miércoles, 30 de marzo de 2016

El rey reformista

Entre los centenarios que se conmemoran este año de eminentes centenarios, con el de Cervantes a la cabeza, hay otro de menor resonancia universal pero de gran importancia histórica para España: el de Carlos III, el rey que agitó a una España adormecida, le quitó telarañas seculares y la cubrió por completo con sus planes de progreso. Bajo las premisas del Reformismo Ilustrado, se propuso la transformación del país: construyó fábricas, abrió nuevas vías, fomentó la agricultura y renovó costumbres. Conocida es su obra en Madrid, a la que convirtió en una urbe monumental y dotó de infraestructuras modernas. No lo es tanto otra de sus realizaciones más importantes, y no es mal momento este tercer centenario de su nacimiento para recordarla.
El viajero que atraviesa hoy Sierra Morena con la curiosidad del buen caminante, se encuentra con pueblos un tanto singulares, con un aspecto depurado respecto a la tipología de la zona, que dan testimonio del primer fenómeno de inmigración impulsado y dirigido desde el poder político. Mejor que los pase sin prisas. En Guarromán puede endulzar sus trajines con sus afamados hojaldres y, de paso, ver una población geométrica en su trazado y generosa en sus espacios, con un monumento dedicado a los mineros del plomo y dos pequeños bustos de quienes le dieron su ser: un rey y un ministro. Porque este y otros pueblos de esta zona son un producto de un momento dirigista nacido de una necesidad.
El momento fue la Ilustración, y la necesidad la de colonizar estas tierras sin ley para asegurar el camino entre Cádiz y Madrid, por el que pasaba toda la riqueza que venía del Nuevo Mundo. El plan, encomendado por Carlos III a Pablo de Olavide, contemplaba la creación de 44 pueblos y el establecimiento de diez mil colonos extranjeros, en su mayoría procedentes de Centroeuropa, que comenzaron a llegar en 1767 de la mano de un bávaro llamado Thürriegel. La capitalidad de este conjunto, llamado de las Nuevas Poblaciones, se estableció en La Carolina, a la que se dio el nombre del rey. A pesar de las reticencias y de algunas desilusiones personales, el proceso dio sus frutos, de modo que, apenas ocho años después, La Carolina ofrecía el aspecto de un pueblo moderno, creado según los criterios urbanísticos más avanzados: plano en cuadrícula, con calles axiales que facilitaban los movimientos y las perspectivas, plazas circulares y rectangulares sabiamente distribuidas, fachadas uniformes, con jardines delanteros, orden y racionalidad. Al mismo tiempo se crearon industrias y se atrajeron inversiones, sobre todo extranjeras, para el relanzamiento de la actividad minera. En apenas cien años, La Carolina multiplicó por cinco su población; luego, a partir de 1920, comenzó su declive. Hoy cuenta con unos quince mil habitantes, su estructura económica se basa en el olivar y la ganadería, y sigue ofreciendo al visitante su imagen urbana de niña de belleza exótica, a medio camino entre Hipodamo y la vanguardia.
Poco más allá, en el centro de la gran plaza de Santa Elena, otro pueblo de la colonización, Carlos III, en bronce, despide al viajero con la media sonrisa de quien tiene que aguantar el llanto del niño porque le lavan la cara.

miércoles, 23 de marzo de 2016

Semana de pausa

Este alto en el camino, a media distancia entre la frialdad del invierno y la cálida alegría del verano, viene a resultar el final del largo declive de la vitalidad y las ilusiones que nos han dejado los días cortos y oscuros, y el comienzo de un tiempo nuevo en el que rebrotan los anhelos y las esperanzas. Fin del letargo invernal y principio de otro renacer; el paso del equinoccio, revestido de significado espiritual como un rito iniciático. Y con él, la gozosa posibilidad de aprovechar la ralentización convencional de la actividad para entregarse al ocio. Sobre este momento medianero y con carácter de hito divisionario se sitúa en nuestro ámbito cultural occidental la Semana Santa.
La Semana Santa supone la culminación del ciclo litúrgico cristiano, que se había iniciado en Adviento, y es también, y ha sido siempre, la ocasión máxima de la manifestación de la piedad popular. Será porque somos hijos del dolor y la muerte siempre es mayor motivo de meditación que un nacimiento, y las lágrimas que la risa. Lo cierto es que, frente a la alegre ligereza de la Navidad, la ostentación de las imágenes de la Pasión convoca en nuestras calles a multitud de gentes, movidas unas por la simple contemplación del espectáculo y otras muchas por una devoción auténtica, elemental, sincera, acrítica, salpicada de folclore y de hondura espiritual, y que lo mismo propicia desgarros emocionales ante el paso de una Dolorosa que la meditación honda y callada ante unas escenas que encarnan el recuerdo del dolor y la muerte como única evidencia que nos ha sido dada. Aparatosas y grandilocuentes, con un punto de excesivas, en el sur; más recogidas y calladas en tierras castellanas, pero todas como la expresión de algo sin lo que, para muchos, sería ininteligible el ciclo anual de sus sentimientos. España es el único país europeo que convierte su tradición religiosa y sus creencias en una manifestación pública; hace de ellas una explosión colectiva sin recato ni reservas. En la exhibición de sus mejores imágenes desfilando a paso lento entre la multitud que las contempla entre la emoción y la curiosidad, hay una declaración de fidelidad a la fe que ha configurado su identidad a lo largo de los siglos. Los que pretenden arrancarlas de la vida pública tendrán que emplear argumentos con una gran fuerza de convencimiento.
Hace ya mucho que la Semana Santa se ha convertido en un período de segundas vacaciones, aunque breves; un tiempo de salida en masa hacia todos los destinos, para gozo de hosteleros y agencias de viajes, y, al mismo tiempo, una bendita pausa en el agitado discurrir de la vida política que nos permite descansar de tanta batahola mediática como nos abruma. Es también un reflejo de la verdadera vitalidad de la sociedad de un país, de los afanes y proyectos de sus habitantes, de sus hábitos y preferencias y, en no menor medida, de una aproximación más certera a la situación real de su economía. Catorce millones de desplazamientos y los hoteles al máximo de ocupación no son el signo de una nación en crisis agónica, por más que televisiones sextas y cuartas se empeñen en presentarla así a todas horas. El pulso real del país está ahí.

miércoles, 16 de marzo de 2016

El cambio que nos lleva

Quizá sea en este inofensivo pasar de las estaciones donde más se nos note nuestra debilidad ante el tiempo. Fin de invierno ya y comienzo otra vez de la primavera, el marcapasos más inadvertido y más traicionero de todos los que nos han puesto en el escenario para recordarnos el ritmo al que avanza la función. El reloj de arena que se nos entrega a cada uno cuando nacemos no agota jamás su pila. Cuatro granos tan sólo al año, pero que caen cogiéndonos desprevenidos y obligándonos, como si fuera una eterna novedad, a la sorpresa. Cuatro pasos de la gran aguja que, encima, nos seducen. La alegría de la primavera tras el frío sueño del invierno, la plenitud del verano, la hermosa melancolía del otoño y de nuevo el silencio invernal. Cada uno con sus propias armas de sugestión, como si quisieran que no advirtiésemos la huida hacia adelante del tiempo y su callado trabajo en nuestro daño. Azadas son la hora y el momento, según Quevedo. Con la edad más nos van pareciendo excavadoras.
Somos seres de la naturaleza, no hay duda, y no tenemos otro espejo en el que reflejar nuestras pobres ideas. Amamos la alegoría y la buscamos donde sabemos que siempre se encuentra. Cuántas veces se habrá comparado este ciclo anual con el de la vida humana: la infancia, la juventud, la madurez y la vejez. Parece como si el hombre hubiera necesitado siempre tener una referencia ajena a su condición, pero dentro de lo creado, para saber a qué puede atenerse en lo que respecta al ciclo de su existencia, quizá porque de lo único de que está absolutamente seguro es de que no es una excepción. En su continuo no saber, busca una posible respuesta en la imagen que proyectan los ciclos naturales, aunque sabe que va a seguir sin saber. Vivo y no sé cuánto; ando y no sé a dónde; muero y no sé cuándo; me admiro de estar tan alegre, puede leerse en un antiguo poema alemán. Cien tratados de filosofía no explicarían con más intensidad el desamparo del hombre ante el porqué de su existencia.
En su eterna función de asidero de nuestras escasas certezas, pasan las estaciones con su tópico valor de metáfora de la vida, renovada cada año. Mejor no pensar que, en realidad, todo se debe a una simple inclinación del eje de rotación de este planeta torcido y que, sólo unos grados más, y todo habría sido radicalmente distinto. Que incluso así, en otras latitudes los ciclos adquieren un ritmo muy diferente y, al menos para nosotros, menos indicativos de la metáfora. Ahora que están asomando las margaritas en los prados y las yemas en las ramas de los árboles y comienzan a oírse ya los trinos de los pájaros primerizos, mejor no pensar en eso, porque sería entrar en la cruda racionalidad y abandonar el ámbito amparador del misterio. Mejor pensar con mansa resignación que las nubes blancas de la primavera seguirán pasando sin volver jamás, y se nublarán también los cielos despejados del verano y se irán luego los vientos del otoño. Y que cuando llegue el invierno, el de verdad, ese que no tiene primavera, sepamos aceptar su aliento helado con la naturalidad del que se ha preocupado de esperarlo.

miércoles, 9 de marzo de 2016

Sus señorías

Como en los antiguos espectáculos teatrales, que necesitaban de un entremés para rellenar los largos momentos entre actos, hemos tenido estos días el espectáculo doble, y doblemente fallido, del intento de investidura de un candidato a presidente. No debería llamarlo espectáculo, pero es lo que fue: un desfile de actitudes y gestos estudiados, de indumentarias poco frecuentes en tal escenario, de infantiles llamadas de atención y de alguna exhibición atrabiliaria de un recién llegado, que, seguramente para dignificar aún más el noble concepto de parlamentarismo, se dedica a repartir besos de amor a sus compañeros de cofradía. Se ve que es un producto televisivo y creyó que el Congreso era otro plató. Pero sobre todo fue un desfile de lo más representativo de la clase política de todos los tiempos y latitudes: de egos y ambiciones, de alianzas extrañas, de frases pensadas para herir, de los eternos tópicos envueltos en palabras que, de tan repetidas, suenan ya a nada. Dos de ellas son las favoritas de los aspirantes, que las usan como un abracadabra mágico que da vida a sus programas: cambio y progreso. Un trampantojo más, esta vez con la semántica. Cambiar es alterar la situación de algo, pero en cualquier sentido; no es un término positivo ni negativo, porque todo depende de a qué nueva situación se cambie. Progresar es ir hacia adelante, y tampoco implica que sea para mejorar; el que está al borde de un precipicio hará bien en no avanzar más. Lo peor, sin embargo, no es la torsión del lenguaje, sino de los conceptos; llamar, por ejemplo, progresismo a volver a situaciones ya superadas por la propia lógica de la Historia o a instalaciones mentales o morales cuya modernidad brilló y se apagó hace ya varios siglos podría entrar dentro del grupo de las falacias "ad nauseam", tan empleadas siempre por los políticos de todos los lugares.
Decir política equivale a decir ciencia de lo mudable, de lo relativo y contingente, y eso sí que queda evidente en todos los actos de esta índole en los que se trata de alcanzar el poder. Los arrumacos cambian de destinatario ante cualquier guiño insinuante, se matizan las ideas que eran inconmovibles, las afirmaciones rotundas se transforman en lo contrario a base de retorcer la sintaxis, lo que eran promesas firmes adquieren ahora carácter condicional, y el ciudadano tiene que hacer un ejercicio de simplificación si quiere vislumbrar por dónde fue su voto. En definitiva, desfilaron dos conceptos de la política y cuatro señorías que los encarnan a su manera. Pero, de los apartados del poder, uno, el económico, nos lo van a controlar desde fuera, así que sólo queda el que realmente nos importa: el que se refiere a los valores éticos, al fortalecimiento de la conciencia nacional, a la educación de nuestros hijos, a la enseñanza de los valores esenciales y al respeto a la libertad individual. Ahí nos la jugamos.
Sin duda la democracia es el mejor de los sistemas políticos conocidos, pero sigue siendo malo. A la esencia de la verdad le son indiferentes el número y las opiniones de una multitud, en gran parte sin cultura política, a menudo manipulada y siempre sin responsabilidad moral. Sería bueno intentar mejorar sus mecanismos.

miércoles, 2 de marzo de 2016

La vulgaridad como norma

Parece como si en los momentos de bienestar material de una sociedad, cuando el estómago está suficientemente atendido y los caprichos casi todos cumplidos, aflorasen de golpe sus peores formas en el modo de manifestarse. En la nuestra, desde luego, vivimos ese momento. Estamos asistiendo al triunfo absoluto de la mugre y la cutrez. Peor aún, a su normalización; peor aún: a su instalación como categoría propia. Es un espectáculo continuo, que hace pensar que, si esto es lo que nos ha traído la generalización de las comunicaciones, quizá habría que lamentarlo por lo que afecta a la salud intelectual de la ciudadanía. Ahí tenemos, en cualquier revista, en cualquier pantalla y a cualquier hora, a todas las figuras que marcan la pauta social en el país en cuanto a popularidad y fama. Personajes que subastan su dignidad al mejor postor, gentes que venden su intimidad por un cuarto de hora de gloria, figuras cuya gran fama consiste únicamente en haber practicado con asiduidad el engaño, la infidelidad y la mentira, y en saber venderlo a los bobos. Un gran hermano y unos cuantos millones de primos, atrapados por las emocionantes aventuras de seis individuos encerrados entre cuatro paredes; un torrente de mal gusto, verdadero monumento al feísmo y la horterada. Profesionales del descaro, la desvergüenza y las andanzas por los platós, embolsándose sus buenos euros, que en definitiva es lo único que se busca. Se silencia al que habla a la inteligencia, por favor, no moleste, que eso no motiva a la masa y por tanto no da dinero. Aquí sólo importa fomentar el culto a lo más instintivo del ser humano. Evidentemente, entre un pensador que trate de darnos una respuesta a alguna de las incógnitas de la vida y alguien que tiene por ocupación el andar saltando de cama en cama, no hay color. Ni siquiera cabe plantearlo.
No se trata aquí de fijar relación alguna con la moral, aunque solo sea para no dar opción a que alguien venga con el consabido argumento de la relatividad de ese concepto, pero lo que no cabe perdonar es que sea un atentado contra la estética. Fíjense en la series de algunas cadenas, en el tono grosero del habla de sus personajes, en su vocabulario barriobajero y en la absoluta pobreza de la expresión verbal, como si los guionistas provinieran todos de algún suburbio degradado y no conocieran otro lenguaje. Se habla como en la calle, dirán. Puede, pero también puede que en la calle se hable como se fomenta desde allí. La esencia de la vulgaridad, dice Ruskin, radica en la falta de sensibilidad. La ordinariez es una forma de agresión, y a lo mejor se trata de eso, de ser agresivos, porque la trasgresión vende más que la corrección. Pues cada paso atrás que demos en lo relacionado con el buen gusto es una pequeña abdicación de nuestra condición de seres creativos, un retroceso en ese largo camino hacia algún ideal de belleza que la humanidad ha perseguido desde siempre. O acaso sea que, como confesaba Petrarca, es tan grande nuestro miedo a encontrarnos solos que buscamos refugio en la vulgaridad. En todo caso, ahí están los libros. Los buenos, claro.

miércoles, 24 de febrero de 2016

Comienzo de trayecto

Aun a riesgo de quebrar algún posible código no escrito sobre el pudor acerca de lo propio, siento la necesidad de insistir en que he publicado otra novela. Su título, El entierro de Lucas, quizá sea lo de menos; más que el género y el nombre lo que cuenta es esa sensación gozosa e intransmisible que se siente ante el hecho de tener por fin entre las manos el rostro final de algo larga y fatigosamente gestado, que durante muchos meses se ha adueñado como un tirano de nuestros pensamientos, voraz y egoísta con todo lo que no le sirviera. Esa necesidad de proclamarlo, más que con severos juicios y acusaciones de infantilismo, ha de verse como el suspiro aliviado de quien al fin se libera de una punzada hundida en el centro del reducido mundo de sus ideas. Y si no, al menos como un simple desahogo de débil escribidor.
Sé que el mundo no la está echando en falta; sé que al final no será más que una insignificante gota en el inmenso torrente de títulos que salen a las librerías cada día, y sé también que tendría suerte si llegara siquiera a una milésima parte de quienes tienen la lectura como hábito, pero eso es un capítulo totalmente ajeno a ella y al esfuerzo que la creó. Aquí la mies es poca y los obreros muchos, y el Olimpo un lugar de escasa capacidad, y además, qué importa. Gocemos ahora con el ramo prendido al folio final.
Han sido varios meses de largo hermanamiento. Las obras se nutren de la sustancia de su autor y crecen pimpantes y egoístas sin ninguna consideración y sin piedad alguna, hasta agotar la matriz de donde nacen. He sido un poco Lucas y le he acompañado en su angustiada peripecia, y me he llegado a enamorar de Olga viendo la fortaleza de su debilidad. Y en todo este tiempo de trasvase -qué otra cosa es una novela-, qué trabajar más inseguro. Cuántas ideas rechazadas después de la primera impresión de acierto; cuántas intuiciones examinadas; cuántos intentos por encontrar algún significado escondido en las palabras; cuánta obsesión por exprimir hasta la posibilidad más árida. De eso y del temor a que pasara de largo, sin verla, la más pequeña idea aprovechable, estuvo hecho gran parte de este tiempo. Son las penas comunes de todo trabajo en el que uno se empeña en crear cosas de la nada. Y parecen ser bien asumidas, porque no son los escritores gentes que suelan quejarse, como no sea de sus propias limitaciones. En general, han mantenido siempre una especie de fino pudor ante la exhibición pública de sus esfuerzos, por grandes que se adivinen. A veces podemos intuir su alegría o su satisfacción; otras, las más, hay que acudir a los diarios y a las cartas íntimas para penetrar en el momento de la gestación. Incluso aquel amargo lamento de Toni Morrison suena como una declaración de impotencia o quizá de solicitud de comprensión: "Sólo dispongo de veintiséis letras; no tengo color ni sonido, sólo mi ingenio".
Lucas y Olga comienzan desde hoy una andadura bastante más difícil que la otra, pero ya no están bajo mi tutela. Cuento ahora con el acto creativo de la lectura, ese ejercicio de imaginación que presta ropaje, sentimiento y color a las palabras muertas de la página, y en ello juega el autor muchas de sus ilusiones.

miércoles, 17 de febrero de 2016

Las ondas del tiempo

Ante el inmenso misterio del Universo, la mente se detiene y cede a la filosofía el trabajo de comprenderlo, a la religión el de darle un sentido y a la psicología el de derivar la mirada hacia motivos más humanos para no sentirnos una mota de polvo sin valor. Tal vez la razón apareció en el hombre cuando alguien, allá en la noche de los tiempos, miró el cielo estrellado y se preguntó por primera vez de dónde procedía todo aquello. Y ante la gran pregunta sin respuesta surgió el mito, y así satisfizo la humanidad sus ansias de comprensión de lo desconocido y de la profunda oscuridad que rodeaba su existencia. Fueron necesarios centenares de miles de años para que alguien tratase de convertir el mito en una incógnita susceptible de ser objeto de estudio por parte de la razón humana. La búsqueda de la explicación de la realidad visible por parte de los filósofos griegos es una de las páginas más conmovedoras y fascinantes de la historia, y su resultado fue la creación de un sistema que configuró un modelo del orden cósmico que se mantuvo vigente durante dos mil años, hasta la aparición de los primeros instrumentos ópticos, hace casi nada. Los avances técnicos del último siglo nos han desvelado secretos insospechados. Ahora sabemos que el espacio y el tiempo no son conceptos absolutos, que las estrellas son gigantescos reactores nucleares, que existen otros elementos, como los cuasáres o los púlsares y, sobre todo, que nuestra Tierra no es más que un planeta pequeño, que gira en torno a una estrella mediana, perdida en el extremo de una modesta galaxia, que a su vez se desplaza por el espacio junto a millones de otras galaxias mayores que ella. El último logro es la confirmación de la afirmación de Einstein de que el tiempo y el espacio se distorsionan cuando un objeto masivo se mueve velozmente y que esas deformaciones cruzan el espacio a la velocidad de la luz. A una distancia inconcebible para nuestra mente, dos agujeros negros, girando entre sí, liberaron una enorme cantidad de energía en forma de ondas gravitatorias, y se ha podido captar su eco. No sabe uno a quién admirar más, si al que lo calculó o a los que lo demostraron.
Dicen los expertos que el hallazgo, además de un éxito tecnológico asombroso, es de una importancia tal que refuerza el marco fundamental de la astrofísica y puede llevarnos al conocimiento de realidades hasta ahora inexplicables, como la materia oscura. Y que abre una ventana a la posibilidad de que el hombre alcance el último umbral al que le es permitido llegar y que seguramente jamás podrá cruzar, porque es el umbral del infinito. ¿Qué había antes del Big Bang? ¿En qué punto se puede localizar la primera singularidad causal que dio origen a todo lo que existe? ¿Hasta dónde es posible retroceder en lo que ni siquiera puede llamarse tiempo? Entre el primer hombre que miró el cielo estrellado y el que ha conseguido captar las ondas gravitatorias generadas a 1.300 millones de años luz, ha pasado apenas un instante en el reloj cósmico, es cierto, pero lo limitado no puede abarcar lo ilimitado. Es posible que quedemos para siempre a la puerta del misterio. Uno se conforma con admirar a esos científicos que tratan de enseñarnos cómo fue el borde mismo de la eternidad.

miércoles, 10 de febrero de 2016

Se acabó el desfile

De todas las luchas entre el cuerpo y el espíritu con que el hombre fundamenta sus creencias trascendentes, quizá la que ha terminado por ofrecer un vencedor más claro es la sostenida por don Carnal y doña Cuaresma. En favor del primero, claro. La pobre cuaresma comienza hoy sin que apenas nadie se entere y sin que apenas nadie la respete, mientras que la cara desvergonzada y alegre del amo de los sentidos lucía triunfante por medio mundo. Debe de ser una metáfora de nuestro tiempo, de espiritualidad menguante y culto sensorial creciente. Al fin y al cabo, ser lo que no somos siempre fue una aspiración oculta del hombre; y conseguirlo, aunque sea haciéndonos trampas, un sueño cumplido. Por unas horas hemos sido lo que hemos querido ser, aunque fuera a costa de hacer el mortadelo, pero ahora la altiva princesa vuelve a ser la señora de la fregona y el orondo ricachón el sumiso currante de despertador a las seis. Es lo que tiene el carnaval, que nos saca del subconsciente las frustraciones y nos las vuelve a enterrar cuando más floridas estaban.
Entre la elegancia de las mascaradas venecianas y las carnes cimbreantes semidesnudas que desfilan bajo el sol de otros lugares, puede uno establecer todo tipo de alegorías y preferencias sobre el modo de escapar de la realidad mediante la invención de otra que nos ofrezca solo una cara amable, la que nosotros elijamos. Bien mirado, no hay más remedio que quedarse con las segundas como tema de devoción carnavalesca, porque si estamos hablando del señor Carnal, a ver quién tiene más que ver con él. Además, aquellos tiempos en que salía derrotado de la batalla ya hace mucho que se han acabado; ahora el arcipreste vividor habría de repasar sus cuadernas vías en lo que toca a su condena. Espinacas el miércoles comerás non espesas; por tu loca lujuria comerás poquillas désas. Hay que ver qué ejemplo singular de conversión de vencido en vencedor.
El caso es que hoy es Miércoles de Ceniza, la marca gris en la frente y en el recuerdo, que somos polvo y al polvo volveremos, eso es, señores de los maletines y de las prepotencias, ceniza y solo ceniza, así que hagamos las cosas pensando más en el buen recuerdo a dejar aquí que en amontonar lo que se va a perder. Ya ven, el espíritu de la cuaresma. Memento mori. Enterrada ya la sardina, con las caretas y las máscaras guardadas de nuevo en el baúl, y de regreso de esos días de huida y escape ficticio con que pretendemos dar cuerpo a nuestras ilusiones, entramos ciertamente en una vida penitencial, que nos es bien conocida porque es la de siempre, o sea, a sufrir con las noticias de cada día, a contemplar los juegos de manos de los políticos, a soportar el sectarismo ideológico de algunos medios, al trabajo diario por la subsistencia, a nuestros pecadillos y virtudes, a vivir lo que nos toca, que en eso consiste todo lo que somos y no sabemos definir. Eso tan original de que todo el año es carnaval menos estos días, queda relegado al juego de las ocurrencias y al rincón donde se amontonan los deseos imposibles. Y mejor que sea así, desde luego.

miércoles, 3 de febrero de 2016

Una especie dañina

No nos libramos de ellos, porque no se ha librado nadie a lo largo de los siglos, pero hay que ponerles las cosas muy negras. Los corruptos son una especie dañina, muy difícil de erradicar, presente en todo tiempo y lugar y en toda escala y condición. Salen de lo más hondo del pozo de miserias del ser humano, allí donde se alojan las debilidades y las mentiras y donde reina en toda su extensión la ausencia total de ética. No lo olvidemos; ahí estamos todos, solo que el índice de corrupción suele estar en relación directa con el grado de poder de que se disponga, lo cual viene a decir muy poco acerca de la capacidad de la moral humana para poner dique a la ambición. Es muy fácil presumir de honesto cuando no se han tocado los aledaños de los despachos, pero precisamente por eso es más despreciable el que se aprovecha del poder dado para beneficiarse a costa de quienes se lo dieron, o sea, de todos.
A los corruptos suele vérseles entrar en los juzgados con la cabeza alta, gesto desafiante, sonrisa impostada y una mirada de todo esto es un error. Si pueden hablar a los medios ya se sabe lo que van a decir: se trata de un montaje contra mí, tengo ganas de declarar para defenderme, soy el primer interesado en que todo se aclare. Y, entretanto, el dinero en una red endiablada de intermediarios, testaferros, empresas fantasma, cuentas falsas y siempre camino de paraísos fiscales. Menos mal que las unidades policiales especializadas en esta lucha conocen bien las vías que suelen seguir y los escondrijos a hurgar.
El corrupto es un tipo mediocre, en el que el entendimiento queda nublado por el afán de riqueza y por una absurda e injustificable fe en sus manejos. Presenta siempre unos rasgos fijos: una presencia respetable que no permite entrever sus intenciones, una falta total de escrúpulos, una voracidad sin fin, y, sobre, todo, un convencimiento de que a él es imposible cazarlo porque es el más listo de todos, y de que, en todo caso, su nombre y su posición social lo impedirían. Vanitas vanitatis. Una vanidad que suele ser su perdición. Vanidad y ambición, mala mezcla, porque aun en el caso de que se haga lo posible para que la riqueza pase desapercibida, no puede esquivarse un cierto aire de triunfador ni el reflejo que se crea al aprovecharse de ella.
La siniestra figura del corrupto aparece en todos los partidos, al margen de la ideología y del sistema político y, como los malos bichos, no es fácil de erradicar, porque resulta difícil quitarle al poder su fuerza corruptora. Cabe la defensa activa: establecer filtros de acceso al ejercicio de la cosa pública, fortalecer los mecanismos de vigilancia y control del dinero y, una vez condenados, la aplicación más dura de la ley, con la devolución sin ninguna excusa de lo robado. En los últimos tiempos sus rostros se han hecho tristemente famosos, especialmente en algunos medios, pero evitemos nuestra tendencia a chapotear en el fango. No somos, ni mucho menos, los más corruptos; estamos en un discreto puesto 36 de limpieza en un listado de 168 países. Pero un solo caso bastaría para preocuparnos como sociedad. En la corrupción está el germen de enfermedades más graves.

miércoles, 27 de enero de 2016

Situación de espera

Los que no tenemos vocación política, ni envidia de ella, nos encontramos con alguna dificultad a la hora de entender la situación actual, después de las elecciones. Nos da la impresión de que lo que menos importa en lo que se está guisando en casi todos los fogones de los partidos es España, o sea, nuestro país, el lugar donde vivimos, las leyes que nos afectan, las calles y las gentes que vemos cada día, el rincón del mundo en el que nos ha tocado tener nuestro sitio de origen y de residencia. ¿A quién importa su estabilidad, quién la pone como la única meta importante de su futura actuación, en qué discurso aparece su nombre con tono de orgullo y respeto? Todo lo que puede verse en la mayoría de nuestra clase política es una lucha a puñalada trapera por llegar al gobierno, nada más. Una lucha hecha de chantajes, propuestas envenenadas, declaraciones ofensivas, negaciones al diálogo, intenciones ocultas y faltas de consideración hacia los demás, incluso en lo externo. Qué bien entendieron aquello tan cínico de que la política es el arte de sacar de una situación determinada el mejor partido posible.
Entre las novedades de esta investidura está la de que es la primera vez que un perdedor pasa por encima del ganador a la hora de intentar conseguirla. Claro que también es la primera vez que a la oposición la encabeza un tipo rencoroso, displicente, de odios firmes y de preparación muy limitada, que además obtuvo el peor resultado electoral de la historia de su partido. Lo que se llaman pasiones políticas suelen ser pasiones comunes, decía el filósofo. Debe de ser verdad. Desde luego, sin miradas altas, rodeándose de amistades peligrosas, atendiendo solo a intereses partidistas y mediante la ambición como único impulso, es posible que se pueda conseguir el poder, pero no la autoridad, que es la realmente importante porque trasciende de su tiempo.
Al ciudadano de a pie, ese que va a trabajar cada día mientras sus elegidos trapichean con sus votos, se le puede ocurrir pensar que ese poder por el que se dejan atrás jirones de sí mismos es solo uno de los espejos de un juego muy complejo. Eso sí, el más brillante porque es el que está más cerca de nosotros. No es más que el eslabón visible de una cadena de poderes. El verdadero poder que nos rige está en los despachos de quienes dirigen la economía mundial, en los banqueros, en las organizaciones empresariales y corporaciones financieras de ámbito supranacional; está en los organismos estratégicos, en las estructuras de información y defensa internacionales, en las mesas donde se toman las decisiones políticas que afectan a toda la Unión y a las que hemos ido entregando soberanía. No valen gran cosa los propósitos desmesurados de los candidatos ni sus promesas radicales; sólo en lo que tengan de estrictamente doméstico y sin grandes consecuencias. Que no saquen estos políticos novatos demasiada voz campanuda, que el ámbito en que vivimos no permite que las ovejas se desvíen mucho del redil, salvo que quieran verse solas y sin ningún amparo en un bosque lleno de riesgos. Pues miren, no deja de ser un seguro.

miércoles, 20 de enero de 2016

El culto a la fealdad

La belleza fue siempre un objetivo permanente para el hombre, tan permanente como inalcanzable, a pesar de que a ello dedicó todos sus recursos creativos. La belleza, como aspiración máxima, encarnada en cientos de definiciones que tienen todas que ver con el placer y la quietud del espíritu, pero siempre cambiante en cuanto a idea. En la naturaleza la belleza es invariable; ni aumenta ni disminuye ni se modifica; lo que es bello en ella lo es para siempre, y solo deja de serlo si se destruye. En el hombre, en cambio, es subjetiva y evoluciona con las circunstancias de la sociedad. O sea que la belleza depende del concepto que en un determinado momento tengamos de ella. La aceptamos al margen de cualquier condición objetiva, y a veces por influencia de los demás, y a eso lo llamamos moda.
El desprecio a cualquier ideal de belleza está entre los factores que intervienen en el debilitamiento de las civilizaciones. Se empieza por prescindir de los efectos de la emoción estética y se termina chapoteando en el fango de la vulgaridad, hasta que viene otra que vuelve a tener como uno de sus máximos afanes la búsqueda de la perfección y empeña todo su impulso creativo en ello. Kundera tomaba como ejemplo la música al afirmar que su transformación en ruido es un proceso mediante el cual la humanidad entra en la fase histórica de la fealdad total. Vale cualquier arte y cualquier aspecto de la vida.
Vivimos tiempos en que la fealdad ha ido ganando espacios hasta hacerse norma, y a veces hasta convertir lo bello en rechazable. En cualquier campo, desde el diseño hasta la alta costura, se tiende a sublimar ante todo lo original, no importa que sea extravagante. Nuestras ciudades levantan sus nuevos edificios señeros dentro de una arquitectura igualitaria, rendida a un funcionalismo anodino y carente de emoción; los signos ornamentales que antes era de bronce o mármol ahora se hacen de hierro oxidado; la moda que se impone a nuestros jóvenes los hace sentirse orgullosos de llevar los pantalones rotos y les obliga a ir todos uniformados, con idénticas prendas, todos de oscuro. El desfile en el Congreso de los Diputados de los miembros de un nuevo partido supuso la ocupación por el feísmo de espacios hasta entonces más o menos inmunes. Una llamada a que nos acostumbremos a valorar como atractivo la imagen desaliñada, las greñas hirsutas, los tonos negros, la vestimenta descuidada o el aspecto perdulario. Y si alguien reivindica el buen gusto se expone a recibir unos cuantos adjetivos, siempre los mismos: casposo, rancio, retrógrado y otros así. Ha cambiado el concepto del cuidado personal como signo de respeto hacia los demás y hacia uno mismo. Bien vestido, bien recibido, decía el refrán. Hay otro que enseña que el hábito no hace al monje, pero no es cierto; un hábito zarrapastroso dice mucho sobre el monje que lo lleva.
El culto al feísmo se instaló entre nosotros como una de las nuevas religiones que proliferan en esta sociedad descreída de lo trascendente y fervorosamente rendida a lo insustancial. Ante una urna griega Keats nos recordó que belleza era igual a verdad. Si esto es así, muy mal debemos de andar de ésta a la vista del aprecio en que tenemos a aquélla.

jueves, 14 de enero de 2016

Mi nuevo libro

 El entierro de Lucas





El día que llevaron a enterrar a Lucas del Toro comenzó su verdadera pesadilla. Porque Lucas no había muerto. Estaba bien vivo, pero cómo demostrarlo cuando a uno le han borrado de todos los registros. La vida plácida y sin sobresaltos de Lucas se convirtió en un angustioso círculo sin salida posible entre la indiferencia de sus vecinos, algunos de ellos -el cura, el psicólogo, el juez, el enterrador, el director de banco-, se definen a sí mismos por su actuación. Sólo una chica, otra perdedora solitaria como él, le ofrece comprensión y ayuda, hasta ejercer un papel decisivo en el desenlace final.
Novela de humor y ternura que lleva al lector desde la carcajada hasta la emoción más intensa. Una original historia que quiere ser una reflexión desenfadada y amable sobre nuestra existencia.  


miércoles, 13 de enero de 2016

Nuestro mundo personal

El tiempo termina enseñándonos que es en el pequeñísimo ámbito que protagonizamos con nuestra simple existencia donde únicamente podemos aproximarnos a un cierto concepto de felicidad. Ese ámbito insignificante para los demás, pero enorme para uno, que constituye nuestro jardín privado, tanto de delicias como de penas. Está a nuestro alcance ensancharlo en lo posible, ampliando nuestros recursos para autoabastecernos interiormente y hacernos un refugio cómodo en el que defendernos de quienes se empeñan en hacernos amargas todas las horas del día mostrándonos la fealdad y la maldad de todo lo que nos rodea. Es un refugio hecho de nuestras cosas más queridas: de relaciones familiares, de amistad, de lectura, de música, de viajes, de una reunión con amigos o de un paseo por la montaña, de una comida en buena compañía o de una tarde de horas lentas en la que los recuerdos nos hieren o nos gratifican. De todo eso y de lo que queramos se puede componer nuestro pequeño mundo, y qué poco han de poder ante él todos los intentos de disponer de nuestra atención y, lo que es peor, de nuestros sentimientos en el sentido que alguien dicte.
Si ya el ser humano es siempre problemático y convierte el mundo en un estado permanente de conflictos, la presentación que muchas veces se hace de ellos no busca apaciguarlos. Al contrario. Hay medios en los que más bien parecen una oportunidad para alcanzar algún fin particular. Se trata de mover emociones, de conseguir estados de opinión, de mantener tensiones, de silenciar los éxitos y hasta de regodearse en los fracasos, con tal de que todo ello sirva a una ideología. Se asoma uno a algunos medios y se encuentra con que en su país jamás ha sucedido nada bueno, o que le cargan sobre la conciencia todas las penurias que padecen en cualquier sitio, o que es corresponsable de los males más diversos, desde el cambio climático hasta la oleada de refugiados. Se tiende a ofrecer la actualidad desde su lado agresivo, obviando todos sus aspectos amables. Cómo no tratar de poner barreras a todo eso y refugiarse en un retiro interior, o acudir a fuentes mucho más cargadas de esperanza. Necesitamos oír palabras como ternura, cariño, concordia. O como honor, patria, fidelidad. O como cultura, arte, belleza.
La realidad es áspera, no hay más que asomarse a la actualidad de cualquier día y lugar, pero lo parece más porque nunca son noticia sus aspectos positivos. Y sobre este lado negativo se monta el batiburrillo mediático de cada día: los titulares, las tertulias, las entrevistas interesadas, los reportajes, las portadas. El resultado es una sensación de pesimismo y desánimo que paraliza la sociedad y no sólo dificulta su impulso para crear proyectos ilusionados, sino que pone en la picota conceptos que fueron su soporte: patriotismo, espiritualidad, tradición, familia. Es lo que vende.
La vida es dura, como siempre, y no se deja influir por nuestra voluntad individual. Uno se da cuenta de que no está en su mano mover ni una coma de la actualidad y busca refugio en sus aposentos privados con aquellos personajes que tan feliz le han hecho siempre.

miércoles, 6 de enero de 2016

Día de Reyes

Si hay alguna mañana luminosa en el año es esta de hoy, en la que la estrella que seguía un camino en el cielo se ha detenido por fin sobre su destino. Ha sido una noche de sueños agitados y quizá de alguna que otra andanza furtiva por el pasillo. Han desaparecido las galletas y el agua que se habían dejado a la puerta para el alivio de los caminantes y en su lugar han quedado los deseos cumplidos, si no en su totalidad, sí en grado suficiente para confirmar el milagro. La amanecida se hizo rogar más que nunca, pero fue también más alegre que nunca. Buen día este para nostalgias, que se colarán por todos los rincones de la memoria a poco que se las permita aflorar. Extraño día, que se queda prendido en el recuerdo, inmune al paso del tiempo y a la distancia en que ya se encuentra. Todo lo puede con su poderosa huella. Uno todavía se sorprende evocando con una claridad casi presencial aquellos pocos despertares en que todo había resultado posible en el pequeño espacio de mi cuarto. Y qué grande la emoción y qué poco se necesitaba, porque las ilusiones son directamente proporcionales a las necesidades, y estas eran muchas. Y además, los Magos conmigo sí habían acertado, no como en Belén, que hay que ver qué ideas. Uno se imaginaba a María mirando aquellos regalos que le habían traído y preguntándose para qué querría ella incienso y mirra. Aquellos señores serían muy sabios, pero en cuestión de mamás y recién nacidos no tenían mucha idea. Conmigo sí.
De los Reyes, de nuestros queridos Reyes, apenas se sabe nada, pero desde luego mucho más que de papá Noel, porque al menos ellos tienen presencia nítida en el texto evangélico y en la tradición posterior, algo que no puede decir ese tipo gordo que baja por las chimeneas con un saco al hombro y vestido con los colores que le dio una conocida marca comercial. En la catedral de Colonia se enseñan sus tumbas en un espléndido sarcófago de oro y plata. Resulta paradójico que los luteranos, que basan toda su doctrina en la letra de la Biblia, hayan elegido para dar los regalos a sus hijos a un personaje que jamás pudo regalar nada, en lugar de quienes cita el evangelista como verdaderos donantes. Sólo España y algunos países de su ámbito cultural se mantienen fieles a ellos. Y que sigan así, porque el poderoso ciclón que nos llega desde el otro lado del Atlántico, trayéndonos su avasalladora y dolarizada cultura, a menudo tiene su mejor aliado entre nosotros mismos, que unas veces aceptamos a ojos cerrados sus novedades, y otras, mucho peor, las ponemos en el lugar de las nuestras. Y este año, además, están los que quieren escribir una nueva historia a su manera.
Uno, que sigue creyendo en el poder infinito de los Magos de Oriente, les ha pedido este año que la majestuosa estampa de los tres camellos caminando por el desierto detrás de una estrella, rumbo a Belén y a las casas de todos los niños que los quieren, siga acompañándonos mientras exista una sola mirada infantil y una sola ilusión que impida conciliar el sueño esa noche. Y que cada año, millones de pequeñas manos sigan temblando al escribir aquello de Queridos Reyes Magos...

miércoles, 30 de diciembre de 2015

Fin de año

El tiempo resbala por nuestras vidas con una fluidez tan suave que su paso se nos hace imperceptible, y cuando nos da por sentarnos de vez en cuando a echar cuentas, nos encontramos invariablemente con una sorpresa. Otro cumpleaños que nos llega con un número redondo, un primer achaque desconocido, aquel bebé que ya está en la universidad, aquellas sonrisas aniñadas y felices en cualquier fotografía y cosas así suelen ser las llamadas de atención que nos hacen detenernos a establecer referencias, que terminan siempre con un suspiro de resignación. Pero si cada año nos sorprendemos de que haya pasado un año. Cómo entre mis dedos te deslizas, tiempo, que te vas sin miramiento.
Esta casa errante en la que estamos embarcados acaba de dar una vuelta más alrededor del sol, y nosotros lo celebraremos mañana como si eso fuese algo más que un simple hecho de la mecánica celeste. El caso es que se trata de algo que ya ha sucedido unos 4.300 millones de veces, según los que saben de esto; es decir, que si la rutina quita brillo a los acontecimientos, la Tierra no va a descorchar ninguna botella ni a adornarse con luces para celebrar que ha pasado otra vez por el mismo sitio. El hombre es un producto hecho a la medida del año, y no al revés, como a veces pensamos con pretenciosidad. Si en vez de ser hijos de la Tierra lo fuéramos de Mercurio, cumpliríamos años cada 88 días; y si viviéramos en Plutón, oiríamos las campanadas cada 248 años terrestres, es decir, nunca, y tendríamos que inventar otra unidad de tiempo basándonos en quién sabe qué. O sea, que estamos en la velocidad y el espacio justos. Pero qué nos importa eso, si nuestra verdadera medida es la de las ilusiones que podamos hacernos cada día, y esas nunca van a necesitar una excesiva magnitud de tiempo.
El año que se muere nos ha traído de todo, como siempre. Un año da para mucho; al fin y al cabo es una página añadida al gran libro de la historia, ese que después casi nunca tenemos tiempo de hojear. Este 2015 volvió a acoger terribles episodios de una guerra inédita en sus formas, en la que nuestra civilización se las ha de ver con un enemigo que está empeñado en destruirla, que ha eliminado cualquier barrera moral, que rinde culto a la crueldad y al sufrimiento ajeno y que no considera un bien ni su propia vida, mucho menos las obras humanas nacidas de un impulso espiritual; este año quedará marcado en la Historia del Arte por la pérdida de Palmira.
Aquí, en España ha sido un tiempo electoral en toda su extensión y también nos ha dejado novedades: el episodio final, al menos por algún tiempo, del virulento ataque con que los nacionalistas de la barretina se proponen nada menos que deshacer España, y la aparición de un partido antisistema, de gestación televisiva, que ha venido a traer bastantes más problemas que soluciones. Luego está el plano personal, ese que solo es nuestro: las ilusiones satisfechas, los propósitos incumplidos, los anhelos frustrados, las esperanzas mantenidas, las penas y las alegrías. Cualquier balance ofrece todas las posibilidades que queramos; la única realidad plenamente cumplida es que somos un poco más viejos.

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Feliz Navidad

Feliz Navidad a los que ven en ella el reflejo contrario de su pensamiento y tratan de denigrarla y confinarla a los aposentos donde guardamos nuestros recuerdos infantiles. A quienes la tradición les parece una espina que hiere su razón y a los que la miran con la condescendencia del gran magnánimo; a los que les gustaría llevarnos a su racionalidad quitándonos las bellas historias, mucho más si están ligadas al aspecto espiritual de nuestra cultura, y a los que la desprecian porque creen que la ternura y la ilusión no son valores que puedan cotizarse en la modernidad que pretenden. A esa alcaldesa que quiere quitarle su nombre para ponerle el de un fenómeno astronómico y a esos otros que adornaron su ciudad con iluminación navideña sin motivos navideños. Pues a esos también Feliz Navidad.
Feliz Navidad a quienes acaban de entrar en el templo del poder, cada uno a cuestas con sus propósitos y ambiciones. A los que van armados con la honradez y el único afán de servir a los ciudadanos y a los que solo les mueve la oculta intención de medrar y hacer carrera a costa de sus votantes. A todos los que ahora se encuentran deliberando cómo decidir la forma de gobernarnos. Que algún aire nacido en alguna estrella les inspire, que aquí estamos dependiendo de su acierto.
Feliz Navidad a esas gentes que huyen de su tierra porque una fuerza maligna trata de dejarlas sin esperanzas y sin vida, a los que se la juegan en el intento y a los que se agolpan en largas filas confiando en la generosidad de algún país más rico y cargando con sus añoranzas y quizá también con su odio reprimido y sus lágrimas por la casa destruida y por el país que fue y ya no es. Incluso a los asesinos del cuchillo y la bomba, que nada saben del valor de la vida humana. Aunque les ofenda, Feliz Navidad.
Feliz Navidad a esa señora que me encuentro cada mañana sentada a la puerta del supermercado, con su cara de pena y con un cartel de desgracias idéntico al de su compañera de la otra calle, y a la que alguien convenció de que dejara su Rumanía natal porque era preferible vivir aquí tirada en una acera que allí de pie. A los que dedican en silencio buena parte de su tiempo y de su vida a los demás; a las gentes sencillas que cumplen calladamente con su deber a diario sin darse cuenta de que ellas son los verdaderamente importantes; a la cajera que me atiende con una sonrisa sin dejar traslucir su cansancio después de estar todo el día de pie y al vecino que me saluda cada día y me habla del tiempo.
Feliz Navidad a quienes la esperan con ilusión para volver casa con el ánimo de revivir entrañables recuerdos de infancia; a los que la burra que va a Belén bien puede ser un himno de algún momento ya lejano y ahora solo explicable desde lo inexplicable; a ese niño que se sienta nervioso a escribir la carta más hermosa del mundo, esa que empieza por "Queridos Reyes Magos", y luego una lista inacabable. A ti, que me has leído, y a mí, que en eso de tener buenos deseos para uno mismo se demuestra también ser un hombre de buena voluntad.

jueves, 17 de diciembre de 2015

Mi nuevo libro

Quiero anunciaros la aparición de mi última novela. Aquí está, recién salida y cargada de ilusión:

El entierro de Lucas


El día que llevaron a enterrar a Lucas del Toro comenzó su verdadera pesadilla. Porque Lucas no había muerto. Estaba bien vivo, pero cómo demostrarlo cuando a uno le han borrado de todos los registros. La vida plácida y sin sobresaltos de Lucas se convirtió en un angustioso círculo sin salida posible entre la indiferencia de sus vecinos, algunos de ellos -el cura, el psicólogo, el juez, el enterrador, el director de banco-, se definen a sí mismos por su actuación. Sólo una chica, otra perdedora solitaria como él, le ofrece comprensión y ayuda, hasta ejercer un papel decisivo en el desenlace final.         
Novela de humor y ternura, que lleva al lector desde la carcajada hasta la emoción más intensa. Una original historia que quiere ser una reflexión desenfadada y amable sobre nuestra existencia.

(KRK Ediciones, Oviedo, 2015)


     

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Una campaña novedosa

Las campañas electorales son el gran ritual previo a la celebración que simboliza lo que ahora mismo entendemos por democracia. Una larga liturgia hecha de palabras y escenarios estudiados, de apariencias y de empeños por ofrecernos ilusiones que nos parezcan creíbles. Los ofertantes las van exponiendo a un ritmo bien medido, dosificándolas en función de las que hagan los rivales. Si es un vendedor ya avezado, sabrá dónde debe detenerse, aunque no sea más que para no ofender la capacidad de raciocinio de los adquirentes. Si no lo es, ofrecerá sus promesas vestidas de proyectos vagamente realizables, sin explicar que jamás podrán pasar de ahí. Si los oyentes tienen ya una experiencia bien curtida, sabrán distinguir entre ambos sólo con oírlos saludar, y dejará en su sitio a los vendedores de humo. Lo malo es que, en la realidad, no existen líneas definitorias tan claras. Ni aun los ofertantes más serios pueden prescindir de una cierta dosis de demagogia, ni los más fantasiosos carecen de una mínima cantidad de realismo. De ahí la dificultad de discernir entre ambos, y de ahí el hecho de que, muchas veces, la elección termine haciéndose en virtud de motivaciones más próximas al sentimiento o a la imagen que a la razón.
Todas las campañas tienden a parecerse entre sí porque los caminos para convencer no son infinitos y no hay más remedio que transitar siempre por los mismos. Sin embargo, en esta pueden apreciarse algunas novedades. Por ejemplo, la relevancia que se da desde los medios a partidos que no tienen más presencia real que la que figura en las encuestas. En todas las campañas anteriores los debates y espacios televisivos tenían como protagonistas a los partidos con representación parlamentaria. Ahora no. Ahora no se hace ni caso de la mayoría de partidos del Congreso y se centran los focos en las dos nuevas estrellas de los platós, especialmente en una que es un producto político casi exclusivo de una de las cadenas. Otra característica es la exaltación total de lo que se ha llamado efebocracia. La experiencia es un lastre, la juventud un valor en sí misma. Que nada repose; que gobiernen políticos que con poco más de cuarenta años ya serán expresidentes. También es novedoso el estilo bronco y áspero del jefe de la oposición, que trata de cubrir sus carencias argumentales con ofensivos ataques ad hominem. E igualmente el aspecto externo de algún candidato, con su empeño en salirse de la corrección formal de los políticos de nuestro ámbito, en lo que se asemeja mucho a una de esas rebeldías de adolescente sin motivo ni razón. En lo que no hay mucha variación es en la ignorancia de que muchos hacen gala. A uno debió de sonarle el nombre de Kant y le atribuyó la Ética de la razón pura"; fue el mismo que argumentó citando un referéndum de autodeterminación en Andalucía. Y eso que es politólogo.
Decía Borges, con su afición a fabricar definiciones contra corriente, que la democracia es una superstición muy difundida. El día en que las campañas electorales dejen de ser subastas vocingleras para convertirse en reflexión personal sobre la base de unos mensajes ofrecidos con medida discreción, le habremos quitado otro poco de razón a esta definición.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

El comercio y sus nombres

Alguna vez me he referido ya a este tema, pero creo que no está mal volver a él. Ya sé que estas cosas de nuestro comercio hay que tratarlas con suavidad de terciopelo, porque no está para muchos zarandeos, y más aún el pequeño, así que nadie vea indicio alguno de acidez y sí de amable observación. En esto de la actividad comercial siempre se termina hablando de las mismas cosas, o sea de lo que atañe a las arcas, es decir de la esencia misma del asunto. Pero como uno de esta cuestión no sabe mucho, no va a poner ni una palabra sobre ello. Y eso que sospecha que algo sí se podría decir; por ejemplo, de algunos modos de atender al cliente.
No, esto no va a tratar sobre lo fundamental, sino sobre lo accesorio, aunque a ver quién conoce qué es accesorio y qué fundamental en estos tiempos de relativización que vivimos. El caso es que nada tiene de accesorio, más bien al contrario, que una sociedad tenga en tan poco sus propios valores y que haga alarde de la imitación de lo extraño, convirtiendo en sinónimos los conceptos de extranjero y superior. Qué razones la impulsan a ello parece cuestión ardua de desentrañar, materia a debatir por expertos que sepan más que los comunes mortales sobre el funcionamiento de los complejos del hombre y de su proyección externa. No sé qué extraña seducción ejercen sobre algunos de nuestros comerciantes los nombres ajenos, y cuanto más ajenos mejor. Tal parece que la primera condición que se imponen a sí mismos a la hora de buscar un nombre para su negocio es que no pertenezca a nuestro idioma, líbrenos Dios. Y al margen de toda consideración psicológica queda el hecho de que la imagen gráfica de nuestra ciudad se ha convertido con ello en algo tan anodino e impersonal, que al andar por sus calles comerciales se tiene la sensación de estar ante una copia repetida en todas partes, un modelo internacional basado en la eliminación de las raíces propias y en aras no sé muy bien de qué, tal vez del simple esnobismo.
Va uno por cualquiera de nuestras calles comerciales y se encuentra, por ejemplo con una tienda de ropa que anuncia su nueva colección como “New winter collection”, otra de artículos deportivos rotulada como “Running shop”, o una cervecería convertida en “birrateria”, con lo que se va pensando que el que puso ese rótulo no sólo desprecia el español sino también el italiano. En muchos escaparates se felicita la Navidad con el “Merry christmas”. Alguien anuncia no sé qué de “nails”, que resulta que son las uñas, y hasta nuestra Caja de Ahorros de siempre es ahora un “bank”. A algunos les da por añadir a su nombre un apóstrofo y una S para convertirlo en genitivo sajón, lo que seguramente les parecerá el colmo de la distinción, aunque puede que otros lo vean como una forma elevada de memez. Y así, entre rótulos de outlet, low cost, house, center, sport, look, home, play gallery y una infinidad más, uno anda por su ciudad pensando qué extraña epidemia de papanatismo les habrá afectado a nuestros comerciantes para renunciar a su identidad y entregarse a un absurdo colonialismo. Como si con eso fueran a vender más. A lo mejor es que tienen muchos clientes angloparlantes.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

El cambio climático

Salió de casa con su pancarta contra el cambio climático recién pintada, enrollada con cuidado para que no se arrugase y llegase bien curiosa a la hora de la manifestación. Aún quedaba más de una hora para el comienzo. La tarde era fresca y soleada, tarde de placidez otoñal y niños en el parque. Se sentó en un banco a dejar pasar el tiempo mientras llegaba la hora, aunque ya veía a algún que otro grupo caminar con sus distintivos hacia el lugar de concentración. En el banco que estaba a sus espaldas, un abuelo y su nieto conversaban y, sin querer, se encontró prestándoles atención. Algo había preguntado el niño sobre el motivo de la manifestación y el hombre le estaba respondiendo con voz reposada y el tono de quien más bien parece hablarse a sí mismo:
-El cambio climático es una realidad, nadie lo duda porque es fácilmente comprobable. Se dice que la temperatura global ha aumentado un poco en el último siglo y que la tendencia es a seguir subiendo. Pero otra cosa es que nosotros tengamos que ver con eso. Algunos lo dudamos. En los cuatro mil millones de años de existencia que tiene la Tierra ha vivido en un continuo cambio climático. A un período glacial intenso sucedía otro de calentamiento, y ahora estamos en uno de esos períodos tras la última glaciación, la würmiense. Es de suponer que quienes vieron cómo se derretían los hielos delante de su cueva hace diez mil años, cuando terminó, también pudieron pensar en un cambio climático, aunque no tendrían a qué echarle la culpa, pero se adaptaron sin problemas y aquí estamos nosotros. Vivimos en un período interglacial, y por tanto de calentamiento. Decir que somos nosotros los causantes es atribuirnos un poder que seguramente no tenemos. Nos creemos más de lo que somos. ¿Los humos y gases contaminantes? Hay teorías que afirman que nuestro planeta tiene capacidad para regenerarse a sí mismo y que sus propias emisiones forman parte de ese proceso; desde luego, la actividad volcánica a lo largo de tantos millones de años lanzó y lanza más gases a la atmósfera que toda nuestra acción humana. No parece creíble que, aun en el caso de que lográsemos eliminar toda actividad industrial se detuviera el proceso de calentamiento del planeta.
Pero ojo, eso no quiere decir que no procuremos cuidar y respetar la naturaleza con todas nuestras fuerzas. Cada uno en lo que pueda. Es nuestra casa y la de los que vengan después. Lo que quiero decirte es que en este y en todos los demás casos, antes de aceptar cualquier afirmación o de acudir a cualquier llamada por amplia que sea, conviene pensar, valorar, examinar, aunque sea a costa de salirse del círculo. La verdad tiene muchos enemigos. Puede, por ejemplo, estar en brazos de intereses ocultos. Como no lo sabemos, nos queda siempre la acción personal en lo que se refiere a la conservación de nuestro entorno, que esa sí que es auténtica.
Comenzaban a pasar más grupos agitando banderas ajenas por completo al tema y coreando lemas simples de rimas facilonas. Él se quedó un rato mirándolos. Luego recogió la pancarta y se fue camino de su casa.