martes, 23 de septiembre de 2008

Al borde de lo infranqueable

Hace quizá un millón de años, algún hombre miró el cielo estrellado y se preguntó por primera vez de dónde procedía todo aquello. Y ante la gran pregunta sin respuesta surgió el mito, y así satisfizo la humanidad sus ansias de comprensión de lo desconocido y del profundo misterio que rodeaba su existencia. Fueron necesarios centenares de miles de años para que alguien tratase de convertir el mito en una incógnita susceptible de ser objeto de estudio por parte de la razón humana. La búsqueda de la explicación de la realidad visible por parte de los filósofos griegos es una de las páginas más conmovedoras y fascinantes de la historia, y su resultado fue la creación de un sistema racional que configuró un modelo del orden cósmico que se mantuvo vigente durante dos mil años, hasta la aparición de los primeros avances técnicos, ya en la Edad Moderna. En el último siglo, el progreso de la ciencia nos ha desvelado secretos insospechados. Ahora sabemos que el espacio y el tiempo no son conceptos absolutos, que las estrellas no son más que gigantescos reactores nucleares o que el átomo no es la partícula indivisible de Demócrito, sino que posee una estructura interna tan compleja como la del propio universo. Del nous de Anaxágoras hemos llegado a los quarks, y de la teoría ptolemaica, aquella que hizo exclamar a Alfonso X el Sabio que si Dios le hubiera consultado sobre el sistema del universo le habría dado unas cuantas ideas, hemos pasado a saber que nuestra Tierra no es más que un planeta pequeño, que gira en torno a una estrella mediana, perdida en el extremo de una modesta galaxia, que a su vez se desplaza por el espacio junto a millones de otras galaxias mayores que ella.
Ahora el hombre se propone dar un paso definitivo: nada menos que recrear el universo milésimas de segundo después del Big Bang. Diez mil científicos se han esforzado en construir las condiciones necesarias para liberar haces de protones que viajarán casi a la velocidad de la luz y que, al colisionar entre sí, liberarán los quarks, permitiendo así observar como éstos formaron la materia. La búsqueda va más allá; se pretende encontrar el bosón de Higgs, la llamada partícula de Dios, que sólo se conoce en teoría y que permitiría explicar el origen de la masa, casi nada.
Si todo sale como se espera, el hombre habrá alcanzado el último umbral al que le es permitido llegar y que seguramente jamás podrá cruzar, porque es el umbral del infinito. ¿Qué había antes del Big Bang? ¿En qué punto se puede localizar la primera singularidad causal que dio origen a todo lo que existe? ¿Hasta dónde es posible retroceder en lo que ni siquiera puede llamarse tiempo? Entre el primer hombre que miró el cielo estrellado y el que se dispone a lanzar los haces de protones ha pasado apenas un instante en el reloj cósmico, es cierto, pero lo limitado no puede abarcar lo ilimitado. Es posible que quedemos para siempre a la puerta del misterio. Uno se conforma con admirar a esos científicos que tratan de enseñarnos cómo fue el borde mismo de la eternidad.

viernes, 12 de septiembre de 2008

Los ojos de la perrita

El otro día, mi hija volvió del colegio con una perrita que encontró en el patio. Parecía haberse perdido o tal vez había sido abandonada precisamente por ser perra o por quién sabe qué inconfesables motivos. Venía dormida entre sus brazos, con cara de estar muy a gusto en aquel calorcillo, que posiblemente hacía tiempo que no disfrutaba. Cuando la dejó en el suelo sacudió la cabeza, como desperezándose, y luego nos miró uno a uno y se tumbó patas arriba para que le rascáramos la barriga. Era una manifestación tal de confianza que tenía algo de conmovedor: aquella mirada transparente, el vivaracho hocico buscando la mano amiga, los ojos cerrados y satisfechos al recibir la caricia. Ni una pizca de recelo ni de sombra alguna. O la vida hasta entonces la había tratado muy bien o es que los perros tardan más que nadie en perder la fe en la solidaridad de las criaturas. La perrita veía en aquellos extraños, que éramos nosotros, unos amigos, y no podía plantearse que pudiera ser de otro modo. Prometía lealtad y un torrente de afecto; no conocía otro sentimiento que el afecto. Cuando esa misma tarde se la llevaron unos amigos que se encapricharon de ella, se fue con ellos igual de contenta, dando y buscando del mismo modo sus caricias. No varió su mirada comunicadora ni su ademán entregado; no vio cambio alguno en el objeto y sujeto de su cariño. Se fue como quien va a iniciar una nueva aventura con la seguridad absoluta de que ha de ser gozosa, y ojalá así le haya sido.
Los ojos de la perrita eran mansos y limpios de resabios, como lo es todo lo primerizo; como la primera nieve o la primera luz de cada día, como los brotes tiernos del trigo o el agua que acaba de asomar entre las rocas. Y uno, que en esto de los sentimientos nunca supo explicar mucho, pudo darse cuenta en apenas unos minutos de su inmenso poder, que llega a ser capaz de establecer cadenas entre desiguales. Y comprobar de paso cómo, en un estado puro, los sentimientos alcanzan una dimensión totalizadora. Para la perrita los sentimientos estaban escritos en todas las cosas que nos rodean, sin distinciones de apariencias ni de grados, y así ella los vivía. Los científicos nunca nos han dicho dónde residen los sentimientos.
Los científicos no nos lo han dicho, sin duda porque no lo saben, y a uno, sin embargo, le parece el misterio más decisivo de nuestra esencia. Si alguien demuestra que la ternura, la conmoción ante las lágrimas ajenas, la tristeza, el agradecimiento, la emoción ante la belleza, la alegría y la esperanza, el amor, el impulso de abrazar el cuerpo querido, el pudor y la vergüenza, el remordimiento, el afán de perfección o el dolor del alma no son más que una activación química de unas células llamadas axones, que se encuentran en no sé qué lugar de la corteza cerebral, entonces fuera creencias trascendentales y viva el culto de admiración hacia la naturaleza y las leyes químicas. ¿El hombre, ser creado diferenciadamente, o sus sentimientos no son más que productos de una evolución que ha avanzado al mismo ritmo que el cuerpo? Los científicos no saben decirnos nada, así que hemos de creer a los poetas cuando dicen que los sentimientos reposan en el corazón.

jueves, 4 de septiembre de 2008

Quiérete a ti mismo

Al espejo hay que procurar no hacerle demasiado caso, sobre todo cuando no nos gusta lo que nos enseña. No es que debamos cerrar los ojos a la realidad ni practicar el viejo e inútil recurso del avestruz, no; la realidad es inseparable de nuestra percepción hasta el punto de que sin una no podría existir la otra. Lo que uno trata de decir es que la realidad de lo que vemos acerca de nosotros mismos no debe imponerse sobre nuestro ánimo ni condicionar nuestra actitud ante la vida.
Estamos en el tiempo de la entronización absoluta del dios cuerpo. Nunca nuestra pobre envoltura se ha visto obligada a seguir unos patrones tan rigurosos ni unas normas tan rígidas, y al mismo tiempo tan universales, como ahora. Prohibido envejecer, prohibido engordar; hay que ser guapo, joven y delgado, lo dicen unos cuantos individuos que parecen estar en el secreto último de la belleza, casi nada. Las revistas del colorín y los programas de la cutrevisión nos machacan con los productos creados por estos nuevos chamanes: un desfile de figurillas de palabra lela, eso sí, pero sin un gramo de más y con una distribución armónica de todo su género, aunque para ello casi todas hayan tenido que pasarse sus buenos tragos liftándose, liposuccionándose, inyectándose y remendándose. Lo que hay detrás de todo esto, el imperio económico que sostiene, la ausencia de toda reflexión ética ante el hecho de primar de forma absoluta lo material del hombre sobre su espíritu, la vacuidad que supone, su intrascendencia como factor del progreso humano, la inversión de valores, todo eso no cuenta nada ante el poder del mensaje. Nadie que no se parezca a esos cuerpos de semidioses tiene nada que hacer.
Las consecuencias que esto genera van más allá de la simple categoría circunstancial. Esa niña de trece años que se arrojó por la ventana, incapaz de soportar el remordimiento por haberse comido un trozo de tarta, no es más que un grado más de un drama terrible y vital. Pesaba 47 kilos, y su momento de debilidad ante el dulce constituyó la acción más grave de su existencia. ¿Qué se le podría haber dicho? ¿Qué palabras habrían podido modificar su estado de conciencia? Es posible que la anorexia tenga una causa somática más que psíquica; quizá los enfermos se vean a sí mismos con una imagen distorsionada, como ante un espejo trucado, pero si lo que ven encajase sin chirridos en la norma, no odiarían a su propia persona. La tragedia nace del culto a una norma tan absurda como interesada.
Quiérete a ti mismo. Mira a tu cuerpo con ojos de amigo y no le impongas nada extraño, que él es como es, y a mucha honra. Aprende a convivir con él, sea como sea, que al fin y al cabo es lo único que te va a durar toda la vida. Si te salen unos kilos y no te gustan, trata de quitártelos, pero sólo porque te parezcan mal a ti, no a los demás. Si eres calvo o tienes una nariz como un apagavelas, acéptate así con serena naturalidad, sin pensar en nadie. Uno de los secretos de la paz interior consiste en evitar que el cuerpo y la mente se odien el uno al otro, porque ambos son únicos y ambos conforman la indivisibilidad del ser. La armonía entre ellos es la armonía de uno mismo. Y en último término, al cuerpo no lo pueden fabricar ni las dietas ni el gimnasio ni el bisturí; lo fabrica el espíritu.

sábado, 16 de agosto de 2008

¿Hay alguien ahí?

Ni una sonrisa será capaz de detener a un asesino, ni una canción podrá parar jamás una guerra, ni esto que estoy escribiendo ahora valdrá para gran cosa, como todo. Puede que no haya nada más digno de una compasiva mirada de condescendencia que los suspiros satisfechos del pretencioso convencido de que puede modificar con sus palabras las líneas maestras del mundo. Acaso fuese bueno, pero no. El latido de un artículo de prensa dura desde el desayuno hasta el café de sobremesa, y el del resto poco más. Su condición es ser efímero, y su destino el de sumirse en el olvido bajo el ingente montón de palabras que salen al aire cada día.
Y entonces ¿por qué escribir? Pues acaso sea por la oculta vanidad de pretender dar testimonio de uno mismo. O quizá por la belleza especial que tiene todo lo inútil y que atrae con mucho más vigor que la del práctico y utilitario objeto que nos hace la vida más cómoda. O puede que en realidad, como ya alguien dijo, no exista nada inútil, ni siquiera la misma inutilidad. El caso es que uno se sienta ante su pantalla en blanco con el ánimo dispuesto a enlazar palabras que den fe de ideas y pensamientos, de reflexiones, y a veces, incluso, hasta con una cierta pretensión de belleza, tan atrevido puede volverse uno. Buscará un lenguaje grave o irónico, en función del tema o de su propio estado de ánimo, siempre con la inquietud de conseguir algo literariamente correcto y en pelea constante con las limitaciones del idioma y, sobre todo, con las propias, que son bastante mayores. Luego, en algunas ocasiones, algún lector escribe o llama, pero la gran mayoría calla y se guarda para sí sus opiniones sobre lo que ha leído, lo que deja al autor a solas consigo mismo. ¿Hay alguien ahí?, gritaba un columnista ante el silencio que recibían sus páginas. Por eso, cuando a uno le llegan amables comentarios desde Argentina, por ejemplo, pone en cuestión todo lo anterior y siente en su interior un ramalazo de mudo agradecimiento.

sábado, 9 de agosto de 2008

Por encima de la conciencia

Aplastar la conciencia propia en aras de otros, acallar su voz para no verse expulsado del rebaño y de la oportunidad de seguir pastando tranquilamente, anular sus convicciones más personales para no aparecer como un rebelde disidente, esa es la desgraciada función que la mayoría de los políticos se ven obligados a ejercer una vez deciden dedicarse a esta actividad. Se vota en el Congreso una propuesta cualquiera, sea una gran obra que beneficiaría a la propia región o una de esas que cuestiones que rozan lo moral y que afectan a las convicciones más íntimas. El jefe del grupo hace una señal con los dedos indicando el sentido del voto, y el beneficio de la región y la voz de la conciencia se van a freír churros. ¿Cómo van a oponerse estas trivialidades a la suprema voz de su amo? ¿Qué importancia pueden tener las pequeñas verdades personales ante la verdad absoluta que encarna el sumo sacerdote del partido?
Se cuenta que, en 1873, Nicolás Salmerón dimitió de su cargo de presidente de la I República porque su conciencia no le permitía firmar una pena de muerte. Se cuenta porque es un caso tan infrecuente en la clase política que continúa siendo un referente solitario, sin descendencia. ¿Cuántos han tenido que poner tapones en los oídos de su conciencia para dar su voto afirmativo a leyes que chocaban contra su propia moral? ¿Cuántos de quienes han votado la derogación de los trasvases lo han tenido que hacer conscientes de que dejaban a su región sin agua? ¿Cuántos se han tragado su patriotismo cuando dijeron sí a la negociación con los terroristas o al estatuto de Cataluña?
Dura servidumbre del político esa que le impide ejercer lo que él mismo presume de tener como bandera: el derecho a la libertad. En este caso la libertad de conciencia, quizá la más necesaria de todas las libertades.

miércoles, 23 de julio de 2008

La manía de pensar

Es que apenas se piensa. Los pensamientos propios, esos queridos y a veces rebeldes pensamientos que nos hacen ser como somos y configuran nuestra carta de naturaleza espiritual, están siendo arrinconados por los de unos cuantos que lo dominan todo y a los que se les permite enseñorearse de ellos. Parece que ya nadie está a gusto con sus silencios. Se huye de lo que pueda decirnos nuestro propio interior. Se busca siempre alguna voz ajena que anule a la nuestra. Hay quien no puede salir a pasear con el único acompañamiento de sus ideas, sino que ha de ponerse en los oídos unos auriculares para recibir sonidos, cualquier sonido, sea la publicidad o el charloteo de unos profesionales de las tertulias que lo mismo opinan sobre el Big-Bang que sobre los efectos de la globalización en la sociedad zulú.
Se está entregando la facultad de pensar a cambio de que nos ocupen la mente. "Lejos de nosotros la funesta manía de pensar", proclamó la universidad de Cervera para fijar su fidelidad al rey absolutista. Hoy el absolutismo se ha trocado en el intento de llevarnos hacia el pensamiento único, haciéndonos renunciar a nuestras convicciones morales y de cualquier índole. Todos hemos de pensar lo correcto, es decir, lo que entienden por correcto quienes controlan los medios. Hay que obedecer la opinión ya establecida sobre los inmigrantes, los homosexuales, el aborto o el cambio climático. Que no tengamos ocasión de pensar. Quizá sea porque, según los expertos, razonar no es cuestión que dependa de la inteligencia, sino que se aprende con el ejercicio.
A mis soledades voy, de mis soledades vengo, porque para estar conmigo me bastan mis pensamientos. Puede, don Félix, pero es que en su tiempo no existían los robaalmas, ni los hechizos ante ellos, en la misma dimensión que hoy. El progreso es hijo a la vez del tiempo, de la sana voluntad del hombre y del maligno, pero hay algunos que parecen ser únicamente hijos del maligno. Cuando el progreso aliena no puede tener otro padre.
Si quieres oír cantar a tu alma, haz el silencio a tu alrededor, escribió otro poeta. El silencio rumoroso del bosque o el murmullo silencioso del mar o acaso el aliento enmudecido de los campos, allí donde sientas que ninguna voz ajena merezca quitarte tu propia compañía para darte a cambio basura elaborada.

miércoles, 9 de julio de 2008

Reclamación de lo obvio

Uno, que jamás en su vida se había adherido a manifiesto alguno, acaso porque el número de sus certezas absolutas siempre fue más bien escaso, lo ha hecho ahora con la conciencia gozosa y sin el menor atisbo de reserva. Y el caso es que, para ser el primero, resulta ser un manifiesto a favor de la obviedad. Lo obvio no se pide; adquiere realidad por sí mismo, se encuentra ante nosotros y condiciona nuestras decisiones hasta someterlas todas a su sola presencia. Algo falla cuando hay que reclamarlo. Algo habrá que preguntarse cuando es necesario un manifiesto para exigir la obviedad de que en España se enseñe el español. Lo que sería impensable en cualquier país europeo, aquí adquiere carta de cotidianeidad. Que en una nación que ha sido capaz de crear un idioma universal, imprescindible en la historia de la literatura y floreciente tanto en su extensión como en su creación, tengan que ser los colectivos sociales los que lo defienden para que no desaparezca de algunas zonas de su propia tierra, supone un fracaso absoluto de su clase política y la evidencia de que los ciudadanos no están enfermos de los complejos que atenazan a sus dirigentes. Lo que comenzó al principio de la transición como un generoso intento de proteger las lenguas regionales y de conseguir una grata convivencia con su hermana mayor sin ninguna connotación política, terminó convirtiéndose en una imposición excluyente que deja pequeña a la que ellas sufrieron en algunos años pasados. Es la obra de unos políticos cerriles y biliosos, con vocación tribal, a quienes no les importa privar a las nuevas generaciones de un instrumento de comunicación universal con tal de poder usar su propia lengua como estandarte de sus ensueños nacionalistas. Mientras, ellos llevan a sus hijos a los mejores colegios bilingües.
No es que el español vaya a desaparecer de esas regiones. Su inercia es demasiado poderosa y su pujanza lo suficientemente vigorosa para bastarse a sí mismo. No hay más que darse una vuelta por Cataluña o el País Vasco para comprobar que sus ciudadanos, en contra de sus dirigentes, no conciben una situación social sin él, ni tampoco lo pretenden. Lo preocupante es que ese esfuerzo de erradicación se realiza con el propósito de eliminar el principal elemento de cohesión nacional, fútbol aparte, en la certeza de que, una vez conseguido, ya todo será más fácil, porque las demás ligaduras -historia, sentido de pertenencia común, tradiciones y costumbres compartidas- son más fáciles de desatar. Si para eso es preciso privar a los padres del derecho a educar a sus hijos en la lengua de todos, menoscabando el principio de igualdad, pues se priva, y además con gesto satisfecho.Parece que el manifiesto está teniendo un número de adhesiones que desborda todo lo previsto. A ver. Alguien ha dicho que un político se diferencia de un estadista en que, mientras el primero piensa en las próximas elecciones, el segundo piensa en la próxima generación. Pues esta parece una buena ocasión para saber si tenemos estadistas.

sábado, 14 de junio de 2008

Las señoras ministras

Estas señoras ministras es que no paran. Qué ingenio, qué cultura, qué capacidad para los hallazgos idiomáticos. También los ministros, no crean, pero parece que ellas son más lucidas en esta cuestión. Ya en los viejos tiempos, Rosa Conde, ¿se acuerdan?, decía que aquello de que el hombre es un lobo para el hombre lo había dicho Job, el pobre y paciente Job, que en su vida apenas dijo nada; se conoce que nunca había oído hablar de Hobbes. Rosa Regàs no llegó a ministra, pero sí a directora de la Biblioteca Nacional, seguramente gracias a su inmensa cultura, que acreditó con el descubrimiento de que Barrabás fue uno de los ladrones que crucificaron junto a Jesús. Su jefa, Carmen Calvo, fue más allá. En una sesión parlamentaria, un senador le rebatió un argumento con algo que ella misma había dicho y terminó: "Calvo dixit". Doña Carmen se sintió insultada y replicó que ella no era ni Dixi ni Pixi, para rematar con otra muestra de su amplio conocimiento: "Sí denota usted lo de la viga en el ojo ajeno". Preocupada por la lengua sí que se la veía, porque afirmó que estaba llena de anglicanismos. Carmen Calvo era ministra de Cultura.
Y ahora, Bibiana Aído, la que echa en falta la palabra miembra, a ver cómo soportar tal atentado contra la igualdad. Claro, ministra; si el brazo es un miembro del cuerpo la pierna será una miembra. Lógica aristotélica. Lo que no sé si pensó usted es que, si todas las terminaciones femeninas han de ser en a, habrá que decir poeto, profeto o Papo. Y que también los hombres podríamos exigir periodisto, socialisto o taxisto. Menos mal que ha venido usted a iluminar nuestra lengua.
Yo creo que doña Carmen y doña Bibiana bien merecen unos versos calderonianos:

Cuentan de Calvo que un día,
tan intrigada se hallaba
que sólo se alimentaba
de una duda que tenía.
¿Habrá otra, entre sí decía,
más iletrada que yo?
Y cuando el rostro volvió
halló la respuesta viendo
que la Aído iba diciendo
la memez que ella olvidó.

miércoles, 4 de junio de 2008

Nuevos vecinos

Creíamos que el mundo era ya un patio de vecindad donde nos conocíamos todos, y resulta que no, que hay vecinos que permanecían ocultos a todas las miradas, viviendo en los escondrijos más ocultos de la casa. En un rincón perdido de la selva amazónica ha sido descubierta una tribu primitiva de la que no se tenían noticias, ni nosotros de ellos ni quizás ellos de nosotros. La fotografía tomada por sus descubridores, al menos vista con estos ojos nuestros que tanto ven cada día, desprende una sensación de conmovedora ternura, como si estuviéramos ante la muestra más delicada de la ingenuidad de un niño: los habitantes del pequeño poblado miran con cara aterrada el helicóptero que acaba de descubrirlos; algunos corren a esconderse en la selva mientras que otros se quedan firmes y se disponen a defenderse apuntándolo con sus flechas.
Las sorpresas de esta pequeña bola que nos acoge no se agotan, y ese es nuestro gran regalo. Ni la red de redes, ni los sistemas de posición global que no pierden de vista nuestro coche, ni los satélites que fisgan hasta lo que tenemos cociendo en la olla son capaces todavía de despojar a este planeta de todos sus velos. La globalización aún no puede con los últimos retales que ocultan las zonas más íntimas de la vieja madre. Mientras nos dedicamos a escudriñar el espacio interestelar en busca de nuevos seres, teníamos aquí mismo, desde hace un millón de años, a alguien a quien no conocíamos.Ya tienen trabajo los antropólogos, etnógrafos y etnólogos. También los filósofos y moralistas, porque la pregunta de qué actitud adoptar ante ellos, que a lo largo de la historia ha tenido una respuesta rotunda y carente de vacilaciones, adquiere ahora, a la luz de un pensamiento más evolucionado y acorde con un humanismo de carácter universal, una naturaleza que parece impermeable a cualquier argumento. Es cierto que a su sencillo mundo de ciclos naturales y pulsiones originarias no ha llegado ninguno de los males que nos afligen a nosotros, pero tampoco ninguna de sus ventajas, que algunas tenemos. ¿Nos es lícito inmiscuirnos en su existencia, tratar de incorporarlos a nuestro modo de vida, instruirlos en nuestros conceptos éticos o imponerles nuestra propia conciencia acerca del bien y del mal? ¿Tenemos derecho siquiera aproximarnos a ellos, sabiendo que seguramente son vulnerables a enfermedades de las que nosotros estamos inmunizados, pero que en su caso quizá resulten mortales? Y por el contrario, ¿no estaríamos faltando a la debida solidaridad humana si no compartimos con ellos nuestros conocimientos y les hacemos partícipes del progreso que pueda mejorar sus vidas? Entre la tentación de tenerlos como los pequeños párvulos de la Historia a los que hay que dar un cursillo acelerado de puesta al día y la convicción de que quizá sea mejor dejarlos en paz dentro del modo de vida que les ha permitido llegar hasta aquí, no caben medias conclusiones, pero tampoco podría llegarse a ninguna convincente. Aunque todo esto no es más que un conjunto de bellas abstracciones. Es de temer que su destino ya esté sellado.

sábado, 31 de mayo de 2008

¿Por qué hay que saltar un potro?

Debo reconocer que no soy proclive a sentir admiración por ninguna hazaña deportiva ni por sus autores. Que un ser humano sea capaz de saltar un centímetro más que otro es algo que me deja a medio camino entre la más fría de las indiferencias y la perplejidad porque semejante hecho tenga repercusión universal. Que alguien empeñe el esfuerzo de toda su vida en lograr correr cien metros en una décima de segundo menos que otro, sigue siendo para mí ajeno a toda razón objetiva. Uno cree que por tardar un minuto en recorrer cien metros tampoco ha de pasarle gran cosa.
Y cree también que la especie humana no está diseñada para saltar ni para nadar ni para correr, al menos desde que apareció el homo sapiens. Cualquier liebre desentrenada dejaría en ridículo al más admirado de nuestros campeones, y la más torpe de las nutrias sacaría los colores a Mark Spitz. No, el animal humano está hecho para pensar, y, en el plano puramente muscular, para andar, quizá porque es la actividad física más compatible con el ejercicio del pensamiento. Que la educación física sea una disciplina obligatoria en nuestros planes de estudio no es más que otra de las imposiciones absurdas que se registran. Habría que ver por qué hay que obligar a correr a un niño cuyo carácter, a lo mejor, le inclina a tomarse todos los actos de su vida con calma, sin preocuparse de la dureza de sus músculos. Así, nuestros hijos terminan su ciclo formativo sin poder escribir tres líneas sin faltas de ortografía y sin saber distinguir entre Moisés y Buda o, aún peor, sin que nadie les haya hablado de educación cívica y de aquel viejo concepto de urbanidad, pero, eso sí, saben saltar un potro.¿Que el deporte es bueno para la salud? Puede, aunque desde luego debe de ser bastante mejor para las marcas comerciales deportivas que para los meniscos. Si fue necesario crear una nueva rama de la medicina para ocuparse de las lesiones que produce, muy bueno no parece que sea. Ya lo presumía Chesterton, que cuando le preguntaron si había practicado algún deporte para encontrarse tan bien a su edad, respondió: "El único deporte que hice fue ir andando a los entierros de los amigos que habían hecho deporte".

Algunos de mis libros


El entierro de Lucas

El día que llevaron a enterrar a Lucas del Toro comenzó su verdadera pesadilla. Porque Lucas no había muerto. Estaba bien vivo, pero cómo demostrarlo cuando a uno le han borrado de todos los registros. La vida plácida y sin sobresaltos de Lucas se convirtió en un angustioso círculo sin salida posible entre la indiferencia de sus vecinos, algunos de ellos -el cura, el juez, el psicólogo, el enterrador, el director de banco-, se definen a sí mismos por su actuación. Sólo una chica, otra perdedora solitaria como él, le ofrece comprensión y ayuda, hasta ejercer un papel decisivo en el desenlace final.
Novela de humor y ternura, que capta el interés del lector desde la primera línea y que le lleva desde la carcajada hasta la emoción más intensa, narrada con una prosa sugerente y llena de matices. Una historia que se convierte en una reflexión desenfadada y amable sobre nuestra existencia.
(KRK Ediciones. Oviedo, 2015)


El testamento de la marquesa

Historia de un hombre a quien se le ha concedido un concepto particular del tiempo. Naturalmente, esto ha afectado en diverso modo a su vida, pero un día se encuentra ante un gran desafío y lo acepta: ha de permanecer durante un año en el panteón donde reposa el cadáver de una mujer de cuerpo horrible y una inmensa herencia. Lo que ocurrió dentro de aquel panteón pertenece a la conciencia del protagonista y al interior de este libro, pero creo que también a todos los lectores. Premio Felipe Trigo de Novela. (Editorial Bitácora. Madrid, 1992)
 
 
El viaje más oscuro

Cuatro amigos, tras una cena abundantemente regada, deciden combatir el hastío de sus vidas mediante una peligrosa apuesta, cuyo premio habría de ser aún más peligroso, tanto para ellos como para las personas que aman. La peripecia de aquella larga y oscura noche, en la que los sentimientos se desatan y la vida diaria adquiere una dimensión diferenciada, es descrita a través de uno de sus protagonistas, cuya evolución va envolviendo al lector hasta el sorprendente desenlace final. (Editorial El Clavell. Premià de Mar. Barcelona, 1999)
 
 

La noche de las termitas

Intensa historia de ternura y volencia, ambientada en la España esperanzada y convulsa del Trienio Liberal y desarrollada a través del itinerario físico y espiritual de un joven estudiante francés enrolado en las fuerzas que vinieron a poner fin a aquel período. El proceso interior del protagonista corre paralelo a su obligado peregrinaje por una tierra que le es extraña y al encuentro con unas gentes, en especial una mujer, que irán afectando a su conciencia del deber, insinuándole a cambio un deber de conciencia, hasta llegar al desenlace. (Ediciones Libertarias. Madrid, 1995)



 
Esta tierra en que nacimos

Visión de Asturias entendida como una amante de idilio turbulento, a la que se le gritan sus defectos, pero sin la que no se puede vivir. Asturias caminada a paso lento, de oriente a occidente, con el ánimo bien dispuesto para dejarse impresionar hasta por la más humilde hierba del camino. Una visión en la que el rigor histórico se da la mano con el lirismo más puro y que seguramente ha de satisfacer incluso a los que no conocen ni sienten esta tierra en que nacimos.





Unos días nada más

Selección de relatos por los que desfilan una serie de personajes bien diferenciados, pero unidos todos por un ansia de búsqueda común ante los grandes interrogantes de la condición humana. Está formado por La alambrada, En la cabaña, Oigo gritar al diablo, La misión, La respuesta, Como usted quiera madre y Unos días nada más.













Vieron y hablaron de nosotros

Asturias puesta ante el espejo de la Historia. Cómo la han visto los viajeros que han pasado por aquí a lo largo de los siglos. (Ediciones Azucel. Avilés.1989)







Pepa Osorio

Biografía de esta singular pintora y singular mujer.
(Cajastur, Oviedo, 1992)









Asturias monumental y turística
Editorial Everest. León, 2003.











Asturias: arte, naturaleza y vida



Ediciones Lancia. León, 2001.









Gijón, una ciudad de dos mil años



Editorial Azucel. Avilés, 2002.







Prerrománico y románico en Asturias

Ediciones Lancia. León, 2001.










Guía artística de Oviedo


Ediciones Lancia. León, 2009.









El románico en Lugo

Ediciones Lancia. León, 2008.