miércoles, 3 de marzo de 2021

Un año ya

Siguen tristes nuestras calles, especialmente los sábados y domingos, cuando no hay transeúntes obligados cumplir con sus quehaceres. Pesa sobre su ambiente algo como un hálito amenazador que las priva de su capacidad de invitación a encontrar en ellas el disfrute que siempre nos ofrecieron, y a la vez convierte estos días de acercamiento a la primavera en un tiempo indiferente, como si el inminente rebullir de la naturaleza hubiese dejado de ser un símbolo de esperanza. Quién ha visto nuestras ciudades y quién las ve ahora. Los alegres domingos de vermut y fútbol, de bullicio juvenil o de simple paseo familiar; la vida ocupando el espacio con su cara más lúdica, con saludos sin temor y conversaciones cercanas, sin distancias preventivas de ninguna amenaza. Qué vacío este y qué ausencia de sonido de fondo, como en un mar muerto. Se cumple ahora un año desde la llegada de aquel lejano virus que nos encerró en casa. Pesa ya el tiempo detenido como en una estación sin tráfico. Se convierte en enemigo la monotonía de las horas que se repiten iguales, como si fuera una sola sin fin. Surge la añoranza de los viajes, de las reuniones en libertad, de los abrazos a quienes se quiere, y a la vez no podemos desprendernos del pensamiento de que el virus sigue ahí y que se ha llevado a cien mil compatriotas. Quizá luego alguien sistematice todo esto como un nuevo trastorno del ánimo y hasta le ponga un nombre, el síndrome pandémico, o algo así; sería un daño añadido.

Un año ya y todo sigue parecido. Hemos aprendido a combatir el virus mediante alteraciones importantes de nuestra conducta social y, por supuesto, con nuevos hallazgos científicos sobre la prevención y el tratamiento, pero ni siquiera esta situación de emergencia ha servido para suavizar las asperezas que impiden una relación fructífera entre los partidos ni para impulsarlos a pensar mirando al conjunto por encima de su propio campo. Siguen en sus trincheras, en muchos casos alejados de las aspiraciones y necesidades de la sociedad, y poniendo sus intereses por encima de lo que dicta el sentido común. Ahí está otra vez la tabarra feminista tratando de repetir el disparate del año pasado con tal de mostrar su fuerza. Tampoco la visión cercana de tantas despedidas definitivas ha servido para que los extremistas fanáticos se detuvieran un momento a pensar en la relatividad de sus convicciones, si es que alguna puede habitar en sus cerebros; como si no fuera bastante, siguieron añadiendo destrucción e inquietud a las calles y hundiendo aún más la economía de su ciudad. Qué sensatos seríamos si aprovechásemos la amarga lección aprendida este año.

miércoles, 24 de febrero de 2021

Ira en las calles

Es difícil comprender, y no digamos explicar, lo que hemos visto este fin de semana en algunas ciudades, sobre todo en Barcelona. Cuál es la verdadera razón de que unas nutridas hordas desbocadas salgan al asalto de la ciudad destruyendo todo lo que encuentran, arrasando comercios y bienes públicos y dispuestos a causar el mayor daño físico posible entre los que tienen la misión de contenerlos. Si uno se fija individualmente en ellos verá que parecen productos clónicos: todos vestidos de negro de los pies a la cabeza, dejando tan solo al descubierto los ojos, en los que brilla la misma mirada enfebrecida, una actitud de manada, culto a la brutalidad y ausencia absoluta de indicios de querer aproximarse a algo parecido al diálogo. En conjunto, una imagen real y nada simbólica de la parte más irracional del ser humano. Dicen que luchan por defender la libertad de expresión, que por lo visto encarna un tipo al que es imposible arrancarle dos frases que tengan sentido. Su antología de barbaridades es solo inferior a la cantidad de odio que destilan, y en su contenido pueden encontrarse todas las variantes del agravio: insultos, amenazas, injurias, incitación a la violencia, todo en ello con ripios pareados propios de un adolescente semianalfabeto y recitados con el subyugante y melodioso ritmo rapero. A este individuo salen a defender sus compinches arrasándolo todo cuando le llegó la hora de rendir cuentas. Pero hombre, si habría que haberle juzgado antes que nada por ofensas a la música y la poesía.

Ya se ha convertido en algo acostumbrado. Cualquier pretexto y cualquier ciudad les vale para salir a destruirlo todo. Si no es por la globalización es por el cambio climático o porque sí; no hay ciudad que se vea libre. Suelen ser una amalgama en la que los que de verdad van de buena fe a ofrecer su presencia para solucionar el problema son los menos; los más son niños de papá con todo resuelto o botarates que acuden como borregos a la llamada de cualquier tuit, a los que se incorporan energúmenos de todo pelaje: profesionales del conflicto, aprovechados en saqueos y pillajes, expertos en formas y maneras de causar daño y hasta teóricos de la guerrilla urbana. Y al fondo, el ciudadano de a pie que ve cómo su ciudad sufre unos destrozos que va a pagar él con sus impuestos o el comerciante que se ha quedado con los cristales rotos y su tienda saqueada.

Si asolar una ciudad es una forma de solidarizarse con la libertad de expresión, pueden sus defensores sonreír con esperanza, al menos aquí, porque hay un partido en el propio Gobierno que los anima.

miércoles, 17 de febrero de 2021

El absurdo como norma

El absurdo es uno de nuestros compañeros de vida. Nos rodea por todas partes. No es de ahora; desde siempre se ha asentado entre nosotros como un comensal más dando lugar a teorías, disquisiciones y hasta tendencias creativas, quizá porque su presencia es tan fecunda como la de la lógica. Es como si entre la razón humana y el absurdo hubiera una afinidad secreta. De hecho, más de una vez se ha visto resultar mal las cosas más razonables y bien las más absurdas. Un fiel camarada este atrabiliario elemento que llamamos absurdo, sin duda porque absurda es su misma existencia.

El absurdo pierde su cariz negativo cuando el que lo practica es consciente de que lo es. Lo malo es cuando se llega a él creyendo que se está diciendo o haciendo una obra genial, que es lo que pasa casi siempre. Cada uno seguramente tendrá su inventario de absurdos, y, juntos todos, deben de formar una lista capaz de envolver las pirámides. Lo que pasa es que de tan habitual que es terminamos teniéndolo por normal. Es absurdo, por ejemplo, prestar dinero a alguien y que encima nos cobre, como nos hacen los bancos, o que se llame latina a una América en la que ningún habitante del Lacio tuvo nada que ver. ¿Y qué es el absurdo? se atreve a preguntar uno. Pues lo contrario a la lógica y al buen sentido, podría responderse, pero ahí estarán Jardiel, Groucho, Ionesco y muchos otros contestándonos a coro que es la única verdad absoluta con que cuenta el hombre. Quizá porque también es un ser absurdo.

Existe una narrativa y un teatro del absurdo hasta constituir un género literario, pero donde más abunda es en el campo de los políticos, eso sí, sin pizca de ingenio y sin la fuerza creativa y la capacidad simbólica del anterior. Siempre ha sido así, pero en estos tiempos en que todo se hace más visible, parece que hace sentir aún más su presencia. Miren lo que se puede reunir solo en unos pocos días:

Es absurdo que el vicepresidente de un Gobierno ataque a la jefatura del Estado de su propio país o que afirme que en España no hay una democracia verdadera; será porque no se explica que un partido que apenas es la cuarta fuerza del Congreso esté cogobernando. Que cuando se quiere frenar el grave problema del despoblamiento rural se prohíba controlar la presencia del mayor enemigo de los ganaderos. Que en plena pandemia nuestros gobernantes se preocupen de preparar leyes, como la llamada ley trans, que viene a decretar que ya puede uno tener los atributos naturales que tenga, que eso no determina su sexo; lo determina su voluntad; no necesita más que querer y, eso sí, haber cumplido dieciséis años, lo que no deja de ser un detalle.

Creo porque es absurdo, dijo un santo filósofo, resignado a no entender nada. Como nosotros.

miércoles, 10 de febrero de 2021

Foto fija

Como todo está condicionado por la epidemia, no tenemos más remedio que modificar nuestro modo de actuar y adaptarlo como podamos a esta nueva realidad que se nos impone a la fuerza y que interrumpe de golpe el camino que estábamos andando. Nos hemos quedado sin acciones a corto plazo y sin planes de realización inmediata; hemos congelado todos los proyectos, los personales y los generales; nuestro espacio para hacer propósitos de futuro no va más allá de una tarde. Todas las perspectivas que nos habíamos fijado para los meses inmediatos, las vacaciones, los viajes, las fiestas, las celebraciones, todo está retenido bajo llave desde hace más de un año, sin que terminemos de encontrar la manera de abrirlo. Se ha detenido el curso de nuestra acción. Es como en los cines de barrio de antes, cuando se atascaba la máquina y quedaba el fotograma fijo en la pantalla. Así estamos, en espera de que la imagen vuelva a ponerse en movimiento.

Todo lo estancado tiende a degradarse y a criar agentes nocivos en su interior. En este caso se llaman cansancio, hartazgo, tedio o hastío, eso en su versión más inocua. Hay otros más difíciles de sobrellevar, porque afectan a capas más profundas de nuestro carácter y resultan más determinantes para nuestro equilibrio emocional: frustración, pesimismo, incertidumbre, escepticismo, nihilismo, neurosis. El pensamiento de lo que podría estar siendo y no puede ser; la confirmación día tras día de que cualquier tiempo pasado fue mejor; el ver cómo el horizonte de esperanza vuelve a alejarse cada vez que lo vemos cercano. Se hace difícil estar en casa rehuido de todos, pero también en la oficina o en el aula con la mascarilla puesta todo el día, y no digamos si se trabaja en primera línea de riesgo. Y sobre esto, hacer un esfuerzo para salir indemne del bombardeo de información sobre la pandemia que nos cae encima cada minuto y del baile de cifras, medidas, recomendaciones, horarios, porcentajes, fechas y previsiones que unos señores muy serios nos traen todos los días y en todos los medios. Cuánta gente hay ya que ha dejado de ver los telediarios.

Están los días grises aunque salga el sol. Cuando el virus sea solo un mal recuerdo y todo se vuelva a poner en movimiento, cuando las calles y las horas sean otra vez nuestras y podamos por fin cambiar la virtualidad de los saludos por los abrazos de verdad, volveremos a sentir aquella dimensión del tiempo que perdimos y, si somos optimistas, puede que veamos que estos largos meses han servido para algo, aunque solo sea para regalarnos la experiencia de haber vivido una excepción.

miércoles, 3 de febrero de 2021

Cuando esto acabe

El día que pase todo esto y miremos hacia atrás vamos a verlo como un tiempo irreal que hemos vivido sin apenas darnos ocasión de explicárnoslo, un mal sueño del que solo las profundas huellas que ha dejado nos dan fe de su existencia. De nada nos sirvió lo que sabíamos de otras mortandades semejantes. Lo narrado en crónicas y testimonios, por fiables que sean, no tiene el valor de lo vivido en primera persona; pertenece al pasado y lo damos por ido para siempre. Por eso, cuando aparece en el presente nos sacude primero la sorpresa, luego la desorientación y enseguida el afán nervioso y acelerado por encontrar el remedio. Y al final todo se convierte en una experiencia más en nuestras vidas, de la que, si somos inteligentes, podemos sacar lecciones que nos ayuden a sobrellevar futuros casos semejantes.

Si creemos que la mejor forma de enfrentarse a una desgracia es convertirla en una oportunidad, cuando todo esto acabe puede que nos lamentemos por aquel largo espacio ocioso que no aprovechamos. Tanto tiempo libre como nos ha sido impuesto da lugar a muchas opciones de ejercer aquello para lo que hasta ahora nunca encontramos ocasión, o de fijarse un propósito para cuando todo termine, o simplemente de reordenar algunos aspectos de conducta sobre los que nunca habíamos pensado, de satisfacer aficiones descuidadas o de explorar otras nuevas. Quizá algún día nos preguntemos de qué nos ha servido haber vivido esta experiencia, además de para atiborrarnos de mensajes y pantallas. Eso en lo que se refiere al ámbito individual.

 Como sociedad, deberían nuestros gobernantes hacer un verdadero examen de las lecciones que nos deja la pandemia, acompañado de una reflexión libre de condicionantes partidistas y de encuadres sectarios, que todo lo pervierten. Por ejemplo, sobre la necesidad, de sobra demostrada, de reorganizar la sanidad pública con un criterio más centralizado, que evite el caos de normas y el barullo de medidas y horarios que vuelven loco al ciudadano, fomentan la desigualdad y crean la sensación de que no hay nadie al timón marcando el rumbo. O por ejemplo, hacerse el propósito de una vez por todas de fomentar la investigación biomédica, invertir algo más que ese raquítico 0,5 % que ahora se le dedica. Se hace evidente lo que ya sabíamos: que solo la ciencia nos puede dar la solución, y nosotros apenas nos hemos preocupado de mimarla. La vida ya no puede ser la misma después de tanto dolor y tantas muertes. Hay muchas huellas que reparar y mucho que corregir. Si no, no habremos aprendido nada.

miércoles, 27 de enero de 2021

Desde dentro

Digamos que se llama María. Es una chica guapa, amable, responsable y con una pizca de sana picardía que se refleja en sus ojos azules. Vive su juventud con la alegre despreocupación por el paso del tiempo de sus veintitrés años y con la ausencia de inquietudes vitales de quien no ha tenido que sufrir en su vida ningún grave mazazo del destino. Su mundo son sus amigos, los estudios, su familia, las redes sociales, la diversión ocasional y moderada. Vive el presente según los esquemas de su tiempo, sin excesivos conflictos conceptuales y procurando evitar cualquier signo de estridencia. Sus aspiraciones son las de la mayoría: una familia, un trabajo seguro, un futuro asentado en la estabilidad y la seguridad. Una chica como muchas, de clase media, estudios medios y posibilidades medias.

Había cursado estudios de auxiliar sanitario, pero nunca los había utilizado profesionalmente. Cuando apareció el virus y la epidemia comenzó a colapsar los centros sanitarios se ofreció como voluntaria para colaborar en lo que fuera necesario. La destinaron a un gran hospital público, donde el aumento del número de ingresos diarios estaba exigiendo a los trabajadores sanitarios un esfuerzo sobrehumano. Le tocó atender en la recepción a los que llegaban y tratar de calmar la inquietud de sus familiares, a los que aliviaba la dureza del momento con una palabra amable y su expresión acogedora. Con el aumento de casos se hizo necesario reforzar los cuidados intensivos y María pasó como auxiliar a una de las UCI, en la primera línea del drama. Allí conoció la verdadera esencia del ser humano, su condición contingente y la inanidad de tantos actos y tantas palabras inútiles. De repente la vida y la muerte le mostraron con toda crudeza su juego, un terrible juego en el que siempre pierde el mismo jugador. Jamás había podido imaginar la capacidad de las pequeñas cosas para herir el alma y los sentidos: el siniestro sonido de los respiradores, los gemidos ahogados, el último instante de las vidas que se van sin más consuelo que la caricia de sus manos, el latigazo que se siente en el corazón cuando se llama a una esposa para entregarle la ropa de su marido.

Y aquella chica cambió. Conoció de cerca el lado más oscuro de nuestra realidad de seres humanos y, después de pasar un mal momento en el que necesitó ayuda psicológica, aprendió una nueva forma de medir los acontecimientos de nuestra vida. La muchacha alegre, risueña, impulsiva, se hizo más reflexiva, más tolerante y más vulnerable a los sentimientos derivados de los lazos familiares y de los seres queridos. Y, desde luego, no entiende la irresponsabilidad de quienes no hacen caso de las normas.

miércoles, 20 de enero de 2021

Tormenta perfecta

 La palabra de este año está siendo Filomena. O sea, ruiseñor en el lenguaje poético, quién lo diría viendo la que armó. Este enero de 2021 está siendo algo así como el punto de reunión de malasombras empeñados en amargarnos la vida. Se han alineado en perfecto orden los negros astros que giran por el universo de las tinieblas y han concentrado en nosotros toda su atención. Durante toda esta semana Filomena nos ha estado llevando por la calle de la amargura, haciendo la vida imposible en la mayor parte del país. Ha venido a machacar aún más nuestra economía y de paso a generar, como siempre, las habituales discusiones políticas sobre la responsabilidad de su gestión. Como un arrebato airado de la naturaleza, ha provocado un caos que ha puesto patas arriba todo nuestro sistema de organización social: ha dejado aislados a miles de personas en sus pueblos, ha cerrado vías de tren, autopistas y aeropuertos, ha impedido los desplazamientos urbanos, ha convertido nuestras calles en cepos para nuestros coches, ha destrozado olivares y cultivos de invierno, ha provocado terribles aludes mortales y ha llevado el peligro a la misma puerta de las casas. Ya tenemos el primero.

El virus sigue ahí, tan escurridizo y cambiante que no acertamos a encontrar su punto débil. Nos ha llegado una firme esperanza en forma de vacuna, pero tampoco estamos atinando a la hora de administrarla y, mientras tanto, los contagios se disparan, los hospitales se llenan, los sanitarios se agotan y los muertos aumentan. También viene del misterioso seno de la naturaleza, de alguna disfunción que no podemos conocer, o como una oscura venganza por nuestro comportamiento, que dirían los fanáticos de la teoría Gaia. Lleva con nosotros un año, pero ahora se convierte en el segundo elemento de esta malhadada conjunción.

Y el tercero: un Gobierno débil y desbordado, rehén de unos indeseables socios y obligado a pagar un precio continuo a quienes le auparon al poder. Tiene ante sí la situación más complicada que ha vivido nuestro país desde hace muchos años y se entretiene creando problemas donde no los hay y presentando leyes polémicas sobre temas que no tienen apenas demanda social. Esta vez la naturaleza no tiene nada que ver; es cosa nuestra. Si acaso, de la naturaleza del ser humano, que tiende casi siempre a equivocarse.

El caso es que en este enero todo parece haberse conjurado para que lo recordemos bien. Ojalá pase a nuestra memoria como el punto de inflexión entre un tiempo de miedo y errores y otro marcado por un impulso renovado que genere nuevas ideas y liderazgos más lúcidos.

miércoles, 13 de enero de 2021

El visitante del Capitolio

Ese tipo con cuernos, medio tapado con pieles y con el pecho pintarrajeado, que entró en el Capitolio norteamericano como por territorio conquistado, viene a ser el emblema de una de las tendencias de nuestro tiempo: la de dar dos pasos por el camino de lo tangible y retroceder tres por el de las ideas. Avanzar con marcha firme por el terreno técnico y científico y caminar hacia atrás en el de la creación artística, el concepto estético o la estimación de los valores culturales. Era un símbolo ver pasear por el parlamento del país más desarrollado del mundo a una figura salida de la Edad de Piedra; un símbolo del mito del eterno retorno, principio y fin que se juntan como cierre de todas las categorías que han regido nuestra trayectoria.

Bien sé que seguramente nada de esto puede tenerse por auténtico y que este individuo se viste de mamarracho por afán de notoriedad o quizá por algún oscuro motivo remunerado, que siempre hay quien pague por todo, pero lo que cuenta es la imagen que proyecta como salto hacia atrás de nuestro sistema de vida y de pensamiento, una vuelta al origen que pretende decirnos que todo ha sido ya andado y que ahora no queda más camino que el retroceso. El cavernícola ese no tiene su mayor extravagancia en su ridícula pinta de hechicero selandio, sino en el hecho de estar en el sitio donde se entiende que se resumen todos los logros políticos de Occidente. Entre él y Trump, simultáneamente y cada uno con su estilo, parecen querer darnos la confirmación de la decadencia de su civilización, que es la nuestra. Casi se puede oír a Spengler: ya os lo decía yo.  

Sea o no casualidad, lo cierto es que en este tiempo ha coincidido en el poder una generación de políticos inanes, de abundante presencia y escasa sustancia, alejados del modelo de estadista, que no admiten comparación posible con quienes los precedieron no hace muchos años. Pocos países se libran de ellos, ni siquiera aquellos en los que se supone una mayor madurez democrática. Demagogos y populistas, ignorantes, atentos solo a su apariencia y a su presencia mediática, maestros en el manejo de las redes sociales, faltos de credibilidad de tanto incumplir sus promesas, mentirosos, huecos y, en muchos casos, ridículos, esas son sus señas. Los conocemos todos, porque bien se encargan de ello. Quizá Trump sea el paradigma más marcado, seguramente porque ha terminado pagando sus excesos con la penitencia de ser tirado al vertedero de la historia de su país, pero también aquí tenemos nuestro producto nacional. Hay que esperar que a todos ellos les vaya en las urnas como al americano.

miércoles, 6 de enero de 2021

Deseos de Año Nuevo

Este año es el que más fácil nos ha puesto hacer la lista de deseos que pedimos por estas fechas. Solo uno en primer y exclusivo lugar: la salud. Siempre lo tuvimos, pero de forma individual, según nos rozaran las adversidades. Si no nos tocaban de cerca, teníamos tendencia a considerarlo un deseo cuyo cumplimiento se daba por seguro, porque su quiebra nos parecía algo ajeno que solo afectaba a otros. Ahora esa quiebra ha adquirido un carácter universal, cercano e indiscriminado, y por eso temible. Esta vez la salud prima como único  deseo, solo uno, pero unánime. El dinero y el amor se quedan en las letras de boleros y en la recámara para tenerlos como objetos más deseados cuando la normalidad nos vuelva a todos a ser como antes. El viejo dicho que repetían nuestros abuelos, Dios nos dé salud que lo demás todo se compra, obtiene aquí un consenso universal. Pero como en esto de los deseos hay barra libre, y dejando siempre claro que ese es el primero de todos, uno quiere añadir otros por si algún hado tiene buen oído y quiere echar una mano. Ahí van algunos:

Que el paisaje después de la batalla no lo encontremos tan destrozado como nos tememos. Que la suerte nos lo presente menos hosco de lo que se prevé y que, en todo caso, tengamos inteligencia, ánimos, medios y dirigentes capaces de superar las consecuencias de esta pesadilla. Que nos dejen de mentir los políticos, sobre todo si están en el Gobierno, y reconozcan con humildad sus limitaciones, sus errores y sus dificultades. Lo entenderíamos. Los sentiríamos más cercanos a nosotros y los tendríamos por fiables, no como ahora.

Que el recuerdo de los que se fueron nos ayude a tener presentes todas las lecciones aprendidas y a dar a cada problema su verdadera medida; veríamos cuantas preocupaciones inútiles nos evitaríamos. Que entre esas lecciones esté la de tomar conciencia de una vez por todas de que debemos invertir en investigación científica aunque sea eliminando tantos sueldos inútiles como se pagan en las esferas de lo público, porque en una crisis como esta la ciencia es lo único que puede salvarnos o al menos infundirnos esperanzas razonables.

Que se alimente una lectura en positivo de nosotros mismos como nación y como sociedad, de nuestro pasado y de nuestros hechos. Que perdamos de una vez nuestra perpetua tendencia a la autoflagelación, que algunos parece querer fomentar, y dejemos de mirar solo los rincones más oscuros de nuestra historia, porque hay muchos luminosos que ni siquiera se enseñan.

Y que el despertar de esta mañana haya sido en cada casa el de las ilusiones cumplidas.

miércoles, 30 de diciembre de 2020

Por fin se va

A estas alturas del año parece obligatorio echar la vista atrás y hacer un balance de su comportamiento. Viene a ser una costumbre que nos permite examinar nuestra vida por capítulos y de paso llegar una vez más a la reflexión que nunca podemos evitar sobre la brevedad del tiempo. En ninguna otra fecha como en esta nos damos cuenta de cómo se nos escurre entre los dedos. No sentí resbalar, mudos, los años. Está visto que cada vez que queramos describir los efectos del tiempo lo mejor es acudir a Quevedo.

Se va 2020 y con él un trocito más de nuestras vidas y una página escrita ya para siempre. Bueno, pues que se vaya. Que se vaya este año que nos ha dejado tantas lágrimas, tantas ausencias y tantos temores. Desde un punto de vista colectivo, porque en lo personal no cabe afirmación alguna, este 2020, con su nombre simétrico y eufónico, no va a pasar con letras luminosas a las crónicas de nuestra historia, más bien al rincón más oscuro y donde solo habita el olvido. Es el año en que despertamos dolorosamente a una realidad que no conocíamos más que de oídas y que desde entonces nos tiene en vilo el corazón. Hemos descubierto hasta dónde puede llegar la profundidad de nuestra condición de seres vulnerables; hemos comprobado que no tenemos respuestas para todo y nos hemos confirmado en la idea de que solo la ciencia puede poner algo de orden en aquello que el azar descompone. Hemos vivido el miedo de cerca y la angustia de ver cómo se resquebrajaba la esperanza del bienestar del mañana al tambalearse los pilares económicos de nuestras ciudades. Y también, al mismo tiempo, hemos encontrado héroes que nos han descubierto el valor de la solidaridad y del sacrificio por los demás. Ha sido el año de los abrazos que no dimos y de las muestras de afecto aplazadas, pero, quizá por eso, el de ver cómo se avivaban sentimientos que nunca habíamos echado de menos porque los podíamos satisfacer con total libertad. Eso aprendimos, el valor de lo que teníamos sin darnos cuenta.

Y también el año en que parece iniciarse en nuestro país un desgarro de la conciencia nacional, al amparo de la debilidad de un gobierno dispuesto a conceder a sus indeseables socios todo lo que le pidan con tal de mantenerse en el poder, aunque sea a costa de abrir peligrosos frentes que nadie sabe a dónde nos pueden llevar.

Pues eso, que se vaya de una vez este año bisiesto de tan mala memoria y vamos a confiar en su sucesor, que puede que no tenga un nombre tan redondo, pero seguramente será más amable con nosotros.

miércoles, 23 de diciembre de 2020

Navidad inédita

Qué extraño se me hace hablar este año de la Navidad. Un tiempo en el que en el artículo que escribo cada año he de seleccionar palabras y conceptos porque desbordan su espacio, ahora se vuelve árido y seco, como uno de esos paisajes que siempre deslumbraron por su belleza y que ahora aparecen marchitos por alguna catástrofe. Y sin embargo, siguen ahí, con su fascinación escondida. Porque, a pesar de todas las circunstancias que la rodeen, por adversas que sean, y estas lo son, la Navidad es una fiesta bella y alegre, necesaria en sí misma, de modo que habría que inventar algo semejante si no existiera. Un tiempo que equilibra los desasosiegos y bajones de ánimo de otros momentos con su mensaje generador   de ilusiones y buenos propósitos, lleno de sugerencias y deseos de buena voluntad. Tanto para el creyente, que ve en el misterio del portal el alimento de su fe, como el que la vive como un simple festejo de convivencia social y familiar, en su nombre se expresan las aspiraciones, aunque sea en modo de simple evocación, a un tiempo lo más aproximado posible a la idea de felicidad. Cómo no vamos a necesitar eso. Aún oculta bajo una terrible cara de miedo y dolor, sentimos que no podemos prescindir de ella y que, con todas las dificultades que se nos impone, queremos notar su presencia en estos días.

Nada la identifica más que las palabras paz y felicidad puestas en todos los labios como un deseo universal. Bajo la forma de un amable cumplimiento social, son la expresión sincera de una aspiración que nos indica la necesidad que tenemos de ella. Del afán de sosiego que necesitamos en medio de tanta turbulencia artificiosa, que este año se añade a la que un caprichoso virus nos impone. Ojalá traiga paz interior a los políticos obsesionados por la pasión del poder, que no vacilan en poner en riesgo realidades sociales sólidamente asentadas, con tal de satisfacer sus ambiciones personales. A los de la crispación continua, a los de las declaraciones desestabilizadoras, que pretenden llevarnos a épocas y sistemas de otro tiempo, que fracasaron sin remedio. Que sean días de paz para sus inquietas mentes y sus agitadas aspiraciones.

En esta Navidad atípica, sin besos ni brindis, con el temor aleteando sobre los reencuentros y con el número de participantes tasado, seguramente adquirirá más valor su esencia eterna, hecha de recuerdos infantiles: músicas alegres, juegos, dulces, regalos, la burra que iba a Belén, correr a abrir la puerta a los abuelos y, al cabo de unos días, el milagro siempre renovado de la madrugada de Reyes. Por ello, y a pesar de todo, Feliz Navidad.

miércoles, 16 de diciembre de 2020

Cuando acabe la pandemia

 Mi amigo tiene las ideas claras; siempre las tuvo, pero parece que ahora, tras la experiencia semieremítica de la pandemia las tiene todavía más definidas. Está la mañana envuelta en una calima grisácea, desdibujada la línea del horizonte y con los sentidos preparados solo para percibir lo cercano. Quizá porque todo invita a la introspección o porque los deseos cuando se convierten en palabras parecen más próximos a su cumplimiento, mi amigo me habla de las primeras cosas que piensa hacer en cuanto acabe esta pesadilla. Veo que necesita decirlo, aunque no sea más que por establecer prioridades cuando llegue la liberación:

-Lo primero, buscar el abrazo de los míos. Abrazarnos sin limitaciones, valorar ese contacto físico que nos estuvo prohibido. Besar y tocar a los que quiero, sobre todo a los niños. Esta maldita epidemia nos está privando de los momentos más gratificantes que se pueden disfrutar a esas alturas de la vida: la relación con los nietos, sus risas, sus caricias, sus camelos. Momentos que son irrecuperables, porque en este punto el tiempo pasa deprisa y cuando uno quiere darse cuenta, ni ellos son ya los niños que se sentaban en las rodillas ni nosotros vemos el fin con la distancia de antes. Volver a poder reunirnos para comer juntos cuando queramos, celebrar los cumpleaños como siempre, poder despedir a los que se van.

Volver al café de media mañana, en la cafetería de siempre y con el periódico de siempre y decir sí a un amigo que me llame para salir a picar unas tapas. Me he dado cuenta de la fuerte dependencia que tenemos de las costumbres, cómo notamos no poder practicarlas y con qué intensidad las retomamos cuando vuelva a ser posible.

Ir al primer partido de fútbol que haya, a cualquier manifestación o a cualquier conferencia, no porque me interesen, porque raras veces lo hice cuando podía, sino por estar rodeado de humanidad, por sentirme miembro del rebaño, por palpar la presencia cercana de mis semejantes. Yo, que siempre me tuve por algo antisocial. Voy a tomarlo como una de las enseñanzas de este virus

Y viajar. Ir con quien quiera y por donde quiera sin cierres perimetrales ni controles ni toques de queda. Ir y encontrar todo abierto, dispuesto a acogerme, a darme un café o a ofrecerme un servicio. Desquitarme de tanta caminata circular y de tantas persianas bajadas.

Todo eso haré. Ya ves qué pocas pretensiones. Solo volver a lo mismo. Qué valor adquieren las cosas más insignificantes cuando se pierden; qué poca estima concedemos a lo que nos es dado de suyo; qué de enseñanzas podemos sacar de todo esto.

miércoles, 9 de diciembre de 2020

Una relectura

Están tristes los días, con las huellas de la borrasca invernal que los ha teñido de gris y de melancolía. Tristes por la borrasca política que algunos de nuestros gobernantes se esfuerzan en alentar con su empeño por destruir todo lo que nos hemos dado en su día con ilusión de primerizos y ha funcionado más que aceptablemente hasta que ellos llegaron. Tristes por la borrasca de la epidemia que no cesa, que nos angustia con su reguero de muertes, nos cambia los usos y las costumbres, nos trae nuevas preocupaciones por el mañana y nos recluye en nuestro ámbito como nuevos eremitas. Contra la primera nada podemos hacer, contra la segunda podemos acordarnos de ellos ante la urna en la próximas elecciones, y contra la tercera nos queda la esperanza de una pronta respuesta científica y, entretanto, la oportunidad de aprovechar el obligado retiro para ampliar el campo de nuestros gustos con nuevas experiencias culturales, o quizá recordando algunas ya vividas. Releer libros, volver a ver esa película que no entendimos en su día, explorar nuevos géneros musicales -acercarse por ejemplo a la zarzuela o la ópera-, profundizar en la obra de un artista. Seguro que la experiencia da frutos gratificantes. Si no podemos salir, al menos aprovechemos las posibilidades que nos ofrece el interior. 

He vuelto en este tiempo a visitar a algunos autores que siempre he apreciado, pero que tenía algo olvidados, como esos familiares a los que quieres pero que nunca encuentras momento para ir a ver. Estos días he estado releyendo a Larra y he comprobado que es una de las mejores cosas que uno puede recomendar para ocupar el ocio, si no fuera porque sabe que los ocios suelen ir en una dirección bien distinta. Larra es una de esas figuras que cualquier literatura quisiera tener y pocas tienen; una piedrecita metida en el zapato, bella como un diamante, pero que te recuerda su presencia cada vez que pisas. Larra es la pieza necesaria para cerrar una literatura de modo definitivo y convertirla en algo completo en sí mismo. Cuántas meditaciones literarias y sociales cabe hacer, a la vista de sus obras, dos siglos después de su muerte. Larra fue un hombre de agudeza inusual, casi excesiva para su tiempo, de tal modo que sus apreciaciones podrían alcanzar más efectividad en el siglo siguiente y en el nuestro que en el suyo propio. Y aun dejando a un lado algunos de sus tópicos más conocidos, el lector casi desea que esos artículos hubieran aparecido en la prensa de esta mañana, en lugar de hace casi doscientos años. En su lucha contra la mediocridad y la estupidez hoy habría tenido el mismo trabajo.

miércoles, 2 de diciembre de 2020

El último exceso

Hay por ahí una fotografía, entre un millar de otras parecidas, que, vista sin palabras al pie, pondría el corazón del que la ve en el más alto extremo de la compasión por un semejante. Está tomada en una plaza de Buenos Aires. Son dos personas, una mayor y otra más joven, llorando desgarradamente y abrazándose con fuerza, como si quisieran fundirse en uno solo. El mayor muestra en el rostro una desesperación extrema: la cara levantada, la boca abierta; se adivina el grito que sale de su garganta; es la imagen de la desolación más absoluta. El más joven esconde su cara en el pecho del otro y solo deja ver unos ojos que traslucen el dolor de un drama sin consuelo posible. Los brazos de cada uno se aferran al otro como vasos comunicantes de una pena infinita. Se diría que la vida se ha acabado para ellos. 

No es el dolor nacido de una gran catástrofe colectiva ni de una matanza terrorista ni por alguna gran desgracia que esté acabando con la ciudad; es que ha muerto un jugador de fútbol. Se ha detenido su país como atenazado por la sorpresa, a pesar de que todo él llevaba ya mucho tiempo siendo la crónica de una muerte anunciada. Resulta difícil de entender tanta desmesura como no sea atendiendo tan solo a los rincones más complejos y ocultos del interior del ser humano, allí donde se esconden las emociones más primarias, esas que no tienen explicación racional ni lógica. Esas que se escapan a cualquier análisis, pero que nos sirven para dar salida a nuestra necesidad de escape pasional. 

No fue ni mucho menos el que más títulos consiguió, más bien fueron pocos, ni el que más goles marcó. Eso sí, fue autor de uno que todos vimos hasta el hartazgo y de otro que nunca debió serlo porque lo marcó con la mano. A este le llamaron el de la mano de Dios, al otro el gol del siglo. Luego, como entrenador fue un fracaso absoluto. Pero sobre todo fue un fracaso en su vida personal y un pésimo ejemplo para los niños y jóvenes. Si de Valle se dijo que era eximio escritor y extravagante ciudadano, de este cabría decir que fue un buen futbolista y un ciudadano impresentable. Y sin embargo fue venerado literalmente como un dios y ensalzado hasta el ridículo, como el de aquel locutor que, cuando el famoso gol, parecía romper el micrófono con sus gritos desaforados preguntándose de qué planeta había venido, llamándole barrilete cósmico y desgañitándose entre lágrimas. Y eso que era uruguayo. 

Pisó todos los lodazales y fue una triste víctima de su propia debilidad, pero uno cree que merece un recuerdo agradecido por lo feliz que hizo a los aficionados al fútbol y por la cuota de orgullo perdido que devolvió a sus compatriotas.

miércoles, 25 de noviembre de 2020

Otra ley fallida

Ya es una tradición consolidada que todos los ministros de Educación se esfuercen en dejar su huella para la posteridad perpetrando una nueva ley educativa nada más sentarse en su despacho. Cuántas van ya, siete u ocho, creo, formando una ensalada de nombres que más bien suenan a trabalenguas. Se emplearon tantas siglas que va a resultar difícil encontrar algunas libres para denominar la próxima. Eso sí, todas efímeras, tanto como la mano que las firmó. Y a la vez, otro revoltijo de siglas para dar nombre a lo que los chicos estudian y así volver locos a los padres: EGB, BUP, COU, ESO, EBAU. Todo para denominar lo que en definitiva son unos años de enseñanza primaria y otros de secundaria. Ahora llega usted, señora Celaá, a imponernos otra nueva ley, con el visto bueno de su jefe, supongo, aunque no con el de la sociedad, porque la ha sacado adelante sin consenso alguno y por un solo voto. 

Pues esa sociedad a la que va dirigida, no los políticos profesionales, que esos aprueban lo que les manden, ha calificado la tal ley con una dureza que haría repensar su contenido a cualquiera, incluso a un ministro. Profesores, padres, pedagogos, intelectuales, asociaciones, colegios, gentes nada sospechosas de sectarismo, incluso dentro de su misma onda, la han calificado de disparate, idiotez, canallada, dislate, despropósito; han dicho que es una ley partidista, ideológica, regresiva, inaceptable, absurda. Todo eso se ha escrito como recibimiento a su engendro. Hubo quien encontró algún aspecto de su lado bueno y también lo dejó escrito: al que no le guste esta ley que no se agobie; no durará.

La cuestión, ministra, es que esta ley, a diferencia de casi todas las de antes, no afecta tanto a la normativa propiamente académica, que eso sería fácilmente comprensible y seguramente asumible, como a aspectos más abstractos y menos tangibles, pero infinitamente más importantes. Afecta, por ejemplo, a la cohesión nacional, al derecho de los padres sobre sus hijos, a la igualdad de conocimientos y, sobre todo, a la libertad de elección y de pensamiento, una cuestión propia de alguien que afirma que los niños no pertenecen a sus padres. 

Realmente poco puede salvarse. ¿Alguien en su sano juicio puede justificar que el español deje de ser lengua vehicular en España? Acabar con la enseñanza especial y la concertada; pues no le debió de ir tan mal a usted estudiar en un colegio privado cuando mandó a sus hijas al mismo. Pasar de curso con suspensos; o sea, motivar al alumno diciéndole que estudie o no el resultado va a ser el mismo. Nuestros alumnos no se agotarán por el esfuerzo, pero eso sí, saldrán diplomados en burrología. Total, para llegar a ministro no hace falta gran cosa. Hay ministras de Educación que creen que lo de Fierabrás era un arte.

miércoles, 18 de noviembre de 2020

Mal y en el peor momento

Este Gobierno tiene el extraño don de crearnos un sobresalto diario y de no importarle que se acumulen. Debe de tener un alto concepto de nuestras reservas de indiferencia o acaso cree que su capacidad de convicción y de captación de nuestras mentes es tan poderosa que tienen luz verde para cualquier ocurrencia. Desde luego lo que no tienen es el don de la oportunidad. Nunca nos hemos encontrado con una situación colectiva como la que estamos viviendo y nunca nos hemos visto tan desorientados ni tan angustiados como en este ya largo tiempo. Los mayores con miedo, los comerciantes arruinándose, los ciudadanos cansados por tanto tiempo de restricciones y confinamientos, la sociedad encogida por la incertidumbre del mañana y miles de familias llorando a los que se han ido sin poder despedirse. Miramos hacia todas partes y nos vemos a nosotros mismos inermes ante una amenaza que nos ataca en lo más vulnerable y no encontramos una palabra segura que pueda servirnos de asidero. 

En este ambiente de impotencia y resignada tristeza, nuestro Gobierno nos echa encima unas cuantas decisiones de las suyas, seguramente para infundirnos optimismo. Por ejemplo, el desprecio al español que, para satisfacción de sus socios, dejará de ser lengua vehicular en la enseñanza. Algo impensable en cualquier otro país. ¿Algún gobierno de Francia, pongo por caso, permitiría que los niños franceses no pudieran estudiar en francés? Pregunta absurda. A la vez se nos corta la libertad de elección de centro, se elimina el esfuerzo permitiendo pasar de curso con suspensos, se nos amenaza con una nueva ley que controle la información y, como remate, se pactan las cuentas del Estado con los herederos de los terroristas, a pesar de tantas promesas enfáticas. El presidente lo había afirmado en todos los tonos y circunstancias; ahí están los archivos mediáticos: se lo diré las veces que quiera, no pactaremos con Bildu, y el eco fue repetido con el mismo tono categórico por sus acólitos y acólitas como la voz de su amo. ¿Qué dirán ahora? Nada, porque de su lista de valores ya ha desaparecido el de la palabra dada. Ya sabíamos que las promesas de los políticos tienen la misma credibilidad que las de un niño cuando quiere un helado, pero es que estos de ahora lo han llevado al extremo. 
Una sociedad con las señales de alerta debilitadas por las circunstancias y con los mecanismos de autodefensa centrados en la pandemia, es presa fácil de todos los manejos, pero es indigno aprovecharse de ello. Una sociedad así necesita proyectos y noticias esperanzadoras, no más decisiones desasosegantes que no van a solucionarnos nada.

miércoles, 11 de noviembre de 2020

Adiós, señor Trump

Hay que ver cómo se resiste a convencerse de que no le quieren tanto como creía. Realmente debió de ser muy amargo para usted, rey absoluto de cualquier espacio que ocupe y centro absoluto de cualquier universo en que se encuentre, verse con la sorpresa de que no eran tantos los fieles que le seguían, o al menos no los suficientes. Y más viendo que le ha ganado un rival que era el candidato más viejo de la historia del país y que, con usted enfrente, batió el récord de votos a favor de todas las elecciones. Alguien sin especial carisma, que tiene todas las trazas de ser un presidente de transición. 

El tiempo nos dirá si ha sido usted un buen o mal presidente. Con su imagen de tipo extravagante, incoherente, atrabiliario e impulsivo, con su actitud engreída y su fama de mentiroso (de eso también sabemos algo por aquí), ha sido un ejemplo de un mandato con nubes y claros muy acusados, de seguidores fanáticos hasta la veneración y de detractores que no le pueden ni ver. Lo cierto es que ha bajado el desempleo y mejorado la economía y que ha sido uno de los pocos presidentes de su país que no anduvo metido en guerra alguna; no sé cómo se las arregló, pero hasta logró que el bravucón coreano se callara y dejara de soltar sus baladronadas. Pero, al menos desde fuera, da la impresión de que ha agitado usted aguas muy profundas en su país, más o menos como ha hecho aquí el nuestro. Ya sé que eso es algo común a todos los malos políticos, pero en usted se nota demasiado su obsesión por el poder como un fin en sí mismo y no como un medio para fortalecer la concordia social. También aquí sabemos algo de eso. Mire, eso es lo que el ciudadano de bien no perdona. Que desde el poder se trate de dividir a la sociedad creando bandos ideológicos que enfrenten y crispen a las gentes solo para imponer sus propias ideas es uno de los mayores daños que se puede hacer a un pueblo. 

Yo no sé qué representará usted en la historia de su país. Quizá el reflejo de una época aciaga para la política en su acepción más noble, una época en que coincidió una generación de gobernantes mediocres y con modos de acción basados en la mentira sistemática, la traición a las propias ideas, el populismo más descarado. O acaso la confirmación de que el noble arte de la política va a emprender caminos en los que pierda la grandeza de sus fines y se quede tan solo con la miseria de sus modos. Lo más deprimente, señor Trump, debe de ser esa sensación generalizada de que el mundo va a ser un poco mejor sin usted.

miércoles, 4 de noviembre de 2020

Faltan buenas noticias

 Comenzar el día interesándose por la actualidad es cosa para espíritus templados que sean resistentes al sabor amargo y a la tendencia depresiva. Todo es una cascada de desgracias y de noticias negativas que quitan las ganas de salir a enfrentarse con el día. Mire usted por ejemplo cualquier telediario y cuente las noticias que no hablan de hechos negativos; como mucho puede que encuentre alguna que sea indiferente. Por lo visto nunca ocurre nada gratificante, nada que nos arranque un suspiro de alivio, por pequeño que sea. El mundo es así, ya lo sabemos, y quienes lo habitamos no digamos, pero también somos capaces de crear hermosas luces y de realizar actos admirables. ¿Es que no hay noticias positivas? ¿Es que hemos dejado de ser capaces de hacer algo bueno? ¿No ocurre nunca nada que levante los ánimos? Tal parece que existe un interés tácito en instalar en torno a nosotros un ambiente desmoralizador que nos convierta en zombis entregados a una irremediable desesperanza. 

No se trata de pintar el mundo de color rosa ni dar noticias falsas, ni siquiera intrascendentes, sino verdaderas y sin perder en ningún momento el rigor. Hay muchas cosas por las que merece la pena luchar y no estaría mal resaltarlas. En esta epidemia, por ejemplo, abundan los medios que cargan las tintas solamente sobre los aspectos más negros de las desgracia. Es evidente que se encuentra poco bueno donde poner los ojos, pero hay enfermos que se curan y perspectivas positivas en cuanto a avances médicos y hasta algún que otro acierto por parte de nuestros gobernantes, pero casi todo eso suele ocupar un lugar secundario en la información, si es que ocupa alguno. Y a veces se dan buscando el efecto más sombrío; en una carrera entre dos no es lo mismo un titular que diga que el ganador llegó el primero que otro que diga que fue penúltimo. 

Ya se sabe que la guerra es más noticia que la paz. Lo malo se vende mejor y a más compradores; el pesimismo tiene más mercado y mucha más capacidad de contagio y, lo peor de todo, de influencia en el estado de ánimo social. Alguien ha calculado que un suceso negativo tiene el mismo efecto psicológico que cinco positivos. Debe de ser que está en nosotros la tendencia a buscar consuelo en la inhibición de la esperanza y del optimismo, como si solo en el fatalismo encontráramos todos los pretextos y las explicaciones. No hagamos mucho caso de la intensidad del mensaje. Aquí sí que conviene un moderado relativismo y una convicción contenida de que la realidad seguramente es mejor de lo que parece.

miércoles, 28 de octubre de 2020

La persiana

Ahora sí que había llegado al final. Fueron muchos días de aperturas llenas de esperanza, que se frustraba a medida que avanzaba la mañana y apenas merecía la mirada de alguno de los escasos viandantes que pasaban ante su escaparate. Había dudado mucho, pero lo había decidido: esa tarde sería la última vez que bajaba la persiana. Nadie se fijó en sus ojos cuando cerró el candado ni en el rictus imperceptible de su cara cuando oyó el acostumbrado clic, que le había sonado esta vez con un tono de adiós definitivo. Dio unos pasos hacia atrás y se quedó un momento contemplando la fachada, tan ilusionadamente decorada en su día y en la que tanto empeño dejó en hacerla atractiva, y ahora cerrada ya a la vida de la calle, muda, derrotada, anunciando con su silencio el vacío que albergaría en su interior. Seguramente en pocos días los majaderos de turno la embadurnarían con pintadas absurdas. Una más entre tantas persianas pintarrajeadas y oxidadas que flanqueaban la calle como fantasmas inmóviles.

Dentro se quedaban días y meses de vacilaciones primero y de ilusiones después, para terminar en la firme confianza de que sería un proyecto triunfador. Y a partir de ahí, de esfuerzos continuos, de sopesar todos los aspectos, de noches de insomnio, de una agobiante lucha contra la burocracia, de búsqueda de recursos que completasen sus ahorros para dar forma al proyecto tal como lo había concebido en su mente. Sus padres le habían ayudado, pero todo parecía poco y tuvo que pedir un pequeño crédito, pero lo logró. Cuando por fin levantó por primera vez la persiana y se puso detrás del mostrador, los primeros clientes pudieron ver sus ojos humedecidos por la emoción. 

 Se resiste a irse. Trata de espantar los recuerdos, pero algo le hace quedarse allí esclavo de ellos. Se apoya en una pared de la acera de enfrente y mira una vez más la fachada. Sabe que no está solo. La calamidad no tiene preferencias ni entiende de esperanzas frustradas. A su amigo taxista, que había elegido trabajar por la noche para tener más ingresos, el toque de queda le ha dejado colgado, con una cuota mensual por el crédito que acababa de pedir al ICO para comprar otro coche. Está así todo el país, pero aquella es su fachada. El presidente está hablando una vez más en la televisión, pero no le oye; para qué. Está pensando en lo fácil que es bajar la persiana; lo difícil es subirla. Pero ¿por qué no ver un poco de esperanza? Todas las nubes, por oscuras que sean, terminan pasando y tras ellas siempre llega otra vez la claridad. Volverá a subirla.

miércoles, 21 de octubre de 2020

El panorama

Sentado en el sillón de su casa, con la mente limpia de resabios y abierta a cualquier aire, el ciudadano trata de contemplar desde fuera del terreno de juego el panorama que se despliega en el campo. Cuesta conseguir sentirse ajeno al espectáculo porque sabe que solo será ficción; es parte de él y sabe que sin árboles no hay bosque que ver, pero quiere contemplar la situación desde ese tercer estado que se sitúa en la equidistancia y en la libertad de pensamiento. Tiene por cierto que su opinión no cuenta para nadie, y menos aún para el gran sistema; que lo único que tiene a su alcance es depositar su papeleta cuando se lo pidan, y que incluso puede que su voto sea traicionado, porque su partido se alíe con otro totalmente opuesto a sus ideas y den lugar a un poder que ni por asomos habría elegido, pero así todo quiere tratar de entender algo. 

Pues desde esa "zona templada del espíritu", que permite ver por igual todas las esquinas del retablo, el ciudadano percibe un panorama confuso, agitado precisamente por quienes deberían hacer todo lo posible por tenerlo en calma, en el que no parece haber ni estrategia ni hoja de ruta prevista que nos lleve en buena dirección. Palos de ciego, mentiras y proposiciones absurdas que no importan a nadie y que solo parecen tener como objeto distraer nuestra atención de una gestión ineficaz y contradictoria. En medio de una pandemia que nos está matando y hundiendo nuestra economía y nuestra esperanza, el vicepresidente del Gobierno propone cambiar la forma política del Estado, se perpetra una nueva ley de Memoria Democrática y otra más de Educación rebajando la calidad, se crean conflictos con los jueces, se modifica a la baja el delito de sedición, se prepara un asalto fiscal y se priorizan cuestiones minoritarias, creando la idea de que cualquier grupúsculo, por radical que sea, puede conseguir lo que quiera mediante el chantaje de sus votos. En momentos de desolación no hacer mudanza siempre se tuvo por un buen consejo; pues si algo embarga este tiempo es desolación. 

Sí, sabe que su opinión no va a cambiar nada, incluso aunque fuera ampliamente compartida. La voluntad del que manda no se atiene más que a su propia conveniencia, que es la de mantenerse en el poder. No obstante, el ciudadano se pregunta a sí mismo: ¿cómo es posible que los políticos no parezcan darse cuenta de la zozobra que causan en la sociedad con su arrogante sectarismo? ¿Cómo se explica que cada día se las arreglen para crear un nuevo foco de discordia que nos inquieta y angustia? ¿Y cómo es que no ven dónde estamos y hacia dónde vamos?