sábado, 23 de enero de 2010

Tierra de dolor

Sería difícil encontrar otro lugar donde hubieran podido juntarse tanta desgracia sobre desgracia y dolor sobre dolor. Es como si allá donde se tiran los dados que determinan el destino de las naciones lo hubieran hecho con números trucados maliciosamente. Como si quisieran obligarnos a cambiar nuestra idea de que la naturaleza es ciega, insensible y amoral. Haití llora hoy con lágrimas que corren por los mismos surcos que otras abrieron incesantemente durante siglos. La isla más bella del Caribe ha tenido la suerte que nunca cabe esperar de la hermosura, si pudiera considerarse con criterios humanos lo que obviamente no se puede. En esta mitad occidental de La Española la Historia se escribió siempre con líneas rojas de sangre y dolor. Líneas que reflejan siglos de esclavitud, tiranías, huracanes, hambrunas, revoluciones, opresión, analfabetismo y desgracia, sobre todo desgracia, tanta que uno de los paraísos naturales de América resulta ser un patio miserable para sus habitantes. No sé si esto puede explicar que sus creencias se hayan plasmado en una religión de fuerte componente mágico, como es el vudú.
Haití es ahora una tierra poblada de cadáveres, más de cien mil definitivamente vencidos, y el resto deambulando entre los escombros con la mirada perdida y sin más objetivo que encontrar unas manos que les den algo. Protagonistas involuntarios de un instante que se presenta como un trasunto del fin del mundo sin trompetas ni ángeles mensajeros. Lo terrible del terremoto es que aún no hemos podido descubrir cómo nos avisa. El huracán se anuncia, el volcán ya advierte con su simple presencia, la inundación puede predecirse, el tsunami es impotente tierra adentro. Sólo el temblor de la tierra enloquecida nos deja en la indefensión más desamparada. Será una casualidad que, con dos o tres excepciones, las malditas placas tectónicas que no acaban de asentarse estén bajo el suelo de los países más pobres y que, por ello, una de sus sacudidas tenga aquí un efecto mucho más terrible, porque la naturaleza respeta más a los poderosos que le oponen su técnica que a los miserables que no la tienen.
Vuelan las ayudas desde todas las partes del mundo; se moviliza la generosidad individual ante las incalificables escenas que nos llegan. La era de la imagen ha globalizado el dolor y hace aflorar, con su tremendo poder, hasta el último impulso de solidaridad más oculto en todos nosotros. Por encima de la anarquía desatada por conseguir satisfacer el instinto de supervivencia quedan las preguntas sin respuesta y la búsqueda de un consuelo que, en algunos casos, ni siquiera pueda dar una fe religiosa aturdida por el contrasentido de unos hechos que parecen incompatibles con los aspectos fundamentales de esa misma fe. Y, desde luego, el misterio de por qué la vida se ha desarrollado en el planeta al mismo tiempo que su construcción, como si nos hubieran obligado a habitar una casa aún sin terminar. "Ah, quién me devolverá mi país, Haití", clamaba ya hace años desde el exilio un poeta haitiano. Ojalá pudieran ahora devolverle otro, transformado y renovado.

jueves, 14 de enero de 2010

Los nuevos mercaderes del Camino

Ya está aquí otra vez eso que los avispados especuladores de la Historia han dado en llamar el Xacobeo, así, como marca comercial, como una gigantesca reestructuración de una vieja máquina en la que lo que menos importa es su esencia originaria, sus objetivos primordiales y el carácter que todo un milenio le ha impreso en sus entrañas. Porque hay contaminaciones más dolorosas que las que hieren nuestro medio natural o nuestros sentidos; al menos esas casi siempre son remediables, aunque sea a gran coste. Las penosas de verdad son las que contaminan sin ningún reparo bienes inmateriales, esos que se han ido asentando en el corazón de todos a lo largo de los siglos, y que hasta ahora creíamos fuera del alcance de las negras garras mercantilistas. Y que, una vez tocados, ya no tienen curación. Del mismo modo que la ley impide alterar un paisaje natural o un monumento, debería haber una norma que prohibiera modificar en beneficio propio los paisajes y los monumentos inmateriales que la Historia ha forjado y dotado de un carácter determinado. Pero a ver quién hace comprender todo esto a los políticos, si son ellos los más interesados.
El Camino de Santiago era acaso el legado histórico más limpio de intromisiones que teníamos hasta ahora. Su doble esencia, un sentido espiritual y una hermosa realidad física, habían sido preservados sólo para quienes quisieran recorrerlo movidos por alguno de los infinitos motivos que hay para ello. El que esto escribe, que acertó a andarlo poco antes de que cayeran sobre él los agentes contaminantes -y de cuya andadura dejó crónica larga y puntual-, no puede menos de dolerse por verlo convertido hoy en un simple modo de producción económica. Se anuncia el Camino como se anuncia un viaje a Cancún: con eslóganes turísticos, con ofertas y con modelos publicitarios; salen famosillos andando tres kilómetros para promocionarlo; anda como destino estrella por los escaparates de las agencias de viaje. Lo han reducido a una vulgar marca turística, con su logotipo oficial y con unos objetivos que tienen mucho que ver con criterios empresariales. Lo que resulta más curioso es ver a los políticos, esos tan laicistas, invitándonos a peregrinar.
Que ellos y los mercaderes echen mano, para conseguir sus votos y divisas, de otros medios. Que dejen en paz el Camino. La vieja ruta ya tiene bastante llamada con su propio silencio. El que se anime a tomar el bordón en Roncesvalles para llegar a Compostela, que lo haga por afanes culturales, por inquietudes religiosas, por motivos históricos, por amor a los espacios abiertos, por tratar de encontrar alguna respuesta, por simple curiosidad, pero no por moda, no porque lo pidan los políticos y las firmas comerciales, no por estar al día. Y mejor aún: que espere a que pase este dichoso Xacobeo y su farandulera bambolla, que el Camino lo agradecerá penetrando más profundamente en su espíritu, sea cual sea su condición y sus motivaciones.

sábado, 9 de enero de 2010

La enseñanza que tenemos

Últimamente ando dándole vueltas a una pregunta que está comenzando a mirarme de reojo y que lanzo al aire por si alguien de los de mi generación también se la hace. Ahí va: ¿somos el producto desgraciado de un sistema educativo nefasto y fracasado? ¿Tan pésima fue nuestra formación? ¿Tan ignorantes nos han hecho nuestros educadores, tan poco nos han enseñado de letras y ciencias, tan brutos hemos salido? Pues parece que sí, porque si no, a ver cómo se explica ese afán periódico de poner patas arriba todo el sistema de estudios en busca de quién sabe qué modelo.
El caso es que uno se mira y remira y no se encuentra ninguna frustración. Uno hurga dentro de su persona y se encuentra bastante satisfecho con lo que ve, y entonces compara con lo que contempla por ahí ahora y se vuelve hacía sí mismo y se dice en lo más íntimo: ya quisieran haber tenido mucho de lo de aquello.
Que no hablo de nada ideológico, ni mucho menos, sino de simples conocimientos. Un servidor, que por condición y circunstancia se encuentra cerca de los que hoy tienen que pechar con los libros de texto, lo comprueba sin esfuerzo, y ustedes también, hagan si no la prueba. Un chico es posible que esté a punto de entrar en la Universidad y no sea capaz de recitar en orden coherente los ríos de España, ni sepa qué ocurrió en las Navas de Tolosa, ni distinga bien a Hernán Cortés de Magallanes. Por supuesto, será difícil que pueda recitar un poema de memoria, aquellos poemas que antes todos aprendíamos y que nos servían, entre otras cosas, para fijar con precisión los registros de la palabra y apropiarnos de un léxico rico y hermoso. Ahora es que nadie lee poesía; ahí está el lenguaje que usa la juventud. Tampoco hay nada parecido a una asignatura de urbanidad o algo así, que no enseña a inclinarse ante nadie, sino a ceder la prioridad al débil, a responder con la palabra y el tono adecuados y cosas así; a no ser un animal, vamos. También esta enseñanza se la llevaron las reformas.
No quiero caer en el vicio de la crítica injusta, que es vicio de mentecatos y bellacos, pero el caso es que no parece acabar de encontrarse el meollo del cogollo. Más de treinta años de intentos ambiciosos, de leyes de siglas imposibles, de cambios absurdos de denominaciones, de rectificaciones en razón de intereses partidistas y de andar presuntuosamente a golpes de ciego, han desembocado en una realidad descorazonadora: nuestros jóvenes puede que tengan más conocimientos que los de la generación anterior, pero saben infinitamente menos. De hecho son los que menos saben de toda Europa. ¿Qué les ocurre a nuestros políticos? ¿Qué sucede para que ninguno sea capaz de establecer una reflexión acertada que conduzca a una solución duradera, de esas que sólo el tiempo, en su largo e inexorable cambio, puede dejar caduca? Pues quizá la respuesta sea tan obvia que les cuesta trabajo admitirla: que no son ellos quienes deben elaborar la ley, sino quienes conozcan el problema en su misma entraña y no tengan ninguna servidumbre en las urnas. Puede que esto sea aplicable a cualquier ámbito sectorial, pero es que este no lo es, porque en él estamos metidos todos.
De todos los sustentos en que se apoya la continuidad de una sociedad –y no son muchos: educación, conciencia nacional, libertad individual- quizá sea este el más trascendente. La falta de libertad puede subsanarse sin más que algunos retoques legales, pero una educación deficiente no, porque la educación, junto a la genética, es la que nos hace ser como somos. Quizá por eso es tan vulnerable a las veleidades y le dañan tanto las tendencias partidistas. Y por eso es también tan apetitosa para el poder, porque es una hucha para el futuro de su supervivencia. Adoctrinar es un buen seguro para el mañana, eso lo saben bien desde las cabañas hasta los palacios de cualquier época y lugar. La grandeza de los políticos residiría en ser capaces de crear las condiciones para debatir un gran pacto social y retirarse luego hacia la barrera para, una vez se haya alcanzado, volver para dotarlo de todos los medios necesarios para su operatividad. Sin condiciones, sin influencias, sin presiones. Dejando que sea la propia sociedad la que dirima sus diferencias de criterio hasta conseguir un marco general básico en el que exista el máximo acuerdo. No es el Estado quien ha de educar a nuestros hijos, sino nosotros mismos a través de él; simplemente sería un instrumento. Pero sobre algo tan delicado vuelven a sobrevolar los intereses ajenos, las perversiones ligadas a los terruños, los deseos encubiertos de quienes aspiran a dominar las voluntades futuras. Convendría no olvidar que, como alguien dijo, educación es lo que sobrevive cuando se olvida lo que se ha aprendido.
Pues a lo mejor, aquel bachillerato no era tan malo, ni la figura del maestro rural era inútil y los niños se sentían más seguros y rendían más al saberse cerca de su casa y en su propio ámbito. A lo mejor no tendremos que pagar nunca el mísero papel que asignamos a las humanidades en la formación de nuestros hijos, sin darnos cuenta que sólo ellas son capaces de instalarlos en su real condición de seres humanos. A lo mejor.

sábado, 19 de diciembre de 2009

Feliz Navidad

Feliz Navidad a ese colegio que prohibió un festival de villancicos, a quienes aquí han decidido no instalar ningún belén público y a todos esos que entienden que las tradiciones que sustentan nuestra vida tienen un valor infinitamente más pequeño que el progresismo de sus ideas. A pesar de todo, feliz Navidad.
Feliz Navidad a quienes convierten cada día en un acto de heroísmo anónimo, a quienes se levantan cada mañana para ir a su trabajo sin apenas otra satisfacción que el de tenerlo, a las madres que llevan a sus hijos al colegio y les quitan con un beso la destemplanza de la madrugada, a quienes han de convertir la rutina diaria en el argumento central de sus vidas. Que en estos días puedan sentir el inmenso valor de esa rutina.
Feliz Navidad a los que vagabundean por nuestras calles con su esperanza a cuestas, prefiriendo antes la miseria aquí que la vida en sus países. Que los nuevos aires que han decidido respirar cambien en su alma todo aquello que haga falta y den a su cuerpo el cumplimiento de sus ilusiones.
Feliz Navidad a quienes soportan cada día las miserias de nuestro espíritu, ayudados por la robusta coraza del amor o la amistad, y a quienes sufren en su débil carne los instintos criminales de quien cambió su amor por odio. Con respeto, ternura y sincero anhelo, feliz Navidad.
Feliz Navidad a los pastizales de Beit Sahud y a quienes apacientan en ellos sus rebaños y ven que en el cielo, en vez de una luz anunciando paz a los hombre de buena voluntad, aparece la de los helicópteros lanzando ráfagas de muerte; a todos los habitantes de Belén, que seguramente nunca cantaron un villancico, y a quienes aún hoy siguen haciendo el papel de Herodes. Incluso a estos.
Feliz Navidad a los campos silenciosos, blanqueados por la escarcha de la mañana como una ilusión recién nacida; al jilguero aterido que espera con infinita paciencia un breve rayo de sol; a la cumbre nevada y al bosque enmudecido; al leño que crepita y a las manos que calienta.
Feliz Navidad a ese señor que me saluda por la calle sin conocerme, a quien me llama para mostrar su desacuerdo con algo que he escrito, al cartero que, sin saberlo, me llena cada mañana de alegrías y disgustos. Y a ti, que has querido leerme.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Inconsecuencias

O es que en esta aldea global en que hemos convertido el mundo las noticias ya no tienen impedimentos y por eso nos parece que ahora suceden cosas que antes no sucedían, o es que realmente vivimos una época en que el hombre ha acentuado sus contradicciones y sacado a la luz sus miserias más escondidas. Lee uno los periódicos, sobre todo esos rincones de noticias que suelen pasar desapercibidas, pero que suelen retratarnos mejor que los grandes titulares, y se encuentra con un retablo de muestras de la conducta humana que van de lo curioso a lo sorprendente y a veces de lo dramático a lo risible: fallos judiciales inexplicables, opiniones extravagantes, sucesos inauditos, decisiones estrafalarias. Hechos derivados de la complejidad de la sociedad y que apenas suelen tener más importancia que la meramente anecdótica porque afectan a una parte limitada de ella. Dan más que pensar cuando se consagran en códigos y adquieren categoría de ley.
Aquí, sin ir más lejos, si a usted le da por leer el Código Penal verá que su artículo 334 dice que el que impida la reproducción de una especie amenazada será castigado con la pena de prisión de cuatro meses a dos años. O sea, que si alguien destruye un embrión del quebrantahuesos, por ejemplo, se verá en la cárcel, pero si elimina un feto humano lo hará amparado por la ley. Aun obviando los aspectos morales del caso, queda su incongruencia y la imposibilidad de encajarlo dentro de la lógica. Por supuesto, habrá quien piense que no es el mismo caso. Y no, no lo es. Al margen de las circunstancias coyunturales que afecten a la especie, entre ambos embriones hay una evidente diferencia.

miércoles, 2 de diciembre de 2009

El barco y el puente

El revuelo que se ha formado en torno al estatuto catalán viene a confirmar que el análisis sereno y la capacidad de previsión son cualidades que nuestros dirigentes políticos consideran secundarias ante el efectismo de los pactos y los mercadeos. Sesudos politólogos habrá que puedan explicarlo con enmarañados argumentos, pero el ciudadano tiene derecho a preguntarse cómo se puede poner en vigor nada menos que una ley de rango estatutario sin comprobar primero que se ajusta al marco legal superior. El caso recuerda a aquel otro que pasó a todas las antologías universales de la chapuza. Lo cuenta Pedro Voltes en uno de sus libros. El astillero Intermarine, situado en el río Magra, junto al puerto de Ameglia (Italia) aceptó en 1981 el contrato de su vida: construir los cascos de un minador y 4 lanchas para Malasia. Hasta entonces se había dedicado a embarcaciones menores, pero aquel era un encargo muy provechoso. El trabajo no tardó en estar listo, pero entonces se dieron cuenta con horror de que la desembocadura del Magra estaba atravesada por el histórico puente de Colombiera, orgullo de la comarca. Hasta entonces, los barcos construidos habían pasado sin problemas, pero estos no podían. La empresa se ofreció a derribar el puente y reconstruirlo a su costa para evitar el ridículo, pero el municipio de Ameglia se negó. No sabemos como acabó. Tampoco sabemos cómo va a acabar esto otro, pero el puente que aquí puede romperse es mucho más importante.

viernes, 13 de noviembre de 2009

Los libros y el tiempo

Una vez más razones de espacio me han llevado a una reorganización de mi biblioteca, que había ido creciendo año tras año sin apenas darme cuenta, hasta sorprenderme con sus buenos miles de ejemplares. Sobre las bibliotecas cae el tiempo con la misma implacable ley que sobre todos nosotros. Las bibliotecas nacen y crecen y, afortunadamente, no mueren, pero en esta vida casi inmortal se van tornando frondosas y abundantes en ramulla, que es necesario aclarar de vez en cuando aunque no sea más que para dejar espacio a los nuevos brotes. Y como no me fío en absoluto de mis propósitos de no comprar más libros, porque hasta ahora nunca los cumplí, no tengo más remedio que aprovechar el espacio de que dispongo, otorgando prioridades y condenando a unos cuantos a baúles y cajones.Sin embargo, una operación tan simple puede terminar convirtiéndose en una pequeña reflexión existencial si trata uno de realizarla a pecho limpio, sin haber procurado prevenirse contra los efectos del paso del tiempo, que siempre es cosa saludable. Una biblioteca es, casi como ninguna otra cosa, el reflejo de una vida, de una personalidad y de un carácter. Los libros que hoy la componen fueron el resultado de unas ideas determinadas en un momento determinado. La simple mirada de sus títulos nos informa de nuestra propia evolución con una fiabilidad más exacta que nuestro mismo recuerdo, porque su sola presencia ya desmiente cualquier otra apreciación. Esos libros que hemos ido adquiriendo a lo largo de toda nuestra vida con tanto esfuerzo, cuántas veces mirando con pena nuestras exiguas propinas hasta ahorrar lo suficiente para poder tener al fin en la mano aquel objeto, que desde entonces se hará parte de nuestro mundo para siempre. Libros que nos han regalado con ilusión y tienen una dedicatoria inapreciable. Libros todos ellos que responden con casi total exactitud a nuestra forma de pensar y a nuestra visión de la vida en ese momento. Libros que nos han hecho pensar, reír, llorar y hasta sudar sobre sus líneas incomprensibles; esos libros que no pueden ser sustituidos jamás, porque tienen en sus tapas el olor de nuestras manos y en sus páginas el secreto de nuestros pensamientos, de algún que otro propósito y de más de una esperanza.Hoy, mirando mi biblioteca y puesto en la difícil situación de tener que seleccionar entre sus libros para dejar espacio a otros, puedo darme cuenta del trayecto que ha recorrido el pequeño mundo de mis gustos e inquietudes literarias, y con ellas yo mismo, con mis fobias y mis filias, las preocupaciones conceptuales que un día supusieron para mí algo muy importante, los estilos narrativos que en su momento admiré, los temas que me inquietaron. No soy capaz de saber ahora si esto es bueno o malo, pero sí parece evidente que por lo menos es un buen antídoto contra el dogmatismo. Y, desde luego, una fuente de nostalgia invencible por tanta vida dejada atrás.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Vivir sin amor

Rezagol tiene trece años, una expresión en sus negros ojos de una energía impropia de su edad y unos sueños infantiles deshechos apenas recién nacidos. Sabe, más bien intuye, lo que es el amor, lo ha visto en las películas, pero es afgana y mujer, y por ello sabe también que está condenada a no vivirlo. Se han apropiado de sus ilusiones y de sus sentimientos, obligándola a casarse con un anciano al que ni siquiera conoce. Cuando llegó a su nueva casa no pudo soportarlo. Buscó una botella de gasolina, se la echó por encima y se prendió fuego. Salvó la vida, pero su cuerpo quedó tan afectado que ni siquiera puede andar. Sólo su cara se libró de las llamas. Pero su drama no acabó ahí. Ante el deshonor que suponía para la familia el hecho de intentar suicidarse para huir de su marido, sus padres la sacaron del hospital para ocultarla a todas las miradas. Menos mal que, tres meses después, y ante el peligro que corría su vida, otros parientes más comprensivos decidieron internarla de nuevo, aunque sin grandes esperanzas.
La crónica de la historia nos ofrece momentos de especial dureza para la mujer, especialmente en lo que se refiere al sometimiento de su voluntad y al acallamiento de sus impulsos más humanos, pero sólo es posible encontrar un estado de aniquilación semejante en las épocas en las que las ideas igualitarias derivadas del moderno desarrollo de una moral racional eran impensables. Se anula su voluntad, por supuesto, pero también su cualidad de ser humano capaz de amar según sus impulsos más íntimos. El amor ya no depende de ese azar maravilloso que entrelaza a su antojo dos ilusiones hasta su entrega total. Por amor se pueden hacer muchos desatinos, pero benditos sean. Mucho peores son los que se obligan a hacer por un amor impuesto, y más cuando se impone en la edad en que la vida se nos presenta como una llamada sugestiva, plena de promesas.
Del fanatismo a la barbarie sólo media un paso. Estos individuos, que Alá los inspire, lo dan cada día, sobre todo en lo que se refiere a la mujer. No sólo la condenan a contemplar el mundo a través de una tela, sino a vivir sin amor. Rezagol es uno más de los cincuenta casos de autoinmolación que se han producido por la misma causa sólo en este año, pero hay tragedias ocultas que destrozan de otro modo. "Aquí no hay ni una sola mujer enamorada de su marido", dice un cooperante que conoce bien el país. Pobre sociedad la que elimina el amor como causa original de sus vínculos más primarios.
Uno no ha oído a los movimientos feministas ni siquiera un murmullo. Tampoco sabe cómo pueden encajar casos así en ese intento de aliar civilizaciones. Para que pueda haber una alianza de civilizaciones es preciso que las dos partes lo sean, es decir, que las dos estén civilizadas; si no, el resultado será un engendro, en el mejor de los casos, inútil y, en el peor, de consecuencias imprevistas. No resulta fácil ayudar a la solución de lo que no se comprende, y si aplicamos nuestra mentalidad de occidentales quién sabe qué daño podemos causar. Aunque seguramente nunca será mayor que el que ya le han causado a esa niña.

miércoles, 21 de octubre de 2009

Argentina

-Los argentinos somos algo más que el tango, no nos confundan. Claro que el tango es mucho más que los argentinos.
Me lo decía en un cafetín cercano a la calle Caminito un camarero flaco y bigotudo, en uno de los momentos, que deben de ser muchos, en que no tenía demasiado que hacer. Fuera, la Boca hacía relucir al sol los mil colores de sus casas como con ansia de congraciarse quién sabe con qué. La Boca ya no es un barrio de taitas y entreveros ni de percantas amilongadas que amuran a los hombres, si es que alguna vez lo fue, pero sigue siendo un barrio de muelles, boliches y viejas vías de ferrocarril. En realidad, la Boca viene a ser como ese pariente pobre y feo que termina por hacerse con la atención de las visitas. Porque la Boca puede verse como la tercera fundación de Buenos Aires, la conversión de la ciudad aristocrática, con su viejo cuño virreinal, en otra dotada de una nueva base, exclusivamente monoclasista, que al final bien que supo dejarse sentir. Las industrias navales levantadas en las tierras húmedas e insanas de la Boca, necesitadas siempre de mano de obra, acogieron a un buen número de los emigrantes desesperados que soltaba la vieja Europa en sus crisis permanentes, un lumpen desconocido, pero nunca agresivo, que recibió y dio y terminó haciéndose autóctono. Los europeos venían como hijos de legado espartaquista y nietzschiano y de tantos y tantos legados, y sin embargo se dejaron diluir. Ni los pajueranos, ni los criollos, ni siquiera la herencia gaucha intervinieron decisivamente en esta nueva refundación porteña.
Claro, amigo, que los argentinos son algo más que el tango, y eso que uno confiesa que el tango siempre le ha parecido el más hondo e intenso de los géneros musicales populares, porque entre todos ellos es el que más cerca está de ser eso que Julián Marías llamó la forma concreta de la circunstancialidad. Pero por supuesto que una manifestación siempre habrá de ser una representación parcial del conjunto del que nace. Cualquiera que recorra esta tierra, desde Salta a la Patagonia o desde la inmensidad de la pampa a los Andes, puede comprobarlo y enamorarse de ella. Porque no es difícil la aproximación espiritual al ser de Argentina, ese país que suele buscar una sola causa para sus eternos males, sin más análisis que los inmediatos; una tierra de proverbial fertilidad, en la que dicen que se escupe y brota un ceibo; una nación a la que, a pesar de todo, no han podido derrotar sus dirigentes; un país, decía Clemenceau, tan rico que se recupera durante las ocho horas que duermen los políticos. Una tierra de poetas y cantores, capaces de encontrar un intenso sentimiento lírico hasta en el sapo cancionero. No, ningún país admite definiciones metonímicas, y menos Argentina, a pesar de que tiene su panteón popular de mitos en una trinidad: Gardel, Evita y Maradona. El primero es fácil de admitir; la segunda puede ser más discutible, pero el tercero hace que de verdad agradezcamos que no se pueda tomar la parte por el todo. En todo caso, que nadie nos haga olvidar, por ejemplo, a Borges o a Cortázar.

jueves, 8 de octubre de 2009

Madrid

La metáfora de Madrid no estriba en lo que marcan los cánones de la preceptiva literaria, aunque es aquí precisamente donde se escribieron algunas de las obras más bellas de la lengua. Estriba en sí misma. Metáfora del centro como fuerza autogenerativa y de la falta de pretensiones aplastada por la mayor de todas a las que puede aspirar una ciudad. Toynbee no la incluyó en sus "ciudades de destino", pero ya sabemos cómo se las gastan los anglosajones con lo ajeno.
Aquella pequeña villa medieval, de aguas abundantes y bosques ricos en caza, ya tenía su historia antes de ser lo que luego fue. Ya había sido lugar de reunión de las Cortes, sitio de reposo real, prisión del poderoso Francisco I, y hasta había visto nacer al primero de los grandes viajeros españoles, Ruy de Clavijo, pero su destino de ciudad vulgar tomó otro derrotero cuando en 1561 fue elegida, por encima de las grandes ciudades castellanas, como sede permanente de la corte y, por tanto, capital de hecho del inmenso Imperio español. Sin embargo, y ahí está la primera de sus paradojas, no tuvo ningún reconocimiento externo a su nuevo rango. Felipe II no era un emperador romano y la Contrarreforma no era un tiempo que permitiese expresiones grandilocuentes de poder terrenal más allá de la fría desnudez. Madrid fue la más humilde las capitales en cuanto a imagen, pero la más rica en expresión creativa. Apenas cincuenta años después de su capitalidad no había ciudad en Europa que albergase a tantos genios por metro cuadrado. Todos los grandes escritores, pintores y músicos del Siglo de Oro nacieron o crearon allí su obra, y además de forma coincidente. Todavía hoy, el turista que recorra el barrio de Las Letras sentirá su presencia, sin tener que forzar apenas su poder de evocación. Y ahí tenemos, otra paradoja, esa fascinante capacidad de metabolizar todo lo que puede alimentarla hasta convertirlo en genuinamente suyo. Su poderosa singularidad, creada por los siglos a través de infinitas singularidades menores, lo absorbe todo sin atender a su origen y lo transforma hasta darle un toque inequívocamente madrileño, y así desde el chotis al mantón de Manila. Nada es rechazado, todo es bienvenido, todo encuentra su sitio en los estantes de su espíritu.
Aun hoy, cuando ya se ha convertido en una de las grandes metrópolis de Europa, permanece en ella un sustrato inconfundible que a todos identifica y en el que todos han tenido que ver. Ramón Gómez de la Serna lo dejó escrito: "La condición de Madrid es hacer que todas las cosas tengan el regusto de sí mismas. Hay en él ecos vivos del solo vivir. No ha inventado la palabra denigrante de gringo ni meteco ni gallego. Madrid es la ciudad de la luz sensible y nada más". Y fue esa condición la que invocaba el catalán Pi y Margall cuando confesó a su amigo Oriol Mestres "estar perdidamente enamorado de ella".

Ahora a Madrid la han privado de los Juegos Olímpicos porque la excelencia suele ser vencida por consideraciones bastardas ajenas a ella. Lo mismo que sucede con las subvenciones oficiales y con la mayoría de los premios. No hay defensa contra ello.

lunes, 5 de octubre de 2009

Subida de impuestos

Pues sí que hacen falta tantas facultades de Económicas y tantas inteligencias dedicadas al estudio de la cosa del dinero, premios Nóbel incluidos; sí que merece la pena rodearse de centenares de expertos a sueldo de oro, esos que manejan el lenguaje económico con las expresiones esotéricas de los iniciados y que en el fondo no pueden evitar parecer resabios de los viejos arbitristas. Al final, todo lo que se les ocurre a nuestros gobernantes para salir de la crisis es lo que se le ocurriría al más lerdo en estas cuestiones: subir los impuestos. Los directos, los indirectos y los demás, si es que queda alguno. Dicen que es para sacarles dinero a las rentas más altas, y suena muy bien, pero resulta que lo primero que van a "reajustar" es el IVA, que "reajustará" a la vez el pan que usted compra cada mañana, el autobús que ha de tomar cada día, el café que se permite cada tarde, la luz, el teléfono y todo lo que necesitamos cada minuto. O sea, que todos seremos más pobres, sólo que a los ricos les importa menos. Si además le suben lo que le descuentan de los intereses de la pequeña imposición a plazo fijo que ha conseguido tener después de privarse de muchos caprichos, las cuentas de las soluciones no cuadran. Al ciudadano le van a castigar tanto si consume como si ahorra. No sé lo que dirán los expertos, pero si se frena el consumo y el ahorro, no parece que pueda reactivarse nada.
Apoyado en el mostrador de una cafetería, un cliente con aire de ejecutivo explicaba a su interlocutor sus conclusiones, que iban más allá de la simple coyuntura:
-La raíz de todo está en el sistema que nos hemos dado. Hay que ser un país muy rico para mantener dieciocho gobiernos, con sus asesores, coches oficiales y demás, dieciocho parlamentos, casi 1.900 diputados entre nacionales y autonómicos, cinco cuerpos de policía, no sé cuántas televisiones públicas. Pero no hay remedio, porque cualquier posible reforma depende de ellos y no la van a hacer.
Lo que el contribuyente más bien se pregunta es cómo, en un momento en que millones de familias están viviendo la angustia de la necesidad, podemos permitirnos regalar dinero a manos llenas a todo el mundo. Hemos perdonado a don Evo, ese que saludó al canciller de la república de España, una deuda de 70 millones de euros, y hasta los gays y lesbianas de Zimbabue han tenido su regalo, y los que habrá por ahí que uno no sabe. Como para acoger la subida de impuestos con una sonrisa en los labios.
Si hasta puede ser que resulte necesario; si hasta es posible que existan razones de ida y vuelta más allá de la pura filantropía, pero que alguien nos lo explique, aunque no sea más que para no sentirnos unos pardillos, eso sí, con palabras alejadas de la retórica de la fraternidad universal y cosas así.

jueves, 24 de septiembre de 2009

El sacrificio de cada año

Tengo delante de mí un libro de texto de los muchos que los padres se ven obligados a comprar por estas fechas. Ha costado 68 euros, o sea, 11.300 pesetas, si así se dan mejor idea. No es un tratado de biología molecular ni un sesudo volumen para estudiar en los cursos superiores de alguna facultad. Es el libro que le piden a un niño de cuatro años, o sea, en pre-escolar. En realidad se trata de un conjunto de cuatro cuadernillos en los que el niño habrá de hacer sus garabatos infantiles. Pues ya lo ven: 68 euros.
¿Quién es el responsable de este disparate? ¿En qué despacho se toman estas decisiones? ¿Qué intereses se mueven detrás de este abuso? Inútil esperar respuestas. Hay quien dice que en el desmadre educativo en que estamos, en el que cada región tiene libros distintos, las tiradas por fuerza han de ser pequeñas y, por tanto, los precios altos, y que si los textos fueran únicos para toda España, otra cosa sería. Parece verosímil, pero a ver quién se lo cuenta a los políticos. Mientras tanto, los padres a hacer el sacrificio del año.
Políticos, colegios, consejos escolares y administración participan de este desaguisado, cada uno en su medida, aunque no hay que gozar de mucha agudeza para ver que si alguien tiene poco interés en que esto se resuelva son las editoriales. Al fin y al cabo, unos padres jamás regatearán ningún sacrificio por la formación de sus hijos, y mientras ese sacrificio pueda ser transmutado en ganancia, pues alabado sea el cielo. Y mientras las Asociaciones de Padres no se planten con firmeza y amenacen con dejar a sus hijos en casa hasta que alguien decida tomar las medidas que sean para evitar este saqueo de cada año, así seguirá, porque de la sensibilidad de los que mandan poco cabe esperar.
Los frutos del estudio son dulces, pero su raíz es amarga, decía Catón. Que se lo venga a preguntar a los padres de hoy.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Información fugaz

Leer los periódicos atrasados, aunque sea tan sólo de unos días, constituye un ejercicio lleno de enseñanzas sobre el paso del tiempo. Si fuera posible fijar un patrón de medida para lo efímero bien podría ser ese. Nada es menos duradero que la actualidad. Un comentario de hace unas semanas, leído hoy, nos suena ajeno por su lejanía; una noticia de hoy mismo, dentro de diez días será un dato histórico; un libro, una canción, una película han de aprovechar su corta vida para venderse antes de caer en el olvido. Nada queda, nada enraíza. La actualidad dura lo que dura el día. El ayer ha perdido su valor. El presente, ese instante que sólo puede ser un punto entre la ilusión y la añoranza, se ha extendido hasta ocuparlo todo. Vivimos un presente continuo.
Nos proporcionan comida en abundancia y nos incitan a engullirla toda, pero no nos permiten ni la más breve siesta para hacer la digestión. Mandan los intereses de las cuentas de resultados; la información, al fin y al cabo, es un negocio.
El caso es que, si sólo por un momento nos detenemos a pensar, veremos que nos estamos convirtiendo en meros espectadores de nuestro tiempo, renunciando a ser sus intérpretes. Testigos a quienes se les informa exhaustivamente de los hechos, negándoles luego la posibilidad de su análisis. Nuestra capacidad de entendimiento nos está siendo atrofiada y, lo que es peor, sustituida por una nueva misión: la de ser simples receptores pasivos de noticias. Seremos unos seres no pensantes llenos de noticias.
En la corriente de cada día se deslizan hechos y sucesos que la próxima semana ya nadie recordará, opiniones que no da tiempo a responder, porque cuando se hace, la respuesta ya ha perdido la relación con su origen. Río caudaloso del que se aprovechan perversamente quienes conocen bien sus efectos. Entre los políticos hay verdaderos especialistas en ello. Cualquier mentecato suelta por la boca cualquier insulto o cualquier estupidez. Pero cuando llegue la respuesta ya estará casi fuera de contexto y será tapada por la nueva actualidad.
Uno no sabe dónde puede estar el remedio para todo esto, ni siquiera si lo hay, pero cree en la eficacia del ejercicio crítico y del desarrollo del criterio selectivo como medio de autodefensa. En todo caso, tampoco está seguro de que merezca la pena reflexión alguna sobre ello. Mañana este artículo ya no será nada.

lunes, 10 de agosto de 2009

La deuda histórica

Pues ya saben: aquí todos tenemos una deuda que cobrar. Lo que no sabemos todavía es a quién, porque eso no nos lo han dicho los autores del hallazgo, pero debe de ser a alguien. Eso de ser acreedor siempre es una hermosa situación, mucho mejor que ser deudor, desde luego; las deudas de los demás siempre dan prestigio. Balzac tenía una deuda con su sastre y tuvo que huir de París, con lo cual el sastre no sé si cobró, pero se hizo famoso. En el padrenuestro de antes también se hablaba de deudas, pero ahora se cambió por ofensas, lo cual le parece a uno que no es lo mismo. Hay deudas de juego, de dinero, de amor, deuda pública al siete por ciento, deudas pequeñas y grandes, cobrables e imposibles y hasta, por lo visto, históricas. Esta de la de deuda histórica debe de ser una especie que han descubierto la sublime inteligencia y la erudita inquietud de nuestros políticos, para que luego digamos. Entre lo de deuda histórica y lo del hecho diferencial nuestros bienamados gestores de la cosa pública están enriqueciendo de conceptos nuestro diccionario ideológico como no se había visto, por lo menos, desde Kant.
Aquí en Asturias hubo ya un partido, la verdad es que un partido de fútbol sala más bien, que puso al día los libros de contabilidad y dictaminó que el saldo a nuestro favor es de medio billón de pesetas, que ya es tener bien afinada la calculadora. Medio billón. Uno no sabía que hubiéramos dado tanto a las demás regiones. Los contables de ese partido no aclaran si en la base del cálculo se empleó el tipo euríbor o uno preferencial, ni tampoco si la deuda va a ser ejecutable y embargable o si puede haber un pequeño descuento por pago al contado.
Este medio billón debe de corresponder al coste de la batalla de Covadonga más los intereses de todo este tiempo, porque no veo yo que hayamos hecho otra cosa así como para tanto. Lo malo de esto es que cunda la idea y Madrid, pongo por caso, exija el pago del Dos de Mayo y Navarra lo de Roncesvalles. Y no digamos si Castilla nos pasa factura a todos por habernos dado su idioma, que eso sí que sería gordo. O Valencia por la fórmula de la paella. O si León manda el cobrador del frac por darnos el Sella, Zamora por Clarín, Orense por Feijoo y Madrid por haber colocado de serenos a todos los asturianos que querían dejar el cucho y las madreñas. Porque pueden, digo yo, y a ver con qué íbamos a pagar; habría que descontarlo del medio billón, si es que alcanzaba.
O sea, que aquí, como tengamos que cruzar cuentas, vamos a poner todos la misma cara que debió de poner el rey Fernando cuando vio las del Gran Capitán. Porque si cada una de las diecisiete comunidades autónomas tiene pendiente de cobrar una deuda histórica, no sé quién va a pagar. A ver, que vengan de otro sitio, la ONU, los extraterrestres o el sultán de Borneo a pagar a España la deuda que España ha contraído consigo misma.
Yo también estoy ya preparando una carta para exigir mi deuda histórica, por si acaso tengo alguna por ahí. Lo malo es que no sé a quién diablos dirigirla.

viernes, 31 de julio de 2009

Releer a los clásicos

Una visita a los clásicos, además de ser una excelente vacuna contra la estupidez televisiva de turno, puede que dé nuevo camino a nuestros pensamientos, o al menos remanso, que a veces buena falta les hace. La experiencia se empeña en decirnos que no consiste sólo en ver las cosas que pasan, sino en reflexionar sobre ellas una vez que han pasado. Los clásicos son receta contra la melancolía y la soledad, y para los escritores, santo y excelente remedio para curar la vanidad. Andamos tantas veces soportando la intemperie de nuestras limitaciones intelectuales y no caemos en que la sabiduría consiste en acudir al armario a ver qué prendas de abrigo nos protegen del frío. Porque, además, el armario que tenemos es amplio y está repleto de prendas de gran calidad.
Los clásicos son esos libros que están en las librerías de nuestras casas con las tapas más bien impecables y con alguna capa de polvo en sus lomos, esos libros que se tienen porque hay que tener y porque de vez en cuando los necesita algún chico para hacer un trabajo que algún ocurrente profesor le mandó. Suelen dar un toque refinado a la decoración de la sala, y en eso sí que se los valora. Y sin embargo, cuántos caminos pueden abrirnos en determinados momentos, cuántas palabras de ánimo dichas desde el tiempo ido, cuánto alivio ver que otros también han vivido nuestro problema y lo han sentido así, cuántos guiños amistosos de complicidad. Vivir en conversación con los difuntos y escuchar con los ojos a los muertos, eso es; ya lo dijo uno de ellos.
Tomen de su estantería de vez en cuando un libro de los clásicos y siéntense a leerlo sin prisas, con todo sosiego. Tomen, por ejemplo, las Coplas de Manrique o los sonetos de Quevedo o algún artículo de Larra o las décimas de Segismundo o el capítulo 20 del Quijote, la gran alegoría del miedo, aunque, ya metidos, mejor leerlo de principio a fin. O una oda de Fray Luis o los pensamientos cínicos y sabios de Gracián. Cualquiera, que ninguno ha de defraudar.

miércoles, 22 de julio de 2009

Luz de luna

La hemos cantado desde el principio de los tiempos, la hemos adorado como diosa y tenido como amiga buena de nuestras noches sin sueño, ha sido musa eterna de poetas y anhelo de enamorados, nos ha hecho preguntarnos qué misterio se oculta en su luz para que hasta el último rincón de nuestro ser se sienta alterado cuando se alza rotunda sobre nosotros, y ahora se cumplen ya cuarenta años que la hemos dejado sin hechizo. Ay, Luna, cuántas cosas. Cuántas miradas interrogantes, cuántos suspiros resignados, cuántas veces interpelada como compañera intemporal de nuestras vidas y testigo indiferente de nuestra muerte, tú, que no puedes comprenderla porque naciste muerta y no la conoces. Los poetas lo sintieron más que nadie: cuántas veces tratarás de buscarme en el mismo jardín y todo será inútil, te preguntaba Khayyam, y abandonó poco después el jardín sobre el que tú seguiste saliendo cada noche.
Está ahí al lado, a algo más de un segundo/luz, una distancia tan ridícula en el Universo que preferimos expresarla en kilómetros, y sin embargo es el viaje más largo que ha logrado hacer el hombre en toda su historia. Casi un viaje de familia, porque en definitiva no hizo más que visitar tierra de nuestra Tierra, un pedazo de nosotros que prefirió seguir su propio camino aun a costa de quedarse sin el azul del mar y sin la vida misma. Aquella noche de verano, cuarto creciente en el cielo y miradas de asombro contenido en todos los ojos, supimos de una vez para siempre que no mereces la pena, Luna, que la belleza exige distancia y que la sugerencia, sobre todo cuando se hace luz, siempre es más sugestiva que la realidad. Que la niña de ojos vivos que vierte fuego blanco había dejado de ser doncella para convertirse en un cadáver descarnado al que Shelley, otro poeta, jamás habría dedicado ese verso.
Quizá nunca la ciencia llegó tan lejos en su papel de romper hechizos, pero es eso, ciencia. Has sido utilizada como metáfora de nuestra capacidad para asomarnos al universo insondable, pero nada de eso importa al que te contempla alzándote en la noche sobre el bosque solitario, sobre todo si lleva cogida una mano querida. Ni al mar que se mueve cada día a tu capricho, ni a la planta que germina bajo tu influencia. Seguirás siendo para nosotros tan inalcanzable como siempre, brillo de toros enamorados y palidez de pinceles imposibles, y te seguiremos teniendo como esa pequeña compañera que hace que no nos sintamos tan solos en la inmensidad que nos rodea. Las compañías cercanas, por humildes que sean, siempre habrán de ser mucho más importantes que las magnificencias lejanas. Antares podría apagarse y ningún poeta la echaría de menos. Lo que les duele a los poetas es perder para siempre la belleza comprensible. Morir sin poder llevársela consigo. Que he de bajar yo solo hacia el abismo, y que la luna brillará lo mismo, y que yo no la veré desde mi caja; ese era el lamento de un poeta melancólico. Luna, poca cosa, y símbolo a la vez de nuestra poquedad. Un poeta más te contempló una noche y fue consciente de lo que era: el reflejo de la luna sobre el agua en el cuenco de una mano; eso he sido en el mundo.

miércoles, 15 de julio de 2009

Muerte en el callejón

Encontrar la muerte corneado por un toro en una calle céntrica de una ciudad debería ser una extraña forma de morir y, sin embargo, se acepta sin asombro, como una consecuencia lógica de algo unánimemente aceptado. Muy grande debe de ser el poder de las tradiciones para estar a salvo de las leyes más garantistas con nuestras vidas; muy fuerte el sentido último de la fiesta para resultar inmune a cualquier asomo de intento de someterla al espíritu de la legislación general. Esa misma ley que castigaría severamente a alguien que, pongo por caso, quisiera divertirse desafiando las olas en una playa con bandera roja, no tiene nada que decir cuando unos cuantos chicos deciden entretenerse corriendo delante de una manada de toros bravos, a pesar de que con frecuencia todo acaba en una tragedia de muerte y dolor. No se le ocurra quitarse ni por un instante el cinturón de seguridad, pero si quiere jugar a esquivar unos temibles cuernos que le pueden matar en cualquier momento, puede hacerlo.
Por supuesto que también hay otras muchas actividades, sobre todo deportivas, que implican riesgo, desde el alpinismo a la fórmula uno, pero existe en ellas un elemento diferenciador que las ennoblece y en cierto modo las justifica: el reto permanente del hombre ante sus propias limitaciones. Superarse a sí mismo, alcanzar siempre el punto más allá en velocidad, altura o tiempo, vencer las condiciones impuestas por la naturaleza y que, en definitiva, ha sido una constante necesaria en la evolución de la especie. El riesgo es aquí un factor inherente e inevitable, pero no un fin en sí mismo. Nada de eso existe en los encierros. No hay marcas que superar ni siquiera ambiciones estéticas, como ocurre con el mismo toreo. El riesgo es gratuito y sin contrapartida alguna. No cabe hablar de una muerte absurda, porque ninguna muerte lo es, pero sí su causa. ¿Qué desafío hay que aceptar en una carrera delante de unos toros?.
Pero, hombre, me parece oír, déjese usted de sofismas. Los encierros son diversión, espectáculo popular, parte fundamental de la fiesta, reclamo turístico, seña de identidad y, por encima de todo, una tradición que hay que mantener. Cierto. Las tradiciones no admiten modificaciones, porque dejarían de serlo; o se siguen tal como son o pierden su sentido ancestral y se convierten en el inicio de otra. Pero todo lo que basa su valor en el hecho de su repetición tiene como único argumento la recurrencia a sí mismo, no a la razón. Es una vía endogámica que se cierra a sí misma. Ya lo ha dicho alguien: el hombre, futurista incurable, es el único animal tradicionalista.Lo que sí parece evidente es que, al igual que otras muchas tradiciones, no resulta fácil explicar los encierros desde el estado actual de la evolución del pensamiento. Sólo los que se lanzan a correr en ellos mezclados con los toros tienen claro su sentido, y nos hablarían de pasión, valor, autoafirmación, de la erótica del peligro o de la indecible sensación de haber hecho un quiebro a la muerte. Y si alguna vez ésta vence, no puede haber más respuesta que seguir desafiándola.

martes, 14 de julio de 2009

Una visión profética

Una generación entera se emancipó de golpe de todo cuanto había estado en vigor hasta entonces. En las escuelas se introdujo el espíritu de rebelión contra lo que enseñaban los maestros, porque los niños debían aprender sólo aquello que les venía en gana. Las chicas se vestían con ropas masculinas y los chicos a su vez se depilaban para parecer más femeninos; la homosexualidad se convirtió en una gran moda, no por instinto natural, sino como protesta contra las formas tradicionales de amor. Las formas artísticas pugnaban por presumir de radicales y revolucionarias. La nueva pintura dio por liquidada la obra de Rembrandt y Velázquez, e inició los experimentos más extravagantes. En todo se proscribió el elemento inteligible. La melodía en la música se sacrificó por extrañas tonalidades que golpeaban los oídos, el teatro de siempre interpretó con absurdos montajes, la moda no cesaba de inventar estrafalarios modelos que acentuaban el desnudo con insistencia. En todos los campos se inició una época de experimentos de lo más delirantes, que querían dejar atrás, de un solo salto, todo lo que se había hecho y producido hasta entonces. Cuanto más joven era uno y menos había aprendido, más bienvenido era por su desvinculación de las tradiciones. Por fin la gran venganza de la juventud se desahogaba contra el mundo de nuestros padres. Pero en medio de tan gran carnaval, ningún espectáculo resultó tan patético como el de muchos intelectuales de la generación que, presos del pánico de quedar atrasados y ser considerados poco modernos, de maquillaron con fogosa rapidez e intentaron seguir también ellos, con paso renqueante, los extravíos más notorios. Todo lo extravagante e incontrolado vivió su edad de oro: el ocultismo, el espiritismo, la adivinación del futuro, el falso misticismo. Se vendía fácilmente todo lo que prometía sensaciones extremas más allá de las conocidas hasta entonces: toda forma de estupefacientes y drogas. En las obras literarias los únicos temas aceptados eran el incesto, la homosexualidad, la violencia y el sexo.
Nada de esto es mío, sino de Stefan Zweig, que lo escribió a finales de la década de los 30, poco antes de que la II Guerra Mundial impidiese, con su tajo de muerte, contemplar el desarrollo de aquella generación que hoy se nos presenta como nuestro espejo. Es conveniente repasar viejas lecturas, aquéllas que nos dejaron los espíritus libres, sabios y dolientes, que vivieron antes que nosotros, porque en ellas suele haber un germen de advertencia, al tiempo que una mirada profética. Pocos años después, iniciada ya la guerra, Stefan y su esposa Lotte decidieron dar un adiós voluntario al gran teatro del mundo, quizá porque la angustia de su visión se unió a la conciencia de su imposibilidad de redención.

sábado, 4 de julio de 2009

El carro de heno

Ha venido el sol más arrogante que otros años, sin pizca de complejos. Por los prados cambia de color la hierba, del verde al dorado; por los ríos baja menguada el agua, entre piedras recién desnudadas; por los bosques callan los malvises y hasta la brisa calla, y las hojas, y los pasos del caminante.
Tiempo de verano, sol deseado sobre las pieles desnudas y sones de llamada a la fiesta, que es lo propio. Anda el aire lento, empapado en calorías, un poco rarillo en estos pagos, aunque nada que ver con lo que nos cuentan de otras latitudes más al sur y hasta más al norte. Parece haber un afán por absorber la vida en este paréntesis que las nubes nos brindan, casi como si fuera algo a estrenar. Como personajes del Bosco, nos lanzamos en tromba sobre el carro de heno para atrapar las mayores porciones, aun a costa de luchar contra nuestros propios impulsos, que a veces se empeñan en demandarnos un movimiento más sosegado. Es el poder indefinible de lo efímero. El verano viene a ser por aquí como una botella de champán, que al agitarla con alegría nos encontramos con que apenas nos queda nada que beber; todo se ha convertido en espuma. Pero entretanto, su imagen inconfundible nos tiene dominados los deseos y fijadas las añoranzas. Lo sabía bien Machado: Frutales cargados, / dorados trigales, / cristales ahumados, / quemados jarales, / umbría, sequía, solano. / Paleta completa: verano.
Nos reclaman la mente y el cuerpo la luz y el sol, como si no fueran capaces de soportar el resto del año sin una inmersión temporal en ellos. Sentimos necesidades que sólo el eterno vaivén de esta bola que nos acoge puede satisfacer, como si la mecánica celeste tuviera un corazón que comprendiera nuestros afanes. Esa es nuestra condición: la de ser humilde polvo de estrellas, porque toda esa plenitud de vida que nos invade en verano, la alegría de las madrugadas tempranas y claras, la serenidad que desprenden esas tardes largas y mansas, el inquieto bullir de nuestro espíritu o el deslizamiento hacia un sentimiento de renovado optimismo que nos tiende a afectar en estos días, todo eso no es, en definitiva, más que una simple consecuencia de la inclinación del eje de la Tierra. Menos mal que nadie puede enderezarlo.
Tiempo en que se acumulan los pretextos para el desahogo y para las desinhibiciones mal enjauladas, que afloran sin límites ni remedio. También es casualidad que lo más selecto del santoral –Juan, Pedro, Pablo, Luis, Antonio, Santiago, Domingo, Agustín, el Carmen, la Asunción- caiga por estos meses, dando oportunidad a los pueblos a tener a la vez los mejores patronos y sus fiestas en verano. Y tiempo también de más luz en las neuronas y más impulso en las ansias y más latido en los biorritmos. Así que, ya que todo se junta, hagamos un año más de cigarra y lancemos fuera los trastos que nos atosigan el resto de los días. No tenemos que preocuparnos por el invierno; llegará enseguida.

domingo, 21 de junio de 2009

Europa

En el proceso de construcción europea es evidente que se ha torcido el camino marcado por los padres de la idea -Schuman, Monet y otros, como Ortega o Madariaga-, que partían del asentamiento del concepto cultural para llegar luego a la unión económica y política. Frente a nuestros complejos actuales, no perdían de vista la evidencia de que lo europeo tiene una proyección histórica que alcanza en mayor o menor medida a la totalidad de la humanidad, porque nada hay tan fluido como el pensamiento, sobre todo cuando va sustentado por una realidad capaz de crear ventajas materiales. La cultura europea, su concepción ontológica, sus referencias morales, su ciencia, han influido de modo tan determinante en el quehacer histórico que resulta difícil no encontrar su eco, por débil que sea, en el rincón más apartado de la vida cotidiana de todos los pueblos. Bien están el euríbor y el europarlamento, pero, por encima de todo, Europa es poseedora de unos activos inmateriales que actúan de aglomerante de sus pueblos en mayor medida que todos los organismos políticos. Son conceptos nacidos y desarrollados aquí y luego aceptados por el resto del mundo como signo máximo de civilización. Europa es la idea de democracia, la declaración de los Derechos del Hombre, el juramento hipocrático, el habeas corpus, los juegos de Olimpia, la Lógica, el humanismo, la polifonía, la duda metódica, la teoría de la relatividad, la primera vuelta al mundo. Y eso a pesar de los fanatismos, las tiranías, los progroms y las hogueras. Si no se cultiva esa idea de sentimiento común, que nadie se extrañe de la indiferencia ante las urnas.