viernes, 15 de mayo de 2015

Otra campaña electoral

Quizá lo más auténtico de una campaña electoral sea ese aire de mercadillo de pueblo que tiene siempre, pero no de los silenciosos y bien ordenados rastros de hoy, sino de aquellos de antes, en los que los vendedores anunciaban sus milagrosos productos con su mejor verborrea ante un corro de oyentes. Qué dominio de las técnicas de persuasión. Cómo se iban cambiando las caras de escepticismo, primero en una mirada curiosa y luego en un gesto convencido. Y cuántas píldoras curalotodo, afrodisíacos y crecepelos se compraron con la ilusionada certeza de estar adquiriendo una solución maravillosa, para verla sustituida enseguida por la triste comprobación de haber sido estafados. Pero para entonces el vendedor ya se había ido.
También los de hoy tratan de vender sus remedios sanadores, no ya ante su corro de oyentes, sino ante la plaza entera, que para eso están los medios. Y a pesar de que los años y la ya larga sucesión de citas hayan ido depositando alguna capa de recelo en la fe ilusionada de los comienzos, casi siempre consiguen que se les escuche con la misma mirada confiada que se brindaba a la pócima maravillosa. Cómo podría ser de otro modo, si traen lleno el saco de los regalos y de las ofertas, y los desparraman con una dulce sonrisa entre promesas de riguroso compromiso de cumplimiento. El ciudadano aún no tocado por el perverso microbio del escepticismo se quedará con la confortadora sensación de que por fin va a conocer el país de las maravillas, y eso sin atravesar espejo alguno. El bello jardín estaba detrás de una urna. En cambio, el que hurgue en los recovecos del mensaje captará un buen número de componentes que le harán esbozar una sonrisa de condescendencia: una carga abundante de demagogia, el acercamiento a algunos temas enormemente complejos y profundos tratados con la simpleza del diletante, un ir y venir de los argumentos girando siempre en torno al corral propio y, en el caso de algún vendedor, la inquietante sensación de que, si le compramos su producto, se nos va a resquebrajar algo secular y muy querido.
La técnica es conocida por repetida. Los vendedores van exponiendo sus ofertas a un ritmo bien medido, dosificándolas en función de las que hagan los rivales. Si es un vendedor con cierto sentido de la realidad, sabrá dónde debe detenerse, aunque no sea más que para no ofender la capacidad de raciocinio de los adquirentes. Si no lo es, ofrecerá ilusiones vestidas de proyectos vagamente realizables, sin explicar jamás cómo los realizará. Claro que los oyentes que tengan alguna experiencia sabrán distinguir entre ambos y dejarán en su sitio a los vendedores de humo. No es fácil. A veces no existen líneas definitorias claras y resulta difícil discernir entre el populismo engañoso y la utopía razonable, y otras sucede que los condicionantes externos son tan poderosos que hacen que la elección termine haciéndose en virtud de motivaciones más próximas al sentimiento que a la razón. Sería triste que el futuro del país se decidiera por la telegenia de un rostro. Ante la urna sólo cabe una profunda reflexión que deje al margen lo accesorio, porque ese es el único momento en que la democracia deja de ser palabrería.

miércoles, 6 de mayo de 2015

La madre

De vez en cuando la actualidad, aun sin perder del todo su eterna cara hosca, se digna hacernos algún guiño simpático y nos trae imágenes refrescantes que se nos presentan como evocaciones. Las vemos y nos damos cuenta de que ya resultan sorprendentes, ellas, que constituyeron una de las bases de la formación de tantas generaciones de ciudadanos, que, por cierto, no salieron muy mal formados. Tanto hemos cambiado que ahora son noticia de primera plana. Esa madre que saca a su hijo a pescozones de una manifestación violenta se ha convertido, sin pretenderlo, en el símbolo del coraje de quien no vacila en desafiar las conveniencias actuales, ni siquiera el peligro físico, por el amor a su hijo. Porque es eso, amor. Cuando se bordea el abismo y el diálogo se vuelve inútil, es ese mismo amor el que impulsa a remedios más contundentes. “Prefiero que llores tú un poco ahora que llorar yo el resto de mi vida”, ha oído alguno de nosotros como frase maternal, al menos antes. Bien por usted, señora. En el Día de la Madre lo ha sido usted ante el mundo entero. Seguramente con su gesto ha hecho más por enderezar a su hijo que mil discursos buenistas. Cuente con la sonrisa de complicidad de muchos de nosotros, pero no descarte que alguna asociación de educadores progres la denuncie por maltratadora y plantee a algún juez todavía más progre quitarle la custodia de su hijo.
La figura de la madre ha sido tratada muchas veces en un envoltorio rayano en lo cursi, con palabras edulcoradas y tono dulzón, casi siempre haciendo referencia a los conceptos más elevados. Se han cantado sus virtudes hasta convertirlas en proverbiales: el amor desinteresado, la abnegación, el sacrificio, la renuncia, el dar todo y pedir nada. Poemas, novelas y canciones la han sublimado hasta las alturas de la perfección conceptual; en todas las religiones se han hecho equivalencias celestiales de su figura. La madre, mito y realidad gozosa. En su naturaleza de mujer se aposenta una capacidad infinita de sentimiento primario que, traducido en amor, sostiene nuestra existencia cuando más lo necesitamos. Y en la consumación de su vocación, una entrega sin condiciones que sólo aspira a tener la recompensa en el resultado de su sacrificio. Es decir, la exigencia de ser fuerte. Es la respuesta que la Yerma lorquiana dio a quien se quejaba de que con los hijos se sufre mucho: “Eso lo dicen las madres débiles. Tener un hijo no es tener un ramo de rosas. Hemos de sufrir para verlos crecer”.
Cuando a la condición de mujer se añade la de madre nos damos cuenta del largo tiempo de sacrificios que han tenido que vivir. Hoy, cuando afortunadamente la técnica ha venido en su ayuda, los problemas pueden venir quizá de la infravaloración social. Que no sea así. Lo que el vendaval de las ideas no ha podido llevarse es la de que educar a un hijo, hacer que tenga siempre cercana la mano que puede secar sus lágrimas, consumar la vocación de madre quien la tenga como parte inalienable de sí misma, es mucho más importante que cualquier otra actividad que esta vida a la que hemos abocado nos imponga, aunque nos resulte necesaria para poder sobrellevarla.

miércoles, 29 de abril de 2015

La casa inacabada

Andamos tan ocupados en el ejercicio de nuestras pequeñas miserias humanas que tal parece que la naturaleza quisiera de vez en cuando llamarnos la atención con algún aviso; como un toque en el hombro que nos invita a dejar de mirar tanto los terrones de nuestro huerto y a levantar la mirada para recordar nuestra situación en el gran orden establecido. Casi al mismo tiempo, nos ha hecho dos manifestaciones distintas en lugares muy alejados entre sí, diferentes en la forma, pero muy propias de ella, es decir, imprevistas, sobrecogedoras, espectaculares, insoslayables y trágicas. El terremoto de Nepal nos trae unas imágenes no por acostumbradas menos dolientes. Entre los escombros de sus edificios, junto a las vigas y paredes de sus templos y casas caídas, los rostros incrédulos de quienes un minuto antes andaban por su calle a sus labores de siempre, miran a las cámaras con los ojos cegados por el polvo en una pregunta eterna, tan eterna como la ausencia de respuesta. Y luego, a cada minuto, las historias fieramente humanas, siempre inevitables y siempre renovadas: el heroísmo, la solidaridad, la alegría de un reencuentro dado ya por imposible, la vida rescatada al borde mismo de la desesperanza, las lágrimas de desconsuelo inconsolable, la generosidad de muchos y el miedo de todos. Los terribles gestos de la naturaleza sacan lo mejor de nosotros mismos, quizá porque no cabe rebeldía alguna; sólo una dócil y resignada aceptación.
En otro extremo del mundo, el volcán Calbuco nos dio otra imagen de la ira desordenada de nuestro planeta, pero esta vez recortada majestuosamente sobre el fondo del cielo. Hay poco de grandioso en un terremoto. El terremoto es invisible; su espectáculo solo estriba en sus efectos. El volcán, en cambio, resulta fascinante en su misma “terribilitá”. Una montaña coronada de fuego, vomitando materiales incandescentes y lanzando una columna de humo y ceniza hasta la misma estratosfera, viene a resultarnos un símbolo recordatorio de nuestra propia contingencia; en el fondo, tal vez una alusión al acontecimiento telúrico final que está escrito en nuestros genes culturales. El misterio de las entrañas incandescentes de la Tierra siempre fue una incitación a buscar la trascendencia de lo sobrenatural en el inframundo. Ya se lee en la Ilíada que las herramientas de Vulcano entraban por sí solas en las reuniones de los dioses. El volcán es devastador y pavoroso en su manifestación, pero previsible y lento en sus efectos; incluso se deja delatar ya con bastante precisión por la actual tecnología; hoy parece muy improbable otra Pompeya. La mayoría de ellos son de una belleza sugestiva, con el encanto de la fiera dormida a la que se puede acariciar impunemente; de hecho, los más amables -Teide, Etna, Vesubio, Fuji- constituyen una formidable atracción turística.
La naturaleza nos cobra de vez en cuando su terrible tributo sin que podamos saber por qué. Habitamos una casa inacabada, en continuo proceso de estructuración, pero los sentimientos tienen otra dimensión: la que nos impulsa, viendo esos rostros demudados, a sentirnos cómplices de su dolor y a ayudarlos en lo que podamos.

miércoles, 22 de abril de 2015

La caída

Qué puede pasar por los escondrijos de la mente de un triunfador abundoso en bienes materiales y en prestigio para ponerlo todo en riesgo por una pequeña migaja más. O estamos equivocados en nuestra definición de inteligencia, o no conocemos la fuerza invencible de la ambición, o no sabemos nada del ser humano, que es lo que debe de suceder. Hay en este caso un componente atípico que, al menos visto desde fuera, lo convierte en poco habitual. Normalmente se bordean los marcos legales en el camino de ascenso hacia la cima, cuando el único afán es alcanzarla, no en el de descenso, cuando ninguna meta puede compararse a la ya conseguida. Eso por lo menos en lo que se refiere a la escala social, porque en la material parece quedar claro una vez más que lo que pervierte no es la riqueza, sino el afán de tenerla; en este caso de aumentarla.
Rico de cuna, familia de alta clase, Berkeley, éxito personal, posibilidades sin límites en el mundo de la empresa y las finanzas. Y en la política, cuyo atractivo espejuelo de poder le sedujo y de la que también salió como triunfador, después de revelarse como el mejor ministro de Economía de la democracia, el que la sacó del pozo donde la había dejado el Gobierno que le precedió (y donde volvió a meterla el que le sucedió). Luego, la cima como director del Fondo Monetario Internacional. Y después... El clásico Tácito debía de estar pensando en él cuando escribió que “para quienes ambicionan el poder no existe una vía media entre la cumbre y el precipicio”.
En algún lugar de los altos despachos enmoquetados, frente a la mesa de caoba y junto a las rayas del cuadro del pintor de moda, debería fijarse una inscripción que dijera: “Recuerda, más dura será la caída”. El castigo del que cae de las alturas tiene un amargo añadido al puramente penal en el ensañamiento de los medios, en el regodeo de las cámaras, en la impunidad de las redes o en el mirar para otro lado de quienes tanto presumían de su amistad y tanto le deben. Todo revuelto en desordenada confusión. En la batahola de imágenes y opiniones se tiende a formar una masa acrítica que confunde al ladrón con el evasor fiscal, y al individuo con el partido, y lo presunto con lo cierto, y en las tertulias los sabihondos de cada día se crecen en su énfasis, y los políticos de la oposición hincan el diente porque mientras muerden evitan que se fijen en lo de ellos, y la justicia ha de andar a lo suyo sin dejarse arrastrar por eso que algunos llaman irresponsablemente alarma social.
Hay algo esperanzador en este vaivén de agentes policiales que entran y salen de lujosos domicilios llevando del brazo a gentes conocidas, antiguas personalidades convertidas en vulnerables personajillos que entran en el coche con la mirada baja, tratando de readaptar el oído del halago al insulto. La ley actúa, y los busca en todos los partidos y en todos los ámbitos geográficos y sociales. Se está limpiando de fango el lecho del río, y las aguas sin duda se volverán más claras y transparentes, y seguro que más tranquilas, como debe ser para nuestro bien y nuestra dignidad colectiva.

miércoles, 15 de abril de 2015

A qué se llama arte

Hubo un tiempo de vino y rosas en el que se generalizó la idea de que la máxima distinción de una ciudad consistía en tener un museo de arte moderno, cuanto más moderno mejor, y a ello se aplicaron muchas de ellas. Se levantaron grandes edificios, algunos, como el de Bilbao, con una cierta singularidad arquitectónica que pretendía ser su mayor reclamo, pero que en muy pocos casos lograron eliminar la sensación de cáscara hueca. Hoy muchos de ellos siguen vacíos de interés y de visitantes. Estamos compuestos de emociones, nos alimentamos de ellas, las buscamos y no nos interesan los lugares donde no las encontramos. Y además, a veces queda la molesta sensación de que se están burlando de nosotros. Ni siquiera la racionalización basta, porque resulta difícil situarnos; las vanguardias de la mañana ya están caducas a la tarde.
El pasado siglo fue para el arte lo mismo que para las ideologías: un torbellino de vaivenes, de arranques frenados en seco unas veces, y otras llevados hasta las últimas consecuencias, pero todo efímero. En lo que se refiere al arte, hay una característica añadida: el afán de asombrar, de impactar al espectador cada vez con una ocurrencia nueva y, algo menos confesable, de anular su capacidad crítica para subordinarla a una pretendida genialidad del autor, basada en el hecho de ser incomprensible. Los estilos se suceden a ritmo de década, cuando no de año. Los epígonos impresionistas, como el puntillismo, dan paso, en una línea sucesiva, cuando no superpuesta, al simbolismo y a los nabis, al modernismo, al rabioso color del fauvismo, al cubismo en su doble vertiente analítica y sintética, al movimiento naïf, al suprematismo y su búsqueda de un mundo sin objetos, al neoplasticismo, al expresionismo, al dadaísmo, al futurismo y su enfática propuesta de ruptura radical con todo lo anterior, al arte cinético, al op-art y pop-art, al minimalismo. Caminos que mueren apenas iniciados, exploraciones que se cierran en sí mismas, dejando al que venga detrás en un patio cada vez con menos salidas. Y entonces, los que vienen detrás hambrientos de vanguardia, la buscan como sea y tapan una fachada con plástico, cuelgan un calcetín, ponen un vaso de agua en una mesa, depositan un montón de escombros o, como ya se ha visto, cierran la puerta a los visitantes de su exposición para que disfruten con la belleza del gesto. Todo esto ha pasado. Y todo es arte, y todo es altísima manifestación creativa, todo impulso genial. Se trata de anular la capacidad crítica del espectador hasta hacerle creer que es su propia ignorancia la que le impide comprender el profundo significado de la obra. Y así, el espectador se verá a sí mismo a una distancia infinita del genio.
Aquí en nuestra ciudad se ha tenido en los últimos años algún reflejo de esto. El nombre de obra artística se ha aplicado a un cubo colocado en el suelo, a unas chapas puestas de pie o a unas rayas dibujadas en la acera. La crítica más o menos afín se admira y pontifica, y una mayoría se calla dudando de su propia capacidad de comprensión y de sus propios gustos. Aunque luego se queden pensando que lo único que merece confianza son sus emociones.

miércoles, 8 de abril de 2015

Primus circumdedisti me

Estuvo en nuestro muelle durante unos días la nao Victoria, aunque fuera en réplica, y se convirtió en una atracción para miles de personas, que no quisieron dejar pasar la oportunidad de vivir una sensación poco frecuente: la de participar por un momento del mundo de personajes históricos. Su silueta, casi convertida en símbolo de aquel tiempo en que el mar era todo él una leyenda; la majestuosidad que le brinda su propio anacronismo; su perfil inconfundible, mil veces imaginado en nuestros sueños y lecturas infantiles, componían un vibrante contraste con la monótona vulgaridad de la multitud de barquitos atracados a su lado. En medio de tantas atracciones pretendidamente culturales, cuando no estrafalarias, que se contratan en nuestra ciudad con el pretexto de mantenerla como centro de seducción turística, esta referencia física a nuestra historia se nos muestra como una gozosa bocanada de aire fresco y, desde luego, como un acierto; las largas filas de gentes que esperaban para subir a bordo dieron buena muestra de ello.
La crónica de este primer viaje alrededor del mundo es la de una epopeya absoluta que deja pequeños a todos los relatos de viajes conocidos, incluyendo el homérico. Una hazaña casi increíble, en la que no falta ningún ingrediente posible. Lee uno el diario de Pigafetta y otros testimonios y se asombra de estar ante una aventura real. El siempre comedido y nunca muy generoso con nuestras cosas Stefan Zweig, escribe en su biografía de Magallanes al narrar la singladura en solitario de la Victoria, ya con Elcano tras la muerte de aquél: “Este crucero de retorno del gastado y envejecido velero, que ha cumplido un viaje ininterrumpido de dos años y medio de duración a través de la mitad del globo, cuenta entre las más grandes acciones heroicas de la navegación”.
Sospecho que a nuestros escolares de hoy todo esto les suena, con suerte, como un eco lejano, viendo los programas de sus estudios. Siempre se ha dicho que si cualquier otro país –Francia, Inglaterra o Estados Unidos, por ejemplo-, hubiera protagonizado estas páginas de la Historia, las habría tenido, por sí solas, como el justificante de su presencia en el mundo. Pero el caso es que fueron naves españolas las primeras en dar la vuelta al mundo, las primeras en cruzar los dos mayores océanos, primero el Atlántico y luego el Pacífico, y fueron españoles quienes descubrieron y exploraron el río más grande de la tierra y el mayor espacio de mundo desconocido. El relato de los hechos de estas primeras travesías oceánicas de nuestros navegantes convertiría los viajes de Cook y compañía en cómodos cruceros. Es curioso, pero el orgullo que nos falta a nosotros les sobra a otros; hay sitios en que es tenida como una gran hazaña lo que en la crónica de nuestra aventura americana sería sólo un hecho más, tan llena está de acciones asombrosas. Deberíamos curarnos de una vez por todas de eso que Julián Marías llamaba nuestro síndrome de descalificación global. No se trata de reeditar Glorias Imperiales, sino de reconocernos como fuimos, con las nubes y claros, sin pasión, pero tampoco en un permanente estado de contrición.

miércoles, 1 de abril de 2015

El vuelo maldito

No tengo más remedio que acudir a mis propios sentimientos y a mis propias palabras para dar forma a las emociones que se desprenden de ese barranco de los Alpes, convertido en símbolo del horror. Diluido ya el eco informativo, amortiguada la sorpresa de su increíble causa y digerida en lo que cabe la terrible escena, los que han perdido a los suyos se van quedando con su dolor a solas, y los muertos a solas con su soledad eterna. No sé por qué, pero la muerte acumulada nos deja en el corazón un desgarro mucho más difícil de cerrar que la que cae lenta y constantemente cada semana, aunque ésta sea mucho más abundante. Se ha recordado que en cualquier puente festivo hay muchas más víctimas en la carretera que en cualquier catástrofe aérea y que para ellas no hay primeras planas, ni funerales de Estado, ni dolor generalizado, pero se ve que nuestra capacidad emocional ante lo ajeno es más vulnerable ante la desgracia torrencial que ante la que nos llega mediante goteo.
Hemos aceptado el concepto de accidente como una idea de progreso, pero cuando el factor humano se revela como la causa, siempre queda escondida una maldita sombra de duda que nos hace preguntarnos si se podría haber evitado. Y la dolorosa respuesta es que no. No hablo de este en concreto, sino de nuestra condición general de seres contingentes, sujetos a los imponderables de todo lo que nos rodea y, en mayor medida, de aquello que nosotros mismos hemos creado. Por mucho que nos esforcemos en buscar la total eliminación de los riesgos, siempre estaremos bajo el poder de la fatalidad, que es la mayor asesina de la historia. Y con ese azar vivimos y afrontamos todos nuestros actos cotidianos, desde ponernos al volante de un coche hasta dejar nuestra vida en otras manos. Nos resulta inimaginable otra condición, y acaso en nuestra capacidad de asumirla con serena indiferencia estribe una buena parte de toda la sabiduría posible. Pero a qué precio de dolor hay que pagarla.
Quizá lo que más nos impresiona de estas tragedias masivas es que en ningún caso como en este se nos muestra tan claramente la fragilidad de nuestra vida. Seguramente momentos antes habría alguien intranquilo porque llegaba tarde al aeropuerto, o preocupado por los exámenes para su beca, o pensando dónde alojarse esa noche. Proyectos, anhelos, preocupaciones y propósitos que sedimentan de golpe en lo más profundo de la nada. Amores que ya no podrán seguir amando jamás, y amores que se quedan y que seguirán amando para siempre, hasta que ellos mismos se vayan. Nunca podremos conocer el interior del instante final, el estallido de sensaciones cuando ya todo se siente como irremediable, hacia quién se dirigió el último pensamiento, qué mirada, qué palabra o qué arrepentimiento no tuvieron tiempo de consumarse. La muerte, esa que con callado pie todo lo iguala, es el más temido de los acontecimientos del hombre y, sin embargo, el más natural, el más cotidiano y el único que no ofrece duda alguna sobre su cumplimiento, pero al menos cabe esperar de ella que no nos busque por atajos, para que podamos recibirla con una pizca de desdén y sin el menor gesto de extrañeza.

miércoles, 25 de marzo de 2015

Mirando al cielo

Con lo abigarrada que está siempre la actualidad y con lo sobreactuada y trascendente que la hacemos, y resulta que la noticia de todas las portadas en medio mundo durante este fin de semana fue un eclipse parcial del sol. Quién lo diría en esta sociedad tecnificada, en la que los impulsos románticos se han sustituido por bytes y que ha situado el misterio más inmediato más allá de las galaxias visibles. Hubo quienes se desplazaron muchos kilómetros más al norte para poder verlo en su totalidad, y cuentan que incluso muchos aplaudieron entusiasmados la actuación de la luna cuando terminó de ocultar el sol. Bien es cierto que el terror de otros tiempos se sustituye ahora por la curiosidad, por el interés científico o quién sabe si por una íntima actitud reverencial ante una manifestación cósmica, como un rescoldo del ser animista que fuimos. No se explica, si no, tanta expectación por lo que hace ya tiempo que es un fenómeno natural, predecible, comprensible y, medido en el tiempo astronómico, puede decirse que cotidiano. Que el sol se oculte a mediodía ya no infunde pavor en las almas ni pone en trance de limpiar las conciencias. La ciencia deja sin atractivo el misterio, y nada hay más deprimente que un hermoso misterio que ha sido develado, pero nos sigue fascinando como un acontecimiento que nos ha acompañado desde que aparecimos por este planeta, como si quisiera acoger nuestras eternas preguntas, sin darnos más respuesta que su guiño sin pausa y sin amor. O sea, que de vez en cuando miramos al cielo. En el fondo resulta gratificante comprobar que todavía nos queda alguna capacidad de asombro y que no es ante lo incomprensible, sino ante lo inalcanzable.
Los eclipses fueron anuncios de desgracias o señales de buen agüero, pero también fuente de conocimiento: los griegos supieron que la Tierra era redonda al observar que la sombra que proyectaba en los eclipses de luna era circular; su presencia regular nos ayudó a datar acontecimientos históricos; un eclipse de sol facilitó que se pudiera comprobar empíricamente la teoría de la relatividad. Y en todo tiempo sirvieron para admirar al hombre ante la precisión de la mecánica celeste y, en una derivada antrópica y trascendente, para sentirnos más que nunca polvo de estrellas al contemplar el entorno en que se desarrolla. De esa alineación exacta es fácil pensar en una consecuencia existencial: sabemos que estamos a la distancia justa del Sol para que haya surgido la vida; si esa distancia se modificara sólo un 5 por ciento en un sentido o en otro, nuestro querido planeta estaría abrasado o congelado. Somos consecuencia de una distancia.
Entretanto aquí, en la tierra que nos acoge, la primavera está haciendo renacer de nuevo la vida, como cada año, que esa sí es medida humana. Los árboles del río ya vuelven a ser soto y las praderas se cubren de colores y asoma el cereal temprano. Están anidando los pájaros en los matorrales y en las ramas de los castaños; en el aire hay aroma de polen y brisa rejuvenecida. La vida, como el universo, va a lo suyo, sin tener para nosotros ni una leve mirada de complicidad.

miércoles, 18 de marzo de 2015

De nuevo entre nosotros

Mire que le hemos buscado, don Miguel, y ahora parece que al fin ya sabemos qué habíamos hecho con sus despojos después de los trasiegos a que sometimos su humilde sepultura. Le echábamos de menos. Le necesitábamos. Nos hacía falta su presencia para sentirnos un poco menos huérfanos, que no sabe vuesa merced lo áspero que puede hacerse un tiempo tecnificado y descreído sin una referencia física a lo mejor de nuestro espíritu, por simbólica que sea, que lo suavice. Cuatro siglos escondido, sin saber de sus restos más que lo que nos dice la décima que le dedicó su amigo Urbina, esa que empieza: “Caminante, el peregrino / Cervantes aquí se encierra, / su cuerpo cubre la tierra, / no su nombre, que es divino”. Eso le pasa por no haber puesto de epitafio una maldición sobre el que tocase sus huesos, como hizo su contemporáneo Shakespeare, que así lleva los mismos cuatro siglos sin que nadie se haya atrevido a moverlo. Válganos el cielo, don Miguel; bien aplicadas vienen aquí las palabras de su hidalgo: “El tiempo, descubridor de todas las cosas, no se deja ninguna que no la saque a la luz del sol, aunque esté escondida en los senos de la tierra”. Y al fin y al cabo, si no hay memoria que el tiempo no acabe, tampoco habrá olvido, que ya se sabe los juegos que se traen los opuestos. Además, mire: ha tenido más suerte que su íntimo enemigo Lope de Vega, y que sus vecinos Quevedo y Calderón, o que Tirso, o que, por citar otro genio que coincidió con usted, Velázquez. Todavía no los hemos encontrado.
  Mirar hacia atrás, hacia los que nos precedieron en el tiempo, es un ejercicio de todas las épocas, y en su caso bien claro lo deja vuesa merced en sus obras en lo que a su sentir se refiere. Ahora ya no es el mismo concepto de fama ni de gloria inmortal, pero seguimos aspirando a lo perenne y envidiando a quienes lo han conseguido por encima de la caducidad de la materia. Hemos encontrado sus restos y sentimos como si en la familia se hubiera acabado con una penosa ausencia, pero sabemos muy bien que no son los huesos lo que cuenta, más allá de la gozosa sensación de imaginarnos que vuelve a estar entre nosotros. Son los espectros que nos haya dejado por aquí, y esos sí que se encuentran instalados en la inmortalidad. El espectro islandés o coreano de su hidalgo está más vivo que la mayoría de todas esas figuras bien definidas por intereses puramente materiales, que se nos presentan cada día desde los poderosos medios que nos abruman. Cuerpos clónicos, huecos y efímeros, esculpidos por la publicidad; se asombraría de ver quiénes escriben hoy algunos libros de éxito. La figura de su caballero loco es reconocible en cualquier lugar del mundo; cabalga por los campos de la mente de todos nosotros, eso sí, casi siempre vencido, con la espalda doblegada como cuando volvió a su pueblo tras la derrota final. Y no se crea que sólo dio pasatiempo al pecho melancólico y mohíno. Algo más que pasatiempo fue, no me diga, que en pocos sitios tenemos los hombres una palabra dirigida particularmente a cada uno como en su historia de locos y cuerdos. Si puedo, iré a poner una flor en su tumba.

miércoles, 11 de marzo de 2015

La libertad

Debe de ser la palabra más escrita y pronunciada de toda la Historia. Apenas hay himno, escudo o divisa de cualquier nación, tiempo y lugar, que no la muestre como lema y propósito. Está en el grito de todas las revoluciones, en los discursos de cualquier demócrata y en los de los dictadores y tiranos más sanguinarios. Su nombre ha servido para enardecer y para morir con él en los labios. Los libros, los profanos y los sagrados, se llenan con su significado luminoso, casi siempre con sentido de esperanza. Es meta, anhelo, objetivo eterno, promesa liberadora. Y sobre todo, sombra esquiva que jamás se dejó atrapar. Libertad, palabra condenada a significar propósito inalcanzable.
La libertad está coartada por diversos factores: la ley natural, que nos impone unas limitaciones tan obvias como insalvables; la sociedad, que establece unos límites llamados leyes para regularse a sí misma; nuestra conciencia individual, que nos levanta barreras éticas, y una cuarta mucho más sutil, porque no lo parece y porque no emplea la fuerza: los que la controlan bajo la apariencia de fortalecerla. Lo de red de redes puede aplicarse en su sentido más literal. Vivimos emparedados entre gigantescas estructuras virtuales que nos tienen atrapados. Los afectos que creemos nuestros nos vienen inducidos por intereses ajenos. El gran sistema controla las inclinaciones de nuestro corazón, las corrige siempre a su favor, las modifica y encima nos hace creer que lo hacemos nosotros mismos. Nos bombardean desde todos los puntos donde se cuecen intereses partidistas, con sus tertulias sectarias, sus programas de banalidad nada inocente, su frivolidad impostada que apenas oculta una finalidad alienante. Nos imponen las palabras que podemos decir y las que no, el significado que ha de darse a cada una, cambiando el que tenía hasta ahora; prohibidos los adjetivos que no gustan al gran sistema; la terminología que ha de usarse es la que se asigna desde arriba; la corrección sólo la pueden dictar los intereses económicos y políticos. Los gustos, lo que es o no moderno, lo que debemos considerar hermoso, las ideas que hemos de sostener para estar en el mundo, todo nos viene señalado cada día desde las tribunas meticulosamente dispuestas para que no nos demos cuenta de que ni siquiera nos damos cuenta de ello. ¿Libertad? Un hermoso reflejo de aurora boreal. No la hay ni para dejar de ser libre.
La libertad verdadera es la que seamos capaces de crear dentro de nosotros mismos, y proviene del conocimiento y de la búsqueda incesante del saber hasta configurar un criterio fuerte e inmune a cualquier influencia que no tenga unos fundamentos sólidos. Lecturas reflexivas y sin prejuicios de los espíritus que fueron verdaderamente libres, que nos brindarán los elementos de análisis necesarios para crearnos un espacio intelectual propio, sin adherencias ajenas interesadas. Un espacio sólido, nuestro, hecho de materiales bien contrastados y no sujeto a esclavitudes ideológicas superficiales. Sólo en este sentido, la libertad, como la felicidad, puede aproximarse a dejar de ser una negación de la realidad.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Dos momentos del arte

Parece que deberíamos haber aprendido a comprender al ser humano y a confiar en que el progreso de las ideas hubiera elevado su condición racional, y todavía hemos de sorprendernos al comprobar que entre el fanatismo y la estupidez media la misma distancia que entre dos siameses. El fanatismo obliga a entrar en su oscura caverna a todas las demás ideas y las somete a su tiranía. La estupidez las desprecia y las ignora porque así cree que las desactiva. Para desgracia de todos, la Historia tiene un amplio muestrario de ambas cosas, pero cabía pensar que algunas ya estuvieran superadas, precisamente por la enseñanza de la propia Historia y por lo que se supone que implica de progreso del ser humano en todos sus aspectos. Lo que los islamistas están haciendo en los países que dominan constituye la evidencia más clara de que esto no es así. A estas espadas exterminadoras de Alá no les basta con someter a sus mujeres a humillaciones inconcebibles en esta época, al fin y al cabo eso yace en lo más hondo de su interpretación coránica, sino que están destruyendo lo mejor de su patrimonio artístico. Los preciosos vestigios de la civilización asiria, aquellos relieves de la legendaria Nínive, que ilustraron nuestros manuales de Historia del Arte y que nos hicieron atisbar un concepto creativo distinto, en un tiempo y un lugar ajenos por completo a los nuestros, están siendo demolidos a martillazos. Habían aguantado durante dos mil quinientos años los ataques de los tártaros, las inclemencias del desierto, los infinitos cambios políticos de esta zona y hasta las profecías de Jonás, pero no han podido sobrevivir a los islamistas. Alguien ordenó acabar con ellos por ser contrarios al libro del profeta; eran obra de adoradores paganos. O sea, como si en Egipto ordenan demoler la esfinge.
La iconoclastia es una enfermedad que afecta a los débiles mentales y que por aquí también hemos padecido. Los cristianos, cuando alcanzaron algún poder en Roma, destruyeron todas las estatuas de los emperadores y sólo dejaron en pie la del Capitolio creyendo que era la del cristiano Constantino. Luego resultó que era la del pagano Marco Aurelio, pero ya entonces los tiempos habían cambiado y el emperador estoico sigue allí, sobre su caballo, como único testigo sobreviviente de otra enorme estupidez. Pero esto fue en un siglo ya lejano. Ahora, en el XXI, los leones y toros alados de Nínive han ofendido con su gastada figura la conciencia religiosa de los que parecen no tenerla para asesinar con crueldad inhumana.
Mientras tanto, aquí está en todo su esplendor ARCO, esa feria del arte incomprensible y de lo incomprensible del arte. Una de las obras expuestas es un simple vaso con agua, de un tal Wilfredo Prieto. Su precio, 20.000 euros. Dice el galerista que el vaso en sí no vale nada, que si lo roban pone otro, que lo que cuenta es el certificado del autor, y que no vale colocar uno igual en casa, porque no sería un Prieto, sino una copia. Seguro que lo venden, que ya Cicerón había notado que stultorum plena sunt omnia, en todas partes abundan los tontos. O sea que no estamos peor que hace dos mil años.

miércoles, 25 de febrero de 2015

Operación limpieza

Mal momento este para ser golfo en España. Soplan helados vientos en contra. Si una de las claves de todo éxito consiste en estar en el momento oportuno en el lugar adecuado, los amigos de trincar el dinero público tienen ahora unas circunstancias tan propicias como las del ratón que intentase robar en una gatera. La operación limpieza es implacable e insensible a circunstancias ajenas a los sumarios, y las cárceles se están llenando de nuevos y hasta ahora poco habituales habitantes: políticos, sindicalistas, empresarios, banqueros, cantantes, mientras que por los juzgados pululan nuevos candidatos a ingresos: expresidentes de autonomías, exhonorables, deportistas, líderes obreros, yernos ilustres y hasta una infanta. Tipos de toda condición, lugar y adscripción política, desde el poderoso altivo hasta el que pesca en ruin barca. Ningún grupo está inmunizado contra el corrupto; en todos hay quienes son fieles seguidores de aquella vieja divisa que dice que entre el honor y el dinero, lo segundo es lo primero, pero cuanto mayor sea la cota de poder y mayor el número de cargos públicos, mayor es la tentación y mayor el riesgo de que alguno caiga en ella. Cuando algún partido presume de no tener ningún caso en sus filas, antes de admirar su calidad ética conviene fijarse en sus posibilidades reales de tenerlo, y casi siempre se comprueba que se trata de un partidillo poco más que testimonial, sin apenas mando en alguna plaza. A la fea suele resultarle más fácil mantener la honra.
Pasado el primer momento de frustración por tanta ausencia de valores morales y de indignación por la desvergüenza de robarnos lo que es de todos, la realidad que se encuentra es reconfortante. La Justicia funciona; trabaja lenta y con paso calmoso, pero inexorable. No mira hacia izquierda ni derecha, que por algo tiene los ojos vendados; no se deja influenciar por las circunstancias. El tercer poder del Estado ejerce su función de garante de los ciudadanos ante quienes pretenden aprovecharse de ellos. Cosa aparte es que este tipo de delitos conlleve una pena añadida para sus autores. Con sólo unos indicios se les condena a la cárcel de papel, y a la catódica, y no salen de ella ni con el fallo absolutorio del juez. Por razones que han motivado complejos análisis, la corrupción es un delito que suscita miradas inmisericordes entre la ciudadanía; nadie atiende al consejo que dio el caballero manchego a su escudero cuando éste partió hacia el gobierno de la ínsula: “Al que has de castigar con obras no trates mal con palabras, pues le basta la pena del suplicio sin la añadidura de las malas razones”.
Cualquier acción catártica desata una pequeña tempestad en los ánimos, pero provoca al mismo tiempo una sensación de tranquilidad, puesto que nos permite pensar que podemos conjurar el peligro. Se ha empezado a airear los rincones oscuros y a sacar a la luz lo que circulaba por las cloacas, y puede que ahora su fétido olor nos produzca náuseas, pero después respiraremos el aire más limpio. Que sepa todo aquel al que se le haya confiado una parcela de poder que el riesgo de ambicionar riqueza ilícita es perder la libertad.

miércoles, 18 de febrero de 2015

Como pompa de jabón

Ni una lágrima es capaz de detener a un tirano, ni una canción jamás podrá parar una guerra, ni este artículo que estoy empezando ahora, y que ni siquiera sé cómo va a quedar, valdrá para gran cosa, como todos. Si acaso, y ya sería suficiente, puede que merezca la amable atención de algún que otro lector fiel que haya podido conseguir a lo largo de los cerca de mil artículos con que he ocupado algún rincón de las páginas de este diario. De verdad que ya sería suficiente. La capacidad de generar grandes influencias es cada vez menos frecuente y, desde luego queda lejos del artículo de prensa y sólo para obras de gran consistencia. No hay nada más digno de una compasiva mirada de condescendencia que los suspiros satisfechos del pretencioso convencido de que puede modificar con sus palabras las líneas maestras del mundo. Acaso fuese bueno, pero no. Ni siquiera las de los humildes aposentos de lo más cotidiano de la mente. El carácter del artículo es ser efímero como un copo de nieve, y su destino el de sumirse para siempre en el olvido bajo el ingente montón de información que le ha de caer encima a la mañana siguiente. Aquello tan clásico de “verba volant, scripta manent” está dejando de ser tan rotundo. 
Y entonces ¿por qué escribir? Pues la verdad es que no se sabe muy bien. Acaso sea por la belleza especial que tiene todo lo inútil y que atrae con mucho más vigor que la de lo práctico y utilitario que nos hace la vida más cómoda. O quizá por la íntima vanidad de querer dar testimonio de uno mismo. O puede que en realidad, como ya alguien dijo, no exista nada inútil, ni siquiera la misma inutilidad. El caso es que uno se sienta ante su pantalla vacía con el ánimo dispuesto a hilvanar palabras que den fe de ideas y pensamientos, de reflexiones, de sugerencias y a veces, incluso, hasta con una cierta pretensión consoladora, tan atrevido puede ser. Buscará un lenguaje grave o desenfadado, en función del tema o de su propio estado de ánimo, siempre con la inquietud de conseguir algo literariamente correcto y en pelea constante con las limitaciones del idioma y, sobre todo, con las propias. Luego, en algunas ocasiones, algún lector escribe o llama, pero la gran mayoría calla y se guarda para sí sus opiniones sobre lo que ha leído, lo que deja al autor a solas consigo mismo. 
Se dice que los periódicos, esos museos de minucias efímeras, según Borges, son los depositarios hoy día de la mejor literatura que se escribe en la actualidad, pero quedan para los buenos degustadores. La reflexión y el pensamiento son incompatibles con las exigencias de las redes sociales. En ese teclear continuo de quienes caminan por la calle con la mirada puesta a todas horas en la pantalla de su móvil, sólo hay sitio para la inmediatez, la intrascendencia, la superficialidad. Vivimos el triunfo final de lo breve y el esplendor de lo instantáneo. La información vence al propio medio, la conclusión se impone al análisis, y la belleza formal queda absolutamente desterrada por la vulgaridad. Pero no importa. Seguiremos escribiendo. A pesar de todo, siempre habrá quien crea en la sugerente atracción de lo inútil.

miércoles, 11 de febrero de 2015

Invierno

Vaya con el cambio climático y el calentamiento global, lo difícil que nos ponen creer en su existencia. Uno, que tiende a ser un poco ingenuo y a aceptar lo que le cuentan con tono concluyente desde los altos púlpitos de la ciencia, se ha asomado estos días a los campos ateridos, a los caminos cortados y a los pueblos recogidos a la fuerza en sí mismos, y nota que ha perdido gran parte de su credulidad. Por lo menos, lo que ve lo pone todo bajo sospecha. Han vuelto a los tejados los carámbanos de nuestra infancia y a helarse los regatos que ya creíamos inmunes al poder invernal. Se han batido marcas de frío y de centímetros de nieve, se ha oído continuamente aquello de que esta es una nevada de las de antes, se han querido encontrar antecedentes y han tenido que buscarse en décadas ya perdidas en la memoria. El invierno ha llegado a lo grande, como argumento concluyente, y nosotros lo miramos con ojos de sorpresa, a pesar de que nunca ha hecho mucho caso de teorías que lo daban por moribundo. Puede que en nuestro acelerado camino hacia adelante nos hayamos olvidado de que somos hijos de la tierra que pisamos y que, en su impulso incomprensible, se mueve por designios distintos a los nuestros, sin darnos explicaciones de nada. Y puede también que tanta alarma no sea más que otra falacia de oscuro designio, pero cómo no esbozar una sonrisa aliviada cuando el invierno vuelve por sus fueros y pone de nuevo en los campos y en los termómetros sus señas de siempre. Pocas cosas hay más reconfortantes que la normalidad.
El invierno es todavía una de las cosas que se siguen desenvolviendo dentro de una lógica inmutable. Puede venir a su tiempo o impacientarse y anticipar su visita, pero llega siempre, y lo hace con la altiva displicencia del que no tiene ninguna deuda con nadie. Basta una leve mueca suya para que medio país quede desorientado y sin apenas capacidad de respuesta. Pueblos aislados, centenares de personas inmovilizadas, infinidad de proyectos rotos, y a dar gracias porque sólo suelen ser unos pocos días. El invierno tiene un poder casi infinito y se ensaña cuanto quiere y pone al descubierto nuestras debilidades de simple especie y, desde luego, todas nuestras imprevisiones y carencias para paliar sus efectos. Porque por mucho que nos creamos estar llevando a feliz término la enésima revolución tecnológica, por más que podamos dejar bien dicho para la posteridad que esta es la generación de las comunicaciones, por alto que queramos alardear de nuestra condición de dominante “homo faber”, lo cierto es que uno contemplaba las escenas del otro día y le parecía estar viendo el cuadro de Goya La nevada. Cambien el burro por un coche y díganme si no. Peor aún, porque el burro avanzaba; los coches no.
El invierno, metáfora recurrente del ciclo final de nuestra vida, allí donde la calma y el sosiego sustituyen a los olvidados ardores del estío. En el silencio de sus campos nevados y en las brumas envolventes de sus largas noches vemos el reflejo de nuestro propio invierno. Pero hay una diferencia: al final del primero siempre hay una primavera.

miércoles, 4 de febrero de 2015

Querencia griega

Grecia, el quebradero de Europa, casi al borde de su exclusión, quién lo diría. Ella, que está en su mismo origen, que le dotó de todo su soporte cultural, filosófico, artístico y racional, que le habló por primera vez de política, democracia y ética, que le dio hasta el nombre. No es esta Grecia desde luego. Al igual que en otros lugares, como Egipto, es preciso aprender a salvar la distancia que el devenir implacable del tiempo fue labrando, que en el caso de Grecia no fue muy amable. Alguna sombra de rubor debería anidar en la conciencia europea por haberse quedado indiferente ante el secuestro de su vieja madre durante cuatro siglos por parte de los turcos. En Lepanto se luchó por salvar la cristiandad, pero sólo una parte, la más poderosa. A Grecia se la dejó en manos de los turcos. Tuvieron que ser los románticos, con su pasión por la libertad y por los esplendores pasados, quienes compusieran una oda al ánfora griega y una elegía al ideal perdido de Verdad, Belleza y Bondad, que los griegos habían planteado a la humanidad hacía ya dos mil años. Al final, la lucha de todos los movimientos nacionalistas helénicos consiguió que en 1822 se proclamase la independencia, pero el país había cambiado su impulso. La larga presencia musulmana apenas dejó huellas en el pensamiento, porque la Iglesia ortodoxa aglutinó el sentir griego y preservó su lengua y su concepto nacional, pero otra cosa fue su influencia en las costumbres y en el mantenimiento de los ideales clásicos.
La Atenas que hoy encuentra el viajero encarna esta dualidad a simple vista. La ciudad clásica apenas generó alusiones posteriores. La que hoy extiende su inmenso caserío hasta donde alcanza la vista nació en el siglo XIX y es un producto apresurado y sin la menor visión urbanística, una capital fea y anodina. La ciudad que enseñó al mundo la búsqueda de la belleza como suprema razón, se ha convertido en el último espejo en que mirarse. Lo que ocurre es que, cuando desde algún claro se atisba la Acrópolis, uno vuelve a congraciarse con ella sin remedio.
Cuando el avión se eleva, se ve el Partenón emergiendo con majestuosa dignidad del gris océano de casas que se extiende hasta el infinito. Quizá sea el símbolo del contraste en esta tierra de contrastes. Una tierra vieja en sus formas de vida y renovada en sus defectos, creadora de la idea de la Belleza y con la capital más fea de Europa, la tierra que fue cuna del pensamiento racional y en la que se venden por todas partes piedras contra el mal de ojo, la inventora de la democracia y la que más golpes de estado ha generado en los últimos cien años, la de la corrupción asfixiante y la de Arístides y Asiarques. Una tierra donde la iglesia ortodoxa controla todos los espíritus, pero donde los saludos nunca hacen referencia a lo divino: hérete, ten alegría, o iasas, que tengas salud. La tierra donde el tiempo apenas tiene valor y donde se inventó el komboloi, un objeto para ocupar las manos y calmar los nervios. La tierra donde se dio respuesta a la eterna pregunta sobre nuestra condición y destino: que sólo sabemos que no sabemos nada.

jueves, 29 de enero de 2015

Memoria del infierno

Los indicadores que señalan la ciudad escriben Oswiecim, y se encuentran sólo al acercarse a ella. Los del lager indican Auschwitz junto a tres cruces sobre la palabra, y se pueden ver cada poco a lo largo de la carretera durante muchos kilómetros antes. Los polacos no quieren el nombre del infierno en su lengua y prefieren mantenerlo en alemán; Oswiecim queda sólo para la ciudad. A Oswiecim no la visita nadie, y eso que está cerca del lager y no es ninguna aldea; es más bien una ciudad mediana, industrial y obrera, aunque sin demasiado atractivo. Oswiecim debe la pesada carga de su fama a Himmler, que la eligió por su condición de nudo ferroviario y su situación en un terreno pantanoso, aislado y fácil de camuflar, para construir el mayor campo de concentración del Reich. Oswiecim se convirtió para siempre en Auschwitz.
Todo el complejo es hoy un enorme museo, cargado de simbolismo y de silencios. Jorge ha vuelto una vez más a este lugar para enseñarlo a quienes no hemos vivido lo que él vivió. Se le ve inquieto. Parece tener ganas de comenzar y al mismo tiempo su rostro se ha vuelto grave, como si trasluciera una ebullición interior que quisiera dominar, sin lograrlo. Entra y sale del autoservicio del museo, donde comemos; se siente incapaz de tomar nada, y sólo al final decide pedir un plato de sopa, que deja casi intacto. Luego, nos lleva de su mano siguiendo su propio itinerario, con la familiaridad de quien conoce una casa donde ha dejado los años más decisivos de su vida. Tiene 80 años y un mirar dulce y como remansado después de haber visto en este mundo todo lo que es posible ver. No hay en su mirada el menor asomo de rencor, ni entonación especial en su voz cuando nos muestra el terrible escenario de su drama. Tan sólo, si acaso, unos ojos apretados en algunos momentos, que pronto se rehacían. Su palabra será desde ahora la guía de la narración.
-Este campo se creó en abril de 1940, y el 14 de junio llegaron aquí los primeros prisioneros: 728 polacos procedentes de la prisión de Tarnow. Yo llegué en junio de 1941, con 18 años, como preso político.
Le habían detenido en 1939, con dieciséis años, en Varsovia. En Auschwitz trabajó en la construcción del campo II, en Birkenau. Después, otro infierno en Gross-Rosen y Dachau, de donde fue liberado cinco horas de que el campo fuera volado. Luego, nueva cárcel por anticomunista, el exilio, la opresión del nuevo régimen, el drama de su hijo. Si se le comenta algo, responde un "qué se le va a hacer".
-La vida en el campo era espantosa y fue haciéndose cada vez más dura a medida que iba aumentando el número de prisioneros. Nada más llegar ya se nos advertía que sólo viviríamos unos tres meses. La temperatura en invierno era terrible y no teníamos más que un traje de arpillera para todo el año. El frío, las ratas, los chinches, la disentería, el paludismo y el tifus acabaron con muchos; otros murieron de agotamiento en el trabajo. Yo llegué a pesar 38 kilos. Nos levantaban a las tres de la madrugada y teníamos que caminar unos cinco kilómetros para llegar a la fábrica; volvíamos al campamento a las ocho de la tarde. La comida era tan sólo un caldo de coles agrias y un trozo de pan negro. Un día nos dieron una sopa de color blanco, mucho más sabrosa; creímos que había alguna visita importante o algo así. Luego supimos que la habían hecho con los huesos de nuestros compañeros muertos.
Estamos ante el célebre arco de hierro forjado con la leyenda Arbeit macht frei, que da acceso al recinto. El trabajo hace libre. El arco ante el que los SS advertían que de este campo sólo había una forma de salir: por la chimenea del crematorio.
-La cámara de gas y los hornos crematorios se instalaron en 1942. Hasta entonces no era más que un campo de concentración.
Los pabellones albergan fotografías, dibujos, maquetas y objetos de los prisioneros: montones de cabello, mantas, trajes, prótesis, gafas, todo lo que no dio tiempo a trasladar a los almacenes centrales de Berlín.
-Los prisioneros aprendíamos pronto que la solidaridad era la única fuerza que podía mantenernos vivos. Había una especie de comunicación espiritual entre nosotros que nos hacía fuertes. El que tenía algo lo compartía sin reserva; el que podía ayudar en la forma que fuese, lo hacía, y, es curioso, pero todos teníamos algo que ofrecer. Si no era pan era una idea o un silencio cómplice o un cigarrillo conseguido clandestinamente o simplemente presencia de ánimo. Recuerdo, por ejemplo, que durante una temporada arrancamos cada día un trozo de miga de nuestra escasa ración de pan para dárselo a uno que quería hacer un rosario; rezar le confortaba. Terminamos rezando cada día con él y confortados con él.
Las alambradas están intactas; incluso los letreros que anunciaban el peligro de electrocución siguen en pie.
-La otra fuente de esperanza era la resistencia clandestina. Se prestaba atención a la lucha contra los presos criminales que hacían de capos, es decir, que ejercían de guardianes en funciones delegadas por los SS. Se pretendía eliminarlos de estos puestos e introducir en su lugar a los presos políticos. También era primordial el contacto con la población civil de fuera, para poder pasar información de lo que sucedía en el campo. Teníamos contactos a los que pasábamos los mensajes en clave. Yo tenía como enlace a una niña de 14 años, que aún vive aquí. Era muy peligroso, porque suponía el fusilamiento inmediato.
Las avenidas son anchas y separan los pabellones con absoluta regularidad. Todas ellas comienzan y acaban con una torre de vigilancia.
-El trato que se daba a los prisioneros variaba. Los capos eran crueles generalmente por miedo; los SS porque sí. Los SS eran además imprevisibles. Un día, un oficial nos preguntó a tres o cuatro si teníamos hambre y le dijimos que sí. Nos llevó a una oficina y allí nos dio queso y pan blanco. Como un buen amigo. Luego encendió un cigarrillo y, al acabar, arrojó la colilla al suelo. Uno de nosotros se agachó a cogerla. El SS sacó la pistola y le dijo: "¿Cómo un perro polaco se atreve a fumar tabaco alemán?" Y lo mató de un disparo en la cabeza.
A Jorge la voz se le va haciendo cada vez más grave. Muchas veces cierra los ojos al hablar.
-A los prisioneros se les identificaba nada más llegar con un número y un distintivo cosidos al uniforme: un triángulo rojo para los presos políticos, negro para gitanos, morado para los testigos de Jehová, rosa para los homosexuales, verde para los criminales y una estrella de David amarilla para los judíos. Los judíos, los homosexuales y los gitanos eran los peor tratados. Cuando comenzó la "solución final" fueron los primeros en ser exterminados.
Las torretas están dispuestas de modo que nada pueda moverse sin su control. La alambrada circunda la zona de barracones en su totalidad.
-¿Las fugas? Al principio se dieron algunas; luego se hicieron prácticamente imposibles. En diciembre del 42, el comandante del campo, Rudolf Höss, hizo tatuar a todos los prisioneros en el antebrazo su número. De esta forma era imposible pasar desapercibido allí donde estuvieras. Este fue el único campo donde se practicó este método. Yo, por ejemplo, al enviarme a Gross-Rosen me libré del tatuaje, aunque por poco.
Los pabellones 10, 20 y 21 albergaban el hospital de prisioneros. En el 10 trabajaba en sus experimentos el doctor Mengele, el seleccionador de vidas, el de las pruebas pseudocientíficas en carne viva, el ángel de la muerte.
-Mengele, Clauberg y alguno más. Era terrible. Niños que servían como cobayas, mujeres a las que se les practicaban atrocidades. Terrible.
Jorge perdió la barba, los dientes y algo más. En 1973, treinta años después, su único hijo nació con problemas de movilidad, y sólo él y su mujer saben cuánto costó verle como está ahora.
-No es posible transmitir lo que puede llegar a sentir uno. No, no es posible. El pabellón 11 era el "pabellón de la muerte". Aquí estaba la sala del tribunal en la que la Gestapo de Katowice juzgaba y, tras una sesión de dos o tres horas, dictaba hasta más de cien sentencias de muerte. Los condenados debían desnudarse en dos baños en medio del pasillo y, si no eran muchos, eran fusilados allí mismo. En el sótano se encontraba la prisión y, sobre todo, las terribles celdas de castigo. Aquí, en el sótano del bloque 11, en la celda numero 18, destinada a los condenados a morir de hambre, mataron en 1941 al prisionero número 16670, un prisionero con un triángulo rojo de político y una P de polaco, llamado Maksymilian Kolbe.
-La historia del padre Kolbe es una muestra de que, por dura que sea la situación, nada puede arrancar al hombre su dignidad ni su grandeza de alma. En agosto de 1941, un preso del bloque 14 logró evadirse del campo. La norma dictada por Höss era que por cada preso que se fugase se fusilara a diez de sus compañeros de pabellón. Se seleccionaron a los diez condenados, entre ellos un padre de cinco hijos, que pide piedad sin resultado. El padre Kolbe se adelanta y explica al comandante que él está solo y que aquel hombre tiene una familia y pide que acceda al canje de su vida por la de aquel hombre. Höss no pone inconveniente. Los diez son condenados a morir de hambre. Kolbe es uno de los últimos en morir, hasta que al fin le aplican una inyección de fenol en el corazón.
Al padre Kolbe le canonizó en 1982 Juan Pablo II con el novedoso título de "mártir de la caridad". El hombre a quien salvó murió en marzo de 1995. En las paredes de la celda hay una imagen del Sagrado Corazón grabado sobre la pared, hecha por el padre Kolbe durante su cautiverio. Está protegido por un cristal, como un retablo valioso, como si la celda fuese un lugar de santidad. Muchos se persignan.
-Yo había ya conocido al padre Kolbe en el hospital de Varsovia, en 1939, donde los dos estábamos presos. Era un hombre especial.
En este sótano, en septiembre de 1941, se hizo por primera vez la prueba de ejecución masiva mediante el Zyklon B; murieron en ella 600 prisioneros de guerra soviéticos y 250 enfermos del campo. Aquí están también las terribles celdas de castigo, unos habitáculos cuadrados, de 90 cm. de lado, en la que cumplían condena 4 presos en cada uno; el tormento debía de ser espantoso.
-Todos los prisioneros sabíamos que quien entraba en esta pabellón ya no salía vivo. Por eso lo llamábamos el "pabellón de la muerte".
El bloque 11 está unido al 10 por un muro, el paredón de las ejecuciones. Aquí los SS fusilaron a miles de presos. Hoy el muro está siempre atestado de flores.
Fuera de la alambrada principal del campo, en una esquina del rectángulo formado por el conjunto de bloques, se halla el edificio más siniestro del campo. Es una especie de búnquer con una chimenea de ladrillo, que podría pasar por un almacén o tal vez por una inocente fábrica de poca monta. Era el depósito de cadáveres y el crematorio. En 1941, la sala del depósito de cadáveres fue convertida en cámara de gas provisional, y en ella fueron asesinados los prisioneros soviéticos y los judíos de los guetos de la Alta Silesia. Funcionó sobre todo durante los años 1941 y 1942, hasta que se instalaron las seis cámaras de Birkenau. Al lado de esta sala se encuentran dos de los tres hornos crematorios, en los que se incineraban unos 350 cadáveres al día.
-No puedo evitarlo -Jorge lo dice en voz baja-; aún sigo teniendo aquí dentro el olor del humo de esa chimenea.
Fuera, el día parece más nublado e infinitamente más triste. Todo está como los nazis lo dejaron. Todo, menos el patíbulo que se alza frente a la entrada del crematorio; ese se levantó después, el 16 de abril de 1947, para ahorcar a Rudolf Höss, el comandante de Auschwitz, al que se le hizo morir mirando hacia su campo.
A 3 km. de este campo, en la aldea de Birkenau, se levantó en 1941 otro mayor para acoger a la cada vez más numerosa afluencia de prisioneros que llegaban a Auschwitz. Este campo de Birkenau, llamado Auschwitz II y dependiente del mismo comandante que el I, llegó a albergar hasta 100.000 reclusos en agosto de 1944. Desde la torre del centinela se abarca un panorama completo del inmenso recinto. Los prisioneros, la mayoría judíos procedentes de Hungría, llegaban en vagones de ferrocarril y se apeaban en el gran andén de cemento que hay en el centro del campo. Allí un médico seleccionaba a los aptos para el trabajo, que eran alojados en los barracones; los demás, mujeres, niños, enfermos y ancianos, aproximadamente un 75% de cada tren que llegaba, pasaban directamente a las cámaras de gas. En Birkenau había seis cámaras, con cuatro crematorios, además de fosas y piras para la incineración. Poco antes de la liberación, los SS hicieron volar los crematorios y las cámaras de gas con el fin de no dejar huella de sus acciones, pero quedan sus ruinas y es muy fácil reconstruirlos mentalmente. Los barracones aquí eran en su mayoría de madera, apoyados directamente sobre el suelo pantanoso. Había unos 300; hoy quedan en pie sólo 45 de ladrillo y 22 de madera.
Birkenau parece el lugar de la desesperación absoluta. Aquel inmenso espacio perdido en la llanura, la línea obsesiva de las alambradas, la silueta maldita de las chimeneas echando humo continuamente, la certeza de que fuera no hay nada, la ausencia total de esperanza. Birkenau no puede ser más que la pesadilla imaginada como lugar final para los malditos entre los malditos.
Jorge parece más relajado; sonríe, se deja hacer fotos, me dedica un libro sobre el campo. Le pregunto si ha visto La lista de Schindler y si le gustó. Nos dice que sí, que recoge muy fielmente la vida en Auschwitz; que él no llegó a conocer a Schindler porque éste tenía su fábrica en Cracovia, pero que Spielberg le pidió asesoramiento a él y a otros supervivientes para realizar su película. Luego, comenta algo curioso:
-Mi vida está unida al número 15. Nací un 9-6 de 1923; me arrestó la Gestapo en 1941; mi número de prisionero en Auschwitz era el 2751, en Gross-Rosen el 31119, y en Dachau el 63123. Y mi nombre, Jerzy Kowalewski, tiene quince letras. Una casualidad.
Comienza a llover sobre Auschwitz. El paisaje es triste, como desencantado. El río Sola corre a la derecha de la carretera, envuelto en árboles y brumas, como un pensamiento empeñado en una meditación sin la menor esperanza de un rayo de luz. Seguramente en su lecho quedan aún restos de tantas cenizas humanas como se arrojaron a él.       
© L.D.T

miércoles, 28 de enero de 2015

Los indignados

Muy mal debe de haberse hecho este mundo para que, en tanto tiempo como lleva girando, sus habitantes no hayan vivido felices en él ni un solo día. La casa parece hermosa y no mal provista; ofrece posibilidades para estar a gusto y para que la breve estancia que se nos concede en ella resulte pasablemente feliz, y más pensando que sólo se nos da una única oportunidad. Así que el producto fallido son sus ocupantes. Ya lo decía el sabio rey Alfonso X, que si Dios le hubiera pedido opinión antes de crear el mundo, él le habría podido dar algún consejo para que le hubiera salido mejor. Desde luego, muy del gusto de todos no parece estar hecho, porque siempre, en cualquier momento y lugar, hay alguien protestando, revolviéndose contra algo, reclamando y exigiendo, proclamando a gritos lo indignado que se encuentra, pidiendo un cambio para cambiar lo que se acaba de cambiar o tratando de convencer de que tiene en sus manos el remedio universal para implantar de una vez por todas el paraíso en la tierra. Y así desde los siglos de los siglos.
La indignación es uno de los grandes motores de la Historia, que por algo el primer indignado fue el propio Creador, que nos echó del edén. De indignados, los santos y los otros, se han escrito las mejores biografías y las obras literarias, comenzando por la que nos muestra al campeón de todos ellos: el hidalgo a quien la indignación le incitó a salir a arreglar el mundo y hubo de volver a casa con ella intacta, pero sometida a la realidad y a su propio honor. Podría decirse que en el germen de muchas actitudes que conducen al desarrollo de un concepto ético se encuentra la santa ira del que empuña el látigo en el templo, aunque, por desgracia, no sea lo más frecuente La indignación puede ser hija del inconformismo, del fracaso de las ambiciones, de la injusticia e incluso de la moda política; por eso la especie de los indignados es eterna y universal. San Agustín increpaba al mundo para justificarla desde el punto de vista de la indefensión del hombre ante su destino: “Que digan los que te habitaron, mundo, si tuvieron en su vida goce sin dolor, paz sin discordia, descanso sin miedo, salud sin flaqueza, luz sin sombra, risa sin lágrimas.”
La variante más confusa de lo que hasta entonces no era más que un estado de ánimo comienza cuando los indignados se convierten en partido político con el propósito, dicen, de acabar con los motivos de la indignación; luego, si alcanzan el poder, los indignados son otros y quizá más numerosos, y pronto mostrarán a su vez su indignación para volver a cambiar. Lo cierto es que ceder el poder a alguien que está indignado es un riesgo, aunque no sea más que porque el vigor del raciocinio para tomar sabias decisiones siempre es fruto del sosiego y la templanza. La indignación de tintes políticos está muy cercana a su hermanastro, el populismo, y los dos se venden juntos y se compran también juntos, y los dos son un sucedáneo espurio de cualquier oferta racional de proyecto de futuro. Una carga de efectos peligrosos, que se presenta envuelta en atractivo papel de celofán.

miércoles, 21 de enero de 2015

Libertad para ofender

Ahora que ya se ha difuminado la oleada emocional de los asesinatos de París y que la conmoción por el impacto de los crímenes se ha diluido y queda solamente la frialdad de los hechos, pueden ya analizarse otras perspectivas que hasta ahora habían sido postergadas ante la trágica realidad de la sangre. Esa reacción unánime de tantas gentes con los brazos en alto y de tantos firmantes declarando en sus medios aquello de “Yo soy Charlie”, sin matices ni condiciones, centrándose sólo en la condena del hecho criminal, merece ahora alguna reflexión secundaria. Todos entendimos el sentido de la declaración. Ser Charlie era afirmar el derecho a la libertad de expresión, era ponerse de parte de quienes lo habían ejercido dibujando y escribiendo lo que les vino en gana, era la proclamación absoluta de un principio tenido por irrenunciable. Una alusión al criterio innegociable que sostiene uno de nuestros pilares de convivencia. Pero, descendiendo de ese concepto general y solemne a un significado de la frase más concreto y ajustado al pie de la letra, fueron muchos los que dijeron en voz alta que ellos no eran Charlie. No les gusta insultar, ni mofarse de las creencias de los demás, ni la provocación ofensiva y gratuita, ni vivir del negocio de ofender a alguien. Por eso no son Charlie. Por supuesto, admiten y hasta defienden su derecho a decir lo que les plazca, pero de eso a querer transmutarse en ellos hay un largo paso que no les gustaría dar ni siquiera de palabra. Creen que la libertad de expresión es un derecho demasiado noble para convertirlo en una simple herramienta para causar dolor a alguien.
La emotividad desbordada pierde su capacidad crítica y distorsiona las dimensiones de la realidad; se distribuyen los adjetivos y los títulos con la injusticia que trae la visceralidad. Héroe es el policía que pierde la vida en su trabajo de defender la de los demás; incluso los judíos que hacían su compra para celebrar su fiesta y murieron acribillados; ellos no habían ofendido a nadie ni habían hecho nada por salir del sencillo anonimato de sus vidas, pero apenas se vieron carteles de “Yo soy judío”. La libertad de expresión centró todas las manifestaciones de defensa frente a la libertad de creencias.
Y, además, la revista es mala, con un humor vulgar y facilón, ramplona y burda hasta para provocar. Poca gracia para tanto daño. De hecho, muchas de las viñetas anónimas que inundaron la red a raíz de los asesinatos eran bastante más ingeniosas. Los humoristas realmente grandes -todos tenemos en la mente unos cuantos nombres- jamás sintieron necesidad de humillar ni de utilizar crueles sarcasmos contra nadie para suscitar la sonrisa; su talento les permite prescindir de esos miserables recursos de patio de instituto.
La libertad de expresión tiene sus límites, se pongan donde se pongan: en el Código Penal, en el punto donde comienza el derecho de los demás a no ser ofendidos, o simplemente en el buen gusto, que no es mal delimitador. Pero, por supuesto, el asesinato es un crimen infinitamente mayor que una burla; no existe ninguna posibilidad de justificar lo sucedido; nada está por encima de la vida, y menos unos chistes malos.

miércoles, 14 de enero de 2015

Somos vulnerables

Debe de quedar poco por decir sobre lo ocurrido estos días en París. Es cierto que cosas así suceden casi a cada hora en otros lugares del mundo, pero cuando afecta a allegados próximos, y no sólo en la distancia física, con quien compartimos trayectoria histórica y hasta la leche materna, el horror se sublima al mezclarse con la familiaridad, la cercanía y el miedo, que, precisamente por eso, siempre se queda agazapado tras las rotundas palabras de confianza que necesitamos oír. Como en los casos anteriores de Nueva York, Madrid o Londres, se han hecho todos los análisis posibles, incluyendo los de salón y tertulia barata, pero cuesta mucho dar valor a las explicaciones racionales cuando los sentimientos se encuentran afectados hasta el espanto y las consideraciones que cabe hacer sin gran esfuerzo indican que se trata de algo que va mucho más allá de la simple circunstancia, por atroz que sea.
¿Por qué Occidente ha llegado a ser tan vulnerable? ¿Por qué esa sensación de indefensión ante cualquier país de pobres gentes miserables, pero gobernado por fanáticos, a los que su propio pueblo no les importa nada? La causa reside en la propia estructura de valores que constituye la esencia de cada uno. Occidente ha sido quien ha dado a la humanidad, tras una larga y dolorosa gestación que costó muchas vidas inocentes, los conceptos de democracia, la presunción de inocencia, el habeas corpus, la libertad de conciencia, los derechos humanos o la reinserción social de los delincuentes, y en su ingenuidad ha creído que su aplicación habría de ser universal, quizá porque sin ellos la vida no parece vida. Todo ello ha propiciado, además de una notable prosperidad económica, una sociedad porosa y receptiva, unas fronteras que apenas suponen obstáculo y unas leyes igualitarias, tolerantes y permisivas con todo aquel que llegue aquí. Desde luego, nada que se pueda encontrar, ni siquiera lejanamente parecido, en otros ámbitos. Pero al mismo tiempo, en un inconsciente ejercicio de falso progresismo, ahora está renunciando a su autoestima y hasta a su propia evolución demográfica y, sobre todo, ha hecho y hace todo lo posible por debilitar las raíces espirituales que lo sostenían, y ya se sabe que cuando un espacio queda vacío otros acuden enseguida a ocuparlo. Y no es cierto que todas las religiones tengan la misma dimensión ética ni que tiendan por igual a la elevación del hombre como ser espiritual; entre el “Amad a vuestros enemigos” del Evangelio y el “Matad a los infieles allí donde los encontréis” del Corán, hay una distancia moral fácil de ver.
Acaso haya llegado el momento de detenerse a reflexionar sobre nuestra sociedad y, sin perder de vista nunca los principios de justicia y solidaridad con los demás pueblos, establecer nuevas líneas que fortalezcan nuestra autodefensa, por supuesto física, pero también cultural y política. Dado el escaso sentido del humor que tienen estos luchadores de Alá, no debe interpretarse como una broma esa temible advertencia que alguno de ellos nos ha hecho: os conquistaremos con vuestras leyes y os gobernaremos con las nuestras.

miércoles, 7 de enero de 2015

Predicciones

Hace ya algunos años que no asoman por estas fechas los videntes del futuro para contarnos lo que nos aguarda en nuestra vida. Aquellos desfiles de adivinos, arúspices, agoreros, licenciados en presagios y doctores en la técnica de la prospectiva de futuro que estaban en el secreto de lo que nos tenía reservado nuestro destino, ya ni siquiera aparecen en las cadenas de la telebasura. Se ve que ya no son rentables; es una profesión devaluada. Será que estos tiempos escépticos no dan para aceptar más sandeces que las irremediables, las de algunos políticos, por ejemplo; o acaso que el ingenio y el desparpajo de los profetas de antes ya no rinde más frutos que una carcajada generalizada. Oh, tiempos descreídos; oh, reino de la incredulidad; oh, gentes sin fe.
Pues en ausencia de los que tienen el secreto del porvenir, uno ha hecho su esfuerzo, se ha encomendado al espíritu del santo obispo Malaquías y del padre Nostradamus y ha logrado participar de la visión del futuro. Su natural modestia no le impide afirmar que el alcance de sus predicciones no se limita a este año que comienza, sino también a los próximos, y aun a todo el siglo. Vayan aquí algunas de las líneas que consiguió leer en el gran libro de los designios:
Seguiremos los humildes habitantes de este planeta naciendo, luchando, sufriendo, amando y muriendo, como ha sucedido desde que el primero de nosotros comenzó a respirar en él.
Seguirá el hombre a cuestas con sus pasiones de siempre, esforzándose en la búsqueda de la belleza y la bondad, y a la vez arrastrándose en las tristes miserias de su condición humana.
Seguirán los políticos reuniéndose en cualquier lugar que se tercie, para hablar de los conflictos que ellos mismos han provocado, casi siempre por forzar la lógica de las cosas.
Seguirán naciendo cada día las esperanzas que nos fortalecen, y continuarán floreciendo miradas ilusionadas y actos de amor y promesas y propósitos desinteresados. Y en cualquier lugar anónimo del mundo seguirá habiendo quienes estén entregando a los demás la mano llena y la palabra consoladora que nadie nunca les había dado.
Seguirán los de siempre a vueltas con la idea de que su terruño es el eje del mundo, el punto de encuentro del cosmos, sin ver que están en pleno viaje de regreso tribal. Y en las tierras donde este empeño se presenta como una obligación de conciencia dictada desde lo alto, seguirá retrocediendo la humanidad del hombre para convertirse en una bestia sanguinaria.
Seguirá alguna mansa brisa de la tarde acariciando los corazones de los solitarios, ofreciéndoles quizá la compañía de todo lo creado. Y en agradecimiento sólo pedirá un suspiro.
Y seguirán la Tierra y el Universo entero dando vueltas, indiferentes a todo, como si la eternidad que a nosotros se nos niega fuera para ellos título y condena. Y desde aquí sólo podremos mirar las estrellas.