miércoles, 26 de junio de 2019

Violencia juvenil

La muerte de ese profesor de Cudillero durante unas fiestas en Oviedo, a causa de una brutal patada que le propinó un individuo de dieciocho años, ha conmovido a toda Asturias y nos deja a todos sin palabras que puedan, no ya justificar, sino comprender lo sucedido. David era un joven treintañero que se preparaba para examinarse de las oposiciones a maestro que tendrían lugar tres días después; luego pasaría el verano en un campamento como monitor de natación. Volvía a su casa esa noche tras disfrutar de la fiesta de un barrio de Oviedo cuando tres individuos se acercaron y uno de ellos le dio una patada que le tiró al suelo, causándole un golpe que le produjo un coma del que no se pudo recuperar; murió una semana después. Estupor, pena, rabia contenida y la pregunta eterna del por qué. Por qué acabar con la vida de alguien a quien ni siquiera se conoce. Qué mirada, qué palabras o qué gesto pudieron desencadenar una reacción tan bestial. La justicia decidirá el grado de intencionalidad de hacer daño, pero es evidente el afán de violencia y la presencia de la maldad en los hechos.
Casi al mismo tiempo el Tribunal Supremo ponía fin a un largo y polémico proceso judicial y condenaba a quince años de prisión a los componentes de una manada de energúmenos por abuso y violación de una chica durante otras fiestas. El caso fue actualidad en toda España y tuvo una exégesis digna de las más arduas cuestiones y sujetos de discusión, a juzgar por las controversias que despertó en diversos sectores y, por supuesto, en los medios, pero en definitiva es, como el anterior y como todos los crímenes, una manifestación de la maldad a la que puede llegar el hombre cuando se aflojan los lazos morales que la sujetan.
La violencia es una constante en la vida humana desde el primer hombre que tuvo conciencia de tener un semejante a su lado. En la crónica negra de todas las sociedades de todos los tiempos se repiten los mismos hechos con parecidas motivaciones, aunque la gama de variantes fue ampliándose al ritmo de las transformaciones sociales. La de hoy resulta especialmente inaceptable porque vivimos un tiempo decantado por siglos de avances del pensamiento y de evolución de los conceptos morales que sostienen las relaciones entre los miembros de una sociedad. Algo falla cuando nuestros jóvenes se comportan como si toda esa evolución hubiera pasado a su alrededor sin afectarles a ellos, de modo que no hubiera ninguna barrera que pudiera contener sus instintos más primarios frente al débil, a la presa apetitosa, al diferente, al indefenso o simplemente a una ocasión de estúpida diversión a costa del sufrimiento ajeno. Algo falla en el modelo que estamos aplicando para su formación, o quizá en su propio interior, cuando las causas son tan variadas: sentimiento de exclusión social, sublimación de la fuerza como elemento de poder, ausencia de valores, carencia de sentimientos y de convicciones éticas. Por suerte son una pequeña parte de nuestra juventud, aunque parecen muchos por lo grave de sus acciones y por el eco que encuentran en algunos medios, que parecen ver en ellos un buen aliado de los índices de audiencia.

miércoles, 19 de junio de 2019

Asturias, nueva etapa

La circunstancia de un cambio en el más alto sillón de nuestro gobierno puede ser un momento propicio para tender una mirada a nuestra comunidad y hacer una serena reflexión en torno al momento y a nosotros mismos. Si siempre esto es bueno en el plano individual, quizá lo sea aún más en el colectivo, porque las causas son más complejas y requieren un análisis más riguroso. Una sociedad inteligente, que a la vez sea sincera y que tenga valor suficiente para renunciar a la engañosa apariencia de que la vida sigue alegre y confiada, aprovechará ese momento para iniciar un autoexamen, sin punto de partida previo alguno ni límite de llegada, buscando tan solo las causas, por sesgadas y lejanas que parezcan, porque sabe que estas causas se hallan en su propio seno y no en otro.
En los momentos actuales de nuestra región, cuando una negra sombra en torno al presente inmediato, aunque tenga algo de irracional, parece invadirlo todo, cuando la ilusión por el futuro está dejando su sitio a la preocupación por la mera supervivencia, cuando apenas parece haber más horizonte para nuestros jóvenes que la búsqueda de nuevos aires y para los que no lo son tanto la mano amiga del presupuesto público, cuando un ciclo productivo parece acercarse definitivamente a su fin, cuando nuestros pueblos y aldeas se despueblan y ni siquiera tenemos asegurado el relevo generacional, sería bueno participar en una reflexión colectiva sobre nosotros mismos, sobre lo que somos, tenemos y podemos, con palabra serena y el ánimo abierto a cualquier conclusión. Por supuesto, lejos de cualquier apriorismo partidista. Ahora que tenemos nuevos alcaldes y un nuevo gobierno es un buen momento para recordarles que de su capacidad y trabajo depende más que nunca el futuro de nuestra región. Es la hora de los técnicos imaginativos y de los políticos valientes, que encuentren y den forma material a las soluciones, que, por supuesto, las hay. Descubrir las potencialidades de una tierra aún joven, relativamente poco exprimida y razonablemente bien conservada en sus aspectos básicos, parece ser ahora el reto inmediato. Buscar caminos de apertura a un tiempo nuevo y no caer en empeños improductivos y sin sentido, como la oficialidad del bable o absurdas incursiones por los terrenos de la falsa modernidad.
Pero tal vez todo dependa de una acción interna, previa e indispensable para fecundar las voluntades: la reforma de nuestra conciencia social. Un impulso regeneracionista común, que empequeñezca hasta reducirlas a la nada las fatuas ruindades particulares, los politiqueos de alcoba y los dogmas de patio de vecindad. Un basta ya de cubrir nuestras debilidades con el argumento de que las otras comunidades, el resto de España, tiene una deuda permanente con nosotros. Un propósito de mirar hacia objetivos de altura sin ceder a la tentación de nacionalismos falsos y absurdos, que no conducen más que al espíritu de tribu y, por tanto, a la castración de nuestras mejores posibilidades. Al fin y al cabo, con sombras y claros, esta es nuestra tierra, y su camino nuestro camino, salvo que en nuestra aventura personal se encuentre el buscar nuevos sentimientos.

miércoles, 12 de junio de 2019

Días de tregua

Junio es tiempo de fin de curso y ansias de verano. Hasta la actualidad parece cansada y se remansa para tomarse un respiro después de unos meses agitados por los vientos políticos de la primavera que, no se sabe por qué, siempre soplan con ansias de trascendencia. Luego, en otoño, volverán a las andadas, pero ahora la efervescencia política ha dejado paso a una cierta calma; debe de ser el propio cansancio de las palabras.
La noticia trágica nos llega de Holanda, el país de la continua sorpresa progresista, y nos habla de esa chica de diecisiete años que, harta de la vida, decidió acabar con ella, y el Estado holandés la ayudó en su empeño. Padecía un dolor psicológico insoportable, derivado de abusos sexuales que sufrió, según alegó, y le cumplieron el gusto. Qué desesperación, qué profunda oscuridad la envolvería para que nadie fuera capaz de aliviarla y mostrarle un resquicio de esperanza; solo el camino de ida. Uno no está capacitado para considerar en su totalidad la complejidad de aspectos éticos, legales y sociológicos del caso, y mucho menos para juzgar a los demás, pero da que pensar que una sociedad civilizada no sea capaz de encontrar un alivio al dolor psicológico de una adolescente antes de autorizar a que la maten. Y aún más allá, y al margen de la lógica compasión por esa vida arrancada, nos ofrece una invitación a lanzar otra mirada interrogante sobre el eterno misterio de la muerte a través de una pregunta hecha desde el lado opuesto: ¿De quién es la vida? ¿Puede un Estado considerarla suya y quitársela a quien se lo pida? Y otra: ¿Es posible que esa niña de diecisiete años no tuviera posibilidad de salvación? A veces produce vértigo pensar qué clase de mundo estamos preparando, en nombre de no sé qué solemnes apelaciones al progreso, a los que vienen detrás de nosotros.
Aquí, en el ámbito doméstico, calmadas ya las marejadas electorales, lo que está ahora en ebullición más o menos silenciosa es el vaivén de ofertas y contraofertas de los partidos con vistas a conseguir las mayores cuotas posibles de poder en los tres niveles de nuestro sistema político. Más o menos lo de siempre. El caso es que no se está mal con el Gobierno en funciones. No se sacan nuevas leyes, no se producen destrozos ministeriales, no nos despertamos con sobresaltos ni con nuevas prohibiciones, no se llevan a la práctica ocurrencias y el país sigue funcionando en su día a día sin mirar a babor ni estribor, indiferente a que en el puente de mando solo se hagan labores de mantenimiento. A veces no nos damos cuenta de la solidez estructural de esta vieja nación, hecha de mil experiencias, ni de la fortaleza de su sociedad.
En fin, que se nos ha ido Ibáñez Serrador, el hombre que mejor supo hacer cumplir a la televisión su noble misión de entretener. Toda una generación confió sus mejores momentos de cada noche ante el televisor a su ingenio, y a todos ofreció la posibilidad de elegir según sus preferencias: el humor, la diversión, el miedo, la información, el misterio. Desde luego, era otra época televisiva.

miércoles, 5 de junio de 2019

En la red

La mujer no debió de ver más horizonte que una negrura existencial de imposible salida y no fue capaz de seguir viviendo así. Eran demasiadas miradas morbosas, demasiadas sonrisas de doble intención, demasiada opresión en el alma ante una vorágine de efectos que no podía ni comprender ni asimilar. Varios años ya desde aquel maldito día en que decidió grabar y enviar a alguien aquellas imágenes que ahora estaban en el móvil de todos sus compañeros. No podía resistir más; ni la traición, ni la deslealtad, ni las miradas socarronas a su alrededor, ni los murmullos disimulados, ni los silencios que querían parecer bienintencionados. Y se ahorcó. Ni su bebé de nueve meses ni su otro niño de cuatro años fueron fuerza suficiente para retenerla en un mundo que se le había vuelto hostil. No hizo lo que aquella otra mujer que, en un caso similar, aprovechó la situación para hacer suyo el cuarto de hora de éxito que la vida da a cada uno y logró incorporarse al mundo del famoseo televisivo, allí donde el motivo de la popularidad no cuenta nada, hasta que la cadena del cotilleo, después de exprimirla, la mandó al olvido. Lo que en una fue bochorno, pundonor y sonrojo, en la otra fue desvergüenza, oportunismo y aprovechamiento comercial.
La revolución tecnológica en las comunicaciones es tan rotunda y llegó tan de repente que parece que no nos hemos adaptado aún a las nuevas reglas que impone ni somos conscientes de sus consecuencias. Atrapan en sus redes a una serie de víctimas que poco pueden hacer para librarse: a los incautos, a los excesivamente confiados, a los de escaso alcance mental, a los que tienen el corazón como único rector de sus impulsos. Allí quedan debatiéndose entre los hilos hasta que los depredadores se cansen de verlos y vayan en busca de otras presas. El prometido paraíso de libertad se ha convertido en el mayor ámbito de linchamiento y ausencia de comprensión hacia el débil, y todo ello de forma irreversible. Siempre se ha dicho que hay tres cosas que jamás se pueden volver atrás: la palabra dicha, la piedra tirada y el tiempo perdido; ahora cabe añadir lo que se cuelga en internet. Porque, además, su poder es invencible por su inmediatez y su inmensa capacidad de penetración. La Dolores se vio en coplas que recorrieron España, pregón de infamia de una mujer; las de ahora se ven a todo color en una pantalla que se lleva en el bolsillo, en cualquier lugar del mundo y todas las veces que se quiera. Hoy no son las gentes de mala lengua las que insinúan; son imágenes incontestables que, para más dolor, salieron de uno mismo.
No conozco el vídeo de esa mujer, pero puedo imaginar que quizá lo hizo con algo más que un simple impulso ocasional en el que solo habitaban los instintos más primitivos. Regalar la intimidad a otro es un acto de entrega confiada que incluye algún componente de afecto y puede que de cariño. Luego la vida se le hizo imposible y tomó otra decisión equivocada, pero digna de comprensión y empatía, disculpable en el marco de la debilidad humana. Bastante más merecedora de respeto que la de esos miserables que recibieron el vídeo y, en vez de correr un velo sobre él, lo reenviaron a otros.

miércoles, 29 de mayo de 2019

Pidan número

Esa imagen del Everest asaltado por una fila interminable de gente que espera turno para llegar a su cumbre viene a ser la metáfora de un tiempo en el que los sueños de lo imposible se van debilitando en su hermosa inaccesibilidad, hasta dejarnos ante una realidad descarnada y desprovista de todo halo de fantasía. Todo un río de gentes ascendiendo ladera arriba como si fuera una romería de pueblo, con esperas de hasta tres horas para poder avanzar. Desde aquel día de 1953 en que se logró, después de muchos intentos, la hazaña de pisar su cumbre hasta esta procesión de coleccionistas de emociones controladas, va el mismo trecho que separa la consideración del riesgo como una noble virtud de la del riesgo inútil como motivo de orgullo. La gran montaña, que no sabe de pasiones ni de vanidades humanas, ya se ha cobrado diez vidas en pocos días. A esa altura los vientos son como látigos, el frío congela y el oxígeno escasea, y si la espera es larga y se consume el que se lleva en las botellas, la muerte es segura. Dicen los que lo saben que las fuerzas y las mentes se debilitan de tal modo que es muy fácil cometer errores que acaben en caídas fatales o en un colapso general del organismo. Que la zona superior de la montaña es el cementerio más alto del mundo, con más de 300 cadáveres. Y que aun en el caso de que todo termine bien, la montaña queda contaminada por toneladas de basura. Pero para las agencias y para el país es un negocio gigantesco.
Ya no hay caminos hacia lo desconocido ni peligros que no nos presenten banalizados, aun a costa de enfrentarse al sentido común. Si la globalización acabó con el romanticismo del regalo y la sorpresa, si en los grandes almacenes de la esquina te venden ahora el objeto que antes traías como recuerdo del viaje a un país lejano, no es de extrañar que ni los sitios que parecían inmunes a la depredación humana se libren de la colonización de las masas al amparo de los logros tecnológicos. El planeta entero ha perdido hasta el último harapo que cubría alguna parte de su cuerpo. Es la derrota del misterio que alimentó nuestras fantasías de niñez y juventud, cuando el mundo era un inmenso arcano al que solo era posible asomarse a través de las páginas de un libro y, si acaso, de los relatos de quienes para nosotros tenían la categoría de héroes. Ahora cualquier agencia le organiza a uno lo mismo una cena en el desierto con una tribu beduina, que un descenso en canoa entre cocodrilos por el río Limpopo, una noche pescando arenques en un igloo esquimal del polo Norte, o una foto con el jefe de un poblado yanomami en el Orinoco. O una subida al Everest, más o menos fácil en función de lo que pague.
La aventura, despojada de su fundamento de imprevisibilidad y puesta a disposición de turistas ricos y aburridos. Quizá alguno, después de hacerse la foto en la cumbre, sienta necesidad de interpelar a la montaña haciéndole ostentación de su victoria sobre ella, pero puede también que algún día alguien oiga a la montaña responder con el grito de la profetisa que defendía su lugar sagrado: "¡Lejos, lejos de aquí, vulgo profano!".

miércoles, 22 de mayo de 2019

Las tres urnas

A ver si de una vez acaba este estado perpetuo de período electoral, que tal parece desde hace unos cuantos meses que todos los problemas del país han desaparecido y los políticos no tienen otro que el de sacarnos el voto. Ya se cansa uno de encontrar el buzón lleno de sobres y panfletos que terminan provocando el efecto contrario del que pretenden. Cuánto dinero y cuánto esfuerzo derrochados, sin más premio, en la mayoría de los casos, que una mirada de compromiso al exterior del sobre antes de tirarlo directamente al contenedor. Si no hacen falta. Si aquí nos conocemos bien y ya todos sabemos a nuestra manera a quiénes nos interesa votar y a quiénes no. Ya tenemos claro qué partidos no nos convienen y en cuáles podemos tener más confianza de que harán las cosas bien; ya conocemos el grado de ideologización de cada uno y hasta qué punto esa ideología influye en sus decisiones sobre todos nosotros; ya tenemos experiencia sobre el índice de sentido común que aplican a sus actuaciones. Por ejemplo, ya sabemos a quién no hay que votar si no queremos que se nos imponga el bable como lengua oficial.
Ahora hemos de llenar tres urnas, municipales, autonómicas y europeas; o sea, elegir desde quién autorice las zanjas de nuestra calle hasta los que decidan la política continental. Las municipales son las que más elementos de juicio nos ofrecen; conocemos bien las necesidades que nos afectan y formamos parte directa del ámbito de actuación del elegido; incluso podemos ver en el candidato al vecino. Tengo la sospecha, que llega a convicción, de que el de alcalde es el cargo político en el que más abundan los que se mueven por el afán de mejorar la vida de sus conciudadanos, a pesar de que en gran número de casos resulte una labor sacrificada, poco a nada remunerada y con más sinsabores que reconocimientos. La España rural está llena de alcaldes así. No es el caso, desde luego, de las elecciones autonómicas, que vienen a ser una versión local de las generales, aunque en nuestro caso, al ser una pequeña circunscripción uniprovincial, tengan un aire más familiar.
La tercera urna es quizá la más susceptible de alinearse con nuestras convicciones ideológicas. Todos tenemos unos valores y unos principios que configuran nuestro modo de pensar, y es en las elecciones al parlamento europeo donde más pesan en nuestra decisión a la hora de elegir la papeleta. Aquí, más que en las otras, se votan las siglas, porque, salvo excepciones muy notorias, apenas tenemos referencias de sus candidatos. Son solamente nombres agrupados en listas de diversas tendencias, que aspiran a un sillón en un parlamento lejano, de funcionamiento confuso y ajeno a nuestra vida cotidiana, del que la mayoría ni sabe ni le interesa apenas nada, de tal modo que si a los ciudadanos nos entrase de repente un ataque de honestidad con nosotros mismos y nos negásemos a votar sobre lo que no sabemos, a la urna de las europeas solo iría media docena de papeletas. Y sin embargo, sus decisiones van a afectar a nuestras vidas, que por algo vivimos en un tiempo y en una comunidad en la que se cumple de forma ineludible, más que en ninguna otra, el efecto mariposa. También esta papeleta hay que pensarla.

miércoles, 15 de mayo de 2019

Mejor buscar un buen libro

Es posible que, según dicen, la televisión que conocemos esté sometida a un proceso de cambio derivado de unos modos diferentes de producción visual. Han llegado nuevas plataformas que diversifican y amplían la oferta de forma insospechada, a la vez que nuevos soportes de recepción que permiten sacar de la sala de estar la contemplación del programa y llevarlo consigo tanto al tiempo como al lugar que se quiera. Se pierde uno en extraños nombres de redes ofertantes de todo tipo de series y productos con los que pretenden desmontar la hegemonía, tanto real como de querencia, que los canales tradicionales ejercen sobre los espectadores. Y no es de extrañar que sus audiencias busquen otros acomodos con nuevos aires. La vieja pantalla familiar, la de las cadenas generalistas, parece haber perdido la capacidad de ejercer aquella triple premisa fundacional que la caracterizó: formar, informar y entretener. Se ha convertido en un desfile de insulsez, incapaz de crear vibraciones en el espectador, carente de imaginación y de lugar para la sorpresa, sin acertar a coordinar el paso con el de la evolución de los gustos sociales.
Hay alguna cadena cuyo lema debe de ser el de dar una información lo menos complaciente posible con nosotros mismos, casi llegando a la autoflagelación. Deprime verla. Apenas tenemos ni hacemos ni hicimos nada bueno. Otra, la pública, tiene un aire gubernamental que pone una leve sordina en la credibilidad de sus informaciones sobre política. En todas se cultivan espacios de discusión que han ha dado lugar a una figura característica, la del tertuliano profesional, que muestra diversos niveles de calidad según de quién se trate, pero que suele tender a componerse de una mezcla de doctor sabelotodo, oráculo dogmático, arbitrista a tiempo parcial y practicante a tiempo completo del tópico y la frase hecha.
Por los programas del corazón, que vienen a ser la estrella de otra cadena, se mueve una galería de personajes que parecen salidos de una tabla del Bosco. Rostros y cuerpos de bisturí y silicona, cirolos semianalfabetos, caras bonitas como máscaras sin alma, actrices con algún pasado y sin ningún futuro, todos a cuestas con su insoportable insignificancia, apurando los pobres minutos del presente que se les ofrece a costa de quienes gustan de conocer sus miserias. Y todo ello entre insultos, gritos y un lenguaje que no va más allá de la media docena de vocablos. Un retablo grotesco con espectadores sin excesiva preocupación por su autoestima.
Los concursos, aquel género troncal de la tradición televisiva, tienen desde hace tiempo su versión al margen de la suerte o del saber. Han incorporado nuevos retos: hay que ser el mejor cocinero, el mejor imitador, el que hace las mejores reformas, fingir que se sobrevive en una playa o simplemente estar encerrado con otros en una casa durante un tiempo dando rienda a los instintos más primarios mientras se convierten en nuevos héroes del famoseo. A eso se llama estúpidamente telerrealidad, como si la realidad más cotidiana fuera la de estar haciendo el vago en una casa durante seis meses. Mejor buscar un buen libro.

miércoles, 8 de mayo de 2019

El bable




Andan algunos empeñados en elevarlo a una categoría que jamás ha tenido, a él, que nunca ha dejado ver más aspiración que la de servir a la comunicación cercana y sin pretensiones de grandes profundidades conceptuales, como en realidad es la vida de cada día. Es el bable, nuestro querido y humilde bable, que hace ya siglos que dejó atrás la oportunidad de su plena realización y ahora, menguado y asténico, se ve obligado a suplir sus enormes carencias semánticas a base de asturianizar sin contemplaciones las palabras castellanas. El bable, a quien se le intenta hacer sujeto del difícil propósito de construir una unidad idiomática desde la diversidad, y el resultado viene a ser un híbrido que participa de cada una de las propiedades de las partes. El bable, que quizá tuviera juventud y puede que hasta cierta madurez, pero que ahora, en su tercera edad, ha de sufrir un complicado maquillaje para poder entrar en los palacios de la cooficialidad, él, que nunca salió de las cabañas.
- Yo soy como soy. No quiero vestidos ajenos ni salones que no me pertenecen.
No, nunca fue ese tu mundo. Una lengua, nos dicen los estructuralistas, es un sistema gramatical virtualmente existente en el cerebro de los individuos de una misma comunidad; como fenómeno social se opone al habla, que es individual. Y otros añaden que para que pueda ser considerada como tal ha de reunir cuatro condiciones indispensables: una clara diferenciación de otras lenguas, un elevado grado de homogeneidad que pueda dar lugar a una única normativa gramatical, una importante tradición literaria y un considerable número de hablantes. Por el contrario, el dialecto se caracteriza por estar subordinado a otra lengua, por su escasa normalización y homogeneidad y por su carencia de tradición literaria.
- Ningún escritor importante ha querido usar tus recursos para su creación. ¿Qué sientes cuando te llaman lengua?
- Mis títulos adornan más a quien me los otorga. Es como si el criado de un arriero llamase duque a su amo para sentirse importante. Además, mis recursos nunca tuvieron pretensiones ni posibilidades de alcances conceptuales.
No. Más bien de concreciones y realidades primarias, y en eso sí que puede decir algo. Algunos idiotismos, esos giros que ponen la expresividad por encima de la gramática, son de difícil sustitución. Algunos vocablos de carácter familiar y afectivo no pueden traducirse sin traicionarlos. Y cuántos están grabados en el rincón más entrañable de nuestra infancia.
- Ahora hasta han relegado tu nombre. Debe de ser que los patronímicos dan más empaque.
- Yo sé bien cómo me llamaron siempre los que más me trataron.
Desahuciado desde siempre para la alta creación literaria, innecesario como instrumento de comunicación, que es la esencia primaria de toda lengua, quién puede explicar de forma objetiva para qué nos sirve el bable en el ámbito de lo oficial, como no sea quienes quieren ver en él un recurso identitario, aunque sea de muy débil proyección.








miércoles, 1 de mayo de 2019

Tras las elecciones

Si yo fuera analista político no tendría hoy espacio suficiente en este rincón para explicar todas las claves, conclusiones, causas, consecuencias y todo lo que trajo consigo la jornada de este domingo, pero como no lo soy y solo tengo la sencilla y simple visión del ciudadano de a pie de calle, seguramente voy a tener líneas bastantes para resumirla. Al fin y al cabo, fuera de los ámbitos abstractos y teóricos, y casi siempre abstrusos y desorientadores, cuanto más cerca esté la mirada del suelo con más nitidez se ven los detalles de la tierra que pisamos y más comprensibles parecen las cosas. Y desde esta condición de simple ciudadano votante que ha ido a depositar su papeleta según su mejor saber y entender, uno ha podido extraer algunas conclusiones, que son más bien una reafirmación de lo que se encuentra en cualquier confrontación electoral de todos los sitios.
La primera es que la política se alimenta a sí misma hasta constituirse en una sucesión ininterrumpida, como si fuera una función indispensable para que el cuerpo social siga vivo. Antes, el frenesí de una campaña interminable, un tiempo de continua sobreactuación que nos deja exhaustos; ahora la no menos sobreexpuesta y afanosa actividad de búsqueda de pactos para formar el núcleo de poder; luego, los movimientos de los contrarios para derribarlo, y siempre la omnipresencia mediática de sus protagonistas, sea cual sea el pretexto, incluso en las situaciones de mayor calma.
Luego están los motivos. Dinero, fama y poder, pero también el afán de mejorar la vida de los ciudadanos y la posibilidad de hacerlo desde arriba, que sin duda mueven a más de uno. El mundo de la política tuvo siempre una pinta muy golosa y cada vez acuden nuevos comensales a su mesa a intentar hacerse con un trozo del pastel, que antes era prácticamente de dos. Eso fomenta la práctica de la negociación en busca de acuerdos, pero complica el panorama hasta hacer difusos los límites de cada espacio, hace tambalearse el mantenimiento de los principios, propicia el amaño de acuerdos antinaturales y favorece una mayor lucha de egos. El riesgo de la ingobernabilidad se vuelve una inquietante posibilidad real.
Una tercera observación es la asombrosa capacidad de olvido que tiene la masa electoral. De olvido o de disculpa, no sé, el caso es que ya puede decir y hacer cada aspirante lo que quiera, todo tipo de mentiras, insultos, acusaciones, ya puede plagiar, ser incongruente con lo que predica, faltar a su palabra, mostrar una actitud chulesca y hasta ser un perfecto maleducado; todo se perdona y se olvida ante la urna. Candidatos que, según lo que se oye en la calle, no caen bien a nadie, resultan luego los más votados. Parece como si un piadoso velo cayera sobre lo visto y oído hasta difuminarlo, mientras los rasgos positivos permanecen con toda su brillantez.
Y que es ahora, terminada ya la función de las palabras bonitas y las promesas seductoras, cuando se va a ver quiénes son los que verdaderamente piensan en los ciudadanos y en el bien común por encima de sus intereses de partido. A los elegidos solo les vale ya el cumplimiento de lo prometido y a nosotros la posibilidad de rectificar en la próxima cita.

miércoles, 24 de abril de 2019

Sueño de primavera


Estos días de primavera, alegres y mansos, son como una llamada de atención hacia el propio vivir. Miro la tierra y la veo toda ella en ebullición; los campos soleados, recibiendo la luz acariciadora de la mañana; el frescor de la sombra de los árboles del río; las hierbas del prado, que se han vuelto más frondosas y más verdes; las flores de todos los colores; el aire quieto y transparente. Están anidando los pájaros en los matorrales y en el peral; apenas vuelan, como no sea una escapada rápida y breve para buscar comida. Tampoco cantan; el canto ahora sería inútil y quizá peligroso, y el orden que rige la primavera es orden supremo y ha de ser inalterable. Se oye un grillo junto al camino; debe de ser el primero, pero su canto suena impropio, como si ya quisiera meternos en el verano.
Es un momento propicio para hacer aflorar sueños, quizá porque el entorno parece sugerirnos la certeza de su cumplimiento. Mi amigo, que lleva un largo tiempo viviendo los zarandeos de la actividad política desde su militancia activa, me cuenta el suyo. Es muy sencillo, y tan poco original que cualquier estudiante de instituto puede seguirlo a través de las obras literarias de todas las épocas, tan presente está en el hombre, pero me dice que es el suyo y que le sirve de paso para comprobar lo poco que se diferencia de los demás. Imagina una plenitud intelectual y una serenidad de conciencia por el esfuerzo continuado en la búsqueda de la experiencia y el conocimiento, y una vida bien provista de ambos, en la que aún no se hayan debilitado las sensaciones y en la que los deseos se sometan por sí mismos a la idea superior de la paz interior. Un fondo de satisfacción por su intento de luchar por el bien común, aunque fuera desde el lado penumbroso de la política. Y en torno a él, una tierra llana con árboles y una casa lo suficientemente solitaria como para no oír más que el sonido que la tierra quisiera mandarle. Un banco a la sombra y un horizonte infinito ante él. Y dentro, pocos artilugios; solo la muda compañía de sus poetas y sus filósofos, y de todos sus escritores y mentores culturales; y en el anaquel de al lado, su querido Mozart y otros muchos maestros; y un buen tratado de arte, y alguna biografía. El sol de la mañana sobre la fachada de la casa, un teléfono y un amigo a quien llamar y decirle, si llegara el momento, que está aburrido.
En la primavera de la montaña sigue uno asombrándose cada día del poder del sol para arrancar colores al bosque. Y cuando, ya de atardecida, los picos se agigantan y se vuelven grises, no es posible evitar que se cuele por dentro un deseo de que la mañana siguiente llegue de nuevo, aun a sabiendas de que en ese sucederse vamos dejando la vida. La ciudad se ha hecho inmune a los efectos de la primavera y nada se agiganta en ella, ni los deseos se vuelven distintos, ni se arrancan colores nuevos. La vida bulle al modo de siempre, y nosotros con ella, sin más ciclos que los que nos imponemos artificialmente. De las farolas cuelgan las sonrisas de los candidatos electorales; las televisiones se llenan de noche con la imagen de cuatro aspirantes debatiendo. En la actuación de uno de ellos se nota la mano de mi amigo.

miércoles, 17 de abril de 2019

Las procesiones


Se dice que la fe ha de vivirse hacia el interior, oculta entre los pliegues de nuestras convicciones más íntimas. La fe fructifica mejor cuando no tiene inquietudes por mostrarse al exterior y se encuentra solo consigo misma y con su misión de alimentar la relación del alma con su creador. No evita eso que a veces se sienta el deseo o la necesidad de manifestarla hacia el exterior para dar testimonio de ella, como en los casos relacionados con el martirio, o en los que puede servir de ejemplo y motivación para los que no saben si la tienen. Sin embargo, cuando la fe es colectiva parece que encuentra en la manifestación hacia afuera un impulso de reafirmación que la vigoriza. Se consolida y se reconoce a sí misma en toda su dimensión de siglos a través de su proyección al exterior.
Las procesiones que estos días, como cada año, inundan las calles de casi todos los pueblos y ciudades de España constituyen un espectáculo singular, único por su intensidad y amplitud en todo el ámbito católico. Bajo su aparente imagen unitaria esconden una enorme complejidad de significados e interpretaciones sociales, pero por muchas capas que los años y los cambios de mentalidad les hayan ido echando encima, su propósito y su razón de ser siguen basándose en un empeño de hondas raíces teológicas: la idea de conmemorar públicamente el dogma cristiano de la redención a través de la pasión y muerte de Jesús.
Es la fiesta de la exaltación del dolor; predominan los sentimientos de pérdida, sufrimiento, traición, arrepentimiento y compasión. Las cofradías y hermandades tienen nombres que no permiten ninguna veleidad: de los Azotes, del Calvario, de la Amargura, de la Mortaja, de las Injurias, de las Lágrimas, de la Quinta Angustia, de las Penas, aunque también hay otras de nombre más neutro y hasta más esperanzador: de la Paz, del Amor, del Consuelo, del Divino Perdón, del Buen Fin, de los Estudiantes, de los Gitanos, del Gran Poder. Los elementos externos que configuran la representación pueden variar de unas a otras, pero todos responden a una acumulación de aportes de siglos en aras de resaltar los aspectos dramáticos y emocionales del drama: figuras dolientes, cirios, flores, capas, hachones, tambores, cornetas, caperuzas, mantos, cruces, túnicas, mantillas. En muchas el silencio es un elemento formal más; en otras lo es el ritmo funeral de los pasos; en todas, las actitudes serias y graves de los costaleros, penitentes, nazarenos, acólitos y demás participantes.
No es fácil separar el componente folclórico y costumbrista, que sin duda tienen, de su carácter de manifestación de fe compartida, que se fortalece al ser vivida en público sin acotaciones ni reservas acomplejadas. Vienen los turistas, se percibe un tiempo de vacaciones, rivalizan las hermandades en la presentación de sus pasos, se puede preguntar si cabe seguir llamándola Semana Santa; algunas han sido declaradas patrimonio inmaterial de la humanidad y la mayoría están consideradas fiestas de interés turístico. Pero al margen de todo siempre estará esa alma humilde y anhelante, que se recoge en la penumbra silenciosa de una iglesia, cara a cara consigo misma y a solas con el misterio que nutre su fe. Para ella sí será una verdadera semana santa.

miércoles, 10 de abril de 2019

Tiempo de información

La llegada del tiempo primaveral es un buen pretexto para hacer esa escapada que estábamos pensando, y una escapada es un buen pretexto para zafarse, siquiera por un momento, de la actualidad. La actualidad viene a ser como ese pariente que, si tratas de conocerlo a fondo y estar al día de sus cosas te amarga la vida, y si decides prescindir de él no puedes evitar la sensación de que te estás perdiendo algo que te resulta conveniente conocer. En realidad se trata de un concepto nada definido, carente de materia interna; lo que llamamos actualidad no es más que lo que los medios de información establecen como tal. Somos sus rehenes, en la medida que queramos serlo, claro, aunque cuesta mucho zafarse de ella; estamos ante una inmensa máquina generadora de negocio que alimenta muchas cuentas de resultados, y nada tiene de extraño que uno de los modos de aumentarlos sea la sobreactuación. Ante ello, el receptor tiene sus recursos: la selección de la fuente, el análisis crítico, la mirada displicente o una despreocupación más o menos total; al fin y al cabo poco podemos hacer por modificarla.
Cada día nos inunda un torrente de información relacionada con la actualidad difícil de digerir y aún más de dejar reposar, pues ya no hay nada más efímero que una noticia, pero la impresión que deja en su conjunto es un regusto amargo y poco esperanzador. Acaso sea falso, puede ser, pero es como nos llega. Parece que para ser buen periodista es necesario informar siempre de lo más negativo, pronosticar lo peor, obviar todo lo que nos pueda traer un suspiro de orgullo o satisfacción. La mayoría de los medios, en eso siempre hay alguno que destaca, parecen disfrutar con su labor autoflagelante. Ver un telediario se ha convertido en una prueba de fortaleza mental y anímica; el espacio que deja libre la bambolla política lo ocupa un desfile de noticias que retratan lo más mezquino y miserable del ser humano como si solo existiera eso: la violencia, el crimen, la estafa, el abuso, la mentira, y con ello se configura la actualidad día tras día. Ninguna noticia de esperanza, ninguna que traiga una brisa amable, ninguna portadora de una mínima razón para el optimismo. Es como si el pesimismo diera un marchamo de seriedad y credibilidad. A los hechos más insignificantes se les da un carácter de noticias trascendentes y se convierten las tonterías más absurdas en titulares. Un estornudo de un catalán es una noticia mil veces más importante que una pulmonía en otro sitio, un simple ataque verbal a algunos colectivos se convierte en huésped destacado de todas las columnas, y así es con todo lo que se refiere a cualquiera de los ismos de la progresía. En los diarios digitales los titulares son aún más aparatosos: nos dicen, por ejemplo, que la frase de no sé quién está haciendo arder las redes, y luego, si uno pica y la busca, se encuentra con una estupidez que da vergüenza ajena.
Sé de alguien que cree que la mayor sabiduría en estos tiempos consiste en acertar a espigar en la información y en no hacer mucho caso de la opinión. Y en aprender a zafarse de ellas de vez en cuando.

miércoles, 3 de abril de 2019

El pueblo


Cada mañana, en torno a las siete, comenzaba el día en la cuadra dando de comer a sus dos ovejas y a las gallinas, que le esperaban arremolinadas junto a la puerta del corral. Era una de sus horas favoritas, incluso en invierno: el frescor de la amanecida, el tímido resplandor que comenzaba a asomarse por el lejano horizonte, la sensación de ser el dueño absoluto del mundo; una sensación engañosa, bien lo sabía, pero nunca la había perdido. Era el momento de su toma de posesión diaria. Una mirada satisfecha a su alrededor, un frotarse las manos si el frío hacía temblar el cuerpo, a veces un suspiro de añoranza ante el campo adormecido. Luego, ya en casa, el sagrado rito del desayuno, el otro gran momento de la mañana: un par de huevos fritos con su chorizo y su vaso de vino, y ya podía el médico decir lo que quisiera; eso sí, terminaba siempre con un tazón de leche bien caliente. Hacía tiempo que se había acostumbrado a no necesitar reloj. La mañana se le iba en infinidad de actividades; había mucho que hacer, parecía mentira: ordeñar, partir leña, ordenar un poco la casa, hacer la comida. Después de recoger la mesa, la siesta, algún trabajo en su pequeño taller, la mirada de la tarde a los animales y sentarse un rato en el banco de afuera a ver la solitaria carretera, por la que muy de vez en cuando pasaba algún coche. Estaba solo en el pueblo desde hacía varios años, y ya no concebía una vida en otra compañía que la del perro que había aparecido por su casa una mañana y se había quedado junto a él. No se sentía abandonado; una vez a la semana pasaba por allí una furgoneta en forma de tienda ambulante que le aprovisionaba de todo lo que necesitaba; incluso el médico del pueblo vecino le visitaba a menudo para saber cómo estaba. A veces, cuando la melancolía ponía su peor cara, se echaba al camino y andaba los cinco kilómetros hasta ese pueblo y se sentaba un buen rato en la plaza solo para oír hablar a la gente, hasta que se daba cuenta de la vaciedad de sus palabras. No, no cambiaría su vida por ninguna. Había aprendido a vivir en su interior y daba por superfluo todo lo que podía llegarle de fuera.
Un día apareció por allí un coche con una pancarta. Se bajó una pareja joven, los dos vestidos con camisetas iguales y de aspecto desenvuelto; se acercaron a él, le saludaron y le explicaron que se estaba organizando una manifestación en Madrid para llamar la atención sobre el mundo rural y exigir la mejora de los pueblos para evitar su abandono; que debería inscribirse y asistir, que le recogería un autobús y que el viaje sería gratis. Les escuchó en silencio. Cuando acabaron de hablar, les invitó a sentarse en el banco a tomar un vaso de vino con unos tacos de queso y así hablar con más calma. Ellos miraron el reloj y respondieron que tenían mucha prisa y que no podían entretenerse ni un momento. Él se quedó callado, dejando deslizar la mirada sobre la inmensa calma de los campos solitarios y oyendo tan solo el profundo silencio que lo envolvía todo. Tenían prisa. Les miró con ojos entre socarrones y compasivos; ellos a su vez le miraban impacientes, esperando su respuesta. Cuando insistieron, movió la cabeza con una sonrisa y los despidió amablemente.

miércoles, 27 de marzo de 2019

El Museo del Prado


En la difícil búsqueda de cualquier tipo de consenso, de lo que tenemos evidencias cada día y en cada materia, apenas contamos con elementos que conciten por unanimidad los mismos sentimientos de respeto, protección, conciencia de su valor y necesidad de mantenerlo al margen de todo manoseo. Un acuerdo tácito en que no le toquéis, que así es la rosa. Todo, hasta lo más inocente, es susceptible de pelea y rifirrafes, aunque no sea más que para no dar la razón al otro. El campo donde más visible se hace, por supuesto, es el político, pero abarca hasta los rincones más pequeños de la sociedad. Por eso se hace doblemente valioso mantener fuera del alcance de toda lucha partidista todo aquello que representa lo más importante de nuestra esencia histórica y nuestra identidad como nación; esas instituciones que guardan lo que nos define y lo mejor que hemos hecho, como el Museo del Prado o la Biblioteca Nacional.
El Museo del Prado viene a ser la encarnación visual de una larga trayectoria histórica, en la que se funden todos los avatares relacionados con la vida, la estética, la cultura y la autoestima del país; un centro que guarda una completa manifestación de la fuerza creativa de nuestra nación y de nuestro entorno, un punto de irradiación de lo mejor que hemos sido y un testimonio insustituible de nuestra dimensión cultural. Cumple ahora doscientos años, en los que ha logrado convertirse en uno de los grandes museos del mundo, no tanto por la extensión de su nómina, pues no se trata especialmente de un museo enciclopédico, sino por la inigualable calidad de su conjunto. En sus paredes cuelgan algunos de los cuadros más emblemáticos de la historia universal de la pintura, y muchos grandes artistas tienen en él la representación más amplia de sus obras: Velázquez, Rubens, Goya, Tiziano, Murillo, Ribera, El Bosco, Patinir, Maíno, El Greco, Teniers, Brueghel, etc.
Como a otras grandes pinacotecas, al Prado puede irse con cualquier predisposición, que a todas va a satisfacer. Todos, busquen lo que busquen, tienen su oferta; todos encuentran un motivo de reflexión ante un tema o de admiración ante su resolución formal. Una visita a sus salas es una caminata repleta de belleza a través de todas las pasiones, miserias y grandezas del ser humano, envueltas en el envoltorio de la genialidad. Los temas se acumulan ante el espectador para que pueda elegir entre simplemente recrearse en los aspectos externos de dibujo, luz y color, que también es una forma de disfrute, o hacerlos suyos y tomarlos como motivo de reflexión: la brevedad de la vida y el triunfo de la muerte, en Brueghel; el erotismo como agente creador en la Dánae tizianesca; el sentido de la vida convertido en alegoría en El Bosco; la perfección y serenidad de la mirada velazqueña, capaz de dignificar la deformidad; las negras visiones que nos rondan, en Goya; las costumbres populares y la vida cotidiana en tantos; la emoción religiosa en muchos; la interpretación de los grandes hechos históricos; el recreo de los sentidos; la alegría de la luz y el colorido venecianos; la contención y el equilibro renacentistas. Sería inagotable la lista de posibilidades de remover sensaciones que se nos ofrece desde el tiempo detenido.

miércoles, 20 de marzo de 2019

En qué nos hemos equivocado

Me cuentan mis espías capitalinos que los madrileños que se encontraban por las calles con algunos catalanes dispersos, envueltos en sus banderas y con caras de cierta frustración porque a nadie le importaban un pimiento, tenían la sensación de estar viendo los restos de un desfile de carnaval, tan falto de interés que no despertaba ni curiosidad. Eso sí, no hubo insultos ni incidentes, solo indiferencia; la compasiva indiferencia que da lugar a una piadosa benevolencia. Madrid es una ciudad sabia, hecha de mil sedimentos a cual más poderoso, y con todos ellos ha configurado su atractiva forma de ser. Es muy difícil sorprenderla. Todos traen a ella su trocito de terruño y lo conservan como el rosario de la madre, pero, si hubiera que elegir, preferirían tener que devolverlo y quedarse allí. Y desde luego, nadie ha logrado hacerla suya en exclusiva. No hay ninguna ciudad más abierta ni menos amiga de ajustar cuentas con el pasado de quien llega a ella. Que ahora vengan unos fanáticos de mente abducida a insultar a España en el centro mismo de su capital gritando a la vez que no hay democracia, viene a ser una muestra, primero, de su estupidez, que no se da cuenta de su contradicción y, segundo, del quite por chicuelinas que les dieron los madrileños con su media sonrisa.
Y claro, allí estaba el molt honorable de turno, el tal Torra, que optó por echar mano de la conocida invocación del poeta Maragall a España, solo que sin pizca de lirismo. Escucha, España, y piensa en qué te has equivocado, nos grita este Torra. Pero hombre, don Qim, si no tenemos que pensar mucho. Es muy fácil; hasta yo puedo contestarle; e incluso usted, si se esfuerza un poco. Nos hemos equivocado en muchas cosas. La primera de todas en fiarnos de ustedes de buena fe, de caer en el engaño de creernos eso del seny y de la formalidad de la palabra de la que tanto presumen, de confiar en su fama de pueblo serio y leal, que pronto vimos que no era más que una inmensa mentira.
Nos hemos equivocado en concederles la autonomía y en confiarles transferencias, como la educación, que nunca debieron caer en manos tan desleales; en hacer con sus partidos pactos de gobierno en los que siempre ganaban ustedes; en aguantarles insultos, mentiras, desplantes, chantajes, calumnias, actitudes supremacistas y despectivas y campañas de desprestigio exterior; en no responder debidamente a la tergiversación continua de la Historia que hacen en beneficio propio.
Nos hemos equivocado al pensar que algún día su afán pedigüeño y su eterno lloriqueo victimista se saturarían; nos equivocamos haciéndoles tantas concesiones y dándoles las mejores infraestructuras, a veces en sangrante agravio comparativo con otras comunidades, sin darnos cuenta de que nacionalismo y solidaridad son conceptos incompatibles.
Nos hemos equivocado en confiar en la honorabilidad de su patriarca, un tipo camaleónico que resultó ser el mayor ladrón de Cataluña y el jefe de un clan familiar de delincuentes, mientras repetía como un mantra "España nos roba".
En todo eso y en más nos hemos equivocado, don Qim.

miércoles, 13 de marzo de 2019

La oleada feminista

Indiferente a las tonterías de hombres y mujeres, la primavera deja ya asomar sus intenciones de llenarlo todo de vida renovada. Están los prados cambiando el verde por el blanco de las margaritas, y comienza a romperse el prolongado silencio de los árboles con los primeros cantos de sus nuevos pobladores. En las calles de las ciudades fueron otros cantos los que sonaron este fin de semana, los del turbión feminista que inundó todos los espacios y los medios hasta el empacho. La labor de propaganda, que en nada desmereció de la que se utilizaba en tiempos ya pasados, aunque no llegó a paralizar el país, concentró manifestaciones masivas en todas las ciudades, entre un mar de pancartas con consignas ingeniosas, burdas o divertidas, algunas zafias, casi todas tópicas y huecas, en las que se mezclaban en un todo revuelto los conceptos de igualdad, democracia y feminismo. Tal parecía que la mujer española no tiene libertades ni derechos. En las tertulias televisivas, en las entrevistas y declaraciones a los medios, en los interminables espacios dedicados al día, pudo oírse y leerse toda una antología de afirmaciones y soflamas que a algunos nos sirvió para iluminar nuestra ignorancia. Alguien afirmó que "la mujer no nace, se hace", o sea, que la naturaleza tiene poco que decir en esta cuestión. Una profesora de un instituto de Gijón explicaba con toda seriedad que "en la prehistoria el nivel de igualdad era mucho más alto que ahora, porque las mujeres también salían a cazar y a buscar alimentos". Hay que ver. El toque final lo puso la lectura del manifiesto, escrito sin duda por alguna mente enfebrecida, que a más de una mujer habrá sonrojado. Según viene a decir, los hombres somos machistas, violentos, racistas, colonizadores, capitalistas, depredadores del medio ambiente, autoritarios, represores; el feminismo ha de alcanzar la soberanía alimentaria y luchar contra el extractivismo, las empresas trasnacionales y los tratados de libre comercio. Tengo que decírselo a mi vecina, que se ponga a combatir ya eso del extractivismo, que es muy peligroso para las mujeres.
La fiesta se celebró con una huelga y una manifestación, y eso deja también alguna pregunta. Si todos los estamentos políticos y sociales la secundan, contra quién es la huelga. Estaba el Gobierno a la cabeza de la manifestación, ¿contra quién protestaba?
-Pues contra la desigualdad, la sociedad patriarcal, la violencia hacia la mujer, por la conciliación laboral.
Es decir, contra conceptos abstractos, que se encarnan en un cliché ideológico mil veces repetido y cuyos ingredientes jamás abandonarán el ámbito de la utopía, y, si acaso, el último contra la realidad, que sí puede modificarse, sólo que los que la pueden modificar estaban en la primera fila con la pancarta. Se manifestaban contra sí mismos.
Por encima de la puesta en escena, hay en todo ello una carga ideológica que asfixia cualquier noble propósito. Si, además, no hay que convencer a nadie. Quién no va a estar de acuerdo en hacer lo posible por combatir la violencia machista y sexual, reconocer el valor y la dignidad del trabajo doméstico, eliminar todo tipo de discriminación de la mujer y conseguir una igualdad real.

miércoles, 6 de marzo de 2019

El milagro de los viernes

Ha pisado el acelerador este Gobierno que nos ha sobrevenido, y que nadie ha elegido en las urnas, para comprar nuestros votos a cambio de unas cuantas golosinas sociales. Serán de reparto semanal. Los viernes, milagro. Como en la película de Berlanga, solo que allí era los jueves cuando San Dimas se aparecía al pueblo para llenarle los bolsillos de divisas. Pues aquí será los viernes cuando derramarán sobre nuestras vidas, a golpe de decreto, tales dones en materia social que, si nos quejamos, será por nuestro irremediable carácter inconformista y porque en todo tendemos a ver operaciones de clientelismo y ventajismo político para cazar votos acríticos. Que se trate de jugar la partida electoral con cartas marcadas aprovechando el sillón del poder, no importa mucho. Eso sí, ya veremos cómo se paga luego la factura; ya se verá qué se hace cuando la deuda sea más alta que el PIB y la negra sombra del rescate aparezca de nuevo; ya se llamará a otro partido para que se trague el marrón de los inevitables recortes que habrá que hacer. Pero ahora las elecciones están ahí y el votante, ante la urna, no suele reparar en esas menudencias.
Tampoco en ARCO se repara mucho en lo que se ve, como no sea para darse cuenta de que se ha metido uno en un espectáculo mercantilista en el que todo, desde los conceptos hasta los precios, está deformado. ARCO es esa feria del arte en la que el arte ocupa apenas una pequeña parcela y la extravagancia el resto. La feria de las vanidades sin causa, de las poses intelectualoides, de los mercaderes de la ingenuidad ajena, de la demostración de cómo se puede reducir el arte a la nada. De nuevo un tipo inmune al sonrojo, que no practica más arte que el de provocar, se las ha arreglado para llevarse todas las miradas y comentarios, aunque la mayoría estén teñidos de piadosa benevolencia. Su genial obra es un enorme muñeco con la cara del Rey, que este Fidias del siglo XXI trata de endosarle a alguien por el insignificante precio de 200.000 euros, a condición de que luego la queme. O sea, que queme 200.000 euros. Pues casi apostaría que algún memo con tarjeta de alta gama ya está llamando.
Luego está lo sustancial, eso que casi nunca es noticia si es positivo. De fuera nos dicen que somos el país más sano y saludable del mundo, gracias, entre otras cosas, a la dieta mediterránea y a la calidad de nuestro sistema sanitario. Estamos en el primer puesto del índice Bloomberg, que analiza la calidad de vida de 169 naciones. Después vienen Italia, Islandia y Japón, y, muy por detrás, países tenidos por mucho más desarrollados y que fueron siempre referencia a alcanzar, como Alemania, Francia o Estados Unidos. Ya son muchas las listas de materias en las que ocupamos puestos de cabeza. Algún día podríamos detenernos a examinarnos a nosotros mismos con objetividad y sin complejos para ver lo que hemos logrado y darnos cuenta de que tenemos la suerte de vivir en uno de los países más envidiables del mundo. Y lo seríamos aún más si desaparecieran tantos apegos a los terruños y tanta exaltación de lo particular, y si desde las alturas políticas y mediáticas se procurase cuidar más nuestra autoestima nacional.

miércoles, 27 de febrero de 2019

El misterio del mal

Nunca aprenderemos a conocernos del todo por más que lo creamos; nunca sabremos lo que somos y de qué estamos hechos. Somos la especie más imprevisible y menos propicia a ser encuadrada en esquemas generales, salvo que estén llenos de excepciones. Nuestro cerebro es un reducto imposible de explorar en todos sus infinitos recovecos, y en alguno de ellos vemos a veces que se esconde aquello que ni siquiera podíamos sospechar que habitaba en nosotros. Aquel "conócete a ti mismo" délfico no resulta ser más que un bienintencionado consejo que, aun en el más fructífero de los casos, está condenado a quedar en intento.
La noticia que, en estos días de torrencial riada informativa, ha hecho vulgares a todas las demás y nos ha dejado sobrepasada nuestra capacidad de asombro es la de ese chico que mató a su madre, la picó en trocitos, los almacenó en táperes y los fue comiendo con ayuda de su perro. Aquí pierde eficacia la frase ante el concepto que encierra. Cuesta concebirlo, salvo que hagamos el ejercicio de no poner absolutamente ninguna traba a la imaginación y dejar que viaje hasta lo infinito del horror. ¿Qué puede pasar por la mente de ese hombre al ir ejecutando cada uno de los pasos que dio? ¿Qué proceso de anulación de todo límite, no ya moral, sino simplemente de comportamiento lógico ha tenido que producirse en su razón para sentir lo que hizo como dentro de la rueda de la normalidad? "Sí, está dentro", respondió a la policía cuando llamaron a su puerta y le preguntaron si estaba su madre en la casa. Y era verdad; estaba dentro. Este aplomo, nacido de la ausencia del sentido de culpabilidad y de la alteración del concepto de inocencia, es la que convierte en inhumano al malvado, porque demuestra carecer de los sentimientos más elementales que nacen con nosotros. "Un solo bien puede haber en el mal: la vergüenza de haberlo hecho", escribió Séneca. Cuando ni esa vergüenza produce estamos ante alguien muerto por dentro.
Labor tendrán los estudiosos de la conducta del hombre para tratar de comprender actos como este. Rencor, sadismo, psicopatía, imitación, venganza, nada; quién sabe lo que impulsó a este individuo a comer a su madre y a compartir su cuerpo con el perro. Somos demasiado complejos y demasiado ignorantes de lo que podemos llegar a ser, pero tenemos una certeza: el mal forma parte de la realidad, y hay incluso quien opina que es necesario para la armonía del mundo. Y hay también otro hecho que ya observaron los antiguos filósofos: que existen relativamente pocas formas de hacer el bien e infinidad de modos de hacer el mal. Por suerte, los efectos de los casos del bien tienen una influencia infinitamente mayor.
Las religiones tratan de ofrecer una explicación del mal y de su consecuencia, el sufrimiento, como un castigo por la desobediencia a las leyes divinas, que propició el desorden en el mundo perfecto creado en el principio. Pero no hace falta echar mano de la fe. Ya nos dice Conrad que "no es necesario creer en un principio sobrenatural del mal; los hombres son completamente capaces por sí solos de todo tipo de maldad".

miércoles, 20 de febrero de 2019

La campaña interminable

Nos había dicho que los que pedían elecciones iban a tener que esperar sentados, y dos días después las convoca. Debe de ser muy repentino el cambio de viento en la política para hacer que las afirmaciones y los propósitos duren tan poco, especialmente en este nuevo tiempo monclovita, en el que ninguna palabra firme permanece en pie más allá de unas horas y lo que hoy se dice con entonación rotunda mañana aparece lleno de matices, y si ahora te digo sí, acaso luego te diga no con el mismo tono de credibilidad, y todo ello con la cara alta y sin la menor pizca de rubor. No hay nada a que agarrarse, porque las declaraciones tienen la consistencia de la arena y porque la manera más aproximada de acertar consiste en dar por hecho que la realidad va a ser lo contrario de lo que se oye.
El caso es que ya estamos de nuevo metidos en campaña electoral, y esta vez de largo, porque en menos de un mes se acumulan las elecciones a las cuatro administraciones que velan por nosotros. Con este enorme entramado institucional que configura nuestra arquitectura política, la práctica democrática apenas conoce reposo y las campañas vienen a ser una sucesión repetida de un mismo espectáculo, al que de vez en cuando se incorporan algunos actores nuevos, y siempre bajo la forma de un torbellino de palabras, no tanto de ideas. Palabras con intentos de seducción, porque, en definitiva, las campañas electorales vienen a ser un recuelo de los viejos mercados y ferias de las plazas, donde los mercaderes ejercían el sabio y difícil oficio de colocar a otro lo que llevaban. Aquí los vendedores van exponiendo sus ofertas a un ritmo calculado, dosificándolas en función de las que hagan los rivales. Si se trata de alguien ya curtido en anteriores batallas, sabrá dónde debe detenerse, aunque no sea más que para no ofender la capacidad de raciocinio de los asistentes. Si no lo es, ofrecerá ilusiones vestidas de proyectos vagamente realizables, sin explicar que jamás podrá cumplirlos. Y si los oyentes tienen ya una cierta experiencia, sabrán distinguir entre ambos sólo con oírlos saludar, y dejarán en su sitio a los vendedores de humo. Lo malo es que las líneas divisorias no están definidas con claridad. Ni aun los candidatos más serios pueden prescindir de una cierta dosis de demagogia, ni los más fantasiosos carecen de una mínima dosis de realismo. De ahí la dificultad de discernir entre ambos, y de ahí el hecho de que, muchas veces, la elección termine haciéndose en virtud de motivaciones más próximas a la simpatía y a factores externos que a la razón objetiva.
Hay electores que votan al que les encandila con la forma de expresión y la vehemencia verbal; los hay que lo hacen al que ofrece sin medida; hay quienes eligen a un candidato por su prestancia física y su fotogenia, y hay hasta quien sigue fiel a un partido por no romper la tradición familiar y le vota aunque sea tapándose la nariz. Por supuesto, también están los que lo hacen desde una reflexión personal después de examinar los programas de acuerdo con sus convicciones. Y al final nadie sabe a dónde va a ir a parar su voto, porque el afán de poder dará lugar a extrañas alianzas en las que el elector ya no cuenta.

miércoles, 13 de febrero de 2019

La peor pérdida

Lo último que los catalanes que sientan de verdad su tierra van a perdonar a sus actuales dirigentes es el desierto de afecto que han dejado detrás de sí. Cuando todo esto termine y la sensatez se recupere y haga que todo vuelva a su cauce de normalidad, cuando por fin todo este delirio se vaya desvaneciendo por la lógica de la realidad hasta que no se vea más que como una pesadilla de esas que a veces ennegrecen la Historia, se darán cuenta del estropicio que han causado en los sentimientos del resto de españoles hacia ellos. Desde luego, tendrán mucho más que ver: la reducción del tejido empresarial a causa de la fuga de miles de entidades en busca de acomodos más seguros y estables; la pérdida de la ocasión de ser sede de organismos europeos afectados por el 'brexit'; la dificultad para atraer eventos internacionales; la caída del producto interior bruto y el aumento de la deuda; el desplome de la valoración de las agencias de calificación de riesgo, que la consideran bono basura, con lo que le impiden acudir a los mercados, de modo que su único modo de financiarse es a través del bolsillo de todos los españoles. Sin embargo, con ser mucho, no es eso lo peor; casi todo esto puede tener un carácter coyuntural y ser reversible a corto y medio plazo. Mucho más difícil será remediar el desgarrón afectivo que se ha abierto con el resto de los españoles y, aún más, entre los mismos catalanes.
Hubo una Cataluña querida y admirada por su capacidad para adaptarse exitosamente a todas las circunstancias, tanto económicas como sociales y culturales, que los tiempos traían. Una Cataluña que era vista como ejemplo de laboriosidad y carácter emprendedor, generadora de trabajo, poco dada a ensueños mitológicos que se salieran del ámbito de las cuentas de resultados. La Cataluña que ejercía de vanguardia cultural en España, como centro de atracción de escritores, artistas e intelectuales. Sus éxitos eran los de todos, porque la sentían como suya. La Cataluña del 'seny', apreciada y envidiada por el resto. Pero todo era endeble; el ejemplo de antes se ha convertido ahora en el modelo a no seguir. Bastó que una pandilla de iluminados agitaran el señuelo de un Camelot edénico y se inventaran una historia a propósito, para que el 'seny' mostrara que no era tal y su ponderado sentido común tampoco. A pesar de que no es justo tomar la parte por el todo, es un hecho que Cataluña y lo catalán han perdido el afecto de muchos españoles. Sé de algún fervoroso hincha culé que ha pasado de emocionarse con las victorias del Barcelona a alegrarse con sus derrotas. 
El daño que estos tipos, salidos de las páginas más cerriles de la crónica política, han infligido a sus conciudadanos y a la imagen de Cataluña en el resto de España ha sido enorme, y viene a ser la enésima constatación de la tendencia de los catalanes a seguir a cualquier flautista sin medir las consecuencias. Gaziel, un catalán que conocía bien a los suyos, lo resumió con claridad: "El catalanismo es el jugador que siempre pierde. Todo indica que no se trata de un jugador desdichado, sino de un mal jugador, cosa muy distinta. Sólo hará falta que se coloquen silenciosamente detrás de él, a ver cómo juega. No tardarán en descubrir que lanza espadas cuando debería lanzar oros, y envida cuando hay que pasar, y no acierta ni una. Pues bien, ese tipo de jugador es Cataluña".