miércoles, 15 de junio de 2022

Verano caliente

Casi sin transición y sin avisos, ya tenemos otra vez ahí el verano. Si es que parece que el anterior se fue hace nada; hay que ver qué tópico más manido ese de lo rápido que pasa el tiempo y lo cierto que es. Viene con ganas; todavía no ha llegado el solsticio y ya está achicharrando la mayor parte de la península con ese calor apabullante que nos envían cada año desde tierras africanas, y así todo, su imagen inconfundible nos tiene dominados los deseos y fijadas las añoranzas. Parece traernos un ansia irresistible por absorber la vida en este paréntesis que el año nos brinda, casi como si fuera cada vez algo a estrenar. Se acumulan los pretextos para el desahogo. Mente y cuerpo nos reclaman la luz y el aire libre, como si no fueran capaces de soportar el resto del año sin una inmersión temporal en ellos. Sentimos necesidades que sólo el eterno vaivén de esta bola que nos acoge puede satisfacer, como si la mecánica celeste tuviera un corazón que comprendiera nuestros afanes. Esa es nuestra condición: la de ser pequeña mota que se tiene que dejar llevar, porque toda esa plenitud de vida que nos invade en verano, la alegría de las madrugadas tempranas y claras, la serenidad que desprenden esas tardes largas y mansas, el inquieto bullir de nuestro espíritu o el deslizamiento hacia un sentimiento de renovado optimismo que nos tiende a afectar en estos días, todo eso no es, en definitiva, más que una simple consecuencia de la inclinación del eje de
la Tierra. Menos mal que nadie tiene el poder de enderezarlo.
También la intensidad informativa parece haberse contagiado estos días del efecto del calendario. Arde la política exterior de nuestro país, sobre todo en sus flancos más sensibles, y de paso nos deja la economía tiritando, asomada al borde de una grave crisis, con una alocada subida de precios, una deuda por las nubes, una inflación descontrolada y una amenaza de escasez de energía como fruto de una inexplicable decisión con relación a uno de nuestros vecinos; este Gobierno ya ha demostrado muchas veces que es especialista en crear conflictos donde no los hay sin nada que ganar a cambio.
No está el verano para muchos despilfarros viajeros, justamente cuando más necesitábamos vivir intensamente ese tiempo de desinhibiciones y sentirnos con una actitud renovada ante el paisaje de cada mañana después de dos años de tener que imaginarlo desde casa. Pero tratemos de no pensar demasiado y ser cigarras por un momento, que ya se encargarán desde arriba todos los días de amargar el tono de nuestro canto.

miércoles, 8 de junio de 2022

Reflexión en la tarde

Estaba la tarde cargada de melancolía, con el último rayo de sol cayendo sobre el amplio paisaje de campos y colinas, que comenzaban a teñirse de un tono dorado. Era muy fácil dejarse empapar por una maravillosa sensación de serena plenitud, como si de pronto todo hubiera adquirido un sentido nuevo. Un sentimiento de infinita paz, mezclado con el de solidaridad con todo lo creado, se imponía sobre todos los demás. Un sentimiento que remitía, más que ningún otro, a la misteriosa esencia del origen de todos ellos.
Bien mirado, si nos proponemos encontrar una razón de ser de todo lo que configura la parte inmaterial del ser humano que nos resulte entendible y ajustada a la lógica, estorban los sentimientos. No se les encuentra encaje en ningún plan. Son una excepción que impide dar carpetazo al concepto de una creación igualitaria y adscrita a un propósito puramente material. Si no fuese porque tenemos sentimientos todo tendría una explicación más asumible; seríamos una especie animal más. Sólo nos distinguiríamos de las otras por un mayor desarrollo cerebral: una mayor inteligencia, mayor capacidad de memoria, instintos más desarrollados, más aptitudes creativas, pero todo dentro del reino animal. Seríamos unos ejemplares con mayores atributos intelectuales y mejor situados para la lucha por la supervivencia; nada más. Pero la presencia de sentimientos dentro de nosotros nos plantea una exigencia de explicación metafísica que no se satisface con ningún auxilio de la ley natural. Todos esos sentimientos que constituyen nuestro mundo interior, que dominan nuestra vida y nos la hacen vivir con un carácter propio, que motivan y condicionan todos nuestros actos y afectos, que nos hacen sufrir y gozar; esos sentimientos de amor, de perdón, de compasión, de frustración, de odio, de miedo, de añoranza, de agradecimiento, de vergüenza, de arrepentimiento, de culpa, de responsabilidad, de admiración, ¿por qué están únicamente en nosotros? ¿De dónde proceden? ¿Qué finalidad tienen?
Somos parte de un enigma y en él hemos de desenvolvernos a ciegas. Estamos hechos de misterios que nos impiden entender nuestra condición existencial en toda su plenitud, porque la ciencia aún no puede explicarlos y la fe solo ayuda a sus elegidos. Nuestros sentimientos son nuestro mayor tesoro. A menudo no resultan fáciles de compartir, sobre todo los más intensos, y se quedan para siempre en lo más hondo de nuestro interior, allí donde nacieron, pero cuando los buenos se proyectan hacia fuera, llevan consigo un germen de felicidad para los demás.

miércoles, 1 de junio de 2022

Muerte en la escuela

Por lejos que nos quede, nos encoge el ánimo la terrible matanza de Uvalde, un pueblo de Texas de esos en los que nunca pasa nada como no sea la vida con su cara más anónima. La noticia es de una sencillez que da escalofríos: un chico de dieciocho años entra en una escuela con un fusil y asesina a 21 personas, entre ellas a 19 niños. A pesar de la estudiada asepsia informativa con que todos los medios suelen tratar estos hechos, huyendo de planos truculentos y de cualquier asomo de contemplación morbosa, resulta difícil no imaginar el pavor que se vivió en aquella aula y la rabia, la impotencia y el dolor infinito de quienes han visto cómo sus niños eran asesinados de la forma más incomprensible. El horror tiene un asiento permanente en nuestros rincones más escondidos; es un huésped duradero de la memoria; cuesta mucho arrancarlo de allí donde se ha grabado. Solo el tiempo puede si acaso debilitar su recuerdo, pero cuesta confiar en él a tan largo plazo.
Se han hecho todos los análisis posibles, incluyendo los de salón y tertulia barata, pero no es fácil dar valor a las explicaciones que tratan de ser racionales cuando los sentimientos se encuentran afectados hasta el espanto y las consideraciones que uno puede hacerse sin gran esfuerzo indican que se trata de algo que va mucho más allá de la simple circunstancia, por atroz que sea. En Estados Unidos todo el mundo puede llevar armas. Está escrito en su Constitución y no hay forma de cambiarlo por muchas encuestas y presidentes que se muestren favorables a ello; de hecho es el país del mundo donde hay más armas en manos de particulares. Hay quien piensa que este derecho consuetudinario tiene que ver con la violencia en que se fue desarrollando el país desde su origen y que se ha ido configurando hasta constituir una poderosa organización, la Asociación Nacional del Rifle, que es hoy un potente grupo de presión y el brazo político de la industria armamentística. Lo que en nuestros desarmados países nadie puede entender es la práctica ausencia de filtros a la hora de controlar en qué manos caen. Como en otras matanzas semejantes, el autor de esta era un joven desequilibrado, aunque seguramente hay que pensar que su sociedad está tan enferma como él.
La vida es un azar en el que apostamos todos, pero esta vez las bolas las lanzaron unas malditas manos asesinas y fueron a señalar a diecinueve seres que no tenían más propósito en aquella mañana, desde sus pocos años, que el de prepararse para enfrentarse al futuro, y a otras dos que estaban allí para ayudarles a ello.

miércoles, 25 de mayo de 2022

Las vacas de Leoncio

Me invitó a su casa después de estar un buen rato charlando delante de una botella de sidra. Había sido un encuentro puramente ocasional; no nos conocíamos de nada, pero primero un saludo de cortesía, una respuesta amable y pronto una conversación y una invitación a seguir hablando en su casa.
Al pueblo de Leoncio hay que llegar por una carretera que va bordeando prados en una sucesión continua de curvas. La casa tiene una pequeña antojana con suelo de llábanes y un porche ennegrecido donde cuelga un montón de cosas. La cocina es una mezcla práctica de tradición y puesta al día. En el viejo llar hay ahora una vitrocerámica; sobre la antigua masera un televisor; de la sardera cuelgan embutidos con etiquetas de lejanas fábricas. Duermen en el solláu su sueño definitivo el trébede y las calamiyeres de los abuelos, esperando quizá el beso de algún coleccionista que venga a despertarlos. En el techo, tanto la viga cumbrera como las tercias son hermosas piezas de roble que el visitante admira sin disimulo. Las ventanas de atrás se abren a una huerta y luego al valle, un valle largo y verde, abarcable desde la eterna querencia escondida en nosotros mismos, pero voluble y cambiante en sombras y colores. A un lado de la casa hay un maizal; al otro, la panera. En la cuadra hay tres vacas que apenas vuelven la cabeza cuando Leoncio abre la puerta.
Leoncio se levanta muy temprano, a las seis, cuando los montes comienzan a perder su olor a noche y las lechuzas retardadas sienten en sus ojos la herida de la luz primera. Baja a catar y a dar la primera ración a las vacas. Al mediodía hay que volver a llenar la cebadera con segadura y, si hay alguna vaca parida, ordeñar de nuevo. Luego, a media tarde, otra vez a segar, limpiar un poco por allí y hacer algo en la huerta. A veces, pocas, se tercia alguna que otra partida en el chigre de la carretera; otras, casi todas, sube para terminar de atender a las vacas, ordeñar y preparar algo de cena. Cuando Leoncio se acuesta aún canta en su cueva el último grillo.
Leoncio mima a sus vacas; les habla, las cepilla con cuidado, no hay vez que pase junto a ellas sin acariciarles el lomo.
-Entre las tres vienen a dar unos cuarenta litros de leche. Y luego siempre hay alguna que otra cría. Uno más o menos iba apañándose, pero ahora... Entre la subida de los piensos y de todos los costes y la amenaza de cierre de las industrias lácteas, veo muy negro el futuro. Encima, tenemos al botarate ese de ministro de Consumo haciendo campaña contra la carne y la leche. No sé, no sé...

miércoles, 18 de mayo de 2022

Noticia del universo

 La actualidad viene a ser una mezcla de noticias sin más puntos de unión entre sí que su simultaneidad. Tristes, alegres, curiosas o indiferentes, pero casi siempre las que más nos afectan porque son las más cercanas y las que más influyen en nuestra vida diaria. Las que estos días encuentra uno al abrir un periódico o en los titulares de cualquier informativo tienen en su mayoría el sonsonete de lo acostumbrado, como si el mismo guion se repitiese sin cansarse: la imparable subida de precios, la penosa lucha del Gobierno por mantenerse en el poder a cambio de lo que sea, las ocurrencias de algunas ministras, el permanente chantaje de los nacionalistas, el miedo al covid que aún nos amenaza con una nueva ola y, como triste novedad, la guerra en Ucrania y los desastres que está produciendo. Todas nos tocan; de todas nos hacen partícipes, querámoslo o no, aunque solo sea porque hemos de sufrir sus consecuencias, y en este mundo, cada vez más convertido en un patio de vecindad, todas terminan por resultarnos más o menos cercanas. Quizá por eso pasan casi inadvertidas las que se refieren literalmente a otros mundos que, pese a ser una absoluta realidad, se nos aparecen más bien como pertenecientes al terreno de la abstracción.
Un grupo de astrónomos ha confirmado lo que ya se sospechaba: que en el centro de nuestra galaxia hay un agujero negro. Está a 26.000 años luz de nosotros y tiene una masa cuatro millones de veces mayor que el sol. Los científicos dan datos sobre su morfología, lo comparan con el otro agujero negro que se conoce en otra galaxia, explican que concuerda con la teoría de la relatividad y establecen conclusiones que habrán de ayudar a los astrofísicos del futuro a comprender uno de los grandes enigmas del universo. Pero para la mayoría de nosotros eso es un lenguaje sin apenas significado. Uno prefiere hacer una lectura más próxima a sus sentimientos y más reconfortante. Ver en ello un buen pretexto para ser conscientes de la insignificancia de todo lo que nos rodea, pero también para sentirnos participes de un proceso común que se inserta en una unicidad absoluta de origen y destino. Porque somos literalmente materia estelar. Todos los pedazos de materia sólida que existen en el universo son residuos del largo proceso de formación y extinción de las estrellas hasta su conversión en agujeros negros. Este ser que vive y ama y se preocupa por el mañana de cada hoy y ese que está leyendo esto, son polvo de estrellas. Las instancias a quien poder acudir en busca de aclaraciones están ocultas, pero al menos tenemos la certeza de saber que existe un punto absoluto y común.

miércoles, 11 de mayo de 2022

Nuevos métodos, mismas barbaridades

Como todas las guerras que ha habido, esta de Ucrania también aportará alguna nueva página a los tratados que han estudiado las técnicas, los medios, las justificaciones y las diversas formas de matarse entre sí que ha practicado nuestra especie desde siempre. Aunque no sea más que por tratarse de una guerra del siglo XXI, ya añade unos cuantos capítulos a todo lo que se ha escrito y teorizado hasta ahora sobre los modos de vencer al enemigo. Esta es una guerra en la que los valores tradicionales militares han perdido brillo en favor de lo que se origina más allá del campo de batalla, en los laboratorios y en los centros de investigación y aplicación de las nuevas técnicas que han cambiado el mundo en los últimos años. Una guerra cibernética, que nos trae modos nuevos, capaces de aplicar fuerzas y desencadenar efectos también nuevos: misiles que pueden destruir una ciudad situada a 8.000 kilómetros de distancia, identificación de imágenes por inteligencia artificial, vehículos con cámaras que detectan la presencia de soldados armados, drones capaces de elegir y aniquilar con total precisión objetivos muy concretos. Los teóricos del futuro tendrán que olvidar muchos capítulos de todo lo que se ha escrito sobre el mal llamado arte de la guerra y ponerse en el lugar de quienes asistieron, por ejemplo, a la aparición de las armas de fuego.
Siempre ha sorprendido el desajuste evolutivo que se aprecia en nuestra condición de seres pensantes. Viene bien recordar las reflexiones de aquel inconformista que fue Arthur Koestler sobre la tremenda disparidad entre el crecimiento de la ciencia y la conducta ética del hombre: “Hay una diferencia impresionante entre el poder del intelecto humano aplicado al dominio del medio y su incapacidad para mantener relaciones armoniosas dentro de la familia, la nación y la especie. Hace unos 2.500 años los griegos se embarcaron en la aventura científica que nos llevó a la luna, lo que constituye una impresionante curva de crecimiento. En aquel siglo VI a. C. surgieron el taoísmo, el budismo y el confucianismo; en el siglo XX, el nazismo, el fascismo y el comunismo”. Y Bertalanffy lo apoya: “Es dudoso que los modernos métodos de guerra sean preferibles a las piedras con que los hombres de Neandertal rompían la cabeza a sus congéneres. Es evidente que las normas morales de Buda y Lao-Tsé no eran inferiores a las nuestras. En lo científico, nuestra corteza cerebral nos llevó desde el hacha de piedra a la bomba atómica, y de la mitología primitiva a la teoría cuántica”. Y en lo moral –cabe añadir- de Atila a Putin, o sea, ningún avance.

miércoles, 4 de mayo de 2022

Treinta años después

En diciembre de 1991 la URSS hizo al mundo un magnífico regalo: desaparecer. Dimitió Gorbachov y en el inmenso estado soviético comenzaron a desgajarse sus repúblicas, algunas de las cuales se declararon soberanas y otras se constituyeron en una unión poco definida y menos esperanzadora en sus resultados: la Confederación de Estados Independientes. Una de ellas, Georgia, se hundió en una guerra civil, y el resto en la indecisión. En Moscú, la vieja bandera tricolor fue izada en lo alto del Kremlim en sustitución de la roja de la hoz y el martillo, arriada en presencia del mundo entero. En Occidente lo que más preocupaba era lo que podía suceder con el enorme potencial militar del antiguo oso soviético, especialmente el arsenal nuclear, disperso por varias repúblicas. Y algo aún más grave: qué pasaría con sus científicos, que, según se decía, habían recibido sustanciosas ofertas de gobernantes extranjeros no muy recomendables.
Lo que vino después es de todos conocido y puede resumirse con palabras llanas. Más o menos esto: el experimento se había acabado. Ahora, de los dos mundos sólo quedaba el que confía en la iniciativa personal del ser humano. Los millones de muertos, el terror policial, los campos de trabajo, el dolor y la resignación de tantos, los fugitivos asesinados en el muro, los silenciados en Siberia, el gulag y el holodomor, todo para que ahora estos países se encontrasen con que llevaban 70 años de retraso respecto a los que permanecieron en la “podrida democracia burguesa”. El comunismo fue la ilusión de muchos, esperanzados porque quizá fuera posible la plasmación material de las ideas de Marx y del ortodoxo luterano Engels. Fue luego el final de millones de personas, sacrificadas en aras del dios Estado, y terminó siendo odiado por todos, excepto por los que estaban bien instalados en la nomenklatura, y por los progres, intelectualoides y figurantes de Occidente, que cantaban sus excelencias desde el sofá de su casa. Ahora no era más que una inmensa ruina.
El mayor problema con que se encontraron los supervivientes fue el de rearmarse. Nada menos que el de hallar unos sentimientos nuevos que llenasen sus inquietudes, después de que sistemáticamente se les hubieran destruido. Este rearme espiritual era la base previa para cualquier evolución de la nueva sociedad, pero no era fácil, porque por primera vez nos hallábamos ante una enorme masa totalmente desorientada y desposeída de todos sus valores, y con la acuciante necesidad de volverse hacia algo que supliera ese vacío. ¿Hacia dónde quieren llevar a Rusia los que ocupan ahora el Kremlin? No se sabe. Churchill ya la definió con una de esas frases suyas: Rusia es un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma.

miércoles, 27 de abril de 2022

Algo más que un conflicto bélico

La paz y el bienestar de nuestra sociedad no dependen más que del azar, es decir, de que el hombre cargado de odio, el humillado, el sediento de venganza, no adquiera poder. Todos tenemos nuestros rencores y nuestros inconfesables y secretos deseos, pero están contenidos por el propio sistema de relaciones que establece la sociedad para sus miembros. Pero ¿qué ocurre cuando alguien con mucho odio o mucha ambición o mucho delirio se libera de esa contención por haberse encaramado a la cúspide? Pues que comienza seguramente un tiempo marcado por el riesgo constante de todo lo anómalo. Ese azar que le ha tocado a ese pueblo hará la desdicha de sus habitantes. No hay enviados, ni hombres providenciales, ni guías carismáticos; no hay más que circunstancias. La paz no depende más que del hecho de que el que puede no odie, o de que el que odie no pueda. Hoy, cuando miramos las imágenes de Ucrania, cualquiera puede ver el reflejo de la acción del azar; el azar de que un hombre haya alcanzado todo el poder lleno de odio y de fanatismo. Si Putin hubiera sido tendero o acomodador de cine o tocador de balalaika, seguiría siendo el mismo desalmado, pero no habría podido causar tanto dolor, tanto miedo y tantas muertes. Nada hay previsto; todo depende de que las circunstancias fabriquen su hecho. Sólo podemos ayudarlas. Y en todo caso, ser escépticamente optimistas.
Esta guerra es seguida como una novela por episodios. Ningún otro conflicto desde la II Guerra Mundial fue atendido tan de cerca por el ciudadano de a pie. Quizá sea porque se trata de un capítulo más de la larga historia del recelo y del antagonismo hacia el imperio de la gran estepa oriental, impreso desde siglos en nuestra conciencia histórica de europeos occidentales. Además, la particularidad del alma rusa con relación a la nuestra, que en su lado positivo hemos visto y admirado plasmada de forma espléndida en muchas de sus manifestaciones culturales, se ha diferenciado más cuando, hace ya un siglo, adquirió una connotación ideológica propia, que constituye el fundamento de su sistema político y económico. Una ideología impuesta por la fuerza, de carácter totalitario y dirigista, en la que la libertad y los derechos individuales están sometidos a la voluntad de un partido único. En el fondo, esta viene a ser una guerra entre dos conceptos de convivencia: la que se articula mediante el ejercicio de la democracia, con todas sus limitaciones, y la que se impone bajo un esquema dictatorial en el que se anula por completo el mundo personal del ciudadano. No es de extrañar el unánime apoyo de Europa a Ucrania.

miércoles, 20 de abril de 2022

Mirada interior

No puedo arrepentirme más que del tiempo voluntariamente perdido. Con el tiempo no caben rectificaciones. Gira sin parar en un círculo de radio infinito y solamente nos son asignados unos insignificantes grados de su arco. El tiempo es el soñar; pobre idea la mía, pero parece exacta. El tiempo y el soñar nos son ajenos en su causalidad e impredecibles en su contingencia; los dos son implacables y generosos en posibilidades, y los dos nos tienen a su merced. De nada más he de arrepentirme que del tiempo que haya podido caérseme por el vertedero de la nada mientras lo miraba sin hacer algo por remediarlo. No creo que a nadie le sea posible ir en busca del tiempo perdido, a pesar de las magdalenas, mero recurso literario. El remedio es vivir, así de simple; abusar del tiempo mientras lo haya, exprimirlo, hacerlo parecer aún más breve, subirse a él y seguir su propio juego.
Estos días de primavera, alegres y renovados, son como una llamada de atención hacia el propio vivir. Miro la tierra y la veo toda ella en ebullición; los campos soleados, recibiendo la luz acariciadora de la mañana; el frescor de la sombra de los árboles; las hierbas del prado, que se han vuelto más frondosas y más verdes; las flores de todos los colores; el aire quieto y transparente. Están anidando los pájaros en los matorrales y en el manzano; apenas vuelan, como no sea una escapada rápida y breve para buscar comida. Tampoco cantan; el canto ahora sería inútil y quizá peligroso, y el orden que rige la primavera es orden supremo y ha de ser inalterable. Se oye un grillo junto al camino; debe de ser el primero, pero su canto suena impropio, como si ya quisiera meternos en el verano.
Yo hoy quisiera decir mi idea de la felicidad. Es muy sencilla, y tan poco original que cualquier estudiante de instituto puede seguirla a través de las obras literarias de todas las épocas, tan presente está en el hombre, pero es mía y me sirve de paso para comprobar lo poco que me diferencio de todos. Imagino una plenitud y una serenidad de espíritu por el esfuerzo continuado en la búsqueda de algún conocimiento que diera sentido a lo que no parece tenerlo, y un resto de vida en el que aún tarden en debilitarse las sensaciones y en el que los deseos se sometan por sí mismos a la idea superior de la conveniencia. Y en torno a mí, una casa lo suficientemente solitaria como para no oír más que el sonido que la tierra quisiera mandarme. Y en ella, junto a los míos, la muda compañía de mis poetas y mis filósofos, y de todos mis escritores compositores y artistas. El sol de la mañana sobre la fachada de la casa y un vaso para compartir con un amigo, si se tercia.

miércoles, 13 de abril de 2022

Los actores del drama

Uno cree que si algo nos ha traído esta guerra de Ucrania, aparte de las mil calamidades que nos van a afectar indirectamente a medio plazo, es la enseñanza de lo que realmente es una guerra. No un escenario preparado ni un decorado en el que se desarrolla un guion previamente escrito, sino una guerra en toda su cruda realidad. Nuestra generación, la de quienes nacimos pocos años después del final de la II Guerra Mundial, ha tenido la suerte de coincidir con el paréntesis de paz y progreso más largo e intenso de la historia de España y de Europa. No conocimos el drama que se desarrolla en un campo de batalla ni la insoportable angustia del miedo. Habíamos oído hablar de lo que es una guerra a nuestros padres, que pasaron la suya en primera persona, pero las visiones a la fuerza habían de ser parciales y limitadas, según las circunstancias de cada uno. Y las guerras que hubo en las siguientes décadas eran noticias lejanas y apenas afectaban a nuestro vivir diario ni amenazaban nuestro bienestar material. Ahora podemos ver y comprender directamente, casi como si participásemos en ella, todo lo que una guerra supone en su conjunto, y es una lección que nos llega con el grafismo que da la propia realidad y su visión directa. Ya no vemos sus desastres a través de dibujos, por muy de Goya que sean. Ahora todos llevamos una cámara en el bolsillo.
Tenemos delante, como en un diorama que se actualiza continuamente, el escenario donde se mueven los actores y se nos hace más inteligible el desarrollo de la acción. Nos es posible distinguir muy bien los distintos participantes en la tragedia, los que la causan y los que la sufren, los que no saben por qué matan y los que no saben por qué mueren, los que huyen con lo puesto y los que están preocupados porque les incautaron sus yates. Dentro de la complejidad que presenta todo gran conflicto, se nos hace evidente el lugar que ocupan sus protagonistas en el escenario y la relación entre ellos. Cada uno podría formar un capítulo por sí solo. Las víctimas: su desesperación, sus miradas de incredulidad, sus cuerpos tirados por las calles, las ciudades convertidas en montones de ruinas. Los responsables: su propósito sistemático de matar, la carencia de cualquier escrúpulo de índole moral, la deficiencia de su preparación logística y estratégica, el cinismo como instrumento complementario de la mentira. Las causas: difíciles de entender y aún más de justificar, imposibles de desenmarañar y de comprender desde una posición externa; mejor fijarse más en los efectos.

miércoles, 6 de abril de 2022

Y van ocho

Qué tendrá la educación que lo primero que hacen todos los gobiernos, en cuanto llegan al poder, es crear una nueva ley que la modifique a su gusto. No hay familia en España en que padres e hijos hayan estudiado el mismo currículo educativo. Es un vaivén continuo de normas que hacen imposible aclararse y que en lo único que educan es en ejercitar la virtud de la paciencia de padres, profesores y alumnos. La reforma de la reforma de lo que se había reformado y que no había que reformar. Es que ya van ocho leyes de educación en cuarenta años. No hay ministro del ramo que no quiera pasar a la posteridad poniendo su nombre a una ley, posteridad que durará hasta que venga otro a ocupar su sitio y haga lo mismo.
Parece imposible que no acierten nunca, ni en los modos ni en los contenidos ni en los objetivos, como si las disciplinas objeto de estudio fuesen reflejos en el agua que cambian a cada instante. Pero hasta ahora todo ha sido una sucesión de decepciones. Cada reforma, en vez de ser una esperanza resulta una amenaza. Esta última revela como pocas la incompetencia de la ministra que la alumbró. Más que un paso adelante parece un ajuste de cuentas con el pasado, al que hay que configurar a gusto del poder. El nuevo currículo de la ESO es un compendio de barbaridades pedagógicas. Se lleva por delante, entre otras cosas, el estudio de la Filosofía, y con ella el pensamiento crítico y las vías de experiencia racional, a cambio de cosas como el ecofeminismo o un difuminado conjunto de valores cívicos. En la lengua se deja a un lado el aprendizaje del análisis sintáctico y morfológico; total, para combinar la media docena de palabras que los chicos manejan en la pantallita no hacen falta muchos conocimientos lingüísticos, y además ahí están los emoticonos. Y, quizá lo más grave, se pone la Historia al servicio de las creencias y las ideas; de ahí que no interese lo que no esté "relacionado con el entorno real del alumnado". Hay que prescindir de todo lo ocurrido en España antes de 1812, solo unos 2.500 años. De qué portentoso cerebro habrá salido tal disparate. Para explicarnos el presente necesitamos hitos que nos señalen el camino recorrido, que organicen la secuencia de los pasos andados, y la Historia nos da esos hitos. Si la excluimos quedaremos a ciegas, eliminaremos la causalidad y jamás podremos comprender cómo y por qué somos lo que somos. Nuestra intensa y fascinante Edad Media, el espléndido Siglo de Oro, el descubrimiento de América y del océano Pacífico, la circunvalación de la Tierra, la Ilustración, todo eso ignorarán nuestros chicos. Menos mal que esta reforma durará lo que dure este gobierno.

miércoles, 30 de marzo de 2022

Tiempo revuelto

Qué habremos hecho para que la mano que tira los dados que marcan nuestras vidas haya desatado sobre nosotros tal cúmulo de inquietudes a la vez. Es que llevamos un tiempo en que parece que las fuerzas negativas que habían estado adormecidas durante años se pusieron de acuerdo para volver todas juntas. Entre lo que nosotros mismos nos procuramos con nuestra característica insensatez humana y lo que nos regala la madre naturaleza, no tenemos un respiro. No nos ha dejado todavía el virus, que tanta muerte nos ha traído -y ya van tres años-, cuando nos llega otro de los jinetes malditos: la guerra con todo lo que la acompaña: los millones de refugiados, la destrucción generalizada, la catástrofe económica, el renacer de odios olvidados, las heridas que tardarán siglos en curarse.
Aquí en España parece más evidente la sensación de que en este momento todo se ha confabulado especialmente contra nosotros. Primero el volcán y la borrasca Filomena que, como la pandemia, nos vinieron sin buscarlos. Después, una crisis generalizada de esperanza y de aliento colectivo, como si de pronto se hubiera quebrado todo rasgo de confianza en nuestras posibilidades, y especialmente en los responsables de administrarlas y potenciarlas. Apenas hubo un sector que no enarbolara una pancarta en protesta por alguna causa. Salieron de repente todas las frustraciones largamente calladas y todas las reivindicaciones desatendidas, ampliadas ahora por los problemas generados por la guerra en Ucrania. Las huelgas, la subida de precios, las promesas incumplidas, la ausencia de perspectivas inmediatas y la desorientación evidente de quienes desde el poder deberían hallar soluciones, crearon un descontento social generalizado. Las calles fueron tomadas por sectores de toda clase sin ninguna connotación política, cada uno con sus problemas y sus desengaños, reclamando una solución: transportistas, agricultores y ganaderos, pescadores, cazadores, autónomos, la sanidad de atención primaria, las víctimas del terrorismo. Hasta el rey moro asoma su turbante, aprovechando la ocasión. Tantos fuegos a la vez que el Gobierno no sabe a dónde dirigir la manguera. Ni dirigirla ni manejarla. Y todo ante la inutilidad de los sindicatos, que parecen contemplar el espectáculo asomados al balcón con su cervecita en la mano.
Tiempos difíciles requieren mentes fuertes y lúcidas. Es ahí donde se pone a prueba la inteligencia y la altura política de los gobernantes. Demandan visiones de largo alcance y voluntades que sepan y quieran aunar esfuerzos, apartando a un lado los prejuicios que lo impiden. Justamente lo que ahora no hay aquí.

miércoles, 23 de marzo de 2022

Las otras víctimas de la guerra

Mientras convierte a las ciudades de Ucrania en un montón de ruinas y sus campos en cementerios, el gran amo contempla en un estadio de Moscú el espectáculo que ha organizado para que nadie dude de que su gran victoria es segura y, a la vez, como homenaje a sí mismo. Observa a su alrededor con su mirada fría e inexpresiva, habla sobre la necesidad de la operación militar, evitando la palabra guerra, y apenas deja asomar un breve sonrisa cuando recibe la ovación del estadio lleno de un público entregado. Fiesta patriótica, fervor de triunfo, orquestas, cantantes y hasta un grupo de coristas con mejor apariencia que resultado. Todo pensado para la exaltación del líder que aparece como libertador de un pueblo y que marca el glorioso futuro de la patria. Y sin embargo, seguramente muchos espectadores tuvieron la sensación de que escenarios como este, preparados para celebrar una victoria, suelen ser obra de alguien que comienza a sentirse perdido.
En los frentes ucranianos, entretanto, sus soldados viven cada hora entre la angustia del miedo y el frío de la intemperie, preguntándose qué hacen allí y cuándo acabará aquello que iba a ser una breve operación de pocos días. Son los actores olvidados del gran drama. Nadie piensa en ellos porque están en el bando de los agresores y porque sirven en el lado de los poderosos, pero sus cuerpos, en muchos casos poco más que adolescentes, se encogen de temor ante cada explosión y sufren y mueren exactamente igual que los que tienen enfrente. Sólo que ellos no mueren por defender a su tierra ni a su patria. Mueren por algo inconcreto, imposible de visualizar ni de representar, por algo recogido en un conjunto de ideas ambiguas y lejanas, mezcladas entre sí y envueltas en un lenguaje lleno de palabras resonantes. Mueren por nada propio. Mueren en una tierra desconocida y hostil, sin saber a qué fueron allí, entre el odio de todos y sin que ninguna mano querida apriete la suya en el último adiós. Mueren sin que las crónicas dediquen ni un solo pensamiento a su sufrimiento, como si su muerte fuese un acto obligado de la justicia universal. Y en su casa los suyos llorarán su muerte con un dolor íntimo y callado, no vaya a ser que algún lamento incomode demasiado.
Son las otras víctimas de la guerra, las que no sacarán nada de su victoria y mucho de su derrota: la muerte o la prisión, que en su caso viene a ser lo mismo. "Si volvemos como canjeados, nuestros compatriotas nos fusilan, por vergüenza”, asegura uno de los prisioneros en Ucrania. Y todo sin saber para qué.

miércoles, 16 de marzo de 2022

Y la guerra continúa

La negra sombra de Stalin debe de estar dando saltos de satisfacción en el oscuro antro en que se encuentre al ver lo bien que sabe imitarle este heredero suyo que ocupa ahora el Kremlim. No podrá superarle porque los tiempos no están para eso y porque por algo su nombre se alza en lo más alto de la escala de la ignominia universal como el responsable del mayor número de muertes de toda la historia de la humanidad; por encima incluso de Hitler, que ya es decir. Pero cortapisas de carácter moral, desde luego, no serán las que se lo impidan. Cuando tantas prevenciones se levantan en toda Europa ante la posibilidad de rebrotes fascistas -prevenciones que por supuesto es necesario tener-, no estaría de más mirar con el rabillo del ojo a los que todavía ven en el estalinismo una época digna de resurrección, aunque sólo sea porque Stalin no fue un brote espontáneo, surgido de la nada, sino que se limitó a refinar una tradición histórica de gobernar mediante el terror, que ya vemos que puede volver de nuevo. El actual jerarca del Kremlin tiene el manual en casa, y el pueblo ruso la misma disposición de siempre. Viendo su pasado, puede comprobarse que en el debate entre la libertad y una fuerza atávica que le empuja a someterse a la servidumbre, sea al Estado o a un tirano, siempre gana esta última.
Las imágenes que llegan de Ucrania van más allá de la simple resolución bélica de un conflicto entre naciones. Clausewitz aquí quedaría mudo. La idea decimonónica de que la guerra no queda nunca reducida a una simple acción estratégica por cuanto en ella influyen de manera definitiva los valores morales, adquiere aquí una amarga confirmación en su sentido totalmente opuesto. Es la inmoralidad, la ausencia de referencias éticas lo que pesa decisivamente en aquellas llanuras infinitas de olor a trigo, donde ahora todo dolor es poco y donde la indignidad humana se lleva hasta el bombardeo de hospitales y guarderías.
Toda guerra hace tambalear convicciones que parecían firmemente ancladas en nuestra lista de principios, entre ellas precisamente la que expresa ese grito de no a la guerra, que nos deja ver la imposibilidad de tomarlo con carácter absoluto y la necesidad de encontrarle matices. Esta desde luego también, pero la unanimidad y la comprensión que todo el mundo libre ha mostrado al juzgarla la reviste de cierto carácter de legitimidad, como la lógica respuesta del débil ante el abuso de un vecino poderoso. El eterno debate teórico sobre el concepto de guerra justa tiene aquí un argumento dolorosamente real.

miércoles, 9 de marzo de 2022

La guerra que los rusos van a perder

Quiere uno ponerse en el lugar de cualquier ucraniano y le resulta imposible. Cuesta entender qué se puede sentir al ver que tu vida ha cambiado de repente y se ha roto en mil pedazos sin que nadie pueda encontrar alguna explicación. Que los edificios de tu barrio se desploman destrozados por las bombas; que las calles que andabas cada mañana están ocupadas ahora por tanques de un invasor que hace ostentación de su fuerza infinitamente superior; que tus hijos y todos los tuyos corren grave peligro y que es necesario que busquen refugio en otro país; que tu nación, la tierra donde naciste y a la que amas, es humillada y dominada a sangre y fuego y que quizá ya nunca la vuelvas a ver como era. En este espacio privilegiado en que nos ha tocado vivir, la memoria de una tragedia semejante se ha debilitado tras el paso de dos generaciones, de modo que la experiencia que podamos tener de ella es la que nos viene dada por la literatura y el cine, o acaso, de modo parcial e incompleto, por algún documental, pero siempre con una mirada ajena y lejana. En este caso no; en este caso sus víctimas nos son cercanas; vemos sus rostros llorosos, oímos sus lamentos, hacemos nuestra su angustia. Su tragedia está sucediendo en estos mismos momentos, ahí, en nuestro propio ámbito.
Es difícil imaginar qué pasa en el interior de ese hombre que ha tenido que dejar atrás todo lo que tiene y emprender un viaje inacabable para llevar a su mujer y a sus hijos a la frontera de un país desconocido y así ponerlos a salvo, para luego él dar la vuelta a su ciudad a luchar contra los invasores. Cómo será esa despedida entre la desolación de ellos ante un futuro lleno de incertidumbre en una tierra desconocida y la posibilidad suya de encontrar la muerte entre las bombas. En los andenes atiborrados y en las caravanas interminables, entre los abrazos y las lágrimas del adiós, se desvanecen las proclamas de igualdad que tanto se oyen por aquí. Cuando las circunstancias llevan los hechos a una situación extrema, vuelve a aparecer la lógica elemental que rige la naturaleza y caen por sí solos todos los aditamentos ideológicos artificiosos que intentan modificarla.
Van ya trece días de guerra y lo que se veía como un breve paseo triunfal por parte del gigante ruso se está convirtiendo en una pesadilla de la que no le va a ser fácil salir, al estilo de Afganistán o Vietnam. Y en todo caso puede que el gigante gane la guerra en el campo militar, pero ya la ha perdido claramente en el del aprecio y el afecto de los demás.

miércoles, 2 de marzo de 2022

A sangre y fuego

Qué será que siempre ha de haber alguien que se empeñe en querer ser el amo del mundo, alguien desprovisto de conciencia moral, sin más ley ni argumento que la fuerza de que disponga y con una ambición tan elevada que no le importe el terrible sufrimiento que cause con tal de cumplirla. Es este uno de esos casos de presencia continua en la Historia; puede decirse que cada época ha tenido su candidato a ocupar un puesto en esa lista de aspirantes a dominadores del mundo, y no es necesario dar ejemplos de todos sabidos. Ahora es un tipo de mirada gélida y hechuras paranoides, adicto al botox y al cultivo de sí mismo, Narciso contemplándose de continuo en las aguas de su cuidado remanso. Yo soy Putin, parece decirse incansablemente mirándose a los ojos. Cuentan de él que, por su formación en un ambiente criminal, no conoce más instrumentos que la mentira, la falsedad, la extorsión y el asesinato; desde luego, en su historial político hay un reguero de muertes extrañas, todas de personas relacionadas con él. La invasión de Ucrania viene a ser el colofón, al menos por el momento, de una trayectoria en la que si algo falta es cualquier escrúpulo a la hora de ejecutar sus propósitos.
Las imágenes de los tanques rusos avanzando por los campos y las calles de un país europeo forman parte de esa realidad que para nosotros ya solo vivía en la memoria y que jamás pensábamos que volveríamos a ver. Entrar a sangre y fuego en una nación vecina que estaba en paz y que no les había hecho nada, abusando de su mayor fuerza, humilla más a los invasores que a los invadidos. Aterran las escenas de las muertes en directo, del testimonio angustioso de gentes desesperadas que lo han perdido todo, de las riadas que  desfilan por las carreteras intentando escapar de su propia ciudad, y aterra quizá aún más la incertidumbre de lo que pueda pasar si se tienen cuenta las amenazas apocalípticas que lanza el tirano si no se sale con la suya. Cuánto dolor otra vez, después del holodomor, sobre la tierra de Ucrania, quizá el pueblo de Europa de historia más desdichada.
Quiere uno escribir sobre ello y siente que es una absoluta inutilidad. Todo está dicho ya. La guerra inspira sentimientos que nos llevan a lo más sombrío de nuestro interior: temor, compasión, dolor, y en los casos de que nos afecte de cerca, odio, rabia, venganza, pero todo eso lo sentimos cada uno dentro de nosotros plenamente y cada uno de forma particular, sin necesidad de que nadie nos lo describa. Son las imágenes las que nos hablan por sí mismas.

miércoles, 23 de febrero de 2022

La despedida

 Había en su mirada de moribundo un brillo de serenidad y una expresión propia de quien ha dado fin a su camino y está contento de no tener que dar ni un paso más. Sabía que aquello era la despedida y que los suyos y algunos amigos habían ido a verle para decirle adiós. Había caras llorosas, otras serias y expectantes, todas silenciosas sin saber qué decir, reflejando en sus actitudes la tristeza del momento. Entonces él los miró, hizo un esfuerzo por esbozar una ligera sonrisa y habló:
 -Ya sé que este es mi adiós, pero que nadie se apene por mí. Me voy como siempre he querido: cansado de vivir. El mundo se ha vuelto un lugar incomprensible para mí y ya me siento un extraño en él. Todo lo que me ha sostenido a lo largo de mi vida, los valores en los que he creído, los esquemas morales y afectivos que me enseñaron de niño y que me han acompañado siempre, todo está ahora puesto en cuestión. Mis queridas convicciones son objeto de desprecio, cuando no de burla. Desde el poder han hecho que ya no sean válidos conceptos sin los que me resulta imposible encontrar el sentido de la vida y entender a la sociedad y a mí mismo: la familia, la patria, la maternidad, la formación humanística. Han impuesto una dictadura de la técnica que nos dificulta grandemente el vivir de cada día y requiere un esfuerzo difícil de hacer para nosotros. Ya están ahí lo que alguien llama los transhumanos, el hombre biónico, y la inteligencia artificial y la inquietante pregunta de qué será del planeta y de la humanidad. Yo he amado siempre la vida; he sido muy feliz en el mundo, pero hace algún tiempo ya no lo reconozco como mío. Tendríamos que aprender cuanto antes que el mundo no se va a adaptar jamás a sus criaturas. La vida ha de ser vivida mirando hacia adelante, pero solo puede ser comprendida mirando hacia atrás. Mi adelante ya no existe, pero no siento pena alguna por él. En el gran teatro del mundo a todos se nos asigna un lugar, pero cuando el escenario se modifica se agradece más tener que hacer mutis que seguir en él. En el nuevo no comprendo el guion. Supongo que es irremediable y que todas las generaciones habrán sentido algo parecido. A lo mejor es la forma que tiene la vida de consolar a los que han de abandonarla después de disfrutarla muchos años, pero el caso es que me voy con más añoranza del pasado que con interés por conocer el futuro. No os envidio. Así que aquí os dejo. Me marcho encantado de no vérmelas con ese futuro. Arreglaos con él lo mejor que podáis.
 Y se quedó con la sonrisa fija en el rostro

miércoles, 16 de febrero de 2022

Palabras

 La Fundación del Español Urgente, Fundéu, ha designado a vacuna como palabra del año. Será por actualidad, por su frecuencia de uso, por su condición semántica insustituible o por la oportunidad con que su significado se adapta a las circunstancias actuales. Es, además, una palabra antigua, ya bien instalada en el idioma, neutra y limpia de connotaciones extrañas a su sentido primario. O sea, que se lo merece, aunque no sea más que por haber estado en boca de todos dando nombre a la esperanza de recuperar la normalidad perdida y a la vez ejerciendo de objeto de debate. Sin embargo, bien podría compartir la distinción con otras que se han adueñado de todos los conceptos a su alrededor hasta convertirse en comodines del lenguaje político. Fíjense, por ejemplo, en la palabra sostenible y cuenten las veces que la oyen en cada discurso o entrevista de cualquier tema. De pronto todo se ha vuelto o se tiene que volver sostenible. La economía, el turismo, la energía, la agricultura. Lo sostenible como logro conseguido, las menos de las veces, o como aspiración máxima de cualquier proyecto o actividad. Sostenible todo, como la vida, que es lo único que resulta necesario sostener.
Palabra del año podría ser también cualquiera del montón de ellas que han entrado últimamente en el lenguaje de tinte culterano con que nos hablan desde las tribunas: criptomoneda, resiliencia, algoritmo, empoderada, transversalidad, cogobernanza, postmodernidad, procrastinar, metaverso. Eso sin contar las que aportan las creativas mentes de la progresía feminista: la matria, las miembras, le niñe, las soldadas. Y no digamos la riada de términos extraños que emplean los papanatas de todo lo extranjero, esos que llaman a ir de compras hacer shopping, al almuerzo brunch y a una reunión de trabajo un brainstorming.
Decía Larra que había épocas de palabras, como las hay de hombres y de hechos, y que él estaba en una de ellas. También lo estamos nosotros. De palabras que en vez de delimitar conceptos los oscurecen o simplemente no encierran ninguno, palabras inventadas sin razón alguna, palabras desdobladas por género que agotan la paciencia del oyente, absurdos eufemismos para evitar llamar a las cosas por el nombre con que siempre se han llamado, palabras que solo sostienen falacias y descalificaciones del otro, tópicos mil veces oídos y, sobre todo, palabras que únicamente sirven para crear un ambiente amargo y una sensación continua de crispación general. Necesitamos oír otras como esperanza, concordia, lealtad, generosidad, patriotismo, honor. Esperemos que una de ellas pueda ser declarada alguna vez palabra del año.

miércoles, 9 de febrero de 2022

Entre nosotros

Ahora que por aquí se avecina un nuevo estatuto, porque alguien ha decidido que el actual ya no vale, sería bueno salirse por un momento de lo político y hablar de nosotros, los asturianos, en zapatillas y sin más temor que la mala interpretación que alguien pueda dar, que tampoco es gran temor. Vernos sin posturas preconcebidas, que es el único medio de poder conocernos para así poder darnos las mejores leyes y adoptar las soluciones adecuadas a nuestros problemas. Conocemos bien nuestras virtudes y las tenemos a gala, así que hablemos de lo que no hablamos tanto. Nuestro carácter señala una constante inclinación acomodaticia, una voluntad de permanecer en el presente y, si el presente no resulta demasiado amable, se hace lo posible por adaptarse a él o se busca otro mejor en un lugar distinto, pero sin que exista preocupación por utilizar las circunstancias de ese presente para que sus condiciones no se repitan en el futuro. Nos puede lo inmediato. Tendemos a prestar más interés al aspecto externo que a la realidad interior, a la presencia que a la sustancia. De ahí esa proclividad al superlativo casi como un reflejo, sin detenerse en análisis ni en comparaciones: la más guapa, la mejor, lo demás es tierra conquistada, etc. Esto se refleja incluso en las denominaciones espontáneas, que se generalizan de inmediato con total consenso: una iglesia de regular tamaño será la iglesiona, a una acera ancha le quedará la acerona, una escalera algo mayor que las otras es la escalerona, y el carbayón, el solarón, el molinón, la peñona, la casona, la mareona, la panerona y tantos otros. En ningún sitio se encuentra un uso tan generoso de sufijos aumentativos. Algún experto estudioso tal vez encuentre en esta inmotivada tendencia al grandonismo la imagen de una prueba proyectiva en la que el preconsciente plasme quizás algún sentimiento de inferioridad.
Vayamos de una vez a lo trascendente. Dejémonos de absurdos caprichos identitarios y que el bable se quede donde ha estado siempre. Es la hora de los técnicos imaginativos y de los políticos valientes, que encuentren y den forma material a las soluciones. Un impulso regeneracionista común, que empequeñezca hasta reducirlas a la nada las fatuas ruindades particulares, los politiqueos de alcoba y los dogmas de patio de vecindad. Un propósito de mirar hacia objetivos de altura sin ceder a la tentación de nacionalismos artificiosos, que no conducen más que al espíritu de tribu y, por tanto, a la castración de nuestras mejores posibilidades. Al fin y al cabo, con sombras y claros, esta es nuestra tierra, y su camino nuestro camino, salvo que en nuestra aventura personal se encuentre el buscar nuevos sentimientos.

miércoles, 2 de febrero de 2022

Un triunfo de todos

Fue un domingo de sofá y de morderse las uñas ante el televisor, sobre todo en la última hora del partido de tenis que nos llegaba desde Australia. Era uno de esos acontecimientos que vemos de vez en cuando, capaces de concentrar la atención y las miradas de todo un país, y que únicamente el deporte es capaz de ofrecer. Solo la épica visible a través de un esfuerzo que se nos hace evidente puede erizar nuestras emociones porque se nos vuelve comprensible. En ese momento el héroe es de los nuestros en toda su plenitud; su sufrimiento, su tensión, su decepción por la mala jugada y su alegría por la buena, la rabia contenida y su cansancio son los nuestros. Lo son también el fracaso y la apoteosis del triunfo. Es como si una pequeña parte alícuota nos tocara a todos, hasta el punto de que a menudo el éxito deportivo aparece asociado al honor patrio.
Uno no entiende gran cosa de tenis, pero sí guarda entre sus recuerdos, allá en los años de su adolescencia, la emoción de todo un país cuando Santana levantó la copa tras vencer en la final a un tal Ralston en un lugar de Inglaterra llamado Wimbledon, del que pocos habían oído hablar. Y luego las dos noches en blanco ante el televisor viendo las finales de la Copa Davis en Australia, en las que nada se pudo hacer. De pronto todo el país supo de este deporte, hasta entonces solo visto en el cine, y comenzaron a proliferar las pistas, las raquetas y los aspirantes a conseguir algo más que lucir su blanco uniforme con el escudo de un club. Bien mirado, sorprende que un deporte de una sencillez casi infantil, que en esencia consiste en tirar una pelota a otro para que se la devuelva, llegue a levantar tantas pasiones en todo el mundo y a mover una inmensa cantidad de intereses económicos. Es su estética, o la sencillez de sus normas, o la emoción inherente a toda lucha individual, o la posibilidad de ver golpes prodigiosos que nos muestran hasta dónde llega la capacidad del ser humano de  generar respuestas mediante actos reflejos, o todo junto. O más bien, como en este caso, la aparición de una figura que encarne esa referencia heroica que toda sociedad necesita y en la que poder depositar el orgullo de pertenencia a la misma comunidad nacional.
El triunfo de Nadal en Australia fue glosado y analizado en todos sus aspectos, pero curiosamente donde menos se incidió en general fue en el deportivo. La persona se impuso al tenista. Se destaca mucho más su fuerza mental, su capacidad de e concentración, la entrega total hasta el último momento, pero  también la corrección, las buenas maneras y la ausencia de estridencias, tan frecuentes en otros. Quizá esto sea lo más importante.