miércoles, 25 de marzo de 2015

Mirando al cielo

Con lo abigarrada que está siempre la actualidad y con lo sobreactuada y trascendente que la hacemos, y resulta que la noticia de todas las portadas en medio mundo durante este fin de semana fue un eclipse parcial del sol. Quién lo diría en esta sociedad tecnificada, en la que los impulsos románticos se han sustituido por bytes y que ha situado el misterio más inmediato más allá de las galaxias visibles. Hubo quienes se desplazaron muchos kilómetros más al norte para poder verlo en su totalidad, y cuentan que incluso muchos aplaudieron entusiasmados la actuación de la luna cuando terminó de ocultar el sol. Bien es cierto que el terror de otros tiempos se sustituye ahora por la curiosidad, por el interés científico o quién sabe si por una íntima actitud reverencial ante una manifestación cósmica, como un rescoldo del ser animista que fuimos. No se explica, si no, tanta expectación por lo que hace ya tiempo que es un fenómeno natural, predecible, comprensible y, medido en el tiempo astronómico, puede decirse que cotidiano. Que el sol se oculte a mediodía ya no infunde pavor en las almas ni pone en trance de limpiar las conciencias. La ciencia deja sin atractivo el misterio, y nada hay más deprimente que un hermoso misterio que ha sido develado, pero nos sigue fascinando como un acontecimiento que nos ha acompañado desde que aparecimos por este planeta, como si quisiera acoger nuestras eternas preguntas, sin darnos más respuesta que su guiño sin pausa y sin amor. O sea, que de vez en cuando miramos al cielo. En el fondo resulta gratificante comprobar que todavía nos queda alguna capacidad de asombro y que no es ante lo incomprensible, sino ante lo inalcanzable.
Los eclipses fueron anuncios de desgracias o señales de buen agüero, pero también fuente de conocimiento: los griegos supieron que la Tierra era redonda al observar que la sombra que proyectaba en los eclipses de luna era circular; su presencia regular nos ayudó a datar acontecimientos históricos; un eclipse de sol facilitó que se pudiera comprobar empíricamente la teoría de la relatividad. Y en todo tiempo sirvieron para admirar al hombre ante la precisión de la mecánica celeste y, en una derivada antrópica y trascendente, para sentirnos más que nunca polvo de estrellas al contemplar el entorno en que se desarrolla. De esa alineación exacta es fácil pensar en una consecuencia existencial: sabemos que estamos a la distancia justa del Sol para que haya surgido la vida; si esa distancia se modificara sólo un 5 por ciento en un sentido o en otro, nuestro querido planeta estaría abrasado o congelado. Somos consecuencia de una distancia.
Entretanto aquí, en la tierra que nos acoge, la primavera está haciendo renacer de nuevo la vida, como cada año, que esa sí es medida humana. Los árboles del río ya vuelven a ser soto y las praderas se cubren de colores y asoma el cereal temprano. Están anidando los pájaros en los matorrales y en las ramas de los castaños; en el aire hay aroma de polen y brisa rejuvenecida. La vida, como el universo, va a lo suyo, sin tener para nosotros ni una leve mirada de complicidad.

miércoles, 18 de marzo de 2015

De nuevo entre nosotros

Mire que le hemos buscado, don Miguel, y ahora parece que al fin ya sabemos qué habíamos hecho con sus despojos después de los trasiegos a que sometimos su humilde sepultura. Le echábamos de menos. Le necesitábamos. Nos hacía falta su presencia para sentirnos un poco menos huérfanos, que no sabe vuesa merced lo áspero que puede hacerse un tiempo tecnificado y descreído sin una referencia física a lo mejor de nuestro espíritu, por simbólica que sea, que lo suavice. Cuatro siglos escondido, sin saber de sus restos más que lo que nos dice la décima que le dedicó su amigo Urbina, esa que empieza: “Caminante, el peregrino / Cervantes aquí se encierra, / su cuerpo cubre la tierra, / no su nombre, que es divino”. Eso le pasa por no haber puesto de epitafio una maldición sobre el que tocase sus huesos, como hizo su contemporáneo Shakespeare, que así lleva los mismos cuatro siglos sin que nadie se haya atrevido a moverlo. Válganos el cielo, don Miguel; bien aplicadas vienen aquí las palabras de su hidalgo: “El tiempo, descubridor de todas las cosas, no se deja ninguna que no la saque a la luz del sol, aunque esté escondida en los senos de la tierra”. Y al fin y al cabo, si no hay memoria que el tiempo no acabe, tampoco habrá olvido, que ya se sabe los juegos que se traen los opuestos. Además, mire: ha tenido más suerte que su íntimo enemigo Lope de Vega, y que sus vecinos Quevedo y Calderón, o que Tirso, o que, por citar otro genio que coincidió con usted, Velázquez. Todavía no los hemos encontrado.
  Mirar hacia atrás, hacia los que nos precedieron en el tiempo, es un ejercicio de todas las épocas, y en su caso bien claro lo deja vuesa merced en sus obras en lo que a su sentir se refiere. Ahora ya no es el mismo concepto de fama ni de gloria inmortal, pero seguimos aspirando a lo perenne y envidiando a quienes lo han conseguido por encima de la caducidad de la materia. Hemos encontrado sus restos y sentimos como si en la familia se hubiera acabado con una penosa ausencia, pero sabemos muy bien que no son los huesos lo que cuenta, más allá de la gozosa sensación de imaginarnos que vuelve a estar entre nosotros. Son los espectros que nos haya dejado por aquí, y esos sí que se encuentran instalados en la inmortalidad. El espectro islandés o coreano de su hidalgo está más vivo que la mayoría de todas esas figuras bien definidas por intereses puramente materiales, que se nos presentan cada día desde los poderosos medios que nos abruman. Cuerpos clónicos, huecos y efímeros, esculpidos por la publicidad; se asombraría de ver quiénes escriben hoy algunos libros de éxito. La figura de su caballero loco es reconocible en cualquier lugar del mundo; cabalga por los campos de la mente de todos nosotros, eso sí, casi siempre vencido, con la espalda doblegada como cuando volvió a su pueblo tras la derrota final. Y no se crea que sólo dio pasatiempo al pecho melancólico y mohíno. Algo más que pasatiempo fue, no me diga, que en pocos sitios tenemos los hombres una palabra dirigida particularmente a cada uno como en su historia de locos y cuerdos. Si puedo, iré a poner una flor en su tumba.

miércoles, 11 de marzo de 2015

La libertad

Debe de ser la palabra más escrita y pronunciada de toda la Historia. Apenas hay himno, escudo o divisa de cualquier nación, tiempo y lugar, que no la muestre como lema y propósito. Está en el grito de todas las revoluciones, en los discursos de cualquier demócrata y en los de los dictadores y tiranos más sanguinarios. Su nombre ha servido para enardecer y para morir con él en los labios. Los libros, los profanos y los sagrados, se llenan con su significado luminoso, casi siempre con sentido de esperanza. Es meta, anhelo, objetivo eterno, promesa liberadora. Y sobre todo, sombra esquiva que jamás se dejó atrapar. Libertad, palabra condenada a significar propósito inalcanzable.
La libertad está coartada por diversos factores: la ley natural, que nos impone unas limitaciones tan obvias como insalvables; la sociedad, que establece unos límites llamados leyes para regularse a sí misma; nuestra conciencia individual, que nos levanta barreras éticas, y una cuarta mucho más sutil, porque no lo parece y porque no emplea la fuerza: los que la controlan bajo la apariencia de fortalecerla. Lo de red de redes puede aplicarse en su sentido más literal. Vivimos emparedados entre gigantescas estructuras virtuales que nos tienen atrapados. Los afectos que creemos nuestros nos vienen inducidos por intereses ajenos. El gran sistema controla las inclinaciones de nuestro corazón, las corrige siempre a su favor, las modifica y encima nos hace creer que lo hacemos nosotros mismos. Nos bombardean desde todos los puntos donde se cuecen intereses partidistas, con sus tertulias sectarias, sus programas de banalidad nada inocente, su frivolidad impostada que apenas oculta una finalidad alienante. Nos imponen las palabras que podemos decir y las que no, el significado que ha de darse a cada una, cambiando el que tenía hasta ahora; prohibidos los adjetivos que no gustan al gran sistema; la terminología que ha de usarse es la que se asigna desde arriba; la corrección sólo la pueden dictar los intereses económicos y políticos. Los gustos, lo que es o no moderno, lo que debemos considerar hermoso, las ideas que hemos de sostener para estar en el mundo, todo nos viene señalado cada día desde las tribunas meticulosamente dispuestas para que no nos demos cuenta de que ni siquiera nos damos cuenta de ello. ¿Libertad? Un hermoso reflejo de aurora boreal. No la hay ni para dejar de ser libre.
La libertad verdadera es la que seamos capaces de crear dentro de nosotros mismos, y proviene del conocimiento y de la búsqueda incesante del saber hasta configurar un criterio fuerte e inmune a cualquier influencia que no tenga unos fundamentos sólidos. Lecturas reflexivas y sin prejuicios de los espíritus que fueron verdaderamente libres, que nos brindarán los elementos de análisis necesarios para crearnos un espacio intelectual propio, sin adherencias ajenas interesadas. Un espacio sólido, nuestro, hecho de materiales bien contrastados y no sujeto a esclavitudes ideológicas superficiales. Sólo en este sentido, la libertad, como la felicidad, puede aproximarse a dejar de ser una negación de la realidad.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Dos momentos del arte

Parece que deberíamos haber aprendido a comprender al ser humano y a confiar en que el progreso de las ideas hubiera elevado su condición racional, y todavía hemos de sorprendernos al comprobar que entre el fanatismo y la estupidez media la misma distancia que entre dos siameses. El fanatismo obliga a entrar en su oscura caverna a todas las demás ideas y las somete a su tiranía. La estupidez las desprecia y las ignora porque así cree que las desactiva. Para desgracia de todos, la Historia tiene un amplio muestrario de ambas cosas, pero cabía pensar que algunas ya estuvieran superadas, precisamente por la enseñanza de la propia Historia y por lo que se supone que implica de progreso del ser humano en todos sus aspectos. Lo que los islamistas están haciendo en los países que dominan constituye la evidencia más clara de que esto no es así. A estas espadas exterminadoras de Alá no les basta con someter a sus mujeres a humillaciones inconcebibles en esta época, al fin y al cabo eso yace en lo más hondo de su interpretación coránica, sino que están destruyendo lo mejor de su patrimonio artístico. Los preciosos vestigios de la civilización asiria, aquellos relieves de la legendaria Nínive, que ilustraron nuestros manuales de Historia del Arte y que nos hicieron atisbar un concepto creativo distinto, en un tiempo y un lugar ajenos por completo a los nuestros, están siendo demolidos a martillazos. Habían aguantado durante dos mil quinientos años los ataques de los tártaros, las inclemencias del desierto, los infinitos cambios políticos de esta zona y hasta las profecías de Jonás, pero no han podido sobrevivir a los islamistas. Alguien ordenó acabar con ellos por ser contrarios al libro del profeta; eran obra de adoradores paganos. O sea, como si en Egipto ordenan demoler la esfinge.
La iconoclastia es una enfermedad que afecta a los débiles mentales y que por aquí también hemos padecido. Los cristianos, cuando alcanzaron algún poder en Roma, destruyeron todas las estatuas de los emperadores y sólo dejaron en pie la del Capitolio creyendo que era la del cristiano Constantino. Luego resultó que era la del pagano Marco Aurelio, pero ya entonces los tiempos habían cambiado y el emperador estoico sigue allí, sobre su caballo, como único testigo sobreviviente de otra enorme estupidez. Pero esto fue en un siglo ya lejano. Ahora, en el XXI, los leones y toros alados de Nínive han ofendido con su gastada figura la conciencia religiosa de los que parecen no tenerla para asesinar con crueldad inhumana.
Mientras tanto, aquí está en todo su esplendor ARCO, esa feria del arte incomprensible y de lo incomprensible del arte. Una de las obras expuestas es un simple vaso con agua, de un tal Wilfredo Prieto. Su precio, 20.000 euros. Dice el galerista que el vaso en sí no vale nada, que si lo roban pone otro, que lo que cuenta es el certificado del autor, y que no vale colocar uno igual en casa, porque no sería un Prieto, sino una copia. Seguro que lo venden, que ya Cicerón había notado que stultorum plena sunt omnia, en todas partes abundan los tontos. O sea que no estamos peor que hace dos mil años.

miércoles, 25 de febrero de 2015

Operación limpieza

Mal momento este para ser golfo en España. Soplan helados vientos en contra. Si una de las claves de todo éxito consiste en estar en el momento oportuno en el lugar adecuado, los amigos de trincar el dinero público tienen ahora unas circunstancias tan propicias como las del ratón que intentase robar en una gatera. La operación limpieza es implacable e insensible a circunstancias ajenas a los sumarios, y las cárceles se están llenando de nuevos y hasta ahora poco habituales habitantes: políticos, sindicalistas, empresarios, banqueros, cantantes, mientras que por los juzgados pululan nuevos candidatos a ingresos: expresidentes de autonomías, exhonorables, deportistas, líderes obreros, yernos ilustres y hasta una infanta. Tipos de toda condición, lugar y adscripción política, desde el poderoso altivo hasta el que pesca en ruin barca. Ningún grupo está inmunizado contra el corrupto; en todos hay quienes son fieles seguidores de aquella vieja divisa que dice que entre el honor y el dinero, lo segundo es lo primero, pero cuanto mayor sea la cota de poder y mayor el número de cargos públicos, mayor es la tentación y mayor el riesgo de que alguno caiga en ella. Cuando algún partido presume de no tener ningún caso en sus filas, antes de admirar su calidad ética conviene fijarse en sus posibilidades reales de tenerlo, y casi siempre se comprueba que se trata de un partidillo poco más que testimonial, sin apenas mando en alguna plaza. A la fea suele resultarle más fácil mantener la honra.
Pasado el primer momento de frustración por tanta ausencia de valores morales y de indignación por la desvergüenza de robarnos lo que es de todos, la realidad que se encuentra es reconfortante. La Justicia funciona; trabaja lenta y con paso calmoso, pero inexorable. No mira hacia izquierda ni derecha, que por algo tiene los ojos vendados; no se deja influenciar por las circunstancias. El tercer poder del Estado ejerce su función de garante de los ciudadanos ante quienes pretenden aprovecharse de ellos. Cosa aparte es que este tipo de delitos conlleve una pena añadida para sus autores. Con sólo unos indicios se les condena a la cárcel de papel, y a la catódica, y no salen de ella ni con el fallo absolutorio del juez. Por razones que han motivado complejos análisis, la corrupción es un delito que suscita miradas inmisericordes entre la ciudadanía; nadie atiende al consejo que dio el caballero manchego a su escudero cuando éste partió hacia el gobierno de la ínsula: “Al que has de castigar con obras no trates mal con palabras, pues le basta la pena del suplicio sin la añadidura de las malas razones”.
Cualquier acción catártica desata una pequeña tempestad en los ánimos, pero provoca al mismo tiempo una sensación de tranquilidad, puesto que nos permite pensar que podemos conjurar el peligro. Se ha empezado a airear los rincones oscuros y a sacar a la luz lo que circulaba por las cloacas, y puede que ahora su fétido olor nos produzca náuseas, pero después respiraremos el aire más limpio. Que sepa todo aquel al que se le haya confiado una parcela de poder que el riesgo de ambicionar riqueza ilícita es perder la libertad.

miércoles, 18 de febrero de 2015

Como pompa de jabón

Ni una lágrima es capaz de detener a un tirano, ni una canción jamás podrá parar una guerra, ni este artículo que estoy empezando ahora, y que ni siquiera sé cómo va a quedar, valdrá para gran cosa, como todos. Si acaso, y ya sería suficiente, puede que merezca la amable atención de algún que otro lector fiel que haya podido conseguir a lo largo de los cerca de mil artículos con que he ocupado algún rincón de las páginas de este diario. De verdad que ya sería suficiente. La capacidad de generar grandes influencias es cada vez menos frecuente y, desde luego queda lejos del artículo de prensa y sólo para obras de gran consistencia. No hay nada más digno de una compasiva mirada de condescendencia que los suspiros satisfechos del pretencioso convencido de que puede modificar con sus palabras las líneas maestras del mundo. Acaso fuese bueno, pero no. Ni siquiera las de los humildes aposentos de lo más cotidiano de la mente. El carácter del artículo es ser efímero como un copo de nieve, y su destino el de sumirse para siempre en el olvido bajo el ingente montón de información que le ha de caer encima a la mañana siguiente. Aquello tan clásico de “verba volant, scripta manent” está dejando de ser tan rotundo. 
Y entonces ¿por qué escribir? Pues la verdad es que no se sabe muy bien. Acaso sea por la belleza especial que tiene todo lo inútil y que atrae con mucho más vigor que la de lo práctico y utilitario que nos hace la vida más cómoda. O quizá por la íntima vanidad de querer dar testimonio de uno mismo. O puede que en realidad, como ya alguien dijo, no exista nada inútil, ni siquiera la misma inutilidad. El caso es que uno se sienta ante su pantalla vacía con el ánimo dispuesto a hilvanar palabras que den fe de ideas y pensamientos, de reflexiones, de sugerencias y a veces, incluso, hasta con una cierta pretensión consoladora, tan atrevido puede ser. Buscará un lenguaje grave o desenfadado, en función del tema o de su propio estado de ánimo, siempre con la inquietud de conseguir algo literariamente correcto y en pelea constante con las limitaciones del idioma y, sobre todo, con las propias. Luego, en algunas ocasiones, algún lector escribe o llama, pero la gran mayoría calla y se guarda para sí sus opiniones sobre lo que ha leído, lo que deja al autor a solas consigo mismo. 
Se dice que los periódicos, esos museos de minucias efímeras, según Borges, son los depositarios hoy día de la mejor literatura que se escribe en la actualidad, pero quedan para los buenos degustadores. La reflexión y el pensamiento son incompatibles con las exigencias de las redes sociales. En ese teclear continuo de quienes caminan por la calle con la mirada puesta a todas horas en la pantalla de su móvil, sólo hay sitio para la inmediatez, la intrascendencia, la superficialidad. Vivimos el triunfo final de lo breve y el esplendor de lo instantáneo. La información vence al propio medio, la conclusión se impone al análisis, y la belleza formal queda absolutamente desterrada por la vulgaridad. Pero no importa. Seguiremos escribiendo. A pesar de todo, siempre habrá quien crea en la sugerente atracción de lo inútil.

miércoles, 11 de febrero de 2015

Invierno

Vaya con el cambio climático y el calentamiento global, lo difícil que nos ponen creer en su existencia. Uno, que tiende a ser un poco ingenuo y a aceptar lo que le cuentan con tono concluyente desde los altos púlpitos de la ciencia, se ha asomado estos días a los campos ateridos, a los caminos cortados y a los pueblos recogidos a la fuerza en sí mismos, y nota que ha perdido gran parte de su credulidad. Por lo menos, lo que ve lo pone todo bajo sospecha. Han vuelto a los tejados los carámbanos de nuestra infancia y a helarse los regatos que ya creíamos inmunes al poder invernal. Se han batido marcas de frío y de centímetros de nieve, se ha oído continuamente aquello de que esta es una nevada de las de antes, se han querido encontrar antecedentes y han tenido que buscarse en décadas ya perdidas en la memoria. El invierno ha llegado a lo grande, como argumento concluyente, y nosotros lo miramos con ojos de sorpresa, a pesar de que nunca ha hecho mucho caso de teorías que lo daban por moribundo. Puede que en nuestro acelerado camino hacia adelante nos hayamos olvidado de que somos hijos de la tierra que pisamos y que, en su impulso incomprensible, se mueve por designios distintos a los nuestros, sin darnos explicaciones de nada. Y puede también que tanta alarma no sea más que otra falacia de oscuro designio, pero cómo no esbozar una sonrisa aliviada cuando el invierno vuelve por sus fueros y pone de nuevo en los campos y en los termómetros sus señas de siempre. Pocas cosas hay más reconfortantes que la normalidad.
El invierno es todavía una de las cosas que se siguen desenvolviendo dentro de una lógica inmutable. Puede venir a su tiempo o impacientarse y anticipar su visita, pero llega siempre, y lo hace con la altiva displicencia del que no tiene ninguna deuda con nadie. Basta una leve mueca suya para que medio país quede desorientado y sin apenas capacidad de respuesta. Pueblos aislados, centenares de personas inmovilizadas, infinidad de proyectos rotos, y a dar gracias porque sólo suelen ser unos pocos días. El invierno tiene un poder casi infinito y se ensaña cuanto quiere y pone al descubierto nuestras debilidades de simple especie y, desde luego, todas nuestras imprevisiones y carencias para paliar sus efectos. Porque por mucho que nos creamos estar llevando a feliz término la enésima revolución tecnológica, por más que podamos dejar bien dicho para la posteridad que esta es la generación de las comunicaciones, por alto que queramos alardear de nuestra condición de dominante “homo faber”, lo cierto es que uno contemplaba las escenas del otro día y le parecía estar viendo el cuadro de Goya La nevada. Cambien el burro por un coche y díganme si no. Peor aún, porque el burro avanzaba; los coches no.
El invierno, metáfora recurrente del ciclo final de nuestra vida, allí donde la calma y el sosiego sustituyen a los olvidados ardores del estío. En el silencio de sus campos nevados y en las brumas envolventes de sus largas noches vemos el reflejo de nuestro propio invierno. Pero hay una diferencia: al final del primero siempre hay una primavera.

miércoles, 4 de febrero de 2015

Querencia griega

Grecia, el quebradero de Europa, casi al borde de su exclusión, quién lo diría. Ella, que está en su mismo origen, que le dotó de todo su soporte cultural, filosófico, artístico y racional, que le habló por primera vez de política, democracia y ética, que le dio hasta el nombre. No es esta Grecia desde luego. Al igual que en otros lugares, como Egipto, es preciso aprender a salvar la distancia que el devenir implacable del tiempo fue labrando, que en el caso de Grecia no fue muy amable. Alguna sombra de rubor debería anidar en la conciencia europea por haberse quedado indiferente ante el secuestro de su vieja madre durante cuatro siglos por parte de los turcos. En Lepanto se luchó por salvar la cristiandad, pero sólo una parte, la más poderosa. A Grecia se la dejó en manos de los turcos. Tuvieron que ser los románticos, con su pasión por la libertad y por los esplendores pasados, quienes compusieran una oda al ánfora griega y una elegía al ideal perdido de Verdad, Belleza y Bondad, que los griegos habían planteado a la humanidad hacía ya dos mil años. Al final, la lucha de todos los movimientos nacionalistas helénicos consiguió que en 1822 se proclamase la independencia, pero el país había cambiado su impulso. La larga presencia musulmana apenas dejó huellas en el pensamiento, porque la Iglesia ortodoxa aglutinó el sentir griego y preservó su lengua y su concepto nacional, pero otra cosa fue su influencia en las costumbres y en el mantenimiento de los ideales clásicos.
La Atenas que hoy encuentra el viajero encarna esta dualidad a simple vista. La ciudad clásica apenas generó alusiones posteriores. La que hoy extiende su inmenso caserío hasta donde alcanza la vista nació en el siglo XIX y es un producto apresurado y sin la menor visión urbanística, una capital fea y anodina. La ciudad que enseñó al mundo la búsqueda de la belleza como suprema razón, se ha convertido en el último espejo en que mirarse. Lo que ocurre es que, cuando desde algún claro se atisba la Acrópolis, uno vuelve a congraciarse con ella sin remedio.
Cuando el avión se eleva, se ve el Partenón emergiendo con majestuosa dignidad del gris océano de casas que se extiende hasta el infinito. Quizá sea el símbolo del contraste en esta tierra de contrastes. Una tierra vieja en sus formas de vida y renovada en sus defectos, creadora de la idea de la Belleza y con la capital más fea de Europa, la tierra que fue cuna del pensamiento racional y en la que se venden por todas partes piedras contra el mal de ojo, la inventora de la democracia y la que más golpes de estado ha generado en los últimos cien años, la de la corrupción asfixiante y la de Arístides y Asiarques. Una tierra donde la iglesia ortodoxa controla todos los espíritus, pero donde los saludos nunca hacen referencia a lo divino: hérete, ten alegría, o iasas, que tengas salud. La tierra donde el tiempo apenas tiene valor y donde se inventó el komboloi, un objeto para ocupar las manos y calmar los nervios. La tierra donde se dio respuesta a la eterna pregunta sobre nuestra condición y destino: que sólo sabemos que no sabemos nada.

jueves, 29 de enero de 2015

Memoria del infierno

Los indicadores que señalan la ciudad escriben Oswiecim, y se encuentran sólo al acercarse a ella. Los del lager indican Auschwitz junto a tres cruces sobre la palabra, y se pueden ver cada poco a lo largo de la carretera durante muchos kilómetros antes. Los polacos no quieren el nombre del infierno en su lengua y prefieren mantenerlo en alemán; Oswiecim queda sólo para la ciudad. A Oswiecim no la visita nadie, y eso que está cerca del lager y no es ninguna aldea; es más bien una ciudad mediana, industrial y obrera, aunque sin demasiado atractivo. Oswiecim debe la pesada carga de su fama a Himmler, que la eligió por su condición de nudo ferroviario y su situación en un terreno pantanoso, aislado y fácil de camuflar, para construir el mayor campo de concentración del Reich. Oswiecim se convirtió para siempre en Auschwitz.
Todo el complejo es hoy un enorme museo, cargado de simbolismo y de silencios. Jorge ha vuelto una vez más a este lugar para enseñarlo a quienes no hemos vivido lo que él vivió. Se le ve inquieto. Parece tener ganas de comenzar y al mismo tiempo su rostro se ha vuelto grave, como si trasluciera una ebullición interior que quisiera dominar, sin lograrlo. Entra y sale del autoservicio del museo, donde comemos; se siente incapaz de tomar nada, y sólo al final decide pedir un plato de sopa, que deja casi intacto. Luego, nos lleva de su mano siguiendo su propio itinerario, con la familiaridad de quien conoce una casa donde ha dejado los años más decisivos de su vida. Tiene 80 años y un mirar dulce y como remansado después de haber visto en este mundo todo lo que es posible ver. No hay en su mirada el menor asomo de rencor, ni entonación especial en su voz cuando nos muestra el terrible escenario de su drama. Tan sólo, si acaso, unos ojos apretados en algunos momentos, que pronto se rehacían. Su palabra será desde ahora la guía de la narración.
-Este campo se creó en abril de 1940, y el 14 de junio llegaron aquí los primeros prisioneros: 728 polacos procedentes de la prisión de Tarnow. Yo llegué en junio de 1941, con 18 años, como preso político.
Le habían detenido en 1939, con dieciséis años, en Varsovia. En Auschwitz trabajó en la construcción del campo II, en Birkenau. Después, otro infierno en Gross-Rosen y Dachau, de donde fue liberado cinco horas de que el campo fuera volado. Luego, nueva cárcel por anticomunista, el exilio, la opresión del nuevo régimen, el drama de su hijo. Si se le comenta algo, responde un "qué se le va a hacer".
-La vida en el campo era espantosa y fue haciéndose cada vez más dura a medida que iba aumentando el número de prisioneros. Nada más llegar ya se nos advertía que sólo viviríamos unos tres meses. La temperatura en invierno era terrible y no teníamos más que un traje de arpillera para todo el año. El frío, las ratas, los chinches, la disentería, el paludismo y el tifus acabaron con muchos; otros murieron de agotamiento en el trabajo. Yo llegué a pesar 38 kilos. Nos levantaban a las tres de la madrugada y teníamos que caminar unos cinco kilómetros para llegar a la fábrica; volvíamos al campamento a las ocho de la tarde. La comida era tan sólo un caldo de coles agrias y un trozo de pan negro. Un día nos dieron una sopa de color blanco, mucho más sabrosa; creímos que había alguna visita importante o algo así. Luego supimos que la habían hecho con los huesos de nuestros compañeros muertos.
Estamos ante el célebre arco de hierro forjado con la leyenda Arbeit macht frei, que da acceso al recinto. El trabajo hace libre. El arco ante el que los SS advertían que de este campo sólo había una forma de salir: por la chimenea del crematorio.
-La cámara de gas y los hornos crematorios se instalaron en 1942. Hasta entonces no era más que un campo de concentración.
Los pabellones albergan fotografías, dibujos, maquetas y objetos de los prisioneros: montones de cabello, mantas, trajes, prótesis, gafas, todo lo que no dio tiempo a trasladar a los almacenes centrales de Berlín.
-Los prisioneros aprendíamos pronto que la solidaridad era la única fuerza que podía mantenernos vivos. Había una especie de comunicación espiritual entre nosotros que nos hacía fuertes. El que tenía algo lo compartía sin reserva; el que podía ayudar en la forma que fuese, lo hacía, y, es curioso, pero todos teníamos algo que ofrecer. Si no era pan era una idea o un silencio cómplice o un cigarrillo conseguido clandestinamente o simplemente presencia de ánimo. Recuerdo, por ejemplo, que durante una temporada arrancamos cada día un trozo de miga de nuestra escasa ración de pan para dárselo a uno que quería hacer un rosario; rezar le confortaba. Terminamos rezando cada día con él y confortados con él.
Las alambradas están intactas; incluso los letreros que anunciaban el peligro de electrocución siguen en pie.
-La otra fuente de esperanza era la resistencia clandestina. Se prestaba atención a la lucha contra los presos criminales que hacían de capos, es decir, que ejercían de guardianes en funciones delegadas por los SS. Se pretendía eliminarlos de estos puestos e introducir en su lugar a los presos políticos. También era primordial el contacto con la población civil de fuera, para poder pasar información de lo que sucedía en el campo. Teníamos contactos a los que pasábamos los mensajes en clave. Yo tenía como enlace a una niña de 14 años, que aún vive aquí. Era muy peligroso, porque suponía el fusilamiento inmediato.
Las avenidas son anchas y separan los pabellones con absoluta regularidad. Todas ellas comienzan y acaban con una torre de vigilancia.
-El trato que se daba a los prisioneros variaba. Los capos eran crueles generalmente por miedo; los SS porque sí. Los SS eran además imprevisibles. Un día, un oficial nos preguntó a tres o cuatro si teníamos hambre y le dijimos que sí. Nos llevó a una oficina y allí nos dio queso y pan blanco. Como un buen amigo. Luego encendió un cigarrillo y, al acabar, arrojó la colilla al suelo. Uno de nosotros se agachó a cogerla. El SS sacó la pistola y le dijo: "¿Cómo un perro polaco se atreve a fumar tabaco alemán?" Y lo mató de un disparo en la cabeza.
A Jorge la voz se le va haciendo cada vez más grave. Muchas veces cierra los ojos al hablar.
-A los prisioneros se les identificaba nada más llegar con un número y un distintivo cosidos al uniforme: un triángulo rojo para los presos políticos, negro para gitanos, morado para los testigos de Jehová, rosa para los homosexuales, verde para los criminales y una estrella de David amarilla para los judíos. Los judíos, los homosexuales y los gitanos eran los peor tratados. Cuando comenzó la "solución final" fueron los primeros en ser exterminados.
Las torretas están dispuestas de modo que nada pueda moverse sin su control. La alambrada circunda la zona de barracones en su totalidad.
-¿Las fugas? Al principio se dieron algunas; luego se hicieron prácticamente imposibles. En diciembre del 42, el comandante del campo, Rudolf Höss, hizo tatuar a todos los prisioneros en el antebrazo su número. De esta forma era imposible pasar desapercibido allí donde estuvieras. Este fue el único campo donde se practicó este método. Yo, por ejemplo, al enviarme a Gross-Rosen me libré del tatuaje, aunque por poco.
Los pabellones 10, 20 y 21 albergaban el hospital de prisioneros. En el 10 trabajaba en sus experimentos el doctor Mengele, el seleccionador de vidas, el de las pruebas pseudocientíficas en carne viva, el ángel de la muerte.
-Mengele, Clauberg y alguno más. Era terrible. Niños que servían como cobayas, mujeres a las que se les practicaban atrocidades. Terrible.
Jorge perdió la barba, los dientes y algo más. En 1973, treinta años después, su único hijo nació con problemas de movilidad, y sólo él y su mujer saben cuánto costó verle como está ahora.
-No es posible transmitir lo que puede llegar a sentir uno. No, no es posible. El pabellón 11 era el "pabellón de la muerte". Aquí estaba la sala del tribunal en la que la Gestapo de Katowice juzgaba y, tras una sesión de dos o tres horas, dictaba hasta más de cien sentencias de muerte. Los condenados debían desnudarse en dos baños en medio del pasillo y, si no eran muchos, eran fusilados allí mismo. En el sótano se encontraba la prisión y, sobre todo, las terribles celdas de castigo. Aquí, en el sótano del bloque 11, en la celda numero 18, destinada a los condenados a morir de hambre, mataron en 1941 al prisionero número 16670, un prisionero con un triángulo rojo de político y una P de polaco, llamado Maksymilian Kolbe.
-La historia del padre Kolbe es una muestra de que, por dura que sea la situación, nada puede arrancar al hombre su dignidad ni su grandeza de alma. En agosto de 1941, un preso del bloque 14 logró evadirse del campo. La norma dictada por Höss era que por cada preso que se fugase se fusilara a diez de sus compañeros de pabellón. Se seleccionaron a los diez condenados, entre ellos un padre de cinco hijos, que pide piedad sin resultado. El padre Kolbe se adelanta y explica al comandante que él está solo y que aquel hombre tiene una familia y pide que acceda al canje de su vida por la de aquel hombre. Höss no pone inconveniente. Los diez son condenados a morir de hambre. Kolbe es uno de los últimos en morir, hasta que al fin le aplican una inyección de fenol en el corazón.
Al padre Kolbe le canonizó en 1982 Juan Pablo II con el novedoso título de "mártir de la caridad". El hombre a quien salvó murió en marzo de 1995. En las paredes de la celda hay una imagen del Sagrado Corazón grabado sobre la pared, hecha por el padre Kolbe durante su cautiverio. Está protegido por un cristal, como un retablo valioso, como si la celda fuese un lugar de santidad. Muchos se persignan.
-Yo había ya conocido al padre Kolbe en el hospital de Varsovia, en 1939, donde los dos estábamos presos. Era un hombre especial.
En este sótano, en septiembre de 1941, se hizo por primera vez la prueba de ejecución masiva mediante el Zyklon B; murieron en ella 600 prisioneros de guerra soviéticos y 250 enfermos del campo. Aquí están también las terribles celdas de castigo, unos habitáculos cuadrados, de 90 cm. de lado, en la que cumplían condena 4 presos en cada uno; el tormento debía de ser espantoso.
-Todos los prisioneros sabíamos que quien entraba en esta pabellón ya no salía vivo. Por eso lo llamábamos el "pabellón de la muerte".
El bloque 11 está unido al 10 por un muro, el paredón de las ejecuciones. Aquí los SS fusilaron a miles de presos. Hoy el muro está siempre atestado de flores.
Fuera de la alambrada principal del campo, en una esquina del rectángulo formado por el conjunto de bloques, se halla el edificio más siniestro del campo. Es una especie de búnquer con una chimenea de ladrillo, que podría pasar por un almacén o tal vez por una inocente fábrica de poca monta. Era el depósito de cadáveres y el crematorio. En 1941, la sala del depósito de cadáveres fue convertida en cámara de gas provisional, y en ella fueron asesinados los prisioneros soviéticos y los judíos de los guetos de la Alta Silesia. Funcionó sobre todo durante los años 1941 y 1942, hasta que se instalaron las seis cámaras de Birkenau. Al lado de esta sala se encuentran dos de los tres hornos crematorios, en los que se incineraban unos 350 cadáveres al día.
-No puedo evitarlo -Jorge lo dice en voz baja-; aún sigo teniendo aquí dentro el olor del humo de esa chimenea.
Fuera, el día parece más nublado e infinitamente más triste. Todo está como los nazis lo dejaron. Todo, menos el patíbulo que se alza frente a la entrada del crematorio; ese se levantó después, el 16 de abril de 1947, para ahorcar a Rudolf Höss, el comandante de Auschwitz, al que se le hizo morir mirando hacia su campo.
A 3 km. de este campo, en la aldea de Birkenau, se levantó en 1941 otro mayor para acoger a la cada vez más numerosa afluencia de prisioneros que llegaban a Auschwitz. Este campo de Birkenau, llamado Auschwitz II y dependiente del mismo comandante que el I, llegó a albergar hasta 100.000 reclusos en agosto de 1944. Desde la torre del centinela se abarca un panorama completo del inmenso recinto. Los prisioneros, la mayoría judíos procedentes de Hungría, llegaban en vagones de ferrocarril y se apeaban en el gran andén de cemento que hay en el centro del campo. Allí un médico seleccionaba a los aptos para el trabajo, que eran alojados en los barracones; los demás, mujeres, niños, enfermos y ancianos, aproximadamente un 75% de cada tren que llegaba, pasaban directamente a las cámaras de gas. En Birkenau había seis cámaras, con cuatro crematorios, además de fosas y piras para la incineración. Poco antes de la liberación, los SS hicieron volar los crematorios y las cámaras de gas con el fin de no dejar huella de sus acciones, pero quedan sus ruinas y es muy fácil reconstruirlos mentalmente. Los barracones aquí eran en su mayoría de madera, apoyados directamente sobre el suelo pantanoso. Había unos 300; hoy quedan en pie sólo 45 de ladrillo y 22 de madera.
Birkenau parece el lugar de la desesperación absoluta. Aquel inmenso espacio perdido en la llanura, la línea obsesiva de las alambradas, la silueta maldita de las chimeneas echando humo continuamente, la certeza de que fuera no hay nada, la ausencia total de esperanza. Birkenau no puede ser más que la pesadilla imaginada como lugar final para los malditos entre los malditos.
Jorge parece más relajado; sonríe, se deja hacer fotos, me dedica un libro sobre el campo. Le pregunto si ha visto La lista de Schindler y si le gustó. Nos dice que sí, que recoge muy fielmente la vida en Auschwitz; que él no llegó a conocer a Schindler porque éste tenía su fábrica en Cracovia, pero que Spielberg le pidió asesoramiento a él y a otros supervivientes para realizar su película. Luego, comenta algo curioso:
-Mi vida está unida al número 15. Nací un 9-6 de 1923; me arrestó la Gestapo en 1941; mi número de prisionero en Auschwitz era el 2751, en Gross-Rosen el 31119, y en Dachau el 63123. Y mi nombre, Jerzy Kowalewski, tiene quince letras. Una casualidad.
Comienza a llover sobre Auschwitz. El paisaje es triste, como desencantado. El río Sola corre a la derecha de la carretera, envuelto en árboles y brumas, como un pensamiento empeñado en una meditación sin la menor esperanza de un rayo de luz. Seguramente en su lecho quedan aún restos de tantas cenizas humanas como se arrojaron a él.       
© L.D.T

miércoles, 28 de enero de 2015

Los indignados

Muy mal debe de haberse hecho este mundo para que, en tanto tiempo como lleva girando, sus habitantes no hayan vivido felices en él ni un solo día. La casa parece hermosa y no mal provista; ofrece posibilidades para estar a gusto y para que la breve estancia que se nos concede en ella resulte pasablemente feliz, y más pensando que sólo se nos da una única oportunidad. Así que el producto fallido son sus ocupantes. Ya lo decía el sabio rey Alfonso X, que si Dios le hubiera pedido opinión antes de crear el mundo, él le habría podido dar algún consejo para que le hubiera salido mejor. Desde luego, muy del gusto de todos no parece estar hecho, porque siempre, en cualquier momento y lugar, hay alguien protestando, revolviéndose contra algo, reclamando y exigiendo, proclamando a gritos lo indignado que se encuentra, pidiendo un cambio para cambiar lo que se acaba de cambiar o tratando de convencer de que tiene en sus manos el remedio universal para implantar de una vez por todas el paraíso en la tierra. Y así desde los siglos de los siglos.
La indignación es uno de los grandes motores de la Historia, que por algo el primer indignado fue el propio Creador, que nos echó del edén. De indignados, los santos y los otros, se han escrito las mejores biografías y las obras literarias, comenzando por la que nos muestra al campeón de todos ellos: el hidalgo a quien la indignación le incitó a salir a arreglar el mundo y hubo de volver a casa con ella intacta, pero sometida a la realidad y a su propio honor. Podría decirse que en el germen de muchas actitudes que conducen al desarrollo de un concepto ético se encuentra la santa ira del que empuña el látigo en el templo, aunque, por desgracia, no sea lo más frecuente La indignación puede ser hija del inconformismo, del fracaso de las ambiciones, de la injusticia e incluso de la moda política; por eso la especie de los indignados es eterna y universal. San Agustín increpaba al mundo para justificarla desde el punto de vista de la indefensión del hombre ante su destino: “Que digan los que te habitaron, mundo, si tuvieron en su vida goce sin dolor, paz sin discordia, descanso sin miedo, salud sin flaqueza, luz sin sombra, risa sin lágrimas.”
La variante más confusa de lo que hasta entonces no era más que un estado de ánimo comienza cuando los indignados se convierten en partido político con el propósito, dicen, de acabar con los motivos de la indignación; luego, si alcanzan el poder, los indignados son otros y quizá más numerosos, y pronto mostrarán a su vez su indignación para volver a cambiar. Lo cierto es que ceder el poder a alguien que está indignado es un riesgo, aunque no sea más que porque el vigor del raciocinio para tomar sabias decisiones siempre es fruto del sosiego y la templanza. La indignación de tintes políticos está muy cercana a su hermanastro, el populismo, y los dos se venden juntos y se compran también juntos, y los dos son un sucedáneo espurio de cualquier oferta racional de proyecto de futuro. Una carga de efectos peligrosos, que se presenta envuelta en atractivo papel de celofán.

miércoles, 21 de enero de 2015

Libertad para ofender

Ahora que ya se ha difuminado la oleada emocional de los asesinatos de París y que la conmoción por el impacto de los crímenes se ha diluido y queda solamente la frialdad de los hechos, pueden ya analizarse otras perspectivas que hasta ahora habían sido postergadas ante la trágica realidad de la sangre. Esa reacción unánime de tantas gentes con los brazos en alto y de tantos firmantes declarando en sus medios aquello de “Yo soy Charlie”, sin matices ni condiciones, centrándose sólo en la condena del hecho criminal, merece ahora alguna reflexión secundaria. Todos entendimos el sentido de la declaración. Ser Charlie era afirmar el derecho a la libertad de expresión, era ponerse de parte de quienes lo habían ejercido dibujando y escribiendo lo que les vino en gana, era la proclamación absoluta de un principio tenido por irrenunciable. Una alusión al criterio innegociable que sostiene uno de nuestros pilares de convivencia. Pero, descendiendo de ese concepto general y solemne a un significado de la frase más concreto y ajustado al pie de la letra, fueron muchos los que dijeron en voz alta que ellos no eran Charlie. No les gusta insultar, ni mofarse de las creencias de los demás, ni la provocación ofensiva y gratuita, ni vivir del negocio de ofender a alguien. Por eso no son Charlie. Por supuesto, admiten y hasta defienden su derecho a decir lo que les plazca, pero de eso a querer transmutarse en ellos hay un largo paso que no les gustaría dar ni siquiera de palabra. Creen que la libertad de expresión es un derecho demasiado noble para convertirlo en una simple herramienta para causar dolor a alguien.
La emotividad desbordada pierde su capacidad crítica y distorsiona las dimensiones de la realidad; se distribuyen los adjetivos y los títulos con la injusticia que trae la visceralidad. Héroe es el policía que pierde la vida en su trabajo de defender la de los demás; incluso los judíos que hacían su compra para celebrar su fiesta y murieron acribillados; ellos no habían ofendido a nadie ni habían hecho nada por salir del sencillo anonimato de sus vidas, pero apenas se vieron carteles de “Yo soy judío”. La libertad de expresión centró todas las manifestaciones de defensa frente a la libertad de creencias.
Y, además, la revista es mala, con un humor vulgar y facilón, ramplona y burda hasta para provocar. Poca gracia para tanto daño. De hecho, muchas de las viñetas anónimas que inundaron la red a raíz de los asesinatos eran bastante más ingeniosas. Los humoristas realmente grandes -todos tenemos en la mente unos cuantos nombres- jamás sintieron necesidad de humillar ni de utilizar crueles sarcasmos contra nadie para suscitar la sonrisa; su talento les permite prescindir de esos miserables recursos de patio de instituto.
La libertad de expresión tiene sus límites, se pongan donde se pongan: en el Código Penal, en el punto donde comienza el derecho de los demás a no ser ofendidos, o simplemente en el buen gusto, que no es mal delimitador. Pero, por supuesto, el asesinato es un crimen infinitamente mayor que una burla; no existe ninguna posibilidad de justificar lo sucedido; nada está por encima de la vida, y menos unos chistes malos.

miércoles, 14 de enero de 2015

Somos vulnerables

Debe de quedar poco por decir sobre lo ocurrido estos días en París. Es cierto que cosas así suceden casi a cada hora en otros lugares del mundo, pero cuando afecta a allegados próximos, y no sólo en la distancia física, con quien compartimos trayectoria histórica y hasta la leche materna, el horror se sublima al mezclarse con la familiaridad, la cercanía y el miedo, que, precisamente por eso, siempre se queda agazapado tras las rotundas palabras de confianza que necesitamos oír. Como en los casos anteriores de Nueva York, Madrid o Londres, se han hecho todos los análisis posibles, incluyendo los de salón y tertulia barata, pero cuesta mucho dar valor a las explicaciones racionales cuando los sentimientos se encuentran afectados hasta el espanto y las consideraciones que cabe hacer sin gran esfuerzo indican que se trata de algo que va mucho más allá de la simple circunstancia, por atroz que sea.
¿Por qué Occidente ha llegado a ser tan vulnerable? ¿Por qué esa sensación de indefensión ante cualquier país de pobres gentes miserables, pero gobernado por fanáticos, a los que su propio pueblo no les importa nada? La causa reside en la propia estructura de valores que constituye la esencia de cada uno. Occidente ha sido quien ha dado a la humanidad, tras una larga y dolorosa gestación que costó muchas vidas inocentes, los conceptos de democracia, la presunción de inocencia, el habeas corpus, la libertad de conciencia, los derechos humanos o la reinserción social de los delincuentes, y en su ingenuidad ha creído que su aplicación habría de ser universal, quizá porque sin ellos la vida no parece vida. Todo ello ha propiciado, además de una notable prosperidad económica, una sociedad porosa y receptiva, unas fronteras que apenas suponen obstáculo y unas leyes igualitarias, tolerantes y permisivas con todo aquel que llegue aquí. Desde luego, nada que se pueda encontrar, ni siquiera lejanamente parecido, en otros ámbitos. Pero al mismo tiempo, en un inconsciente ejercicio de falso progresismo, ahora está renunciando a su autoestima y hasta a su propia evolución demográfica y, sobre todo, ha hecho y hace todo lo posible por debilitar las raíces espirituales que lo sostenían, y ya se sabe que cuando un espacio queda vacío otros acuden enseguida a ocuparlo. Y no es cierto que todas las religiones tengan la misma dimensión ética ni que tiendan por igual a la elevación del hombre como ser espiritual; entre el “Amad a vuestros enemigos” del Evangelio y el “Matad a los infieles allí donde los encontréis” del Corán, hay una distancia moral fácil de ver.
Acaso haya llegado el momento de detenerse a reflexionar sobre nuestra sociedad y, sin perder de vista nunca los principios de justicia y solidaridad con los demás pueblos, establecer nuevas líneas que fortalezcan nuestra autodefensa, por supuesto física, pero también cultural y política. Dado el escaso sentido del humor que tienen estos luchadores de Alá, no debe interpretarse como una broma esa temible advertencia que alguno de ellos nos ha hecho: os conquistaremos con vuestras leyes y os gobernaremos con las nuestras.

miércoles, 7 de enero de 2015

Predicciones

Hace ya algunos años que no asoman por estas fechas los videntes del futuro para contarnos lo que nos aguarda en nuestra vida. Aquellos desfiles de adivinos, arúspices, agoreros, licenciados en presagios y doctores en la técnica de la prospectiva de futuro que estaban en el secreto de lo que nos tenía reservado nuestro destino, ya ni siquiera aparecen en las cadenas de la telebasura. Se ve que ya no son rentables; es una profesión devaluada. Será que estos tiempos escépticos no dan para aceptar más sandeces que las irremediables, las de algunos políticos, por ejemplo; o acaso que el ingenio y el desparpajo de los profetas de antes ya no rinde más frutos que una carcajada generalizada. Oh, tiempos descreídos; oh, reino de la incredulidad; oh, gentes sin fe.
Pues en ausencia de los que tienen el secreto del porvenir, uno ha hecho su esfuerzo, se ha encomendado al espíritu del santo obispo Malaquías y del padre Nostradamus y ha logrado participar de la visión del futuro. Su natural modestia no le impide afirmar que el alcance de sus predicciones no se limita a este año que comienza, sino también a los próximos, y aun a todo el siglo. Vayan aquí algunas de las líneas que consiguió leer en el gran libro de los designios:
Seguiremos los humildes habitantes de este planeta naciendo, luchando, sufriendo, amando y muriendo, como ha sucedido desde que el primero de nosotros comenzó a respirar en él.
Seguirá el hombre a cuestas con sus pasiones de siempre, esforzándose en la búsqueda de la belleza y la bondad, y a la vez arrastrándose en las tristes miserias de su condición humana.
Seguirán los políticos reuniéndose en cualquier lugar que se tercie, para hablar de los conflictos que ellos mismos han provocado, casi siempre por forzar la lógica de las cosas.
Seguirán naciendo cada día las esperanzas que nos fortalecen, y continuarán floreciendo miradas ilusionadas y actos de amor y promesas y propósitos desinteresados. Y en cualquier lugar anónimo del mundo seguirá habiendo quienes estén entregando a los demás la mano llena y la palabra consoladora que nadie nunca les había dado.
Seguirán los de siempre a vueltas con la idea de que su terruño es el eje del mundo, el punto de encuentro del cosmos, sin ver que están en pleno viaje de regreso tribal. Y en las tierras donde este empeño se presenta como una obligación de conciencia dictada desde lo alto, seguirá retrocediendo la humanidad del hombre para convertirse en una bestia sanguinaria.
Seguirá alguna mansa brisa de la tarde acariciando los corazones de los solitarios, ofreciéndoles quizá la compañía de todo lo creado. Y en agradecimiento sólo pedirá un suspiro.
Y seguirán la Tierra y el Universo entero dando vueltas, indiferentes a todo, como si la eternidad que a nosotros se nos niega fuera para ellos título y condena. Y desde aquí sólo podremos mirar las estrellas.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

31 de diciembre

Así, sin darnos cuenta, como siempre, se nos ha ido el año y asistimos a la llegada de uno nuevo con la misma cara de incredulidad de cada diciembre. Esto del tiempo es el mayor misterio que nos ha sido dado. Conocemos sus consecuencias, vaya si las conocemos, pero no hay forma de penetrar en sus causas. Sin embargo, esta ignorancia de algo que es la esencia de nuestra propia existencia no afecta a nuestra vida, que transcurre perfectamente con ella, quizá porque en el fondo sí sabemos qué es eso que llamamos tiempo, pero a condición de que no nos lo pregunten, según la conclusión agustiniana. 2014 pasa hoy al mundo de la memoria, a los estantes de ese archivo infinito que llamamos historia, de donde sólo puede liberarlo ocasionalmente el recuerdo personal, y no por mucho tiempo. No será un miembro muy honorable del conjunto, aunque tampoco desentonará demasiado con los que le precedieron.
  Esta noche celebraremos con la efusividad vocinglera de costumbre el hecho de que este planeta que habitamos pase por un punto determinado de su órbita, que por algo somos una especie simbólica y nos creamos rituales para sostener nuestro sentido de la vida. Pasaremos por alto el incumplimiento de los propósitos que tan firmemente nos hicimos en enero y seguramente nos propondremos firmemente otra lista, que tampoco cumpliremos. La fortaleza del espíritu y la debilidad de la carne, qué seríamos si no fuese así. Hay en esa condición volátil de que estamos hechos -humo, niebla, brisa-, algo enternecedor que nos dignifica como criaturas, porque, si bien las promesas que nos hacemos a nosotros mismos no suelen pasar de ser flores de un día, con las que hacemos a los demás tratamos de poner más empeño en su cumplimiento, quizá porque el honor sigue siendo una fuerza imprescindible para poder mirar a nuestros propios ojos sin sonrojo.
El año se va con un cierto aire crepuscular, como si se llevara consigo un pedazo de lo que fue un tiempo fundamental en nuestras vidas de ciudadanos. Se han ido los dos grandes actores de la Transición, uno físicamente, entre el afecto y el homenaje de todos, y otro retirándose a un segundo plano, también entre la consideración general por su decisiva labor. Después de casi cuarenta años, hubo un relevo en la Jefatura del Estado, así, sin grandes señales ni miradas vigilantes, casi como si fuese algo que estuviese dentro de la bendita rutina. Se han ido también empresarios importantes, futbolistas legendarios y famosos de diversos grados, entre ellos una mediática representante de la aristocracia. Fue el año en que por fin se sajó el grano purulento de la corrupción y salió el pus maloliente; esperemos que la herida haya quedado limpia y vacunada por mucho tiempo contra otros repugnantes microbios. El año también del envite de los nacionalistas catalanes, que al fin han escenificado la inanidad argumental de su guion en un espectáculo con tintes de grotesca farsa. Y el año en que la expectativa ya cierta de una recuperación, que tanto nos está costando, se enfrenta al riesgo incipiente de los nuevos populismos. Pero siempre queda la esperanza.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

Noche de paz

De paz interior, se entiende, porque la otra debe de haber emprendido un viaje tan largo que aún no ha aparecido por la tierra desde que el hombre está sobre ella. Paz interior, que es el mejor deseo que uno puede ofrecer a su prójimo, porque es la única que cada uno de nosotros puede gozar sin la inquietud de que alguien pueda nada contra ella. La paz interior pertenece al reducto más privado y descansa en esa cámara sagrada que todos custodiamos dentro y cuya inviolabilidad es nuestra más preciada posesión. La paz interior no necesita de manifiestos, ni de palomitas picassianas, ni siquiera de un ramo de olivo; su símbolo estaría más bien en el sosiego de una mirada. Desear a alguien paz interior viene a ser sinónimo de desearle felicidad, eso que hacemos continuamente estos días sin pararnos a pensar en qué puede consistir la felicidad. Sí sospechamos que debe de ser un bien supremo a juzgar por el anhelo eterno y profundo que tenemos de ella.
Paz interior a los hombres de buena voluntad y a los de regular y hasta a los de mala, si es que pueden, porque mientras estén en paz con ellos mismos dejarán en paz a los demás. Paz a los que la buscan sin poder encontrarla porque algún aire frío se les coló en el fondo de la conciencia, o acaso porque la vida ha dejado de tratarlos con gesto amistoso. A los que sufren sin haber hecho nada por merecerlo y a los que sufren para que no sufran los demás.
Paz consigo mismo a los políticos enfermos de la pasión del poder que, con tal de satisfacer sus ambiciones personales, no vacilan en poner en riesgo realidades sociales sólidamente asentadas que constituyen lo más querido y sagrado de cualquier persona. A los que tratan de servirse de utopías irrealizables para llegar a mandar, a los de la crispación continua y a los de las pancartas contra todo. Días de paz a sus inquietas mentes y a sus agitadas aspiraciones.
Paz gozosa a los que han renunciado a vivir estos días en familia porque han querido llevar algún remedio y alivio allí donde la enfermedad envuelve en sufrimiento y desesperanza, y a quienes han partido a zonas de peligro y tratan de poner lo mejor de su parte para aportar un poco de orden y seguridad en aquel infierno. A todos, paz.
Paz de espíritu a quienes sufren la locura sanguinaria de esas bestias inhumanas que degüellan en nombre de su dios; a los que son masacrados por rezar ante una cruz; a las mujeres y niñas violadas y a los padres de esos niños que los monstruos fanáticos mataron en el colegio. Que sus asesinos no lleguen a alcanzar jamás ni un momento de paz en los escondrijos de sus conciencias.
Paz esperanzada a los sempiternos pesimistas que jamás pueden ver algo bueno en nuestras cosas; a los que, de buena o mala fe, creen que los males se arrancan con otros males; a los que se desesperan por las cosas que no lo merecen, que son casi todas, y a quienes sólo aspiran a vivir una vida sencilla con los suyos y con las pequeñas ilusiones y decepciones de cada día. Y a ti, que has tenido la amabilidad de leerme.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

El chigre

Hay que escribir en pasado porque pertenecen ya a un tiempo distinto al de hoy. El viento de la modernidad los sepultó bajo nuevas decoraciones o bajo rótulos con nombres ajenos, o simplemente los hizo desaparecer, como si ya no tuviesen sitio en los nuevos usos sociales. Alguno quedará por ahí como testimonio, no sólo de un espacio físico de otro tiempo, sino de reducto único de relaciones humanas, porque, a pesar del inevitable televisor y de las máquinas tragaperras, era un microcosmos sobre el que alguien con afanes psicologistas tendría materia sobrada para establecer todos los esquemas, análisis y conclusiones que quiera. El chigre era desatador de conocimientos, desahogo de pequeñas miserias y lanzadera de nuevos quereres. Era, además, un espejo fiable de quienes lo frecuentaban por aquello de que en la mesa y en el juego se conoce al caballero. El chigre fue, tal vez, la mayor aportación asturiana al intento de vivir en comunidad.
El chigre podía tener las mesas de mármol o de madera. Si eran de mármol, con las patas de hierro forjado, el chigre casi casi podía ser un café. El mostrador era alto, y el chigrero se asomaba tras él con la prestancia de un rey que se dispone a arengar a sus mesnadas. Si el chigrero era de la costa, seguramente tendría colgada una fotografía del Sporting; si era de las cuencas, del Oviedo; si era de otras zonas, las dos o ninguna o cualquiera. En esto podía verse de todo.
En el chigre, como en la vida, siempre había unos que llevaban la voz cantante y otros que escuchaban y asentían según les fuera. El que se creía con la razón la defendía con todos los recursos verbales y gestuales a su alcance, que solían ser bastantes, sobre todo los últimos. El que sabía que no la tenía arremetía con fuerza para mantener la fachada y procurar entre tanto preparar una salida honrosa.
Al revés que nosotros, el chigre ganaba belleza con los años. Uno sigue creyendo que un buen chigre, un chigre de los de antes, un chigre de los que huelen a sidra, a oricios y a centollos, a fabada y a tortilla recién hecha, un chigre de mostrador alto y chigrero en su sitio, sin más adornos que los que se tercien y sin otras pretensiones que las de servir de marco amable a esos pequeños momentos necesarios para dar atractivo a la vida cotidiana, un chigre de esos puede con tres hamburgueserías a cuestas. También cree que ese chigre es una especie irrecuperable, al borde crítico de la extinción.
Guardando bastantes diferencias, el chigre cae dentro de lo que Ortega denomina cultura miope. Una cultura que habría que ensayar como reacción a la cultura présbita, que sólo percibe lo distante. La cultura miope exige a sus ideales proximidad, evidencia, poder de arrebatarnos y de hacernos felices; no tropieza a cada paso porque está acostumbrada a pequeñas distancias y no a vagas lejanías; se adapta mejor a la pequeñez de nuestra existencia, a lo limitado de nuestro entendimiento y a la debilidad de nuestros propósitos. En la cultura miope todo está hecho a la medida del hombre. Incluso la palabra, como en el chigre.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Necesidad de autoestima

En el reparto de defectos que los dioses hicieron a los países siempre nos dijeron que a los españoles nos había tocado la envidia. Pues no. Nuestro grado de envidia no es mayor que el que puedan tener franceses, italianos, ingleses o cualquier otro grupo humano; de hecho hay muchos que han demostrado practicarla bastante más que nosotros. No, nuestro defecto nacional es el de la autoflagelación. Parece como si nuestra divinidad nacional fuese el dios de los eternamente insatisfechos, el dios de los que se regodean en sus miserias y hasta las engrandecen para que sea mayor su sentimiento, un dios que exige darse latigazos en las propias carnes, un dios que podría tener el altar hecho de espinas para que sus fieles se sintieran a gusto. Sus devotos serían aquí ciertamente abundantes y encontradizos desde las cabañas a los palacios. Inexplicablemente, poseemos una inevitable tendencia a tener de nosotros mismos un concepto muy bajo, como si anhelásemos más la compasión que el respeto. Que alguien nos mire con misericordia, que de confesar a viva voz nuestros pecados de familia ya nos encargaremos nosotros. Parecemos de por sí inclinados al culto de ese dios de la autocompasión, y más cuando desde arriba siempre hay prohombres de humo y mensajeros que se complacen en alimentarlo.
Hablar mal de nosotros mismos se ha convertido en marchamo de progresismo; ningún progresista que se precie caerá en la tentación de resaltar algo bueno que se haga en España; hay medios y cadenas de televisión, como la Sexta, por poner un ejemplo, que tal parece que mantienen la atención de sus espectadores porque sienten curiosidad por ver si alguna vez dan una sola noticia positiva sobre nuestro país. Llamar a nuestras cosas de siempre con palabras inglesas, despreciando su nombre en nuestro idioma, es el colmo de la modernidad; alardear de catastrofista es muestra de estar bien informado; denigrar nuestro sistema y nuestras instituciones ante la mágica excelsitud de las de los demás da marchamo de cosmopolitismo intelectual. Sí, eso se tiene por síntoma de progresismo, cuando en realidad cabe considerarlo como una muestra de inmadurez, si no directamente de estupidez. Aquella famosa y triste quintilla que empieza “Oyendo hablar a un hombre fácil es...” podría ser la divisa a grabar en muchas frentes.
Ahora que la crisis nos lo oscurece todo, los autoflagelantes están a sus anchas. Vivimos momentos difíciles, pero una preocupación no debe anular una mirada objetiva; la que ve un país moderno y democrático, avanzado en lo social, con grandes infraestructuras materiales, con una historia larga y decisiva, un patrimonio cultural de primer orden y en primera línea en varios campos. En Andanzas y visiones españolas nos lo advierte Unamuno con el énfasis del observador que está seguro de sus conclusiones: “Os lo he dicho cien veces y os lo diré otras cien mil más: cuando oigáis a un español quejarse de las cosas de su patria no le hagáis mucho caso. Siempre exagera; la mayor parte de las veces miente. Por un atavismo mendicante busca ser compadecido y no sabe que es desdeñado”.

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Muerte en el río

Como yo no tengo el corazón inflamado de ardiente fervor futbolero, seguramente todo lo que diga aquí tendrá muy poco interés y hasta puede que no pase de ser más que una tontería. Las cosas de la pasión sólo pueden ser comprendidas si se participa de la pasión misma; en otro caso se queda uno como simple espectador. Discurren ante nosotros como las sombras de una caverna en cuyo interior no alcanzamos a explicarnos lo que hay. Lo sucedido el domingo en torno a un estadio de fútbol es ante todo trágico y doloroso para los allegados de la víctima, pero además es absurdo. Quizá lo sean todas las muertes anticipadas a las decisiones de la naturaleza, pero cuando las circunstancias que la provocan son tan irracionales, se hace más dolorosa por incomprensible. ¿Qué puede incitar a personas ya maduras, con una vida familiar y laboral establecida, a radicalizarse en favor de una entidad deportiva hasta entregarle toda su mente y toda su capacidad de pasión? ¿Y qué méritos tiene esa entidad para recibir un regalo tan excelso? Ninguno, como no sea el de haber logrado meterse en el corazón de alguien hasta conseguir que la sintiera como propia. Remedando lo que Séneca decía sobre la patria, nadie quiere a un club porque sea grande, sino porque es suyo.
El fútbol es ese juego que dejó hace mucho de serlo para convertirse en una religión. Y en un negocio, un espectáculo, un opiáceo popular, un termómetro social, un desfogador de pasiones e incluso en un deporte. Sobre él se llega a depositar el honor de una ciudad o de todo un país; sus actores alcanzan cifras multimillonarias y aún mayor fama y reconocimiento popular; alimenta por sí solo todo un sector mediático; hace que en cada jornada de juego millones de personas se acuesten felices y otros tantos envueltos en amarga tristeza. Es denostado y criticado por la frivolidad que en esencia supone y por lo desmesurado de su dimensión, pero ante una gran final el mundo entero se detiene. Recuerdo la del Mundial que ganó España. En Tashkent, Uzbekistán. Las calles casi vacías y la noche ya muy avanzada, pero cuando el partido acabó las aceras se llenaron de jóvenes agitando banderas españolas y alguna holandesa; allí está prohibido exhibir en la calle banderas de otros países, pero esa noche se hizo una excepción. ¿Qué podía mover a aquellos jóvenes a seguir con tanto fervor un partido entre dos naciones tan lejanas? Pues la necesidad de encontrar un sustituto, aunque fuese ajeno, al espectáculo pasional que allí no tenían. El fútbol estaba ejerciendo una de sus más extraordinarias capacidades.
Sociólogos y psiquiatras habrá que puedan explicar en qué punto un aficionado normal y sin más pasiones que las deportivas se transmuta en un energúmeno violento con impulsos homicidas, capaz de recorrer seiscientos kilómetros para vérselas con las bandas equivalentes de otro equipo. Ese hincha que cayó en Madrid en un enfrentamiento entre hordas rivales murió en nombre de nada, sin más explicación que la sinrazón de una radicalidad de la que él mismo participaba. Y cuando la razón se ausenta surgen los monstruos.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Amigo perro

Ahora que puede uno encontrarse en la calle con un jabalí y a unas nutrias sueltas por un parque, que las gaviotas se han vuelto agresivas aves de tierra adentro y que las palomas empiezan a parecer una plaga, podría ser ocasión para preguntarse sobre nuestra relación con los animales. Si siempre osciló entre la manifestación de dominio ante los más dóciles y el temor ante los fuertes o peligrosos, ahora los vientos de un ecologismo muchas veces acrítico están trayendo un escenario nuevo con interrogantes que el tiempo habrá de responder. Y no ya sólo en lo que se refiere a animales de ámbitos lejanos, sino incluso en los más cercanos a nosotros, como el perro.
Si el caballo fue fundamental para el progreso de la humanidad, el perro se hizo compañero y aportó a las relaciones hombre-animal unos componentes que sintonizan con lo más elemental y entrañable del sentimiento humano: lealtad, fidelidad, gratitud, afecto. En la historia y en la ficción, siempre presentes como elemento cercano, es imposible imaginar nuestra trayectoria personal y colectiva sin la existencia del perro. Yo recuerdo, de niño, haberme emocionado hasta las lágrimas con la historia del de Fiel amigo, y crearme aventuras perdido en la nieve y viendo cómo un valeroso San Bernardo venía con su pequeño barrilete a rescatarme. En ambos casos lo importante era el perro. Y ahora mismo, los que ayudan a la policía, a los ciegos, a los pastores y, sobre todo, a los que sufren de soledad, que es la peor dolencia del alma.
Con el hombre y a su lado siempre, soportando muchas veces una vida miserable, pero si en otros momentos el perro pudo quejarse de nosotros, ahora no parece que tenga motivos. Ahora se les viste con ropitas a la moda y lacitos en el cuello, se les hacen peinados y manicuras; hay quien confiesa que les celebran los cumpleaños y hasta les dan juguetes por Navidad; y al llegar su última hora les organizan un entierro con velatorio y funeral. Buena vida parece, no precisamente de perros. Hay casas en las que no se concebiría la vida sin ellos. Hasta hay parejas que renunciaron a los hijos porque prefieren tener perros. Es triste, pero allá sus mentes. Cada uno puede establecer sus criterios sentimentales y darles la práctica que desee; al fin y al cabo, por fortuna para ellos, los perros carecen del sentido del ridículo.
Lo más grave es el sometimiento que se hace de sus instintos y necesidades físicas. Pastores alemanes en pisos de sesenta metros, perdigueros condenados a no ver una presa en su vida, guardianes reducidos a ser animales de compañía. Al perro se le esteriliza, se le controla el celo, se le sustituyen los hábitos alimentarios, y el carnívoro que siempre fue prefiere ya comer unas patatas con zanahorias que roer un buen hueso. A esta contribución a la degeneración de la especie se le llama amor a los animales.
Perro amigo, desde siempre parte de la vida del hombre, quizá porque éste, al menos aquí, nunca le miró con otras intenciones. Decía Evelyn Vaugh que no sabía si la amistad entre el hombre y el perro sería tan duradera si la carne de perro fuese comestible. Habría que preguntar a los chinos
 

miércoles, 19 de noviembre de 2014

La lista del derroche

La lista que se publicó el domingo en la prensa con los nombres del despilfarro pseudocultural en Asturias es demoledora. Primero por la cantidad que supone, muchos millones de euros, y segundo porque retrata un tiempo y una clase política municipal a la que la brisa de la bonanza obnubiló hasta pretender convertir cualquier elemento intranscendente del pueblo en una categoría cultural. Cuántas ideas inanes convertidas en objetos de costosas inversiones; cuánta vanidad pueblerina, cuánta competencia de ocurrencias entre nuestros regidores locales. Lee uno la lista y se pregunta si esta región nuestra que habitamos y queremos, habrá adquirido de pronto una conciencia exagerada de lo que tiene; ella, que siempre se tuvo en poco. O acaso ha abandonado su natural pragmatismo para seguir el señuelo del maná del turismo, como si ofreciendo en cada rincón una baratija pudiera crearse una atracción insoslayable que fecundaría nuestros pueblos con la llegada de visitantes y sus dineros. De pronto Asturias se llenó de museos, aulas didácticas y centros de interpretación dedicados, por ejemplo, a la trucha, al salmón, al calamar, al quebrantahuesos, al urogallo, al lobo, y a otros temas más pegados a las formas de vida, como la leche, la conserva, la madera, la mina de montaña y hasta el movimiento obrero. Apenas hubo municipio en el que no se levantara alguna muestra de estas, ni tema que no estuviera representado. El interés que luego pudiera suscitar no pareció ser muy determinante a la hora de decidir.
No son proyectos fracasados, que eso sería comprensible y asumible; son realidades fracasadas. Edificios construidos y equipados tras una elevada inversión, que ahora parecen testigos de una época en que las fuentes manaban leche y miel, y de la acción de unos gestores que no parecieron tener más miradas que para el presente, y aun así con ojos miopes. Pero ¿alguien pensó en el día después de aparecer descubriendo la placa de inauguración? ¿En su capacidad de atracción, en los recursos precisos para su mantenimiento o en la demanda de visitantes que podía tener? Porque la realidad de hoy es que muchos están cerrados, otros quedaron a medio construir, algunos están sin inaugurar y otros se encuentran abandonados y amenazando ruina, y hasta hubo algunos que fueron derribados nada más terminar de construirse, como los casos de Corvera o El Entrego. Dos millones y medio de euros convertidos en escombros.
No fue sólo ese afán expositivo lo que contribuyó al derroche. Fueron obras de todo tipo, sin aparente sentido, cuya verdadera dimensión podemos enmarcar ahora. Y tampoco sólo en los pequeños municipios. En Gijón, por ejemplo, se construyeron dos estaciones de ferrocarril nuevas; las dos se derribaron al poco tiempo y se levantó una tercera casi en las afueras. Es cierto que desde un punto de vista exclusivamente estético es de agradecer, porque eran dos bodrios arquitectónicos, pero da idea de una indefinición costosísima que aún no se ha concretado definitivamente. A lo mejor, según quiénes gestionen nuestros fondos, la austeridad no es tan mala.