miércoles, 24 de septiembre de 2014

Aventura escocesa

Los escoceses son esos tipos raros que tocan la gaita vestidos con una falda de cuadros, se apellidan casi todos Mac y viven en unas tierras altas y agrestes, envueltas en niebla y tradiciones. En sus largas noches alimentan la memoria con el orgullo de sus viejos clanes, que tan generosos fueron siempre como fuente de inspiración literaria. Sus valles y bosques cobijan castillos sombríos, todos con su fantasma respectivo, esos que pueblan las novelas de Joan Butler, aunque, según alguien ha escrito, el único fantasma que lo domina todo, hasta el punto de que nadie puede escapar de él, es el del pasado. Tienen como flor nacional el cardo, quizá porque es una planta que no se deja tocar impunemente. Es universal su fama de roñosos, pero ellos dicen que fueron los ingleses los que se la endilgaron para disimular su propia tacañería. Es también tierra de filósofos, escritores y gentes de fantasía; ahí están, a vuela pluma, Hume, Burns, Walter Scott y Conan Doyle. Desde luego, alguna imaginación tienen, porque han creado personajes como Peter Pan, Sherlock Holmes o Ivanhoe, y encima inventaron el golf y el whisky, con lo cual su aportación a la humanidad seguramente merece más de un agradecimiento. Y hasta supieron crear una leyenda sugestiva como pocas y hacerla creíble para que diera fama universal al lugar y, sobre todo, buenos beneficios al sector turístico local: el misterioso habitante del lago Ness, el recatado y tímido Nessie, quizá la criatura más rentable del mundo no siendo más que un nombre.
A lo largo de su historia han demostrado su buen sentido en algunos momentos en que había que demostrarlo. Por ejemplo, no tuvieron remilgo alguno a la hora de instalar plataformas petrolíferas en sus costas, eso que en otros sitios tanto parece escandalizar. La patria de Adam Smith y de David Hume, el economista del sentido común como norma inspiradora de las ideas y el filósofo del positivismo, no podía menos que aplicar los principios de la racionalidad. Luego el tiempo les dio la razón, porque en casi medio siglo no ha habido el menor incidente ecológico y sí una enorme fuente de riqueza.
Ahora han vuelto a vuelto a dar otra muestra de su escasa visceralidad, y eso que no les faltaron cantos de sirena de los libertadores en busca de un sitio en la historia prometiendo felicidad, bienestar, libertad, dignidad y un futuro de esplendor. Pero al final han llegado a la conclusión de que las gaitas están muy bien para tocarlas en familia y que las tradiciones y peculiaridades no pierden nada de su valor identitario porque la realidad política del país siga siendo más amplia. Sobre sus largos siglos de historia como nación independiente se han impuesto estos trescientos años de unidad, y así han decidido seguir. Debe de dar vértigo asomarse al vacío de la incertidumbre en un mundo cada vez más interdependiente, entre los recelos y las dudas de los demás, con los mercados desconfiados y vigilantes de la deuda, cuando las fronteras en Europa apenas son ya simples líneas en el mapa, tratando de hacerse acreedor de una bienvenida, aunque sea tibia, en el campo internacional. Y todo para conseguir tener el nivel de vida que se tenía antes.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Donde Asturias termina

Hacia occidente, la costa asturiana se cierra con el estuario más grandioso de todo el Cantábrico y con el encanto de los pueblecitos que lo miran. Vegadeo está justo allí donde el Eo comienza a convertirse en ría. Es villa amable, como cruce de caminos que siempre fue, con nobles fachadas y un centro urbano que combina el verdor de su parque con la elegancia de su entorno. Aún hoy conserva un cierto toque entre señorial y dominguero, que le viene dado por su tradicional condición de poderosa cabeza de una rica comarca agrícola y ganadera y hasta, en otros tiempos, industrial.
Y más al norte, oliendo ya el mar, Castropol. Apoyado en una barandilla del puente, este viajero piensa que Castropol ofrece sin ninguna duda la imagen más hermosa de todos los pueblos costeros de Asturias, y aun del Cantábrico. Un promontorio que penetra en la ría y, sobre él, un caserío blanco que se apiña en torno a una airosa torre. Blanco, verde y azul, una colina sobre el agua y una espadaña. Imágenes así sólo se ven en los cuentos. Ya en sus calles, nada hace cambiar la opinión del viajero. Casonas, iglesias y palacios le dan prestancia de ciudad. También Figueras tiene una larga historia, ligada a la aristocracia ochocentista, a su industria naval y a su condición natural, bella como pocas. El palacio Trenor, serio y austero, resalta entre el caserío; el pequeño puerto da fe de su tradición marinera, y, algo más retirado, entre árboles y jardines, el palacete Peñalba pone un exótico toque modernista, por si algo le faltaba.
La ría aquí luce en todo su esplendor. La línea de la orilla se vuelve ondulada y forma ensenadas, como la de La Linera, donde aún quedan vestigios de un antiguo molino de mareas. Algo más allá, ya en mar abierto, está la playa de Penarronda, a la que una gran piedra redonda y horadada da nombre. En la playa de Penarronda pueden encontrarse narcisos marinos y alhelíes de mar.
Todo esto es paraje protegido. La ría, convertida en hábitat de marisma, es el paraíso de quien quiera conocer la invernada o el paso migratorio de multitud de aves acuáticas, o simplemente de quien quiera asomarse a ella y dejar vagar la mirada sobre este paisaje singular. Nada es igual de un momento a otro. Las mareas son las dueñas de la imagen; la cambian, la embellecen o la normalizan a su propio ritmo. Pero en los campos el afán proteccionista del entorno dificulta iniciativas de desarrollo y proyectos de todo tipo. Los pueblos languidecen y los campos se van asilvestrando sin apenas brazos jóvenes que vean en ellos una ilusión. El contraste con el dinamismo del otro lado de la ría, donde se ha elegido un modelo de crecimiento más realista, se hace evidente nada más cruzar el puente.
Y el caso es que belleza tiene a raudales. A este viajero se le ha hecho tarde a propósito. Ha preferido quedarse para ver el sol poniente iluminar con sus rayos de ocaso este paisaje, que ahora está envuelto en colores tornadizos. Cuando llega la noche está convencido de que ha asistido a uno de los atardeceres más hermosos que pueden contemplarse por estas latitudes.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Empacho catalán

Qué hartazgo ya de política catalana y de sus representantes. Qué tabarra sin fin. A todas horas, en cualquier medio, siempre presentes, en persona o como tema de comentario, oyendo su indignación y sus exigencias, diciéndonos que les robamos, amenazando con el adiós y haciendo negocio con él. Con los medios incomprensiblemente rendidos a su servicio. Cualquiera de ellos que diga dos frases seguidas ya tiene cabida en un noticiario. Conocemos sus caras y sus voces mucho mejor que las de los nuestros, sabemos lo que piensan y hacen como si no hubiera otros en el espectro político. Celebran su fiesta y parece que es la única del mundo. Pero, hombre, que todas las comunidades tienen su día. ¿Alguien sabe si en algún medio catalán se dedicó una sola línea al de Asturias? Y todos tenemos también hechos diferenciales, porque no somos clones, y nuestras tradiciones, y nuestros problemas, y nuestros éxitos y fracasos, y nuestros tontos y corruptos, aunque no lo sean en tan gran escala como los de allí, y todos los sitios tienen su historia, algunos mucho más trascendente y fecunda. Y también más humildad.
Se las arreglan muy bien para diluir las noticias de sus miserias y difuminarlas en el debate público entre lamentos de victimismo. Intentan decantar la Historia hasta convertirla en un memorial de agravios. Y de nada sirve tratar de contentar su voracidad, porque lo que se ha cedido ha sido inútil. En aras de una corrección política que hemos confundido quién sabe con qué complejo de restitución, hay una especie de condescendencia continua, casi de servilismo; se llega incluso a renunciar al idioma propio, que si govern, que si parlament, que si estatut. En nuestros correctísimos medios se tiene buen cuidado de escribir Girona, Lleida o Catalunya, mientras que allí se lee Saragossa, Terol o Espanya. Por aquí sería impensable decir Arturo Mas o Jorge Pujol, pero allí se habla del rey Felip o de Joan Carles.
Y el caso es que uno va por allí, habla con la gente y se da cuenta de que la distancia entre la clase política y el pueblo es mayor que en ninguna otra parte de España. El ciudadano de a pie, tanto el de las zonas urbanas como el de las rurales, no siente que tenga conflicto alguno con el resto de los españoles y sonríe con cierta condescendencia cuando se le comenta la imagen que dan sus políticos. Alguien me hace observar que allí tienen dos clases de problemas: los artificiales, que crean los políticos según sus intereses, y los que son verdaderamente importantes, como el paro, la inmigración, la corrupción o las listas de espera en la sanidad. El orden de preocupaciones de la clase política siempre suele tener pocos puntos de coincidencia con la de la sociedad real, pero en este caso el descuadre es mucho más ostentoso. Es el pueblo el que conserva ese “seny” que tantas veces se presentó como un rasgo propio de su carácter y que parece haber huido de sus dirigentes.
Pues seguiremos soportando a todas horas el desfile de personajes y personajillos que tratan de no perder protagonismo en ese intento algo infantiloide de reinventar su tierra, que en definitiva es lo que siempre ha sido: una región de la vieja Hispania.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

La clase política

Hay que reconocerle a nuestra clase política, y supongo que a la de todas partes, su asombrosa capacidad de adaptación al medio. Nadie sabe hacer tantos quiebros a las circunstancias adversas ni sacar provecho de ellas. Según sople el viento de las encuestas se arría una vela o se iza otra. El rumbo no importa mucho; lo que importa es que el barco vaya siempre por delante de los demás, que el botín espera y sólo se presenta cada cuatro años. Las convicciones ocupan un lugar muy bajo en la lista de motivos de actuación; hay unos cuantos por delante de ellas. Si las circunstancias lo exigen, un mismo argumento se emplea para demostrar una cosa y la contraria; el propósito que hoy se ofrece como ilusionante y luminoso, mañana se desecha porque ya no tiene atractivo, o sea, porque otro lo hizo suyo; el camino que el lunes es válido para alcanzar una meta, el martes es un disparate si lo propone el adversario. Aquella frase de Groucho sobre los principios adquiere materia; se convierte en algo más que un ingenioso chiste.
Durante décadas hemos estado oyendo hablar de la necesidad de una regeneración democrática que dotara de racionalización a muchos aspectos de nuestro sistema, entre ellos el de un reparto de poder más ajustado a los resultados electorales. Se trataba de aplicar la norma más elemental de la democracia: que el ejercicio del gobierno corresponde al que obtiene más votos. Pues ahora que se intenta hacer que sea así, todos saltan en contra de quien lo propone. Todos a mirar las consecuencias y los arañazos que puede causar en sus carnes. Los principios democráticos tienen varias lecturas, y la más acertada es siempre la que uno hace, y la que hace el perdedor es que si la suma de los no votos, por heterogéneos que sean, es mayor que la de los votos del partido ganador, de nada le vale a éste haber vencido en las elecciones. Que el voto del ciudadano, en vez de ir al partido que ha elegido, vaya a beneficiar a otro mediante extrañas coaliciones no advertidas antes, no tiene importancia.
Con la clase política siempre con las espadas en alto, intentar poner remedio a algo se convierte en una labor casi milagrosa. Se nos dice, y nos lo confirman en todos los informes, que la educación de nuestros hijos tiene un nivel de calidad mediocre, pero cada vez que se propone una nueva ley se alzan en bloque las consabidas consignas de rechazo. Se critica la situación económica, pero que no se hable de austeridad para salir de ella. Es el “no” interesado, no vaya a ser que la cosa salga bien y beneficie al que la hizo.
Puede que sea una esclavitud más de la política, ese oficio lleno de esclavitudes que a veces rozan la dignidad personal; el diputado que ha de apretar el botón que le manda el jefe aunque vaya en contra de su propia conciencia sabe muy bien qué es eso. Pero no estaría mal que alguna vez alzasen la vista por encima del mezquino horizonte de su partido y pensasen en el bien general. Que al lado de las críticas se hiciesen aportaciones, que ante los problemas se ofreciesen a buscar remedios. Entre tantas encuestas como hacen podrían preguntar a los ciudadanos si están hartos de tanta ruindad.

miércoles, 27 de agosto de 2014

Por Los Oscos

Como pequeña escapada de verano, a uno le ha dado hoy por ir a Los Oscos. Y aquí está, caminando por un sendero que no sabe a dónde lleva y pensando que a estas tierras occidentales del interior las ha protegido la Historia con su desgana, que también puede ser una buena protección. Les ha dejado lo suficiente para poder mostrar las huellas de su presencia y, al mismo tiempo, les ha privado de muchas de sus esclavitudes. En sus prados y valles, inmensamente bellos, apenas hay más rastros ajenos que los mínimos que el hombre hubo de hacer para sobrevivir de la tierra y poco más. Ni un edificio rechinante, ni una silueta destemplada, ni un insulto de hormigón. Ni siquiera un eucalipto, que ya es bendita suerte.
Los Oscos, como Asturias, tienen un nombre plural, aunque quizá no haya zona de características más unitarias que esta, tanto físicas, como sociales o económicas. La división administrativa en tres municipios es eso, una división administrativa, si bien arraigada y de difícil modificación. En cambio el paisaje, la arquitectura, el habla, la gastronomía y la cordialidad de las gentes son comunes, como también lo son la inquietud actual por su cabaña ganadera y la esperanza de que los nuevos aires económicos traigan una diversificación de los recursos, especialmente a través del turismo. Base material no les falta; proyectos tampoco.
Efectivamente, esta vieja comarca puede ofrecer al viajero que huya de las bataholas playero-veraniegas un número de alicientes lo bastante grande como para que se le quede convertido en un recuerdo inolvidable. Esta es tierra de abundantes manifestaciones culturales, muchas de ellas en espera de una mano amiga que las ponga en situación de ser admiradas más fácilmente: interesantes conjuntos tumulares, castros prerromanos, antiguas explotaciones auríferas, el monasterio de Villanueva, casonas y palacios como el de Mon, ferrerías como la de Mazonovo, museos como el del marqués de Sargadelos, en Ferreirela, capillas, conjuntos rurales de gran valor etnográfico. Y en otro orden, montañas de laderas suaves y senderos de paso lento, que bordean praderías o se adentran en el bosque a la orilla de un río, camino de algún rincón donde quedarse un buen rato en silencio.
Villanueva se apiña junto a lo que queda de su viejo monasterio del siglo XII, que vivió una intensa vida hasta que la Desamortización acabó con él. Aún así, decrépito y malherido en todas sus estructuras, bien merece una visita, aunque sólo sea para sentir un pasado de espiritualidad que contrasta con la invitación panteísta que brinda el entorno. En San Martín la aristocracia rural dejó algunas muestras de arquitectura palaciega y la antigüedad prerromana media docena de castros y una espléndida diadema de oro repujado. Santa Eulalia se asienta sobre una suave ladera, al influjo de todos los aires y todos los soles. Es villa acogedora y apacible que ofrece, por ejemplo, seguir el camino que corre a la vera del río Agüeria, entre castaños y alisos, y llegar, tras poco más de una hora a paso tranquilo, hasta la cascada de Seimeira. Seguramente el visitante sentirá la sensación de ser un descubridor.

miércoles, 20 de agosto de 2014

Los derechos de los animales

Como un rito más del verano, todos los años aparece algún pequeño grupo de voces clamantes a favor de los derechos de los animales y contra cualquier actitud humana que atente contra su vida e incluso contra su libertad. Buena intención es, casi piadosa. De una elevada aspiración de confraternización universal y de solidaridad con todo lo creado. Las florecillas franciscanas en lectura actualizada. “¡Oh, hermanitas mías, tórtolas inocentes y castas! ¿Por qué os habéis dejado coger?”. Pero aquí no se trata de amor, que siempre depende del corazón, sino que se exhiben derechos, y entonces surgen algunas preguntas. ¿Se puede conceder derechos a quienes jamás podrán hacer uso de ellos ni se les pueden imponer los deberes que conllevan? Buen tema para sesudas disquisiciones. Como este otro: si se reconocen derechos a los animales es porque se cree que los tienen, y si los tienen es porque alguien se los ha otorgado, pero ¿quién? No pueden derivarse de la ley natural, porque es la propia naturaleza la que impulsa a otros animales a quitarles la vida. O sea, que el derecho a matar para vivir de unos está por encima del derecho a vivir de otros. ¿Cuáles son los derechos de los animales y de dónde salen? Pues quizá de medirlo todo con un rasero antropocéntrico; de pretender aplicar nuestra instalación mental, producto de siglos de desarrollo del pensamiento ético y filosófico, a una naturaleza que es amoral por esencia. La naturaleza exige nuestro respeto, por supuesto, aunque sólo sea por nuestro propio interés, puesto que formamos parte de ella, pero no cabe tratar de influir en sus propias normas.
En este caso, además, no es fácil entender qué se pretende ni cuál es el fin último del proyecto. Algo no encaja cuando sólo se oyen esas voces delante de una plaza de toros. Si se trata de respetar el derecho de los animales -se supone que de todos- a la vida y la libertad, parecidas protestas podrían hacerse ante las sedes de cazadores y pescadores, ante los mataderos, granjas, establos, acuarios, piscifactorías y zoos, ante las droguerías que vendan raticidas e insecticidas y, puestos ya, ante las farmacias que expenden antibióticos, que también las bacterias son seres animados y puede que tengan algún derecho. Porque ponerle unas banderillas en el lomo a un animal de media tonelada sin duda ha de causarle dolor, pero meterle una bala en el estómago a un gamo o clavarle un anzuelo en la garganta a un salmón, no debe de ser mucho más agradable. Se ve que también aquí hay derechos más dignos que otros.
Pues hasta el verano próximo ya no tendremos esas alegres reuniones aconsejando con sus pancartas y sus gritos a quienes entran a la plaza lo que tiene que gustarles y lo que no. Tuvieron que ser días de esfuerzo, porque tratar de convencer a alguien que no tiene ningún interés en ser convencido, procurar hacer cambiar de gustos a quienes están muy a gusto con ellos, debe de resultar un arduo trabajo. Puede que alguno, y sólo para recuperar fuerzas, se haya tonificado luego, por ejemplo, con un bocadillo de jamón ibérico de algún cerdo que hasta hace poco corría libre por la dehesa.

miércoles, 13 de agosto de 2014

El maldito virus

Como en uno de los más estremecedores relatos medievales sobre los terribles días de la peste negra, las noticias que llegan de África aterran por su dramatismo, pero aún más por el profundo misterio del que nacen. Muertes hay en todo el mundo y a toda hora, pero vienen encajadas dentro del cuadro de control que hemos logrado definir. Traen consigo una explicación que las justifica y con ella una posibilidad de defensa. Las terribles son las que llegan en masa desde más allá de lo desconocido, sin mensaje previo y sin razón de sí mismas, escondidas tras unas causas ocultas surgidas de la nada, como si no tuvieran más objetivo que recordarnos nuestra condición de seres vivos hechos de pura contingencia. El ébola nos aterroriza porque viene de lo más oscuro del tiempo a enseñarnos que ese misterio que llamamos vida tiene sus propias leyes evolutivas, y que todo nuestro progreso técnico no podrá jamás encauzarlas. Es más, parece como si captaran sus limitaciones y se adaptaran continuamente a él. El virus del ébola es un enemigo mucho más sofisticado que el bacilo de la peste.
En los escenarios de la tragedia, allí donde el impulso primario de la supervivencia se impone sobre todo, es donde la distancia de los siglos se hace irrelevante. El miedo anula todas las diferencias de tiempo y lugar. Estas gentes de hoy hacen suya la consigna de los habitantes de los pueblos medievales apestados, que se sintetizaba en tres adverbios: cito, longe, tarde. Había que huir pronto, lejos y tardar en volver. El terror ante la enfermedad termina volviéndose superior al que se tiene ante la propia muerte. Huir sin mirar atrás, y dichosos los que tienen a dónde ir, como ese misionero que no ha querido apurar su vocación hasta el final como el padre Damián en Molokai.
La racionalidad con que nos hemos ido armando ha despojado a la enfermedad y a sus causas de todos sus envoltorios sobrenaturales. Ya no hay flagelantes que nos enseñen la vía para alcanzar misericordia, ni culpas que echar a los judíos, ni danzas de la muerte que nos la recuerden para saber aceptarla, ni conciencia de ofensa alguna, ni contriciones de corazón, ni apenas fe. Sí una lejana esperanza, de la mano de la ciencia y, siempre, alguna caridad. Pero si la razón nos destrozó aquellos asideros ¿qué nos queda? El mismo terrible qué. ¿Qué sentido último tiene todo esto? ¿Qué enigma se esconde en las leyes de la evolución? Y otras preguntas menos abstractas: ¿De dónde salió el maldito virus? ¿Qué era antes? ¿De qué proceso surgió? En un rincón oscuro de lo más profundo de la selva africana, junto a un insignificante río, brotó este asesino que aterroriza a quienes lo sienten de cerca e inquieta a todos. ¿Estará incubándose ahora mismo otro en algún lugar, quizá con efectos aún más letales? Al final, la inteligencia y el esfuerzo del homo sapiens saldrán vencedores, al menos así ha sido siempre, pero seguiremos sin acertar a explicarnos lo contradictorio de las leyes que rigen la vida. A lo mejor, el tributo que hemos de pagar por formar parte del único planeta donde existe vida es el dolor y el sufrimiento, pero tampoco sabemos por qué.

miércoles, 6 de agosto de 2014

Los corruptos

Esa caterva de ladrones de cuello blanco que desfila cada día por los medios tras destaparse el escándalo de turno, es la inmundicia que desprende una sociedad llamada del bienestar, de la que han sido borrados todos los valores que no contengan números. Es como la inevitable espuma grasienta que se forma en la superficie de un cocido. Algo a apartar por repulsivo. Nos resultan tan familiares que ya hemos aprendido que forman un gremio variado, al menos en las formas. Están los que tratan de evadirse de pagar impuestos; están los que buscan convertir su indigno dinero en ganancia digna; está el prevaricador, que abusa de su autoridad para favorecer a algún amiguete del que espera algún beneficio; están los que aceptan sobornos a cambio de cometer una injusticia incumpliendo la ley, y están los que meten directamente la mano en la caja del dinero de todos. Todo un retablo de sinvergüenzas a los que pueden ponerse nombres y apellidos que todos tenemos en la mente. Todos merecedores de figurar con letras bien legibles en la lista del desprecio público. Mentirosos cínicos, cobardes ante las consecuencias, salen ante nosotros con la cara alta y la sonrisa prepotente, negándolo todo. Han robado nuestros dineros, han dañado la imagen de nuestro país, desacreditan a la clase a la que pertenecen, pero ahí están, altaneros, soberbios, displicentes, a menudo amenazantes y siempre despreciables, a cuestas con su miseria moral. Su mayor castigo es la cárcel y la privación del disfrute de sus rapiñas, porque el oprobio público no parece afectarlos; al menos no se le ha oído a ninguno algún lamento de arrepentimiento ni, mucho menos, algún propósito de restitución de lo robado. Están en todas partes, en todas las autonomías y todos los sectores, desde los sindicatos a los políticos, desde empresarios a tesoreros de los partidos, desde el que pesca en ruin barca hasta el gran prócer del oasis catalán de ejemplaridad. Quizá no haya más que antes y que sólo sea que ahora están más a la vista. Es evidente que en algunos casos han fallado los mecanismos de control, pero también está claro que las fiscalías y la policía actúan y que ya no resulta tan fácil como antes entrar en el limbo de la impunidad; eso es lo único positivo.
El último caso, el de ese individuo que encarnaba todas las esencias del pasado y el presente de Cataluña, se nos hace especialmente repugnante. Cuánta hipocresía, cuánto engaño, cuánto abuso de la buena fe. Él, que tenía el tratamiento de “muy honorable”, que ya es sarcasmo. Si el concepto de corrupción necesitaba algún paradigma para explicar su significado, ya lo tiene. La trayectoria pública de este tipo no parece tener más referencias que las de aquel discurso de Groucho: “No permitiré injusticias ni juego sucio, pero si se pilla a alguien practicando la corrupción sin que yo reciba una comisión, le pondremos contra la pared y dispararemos”. A medida que los velos se vayan levantando seguramente nos sorprenderemos de hasta dónde extendió la hedionda mancha de la corrupción, porque, como dijo alguien, hay tres grupos que gastan el dinero ajeno: hijos, ladrones y políticos. Aquí están los tres juntos.

miércoles, 30 de julio de 2014

Vuelos trágicos

El sello de este verano es la muerte que viene del aire. En una maldita sucesión de accidentes, fortuitos o provocados, en Ucrania, Taiwan, Mali o en el Índico, el hecho de volar se nos presenta en su verdadera dimensión de riesgo. Por una tormenta en el desierto, por un tifón en el mar, por la brutal estupidez de unos salvajes o por los misteriosos motivos que se ocultan en el océano, el caso es que no se recuerda una acumulación semejante de catástrofes aéreas, como si la ley de la gravedad se hubiese cansado ya de tantas burlas y hubiera decidido dar un escarmiento. Dicen que, según las estadísticas, se produce un accidente cada cinco millones de vuelos; visto de otro modo, que de los aviones que despegan se va a estrellar el 0,70 por ciento. De ahí a la seguridad absoluta hay sólo un paso, pero ese paso no se dará jamás, que por algo pertenecemos al ámbito de lo contingente y de él no podemos salir. Un medio aún más seguro, el ferrocarril, también tiñó de negro el verano por estos mismos días del año pasado. Cuando uno mira esa pantalla donde se refleja el seguimiento de los aviones y ve que apenas queda un espacio donde no haya un puntito, se maravilla de la perfección de la técnica que hace que todo ese enjambre esté en movimiento continuo sin chocar entre sí. Casi parece milagroso que no haya accidentes con mayor frecuencia. Una legislación universal y estricta, con acusada tendencia garantista, los avances tecnológicos o la continua mejora de los aparatos, entre otros factores, hacen que volar resulte un acto relativamente seguro y que sólo cuando ocurre algún hecho como los de ahora nos demos cuenta del riesgo que se conjura cada día. Vienen a recordarnos que la seguridad absoluta es una ilusión, que la vida sería inconcebible sin su componente de peligro y que por muchas y buenas medidas que se tomen siempre queda el azar, y a ese nadie puede reglamentarlo.
Cuando se va en avión sólo existen dos emociones: el aburrimiento y el terror, decía Orson Welles. De lo primero doy fe; las mayores dosis de aburrimiento que he soportado en mi vida están todas asociadas a un asiento en un avión. El terror, que puede no pasar de ser un simple temor, como una prevención de nuestro sistema de autodefensa ante un hecho que en definitiva es antinatural, se convierte en inimaginable cuando todo resulta ya irremediable. Cuando el momento final se hace evidente. Cuántos gritos desgarrados, cuántos nombres gritados en el último instante, cuando el avión ya cae sin control, cuántos recuerdos desesperados, cuántas contriciones de corazón. Nos sobrecogen estas catástrofes porque nos recuerdan nuestra incapacidad para ser dueños de nosotros mismos. Estamos configurados para no lograr jamás el dominio de las líneas que enmarcan nuestra existencia, porque siempre habrá un elemento incontrolado, que es el azar. Cómo contar con él sería la gran enseñanza de la vida, pero tampoco está mal aprender a vivir con él. Alguien ha escrito que el que no deja nada en manos del azar hará pocas cosas mal, pero hará muy pocas cosas.

miércoles, 23 de julio de 2014

El valle del Sella

Mira, amigo, que esta es tierra de largas remembranzas y aún más largos decires al cielo que nos alumbra. Me atrevo a decirlo de una vez: es tierra sagrada. Por estos valles del Sella, el Güeña y el Ponga, hace ya miles de años que se esconden plegarias a todos los dioses, quién sabe por qué. Acaso la debilidad del hombre ante este entorno, que le empequeñece hasta la insignificancia, haya grabado en su espíritu la certeza de que ha de haber alguien que esté de su lado y a quien hay que dirigirse con sacrificios e invocaciones para tenerlo contento. Que al habitante de la montaña no le azuzan los mismos miedos que al de la llanura, ni sus cielos son iguales, ni le rondan los mismos espíritus.
Por aquí el hombre ya sintió la necesidad de crear espacios ritualizados hace veinte mil años. En la cueva del Buxu, ahí, al lado de Cangas, los dibujos geométricos son ideomorfos que exceden la simple finalidad decorativa, y el bisonte y los ciervos que le dieron fama aparecen en una oquedad en forma de capilla, valga el anacronismo semántico. Y no muy lejos, se plasmó la inquietud por lo infinito en el dolmen de Santa Cruz, luego convertido por Favila en templo cristiano, o sea, un lugar sagrado sobre otro lugar sagrado. En esto las continuidades son recurrentes, como si hubiera temor de alejarse de los lugares elegidos por nuestros antecesores, aunque no de sus creencias. ¿Qué significan los dibujos y las líneas rojas grabadas sobre las piedras? Seguramente algo relacionado con la trascendencia del espíritu y con el misterio del más allá. Estamos en el Neolítico, época de descubrimientos técnicos y revoluciones en las costumbres, de reorganización social y de comienzo de la necesidad de fijar lugares donde una generación pueda transmitir a la siguiente sus valores.
Hacia la montaña, los lugares sagrados tienen advocaciones más concretas y mucho más cercanas a la madre tierra. Los vadinienses, ese pueblo que nos dejó en sus estelas funerarias todo un repertorio animista sobre sus creencias de ultratumba, rendían quién sabe qué culto al bien y al mal, a Belennus y a Tarannus, al sol y al trueno. Beleño y Taranes son hoy dos buenos lugares para seguir rindiendo tributo de admiración a la espléndida naturaleza, que todo lo abarca. Quién sabe si el Tiatordos no fue un dios, si por Los Bedules no suena la brisa con acento de plegaria, o si en lo más profundo del bosque de Peloño no suspira aún alguna xana enamorada sin más esperanza que la que pueda traerle la eternidad.
Y luego está, por supuesto, Covadonga, el santuario de los santuarios. Aquí se funden todos los caminos de Asturias. Aquí se mezclan todas las ideas hasta hacerse una. Aquí los símbolos particulares se deshacen para convertirse en símbolo único de todo un pueblo. Pocas veces un hecho histórico ha sido superado tan ampliamente por sus consecuencias como esta batalla, y aun hoy, el visitante que llega aquí, lo hace movido por el eco de aquella lejana llamada. Que sí, que esta es tierra sagrada y trascendente. De reinos que nacen, de osos que devoran reyes, de anhelos monásticos, de llamadas mágicas y de apariciones providenciales. Ándala despacio, amigo, a ver si me das la razón.

miércoles, 16 de julio de 2014

Otra vez Gaza

Suenan las bombas en ese conflicto sin fin que desgarra desde siempre a israelíes y palestinos. Suenan con su mayor acento del lado del más poderoso, pero a cuestas en ambos casos con su carga de inevitable injusticia y efectos indiscriminados. Suenan una vez más como la expresión de dos visiones irreconciliables de la historia y de la realidad, pero sobre todo de un concepto de la vida que en un caso atiende sobre todo a razones pragmáticas y en el otro tiene sus raíces en la palabra de la divinidad. Matar en nombre de Alá con la esperanza de gozar eternamente de una legión de huríes vírgenes tiene difícil antídoto. Responder equilibradamente a quien repite constantemente su voluntad de arrojarte al mar y da muestras continuas de intentarlo, no es algo que se pueda exigir. El abismo entre israelíes y palestinos va más allá de Sara y la desdeñada Agar; es de pensamiento, de carácter y de entendimiento de la vida; puede que también de preparación cultural. Frente a la eterna incapacidad palestina para organizarse en una sociedad ordenada y productiva, los israelíes han convertido su país en un ejemplo de modernidad y prosperidad; frente al fanatismo han desarrollado la libertad de conciencia tras acallar a sus ultraortodoxos; frente a los dogmas han sabido primar el principio de que antes está la persona con sus circunstancias cotidianas.
En un tono de comedia, la película Un cerdo en Gaza describe esta diferente mirada sobre la realidad: una activa y práctica que lleva al progreso, y otra pasiva y negativa que conduce a la frustración y la miseria. Un pobre pescador encuentra en sus redes un cerdo. Nunca había visto uno y no sabe qué hacer con él, pero sí sabe que si alguien se entera va a tener un grave problema. Así todo decide intentar sacarle provecho y trata de venderlo clandestinamente, pero todos se escandalizan y le aconsejan por su bien que lo arroje al mar. Hasta que contacta con los judíos de un kibutz vecino, que no tienen inconveniente en comprarle lo necesario para la inseminación artificial de las cerdas de su granja porcina, cuyo producto venden a los occidentales. También para ellos es un animal impuro, pero una cosa es no poder comer cerdo y otra no poder convertirlo en comida. Ante una misma norma, la intransigencia fanática de unos frente a la visión amplia de los otros; la miseria de la inacción frente al impulso emprendedor.
Es fácil darse cuenta de que sólo esta determinación ha sido y es capaz de mantener a Israel y darle esa dimensión de singularidad entre todas las naciones del mundo. Singular por su nacimiento y por su propia existencia diaria, por su voluntad de ser un país democrático en medio de una zona regida por fanatismos, por verse obligado a alimentar su propia paranoia, porque nadie ha sido condenado como él a vivir bajo una amenaza permanente, con dudas continuas sobre su futuro, y a tener que sacudirse cada día la sombra de un complejo de culpabilidad. Forzado a vivir con la incomprensión de las apoltronadas democracias europeas y de su autodictada corrección política, sin que valoren su labor de muro de contención del extremismo islamista. Singular, desde luego.

miércoles, 9 de julio de 2014

Donde el Nalón muere

El Nalón, cuando atisba ya su desembocadura, parece un río cansado, como si soltara un suspiro de alivio ante su inminente entrega. Se abre, se serena, recibe al Narcea con indiferencia y no le importa afeminarse el nombre convirtiéndose en ría. No es que tenga muchos motivos, apenas 130 kilómetros, poco para un río que se precie, pero el ser el más largo de Asturias, y aun de todo el Cantábrico, es un título que exige su esfuerzo. Y eso que ya no lava carbón ni soporta gabarras. El caso es que cuando por fin se libera de las revueltas que ha de dar por la Asturias central y llega a la llanura costera, se encuentra fecundando tres concejos: a la izquierda, Muros de Nalón; a la derecha, Soto del Barco, y en el centro, Pravia.
En Pravia decidió el rey Silo, un día del año 774, instalar la corte del apenas recién nacido reino asturiano. No era mala elección. Además de ser sus tierras, aquí había una vía romana que facilitaba las comunicaciones y un río que posibilitaba la salida al mar. Levantó un palacio, del que nada queda, y una iglesia dedicada a San Juan, que hoy constituye el ejemplar más antiguo del prerrománico asturiano y, desde luego, uno de los pocos bien documentados en cuanto a su autoría: Silo princeps fecit, se lee en su famosa piedra laberíntica. Y además, el buscador de emociones románicas tiene allí un precioso calvario, a pesar de las cicatrices que le dejaron los salvajes que lo quemaron durante la guerra.
Puestos a seguir, uno puede elegir el Aranguín, que es un río que hace honor al valle de su nombre en diminutivo, un río de pocas ambiciones y mucha belleza. Sus apenas 20 kilómetros dan para mucho. Por ejemplo para formar un espacio abierto y apacible que parece resumir el paisaje rural asturiano: pequeñas aldeas diseminadas a lo largo de las orillas, entre praderías y campos de cultivo, quintanas, hórreos, maizales y bosques. Por el Narcea, el valle se hace vega majestuosa, como si por allí anduviera un río centroeuropeo. Este es uno de los paraísos de los amantes del anzuelo y el sedal, que aquí vienen con la esperanza puesta en el salmón o, en todo caso, en la trucha. Cuando el Narcea llega a Forcinas muere suavemente, sin entender por qué le han hecho la jugarreta de tener que ser un afluente, a él, que es uno de los ríos más largos del Cantábrico.
Y hacia el mar, encontrará varias colinas como aquella en la que se detenía un arzobispo de Valencia, asturiano él, que cada vez que regresaba a su pueblo, al llegar aquí y contemplar este paisaje, ordenaba a su secretario: "Descabalga y arrodíllate. Estás en el paraíso". Algo parecido debió de pensar Rubén Darío cuando, a instancias de Pérez de Ayala, lo visitó por primera vez en 1905, porque después volvió durante tres veranos más. Se asentó en San Esteban, en Riberas y en San Juan, donde se cuenta que pasaba los días escribiendo, bebiendo ginebra con hielo que se hacía traer todos los días desde Oviedo, y haciendo cosas como bañarse desnudo por la noche en la playa. Al fin y al cabo estaba en un paraíso, según el arzobispo. Claro que eso no contribuía mucho a menguar su fama de bicho raro.

miércoles, 2 de julio de 2014

Los Arribes del Duero

Contemplado desde cualquier atalaya a su vera -Soria, Toro o Tordesillas, por ejemplo- , el Duero no ofrece la imagen del río de fiera frontera que fue durante aquellos duros e inciertos años en que las aspiraciones de un pequeño reino quedaban detenidas ante él. Un paralelo natural que, cuando se traspasó definitivamente, se quedó en lo que siempre fue: un perezoso andarín que se desliza desganadamente con su carga de fecundidad a cuestas. Río de viñedo y cereal, pausado como los romances que le cantan y sereno como el románico que tanto lame, hasta que, despertado de golpe de su largo y plácido sesteo por la llanura castellana, se encuentra con que la tierra comienza a inclinarse hacia el mar y ha de adaptarse rápidamente a este difícil paso; ha entrado en los Arribes.
Desde la Vía de la Plata, el camino que se desvía hacia la tierra de Sayago es camino de pueblos con hermosos sufijos en diminutivo, como una amable bienvenida al caminante: Fornillos, Bermillo, Fresnadillo, Sobradillo, Malillos. Es también camino para lingüistas, que tienen aquí motivos de estudio sobre la pervivencia de un viejo dialecto, el sayagués. Y para tomar un vino de recio color y brava catadura. En Fermoselle puede verse un sugestivo laberinto subterráneo de bodegas con arcos de granito, que hay quien remonta, aunque sin mucho fundamento, a época romana. Llegado aquí, ya se acerca a los Arribes.
Un pequeño barco acristalado e insonorizado, que parte de un embarcadero en la orilla portuguesa, cerca de Miranda de Douro, lleva al visitante por el río durante un trayecto de unos seis kilómetros. Es un paisaje fluvial magnífico. El Duero corre encajonado entre las dos orillas, salvando el desnivel entre la meseta y la llanura. Si no fuera porque las presas lo regulan, sería un torrente. Las dos paredes de roca llegan a alcanzar una altura de cuatrocientos metros, con lo que el mundo entero parece haber desaparecido tragado por el cielo. Vuelan águilas reales, ratoneros, milanos, alimoches, chovas, halcones y buitres. Los aficionados a la ornitología se vuelven locos alternando los prismáticos con el bloc de notas. Impone el silencio, roto tan sólo por el clic de las cámaras fotográficas. Este viajero quiere matar algo de su ignorancia y hace una pregunta al que tiene a su lado, pero ve que no es bienvenida y se dedica a seguir mirando el paisaje. Realmente las palabras estorban.
Fornillos de Fermoselle es un pueblecito de 70 habitantes, situado en el confín de España, a un kilómetro de los Arribes, en medio de un paisaje agreste y solitario. La agricultura aquí es de subsistencia y de mucho trabajo. La disposición del terreno y el rigor del clima obligan a crear bancales, en los que se ven olivos, almendros y viñas. Quizá pueda tener en el turismo un buen complemento, al menos así lo ha entendido una joven pareja, que decidió que aquello era su mundo y entre los dos habilitaron una vieja vivienda y la convirtieron en casa de turismo rural. Este viajero, que ha disfrutado en ella de un ambiente familiar y de una comida abundante y sabrosa, les desea de todo corazón el mayor de los éxitos.

miércoles, 25 de junio de 2014

Junio

Con los días más largos del año y las horas de luz estrechando la noche hasta convertirla en apenas un resuello, las expresiones de la vida diaria parecen acumularse, como si quisieran manifestarse con prisa. Algo tendrán estos días de solsticio en los que el ciclo del año y el tiempo se parten en dos y el espíritu se inflama brevemente en un corto período de plenitud, aunque con la inalterable certeza de que se ha doblado la cima y comienza de nuevo el declive. Son días en los que hasta el santoral reúne a la mayor parte de sus nombres más señeros, lo que llena nuestros pueblos de romerías y de invitaciones a la fiesta. Hemos contado nuestros deseos a los dioses del fuego en la noche mágica de la purificación y se han apagado ya las brasas de los trastos viejos que lanzamos a la hoguera para dejar sitio a esa renovación que nunca llega. Con el señorío del sol llega una actitud renovada ante el paisaje de cada mañana, llegan las desinhibiciones y la inclinación a airear lo oculto, quizá también una disposición distinta ante los mismos problemas. Quién sabe del poder de la luz sobre lo más oculto de nuestros escondrijos. El poeta pedía al sol que se detuviera para poder saludarlo y que oyera su canto, tanta euforia le infundía. Claro que era un romántico.
También la intensidad informativa parece haberse contagiado estos días del efecto del calendario. Aquí hemos cambiado nada menos que de Jefe de Estado sin grandes alharacas, como si fuese un hecho habitual, casi con mirada y actitud acostumbradas, a pesar de que la mayoría de españoles era la primera vez que lo vivían. La normalidad mostrándonos su condición de bendita virtud por encima de su significado de rutina, pero advirtiéndonos de que precisamente lo normal siempre es mucho más sencillamente complicado e interesante. En este caso, la normalidad encierra la contradicción de ser infrecuente, al menos si miramos los acontecimientos similares en los dos últimos siglos. Parecía como si en la ovación de las Cortes al nuevo rey, en las gentes que aplaudían en la calle y en las que lo veían en el país entero, en los ánimos de todos, especialmente de los mayores, flotara una especie de “algo hemos hecho bien cuando estamos asistiendo a esto sin incertidumbre”.
Otro punto que estaba llamado a ser vibrante actualidad veraniega dejó pronto de serlo para nosotros, aunque parece que no para otros que ni siquiera tenían nada que hacer allí, según puede uno leer en este mismo periódico. La noticia cuenta que tres aficionados chinos han muerto tras pasar varias noches sin dormir para ver en directo los partidos del Mundial. También la afición futbolística tiene sus mártires o, mejor, sus paradigmas de estupidez. Los nuestros han vuelto derrotados nada más empezar en medio de la sorpresa y la decepción general. Tras un ciclo largo y triunfal todo es más amargo, pero ya se sabe que todas las cosas de nuestra vida, y aun más las placenteras, están sujetas a mudanza. Lo más detestable es el afán destructor de los mezquinos que parecen esperar cualquier tropiezo para verter la mala baba de su desdén hacia todo lo que nos represente. A esos nuestro desprecio.

miércoles, 18 de junio de 2014

Labor de trilla

En todo ese desfile de personajes que cada día se dirigen a nosotros desde las ventanas de los medios, qué pocos hay que realmente merezcan nuestra atención. Esa pasarela sin fin de tipos repetidos, hablando continuamente de todo en tertulias y comadreos, da para un análisis en el que nos encontraríamos con elementos muy diversos: ideología del medio, objetivo a conseguir, intereses en juego, coste, etc. Hay casos en que se ve una intencionalidad clara de crear algún nuevo liderillo, como ha sucedido en las recientes elecciones europeas. Otras veces son una amalgama de tipos, cada uno con sus limitaciones a cuestas. Están los que tienen soluciones para todo y parecen ofendidos porque no se pongan inmediatamente en práctica. Están también los que siempre saben lo que va a pasar, esos que tienen las claves del futuro, una grey muy abundante, por cierto; cuando estalle el fin del mundo, en medio del caos seguro que se oirá a alguien gritando que ya lo sabía. Hay veces, muy pocas, que el espectador tiene la grata sorpresa de encontrarse con personas verdaderamente interesantes por la altura de sus conocimientos, la profundidad de sus razonamientos, la humildad de su palabra y la educación con que aceptan que el ignorante de turno les interrumpa con alguna memez, pero estos no dan juego televisivo y se les tiene callados el mayor tiempo posible, y por supuesto no se les vuelve a llamar. Esto da lugar a una verdad de carácter axiomático: los personajes dignos de admiración casi siempre hay que buscarlos entre los que nunca aparecen ante los focos del gran teatro del mundo.
Luego está el grupo más numeroso, el de los demagogos, un gremio tan viejo como la sociedad, que abarca un amplio espectro: pacifistas de pacotilla, políticos que sólo pretenden agradar a la plebe para atraérsela, predicadores de dogmas basados en sus propios intereses. Los peores son aquellos en los que, entre su actitud ante la opinión pública y su actitud real personal existe la diferencia de la hipocresía, ese velo tejido de miseria que tapa la verdad con su cara negra y luce ante el espectador su lado hermoso. Ya no se trata de la oposición que pueda haber entre la obra de un artista y su conducta personal, sino de la que hay entre las convicciones que se pregonan para sostener una imagen de noble idealismo y las que realmente se tienen. Y que, además, siempre terminan por aflorar, porque es fácil que en algún momento la máscara se quede enganchada en alguna espina de la vida. Ejemplos ilustres abundan en todos los sitios. John Lenon y Yoko Ono cantaban aquello de "liberen a los prisioneros y encierren a los jueces, libérenlos en todas partes", pero cuando el asesino de John, Marc Chapman, cumplió veinte años de condena y solicitó la libertad condicional, Yoko pidió al tribunal que rechazara su demanda.
En medio de la desaforada explosión informativa que nos abruma con todo tipo de caras y opiniones interesadas, no hay postura más saludable para el respeto que uno se debe a sí mismo que tener un criterio propio, nacido de informaciones diversificadas que fortalezcan la objetividad, mantener la personalidad del pensamiento y no dejarse atrapar por ningún hechizo vaporoso.

miércoles, 11 de junio de 2014

Aprovechando la ocasión

Valiéndose de una consecuencia natural del paso del tiempo, y de que el efecto entrópico hace de las suyas, nostálgicos de los años 30 han desempolvado la bandera de los tres colores y salen a agitarla contraponiéndola a la rojigualda de siempre. No son muchos, pero ya algunas televisiones se encargan de hacer planos cortos para que llenen la pantalla. El caso es que, si se trata de oponer dos conceptos, no se entiende muy bien, porque la bandera rojigualda al fin y al cabo es tan monárquica como republicana, porque también lo fue de la I República. Es la bandera de la nación, no la de una forma de gobierno. Pero es sabido que los momentos de transición son el tiempo de los demagogos agitadores y de los expertos en intentar arrimar las ascuas a sus sardinas, aunque sea a costa del riesgo de incendiar toda la casa. Muchos de ellos son los mismos que en su día aceptaron esa bandera y la forma monárquica, y nos vendieron entonces el gesto ocultándonos el término oportunismo y sustituyéndolo por el de sentido de la responsabilidad. Imitación de la naturaleza; los camaleones también vuelven siempre a su color natural. Qué lejos les queda aquello que su camarada Carrillo respondió al Rey cuando éste, durante una recepción palaciega, le preguntó si se sentía incómodo allí: “No, señor, porque si usted no estuviera yo tampoco estaría”.
Puede que en muchos se trate de limpios sentimientos, fecundados por la añoranza de viejos testimonios cercanos o por el anhelo de utopías soñadas, pero no cabe aducir argumentos de base dicotómica en rotunda contraposición, como los que se han oído estos días a algún dirigente de no muchas luces, que fijaba una categórica disyuntiva: o monarquía o democracia. Basta echar una mirada al mapa político del mundo, o recordar, por ejemplo, que las leyes de la República prohibían cualquier signo monárquico, mientras que ahora ya se ve. Si todo se apoya en tan débiles razones, no quedan más que las viejas nostalgias. E incluso, en sentido contrario, alguien podría aducir algún tipo de determinismo histórico, porque el hecho evidente es que en los veinte siglos de historia de España se ensayó dos veces la forma republicana y las dos acabaron en guerra civil.
Ningún país de nuestro entorno se cuestiona su forma de Estado; ninguna monarquía se plantea ser república ni al revés. A nadie se le pasa por la cabeza embarcarse en una aventura institucional tan seria para tratar un problema que no existe, porque ya se resolvió en su día con la aprobación general, y más cuando hay preocupaciones mucho más acuciantes y angustiosas que requieren todos los esfuerzos. En tiempo de zozobra no hacer mudanza, dice el clásico consejo, pero en eso, como en otras cosas, nuestros partidos minoritarios son peculiares. No se reconocen a sí mismos sin el coqueteo con el antisistema. Les importa muy poco la estabilidad del país, cuando la estabilidad es el bien primario más precioso, porque es imprescindible para alcanzar todos los demás. Si es que parecen empeñarse en dar la razón a aquel que nos hablaba de nuestros demonios familiares.

sábado, 7 de junio de 2014

Un voto lejano

Se ha votado por Europa con la pretensión de hacernos sentir partícipes de su construcción y lo único que se ha conseguido es formar un revuelo en torno al bipartidismo y a los nuevos efectos del proselitismo de las redes sociales y de ciertos programas de televisión. Poco que ver con la intención que está en el origen de la idea de compartir decisiones con los ciudadanos europeos sobre su propia Unión. Algo sigue sin funcionar en los mensajes y en el modo de presentar este proyecto si se sigue viendo en todos los países miembros como algo secundario. Quizá sea que veinte siglos de enfrentamientos, de peleas, de tópicos, de recelos, de ambiciones territoriales y de ver al vecino como un enemigo, dejan un poso tan hondo y tan difícil de remover que es imposible cambiar en apenas cinco décadas la mentalidad que generó. El votante honesto consigo mismo sólo pudo tener dos opciones: abstenerse de dar su voto a algo que no conoce o tratar de entender el complejo funcionamiento, organización, estructura y funciones del organismo para el que se le pide el voto. Entre esto, entre que no hay país en el que sus ciudadanos no estén de uñas con la clase política, que se trata de unas elecciones a un parlamento lejano y del que no se deriva ningún poder ejecutivo, y que comienza a sentirse un cierto cansancio electoral que incita a hacer una selección de las elecciones a la hora de acudir a la urna, no es de extrañar la recurrente abstención. Extraer conclusiones de los resultados, y sobre todo extrapolarlas, es muy atrevido, porque se trata de votos que no comprometen, votos idóneos para castigar y dar un toque de atención al gobierno de casa. Propicios también para que alcancen su momento de gloria personajes curiosos, ideas extravagantes, utopías de toda laya, líderes ofreciendo las promesas más estrafalarias, porque saben que es imposible que algún día se vean en la tesitura de tener que cumplirlas. En todas las elecciones y en todos los países hay ejemplos de sobra; aquí nos dejaron ahora otra muestra, esta vez fruto del fenómeno del tertulianismo televisivo, y en concreto del empeño machacón de alguna cadena en vender su producto, quién sabe con qué interés.
Lo que resulta decepcionante es el concepto que tienen de Europa quienes dicen trabajar por ella. En ningún programa ni discurso de los que aspiraban a representarla aparece ni de refilón referencia alguna a lo fundamental, a lo que está en su origen y constituye su esencia y su razón de ser histórica: la savia cultural que la ha nutrido y dotado de unos valores compartidos hasta el punto de poder hacer unas elecciones a un parlamento común. Se elude la significación de la Historia. Nos la presentan sólo como un gran mercado de intereses. Les da rubor recordar que Europa es el concepto de democracia, la declaración de los Derechos del Hombre, el juramento hipocrático, el “habeas corpus”, los juegos de Olimpia, la Lógica, el humanismo, la polifonía, la duda metódica, la novela, la primera vuelta al mundo, el "sólo sé que no sé nada". Y eso a pesar de los fanatismos, las tiranías, los progroms, las hogueras y de algunos políticos que nos piden el voto para ella.

miércoles, 28 de mayo de 2014

El misterio del fútbol

Dicen que en última instancia el fútbol no es más que un juego, pero nadie explica dónde hay que situar esa instancia última. Muy lejos, supongo, a la vista de lo que implica cualquier partido de esos que tienen el sello de trascendentales, y no digamos si encima cuentan con el añadido de una rivalidad crónica. Algo más que un juego debe de ser, o al menos un juego fuera de la definición de los manuales al uso, cuando es capaz de producir efectos tan intensos, tan variados y tan determinantes, tanto en el ámbito individual como en el social. Esas riadas de gentes que se desplazaron a Lisboa por todos los medios, son todo un argumento. Podrían haber visto el partido desde su sofá, pero han preferido afrontar un viaje incómodo, un gasto dictado por los aprovechados de turno, horas de cansancio e insomnio y la posibilidad de que en el regreso se añadieran a todo eso las lágrimas de la desilusión. Pocos acontecimientos podrían provocar algo parecido. Si esto es un juego, vamos a creer que es verdad que el nombre primario de nuestra especie es el de homo ludens.
Este deporte de factura elemental, infantiloide en su concepto, con ciertas reminiscencias bélicas, que tardó una eternidad en aparecer en la vida de la humanidad, que se resiste a cualquier innovación tecnológica porque piensa que en la debilidad de un juez humano y en las injusticias que esto conlleva estriba la pasión que lo alimenta, acaso sea un modo perfecto para dar cauce a la condición violenta que es inherente al ser humano. Como todas las cosas trascendentes, es capaz de actuar, para bien o para mal, en los escondrijos de la memoria durante toda la vida y de despertar adhesiones y fobias inmunes a toda mudanza, pasiones indelebles que ni el ser más querido podría suscitar. Así que esa afirmación de que el fútbol es la cosa más importante de las cosas menos importantes suena bien, pero no es cierta, porque se nos muestra como más importante que otras cosas importantes. En esa multitud de rostros demudados por la tensión subyace esa oculta fuerza que es capaz de convertir las calles de una ciudad en un hormiguero de gentes unidas por un solo sentimiento. Aun desde la distancia emocional, bendito juego que en los triunfos inunda a millones de almas con una explosión de alegría capaz de empequeñecer por un momento cualquier preocupación, y en las derrotas aporta un dolor que pronto evoluciona en esperanza. Y siempre, su seguimiento alivia los sinsabores y contratiempos de la vida de sus devotos. Hasta consigue dar al medio que lo retransmite su mayor índice de audiencia.
Y, vista la importancia universal que se le prodiga y los esfuerzos que se hacen desde las instancias de poder para atraer sus grandes acontecimientos, algo tendrá que ver con el prestigio del país, con el orgullo patriótico y hasta seguramente con el índice del PIB. Alguien me recuerda que, ahora mismo, todos los títulos posibles del fútbol universal, el campeonato mundial y el europeo de selecciones nacionales y los dos continentales de clubes, están en manos de equipos españoles. Pues también es Marca España.

miércoles, 14 de mayo de 2014

Ese extraño museo

Con su arquitectura de perfiles extraños y líneas arrugadas, como si el edificio hubiera sufrido una tremenda colisión frontal, Frank Gehry ha obtenido el Príncipe de Asturias de las Artes. Para nosotros, Gehry es el museo Guggenheim de Bilbao y, si acaso, su secuela epigonal, una bodega vinícola; el primero, sobre todo, ha eclipsado toda su obra restante. Uno debe confesar que no siente ninguna debilidad por esa mole que se alza junto a la ría, aunque tampoco tiene nada especialmente en contra. Lo único que le inspira es una breve reflexión en general sobre la relación entre el continente y el contenido. En este caso, del continente poco hay que decir, porque es obvio el impacto de su presencia. A eso se añaden simbolismos adecuados y explicaciones retóricas, por ejemplo que el empleo del titanio alude al pasado siderúrgico de Bilbao, como si el hierro tuviese algo que ver con el titanio, y ya está instalado firmemente en el mapa físico y sentimental de la ciudad.
Otra cosa es la función para la que fue concebido, porque su carácter pretendidamente subvertidor, apoyado en una facilona ambigüedad entre la arquitectura y la escultura y pensado para provocar inmediatas admiraciones, no es otra cosa que un producto más de un nuevo modelo conceptual basado en el trastrueque de la relación orgánica entre las obras de arte y el marco que las acoge. El envoltorio adquiere todo el protagonismo en detrimento de lo envuelto. La cáscara del huevo se convierte en algo de mayor importancia que la yema. El museo se concibe como algo para ser exhibido por sí mismo, independientemente de la obra que vaya a acoger. El edificio ya es la obra; lo que se muestre dentro es secundario con relación a ella; lo mismo puede ser una retrospectiva de Moore que una exhibición de montajes electrónicos. Con una apropiada labor comercial, esto tiene entre sus consecuencias la de lograr una popularidad poco frecuente en el ámbito habitual de lo museístico, aunque con un orden de valores inverso. Si se preguntara a cualquier visitante del Guggenheim, e incluso a los ciudadanos de Bilbao, por el arquitecto que lo construyó, quizá muchos diesen su nombre, pero si se les pidiese que digan el de algún artista que tenga su obra allí sólo tendríamos un encogimiento de hombros. La función básica del museo, aun con todos los matices revisionistas que se quieran, se diluye y se empequeñece hasta convertirse en un apéndice menor del conjunto. Es casi como decir que un cuadro no sería nada sin la espléndida moldura que lo enmarca.
Por encima de cualquier accesorio externo y por espectacular que sea, los principales valedores de un museo de arte son las obras que alberga y los artistas que las crearon. Es lo que le da valor, no el producto de megalomanías urbanas y edificios aparatosos que tratan de escapar a su natural condición contingente. Convertir el acto íntimo de la contemplación de una obra de arte en un espectáculo de parque temático puede que sea un gran negocio económico y propagandístico, pero es también una forma de subversión. Una caja de caudales puede estar decorada con preciosos colores, pero lo que importa es lo que guarde en su interior.

miércoles, 7 de mayo de 2014

Un comensal más

En una de esas manifestaciones que agobian cada día nuestras calles, entre la marea de pancartas con los gastados ripios y eslóganes de siempre, podía leerse una que destacaba entre las demás precisamente porque no tenía ningún carácter reivindicativo: “Apaga la tele y enciende tu mente”. Sabio consejo. Una de esas recomendaciones que se hacen a quien uno quiere bien. Porque, salvo excepciones de algún espacio concreto, casi siempre de la mano de la cadena pública, de algunas series de calidad, y dejando al margen el caso de las temáticas, el contenido de un día cualquiera en la pequeña pantalla es para cerrarla bajo siete llaves y buscarse otra forma más gratificante de perder el tiempo; no puede ser difícil. Cuánta vulgaridad y qué poco talento. La originalidad se confunde con la zafiedad, la burla de las creencias y sentimientos de muchos se tiene por gracia ingeniosa, insistir continuamente en todo lo negativo que tenemos y omitir todo lo que pueda darnos esperanza se considera un timbre de modernidad. A la lengua española se la desprecia maltratando su sintaxis y reduciendo su léxico en favor de absurdos anglicismos; hasta se le niega el derecho a nombrar con su propia denominación a algunas ciudades españolas. Las tertulias son un retablo de tipos que pululan por ellas con sus conocimientos universales e inagotables y que enseguida publicarán un libro. Y los informativos, desfasados en su formato, lentos, reiterativos, parciales, abrumados de carga política, cargantes de declaraciones inanes. Esta es la televisión que, según las encuestas, muchos tienen como única fuente de adquisición de cultura.
El caso es que su omnipresencia es aplastante. En la mayoría de restaurantes, por ejemplo, no falta el dichoso aparato en el comedor como un comensal más. Y eso que si algún enemigo tiene el buen comer es la televisión. Tratar de saborear unos langostinos oyendo a esa chica del informativo de la Sexta que cada día nos cuenta lo mal que hacemos todo, o a las del conventillo de turno de Telecinco insultarse a grito pelado, parece metafísicamente imposible. Al hostelero eso no suele importarle nada; por mucho que uno se lo pida jamás apagará el aparato. Ni siquiera aunque el que lo solicite esté solo en el comedor y le diga que no quiera ver la maldita televisión. Alguien me explica que algunas cadenas le pagan por tenerla conectada y así contribuyen a aumentar los índices de su audiencia. No sé, pero desde luego cada vez ponen más; hay establecimientos que tienen hasta cinco aparatos, todos encendidos, por supuesto. Si esto es así, poca credibilidad cabe dar a tales índices, porque fuera del fútbol nadie atiende jamás a la televisión en un bar. Y hacen bien, desde luego, porque a un bar se va a pasar un momento distendido, a charlar con alguien o simplemente a leer el periódico mientras se toma la bebida preferida, pero no a que le den a uno la misma tabarra que en casa. Sé de alguno que ha adoptado la norma de no ir jamás a un restaurante que tenga un televisor en el comedor; prefiere comer un bocadillo en el parque. Dice que es su forma de contribuir a mejorar un poco el mundo.