miércoles, 24 de noviembre de 2021
Sobre nada
miércoles, 17 de noviembre de 2021
Hasta en la cocina
miércoles, 10 de noviembre de 2021
El tiempo que nos importa
El tiempo vuela. Cuántas veces oímos y dijimos eso como una constatación resignada. Vuela, ya lo creo, sobre todo el que nos ha sido asignado a cada uno, porque es escaso. De las tres categorías del tiempo que podemos conocer, -el cósmico, el histórico y el de la vida humana-, solo este tiene una significación plena para nosotros. Del cósmico no nos es dado ni siquiera atisbar su comprensión racional; el tiempo histórico nos resulta asequible tan sólo como objeto de esfuerzo mental. Es el otro, el pequeño tiempo de nuestro pequeño vivir, el que realmente nos importa, porque está hecho para medir las fatigas y los gozos de nuestro camino. Es breve y frágil, pero es nuestro ámbito temporal para la vida, único e irrepetible, y no hay infinitud que se le compare. Aunque tengo en el cielo las estrellas, amo mucho más la pequeña lamparilla que alumbra mi casa. Puro Tagore.
miércoles, 3 de noviembre de 2021
Un grado y medio
miércoles, 27 de octubre de 2021
Después de la tormenta
Por fin parece que comienza a debilitarse la maldita pandemia y nos acercamos ya a la normalidad que teníamos antes de que ese ciclón repentino y desconocido nos dejara el alma en vilo y el cuerpo protegiéndose con todos los medios posibles de una amenaza que cada día veíamos temible. Fue un tiempo de desorientación e incertidumbre, de miedo y dudas, con cientos de ausencias cada día que apenas dejaban tiempo para despedir, ni siquiera para llorar. Hubo que adaptar nuevas formas de pensar y de obrar ante una realidad hasta entonces nunca vivida. Se ensayaron nuevos modos de trabajo y se acabó con conceptos que parecían inamovibles, como la obligada presencialidad laboral, tanto que quizá hayan llegado para quedarse. Pero sobre todo, conocimos en toda su dimensión nuestra fragilidad ante las sacudidas de cualquier azar; nosotros, los que dominamos el planeta hasta en sus rincones más insignificantes e incluso nos asomamos al exterior, nos encontramos de pronto a merced de un ser invisible que pareció surgir de la nada y nos enseñó que nuestras queridas vidas valen lo que la suerte quiere que valgan. Quizá más de uno, en su interior o en alguna noche de insomnio, se haya hecho una pregunta parecida a la que se hizo Chateaubriand ante la epidemia de cólera de 1817: ¿Qué pasaría si un contagio general acabase con todos los hombres? Y puede que se diera la misma respuesta: nada; la Tierra, despoblada, seguiría su ruta solitaria.
miércoles, 20 de octubre de 2021
Oficialidad no
miércoles, 13 de octubre de 2021
Claro que hay mucho que celebrar
miércoles, 29 de septiembre de 2021
Ahora el volcán
Ahora que el coronavirus comienza a retirarse por fin después de dos años de infundirnos temor y de alterar nuestras vidas, aparece el volcán, también nacido de repente, sin habernos dado nunca asomos de su existencia. El mal absoluto encarnado bajo dos formas opuestas con el mismo fin destructor; lo invisible y lo gigantesco empeñados en mostrarnos nuestra condición de seres débiles e impotentes ante cualquiera de sus salidas de tono. Las imágenes del volcán de la Palma no necesitan palabras; resultan fascinantes en su misma terribilitá. Su presencia pavorosa y sus efectos devastadores no permiten más descripción que su propia contemplación. Una montaña coronada de fuego, vomitando materiales incandescentes y lanzando una columna de humo y ceniza hasta la misma estratosfera, viene a resultarnos un símbolo recordatorio de nuestra propia contingencia; en el fondo, tal vez una alusión al acontecimiento telúrico final que está escrito en nuestros genes culturales. El misterio de las entrañas incandescentes de
No ha habido víctimas, pero encoge el ánimo contemplar la desesperación de quienes están viendo desaparecer todo lo que tenían. Ante el dolor, sea propio o ajeno, nuestros sistemas internos alertan sus defensas y tratan desesperadamente de racionalizar lo irracional. Las actitudes van desde el rechazo, que le hace sumirse a uno en el absurdo de la propia existencia, hasta la rebeldía ante la propia impotencia o hasta la resignación, que no es más que la forma última de consuelo. Y en el caso de la desgracia ajena, siempre con lo mejor de nosotros destilando solidaridad y comprensión hacia quienes no habían hecho más que vivir allí. La naturaleza nos cobra de vez en cuando su terrible tributo sin que podamos saber por qué. Habitamos una casa inacabada, sin certificado de habitabilidad y en continuo proceso de estructuración, y de nada valen las preguntas, porque todas habrán de tener un carácter metafísico. La naturaleza no sabe de afectos; tratamos de tenernos por hijos suyos, pero ella obedece tan sólo a sus propias leyes, y no a las que se asientan en nuestro corazón. Las explicaciones de las causas físicas tratan de hacernos comprender el porqué de lo que vemos, pero los sentimientos tienen otra dimensión: la que nos impulsa, viendo esos rostros demudados, a sentirnos cómplices de su dolor y a ayudarlos en lo que podamos.
miércoles, 22 de septiembre de 2021
El hombre de la montaña
Se cumplen este mes treinta años del que sin duda es uno de los hallazgos más importantes en lo que se refiere a la historia de nuestra especie, aunque solo sea por lo que descubre de nosotros de forma directa y totalmente natural. En una zona helada de las montañas del Tirol se había encontrado el cuerpo de un hombre muerto hace unos 5.300 años. El frío lo conservó de tal modo que ha llegado hasta nosotros prácticamente intacto, con la carne algo amojamada, es verdad, pero entero, y hasta con restos de ropa y calzado. Los primeros exámenes ya nos dijeron que se trataba de un hombre joven, acaso un cazador perdido o tal vez un fugitivo de algo. Hoy se sabe ya casi todo sobre él en lo que atañe a su cuerpo y a su forma de vida. Él no lo supo jamás, pero es el ser humano más antiguo que conocemos en toda su integridad; si hubiera querido habría podido ver cómo se fundían los primeros metales o cómo nacía la escritura con las primeras tablillas de arcilla en Mesopotamia.
Creo que debe de suponer un hermoso sentimiento nuevo contemplar a este hombre, que reposa en un museo de Bolzano. Nunca ningún fantasma del pasado ha llegado desde tan lejos por sí mismo, no fabricado por sus contemporáneos ni hecho por la voluntad de nadie para testimonio de nada. Aquí no valen imaginaciones ni adornos; así éramos. Este hombre, a quien la casualidad ha permitido ofrecernos su postura en el momento de su lucha final, entre el frío el dolor, no murió en lecho de plumas, ni fue embalsamado con áloe y mirra, ni se le acompañó con joyas de oro, ni se selló su tumba para que los ladrones no perturbaran su gran viaje. Ni siquiera nos dejó su nombre; le hemos puesto Ötzi por el lugar en que se halló.
¿Quién era este hombre? ¿Qué creencias tendría, qué sentimientos, qué visión del mundo? ¿Cuáles serían sus ilusiones en la vida? ¿Tendría alguna inquietud espiritual, distinguiría algo en su conciencia? ¿Se preguntaría sobre la noche y sobre el universo, se sentiría a sí mismo sujeto de trascendencia? A veces uno cae en la tentación de lamentar que la humanidad haya tardado tanto en poder apresar la palabra. Cómo nos gustaría conocer todas las que este ser pronunció en sus momentos vitales más álgidos, cuando amaba o discutía o hablaba con sus hijos. O a quién fue dirigida su última palabra cuando sintió la soledad de la muerte ya inevitable sobre el lecho de nieve. Hoy, cincuenta siglos después, si nos miramos bien por dentro reconoceremos que estamos en el mismo punto en que él lo dejó y que parece que nos ha sido asignado de forma permanente: indefensos ante la angustia del instante final y sin haber avanzado nada en el conocimiento del misterio de la vida y la muerte.
miércoles, 15 de septiembre de 2021
La nueva banca
Tiene uno la impresión, más bien la certeza, de que los bancos se mueven siempre dos pasos por delante de los demás negocios en lo que se refiere a tomar posiciones para sacar provecho de la circunstancias de cualquier momento. Y también varios pasos por delante en la lista de antipatía entre los ciudadanos, aunque esto sea en dura competencia con otros sectores de servicios. Estamos indefensos ante sus imposiciones y aun más ante la subida continua de gastos y comisiones por sus servicios, que abarcan media página de términos de un diccionario: de apertura, de mantenimiento, de cancelación, de cambio, de transferencia, de cobro, de pago y de cualquier cosa que hagan. Eso sí, en general suelen ser más altas cuanto más bajos son los saldos de las cuentas, o sea, con los más débiles económicamente. Ahora, además, han convertido a sus clientes en mano de obra gratuita. Le dan a uno unos cuantos códigos, le cargan una aplicación informática, le recitan las ventajas que va a tener con la nueva operativa y a hacer en su casa lo que sus empleados le habían hecho siempre.
Un banco es ese negocio que todos quisiéramos tener, yo creo que incluso Brecht, que escribió aquello de que hay algo más grave que atracar un banco, y es fundarlo. En definitiva consiste en cobrarnos por prestarle nuestro dinero y en prestarlo él a su vez a otro y cobrarle aún más. Si le parecen pequeños los beneficios, recurre a cobrar más a sus clientes por cualquier pretexto, y, cuando está en apuros, al dinero de los contribuyentes para sanearse. Es decir, a los mismos. Bien es verdad que a veces socializan sus ganancias en forma de intervenciones culturales, lo que no está nada mal, aunque es de suponer que algo ganarán a cambio. Voltaire escribió una frase malévola que se hizo famosa: si alguna vez ves saltar a un banquero por una ventana, salta detrás; seguro que hay algo que ganar. Puede que en algunos casos su nombre pueda relacionarse con la cultura, pero hay otros términos mucho más asociados, como beneficio, ganancia, lucro, y otros más tradicionales: codicia, usura, especulación.
Y además, nos han ido dejando cada vez con menos opciones donde elegir. Qué tiempos aquellos en que había docenas de bancos de todos los tamaños, locales, regionales y nacionales, cada uno con su estilo y su propio concepto de cercanía al cliente. Ahora tres o cuatro tiburones se han ido comiendo a todos los pececillos y se han convertido en verdaderos tiranos de un mar en el que todos nos vemos obligados a nadar. Estamos en sus manos, indefensos, oyendo a los banqueros predicar soluciones para salir de la crisis y pensando que no vamos a reírnos nunca más de la abuela que guardaba sus cuartos en el calcetín.
miércoles, 8 de septiembre de 2021
Covadonga
Según quién opine, se habla de una simple escaramuza o de una encarnizada batalla, de un breve encuentro de montaña o de una heroica gesta con intervención sobrenatural incluida, de un bárbaro salvaje o de un caudillo providencial, de una anécdota más en la invasión musulmana o del solemne momento en que se salvó la civilización cristiana occidental. Una vez más será necesario aplicar el sentido común y la eterna ley de la media proporcional y llegaremos a la conclusión de que la verdad discurre por el camino del centro, pero hay un hecho que no admite duda: a partir de este momento, la población astur abandona el terreno puramente etnográfico e ingresa en el político e histórico. Y otro: que 1.300 años después se sigue celebrando aquel hecho como el día que simboliza la esencia del ser asturiano.
Es esta una buena fecha para detenernos a ver el presente y reflexionar sobre el momento en que estamos. Una sombra de desesperanza parece invadirlo todo; la ilusión por el futuro se vuelve débil; apenas parece haber más horizonte para nuestros jóvenes que la búsqueda de nuevos aires. ¿Qué estamos haciendo? Las leyes de la causalidad no son ciegas ni confluyen sobre una tierra por ocultos caprichos. No podemos gastar fuerzas y dineros en objetivos absurdos, como ese de convertir en oficial una lengua artificial que nadie habla. Hay que pedir ante todo a nuestros políticos una visión amplia que sobrevuele las miserias partidistas, porque voluntad y capacidad habrá que suponerles.
miércoles, 1 de septiembre de 2021
Un país sin esperanza
Afganistán parece el lugar donde la geografía y la historia se han conjurado para ofrecer la peor cara de sí mismas. Esta tierra reseca, montañosa, desnuda, sin bosques y sin verde, punto secular de paso de trajinantes entre dos mundos, parece condenada a vivir desde siempre con las esperanzas frustradas, sin apenas tener tiempo para generar otras nuevas y menos aún para verlas cumplidas. En sus valles desolados y aislados entre sí, no ha podido germinar nunca la idea de una vocación de ser en algún momento agente activo en la configuración de la historia, como les ha ocurrido a la mayoría de países, al margen de su éxito o fracaso. Tierras así solo pueden tener puesta toda su atención en la supervivencia y, si acaso, en defenderse de quienes traten de apoderarse de ellas. Tierras así, además, cierran las mentes a la razón y las hacen vulnerables a cualquier imposición enérgica de pensamiento.
Quizá el fanatismo sea la peor condición a la que puede descender el hombre y también el peor enemigo contra el que combatir, porque ni la todopoderosa razón, ni la clarificadora lógica, ni siquiera la evidencia suprema de la realidad son capaces de vencerlo. No sé qué forma habrá de romper los velos que ciegan al fanático hasta la oscuridad, hasta confundir a la misma divinidad con la voluntad propia. Estamos totalmente impedidos para penetrar en el interior de unas mentes que para nuestra cultura están tan alejadas como la del hombre de las cavernas. Ni su creencia ciega nos resulta comprensible, ni su conversión del fanatismo en una virtud nos es aceptable, ni su lógica es nuestra lógica. No sé qué esfuerzo habríamos de realizar para llegar al plano de la comprensión.
Estas gentes han decretado la muerte de todas las emociones que no provengan de su fe. Las grandes emociones nos ayudan a dar al olvido las ruindades y los desasosiegos cotidianos. Son como fuerzas rescatadoras que están a nuestro alcance. Por supuesto, pueden venir de la experiencia religiosa, siempre que se viva de forma voluntaria y libre, pero también se encuentran a nuestro alrededor: en la música, la literatura o el arte en general. Una gran obra que agite nuestros sentimientos, nos limpia con frecuencia de las pequeñas preocupaciones y contribuye a hacernos la vida más luminosa y más despejada de nubarrones. Pues todo esto ha sido prohibido por los talibanes bajo graves penas. Los niños afganos crecerán sin canciones y acaso sin otra melodía que la que sus madres pudieran tararearles a escondidas; las mujeres vivirán sin lecturas ni imágenes, y todos sin la menor referencia artística. Traten de imaginárselo y verán que no lo consiguen.
miércoles, 25 de agosto de 2021
Vuelta a la barbarie
Parecía imposible, pero hemos vuelto a contemplar la misma situación que creíamos que jamás volveríamos a ver repetida. El tiempo ha retrocedido veinte años y nos lleva de nuevo a un terrible escenario que dábamos por olvidado para siempre. Esas caóticas escenas del aeropuerto de Kabul, donde la desesperación de quienes quieren huir del horror talibán se convierte en una dramática lucha por la supervivencia, no son más que el anuncio de lo que va a ser otra vez un régimen de pesadilla, de legislación delirante, terrorífico en sus prácticas, fuera de toda comprensión racional. El desprecio a la libertad individual y la imposición de las ideas mediante el terror es la base del sistema, pero quizá sea en el trato a la mujer donde adquiera su mayor grado de oprobio.
La crónica de la historia nos ofrece épocas de especial dureza para las mujeres, especialmente en lo que se refiere al sometimiento de su voluntad y al acallamiento de sus impulsos más humanos, pero no es posible encontrar, ni aún en épocas en las que las ideas igualitarias derivadas del moderno desarrollo de una moral natural eran impensables, un estado de degradación semejante. Se anula su voluntad, por supuesto, pero también su cualidad de ser humano solidario con todo lo creado. El mundo ya no es un escenario para contemplar y admirar, sino un espacio al que sólo es posible atisbar a través de un pequeño agujero. El entendimiento pierde su carácter de potencia necesaria; deja de ser el instrumento indispensable para el desarrollo del espíritu y de la mente y se convierte en un don entregado gratuitamente a unos individuos que así lo exigen. ¿Qué se puede sentir al verse obligado a contemplar la vida a través de un enrejado de minúsculos cuadrados pegados a los ojos? ¿Cuál puede ser la percepción del mundo que ha de tener alguien que tan sólo puede contemplarlo detrás de un velo oscuro, abierto únicamente por unos pequeños agujeros que le compartimentan la visión y le impiden hasta poder ver el suelo que pisa? Las afganas que han logrado escapar de su país no nos lo explican, quizá porque no consideran que eso tenga demasiada relevancia al lado de todo lo demás. Su grito se centra sobre todo en su situación legal y, como consecuencia, en su realidad cotidiana: sin derecho a la educación ni a la sanidad ni a la vida, sin libertad de relaciones ni de elección de estado, sin otra opción posible que la sumisión y el silencio.
Dan ganas de no quejarse aquí de nada, ni siquiera de que nuestra alcaldesa no pierda ocasión de hacer gala de su incompetencia.
miércoles, 18 de agosto de 2021
Días de agosto
Se agotan los días de vacaciones, se apuran los últimos momentos antes de la vuelta a la rutina y se tratan de consumar los deseos aun incumplidos. Sigue sonando lejano el eco del rebullir diario de la actualidad como si no quisiéramos que tenga algo que ver con nosotros, y hasta parece que el país funciona mejor, quizá porque los gobernantes sestean. Seguramente estarán afilando las tijeras para su particular vendimia de septiembre, que es época en que acostumbran a cortar buena parte de nuestras ya menguadas viñas. De momento, ni siquiera alguien que esté tumbado despreocupadamente a la sombra de un pino, con una cervecita en la mano y el pensamiento a mil kilómetros de la realidad cotidiana, podrá evitar preguntarse por qué esta disparatada subida de la luz que está dejando su cuenta temblando, pero como nadie le va a contestar, mejor que se vuelva a su cervecita mientras pueda.
La vuelta a casa viene a ser un tributo que hay que pagar por robarle al ordinario de la vida unos días y poder configurarlos a voluntad. Se satisface a base de añoranza, tristeza por lo que se deja, cansancio y pereza mental por lo que nos espera y una mezcla de resignación y sorpresa por el rápido paso del tiempo cuando se le deja correr a su aire sin que nadie trate de ponerle medida. Pero queda el valor del reencuentro con lo que realmente nos pertenece, lo permanente de nuestras vidas, más el recuerdo de unos días especialmente vividos y la esperanza de que sea breve el tiempo hasta la próxima vez.
miércoles, 11 de agosto de 2021
Por el bosque
Seguir cualquier sendero que se pierda entre los árboles, andar en silencio, si acaso con una voz amiga al lado, entre el aroma de los helechos y el sosegado sentir de lo silvestre, nos inducirá a un ejercicio de identificación y quizá a establecer una relación nueva sobre el solar de la vieja. Es el poder del bosque. En este agosto de pandemia, en que todo parece preso de un afán de movimiento y masificación ruidosa, en lo profundo del bosque el aire parece aquietarse a fuerza de luces tornadizas y todo se vuelve de color canela. Es mediodía, la hora del silencio. El sol está en vertical, las sombras se reducen y el bosque calla. Dormitan cazadores y presas, amortiguadas la agresividad y el miedo. Descansa el murmullo, se aburren los árboles. Será al final de la tarde cuando el bosque sacuda su modorra y se preparen las estrategias para las terribles batallas nocturnas.
Para conocer el bosque se hace preciso abandonar los caminos y seguir las pistas que llevan a ninguna parte. Y así, pisando el sotobosque, tropezando con los estolones, respirando en los claros, esquivando espineras, acebos y zarzales, pero sin volver la vista a la comodidad del camino, le es posible al visitante de ánimo bien dispuesto acercarse a aquella intimidad en la que forma cada día su hogar la tierra y donde se generan procesos que, querámoslo o no, han de afectarnos a todos.
El sendero entre los robles está iluminado por los rayos que las hojas modelan a su gusto. Qué lejos queda el virus y cualquier noción del mal en este seno protector que parece darnos una perpetua bienvenida. Fuera de allí, cuántas palabras, cuántos lechos como cálices amargos, cuántas verdades dichas en susurro, cuántas mentiras dichas a gritos. Somos cantos rodados tirados por el camino de la vida, y si alguien tuviera la facultad de andarlo con paso largo y libre, tropezaría con nosotros. Bultos pequeños que se mueven sin parar, que se mueven en círculo buscando la tangente definitiva. Luego, con los años, sabremos que la única ciencia en la que todos somos diplomados es en la ciencia de no entender nada.
En Asturias el bosque adquiere un sentido de identidad que configura un carácter natural. Por el robledal, el hayedo, el castañar o el mixto; en Muniellos, Peloño, el Pome y tantos otros, sentirá el caminante, sentado humildemente junto a un tronco, que no tiene más remedio que volverse subjetivo y procurar hacer esfuerzos para no dejarse llevar por una fácil tentación panteísta, que resultaría hermosa, pero frágil como una pompa de jabón y que no contribuiría gran cosa al logro de una fe discernida que quizá busque.
miércoles, 4 de agosto de 2021
La debilidad de las palabras
Siempre nos faltan las palabras cuando se trata de decir lo que nos parece lo más importante. Los intentos de dar consuelo a quien sufre, la forma de expresar el amor, el miedo ante lo inexplicable, la justificación de algún acto, el dolor del arrepentimiento, todo se escapa de cualquier forma de decir y queda a medias en su significado y a merced de que el otro tenga la cualidad de saber completar lo que no somos capaces de expresar. La palabra no es el invento adecuado para corporeizar sentimientos; falla, no es elástica, rechina, no llega. En ella lo mejor queda siempre excluido y descansa en su fondo. La palabra sólo es perfecta para comunicar en la distancia. Para las presencias es preferible tomar al otro del hombro y decirle: mira, mira aquello y siente, que te comprendo; mírame a los ojos y siente conmigo. Las ideas sólo mantienen su pleno encanto cuando se quedan en su estado de sentimiento. Buscad un pensamiento hermoso, un pensamiento que nazca dentro de vosotros, que nadie haya tenido jamás, que os pertenezca porque atañe tan sólo a vuestra mente. Escribidlo. Lo encontraréis mediocre. El cuerpo que le deis ya no puede alcanzar la perfección de su espíritu, porque las palabras fueron inventadas por el intelecto e inevitablemente se moverán en un registro distinto, sobre todo si se escribe para descargar el corazón.
Lo saben muy bien los escritores cuando tratan de describir las emociones derivadas, por ejemplo, de una situación amorosa. También aquí, más que nunca, falla la palabra, porque todo se vuelve inefable. Un querer intenso, un alzarse por encima del resto, una proyección exacta sobre el otro, un sentimiento de acierto, un gran acierto. Mejor no exprimir más las palabras. Mejor hacer sentir.
Más acertadamente cumplen las palabras su misión en la otra gran función que tienen, la de servir de soporte al conocimiento y a su transmisión a través del tiempo. De ellas están hechos los depósitos que lo albergan. En las obras capitales del viejo humanismo se encuentra la única sabiduría accesible; incluso la sabiduría de aprender de la sabiduría de los demás. Son éstas palabras desnudas, directas, con afán de ser útiles. Nos resultan necesarias, pero no estremecen ni sentimos ningún temblor por su causa. Las otras quizá se nos aparezcan como fácilmente prescindibles, pero qué placer cuando se da con una expresión plena de belleza, de esas que hay que releer varias veces, y qué satisfacción la del autor cuando remata una frase y la encuentra radiante y luminosa, aunque sea solo para él. Y qué pocas veces ocurre.
miércoles, 28 de julio de 2021
Los Juegos más extraños
En medio de esta larga pandemia que ha vuelto grises los días y nos ha dejado sin ocasiones de asomarnos a la frivolidad y a sus inofensivas y gratificantes emociones, llegan los Juegos Olímpicos como un paréntesis que nos permite escapar por un tiempo de la presencia obsesiva de todo lo relativo al dichoso virus. El mundo virtual, que sin duda ayudó a muchos a sortear el aislamiento y la soledad, ya comenzaba a enseñar sus carencias y a resultar insuficiente, y termina mostrando sus dificultades para reflejar buena parte de nuestra forma de percibir, sentir y conocer. La empatía, la pasión, la conmoción por la belleza o la vibración por la hazaña en directo no tienen cabida en ese mundo prefigurado. Este tiempo olímpico viene a abrir una ventana a la que asomarnos y poder olvidarnos por unos días del ominoso y agobiante paisaje omnipresente en todas las pantallas desde hace año y medio. Para el devoto del deporte serán unos días de continuo éxtasis ante tantas actividades como se le ofrecen, y al que no lo sea tanto traerá entretenimiento y emoción, y tocará sus fibras patrióticas, incluso las que creía más dormidas. A pesar de las gradas desangeladas y del silencio que acoge hasta las hazañas más destacadas, se nos viene a parecer como un eco de la vieja normalidad.
Qué queda del ideal clásico en el mundo de hoy, en el que todo se
ha difuminado por la globalización. Veinticinco siglos de distancia, más la
acumulación de formas diversas de pensamiento y el desarrollo de nuevos
factores, económicos sobre todo, han influido en la evolución de una parte de
nuestro espíritu, la que hace referencia a la relación entre cuerpo y mente, y en
el camino para conseguir el buen funcionamiento de la segunda a través del
primero. Los atletas griegos competían tan sólo por una corona de olivo y por
el honor que ello conllevaba, jamás por dinero, y era ajeno a su pensamiento
hacer la menor trampa. En su preparación era parte fundamental el conocimiento
de la poesía y la filosofía, como contribución al cultivo de la mente. Además, durante
los días de los juegos se establecía
miércoles, 21 de julio de 2021
Tiempo revuelto
Entre lo que nos trae la madre naturaleza y lo que armamos por aquí, el mundo parece no estar muy en sus cabales. O sea, más o menos como siempre, solo que ahora podemos verlo con una mirada más amplia. El planeta de extensos espacios ignotos y andadura inagotable durante tantos siglos, se ha convertido de pronto en una finca comunal, y el chasquido de una pequeña rama en cualquier árbol se deja oír en toda la extensión del bosque. Resulta un consuelo pensar que, al fin y al cabo, suceden las mismas cosas que nos han sucedido siempre desde que aparecimos por aquí -desastres naturales, accidentes y todas las maldades que añadimos los humanos-, pero ahora resulta más inevitable que nunca hacerlas nuestras y sufrirlas o gozarlas como algo cercano. En cierto modo hemos aumentado nuestra condición de sujetos pasivos de todo lo que sucede en cualquier lugar.
Lloran Alemania y Bélgica la tragedia de unas inundaciones que han causado cientos de muertos y desaparecidos, además de enormes daños materiales en la zona más rica de Europa. Tiene algo de especial esta catástrofe, por sorpresiva y por infrecuente. A pesar de que haya quienes se esfuercen más por estar mejor preparados, cuando los elementos se desatan no miran dónde lo hacen e igualan todos los lugares con su acción destructiva. Si acaso luego, a la hora de remediar sus consecuencias, sí tendrá que ver el grado de capacidad de respuesta del país afectado, y el desastre será más o menos reparable, aunque el dolor por los que se fueron siempre será el mismo. Algo se podrá aprender de esta tragedia, aunque no sea más que la evidencia de nuestra ignorancia acerca de las fuerzas que actúan sobre nuestro mundo.
Casi al mismo tiempo, de Cuba nos llega un recordatorio más de que el dinosaurio sigue allí, aunque con otro nombre. La enésima revuelta dentro de la inmensa cárcel parece comenzar a diluirse, pero seguro que tendrá más reediciones. Un sistema que se basa en privar a un pueblo del derecho a las urnas, de la libertad de expresarse y de opinar y de la posibilidad de abandonar su país; en negar a sus ciudadanos cualquier aspiración a su desarrollo personal fuera de las rejas donde se encarceló sus ideas; en obligar a convivir con la realidad de cientos de detenciones injustas y millares de exiliados; en haber hecho de uno de los países más ricos de América un lugar de hambre y pobreza, lleva dentro de sí el germen de su propia destrucción. Queda el difícil trance de buscarle el cierre menos doloroso posible.
Y este virus que no se acaba.
miércoles, 14 de julio de 2021
Que acierten
Nos han cambiado el Gobierno y nos lo han llenado de caras desconocidas, ahora que ya comenzábamos a familiarizarnos con las otras, al menos con algunas. Bueno, más que con las caras, era con las palabras de cada uno con lo que nos íbamos acostumbrando entre alguna sonrisa condescendiente y bastantes dosis de inquietud. A ver estos. A uno le gustaría conocer qué fuerzas rigen las entrañas de estos procesos y qué fuerzas determinan quiénes han de ser los destituidos y quiénes los que los sustituyan. O mejor no. Seguramente se encontraría con extraños y misteriosos designios y tejemanejes que no sospecha ni entendería muy bien, ni tampoco le importarían demasiado. La política es un mundo complejo en su funcionamiento interno y con normas generales hechas, a partes variables según conveniencia, de ética, pragmatismo, convicciones a medida, capacidad de relativizar la realidad, interés por el bien común y apego al poder. Esta renovación nos lleva rostros ya muy vistos y nos trae otros que de momento no son más que nombres, pero nos deja algunos de los que más alto alzaron el pabellón del ridículo y el sectarismo. Por ejemplo, se mantiene a un señor ministro de Universidades que afirma que Clarín fue fusilado por los franquistas, a un ministro de Consumo que demoniza el consumo de carne, o a una ministra de Igualdad que da todas las armas a la mujer contra el hombre, incluyendo la de que tenga que ser él quien haya de demostrar su inocencia ante cualquier denuncia. Se ve que esos no importa cómo lo hagan.
Pues que se pongan todos a trabajar cuanto antes. Que comiencen a tratar de encontrar los medios para que la crisis económica que se adivina no tenga, como siempre, su eslabón final en las familias que viven de su precario salario. Desde las alturas de los seis mil euros mensuales no se percibe la angustia del paro, la inflación, las hipotecas, la subida de la luz, la inestabilidad de los contratos, la inaccesibilidad de la vivienda o el incierto futuro de nuestros jóvenes. Que se olviden los partidismos y se dediquen a ello con todas sus fuerzas, aunque no sea más que por pura supervivencia ante el siguiente trance electoral, porque el ciudadano con el cinturón apretado suele olvidar sus afinidades ideológicas y se agarra a las siglas que le inspiren una mayor confianza en la gestión de sus bolsillos. Que se esfuercen desde ahora mismo por fortalecer la conciencia nacional, debilitada por alianzas peligrosas y concesiones a quienes tienen como principal objetivo diluirla del todo para conseguir sus objetivos. Que gobiernen sin pensar tanto en sí mismos. Por el bien de todos, que acierten.
miércoles, 7 de julio de 2021
Sigue ahí
No acaba de irse el dichoso virus. Cuando parece que está de retirada gracias a las vacunas, nos damos cuenta de que aun cuenta con un enorme campo de actuación y que no ha hecho más que reducir un poco su presencia en el escenario y permanecer agazapado, mientras se camufla bajo la apariencia de una nueva cepa que ahora, seguramente para evitar susceptibilidades nacionales, se denominan siguiendo el alfabeto griego. Ya vamos por la cuarta letra. La variante delta, o sea la india, viene con fuerza, amenazando con traernos una quinta ola. Llega de la mano de la imprudencia y la falta de responsabilidad por parte de algunos, y de control por parte de quienes deben ejercerlo. Parece que somos nosotros los que nos empeñamos en darle facilidades para que se asiente y siga campando a sus anchas. Por lo visto, la impaciencia juvenil por la vuelta a la diversión en grupo es superior a su temor al virus, y de ahí esa entrega ansiosa a festivales, viajes de estudios, celebración de absurdos orgullos, conciertos masivos y reuniones porque sí, que han triplicado el número de contagios. Por ejemplo, más de mil personas en ocho comunidades han dado positivo en covid, todos ellos casos relacionados con las reuniones de adolescentes en la zona de El Arenal, en Mallorca. Se dice que los jóvenes van en grupo, los adultos en pareja y los viejos solos; pues en ese instinto gregario, que protege y modela su personalidad, tienen su vulnerabilidad.
Estamos en medio de la batalla, entre la esperanza cierta, pero aún lejos de cumplirse del todo, y la incertidumbre que da el temor por ver que nos hallamos ante un enemigo capaz de reinventarse cíclicamente y de seguir expandiéndose a la menor oportunidad que se le dé. Ahora el ataque va hacia el sector que parecía más protegido por su propia naturaleza, porque aún estaba a salvo del riesgo físico que trae consigo el paso de los años; habría que pedirle que siga olvidándose por un tiempo de los impulsos primarios de su edad y aprenda a distinguir la línea que separa la diversión de la imprudencia.
Cuando todo esto acabe veremos este tiempo como el que nos puso delante de los ojos la realidad de nuestra condición vulnerable. A los jóvenes del botellón hay que advertirles de los riesgos de sus desmadres, pero a quienes nos mandan cabe exigirles unidad de criterios, claridad en las normas, rigor en su cumplimiento y olvido de razonamientos partidistas y de todos los que no sean exclusivamente sanitarios. Claro que ahí nos metemos en el campo de actuación de los políticos, y entonces ya nos resulta inevitable caer en la duda.



