miércoles, 25 de junio de 2014

Junio

Con los días más largos del año y las horas de luz estrechando la noche hasta convertirla en apenas un resuello, las expresiones de la vida diaria parecen acumularse, como si quisieran manifestarse con prisa. Algo tendrán estos días de solsticio en los que el ciclo del año y el tiempo se parten en dos y el espíritu se inflama brevemente en un corto período de plenitud, aunque con la inalterable certeza de que se ha doblado la cima y comienza de nuevo el declive. Son días en los que hasta el santoral reúne a la mayor parte de sus nombres más señeros, lo que llena nuestros pueblos de romerías y de invitaciones a la fiesta. Hemos contado nuestros deseos a los dioses del fuego en la noche mágica de la purificación y se han apagado ya las brasas de los trastos viejos que lanzamos a la hoguera para dejar sitio a esa renovación que nunca llega. Con el señorío del sol llega una actitud renovada ante el paisaje de cada mañana, llegan las desinhibiciones y la inclinación a airear lo oculto, quizá también una disposición distinta ante los mismos problemas. Quién sabe del poder de la luz sobre lo más oculto de nuestros escondrijos. El poeta pedía al sol que se detuviera para poder saludarlo y que oyera su canto, tanta euforia le infundía. Claro que era un romántico.
También la intensidad informativa parece haberse contagiado estos días del efecto del calendario. Aquí hemos cambiado nada menos que de Jefe de Estado sin grandes alharacas, como si fuese un hecho habitual, casi con mirada y actitud acostumbradas, a pesar de que la mayoría de españoles era la primera vez que lo vivían. La normalidad mostrándonos su condición de bendita virtud por encima de su significado de rutina, pero advirtiéndonos de que precisamente lo normal siempre es mucho más sencillamente complicado e interesante. En este caso, la normalidad encierra la contradicción de ser infrecuente, al menos si miramos los acontecimientos similares en los dos últimos siglos. Parecía como si en la ovación de las Cortes al nuevo rey, en las gentes que aplaudían en la calle y en las que lo veían en el país entero, en los ánimos de todos, especialmente de los mayores, flotara una especie de “algo hemos hecho bien cuando estamos asistiendo a esto sin incertidumbre”.
Otro punto que estaba llamado a ser vibrante actualidad veraniega dejó pronto de serlo para nosotros, aunque parece que no para otros que ni siquiera tenían nada que hacer allí, según puede uno leer en este mismo periódico. La noticia cuenta que tres aficionados chinos han muerto tras pasar varias noches sin dormir para ver en directo los partidos del Mundial. También la afición futbolística tiene sus mártires o, mejor, sus paradigmas de estupidez. Los nuestros han vuelto derrotados nada más empezar en medio de la sorpresa y la decepción general. Tras un ciclo largo y triunfal todo es más amargo, pero ya se sabe que todas las cosas de nuestra vida, y aun más las placenteras, están sujetas a mudanza. Lo más detestable es el afán destructor de los mezquinos que parecen esperar cualquier tropiezo para verter la mala baba de su desdén hacia todo lo que nos represente. A esos nuestro desprecio.

miércoles, 18 de junio de 2014

Labor de trilla

En todo ese desfile de personajes que cada día se dirigen a nosotros desde las ventanas de los medios, qué pocos hay que realmente merezcan nuestra atención. Esa pasarela sin fin de tipos repetidos, hablando continuamente de todo en tertulias y comadreos, da para un análisis en el que nos encontraríamos con elementos muy diversos: ideología del medio, objetivo a conseguir, intereses en juego, coste, etc. Hay casos en que se ve una intencionalidad clara de crear algún nuevo liderillo, como ha sucedido en las recientes elecciones europeas. Otras veces son una amalgama de tipos, cada uno con sus limitaciones a cuestas. Están los que tienen soluciones para todo y parecen ofendidos porque no se pongan inmediatamente en práctica. Están también los que siempre saben lo que va a pasar, esos que tienen las claves del futuro, una grey muy abundante, por cierto; cuando estalle el fin del mundo, en medio del caos seguro que se oirá a alguien gritando que ya lo sabía. Hay veces, muy pocas, que el espectador tiene la grata sorpresa de encontrarse con personas verdaderamente interesantes por la altura de sus conocimientos, la profundidad de sus razonamientos, la humildad de su palabra y la educación con que aceptan que el ignorante de turno les interrumpa con alguna memez, pero estos no dan juego televisivo y se les tiene callados el mayor tiempo posible, y por supuesto no se les vuelve a llamar. Esto da lugar a una verdad de carácter axiomático: los personajes dignos de admiración casi siempre hay que buscarlos entre los que nunca aparecen ante los focos del gran teatro del mundo.
Luego está el grupo más numeroso, el de los demagogos, un gremio tan viejo como la sociedad, que abarca un amplio espectro: pacifistas de pacotilla, políticos que sólo pretenden agradar a la plebe para atraérsela, predicadores de dogmas basados en sus propios intereses. Los peores son aquellos en los que, entre su actitud ante la opinión pública y su actitud real personal existe la diferencia de la hipocresía, ese velo tejido de miseria que tapa la verdad con su cara negra y luce ante el espectador su lado hermoso. Ya no se trata de la oposición que pueda haber entre la obra de un artista y su conducta personal, sino de la que hay entre las convicciones que se pregonan para sostener una imagen de noble idealismo y las que realmente se tienen. Y que, además, siempre terminan por aflorar, porque es fácil que en algún momento la máscara se quede enganchada en alguna espina de la vida. Ejemplos ilustres abundan en todos los sitios. John Lenon y Yoko Ono cantaban aquello de "liberen a los prisioneros y encierren a los jueces, libérenlos en todas partes", pero cuando el asesino de John, Marc Chapman, cumplió veinte años de condena y solicitó la libertad condicional, Yoko pidió al tribunal que rechazara su demanda.
En medio de la desaforada explosión informativa que nos abruma con todo tipo de caras y opiniones interesadas, no hay postura más saludable para el respeto que uno se debe a sí mismo que tener un criterio propio, nacido de informaciones diversificadas que fortalezcan la objetividad, mantener la personalidad del pensamiento y no dejarse atrapar por ningún hechizo vaporoso.

miércoles, 11 de junio de 2014

Aprovechando la ocasión

Valiéndose de una consecuencia natural del paso del tiempo, y de que el efecto entrópico hace de las suyas, nostálgicos de los años 30 han desempolvado la bandera de los tres colores y salen a agitarla contraponiéndola a la rojigualda de siempre. No son muchos, pero ya algunas televisiones se encargan de hacer planos cortos para que llenen la pantalla. El caso es que, si se trata de oponer dos conceptos, no se entiende muy bien, porque la bandera rojigualda al fin y al cabo es tan monárquica como republicana, porque también lo fue de la I República. Es la bandera de la nación, no la de una forma de gobierno. Pero es sabido que los momentos de transición son el tiempo de los demagogos agitadores y de los expertos en intentar arrimar las ascuas a sus sardinas, aunque sea a costa del riesgo de incendiar toda la casa. Muchos de ellos son los mismos que en su día aceptaron esa bandera y la forma monárquica, y nos vendieron entonces el gesto ocultándonos el término oportunismo y sustituyéndolo por el de sentido de la responsabilidad. Imitación de la naturaleza; los camaleones también vuelven siempre a su color natural. Qué lejos les queda aquello que su camarada Carrillo respondió al Rey cuando éste, durante una recepción palaciega, le preguntó si se sentía incómodo allí: “No, señor, porque si usted no estuviera yo tampoco estaría”.
Puede que en muchos se trate de limpios sentimientos, fecundados por la añoranza de viejos testimonios cercanos o por el anhelo de utopías soñadas, pero no cabe aducir argumentos de base dicotómica en rotunda contraposición, como los que se han oído estos días a algún dirigente de no muchas luces, que fijaba una categórica disyuntiva: o monarquía o democracia. Basta echar una mirada al mapa político del mundo, o recordar, por ejemplo, que las leyes de la República prohibían cualquier signo monárquico, mientras que ahora ya se ve. Si todo se apoya en tan débiles razones, no quedan más que las viejas nostalgias. E incluso, en sentido contrario, alguien podría aducir algún tipo de determinismo histórico, porque el hecho evidente es que en los veinte siglos de historia de España se ensayó dos veces la forma republicana y las dos acabaron en guerra civil.
Ningún país de nuestro entorno se cuestiona su forma de Estado; ninguna monarquía se plantea ser república ni al revés. A nadie se le pasa por la cabeza embarcarse en una aventura institucional tan seria para tratar un problema que no existe, porque ya se resolvió en su día con la aprobación general, y más cuando hay preocupaciones mucho más acuciantes y angustiosas que requieren todos los esfuerzos. En tiempo de zozobra no hacer mudanza, dice el clásico consejo, pero en eso, como en otras cosas, nuestros partidos minoritarios son peculiares. No se reconocen a sí mismos sin el coqueteo con el antisistema. Les importa muy poco la estabilidad del país, cuando la estabilidad es el bien primario más precioso, porque es imprescindible para alcanzar todos los demás. Si es que parecen empeñarse en dar la razón a aquel que nos hablaba de nuestros demonios familiares.

sábado, 7 de junio de 2014

Un voto lejano

Se ha votado por Europa con la pretensión de hacernos sentir partícipes de su construcción y lo único que se ha conseguido es formar un revuelo en torno al bipartidismo y a los nuevos efectos del proselitismo de las redes sociales y de ciertos programas de televisión. Poco que ver con la intención que está en el origen de la idea de compartir decisiones con los ciudadanos europeos sobre su propia Unión. Algo sigue sin funcionar en los mensajes y en el modo de presentar este proyecto si se sigue viendo en todos los países miembros como algo secundario. Quizá sea que veinte siglos de enfrentamientos, de peleas, de tópicos, de recelos, de ambiciones territoriales y de ver al vecino como un enemigo, dejan un poso tan hondo y tan difícil de remover que es imposible cambiar en apenas cinco décadas la mentalidad que generó. El votante honesto consigo mismo sólo pudo tener dos opciones: abstenerse de dar su voto a algo que no conoce o tratar de entender el complejo funcionamiento, organización, estructura y funciones del organismo para el que se le pide el voto. Entre esto, entre que no hay país en el que sus ciudadanos no estén de uñas con la clase política, que se trata de unas elecciones a un parlamento lejano y del que no se deriva ningún poder ejecutivo, y que comienza a sentirse un cierto cansancio electoral que incita a hacer una selección de las elecciones a la hora de acudir a la urna, no es de extrañar la recurrente abstención. Extraer conclusiones de los resultados, y sobre todo extrapolarlas, es muy atrevido, porque se trata de votos que no comprometen, votos idóneos para castigar y dar un toque de atención al gobierno de casa. Propicios también para que alcancen su momento de gloria personajes curiosos, ideas extravagantes, utopías de toda laya, líderes ofreciendo las promesas más estrafalarias, porque saben que es imposible que algún día se vean en la tesitura de tener que cumplirlas. En todas las elecciones y en todos los países hay ejemplos de sobra; aquí nos dejaron ahora otra muestra, esta vez fruto del fenómeno del tertulianismo televisivo, y en concreto del empeño machacón de alguna cadena en vender su producto, quién sabe con qué interés.
Lo que resulta decepcionante es el concepto que tienen de Europa quienes dicen trabajar por ella. En ningún programa ni discurso de los que aspiraban a representarla aparece ni de refilón referencia alguna a lo fundamental, a lo que está en su origen y constituye su esencia y su razón de ser histórica: la savia cultural que la ha nutrido y dotado de unos valores compartidos hasta el punto de poder hacer unas elecciones a un parlamento común. Se elude la significación de la Historia. Nos la presentan sólo como un gran mercado de intereses. Les da rubor recordar que Europa es el concepto de democracia, la declaración de los Derechos del Hombre, el juramento hipocrático, el “habeas corpus”, los juegos de Olimpia, la Lógica, el humanismo, la polifonía, la duda metódica, la novela, la primera vuelta al mundo, el "sólo sé que no sé nada". Y eso a pesar de los fanatismos, las tiranías, los progroms, las hogueras y de algunos políticos que nos piden el voto para ella.

miércoles, 28 de mayo de 2014

El misterio del fútbol

Dicen que en última instancia el fútbol no es más que un juego, pero nadie explica dónde hay que situar esa instancia última. Muy lejos, supongo, a la vista de lo que implica cualquier partido de esos que tienen el sello de trascendentales, y no digamos si encima cuentan con el añadido de una rivalidad crónica. Algo más que un juego debe de ser, o al menos un juego fuera de la definición de los manuales al uso, cuando es capaz de producir efectos tan intensos, tan variados y tan determinantes, tanto en el ámbito individual como en el social. Esas riadas de gentes que se desplazaron a Lisboa por todos los medios, son todo un argumento. Podrían haber visto el partido desde su sofá, pero han preferido afrontar un viaje incómodo, un gasto dictado por los aprovechados de turno, horas de cansancio e insomnio y la posibilidad de que en el regreso se añadieran a todo eso las lágrimas de la desilusión. Pocos acontecimientos podrían provocar algo parecido. Si esto es un juego, vamos a creer que es verdad que el nombre primario de nuestra especie es el de homo ludens.
Este deporte de factura elemental, infantiloide en su concepto, con ciertas reminiscencias bélicas, que tardó una eternidad en aparecer en la vida de la humanidad, que se resiste a cualquier innovación tecnológica porque piensa que en la debilidad de un juez humano y en las injusticias que esto conlleva estriba la pasión que lo alimenta, acaso sea un modo perfecto para dar cauce a la condición violenta que es inherente al ser humano. Como todas las cosas trascendentes, es capaz de actuar, para bien o para mal, en los escondrijos de la memoria durante toda la vida y de despertar adhesiones y fobias inmunes a toda mudanza, pasiones indelebles que ni el ser más querido podría suscitar. Así que esa afirmación de que el fútbol es la cosa más importante de las cosas menos importantes suena bien, pero no es cierta, porque se nos muestra como más importante que otras cosas importantes. En esa multitud de rostros demudados por la tensión subyace esa oculta fuerza que es capaz de convertir las calles de una ciudad en un hormiguero de gentes unidas por un solo sentimiento. Aun desde la distancia emocional, bendito juego que en los triunfos inunda a millones de almas con una explosión de alegría capaz de empequeñecer por un momento cualquier preocupación, y en las derrotas aporta un dolor que pronto evoluciona en esperanza. Y siempre, su seguimiento alivia los sinsabores y contratiempos de la vida de sus devotos. Hasta consigue dar al medio que lo retransmite su mayor índice de audiencia.
Y, vista la importancia universal que se le prodiga y los esfuerzos que se hacen desde las instancias de poder para atraer sus grandes acontecimientos, algo tendrá que ver con el prestigio del país, con el orgullo patriótico y hasta seguramente con el índice del PIB. Alguien me recuerda que, ahora mismo, todos los títulos posibles del fútbol universal, el campeonato mundial y el europeo de selecciones nacionales y los dos continentales de clubes, están en manos de equipos españoles. Pues también es Marca España.

miércoles, 14 de mayo de 2014

Ese extraño museo

Con su arquitectura de perfiles extraños y líneas arrugadas, como si el edificio hubiera sufrido una tremenda colisión frontal, Frank Gehry ha obtenido el Príncipe de Asturias de las Artes. Para nosotros, Gehry es el museo Guggenheim de Bilbao y, si acaso, su secuela epigonal, una bodega vinícola; el primero, sobre todo, ha eclipsado toda su obra restante. Uno debe confesar que no siente ninguna debilidad por esa mole que se alza junto a la ría, aunque tampoco tiene nada especialmente en contra. Lo único que le inspira es una breve reflexión en general sobre la relación entre el continente y el contenido. En este caso, del continente poco hay que decir, porque es obvio el impacto de su presencia. A eso se añaden simbolismos adecuados y explicaciones retóricas, por ejemplo que el empleo del titanio alude al pasado siderúrgico de Bilbao, como si el hierro tuviese algo que ver con el titanio, y ya está instalado firmemente en el mapa físico y sentimental de la ciudad.
Otra cosa es la función para la que fue concebido, porque su carácter pretendidamente subvertidor, apoyado en una facilona ambigüedad entre la arquitectura y la escultura y pensado para provocar inmediatas admiraciones, no es otra cosa que un producto más de un nuevo modelo conceptual basado en el trastrueque de la relación orgánica entre las obras de arte y el marco que las acoge. El envoltorio adquiere todo el protagonismo en detrimento de lo envuelto. La cáscara del huevo se convierte en algo de mayor importancia que la yema. El museo se concibe como algo para ser exhibido por sí mismo, independientemente de la obra que vaya a acoger. El edificio ya es la obra; lo que se muestre dentro es secundario con relación a ella; lo mismo puede ser una retrospectiva de Moore que una exhibición de montajes electrónicos. Con una apropiada labor comercial, esto tiene entre sus consecuencias la de lograr una popularidad poco frecuente en el ámbito habitual de lo museístico, aunque con un orden de valores inverso. Si se preguntara a cualquier visitante del Guggenheim, e incluso a los ciudadanos de Bilbao, por el arquitecto que lo construyó, quizá muchos diesen su nombre, pero si se les pidiese que digan el de algún artista que tenga su obra allí sólo tendríamos un encogimiento de hombros. La función básica del museo, aun con todos los matices revisionistas que se quieran, se diluye y se empequeñece hasta convertirse en un apéndice menor del conjunto. Es casi como decir que un cuadro no sería nada sin la espléndida moldura que lo enmarca.
Por encima de cualquier accesorio externo y por espectacular que sea, los principales valedores de un museo de arte son las obras que alberga y los artistas que las crearon. Es lo que le da valor, no el producto de megalomanías urbanas y edificios aparatosos que tratan de escapar a su natural condición contingente. Convertir el acto íntimo de la contemplación de una obra de arte en un espectáculo de parque temático puede que sea un gran negocio económico y propagandístico, pero es también una forma de subversión. Una caja de caudales puede estar decorada con preciosos colores, pero lo que importa es lo que guarde en su interior.

miércoles, 7 de mayo de 2014

Un comensal más

En una de esas manifestaciones que agobian cada día nuestras calles, entre la marea de pancartas con los gastados ripios y eslóganes de siempre, podía leerse una que destacaba entre las demás precisamente porque no tenía ningún carácter reivindicativo: “Apaga la tele y enciende tu mente”. Sabio consejo. Una de esas recomendaciones que se hacen a quien uno quiere bien. Porque, salvo excepciones de algún espacio concreto, casi siempre de la mano de la cadena pública, de algunas series de calidad, y dejando al margen el caso de las temáticas, el contenido de un día cualquiera en la pequeña pantalla es para cerrarla bajo siete llaves y buscarse otra forma más gratificante de perder el tiempo; no puede ser difícil. Cuánta vulgaridad y qué poco talento. La originalidad se confunde con la zafiedad, la burla de las creencias y sentimientos de muchos se tiene por gracia ingeniosa, insistir continuamente en todo lo negativo que tenemos y omitir todo lo que pueda darnos esperanza se considera un timbre de modernidad. A la lengua española se la desprecia maltratando su sintaxis y reduciendo su léxico en favor de absurdos anglicismos; hasta se le niega el derecho a nombrar con su propia denominación a algunas ciudades españolas. Las tertulias son un retablo de tipos que pululan por ellas con sus conocimientos universales e inagotables y que enseguida publicarán un libro. Y los informativos, desfasados en su formato, lentos, reiterativos, parciales, abrumados de carga política, cargantes de declaraciones inanes. Esta es la televisión que, según las encuestas, muchos tienen como única fuente de adquisición de cultura.
El caso es que su omnipresencia es aplastante. En la mayoría de restaurantes, por ejemplo, no falta el dichoso aparato en el comedor como un comensal más. Y eso que si algún enemigo tiene el buen comer es la televisión. Tratar de saborear unos langostinos oyendo a esa chica del informativo de la Sexta que cada día nos cuenta lo mal que hacemos todo, o a las del conventillo de turno de Telecinco insultarse a grito pelado, parece metafísicamente imposible. Al hostelero eso no suele importarle nada; por mucho que uno se lo pida jamás apagará el aparato. Ni siquiera aunque el que lo solicite esté solo en el comedor y le diga que no quiera ver la maldita televisión. Alguien me explica que algunas cadenas le pagan por tenerla conectada y así contribuyen a aumentar los índices de su audiencia. No sé, pero desde luego cada vez ponen más; hay establecimientos que tienen hasta cinco aparatos, todos encendidos, por supuesto. Si esto es así, poca credibilidad cabe dar a tales índices, porque fuera del fútbol nadie atiende jamás a la televisión en un bar. Y hacen bien, desde luego, porque a un bar se va a pasar un momento distendido, a charlar con alguien o simplemente a leer el periódico mientras se toma la bebida preferida, pero no a que le den a uno la misma tabarra que en casa. Sé de alguno que ha adoptado la norma de no ir jamás a un restaurante que tenga un televisor en el comedor; prefiere comer un bocadillo en el parque. Dice que es su forma de contribuir a mejorar un poco el mundo.

miércoles, 30 de abril de 2014

El Jardín Botánico Atlántico

Hubo un momento, a comienzos de este siglo, en el que Gijón decidió con firmeza tomar de una vez por todas ese tren llamado turismo, que llevaba ya muchos años circulando por otras tierras con su andar dadivoso y su carga de posibilidades con las que poder suplir el sitio que otros estaban dejando tras su retirada. Esta vez no podía dejarse escapar. Ya habían sido demasiados los trenes que habíamos visto pasar por nuestra estación sin que hiciéramos el menor ademán de subirnos a ellos. Ya habíamos tenido en este Gijón nuestro motivos de sobra para lamentar las ocasiones perdidas: la del urbanismo racional, la de la consolidación del tejido industrial sobre criterios de diversificación, la del legado jovellanista, la de impulsar una conciencia colectiva con un carácter transitivo. Habían sido muchas las veces en que no supimos valorar la oportunidad del momento, con ese gesto tan asturiano de ya veremos.
Eran tiempos de abundancia y la ciudad se embarcó en cuatro empeños que, una vez realizados, habrían de incrementar su capacidad de atracción hasta límites comparables con los de otras ciudades de características semejantes. Proyectos basados, cómo no, en el mar -un acuario y un centro de talasoterapia-, en su historia reciente -la Universidad Laboral-, y en su espléndido entorno natural: un Jardín Botánico. Todos se convirtieron en realidad. Con mayor o menor fortuna -es el caso de la Laboral, a la que se le hizo pagar su pecado original-, todos cumplen, no sé si en la medida de lo esperado, su función enriquecedora de la ciudad. Pero seguramente el que está más sólidamente instalado en el futuro y el que más ha calado en el aprecio de los gijoneses es el Jardín Botánico. Por hermoso, por placentero, por su fácil accesibilidad material y económica, por su capacidad de seducir a todos, sea cual sea su inclinación o su grado de sensibilidad.
El Jardín Botánico se apellida Atlántico, y es en una buena parte caducifolio, así que viste sus mejores galas en otoño, pero es ahora, en primavera, cuando parece querer envolver al visitante en la efervescencia de su nuevo renacimiento. Están las hojas estrenando un verde primerizo, y en el suelo las flores obligando al caminante a detenerse ante ellas. Si el visitante es hombre curioso e interesado, apuntará nombres que quizá nunca haya oído: aquilegia, boronia, deutzia, weigelia. Aspirará perfumes nuevos, descubrirá senderos nuevos, estrenará miradas nuevas. Andará junto al agua por alisedas, subirá hasta la zona donde el haya extiende horizontalmente sus brazos poderosos y llegará hasta la vieja carbayeda, en la que el roble parece hacer valer su condición de ciudadano más longevo. Cruzará puentecillos sobre arroyos y lagunas, pasará junto a antiguos ingenios hidráulicos y se detendrá ante una preciosa glorieta de cerámica talaverana. Luego, quizá se siente en algún rincón a dejarse invadir por el bullir de la vida a su alrededor, porque seguramente nuestro jardín no es tan monumental ni tan espectacular ni tan racional en sus líneas como otros más famosos, pero acaso por eso sí consigue hacernos sentir solidarios con la naturaleza en su estado más próximo a nosotros.

miércoles, 23 de abril de 2014

Amigo libro

Aflojado ya el pie del estribo, crecidas las ansias del fin y menguadas hasta la nada las esperanzas, con el alma cosida de costurones y el cuerpo deforme por la hidropesía, moría tal día como hoy, en una casa de la calle del León, en lo que hoy se llama el Barrio de las Letras, un tal Cervantes, de sesenta y ocho años, ex-soldado, ex-cautivo, ex-recaudador, manco y escritor. Era la primavera madrileña de hace trescientos noventa y ocho años. Se le enterró con la cara descubierta y un hábito de terciario franciscano en el cercano convento de las Trinitarias. Avatares y posteriores reformas del edificio han hecho que jamás hayan sido encontrados sus restos, uniéndose así al destino de otras de nuestras grandes figuras históricas, cuyos huesos están perdidos en la nada. Ese mismo día, aunque no en el mismo tiempo por diferencia de calendarios, dejaba la vida en su pequeño pueblo de la campiña inglesa otro escritor que había hecho con el teatro lo mismo que Cervantes con la novela. De estilo aparentemente sencillo el español, de prosa tersa y llana, capaz de ponernos ante nuestras contradicciones más inquietantes con la más fina de las ironías; más grave y hermético conceptualmente el inglés, pero ambos con un denominador común: en su obra privilegian más lo humano que lo divino. Con Cervantes y Shakespeare vinculados para siempre a este día, no debió de tener que pensar mucho la Unesco para decidir la fecha del Día Mundial del Libro.
Este objeto pequeño y llevadero como un pensamiento es compañía, placer, consuelo, incitador de fantasías y creador de realidades gozosamente metafísicas. Es la posibilidad de un diálogo a solas con quienes han sabido y saben bastante más que nosotros. Y además, es silencioso y permanente como ningún otro amigo puede serlo. Y encima puede ser increíblemente bello. Y tremendamente poderoso. ¿Alguien ha visto que el contenido de alguna obra de arte cambiara el curso de la Historia, modificando el pensamiento de la humanidad? Pues hubo libros que sí. Y en el plano individual, que cada uno se siente y piense qué quedaría de él si le quitaran todo lo que aprendió en los libros.
Cuando todo lo que nos rodea se empeñe en hundirnos el ánimo, cuando los mensajes que nos envían desde todos los medios nos muestren tan sólo el lado negativo de la realidad, cuando la esperanza se debilite y el pesimismo trate de invadirlo todo, qué alivio refugiarse en un libro de palabra mansa y sabia. Qué receta contra la melancolía y la soledad, y qué fuente para soportar la intemperie de nuestras limitaciones intelectuales. Tomar, por ejemplo, un clásico y sentarse con él sin prisas, con todo sosiego: las Coplas de Manrique o los sonetos de Quevedo o las décimas de Segismundo, o el capítulo 20 del Quijote, la gran alegoría del miedo, o los pensamientos cínicos y sabios de Gracián. O una tragedia que nos dibuje las pasiones, o una novela romántica, o acaso el último título salido al mercado, siempre que no esté ahí sólo por razones extraliterarias. En mayor o menor medida, todos nos enseñarán que somos de la misma materia de que están hechas las ilusiones por las que merece la pena vivir.

miércoles, 16 de abril de 2014

La Cámara Santa

Cualquier sociedad con las raíces ancladas en el fondo del tiempo tiene una referencia que la nutre espiritualmente, vigoriza su identidad y le da el punto de orgullo que necesita para sentirse satisfecha de sí misma ante los demás. Por las circunstancias de la evolución del pensamiento, en el origen y en el fondo de esa referencia hay casi siempre un hecho religioso, que sobrevive, aunque a veces aparezca desdibujado, junto a su condición de símbolo identitario de una sociedad. En Asturias, ese punto de alusión que focaliza nuestra trayectoria histórica es la Cámara Santa.
Este pequeño recinto, que ocupa el piso superior de la primitiva capilla palatina de San Miguel, fue dedicado ya por Alfonso II a relicario para acoger las piezas sagradas traídas de Toledo y otros lugares tras la invasión musulmana, aunque esta función martirial se fue modificando con el tiempo hasta convertirse pronto en la cámara del tesoro real. En el siglo XII, se añadieron los elementos románicos que hoy vemos, y en el XX sufrió los ataques más graves de sus más de mil años de historia: en 1934 la ignorancia y la barbarie la hicieron saltar por los aires, y en 1977 un ladrón solitario expolió sus principales joyas, aunque luego pudieron ser rehechas.
El tiempo la ha desposeído de su condición de tesoro material. Muy por encima de la valía físico de los objetos que alberga, que no es excesiva, lo que hoy encierra es un triple valor imposible de cuantificar: simbólico, espiritual y artístico. Simbólico porque ella fue la que dio a Asturias su símbolo y la que lo custodia; espiritual porque la presencia del Santo Sudario la convierte en poseedora de la reliquia más venerada de la Pasión, junto con la Sábana Santa. Y artístico, porque su conjunto de piezas de orfebrería constituye uno de los tesoros medievales más antiguos y de mayor calidad artística de toda Europa, quizá el más completo de toda la Alta Edad Media, y porque luego, en el románico, se le añadió su apostolado, que es sin duda una de las obras maestras de la escultura medieval española. Sus seis grupos de figuras pareadas, adosadas a los fustes de las columnas, parecen estar haciéndose confidencias; hay en sus actitudes un intento de personalización, realzado por el símbolo que la iconografía tradicional atribuye a cada uno; es como una reunión amable en la que el visitante se siente invitado a la conversación. La extraordinaria calidad de la talla, el carácter casi expresionista de los rostros, la riqueza iconográfica de basas y capiteles, el tratamiento preciosista de ropas y cabellos y la comedida ruptura del hieratismo románico convierten a este anónimo maestro y a la Cámara Santa en una de las cumbres de la escultura románica.
Ahora la Cámara Santa se ha renovado en su aspecto más accesorio y se presenta más hermosa y más fácil de comprender a primera vista. Se ha reordenado, dentro de sus limitaciones, el espacio expositivo por ejes de categorías: las cruces en primer término, con la caja de las Ágatas y la cruz de Nicodemo; en el centro, el Arca Santa y, sobre ella, de momento a la vista de todos en su urna anóxida, el Santo Sudario.

miércoles, 9 de abril de 2014

¿Hemos ido demasiado lejos?

Cada vez parece imponerse con más fuerza la percepción de que hemos ido demasiado lejos en nuestro fervor descentralizador y en tratar de prescindir de una referencia única que representara la homogeneidad. Cada vez viene resultando mas evidente para muchos que aquella iniciativa ilusionante que se puso en marcha con el fin de dar acomodo a las tensiones regionales existentes, ahora, una generación después, nos ha traído unas consecuencias que, con el optimismo adanista del momento, no se habían previsto, o acaso no se supieron atajar después a tiempo. Algunas son de gran dimensión y de tono preocupante; por ejemplo el desafío secesionista a que nos ha llevado aquel intento bienintencionado de satisfacer las demandas de los partidos nacionalistas mediante un estatuto que pareció colmar sus aspiraciones. O por ejemplo, el hecho de que nos está resultando carísimo; casi dos mil diputados y consejeros, diecisiete burocracias completas en definitiva, son difíciles de mantener, y sería bueno saber qué incidencia tiene en la carga fiscal de cada ciudadano. Otras consecuencias puede que no sean de gran calado institucional, pero nos afectan directamente y, en el caso de la sanidad, pueden llegar a ser trágicas; ahí está la noticia reciente de la niña de Treviño, que murió mientras se discutía si tenían que atenderla los de Villarriba o los de Villabajo. Sin ir más lejos, la nueva receta electrónica impide recoger los medicamentos en otra comunidad autónoma; o sea que ya sabe, a partir de ahora si sale de su región procure ir cargado con todas las medicinas necesarias. A lo mejor, los que diseñaron el tal sistema llaman a esto progreso.
Pero por encima de los inconvenientes materiales, lo más grave es que todo esto contribuye a dar una cierta sensación de desvertebración nacional. Lo que en una comunidad es un hecho habitual, en otra es delito; lo que en una región es un espectáculo de masas, en otra está prohibido; lo que en una autonomía está fuertemente gravado fiscalmente, en otra está libre de impuestos; lo que se enseña en los colegios de unas zonas, en otras se ignora por completo. Depende de dónde se viva, la vida diaria tiene circunstancias distintas. Una maraña de normas que dificulta las relaciones comerciales entre regiones y frena cualquier deseo de inversión, un barullo legislativo imposible de descifrar, como si se tratara de un concurso en el que cada comunidad trata de individualizarse y diferenciarse de la vecina; no hay más que ver algo tan banal como las licencias de caza.
Quizá en algún momento hemos cruzado un punto que nunca deberíamos haber pasado sin detenernos a reflexionar seriamente sobre el camino que transitábamos, qué peaje pagábamos y a dónde nos conducía. No se explicó por qué, por ejemplo, se fragmentaron competencias que por su propia esencia han de ser siempre estatales, como la educación, nada menos que la formación de los ciudadanos del mañana, y la sanidad. No es de extrañar que muchos se pregunten si no convendría meditar sobre ello. Al fin y al cabo, en Europa, a los países de organización territorial centralizada, que son la mayoría, no les va tan mal.

miércoles, 2 de abril de 2014

El recibo de la luz

Esto del recibo de la luz viene a ser una metáfora de la tremenda complejidad a la que nos van llevando los que ordenan nuestras vidas, eso sí, siempre con el pretexto de que es para mejorar. Es como un axioma implacable: nunca una nueva aplicación o una nueva norma simplifican la anterior. En este caso, creo que pocos pasos más se pueden dar para llegar a la nada absoluta; se ve que están empeñados en que nos convirtamos en eminentes doctores en hermenéutica o nos quedemos sin enterarnos de nada. Recuerdo de pequeño, en la casa del pueblo donde vivía. Cada mes llegaba un señor de Electra del Viesgo, pedía permiso para entrar y anotaba la cifra del contador bajo la atenta mirada de mi madre, que comprobaba que la lectura era la correcta. Así de sencillo: tantos kilovatios a tanto cada uno, y eso era la factura. Todo el mundo lo entendía. Luego, en algún momento, la madeja comenzó a enredarse hasta hacerse indescifrable para el humilde consumidor, que paga lo que le mandan sin ninguna otra opción y sin comprender nada. Ahora lo que uno tiene delante son términos como mercado mayorista de electricidad, subasta de energía, déficit tarifario, medición anual o diaria, Tarifa de Último Recurso, precio marginal del mercado diario o el PVPC, que significa Precio Voluntario al Pequeño Consumidor, que parece mentira que usted no lo sepa.
El caso es que durante años nos llenaron la cabeza de esperanza y nuestras montañas y campos de extraños artilugios de aire futurista, y nos dijeron que ahí, en el viento y en el sol, estaba la solución del problema de la energía. Limpia, inagotable y barata, sobre todo barata, puesto que la materia prima nos la regalaba generosamente el cielo, que es bastante más desprendido que los jeques. Nos explicaron que hasta entonces estábamos pagando cara la electricidad por culpa de la gran dependencia que teníamos de los países productores de gas y petróleo, pero que con nuestras energías renovables esa dependencia se iba a reducir y, por tanto, a pagar menos. Nos dijeron todo eso y nos han subido la luz un 46 por ciento en cinco años. Algunos fuimos unos crédulos. Claro que algo teníamos que sospechar, porque también el agua de los ríos es un don de las nubes y sin embargo la energía hidroeléctrica nos la cobran igual que la que sale de quemar petróleo, que se compra a precio de oro. Menos mal que hubo un ministro misericordioso que se apiadó de nosotros y nos regaló una bombilla de bajo consumo ¿recuerdan?
La energía eléctrica ya encierra en sí misma una paradoja entre sus causas y efectos. Se trata de un producto absolutamente imprescindible, cuya ausencia resulta inimaginable, pero ninguna de sus diversas formas de obtención está libre de polémicas más o menos virulentas. No se quieren centrales térmicas por lo del calentamiento global, ni embalses de agua porque alteran el paisaje, ni molinetes eólicos porque quedan feos en el monte, ni prospecciones petrolíferas porque puede que no gusten a algún turista, ni nucleares porque son un peligro tremebundo. Pero, fuera de la falsa demagogia, las eléctricas ganan sus buenos millones y nosotros cada vez pagamos más por la factura y la entendemos menos.

miércoles, 26 de marzo de 2014

Adiós a un político

Seguramente muchos de los jóvenes de hoy se sorprenderán ante esa ola de pésames y manifestaciones unánimes de condolencia por la muerte de un político. No es frecuente. Ellos no lo han vivido jamás y acaso ni siquiera llegasen a sospechar que pudiera darse. No es precisamente la clase política la más propicia a desatar estos turbiones de sentimientos. Sin embargo, hemos asistido estos días al adiós más emocionado y multitudinario que puede darse a un político. Programas especiales en todas las cadenas de radio y televisión, dedicación total en los diarios, mensajes institucionales de condolencia, homenajes a su nombre, y en torno a su capilla ardiente una cola kilométrica de personas anónimas que le vienen a traer lo que tienen: su simple presencia. Ante el féretro, unos miran en silencio, otros inclinan la cabeza, algunos se santiguan o le mandan un beso con la mano, todos dejan traslucir una emoción nacida de lo más hondo. El político que gobernó apenas cinco años, pero que en ese tiempo logró transferir el poder desde quien lo detentaba en exclusiva a la nación; el hombre acosado por envidias e incomprensiones, que navegó en medio de tremendas turbulencias, pero que consiguió darnos la condición de ciudadanos con voz y derechos antes de irse desilusionado, agraviado y abandonado, recibe ahora un tributo unánime de admiración y respeto. Porque lo definitorio es eso: unánime. Algunos podemos acordarnos de otro entierro también de largas colas y asistencia masiva, pero en toda la fila había una sola tendencia, más o menos encendida. No es este el caso; en este adiós no hay distinción de ideologías. Sociólogos habrá que se dediquen a analizar los motivos ¿Mala conciencia por el trato que se le dio? ¿Añoranza de un momento político de consenso, en contraste con el actual? ¿Conmoción ante su drama personal y familiar?
La profesión de político es una profesión ingrata, casi por su misma esencia, porque jamás los gobernados están contentos con sus gobernantes. Parece una norma inherente a toda relación humana, y mucho más a las que se originan en las estructuras sociales. De ahí el descrédito en que están sumidos, la desconfianza hacia sus palabras, la escasa valoración con que se mira su trabajo, la convicción última de que son un mal necesario. Sólo algunos, y siempre después de un largo tiempo tras su cese, y a veces, sólo a su muerte, merecen un reconocimiento pleno, en el que se mezclan el remordimiento por la injusticia cometida y una nueva mirada hacia la importancia de su obra. Figuras así son de las que puede decirse que redimen en cierto modo a la clase política.
Yo sólo vi una vez en persona a Adolfo Suárez y ni siquiera hablé con él, así que no puedo opinar más que como espectador y votante ilusionado en la Transición. Sí he vivido, como tantos, los efectos de su actuación política y, como todos nosotros, las consecuencias del proceso que pilotó. Y a la vista de ello me parece que puede decirse con justicia que en él se reunían las cualidades que, según Pericles, ha de tener de un estadista: saber lo que se debe hacer y ser capaz de explicarlo, amar a su país y ser incorruptible.

lunes, 24 de marzo de 2014

Escritores de paso

Qué promesa de trascendencia ofrecerá la escritura que a tantos tienta, incluyendo a muchos que apenas han tenido en su vida afinidad alguna con las letras. Ninguna otra actividad creativa resulta tan tentadora para intrusos y tan sujeta a caprichos de famosillos y advenedizos. ¿Se han fijado cuántos libros han aparecido últimamente de gentes más o menos conocidas que piensan que sólo por eso tienen algo importante que decir? Para qué dar nombres, si están en la mente de todos: políticos que fueron o que son, famosuelas de tres al cuarto, asiduos de los programas más cutres de la televisión, cantantes y futbolistas iletrados, damas o caballeros de vida más o menos zarandeada. Cualquier celebridad de medio pelo que jamás ha escrito algo más que un telegrama, siente de pronto la llamada de la proyección transitiva y saca su autobiografía o sus memorias e incluso hay quien se atreve con la novela. Advierten que su cuota de fama actual no es nada si no se prolonga, y se apresuran a dejar a la posteridad el testimonio escrito de su presencia.
Luego están los escritores de ocasión, los que descubren de repente que a la vejez tienen viruelas y se apresuran a ponerse en marcha para emprender el ascenso al Olimpo literario. Naturalmente, están en su derecho; no puede haber nada exclusivo, y menos en el campo creativo. Pero a cuánta distancia están del verdadero escritor, ese que ha hecho de la palabra su pasión, su dolor y su gozo. Qué lejos de aquello que decía Baroja: una de las condiciones para ser escritor es la de ser capaz de dormir en un banco de la calle.
"Ahora que ya tengo tiempo me dedicaré a escribir, que siempre fue lo mío", oigo decir a no sé quién en la pantalla. Pues no, amigo. Si hasta ahora no ha encontrado tiempo para escribir no es escritor. Escribir es una elección involuntaria. No se decide ni se tiene opción de rechazarlo. No es una circunstancia; es una condición de la que es imposible librarse. Un escritor podrá verse obligado a dedicarse a otros oficios para poder comer, pero ante todo y sobre todo seguirá siendo escritor, aunque tenga que ver cómo se quedan en su cajón las palabras que con tanto trabajo conformó en la soledad de sus propias limitaciones y sin más aliento que su vocación. En cambio, quien es capaz de vivir sin escribir y sólo lo hace cuando ha resuelto todo lo demás, podrá llamarse como quiera, pero que no se engañe a sí mismo.
Publicar un libro es muy fácil para la mayoría de esos que pululan a diario por cualquier programa televisivo. Sólo es preciso tener una cara popular y una cara muy dura. Y encontrar a un negro que sepa tener la boca callada y haga su trabajo sin meter la mano en la obra de otros, para que luego no haya problemas. Después, el anuncio de la aparición del producto a la ciudad y al mundo tendrá la tribuna adecuada y el éxito asegurado, porque ya se sabe que para la gran mayoría lo que no sale en televisión no existe, y puede que el firmante en cuestión hasta se sienta escritor, pero puede también que alguien que le quiera bien le recuerde aquella vieja afirmación del filósofo: gloria y mérito es de algunos hombres el escribir bien; de otros el no escribir nada.

miércoles, 12 de marzo de 2014

Evocación de Crimea


El museo de la Defensa de Sebastopol alberga una de las miradas más completas y cercanas que se pueden lanzar sobre la guerra: una reproducción en la que se narra uno de los 349 días del asedio que sufrió la ciudad en la guerra de 1854. A lo largo de 115 metros, en disposición circular, se nos presentan las vicisitudes de la batalla, la situación del frente, la vida en las trincheras, el dolor y la sangre, el barro y la pólvora. El realismo alcanza un grado extremo; las figuras y objetos, realizados todos con papel prensado, sobrepasan cualquier categoría alegórica para representar de lleno la realidad más tangible. Se busca el impacto emocional que derive en un inevitable sentimiento de admiración hacia los héroes, y a fe que se consigue. "El héroe de mi relato es la verdad", escribió Tolstoi refiriéndose a su obra Relatos de Sebastopol, escritos sobre el terreno y en los que narra esta tremenda guerra, interpelando al lector y poniéndole delante con absoluta crudeza los combates, los muertos y mutilados, las bombas y la destrucción, el horror entero de una contienda que al final no tuvo ni vencedores ni vencidos. Si Tolstoi buscó la verdad de esta guerra para darle ropaje literario, en esta reproducción se da imagen visual a la misma verdad y con resultados igual de convincentes.
Algo de ello ha de quedar en los rincones de la memoria para que este pueblo trate de evitar hasta el final cualquier situación semejante, aunque sea a precio de resignación. Crimea no es sólo esa verruga triangular que le quita al mar Negro su forma de óvalo y que crea otro mar de evocación novelera, el de Azov; es esa península lejana, cuyo nombre aparece en todos los textos de Historia de los dos últimos siglos, dando denominación a guerras, sitios, asedios e invasiones. En Livadia, junto a la mimada Yalta, se decidió la Europa actual; y en cualquiera de los viejos palacios que bordean su costa se sabe de intrigas y decisiones que cambiaron la historia en su momento. Y frente a ello, cerca de allí, los admiradores de Chejov tienen una gratificante ocasión de acercarse a su espíritu y conocer alguno de sus aspectos más cotidianos. Un pequeño museo guarda fotografías, libros y objetos personales del escritor. Al lado está su dacha, la “Dacha Blanca”, que gracias a su hermana, que le sobrevivió hasta 1950, puede verse tal como él y sus amigos, Gorki entre ellos, la habitaron: el samovar, el viejo reloj, el teléfono, los divanes, el enorme gabán de cuero, el icono ante el que rezaba su madre. La cocina se halla separada de la casa para que los olores de las frituras no añadieran molestias a los delicados pulmones del escritor. Crujen las escaleras de madera con el sonido de lo viejo. Fuera, una chica joven toca un violín y una niña recoge lo que las buenas voluntades quieren darles.
No muy lejos, en Backhchisarai, la antigua capital de los kanes, está la Fuente de las Lágrimas. Es simplemente una estela de mármol, en la que el agua escribe el dolor por la persona ida. El ojo llora y sus lágrimas caen sobre el corazón, que procura aliviarse dividiéndolas. Sin conseguirlo, porque el tiempo se encarga de que vuelvan a él y el olvido no sea posible. Pushkin se emocionó ante ella y le dedicó un poema. Cuentan que cuando la vio le puso encima dos rosas que llevaba en la mano; desde entonces hay siempre dos rosas frescas sobre su corazón. Ojalá que por esta vez pueda dejar de ser un símbolo

miércoles, 5 de marzo de 2014

Miércoles de Ceniza

Ni el agua ni el frío pudieron impedirnos del todo salir a la calle con esas galas absurdas que nos ponemos cuando necesitamos ser absurdos, pero ahora ya nos hemos quitado la careta y volvemos a ser los mismos, aunque quizá más de uno preferiría seguir con ella para no ver la cruda realidad del espejo. Volver de las regiones donde éramos lo que queríamos, al lugar donde sólo somos lo que nos dejan, puede ser un trance más duro que tratar de dialogar con un nacionalista sin que merme nuestra capacidad de asombro. Pasar, por ejemplo, de orondo político corrupto a sumiso currante de despertador a las seis, no resulta fácil ni para míster Hyde. Es lo que tiene el carnaval, que nos saca las frustraciones del subconsciente y nos las vuelve a enterrar cuando más floridas estaban.
Total, que ya hemos terminado de hacer el mortadelo y ya estamos en el Miércoles de Ceniza, que ya no es lo que era, aunque la fatal verdad siga siendo la misma. 'Pulvis es et in pulverem reverteris', o sea, señores de las poltronas y del derecho a decidir, que somos polvo y al polvo volveremos. Para eso no merece la pena romperse el intelecto con aquello de Parménides sobre lo que es y no es, que los griegos siempre fueron gente amiga de buscarle el fin último a las cosas, y el fin está a la vista: polvo y sólo polvo. Pues eso. Nos queda el consuelo de intentar ser polvo enamorado después de haber sido un alma prisionera de un dios, venas que han generado intenso fuego y médulas ardidas gloriosamente. Este Quevedo, ya lo dije otras veces y estarán de acuerdo conmigo, era un poeta inalcanzable.
Bueno, pues llegamos a lo que ya sabemos: que el carnaval es escape, huida y, más que nada, teatro del auténtico, en el que no faltan las dos tendencias permanentes en el mundo de la representación: lo trágico y lo cómico. Como la actualidad diaria, vamos. Es la explosión del hombre oculto, que vuelve hoy a sus oscuros reductos y –teorías antiguas al canto- a la penitencia por haberse dado un paseo por los gozosos campos de la gula, la lujuria y algún que otro pecado más, y al que le esperan cuarenta días de abstinencia y desagravio. No es poco precio por tan breve retozo, aunque peor lo tiene esa pobre sardina que se muere todos los años y a la que se entierra con todos los honores, como si fuera el consenso de la transición. Digo yo que lo que habría que enterrar sería un chuletón, porque a las sardinas y sus semejantes nos dejan seguir teniéndolas en nuestro plato durante toda la cuaresma, mientras que la carne está proscrita. Hombre, otro tema: el carnaval y la lógica.
Entre las máscaras de Goya o de Brueghel y las carnes que se cimbrean por Río estos días, uno casi se queda con estas últimas como tema de devoción carnavalesca, no por nada especial, sino porque si hablamos del señor Carnal, a ver quién tiene más que ver con él. Casi estoy oyendo al arcipreste gozador sonreír de acuerdo conmigo, lo cual me anima a discurrir para escribir una frase genial con la que pasar yo también a la antología de la literatura carnavalesca, algo que estoy seguro de que nadie ha dicho hasta ahora: la vida es un carnaval.

miércoles, 26 de febrero de 2014

Negra actualidad

Si uno pretende inspirarse en la actualidad para buscar un tema sobre el que basar su comentario, habrá de hacer un tremendo esfuerzo para encontrar algo que le permita dar un tono optimista y esperanzador. A cualquier lado que se mire, el mundo parece empeñado en recordarnos lo más ruin de nuestra especie. Y no hallé cosa en que poner los ojos que no fuese recuerdo de la muerte, dice el poeta entre asombrado y dolorido. Pues algo así. O bien los medios de comunicación se complacen en dar siempre las informaciones más negativas, hasta el punto de parecer que nunca sucede algo que sea una buena noticia, o bien la bestia la ha tomado con nosotros y nos estamos aproximando a la cita de Armagedón. Vamos a creer lo primero, porque ya se sabe que el mal siempre se vende mejor por aquello del morbo, y porque lo que cuenta al fin y al cabo es eso, aunque sea a costa de tenernos en una permanente sensación de pesimismo y desesperanza.
El caso es que los conflictos están ahí, como siempre desde que andamos por este planeta, sólo que ahora nos parecen más cercanos porque podemos ver las caras de quienes los provocan y de quienes los sufren. En Ucrania se llora a los muertos de una revolución de difícil pronóstico. No es buena la mezcla de sentimientos, economía y afán de revancha, y aquí la hay bien alimentada. Ucrania es frontera -su nombre ya lo dice- entre el mundo occidental y el eslavo, y cada uno tira de sus brazos hasta correr el riesgo de dislocarlos. Como en la copla, mi nombre entre dos amores, aunque aquí sí se sabe cómo y por qué. Cómo: tratando de complacer a los dos sin ver que en el empeño ha de dejar jirones de sí misma. Por qué: porque es bocado apetitoso desde una perspectiva estratégica y económica, y porque el porcentaje de los que responden espontáneamente el spasiva ruso es casi tan grande como el de los que prefieren el yacuyú ucraniano; ahí está el caso de Crimea.
También de Venezuela nos llegan imágenes de sangre. No es tiempo este de mesianismos; la historia ya ha puesto muchas duras cortezas sobre el hombre de nuestro siglo, pero allí anda un iluminado, inspirado por un muerto aún más iluminado, que le dicta desde las alturas cómo crear un nuevo paraíso para los venezolanos. Claro que un análisis más hondo nos daría unas causas mucho más terrenales.
Muerte también entre quienes pretenden cambiar de vida sin pararse en miramientos legales. Han dejado sus países con la indiferencia, y quizá con el alivio, de sus gobiernos, y ahora pretenden entrar por la fuerza en el nuestro. Y ante los inevitables incidentes, ahí están esos filántropos de la falsa progresía, que protestarían al ver cómo los inmigrantes acaparan las plazas de comedor de su colegio, practicando la acostumbrada autoflagelación. Porque, por supuesto, la culpa siempre es nuestra.
A nuestras playas no han llegado inmigrantes desesperados, sino una chica sin memoria, que apareció en la arena como una Venus desnortada y vencida. Las brisas le fueron favorables, porque la trajeron a buenas manos. Ojalá que su enigma se vuelva pronto luz y pueda regresar otra vez con la mirada y la sonrisa de antes.

miércoles, 19 de febrero de 2014

El tiempo de hoy

Si hay algo relativo es el concepto del tiempo, ya lo sabemos. A ninguna otra cosa podemos ponerle medida a nuestro antojo según el estado de ánimo que tengamos. Largo en las tristezas y breve en el placer, eterno en la añoranza y lento en la ilusión. Por encima de sus medidas más pequeñas siempre nos pareció inagotable, flemático en su inmensidad, como si nos permitiera el capricho de poder perderlo a nuestro gusto. Pero ahora parece como si le hubiésemos agarrado por el cuello y obligado a estrujarse para aprovechar hasta el último de sus momentos. Le hemos acelerado, y con él toda nuestro vivir, que al fin y al cabo sólo es tiempo. Nuestros abuelos disponían de un tiempo reposado en su dimensión, en el que las cosas adquirían densidad y los acontecimientos permanecían lo suficiente como para representar algo. Nosotros lo hemos apresurado hasta convertirlo en torbellino, y cuando tratamos de alzar la cabeza para contemplar nuestro alrededor, otra avalancha nos impide verlo. Leer, por ejemplo, los periódicos atrasados, aunque sea tan sólo de unos días, constituye un ejercicio lleno de enseñanzas sobre esto. Si fuera posible fijar un patrón de medida para lo efímero bien podría ser ese. Nada es menos duradero que la actualidad. Un comentario de hace unas semanas, leído hoy, nos suena ajeno por su lejanía; una noticia de hoy mismo, dentro de diez días será un dato histórico; un libro, una canción, una película han de aprovechar su corta vida para venderse antes de caer en el olvido. Nada queda, nada enraíza. La actualidad dura lo que dura el día. El ayer ha perdido su valor. El presente, ese instante que sólo puede ser un punto entre la añoranza y la ilusión, se ha extendido hasta ocuparlo todo. Vivimos un presente continuo.
Hemos renunciado a ser intérpretes de la realidad de nuestro tiempo y nos estamos convirtiendo en meros espectadores. Testigos a quienes se les informa exhaustivamente de los hechos, negándoles luego la posibilidad de su análisis. Nuestra capacidad de entendimiento nos está siendo atrofiada y, lo que es peor, sustituida por una nueva misión: la de ser simples receptores pasivos de noticias. Seremos unos seres no pensantes llenos de noticias. Nos atiborran de información, pero no nos dan tiempo para digerirla. En la corriente de cada día se deslizan hechos y sucesos que la próxima semana ya nadie recordará, opiniones que no da tiempo a responder, porque cuando se hace, la respuesta ya ha perdido la relación con su origen. Un río caudaloso del que se aprovechan perversamente quienes conocen bien sus efectos. Alguien, por ejemplo, suelta un insulto o una estupidez, y ahí quedan, porque cuando llegue la réplica ya estará casi fuera de contexto y será tapada por la nueva actualidad.
Uno no sabe dónde puede estar el remedio para todo esto, ni siquiera si lo hay, pero cree en la eficacia del ejercicio crítico, de la profundización del conocimiento y del desarrollo del criterio selectivo como medios de autodefensa. En todo caso, tampoco está seguro de que merezca la pena hablar sobre ello. Mañana este artículo ya no será nada.

miércoles, 12 de febrero de 2014

Nuestro mar

La ha tomado con nosotros este temporal, que se empeña en darnos su abrazo y en dejar nuestras costas con unos cuantos costurones y los ánimos con un continuo temor. Nunca tantos nombres de mujer fueron tan poco gratos ni han sonado como chasquidos de látigos desatados que golpean donde quieren. Diques rotos, paseos destrozados, carreteras hundidas, campos inundados, árboles caídos, barcos quietos y montes blancos de nieve y grises de amenaza. Qué fácil se nos hace la metáfora sobre la eterna contraposición en que vivimos: tierra y mar, lo firme y lo inestable, la seguridad de lo cercano y la inquietante atracción de lo misterioso, la inmovilidad de lo estático que nos da amparo frente al vaivén continuo y eterno. Y así, el espectador se asoma a algún lugar a ver las olas y no puede menos que quedarse quieto y mudo, como un personaje de un cuadro de Friedrich.
Galerna, palabra con regusto de sal y lágrimas, honda, sonora y lúgubre, como escribió un poeta. Ahora que los avances en la ciencia meteorológica y en las técnicas de salvamento han logrado en buena parte conjurar su capacidad de destrucción, ahora que ya podemos adivinar su llegada y hacer que nos encuentre preparados, ahora que las plegarias y las salves marineras se han sustituido por modernos sistemas de prevención, su cara sigue causando miedo, pero ya apenas trae otros lamentos que los que quepa lanzar por algún destrozo material. Ya es como una visita curiosa, espectáculo inofensivo y gratuito y estrella de objetivos fotográficos, pero el eco de su nombre y de su presencia ha quedado prendido a lo más hondo de nuestra memoria como pueblo. No hay lugar en nuestra costa que no tenga escrita en algún rincón de sus entrañas alguna tragedia o alguna leyenda que el tiempo terminó convirtiendo en historia. Cuántos relatos de muertes y naufragios, de desapariciones que dejan al corazón esperando para siempre, de cristos milagrosos, de oraciones y acciones de gracias, de resignación y de nuevas despedidas al día siguiente, porque la maldita mar no se sabe qué tiene, pero tira y tira. En el recuerdo colectivo, en las fiestas patronales de nuestros pueblos costeros, en las capillas, en las viejas fotografías, en las canciones, en las historias escritas o contadas, siempre el mar y sus caprichos de eterno adolescente.
Este Cantábrico nuestro no gusta de alzar en blando movimiento olas de plata y azul. Miras y miras y no descubres en él ni un solo gesto de idilio que permita intuir algún cariño oculto hacia la tierra que lo soporta con infinita paciencia desde el tercer día de la Creación. Está siempre inquieto, turbado siempre, eternamente hundido en crisis periódicas de euforia y depresión. No concede nada que antes no se haya merecido en paciente espera de siglos, y aun así, con cicatería y desplantes: playas raquíticas, ningún gran puerto natural, ninguna isla, ningún amplio arenal donde la vista pueda perderse entre dunas y ensueños, ninguna posibilidad de admirar colores en su fondo. Pero lo amamos. Al menos uno, que nació a su vera, sabe que en definitiva no es más que un irremediable y pálido reflejo de sus olas.

miércoles, 5 de febrero de 2014

El argumento de la Historia

El virulento desafío catalán-nacionalista a la unidad de España ha hecho que de pronto nos fuera preciso buscar y sistematizar argumentos en los que hasta ahora apenas habíamos pensado, porque nos parecía innecesario demostrar algo que los siglos y nuestra propia instalación mental nos ofrecían como obvio. Sin embargo, la mayoría de los que se escuchan para oponerse al tal plan se sustentan sobre una base exclusivamente jurídica: la referencia a la Constitución de 1978. Es lógico, porque la apelación a la ley siempre es un argumento cómodo y rotundo. Las leyes obligan y no admiten réplica. Además, están hechas con la voluntad de que sean concretas; su concepto está delimitado y las interpretaciones que puedan hacerse han de moverse en un espacio pequeño. En cambio, en la Historia todo el mundo puede meter la mano. Los demagogos la presentan a su conveniencia; los que jamás han estudiado una línea la interpretan a su gusto, y sólo los verdaderos historiadores, los que la conciben como una ciencia con principios propios dentro de un sistema determinado de relaciones válidas en un ámbito de hechos de la experiencia humana, pueden merecernos respeto. Se esgrime la ley frente a los sediciosos, y es necesario, pero sorprende que apenas nadie, y desde luego los políticos nunca, apele al simple hecho de le existencia de España como argumento en sí mismo. Como si nadie cayera en la cuenta de que España es una realidad previa -y tanto- a 1978. No es España la que nace de la Constitución, sino la Constitución la que nace de España.
El argumento histórico alcanza aquí una fuerza apodíctica. España nace a la Historia hace ya dos mil años, en el momento en que los romanos dotan de homogeneidad social, cultural y política a estas tierras y les dan el nombre de Hispania. La monarquía visigoda recoge y fortalece la idea de Hispania, dándole muchas de las características estructurales de lo que luego se llamará estado. Esta unidad fue rota por una invasión traumática, cuya resistencia, al iniciarse en situaciones geográficas distintas, dio lugar al nacimiento de entidades políticas también diferentes, aunque siempre unidas por el común concepto de España, tal como se refleja en innumerables textos medievales, desde las crónicas de todo ese tiempo en los diversos territorios, hasta el romancero, cantares de gesta y textos literarios. Terminada la lucha por la recuperación territorial, los reinos vuelven a unirse –con la única excepción de Portugal- para formar de nuevo lo que había existido anteriormente durante casi mil años: la entidad nacional llamada España. Desde entonces así sigue, y ya van más de cinco siglos.
¿Qué argumento cabe en esta historia para justificar la secesión de una región que jamás vivió al margen de España, ni siquiera en los momentos más difíciles de la lucha contra los invasores extranjeros? Qué endebles suenan esas razones de asimetría fiscal, déficit de inversiones y demás factores de carácter coyuntural. Más evidentes parecen otros motivos: la ambición, envuelta en inconsciencia, de unos políticos deseosos de crear su propio Valhalla para su eterna adoración.