miércoles, 12 de junio de 2024

Cinco razones para no escribir en bable

 

No sé si el escritor debe dar los motivos de sus elecciones íntimas ni tampoco estoy muy seguro de que pueda hacerlo, por más que su deuda permanente con el lector le empujen a ello. Las elecciones íntimas suelen dejar poco margen a la propia decisión. Nos vienen impuestas por la mano que tira los dados del mundo, pero todavía queda -seguimos hablando del escritor- un amplio espacio en el que le es posible hacer lo que por obligación le corresponde: la invención de ámbitos y peripecias imaginarias Y ahí sí que puede dar las razones de todo aquello que quiera hacer y de cómo quiere hacerlo. El escritor puede, por ejemplo, en estos momentos de polémica en que a nadie le parece importar la opinión de los que realmente trabajan con las palabras, dar estas razones de por qué no escribe en bable:  

Porque es sabido que todas las mistificaciones son malas, y esto tiene mucho de mistificación. Cualquier visión ecuánime viene a coincidir en que en la actualidad el bable funciona como un dialecto del español, sobre la base de incorporar todos sus vulgarismos morfológicos y fonéticos y de apropiarse sin contemplaciones, aunque distorsionándolos, de cuantos vocablos precise. Se transgrede así el principio imprescindible para que una lengua crezca sana y limpia de conciencia: ha de nacer del pueblo, ha de ser hecha por los hablantes día a día, y sólo cuando su dimensión así lo exija, han de crearse las instituciones que la regulen, sistematicen y doten de normas unificadoras. En el caso del bable el proceso está discurriendo exactamente al revés.

Porque todo escritor ha de sentirse heredero de una tradición literaria, mejor cuanto más rica y fecunda, de la cual, mientras vive, es su representante y continuador. La tradición literaria del bable es prácticamente inexistente, y resulta difícil estar dispuesto a renunciar a un inmenso capital, acumulado por algunos de los más grandes escritores de la Historia, sólo por satisfacer frustraciones localistas, o por -algo peor- conseguir algunas prebendas en forma de facilidad editorial. Al fin y al cabo, como diría un relativista positivo, la cola del león es cola, pero pertenece al león; la cabeza del ratón es cabeza, pero de ratón.

Porque, dejémonos ya de mantos piadosos: como valor cultural es insignificante; como factor de identificación, insuficiente, y como instrumento de comunicación, innecesario. Puede decirse que es una lengua "in".

Por simples razones prácticas o, digamos, de producto final. Hacer un mueble de pino teniendo al alcance caoba, no parece una decisión acertada del carpintero. Escribir en un habla intranscendente teniendo como idioma materno una de las dos o tres grandes lenguas de cultura de la historia, puede responder a cualquier cosa menos a la lógica. Y no lo tapemos con el eterno gabán del sentimentalismo, que no todo puede cubrirlo. Que el bable viva su vida en buena hora, pero sin injertarse en cuerpos ajenos para sobrevivir y sin apropiarse de la savia de nadie para no convertirse en una lengua advenediza, que así lo parece ahora. Y si le llega el momento de la extinción natural, pues aceptémoslo. A fin de cuentas, si hemos dejado morir sin derramar una lágrima el latín, el más importante instrumento de cultura de la civilización occidental, con lo bien que nos vendría ahora, menos habría de extrañar que desapareciese uno de sus dialectos menos importantes, sin función alguna que cumplir.

Porque hasta la misma esencia del dilema es insegura. Se quiera admitir o no, el bable no es lengua materna de nadie. Una cosa es crecer al lado de determinadas palabras y otra instalar el mundo personal en una lengua. Y así, resulta patético ver al homo urbanus de turno haciendo que lo habla, cuando lo que realmente hace es traducir mentalmente como puede.

Porque, en definitiva, quienes dotan a la literatura asturiana de valor y consideración ajena no son Pachín de Melás ni Maruja la Panoya, sino Clarín, Casona y otros. Estos son los que nos incorporan a la literatura universal. Y, digan lo que digan, esa sí que es verdadera asturianía.

viernes, 10 de mayo de 2024

Cuarteto para enamorados


Para enamorados de los buenos sabores. La fabada, la sidra, el cabrales y ahora el cachopo son los embajadores más significativos que Asturias ofrece a las mesas del mundo como una ofrenda sabrosa y placentera. Los tres primeros provienen de una larga tradición de guisanderas y gentes del campo, que supieron echar mano de los productos que tenían alrededor hasta crear con ellos los elementos más representativos de nuestra gastronomía. En cambio, el cachopo es un recién llegado, aunque tiene precedentes parecidos en otros sitios.
La fabada es un símbolo, pero un símbolo sabroso donde los haya. Dicen que para que salgan bien hay que conocer varios secretos: elegir una buena faba, controlar la cantidad y calidad del agua, el tiempo justo de cocción y, claro, el compango, que es lo que da vida al conjunto. En la fabada tradicional siempre es a base de productos del cerdo, pero últimamente se han hecho variantes, y así aparecen fabas con almejas, con centollo o con calamares, y a todo se le llama fabada, no sé si con rigurosa exactitud.
Lo primero que se advierte en el cabrales es su fuerte personalidad; ese olor que hace volver la cabeza y ese sabor exquisito; ese aspecto de algo en descomposición y esa potencia de gusto que llena todo el paladar. Un queso sin imitadores ni discípulos, sencillo y humilde, quizá porque nace en una cueva, aterido de humedad y oscuridad. Frente a otros quesos preferidos en las mesas de postín, el cabrales ofrece la rotundidad de un sabor sin maquillajes, fuerte y duro como la tierra que lo vio nacer.
La sidra es bebida saltarina. Hay algo de inconsciente emulación masculina en el chorro alto y salpicante que cae en semiparábola desde el orificio de la botella para estrellarse en el vaso. Hay mucho más de ocultos ancestros en el rito de apurar y agotar el culín: cuando el bebedor arroja al suelo el sorbo que resta no lo hace por limpiar el vaso, sino para fecundar de nuevo a la madre tierra y preñarla con el espíritu de una nueva promesa. En la sidra, femenina como el agua y la sangre, todo es tan espiritual que resulta inaprensible por los parámetros habituales, que todo lo miden en magnitudes. Su importancia económica es tan insignificante que hace reír a las estadísticas; su valor alimentario y su capacidad energética son poco más que nulos, como lo es también su índice alcohólico, y tal vez en esto resida su buena fama.
Y ahora el cachopo, que ha conquistado las cartas porque ha venido para quedarse.
Podríamos añadir subalternos que no desmerecerían demasiado de estos cuatro. Ahí están, por ejemplo, el pote asturiano, los tortos de maíz, las marañuelas y otras muchas delicias que el paladar y el estómago agradecen.

lunes, 15 de abril de 2024

Pausa

 Este blog ha tenido un forzoso descanso, bien en contra de su voluntad, motivado por esa norma que dicta que todo sufre el efecto entrópico que nos rige.de forma inapelable. La enfermedad puede con todo, con el cuerpo y con el ánimo, incluso con el más encastillado, y a mí me ha tocado su ataque. Y quiero compartirlo desde aquí. Ya sé que seguramente esto no interesará, a nadie, pero qué quieren, uno también siente de vez en cuando la necesidad de una catarsis y esta es una buena forma. Cuando los sentimientos se convierten en palabras adquieren un peso material, se vuelven duraderos y se quedan fijados en el alma para siempre. Un sentimiento que se ha hecho palabra resulta indestructible.

 .

viernes, 13 de octubre de 2023

Crónicas viajeras: Israel

Si algo no se le puede negar a Israel es su singularidad entre todas las naciones del mundo. Singular por su nacimiento y por su propia existencia diaria, por su voluntad de ser un país democrático en medio de una zona regida por fanatismos, por verse obligado a alimentar su propia paranoia, porque nadie ha sido condenado como él a vivir bajo una amenaza continua, con dudas permanentes sobre su futuro, y a tener que sacudirse cada día la sombra de un complejo de culpabilidad. Forzado a vivir con la incomprensión de las apoltronadas democracias europeas y de su autodictada corrección política. Un país que la palabra crítica de David Grossman ha definido desde dentro: "Esa tierra torturada, víctima de una sobredosis de historia, de un exceso de emociones humanamente incontenibles, de un exceso desmesurado de acontecimientos y tragedias, de ansiedad y de contención paralizante, de memoria, de falsas esperanzas, de un destino único entre las naciones; un lugar que a veces parece un relato de dimensiones míticas, un relato tan imponente que llega a deteriorar su relación con la vida misma y con nuestras posibilidades, las de los israelíes, de poder llevar alguna vez una vida normal y corriente, ser un estado como los otros, una nación entre las naciones."
Este país, ubicado en un rincón de mil disputas, del que se ha dicho que tiene demasiada historia para tan poca geografía, es también el de los mil equilibrios. Equilibrio entre su situación en el Oriente Medio y su identidad claramente occidental, entre su condición laica y su fundamento religioso, entre las mentalidades germánica, latina y eslava de quienes lo conformaron, y entre la tradición y la modernidad. Un ejemplo: normalmente se usa el calendario cristiano, pero la ley obliga a usar los dos en los documentos oficiales.
"¿Qué tiene esa tierra vieja, seca y ajada, que todos se enamoran de ella como si hubiesen perdido la razón?", se preguntaba un personaje europeo de un relato de Amos Oz ambientado en 1948, y le responde un árabe: "De donde es difícil entrar es difícil salir". Y un judío: "Eretz Israel está llena de símbolos sencillos. No sólo el Jordán y el mar Muerto; hasta la bilharzia (una enfermedad parasitaria) adquiere aquí una dimensión simbólica".
Hoy es aún más vieja, pero no está ajada ni seca ni hay ya bilharzia. En cambio permanecen los símbolos, los mismos que han sostenido su pervivencia espiritual a lo largo de los siglos fuera de su espacio físico. Ningún otro pueblo tiene las páginas de su pensamiento tan rebosantes de melancolía y añoranza como el judío. "Deshonrados y humillados en el exilio, debemos escuchar en silencio a aquellos que dicen: Todo pueblo tiene un propio reino y sólo a vosotros os falta incluso la sombra de uno sobre la Tierra", escribía Chasdai, un erudito cordobés del siglo X. Ahora que lo tienen, han demostrado que están dispuestos a defenderlo, y a qué precio.
 

miércoles, 4 de octubre de 2023

Los derechos de los animales

 Como una sandez más del catálogo de sus ocurrencias, nuestros gobernantes nos presentan ahora la Ley de Bienestar Animal. Dan satisfacción así a ese atronador y universal coro de voces clamantes  a favor de los derechos de los irracionales y contra cualquier actitud humana que atente contra su vida e incluso contra su libertad. Buena intención es, casi piadosa. De una elevada aspiración de confraternización universal y de solidaridad con todo lo creado. Las florecillas franciscanas en lectura actualizada. “¡Oh, hermanitas mías, tórtolas inocentes y castas! ¿Por qué os habéis dejado coger?”. Pero aquí no se trata de amor, que siempre depende del corazón, sino que se exhiben derechos, y entonces surgen algunas preguntas. ¿Se puede conceder derechos a quienes jamás podrán hacer uso de ellos ni se les pueden imponer los deberes que conllevan? Buen tema para sesudas disquisiciones. Como este otro: si se reconocen derechos a los animales es porque se cree que los tienen, y si los tienen es porque alguien se los ha otorgado, pero ¿quién? No pueden derivarse de la ley natural, porque es la propia naturaleza la que impulsa a otros animales a quitarles la vida. O sea, que el derecho a matar para vivir de unos está por encima del derecho a vivir de otros. ¿Cuáles son los derechos de los animales y de dónde salen? Pues quizá de medirlo todo con un rasero antropocéntrico; de pretender aplicar nuestra instalación mental, producto de siglos de desarrollo del pensamiento ético y filosófico, a una naturaleza que es amoral por esencia. La naturaleza exige nuestro respeto, por supuesto, aunque sólo sea por nuestro propio interés, puesto que formamos parte de ella, pero no cabe tratar de influir en sus propias normas.
En este caso, además, no es fácil entender qué se pretende ni cuál es el fin último del proyecto. Algo no encaja cuando sólo se trata de aplicar esta norma salvadora a una parte de nuestros amigos, los vertebrados, y no a todos, sino a los que no nos resulten útiles. Si se trata de respetar el derecho de los animales -se supone que de todos- a la vida y la libertad, parecidas razones podrían hacerse ante las sedes de cazadores y pescadores, ante los mataderos, granjas, establos, acuarios, piscifactorías y zoos, ante las droguerías que vendan raticidas e insecticidas y, puestos ya, ante las farmacias que expenden antibióticos, que también las bacterias son seres animados y puede que tengan algún derecho. Porque ponerle unas banderillas en el lomo a un animal de media tonelada sin duda ha de causarle dolor, pero meterle una bala en el estómago a un gamo o clavarle un anzuelo en la garganta a un salmón, no debe de ser mucho más agradable. Se ve que también aquí hay derechos más dignos que otros. Como ven, vamos de cabeza al absurdo. Lo que sí tenemos claro es que si encontramos un ratón husmeando en nuestra despensa no va a ver ley que le arriende la ganancia.


miércoles, 20 de septiembre de 2023

De risa

La sublime escena de ayer en el Congreso, con nuestros políticos hablando entre sí en lenguas extrañas y teniendo luego que traducir al idioma que hablan todos, es una gracia inefable que no siempre se nos había concedido, loado sea el dios de la política. Un espectador desprevenido y de sano talante seguramente tuvo serias dificultades para saber si aquel recinto endomingado y hasta con su buena apariencia de solemne seriedad, era una habitación de hotel de los hermanos Marx o una dependencia de la torre de Babel o la sala de espera de un manicomio. Ni en Valle ni en Jardiel ni en Groucho ni siquiera en Ibáñez se tendrá la oportunidad de gozar de semejante pieza, así que habremos de asistir a ella con unción, en aras del noble esperpento.
Qué imbecilidad ver a unos cuantos señores de la misma nacionalidad hablando entre sí a través de un pinganillo, cuando todos tienen como lengua común a la segunda más hablada del mundo. Qué clase política tenemos, Señor. Esa pandilla de sectarios sin voluntad propia y sin más iniciativa que la de apretar el botón que su rabadán ordena, no puede ser que tengan tanto desprecio por lo que nos une ni tan escaso sentido del ridículo para dar sin sonrojarse el espectáculo que darán a partir de ahora. Cuántos de esos 179 que han votado sí, justo los que se necesitaban, han saltado sus convicciones para satisfacer a su ambicioso jefe, aun a costa de menospreciar nuestro idioma común. Cómo serán sus noches cuando la conciencia les llame traidores e hipócritas. Qué sentirán al ver que han cambiado su dignidad por estar a bien con un tipo que no merece más que una mirada de desprecio. Un tipo que no conoce barreras de ninguna clase con tal de conseguir esos siete votos que no fue capaz de obtener en las urnas. Borregos cabizbajos, que no tienen la valentía de separarse del pesebre. Da igual haber perdido las elecciones; se vende o se hipoteca lo que sea, porque por encima de todo hay que satisfacer la ambición del jefe, aunque sea teniéndonos a todos de rehenes y sacrificando lo mejor que tenemos.

miércoles, 13 de septiembre de 2023

Déjennos con nuestro tiempo de siempre

Pues resulta que los afortunados niños que vengan a este querido, y único, valle de lágrimas a partir de este año tendrán la posibilidad de permanecer en él hasta los 120 años; al menos eso afirma un experto en genética. Por lo visto, cada vez es más factible poder manipular el ADN para alargar la vida y resistir las enfermedades. Así, por ejemplo, añade el experto, los que vengan al mundo en 2050 no tendrán problema en superar el siglo y medio. Vamos, que los que anden por aquí dentro de cien años van a tener que sacar número para poner los dos pies en el suelo.
Es ciencia, y a ver quién puede negarle el derecho a seguir adelante, pero uno no tiene nada claro que las victorias parciales obtenidas sobre la muerte, sobre todo las de tan gran alcance, no vayan en contra del propio hombre. Habría que ver cómo sería esa vida. Habría que ver si las cualidades internas, las del espíritu, seguirían un desarrollo consecuente y paralelo al de lo físico. Si se mantendrían la capacidad de amar, la posibilidad de la ilusión, el gusto por la belleza, la inteligencia, la memoria, la esperanza. Alargar la vida de unas células puede que entre más en el campo de lo factible que mantener la posibilidad de una emoción, por ejemplo. Y si es así, déjennos con nuestro tiempo marcado por el reloj de siempre.
Cabe jugar a suponer qué habría sucedido si Mozart o Einstein, por ejemplo, hubieran vivido 150 años.. A lo mejor, el progreso de la humanidad se habría conseguido en una tercera parte del tiempo, o puede también que hubieran sido necesarias todavía más guerras y más muertes violentas para mantener el equilibrio del planeta; quién sabe. Es muy posible que la astuta señora se hubiera tomado su venganza.
La muerte, el más temido de los acontecimientos del hombre es, sin embargo, el más natural, el más cotidiano y el único que no ofrece duda alguna sobre su cumplimiento. ¿Temerla? No deberíamos. Y si meditamos en su carácter irremediable y necesario, menos todavía. Todo lo que es naturalmente necesario lo es siempre en función de nuestra propia esencia. Sencillamente porque, si no, no existiríamos. La muerte no es más que un eslabón indispensable para la vida. Y sin embargo, nadie nos ha enseñado a librarnos de su temor. Bueno, sí: los filósofos, para quien quiera escucharlos. Epicuro, por ejemplo, negaba a la muerte cualquier poder de atemorizarnos, "porque cuando ella es nosotros no somos, y cuando nosotros somos ella no es".
Sería de sabios llegar a no temer ni desear la muerte, encontrar que todo es normal, desechar los convencionalismos, comprender que el que muere no hace más que precedernos en el camino. Acercarse a ella con una pizca de gallardía y el alma cargada con mucha, con alguna o con ninguna esperanza en el otro lado, que eso allá cada cual. Saber entender que no es más que nuestra obligada contribución de solidaridad con todo lo creado. Dejar el recuerdo y el amor que se haya podido derramar y marcharse sin el menor gesto de extrañeza, como el que sabe muy bien que todo viaje tiene un final. Y aceptar que, en definitiva, sólo el tiempo permanece. Lo dijo el poeta con suave resignación: tú eres, tiempo, el que te quedas, y yo soy el que se va.
Uno, al menos, así lo quisiera para sí.

miércoles, 6 de septiembre de 2023

Crónicas viajeras: Venecia

Un día el mar aceptó la extraña idea de Venecia y el mar la preservó durante siglos de todos los males, incluyendo en el de la modernización. Y así, Venecia se convirtió en el perfecto símbolo de la apariencia que, por esta sola vez, se vuelve fecunda y meditativa. De poco sirve todo eso que tanto se dice: fascinante, ensoñadora, romántica. Incluso aquello de Goethe: incomparable. O lo de Mann: inverosímil. O lo de Dickens: fantástica. Venecia es el triunfo de la apariencia como seducción eterna. El mar que toma apariencia de ciudad y la ciudad que acepta el juego y se vuelve ya poco escrupulosa en lo que se refiere a referencias menores. Esas fachadas de mármol que ocultan paredes de ladrillo, o esas falsas perspectivas de la Scuola de San Marcos, qué importancia pueden tener. La seducción viene del equívoco, y esta es la gran lección de Venecia.
    Desde las escaleras de la Salute, el Gran Canal aparece como el mayor friso que el hombre pudo robarle a la naturaleza, y mucho más si se le encuentra bañado por la luz. La luz en Venecia parece tamizada, como si solamente dejara filtrar las tonalidades más luminosas; esto le da a Venecia su perenne tono de acuarela. Y hasta la Salute, una gran iglesia barroca, pálida y curvilínea, sabe cumplir su misión de dar una nueva personalidad a la embocadura del Gran Canal. La Salute fue levantada como acto votivo contra una epidemia de peste; se quiso que el voto fuera grandioso, pero se supo dotar a su voluminosa silueta pálida de unos criterios casi pictóricos que la hacen encajar sin chirridos en el entorno quattrocentista. Ay el eterno juego veneciano de la seducción y la apariencia.
Tal vez Venecia no sea más que una idea del tiempo concebida por azar, un azar histórico y analizable, que ha ido solidificándose con el tiempo hasta llegar al último estado de la forma, y, por tanto, a la fragilidad extrema. Tal vez su misterio nos venga de nuestra posición anacrónica con respecto a ella. O tal vez eso y una docena de cosas más. El caso es que nunca de ninguna ciudad se ha dicho y escrito tanto y nunca en ninguna ciudad como en esta es necesario renunciar a registrar cada impresión. Los datos históricos pueden ayudarnos a comprender por qué en el siglo XV Venecia fue la ciudad más esplendorosa, bella, rica y democrática de Europa, es decir, del mundo. Sin embargo, las sensaciones generadas pueden con todo, incluso con la altiva palabra.
Una góndola se recorta sobre el agua camino de San Giorgio. No hay en el mundo una embarcación tan soberbia y airosa y, sin embargo, con tanta apariencia -otra más en Venecia- de fragilidad. Todavía quedan unas cuatrocientas, que se alimentan del turismo y la nostalgia, y así sobreviven como pueden a la competencia del motor. También La Fenice sobrevivió a su concepto original hasta que una chispa maldita acabó con él, que no con su idea. Y qué dura ha de ser la muerte en Venecia, qué poco extraña que se suspirara en el puente de los Suspiros o que Wagner la haya tenido al fin por su gran velatorio. Dura y amarga la muerte en Venecia, y, sin embargo, qué presto parece todo para presentarse ante ella. Todo, menos las palomas de San Marcos.
Un día el mar aceptó la extraña idea de Venecia y ahora parece que el mar va a acabar con ella.

miércoles, 23 de agosto de 2023

No es ninguna riqueza

 Hay riquezas a las que uno renunciaría de buena gana, si pudiera. La riqueza habrá que medirla, digo yo, en función de su capacidad para generar estados positivos que redunden en bienestar y en la solución de problemas; si no, ya me dirán para qué vale. Pues eso es lo que no acaba uno de ver con el tesoro que dicen que tiene España con sus cuatro o cinco lenguas. O más, porque cada día aparece una nueva.
Las lenguas son resultado de la trayectoria histórica del hombre como ser social. La abundancia de ellas en un pequeño espacio no indica más que un estado de incomunicación secular entre los grupos sociales que lo habitaban, estado que puede deberse al hecho de que haya diferentes lenguas que impidan la comunicación, o a la incomunicación, que fomenta la aparición de distintas lenguas. Con la consolidación de alguna de ellas como lengua nacional, y a veces universal, las demás fueron perdiendo todas sus funciones, entre ellas la primordial de toda lengua: la de ser vehículo básico para la comunicación. Hoy pueden ser vistas como un factor de identificación, pero también como un resto de tribalismo y, en todo caso, como una reminiscencia histórica de carácter cultural. Pero que no nos repitan a todas horas eso de que es una riqueza inapreciable de nuestro país. Está claro entonces que Botswana, con más de doscientas lenguas, es infinitamente más rico culturalmente que Alemania, que sólo tiene una, la pobre.
La riqueza cultural de un país no la da el número de lenguas, sino el empleo que se hace de ellas. Si España ha creado una de las tres o cuatro literaturas más grandes del mundo, desde luego no ha sido por lo que aportaron el euskera, el gallego o el catalán, y no digamos el bable. La expresión creativa busca sus propios cauces y, según vemos, los cauces elegidos a lo largo de la Historia fueron pocos. Y es que, en definitiva, la lengua es el espacio social de las ideas.
Seguiremos oyendo eso de que España tiene una riqueza única en sus lenguas, cuando la riqueza real sería no tenerlas, porque así no gastaríamos los millones que nos gastamos en traducciones, doblajes, dobles rótulos, ikastolas, disposiciones legales y demás. Pero bueno, debemos de ser los europeos de mayor riqueza cultural. Porque ya saben que el momento de la Historia más rico en cultura no fue la Grecia clásica ni la Italia del Renacimiento ni nada parecido. Fue la torre de Babel.

miércoles, 9 de agosto de 2023

Crónicas viajeras: los balnearios de Bohemia

Bohemia es una región de nombre hermoso y renombre amplio, situada allá donde
la Historia sitúa a las regiones que quiere ver en sus páginas con frecuencia. No es cuestión ahora de reseñar su peripecia, en continua mudanza y casi siempre en ignorancia de su destino, ni de la salud que le quitaron los Heydrich de turno, sino de la que ella dio al cuerpo y al alma de media Europa cuando aún había quien la buscaba sin tiempo y con fe. En Bohemia tiene el viajero a su disposición los que acaso sean los balnearios termales más famosos y parnasianos de Europa.
Karlovy Vary es en alemán Karlsbad, Baño de Carlos. Fue, cómo no, Carlos I, el rey mito de Bohemia, que reinó en el siglo XIV, el que una vez más dejó su nombre para la Historia, junto con la universidad de Praga o su famoso puente. Este Carlos es el rey que todas las dinastías tienen o crean, y que marcan el punto de inflexión más alto de la trayectoria histórica del país. Dicen que andaba cazando por aquí cuando su perro se cayó en un charco y se escaldó; luego, él lavó una herida de su rodilla con aquellas aguas y se curó. De este modo quedaron descubiertas las aguas termales y sus propiedades curativas; un relieve en madera lo recuerda junto a uno de los manantiales.
Karlovy Vary es una ciudad elegante, de edificios señoriales alineados a lo largo del río Tepla, llena de hoteles y sanatorios de lujo y plagada de comercios donde se vende, sobre todo, el cristal de Bohemia. Cuenta con varias termas, albergadas en airosas columnatas de hierro, como la de Trzni, antes Yuri Gagarin. Tiene un pasado asociado a los achaques y melancolías de algunos de los ingenios más representativos de una época ya ida, pero irremediablemente nostálgica: Smetana, Schiller, Beethoven, Listz, Dvorak, Brahms, Paganini, Chopin y, sobre todo, Goethe, que hizo de Karlsbad su visita preferida tras el desengaño que la joven Ulrika le dio en Marienbad. Karlsbad sigue siendo hoy lugar ya no sé si para mejorar del tracto digestivo o de las afecciones biliares, que de eso tal vez la ciencia médico-química sepa más, pero sí para poner en orden esas ideas que nos retozan sin sistema ni norma, que también esa es enfermedad de mal incordio y mayor frecuencia.
No muy lejos se halla Marianske Lazné, la Marienbad alemana. Se dice que en el siglo XVIII fue encontrada aquí, junto a un manantial, una imagen de la Virgen y, por eso, cuando en 1866 un abad premostratense funda allí un pueblo, le da el nombre de María. Marienbad es también un lujoso y señorial lugar, tal vez aún más que Karlovy Vary. Su fama le viene de su belleza y de la calidad de sus aguas, por supuesto, pero también de los componentes literarios que se incrustan en su historia, desde Goethe, Turgueniev, Kafka o Freud, hasta el objetivismo francés, con Robe-Grillet y su año pasado en Marienbad. Chopin, un iluso peregrino de aires y aguas saludables, vivió también en Marienbad, lo mismo que Wagner, cuya casa se señala hoy con una clave de sol. Uno piensa que Marienbad debe mucho de lo que es a su pertenencia al ámbito histórico alemán, y aun ahora mismo a su cercanía a la frontera, apenas 8 kms, que la convierten en un atractivo objetivo de los bolsillos llenos de marcos. El régimen comunista no pudo con tan poderosos atributos, y así, Marienbad, igual que Karlovy Vary, muestra en todo su esplendor sus casas señoriales, los elegantes hoteles, su conjunto estilo imperio, la magnífica columnata central, que con su hermoso diseño y sus 200 m. de longitud, constituye una obra maestra de la arquitectura en hierro. Y eso que en el centro del pueblo, comiendo la mitad de un parque, se pretendió levantar un enorme hotel moderno, atentado que el cambio de régimen llegó a tiempo de frustrar, aunque no sé, porque la plataforma de hormigón que allí se ve va a dar trabajo a quien quiera dejarlo como estaba.
Si el viajero llega a Marienbad en verano tendrá ocasión de ver y oír una de sus recientes maravillas: la fuente musical, que convierte sus surtidores en instrumentos y su conjunto en orquesta. Puede también, esto en todo momento, subir hasta la iglesia ortodoxa para saber si le gusta su ostentoso iconostasio en cerámica y oro. Y en todo caso, siempre le será posible pasear calles tranquilas y arboladas, en las que está prohibida la tracción a combustible. Si luego, en la noche, se encuentra con la sombra malhumorada de Goethe, allá él.

miércoles, 2 de agosto de 2023

El mágico poder del escritor

 Hasta la llegada del cine y su poderoso mundo visual, no había nadie con más capacidad de seducción que un escritor. Nadie capaz de crear un síndrome de Estocolmo a quienes frecuenten su compañía, de modo que sus dardos se vean como caricias y sus duras verdades como halagadores piropos. Ya es mérito conseguir ser adorado por aquellos a los que se fustiga. Por supuesto, eso no está al alcance de todos los escritores, sino sólo de aquellos que se encuentren tocados por una gracia bendecida desde lo alto, que no suele consistir más que en la estructuración de la palabra y del pensamiento en dos niveles imperceptiblemente convergentes: en la sabia elección del tono expresivo y en la capacidad para saber presentar acero cortante en un hermoso envoltorio de seda. O sea, eso que llamamos genio. Ejemplos ilustrativos abundan por todas partes.
Clarín presenta en su libro, ya desde la primera frase –una heroica ciudad durmiendo la siesta-, un retrato implacable de Oviedo y su sociedad provinciana, hipócrita y caciquil, y Oviedo tiene a La Regenta como su mayor orgullo. Dublín muestra en Earl Street su monumento a Joyce, y su huella por todas las aceras de la ciudad, dejando bien sentado que es su patria; la del Joyce que si algo odió en su vida fue a Irlanda: “Irlanda es una cerda vieja que devora su propia camada. El más rezagado pueblo de Europa. Ningún irlandés que se respete a sí mismo permanece en Irlanda, sino que huye del país que ha recibido la visita de un airado Júpiter. Tierra destinada por Dios a ser la eterna caricatura del mundo serio”. Y de modo parecido, Cocteau y Francia -“Francia es un gallo montado en un montón de estiércol; quitad el estiércol y el gallo muere”-, o Borges y Argentina, Machado y Soria, Torga y Portugal, y tantos más como se pueden rastrear por la historia de la literatura. Quizá en muchos de ellos haya un poso de dolor por su patria, que se traduce en un grito por lo que pudo ser y que al fin y al cabo muestra una preocupación filial. Otras veces tienen distinto carácter, como el caso de La Mancha, cuyo nombre va orgullosamente unido para siempre a una cumbre literaria, aunque en realidad no sea precisamente por sus cualidades positivas, sino justamente por lo contrario. Los libros de caballerías acostumbraban a situar los hechos de sus héroes en tierras fantásticas y legendarias, en el imperio de Trapisonda, en el reino de Cendaya y otros así. Para satirizarlos, Cervantes sitúa al suyo en La Mancha, una región anodina, de gentes vulgares, en la que jamás ocurre nada.
Quizá más que ninguna otra creación artística, la literatura es percibida como un vehículo que puede situar en la eternidad a quien ella decida. Ciertamente, escribir es tratar de ganar una pequeña batalla al olvido que acecha tras el final, y de esa huida del vacío de la noche participa no sólo el autor, sino aquello que el autor quiera llevarse consigo. En ese sentido puede decirse que el escritor, el genio, tiene el don de conceder la inmortalidad. ¿Y a quién no le seduce vivir para siempre en el pensamiento de todos, aunque sea a costa de sus arrugas y pequeñas flaquezas?

miércoles, 26 de julio de 2023

Crónicas viajeras: Jerusalén

Al viajero no avisado puede parecerle decepcionante que nada en Jerusalén sea como se había forjado en su imaginación, alimentada por la iconografía tradicional y por sus lecturas evangélicas: el templo, con su amplia escalinata siempre concurrida, la torre del pretorio romano, el palacio de Herodes, el sanedrín y, en las afueras, una colina con tres cruces. Eso queda para la gran maqueta del Museo de Israel. Aquí quizá se sorprenda, por ejemplo, al ver que el Calvario y el sepulcro se encuentran dentro de la misma iglesia, apenas a diez metros uno de otro, o que ha de saber llenarse de un sano escepticismo ante cualquier información que le den sobre la ubicación de los lugares bíblicos, porque no existe constancia real de nada.
La Jerusalén actual está edificada sobre la romana, y la romana sobre la de la época de Jesús, que se halla cinco metros por debajo de las calles de hoy. Solamente un tramo del muro bajo del templo ha permanecido siempre más o menos visible, hasta que, a partir de la reunificación de 1967, las excavaciones lo han hecho aflorar del todo; es el Muro de las Lamentaciones.
Como primera opción lo mejor es callejear. Dejarse llevar por los rincones y callejuelas, pasar de un barrio a otro y deambular sin objetivos, para terminar siempre, sin pretenderlo, en la calle-bazar del barrio musulmán, que cruza el centro de la ciudad. Aún quedan aquí muchos balcones de madera voladizos, desde los que las mujeres podían ver la calle a través de una celosía enrejada. El barrio entero es un puro mercado, pero nadie agobia al visitante ni trata de rendirle por agotamiento. Cualquiera que haya estado en El Cairo, en Marrakech o en cualquier lugar parecido, podría decir mucho sobre sus experiencias en este sentido. Aquí no. Aquí los musulmanes viven mejor que los de los países árabes. No se ven ciegos pidiendo limosna, ni mendigos tirados en la acera, ni niños descalzos jugando entre la mugre. Las mujeres llevan velo en su mayoría, pero también hay chicas que lucen minifalda y que en nada se distinguen de las israelíes. La reunificación de 1967 les trajo todas las ventajas de un estado democrático y socialmente avanzado y uno tiene la sensación de que por nada del mundo quisieran volver a su situación anterior. Eso queda para los del otro lado.
Sentado en una terraza de un chiringuito del barrio cristiano, este viajero, después de dar buena cuenta de un suarma, que siempre es un recurso apropiado para calmar el hambre del visitante callejero, con tal de que no deteste la carne de pavo, decide que la opción siguiente sólo puede ser una: la de la búsqueda de los lugares que han hecho de Jerusalén lo que es. Si, como se ha dicho, Israel es un país con demasiada historia para tan poca geografía, qué decir de Jerusalén. Yerushalaim, "ciudad de la paz". Al Kuds, la Santa, Habitada sin interrupción desde hace tres mil años, atormentada como pocas y deseada como ninguna. Y es que en sus tres mil años de vida, Jerusalén ha devenido en intemporal. Ninguna ciudad ha conocido tanta gloria espiritual ni tanto dolor; ninguna otra ha convertido los conceptos de único y exclusivo en consustancial de sí misma. Destruida diecisiete veces, treinta veces conquistada, alejada del mar y de los grandes centros culturales, capital más de corazones que de imperios, ningún otro nombre ha podido conservar un carisma y una calidad mítica capaces de trascender cualquier tiempo histórico. Persia, Alejandro, Roma y tantos otros la dominaron, pero ni siquiera intentaron sustituir su entraña, quizá porque era imposible. Tan sólo el islam lo consiguió, sin duda porque entró en ella por la única vía que admitía: la de la espiritualidad. Pero se nos aparece como un añadido postizo, prendido a una leyenda sin reflejo de revelación. El nombre de Jerusalén aparece 850 veces en la Biblia y ni una sola en el Corán, y no obstante también lo ha admitido. Si hay algún símbolo permanente de Jerusalén no es otro que este continuo desnudarse de paganismo para llenarse de divinidad.
“Que mi mano pierda su destreza y mi lengua se pegue al paladar si me olvidare de ti, Jerusalén”, pide el salmista y con él los judíos de todos los siglos. Hoy conviven en ella dos voluntades: una afianzada por un propósito eterno y otra entregada por la evidencia de unas ventajas que impregnan su vida cotidiana. Pero en esta ciudad el tiempo parece tener una dimensión diferente. Escrito está que Jerusalén será el escenario de la cita postrera de la humanidad, y quizá sólo sea allí, en el valle de Josafat, donde palestinos e israelíes se den por fin el beso definitivo del shalom.

miércoles, 19 de julio de 2023

Gracias, señor Ibáñez

Con su media sonrisa irónica y la mirada chispeante de quien acostumbra a reírse de sí mismo, fue un notario surrealista de la sociedad que le rodeaba y de la que nos dejó unos retratos deformados por su imaginación, pero entrañables hasta la estimación absoluta y amables hasta la simpatía incondicional. Francisco Ibáñez fue ese genio que tan sólo con un lápiz, y desde luego con su trabajo inagotable, supo hacernos la vida más agradable llevándonos a su mundo inventado. Todos, al menos en mi generación, recordamos aquellas idas al quiosco para ver si había salido el "Pulgarcito" y gastarnos en él las escasas pesetas que teníamos para leer sobre todo las aventuras de aquellos dos esforzados héroes de la TIA. Después vinieron otros, hasta crear un universo de personajes delirantes, pero, fíjense, pegados a su manera a la realidad en cuanto reflejan las pasiones, ambiciones y anhelos que a todos nos tocan. Es un mundo de pícaros y tramposos en medio de situaciones extravagantes y acciones aún más estrambóticas, pero siempre con el efecto inevitable de arrancarnos una carcajada: un par de agentes secretos desastrosos trabajando con un científico majareta, dos operarios chapuceros que todo lo que tocan lo convierten en catástrofe, un jovenzuelo gamberro haciendo de las suyas en la oficina, una comunidad de vecinos a cual más estrafalario, vividores de ocasión y gentes de la calle de cualquier oficio y condición, porque el espacio salido de su lápiz es un espacio sin límites y un campo de acción sin constreñir por los muros que alzan la lógica y la verosimilitud. Un mundo infinito donde todo tiene cabida.
En las historietas de Ibáñez el texto es importante, desde luego, pero es preciso fijarse sobre todo en el dibujo, y más aún en los que aparecen por las esquinas casi como complemento del tema central, pequeños detalles de tinte anecdótico que alcanzan la misma fuerza expresiva que los protagonistas. A veces la sátira más aguda tiene su reflejo más gracioso en estos rincones.
Los sesudos jurados de los premios rimbombantes no han querido reconocer, don Francisco, que lo suyo es un verdadero arte, mucho más que algún otro que sí han premiado, al menos porque ha hecho más felices a más personas sin perder las características de toda creación artística que merezca tal nombre. Yo le confieso que siento envidia de su don. En un mundo en el que nunca faltan los tiranos de turno empeñados en arrancar lágrimas de dolor a tanta gente, usted ha esparcido sonrisas a millones de personas. Ya lo creo que es para envidiar.

miércoles, 12 de julio de 2023

Crónicas viajeras: Bomarzo

Los Orsini fueron una de esas familias de la Italia del Renacimiento que dieron forma y fama a su época y a su solar. Eran romanos y güelfos, es decir, decididos partidarios de que el papa fuera algo más que un conductor de conciencias. Fue, además, una familia de largo y variado espectro; en ella hubo cardenales, condotieros, buscacamas, envenenadores, almirantes y hasta dos o tres papas, como familia influyente que era. Sin embargo, el que el visitante de hoy recuerda es un Orsini medio enano, cojo y jorobado, de cara triste y gesto huidizo, que llevaba como una piedra atada al alma el continuo contraste que causaba su persona en una corte de belleza. Se llamaba Pier Francesco, Vicino para los suyos, y era duque y algo poeta, y se había casado con una de las mujeres más hermosas y de más noble familia de Roma, Julia Farnese, aunque esto poco importa.
Los fantasmas que Vicino sintió aletear en lo más hondo de sí mismo durante toda su vida jamás supieron de piedad ni hicieron nunca el menor ademán de buscar otro acomodo, hasta que decidió liberarse de ellos encerrándolos en un bosque en el que permanecieran inmóviles para siempre. El Bosque Sagrado de Pier Francesco Orsini se halla cerca de Bomarzo, entre la campiña latina y el cielo injusto, que lo mira con sonrisa de sol. Al Bosque Sagrado lo llaman las guías y las gentes el Parque de los Monstruos, con lo cual demuestran lo poco que entendieron a Vicino.
El conjunto se extiende sin ningún esquema previo, sin más punto de unión que la búsqueda de lo fantástico y su contraste con la naturaleza circundante. El ojo siempre tropezará, de modo aparentemente fortuito, con un elemento sorprendente, apoyado en una idea artística lejana o anacrónica. La piedra se convierte en una manifestación figurativa totalmente inusual en el arte italiano, tan equilibrado siempre, tan cercano a la inclinación natural del hombre hacia lo bello. Monstruos gigantescos que te miran desde la espesura, dragones, elefantes en lucha, mujeres deformes, leones, el oso de los Orsini, la Gran Máscara, con sus ojos vacíos y su espantosa boca abierta hacia la estancia de su interior, que alude claramente la antesala del infierno, la casa inclinada, una fuente oblicua, el templete pseudodórico dedicado a Julia Farnese. Cuando Vicino levantaba esto, se estaban construyendo El Escorial y la basílica del Vaticano. Hay obras que no son más que una instalación mental a la que se dota de tres dimensiones, y ya se sabe que la variedad de las mentes es uno de los grandes atributos humanos.
Es ya casi de noche cuando este visitante emprende el regreso a Roma. En el Bosque Sagrado ya no quedan turistas, y uno siente que los horarios siempre impidan contemplar las cosas en el tiempo más propicio. Las sombras se quedan solitarias, sin nadie que las pueda ver, ahora que llega su momento, porque al sol los ojos vacíos de la Gran Máscara casi parecían tener mirada. Quién los viera ahora para atemorizarse con ellos. El viajero, a cambio, piensa en Vicino y en la definición que bien pudo hacer de sí mismo: "pobre monstruo de Bomarzo, pobre monstruo pequeño, ansioso de amor y de gloria, pobre hombre triste".

 



miércoles, 5 de julio de 2023

La generación superior

Da la impresión de que nuestra generación está camino de creerse que su pensamiento y sus formas de actuación son algo inédito en el tiempo. Es como si estuviera convencida de que su presencia y su comportamiento constituyen, por un lado, la culminación de un largo proceso que abarca al menos los dos últimos siglos, y por otro, el origen de una nueva era que ella misma se está esforzando en engendrar. No se tiende a considerar la teoría cíclica de la evolución histórica, apisonada por las evidencias únicas y novedosas que creemos ver en torno nuestro como espectadores privilegiados.
Quizá otras generaciones hayan tenido la misma sensación con razones estimables para sentir lo mismo, pero no parece haber sido nunca tan evidente como en esta. Una revolución tecnológica y científica de alcance impredecible y consecuencias más impredecibles todavía, la proclamación exaltada de los derechos del hombre incluso en dimensiones hasta ahora nunca tocadas, el alejamiento de los valores religiosos, con una dependencia del dogma cada vez más debilitada, y el hecho de que muchos se empeñen en mirar por encima del hombro a casi toda la Historia o, cuando menos, a toda la Historia desde el fin del Renacimiento, hacen que consideremos nuestro tiempo con una mirada cargada de prepotente superioridad, con la convicción de que hemos conseguido lo que ninguna generación ha logrado en millones de años. Resulta que ahora nos creemos capaces de alterar el clima, como si este planeta no hubiera estado en un continuo cambio climático desde que se formó; de modificar el sexo a nuestro capricho; de alterar cualquier paradigma impuesto por la naturaleza. Y no. Nos lo creemos, pero no. Veremos que anida en esta soberbia babélica un germen de decepción que habrá de aflorar irremediablemente  en su momento.
No puede evitarse. Y quizá tampoco fuera bueno, porque la autoestima y la presunción exagerada son rasgos de juventud y cabe esperar de ellos vitalidad y empuje. Pero no cabe negarse a ver que todas las generaciones fueron jóvenes y se consideraron a sí mismas origen y fin, consecuencia de los defectos anteriores y saco de todas las desgracias históricas, pero, a la vez, punto de partida inmejorable para una situación futura distinta. Esto es tan inevitable que es lo que hace que la Historia sea variación, cambio, movimiento, proceso continuo. Es vano afirmar la superioridad de ninguna generación sobre las demás, y menos cuando aún no han llegado las que pueden juzgarla, porque cada una es, en sí misma, un trozo esencial, irremediable e intransferible del devenir de la humanidad.

miércoles, 28 de junio de 2023

Crónicas viajeras: Atenas

Arnold Toynbee trató de demostrar que existen dos grandes grupos de ciudades, las corrientes y las de destino, y él mismo sitúa a la cabeza de estas últimas a Atenas. El destino de Atenas fue dotar a Occidente de la mayor parte de los valores inmateriales que son el soporte de su civilización: la filosofía, el arte, el discurso racional, la idea de democracia, la música, la literatura, la ciencia, el espíritu deportivo. Pocas ciudades pueden presentar un destino histórico similar; por eso la Atenas de hoy no tiene fácil explicación.
Vaya por delante que el viajero ha de saber distinguir claramente entre las dos Atenas para no enredarse en equívocos. La ciudad clásica terminó hacia el siglo III; la Atenas que hoy extiende su inmenso caserío hasta donde no alcanza la vista nació en el siglo XIX y es un producto apresurado y sin la menor visión urbanística. El caos, la suciedad y la basura, sin embargo, son de hoy mismo. Tal vez herencia turca, que eso debió de ser lo único que dejaron los vecinos tras 400 años de ocupación. El caso es que la Atenas de hoy es tal vez la capital más fea, anodina y sucia de Europa. La ciudad que enseñó al mundo la búsqueda de la Belleza como suprema razón, se ha convertido en el último espejo en que mirarse. Pero cuando desde algún claro se atisba la Acrópolis, uno vuelve a sentir que ha venido allí por algo.
La Acrópolis se alza en el centro con su silueta inconfundible. Aún hoy, cuando la ciudad le ha adulterado su entorno primitivo, haciéndola emerger, no de la tierra, sino de un mar de tejados, aún hoy la gran roca muestra su figura cargada de imponente dignidad. Cabe pensar cómo se vería cuando la ciudad era proporcionada a la roca y su entorno eran las suaves colinas de piedra y laderas arboladas que bordeaban el ágora.
La ascensión, una vez dejadas las últimas casas, es un agradable paseo entre pinos y mirtos. En la explanada de la entrada están los servicios, las taquillas, las tiendas y unos cuantos vendedores de mapas y guías en todos los idiomas. Tras la verja, una pequeña cuesta de piedra lleva a la puerta Beulé y a los propileos. La entrada en el recinto impone a cualquier visitante, a poco que se sienta mínimamente heredero de aquel lugar; así lo viene haciendo desde siglos. Queda a la derecha el pequeño templo de Atenea Niké. A la izquierda, el Erecteion, el templo más extraño por su planta y único por su pórtico de cariátides; llamar a alguien cariátide era un piropo; suponía compararla con las mujeres de Caries, que tenían fama por su belleza: de ahí que se les haya aplicado este nombre a estas seis hermosísimas doncellas que sostienen el arquitrabe del pórtico. Por todos los sitios se ven capiteles, cimientos y ruinas de otros edificios, pero no hay mirada para nada más que para aquella figura imponente y extremadamente bella que tenemos delante: el Partenón. Sencillo, ordenado, majestuoso, asombrosamente equilibrado de proporciones. Es la belleza convertida en rectas y volumen, una figura de increíble armonía que encaja sin ningún chirrido en las líneas de nuestra razón.
El viajero desciende la ladera y bordea el ágora camino del cementerio del Cerámico, donde la aceptación de lo inevitable se traduce en una serenidad que entra de lleno en el mundo de las ideas, sin concesión a las pasiones propias del hombre, y donde el sentido de trascendencia queda diluido en ambigüedad.

miércoles, 21 de junio de 2023

Nueva etapa

 El tornado del 28 de mayo nos ha dejado un vendaval de cambios en los modos de gobierno y en los nombres de quienes lo han de llevar a cabo que parece, más que nunca, el inicio de una nueva etapa. Hay un ambiente generalizado de renovación que certifica un fin de ciclo por agotamiento de unas ideas y unos modos de actuación que no encajaban con el sentir de la mayoría ciudadana. Ha sido una marea que lo inundó todo y cambió los colores políticos del mapa nacional, un movimiento cuya unanimidad en cuanto a extensión debiera hacer pensar a los que han sufrido sus consecuencias, más allá de achacarlo a cualquier circunstancia ocasional. Seguramente en muchos habrá habido decepción, en otros alivio y en casi todos una cierta esperanza de que todo mejore y se haya aprendido de errores pasados. Lo cierto es que el juego democrático ha renovado el tablero y puesto sobre la mesa otras piezas siguiendo las indicaciones de la voluntad popular. Es la bendita rutina de la democracia.
En qué afecta esto a los ciudadanos es una cuestión que no tiene una respuesta única y puede abarcar desde la educación o el tráfico hasta la propia imagen de la ciudad. Gijón es un buen lugar para vivir, con una más que aceptable calidad de vida, aunque esto no admite más que apreciaciones relativas. A lo largo de los años se han ido consiguiendo metas que han cambiado su fisonomía y sus modos de vida hasta convertirla en la ciudad moderna, atractiva y bien dotada de servicios que es, pero ahí están los viejos problemas de siempre, que todos cuantos alcanzan la vara municipal prometen intentar resolver en primera instancia: el paro de nuestros jóvenes, el problema de la vivienda, la contaminación de algunos barrios, la ordenación acertada del tráfico en las principales calles, junto a otros menos determinantes, pero que afectan a la estética de la ciudad, como esa proliferación de pintadas con que unos botarates descerebrados embadurnan todo lo que se pone a su alcance. La lista de problemas sería inacabable, tantos como grupos sociales.
Después de la etapa anterior, que no fue precisamente el período más exitoso de la ciudad, se espera un giro que corrija las equivocaciones cometidas y que evite caer en decisiones mal tomadas por errores de planteamiento o falta de suficiente reflexión. Facilitar las iniciativas sociales y particulares, oír a la calle, pensar que, ante todo, lo que se está ejerciendo es un servicio, decidir sin el menor asomo de sectarismo, con la mirada puesta ante todo en tratar de hacer lo más fácil posible la vida a los ciudadanos. No pediríamos más.

miércoles, 14 de junio de 2023

Teoría del suspenso

En esto del conocimiento no creo que debiera haber más grados que los que cada uno quisiera imponerse a sí mismo, según sus ambiciones y su propia necesidad de instalación espiritual. Suena quizá con un cierto aire de las viejas melopeas acratoides, pero bien saben mis papeles y las paredes de mi cuarto que no sabría escribir ni una sola línea por ese camino. Quien no añade nada a sus conocimientos los disminuye, dice el sesudo Talmud, así que líbrenos él de cuestionar la validez del conocimiento y ciñámonos sólo a las circunstancias de su elección.
La libertad para elegir conocimiento es un atributo de derecho natural, y si esto fuera discutible, al menos será difícil negar que es opción gratificante y camino alegre para andar por la vida. Uno cree también que es una muestra de cariño hacia quien se le ofrece. Pero es necesario hacerlo en el tiempo oportuno, allá cuando la capacidad de discernimiento comienza a afianzarse. Porque el conocimiento, entendido como el conjunto de saberes que han de sostener y condicionar toda nuestra trayectoria espiritual, parece un valor demasiado importante para alargar excesivamente el momento de su elección. El conocimiento es poder; es un poder cuya eficacia de uso depende del grado de afinidad que se haya tenido en su adquisición, y esta afinidad ha de ser más estrecha cuanto más largo haya sido el tiempo de camino juntos y menores las interferencias ajenas; cuanto más temprano haya sido el inicio de la marcha en común del que aspira a la posesión del conocimiento y el conocimiento mismo.
os sistemas educativos españoles han tendido a retrasar en demasía el momento de entregar al estudiante la opción de decidir con qué compañeros quiere continuar su aventura intelectual. Es éste un largo y duro camino, y los caminos largos se andan mejor en una compañía agradable que con advenedizos impuestos, pero el adolescente no tiene alternativa. En aras de una concepción totalizadora de la enseñanza, se diseñan unos planes de estudio de carácter abarcador, sin ver que los únicos saberes que pueden aspirar a ser universales son los básicos, y esos ya están adquiridos.
Y así vemos a ese joven de dieciséis o diecisiete años, honesto con su deber y voluntarioso hasta donde se lo permitan, preguntándose para qué diablos le puede servir el binomio de Newton, a él, que quiere ser historiador. Y ahí está, atascado curso tras curso, a remolque de logaritmos y leyes de la termodinámica que no entenderá jamás, y viendo cómo disminuye día a día su autoestima, sin que ni el profesor ni el seminario ni el primo ni el vecino le comprendan y hasta le tomen por el vago que no es.
No es bueno el desánimo, antesala de la frustración y aun del escepticismo, y un joven escéptico es la antítesis de su propia definición. Si la vida es un estar siempre aprendiendo sin llegar nunca al verdadero conocimiento, según nos advirtió con honestidad y sin tapujos el filósofo, parece de ley prudente dar la posibilidad, en cuanto sea posible, de elegir el propio conocimiento.

miércoles, 7 de junio de 2023

No hay respiro

Lo más decepcionante de los políticos, en general, es el orden en que colocan las prioridades de su actuación. En primer lugar está él mismo, su propia persona; erigirse como referencia ineludible de la actualidad nacional, dominar la sociedad en todos sus aspectos y pasar al olimpo de las figuras históricas. En segundo lugar viene el partido, el número de votos que pueda ganar o perder, su estabilidad interna y su imagen externa; todo sea por él, que fue el que lanzó al jefe al poder y el refugio que apoya sus errores; por él vale todo: pactos antinaturales, alianzas extrañas, incumplimientos de promesas y hasta los dictados de la propia conciencia se venden y se compran si es necesario con tal de que el partido cumpla su función de captar votos. Después, y a mucha distancia, está el país, entendido como patria común, ya que la conciencia nacional y el sentimiento patriótico no son conceptos que suelan figurar entre las proclamas de la mayoría de nuestras facciones partidistas. Y en último lugar estamos los ciudadanos; los ciudadanos de a pie, que soportamos las promesas incumplidas y las decisiones arbitrarias sin más ocasión de sentirnos protagonistas que la que nos dan las urnas cada cierto tiempo.
Ahora nos llaman de nuevo a votar. No toca, pero habremos de ir por conveniencia de alguien que ve en ello su propia ventaja. Iremos en chanclas y a piel descubierta, y más de uno oliendo a bronceador, porque julio es mes de canícula y los domingos riman más con sol y playa que con una sala cerrada donde se va a cumplir con una obligación que podría tener mejor acomodo en el calendario. Pero iremos, porque hay ganas de cambio y de acabar de una vez con esta pesadilla que nos amarga cada mañana con una actualidad de sobresaltos y con escasas noticias que reconforten el espíritu.
Pero antes hemos de hacer frente a otra campaña electoral, que no es ningún aperitivo placentero. Aún tenemos el paladar saturado de la anterior. Volveremos a oír las mismas frases impostadas que nada significan. Todo será progresista y sostenible y, por supuesto, democrático. Habrá negociaciones frenéticas en busca de alianzas que permitan uniones de hecho, por antinaturales que sean, para evitar que el ganador se siente en el poder. Oiremos a quienes atisban al lobo tras las encuestas justificar sus errores intentando que los veamos como aciertos, y a los que olfatean el triunfo exhibir sus remedios, que tampoco necesitan ir mucho más allá de lo que dicta el sentido común. Nos han llamado en un día atípico, pero así todo iremos.

miércoles, 31 de mayo de 2023

Mi amigo el moro

Andaba el hombre por Roma con su cara de eterno desubicado y bastó que me oyera saludar con acento español para que se acercara con su vaso a mi lado. El vaso era de zumo, que Muley Mehmed no bebe alcohol. El mío era de chianti, y por ahí, por los vinos de Italia y España, vino el pretexto para hablar.
Muley sabe bien lo que quiere, pero se encuentra con que la vida no es precisamente una dama generosa que se distinga por allanar los caminos, y da la impresión de que eso le sorprende un poco. Puede que ya sepa que así nos ocurre a la inmensa mayoría y que le traiga sin cuidado, porque ciertamente vago consuelo es, pero en todo caso es una verdad, por si de algo sirve.
Muley Mehmed es marroquí, habla un correcto español y trabaja en una agencia de viajes en Roma. Dice las cosas en voz baja y muy despacio, mirando fijamente a su interlocutor, creo que para darse más seguridad a sí mismo, y de este modo me cuenta que es licenciado en Literatura Española por la universidad de Casablanca y que todo su afán se centra en trabajar algún día en España:
-A los marroquíes España nos parece la meta a alcanzar. Ir a tu país es ir a un país europeo y además sin los inconvenientes de los otros. Es como la otra orilla, en todos los sentidos.
-¿Y por qué nosotros no tenemos otra orilla?
Muley le mira a uno como diciendo qué pregunta. No se da cuenta de que no se trata de ninguna autocontemplación, ni mucho menos, sino de una observación entre curiosa y dolida, y comienza a hablar del tremendo atraso cultural y social de su país, del inmovilismo de sus estructuras, de la pobreza, de la sorda lucha entre religión y progreso, de la interminable toma de decisión entre dos mundos, que cada vez parece más angustiosa. Luego vuelve al tema de su nueva vida:
-Aquí me tratan bastante bien, pero no es sólo eso; veo que jamás tendré posibilidades
Un país como Italia debe de resultar de difícil comprensión para los alejados culturalmente de su sombra. Todas las formas complejas y elevadas ofrecen una cara dura a los que no están iniciados en ellas, incluso aunque provengan de otras igualmente importantes. También puede que ocurra en España, aunque aquí el carácter modifica algo la norma.
-Yo lo que quiero es ir a España a trabajar como guía turístico, a ser posible en el sur.
A Muley se le pone cara de ensoñación y a uno le parece que no es nadie para romperla con los crudos datos de la realidad, así que se limita a hacer alusión a algunas exigencias.
-He estudiado mucho sobre España. Mucho. Y si hay que sacar alguna titulación, pues la saco. Podría ser un buen guía. Se lo digo de verdad.
Muley bebe su zumo y mira al otro a ver qué dice y, como el otro no dice nada, continúa:
-En Italia no estoy mal, pero... Yo me siento ya un trasplantado y a los trasplantados no les importa ya ninguna operación con tal de que el órgano funcione.
El último día de mi estancia en Roma, tomando en Via Tomacelli la copa de la despedida, Muley Mehmed pidió con la más clásica de las circunlocuciones árabes que hiciera lo posible por ayudarle a conseguir lo que quería.