miércoles, 11 de mayo de 2016

Un cariño renovado

Tienen su tiempo tan medido y sujeto a horarios como siempre, ese tiempo que ahora debería ser enteramente suyo y libre de compromisos, que bastantes habrán tenido ya. Se encuentran con que han de vivir en una nueva situación en la que sólo ha cambiado lo accidental, como si se hubieran prorrogado sus obligaciones de antes y, que como antes, esas obligaciones no se pagan con dinero, sino con actitudes. Con besos y cariño, por ejemplo. Soportan los mismos caprichos y trastadas infantiles que soportaron muchos años atrás, y lo hacen con disposición gozosa, casi como quien ve en ello un premio, a pesar de que ni las fuerzas del cuerpo ni la paciencia del alma sean ya las mismas. Quieren con un cariño nuevo, que tiende a hacerlos vulnerables, y del que muchas veces salen perdedores. Son los abuelos.
Han ajustado su horario al ritmo de la vida de sus nietos. Se les ve a menudo a las salidas de los colegios, esperándolos, y por los parques, vigilando sus juegos, o por las calles, llevándolos de una mano y llenándoles la otra de chucherías. Las nuevas actitudes sociales les han sacado de una situación de retaguardia, en el que ejercían un papel a veces cercano al residuo sentimental, y les han puesto en primera línea, y todo ello sin habérselo pedido, con su consentimiento silencioso y su entrega desinteresada. Han aceptado su papel en el tramo de sus vidas en el que por fin pueden disfrutar de la libertad, porque están atados por el corazón, que es la ligadura más fuerte que puede existir, e incluso por la conciencia de un deber hacia sus hijos, del que jamás abdican.
Ya han dejado de figurar en la lista de agentes productivos de la sociedad, pero justo cuando el desgaste de la vida comienza a manifestarse en sus capacidades y en sus aptitudes, se encuentran ejerciendo de uno de sus soportes. Los abuelos se han convertido en la gran guardería nacional, gratuita, callada, sin otro reconocimiento que el que les dan sus nietos con su simple presencia. No sé si alguien se ha parado a calcular la cuantificación dineraria de esta contribución silenciosa a la marcha económica del país; cuánto empleo femenino facilita, cuántas hipotecas familiares firmadas sobre la seguridad de que se puede hacer frente a ellas porque se tiene resuelto el problema de qué hacer con los pequeños, cuántos viajes que no habrían podido realizarse si no fuera porque "hemos dejado a los niños con los abuelos". Y cuántas pensiones compartidas con los hijos en paro, cuántas renuncias y cuántos planes sacrificados e incumplidos ya para siempre. Su labor no existe para los balances económicos ni se tiene en cuenta en el diseño de ningún presupuesto. Su compensación externa sólo les llega, y no siempre, de la palabra agradecida de sus hijos y del cariño de los pequeños. Con eso les basta.
Es cierto que en el eterno desfilar de las generaciones, a la sociedad del momento no le interesa quién fue el abuelo, sino cómo es su nieto, pero, en las circunstancias hacia las que ha derivado, los nietos son, cada vez en mayor medida, lo que los abuelos sepan hacer de ellos. Lo cual le parece a uno que no es mala cosa.

miércoles, 4 de mayo de 2016

El entreacto

Y en esto ya estamos en mayo y aquí no hay ha habido más novedad que la llegada de la primavera, que siempre es novedad bienvenida. De la que nos pudieran traer los políticos, nada que esperar; todo se diluyó en el laberinto de ambiciones en que se perdieron, y ahora de nuevo a la estación de salida para ver si los que decidimos quiénes han de nombrar al maquinista lo hacemos mejor que la otra vez. Quién sabe, el verano siempre es generoso con la luz. Entre fiestas religiosas y laicas, mayo entra siempre con fuerza: el día de la Madre, San José Obrero, el día del Trabajo y el que en tiempos se llamó Día de la Independencia y ahora se quedó en el de la Comunidad de Madrid. Pues este año hay que añadirle el ser el prólogo de la antesala de la precampaña de las elecciones de finales de junio, o sea un estado de campaña electoral continuo, que es lo que nos espera durante estos casi dos meses. Estos políticos son incansables.
El largo entreacto que nos han dado puede que haya tenido consecuencias negativas en algunos campos, pero al menos ha servido para algo: para saber casi todo de cada uno de los que aspiran a gobernarnos. Tanto andar por los telediarios, las tertulias y las redes sociales, tanto hablar a todas horas sin coto ni medida, tanto colarse en cualquier programa -excepción hecha de los culturales-, tanto estar presente en nuestras vidas, que ya nos conocemos todos como si fuéramos vecinos de un patio de vecindad. Va a pasar mucho tiempo antes de que alguno de estos pueda sorprendernos con algo suyo.
El ejercicio intensivo de este tiempo ha servido también para traernos un aprendizaje político que nos permite acotar observaciones con más nitidez que nunca. Por ejemplo, sobre las apariencias externas. En la época de la imagen, resulta que ya no cuentan tanto. Hubo dos casos opuestos de candidatos que hicieron de su aspecto uno de sus mayores activos: uno guapo y apolíneo, a quien su apostura parece que no le sirvió de mucho para añadir votos, y otro de pinta desastrada y escaso sentido del buen gusto, al que eso tampoco le quitó ninguno. Y están también las palabras. La más oída, repetida por alguno de los aspirantes hasta privarla de virtualidad, fue cambio. Sugerente, pegadiza, promisoria, pero vacía. Nada en sí misma. El cambio es una abstracción carente de contenido evaluable; necesita complementos para situarla en un plano de análisis cualitativo. Se cambia hacia una situación distinta, que no implica que haya de ser mejor. Es una de esas palabras elegidas a propósito para funcionar como eslogan efectivo ante los electores acríticos. Y luego están las promesas. Son los ingredientes clásicos de cualquier tiempo electoral, siempre con su capacidad de atracción y su mensaje de esperanza, siempre efectivas porque necesitamos oírlas y siempre dejándonos la inevitable sensación de que bajo su hermosa capa de colores se esconde la certeza de su incumplimiento. Aunque ahora también hemos aprendido que quizá eso no sea tan malo, viendo que algunas nos llevarían a convertirnos en Venezuela.
Imagen, frases, promesas. A ver cuántos añaden una decidida actitud de buscar más el interés común que el de su partido.

viernes, 29 de abril de 2016

La fiesta de las letras

Esta semana, un año más, la amplia cofradía de las letras en español se miró a sí misma; los lectores celebraron su fiesta y los escritores el día de su gran patrono laico, el hombre que dejó a España la herencia más preciosa que ha recibido jamás. Es la fiesta de Cervantes, claro, pero quizá no haya otro caso en el que un autor no pueda despegarse de su personaje, hasta el punto de producirse un proceso simbiótico tan evidente entre realidad y ficción. Sólo en algunas grandes creaciones de la historia la biografía del autor parece una consecuencia derivada de su obra, casi con un componente de curiosidad. En el caso de Cervantes, su criatura ha alcanzado la victoria total sobre el tiempo, que es el encantador más malandrín y difícil de vencer que todos tenemos delante. "¿Qué mágico encanto posee, pues, este libro de extraordinaria fortuna; qué virtud y qué significación, que superan su momento y pertenecen a lo eterno?", se preguntaba Alexandre Arnoux. Y añadía: "Quitad a la literatura, no sólo a la española, el Quijote, y le habréis arrebatado algo genial; cojea".
Esta suprema victoria del caballero manchego en la difícil batalla contra el tiempo, es decir, contra el olvido que todo lo termina engullendo, se sustenta sobre raíces que van más allá de las formas externas. El mero valor literario, con ser grande, no alcanzaría a conseguir la admiración de los lectores de otras lenguas, algunas sumamente alejadas de la nuestra, ni de todas las épocas, pues las traducciones modifican, los estilos cambian y las formas expresivas están sujetas a fecha de caducidad al paso de las generaciones. La permanencia del Quijote se basa, entre otras cosas, en su increíble capacidad para retratarnos hasta lo más hondo de nosotros mismos, haciéndonos a la vez partícipes del proceso seguido en la obtención de ese retrato. Para todos hay una frase, un guiño de comprensión, un trocito de espejo donde ver las propias inquietudes, casi siempre con un trazo amable y risueño. Cómo no va a ser universal. La sombra del hidalgo manchego ha cabalgado sobre los siglos cada vez más viva y más lozana, hasta convertirse en patrimonio de cualquier mente civilizada. Hoy, tantos años después, el espectro ruso o japonés de Don Quijote sigue gozando de más vida que la mayoría de los habitantes del reino de las letras. Ninguna otra figura literaria ha logrado convertirse en un arquetipo icónico tan rotundo y tan universal; resulta muy sencillo para cualquiera, sea del país que sea, repentizar la figura de Don Quijote. Pero, además, este arquetipo físico soporta un arquetipo moral tan sólido y universal como él; no en vano su nombre se ha introducido en todas las lenguas como sinónimo de alguien que lucha por las nobles causas perdidas. El idealista que todos llevamos dentro más o menos escondido se reconoce en él, aquí y en el último rincón del mundo donde haya una biblioteca.
Se ha escrito mucho sobre este libro inagotable, pero por encima de todas las interpretaciones, de las búsquedas simbólicas y de los análisis, tesis, conjeturas, estudios, teorías y suposiciones que ha desencadenado, el lector oye a su lado la palabra sosegada y amigable de Don Quijote diciéndole: sigue tu ideal, no lo traiciones. Y con esto le basta.

miércoles, 20 de abril de 2016

Cuatrocientos años

Hace ahora justamente 400 años, en una modesta casa del hoy llamado barrio de las Letras, el barrio literario por excelencia de Madrid, terminaba la azarosa y cansada existencia de Miguel de Cervantes, puesto ya definitivamente el pie en el estribo y echada la última mirada a esta tierra, que nunca le había dado gran cosa, al menos a corto plazo. Era el fin de un viaje repleto de destinos inalcanzados. Había visto transcurrir muchos paisajes y vivido muchas desesperanzas, había digerido muchos sinsabores y le habían robado los cinco años más prometedores de su juventud, sepultados en una mazmorra en tierra de infieles. Y ahora se despedía con la misma media sonrisa de siempre y con ese decir tan suyo que nos dejó en el escrito de su adiós. Los caprichos del calendario actual hicieron que ese día sea también el de la muerte del otro gran visionario de lo humano, más afortunado y más distante que don Miguel, aunque no más trascendente: William Shakespeare.
De Cervantes se han hecho tantos estudios e investigaciones desde aquella primera biografía de Mayans, que se sabe ya casi todo, aunque queden aun algunas etapas de su vida en penumbra y a pesar de que periódicamente aparece alguna teoría estrafalaria que trata de apropiarse de su figura. Es sin duda el español que más trabajos ha generado sobre su persona y su obra, al que más monumentos se han levantado y el que tiene su nombre en más organismos, centros, instituciones y lugares públicos. El hombre que ha hecho a España el mayor regalo de toda su Historia. Las labores de investigación han llegado a perfilar casi totalmente su imagen biográfica, pero es en su obra donde se halla su verdadero retrato. En ella vemos a un hombre de mirada benévola y comprensiva hacia las debilidades humanas, cargado de una ironía sutil y un humorismo que le permite relativizar lo trascendente hasta ponerlo a escala humana. Su mayor fijación, presente en todas sus obras, es la defensa de la libertad, que en algunas, como en la Numancia, alcanza carácter de argumento único; es el conjuro de quien se ha visto privado injustamente de ella y quiere advertir a los que no la valoran. Y todo con esa prosa suya tan característica, cercana, precisa, graciosamente descuidada, pero intensa en matices y siempre alejada de extremos conceptistas y culteranos.
Cervantes fue venerado por Sterne, Goethe, Flaubert, Dostowevsky, Kafka, Melville, Freud, Kundera y tantos más. Hace unos años su Don Quijote fue elegida como la mejor novela de todos los tiempos por los cien escritores más destacados del mundo, a gran distancia de la segunda. En su ensayo en el que compara los hallazgos de la Física con la obra cervantina, Simon Jenkins, exdirector del Times nos aporta una clave: "Einstein era un genio, pero si no hubiera existido, la ciencia lo habría terminado inventando; su teoría estaba en el horizonte, esperando que la descubriera el primer genio que pasara por allí. No ocurre lo mismo con Cervantes. Se preguntó: ¿Dónde está el hombre? Atrapó el valor, el amor, la lealtad, la mortificación, los comprimió a escala humana y contó una historia que nadie más habría podido contar. Si Cervantes no hubiera existido el tapiz europeo tendría un agujero".

miércoles, 13 de abril de 2016

Incapaces de entenderse

El tiempo político tiene su propio ritmo, que no marcan los astros, qué más quisiéramos, sino las ambiciones de quienes se sienten sus protagonistas. Es a veces tan frenético que nos desconcierta, y otras lento y sin preocupaciones de paso, como si los instantes fueran horas y los días semanas. Ahora estamos en una de esas etapas en las que parece que el dogma que lo rige es el de que la prisa es mala consejera. Cuatro señores son incapaces de entenderse después de estar cuatro meses reuniéndose y hablando, supongo que con buena disposición, pero con escasa capacidad de convicción, a lo que se ve. ¿Tan estrecho es el filtro que cada uno establece para no permitir el paso de ninguna idea ajena? ¿Tan difícil resulta encontrar entre todos un camino, al margen de la propiedad que atraviese, que tenga como única meta el progreso de España? ¿Tan heroico es lanzar la mirada a lo lejos?
Entre egos individuales, antipatías personales, la cerrazón obsesiva de alguno y la posición extremista de otros, hemos perdido un tiempo irrecuperable en declaraciones, promesas, dimes, diretes y rencillas de colegio. Es decir, en incertidumbre, en inactividad, en nada. Frente a la necesidad de no interrumpir la recuperación económica ni de ofrecer al mundo una nueva imagen del feroz individualismo que nos ataca cíclicamente y que es uno de nuestros genios maléficos familiares, la clase política vuelve a mostrar su falta de grandeza, y así, ante el olvido casi absoluto de la nación y entre afanes de poder, intereses sectarios y actitudes chulescas, cuando no groseras, al ciudadano le da la sensación de que su voto, lo único que tiene, ha sido en vano. Seguramente observará a cada uno para cuando se lo pidan otra vez.
Y al fondo, todos nosotros. Un país que había encaminado su recuperación tras la crisis a costa de dolorosos esfuerzos, a cuestas con sus problemas estructurales y coyunturales, pero con un futuro lleno de posibilidades, varado en un tiempo muerto. Esperando a que cuatro personas, a las que han elegido para ello, se despojen de sus ideas a ras de suelo y alcancen una altura de miras que permita de una vez trabajar sin reservas por ella. ¿Tan hondas son las diferencias que las separan, que no puede vencerlas el afán del bien común? Cómo se echa de menos el viejo concepto de patriotismo.
Seguramente los profesionales de la política podrán mirarnos con cierta condescendencia a los que opinamos sin serlo. Sin duda desde dentro se aprecia una complejidad que a los demás se nos escapa, pero es una complejidad creada por ellos mismos. La devaluación de la clase política en la opinión ciudadana viene de una percepción que nadie parece querer demostrar que sea falsa: confiamos a los políticos la solución de nuestros problemas, y resulta que ellos mismos se convierten en un problema más. Al problema del enfermo hay que agregar el de los médicos, que discuten sobre la marca del bisturí. Será todo tan complejo como se diga, habrá factores condicionantes y hasta de carácter determinista, pero nadie puede evitar que nos hagamos una pregunta resignada y dolorida: ¿por qué siempre es tan complicada la política en esta vieja y entrañable nación que se llama España?

miércoles, 6 de abril de 2016

Querido libro

De las pocas líneas que quedan en el cuaderno donde uno anotaba sus certezas, una de las que se mantienen con la misma nitidez de siempre es la que señala la deuda permanente e impagable que ha contraído con los libros. Hurgando allá donde se acumulan los recuerdos, siempre termino encontrando que una gran parte de los mejores momentos de mi vida están ligados a ellos. A su lectura, al gozo de su adquisición, a la emoción de un descubrimiento, a la ilusión de un regalo, a su presencia. Y al silencio de una noche enganchado a sus páginas, a la soledad de una tarde de lluvia, a la demostración de afecto de una dedicatoria, al olor de una biblioteca. También a los años de estudio, a los tiempos de pupitre y exámenes, en los que algunos se convertían en simples instrumentos necesarios y circunstanciales. Pero siempre el libro. Con mis preferencias cambiantes a lo largo de los años y mis devociones según las épocas, pero eterno acompañante de tantos momentos, con esa imagen suya tan familiar que se ha hecho parte de mi mundo. El vendaval tecnológico que nos afecta, con sus inevitables ramalazos iconoclastas, ha propuesto el fin de esa imagen y su sustitución por una de sus elaboradas manifestaciones; naturalmente no faltaron quienes enseguida le pusieron un nombre que sonase a inglés: 'ebook'.
El libro electrónico ofrece indudables ventajas, la principal de ellas su capacidad de almacenamiento, con el consiguiente ahorro de espacio. Claro que habría que hablar de en qué consiste para cada uno la seducción de lo invisible; hay quien presume de llevar mil libros virtuales en su aparato y quien prefiere tener la compañía de mil libros en sus estantes. En realidad, todo se reduce a la consideración que se haga del libro como un simple texto o como un objeto diferenciado. Si se tiene como un simple texto a leer, sin nada que importe al margen de él, no hay duda de que puede resultar práctico, sobre todo en circunstancias concretas, por ejemplo en los viajes.
Pero hay otros que pensamos que leer un libro es mucho más que leer un texto. Es participar de un objeto único en toda su plenitud. Un objeto con sus caracteres sensoriales, su olor, sus cualidades táctiles, su posibilidad de ofrecer una enorme belleza externa en su portada, en su diseño, en su tipografía, hasta en su tipo de papel, e incluso de alcanzar un alto valor material en función de su rareza o de la calidad de su edición. Y por encima de todo está el hecho mismo de su presencia. Cada libro tiene su propia historia. Han llegado a nosotros a lo largo de nuestra vida, cada uno en un momento determinado; muchos de ellos encarnan un recuerdo concreto o fueron un regalo ilusionado; algunos tienen una dedicatoria ya irrepetible; todos juntos conforman ese ambiente de sosegado afán que sólo puede encontrarse en una biblioteca.
Ya sabemos que lo que da sentido a un libro es su lectura y que lo importante son sus palabras, estén sobre lo que estén escritas, pero algunos creemos que también tienen su vida particular y un aura mágica individual que jamás tendrá una máquina. Cómo imaginar que el libro de papel pueda ser sustituido alguna vez por un artilugio electrónico.

miércoles, 30 de marzo de 2016

El rey reformista

Entre los centenarios que se conmemoran este año de eminentes centenarios, con el de Cervantes a la cabeza, hay otro de menor resonancia universal pero de gran importancia histórica para España: el de Carlos III, el rey que agitó a una España adormecida, le quitó telarañas seculares y la cubrió por completo con sus planes de progreso. Bajo las premisas del Reformismo Ilustrado, se propuso la transformación del país: construyó fábricas, abrió nuevas vías, fomentó la agricultura y renovó costumbres. Conocida es su obra en Madrid, a la que convirtió en una urbe monumental y dotó de infraestructuras modernas. No lo es tanto otra de sus realizaciones más importantes, y no es mal momento este tercer centenario de su nacimiento para recordarla.
El viajero que atraviesa hoy Sierra Morena con la curiosidad del buen caminante, se encuentra con pueblos un tanto singulares, con un aspecto depurado respecto a la tipología de la zona, que dan testimonio del primer fenómeno de inmigración impulsado y dirigido desde el poder político. Mejor que los pase sin prisas. En Guarromán puede endulzar sus trajines con sus afamados hojaldres y, de paso, ver una población geométrica en su trazado y generosa en sus espacios, con un monumento dedicado a los mineros del plomo y dos pequeños bustos de quienes le dieron su ser: un rey y un ministro. Porque este y otros pueblos de esta zona son un producto de un momento dirigista nacido de una necesidad.
El momento fue la Ilustración, y la necesidad la de colonizar estas tierras sin ley para asegurar el camino entre Cádiz y Madrid, por el que pasaba toda la riqueza que venía del Nuevo Mundo. El plan, encomendado por Carlos III a Pablo de Olavide, contemplaba la creación de 44 pueblos y el establecimiento de diez mil colonos extranjeros, en su mayoría procedentes de Centroeuropa, que comenzaron a llegar en 1767 de la mano de un bávaro llamado Thürriegel. La capitalidad de este conjunto, llamado de las Nuevas Poblaciones, se estableció en La Carolina, a la que se dio el nombre del rey. A pesar de las reticencias y de algunas desilusiones personales, el proceso dio sus frutos, de modo que, apenas ocho años después, La Carolina ofrecía el aspecto de un pueblo moderno, creado según los criterios urbanísticos más avanzados: plano en cuadrícula, con calles axiales que facilitaban los movimientos y las perspectivas, plazas circulares y rectangulares sabiamente distribuidas, fachadas uniformes, con jardines delanteros, orden y racionalidad. Al mismo tiempo se crearon industrias y se atrajeron inversiones, sobre todo extranjeras, para el relanzamiento de la actividad minera. En apenas cien años, La Carolina multiplicó por cinco su población; luego, a partir de 1920, comenzó su declive. Hoy cuenta con unos quince mil habitantes, su estructura económica se basa en el olivar y la ganadería, y sigue ofreciendo al visitante su imagen urbana de niña de belleza exótica, a medio camino entre Hipodamo y la vanguardia.
Poco más allá, en el centro de la gran plaza de Santa Elena, otro pueblo de la colonización, Carlos III, en bronce, despide al viajero con la media sonrisa de quien tiene que aguantar el llanto del niño porque le lavan la cara.

miércoles, 23 de marzo de 2016

Semana de pausa

Este alto en el camino, a media distancia entre la frialdad del invierno y la cálida alegría del verano, viene a resultar el final del largo declive de la vitalidad y las ilusiones que nos han dejado los días cortos y oscuros, y el comienzo de un tiempo nuevo en el que rebrotan los anhelos y las esperanzas. Fin del letargo invernal y principio de otro renacer; el paso del equinoccio, revestido de significado espiritual como un rito iniciático. Y con él, la gozosa posibilidad de aprovechar la ralentización convencional de la actividad para entregarse al ocio. Sobre este momento medianero y con carácter de hito divisionario se sitúa en nuestro ámbito cultural occidental la Semana Santa.
La Semana Santa supone la culminación del ciclo litúrgico cristiano, que se había iniciado en Adviento, y es también, y ha sido siempre, la ocasión máxima de la manifestación de la piedad popular. Será porque somos hijos del dolor y la muerte siempre es mayor motivo de meditación que un nacimiento, y las lágrimas que la risa. Lo cierto es que, frente a la alegre ligereza de la Navidad, la ostentación de las imágenes de la Pasión convoca en nuestras calles a multitud de gentes, movidas unas por la simple contemplación del espectáculo y otras muchas por una devoción auténtica, elemental, sincera, acrítica, salpicada de folclore y de hondura espiritual, y que lo mismo propicia desgarros emocionales ante el paso de una Dolorosa que la meditación honda y callada ante unas escenas que encarnan el recuerdo del dolor y la muerte como única evidencia que nos ha sido dada. Aparatosas y grandilocuentes, con un punto de excesivas, en el sur; más recogidas y calladas en tierras castellanas, pero todas como la expresión de algo sin lo que, para muchos, sería ininteligible el ciclo anual de sus sentimientos. España es el único país europeo que convierte su tradición religiosa y sus creencias en una manifestación pública; hace de ellas una explosión colectiva sin recato ni reservas. En la exhibición de sus mejores imágenes desfilando a paso lento entre la multitud que las contempla entre la emoción y la curiosidad, hay una declaración de fidelidad a la fe que ha configurado su identidad a lo largo de los siglos. Los que pretenden arrancarlas de la vida pública tendrán que emplear argumentos con una gran fuerza de convencimiento.
Hace ya mucho que la Semana Santa se ha convertido en un período de segundas vacaciones, aunque breves; un tiempo de salida en masa hacia todos los destinos, para gozo de hosteleros y agencias de viajes, y, al mismo tiempo, una bendita pausa en el agitado discurrir de la vida política que nos permite descansar de tanta batahola mediática como nos abruma. Es también un reflejo de la verdadera vitalidad de la sociedad de un país, de los afanes y proyectos de sus habitantes, de sus hábitos y preferencias y, en no menor medida, de una aproximación más certera a la situación real de su economía. Catorce millones de desplazamientos y los hoteles al máximo de ocupación no son el signo de una nación en crisis agónica, por más que televisiones sextas y cuartas se empeñen en presentarla así a todas horas. El pulso real del país está ahí.

miércoles, 16 de marzo de 2016

El cambio que nos lleva

Quizá sea en este inofensivo pasar de las estaciones donde más se nos note nuestra debilidad ante el tiempo. Fin de invierno ya y comienzo otra vez de la primavera, el marcapasos más inadvertido y más traicionero de todos los que nos han puesto en el escenario para recordarnos el ritmo al que avanza la función. El reloj de arena que se nos entrega a cada uno cuando nacemos no agota jamás su pila. Cuatro granos tan sólo al año, pero que caen cogiéndonos desprevenidos y obligándonos, como si fuera una eterna novedad, a la sorpresa. Cuatro pasos de la gran aguja que, encima, nos seducen. La alegría de la primavera tras el frío sueño del invierno, la plenitud del verano, la hermosa melancolía del otoño y de nuevo el silencio invernal. Cada uno con sus propias armas de sugestión, como si quisieran que no advirtiésemos la huida hacia adelante del tiempo y su callado trabajo en nuestro daño. Azadas son la hora y el momento, según Quevedo. Con la edad más nos van pareciendo excavadoras.
Somos seres de la naturaleza, no hay duda, y no tenemos otro espejo en el que reflejar nuestras pobres ideas. Amamos la alegoría y la buscamos donde sabemos que siempre se encuentra. Cuántas veces se habrá comparado este ciclo anual con el de la vida humana: la infancia, la juventud, la madurez y la vejez. Parece como si el hombre hubiera necesitado siempre tener una referencia ajena a su condición, pero dentro de lo creado, para saber a qué puede atenerse en lo que respecta al ciclo de su existencia, quizá porque de lo único de que está absolutamente seguro es de que no es una excepción. En su continuo no saber, busca una posible respuesta en la imagen que proyectan los ciclos naturales, aunque sabe que va a seguir sin saber. Vivo y no sé cuánto; ando y no sé a dónde; muero y no sé cuándo; me admiro de estar tan alegre, puede leerse en un antiguo poema alemán. Cien tratados de filosofía no explicarían con más intensidad el desamparo del hombre ante el porqué de su existencia.
En su eterna función de asidero de nuestras escasas certezas, pasan las estaciones con su tópico valor de metáfora de la vida, renovada cada año. Mejor no pensar que, en realidad, todo se debe a una simple inclinación del eje de rotación de este planeta torcido y que, sólo unos grados más, y todo habría sido radicalmente distinto. Que incluso así, en otras latitudes los ciclos adquieren un ritmo muy diferente y, al menos para nosotros, menos indicativos de la metáfora. Ahora que están asomando las margaritas en los prados y las yemas en las ramas de los árboles y comienzan a oírse ya los trinos de los pájaros primerizos, mejor no pensar en eso, porque sería entrar en la cruda racionalidad y abandonar el ámbito amparador del misterio. Mejor pensar con mansa resignación que las nubes blancas de la primavera seguirán pasando sin volver jamás, y se nublarán también los cielos despejados del verano y se irán luego los vientos del otoño. Y que cuando llegue el invierno, el de verdad, ese que no tiene primavera, sepamos aceptar su aliento helado con la naturalidad del que se ha preocupado de esperarlo.

miércoles, 9 de marzo de 2016

Sus señorías

Como en los antiguos espectáculos teatrales, que necesitaban de un entremés para rellenar los largos momentos entre actos, hemos tenido estos días el espectáculo doble, y doblemente fallido, del intento de investidura de un candidato a presidente. No debería llamarlo espectáculo, pero es lo que fue: un desfile de actitudes y gestos estudiados, de indumentarias poco frecuentes en tal escenario, de infantiles llamadas de atención y de alguna exhibición atrabiliaria de un recién llegado, que, seguramente para dignificar aún más el noble concepto de parlamentarismo, se dedica a repartir besos de amor a sus compañeros de cofradía. Se ve que es un producto televisivo y creyó que el Congreso era otro plató. Pero sobre todo fue un desfile de lo más representativo de la clase política de todos los tiempos y latitudes: de egos y ambiciones, de alianzas extrañas, de frases pensadas para herir, de los eternos tópicos envueltos en palabras que, de tan repetidas, suenan ya a nada. Dos de ellas son las favoritas de los aspirantes, que las usan como un abracadabra mágico que da vida a sus programas: cambio y progreso. Un trampantojo más, esta vez con la semántica. Cambiar es alterar la situación de algo, pero en cualquier sentido; no es un término positivo ni negativo, porque todo depende de a qué nueva situación se cambie. Progresar es ir hacia adelante, y tampoco implica que sea para mejorar; el que está al borde de un precipicio hará bien en no avanzar más. Lo peor, sin embargo, no es la torsión del lenguaje, sino de los conceptos; llamar, por ejemplo, progresismo a volver a situaciones ya superadas por la propia lógica de la Historia o a instalaciones mentales o morales cuya modernidad brilló y se apagó hace ya varios siglos podría entrar dentro del grupo de las falacias "ad nauseam", tan empleadas siempre por los políticos de todos los lugares.
Decir política equivale a decir ciencia de lo mudable, de lo relativo y contingente, y eso sí que queda evidente en todos los actos de esta índole en los que se trata de alcanzar el poder. Los arrumacos cambian de destinatario ante cualquier guiño insinuante, se matizan las ideas que eran inconmovibles, las afirmaciones rotundas se transforman en lo contrario a base de retorcer la sintaxis, lo que eran promesas firmes adquieren ahora carácter condicional, y el ciudadano tiene que hacer un ejercicio de simplificación si quiere vislumbrar por dónde fue su voto. En definitiva, desfilaron dos conceptos de la política y cuatro señorías que los encarnan a su manera. Pero, de los apartados del poder, uno, el económico, nos lo van a controlar desde fuera, así que sólo queda el que realmente nos importa: el que se refiere a los valores éticos, al fortalecimiento de la conciencia nacional, a la educación de nuestros hijos, a la enseñanza de los valores esenciales y al respeto a la libertad individual. Ahí nos la jugamos.
Sin duda la democracia es el mejor de los sistemas políticos conocidos, pero sigue siendo malo. A la esencia de la verdad le son indiferentes el número y las opiniones de una multitud, en gran parte sin cultura política, a menudo manipulada y siempre sin responsabilidad moral. Sería bueno intentar mejorar sus mecanismos.

miércoles, 2 de marzo de 2016

La vulgaridad como norma

Parece como si en los momentos de bienestar material de una sociedad, cuando el estómago está suficientemente atendido y los caprichos casi todos cumplidos, aflorasen de golpe sus peores formas en el modo de manifestarse. En la nuestra, desde luego, vivimos ese momento. Estamos asistiendo al triunfo absoluto de la mugre y la cutrez. Peor aún, a su normalización; peor aún: a su instalación como categoría propia. Es un espectáculo continuo, que hace pensar que, si esto es lo que nos ha traído la generalización de las comunicaciones, quizá habría que lamentarlo por lo que afecta a la salud intelectual de la ciudadanía. Ahí tenemos, en cualquier revista, en cualquier pantalla y a cualquier hora, a todas las figuras que marcan la pauta social en el país en cuanto a popularidad y fama. Personajes que subastan su dignidad al mejor postor, gentes que venden su intimidad por un cuarto de hora de gloria, figuras cuya gran fama consiste únicamente en haber practicado con asiduidad el engaño, la infidelidad y la mentira, y en saber venderlo a los bobos. Un gran hermano y unos cuantos millones de primos, atrapados por las emocionantes aventuras de seis individuos encerrados entre cuatro paredes; un torrente de mal gusto, verdadero monumento al feísmo y la horterada. Profesionales del descaro, la desvergüenza y las andanzas por los platós, embolsándose sus buenos euros, que en definitiva es lo único que se busca. Se silencia al que habla a la inteligencia, por favor, no moleste, que eso no motiva a la masa y por tanto no da dinero. Aquí sólo importa fomentar el culto a lo más instintivo del ser humano. Evidentemente, entre un pensador que trate de darnos una respuesta a alguna de las incógnitas de la vida y alguien que tiene por ocupación el andar saltando de cama en cama, no hay color. Ni siquiera cabe plantearlo.
No se trata aquí de fijar relación alguna con la moral, aunque solo sea para no dar opción a que alguien venga con el consabido argumento de la relatividad de ese concepto, pero lo que no cabe perdonar es que sea un atentado contra la estética. Fíjense en la series de algunas cadenas, en el tono grosero del habla de sus personajes, en su vocabulario barriobajero y en la absoluta pobreza de la expresión verbal, como si los guionistas provinieran todos de algún suburbio degradado y no conocieran otro lenguaje. Se habla como en la calle, dirán. Puede, pero también puede que en la calle se hable como se fomenta desde allí. La esencia de la vulgaridad, dice Ruskin, radica en la falta de sensibilidad. La ordinariez es una forma de agresión, y a lo mejor se trata de eso, de ser agresivos, porque la trasgresión vende más que la corrección. Pues cada paso atrás que demos en lo relacionado con el buen gusto es una pequeña abdicación de nuestra condición de seres creativos, un retroceso en ese largo camino hacia algún ideal de belleza que la humanidad ha perseguido desde siempre. O acaso sea que, como confesaba Petrarca, es tan grande nuestro miedo a encontrarnos solos que buscamos refugio en la vulgaridad. En todo caso, ahí están los libros. Los buenos, claro.

miércoles, 24 de febrero de 2016

Comienzo de trayecto

Aun a riesgo de quebrar algún posible código no escrito sobre el pudor acerca de lo propio, siento la necesidad de insistir en que he publicado otra novela. Su título, El entierro de Lucas, quizá sea lo de menos; más que el género y el nombre lo que cuenta es esa sensación gozosa e intransmisible que se siente ante el hecho de tener por fin entre las manos el rostro final de algo larga y fatigosamente gestado, que durante muchos meses se ha adueñado como un tirano de nuestros pensamientos, voraz y egoísta con todo lo que no le sirviera. Esa necesidad de proclamarlo, más que con severos juicios y acusaciones de infantilismo, ha de verse como el suspiro aliviado de quien al fin se libera de una punzada hundida en el centro del reducido mundo de sus ideas. Y si no, al menos como un simple desahogo de débil escribidor.
Sé que el mundo no la está echando en falta; sé que al final no será más que una insignificante gota en el inmenso torrente de títulos que salen a las librerías cada día, y sé también que tendría suerte si llegara siquiera a una milésima parte de quienes tienen la lectura como hábito, pero eso es un capítulo totalmente ajeno a ella y al esfuerzo que la creó. Aquí la mies es poca y los obreros muchos, y el Olimpo un lugar de escasa capacidad, y además, qué importa. Gocemos ahora con el ramo prendido al folio final.
Han sido varios meses de largo hermanamiento. Las obras se nutren de la sustancia de su autor y crecen pimpantes y egoístas sin ninguna consideración y sin piedad alguna, hasta agotar la matriz de donde nacen. He sido un poco Lucas y le he acompañado en su angustiada peripecia, y me he llegado a enamorar de Olga viendo la fortaleza de su debilidad. Y en todo este tiempo de trasvase -qué otra cosa es una novela-, qué trabajar más inseguro. Cuántas ideas rechazadas después de la primera impresión de acierto; cuántas intuiciones examinadas; cuántos intentos por encontrar algún significado escondido en las palabras; cuánta obsesión por exprimir hasta la posibilidad más árida. De eso y del temor a que pasara de largo, sin verla, la más pequeña idea aprovechable, estuvo hecho gran parte de este tiempo. Son las penas comunes de todo trabajo en el que uno se empeña en crear cosas de la nada. Y parecen ser bien asumidas, porque no son los escritores gentes que suelan quejarse, como no sea de sus propias limitaciones. En general, han mantenido siempre una especie de fino pudor ante la exhibición pública de sus esfuerzos, por grandes que se adivinen. A veces podemos intuir su alegría o su satisfacción; otras, las más, hay que acudir a los diarios y a las cartas íntimas para penetrar en el momento de la gestación. Incluso aquel amargo lamento de Toni Morrison suena como una declaración de impotencia o quizá de solicitud de comprensión: "Sólo dispongo de veintiséis letras; no tengo color ni sonido, sólo mi ingenio".
Lucas y Olga comienzan desde hoy una andadura bastante más difícil que la otra, pero ya no están bajo mi tutela. Cuento ahora con el acto creativo de la lectura, ese ejercicio de imaginación que presta ropaje, sentimiento y color a las palabras muertas de la página, y en ello juega el autor muchas de sus ilusiones.

miércoles, 17 de febrero de 2016

Las ondas del tiempo

Ante el inmenso misterio del Universo, la mente se detiene y cede a la filosofía el trabajo de comprenderlo, a la religión el de darle un sentido y a la psicología el de derivar la mirada hacia motivos más humanos para no sentirnos una mota de polvo sin valor. Tal vez la razón apareció en el hombre cuando alguien, allá en la noche de los tiempos, miró el cielo estrellado y se preguntó por primera vez de dónde procedía todo aquello. Y ante la gran pregunta sin respuesta surgió el mito, y así satisfizo la humanidad sus ansias de comprensión de lo desconocido y de la profunda oscuridad que rodeaba su existencia. Fueron necesarios centenares de miles de años para que alguien tratase de convertir el mito en una incógnita susceptible de ser objeto de estudio por parte de la razón humana. La búsqueda de la explicación de la realidad visible por parte de los filósofos griegos es una de las páginas más conmovedoras y fascinantes de la historia, y su resultado fue la creación de un sistema que configuró un modelo del orden cósmico que se mantuvo vigente durante dos mil años, hasta la aparición de los primeros instrumentos ópticos, hace casi nada. Los avances técnicos del último siglo nos han desvelado secretos insospechados. Ahora sabemos que el espacio y el tiempo no son conceptos absolutos, que las estrellas son gigantescos reactores nucleares, que existen otros elementos, como los cuasáres o los púlsares y, sobre todo, que nuestra Tierra no es más que un planeta pequeño, que gira en torno a una estrella mediana, perdida en el extremo de una modesta galaxia, que a su vez se desplaza por el espacio junto a millones de otras galaxias mayores que ella. El último logro es la confirmación de la afirmación de Einstein de que el tiempo y el espacio se distorsionan cuando un objeto masivo se mueve velozmente y que esas deformaciones cruzan el espacio a la velocidad de la luz. A una distancia inconcebible para nuestra mente, dos agujeros negros, girando entre sí, liberaron una enorme cantidad de energía en forma de ondas gravitatorias, y se ha podido captar su eco. No sabe uno a quién admirar más, si al que lo calculó o a los que lo demostraron.
Dicen los expertos que el hallazgo, además de un éxito tecnológico asombroso, es de una importancia tal que refuerza el marco fundamental de la astrofísica y puede llevarnos al conocimiento de realidades hasta ahora inexplicables, como la materia oscura. Y que abre una ventana a la posibilidad de que el hombre alcance el último umbral al que le es permitido llegar y que seguramente jamás podrá cruzar, porque es el umbral del infinito. ¿Qué había antes del Big Bang? ¿En qué punto se puede localizar la primera singularidad causal que dio origen a todo lo que existe? ¿Hasta dónde es posible retroceder en lo que ni siquiera puede llamarse tiempo? Entre el primer hombre que miró el cielo estrellado y el que ha conseguido captar las ondas gravitatorias generadas a 1.300 millones de años luz, ha pasado apenas un instante en el reloj cósmico, es cierto, pero lo limitado no puede abarcar lo ilimitado. Es posible que quedemos para siempre a la puerta del misterio. Uno se conforma con admirar a esos científicos que tratan de enseñarnos cómo fue el borde mismo de la eternidad.

miércoles, 10 de febrero de 2016

Se acabó el desfile

De todas las luchas entre el cuerpo y el espíritu con que el hombre fundamenta sus creencias trascendentes, quizá la que ha terminado por ofrecer un vencedor más claro es la sostenida por don Carnal y doña Cuaresma. En favor del primero, claro. La pobre cuaresma comienza hoy sin que apenas nadie se entere y sin que apenas nadie la respete, mientras que la cara desvergonzada y alegre del amo de los sentidos lucía triunfante por medio mundo. Debe de ser una metáfora de nuestro tiempo, de espiritualidad menguante y culto sensorial creciente. Al fin y al cabo, ser lo que no somos siempre fue una aspiración oculta del hombre; y conseguirlo, aunque sea haciéndonos trampas, un sueño cumplido. Por unas horas hemos sido lo que hemos querido ser, aunque fuera a costa de hacer el mortadelo, pero ahora la altiva princesa vuelve a ser la señora de la fregona y el orondo ricachón el sumiso currante de despertador a las seis. Es lo que tiene el carnaval, que nos saca del subconsciente las frustraciones y nos las vuelve a enterrar cuando más floridas estaban.
Entre la elegancia de las mascaradas venecianas y las carnes cimbreantes semidesnudas que desfilan bajo el sol de otros lugares, puede uno establecer todo tipo de alegorías y preferencias sobre el modo de escapar de la realidad mediante la invención de otra que nos ofrezca solo una cara amable, la que nosotros elijamos. Bien mirado, no hay más remedio que quedarse con las segundas como tema de devoción carnavalesca, porque si estamos hablando del señor Carnal, a ver quién tiene más que ver con él. Además, aquellos tiempos en que salía derrotado de la batalla ya hace mucho que se han acabado; ahora el arcipreste vividor habría de repasar sus cuadernas vías en lo que toca a su condena. Espinacas el miércoles comerás non espesas; por tu loca lujuria comerás poquillas désas. Hay que ver qué ejemplo singular de conversión de vencido en vencedor.
El caso es que hoy es Miércoles de Ceniza, la marca gris en la frente y en el recuerdo, que somos polvo y al polvo volveremos, eso es, señores de los maletines y de las prepotencias, ceniza y solo ceniza, así que hagamos las cosas pensando más en el buen recuerdo a dejar aquí que en amontonar lo que se va a perder. Ya ven, el espíritu de la cuaresma. Memento mori. Enterrada ya la sardina, con las caretas y las máscaras guardadas de nuevo en el baúl, y de regreso de esos días de huida y escape ficticio con que pretendemos dar cuerpo a nuestras ilusiones, entramos ciertamente en una vida penitencial, que nos es bien conocida porque es la de siempre, o sea, a sufrir con las noticias de cada día, a contemplar los juegos de manos de los políticos, a soportar el sectarismo ideológico de algunos medios, al trabajo diario por la subsistencia, a nuestros pecadillos y virtudes, a vivir lo que nos toca, que en eso consiste todo lo que somos y no sabemos definir. Eso tan original de que todo el año es carnaval menos estos días, queda relegado al juego de las ocurrencias y al rincón donde se amontonan los deseos imposibles. Y mejor que sea así, desde luego.

miércoles, 3 de febrero de 2016

Una especie dañina

No nos libramos de ellos, porque no se ha librado nadie a lo largo de los siglos, pero hay que ponerles las cosas muy negras. Los corruptos son una especie dañina, muy difícil de erradicar, presente en todo tiempo y lugar y en toda escala y condición. Salen de lo más hondo del pozo de miserias del ser humano, allí donde se alojan las debilidades y las mentiras y donde reina en toda su extensión la ausencia total de ética. No lo olvidemos; ahí estamos todos, solo que el índice de corrupción suele estar en relación directa con el grado de poder de que se disponga, lo cual viene a decir muy poco acerca de la capacidad de la moral humana para poner dique a la ambición. Es muy fácil presumir de honesto cuando no se han tocado los aledaños de los despachos, pero precisamente por eso es más despreciable el que se aprovecha del poder dado para beneficiarse a costa de quienes se lo dieron, o sea, de todos.
A los corruptos suele vérseles entrar en los juzgados con la cabeza alta, gesto desafiante, sonrisa impostada y una mirada de todo esto es un error. Si pueden hablar a los medios ya se sabe lo que van a decir: se trata de un montaje contra mí, tengo ganas de declarar para defenderme, soy el primer interesado en que todo se aclare. Y, entretanto, el dinero en una red endiablada de intermediarios, testaferros, empresas fantasma, cuentas falsas y siempre camino de paraísos fiscales. Menos mal que las unidades policiales especializadas en esta lucha conocen bien las vías que suelen seguir y los escondrijos a hurgar.
El corrupto es un tipo mediocre, en el que el entendimiento queda nublado por el afán de riqueza y por una absurda e injustificable fe en sus manejos. Presenta siempre unos rasgos fijos: una presencia respetable que no permite entrever sus intenciones, una falta total de escrúpulos, una voracidad sin fin, y, sobre, todo, un convencimiento de que a él es imposible cazarlo porque es el más listo de todos, y de que, en todo caso, su nombre y su posición social lo impedirían. Vanitas vanitatis. Una vanidad que suele ser su perdición. Vanidad y ambición, mala mezcla, porque aun en el caso de que se haga lo posible para que la riqueza pase desapercibida, no puede esquivarse un cierto aire de triunfador ni el reflejo que se crea al aprovecharse de ella.
La siniestra figura del corrupto aparece en todos los partidos, al margen de la ideología y del sistema político y, como los malos bichos, no es fácil de erradicar, porque resulta difícil quitarle al poder su fuerza corruptora. Cabe la defensa activa: establecer filtros de acceso al ejercicio de la cosa pública, fortalecer los mecanismos de vigilancia y control del dinero y, una vez condenados, la aplicación más dura de la ley, con la devolución sin ninguna excusa de lo robado. En los últimos tiempos sus rostros se han hecho tristemente famosos, especialmente en algunos medios, pero evitemos nuestra tendencia a chapotear en el fango. No somos, ni mucho menos, los más corruptos; estamos en un discreto puesto 36 de limpieza en un listado de 168 países. Pero un solo caso bastaría para preocuparnos como sociedad. En la corrupción está el germen de enfermedades más graves.

miércoles, 27 de enero de 2016

Situación de espera

Los que no tenemos vocación política, ni envidia de ella, nos encontramos con alguna dificultad a la hora de entender la situación actual, después de las elecciones. Nos da la impresión de que lo que menos importa en lo que se está guisando en casi todos los fogones de los partidos es España, o sea, nuestro país, el lugar donde vivimos, las leyes que nos afectan, las calles y las gentes que vemos cada día, el rincón del mundo en el que nos ha tocado tener nuestro sitio de origen y de residencia. ¿A quién importa su estabilidad, quién la pone como la única meta importante de su futura actuación, en qué discurso aparece su nombre con tono de orgullo y respeto? Todo lo que puede verse en la mayoría de nuestra clase política es una lucha a puñalada trapera por llegar al gobierno, nada más. Una lucha hecha de chantajes, propuestas envenenadas, declaraciones ofensivas, negaciones al diálogo, intenciones ocultas y faltas de consideración hacia los demás, incluso en lo externo. Qué bien entendieron aquello tan cínico de que la política es el arte de sacar de una situación determinada el mejor partido posible.
Entre las novedades de esta investidura está la de que es la primera vez que un perdedor pasa por encima del ganador a la hora de intentar conseguirla. Claro que también es la primera vez que a la oposición la encabeza un tipo rencoroso, displicente, de odios firmes y de preparación muy limitada, que además obtuvo el peor resultado electoral de la historia de su partido. Lo que se llaman pasiones políticas suelen ser pasiones comunes, decía el filósofo. Debe de ser verdad. Desde luego, sin miradas altas, rodeándose de amistades peligrosas, atendiendo solo a intereses partidistas y mediante la ambición como único impulso, es posible que se pueda conseguir el poder, pero no la autoridad, que es la realmente importante porque trasciende de su tiempo.
Al ciudadano de a pie, ese que va a trabajar cada día mientras sus elegidos trapichean con sus votos, se le puede ocurrir pensar que ese poder por el que se dejan atrás jirones de sí mismos es solo uno de los espejos de un juego muy complejo. Eso sí, el más brillante porque es el que está más cerca de nosotros. No es más que el eslabón visible de una cadena de poderes. El verdadero poder que nos rige está en los despachos de quienes dirigen la economía mundial, en los banqueros, en las organizaciones empresariales y corporaciones financieras de ámbito supranacional; está en los organismos estratégicos, en las estructuras de información y defensa internacionales, en las mesas donde se toman las decisiones políticas que afectan a toda la Unión y a las que hemos ido entregando soberanía. No valen gran cosa los propósitos desmesurados de los candidatos ni sus promesas radicales; sólo en lo que tengan de estrictamente doméstico y sin grandes consecuencias. Que no saquen estos políticos novatos demasiada voz campanuda, que el ámbito en que vivimos no permite que las ovejas se desvíen mucho del redil, salvo que quieran verse solas y sin ningún amparo en un bosque lleno de riesgos. Pues miren, no deja de ser un seguro.

miércoles, 20 de enero de 2016

El culto a la fealdad

La belleza fue siempre un objetivo permanente para el hombre, tan permanente como inalcanzable, a pesar de que a ello dedicó todos sus recursos creativos. La belleza, como aspiración máxima, encarnada en cientos de definiciones que tienen todas que ver con el placer y la quietud del espíritu, pero siempre cambiante en cuanto a idea. En la naturaleza la belleza es invariable; ni aumenta ni disminuye ni se modifica; lo que es bello en ella lo es para siempre, y solo deja de serlo si se destruye. En el hombre, en cambio, es subjetiva y evoluciona con las circunstancias de la sociedad. O sea que la belleza depende del concepto que en un determinado momento tengamos de ella. La aceptamos al margen de cualquier condición objetiva, y a veces por influencia de los demás, y a eso lo llamamos moda.
El desprecio a cualquier ideal de belleza está entre los factores que intervienen en el debilitamiento de las civilizaciones. Se empieza por prescindir de los efectos de la emoción estética y se termina chapoteando en el fango de la vulgaridad, hasta que viene otra que vuelve a tener como uno de sus máximos afanes la búsqueda de la perfección y empeña todo su impulso creativo en ello. Kundera tomaba como ejemplo la música al afirmar que su transformación en ruido es un proceso mediante el cual la humanidad entra en la fase histórica de la fealdad total. Vale cualquier arte y cualquier aspecto de la vida.
Vivimos tiempos en que la fealdad ha ido ganando espacios hasta hacerse norma, y a veces hasta convertir lo bello en rechazable. En cualquier campo, desde el diseño hasta la alta costura, se tiende a sublimar ante todo lo original, no importa que sea extravagante. Nuestras ciudades levantan sus nuevos edificios señeros dentro de una arquitectura igualitaria, rendida a un funcionalismo anodino y carente de emoción; los signos ornamentales que antes era de bronce o mármol ahora se hacen de hierro oxidado; la moda que se impone a nuestros jóvenes los hace sentirse orgullosos de llevar los pantalones rotos y les obliga a ir todos uniformados, con idénticas prendas, todos de oscuro. El desfile en el Congreso de los Diputados de los miembros de un nuevo partido supuso la ocupación por el feísmo de espacios hasta entonces más o menos inmunes. Una llamada a que nos acostumbremos a valorar como atractivo la imagen desaliñada, las greñas hirsutas, los tonos negros, la vestimenta descuidada o el aspecto perdulario. Y si alguien reivindica el buen gusto se expone a recibir unos cuantos adjetivos, siempre los mismos: casposo, rancio, retrógrado y otros así. Ha cambiado el concepto del cuidado personal como signo de respeto hacia los demás y hacia uno mismo. Bien vestido, bien recibido, decía el refrán. Hay otro que enseña que el hábito no hace al monje, pero no es cierto; un hábito zarrapastroso dice mucho sobre el monje que lo lleva.
El culto al feísmo se instaló entre nosotros como una de las nuevas religiones que proliferan en esta sociedad descreída de lo trascendente y fervorosamente rendida a lo insustancial. Ante una urna griega Keats nos recordó que belleza era igual a verdad. Si esto es así, muy mal debemos de andar de ésta a la vista del aprecio en que tenemos a aquélla.

jueves, 14 de enero de 2016

Mi nuevo libro

 El entierro de Lucas





El día que llevaron a enterrar a Lucas del Toro comenzó su verdadera pesadilla. Porque Lucas no había muerto. Estaba bien vivo, pero cómo demostrarlo cuando a uno le han borrado de todos los registros. La vida plácida y sin sobresaltos de Lucas se convirtió en un angustioso círculo sin salida posible entre la indiferencia de sus vecinos, algunos de ellos -el cura, el psicólogo, el juez, el enterrador, el director de banco-, se definen a sí mismos por su actuación. Sólo una chica, otra perdedora solitaria como él, le ofrece comprensión y ayuda, hasta ejercer un papel decisivo en el desenlace final.
Novela de humor y ternura que lleva al lector desde la carcajada hasta la emoción más intensa. Una original historia que quiere ser una reflexión desenfadada y amable sobre nuestra existencia.  


miércoles, 13 de enero de 2016

Nuestro mundo personal

El tiempo termina enseñándonos que es en el pequeñísimo ámbito que protagonizamos con nuestra simple existencia donde únicamente podemos aproximarnos a un cierto concepto de felicidad. Ese ámbito insignificante para los demás, pero enorme para uno, que constituye nuestro jardín privado, tanto de delicias como de penas. Está a nuestro alcance ensancharlo en lo posible, ampliando nuestros recursos para autoabastecernos interiormente y hacernos un refugio cómodo en el que defendernos de quienes se empeñan en hacernos amargas todas las horas del día mostrándonos la fealdad y la maldad de todo lo que nos rodea. Es un refugio hecho de nuestras cosas más queridas: de relaciones familiares, de amistad, de lectura, de música, de viajes, de una reunión con amigos o de un paseo por la montaña, de una comida en buena compañía o de una tarde de horas lentas en la que los recuerdos nos hieren o nos gratifican. De todo eso y de lo que queramos se puede componer nuestro pequeño mundo, y qué poco han de poder ante él todos los intentos de disponer de nuestra atención y, lo que es peor, de nuestros sentimientos en el sentido que alguien dicte.
Si ya el ser humano es siempre problemático y convierte el mundo en un estado permanente de conflictos, la presentación que muchas veces se hace de ellos no busca apaciguarlos. Al contrario. Hay medios en los que más bien parecen una oportunidad para alcanzar algún fin particular. Se trata de mover emociones, de conseguir estados de opinión, de mantener tensiones, de silenciar los éxitos y hasta de regodearse en los fracasos, con tal de que todo ello sirva a una ideología. Se asoma uno a algunos medios y se encuentra con que en su país jamás ha sucedido nada bueno, o que le cargan sobre la conciencia todas las penurias que padecen en cualquier sitio, o que es corresponsable de los males más diversos, desde el cambio climático hasta la oleada de refugiados. Se tiende a ofrecer la actualidad desde su lado agresivo, obviando todos sus aspectos amables. Cómo no tratar de poner barreras a todo eso y refugiarse en un retiro interior, o acudir a fuentes mucho más cargadas de esperanza. Necesitamos oír palabras como ternura, cariño, concordia. O como honor, patria, fidelidad. O como cultura, arte, belleza.
La realidad es áspera, no hay más que asomarse a la actualidad de cualquier día y lugar, pero lo parece más porque nunca son noticia sus aspectos positivos. Y sobre este lado negativo se monta el batiburrillo mediático de cada día: los titulares, las tertulias, las entrevistas interesadas, los reportajes, las portadas. El resultado es una sensación de pesimismo y desánimo que paraliza la sociedad y no sólo dificulta su impulso para crear proyectos ilusionados, sino que pone en la picota conceptos que fueron su soporte: patriotismo, espiritualidad, tradición, familia. Es lo que vende.
La vida es dura, como siempre, y no se deja influir por nuestra voluntad individual. Uno se da cuenta de que no está en su mano mover ni una coma de la actualidad y busca refugio en sus aposentos privados con aquellos personajes que tan feliz le han hecho siempre.

miércoles, 6 de enero de 2016

Día de Reyes

Si hay alguna mañana luminosa en el año es esta de hoy, en la que la estrella que seguía un camino en el cielo se ha detenido por fin sobre su destino. Ha sido una noche de sueños agitados y quizá de alguna que otra andanza furtiva por el pasillo. Han desaparecido las galletas y el agua que se habían dejado a la puerta para el alivio de los caminantes y en su lugar han quedado los deseos cumplidos, si no en su totalidad, sí en grado suficiente para confirmar el milagro. La amanecida se hizo rogar más que nunca, pero fue también más alegre que nunca. Buen día este para nostalgias, que se colarán por todos los rincones de la memoria a poco que se las permita aflorar. Extraño día, que se queda prendido en el recuerdo, inmune al paso del tiempo y a la distancia en que ya se encuentra. Todo lo puede con su poderosa huella. Uno todavía se sorprende evocando con una claridad casi presencial aquellos pocos despertares en que todo había resultado posible en el pequeño espacio de mi cuarto. Y qué grande la emoción y qué poco se necesitaba, porque las ilusiones son directamente proporcionales a las necesidades, y estas eran muchas. Y además, los Magos conmigo sí habían acertado, no como en Belén, que hay que ver qué ideas. Uno se imaginaba a María mirando aquellos regalos que le habían traído y preguntándose para qué querría ella incienso y mirra. Aquellos señores serían muy sabios, pero en cuestión de mamás y recién nacidos no tenían mucha idea. Conmigo sí.
De los Reyes, de nuestros queridos Reyes, apenas se sabe nada, pero desde luego mucho más que de papá Noel, porque al menos ellos tienen presencia nítida en el texto evangélico y en la tradición posterior, algo que no puede decir ese tipo gordo que baja por las chimeneas con un saco al hombro y vestido con los colores que le dio una conocida marca comercial. En la catedral de Colonia se enseñan sus tumbas en un espléndido sarcófago de oro y plata. Resulta paradójico que los luteranos, que basan toda su doctrina en la letra de la Biblia, hayan elegido para dar los regalos a sus hijos a un personaje que jamás pudo regalar nada, en lugar de quienes cita el evangelista como verdaderos donantes. Sólo España y algunos países de su ámbito cultural se mantienen fieles a ellos. Y que sigan así, porque el poderoso ciclón que nos llega desde el otro lado del Atlántico, trayéndonos su avasalladora y dolarizada cultura, a menudo tiene su mejor aliado entre nosotros mismos, que unas veces aceptamos a ojos cerrados sus novedades, y otras, mucho peor, las ponemos en el lugar de las nuestras. Y este año, además, están los que quieren escribir una nueva historia a su manera.
Uno, que sigue creyendo en el poder infinito de los Magos de Oriente, les ha pedido este año que la majestuosa estampa de los tres camellos caminando por el desierto detrás de una estrella, rumbo a Belén y a las casas de todos los niños que los quieren, siga acompañándonos mientras exista una sola mirada infantil y una sola ilusión que impida conciliar el sueño esa noche. Y que cada año, millones de pequeñas manos sigan temblando al escribir aquello de Queridos Reyes Magos...