miércoles, 20 de junio de 2018

El Mundial

Ya estamos otra vez en tiempo de Mundial para gozo de millones de aficionados futboleros y ganancia de monopolios televisivos, prensa deportiva, agencias de viajes, bares de caña y televisor y de esos medios que buscan siempre sus titulares en las polémicas más insignificantes. Es el Mundial de fútbol, por supuesto, el Mundial por antonomasia; es un adjetivo que aquí ha alcanzado categoría de sustantivo para designar exclusivamente al campeonato cuatrienal de fútbol en el que participan países de todos los continentes. Hay otros Mundiales, pero siempre son de algo; solamente este no precisa complemento alguno.
El fútbol, tomado como deporte, debe de ser la disciplina que más entendidos tiene y la que cuenta con más expertos, según parece por lo que se oye en cualquier reunión, pero lo que supone como fenómeno configurador de emociones masivas resulta un hondo misterio sin explicaciones claras. Unos hombres con una pelota en un campo y millones de sentimientos desatados, a veces hasta el límite, en un ámbito en el que todo es desmesura, desde las cifras a las palabras. Un juego al que se le han conferido conceptos épicos y dotado de terminología guerrera; aquí hay combate, estrategia, defensa y ataque, disparos, capitanes y hasta la idea suprema de toda lucha: la de que de su resultado depende el honor patrio. Puede, y así lo ha hecho en numerosas ocasiones, levantar la dignidad de una nación al dotarla de un motivo de orgullo del que carece en todos los demás campos, y de ahí la atención con que lo han mirado muchos dirigentes políticos. Otros lo utilizan para sus propios fines, a veces de forma tan descarada que cae en la obscenidad, incluso en gobiernos que se tienen por democráticos. Aquí en España basta recordar cómo se rotuló un gol de la selección en un partido del Mundial de 1986, a cinco días de las elecciones. ¿Qué tendrá este espectáculo, de concepción tan infantil, para exaltar los pensamientos más equilibrados hasta la hipérbole y convertir en borrosa la línea que advierte de la caída en el ridículo? Cuántas sandeces se han escrito bajo la penumbra de no se sabe qué nube de pasión. Por ejemplo la de Alberti sobre un tal Platko, un portero húngaro que debió de agitarle la emoción lírica y le dedicó una oda de gran visión profética: "Nadie se olvida. / El cielo, el mar, la lluvia lo recuerdan... / No, nadie, nadie, nadie, / nadie se olvida Platko." O aquella otra de Benedetti, que elevó una infracción de Maradona a la categoría de sexta y definitiva vía tomista: "Aquel gol que hizo a los ingleses con la ayuda de la mano divina es, por ahora, la única prueba fiable de la existencia de Dios". De Zarra se dijo que era la mejor cabeza de Europa después de la de Churchill, y hay por esos mundos locutores que parecen entrar en un teofánico trance verbal, hasta agotar todos los registros del idioma, por un simple pase de su ídolo.
El fútbol es, quizá, misterio, emoción y hasta retazos de arte que se deshacen en el instante para permanecer tan sólo en el recuerdo y luego en la leyenda. Pero sobre todo es pasión instantánea que se reaviva constantemente sin necesidad de ningún estímulo, acaso el único fenómeno capaz de aglutinar pasiones planetarias en un denominador común. Esta tarde buena parte del país se detendrá para ver a los nuestros pelear contra los iraníes. Esto es fútbol, eso que alguien definió como la bagatela más seria del mundo.

miércoles, 13 de junio de 2018

Nuevo gobierno

Siempre que se produce un cambio de gobierno, sobre todo si es tan sorpresivo como este, se levanta un clima de expectación y de esperanza, incluso en los que se creen inmunizados contra ella por el escepticismo, aunque es más en los medios que en la calle. Y si además se nos presenta con peculiaridades que nos quieren hacen ver como novedosas y con dos o tres llamativos aderezos, más cercanos a lo pintoresco que a lo esencial, esa sensación de espera expectante se refuerza. Será breve, eso sí, porque toda burbuja es efímera, porque la realidad jamás se esconde ni deja de imponerse, porque pronto asoman las cuentas a saldar y las prestaciones a exigir y porque al día siguiente se muestran ya las debilidades de los nuevos miembros del gobierno y las primeras tonterías que dicen. El catálogo de ellas comienza a llenarse allí mismo; incluso hay alguna ministra que ya lo trae medio lleno de una etapa anterior. Pero mientras dura el corto idilio entre la sociedad y sus nuevos dirigentes, todo tiende a alimentar un razonable clima de optimismo y un cambio en las actitudes críticas de uno y otro signo. Los mismos que pedían el cielo al gobierno anterior para descalificarlo porque no se lo daba, se vuelven de repente razonables en sus exigencias y cantan como un ejemplo de buen quehacer cualquier decisión insignificante que apenas afecta a nadie. Se ve fácilmente en los medios. Algún periódico vuelve a recuperar ese carácter de oficioso diario gubernamental que tenía y a resucitar sus editoriales ditirámbicos, mientras otros comienzan a economizar palabras elogiosas y a agudizar su espíritu más crítico.
Al final todo volverá a su sitio y quedará envuelto en la rutina del vivir diario, como siempre, y aflorarán pronto otra vez las quejas y las reivindicaciones de casi todo, por insignificante que sea, y se callarán los motivos para estar satisfecho del país y la sociedad en que vivimos, que son muchos y fuertes. Somos un pueblo que no se acostumbra al sosiego durante largo tiempo. Tampoco a la tormenta, pero sí a un oleaje constante que nos permita sacar a flote las pequeñas tensiones, como si los principios contrapuestos de la continuidad y el cambio fuesen el motor con que tratamos de caminar hacia el progreso como sociedad. Un nuevo gobierno es una esperanza efímera, que pronto será objeto de críticas, incluso suponiendo que no tenga entre sus objetivos acabar con todo lo positivo que haya hecho el anterior, que no sé si será este el caso. Algunas promesas hay por ahí que mejor sería que fuesen repensadas.
No le va a ser fácil mantener ese aire de buena intencionalidad primeriza durante mucho tiempo. En la práctica, la legitimidad de acción de un gobierno nace de la sensación generalizada de que es el que han decidido los ciudadanos, y aquí nadie ha elegido a nadie. Con tan precaria situación parlamentaria, sin programa que cumplir y con tantos pies amigos que evitar pisar, toda su acción de gobierno tendrá que moverse probablemente en la superficialidad de los gestos y en aprovechar, sin que lo parezca, la estela del anterior, al menos en lo que pueda beneficiarle. Lo demás se quedará en declaración de intenciones.

miércoles, 6 de junio de 2018

El presidente que contentó a todos

Ya es difícil dejar contentos con un programa de gobierno a casi la totalidad de los partidos del parlamento, nada menos que a 22, entre ellos esos minipartidos que nunca se contentan con nada. La sonrisa de satisfacción que había en la cara del protagonista tras la votación debía de tener algo de rictus. Solo una ambición de poder cegadora o una desmesurada percepción de sí mismo pueden hacer que alguien se quede satisfecho por haber logrado contentar a la vez a veintidós partidos tan variopintos. Es para echarle al menos una mirada de recelo. Algo falta o sobra en el esquema. Pero el caso es que ya tenemos de nuevo en la Moncloa al partido que metió a España en la mayor crisis económica de los últimos tiempos, y eso a pesar de que los españoles le dijeron varias veces en las urnas que no lo querían. Una de esas conjunciones inverosímiles en el siempre incomprensible universo de la política, capaces de propiciar acuerdos impensables, esos que están hechos de deslealtades, amores antinaturales, palabras falsas y sonrisas traidoras. Nadie pone en cuestión que la llamada democracia representativa sea democracia, pero que se articulen medios para dejar a las minorías en el lugar que les corresponde por su representatividad también lo es.
El nuevo presidente no va a encontrar el camino de gloria que seguramente soñó en su febril empeño. Desde luego nadie le negará que ha conseguido un hecho atípico en las crónicas de la democracia: ser presidente de un país sin haber ganado nunca unas elecciones y sin siquiera ser diputado, pero justamente por eso siempre estará bajo la sombra de su peculiaridad de origen y con una pesada carga de agradecimientos sobre sus espaldas. Por supuesto, hay que darle suficiente margen de confianza y tiempo para que pueda demostrar sus cualidades como gobernante, que seguramente las tiene, pero de momento tendrá que contar con las escasas simpatías que despierta alguien que es capaz de aliarse con quien sea con tal de llegar al poder y lo que esto indica como síntoma de una ausencia de principios y convicciones. Además, tal como reflejan los sucesivos resultados electorales, en el plano personal no resulta atractivo para muchas gentes por su aire algo chulesco y prepotente, la altivez con la que trata de ocultar sus contradicciones, su sonrisa impostada o su irritante tono condescendiente.
Alguien ha escrito que entre un deseo y un arrepentimiento casi siempre hay lugar para una necedad. Ojalá no sea este el caso y el nuevo presidente nos descubra agradables sorpresas, pero habrá que ver qué pasará cuando tenga que empezar a pagar las facturas, teniendo en cuenta la rapacidad de semejantes acreedores. Con ochenta y pocos diputados, sin mayoría en el Senado y sin presencia en el Congreso, qué concesiones habrá de hacer, cuántas promesas secretas que cumplir, qué letras que satisfacer, cuántos cambalaches que urdir y cuántos conceptos que traicionar para mantenerse aferrado a su tan anhelado sillón. Lo malo será que esas facturas no las pagará él; las pagará el país, o sea, nosotros. En fin, que todo nos salga bien, que a todos nos va en ello buena parte de nuestras vidas y haciendas.

miércoles, 30 de mayo de 2018

La corrupción

Si nos fijamos bien, el desarrollo de los hechos del hombre a lo largo del tiempo, eso que llamamos Historia, está decisivamente influido por la corrupción, al menos desde que tenemos noticia. En todas sus innumerables formas y manifestaciones. Corrupción entendida en su concepto más ajustado: una desviación delictiva cometida por personas respetables en el desempeño de su función y violentando la confianza depositada en ellas, a cambio de alguna ventaja. Aunque estas ventajas pueden no ser tangibles, como el encubrimiento de un escándalo, la falsificación de un documento o la obtención de un cargo, lo que se asocia comúnmente a la práctica corrupta es el afán de enriquecimiento personal. No hay época ni lugar que se haya librado, porque en todas está el hombre con su ambición y su pasión por el dinero, que ya lo dijo el poeta: pues que da y quita el decoro / y quebranta cualquier fuero, / poderoso caballero... etc. En su tiempo fue frecuente la simonía, una entre mil prácticas corruptas; hoy tiene diversos nombres según el lugar donde se realice: soborno, coima, mordida, unto, cohecho, baratería, e incluso hay algún territorio en que tiene uno más concreto: el tres por ciento. En las sociedades sin libertad de prensa ni de crítica es donde la corrupción puede llegar a emular la norma que dictó el presidente Groucho en su república: "No permitiré injusticias ni juego sucio, pero si se pilla a alguien practicando la corrupción sin que yo reciba una comisión, le pondremos contra la pared y dispararemos". Podría firmarlo Bokassa, por ejemplo.
En España la corrupción es un hecho de triste actualidad por reiterado y relativamente frecuente, pero no más que la de los países de nuestro entorno. Conviene por tanto fijarla en sus justos términos. Aquí no se desliza disimuladamente una botella de whisky a las manos de un aduanero para que no te abra la maleta, como yo vi hacer como algo habitual en una frontera suramericana, ni es corriente meter un billete en el bolsillo del agente que te va a poner una multa. La corrupción no habita peligrosamente en las instancias más altas de las instituciones, ni tampoco en la calle de nuestro vivir diario. Anda más bien por las estancias medias de la economía y la política, eso sí, lejos del alcance del ciudadano de a pie. Por suerte, no es una corrupción generalizada. Además, según las sentencias que vemos, se castiga duramente, en algunos casos más que el homicidio, aunque el efecto disuasorio de la posible condena pierde fuerza ante la asombrosa falta de perspectiva que el corrupto tiene sobre su propia persona. Se cree el más listo, el más audaz, el que más hilos maneja; está convencido de que ha encontrado el modo de actuar que solo él vio hasta ahora; su inmensa vanidad y la seguridad en sí mismo, que siente acrecentarse en cada actuación, le llevan a convencerse de no haber dejado ningún cabo suelto en cuanto a impunidad se refiere. Y claro, acaba en la cárcel. Pero entretanto hace un daño terrible al país y a todos nosotros; pone en riesgo la estabilidad política, que es la base necesaria del crecimiento económico, crea un clima de pesimismo y mancha gravemente nuestra imagen. Su sitio está entre rejas, a pan y agua, después de devolver lo que se llevó.

miércoles, 23 de mayo de 2018

La casita

De decepciones y golpes a la buena fe que todos llevamos de serie se va componiendo la vida, y de sus consecuencias vamos aprendiendo y escarmentando día a día, hasta que en algún momento llegamos a la conclusión de que cuanto antes lo hagamos mejor será. Encontré a mi amigo inusualmente pensativo y con una cierta expresión de perplejidad; no sé por qué me trajo la imagen de uno de esos desengaños literarios que conducen a la melancolía. Mi amigo es votante de la hornada más reciente, un nuevo en la plaza donde se elige el producto preferido del mercado político, y quizá por eso, porque apenas vio nada todavía, aún no se lo creía.
-Nos ha dejado sin palabras. Teníamos en él la referencia de una actitud y por fin la certeza de una respuesta bien sustentada, y ahora qué. La columna era de cera y se ha derretido al primer contacto con la cálida caricia del lujo. Tanto abominar de la casta, tanto criticar a los que huyen del contacto con la calle, tanta palabrería contra los bancos y el sistema capitalista y ya ves. Todo pura hipocresía. En cuanto pudo se hizo uno de ellos.
Mi amigo fue uno de los indignados de mayo que, apenas recién salido de la adolescencia, acampó en la Puerta del Sol, convencido de que iban a cambiar el mundo. Siguió embebido de entusiasmo las arengas de aquel nuevo líder de aire transgresor, coleta larga y palabra verborreica, que transmitía un convencimiento en sus propósitos que a su vez nacía de una visible seguridad en lo que decía. El futuro comenzaría con el asalto a los cielos por parte de los hasta entonces perdedores. Mi amigo lo creyó. No había leído la sentencia de Séneca: 'la elocuencia es un veneno cuando es ella y no la verdad la que apasiona'.
-¿Has visto qué casa? No sabe uno qué le produce más rechazo, si la obscena ostentación que supone o las razones con que intentan justificarla. Qué ideología queda, si en la base del marxismo genuino están la búsqueda de los mecanismos que lleven a una sociedad sin clases y la aversión a la economía de mercado, a la burguesía y a los instrumentos del capitalismo, y todo eso ha sido machacado. Al menos he aprendido a no volver a fiarme de los políticos, sobre todo de los que más presumen de ser de izquierdas, porque los de derechas desde luego son consecuentes; no ocultan sus aspiraciones ni sus propósitos, ni jamás traicionan a su credo capitalista.
Había en su tono ese énfasis del joven que acaba de descubrir algo en lo que no había caído y que sustituye desde ahora a algunas convicciones que tenía.
-Y encima, ese ardid tramposo de preguntar a sus militantes si quieren que dimita o no, obligándolos a elegir entre lo malo y lo peor. Ni siquiera acepta juzgarse a sí mismo. Una pregunta fullera, a la que la mejor respuesta es no contestarla. Seguramente le saldrá bien y en ese caso incluso va a salir reforzado, pero ha quedado desacreditado ante la mayoría. Yo, desde luego, no le votaré más. Ni a él ni a nadie. Me he quedado sin opciones.

miércoles, 16 de mayo de 2018

El muñeco de guiñol

Uno está llegando a creer que ninguna de las maldiciones que los dioses han echado a los hombres en todos los sitios y épocas, pudo ser tan perversa como esta: estáis condenados a empeñaros en hacer lo contrario de lo que deberíais hacer para ser felices. Y en eso estamos, viendo cómo se cumple sin remedio. Esta especie de mono desnudo que se ha apoderado del planeta parece que tiene como actividad preferente la de preocuparse en hacer lo posible por no ser feliz. Su historia es la de una sucesión continua de actos para eso, para lograr no serlo, y la misma sucesión continua de propósitos para conseguirlo, con amplia derrota de esta última. O no acertamos a saber en qué consiste ser felices, o nos equivocamos en los medios para lograrlo o buscamos donde no podemos encontrarlo, el caso es que la maldición no ha dejado jamás de cumplirse.
Se podría hacer una clasificación primaria de las personas, dividiéndolas en dos grupos: las que buscan problemas y las que buscan soluciones. Pero, a pesar de su atractivo enunciado es eso, primaria, porque los que buscan problemas lo hacen casi siempre pensando que con ello consiguen soluciones, con lo cual el problema se alarga hasta el infinito. La sociedad que hemos hecho es un tejido inextricable de contradicciones, intereses, hipocresías, ambiciones y pasiones ocultas, y en virtud de ellas mentimos, fingimos y pasamos por encima de la verdad y hasta de nuestras propias convicciones. El reflejo de esto en nuestra vida privada tiene siempre un alcance limitado, e incluso puede que se compense en muchas ocasiones con actitudes nobles y sublimes, pero casi siempre son acciones individuales, porque la masa es más proclive a estímulos inmediatos que se siguen sin análisis ni crítica. No hay más que leer las consignas que se muestran en las pancartas y en los gritos; lo que más importa es que tengan una rima bien sonora.
Ahora, como casi siempre, está el mar de la actualidad algo rizado y las nubes que llegan del nordeste aparecen aborrinadas y desapacibles. En el chuflesco esperpento catalán ha surgido un nuevo personaje, un tipo con hechuras de muñeco de guiñol y lengua de alcantarilla twitera, chulesco, amenazante, insultón, desafiante, maleducado, xenófobo e ignorante, por lo menos de la Historia; con una capacidad intelectual tan escuálida como su catadura moral. El pobre meritorio elegido para hacer el triste papel de la voz de su amo. En la promesa de su actuación no se augura ninguna inclinación a la serenidad ni a la razón; sólo división, una mayor fractura entre sus conciudadanos, una clara intención de alimentar el odio y de tensar la cuerda hasta su ruptura aunque sea entre el estropicio de los suyos. Un prototipo del grupo de quienes ostentan la miserable condición de buscar problemas al margen de toda consideración, por graves consecuencias que traigan. Que siempre las traerán en el caso de que se trate de políticos, porque son los únicos que, aunque solo representen a una minoría en un pequeño rincón del mapa, pueden amargar la vida a todo el país. Gente de esa calaña es lo que menos necesita una sociedad, salvo que pretenda sufrir.

miércoles, 9 de mayo de 2018

Una obra histórica

La Real Academia de la Historia acaba de hacernos un regalo digno de todo agradecimiento: nada menos que su monumental Diccionario Biográfico Español, que ahora cuelga en la red en versión electrónica a disposición gratuita de todos. Entre tanta noticia descorazonadora y deprimente con que los medios se encargan de presentarnos la actualidad diaria, da gusto leer una como esta, que viene a facilitarnos las claves fiables para el conocimiento de nosotros mismos. Un soplo de aire fresco y luminoso que nos demuestra lo que ya sabemos, aunque haya quien parezca querer hacérnoslo olvidar: que somos un país en la primera línea del saber y en el modo de fijarnos grandes empeños y conseguirlos con método y rigor.
Todo en esta obra es enorme, porque 2.500 años de historia dan para mucho y porque está pensada con afán totalizador, aún con la certeza de que siempre estará inacabada. A lo largo de veinticinco siglos desfilan las vidas de 45.000 personajes de todos los tiempos y ámbitos, ya desaparecidos, desde Argantonio, en el siglo VII a. C. hasta Íñigo, fallecido hace cuatro días. En sus biografías trabajaron 4.000 autores, y de una ojeada a sus textos se desprende que han procurado ajustarse a la vieja sentencia que dice que no está al alcance del historiador establecer la verdad histórica, sino contribuir a ella empleando el rigor. Seguramente habrá más de una voz discrepante. Por naturaleza todos los diccionarios son discutibles, y mucho más los que recopilan nombres y hechos. Habrá personajes que llamen la atención por su presencia y otros por su ausencia; habrá quien vea juicios subjetivos donde esperaba encontrar algo más acorde con su visión del biografiado; habrá quizá algunos calificativos controvertidos, semblanzas con exceso o escasez de énfasis, y afirmaciones que alguien pretenda tomar como opiniones cuando no son sino datos reales. Ya se sabe que la pasión es enemiga de la Historia, pero se sabe también que es inevitable, y más en un pueblo como el nuestro, inclinado siempre a discutirlo todo. Pero ahí está la obra, que viene a cubrir de una vez por todas un hueco importante en nuestros estudios historiográficos y a igualarnos con los pocos países que lo habían hecho. Obras así llenan de satisfacción a cualquiera que crea que la verdadera grandeza de un país se mide por el grado y la influencia de su dimensión cultural. Y sí, obras así hasta tienden a reconciliar a uno con los impuestos.
Pocos elementos hay que contribuyan tanto a vertebrar una sociedad como un pasado común. Su conocimiento, su respeto y su acercamiento a él sin resabios ni prejuicios deberían ser materia de alta consideración para todos sus ciudadanos. Esta obra, en la que tuve el honor de colaborar, constituye un enorme y completo corpus de voluntades, caracteres, inteligencias y personalidades que moldearon nuestro pasado y de los que heredamos lo que somos, con sus luces y sombras. Tener la oportunidad de conocerlos en su individualidad es, además de una gratificante posibilidad para el simple curioso, un instrumento imprescindible para quien intente penetrar con ojos de investigador en las entrañas de nuestro paso a paso como nación.

miércoles, 2 de mayo de 2018

Tribunales callejeros

Nos ha tocado vivir una época vertiginosa en la que nada tiene asiento más allá del momento. No hay día en que no nos sorprenda algún hecho inédito, no porque no hubiera sucedido nunca, sino porque no lo conocíamos. Sin darnos cuenta todo se nos ha hecho transparente, nosotros también. El techo ya no es lo único de cristal; ahora también lo son el suelo y las paredes. Las fuentes del pensamiento que tratan de moldearnos ya no son aquellas a las que más o menos se podía esquivar por sus mismas limitaciones: el ámbito social, los partidos, la Iglesia, las asociaciones de diverso carácter, ni siquiera la familia. Al menos no son las únicas. Ahora lo que configura nuestro modo de entender la realidad en que vivimos es la tecnología de la información, con su apabullante universalidad y su omnipresencia; en concreto las redes sociales, convertidas en el nuevo Sinaí donde se dictan los mandamientos que hemos de acatar y las nuevas liturgias que hemos de seguir, y ay del que intente discrepar; hay todo un catálogo de palabras escogidas para caer sobre él.
Hemos asistido estos días a algunos ejemplos. Apenas dictada la sentencia del juicio de esos cinco tarados por lo que hicieron a una chica en los sanfermines de hace dos años, salió a la calle una multitud exigiendo su justicia. La suya. Nueve años de cárcel no les pareció mucho castigo, pero es sobre todo la calificación del delito lo que estaba en los gritos y en las pancartas. Esa sutil línea llena de matices, que separa un delito de otro cercano, tan difícil siempre de discernir incluso para los profesionales, la tenían muy clara los manifestantes. Unos juristas expertos, tras estudiar durante cinco meses el video de lo sucedido y las declaraciones de los testigos, llegaron a una conclusión fundamentada en las pruebas que tenían delante. En cambio, una turba sin más conocimiento de los hechos que lo que pudieron imaginar, no necesitó ni un minuto para salir a la calle a dictar su sentencia. Pobres leyes si su aplicación se hiciera en función del sentimiento de la masa, con lo manipulable que es, y pobre justicia si quedara sometida a la influencia de las redes sociales.
Casi al mismo tiempo, las redes convertían en viral el video de una pequeña flaqueza psicológica de una política relevante, que algún ventajista sin escrúpulos guardó en su día saltándose la ley, y otro con menos escrúpulos todavía saca ahora, no precisamente con fines de ejemplaridad. Un hecho anecdótico convertido en acontecimiento nacional siete años después, el nombre de una persona exhibido para escarnio general en la nueva picota pública, y la constatación de que todos nosotros podemos estar a merced de alguna mano desconocida y malintencionada, porque a ver quién no tiene algo que ocultar en su pasado.
Vivir es más que nunca estar atento, aceptar o rechazar influencias, guardarse de las propias huellas, a veces sobresaltarse y casi siempre tratar de defenderse mediante una barrera de escepticismo. No hacer caso de la bambolla que inunda las redes. Sencillamente no dejarse llevar más que por el convencimiento derivado del criterio propio.

miércoles, 25 de abril de 2018

Olvido imposible

Qué especie es esta nuestra, que puede mostrar un grado tan extremo de contrastes en su conducta, capaz de actos conmovedores y de crímenes pavorosos, de amar al semejante hasta poner en riesgo su vida y de odiarle hasta acabar con él. No hay día en que la crónica de la actualidad no venga marcada por una variedad de hechos violentos salidos de su mano, de diversa condición y en diversos ámbitos, algunos de los cuales resultan difícilmente creíbles para una mente normal, sobre todo cuando las víctimas son niños y personas especialmente vulnerables. Es el mismo ser que tiene impreso en el libro de ruta de su vida un impulso permanente a luchar por algo que llama felicidad, que se alimenta de sentimientos, ilusiones y deseos que le llevan a ella, y que se siente atraído irremediablemente por la belleza, la bondad, la justicia y la verdad como guardianes del único paraíso al que le cabe aspirar en esta posada. No nos conoceremos nunca; nunca acabaremos de saber cómo somos ni cómo podremos ser; jamás dejaremos de tener que preguntarnos qué podemos esperar de nosotros mismos. No hay normas generales que nos permitan atisbar hasta dónde es capaz de llegar esta especie. La raíz que se oculta en la tierra siempre será un misterio para el árbol.
Acabamos de oír a unos asesinos que mataron, hirieron, secuestraron y deshicieron la vida de más de mil personas, pedir algo parecido a unas disculpas por sus crímenes. Eso sí, disculpas selectivas; solo por los que asesinaron sin que hubieran hecho nada por merecerlo, porque hubo otros, la mayoría, que están bien muertos. Ellos son los que deciden eso. Como jueces y ejecutores nombrados por sí mismos, no se arrepienten de sus hechos ni abominan de ellos. A tanta sangre vertida y a tanto dolor causado durante medio siglo se les da como compensación un tímido reconocimiento del daño producido y un hipócrita "lo sentimos de veras". Es la actitud propia de los asesinos que han perdido todo rastro de dignidad: manifestar empatía respecto al sufrimiento causado por su propia mano, quizá con la esperanza de que en el relato del futuro la amnesia se lo lleve todo menos eso.
Toda el agua de los ríos no bastaría para lavar las manos ensangrentadas de un homicida, escribe Esquilo. Las religiones ofrecen diversas respuestas y actitudes ante la ofensa recibida, desde la venganza, el ojo por ojo, a la mansedumbre y el perdón. El perdón es siempre una victoria, pero ha de decidirla y administrarla cada uno de forma individual; en lo más profundo de su ser está el concederlo o no, acudir al amparo del olvido o mantener la memoria de lo sucedido como un homenaje de recuerdo perpetuo a la víctima. Nadie que no sea él mismo puede obligarle a concederlo. La sociedad, en cambio, no tiene poder para otorgar ningún perdón que decrete el olvido de los crímenes, sobre todo cuando no puede menos que sentirse burlada ante un gesto escenográfico en cuyo guion faltan palabras como arrepentimiento, rendición, entrega de armas, colaboración. El instrumento de la sociedad es la justicia, que ha de ser doncella con los sentimientos a buen recaudo.

miércoles, 18 de abril de 2018

El título

Anda algo alborotado el vivir de nuestros diputados a causa del máster universitario de una presidenta autonómica, que, según aseguran sus denunciantes, reposa en algún lugar del limbo sin acabar de adquirir cuerpo material, a pesar de que figura en su curriculum. Estos políticos nuestros son especialistas en enredarse en trifulcas sin más trascendencia que un breve suspiro de satisfacción ante su agudeza, y en perder de vista lo que realmente tiene interés para todos. Pierden energías en criticar el color de los remos de la barca sin preocuparse de si de verdad va o no en la buena dirección. Santifican la anécdota y olvidan la categoría. O sea, lo del dedo y las estrellas. Un incidente de escasas consecuencias, que podría haberse arreglado con una simple corrección, una petición de disculpas y un tirón de orejas, se convierte en una tormenta de ámbito nacional, tema de debate inacabable en las tertulias de las cadenas populistas, en el nuevo sumidero de los valores éticos de la derecha y en el signo de que el tiempo de la purificación está llamando inexorablemente a la puerta. Relacionar todo este alboroto con el bienestar de los ciudadanos y establecer qué puede influir ese hecho en su vida cotidiana es el ejercicio pendiente de hacer, y que desde luego nadie tendrá interés en que se haga. La carga de artificiosidad nunca permite obtener una realidad destilada.
Para lo que sí sirvió fue para poner en marcha un movimiento generalizado de rectificación de currículos y reseñas personales, por aquello de ver pelar las barbas del vecino. Bien por sí mismos o porque todos pusieron en marcha a sus rastreadores para hurgar y detectar trampas y falsedades en los datos académicos de los otros, más de uno tuvo que apresurarse a modificar unas cuantas cosas de su historial y, lo más difícil, buscarse al mismo tiempo una justificación que le evitara un sonrojo excesivo. Y así hubo doctorados que se quedaron en licenciaturas y licenciaturas que pasaron a ser "cursó estudios de", carreras en universidades prestigiosas que se convirtieron en cursillos de quince días y graduaciones que simplemente desaparecieron. La lista de nombres para el rubor los incluye de todas las bandas, desde el centro a los extremos, sin distingos en las faltas y en los atenuantes. Queda luego en manos de los medios presentar a unos como más culpables que otros.
En la clase política caben todos, No hay exigencias académicas marcadas ni ninguna selectividad establecida, y eso se nota. Pero de poco les sirve a algunos inflar sus expedientes, porque la ignorancia es tan hueca que siempre sale a flote. Ahí tenemos, por ejemplo, a la alcaldesa de una ciudad como Barcelona llamando fascista a Cervera, muerto en 1909, doce años antes de la aparición del partido fascista. Sería por ser almirante, algo que a la chica esa debe de sonarle muy raro. Nadie exige ningún título y, si no se tiene, mejor trabajar en silencio, que al fin y al cabo lo que el ciudadano aprecia en el político, por encima de sus orlas y diplomas, son sus valores morales, la honradez, el amor a la verdad, la fidelidad a su palabra y su capacidad de compromiso con la búsqueda de soluciones a sus problemas.

miércoles, 11 de abril de 2018

Abril en Sevilla

A Sevilla se la adivina siempre sin saber cómo. Sevilla hoy ya no es Hispalis, ni apenas guarda nada de ella, que otros aires le soplaron; y lo cierto es que no fueron tan malos si la hicieron como hoy es: una de las ciudades más hermosas del mundo. Sevilla se hizo universal por sí sola, que ya es mérito, pero también por tantos como vieron en ella el escenario ideal para las cuitas y ensueños de sus personajes, llámense Don Juan o Carmen, Rinconete o Fígaro, Fidelio, Guzmán o maese Pérez. Seguramente no habrá ciudad española más fijada en la literatura, ni más cantada, ni más ligada al gran mundo de la creación artística. Fue tema de Mozart, Beethoven, Bizet, Verdi y Rossini, entre otros, y cuna de mil pintores y aún más poetas. De Velázquez y Murillo, de Bécquer y Machado. Imagen grabada en todos nosotros con favorables pretensiones de perennidad, horizontal en su río y vertical en sus torres, ajardinada de azahar y hecha fiesta entre vino y guitarras. Engarzada en leyendas de amores y milagros, en romances de pasiones reales y de judías arrepentidas, en el relato majestuoso de las crónicas de su pasado. Qué no tendrá Sevilla, si hasta los que se fueron a dar la vuelta al mundo volvieron a ella tras haber visto todo lo que había que ver a lo largo de los siete mares.
Hay ciudades tan ambiciosas de emociones que parecen estar hechas para cada uno de los cinco sentidos, como si no quisieran dejar nada sin el efecto de su influencia. Ciudades que atienden a todo, gustosas de que nada se vaya de ellas sin la huella perenne de su presencia. Sevilla, en abril, lo es. En Sevilla, hasta el olfato, que pasa por ser el sentido más reacio al placer, se rinde ante el aire empapado de azahar que corre por las callejas del barrio de Santa Cruz y que nadie sabe de dónde viene, si de Doña Elvira o del patio de los Reales Alcázares, si del parque de María Luisa o de todos los sitios a la vez, o acaso estuviese ya allí desde el principio del mundo, que es lo que parece. La vista se asoma al Guadalquivir por San Telmo y contempla una de las perspectivas urbanas más hermosas que pueden contemplarse; se oyen al atardecer saetas y guitarras con ritmo de sevillanas y se satura el gusto de tapas y finos en el Real de la Feria o en cualquier tasquita que uno encuentre. Y el tacto; el tacto es caricia y siempre habrá una mano sobre una piel morena con ansias de soledad. Abril se transforma en Sevilla hasta hacerla suya. El mes de transición mira aquí a los demás con aires de Pigmalión y Sevilla le muestra que nunca hubo una Galatea más dócil.
Esplendores así tienden a dejar en penumbra todo lo que se encuentra en su entorno, como si no tuvieran nada que decir o que enseñar. El buen viajero, ese que procura establecer bien las proporciones de lo que busca, lo sabe y de ningún modo olvida la provincia en su viaje, por corto que sea. Se va, por ejemplo, a Itálica para situarse en el tiempo, o a la marisma, para descubrir el espacio, y al final se da cuenta de que todo es el mismo espíritu.

miércoles, 4 de abril de 2018

Una mirada al país real

Bendita Semana Santa, que nos ha dado un respiro en medio de la agobiante matraca catalana. No se han muerto sus voces, qué va; suenan de fondo, pero ahora parecen más fuera de lugar que nunca, más inverosímiles, como un ruido extraño y discordante que no tiene cabida en estos días de vivir gozoso, tan largamente esperados. Qué buena ocasión para probar a huir por un tiempo de toda información sobre las miserias cotidianas de la política y dejarse llevar por el transcurrir de la vida en su estado más simple y más cercano a nosotros mismos, ese que alberga nuestras inclinaciones y guarda vivos nuestros deseos soterrados el resto del año. Disfrutar de lo que siempre nos pasa desapercibido, descubrir que existen mundos al margen de la información que nos sirven, hallar placeres desconocidos al alcance de nuestra mano y, de paso, librarse de ese tono gris y pesimista que algunos medios parecen empeñados en proyectar sobre nosotros, como si nuestro país fuese una excepción en la armonía del universo, sentenciado eternamente a ser un desastre y a no hacer ni tener jamás nada bueno. Si el estado del país se juzgara por el que se retrata desde las tertulias y editoriales de algunas cadenas y medios escritos o por las declaraciones de algunos personajillos, todos los que vivimos aquí mereceríamos poco menos que una medalla al mérito masoquista. No, no es la envidia el pecado nacional; no hay aquí más envidia que en otras sociedades. Es la estúpida tendencia a denigrarnos a nosotros mismos sin ningún objetivo crítico, incluso con un cierto aire de superioridad intelectual, y a veces hasta con cierto regodeo. Y eso a pesar de todas las evidencias.
Estamos en una perpetua, profunda y tremebunda crisis, según se encargan de certificar a cada momento los gurús de lo negativo, pero lo que pudo ver cualquier extranjero que nos haya visitado esta Semana Santa fue un país de gentes entregadas al disfrute de su tiempo libre, con sus calles llenas de vida, sus espacios comerciales a rebosar y sus terrazas y restaurantes abarrotados, con unos trenes modernos y unas autovías espléndidas, colapsadas por millones de desplazamientos hacia lugares de descanso, con las estaciones de esquí más concurridas que nunca y una ocupación hotelera rozando el lleno en playas y casas rurales. Un país con un alto nivel de vida, seguro y fiable, de gentes afables y hospitalarias; unas ciudades cuidadas y atractivas, en las que es fácil sentirse pronto como un ciudadano más. Un país vibrante y dinámico, que vive intensamente en la calle con toda naturalidad sus tradiciones religiosas, con orgullo y sin complejos. Un país en el que, a poco que ese viajero se fije, podrá darse cuenta de la distancia que hay entre los vericuetos por donde transita una gran parte de su clase política y la realidad que forjan día a día sus gentes.
Es este un país que vuela siempre por encima de sus dirigentes, como si tuviera un sentido especial para establecer las categorías de la vida. Por viejo, por zarandeado, por mediterráneo, o porque sabe que en la normalidad de cada día, vivida libremente, está todo lo que cabe esperar.

miércoles, 28 de marzo de 2018

El diálogo de los políticos

Dentro del campo de la política, el diálogo es tenido por esa panacea maravillosa que todo lo remedia, bálsamo fierabreño que cura desacuerdos y hasta puede permitir yacer juntos a la oveja y el león. Se tiene a gala poseerlo como un valor más, de la mano sobre todo de los partidos de la oposición, que presumen de ofrecerlo y se ponen bravos para exigirlo, y que incluyen entre las instrucciones que dan a sus huestes la de enarbolar la palabra en toda ocasión posible, antes, durante y después de su acceso al sillón de mando. Y ahí queda la noble expresión de la dialéctica despojada de su condición de instrumento y convertida en un fin electoral. Luego, claro, se le convierte en eso, en una mera expresión, y si alguien pide explicaciones se mira hacia otro lado.
No parece que estén muy dispuestos al diálogo limpio y abierto los separatistas catalanes, que lo exigen con la condición previa de que se acepten sus peticiones, ni los que convierten una muerte natural por infarto en un asesinato capitalista, ni los que dicen tener como ley suprema la voz de la calle siempre que no les sea adversa, como en el caso del debate sobre la prisión permanente revisable, ni tantos colectivos infiltrados de dogmatismos, apriorismos y reduccionismos ideológicos. Tengo para mí que, de todos los sectores implicados en los innumerables conflictos, grandes y pequeños, que se presentan cada mañana en la mesa del gobernante, los menos proclives a encontrar una solución mediante el diálogo desinteresado son los partidos de la oposición, cualquiera que sea. En esos casos, la actitud dialogante, bella virtud cuando se mantiene en un plano por encima de la praxis, se vuelve elemento retórico y cebo para atrapar incautos en boca de quien lo presente como un elemento de eficacia decisiva en el campo de lo pragmático. El diálogo es, ante todo, persuasión, disensión, razonamiento. Su descubrimiento es, según Borges, el mayor suceso de la historia universal. Pero ¿es compatible con la acción política? Pues quizá sí, pero solo de sus representantes verdaderamente grandes, esos que, según se les ha definido, buscan mirar más a las próximas generaciones que a las próximas elecciones.
La teoría socrática nos enseña que en el diálogo existen dos razones o proposiciones previas que se contraponen entre sí, es decir, una confrontación en la cual hay un acuerdo en el desacuerdo. A partir de ahí, mediante el desarrollo del discurso dialéctico, se podrán ir dando sucesivos cambios de posiciones, inducidos por cada una de las posturas contrarias, hasta llegar a llegar a armonizar ambas o hacer prevalecer una de ellas mediante argumentaciones lógicas. Pero ¿cómo aplicar esto en el duro, interesado y sectario mundo de la política? ¿Qué hacer cuando uno de los participantes se refugia en un dogma o se encastilla en sus posiciones sin más argumentos que una difusa apelación a valores de imposible medición? Pensemos otra vez, por ejemplo, en los nacionalismos que todos conocemos, o en los populismos, pero pensemos también que cuando el diálogo fracasa llega la imposición.

miércoles, 21 de marzo de 2018

Voto cautivo

Es inevitable. Cualquier votación de cualquier parlamento tiene algo de impostado, un acto mecánico, programado previamente, que no obedece más que a un toque de trompeta que obliga a cumplir la ordenanza. Se vota una propuesta cualquiera, sea una gran obra que beneficiaría a todos, o una de esas que cuestiones que rozan lo moral y que afectan a las convicciones más íntimas, o simplemente cualquier asunto trivial sobre el que cualquier diputado podría tener una opinión fundada. Pues no. El jefe del grupo hace una señal con los dedos indicando el sentido del voto, y el beneficio de todos, la voz de la conciencia y la opinión personal se van a paseo. ¿Cómo van a oponerse estas trivialidades a la suprema voz de su amo? ¿Qué importancia pueden tener las pequeñas verdades individuales ante la verdad absoluta que encarna el sumo sacerdote del partido? Acallar la conciencia propia en aras de otros, desoír su voz para no verse expulsado del redil y de la seguridad de seguir pastando tranquilamente, anular sus convicciones más personales para no aparecer como un rebelde disidente y verse arrojado a las tinieblas exteriores sin posibilidad de encontrar otro acomodo, esa es la desgraciada función que la mayoría de los políticos se ven obligados a ejercer una vez deciden dedicarse a esta actividad.
Se cuenta, y así está escrito en el epitafio de su tumba, que Nicolás Salmerón dimitió de su cargo de presidente de la I República para no tener que firmar una sentencia de muerte porque su conciencia no se lo permitía. Se cuenta porque es un caso tan infrecuente en la clase política que continúa siendo un referente solitario, sin descendencia. ¿Cuántos de quienes han votado, por ejemplo, a favor de la derogación de la pena de prisión permanente revisable están de verdad en contra de ella? ¿Cuántos han tenido que poner tapones en los oídos de su conciencia para dar su voto afirmativo a su eliminación, aun cuando estén convencidos en su fuero interno de que ni cae en la venganza ni elimina los derechos que la sociedad concede al delincuente en cuanto a su reinserción? Dura servidumbre del político esa que le impide ejercer lo que él mismo tiene como bandera: el derecho a la libertad. En este caso la libertad de conciencia, quizá la más necesaria de todas las libertades.
La conveniencia o no de dejar al parlamentario ser dueño de su voto es una de esas cuestiones de arduos filos que da lugar a estudios profundos cargados de argumentos en ambos sentidos. La Constitución dice que su voto es personal e indelegable, pero hay quienes apuntan el temor a alguna tentación de venalidad si se permite salir de la disciplina del grupo. La cuestión estriba en saber si cabe correr ese riesgo por salvaguardar la libertad de opinión individual frente a la del conjunto, porque lo cierto es que ahora, con muy pocas excepciones, el partido manda y el diputado obedece, y así siempre puede quedar la duda de si preferirá escoger para sus listas, en vez de a personas valiosas, a personas sumisas. Desde luego, viendo el nivel intelectual y profesional de muchos de nuestros diputados, la duda es justificada.

miércoles, 14 de marzo de 2018

La peor de las ausencias

No hay desasosiego mayor que la incertidumbre ni dolor más difícil de llevar que esa incertidumbre convertida en posibilidad de vida o muerte de un ser querido. La duda no tiene más consuelo que el que uno quiera darle, y en la necesidad de encontrarlo termina engañándose a sí mismo. En la duda se derrumba nuestra fortaleza y se alimenta un dolor mucho más lacerante que el que nos presenta de cara la realidad. Ante el misterio de la ausencia inexplicable de alguien que debiera estar con nosotros, el entendimiento queda perdido en una infinitud de revueltas a cual más oscura, sin poder aferrarse a nada. La actualidad de estos días viene marcada por una serie de desapariciones de personas cercanas en el tiempo y algunas en el espacio: tres mujeres en Asturias y un niño en Almería, aunque dos de esos casos ya han dejado de ser de desaparecidos del peor modo posible. No son más que la continuación de tantos otros, algunos todavía inexplicados, que en su momento golpearon nuestros sentimientos y ahora nos golpean más bien la imaginación. Qué ocurrió, por ejemplo, con el niño desaparecido en el accidente del camión en el puerto de Somosierra, qué fue de Yéremi, y de David, el niño pintor, y de Germán, perdido sin rastro durante una excursión de su colegio en los Picos de Europa. En ninguno de estos casos han quedado huellas determinantes de ellos ni parece que se haya pedido rescate ni recibido señales por parte de los autores. Simplemente han desaparecido. Sin razón, sin motivo, sin lógica y sin piedad.
Debe de resultar insoportable el sufrimiento que produce en lo más hondo de las entrañas de unos padres la ausencia inexplicada de un hijo pequeño, tanto que a medida que pasa el tiempo algunos llegan a preferir tener en sus brazos el cuerpo de su hijo muerto antes que seguir viviendo en la insufrible oscuridad de la incertidumbre. Al menos la muerte lleva consigo una certeza; terrible, pero certeza. Qué vacío y qué tristeza la de esas madrugadas envueltas en la angustia de si pasará otro día en vano, uno más en esa sucesión siniestra de jornadas, porque el tiempo se estrecha con cada una y las esperanzas se debilitan sin remedio. O puede que acaso alguna noche piadosa deje en el alma un atisbo de confianza con el que empezar el día, aunque solo sea para poder seguir viviendo. Pero ahí están sus cosas, su ropa y sus juegos, y la cama sin deshacer, y las preguntas que asedian el pensamiento como monstruos siniestros: dónde estará, cómo será su noche, quién se hallará a su lado. Y la más pavorosa: ¿vivirá?
Surge la solidaridad de las gentes de bien, que son casi todas, y queda siempre la esperanza en el éxito de la búsqueda organizada, pero en la soledad de sí mismo, en las horas inacabables de tiempo inmóvil, solo existe el sentimiento de ausencia. Y duele muy especialmente cuando a la ausencia se une el silencio absoluto, porque cabe temer que sea el silencio de la muerte. La ausencia solo puede vencerse con la presencia, que no está casi nunca al alcance de quien la sufre, y si acaso aliviarse con el recuerdo, que sí lo está, por suerte para nuestro equilibrio, y de él habrá que alimentarse si todo se rompe.

miércoles, 7 de marzo de 2018

Los franceses lo tienen claro

El presidente francés, Macron, es un tipo joven, escaso todavía de intensa experiencia política y, quizá por eso, escaso también de complejos que silencien las convicciones en aras de algún rédito electoral. En su evolución desde la izquierda se ha convertido en apóstata desengañado del partido socialista y en líder del movimiento liberal de centro que ha ganado las elecciones presidenciales. Y desde esta posición ha recordado a quien tenga alguna duda algo que ya el Consejo Nacional había confirmado hace años: que no hay más que un único idioma oficial en toda la República, que es el francés, y que no hay más que hablar. Que sí, que el bretón, alsaciano, occitano, corso, catalán y demás están muy bien y cada uno puede hablarlos cuanto quiera, pero que sólo sirven para usarlos con el vecino, y que nada de cambiar los rótulos de las carreteras y los nombres de las ciudades. Que una de las razones de la gran cultura francesa, y de su grandeur, es su lengua, y que ningún habla local, por muchas aspiraciones de gran idioma con que lo presenten, va a hacerle sombra.
Hay que ver cómo piensan estos franceses. Tienen a su lengua nacional como su más alto signo de identidad. Han sabido dignificarla hasta hacer de ella, durante muchos años, el idioma de la diplomacia, de la moda, de la gastronomía y de la gente de mundo. Sin ser una lengua que cuente con un gran número de hablantes, ha logrado estar presente en todos los planes de estudio del mundo y tener categoría de idioma oficial en todos los organismos posibles. Es cierto que ahora está en cierto declive en las aulas extranjeras, pero el francés es y siempre será el símbolo supremo del ser nacional. ¿Otros idiomas oficiales en Francia? Vamos, monsieur, usted delira. Claro que por suerte para ellos no tienen la izquierda montaraz que tenemos nosotros ni los partidos de terruño y minifundio que tanta guerra nos dan aquí.
 Pues sí que son intransigentes con su lengua y opresores despiadados de las minorías lingüísticas, sin ver las innumerables ventajas que se pierden. En su ignorancia, no acaban de ver claro eso de que la variedad de lenguas sea un tesoro inapreciable para una nación; se conoce que no ven que países como Papúa Nueva Guinea, donde cada aldea tiene un idioma único, o Afganistán, donde disfrutan de tantas, sean grandes potencias culturales. Más bien creen, materialistas ellos, que la riqueza está en lo contrario: en no tener que hacer todos los impresos bilingües, ni crear nuevos gastos académicos, ni duplicar los indicadores de las vías públicas, ni financiar publicaciones que a nadie interesan, ni pagar intérpretes para que traduzcan al francés las palabras de un francés. Aunque puede que en lo que piensen de verdad sea en algo mucho menos cuantitativo y más inasible. Por ejemplo, que un ciudadano francés pueda recorrer cualquier región de su país sin sentirse extraño en ella, o que un niño de la Provenza siga teniendo la posibilidad de ir a un colegio de Bretaña, pongo por caso, sin ser sometido a una inmersión lingüística en una piscina aderezada con un puñado de sales de hecho diferencial, unos cuantos frascos de historia inventada y muchas gotas gordas de desprecio a la patria común. Estos franceses necesitarían unas cuantas lecciones de modernidad.

miércoles, 28 de febrero de 2018

El largo camino del arte

Pues resulta que la Historia del Arte tiene 30.000 años más de lo que creíamos. La datación de unas pinturas rupestres en tres cuevas, en Cáceres, Cantabria y Murcia, ha confirmado que tienen al menos 64.000 años, o sea, el doble de las que hasta ahora teníamos como las primeras, esas que todos conocemos. Son sencillas, esquemáticas, balbuceantes: unas líneas verticales paralelas unidas por tres horizontales, una mano pintada en negativo y una estalagmita decorada. No ofrecen una fácil interpretación, pero sí la manifestación de una voluntad, que da a entender un propósito de intencionalidad. Lo sorprendente es que estas pinturas fueron realizadas antes de la aparición de nuestra especie. Mucho antes; faltaban todavía más de 20.000 años para que el homo sapiens que somos nosotros iniciara su estancia en el planeta, así que solo pueden ser obra de los neandertales. El descubrimiento abre un nuevo campo para el conocimiento de estos extinguidos parientes nuestros y viene a modificar la visión que teníamos de ellos como unos seres sumamente primarios, brutos, incapaces de relacionar conceptos y carentes de inquietudes más allá de la realidad material. Los dibujos permiten vislumbrar un resquicio de su mundo interior, al menos en sus inquietudes más elementales, una cierta sofisticación en su plasmación y una capacidad expresiva, cognitiva y simbólica que no concuerda con la imagen que hasta ahora teníamos de ellos. No fuimos nosotros quienes iniciamos el camino del arte.
Por una de esas casualidades, la noticia coincide con la apertura de la feria de ARCO. Principio y fin, lugar de reencuentro entre dos extremos que se tocan, aunque en detrimento de uno de ellos. La andadura iniciada hace 64.000 años en las paredes de una cueva ha atravesado toda la historia de la humanidad, alcanzando momentos sublimes cuando persiguió satisfacer el anhelo de belleza del ser humano, y termina momentáneamente en ARCO, que bien podría verse como el símbolo del extremo del arco recorrido. Estas ferias de arte contemporáneo suelen ser el paraíso donde la anécdota de las mayores extravagancias se presenta como categoría artística, sin que nadie explique sus méritos. Aquí fueron las vulgares fotos de unos delincuentes puestas en una pared; en otras se han visto, por ejemplo, una zapatilla colgada de un clavo, una vitrina vacía en una habitación vacía, un simple cubo y una fregona, y no digamos el famoso urinario de Duchamp o los botes de excrementos de Manzoni. Es falso que la misión del arte sea, como se oye a veces, la de transgredir porque sí ni mucho menos la de ofender. La transgresión como finalidad, la provocación gratuita, la ofensa por sistema convierten el arte en propaganda y en un simple elemento de agitación. Si al arte se le priva de su capacidad de emocionar, conmover y despertar lo más elevado que hay en nosotros, no queda más que una mera manifestación utilitaria.
Desde luego uno siente una emoción más intensa y un respeto infinitamente mayor por esas humildes rayas de los neandertales que por las obras de esos avispados engañabobos que tapan su incapacidad tratando de pobres ignorantes a los que no vean sus mamarrachadas como obras geniales.

miércoles, 21 de febrero de 2018

El escrutinio

Posiblemente le haya pasado también a usted en algún momento si es amante de la lectura. De pronto, cualquier día, se da cuenta de que en su casa no cabe un libro más y que no hay más remedio que hacer una poda para disponer nuevos espacios, otorgando prioridades y condenando a unos cuantos a las tinieblas exteriores. Y entonces se pone manos a la obra, dispuesto a hacer un escrutinio que ni el del cura y el barbero, para limpiar de ramulla vana sus estantes. Sabe bien que sobre las bibliotecas cae la misma ley que sobre todos nosotros: nacen y crecen y, aunque afortunadamente no mueren, a veces presentan achaques de evidente vejez. Así que, armado de un insobornable espíritu crítico, prepara unas cuantas bolsas y comienza a examinar título por título para determinar cuáles desaparecerán para siempre de su estante para dejar su sitio a los que vengan. Y al cabo de unas cuantas horas de hojear, recordar, dudar y tratar de convencerse a sí mismo de sus razones, se da cuenta de que no ha metido ninguno en las bolsas y que siguen tan vacías como antes. Ni siquiera las tres novelas de Estefanía que reencontró olvidadas y arrinconadas. Al final todo ha quedado como estaba. Suspira y se dice a sí mismo que se trata tan solo de un aplazamiento y que en el próximo escrutinio será ello, pero sabe que ese día ocurrirá exactamente igual.
Pero mientras manoseaba cada libro ha podido comprobar que una operación tan simple puede terminar convirtiéndose en una pequeña reflexión existencial si trata uno de realizarla sin haber procurado prevenirse contra los efectos del paso del tiempo. Una biblioteca es, casi como ninguna otra cosa, el reflejo de una vida, de una personalidad y de un carácter. Los libros que hoy la componen fueron el resultado de unas ideas determinadas en un momento determinado. La simple mirada de sus títulos nos informa de nuestra propia evolución con una fiabilidad más exacta que nuestro mismo recuerdo, porque su sola presencia ya desmiente cualquier otra apreciación. Esos libros que hemos ido adquiriendo a lo largo de toda nuestra vida con tanto esfuerzo, cuántas veces mirando con pena nuestras exiguas propinas hasta ahorrar lo suficiente para poder tener al fin en la mano aquel objeto, que desde entonces se hará parte de nuestro mundo para siempre. Libros que nos han regalado con ilusión y tienen una dedicatoria querida o famosa, pero en todo caso inapreciable. Libros todos ellos que responden con casi total exactitud a nuestra visión de la vida en aquel momento. Libros que nos han hecho pensar, reír, llorar y hasta sudar sobre sus líneas incomprensibles; esos libros que no pueden ser sustituidos jamás, porque tienen en sus tapas el olor de nuestras manos y en sus páginas el secreto de nuestros pensamientos, de algún que otro propósito y de más de una esperanza. Cómo sentenciar y en virtud de qué, si todos tocan alguna pequeña fibra de nuestra memoria; cómo lograr que dejen de ser una fuente de nostalgia invencible por tanta vida dejada atrás. Desde su rincón seguirán dándonos cuenta del trayecto que ha recorrido el pequeño mundo de nuestros gustos, los estilos narrativos que en su momento admiramos o de las preocupaciones y los temas que un día nos inquietaron. Y seguirán en el estante.

miércoles, 14 de febrero de 2018

Política de altos vuelos

De todos los rasgos particulares que tiene esa profesión tan particular de la política, el más evidente es el de estar permanentemente en el candelero de todas las miradas. Es su cruz y su gloria. Una característica inherente, la de ser la profesión más expuesta a la vista de todos, que hay que saber administrar tanto en las posibilidades que tiene de triunfo como de ridículo. El primero siempre será efímero y puede incluso que solo se refleje en los medios afines; el segundo, en cambio, califica, cuelga sambenitos y fija un cliché duradero de su protagonista. Ejemplos hay en todas las legislaturas. Se trata en definitiva de la profesión que menos puede ocultar los fallos y las carencias de quienes la practican y a la que más se le notan las barbaridades y disparates que se sueltan en su ejercicio, que irremediablemente se convertirán en noticia.
Como esa chica de Podemos que se nos revela como inventora de vocablos y nos regala el de portavoza; no debe de haber aprendido que el término portavoz es tan masculino como femenino, porque eso lo determina el artículo o el adjetivo que se le ponga delante. Qué tendrán contra el diccionario algunas políticas del puño en alto, que lo mismo le añaden una jóvena que una miembra que una portavoza. O es una muestra de su indigencia intelectual, que es posible, o de un fanatismo que invalida cualquier proposición, o acaso de las dos cosas. Y hasta cabe pensar que lo que se pretende en última instancia es crear un cierto antagonismo en la población para luego tratar de sacar algún beneficio político.
En la misma orilla izquierda, en el terreno colindante con el anterior, los socialistas han decidido hacer lo posible para impedir que un español acceda a la vicepresidencia del Banco Central Europeo con el pretexto de que es un hombre. Sublime. Los beneficios que reportaría tomar decisiones dentro del poder económico de la Unión, el prestigio de España en las instituciones, todas las posibles ventajas que pudieran derivarse de ello, nada importan con tal de no dar una pequeña baza al rival. La pregunta qué gana mi partido siempre se antepone a la de qué gana el país.
Los políticos están sujetos por su propia naturaleza a una exposición permanente, de modo que todos podemos clasificarlos según sus actuaciones. Los hay como esos que Börne comparaba a ciertas cariátides que se presentan como máscaras trágicas o grotescas, como si soportasen sobre sus espaldas todo el peso del edificio del Estado, y resulta que no son más que la parte inferior de la casa. Otros convierten su escaño en un grotesco retablo de títeres, de modo que siempre se las ingenian para tener su minuto de gloria en los telediarios. Están también los que tienen una percepción alterada de nuestra capacidad de raciocinio como ciudadanos; son esos que cada día nos animan con alguna propuesta de esas que mejorarían nuestra vida radicalmente. Aunque parezca no darse cuenta, el político se retrata más en sus intervenciones parlamentarias que en el ejercicio del poder. Ya en 1921, en la política de su tiempo, Ortega constataba que se odia al político más que como gobernante como parlamentario. A algunos parece gustarles.

miércoles, 7 de febrero de 2018

La visita del invierno

Parece que siempre nos coge de sorpresa, él, que jamás cambia sus modales ni sus aderezos. No hace más que asomar su primer gesto y nos pilla desprevenidos, como si no fuera tan viejo como el mundo. No hay nada más previsible, pero su llegada siempre es noticia, quizá porque nos seduce con su frialdad y sentimos que en el fondo alberga un escondido germen de renovación bajo su gélida indiferencia. Han caído la nieve y el frío sin miramientos sobre tierras pobres y ricas, tiritan en el mismo desamparo el pequeño sauce del río y el gran cedro del palacio, se han helado a la vez la charca de la aldea y el gran embalse que cubre el valle. Puede que esto no tenga categoría periodística, pero, qué quieren, a uno le conforta ver que la ley se cumple. El invierno es una de las pocas cosas que saben estar en su sitio; siempre se acuerda de cumplir con su visita. Puede venir a su tiempo, por San Lázaro, o tomárselo con calma y aparecer por San Blas, pero llega siempre y lo hace con la altiva displicencia del que no tiene ninguna deuda con nadie. Por mucho que nos creamos estar llevando a feliz término la enésima revolución tecnológica, por más que podamos dejar bien dicho para la posteridad que esta es la generación de las comunicaciones, basta una leve mueca suya para que todo un continente quede desorientado y sin apenas capacidad de respuesta. Pueblos aislados, caminos y carreteras impracticables, desplazamientos convertidos en una prueba de riesgo, miles de personas inmovilizadas, actos suspendidos, y a dar gracias porque sólo suelen ser unos días. El invierno tiene un poder sin otra defensa por nuestra parte que la de encogerse sobre sí mismo y dejar que se deslice a su ritmo, y eso que por estas latitudes acostumbra a ser comedido en su uso y no se ensaña en demasía.
Cuentan los viejos recuerdos de cada lugar que las nevadas de ahora ya no son como las de antes; los que dicen que lo saben afirman que la temperatura del planeta se está elevando poco a poco a causa del efecto invernadero y que este calentamiento global es imparable y nos lleva al desastre y que nosotros somos los culpables. Pero el frío del aire hiela igual que siempre y el paisaje parece inmóvil de puro aterido, y los recuerdos de infancia se nos presentan de nuevo como reales. Cómo no esbozar una sonrisa aliviada cuando el invierno vuelve por sus fueros y pone de nuevo en los campos y en los termómetros sus señas de siempre. Pocas cosas hay más reconfortantes que la normalidad.
En su profunda melancolía de silencio crepuscular, el invierno ha sido metáfora continua de poetas e imagen favorita de los místicos y de los pintores existencialistas cuando querían dar forma estética al ocaso de la vida. El invierno cancela los colores y los reflejos del sol en el mar, y los sonidos del bosque, y los juegos de los niños en el parque y nuestros paseos bajo el aire cálido y sereno. Todo lo uniforma en su afán de negación. Hiela el frío y sobrecoge el silencio de los campos yertos, se añora la luz en lo alto del cielo y acaso el ánimo ande entristecido, pero que la escarcha no atemorice los pasos del caminante. Quién podrá pensar que esas ramas reverdecerán y florecerán. Pero sabemos que será así.