miércoles, 12 de agosto de 2015

Notas de agosto

Siempre termina viniendo, aunque sea en visita breve y haciéndose el remolón, como si no acabasen de gustarle estas tierras del norte. El verano por aquí llega de forma casi furtiva, para desesperación de hoteleros y tiendas de bronceadores. Y además es de poco fiar por veleidoso e inestable, y no hay que buscar explicaciones más allá del hecho de que siempre fue así. Uno, que tiene tendencia a no creer casi nada de lo que le cuentan sobre las causas del cambio climático, piensa que el tiempo ha hecho lo que le dio la gana en este planeta desde el primer día de la creación hasta ahora, y que no debemos ser tan presuntuosos como para afirmar que tenemos capacidad para modificarlo de modo esencial. Imagino que los hombres del paleolítico, cuando les llegó la glaciación würmiense y vieron cómo la Tierra entera se convertía en un témpano de hielo, también hablarían de un cambio climático, si supieran qué significaba eso. Y si lo supieran iban a tener difícil encontrar alguna obra suya a la que echar la culpa.
Pues eso, que el verano viene a ser el de siempre: una manifestación de sensaciones contrapuestas según dónde se entre en contacto con él. Una duda metafísica por estos lares y un agobio por los mediterráneos, una interrogativa mirada al cielo cada mañana aquí y la certeza de otro sofoco allí, un pensárselo dos veces antes de meter el pie en el agua en nuestras playas y una zambullida despreocupada en aquellas. Si se quiere encontrar diferencias con los de otros años habrá que buscarlas allí donde no alcanzan los barómetros ni el picor de las cicatrices ni el calendario zaragozano.
Como las serpientes de verano han dejado ya de ser aquel inofensivo y recurrido asidero periodístico estival -oh signo de estos tiempos tecnificados-, la actualidad se nutre de la realidad, que es un alimento que suele resultar bastante más indigesto. Ya no tenemos a Nessy en su lago, ni siquiera una plaga de topillos o de medusas, que también daban su toque de exotismo estacional. El único animal que se ha hecho famoso este verano ha sido Cecil, un león casi con ecos disneyanos, que por lo visto era algo así como si se hubiera escapado del escudo de su país, y que terminó asesinado por un millonario descerebrado. Nada ejemplifica mejor la tónica de este verano, en el que las páginas de los diarios parecen fotocopias de las de El Caso, aquel semanario que cada sábado se esmeraba en poner a todos un nudo en la garganta mostrando lo peor del ser humano. Madres que arrojan a su bebé a un contenedor, padres que degüellan a sus hijos, hombres que matan a sus mujeres, niños que se ahogan cada día, incendiarios quemando nuestros montes. Triste verano, estación de la alegría. Quizá el calor avive las pasiones y active algunos comportamientos que habitualmente permanecen inhibidos, pero no, eso sería otorgar al determinismo climático un poder que seguramente no tiene. Quizá más bien en el trasfondo de todo se encuentre, aparte de alguna maldita casualidad, el frívolo trastrueque de conceptos a que hemos sometido muchos de nuestros valores más decisivos, entre ellos el de la familia. Cada vez que un niño es asesinado nos hace una llamada a esta reflexión.

miércoles, 5 de agosto de 2015

Olor a tomillo

Estos días, cuando el sol se toma más en serio su misión de darnos calor, este viajero, que confía más en la eficacia del bosque que en la de la playa, ha vuelto a uno de sus lugares preferidos, en la ladera sur del puerto de Navacerrada, y se entretiene ahora mirando un madroño en el que se han posado dos verderones que parecen desconcertados, como si todo les resultara nuevo; se miran, levantan la cabeza y emprenden el vuelo, eso sí, juntos, no sé si por miedo o por amor. Es este un mundo en el que estar ocupado tan sólo en cosas como esta, en recibir sensaciones y en andar, porque aquí el conocimiento, que tiene un cuerpo difícil de abarcar, sólo puede alcanzarse desde la observación pegada a la tierra.
Andar por el río, cruzar el bosque y subir hasta la cima de la montaña por un sendero cerrado entre pinos, un sendero penumbroso y alegre, sobre el que el sol dibuja manchas temblorosas de luz. Ir tal vez por el camino de un antiguo sanatorio, hoy desaparecido, hasta la Bola del Mundo, o por el puente del Descalzo y la vieja vía romana hasta el puerto de la Fuenfría, o por la senda Schmidt bajo los Siete Picos, o a la pradera de Navarrulaque a ver los miradores de los poetas, o atreverse Pedriza arriba y luego a Peñalara, y a ser posible llevar una voz amiga al lado, que el sol y la brisa, el aroma intenso del pino y el tomillo, el sosegado sentir de lo silvestre, inducirán a un anhelo de identificación y a establecer una relación nueva sobre el solar de la vieja. Y arriba, en la cumbre, las laderas ya no son pinos, sino granito y matorrales; algún caballo, cualquier fuente, puede que una pequeña laguna. Sobre las cabezas se nota el encuentro del aire de las dos Castillas.
Por debajo de La Pedriza, la orgullosa figura del castillo de Manzanares es la firma de la España del mester de caballería, cuando los marqueses eran poetas y se admiraban de lo garridas que pueden ser las vaqueras; de este de Santillana quedan el castillo, los piropos en soliloquio y sus sentenciosos consejos, que suelen florecer en toda época de transición, y la suya bien que lo fue. En la otra vertiente, más o menos a la misma altura, La Granja aparece como el contrapunto conceptual y estético. Al pie del puerto de Cotos, el monasterio del Paular alza su torre entre robles y chopos, en uno de los valles más hermosos que el visitante pueda encontrar. En el puente del Perdón, los Caballeros de los Quiñones decidían si el delincuente que habían apresado debía seguir hacia la Casa de la Horca o le dejaban libre. El río Lozoya, cuando pasa debajo del puente del Perdón, tiene las aguas verdes.
Es la Sierra por antonomasia, la sierra de Madrid o de Segovia, según se mire, pero la Sierra. Y por encima de su extraordinaria belleza física, el caminante puede fijarse en que pocos corazones de historia habrá tan definidos como este. A poco más de la vista humana, allí están desde los yacimientos de neandertales de Pinilla del Valle hasta la estación espacial de la NASA en Robledo de Chavela. Y desde cualquier punto de la ladera sur puede verse en la lejanía, como un sello labrado, la inconfundible figura de El Escorial. No, no le falta ninguna página al caminante en esta serranía.

miércoles, 29 de julio de 2015

Asturias de mis amores

Bien quisiera uno que esto no pudiera ser jamás tema de un artículo, o al menos lograr suavizar el tono amargo que sin duda ha de tener este, pero a Asturias no se la lleva en el roncón de la gaita ni se la quiere más por subirse a un árbol a coger una flor para que la ponga en el balcón. Ser y ejercer de asturiano es mucho más que acabar en "es" los plurales o cantar a la vaca de Xuanón. Es, por ejemplo, verla en su realidad con los ojos de un amante dolorido que se niega a cubrirla con falsos velos. Y la realidad que la actualidad nos presenta cada día con su frío lenguaje de índices y números no permite ningún gesto de autocomplacencia; más bien de preocupación por ver que la imagen no sólo carece de lozanía, sino que se ha vuelto fija e inmóvil durante ya muchos años.
  En las últimas semanas se han sucedido una serie de titulares de prensa que dejan poco espacio al optimismo. Asturias recibe de otras comunidades 1.828 millones más de los que aporta, el 8,4 % de su PIB. Por detrás sólo queda Extremadura. O sea, que vivimos en buena medida a costa de los demás, nosotros, que tanto llegamos a alimentar la percepción contraria. Se dan los datos del paro del último trimestre y vemos que la única comunidad en la que no ha descendido es Asturias. Y otro más: tenemos la tasa de natalidad más baja de España y un índice de fecundidad de 0,99, lejos de ese 2,1 en que se fija el umbral del reemplazo generacional. Menos mal que esa hornada que tomó recientemente los sillones municipales viene con grandes ideas para dar solución a nuestros problemas. Los de Corvera, por ejemplo, han tomado la decisión de suprimir el uso del masculino y hablar sólo en femenino para luchar contra el lenguaje sexista. Qué brillante conjunción de inteligencias. Hay que felicitar a los vecinos por haber sabido elegir a unos concejales que están dispuestos a solucionar tan resueltamente el que es sin duda uno de los problemas más acuciantes de su concejo. Pensar que esto puedan leerlo por ahí fuera es para hacer enrojecer a cualquiera que sienta esta tierra. Querida Asturias; qué imagen te están dando.
¿Cómo es posible que hayamos llegado a este estado de postración? ¿Qué ha sucedido en nuestra Asturias? Las leyes de la causalidad no son ciegas ni confluyen sobre una tierra por ocultos caprichos. Nadie está tirando los dados para marcar un destino. Este paraíso natural es el solar de la palabra grandona, de los aumentativos en "ón", de la inclinación a derivar hacia los demás las causas de nuestros achaques; la metáfora del que, siendo de pequeña estatura, tiende a mirar a otros por encima del hombro. En los valles de esta tierra aislada, sencilla, hermosa y transitiva, a pesar del diagnóstico orteguiano, ha anidado desde siempre la mirada corta.
Visión amplia, que sobrevuele las miserias partidistas, habría que pedir ante todo a nuestros políticos, porque voluntad y capacidad habrá que suponerles. Eso y una concepción más desligada del fácil sentimentalismo, que impide observar por comparación y desde la distancia, que siempre es la mirada más fiable. Mientras tanto, vamos a llenarnos de esperanza para no dar la respuesta que todos pensamos al preguntarnos: ¿dónde vas, Asturias?

miércoles, 22 de julio de 2015

Alegrías veraniegas

No parece que escarmentemos en esto de los conciertos de verano por muchos números rojos que nos ofrezcan. Ya se sabe que lo que se va en alegrías, salvo, claro está, para los que no las gozan, se va en buena hora y sin pena, pero, así todo, cabe pensar que tal vez sean demasiadas alegrías para un cuerpo tan flaco. Ahora que aún suenan los ecos del último fiasco espectacular, nunca mejor dicho, de dos cantantes de esos que se llevan todos los superlativos absolutos y excluyentes, a uno le da por ponerse aguafiestas, qué se va a hacer, y a pensar y decir algunas cosas desde su humilde óptica y su visión de pobre ignorante de estos asuntos. Eso sí, sin acritud, y confesando de antemano que, en cuanto a belleza y condición de agradable, tiene al rock a la misma altura que el cólico nefrítico.
El caso es que, desde hace unos cuantos años, en este pequeño país llamado Asturias han tenido cabida y pingüe acomodo contractual casi todos los dioses del pop, beat, heavy, rock, folk, rap, funky y blue que en el olimpo del ritmo son. Según voz común, los más grandes, los más famosos, los más caros. Unos han venido llamados por Gijón y otros por Oviedo, como si ambas ciudades se hubieran enzarzado en una carrera de tú a mí no me ganas. Y entre todos se han llevado de Asturias unos cuantos millones de euros. Y todo ¿para qué? Pues no lo sé muy bien, pero supongo que para no mucho. Se dice que atraen a visitantes que dejan aquí sus buenos billetes, pero eso suena más bien a débil pretexto; que vengan unos cuantos forasteros al concierto y se vayan al día siguiente, de poco sirve. Se habla también de su efecto como difusor del nombre de la ciudad, del valor de la publicidad obtenida o de la necesidad de ponerse de largo ante el mundo, pero nadie ha pensado en que tal vez el efecto conseguido sea justamente el opuesto. Hace pocos años, en otra ocasión similar, una revista americana que se ocupa de estas cosas se preguntaba dónde estaba y quién era una región llamada Asturias, y qué nivel de vida había de tener para permitirse hacer lo que muy pocas grandes capitales se permitían. Es de desear que no les dé por venir a conocerla, porque si se encuentran con la realidad de nuestros indicadores económicos, con nuestro índice de paro, nuestra profunda crisis de perspectivas y con el puesto que ocupamos dentro del conjunto de España, tal vez se echarían las manos a la cabeza sin comprender nada.
Un millón de euros, dicen, ha costado la presencia en Gijón de los dos últimos astros, puede que más, porque en esto de las cifras nunca existe información del todo fiable. Uno piensa que más de una necesidad cubierta tendríamos ahora con ese dinero. Más de una ilusión satisfecha en algún sitio, más de algún modo de entretener el ocio de nuestros jóvenes durante más de dos horas, más de un proyecto convertido en realidad con ese dinero que escapó de Gijón y ahora reposa en las cuentas de unos cuantos señores en los bancos de Londres o Suiza. Vendrán los políticos y llamarán a esto demagogia, pero les aseguro que no quiere serlo, que no es más que el deseo de hacer unas preguntas sin esperanza de que nadie se digne contestarlas. A lo mejor es que nadie sabe.

miércoles, 15 de julio de 2015

El otro valor del español

Otro estudio más de esos que se hacen periódicamente por diversas instituciones, viene a confirmar que la lengua española se ha convertido en el primer valor de nuestra economía: genera nada menos que el 16 por ciento del PIB español. Es decir, su aportación a la riqueza nacional es superior incluso a la del turismo, que en un país como España es mucho decir. Es más, el estudio nos confirma también que pueden contarse hasta setenta servicios fundamentales que no podrían existir sin el español. A la lengua como instrumento de comunicación y luego como elemento de manifestación artística a través de la creación literaria, se añade la lengua como producto de valor económico, y también en esto el español deja clara su enorme importancia.
El mayor patrimonio de España son sus Humanidades y, en la base de todas ellas, su idioma. Una lengua precoz, que a poco de nacer ya fue capaz de componer uno de los grandes poemas épicos europeos y que apenas cuatro siglos después hizo posible uno de los momentos más altos de todas las literaturas mundiales. En riqueza léxica muy pocas la ganan; en rotundidad y sencillez fonética, puede que ninguna; en eufonía, quizá solamente el italiano. Una lengua asombrosamente precisa para referirse a conceptos esenciales en el discurso expresivo; por ejemplo en la distinción entre persona y cosa: que, quien; nada, nadie; algo, alguien. Igualmente sabe también diferenciar un objeto directo-cosa de uno de persona; en éste exige la preposición "a". Y es de las pocas que cuentan con dos verbos distintos para diferenciar entre ser y estar, entre la esencia y la presencia, la condición y la circunstancia.
Su gran capacidad de adaptación la ha hecho salir, no sólo indemne, sino fortalecida, de todas las presiones que ha sufrido a lo largo de sus mil años de vida. Primero fue el árabe, luego el italiano, después el francés y ahora es el inglés el que la pone a prueba con su dominio de la terminología tecnológica. Es aquí precisamente donde se encuentra hoy uno de los puntos más débiles del español: su relevante puesto como instrumento de comunicación aún no guarda proporción con su presencia en las nuevas tecnologías. Algo que se está tratando de paliar con algunas medidas recientes, pero no es fácil; sería necesaria una mayor colaboración de todos.
Lo cierto es que tenemos un idioma universal y lo miramos con la indiferencia con que el rico de cuna mira su riqueza. Ni lo cuidamos ni lo defendemos. Sus principales enemigos están en su misma casa, en el maltrato a que le someten sus propios hablantes, en los medios de comunicación que renuncian a usar sus topónimos para satisfacer a los nacionalistas, en quienes prefieren usar un término inglés aun cuando ya exista uno equivalente en español, mostrando una mezcla de debilidad intelectual, cursilería y papanatismo servil que quieren disfrazar de modernidad. Nada que ver con la respuesta que el emperador Carlos V dio al papa Pablo III en 1536: "No espere de mí otras palabras que de mi lengua española, la cual es tan noble que merece ser sabida y entendida por toda la gente cristiana”.

miércoles, 8 de julio de 2015

El laberinto griego

Un anciano está sentado llorando en la acera de una calle de Atenas, junto a la puerta de un banco. Tiene en la cara una expresión de desesperación y en el cuerpo una actitud desmadejada de desconsuelo. Viste bien y muestra un porte digno, aun vencido por el abatimiento. A su lado, en el suelo, tirados como si fueran objetos inútiles, están su libreta de ahorros y su documento de identidad. Algo más allá una larga fila de personas mayores hacen cola para entrar en el banco; algunas le miran, otras parecen preferir evitarlo, todas tienen en su cara la expresión comprensiva de quien conoce muy bien la causa de esas lágrimas porque es la suya propia, que podría manifestarse de la misma manera en cualquier momento. Un aire de tristeza infinita envuelve la imagen; tan sólo la mano tendida de un joven policía que se acerca a él parece poner un poco de esperanza con su intento de sustituir a las palabras cuando resultan inútiles. Más que cien tertulias, declaraciones y explicaciones, esta fotografía resume e ilustra una situación: la de quienes, desde el lugar donde se pelea diariamente con los problemas diarios, allí donde se sitúan los ciudadanos sencillos que nada saben de cifras de macroeconomía, han de vivir cada día para conseguir que les devuelvan, como una displicente limosna, un poco de su propio dinero. ¿Qué habrá votado este hombre? ¿Con qué esperanza? ¿Cuántas veces habrá leído la enrevesada pregunta de la papeleta para tratar de encontrar cuál de las dos respuestas le convendría más?
La cuestión parece realmente dictada por algún genio del absurdo, no precisamente de la escuela socrática, y más teniendo en cuenta que Grecia es mucho más que los ciudadanos de la capital. Si los atenienses entrevistados en la plaza Sintagma daban cada uno una interpretación distinta al significado de la pregunta, uno piensa en el campesino de un pueblo de la Arcadia que araba su huerta con una mula, y que seguramente podría verse retratado a sí mismo muy aproximadamente en otro de los tiempos del rey Menelao. Democracia y demagogia, dos términos griegos que han terminado ejerciendo de antónimos. Hay que ver qué poco hay de lo primero en esta consulta, justamente por lo que hay de demagogia en su pregunta. Ni ajustada a la verdad, porque la propuesta europea ya había sido retirada, ni honesta, porque equivalía a preguntar a un deudor si estaría dispuesto a sufrir sacrificios para pagar sus deudas. Y tramposa, porque al hacerla incomprensible se obligaba a los ciudadanos a responder, no a una cuestión concreta, sino a un sentido general, que no era otro que el sí o el no a los acreedores europeos. Y eso que fue un griego, de los otros, claro, el que hace ya dos mil quinientos años resumió las cualidades que debe tener un político: saber lo que se debe hacer y ser capaz de explicarlo, amar a su país y ser incorruptible.
Grecia saldrá de esto, desde luego, -de las crisis económicas siempre se termina saliendo- aunque seguramente será a un precio doloroso, pero quedará la lección dada por una sucesión de malos gobernantes y agravada luego por poner la esperanza en otros peores.

miércoles, 1 de julio de 2015

Indefensos

Nos tienen acongojados y preguntándonos cuándo y cuál va a ser el próximo escenario del horror al que vamos a asistir. Se ríen de nuestro miedo, juegan con él, se burlan de nuestra incapacidad para tomar decisiones unitarias y firmes contra ellos. Se aprovechan de nuestras leyes para tratar de destruirlas e imponernos las suyas; saben de nuestra debilidad moral y de nuestra falta de vigor espiritual y nos muestran el suyo sin contemplaciones, a sangre y fuego. Nuestras respuestas deben de causarles un regocijado asombro; van desde las políticas, esas de “la unidad de los demócratas derrotará a los terroristas”, a las candorosamente angelicales. Una señora iraní, Shirin Ebadi, uno de esos premios Nobel de la Paz que no se sabe muy bien a qué razones efectivas responde, tiene la solución: “A los del Estado Islámico no hay que lanzarles bombas; hay que bombardearles con libros”. Buenas armas, son, desde luego, pero, a diferencia de las otras, estas son armas que requieren una voluntad de aceptación. Su debilidad y su grandeza estriban en que necesitan una libre disposición del entendimiento y en que, por tanto, son fácilmente rechazables. Poco efecto iban a hacer en quienes declaran que no ha de haber más lectura que la del libro santo inspirado por Alá, y que todos los demás deberían ser destruidos. Como dice un personaje de Esquilo, el que teme a los dioses es temible. Ellos temen al suyo hasta la irracionalidad, y esto los hace inmunes a las armas de las ideas y de las palabras y de todas las que no sean las mismas que ellos usan.
Golpean a Occidente y a los propios creyentes de Alá que no aceptan la lectura literal de aquellas suras del Corán donde se leen aleyas como estas: “Matad a los infieles dondequiera que los encontréis”. “No sois vosotros quienes los matáis, sino Alá”. Todos los estados que no admitan esta interpretación salafista del libro serán objeto de su acción salvadora. No respetan ni los vestigios del pasado ni ninguna creación del hombre por sublime que sea, ni siquiera sus propios sentimientos, esos que siempre creímos que podían encontrarse en lo más profundo de todos los corazones humanos.
Europa asiste perpleja y desorientada al ataque de este nuevo enemigo, tan temible como poco convencional. No debe de ser casualidad que la ofensiva de los nuevos bárbaros coincida con esta etapa de relativismo en que nos hemos instalado, un tiempo de postración moral y espiritual en el que la indiferencia y el desprecio a lo propio son los valores de moda. Europa, que dio tantas respuestas a la humanidad y que ahora está vacía de certezas, avergonzada de su historia, acomplejada por sus logros, en perpetua petición de disculpas por haber alumbrado la civilización más evolucionada, libre y justa de toda la historia. En su afán por minimizar su pasado relativiza en su presente cualquier referencia a él, por trascendente que haya sido; el único orgullo del que ahora alardea por las calles con entusiasmo es el de la bandera del arco iris. Qué distinto de aquel lema que se podía leer en algunas manifestaciones durante las revueltas árabes: “Lleva la cabeza bien alta; eres musulmán”. Tienen mejores armas que nosotros.

miércoles, 24 de junio de 2015

El oficio de editor

Es oficio este de buenas gentes y, en los tiempos actuales, de gentes valerosas, que hay que ver cómo están las cosas por la galaxia Gutenberg. No hablo de los grandes grupos editoriales, que producen y mercadean con un objeto llamado libro como podían hacerlo con melones o zapatos, sin ver en él más valor que la posibilidad de convertirlo en buena ganancia. A esos, con alguna excepción que pueda haber, los aspectos extraeconómicos del original que les llega les traen sin cuidado; el libro sólo será bueno si es vendible, su calidad literaria es un factor a considerar muy en segundo término; lo que prima es el sonido del nombre del autor y la posibilidad que ofrezca; es decir, lo que sea susceptible de transformarse en dinero. Presidentes hay de gigantescas editoriales que han confesado que jamás leyeron un libro. Su negocio es hacer negocio con la lectura de los demás.
No, no hablo de máquinas de editar, sino de editores, que es cosa distinta. De esos editores, casi siempre modestos y callados, que se juegan salud y hacienda en su empeño por dar rienda suelta a su vocación y que si publican libros es porque los aman. Estos son los editores que uno respeta y admira y quisiera animar en su labor. Esos editores que han de trabajar mirando siempre de reojo la cuenta de resultados, que casi nunca presenta un rostro atractivo. Editores de empresas pequeñas, a menudo de carácter familiar, cuyo mayor patrimonio es su entusiasmo, y que suelen contar con más voluntad que medios y con más trabas que apoyos. Que no pueden competir con los poderosos en campañas publicitarias, ni acceder a los suplementos culturales influyentes, ni les es posible convocar premios millonarios de esos que deslumbran a todos, excepto al lector de verdad. Que han de estar en lucha permanente contra las limitaciones derivadas de su reducido entorno, con una actitud casi de súplica continua hacia los medios de comunicación, y con la mirada bien atenta en su relación con impresores, distribuidores y libreros. Y que al final, cuando el libro ya salga a la venta con un margen comercial de mera supervivencia, seguramente se encontrarán con alguien que les dirá que es muy caro. Los tenemos en Asturias; valga, por poner un ejemplo, el nombre de KRK y de algunos otros bien conocidos de todos los que aman los libros. Algún día habrá que fijar la atención en la inmensa aportación que estas editoriales hicieron y hacen a la cultura asturiana, y qué sería de ésta sin ellas.
El editor de provincias está vinculado al escritor de provincias, y las tribulaciones de uno son las del otro. Al editor de provincias, como al escritor, han de sobrarle ánimo y esfuerzo, y más ahora que le han caído encima extraños enemigos de los que no es fácil defenderse. Los nuevos artilugios tecnológicos ponen al alcance de todos la lectura gratuita de las obras, sin que el autor y el editor vean compensación alguna por su trabajo. Tiempos confusos e inciertos, en que todo ha de ajustarse a una nueva situación que apenas se atisba en su integridad. Pero ahí seguirá ese editor de vocación, ofreciéndonos la creación y la cultura cercanas, esas que jamás merecerán la atención de las multinacionales.

miércoles, 17 de junio de 2015

La hora de los perdedores

Para todos los que siguen con interés los avatares de la política, profesionales, politólogos o sedicentes entendidos, debieron de resultar apasionantes estos días de ebullición en los que asistimos al espectáculo que nuestros elegidos nos ofrecieron gratuitamente buscando cada uno su acomodo como si fuera el juego de las sillas. Al final, claro está, todos encajaron, si bien alguno, cuando se despierte, puede que se dé cuenta de con qué extraño compañero de cama se acostó. Por contra, los ciudadanos de simple vivir nos quedamos contemplando, entre perplejos y displicentes, los efectos de la inmensa fuerza de atracción del poder, capaz de torcer barras que nos habían presentado como rígidas y de cruzar líneas que nos habían descrito como infranqueables. En el fondo no deja de ser una experiencia necesaria esa de asistir una vez más al juego de ambiciones y palabras encontradas que siguen a cada petición de voto, ver a todos los perdedores mercadeando entre ellos, ofreciendo, regateando, prometiendo, intercambiando futuros cargos, en algunos casos sólo para evitar que gobernase el partido que obtuvo más votos. ¿Dónde quedan las ideas y las rotundas afirmaciones previas a las elecciones, aquellas que establecían las luces rojas de los pactos? Pues sometidas a la coyuntura, que cuando tiene apariencia favorable no quiere saber nada de honor y dignidad. Ay si alguien nos asegurase que por encima de todo sólo late el afán de resolver los problemas de los ciudadanos y de mejorar la sociedad.
En el torbellino de frases y eslóganes de los mensajes partidistas hubo una palabra común a casi todos: cambio. Como si el cambio tuviera algún grado de calidad intrínseca. Un cambio puede ser a mejor o a peor; no implica nada por sí mismo. Otros nos repitieron términos de significado tan abstracto como obvio: progreso, libertad y demás. Hay quien, como ese nuevo alcalde gaditano, un tal Kichi, promete felicidad a sus vecinos, con lo que alcanza la cumbre más alta de las promesas. A lo mejor es un enviado del Olimpo.
Se ha discutido si estos pactos a espaldas de los votantes responden a una idea pura de la democracia o son más bien una mistificación de la voluntad popular revelada en las urnas, una falacia derivada de la indebida deducción de proposiciones a partir de la voluntad electoral de los ciudadanos. Hay incluso quien distingue en función de su finalidad; no sería lo mismo si se formalizan para elegir un poder legislativo que un ejecutivo, como serían los ayuntamientos. En todo caso se trataría de una cuestión sujeta a interpretaciones diversas, no todas de fácil asimilación. Aunque en la percepción popular no es tan complicado; un amigo me la resumía de forma muy sencilla:
-Yo aborrezco a Podemos y todo lo que representan; he votado a los socialistas. ¿Y qué hicieron los socialistas? Pues entregar mi voto a Podemos. Me siento engañado. Jamás volveré a confiar en ellos; quizá en ninguno.
No es verdad eso de que la derrota tiene una dignidad que la victoria no conoce. La derrota tiene dignidad si se la dan los derrotados. Algunos ya nos han enseñado cuánta tienen.

miércoles, 10 de junio de 2015

Final feliz

Justo cuando nos bombardean minuto a minuto con las idas y venidas de los partidos perdedores negociando entre sí para repartirse los cargos y evitar que gobierne el que obtuvo más votos, se produce uno de esos hechos que desfruncen el ceño de la ciudad y le ponen en los labios una sonrisa complacida. Estamos menesterosos de buenas noticias, así que se agradece más. Ni siquiera a los que no tenemos el fútbol entre nuestras pasiones nos puede dejar indiferentes lo sucedido la tarde del domingo. Un partido de Liga, una victoria ante un equipo que ya no se jugaba nada, pero qué enorme capacidad de liberar todos los sentimientos contenidos durante mucho tiempo y generar una explosión de alegría desbordada en la que no tienen cabida matices ni sombras. Esa manifestación de ciudadanos unidos sin distinciones por un júbilo pleno y desinhibido, esas riadas vestidas de rojo y blanco que inundaron las calles, ese estallido de felicidad compartida, eran algo más que una consecuencia de un encuentro futbolístico. Eran la exteriorización colectiva de un sentido de pertenencia y la expresión de la victoria final, con efectos catárticos, sobre la acción demoledora de muchas frustraciones y desengaños vividos. La posibilidad, por fin, de enarbolar el orgullo largamente reprimido. Las consecuencias económicas para la ciudad, que las hay, quedaban sepultadas bajo los cánticos enronquecidos y el frenético ondear de las banderas a la espera de un mejor momento para su análisis. Más que nunca, el fútbol se convertía en la liviana alegría de vivir.
Una ocasión así, en la que se vive uno de esos raros instantes en que se siente un latido común, casi como un éxtasis colectivo, bien merecería un Píndaro que exaltase con palabra ardiente la gloria de la lucha y del triunfo del atleta, porque en estos casos la emoción estética queda relegada ante el valor del desenlace final. El homo victor se impone claramente al homo ludens, y más en este deporte en el que todo es desmedido, enfático, extremado e hiperbólico, en la gloria y en el fracaso. He dicho deporte y acaso habría que llamarlo fenómeno de largo recorrido transversal, porque ninguna otra actividad lúdica trasciende su ámbito con tanta largueza, ninguna alcanza a paralizar tantos corazones, ninguna mueve tantos dineros y ninguna como esta tiene atado a los caprichos del azar el honor de una ciudad e incluso de todo un país. Ni ninguna otra sirve con tanta regularidad como eficacia para aliviar tensiones, adormilar penas, distraer atenciones y desviar miradas. Y en esta labor tiene infinitamente más prestancia que la que despliegan con el mismo fin otros poderes públicos y privados. Por una vez los sentimientos, que a veces se dejan arrastrar por falsos señuelos, siguen una dirección dictada por lo más auténtico de sí mismos. Si se trata de desviar la atención, al menos que sea para mirar una realidad gratificante y gozosa.
En fin, que Gijón y su nombre ya vuelven a donde debían, a estar cada semana en la atención y en los comentarios de los aficionados de toda España. Y ahora, que los dioses de las esferas acompañen a la nuestra en su nuevo rodar por los campos de la máxima categoría.

miércoles, 3 de junio de 2015

Palmira

Cuando se llega a Palmira hay unas cuantas impresiones inmediatas que se superponen en el viajero a modo de bienvenida: un aire sofocante que reseca la boca, unas ruinas que suponen un desafío para el visitante por su extensión y por la multitud de vendedores que no le dejan respirar, la certeza de hallarse en el centro de una inmensa soledad y la emoción de haber llegado a uno de esos sitios que, por alguna razón, forma parte de la lista de los lugares legendarios que todos nos hemos hecho. Luego, ya ante aquella majestuosa panorámica de ruinas, a las que ni el tiempo ni el viento del desierto a lo largo de dos mil años han conseguido desproveer de su solemnidad, queda la sensación de estar en lo que fue el límite mismo de la civilización, el punto máximo de extensión de la cultura griega y romana; más allá, los bárbaros, la oscuridad, la ausencia de la ley y del logos. El mal azar histórico ha querido ahora darle de nuevo ese papel.
Palmira fue desde antiguo un importante enclave comercial en el cruce de varias rutas caravaneras. Tiberio y Adriano la dotaron de las magníficas construcciones que hoy podemos ver. Luego, la reina Zenobia, una figura romántica, trató de prescindir totalmente de Roma, pero el emperador Aureliano en dos breves campañas acabó con ese intento y Zenobia fue llevada como trofeo a Roma, aunque se le perdonó la vida. La ciudad perdió su esplendor y se convirtió en un simple puesto militar del limes del imperio. Así se fue extinguiendo, afectada por terremotos, abandonada por sus habitantes y engullida por el desierto. Fue un viajero español, Benjamín de Tudela, el primer occidental que la visitó, hacia 1172; después volvió a hundirse en la oscuridad hasta el siglo XVIII. Hoy las excavaciones nos han devuelto su imagen, grande, espléndida, pero tan alejada de lo que fue en la antigüedad que, aún sorprendiéndonos, nos invita a la reflexión: decadencia de las civilizaciones, evidencia del azar como fuerza que domina la historia, mecanismo de autodefensa basado en rupturas necesarias para abrir nuevas vías a las expresiones de la humanidad, demostración inapelable de la ley de los ciclos históricos, cualquiera de estas cosas o algo de todas, quién sabe.
La ciudad actual está a unos tres kilómetros de la antigua, y sigue viviendo del comercio, como siempre. Las tiendas no parecen cerrar nunca. La calle principal, a las once de la noche, muestra la misma animación que de día. Comercios y tenderetes a lo largo de las dos aceras con la mercancía fuera y el dueño a la puerta saludando al forastero e invitándole a pasar; niños jugando; hombres sentados, charlando y fumando, practicando el típico dejar pasar el tiempo de los árabes. En una tienda de material fotográfico, el dueño nos invita a un té y nos regala una fotografía de Palmira tomada en 1950. Al viajero le queda esta noche, en la que pudo vivir la cercanía de la vida de una población siria y de su gente, como uno de esos recuerdos que se antojan irrepetibles. ¿Y ahora? Cómo cuesta imaginar a Palmira en manos de esas bestias asesinas del Estado Islámico. Cómo duele ver el triunfo del fanatismo y la ignorancia sobre el esfuerzo redentor del tiempo.

miércoles, 27 de mayo de 2015

Y ahora, a trabajar

Eso, a trabajar. Y a cumplir las promesas que nos hicieron durante estas dos semanas. Y a dejarse ya de tanta palabrería, aunque sólo sea para darnos un pequeño descanso, que es que estamos saturados de sus cosas. No de sus ideas, qué más quisiéramos que nos impregnaran de ideas vigorosas e ilusionantes, sino de eso que llamamos cosas de los políticos: de su habilidad para el manejo de las falacias, de su negativa absoluta a ver algo bueno en las propuestas del contrario, de su incapacidad para establecer alianzas pensando sólo en el bien de todos, de su descaro en denunciar la paja en el ojo ajeno sin aludir a la viga en el propio, de su maestría en ocultar su ignorancia bajo retórica barata, de la sumisión de su conciencia a la orden que da el dedo del que dirige. Cosas de los políticos, que ya casi se han convertido en categoría. Por lo que se ve, han ganado todos, como siempre; ninguno ha reconocido una derrota, así que todos contentos. Pues con esa alegría de la victoria, a tratar de establecer pronto los nuevos poderes ejecutivos, el regional y los municipales; que no suceda aquí como la vez anterior, que ni las circunstancias ni el lugar están para egoísmos miserables ni para miradas a ras de suelo.
Durante unos cuantos días los rostros de sus jefes han inundado las calles, adornados con su sonrisa más seductora, y el domingo nos decidimos por una de las listas, a pesar de estar llena de nombres desconocidos, y la pusimos en una urna. Ahí se acaba su vinculación con nosotros. A partir de ahora su actividad nos será completamente desconocida, y la confianza que depositamos en usted, hasta el punto de elegir la papeleta que contenía su nombre, se quedará sin respuesta y se irá al limbo de la evanescencia, hasta que en la próximas elecciones aparezca de nuevo para tratar de convencernos de que fue merecedor de ella. Entretanto, no esperamos gran cosa de su labor personal. La experiencia nos enseña que las propuestas que pueda imaginar para solucionar cualquier cuestión, las respuestas que tenga para salvar los problemas diarios, cualquier iniciativa propia, e incluso su percepción del latido ciudadano, estarán siempre mediatizadas por los intereses del partido. Ah, los partidos y su extraña mística del poder, entendida aquí como conocimiento. Ya se sabe que lo que más asusta de los partidos no es lo que dicen, sino lo que olvidan o no quieren decir.
Viendo esas listas llenas de nombres que en su mayoría nada dicen al votante, uno se pregunta cuántos de estos señores que nos pidieron el voto lo habrán hecho por auténtica vocación política, es decir, de servicio a la polis, y cuántos por buscarse un modo de vida en el que estar a cubierto mientras se pueda, e incluso, con un poco de suerte y si se tiene la virtud de la docilidad y alguna que otra prenda natural, medrar hasta quién sabe dónde. Vamos a pensar que estos son los menos. Ahora que los pactos entre los perdedores pueden dar lugar a un escenario inédito, con su carga de incertidumbre, el sencillo ciudadano de a pie espera de sus elegidos un esfuerzo por huir de la tentación sectaria y fijarse ante todo en el bien general. Vamos a ver.

miércoles, 20 de mayo de 2015

Escapada extremeña

El efecto más positivo de una campaña electoral es el de fomentar el espíritu viajero. No hay nada como una buena escapada para zafarse de ella, aunque sea por unos días; en cualquier dirección y a cualquier destino callado y recogido, que esta España nuestra es muy variada y los tiene en abundancia. En esta serranía cacereña el sol cae mansamente sobre jarales, madroños y lentiscos y sobre los mismos ojos del forastero, para hacerle aún más gozosa su andadura. Y así, este viajero acaba de dejar Cáparra con la mirada todavía impregnada de su singular arco tetrafronte e imaginando lo que debió de suponer esta ciudad en la Vía de la Plata, y se va hacia Guijo de Granadilla en busca del poeta de lo sencillo y de los sentimientos primarios, y quizá por eso mirado con cierto desdén por los gurús de la modernidad. Gabriel y Galán tiene aquí su casa y su tumba, y su recuerdo en la mente de sus paisanos y en estos campos de mieses y frutales, los de las mudas perspectivas serias, los de las castas soledades hondas, los de las grises lontananzas muertas.
El camino sigue hacia el norte hasta adentrarse allí donde los valles y la comarca entera adquieren un nombre de leyenda: Las Hurdes. La leyenda de Las Hurdes hace ya mucho tiempo que se deshizo, para bien de todos, y ni siquiera queda vivo algún recuerdo doliente, como no sea el que se ha transmitido por la palabra. Y sin embargo, uno contempla el apiñado y anodino caserío de cualquiera de los pueblos que se extienden por las laderas y le da por pensar que tal vez se podría haber alcanzado el progreso sin entregarse a la más absoluta vulgaridad. Han perdido su aspecto de pobreza, pero no han ganado belleza. Este visitante recuerda, por ejemplo, la comarca de los Pueblos Negros, en la sierra de Guadalajara, y le parece que aquí las cosas se podían haber hecho de forma parecida, manteniendo su esencia y convirtiéndola en fuente de riqueza. Desde luego, no encuentra ningún motivo especial para volver a Las Hurdes.
Como contraste, puede uno tomar una carretera solitaria que se adentra entre colinas y dehesas para llegar a uno de los pueblos más singulares de esta y otras muchas zonas: Granadilla. Una península rodeada por el inmenso lago de un embalse, un pueblo amurallado a los pies de un castillo, unas calles desiertas y unas casas hermosas y vacías. El embalse nunca anegó el pueblo, pero quedó al borde y sus habitantes fueron obligados a abandonarlo. Algunos trabajos de mantenimiento lo conservan hoy en toda su extraña belleza, habitado sólo por el silencio y el vacío, el imponente vacío que a la hora del anochecer se hace sobrecogedor. Vuelan bajos, sin temor y sin cuidado, vencejos y golondrinas; seguramente a la noche lo harán lechuzas y murciélagos. Desde lo alto de la torre del castillo la vista se pierde en la extensión de agua que la rodea y en los encinares que pueblan las lomas suavemente redondeadas que flanquean la carretera de acceso al pueblo. Cuando se despide de Granadilla, a este forastero ya no le importa demasiado la batahola de vana palabrería que haya de soportar en lo que queda de campaña.

viernes, 15 de mayo de 2015

Otra campaña electoral

Quizá lo más auténtico de una campaña electoral sea ese aire de mercadillo de pueblo que tiene siempre, pero no de los silenciosos y bien ordenados rastros de hoy, sino de aquellos de antes, en los que los vendedores anunciaban sus milagrosos productos con su mejor verborrea ante un corro de oyentes. Qué dominio de las técnicas de persuasión. Cómo se iban cambiando las caras de escepticismo, primero en una mirada curiosa y luego en un gesto convencido. Y cuántas píldoras curalotodo, afrodisíacos y crecepelos se compraron con la ilusionada certeza de estar adquiriendo una solución maravillosa, para verla sustituida enseguida por la triste comprobación de haber sido estafados. Pero para entonces el vendedor ya se había ido.
También los de hoy tratan de vender sus remedios sanadores, no ya ante su corro de oyentes, sino ante la plaza entera, que para eso están los medios. Y a pesar de que los años y la ya larga sucesión de citas hayan ido depositando alguna capa de recelo en la fe ilusionada de los comienzos, casi siempre consiguen que se les escuche con la misma mirada confiada que se brindaba a la pócima maravillosa. Cómo podría ser de otro modo, si traen lleno el saco de los regalos y de las ofertas, y los desparraman con una dulce sonrisa entre promesas de riguroso compromiso de cumplimiento. El ciudadano aún no tocado por el perverso microbio del escepticismo se quedará con la confortadora sensación de que por fin va a conocer el país de las maravillas, y eso sin atravesar espejo alguno. El bello jardín estaba detrás de una urna. En cambio, el que hurgue en los recovecos del mensaje captará un buen número de componentes que le harán esbozar una sonrisa de condescendencia: una carga abundante de demagogia, el acercamiento a algunos temas enormemente complejos y profundos tratados con la simpleza del diletante, un ir y venir de los argumentos girando siempre en torno al corral propio y, en el caso de algún vendedor, la inquietante sensación de que, si le compramos su producto, se nos va a resquebrajar algo secular y muy querido.
La técnica es conocida por repetida. Los vendedores van exponiendo sus ofertas a un ritmo bien medido, dosificándolas en función de las que hagan los rivales. Si es un vendedor con cierto sentido de la realidad, sabrá dónde debe detenerse, aunque no sea más que para no ofender la capacidad de raciocinio de los adquirentes. Si no lo es, ofrecerá ilusiones vestidas de proyectos vagamente realizables, sin explicar jamás cómo los realizará. Claro que los oyentes que tengan alguna experiencia sabrán distinguir entre ambos y dejarán en su sitio a los vendedores de humo. No es fácil. A veces no existen líneas definitorias claras y resulta difícil discernir entre el populismo engañoso y la utopía razonable, y otras sucede que los condicionantes externos son tan poderosos que hacen que la elección termine haciéndose en virtud de motivaciones más próximas al sentimiento que a la razón. Sería triste que el futuro del país se decidiera por la telegenia de un rostro. Ante la urna sólo cabe una profunda reflexión que deje al margen lo accesorio, porque ese es el único momento en que la democracia deja de ser palabrería.

miércoles, 6 de mayo de 2015

La madre

De vez en cuando la actualidad, aun sin perder del todo su eterna cara hosca, se digna hacernos algún guiño simpático y nos trae imágenes refrescantes que se nos presentan como evocaciones. Las vemos y nos damos cuenta de que ya resultan sorprendentes, ellas, que constituyeron una de las bases de la formación de tantas generaciones de ciudadanos, que, por cierto, no salieron muy mal formados. Tanto hemos cambiado que ahora son noticia de primera plana. Esa madre que saca a su hijo a pescozones de una manifestación violenta se ha convertido, sin pretenderlo, en el símbolo del coraje de quien no vacila en desafiar las conveniencias actuales, ni siquiera el peligro físico, por el amor a su hijo. Porque es eso, amor. Cuando se bordea el abismo y el diálogo se vuelve inútil, es ese mismo amor el que impulsa a remedios más contundentes. “Prefiero que llores tú un poco ahora que llorar yo el resto de mi vida”, ha oído alguno de nosotros como frase maternal, al menos antes. Bien por usted, señora. En el Día de la Madre lo ha sido usted ante el mundo entero. Seguramente con su gesto ha hecho más por enderezar a su hijo que mil discursos buenistas. Cuente con la sonrisa de complicidad de muchos de nosotros, pero no descarte que alguna asociación de educadores progres la denuncie por maltratadora y plantee a algún juez todavía más progre quitarle la custodia de su hijo.
La figura de la madre ha sido tratada muchas veces en un envoltorio rayano en lo cursi, con palabras edulcoradas y tono dulzón, casi siempre haciendo referencia a los conceptos más elevados. Se han cantado sus virtudes hasta convertirlas en proverbiales: el amor desinteresado, la abnegación, el sacrificio, la renuncia, el dar todo y pedir nada. Poemas, novelas y canciones la han sublimado hasta las alturas de la perfección conceptual; en todas las religiones se han hecho equivalencias celestiales de su figura. La madre, mito y realidad gozosa. En su naturaleza de mujer se aposenta una capacidad infinita de sentimiento primario que, traducido en amor, sostiene nuestra existencia cuando más lo necesitamos. Y en la consumación de su vocación, una entrega sin condiciones que sólo aspira a tener la recompensa en el resultado de su sacrificio. Es decir, la exigencia de ser fuerte. Es la respuesta que la Yerma lorquiana dio a quien se quejaba de que con los hijos se sufre mucho: “Eso lo dicen las madres débiles. Tener un hijo no es tener un ramo de rosas. Hemos de sufrir para verlos crecer”.
Cuando a la condición de mujer se añade la de madre nos damos cuenta del largo tiempo de sacrificios que han tenido que vivir. Hoy, cuando afortunadamente la técnica ha venido en su ayuda, los problemas pueden venir quizá de la infravaloración social. Que no sea así. Lo que el vendaval de las ideas no ha podido llevarse es la de que educar a un hijo, hacer que tenga siempre cercana la mano que puede secar sus lágrimas, consumar la vocación de madre quien la tenga como parte inalienable de sí misma, es mucho más importante que cualquier otra actividad que esta vida a la que hemos abocado nos imponga, aunque nos resulte necesaria para poder sobrellevarla.

miércoles, 29 de abril de 2015

La casa inacabada

Andamos tan ocupados en el ejercicio de nuestras pequeñas miserias humanas que tal parece que la naturaleza quisiera de vez en cuando llamarnos la atención con algún aviso; como un toque en el hombro que nos invita a dejar de mirar tanto los terrones de nuestro huerto y a levantar la mirada para recordar nuestra situación en el gran orden establecido. Casi al mismo tiempo, nos ha hecho dos manifestaciones distintas en lugares muy alejados entre sí, diferentes en la forma, pero muy propias de ella, es decir, imprevistas, sobrecogedoras, espectaculares, insoslayables y trágicas. El terremoto de Nepal nos trae unas imágenes no por acostumbradas menos dolientes. Entre los escombros de sus edificios, junto a las vigas y paredes de sus templos y casas caídas, los rostros incrédulos de quienes un minuto antes andaban por su calle a sus labores de siempre, miran a las cámaras con los ojos cegados por el polvo en una pregunta eterna, tan eterna como la ausencia de respuesta. Y luego, a cada minuto, las historias fieramente humanas, siempre inevitables y siempre renovadas: el heroísmo, la solidaridad, la alegría de un reencuentro dado ya por imposible, la vida rescatada al borde mismo de la desesperanza, las lágrimas de desconsuelo inconsolable, la generosidad de muchos y el miedo de todos. Los terribles gestos de la naturaleza sacan lo mejor de nosotros mismos, quizá porque no cabe rebeldía alguna; sólo una dócil y resignada aceptación.
En otro extremo del mundo, el volcán Calbuco nos dio otra imagen de la ira desordenada de nuestro planeta, pero esta vez recortada majestuosamente sobre el fondo del cielo. Hay poco de grandioso en un terremoto. El terremoto es invisible; su espectáculo solo estriba en sus efectos. El volcán, en cambio, resulta fascinante en su misma “terribilitá”. Una montaña coronada de fuego, vomitando materiales incandescentes y lanzando una columna de humo y ceniza hasta la misma estratosfera, viene a resultarnos un símbolo recordatorio de nuestra propia contingencia; en el fondo, tal vez una alusión al acontecimiento telúrico final que está escrito en nuestros genes culturales. El misterio de las entrañas incandescentes de la Tierra siempre fue una incitación a buscar la trascendencia de lo sobrenatural en el inframundo. Ya se lee en la Ilíada que las herramientas de Vulcano entraban por sí solas en las reuniones de los dioses. El volcán es devastador y pavoroso en su manifestación, pero previsible y lento en sus efectos; incluso se deja delatar ya con bastante precisión por la actual tecnología; hoy parece muy improbable otra Pompeya. La mayoría de ellos son de una belleza sugestiva, con el encanto de la fiera dormida a la que se puede acariciar impunemente; de hecho, los más amables -Teide, Etna, Vesubio, Fuji- constituyen una formidable atracción turística.
La naturaleza nos cobra de vez en cuando su terrible tributo sin que podamos saber por qué. Habitamos una casa inacabada, en continuo proceso de estructuración, pero los sentimientos tienen otra dimensión: la que nos impulsa, viendo esos rostros demudados, a sentirnos cómplices de su dolor y a ayudarlos en lo que podamos.

miércoles, 22 de abril de 2015

La caída

Qué puede pasar por los escondrijos de la mente de un triunfador abundoso en bienes materiales y en prestigio para ponerlo todo en riesgo por una pequeña migaja más. O estamos equivocados en nuestra definición de inteligencia, o no conocemos la fuerza invencible de la ambición, o no sabemos nada del ser humano, que es lo que debe de suceder. Hay en este caso un componente atípico que, al menos visto desde fuera, lo convierte en poco habitual. Normalmente se bordean los marcos legales en el camino de ascenso hacia la cima, cuando el único afán es alcanzarla, no en el de descenso, cuando ninguna meta puede compararse a la ya conseguida. Eso por lo menos en lo que se refiere a la escala social, porque en la material parece quedar claro una vez más que lo que pervierte no es la riqueza, sino el afán de tenerla; en este caso de aumentarla.
Rico de cuna, familia de alta clase, Berkeley, éxito personal, posibilidades sin límites en el mundo de la empresa y las finanzas. Y en la política, cuyo atractivo espejuelo de poder le sedujo y de la que también salió como triunfador, después de revelarse como el mejor ministro de Economía de la democracia, el que la sacó del pozo donde la había dejado el Gobierno que le precedió (y donde volvió a meterla el que le sucedió). Luego, la cima como director del Fondo Monetario Internacional. Y después... El clásico Tácito debía de estar pensando en él cuando escribió que “para quienes ambicionan el poder no existe una vía media entre la cumbre y el precipicio”.
En algún lugar de los altos despachos enmoquetados, frente a la mesa de caoba y junto a las rayas del cuadro del pintor de moda, debería fijarse una inscripción que dijera: “Recuerda, más dura será la caída”. El castigo del que cae de las alturas tiene un amargo añadido al puramente penal en el ensañamiento de los medios, en el regodeo de las cámaras, en la impunidad de las redes o en el mirar para otro lado de quienes tanto presumían de su amistad y tanto le deben. Todo revuelto en desordenada confusión. En la batahola de imágenes y opiniones se tiende a formar una masa acrítica que confunde al ladrón con el evasor fiscal, y al individuo con el partido, y lo presunto con lo cierto, y en las tertulias los sabihondos de cada día se crecen en su énfasis, y los políticos de la oposición hincan el diente porque mientras muerden evitan que se fijen en lo de ellos, y la justicia ha de andar a lo suyo sin dejarse arrastrar por eso que algunos llaman irresponsablemente alarma social.
Hay algo esperanzador en este vaivén de agentes policiales que entran y salen de lujosos domicilios llevando del brazo a gentes conocidas, antiguas personalidades convertidas en vulnerables personajillos que entran en el coche con la mirada baja, tratando de readaptar el oído del halago al insulto. La ley actúa, y los busca en todos los partidos y en todos los ámbitos geográficos y sociales. Se está limpiando de fango el lecho del río, y las aguas sin duda se volverán más claras y transparentes, y seguro que más tranquilas, como debe ser para nuestro bien y nuestra dignidad colectiva.

miércoles, 15 de abril de 2015

A qué se llama arte

Hubo un tiempo de vino y rosas en el que se generalizó la idea de que la máxima distinción de una ciudad consistía en tener un museo de arte moderno, cuanto más moderno mejor, y a ello se aplicaron muchas de ellas. Se levantaron grandes edificios, algunos, como el de Bilbao, con una cierta singularidad arquitectónica que pretendía ser su mayor reclamo, pero que en muy pocos casos lograron eliminar la sensación de cáscara hueca. Hoy muchos de ellos siguen vacíos de interés y de visitantes. Estamos compuestos de emociones, nos alimentamos de ellas, las buscamos y no nos interesan los lugares donde no las encontramos. Y además, a veces queda la molesta sensación de que se están burlando de nosotros. Ni siquiera la racionalización basta, porque resulta difícil situarnos; las vanguardias de la mañana ya están caducas a la tarde.
El pasado siglo fue para el arte lo mismo que para las ideologías: un torbellino de vaivenes, de arranques frenados en seco unas veces, y otras llevados hasta las últimas consecuencias, pero todo efímero. En lo que se refiere al arte, hay una característica añadida: el afán de asombrar, de impactar al espectador cada vez con una ocurrencia nueva y, algo menos confesable, de anular su capacidad crítica para subordinarla a una pretendida genialidad del autor, basada en el hecho de ser incomprensible. Los estilos se suceden a ritmo de década, cuando no de año. Los epígonos impresionistas, como el puntillismo, dan paso, en una línea sucesiva, cuando no superpuesta, al simbolismo y a los nabis, al modernismo, al rabioso color del fauvismo, al cubismo en su doble vertiente analítica y sintética, al movimiento naïf, al suprematismo y su búsqueda de un mundo sin objetos, al neoplasticismo, al expresionismo, al dadaísmo, al futurismo y su enfática propuesta de ruptura radical con todo lo anterior, al arte cinético, al op-art y pop-art, al minimalismo. Caminos que mueren apenas iniciados, exploraciones que se cierran en sí mismas, dejando al que venga detrás en un patio cada vez con menos salidas. Y entonces, los que vienen detrás hambrientos de vanguardia, la buscan como sea y tapan una fachada con plástico, cuelgan un calcetín, ponen un vaso de agua en una mesa, depositan un montón de escombros o, como ya se ha visto, cierran la puerta a los visitantes de su exposición para que disfruten con la belleza del gesto. Todo esto ha pasado. Y todo es arte, y todo es altísima manifestación creativa, todo impulso genial. Se trata de anular la capacidad crítica del espectador hasta hacerle creer que es su propia ignorancia la que le impide comprender el profundo significado de la obra. Y así, el espectador se verá a sí mismo a una distancia infinita del genio.
Aquí en nuestra ciudad se ha tenido en los últimos años algún reflejo de esto. El nombre de obra artística se ha aplicado a un cubo colocado en el suelo, a unas chapas puestas de pie o a unas rayas dibujadas en la acera. La crítica más o menos afín se admira y pontifica, y una mayoría se calla dudando de su propia capacidad de comprensión y de sus propios gustos. Aunque luego se queden pensando que lo único que merece confianza son sus emociones.

miércoles, 8 de abril de 2015

Primus circumdedisti me

Estuvo en nuestro muelle durante unos días la nao Victoria, aunque fuera en réplica, y se convirtió en una atracción para miles de personas, que no quisieron dejar pasar la oportunidad de vivir una sensación poco frecuente: la de participar por un momento del mundo de personajes históricos. Su silueta, casi convertida en símbolo de aquel tiempo en que el mar era todo él una leyenda; la majestuosidad que le brinda su propio anacronismo; su perfil inconfundible, mil veces imaginado en nuestros sueños y lecturas infantiles, componían un vibrante contraste con la monótona vulgaridad de la multitud de barquitos atracados a su lado. En medio de tantas atracciones pretendidamente culturales, cuando no estrafalarias, que se contratan en nuestra ciudad con el pretexto de mantenerla como centro de seducción turística, esta referencia física a nuestra historia se nos muestra como una gozosa bocanada de aire fresco y, desde luego, como un acierto; las largas filas de gentes que esperaban para subir a bordo dieron buena muestra de ello.
La crónica de este primer viaje alrededor del mundo es la de una epopeya absoluta que deja pequeños a todos los relatos de viajes conocidos, incluyendo el homérico. Una hazaña casi increíble, en la que no falta ningún ingrediente posible. Lee uno el diario de Pigafetta y otros testimonios y se asombra de estar ante una aventura real. El siempre comedido y nunca muy generoso con nuestras cosas Stefan Zweig, escribe en su biografía de Magallanes al narrar la singladura en solitario de la Victoria, ya con Elcano tras la muerte de aquél: “Este crucero de retorno del gastado y envejecido velero, que ha cumplido un viaje ininterrumpido de dos años y medio de duración a través de la mitad del globo, cuenta entre las más grandes acciones heroicas de la navegación”.
Sospecho que a nuestros escolares de hoy todo esto les suena, con suerte, como un eco lejano, viendo los programas de sus estudios. Siempre se ha dicho que si cualquier otro país –Francia, Inglaterra o Estados Unidos, por ejemplo-, hubiera protagonizado estas páginas de la Historia, las habría tenido, por sí solas, como el justificante de su presencia en el mundo. Pero el caso es que fueron naves españolas las primeras en dar la vuelta al mundo, las primeras en cruzar los dos mayores océanos, primero el Atlántico y luego el Pacífico, y fueron españoles quienes descubrieron y exploraron el río más grande de la tierra y el mayor espacio de mundo desconocido. El relato de los hechos de estas primeras travesías oceánicas de nuestros navegantes convertiría los viajes de Cook y compañía en cómodos cruceros. Es curioso, pero el orgullo que nos falta a nosotros les sobra a otros; hay sitios en que es tenida como una gran hazaña lo que en la crónica de nuestra aventura americana sería sólo un hecho más, tan llena está de acciones asombrosas. Deberíamos curarnos de una vez por todas de eso que Julián Marías llamaba nuestro síndrome de descalificación global. No se trata de reeditar Glorias Imperiales, sino de reconocernos como fuimos, con las nubes y claros, sin pasión, pero tampoco en un permanente estado de contrición.

miércoles, 1 de abril de 2015

El vuelo maldito

No tengo más remedio que acudir a mis propios sentimientos y a mis propias palabras para dar forma a las emociones que se desprenden de ese barranco de los Alpes, convertido en símbolo del horror. Diluido ya el eco informativo, amortiguada la sorpresa de su increíble causa y digerida en lo que cabe la terrible escena, los que han perdido a los suyos se van quedando con su dolor a solas, y los muertos a solas con su soledad eterna. No sé por qué, pero la muerte acumulada nos deja en el corazón un desgarro mucho más difícil de cerrar que la que cae lenta y constantemente cada semana, aunque ésta sea mucho más abundante. Se ha recordado que en cualquier puente festivo hay muchas más víctimas en la carretera que en cualquier catástrofe aérea y que para ellas no hay primeras planas, ni funerales de Estado, ni dolor generalizado, pero se ve que nuestra capacidad emocional ante lo ajeno es más vulnerable ante la desgracia torrencial que ante la que nos llega mediante goteo.
Hemos aceptado el concepto de accidente como una idea de progreso, pero cuando el factor humano se revela como la causa, siempre queda escondida una maldita sombra de duda que nos hace preguntarnos si se podría haber evitado. Y la dolorosa respuesta es que no. No hablo de este en concreto, sino de nuestra condición general de seres contingentes, sujetos a los imponderables de todo lo que nos rodea y, en mayor medida, de aquello que nosotros mismos hemos creado. Por mucho que nos esforcemos en buscar la total eliminación de los riesgos, siempre estaremos bajo el poder de la fatalidad, que es la mayor asesina de la historia. Y con ese azar vivimos y afrontamos todos nuestros actos cotidianos, desde ponernos al volante de un coche hasta dejar nuestra vida en otras manos. Nos resulta inimaginable otra condición, y acaso en nuestra capacidad de asumirla con serena indiferencia estribe una buena parte de toda la sabiduría posible. Pero a qué precio de dolor hay que pagarla.
Quizá lo que más nos impresiona de estas tragedias masivas es que en ningún caso como en este se nos muestra tan claramente la fragilidad de nuestra vida. Seguramente momentos antes habría alguien intranquilo porque llegaba tarde al aeropuerto, o preocupado por los exámenes para su beca, o pensando dónde alojarse esa noche. Proyectos, anhelos, preocupaciones y propósitos que sedimentan de golpe en lo más profundo de la nada. Amores que ya no podrán seguir amando jamás, y amores que se quedan y que seguirán amando para siempre, hasta que ellos mismos se vayan. Nunca podremos conocer el interior del instante final, el estallido de sensaciones cuando ya todo se siente como irremediable, hacia quién se dirigió el último pensamiento, qué mirada, qué palabra o qué arrepentimiento no tuvieron tiempo de consumarse. La muerte, esa que con callado pie todo lo iguala, es el más temido de los acontecimientos del hombre y, sin embargo, el más natural, el más cotidiano y el único que no ofrece duda alguna sobre su cumplimiento, pero al menos cabe esperar de ella que no nos busque por atajos, para que podamos recibirla con una pizca de desdén y sin el menor gesto de extrañeza.