miércoles, 30 de marzo de 2022

Tiempo revuelto

Qué habremos hecho para que la mano que tira los dados que marcan nuestras vidas haya desatado sobre nosotros tal cúmulo de inquietudes a la vez. Es que llevamos un tiempo en que parece que las fuerzas negativas que habían estado adormecidas durante años se pusieron de acuerdo para volver todas juntas. Entre lo que nosotros mismos nos procuramos con nuestra característica insensatez humana y lo que nos regala la madre naturaleza, no tenemos un respiro. No nos ha dejado todavía el virus, que tanta muerte nos ha traído -y ya van tres años-, cuando nos llega otro de los jinetes malditos: la guerra con todo lo que la acompaña: los millones de refugiados, la destrucción generalizada, la catástrofe económica, el renacer de odios olvidados, las heridas que tardarán siglos en curarse.
Aquí en España parece más evidente la sensación de que en este momento todo se ha confabulado especialmente contra nosotros. Primero el volcán y la borrasca Filomena que, como la pandemia, nos vinieron sin buscarlos. Después, una crisis generalizada de esperanza y de aliento colectivo, como si de pronto se hubiera quebrado todo rasgo de confianza en nuestras posibilidades, y especialmente en los responsables de administrarlas y potenciarlas. Apenas hubo un sector que no enarbolara una pancarta en protesta por alguna causa. Salieron de repente todas las frustraciones largamente calladas y todas las reivindicaciones desatendidas, ampliadas ahora por los problemas generados por la guerra en Ucrania. Las huelgas, la subida de precios, las promesas incumplidas, la ausencia de perspectivas inmediatas y la desorientación evidente de quienes desde el poder deberían hallar soluciones, crearon un descontento social generalizado. Las calles fueron tomadas por sectores de toda clase sin ninguna connotación política, cada uno con sus problemas y sus desengaños, reclamando una solución: transportistas, agricultores y ganaderos, pescadores, cazadores, autónomos, la sanidad de atención primaria, las víctimas del terrorismo. Hasta el rey moro asoma su turbante, aprovechando la ocasión. Tantos fuegos a la vez que el Gobierno no sabe a dónde dirigir la manguera. Ni dirigirla ni manejarla. Y todo ante la inutilidad de los sindicatos, que parecen contemplar el espectáculo asomados al balcón con su cervecita en la mano.
Tiempos difíciles requieren mentes fuertes y lúcidas. Es ahí donde se pone a prueba la inteligencia y la altura política de los gobernantes. Demandan visiones de largo alcance y voluntades que sepan y quieran aunar esfuerzos, apartando a un lado los prejuicios que lo impiden. Justamente lo que ahora no hay aquí.

miércoles, 23 de marzo de 2022

Las otras víctimas de la guerra

Mientras convierte a las ciudades de Ucrania en un montón de ruinas y sus campos en cementerios, el gran amo contempla en un estadio de Moscú el espectáculo que ha organizado para que nadie dude de que su gran victoria es segura y, a la vez, como homenaje a sí mismo. Observa a su alrededor con su mirada fría e inexpresiva, habla sobre la necesidad de la operación militar, evitando la palabra guerra, y apenas deja asomar un breve sonrisa cuando recibe la ovación del estadio lleno de un público entregado. Fiesta patriótica, fervor de triunfo, orquestas, cantantes y hasta un grupo de coristas con mejor apariencia que resultado. Todo pensado para la exaltación del líder que aparece como libertador de un pueblo y que marca el glorioso futuro de la patria. Y sin embargo, seguramente muchos espectadores tuvieron la sensación de que escenarios como este, preparados para celebrar una victoria, suelen ser obra de alguien que comienza a sentirse perdido.
En los frentes ucranianos, entretanto, sus soldados viven cada hora entre la angustia del miedo y el frío de la intemperie, preguntándose qué hacen allí y cuándo acabará aquello que iba a ser una breve operación de pocos días. Son los actores olvidados del gran drama. Nadie piensa en ellos porque están en el bando de los agresores y porque sirven en el lado de los poderosos, pero sus cuerpos, en muchos casos poco más que adolescentes, se encogen de temor ante cada explosión y sufren y mueren exactamente igual que los que tienen enfrente. Sólo que ellos no mueren por defender a su tierra ni a su patria. Mueren por algo inconcreto, imposible de visualizar ni de representar, por algo recogido en un conjunto de ideas ambiguas y lejanas, mezcladas entre sí y envueltas en un lenguaje lleno de palabras resonantes. Mueren por nada propio. Mueren en una tierra desconocida y hostil, sin saber a qué fueron allí, entre el odio de todos y sin que ninguna mano querida apriete la suya en el último adiós. Mueren sin que las crónicas dediquen ni un solo pensamiento a su sufrimiento, como si su muerte fuese un acto obligado de la justicia universal. Y en su casa los suyos llorarán su muerte con un dolor íntimo y callado, no vaya a ser que algún lamento incomode demasiado.
Son las otras víctimas de la guerra, las que no sacarán nada de su victoria y mucho de su derrota: la muerte o la prisión, que en su caso viene a ser lo mismo. "Si volvemos como canjeados, nuestros compatriotas nos fusilan, por vergüenza”, asegura uno de los prisioneros en Ucrania. Y todo sin saber para qué.

miércoles, 16 de marzo de 2022

Y la guerra continúa

La negra sombra de Stalin debe de estar dando saltos de satisfacción en el oscuro antro en que se encuentre al ver lo bien que sabe imitarle este heredero suyo que ocupa ahora el Kremlim. No podrá superarle porque los tiempos no están para eso y porque por algo su nombre se alza en lo más alto de la escala de la ignominia universal como el responsable del mayor número de muertes de toda la historia de la humanidad; por encima incluso de Hitler, que ya es decir. Pero cortapisas de carácter moral, desde luego, no serán las que se lo impidan. Cuando tantas prevenciones se levantan en toda Europa ante la posibilidad de rebrotes fascistas -prevenciones que por supuesto es necesario tener-, no estaría de más mirar con el rabillo del ojo a los que todavía ven en el estalinismo una época digna de resurrección, aunque sólo sea porque Stalin no fue un brote espontáneo, surgido de la nada, sino que se limitó a refinar una tradición histórica de gobernar mediante el terror, que ya vemos que puede volver de nuevo. El actual jerarca del Kremlin tiene el manual en casa, y el pueblo ruso la misma disposición de siempre. Viendo su pasado, puede comprobarse que en el debate entre la libertad y una fuerza atávica que le empuja a someterse a la servidumbre, sea al Estado o a un tirano, siempre gana esta última.
Las imágenes que llegan de Ucrania van más allá de la simple resolución bélica de un conflicto entre naciones. Clausewitz aquí quedaría mudo. La idea decimonónica de que la guerra no queda nunca reducida a una simple acción estratégica por cuanto en ella influyen de manera definitiva los valores morales, adquiere aquí una amarga confirmación en su sentido totalmente opuesto. Es la inmoralidad, la ausencia de referencias éticas lo que pesa decisivamente en aquellas llanuras infinitas de olor a trigo, donde ahora todo dolor es poco y donde la indignidad humana se lleva hasta el bombardeo de hospitales y guarderías.
Toda guerra hace tambalear convicciones que parecían firmemente ancladas en nuestra lista de principios, entre ellas precisamente la que expresa ese grito de no a la guerra, que nos deja ver la imposibilidad de tomarlo con carácter absoluto y la necesidad de encontrarle matices. Esta desde luego también, pero la unanimidad y la comprensión que todo el mundo libre ha mostrado al juzgarla la reviste de cierto carácter de legitimidad, como la lógica respuesta del débil ante el abuso de un vecino poderoso. El eterno debate teórico sobre el concepto de guerra justa tiene aquí un argumento dolorosamente real.

miércoles, 9 de marzo de 2022

La guerra que los rusos van a perder

Quiere uno ponerse en el lugar de cualquier ucraniano y le resulta imposible. Cuesta entender qué se puede sentir al ver que tu vida ha cambiado de repente y se ha roto en mil pedazos sin que nadie pueda encontrar alguna explicación. Que los edificios de tu barrio se desploman destrozados por las bombas; que las calles que andabas cada mañana están ocupadas ahora por tanques de un invasor que hace ostentación de su fuerza infinitamente superior; que tus hijos y todos los tuyos corren grave peligro y que es necesario que busquen refugio en otro país; que tu nación, la tierra donde naciste y a la que amas, es humillada y dominada a sangre y fuego y que quizá ya nunca la vuelvas a ver como era. En este espacio privilegiado en que nos ha tocado vivir, la memoria de una tragedia semejante se ha debilitado tras el paso de dos generaciones, de modo que la experiencia que podamos tener de ella es la que nos viene dada por la literatura y el cine, o acaso, de modo parcial e incompleto, por algún documental, pero siempre con una mirada ajena y lejana. En este caso no; en este caso sus víctimas nos son cercanas; vemos sus rostros llorosos, oímos sus lamentos, hacemos nuestra su angustia. Su tragedia está sucediendo en estos mismos momentos, ahí, en nuestro propio ámbito.
Es difícil imaginar qué pasa en el interior de ese hombre que ha tenido que dejar atrás todo lo que tiene y emprender un viaje inacabable para llevar a su mujer y a sus hijos a la frontera de un país desconocido y así ponerlos a salvo, para luego él dar la vuelta a su ciudad a luchar contra los invasores. Cómo será esa despedida entre la desolación de ellos ante un futuro lleno de incertidumbre en una tierra desconocida y la posibilidad suya de encontrar la muerte entre las bombas. En los andenes atiborrados y en las caravanas interminables, entre los abrazos y las lágrimas del adiós, se desvanecen las proclamas de igualdad que tanto se oyen por aquí. Cuando las circunstancias llevan los hechos a una situación extrema, vuelve a aparecer la lógica elemental que rige la naturaleza y caen por sí solos todos los aditamentos ideológicos artificiosos que intentan modificarla.
Van ya trece días de guerra y lo que se veía como un breve paseo triunfal por parte del gigante ruso se está convirtiendo en una pesadilla de la que no le va a ser fácil salir, al estilo de Afganistán o Vietnam. Y en todo caso puede que el gigante gane la guerra en el campo militar, pero ya la ha perdido claramente en el del aprecio y el afecto de los demás.

miércoles, 2 de marzo de 2022

A sangre y fuego

Qué será que siempre ha de haber alguien que se empeñe en querer ser el amo del mundo, alguien desprovisto de conciencia moral, sin más ley ni argumento que la fuerza de que disponga y con una ambición tan elevada que no le importe el terrible sufrimiento que cause con tal de cumplirla. Es este uno de esos casos de presencia continua en la Historia; puede decirse que cada época ha tenido su candidato a ocupar un puesto en esa lista de aspirantes a dominadores del mundo, y no es necesario dar ejemplos de todos sabidos. Ahora es un tipo de mirada gélida y hechuras paranoides, adicto al botox y al cultivo de sí mismo, Narciso contemplándose de continuo en las aguas de su cuidado remanso. Yo soy Putin, parece decirse incansablemente mirándose a los ojos. Cuentan de él que, por su formación en un ambiente criminal, no conoce más instrumentos que la mentira, la falsedad, la extorsión y el asesinato; desde luego, en su historial político hay un reguero de muertes extrañas, todas de personas relacionadas con él. La invasión de Ucrania viene a ser el colofón, al menos por el momento, de una trayectoria en la que si algo falta es cualquier escrúpulo a la hora de ejecutar sus propósitos.
Las imágenes de los tanques rusos avanzando por los campos y las calles de un país europeo forman parte de esa realidad que para nosotros ya solo vivía en la memoria y que jamás pensábamos que volveríamos a ver. Entrar a sangre y fuego en una nación vecina que estaba en paz y que no les había hecho nada, abusando de su mayor fuerza, humilla más a los invasores que a los invadidos. Aterran las escenas de las muertes en directo, del testimonio angustioso de gentes desesperadas que lo han perdido todo, de las riadas que  desfilan por las carreteras intentando escapar de su propia ciudad, y aterra quizá aún más la incertidumbre de lo que pueda pasar si se tienen cuenta las amenazas apocalípticas que lanza el tirano si no se sale con la suya. Cuánto dolor otra vez, después del holodomor, sobre la tierra de Ucrania, quizá el pueblo de Europa de historia más desdichada.
Quiere uno escribir sobre ello y siente que es una absoluta inutilidad. Todo está dicho ya. La guerra inspira sentimientos que nos llevan a lo más sombrío de nuestro interior: temor, compasión, dolor, y en los casos de que nos afecte de cerca, odio, rabia, venganza, pero todo eso lo sentimos cada uno dentro de nosotros plenamente y cada uno de forma particular, sin necesidad de que nadie nos lo describa. Son las imágenes las que nos hablan por sí mismas.

miércoles, 23 de febrero de 2022

La despedida

 Había en su mirada de moribundo un brillo de serenidad y una expresión propia de quien ha dado fin a su camino y está contento de no tener que dar ni un paso más. Sabía que aquello era la despedida y que los suyos y algunos amigos habían ido a verle para decirle adiós. Había caras llorosas, otras serias y expectantes, todas silenciosas sin saber qué decir, reflejando en sus actitudes la tristeza del momento. Entonces él los miró, hizo un esfuerzo por esbozar una ligera sonrisa y habló:
 -Ya sé que este es mi adiós, pero que nadie se apene por mí. Me voy como siempre he querido: cansado de vivir. El mundo se ha vuelto un lugar incomprensible para mí y ya me siento un extraño en él. Todo lo que me ha sostenido a lo largo de mi vida, los valores en los que he creído, los esquemas morales y afectivos que me enseñaron de niño y que me han acompañado siempre, todo está ahora puesto en cuestión. Mis queridas convicciones son objeto de desprecio, cuando no de burla. Desde el poder han hecho que ya no sean válidos conceptos sin los que me resulta imposible encontrar el sentido de la vida y entender a la sociedad y a mí mismo: la familia, la patria, la maternidad, la formación humanística. Han impuesto una dictadura de la técnica que nos dificulta grandemente el vivir de cada día y requiere un esfuerzo difícil de hacer para nosotros. Ya están ahí lo que alguien llama los transhumanos, el hombre biónico, y la inteligencia artificial y la inquietante pregunta de qué será del planeta y de la humanidad. Yo he amado siempre la vida; he sido muy feliz en el mundo, pero hace algún tiempo ya no lo reconozco como mío. Tendríamos que aprender cuanto antes que el mundo no se va a adaptar jamás a sus criaturas. La vida ha de ser vivida mirando hacia adelante, pero solo puede ser comprendida mirando hacia atrás. Mi adelante ya no existe, pero no siento pena alguna por él. En el gran teatro del mundo a todos se nos asigna un lugar, pero cuando el escenario se modifica se agradece más tener que hacer mutis que seguir en él. En el nuevo no comprendo el guion. Supongo que es irremediable y que todas las generaciones habrán sentido algo parecido. A lo mejor es la forma que tiene la vida de consolar a los que han de abandonarla después de disfrutarla muchos años, pero el caso es que me voy con más añoranza del pasado que con interés por conocer el futuro. No os envidio. Así que aquí os dejo. Me marcho encantado de no vérmelas con ese futuro. Arreglaos con él lo mejor que podáis.
 Y se quedó con la sonrisa fija en el rostro

miércoles, 16 de febrero de 2022

Palabras

 La Fundación del Español Urgente, Fundéu, ha designado a vacuna como palabra del año. Será por actualidad, por su frecuencia de uso, por su condición semántica insustituible o por la oportunidad con que su significado se adapta a las circunstancias actuales. Es, además, una palabra antigua, ya bien instalada en el idioma, neutra y limpia de connotaciones extrañas a su sentido primario. O sea, que se lo merece, aunque no sea más que por haber estado en boca de todos dando nombre a la esperanza de recuperar la normalidad perdida y a la vez ejerciendo de objeto de debate. Sin embargo, bien podría compartir la distinción con otras que se han adueñado de todos los conceptos a su alrededor hasta convertirse en comodines del lenguaje político. Fíjense, por ejemplo, en la palabra sostenible y cuenten las veces que la oyen en cada discurso o entrevista de cualquier tema. De pronto todo se ha vuelto o se tiene que volver sostenible. La economía, el turismo, la energía, la agricultura. Lo sostenible como logro conseguido, las menos de las veces, o como aspiración máxima de cualquier proyecto o actividad. Sostenible todo, como la vida, que es lo único que resulta necesario sostener.
Palabra del año podría ser también cualquiera del montón de ellas que han entrado últimamente en el lenguaje de tinte culterano con que nos hablan desde las tribunas: criptomoneda, resiliencia, algoritmo, empoderada, transversalidad, cogobernanza, postmodernidad, procrastinar, metaverso. Eso sin contar las que aportan las creativas mentes de la progresía feminista: la matria, las miembras, le niñe, las soldadas. Y no digamos la riada de términos extraños que emplean los papanatas de todo lo extranjero, esos que llaman a ir de compras hacer shopping, al almuerzo brunch y a una reunión de trabajo un brainstorming.
Decía Larra que había épocas de palabras, como las hay de hombres y de hechos, y que él estaba en una de ellas. También lo estamos nosotros. De palabras que en vez de delimitar conceptos los oscurecen o simplemente no encierran ninguno, palabras inventadas sin razón alguna, palabras desdobladas por género que agotan la paciencia del oyente, absurdos eufemismos para evitar llamar a las cosas por el nombre con que siempre se han llamado, palabras que solo sostienen falacias y descalificaciones del otro, tópicos mil veces oídos y, sobre todo, palabras que únicamente sirven para crear un ambiente amargo y una sensación continua de crispación general. Necesitamos oír otras como esperanza, concordia, lealtad, generosidad, patriotismo, honor. Esperemos que una de ellas pueda ser declarada alguna vez palabra del año.

miércoles, 9 de febrero de 2022

Entre nosotros

Ahora que por aquí se avecina un nuevo estatuto, porque alguien ha decidido que el actual ya no vale, sería bueno salirse por un momento de lo político y hablar de nosotros, los asturianos, en zapatillas y sin más temor que la mala interpretación que alguien pueda dar, que tampoco es gran temor. Vernos sin posturas preconcebidas, que es el único medio de poder conocernos para así poder darnos las mejores leyes y adoptar las soluciones adecuadas a nuestros problemas. Conocemos bien nuestras virtudes y las tenemos a gala, así que hablemos de lo que no hablamos tanto. Nuestro carácter señala una constante inclinación acomodaticia, una voluntad de permanecer en el presente y, si el presente no resulta demasiado amable, se hace lo posible por adaptarse a él o se busca otro mejor en un lugar distinto, pero sin que exista preocupación por utilizar las circunstancias de ese presente para que sus condiciones no se repitan en el futuro. Nos puede lo inmediato. Tendemos a prestar más interés al aspecto externo que a la realidad interior, a la presencia que a la sustancia. De ahí esa proclividad al superlativo casi como un reflejo, sin detenerse en análisis ni en comparaciones: la más guapa, la mejor, lo demás es tierra conquistada, etc. Esto se refleja incluso en las denominaciones espontáneas, que se generalizan de inmediato con total consenso: una iglesia de regular tamaño será la iglesiona, a una acera ancha le quedará la acerona, una escalera algo mayor que las otras es la escalerona, y el carbayón, el solarón, el molinón, la peñona, la casona, la mareona, la panerona y tantos otros. En ningún sitio se encuentra un uso tan generoso de sufijos aumentativos. Algún experto estudioso tal vez encuentre en esta inmotivada tendencia al grandonismo la imagen de una prueba proyectiva en la que el preconsciente plasme quizás algún sentimiento de inferioridad.
Vayamos de una vez a lo trascendente. Dejémonos de absurdos caprichos identitarios y que el bable se quede donde ha estado siempre. Es la hora de los técnicos imaginativos y de los políticos valientes, que encuentren y den forma material a las soluciones. Un impulso regeneracionista común, que empequeñezca hasta reducirlas a la nada las fatuas ruindades particulares, los politiqueos de alcoba y los dogmas de patio de vecindad. Un propósito de mirar hacia objetivos de altura sin ceder a la tentación de nacionalismos artificiosos, que no conducen más que al espíritu de tribu y, por tanto, a la castración de nuestras mejores posibilidades. Al fin y al cabo, con sombras y claros, esta es nuestra tierra, y su camino nuestro camino, salvo que en nuestra aventura personal se encuentre el buscar nuevos sentimientos.

miércoles, 2 de febrero de 2022

Un triunfo de todos

Fue un domingo de sofá y de morderse las uñas ante el televisor, sobre todo en la última hora del partido de tenis que nos llegaba desde Australia. Era uno de esos acontecimientos que vemos de vez en cuando, capaces de concentrar la atención y las miradas de todo un país, y que únicamente el deporte es capaz de ofrecer. Solo la épica visible a través de un esfuerzo que se nos hace evidente puede erizar nuestras emociones porque se nos vuelve comprensible. En ese momento el héroe es de los nuestros en toda su plenitud; su sufrimiento, su tensión, su decepción por la mala jugada y su alegría por la buena, la rabia contenida y su cansancio son los nuestros. Lo son también el fracaso y la apoteosis del triunfo. Es como si una pequeña parte alícuota nos tocara a todos, hasta el punto de que a menudo el éxito deportivo aparece asociado al honor patrio.
Uno no entiende gran cosa de tenis, pero sí guarda entre sus recuerdos, allá en los años de su adolescencia, la emoción de todo un país cuando Santana levantó la copa tras vencer en la final a un tal Ralston en un lugar de Inglaterra llamado Wimbledon, del que pocos habían oído hablar. Y luego las dos noches en blanco ante el televisor viendo las finales de la Copa Davis en Australia, en las que nada se pudo hacer. De pronto todo el país supo de este deporte, hasta entonces solo visto en el cine, y comenzaron a proliferar las pistas, las raquetas y los aspirantes a conseguir algo más que lucir su blanco uniforme con el escudo de un club. Bien mirado, sorprende que un deporte de una sencillez casi infantil, que en esencia consiste en tirar una pelota a otro para que se la devuelva, llegue a levantar tantas pasiones en todo el mundo y a mover una inmensa cantidad de intereses económicos. Es su estética, o la sencillez de sus normas, o la emoción inherente a toda lucha individual, o la posibilidad de ver golpes prodigiosos que nos muestran hasta dónde llega la capacidad del ser humano de  generar respuestas mediante actos reflejos, o todo junto. O más bien, como en este caso, la aparición de una figura que encarne esa referencia heroica que toda sociedad necesita y en la que poder depositar el orgullo de pertenencia a la misma comunidad nacional.
El triunfo de Nadal en Australia fue glosado y analizado en todos sus aspectos, pero curiosamente donde menos se incidió en general fue en el deportivo. La persona se impuso al tenista. Se destaca mucho más su fuerza mental, su capacidad de e concentración, la entrega total hasta el último momento, pero  también la corrección, las buenas maneras y la ausencia de estridencias, tan frecuentes en otros. Quizá esto sea lo más importante.

miércoles, 26 de enero de 2022

Sonidos de guerra

Por si faltaba algo a este tiempo de sobresaltos, ahora asoma la guerra por una esquina de Europa. Se ha abierto el segundo sello del apocalipsis y el jinete color sangre se dispone a cabalgar, esta vez ahí al lado. En realidad nunca ha dejado de hacerlo. Si hay algún empeño constante y permanente en la acción humana a lo largo de toda su existencia es el de hacer la guerra. Por mucho que retrocedamos hasta la oscuridad de una cueva paleolítica, en lo más profundo de la historia, no encontramos ni un solo momento en que la humanidad haya logrado vivir en paz de forma absoluta; siempre, en algún punto del mapa, habría dos grupos humanos intentando eliminarse entre sí a base de abrirse la cabeza mutuamente. Es posible que tengan razón los que creen que la humanidad necesita de vez en cuando una especie de autorregulación para evitar su colapso, algo así como la acción de algún agente que controle un crecimiento desmedido que afectaría a su supervivencia; esa sería la acción de las epidemias, las catástrofes naturales o las guerras. Sombría teoría, que las convierte en inevitables.
El conflicto de Ucrania seguramente tiene complejas motivaciones y dará lugar a infinitas interpretaciones de todo tipo por parte de analistas rigurosos, de opinadores de tertulia y de los sedicentes expertos que supeditan cualquier juicio a su ideología. Más importante, por sus consecuencias para todos nosotros, serán las reacciones que desencadene en los ámbitos políticos y su traducción en acciones militares, pero en definitiva se nos presenta como un episodio más de la continua aspiración rusa a considerar como propios a quienes solo quieren ser tenidos como vecinos, y eso por imperativo natural, sin que nunca hayan importado mucho los modos ni las consecuencias. Más que por los límites geográficos, siempre movibles e inestables, el inmenso imperio se vertebró siempre mediante fronteras espirituales, al margen de la ideología del régimen que mandase. Viendo la trayectoria de Rusia puede decirse que sólo ha tenido dos gobernantes: el tirano correspondiente y el vodka. Este pueblo melancólico, hospitalario, sumiso, poético, tradicional y reverencioso, que no ha conocido ni una hora de democracia desde que apareció en la Historia, es quizás el que tiene una visión más relativista de las razones del sufrimiento humano. De ahí que los amos de turno puedan actuar con total seguridad, al menos de fronteras para dentro. Lo que ocurre es que el tablero mundial ya no es el mismo y los intereses que siempre fueron locales se han convertido en universales. Y con los intereses, los conflictos.

miércoles, 19 de enero de 2022

Calma informativa

En el inquieto vaivén de la actualidad, en el que apenas alguna noticia logra aposentarse más allá de la mañana siguiente, el espectador preocupado por su tiempo tiene donde elegir oportunidades para asombrarse, cabrearse, preocuparse, sonreír con misericordia y alguna que otra para alegrarse. No es que vivamos un tiempo especialmente singular en cuanto a aportación a la gran Historia, ni que ofrezca unos rasgos que le vayan a destacar en las crónicas del futuro, pero presenta la propiedad de poder ser abarcado de forma global y simultánea, y eso da a cualquier pequeño caso una dimensión universal que no tiene, por mucho que aletee la mariposa. Lo que se ve en directo  provoca sentimientos de cercanía que distorsionan su verdadera importancia y alteran momentáneamente nuestra percepción, aunque luego se diluyen enseguida hasta llegar casi siempre al olvido. Vivimos entre realidades cambiantes, de importancia siempre relativa, y cuya trascendencia aún no podemos establecer. Lo hará el tiempo.
Lo cierto es que estos primeros días del año no presentan una excesiva agitación informativa, como si lo noticioso se hubiera tomado un reposo después de una temporada de intenso trabajo en la producción de titulares. Apagado por fin el volcán, dormida o disimulada de momento la crisis migratoria en la frontera polaca, con la epidemia calmada en cuanto a letalidad, aunque no en el número de contagios, y sin grandes convulsiones políticas más allá de las habituales escaramuzas, las noticias que configuran la actualidad de estos días andan escasas de relevancia, más cerca de la anécdota que de la categoría trascendente. La  mayoría de titulares fueron ocupados por el caso de un tenista al que Australia prohibió la entrada por negarse a cumplir la norma que obliga a vacunarse para entrar en el país. El tal Djokovic, arrogante y soberbio, quizá mal aconsejado, fue excluido del torneo y expulsado del país, y muchos aplaudieron la demostración de que ante la ley, y más si afecta a la salud, no cuenta nada el lugar que se ocupe en ninguna escala. Por aquí aún colea la marejada levantada por un ministro metepatas que cada vez que habla es para dar la razón al que dijo aquello de que vale más estar callado y parecer tonto que abrir la boca y confirmarlo. Eso y el habitual cortejo de noticias negativas diarias: el precio sin control de la luz, nueva subida de impuestos, repunte alarmante de la inflación y la cesta de la compra en la cuesta arriba de todos los eneros. O sea, noticias familiares.

miércoles, 12 de enero de 2022

En torno a la política

A la política, como el tiempo, la felicidad o el aroma de un buen vino, nadie ha logrado definirla con precisión, así que debe de ser algo importante. Ni siquiera Aristóteles, que le dedicó un tratado en el que expuso la teoría clásica de las formas de gobierno y estableció las seis categorías fundamentales que aún siguen vigentes. Luego, teóricos de todas las épocas han intentado decirnos en qué consiste, desde los enunciados más simples -ejercicio del poder-, a los más solemnes: proceso de liberación colectivo de los seres humanos, hecho posible por la capacidad de entenderse entre sí para colaborar de forma permanente y estable. Valen, pero no alcanzan a poner límites al concepto. Casi es preferible conocerla a través de sus características y sus consecuencias. Se trata de una profesión curiosa, vituperada por sistema, envidiada a veces, tenida en el fondo como un mal necesario, capaz de dictar sus propias normas de funcionamiento, omnipresente, universal, sobreviviente constante de sí misma. Todos somos irremediablemente sus clientes, queramos o no. Su acción influye decisivamente en nuestras vidas y, cosa curiosa, no exige titulación alguna ni ninguna preparación específica para ejercer su función. Tampoco cualidades o virtudes concretas que garanticen su ejercicio con dignidad; el más tonto o el más malvado puede llegar en ella a lo más alto, según nos enseñan abundantes experiencias penosas. Es vieja como la humanidad; posiblemente la profesión más antigua del mundo, porque nació en el momento en que alguien quiso mandar sobre los demás, o sea, el mismo día en que dos hombres se encontraron por primera vez en el planeta. Y desde luego, tiene el futuro plenamente asegurado.
En el momento actual al menos, y seguramente siempre, esa clase política de nuestras decepciones se lleva la palma del descrédito entre todas las actividades públicas. A la sandez de un ministro le sucede otra mayor de otro, y cuando intentan redimirse con algún alto pensamiento impostado, los grandes y bellos conceptos suenan en su boca con un eco grisáceo que anula su significado hasta convertirlos en indiferentes. Los propósitos, las promesas, las palabras pomposas, las frases rotundas, tienen aquí su campo semántico propio, que el ciudadano ha tenido que aprender casi como una medida de autodefensa ante el desengaño que con toda seguridad vendrá. Podemos suponer las buenas intenciones o la honestidad personal, pero hay demasiados intereses partidistas y compromisos sectarios que se imponen a la búsqueda del bien común. Lo malo es que eso ha llegado a aceptarse con la naturalidad de lo inevitable.

miércoles, 5 de enero de 2022

Queridos Reyes Magos

Este debe de ser el único día del año en que se escriben cartas, digo cartas de verdad, en papel, manuscritas, personales, sin ropajes afectados ni rodeos retóricos. Las de hoy son cartas de rasgos vacilantes, de letras primerizas, en las que se adivina un esfuerzo porque resulten claras y cuidadas; cartas todas de texto parecido, en cuyo fondo late la certeza de que sus misteriosos destinatarios sabrán ver la justicia de las peticiones y las harán realidad. Será una noche de sueños agitados y seguramente de alguna excursión furtiva por el pasillo. Se han dejado a la puerta de la habitación unas galletas y tres vasos de agua para alivio de los caminantes que se esperan. La amanecida seguramente se hará de rogar más que nunca, pero también será la más alegre del año. Habrán desaparecido las galletas y el agua y en su lugar quedarán los deseos cumplidos, si no en su totalidad, sí en grado suficiente para confirmar el milagro. Y luego, con el tiempo, que de tantas cosas nos obliga a desprendernos, veremos que con esta no puede nada, porque este día se quedará prendido en el recuerdo, inmune al olvido y a cualquier distancia en que ya se encuentre. Noche para nostalgias, que se colarán por todos los rincones de la memoria a poco que se las permita aflorar. Uno todavía se sorprende evocando con una claridad casi presencial aquellos despertares en que todo había resultado posible en el pequeño espacio de mi cuarto. Y qué grande la emoción y qué poco se necesitaba, porque las ilusiones son directamente proporcionales a las necesidades, y estas eran muchas. Pero sobre todo, qué rotundidad en el recuerdo.
Como ahora ya nadie escribe a nadie, los historiadores del futuro lo van a tener difícil para encontrar documentos que reflejen el lado más íntimo y personal de los protagonistas de nuestra época, pero sí podrán tener en estas cartas a Oriente un testimonio fiel de las ilusiones y deseos de sus niños. Pasan los años y los siglos, y este pequeño acontecimiento, que solo narra uno de los cuatro evangelistas, sigue constituyendo para nuestros pequeños la mañana más luminosa del año, sin que ni siquiera ese viejo bonachón que baja por las chimeneas con un saco al hombro y vestido con los colores que le dio una conocida marca comercial, haya podido suplantarlo. La majestuosa estampa de los tres camellos caminando por el desierto detrás de una estrella, rumbo a Belén y a las casas de todos los niños que los quieren, seguirán acompañándonos mientras exista una sola mirada infantil y una sola ilusión que impida conciliar el sueño esa noche.

miércoles, 29 de diciembre de 2021

El año que se va

Nos quejábamos del 2020 y lo despedimos con un suspiro de alivio y con la seguridad de que el año siguiente habría de ser mejor por fuerza, después de lo alto que dejó el nivel de calamidad aquel siniestro bisiesto. Y no. Este año que ahora se muere ha seguido su estela, de forma que casi pueden repetirse al pie de la letra las maldiciones de despedida que le dedicamos al otro. Hemos visto muy de cerca temores nuevos conviviendo con los viejos, que no acaban de irse. Hemos confirmado lo que ya habíamos descubierto: hasta dónde puede llegar la profundidad de nuestra condición de seres vulnerables. Hemos comprobado que no tenemos respuestas para todo y nos hemos confirmado en la idea de que solo la ciencia puede poner algo de orden en aquello que el azar descompone. Hemos sentido el miedo a nuestro lado y la angustia de ver cómo se resquebrajaba la esperanza del bienestar del mañana al tambalearse los pilares económicos de nuestra sociedad. Si el pasado año tuvimos que aprender de repente asignaturas que nunca hubiéramos querido conocer, este 2021 nos ha obligado a hacer la reválida y hasta tener que luchar por la matrícula de honor para superarlas.

Segundo año de la era del virus, ahora con una variante más pegajosa, pero también más llevadera para nuestras defensas y para las vacunas, que nos han traído la esperanza. Quizá sea esta la única nota luminosa que presente este año para evitar el apellido de "horribilis". Apenas empezado, la borrasca Filomena paralizó el país con una nevada como hacía mucho tiempo que no se veía por estas latitudes. Miles de personas quedaron aisladas en sus pueblos, se cerraron vías de tren, autopistas y aeropuertos, frutales y cultivos de invierno quedaron destrozados, se produjeron aludes mortales y hasta las calles de las ciudades se convirtieron en un peligro para todos. Y luego despertó el volcán. La naturaleza pareció querer mostrarnos nuestra indefensión haciendo alarde de sus recursos de extremo a extremo. Fuego y nieve, silencio y bramidos. Cuando nadie lo esperaba, ni siquiera lo intuía, una desconocida montaña de la isla de la Palma se abrió y se convirtió durante unos días eternos en una imagen del infierno. Quienes lo han perdido todo bajo el monstruoso río de lava ardiente, llevarán marcado para siempre en su memoria el nombre de este 2021.

El mundo es un lugar de riesgo, ya lo sabemos, pero hay años que parecen empeñados en recordárnoslo. Al próximo habrá que decirle que ya lo hemos aprendido, pero sobre todo habrá que exigir a quienes mandan que no nos lo hagan más difícil.

miércoles, 22 de diciembre de 2021

Feliz Navidad

Feliz Navidad a los que quieren borrar este nombre de nuestro mapa de los sentimientos y cambiarlo por el de fiesta, solsticio y ocurrencias así. Que se atrevan a mirar a su alrededor con ojos limpios de resabios y comprenderán que hay ideas con un espíritu tan poderoso que pretender luchar contra ellas es como querer dar puñetazos al sol. Y el eco de lejanas campanillas y de entrañables evocaciones infantiles seguramente estará al acecho en algún escondrijo de su mente.

Feliz Navidad a los que el virus hundió en el dolor de una despedida, a los que sufren en una cama de hospital y a los que han tenido que alterar sus vidas por el temor y la incertidumbre, o sea, a todos nosotros. A los refugiados que tiritan en el bosque helado ante la alambrada que no traspasarán o en la playa a la que nunca llegarán. A los que se han tenido que acostumbrar a vivir sin esperanza. A todos los que dedican algo de su saber y de su tiempo a ayudar a otro, sin darse cuenta quizá de que son la base más noble y valiosa de la sociedad.

Feliz Navidad a los que vieron cómo el volcán enterraba para siempre bajo una montaña de lava infernal el trabajo de su vida, la casa, los recuerdos, el presente y el futuro. Todo lo que tenían, menos su dignidad y su mirada resignada. Que algún brote de vida surja pronto entre las cenizas como símbolo de esperanza y, mientras tanto, que se cumplan las promesas y las ayudas no se hagan de rogar.

Feliz Navidad a los políticos de buena voluntad que piensan ante todo en el bien común. Que el viento de las urnas se lleve cuanto antes a los demagogos y sectarios, a los que viven de la mentira y de mirar tan solo su provecho, y a los fanáticos ignorantes para los que su lengua y su terruño son la única obra sublime de la creación. Pues incluso a estos, Feliz Navidad.

Feliz Navidad a los que sienten en su alma el latido diario de los campos solitarios que les esperan cada madrugada para proseguir su eterno y sufrido idilio; a quienes en cualquier lugar se enfrentan cada día al duro ejercicio de luchar para dar a sus hijos el mejor futuro sin esperar más recompensa que la de verlo conseguido; a los que cumplen con su deber de forma callada y ven cómo sus impuestos se emplean muchas veces en despilfarros absurdos, y a los que creen que vivir la vida con optimismo en estos tiempos es un ejercicio difícil, pero que es necesario intentarlo.

Feliz Navidad a los que a estas horas han comprobado que la suerte les ha tratado como cada año. Y a ti, que has tenido la generosidad de leerme.

miércoles, 15 de diciembre de 2021

Juguetes para la igualdad

Cada vez le quitan más a uno las ganas de volver la vista hacia su infancia, que por lo visto fue un territorio en el que recibimos unos valores y unos ejemplos justo al revés de lo que deberían ser. Con lo bien que nos sentíamos creyendo que habíamos tenido una niñez feliz, al menos así quedó para siempre en nuestro recuerdo. Tendríamos que pedir cuentas a nuestros padres por tratar de cumplir nuestros deseos y de procurar que nos sintiéramos los amos del mundo aunque fuera un solo día. Por ejemplo, en Reyes. A quién se le ocurre darnos lo que pedíamos. Cómo pudieron tener presente por encima de todo satisfacer nuestra ilusión.  Mira que regalar a mi hermana una Nancy en vez de un balón y a mí un fuerte apache en lugar de un juego de cocinitas. Cómo era posible que el instinto de hacer felices a sus hijos fuera más poderoso que la conciencia igualitaria que debía ser la norma rectora. Claro que en su descargo hay que decir que la culpa era nuestra, de los niños. En vez de ponernos con las mariquitas recortables preferíamos jugar a los indios o a la peonza, las canicas o las chapas, todos juguetes que fomentaban la desigualdad. Y ellas igualmente a lo suyo. Qué grave inconsciencia la nuestra.
Menos mal que tenemos ahí a nuestro inefable ministro de Consumo, siempre velando porque consumamos lo que más nos conviene. Si hace unos días se molestó en enseñarnos lo que deberíamos comer para salvar el planeta, ahora nos muestra qué juguetes debemos comprar a nuestros hijos para que todos y el mundo entero sean más felices. Bueno, todos menos el niño al que se le trae un juguete que no le gusta.
Qué caro y molesto resulta un ministro sin nada de que ocuparse, porque dispone de dineros y del BOE, y como ha de parecer que hace algo para justificar su inútil ministerio, caza al vuelo cualquier ocurrencia para hacerla pasar por una gran idea. La de ahora es pedir a los padres una huelga de juguetes que "reproduzcan roles de género que condicionen la personalidad de los menores"; o sea, que compren a sus pequeños solo los que el ministerio diga, que para eso es sujeto agente del pensamiento único. A nadie se le ocurre dudar de la necesidad de conseguir la absoluta igualdad de derechos entre los dos géneros, pero no de lo que vive en el interior de cada persona. No se pueden igualar las ilusiones ni los deseos, las inclinaciones, gustos, vocaciones o preferencias, rasgos de carácter que precisamente se manifiestan en la infancia y que son consustanciales con la personalidad. Que cada niño reciba el juguete que le haga más feliz y que los padres se olviden de lo que diga ese faro que ilumina nuestras vidas en el Ministerio de Consumo.

miércoles, 8 de diciembre de 2021

Todo igual

Entre la avanzadilla del invierno que nos ha llegado en forma de frío, nieve y riadas, la  amenaza de otra variante del virus, que no acaba ni de irse ni de quedarse quieto en su estado actual, y el volcán, que sigue con su furia intacta, la naturaleza parece empeñada en recordarnos sus poderes y su grado de indiferencia por nosotros. Entre todo eso y lo que ponemos de nuestra parte los que nos llamamos seres racionales, la actualidad anda, como siempre, desapacible, hosca y produciéndonos inquietud cada vez que nos acercamos a cualquier noticiario. Da la impresión de que esta especie de mono desnudo que se ha apoderado del planeta tiene como actividad preferente la de preocuparse en hacer lo posible por no ser feliz. Yo creo que de todas las maldiciones que los dioses han echado a los hombres en todos los sitios y épocas, ninguna pudo ser tan perversa como esta: condenados estáis a empeñaros en hacer lo contrario de lo que deberíais hacer para ser felices. Y en eso estamos.
Si con la naturaleza no cabe más diálogo que decir amén a todo lo que nos imponga, sí está en nuestra mano tratar de modificar lo que tiene su origen en nosotros en busca del mayor bien posible. Podría hacerse una clasificación primaria de las personas, dividiéndolas en dos grupos: las que buscan problemas y las que buscan soluciones. Pero, a pesar de su atractivo enunciado es eso, primaria, porque los que buscan problemas lo hacen casi siempre pensando que con ello consiguen soluciones, con lo cual el problema se alarga hasta el infinito. Somos un tejido inextricable de contradicciones, intereses, hipocresías, ambiciones y pasiones ocultas, y en virtud de ellas mentimos, fingimos y pasamos por encima de la verdad y hasta de nuestras propias convicciones.
El reflejo de esto en nuestra vida privada tiene siempre un alcance limitado, e incluso puede que se compense en muchas ocasiones con actitudes nobles y sublimes, pero en el campo de la política es realmente repugnante. Una guerra en la que las armas son unas pobres gentes desesperadas a las que se envía a morir de frío ante una frontera cerrada o ahogados ante cualquier costa de una tierra prometida; en muchos sitios tiranías, dictaduras y aplastamiento de voluntades; aquí una pandilla de chantajistas tratando de obtener para su huerto todo lo que puedan a cambio de sus raquíticos votos, y un Gobierno que cede lo que sea con tal de conseguirlos. Frente a tanto dogmático, que piensa que es el único que ha encontrado la verdad, vendría bien algo del escepticismo de quien se queda en su búsqueda.

miércoles, 1 de diciembre de 2021

Don Justo

Tenía 96 años y una vida que había cundido como tres, las mismas que habría necesitado para concluir su obra. Recuerdo muy bien la primera vez que le vi y lo que escribí de él todavía bajo el impacto de lo que tenía delante y con la duda de saber si me hallaba ante un iluso obsesivo o ante un admirable caso de constancia y fe en sí mismo, pero en todo caso ante alguien especial. Don Justo Gallego era flaco como un suspiro y fuerte como las encinas de su tierra. Uno le veía trepar por los andamios que él mismo levantó como pudo y pensaba de dónde diablos exprimiría tal fuerza aquel cuerpo enjuto que podía, no sólo con la carga que llevaba, sino con el peso de sus muchos años. Quizá él no reparase en ello, pero cuando se es capaz de convertir la frustración en sujeto creador pocas cosas resultan inalcanzables. Don Justo había sido en su juventud monje cisterciense en Santa María de Huerta, hasta que un mal día contrajo la tuberculosis y el abad le indicó que aquel no era sitio para enfermos contagiosos y que la vocación sin duda era una llamada divina, pero que el riesgo aquel era muy humano y que... pues eso. Don Justo, enfermo y con la gran aspiración de su vida destrozada, decidió crearse otra, material, gigantesca, inhumana, una grandiosa oración que durase mientras viviera y que le sirviera para entregarse todo entero. Decidió construir él solo una catedral.

Aprovechando unos terrenos que heredó de sus padres en Mejorada del Campo, comenzó su obra, sin apoyos ni subvenciones y ante la crítica de algunos, la mirada burlona de muchos y la incredulidad de todos. Comenzó con lo que pudo, desde los más vulgares materiales de desecho hasta lo que le fue posible comprar con lo que le quedaba de patrimonio y con los donativos que visitantes admirados le daban. Naturalmente, los requisitos mundanos -licencia de obras, proyecto y demás- no merecieron la menor atención. Aterido de frío en invierno y agobiado por el sol en verano, a todas las horas del día y casi todas las de la noche, don Justo siguió levantando su catedral sin mirar hacia ningún lado, ni a las críticas ni a los elogios, que oía indiferente, ni a las autoridades religiosas o civiles, que en el mejor de los casos le ignoran.

Ahora, sesenta años después, Don Justo ha muerto sin poder ver rematada su catedral, aunque ya con forma bien definida, con su estilo ecléctico, mezcla de gótico y de lo que sea, su aspecto acastillado, su compleja distribución espacial, su variopinta mezcla de materiales y sus enormes proporciones. Un alcalde le dijo un día que, cuando la acabe, con la ley en la mano, no tendrá más remedio que derribársela. Don Justo le respondió: levantaré otra.


miércoles, 24 de noviembre de 2021

Sobre nada

La dichosa página en blanco mira impasible desde la pantalla. Siempre es así, pero hay veces en que parece más que nunca un espacio infinito, imposible de llenar. Se tiene la sensación de que todo está dicho ya, de que lo que realmente importante no se es capaz de poner en palabras o de que en definitiva nada importa lo que se escriba. Cansan los pensamientos que no conducen a nada y se escurren las ideas sin dejarse atrapar. Se emprenden tímidamente caminos y pronto se ve que conducen a un terreno de tópicos y nimiedades y hay que desandarlo y volver al principio. La página se muestra como símbolo del misterio de la nada, vacía, esperando las palabras que no llegan y mirando entretanto con cierto aire de burla al que está frente a ella.
No sé por qué, pero hay días en que la dificultad de encontrar un tema se vuelve desesperante, y eso que los hay por todas partes a cualquier sitio que se mire. Ya, pero no todas las frutas están al alcance de uno, ni son jugosas, ni tienen poder para despertar en los demás una mirada de interés por ellas. A uno le gustaría convertir en tema de su artículo algunas de las cosas que ocupan la actualidad con la insistencia de los hechos decisivos, como ve que hacen otros, pero se encuentra con sus propias limitaciones y con su incapacidad para comprender la complejidad con que están revestidas, así que prefiere dejarlo. Luego se da cuenta de que a menudo todos más o menos están como él y que nadie entiende nada por mucha palabrería que suelten.
Sería un buen tema, por ejemplo, tratar de explicar el porqué de ese aire de negro pesimismo que hace temblar la economía mundial y quién mueve las voluntades que determinan la nuestras hasta dejarlas indefensas en sus manos; o, ya sin abstracciones, la extraña crisis de los microchips, que, según dicen, amenaza nuestro modo de vida más de lo que creemos; o las entrañas del irresoluble arcano del precio de la luz; o encontrar algún motivo razonable que justifique ese empeño de dar al bable categoría de lengua oficial; o qué diablos es exactamente un algoritmo, eso que se ha convertido en el rey de todas las explicaciones, aunque muy pocos saben en qué consiste y casi nadie puede desarrollarlo; cómo funciona, en qué casos se aplica y por qué se volvió de pronto tan influyente en nuestras vidas. Nada. Todo cubierto por un velo de incapacidad. Menos mal que siempre tiene uno lo cercano y lo que realmente ama.
Y al final, ya lo ven, esto se acaba y no he hablado de nada.

miércoles, 17 de noviembre de 2021

Hasta en la cocina

El ministro de Consumo, un señor del que apenas sabe nadie qué pinta ahí, ni él ni su ministerio, anda estos días preocupado por el cambio climático y, para colaborar en su solución, se ha empeñado en que cambiemos nuestra dieta. A tal fin y, para hacérnoslo más fácil, nos recomienda una serie de platos que vayan sustituyendo a los que nos dejaron nuestros abuelos: chips de kale, hummus de remolacha, poke de pollo, garbanzos con ras el hanout, pudding de chía, o sea lo que se encuentra todos los días en la tienda del barrio. Nada de carnes rojas y muy poco de lo que tenga origen animal, todo por nuestra salud y la del planeta, tan amenazado por el movimiento intestinal de las vacas.
No sé si es simple voluntarismo, afán de protagonismo de alguien que no lo tiene o necesidad de justificar un cargo de cuota, pero no es de extrañar que la acogida que ha tenido haya oscilado entre la indignación de ganaderos y agricultores y la sonrisa de chufla general. Creer que por comer menos chuletas y más remolacha vamos a detener el cambio climático requiere una enorme dosis de fe. Yo desde luego no la tengo. Lo que tengo es la sensación de que en todo esto hay mucha tomadura de pelo, que lo de las vacas suena a chiste porque siempre hubo rebaños de rumiantes, incluso más que ahora, que nadie ha explicado convincentemente la relación causa efecto y que hay muchos intereses particulares relacionados con este asunto. Vamos, que siga usted con sus filetes mientras el colesterol se lo permita.
En realidad se trata de una manifestación más del telón de pensamiento único que ha caído sobre nosotros. Vivimos una época en que el individuo está sometido a la dictadura de una sociedad que nos dicta la normalidad, nos esclaviza a sus opiniones y nos fija las normas de nuestra vida, y todo por nuestro propio bien, que conoce mejor que nosotros mismos. Una verdadera tiranía que inhibe nuestra libertad de expresión. Se nos dicta lo que tenemos que pensar, las palabras que hemos de decir, las ideas que hay que aceptar o rechazar y hasta los alimentos que debemos poner en la mesa. Y no. Comer pertenece al campo de las necesidades materiales, pero también al de los placeres de la vida. Es una actividad personal, íntima y libre, sin más condicionantes que los que impongan el estado de salud y del bolsillo.
Que se guarde el ministro sus recetas o que las saboree en su casa, pero que nos deje a los demás la humilde libertad de elegir lo que hemos de poner en nuestro plato. Aunque no sé por qué le doy tanta importancia, porque nadie le va a hacer caso.