miércoles, 16 de enero de 2019

El panorama

Seguramente el modo más cómodo de vivir la actualidad es asomarse a ella como el espectador que otea el movimiento del mar desde un mirador, sin riesgo y sin implicaciones, pero con una visión amplia que permita un juicio ajustado. Ya desde antiguo fue una aspiración de quienes llegaron a la conclusión de que lo más digno de conocimiento era lo que estaba dentro de ellos mismos; que la serenidad del ánimo estribaba en tomar distancia del escenario y observarlo con ojos curiosos, como quien contempla la función continua del gran teatro del mundo. Los filósofos crearon el concepto de la epojé, la suspensión del juicio sobre la realidad, y los eremitas se retiraban a lo más recóndito del desierto a pensar solo en sí mismos. Poder situarse fuera del giro de la actualidad diaria posiblemente sería la sabiduría suprema. La actualidad ajena, claro está, porque la propia cada día nos viene con su afán y su sorpresa y su desgarro, y con ellos conformamos nuestro vivir y con ellos nos insertamos en la rueda diaria de la vida. Así nos damos cuenta de lo que realmente somos: complementos directos de mil verbos y casi nunca sujetos agentes de ninguno, sin poder modificar la sintaxis del mundo. Y pues que la noria de la feria gira, nos queda el recurso de contemplar sus vueltas, aunque sólo sea para darnos cuenta de lo poco que conseguimos con ello.
Lo cierto es que nada de lo que ocurre, sea donde sea, nos es indiferente, bien porque afecte a nuestros bolsillos o porque toque nuestros sentimientos. Nos han subido los impuestos y aún andan por ahí los socios catalanes del gobierno pidiendo que se suban más, que hay que recompensar con más inversiones en su tierra el apoyo que le dan para que siga en la Moncloa. La aprobación de los presupuestos viene a ser la consecuencia de un chantaje por parte de los ventajistas de siempre, mientras otras regiones siguen esperando con sus problemas de despoblación e infraestructuras a cuestas. Aquí se nos van las fábricas en busca de acomodos menos costosos. Y ya solo nos queda una mina, quién lo diría. Y cruzar la cordillera por autopista cada año se nos vuelve más caro. Y los plazos que se prometen para la ejecución de las obras son nubes etéreas que se desvanecen sin siquiera verlas.
En Europa el brexit sigue trayendo de cabeza al que se va y a los que se quedan, y la noticia se acompaña de la de las turbulencias políticas que causa la inmigración en algunos países, mientras en el París de las eternas revueltas vuelven a volar, semana tras semana, las iras y los desmanes callejeros de los descontentos, esta vez vestidos de amarillo. En América se ha abierto una nueva incógnita en Brasil, y en Venezuela sigue el desvarío de su dictador, empeñado en convertir en miserables a los habitantes del país más rico de América. En el siniestro recodo donde habita la ausencia de libertad, nace el caso de esa chica árabe que logró escapar de la cárcel mental a la que la había destinado su familia y salió de ella con una mirada confiada, que ojalá no sea nunca contaminada por el desencanto.
No todo es desesperanza; también la actualidad se nutre de hechos positivos, solo que a veces hay que adivinarlos entre la letra pequeña, porque no venden en el mercado del pesimismo, que es lo que parece que hay que vender.

miércoles, 9 de enero de 2019

En los confines de nuestro mundo

Durante millones de años la humanidad vivió convencida de que la Tierra era el centro del universo. Luego nos dimos cuenta de que no, de que era ella la que se movía en torno al Sol, y entonces estuvimos seguros de que éste y los cuerpos que se veían junto a él ocupaban el lugar principal del cielo. Era nuestra casa en la inmensa bóveda que teníamos sobre nuestras cabezas y, por supuesto, todo giraba a su alrededor. La Creación se resumía en ella. Las ansias de comprensión de lo desconocido y del profundo misterio que rodeaba nuestra existencia se reducían a una minoría y sus respuestas se basaban más en especulaciones intuitivas que evidencias empíricas, pero terminaron descubriéndonos la realidad: que ocupamos un sitio importante solo porque es nuestro. Que nuestra Tierra no es más que un planeta pequeño, que gira en torno a una estrella mediana, que gira a su vez perdida en el extremo de una modesta galaxia, que rueda también por el espacio a una velocidad inimaginable junto a millones de otras galaxias mayores que ella. 
Pero para nosotros el Sistema Solar viene a ser el universo entero. Lo conocemos, dentro de lo que cabe, estamos familiarizados con los nombres de sus ocho planetas y sus satélites, con los planetoides y asteroides que lo componen y con los cometas que lo cruzan. Hemos podido llegar con nuestra técnica a todos sus planetas mayores y a otros lugares más remotos, e incluso puede cabernos la esperanza de ocupar con nuestra presencia física algunos de ellos, aquellos a los que la distancia y sus condiciones físicas lo permitan, pero sabemos que jamás podremos salir de él. Y sabemos también que no hay en él más vida que la nuestra, al menos pluricelular. Ahora, en la noche de este fin de año, la sonda "New Horizons" ha llegado a sus confines, a un asteroide situado a 6.600 millones de kilómetros de la Tierra. Se llama Ultima Thule y es un insignificante pedrusco rocoso en forma de ocho, de unos 35 kilómetros de largo y 15 de ancho. Las fotografías que envió muestran una superficie rugosa e irregular, aunque más interesantes serán sin duda los datos que no se ven: cómo será el frío a 6.600 millones de kilómetros del Sol, ¿habrá día y noche?, ¿qué tiene en común con nosotros ese pequeño hermano nuestro, hijo de la misma explosión solar? La sonda, después de pasar a su lado y enviarnos casi mil imágenes, siguió su camino hacia el espacio sin fin; más allá solo encontrará la inmensidad del vacío y la negrura de la nada.
Buscar explicaciones a una realidad incomprensible es sin duda la vocación del ser humano. Convertir el mito en una incógnita susceptible de ser objeto de estudio por parte de la razón fue quizás el mayor paso de su historia. Entre el primer hombre que miró el cielo estrellado y se preguntó por primera vez de dónde procedía todo aquello, y los que han diseñado la sonda que nos envía fotografías de Ultima Thule ha pasado apenas un instante en el reloj cósmico, es cierto, pero lo limitado no puede abarcar lo ilimitado. Es posible que quedemos para siempre a la puerta del misterio. Uno se conforma con admirar a esos científicos que tratan de desentrañar el enigma del origen de lo que nos rodea y de conocer hasta el último rincón de nuestro Sistema Solar, en el borde mismo de la infinitud.

miércoles, 2 de enero de 2019

Nuevo año

Y sin querer, nos damos cuenta de que ya estamos en otro año, así, casi a traición, que esto del tiempo ni avisa ni tiene remedio. Nos toca hacer un alto, por breve que sea, y mirar a nuestro alrededor en un ejercicio ritual que apenas sirve para otra cosa que para comprobar que ni el mundo ni nosotros damos muchos pasos en el camino de la perfección, aunque nos consuele saber que poco podemos hacer fuera de nuestro pequeño alcance. Otra cosa es nuestro balance personal, ese repaso interior que en diferente medida todos sentimos necesidad de hacer para examinar el estado de las cuentas de nuestra vida. Los propósitos hechos a uno mismo en el enero anterior y seguramente quebrados antes de febrero; las promesas nacidas de la mejor intención e incumplidas, como casi todas las promesas, con la intención de volver a hacerlas; la determinación firmemente tomada de cambiar aquello que hay que cambiar para dar un giro a las normas de nuestra vida; todo eso que constituyen los peldaños en los que pretendemos apoyar los pasos de nuestro progreso personal, examinado ahora en su estado y renovado una vez más. Así nos marcan los años, que por algo son medidas de ciclo natural y nos arrastran consigo en su girar. Ahí no cabe la disculpa de nuestra impotencia.
El 2018 se va sin gran duelo, como todos, con pocos motivos para echarlo de menos. Será que somos muy exigentes con nuestro bienestar y cada vez toleramos peor las adversidades que nos brinda el hecho de vivir en este planeta. Por ahí fuera hemos visto las habituales embestidas de la naturaleza, que trajeron miles de muertes y desgracias sin fin: volcanes, tsunamis, terremotos, inundaciones, casi todo en el mismo sitio. Hemos asistido también a la reedición de un fenómeno tan antiguo como el hombre: el de una inmensa riada de personas emigrando en busca de un sitio donde poder comer; lo llamativo es que desde las escrupulosas conciencias de la progresía se echa la responsabilidad a los países que los acogen en vez de a los gobiernos de los suyos. Se han dado las protestas de siempre en muchos lugares, y las politiquerías y habituales juegos a varias bandas en todos.
Aquí hemos tenido un inesperado cambio en la Moncloa, forzando al límite las líneas de la lógica, que ha dado lugar a un gobierno que vive cobijado bajo una carpa de retales de diversos colores, con el temor continuo de que un desgarrón lo deje a la intemperie. Ha surgido un nuevo líder en la oposición, se ha registrado un cambio en Andalucía que parecía imposible, por la banda de estribor ha aparecido un nuevo partido en el que se ven reflejados muchos ciudadanos, y continuamos con la torrada catalana y el infinito cansancio que produce.
Y a todo esto, el año entra con sol, un sol tímido, como si supiera que está fuera de lugar. Aún no ha llegado la nieve a las montañas. Ni siquiera el frío, que este invierno se hace de rogar. El frío es buen alimento de introspecciones y melancolías, quizá por eso callan los pájaros y se ocultan las flores. Quizá por eso también son frías las celdas de los monasterios y las tierras de todos los pueblos de alma quebrada por una eterna nostalgia. En fin, voy a ser original: feliz Año Nuevo.


miércoles, 26 de diciembre de 2018

Navidad

La Navidad es ese tiempo necesario para poner en el año el espacio de sosiego que vamos echando en falta mes a mes. Días, aún sin pretenderlo y sin darnos cuenta, de introspección, alentada por una exigencia que terminamos viendo como natural de tanto estar presente a lo largo de los años. En Navidad todo modifica su dimensión, acaso porque necesitamos unos días para vivir siendo otros, aunque sea en una escala muy cercana. Los recuerdos se vuelven más vivos, también más dolorosos; los momentos felices de la infancia se hacen presentes sin apenas esfuerzo de evocación, se subliman algunos sentimientos y en todo parece encontrarse un punto extra de optimismo y un deseo de transmitir una felicidad soñada. Necesitamos la Navidad simplemente porque es un tiempo que alude a una dimensión situada más allá de la vulgaridad de la realidad. La necesitamos porque no nos alimenta un interruptor, sino un aliento que emana de lo más profundo de nuestra complejidad de seres humanos, dotados de un sentido espiritual del que no podemos prescindir. Se nos hace imprescindible dejarnos empapar cada año por la leve fuerza de una ilusión compartida, eso que llamamos, sin acertar a definirlo, el espíritu de la Navidad. Puede que bordee el campo de los usos sociales, pero en ese "Feliz Navidad" que oímos tantas veces estos días hay más que una fórmula mecánica; encierra el resumen de nuestra instalación interior, hecha de anhelos de paz y felicidad, y el deseo fervoroso de proyectarlos a los demás.
No hay otro aniversario tan largamente celebrado y compartido, al menos en la sociedad occidental, ni ninguno que represente con más fuerza nuestra identidad cultural. La celebración del nacimiento de un niño es siempre un motivo universal de alegría, y más cuando se le añade una condición trascendente mediante un mensaje de salvación, pero en la Navidad, además, a la bella historia se le han ido incorporando elementos a cual más sugestivos hasta convertirla en algo que ocupa el lugar preferente en el imaginario de nuestras vidas, ya desde la infancia. Puede que luego los años y los resabios la debiliten, pero terminará volviendo; siempre vuelve.
La enorme presencia de la Navidad se manifiesta en la poderosa fuerza de sus símbolos, que trascienden a un tiempo y a un lugar concretos para ser universales: la estrella, el árbol, los villancicos, las tres figuras de los Reyes, la de papá Noel, los regalos, la cabalgata, los dulces típicos y el que los resume casi todos con su inmenso poder de seducción visual: el belén. Cuántas caras infantiles asombradas, prendidas luego para siempre a la Navidad, ante la maravillosa visión del pueblo y de los caminos que llevaban al portal, sobre los que se erguía a lo lejos el castillo de Herodes.
Dejando aparte la condición dogmática del misterio que rememora, que eso pertenece al ámbito privado de la fe, la Navidad ha fecundado todas las ramas del arte, llenándolo de expresiones de alegría. Uno escucha, por ejemplo, el oratorio de Bach o el concierto de Corelli y quiere dejarse llevar también por su espíritu.

miércoles, 19 de diciembre de 2018

El recuerdo


De todos los recuerdos de infancia que aún mantenía en algún rincón de su memoria, el único que seguía brillando con la misma intensidad de siempre era la Navidad. Tantos años que habían pasado, más de sesenta, y allí seguía, inmune al tiempo y al olvido. Le habían sacado de su tierra en esa edad en que la memoria aún es una nebulosa incapaz de fijar los recuerdos, y llevado a un país lejano, absolutamente distinto del suyo. Allí había vivido su ya larga vida sin ninguna inquietud por mirar hacia atrás, con la absoluta convicción de ser parte innata de él y sin imaginar ni por un momento que pudiese haber tenido un destino de vida diferente. Su único mundo estaba a su alrededor, y en él se habían desarrollado todas las circunstancias de su vivir: el trabajo, las necesidades diarias, la familia, los problemas, los amores. Y sin embargo, allí estaba aquel lejano recuerdo aferrado a lo más profundo de su mente sin debilitarse ni un solo momento; al contrario, con los años había ido adquiriendo unas líneas cada vez más definidas.
Una casa modesta en un pequeño pueblo; un fuego que ardía en la chimenea para espantar el frío de la tarde; los cristales empañados, pero dejando adivinar a través de ellos la blancura de los campos nevados. Su madre trajinando en la cocina y su padre tratando de colocar una guirnalda que había conseguido en algún sitio. Solitario el camino y silencioso el aire, adormecido el pueblo, sin más señal de vida que las pequeñas columnas de humo que salían de las chimeneas. Olía como pocas veces en la casa; a carne guisada y a arroz con leche. En la mesa se había puesto el mantel de tela. Y algo que no había vuelto a ver pero que jamás había olvidado: turrón. Luego, juegos, cánticos que hablaban de pastores, creía recordar, la visita de algún vecino que venía felicitar las fiestas. A medianoche, todos juntos a la misa en la iglesia, adornada para la ocasión. Esa noche se sentía importante porque se acostaba muy tarde. Al día siguiente su padre le llevaba a la ciudad a ver las calles iluminadas y el belén, ante el que se quedaba maravillado. Qué lejos todo aquello. Qué débil el recuerdo, pero qué persistente. Se había resistido toda la vida a morir y ahora se había convertido en una llamada. Tenía que volver para reencontrarse con él y vivir en paz su final. Diciembre acababa de empezar; aún tenía tiempo.
Sin pararse siquiera a descansar tras el largo viaje, subió hasta el pueblo. El recuerdo se fue haciendo más nítido en su mente: la nieve, el camino, el bosque, pero de las casas no salía humo y la soledad lo envolvía todo. Solo un viejo, que le miró con cara desconfiada, parecía ser el único signo de vida. Quizá fuera uno de sus compañeros de la escuela, pero antes de que pudiera hablarle entró en su casa. Fue hasta la iglesia y vio que estaba cerrada y sin ningún adorno. Con la mente confusa echó una última mirada al desolado entorno y emprendió el camino de la ciudad. Las calles estaban animadas, pero su iluminación era ahora una colección de luces sin ningún sentido ni alusión alguna a la fiesta que las motivaba. Buscó el maravilloso belén de su recuerdo; lo habían convertido en una maqueta de la ciudad. Dio la vuelta con una dolorosa sensación de pérdida, pero prometiéndose que jamás dejaría que su querido recuerdo desapareciese.

miércoles, 12 de diciembre de 2018

La final

No deben de andar tan mal las cosas de la vida cuando el único pensamiento y la máxima obsesión que ocupa la mente de millones de personas es un partido de fútbol. O sí, quizá sí. Puede que sea justamente la válvula de escape de la realidad cotidiana, la vía que desagua las frustraciones y sinsabores del vivir diario, un modo de procurar equilibrar la balanza de la vida, casi siempre inclinada hacia el lado menos grato y poco dado a las alegrías. Esos miles de argentinos que inundaron este fin de semana las calles de Madrid siguiendo a los equipos de su alma en una circunstancia de excepcionalidad, estaban viviendo la plenitud de su decisión con una entrega alegre y despreocupada, como el que sabe que se halla ante un momento que hay que apurar con toda intensidad porque es irrepetible. Habían cruzado el Atlántico después de dos días de viaje en avión, un inacabable vuelo haciendo escalas en varios sitios; para muchos supuso un sacrificio económico de difícil recuperación; hubo quien vendió hasta el coche y quien se empeñó para un año, todo para estar unas horas en una ciudad de la que apenas iban a conocer nada, salvo, eso sí, lo que sucediera en el campo con sus equipos. Cuesta trabajo imaginar otra fuerza con más capacidad de mover voluntades por encima de todas las dificultades y bordeando los límites de la misma razón.
La hinchada que se acomoda en la grada es una masa homogénea, que metaboliza y convierte en una sola las diversas individualidades. Nadie va solo al campo, y si lo hace no tardará en asumir todas las propiedades de la suma. Es una masa unida por la ilusión del triunfo, por la visión deformada de sus propias posibilidades y por la convicción de estar participando en algo fundamental en sus vidas, pero también por la necesidad de descargar tensiones, de crearse un sentido de pertenencia, de encontrar una identidad, de sentirse importante por un tiempo y quizá por ser conscientes de estar ante una de las escasas oportunidades que se tienen de subir la autoestima. En todo caso, aglutinada por la pasión, sin importar lo que se pierda. Como justificación pueden aducir la frase de Kierkegaard: "Quien se pierde por su pasión pierde menos que quien pierde su pasión".
River y Boca vienen a ser los habituales dos gallos en el mismo corral, solo que estos son capaces de generar ardores más encendidos. Dicen los que los conocen que los dos tienen una masa social de estrato parecido, los dos tienen su origen en la emigración y unas hinchadas de estructura transversal que no son representativas de una clase social concreta. Y tienen también un largo historial de enfrentamientos fuera del campo, cuya muestra última fue la imposibilidad de jugar el segundo partido de la final en su ciudad. La normalidad con que se disputó en España ha suavizado en cierta medida la fama agresiva de sus aficiones, pero sobre todo ha mostrado, además de la eficacia de nuestras fuerzas de seguridad, una imagen de Madrid como lo que es: una ciudad acogedora, próspera, segura, animada y llena de atractivos.

miércoles, 5 de diciembre de 2018

Cumpleaños y elecciones

Mañana cumple la señora cuarenta años y bien merece un brindis de felicitación, aunque solo sea porque ya es la segunda más longeva en los doscientos años que llevamos desde la llegada del Nuevo Régimen, o sea, desde que la evolución del pensamiento político y social estableció la necesidad de crear un vínculo entre la ciudadanía y el Estado. Cuarenta años es todavía una edad casi impúber para una Constitución, pero la velocidad de transformación de los tiempos que vivimos aconseja echarle una mirada y ver qué costuras están más tirantes para darles una mayor flexibilidad. Ha llevado hasta hace poco una vida más bien plácida, rodeada del respeto general y sin apenas intervenciones en su cuerpo más allá de algún pequeño retoque, aunque tuvo también que vérselas con quienes trataron de destruirla, y entonces todos nos dimos cuenta de su valor y de la necesidad de protegerla, porque al otro lado sólo hay vacío. Sin embargo, en estos últimos años está siendo objeto de torvas miradas, criticada y malquerida por quienes más le deben, cuestionada abiertamente por algunos políticos de la nueva hornada que hasta amenazan con abrirla en canal para cambiarle sus entrañas, e incluso violada de forma más o menos ladina por sectores de los poderes locales, que están donde están gracias a ella. Tratan de encontrarle achaques sin cuento y no hacen más que proyectar sobre ella su propio arsenal de rencores; le ponen adjetivos que buscan su desprestigio y la invocan luego como cobijo cuando amenaza alguna tormenta. Sí, puede que necesite algún repaso de actualización porque nada es inmóvil, y menos las ideas. Pues cambiémosla en todo aquello que la haga a ella más fuerte y a nosotros más seguros ante los intentos de quienes se acogen a su amparo para destruirla, y brindemos con un vino generoso por su cumpleaños deseándole muchos más.
Casi al mismo tiempo, el mar político se ha revuelto en Andalucía tras las elecciones del domingo, aunque más que revuelto lo que está es desconcertado al encontrarse con que las líneas teóricas que dirigen la percepción de los políticos no coinciden con las que dirigen la voluntad de los ciudadanos. A pie de calle, en el convivir cotidiano de los pueblos afectados por problemas específicos, cuando la vida de siempre se ve alterada de pronto por elementos ajenos o cuando aquello que se siente como propio es relegado, si no despreciado, la visión de la solución cambia de perspectiva. Se modifican los principios que hasta entonces parecían firmes y se comienza a escuchar otros cantos que hasta ahora se rechazaban sin más. En Andalucía han votado en gran número a un nuevo partido que ha incorporado a su programa lo que se comenta en familia o en la charla con los amigos en el bar, lo que a menudo se oye en la calle y lo que muchos piensan en privado y otros muchos no se atreven a decir por aquello de la dictadura de la corrección política. Habrá que ver qué proyección posterior pueda tener, pero sobre todo habría que estudiar de forma desapasionada y sin condicionantes partidistas los motivos de esta afloración tan exitosa. Porque desde luego los hay, y algunos están en la mente de todos.

miércoles, 28 de noviembre de 2018

El Congreso se divierte

Parece que se esfuerzan en superarse en cada sesión. Podían descansar un poco y dejarnos descansar a todos, aunque fuese por evitarnos una buena ración de vergüenza ajena. Solo unos días sin gresca, sin espectáculos sonrojantes, sin pretendidos alardes de ingenio, sin mentiras ni insultos, sin rufianes ni tardás, sin evocar fantasmas de muertos hace cuarenta años, sin demagogias nauseabundas, sin revisionismos interesados, sin verborrea de políticos. Unos días que nos permitan hacer un alto en este giro vertiginoso en que han convertido nuestro vivir. La vida es continua mudanza, ya lo sé, pero esto es una vorágine en la que nadie tiene tiempo para pensar. Cualquier sesión del Congreso se nos ha convertido en un remedo de reunión tabernaria en la que apenas sobrevuelan argumentos razonados y sí malos modos y gestos barriobajeros. Con una dialéctica tan pobre que incluso las palabras ofensivas no son más que tópicos manoseados y frases hechas. El improperio pierde así sentido real y resulta inadecuado, demostrando tan solo el corto ingenio y la ignorancia de quien lo dice.
Hay términos que han perdido cualquier rasgo de su significado real y se han convertido en comodines que valen como recurso automático de descalificación, sea a quien sea. La palabra fascista, por ejemplo, ya no es un adjetivo, es un sustantivo que denomina siempre a los demás; un término ligado al concepto de otredad, no importa qué instalación ideológica tenga ese otro, con tal de que no coincida con la propia; un insulto de ignorantes, que lo lanzan como un agravio genérico trascendiendo incluso el tiempo de su aparición; ahí está esa ilustrada alcaldesa quitándole el nombre de una calle por fascista a un personaje que vivió en el siglo XIX. Este carácter de insulto que vale para cualquiera que no piense como uno, y que por tanto le hace ineficaz, viene de lejos. Ya en 1944 Orwell escribe refiriéndose al fascismo: "Tal como se usa, la palabra ha quedado casi totalmente desprovista de sentido. La he oído aplicada a granjeros, tenderos, al castigo corporal, a la caza del zorro, a las corridas de toros, a Gandhi y a Kipling, a la homosexualidad, a los albergues juveniles, a la astrología, a las mujeres, a los perros y a no sé cuántas cosas más".
Las grescas parlamentarias vienen a ser una tradición y tienen también su crónica. La intención es siempre la misma: imponerse al contrario. Lo que ha cambiado son las formas y el modo de transmitirlo. Los diarios de sesiones de otros tiempos dan cuenta de situaciones chispeantes entre diputados de respuesta rápida e ingeniosa, de esas que dejan sin capacidad de respuesta, palabra ágil e inmensa cultura. Los de hoy solo son faltones y provocadores sin gracia. Claro que siempre son los mismos; los tenemos ya fichados y sería bueno que se acordaran de ellos en las urnas. El ciudadano busca en sus representantes elegidos educación y saber estar, inteligencia en la exposición de sus propuestas, agudeza en las réplicas y, sobre todo, ejemplaridad y honestidad en el ejercicio de su función, que para eso les pagamos y para eso se prestaron sin que nadie les obligara. No es mucho esperar.

miércoles, 21 de noviembre de 2018

Pensamiento obligatorio

Nadie sabe muy bien por qué, ni quién, ni con qué fin, pero se nos está imponiendo desde alguna fuente de influencia poderosa un pensamiento único, con el que se pretende uniformizar la sociedad en torno a unos pocos conceptos interesadamente elegidos y hacerla así más débil y manipulable. Es una vieja táctica, utilizada siempre por quienes tenían la llave que permitía entrar en las mentes. Si durante largos siglos fue el poder religioso el que dictaba el pensamiento obligatorio, ahora es una conjunción de fuerzas no fácilmente identificables las que, a través de sus extensiones mediáticas, dictaminan cada día qué hemos de creer, qué es lo que nos debe gustar, qué palabras debemos decir y cuáles rechazar, cómo hemos de llamar a las cosas y a quiénes debemos tener simpatía y a quiénes no. Qué conceptos hemos de modificar, qué hábitos hemos de eliminar y qué costumbres adquirir. Un pensamiento único, uniforme, obligatorio y siempre dentro de la corrección señalada. Por supuesto, todo en el sagrado nombre del progresismo y de su recua de ismos parentales: igualitarismo, ecologismo, feminismo, nacionalismo, animalismo, antimilitarismo.
Ahorrar a sus súbditos el esfuerzo de pensar ha sido una de las labores primordiales de todos los mandamases del mundo. Del pensamiento nace la crítica y de la crítica la opinión fundamentada, y eso para un dirigente es como mostrar el sol a un vampiro. Los dirigentes, como los buenos churreros, manejan bien la masa, la quieren homogénea, moldeable a la acción de sus manos y dispuesta a caer en la sartén con el menor chisporroteo posible. Y el caso es que, unos más que otros, utilizando medios diversos, evidentes o encubiertos, casi siempre lo consiguen. Ofrecen un pensamiento ya elaborado, lo aderezan con dos o tres actitudes enfáticas que le den un tinte de credibilidad, y a aprovecharse de la escasa confianza en el criterio propio y de la pereza mental de muchos que entregan la facultad de pensar a cambio de que les ocupen la mente.
Se atribuye a la universidad catalana de Cervera la famosa frase "lejos de nosotros la funesta manía de pensar", con la que quiso fijar su fidelidad al rey absolutista. Hoy el absolutismo se ha trocado en el intento de llevarnos hacia un modo de pensar basado en una corrección establecida no se sabe por quién, pero atosigante e implacable con el disidente, sobre el que caerá una lista entera de adjetivos. Todos hemos de pensar lo indicado, todos hemos de renunciar a nuestras convicciones morales y de cualquier índole. Hay que aceptar la opinión ya determinada sobre todos los aspectos de la sociedad, desde la inmigración hasta la memoria histórica, la familia o el concepto de patria. Que no tengamos ocasión de pensar. Quizá sea porque razonar no es cuestión que dependa de la inteligencia, sino que se aprende con el ejercicio, de modo que a suprimirlo. Y así, los pensamientos propios, esos queridos y a veces rebeldes pensamientos que nos hacen ser como somos y configuran nuestra carta de naturaleza, están siendo arrinconados por los de unos cuantos que lo dominan todo y a los que permitimos enseñorearse de ellos. Es una forma perversa de alienación.

miércoles, 14 de noviembre de 2018

A vueltas con la educación

Otra vez a cambiar la ley de educación, otro experimento y no precisamente con gaseosa, otra vez a modificar el modo de enseñar a nuestros hijos, y así van años y años. Casi medio siglo de intentos ambiciosos, de leyes de siglas imposibles, de cambios absurdos de denominaciones, de rectificaciones en razón de intereses partidistas y de andar presuntuosamente a golpes de ciego, han desembocado en una realidad descorazonadora: no tenemos una norma educativa generalizada ni asentada sobre acuerdos comunes. Más bien tenemos siempre una ley provisional, a expensas de lo que los nuevos dirigentes de turno decidan según su ideología, un poco, y sus compromisos parlamentarios, un mucho. Un largo tejer y destejer del que es imposible obtener frutos a medio y largo plazo, según casi todos los indicadores. Conviene fijarse en el último: casi un 10% de las plazas convocadas para profesores ha quedado desierto por sus faltas de ortografía y errores gramaticales.
Entre las modificaciones que ahora se hacen está la de que se va a poder aprobar el bachillerato con un suspenso, lo que más o menos viene a equivaler a que cada alumno podrá prescindir de una asignatura. Quizá tuviera algún sentido antes, cuando era un bachillerato de programa rígido y cerrado y eran frecuentes las notas enquistadas que sólo se deshacían con la buena voluntad y la generosa comprensión del profesor, pero ahora, cuando el alumno puede elegir la rama que más se ajuste a su inclinación con sus correspondientes asignaturas adaptadas a él, esa concesión, aparte de rebajar la calidad del título, tiene ese tinte demagógico que es característico de los malos gobernantes. Peor aún es la decisión de entregar a las autonomías el control de los estudios del español, en ese afán, que suena a claudicación, de igualarlo con las lenguas regionales; es un doble disparate, porque ni eso harán. Se trata del ya habitual tributo por mantenerse en el poder a toda costa, tributo que esta vez van a pagar nuestro idioma y los jóvenes que tienen la mala suerte de estar sometidos a las políticas lingüísticas nacionalistas.
Pocos campos como el de la educación nos sirven para medir la grandeza de los políticos. Aquí se trata del futuro a largo plazo, algo que no se ve y del que no se perciben resultados inmediatos, algo que no se traduce instantáneamente en votos, así que lo que conviene es agradar de forma inmediata a los interesados para que sean agradecidos en las urnas. Populismo en estado puro. En política la grandeza se mide por la capacidad de situar el bien general por encima de los intereses del propio partido; ya se sabe la diferencia entre los buenos y los malos políticos: unos piensan en las próximas elecciones y otros en las próximas generaciones. En este caso su grandeza residiría en ser capaces de crear las condiciones para propiciar un gran pacto social del que saliera un marco general básico sobre la educación, con la intervención de todos los sectores, sin condiciones, sin influencias, sin presiones, y limitarse luego, una vez se haya alcanzado, a dotarlo de todos los medios necesarios para su operatividad. Cuánto respeto nos inspiraría una clase política así.

miércoles, 7 de noviembre de 2018

Ese que somos

Ese ser que habita en nosotros nos dice a menudo que no está contento consigo mismo. Protesta, se enfada, a veces acusa y otras rumia su resignación porque no le gusta lo que encuentra cuando se mira a sí mismo, y sin embargo se ve incapaz de modificar alguna de las líneas fundamentales que le hacen ser como es. Día tras día se asombra, se pregunta, se extraña, se emociona, se desorienta, teme, duda, y sabe que en eso consiste el ejercicio de vivir. Es feliz cuando le aman y cuando tiene a quien amar, y sufre cuando alguien odia lo que él ama. Puede que tenga algunas certezas, pero si las mira una a una quizá se dé cuenta de que todas están relacionadas con la búsqueda del sentido de la vida.
Ese ser que todos llevamos dentro tiene la duda como sello de nacimiento y la penumbra como ámbito. Hay veces en que comprobamos con sorpresa que nos resulta completamente desconocido y no sabemos cómo justificar sus decisiones, ni siquiera sus pensamientos, y en esos momentos no tenemos qué decirle y nos queda un regusto amargo, mezcla de remordimiento y de propósito de enmienda. A veces se inquieta porque descubre todos los días que cada vez entiende menos la realidad en la que vive, pero lo despacha con una displicente seguridad nacida de un esfuerzo, acumulado a lo largo de los años, por armarse de recursos que posibiliten las respuestas. Se ha buscado sus refugios intelectuales y los cuida y fortalece como su elemento más valioso de subsistencia personal.
Ese ser que va con nosotros, y que es todo lo que somos, nos resulta desconocido ante algunas situaciones nuevas, y a su vez le parecen desconocidas a él muchas de las que ve de forma cotidiana. Contempla entre curioso y asombrado los esfuerzos de la sociedad más libre del mundo por imponerse a sí misma un pensamiento único de obligado cumplimiento. La nueva idolatría tiene un dogma central: poner en cuestión todo lo que nos ha traído hasta aquí, incluyendo los afectos, los gustos personales y hasta la dualidad macho-hembra, base de la perpetuación de las especies, en favor de la sublimación de otras situaciones. Y con los años se le va afilando más el rechazo a la ola de vulgaridad que todo lo inunda, esa vulgaridad que alientan, casi como decreto, los nuevos dueños de la mente social: los medios de comunicación.
Ese ser, del que no podemos librarnos, se alimenta de recuerdos, pero también de esperanzas, y sobre todo de la realidad del presente. Y procura elegir, dentro de su medida, la cara más amable de esa realidad. Sabe que la negra hora nos puede llevar sin habernos dado tiempo a pensar que puede matar a traición, y que ante tal lección, cualquier otro trabajo y afán que no sean el de la búsqueda de la felicidad propia y la de los seres que amamos, son asuntos secundarios y de poca monta. Dejar el recuerdo y el amor que se haya podido derramar y, cuando llegue el día, marcharse sin el menor gesto de extrañeza, como el que sabe muy bien que todo viaje tiene un final. Y aceptar que, en definitiva, sólo el tiempo permanece.

miércoles, 31 de octubre de 2018

El cambio de hora

Esto del cambio de hora viene a ser ya un rito que se repite dos veces al año, como los solsticios o los clásicos del fútbol. Este participa de los dos; tiene un componente natural y otro, en mucha mayor medida, puramente artificial. Por lo visto, el comportamiento del sol nos resulta inoportuno; asoma por el horizonte cuando no nos conviene y se oculta también en hora equivocada, y eso hay que corregirlo. Todo por conseguir un uso eficiente de la energía, dicen, aunque no sé; la lógica nos dice que la electricidad que se ahorra por la mañana al amanecer más temprano se gasta por la tarde al oscurecer también antes, céntimo más o menos. Puede que exista alguna razón realmente convincente, pero debe de habitar en algún arcano técnico de difícil comprensión, porque nadie la ha explicado con claridad.
Todos somos hijos del tiempo, aunque ni siquiera sabemos lo que es, y uno de nuestros viejos sueños fue el de dominarlo en la medida que nos sea posible. Pero la Tierra es redonda y gira sobre sí misma y alrededor del Sol, y como hemos renunciado a adaptarnos a vivir de acuerdo con la medida del tiempo que nos da la naturaleza y preferimos inventarnos la nuestra, nos vemos obligados a adaptarla como podemos, o sea, poniendo las horas a nuestra conveniencia. Salen los técnicos y nos dicen en qué consiste esta adaptación, nos hablan de picos de consumo y curvas de demanda y al final nos dejan como estábamos o peor, más confusos y con la certeza de que somos un poco cerriles por no entenderlo. Salen los economistas y tratan de explicarnos que se trata de un enorme ahorro para nuestros recibos; luego resulta que la realidad es que lo comido debe de ir por lo servido, porque el recibo viene como siempre. Salen los expertos y nos hablan de su influencia negativa en la salud, de su incidencia en nuestro ritmo circadiano y en los patrones de sueño y de un trastorno psicosomático, aunque pasajero; luego se comprueba que a la mayoría apenas les afecta en su vida normal como no sea por la molestia de cambiar los relojes. Sale la gente de la calle y da su opinión en cuatro palabras contundentes que sí entendemos y que nadie rebate.
Pero lo cierto es que estamos a merced de lo que esos señores determinen sobre cuándo deben empezar los días y las noches. En el cambio de marzo, un ingeniero chileno intentó hacer su particular rebelión e ignorar el cambio de hora. Adaptó sus aparatos, logró desactivar los dispositivos de cambio automático, incorporó un temporizador a su móvil para adecuarse a las citas y disfrutó de la sensación de ser libre. Andaba al revés que la gente; se libraba de las horas punta, encontraba siempre mesa en los restaurantes, viajaba en el metro medio vacío. En el trabajo no tenía un horario fijo, así que ahí lo tuvo fácil. Hasta que a los tres días recibió por correo electrónico una convocatoria para una importante reunión de trabajo; por algún fallo técnico, el programa de gestión del correo no modificó la hora y mantuvo la oficial, con lo que llegó sesenta minutos tarde, lo que casi le cuesta su carrera. Naturalmente, ahí acabó su rebelión. Volvió a ajustar todos los dispositivos a la hora general y a vivir en el redil. Contra el tiempo nada se puede, pero contra los que lo manejan tampoco.

miércoles, 24 de octubre de 2018

Una esperanza lejana

Se llama de cualquier manera, no importa, un anónimo más en esa riada de seres anónimos que avanza hacia el norte en busca de una vida distinta, eso le han dicho. Cumplió trece años hace unos días y tuvo como regalo los zapatos deportivos que lleva puestos, ahora comprende por qué. Camina de la mano de su hermana pequeña detrás de sus padres, llevando a la espalda la parte del equipaje que el padre decidió que correspondía a cada uno. La mayor parte lo lleva él, claro, que por algo es el más fuerte y además está acostumbrado a los trabajos más duros. También su madre anda encorvada bajo la carga de su fardo, así que no se atreve a quejarse del peso de su bolsa, aunque cada vez le duelen más los hombros. Hace ya muchos días que salieron de su aldea cerca de San Pedro Sula, y apenas se han detenido algún momento para hacer un descanso; alguien toma las decisiones y toda la muchedumbre obedece sin rechistar, seguramente porque nadie sabe exactamente dónde están ni cuál es la mejor ruta a seguir.
Hace un calor sofocante que parece convertir el aire en una masa gelatinosa. El sudor cae a chorros y los mosquitos se vuelven insoportables con el sol de mediodía, pero quizá la mayor angustia es la sensación de hacinamiento que le oprime. Lo más importante es procurar no soltar de la mano a su hermana para que no se pierda entre la gente. No entiende nada. Mira a los que van junto a él y solo ve unos ojos cansados, fijos en el suelo, y unas caras en las que quiere leer algún brillo de esperanza y lo único que adivina es una decisión firme de seguir adelante pase lo que pase. Pero no, no entiende nada. Sabe que han entrado en Guatemala porque han cruzado un lugar donde ondeaba otra bandera y había unas vallas derribadas y unos guardias uniformados que enseguida se retiraron a sus casetas. La frontera de Agua Caliente, dijo alguien. Luego, un camino parecido, largo, inacabable, hasta alcanzar la siguiente frontera.
Al fin, llegan al río Suchiate, que marca el límite con Méjico. El puente esta tomado por la policía, que trata de impedir el paso a los que no tienen los papeles en regla, que son casi todos. Algunos se tiran al río para alcanzar a nado la orilla mejicana. Otros intentan entrar en tromba; hay unos pocos que desisten y deciden regresar a Honduras, y otros muchos están indecisos. Él ve a su padre hablar y gesticular con unos individuos, y terminan cruzando el río en un bote, evitando los controles. Ahora tienen por delante el inmenso territorio mejicano antes de llegar a su destino. Oye al tipo del bote decir que les quedan unos 2.000 kilómetros. Los que cruzaron se han reunido en un pueblo, donde les han acondicionado un modesto alojamiento en tiendas de campaña. Está mojado y aturdido; le duelen los hombros y la espalda; se encuentra tan rendido que apenas tiene fuerzas para comer, pero el sueño llega.
Y mañana seguirá su camino con la mochila al hombro, sonriendo a su hermana y a sus padres para que no se den cuenta de la herida que le han hecho las zapatillas en el pie y preguntándose por qué le obligaron a dejar su pueblo y por qué todos hablan de una tierra nueva y ninguno contesta cuando pregunta qué será de ellos allí.

miércoles, 17 de octubre de 2018

El error de protocolo

No hay oficio que no haya de pagar una cuota de salud por ejercerlo, unos más que otros, desde luego, pero casi todos tienen sus males específicos. Generalmente son de carácter físico, están bien estudiados y cuentan con unas medidas preventivas que protegen en lo posible al trabajador. También la clase política tiene su enfermedad profesional, que suele afectar a los que no tienen una visión ajustada de sí mismos y ven la realidad de su persona a través de un espejo deformante y halagador; una imagen virtual que es tenida por verdadera en lo más hondo de sus convicciones y les hace vivir en un mundo alejado del suelo real que se pisa cada día. Hace unos años, el neurólogo David Owen le dio el nombre de síndrome Hubris, un término griego que alude a un rasgo de carácter relacionado con la desmesura de las actitudes y las ambiciones.
Hubris significa soberbia, arrogancia, altanería, insolencia, vivir convencido de estar llamado a un destino más allá de sus limitaciones naturales. Los griegos acusaban de tener hubris a quien aspiraba a tener más que la justa porción que le fue asignada por el destino, y de su castigo se encargaba Némesis, haciéndole volver dentro de los límites que traspasó. El afectado comienza a perder el contacto con la realidad y a hacer oídos sordos a los que le rodean, y tiende a creerse en posesión de las únicas ideas posibles hasta el punto de considerar que todo el que se opone a ellas es su enemigo. Suele a afectar a los dirigentes que llevan algún tiempo en el poder, aunque no es raro que también se dé en los recién llegados, y no sabe nada de igualdades, porque es más frecuente en los hombres que en las mujeres. Las consecuencias afectan al propio sistema, sacudido por decisiones erráticas y contradictorias, y sobre todo al propio interesado, que parece perder la perspectiva de las implicaciones y los riesgos que se deriven de su afán de ser lo que no es y que pueden ir desde el ridículo al batacazo. Y es que cuando uno se empeña en salirse de los límites que el destino le ha marcado puede terminar como aquel tonto de la zarzuela, que se creyó golondrina y un día se echó a volar de lo alto de una encina.
A juzgar por los síntomas, da la impresión de que algún anticipo de este síndrome se ha colado por el despacho presidencial. Hay un estilo novedoso en las formas, próximo al lenguaje de los signos: empleo de aviones oficiales para viajes insignificantes privados, poses estudiadas, complementos de marca, andares, gestos, miradas y sonrisas de triunfador hollywoodiense. Presume hasta de que le abucheen. Se ve que se gusta a sí mismo. En su afectado desparpajo se adivina el propósito de tratar de mostrar que no ha traspasado ningún límite, porque todo es la consecuencia lógica y natural de ser quien es; y en su tono displicente y en el gesto agrio que a veces se le trasluce a su pesar, puede verse la evidencia de su autoconvencimiento. Queda la duda de si el error de protocolo en la recepción real fue eso, un error, o un guiño que le jugó el subconsciente.

miércoles, 10 de octubre de 2018

Zeinab

Vivir es un azar y morir una necesidad, no hace falta ser un gran pensador para llegar a esa conclusión, pero el necesario hecho de la muerte puede tener un componente de azar en lo que se refiere al modo y al momento, según sea el lugar y el tiempo en que le haya tocado vivir a uno. Zeinab tenía 24 años. Había nacido y vivido en Irán, y en Irán murió. La habían casado a los 15 y desde entonces no hubo un día en que no sufriera abusos y maltratos por parte de su marido y continuas violaciones por parte de su cuñado. Tenía 17 cuando el marido fue muerto a puñaladas. Fue acusada del crimen, a pesar de que había indicios para sospechar del cuñado, sometida a torturas para lograr su confesión, llevada ante un juez sin abogado ni asistencia legal alguna, y condenada a la horca. De nada sirvieron las llamadas a la clemencia de algunos organismos ni las críticas al proceso por parte de juristas y analistas especializados en el caso; mucho menos el hecho de que resulte tan difícil distinguir el tenue hilo que separa la rígida letra de la ley del espíritu que en ella se encierra. El pasado miércoles, Zeinab fue colgada de una grúa.
Cuesta imaginar lo que sucede tras los muros exteriores de esos regímenes, en la oscuridad de sus cárceles y sus juzgados, con los acusados a merced de la posibilidad casi cierta de decisiones arbitrarias y de una red de prejuicios de tipo ideológico que se sobrepone al concepto de justicia. En el caso de la mujer, el delito adquiere matices añadidos; se le endosa una gravedad mayor, pese a que su condición de ser inferior, según el dictamen establecido, bien podría ser un atenuante. Pues no; se hace más imperdonable y más terrible en su condena, porque a la dureza de la cárcel hay que añadir la sensación de indefensión y abandono por parte de la sociedad e incluso de la propia familia.
Ser niña en un país regido por leyes civiles cuya legitimidad inmutable emana fundamentalmente de su origen teocrático, supone una vida entera sometida a una prueba de la que no todas logran salir indemnes. Obligadas a casarse a la edad en que deberían estar jugando al escondite en el parque, educadas para rechazar como inconcebible toda actitud que no sea la del sometimiento y la obediencia, y enfrentadas a un marido consciente de su autoridad y preparado para ejercerla, se convierten en una presa fácil de maltratos, violaciones y anulación de la voluntad. Y al final, cuando la desesperanza y el sufrimiento les ciega hasta el punto de acabar con su maltratador, les espera el patíbulo, no importa la edad que tenían en el momento de los hechos. En lo que va de año, en Irán ya han ejecutado a cinco chicas que eran menores de edad cuando cometieron el delito.
Por aquí, la lejanía del hecho debe de diluir su efecto, porque ninguna de las voces que tanto se oyen habitualmente ha alzado el tono más de la cuenta: ni nuestras aguerridas feministas de las tertulias y revistas, ni el Gobierno del nosotros y nosotras, ni mucho menos ese partido tan progre que ve en la televisión iraní la cima del progresismo. Debe de ser cuestión de perspectiva.

miércoles, 3 de octubre de 2018

Dos caras del otoño

Ya es una frase hecha la de augurar un otoño caliente. Cada año viene a ser la coletilla del final del verano, cuando todo se apresta a iniciar el curso político y laboral y se barrunta la eclosión de aquello que estuvo incubándose en silencio, a la espera de que acabara el poder liberador de los meses vacacionales. Según parece, el otoño es el momento que espera el vapor de la olla para salir todo a la vez. Luego vemos que casi siempre el tal calentamiento se queda en una tibieza soportable y que, bien mirado, en el otoño no hace más que seguirse la tónica habitual de juzgar el tamaño de la noticia por su sombra alargada. Desde la llegada de las redes sociales y su omnímodo poder generalizador, lo que antes eran pequeñas olas que pasaban desapercibidas ahora son maremotos; cualquier incidencia se convierte en conflicto y la cuestión más insignificante es objeto de debates, juicios y sentencias rotundas, al menos hasta la llegada de la próxima, que será al día siguiente.
Bien es cierto que hay veces, como esta, en que las circunstancias generales, tanto las buscadas como las sobrevenidas, parecen juntarse en este tiempo con especial empeño. El reinicio del curso político hace reaparecer los problemas aplazados como si fueran de nuevo cuño, aunque con los mismos planteamientos e idénticos métodos de búsqueda de soluciones. Sigue la tabarra catalana, agudizada por sus aniversarios otoñales; los sindicatos dejan entrever su habitual campaña de huelgas y manifestaciones, y el Gobierno parece navegar a tientas, envuelto en contradicciones, descoordinación, rectificaciones, vaivenes, desorientación y una imagen continua de manoteos al aire. En este campo de cultivo, el otoño se presenta con más temperatura que otras veces.
Y a todo esto, en el otro extremo del mundo, otra vez la naturaleza ha golpeado con su terrible fuerza y su indiferencia de siempre hacia el dolor humano. No acaba la Tierra de encontrar acomodo a sus entrañas después de más de 4.000 millones de años. Esta vez ha sido en Célebes, esa isla con forma de saltimbanqui, que era uno de los escenarios remotos y misteriosos de nuestras evocaciones aventureras en aquellas lecturas de adolescencia que tan felices nos hicieron cuando creíamos que el mundo era un lugar a descubrir y nos dejábamos llevar por él de la mano de Salgari y de otros. Las imágenes que nos llegan de la catástrofe nos dan tan solo una idea parcial, porque lo más terrible hay que dejarlo a la imaginación; está bajo la capa de lodo y las ruinas de los edificios o acaso arrastrado al fondo del mar, pero sobre todo en los corazones de los supervivientes. En el dolor y la desesperación de quienes contemplan el lugar vacío donde hasta ayer habitaba todo lo que constituía su vida. Ni siquiera se sabe cuántas víctimas ni cuantos daños ha producido, pero se sospecha que puedan ser miles. Miles de muertos sin rostro y una tragedia con una imagen mediatizada por otras que vimos en la ficción, lo que le resta eficacia emocional. Pero es pura realidad; dramática y angustiosa realidad.
Y aquí hablando de Torra.

miércoles, 26 de septiembre de 2018

El plagio

Vaya con el plagio. De todas las infinitas causas de crisis políticas, esta es una de las menos habituales; más bien parece propia de otros ámbitos, relacionados con la creación literaria, artística o científica. Ay, las palabras y las ideas a las que sirven de envoltura, qué escasas y qué difíciles de encontrar resultan casi siempre, y qué tentación la de apoderarse de las que se encuentras por ahí extraviadas sin dueño aparente. El plagio suele nacer de la vagancia y la comodidad, y casi siempre es demostración de incompetencia, confesión de la propia incapacidad, un quiero y no puedo que en el fondo viene a ser un tácito reconocimiento del talento ajeno. Los códigos éticos no escritos, al menos en Europa, son rigurosos con el plagiador; marcan su nombre, le apartan al montón de los tramposos y los no fiables. Al fin y al cabo se han apoderado de una propiedad ajena, lo que no sucede en el autoplagio, que siempre resulta más disculpable. Iriarte dedicó a "los que se aprovechan de las obras de otros y tienen la ingratitud de no citarlos", la fábula del hurón que reprochaba a su dueño que presumiese de ser el mejor cazador de conejos cuando en realidad los cazaba él, sin que el hombre le hiciera caso: Y se quedó tan sereno / como ingrato escritor / que del auxilio ajeno / se aprovecha y no cita al bienhechor.
El plagio tiene mala defensa, y pretender ejercerla suele ser peor remedio, porque no es fácil encontrar soportes sobre el que sostenerla. Si se descubre, lo mejor es reconocerlo, aceptarlo, huir de actitudes soberbias, olvidarse de disculpas absurdas y procurar evitar una querella. Todo lo que en este caso de la tesis del presidente no se hizo; aquí se salió a toque de rebato al contraataque negando primero, justificando después, embrollando siempre. Amenazando a los medios que lo publicaron y hasta tratando de introducir dudas sobre el propio concepto como si se pretendiera relativizarlo para modificar su dimensión; ahí está la portavoz del partido preguntándose extrañada si copiar 500 palabras sin comillas puede llamarse plagio. Claro que esta es la opinión de una bachillera, pero qué gran virtud la de saber guardar silencio.
Aprovecharse de las ideas de otros es tan viejo como el hombre, pero las motivaciones y sobre todo la percepción social de sus efectos han ido cambiando. Hubo períodos, como en el Renacimiento y el Barroco, en que, especialmente en el campo musical, era práctica habitual la reelaboración de piezas de otros compositores, que incluso veían con buenos ojos esta apropiación: el autor podía sentirse halagado al ver su obra convertida en fuente de inspiración, era un modo de hacerla más atractiva y popular, y en definitiva podía tomarse como un homenaje a su persona. Más que de plagiadores cabe hablar aquí de recreadores. El simple copión siempre fue despreciado. Moratín se dirigía a uno de ellos para aconsejarle que a los que te ayudan en tus obras, / no los mimes ni los trates; / tú te bastas y te sobras / para escribir disparates.
El plagio del presidente y su ya famosa tesis no afecta más que a su credibilidad personal y a la dignidad del cargo; a los ciudadanos nada. Por algo la política es la única profesión que puede ejercerse sin tener que demostrar conocimiento alguno.

miércoles, 19 de septiembre de 2018

El triunfo de lo trivial

El espectáculo no se detiene ni para tomarse un respiro. Eso sí, se renueva cada poco, aunque con un tono de ya visto y sin que a los protagonistas les importe la creciente sensación de hartazgo entre los espectadores. La misma casta de actores, los mismos escenarios, las mismas sobreactuaciones y una acción que parece inspirada en aquellas batallas a almohadazos que montábamos de niños entre hermanos cuando nuestros padres no estaban. La de ahora es la batalla de los títulos. Una caza desenfrenada de gazapos en el pasado académico de los contrarios, todos hurgando a la búsqueda de algún fantasma en forma de falso mérito que adorna indebidamente el currículum del rival. Los disparos van en todas direcciones y ya han causado dos bajas, una por cada bando, una ministra y otra presidenta de una comunidad, y hay algunos más en entredicho. Como suele ocurrir que los más vulnerables siempre son los más atrevidos y por aquello de no ver la viga en el ojo propio, el estallido se ha vuelto contra el presidente. Alguien se ha tomado la molestia de escudriñar su tesis doctoral y ha encontrado que hay unas cuantas cosas que aclarar. Y, naturalmente, se le piden aclaraciones. Mentiras, excusas, dilaciones, respuestas airadas, el ataque como defensa, silencios interesados y actitudes desafiantes ante la petición de explicaciones. El Gobierno sale en tromba a protegerlo; la vicepresidenta suelta su confuso discurso de siempre con el mismo impostado énfasis de siempre; la portavoz hace imposibles esfuerzos dialécticos, y el propio interesado advierte en el Congreso que algún grupo se va a enterar. Y todo por una tesis que puede que sea el orgullo del autor, según sus propias palabras, pero que, según los entendidos, es poco más que un trabajo de bachillerato en el que, además, trece de cada cien páginas son un plagio.
En realidad, todo este asunto de los títulos es intrascendente. Al ciudadano no le importa que quien le gobierna haya terminado un máster o no. Le importa más que mienta en ello, porque proyectará sus mentiras en todo lo demás. Le importan y le atemorizan la saña, el tono avieso que se oculta tras las palabras, el afán de destrucción del contrario, el imprudente y peligroso acento revanchista, que linda con el odio y reactiva viejos rencores. También nos sirve para varias cosas: por ejemplo, para constatar la calidad intelectual de muchos de nuestros políticos, para mostrar el rigor con que algunas de nuestras universidades otorgan sus máximas distinciones académicas y, sobre todo, para dejar clara la incapacidad de este Gobierno para percibir los problemas reales y su maestría en el viejo truco de crear un conflicto donde no lo había para luego aparecer como un salvador con la solución. El pueblo conciliaba bien el sueño sin preocuparse de dónde estaban los huesos de otro gobernante que murió hace más de cuarenta años, ni de cuestionarse ni por asomo de quién es la propiedad de la catedral de Córdoba. De verdad que hay otras cosas que le quitan el sueño. Hay escrita una hoja de ruta para los malos políticos que aquí parece seguirse fielmente: buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar los remedios equivocados. La escribió Marx, pero no el pelmazo de las barbas, sino el genio del bigote y el puro.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

Covadonga

Mira, amigo, que este valle y estas montañas hay que verlas con ojos divididos entre la admiración por lo que nos muestran y la reflexión por lo que representan. Mira que este es un lugar de contemplación retrospectiva, salvo que se quiera quedar solamente en un oh espontáneo de asombro y en unas fotos, antes de dar media vuelta. Aquí, junto al Auseva, en la cueva que se abre en este marco de caliza, agua y bosque, al que la piedra azafranada de la basílica da un toque casi mágico, confluyen todos los caminos que quieran andarse en Asturias: el del historiador que pretenda desandar el largo proceso que concluye con la recuperación de la unidad española en 1492; el del asturiano que se entrega dócilmente a sus resortes de primigeneidad e identificación, sin análisis ni críticas; el del turista en busca de lugares emblemáticos o especialmente hermosos; el del peregrino cargado de fe que busca elevar su plegaria de consuelo o agradecimiento. Y Covadonga, encastillada en su mito y guarnecida por las actitudes, resiste bien todas las miradas y no defrauda a ninguno. Todo mito nace de una necesidad y, en su origen, mientras el grupo social lo abona y lo riega amorosamente, tiene todas las características y las consecuencias de lo verdadero, al menos para la comunidad que lo fomenta. Son la perspectiva y el rigor histórico los que habrán de desenmarañar la confusa urdimbre de hilos que el tiempo fue entrecruzando, hasta dejar a la vista, clara e insobornable, la lectura del tejido primitivo. En el caso de Covadonga esto se vuelve particularmente difícil todavía ahora, en su decimotercero centenario. Pero tampoco importa mucho.
Quizá vengas con algún resabio, que no es mala cosa siempre que no se le deje convertirse en un quiste dogmático, pero déjate llevar. Mira y respira. El valle se va cerrando. Dejas atrás La Riera, donde acaso aún se acuerden de la tabernera a la que los canteros habían de cortejar si querían beber buen vino. El arroyo corre pegado al camino; viene de la cueva y trae de ella el nombre y el agua santa. La última curva te va a parecer una curva inmisericorde con quien vaya desprevenido, al presentar de golpe la inmensa mole de roca, prolongada en el ábside de la basílica. Es preciso subir a la explanada para equilibrar un poco las dimensiones y recuperar algo de la perdida confianza en uno mismo. Y allí entenderás por qué viajeros de todas las épocas, desde reyes a papas, han expresado su admiración por la belleza de este paraje único. Y allí también tardarás muy poco en darte cuenta de que Covadonga es el lugar ideal para detenerse a mirar con calma en el propio interior en busca de alguna respuesta aún no encontrada. Todo te ayudará en este inmenso retablo de roca y verdor.
Y al final, amigo, te confieso que yo he llegado a la conclusión de que el mayor misterio y a la vez la mayor aportación de Covadonga, como la de otros centros similares, no residen tanto en su carácter histórico como en su condición catalizadora de voluntades y aunadora de sentimientos, referencia y recurso al que acudir cuando vientos ajenos alteran la calma, e inspiración perenne de un pueblo sencillo e imaginativo que allí busca aliviar sus penas.

miércoles, 5 de septiembre de 2018

De amarillo

Pues sí que han acertado los cerebros de la turra de Torra eligiendo el amarillo para pedir la libertad de sus compadres presos. Pero hombre, si el amarillo es el color asociado desde siempre al lado negativo de lo que nos rodea; si apenas hay entidad ni ámbito natural o humano que lo puedan presentar con sólidas connotaciones positivas, como no sean el oro y el sol. Color primario, sí, señalético y bien visible, también, pero cuánto hace porque escapemos de él. En el ámbito europeo es el color de la envidia y la cobardía, y en casi todo el mundo el de la traición y el narcisismo; el del azufre, el absurdo y la locura. Amarilla se llama la prensa que solo vende sensacionalismo y amarillos a los sindicatos vendidos al patrón; amarilla es una fiebre tropical y la cara de los enfermos del hígado; amarillo es el color que da mal fario a los actores, que jamás lo vestirán, y amarillo es uno de los avisos de la naturaleza: cuando vea un animal amarillo, cuidado con tocarlo; es posible que sea venenoso. Amarilla también era la estrella con que se señalaba a los judíos antes de meterlos en los trenes. A lo mejor, por eso a los de los lazos de ahora algunos les llaman lazis. También estos son excluyentes, pero, al revés que los otros, excluyen a quienes no los llevan.
La moda de los lacitos tiene el sentido de hacer visible algo que por sí mismo pasaría desapercibido; una llamada de atención hacia un problema olvidado por minoritario o porque ocupa un escaso espacio en la sociedad: una cierta enfermedad, una necesidad de algún determinado grupo social de poca visibilidad, un recuerdo, alguna situación penosa de escasa relevancia para la mayoría pero doloroso para quienes lo padecen. Humildes presencias en las solapas de las personas de bien, siempre por causas nobles y ajenas a toda conveniencia partidista. Hasta ahora. Ahora los han prostituido. Lo que era un signo solidario y bienintencionado que unía voluntades en favor de una minoría necesitada, ha sido convertido en el emblema de una preocupante fractura social, en causa de discordia y de enfrentamiento entre vecinos.
Con su amarillo a cuestas y su absurda presencia en los sitios más inadecuados, estos lazos sí resultan simbólicos, ya lo creo. Simbolizan el fanatismo nacido de una ignorancia deliberada de todo aquello que echaría por tierra el edificio de la gran falsedad de la historia inventada. Simbolizan la inmensa mentira de llamar presos políticos a quienes son simplemente unos políticos delincuentes. Simbolizan la pretensión de una superioridad autoatribuida y de un supremacismo carente de todo argumento racional, que trae ecos de triste referencia. Simbolizan el fin de un anuncio de neón, la evidencia de la cuesta abajo de una sociedad que se tuvo en otro tiempo por modelo de pragmatismo y modernidad en fecunda mezcla, y por avanzadilla del progreso, de la creatividad y del buen sentido. Cuánta exageración y cuánto papanatismo ha habido siempre por parte de algunos en estas miradas. Ahora todo ha quedado a la luz. Camelot era solo un espejismo, pero sus señores no; esos eran y son una penosa realidad.