que un aplauso o un silbido de vez en cuando, pero casi siempre sin demasiadas consecuencias. Y es que somos eso, obligados. Podemos sentarnos en un rincón a hacernos preguntas existenciales hasta que nos demos cuenta de que no vamos a poder dar respuesta a ninguna de ellas, o podemos aceptar lo irremediable y contemplar el sainete tragicómico que se nos ofrece a la vista, procurando tener a mano una sonrisa, una lágrima y una mueca de escepticismo, porque alguna de las tres nos vendrá bien. Fijémonos, por ejemplo, en el espectáculo que nos brinda en estos días el siempre inquieto y sorprendente mundillo de la política.

El panorama que se nos ofrece por aquí es, cuando menos, original; seguramente no se podría encontrar en ningún otro sitio de nuestro alrededor. Debe de ser la primera vez que un Gobierno concede un indulto a unos delincuentes en contra de su voluntad, sin que lo hayan pedido, sin la menor traza de contrición y entre anuncios a los cuatro vientos de que volverán a cometer el mismo delito en cuanto los dejen libre. Y eso después tener enfrente un informe demoledor y una negación rotunda del Tribunal Supremo, más la opinión en contra de la mayoría de ciudadanos. Un espectáculo inédito que intenta explicar con una ilusoria prospección de futuro y con artificios sensibleros, ante la cara de asombro de algunos de sus propios ministros, que se ponen colorados cada vez que tienen que recitar las dos o tres frases manidas que les han preparado para justificar a su jefe. Nada tiene valor: ni la palabra dada, ni la erosión social, ni el debilitamiento de las instituciones, ni la dignidad. No hay nada por encima del objetivo supremo de mantener el poder. Todo en la línea de este presidente, que ya nos ha enseñado a escuchar sus promesas más ampulosas con cara de sorna.

En fin, que se nos acaba de ir la primavera sin que la aguda mirada de la señora ministra de Igualdad se haya dado cuenta de que es la única de las cuatro estaciones que es femenina. Vaya, igual acabo de quitarle el sueño.

miércoles, 16 de junio de 2021

En el fondo del mar

Nada puede explicar al ser humano cuando los límites de su razón se ven desbordados y la realidad se pierde en la oscuridad del infinito, allí donde no hay ninguna posibilidad de comprenderla. En nuestra mente limitada y acotada por los lindes de la lógica, solo tiene cabida lo que la ley natural admite en su seno, y eso que bien que nos empeñamos en forzarlo. Fuera de él todo se nos vuelve inquietante; todo es oscuridad, manotazos al aire, perplejidad, preguntas y reflexiones absurdas sobre el absurdo, desorientación de quien anda a tientas sin encontrar asidero. Esa ancla que se arrojó al fondo del océano con dos pequeños cuerpos atados a ella arrastró consigo el último resto de nuestra capacidad de entender al ser que somos en su totalidad, como alguien que ya había agotado toda posibilidad de causarnos asombro. Las preguntas se nos acumulan sin más repuestas que el eco que nos llega devuelto desde la oscuridad. ¿Cómo es posible que un sentimiento, en este caso los celos, alcance a ser tan inhumano como puede llegar a ser la convicción? ¿Qué puede explicar tanta concentración de maldad? ¿Qué fuerza tuvo que tener el mal para ser capaz de vencer la de unas caritas sonrientes y unas miradas infantiles en las que se reflejaba lo más puro y luminoso que los humanos tenemos a nuestro alcance?

Dicen que los niños tienen como don natural el de adivinar qué personas les aman. Seguramente es verdad. Seguramente tuvo que hacerse visible en algún momento aquel revuelto de odio, celos, venganza, crueldad e iniquidad que se trasluce al exterior cuando se pierde la condición humana y que ni siquiera el artista de mente más enfebrecida fue capaz de plasmar jamás ni en sus pinturas más negras. No lo sabremos nunca; será uno más de los secretos que guarda el mar. En esa ancla clavada en el fondo y destinada a perpetuar para siempre el sufrimiento de la madre, cabe todo el horror de la perversidad más cuidadosamente elaborada, y menos mal que ha dejado descubrir parcialmente su secreto.

Y ahora el dolor. Aligerado quizá por ser conocido y comprendido por todo el país y compartido por muchos que se han visto en una situación semejante o han sabido imaginarse en su lugar, pero con las zarpas intactas, desgarrando las entrañas en una acción, esta sí, individual e intransferible. No hay defensa, ni siquiera ante la oleada de solidaridad recibida y ante el enorme esfuerzo desarrollado por aclarar el caso. No hay más que la aceptación de una realidad inevitable para tratar de conseguir lo que ahora parece imposible: que no oscurezca la dimensión positiva que la vida ofrece.

miércoles, 9 de junio de 2021

Otra vez la luz

Otra vez el recibo de la luz vuelve a dar uno de esos saltos a los que nos tiene acostumbrados y, además, esta vez condicionando nuestro tiempo y nuestros hábitos. Esto de la energía eléctrica es todo ello un verdadero enigma en su significado pleno: algo muy difícil de entender o interpretar, algo que no se alcanza a comprender y que nadie es capaz de explicar. Desde luego, nadie lo intenta. Pagamos y ya está. Saben que van sobre algo que nos es imprescindible y que no van a tener enfrente más que protestas de bajo tono y una mansa resignación. Debe de ser que no merecemos ninguna justificación o acaso sea que no la tienen. A lo mejor es que las turbinas giran más despacio a las 2 que a las 3. Pero miren, casi mejor que no nos lo expliquen, porque vendrán con una ensalada de palabrejas y conceptos que le dejan a uno más confundido todavía y asombrado por la cantidad de cosas que paga en su factura. Ya se sabe que todo lo referente a la luz está muy oscuro y que si hay alguien experto en enrevesar cualquier realidad hasta convertir lo más simple en algo completamente incomprensible son las eléctricas, aunque los bancos y las telefónicas no se quedan atrás.

Los indignados de hace unos años que gritaban porque el Gobierno había subido el recibo un 8 por ciento son ahora ministros, y lo han subido un 26 %, y además nos obligan a estar pendientes del reloj para tratar de arañar algún euro a la factura. Y en esto sale la cortita de siempre a explicarnos que el gran temazo no es a qué horas conviene planchar para ahorrar algo, sino quién tiene que hacerlo. Será que así se conjura la pobreza energética. El feminismo como agente redentor y ella como su gran sacerdotisa.

La sensibilidad social de nuestros gobernantes es claramente mejorable. Con el paro desbocado y miles de hogares en ERTES, en un momento de retraimiento profundo del ahorro y del consumo, cuando cuesta más que nunca llegar a fin de mes, nos imponen este brutal tarifazo, que además supone el inicio de una cadena, porque todo lo que consumimos está hecho con electricidad. Echarán la culpa a las multinacionales y a las empresas del sector, pero no estamos ya en la época feudal, cuando el señor del castillo hacía lo que quería con sus súbditos sin que hubiera ningún poder por encima de él. Si hemos elegido un Gobierno es para que proteja a los ciudadanos de abusos y controle el funcionamiento de la sociedad en su conjunto, desde los medios productivos hasta todo aquello que afecte al bienestar general.

miércoles, 2 de junio de 2021

La voz que no se escucha

Es una más de las nuevas religiones que nos están imponiendo en esta época de descreimiento e indiferencia hacia los dogmas tradicionales: el culto a la juventud. Siempre lo hubo en mayor o menor medida, pero ahora parece alentarse aún más desde las altas instancias de todos los poderes, ayudado por la deriva tecnológica que ha emprendido nuestra sociedad, en la que cada día ya no tienen cabida elementos de la tarde anterior. Quien domina los artilugios técnicos que se han vuelto imprescindibles para poder vivir domina la sociedad, y en eso los jóvenes llevan toda la ventaja. En un mundo de códigos, claves, contraseñas, aplicaciones, palabras extrañas y escasa preocupación por la expresión, se sienten en su salsa frente a quienes esta revolución tecnológica les ha llegado de repente alterando el marco en que se desarrollaba su vida hasta entonces. Y sin embargo, toda esa desenvoltura no puede compensar la lógica falta del poso de conocimiento que aportan los años.

Qué cosa más agradable que una vejez rodeada de una juventud deseosa de aprender, pensaba Cicerón. Desde luego, en el campo de la política parece que ahora no hay nada que enseñar. Se desperdicia, aún más, se menosprecia la experiencia; se vuelve a caer en los mismos errores mil veces cometidos por los que gobernaron antes; triunfa el adanismo. Todavía no hace mucho veíamos la displicencia con que la portavoz socialista en el Congreso, una chica cuyo curriculum cabe en medio folio, criticaba a históricos dirigentes de su partido alegando su edad. Se ve que ya sabe todo lo que hay que saber y que nadie puede enseñarle más. Lo decía Maugham: "Es irritante la paciencia que hay que tener con los jóvenes. Nos dicen que dos y dos son cuatro como si nunca se nos hubiera ocurrido y se sienten terriblemente decepcionados si no participamos de su sorpresa al descubrir que las gallinas ponen huevos".

Pues claro que los tiempos cambian y que las circunstancias que nos rodean se renuevan continuamente, pero los factores que han de regir nuestra conducta ante ellas son permanentes y no admiten sustitutos: la prudencia, la reflexión, la sabiduría, la perspicacia, la serenidad. Todos ellos se acrecientan con los años. El búho de Minerva bate sus alas al anochecer, según observó el filósofo.

Y a la puerta de su casa, sentado en su banco, aprovechando los últimos rayos de sol antes de que llegue la ya cercana noche, un viejo sonríe levemente y recuerda una frase que oyó una vez y que nunca ha olvidado: los jóvenes piensan que los viejos son tontos; los viejos saben que los jóvenes lo son.

miércoles, 26 de mayo de 2021

Un vecino incómodo

Incómodo y falto de escrúpulos. Esos miles de niños y adolescentes que se lanzaron al mar en cuanto pudieron, jugándose la vida con tal de alcanzar la tierra soñada al otro lado del espigón, es una de esas imágenes que definen la indigencia moral de un gobierno, que no duda en animar a sus jóvenes a arriesgar sus vidas para escapar de la miseria y el hambre de su país. Se les ve nadar como pueden y llegar desfallecidos a la playa y, a los más fuertes, levantar los brazos gritando la alegría de haberlo conseguido. Luego vendrá la respuesta de la cruda realidad: la dificultad de acceder a la península, la imposibilidad de encontrar trabajo, el desamparo y la inseguridad de no tener documentación, la evidencia de que todo era una falsa promesa. Y mientras tanto, tratar de conseguir que alguien se fije en él y le dé una manta y un plato sin más palabras que algunas de ánimo y comprensión.

Todo resulta triste y decepcionante en este asunto, como siempre que están involucrados seres humanos movidos por la desesperanza. Para un país es más fácil librarse de sus masas hambrientas que darles de comer; se zafan del problema y además ingresarán buenas divisas con sus remesas. Y encima tienen en su poder un mezquino chantaje: o ustedes nos mandan buenas partidas de euros o nosotros les enviamos a nuestros niños y a nuestros jóvenes para que se hagan cargo de su miseria. Y, a juzgar por su tono desafiante y prepotente, sin tener el menor asomo de mala conciencia. Al revés: el que debe tener la conciencia salpicada es el que los recibe, y no el que los obliga a irse a causa de la corrupción, la desigualdad y la escasa preocupación por sus vidas.

Y luego aquí están, como siempre, los heraldos de su propia progresía, los eternos autoflagelantes que hacen responsable a Europa de todo el mal que acontece en los otros cuatro continentes. Acaso con buena fe, buscan las culpas y se olvidan de las causas, casi siempre con una argumentación que consiste en repetir la serie de tópicos que enseñaban los manuales de propaganda en las décadas de descolonización, allá por los sesenta. Podrán buscarse mil causas y seguramente se encontrarán muchas que estén más o menos relacionadas con esta situación, pero está claro que en primera instancia tiene un carácter más bien endógeno; reside en factores internos, como la invertebración social de estos países, su profunda corrupción institucional, la abismal desigualdad de sus clases, un concepto teocrático de la vida cotidiana, la escasez de inversiones en innovación o el empleo de una gran parte de los recursos en absurdos gastos militares.

Me lo decía una noche en una terraza de Tánger un amigo moro -"pues claro que moro, y a mucha honra"-; me lo decía con su expresión de estar de vuelta de muchas cosas y de comprender casi todo: "¿No ves a lo lejos las luces de España? No te extrañe que desde aquí se vean como una llamada del paraíso".

miércoles, 19 de mayo de 2021

La vuelta

Este fue el fin de semana de los deseos cumplidos después de un tiempo infinito en que hubo que tenerlos reprimidos. Ya nos habíamos acostumbrado a los fines de semana mortecinos y silenciosos, y a la triste soledad de lo que siempre habían sido espacios bullangueros y llenos de vida, y ahora, con el término del estado de alarma, recuperamos de golpe y con el ansia de beberlo todo de un trago, el afán por andar los caminos que nos lleven más allá de los límites de nuestro pequeño rincón. Esas riadas de gentes que se echaron a las carreteras y a las estaciones vienen a ser la expresión de la necesidad que tenemos de disfrutar de espacios y momentos diferentes, pero también de sentir los abrazos y la presencia de los que queremos después de tantos meses de tenerlos prohibidos. Vuelven los atascos, se preparan los alojamientos rurales para recibir de nuevo la avalancha de urbanitas y las playas se ven de nuevo invadidas por una multitud de cuerpos ansiosos de no hacer otra cosa que estar tirados en la arena. No se ha acabado la pandemia; el virus sigue ahí. Quién lo diría viendo las reuniones nocturnas en las calles y los botellones juveniles, justamente el sector que menos índice de vacunación presenta. Es la capacidad de abstracción que nos da el ansia de liberación y que nos invita a bordear la inconsciencia con tal de poder elegir si hemos de seguir o no los impulsos que nos tientan para ser felices.

Es posible, como se dice desde el poder con cierto tono voluntarista, que salgamos fortalecidos de esta prueba; lo que es seguro es que saldremos cambiados. Es posible que valoremos más lo que tenemos, eso que sustenta nuestra vida de cada día, y no demos tanta importancia a quienes tratan de dirigir nuestras ideas y nuestra conducta desde los todopoderosos medios que controlan manos interesadas. Posiblemente nos demos cuenta de que la seguridad y el bienestar que hasta ahora hemos tenido como algo que nos parece inherente a nuestra vida no tienen ningún certificado de garantía y que los escudos protectores de los que presumimos no hacen más que ocultar nuestra fragilidad como especie. Una visión más certera de nosotros mismos que nos permitirá cambiar la valoración de las cosas quitando importancia a unas y dándosela a otras.

Saldremos mejorados si nuestros gobernantes hacen un examen de conciencia sobre su labor y dejan de emplear tiempo y dinero en sus tonterías para centrarse en lo que de verdad mejora nuestra vida; por ejemplo en acabar con las listas de espera en la sanidad y dejar de empeñarse en esa idiotez del lenguaje inclusivo o en cambiar los nombres de las calles.

miércoles, 12 de mayo de 2021

Un poco de envidia

El ministro de francés de Educación, un tal Jean Michel Blanquer, debe de ser un tipo escaso de complejos que silencien sus convicciones en aras de algún rédito populista. No parece importarle mucho el griterío que puede desencadenar entre la progresía pseudofeminista, y desde esa ausencia de remilgos ha prohibido el lenguaje inclusivo en los colegios franceses. Se acabó enseñar a los niños a dañar la lengua con esa inútil reiteración de dobles expresiones de género. En la circular publicada y dirigida a las autoridades educativas de todo el país, se afirma que este tipo de escritura constituye un obstáculo para la lectura y la comprensión de lo escrito.

Dan un poco de envidia estos franceses en su defensa de aquello que los une, en este caso la lengua como el elemento más poderoso de estructuración nacional. Ya hace algún tiempo el Consejo Nacional había confirmado algo que convirtió en indiscutible: que no hay más que un único idioma oficial en toda la nación, que es el francés, y que no hay más que hablar. Que sí, que el bretón, alsaciano, occitano, corso, catalán y demás están muy bien y cada uno puede hablarlos cuanto quiera, pero que sólo sirven para usarlos con el vecino, y que nada de cambiar los rótulos de las carreteras y los nombres de las ciudades. Que una de las razones de la gran cultura francesa es su lengua, y que ninguna habla local, por muchas aspiraciones de gran idioma con que lo presenten, va a hacerle sombra. Que nada de pagar intérpretes para que traduzcan al francés las palabras de un francés y que todo ciudadano debe poder recorrer cualquier región de su país sin sentirse extraño en ella. Que un niño de la Provenza ha de seguir teniendo la posibilidad de ir a un colegio de Bretaña sin ser sometido a una obligada inmersión lingüística, aderezada con muchas gotas de hecho diferencial. Tienen a su lengua nacional como su más alto signo de identidad. Han sabido respetarla y convertirla en el símbolo supremo de su identidad. Sin ser un idioma que cuenta con gran número de hablantes, han logrado que esté presente en los planes de estudio de muchos países y que sea lengua oficial de casi todos los organismos mundiales.

Ahora no quieren aceptar su degradación en los textos escolares, porque "la escuela es el lugar en el que el niño se convierte en ciudadano gracias a una cultura común, y no puede ponerse en peligro ante los intentos de quienes quieren llevar la revolución al lenguaje. Porque el lenguaje es la razón común, no una razón de parte". Sí que dan un poco de envidia.

miércoles, 5 de mayo de 2021

La manifestación del trabajo

Este primero de mayo, a pesar de la pandemia, ha sido uno de los más honrados por los miembros del Gobierno. Hasta siete ministros salieron a la calle a reivindicar lo que está únicamente en su mano hacer. Es curioso el espectáculo de un Gobierno manifestándose contra sí mismo. Se pedía derogar la reforma laboral, poner en marcha la agencia social pendiente, acabar con la dualidad del mercado de trabajo y un montón de cosas parecidas. Pues se lo podían decir a las ministras que tenían a su lado, sin tanto aspaviento. A no ser que se trate de brindarnos la ocasión de ver un nuevo modo de ejercer la política: los miembros del Gobierno en una manifestación contra la oposición, que no gobierna. Esa era la cuestión. Por mucho Día del Trabajo que se celebrara, los intereses de los trabajadores parecían contar muy poco. Se trataba de hacer campaña contra el gobierno de una comunidad autónoma, que estaba en elecciones.

Estas manifestaciones a fecha fija por fuerza han de tener un componente artificioso, como todo lo que se encorseta en un momento concreto del que no pueden salir. Lo que debería ser una llamada de aviso al Gobierno para que preste atención a la reivindicación ciudadana del día que se celebra, suele convertirse en un batiburrillo en el que lo mismo se agitan las banderas feministas que las animalistas, las ecologistas o las que reclaman cambiar el reglamento de la petanca. En esta del trabajo, naturalmente intervino el dúo sindical, bien acompañado por las ministras. Repitieron sus consignas habituales, dijeron unas cuantas cosas que suscitaron el interés de media docena, fuéronse y no hubo nada.

El viento que agitó la renovación política y que obligó a tantas redefiniciones y a tantos análisis internos, y ante el que muchos sólidos estamentos doctrinales hubieron de iniciar un proceso de reorientación y hasta de redenominación, parece haberse olvidado del mundo sindical en su afán renovador. Sin apenas influencia, sobrepasados por el veloz ritmo de las concepciones económicas emergentes, con un escaso índice de afiliaciones, y en consecuencia  de cotizaciones, aferrados a los presupuestos públicos, los sindicatos siguen con su lenguaje arcaico y sus tendencias sectarias, manejando sobados conceptos sacados de los viejos manuales. La manifestación del sábado hará por el trabajo y la creación de empleo lo mismo que las anteriores. El parado seguirá con la angustia de ver cómo su familia puede sobrevivir cada mes, sumido en la desesperanza, y con la amarga sensación de que nadie de los que estaban allí se acuerda ya ni de lo que reivindicaba.