martes, 28 de junio de 2011
miércoles, 15 de junio de 2011
El español y sus hablantes
No es que uno quiera ser un purista del lenguaje, que no quiere, ni pretenda dar lecciones a nadie, que no lo pretende, pero es que ha de confesar que siente una especial debilidad por su idioma y que todo lo que le atañe le interesa muy especialmente. Amor a un tiempo gozoso y sufrido, porque siempre he pensado que los españoles, aun a sabiendas de que tenemos una lengua hermosa y universal, la tratamos con la indiferencia con que el rico de cuna mira sus millones: sin darle valor. No hay más que ver cómo la maltratan quienes más deberían cuidar de ella.
La llegada de una era dominada por el poder omnímodo de la información ha traído como consecuencia que ya no sea el pueblo el que hace la lengua, sino los medios de comunicación. Y a veces da la impresión de que algunos no son conscientes de su influencia cuando insisten en popularizar anglicismos innecesarios o cuando se empeñan en sus frases hechas, castigando la semántica y la sintaxis. Oye uno decir a un cronista deportivo que el portero se colocó bajo los tres palos. Pues sí que era un portero extraordinario, porque habitualmente un portero sólo puede colocarse debajo de uno, el horizontal. Tan extraordinario como ese delantero cuyo disparo, según el locutor, dio en la cepa del poste; o sea, que metió el balón bajo tierra. O como el presidente ese que, según uno lee, cesó al entrenador. Mal pudo hacerlo, porque cesar es un verbo intransitivo. El entrenador cesa, pero no lo cesan. Con lo fácil que sería emplear el verbo destituir.
Algo parecido ocurre con esa coletilla de "en relación a", eliminando la preposición "con", que es la adecuada. Sale una ministra y nos dice que el crecimiento de no sé qué índice es menor al del año pasado. No, señora ministra; menor y mayor se construyen con "que". El presentador continúa con la noticia de que la sequía en una región de África está ocasionando una gran catástrofe humanitaria. Pero si humanitario significa lo contrario: benigno, caritativo, benéfico. Será en todo caso una catástrofe humana. En una entrevista piden una opinión a uno de esos que se llaman a sí mismos "de la cultura", y comienza su respuesta con "yo soy de los que pienso que..." No debe de saber que si el sujeto está en plural el verbo también ha de estar en plural. Usted, en el caso de que lo haga, será de los que piensan. Y luego sale con un "detrás mío", como si el detrás le perteneciera.
Otra cosa es el precio que ha de pagar el idioma por lo políticamente correcto. Una servidumbre impuesta por quienes parecen tener más deudas con los nacionalismos que con su lengua. Saben, pero no les importa, que los nombres geográficos tienen traducción a nuestro idioma, y que si se habla en español lo adecuado es decir esos nombres en español. Lo han impuesto por decreto, no sé si explícito o mantenido por la advertencia de incluir a los que se opongan en el grupo de los retrógrados. Deutschland no, pero Lleida sí; Warszawa es Varsovia, pero A Coruña no es La Coruña. Menos mal que el formidable vigor de nuestra lengua acaba siempre superando los artificios de despacho.
La llegada de una era dominada por el poder omnímodo de la información ha traído como consecuencia que ya no sea el pueblo el que hace la lengua, sino los medios de comunicación. Y a veces da la impresión de que algunos no son conscientes de su influencia cuando insisten en popularizar anglicismos innecesarios o cuando se empeñan en sus frases hechas, castigando la semántica y la sintaxis. Oye uno decir a un cronista deportivo que el portero se colocó bajo los tres palos. Pues sí que era un portero extraordinario, porque habitualmente un portero sólo puede colocarse debajo de uno, el horizontal. Tan extraordinario como ese delantero cuyo disparo, según el locutor, dio en la cepa del poste; o sea, que metió el balón bajo tierra. O como el presidente ese que, según uno lee, cesó al entrenador. Mal pudo hacerlo, porque cesar es un verbo intransitivo. El entrenador cesa, pero no lo cesan. Con lo fácil que sería emplear el verbo destituir.
Algo parecido ocurre con esa coletilla de "en relación a", eliminando la preposición "con", que es la adecuada. Sale una ministra y nos dice que el crecimiento de no sé qué índice es menor al del año pasado. No, señora ministra; menor y mayor se construyen con "que". El presentador continúa con la noticia de que la sequía en una región de África está ocasionando una gran catástrofe humanitaria. Pero si humanitario significa lo contrario: benigno, caritativo, benéfico. Será en todo caso una catástrofe humana. En una entrevista piden una opinión a uno de esos que se llaman a sí mismos "de la cultura", y comienza su respuesta con "yo soy de los que pienso que..." No debe de saber que si el sujeto está en plural el verbo también ha de estar en plural. Usted, en el caso de que lo haga, será de los que piensan. Y luego sale con un "detrás mío", como si el detrás le perteneciera.
Otra cosa es el precio que ha de pagar el idioma por lo políticamente correcto. Una servidumbre impuesta por quienes parecen tener más deudas con los nacionalismos que con su lengua. Saben, pero no les importa, que los nombres geográficos tienen traducción a nuestro idioma, y que si se habla en español lo adecuado es decir esos nombres en español. Lo han impuesto por decreto, no sé si explícito o mantenido por la advertencia de incluir a los que se opongan en el grupo de los retrógrados. Deutschland no, pero Lleida sí; Warszawa es Varsovia, pero A Coruña no es La Coruña. Menos mal que el formidable vigor de nuestra lengua acaba siempre superando los artificios de despacho.
martes, 24 de mayo de 2011
Un café en El Cairo
El café es un hervidero en el que todo parece servir a un orden no dictado. Andan los limpiabotas a la caza de algún par de zapatos y de unas cuantas libras, entran y salen vendedores ofreciendo las cosas más inimaginables, una joven sudanesa lleva en sus brazos a su hija pequeña y la muestra a los turistas para que la fotografíen a cambio de un euro. Es la única mujer musulmana que se permite estar en el local; todas las demás son extranjeras. A uno le gustaría conocer algo más de ella, pero sólo puede arrancarle una sonrisa y su nombre. Se llama Mona.
En realidad, el café no es más que una pequeña síntesis incompleta del inmenso barrio de Khan el Khalili, eso que algunos llaman El Cairo islámico, quizá porque reúne en perfecta unión los dos elementos identificativos de cualquier ciudad musulmana: mezquitas y zoco. Aquí las primeras se alzan en cada esquina y el segundo lo ocupa todo sin dejar espacio a nada más. Miles de callejuelas atiborradas de tiendas, pasadizos estrechos que terminan en cualquier escalera que da acceso a algún cuartucho convertido en vivienda, rincones sin salida en los que hurgan los gatos, portales oscuros en los que se adivina el trabajo de algún artesano y, sobre todo, una multitud tumultuosa y agobiante que lo llena todo, una sensación de humanidad pegajosa y palpitante de la que uno ha de formar parte irremediablemente. A cada paso docenas de vendedores asaltan al visitante incitándole a iniciar el regateo, y a cada negativa le sucede un ritual de frases y gestos para conseguir romper la indiferencia del otro. Este no es El Cairo del Nilo, con sus torres cosmopolitas, ni tampoco el del sosegado y limpio barrio cristiano, ni siquiera el de la Ciudadela, con sus viejas añoranzas militares, pero todos ellos, en mayor o menor medida, participan de él. Sólo así puede uno aproximarse a la comprensión de esta ciudad frenética, yuxtapuesta, caótica, anárquica y endiabladamente vital.
lunes, 2 de mayo de 2011
Un día más
Se levanta cada día a las siete de la mañana, desayuna un café sin nada que lo acompañe, porque lo poco que hay en la despensa es para los niños, y eso ni tocarlo, y sale de casa con la esperanza mantenida a fuerza de voluntad. Deambula por las calles con su curriculum bajo el brazo para dejarlo en los pocos sitios donde aún no lo ha hecho y fijándose en todos los escaparates por si alguien ha puesto un nuevo anuncio con las benditas palabras "Se necesita", porque en ese caso él ha de ser el primero en presentarse. No importa qué sea, no importa el horario, no importan las condiciones, porque hace ya tiempo que su título universitario cuelga en su salón enmarcado en la inutilidad. Luego se va a la biblioteca pública, busca en los periódicos las ofertas de trabajo y ve que, como siempre, sólo hay alguien que necesita chicas de alterne. Por último, espera a que haya un ordenador libre y se sienta ante él para entrar en las páginas de empleo y dejar sus datos en las nuevas ofertas. Y, como siempre, sale dándole vueltas a la cabeza para ver qué otras iniciativas puede tomar.
Ya es media mañana y ha de volver para hacer las cosas de casa, porque su mujer llegará más tarde. Se conocieron en la facultad y se graduaron juntos, pero ella ha tenido más suerte; ha encontrado un trabajo como limpiadora de portales, dos horas por la mañana y otras dos por la noche, largas caminatas, piernas y brazos doloridos, pero que no falte. Por Dios, que no falte. En su caso ni siquiera ha encontrado ese resquicio. Y eso que se ha movido hasta el olvido de su autoestima. Ha recurrido a sus amigos, algunos antiguos compañeros suyos, pero, tras las primeras palabras de afecto, venían otras que incluso parecían pedirle comprensión: lo siento, créeme, pero no puedo ofrecerte nada, esta crisis me va a obligar a cerrar mi negocio, si sé de algo te aviso. Sin embargo, lo que de verdad le deja inerme ante su dignidad es verse obligado cada poco a aceptar la ayuda de sus padres, que lo arañan de su jubilación como pueden.
Cuando llega la noche y ella se va a su trabajo, las sombras malditas de la nada le atrapan sin escapatoria. Pone la televisión, oye decir por enésima vez a un ministro que el paro ya está a punto de remitir y que va a comenzar la recuperación del empleo, y la apaga sin sentir siquiera rabia. Queda el vacío en el que se ha acostumbrado a vivir, allí donde ve a aquel joven lleno de entusiasmo, que empleó los mayores esfuerzos y los mejores años de su vida en terminar su carrera. Todo ya difuminado por la bruma de la desilusión. Desmoronado aquel afán primerizo de ser útil a la sociedad, porque ahora él está en su rincón con la cabeza apoyada en las manos, y el teléfono no suena, y la noche va a amparar otra vez, aunque sólo por unos momentos, el fracaso donde se van hundiendo cada día un poco más los restos del optimista que siempre ha sido.
Cuando ella vuelve lo encuentra sentado en el sofá con los ojos enrojecidos y le da un beso sin saber qué decirle. Un día más.
Ya es media mañana y ha de volver para hacer las cosas de casa, porque su mujer llegará más tarde. Se conocieron en la facultad y se graduaron juntos, pero ella ha tenido más suerte; ha encontrado un trabajo como limpiadora de portales, dos horas por la mañana y otras dos por la noche, largas caminatas, piernas y brazos doloridos, pero que no falte. Por Dios, que no falte. En su caso ni siquiera ha encontrado ese resquicio. Y eso que se ha movido hasta el olvido de su autoestima. Ha recurrido a sus amigos, algunos antiguos compañeros suyos, pero, tras las primeras palabras de afecto, venían otras que incluso parecían pedirle comprensión: lo siento, créeme, pero no puedo ofrecerte nada, esta crisis me va a obligar a cerrar mi negocio, si sé de algo te aviso. Sin embargo, lo que de verdad le deja inerme ante su dignidad es verse obligado cada poco a aceptar la ayuda de sus padres, que lo arañan de su jubilación como pueden.
Cuando llega la noche y ella se va a su trabajo, las sombras malditas de la nada le atrapan sin escapatoria. Pone la televisión, oye decir por enésima vez a un ministro que el paro ya está a punto de remitir y que va a comenzar la recuperación del empleo, y la apaga sin sentir siquiera rabia. Queda el vacío en el que se ha acostumbrado a vivir, allí donde ve a aquel joven lleno de entusiasmo, que empleó los mayores esfuerzos y los mejores años de su vida en terminar su carrera. Todo ya difuminado por la bruma de la desilusión. Desmoronado aquel afán primerizo de ser útil a la sociedad, porque ahora él está en su rincón con la cabeza apoyada en las manos, y el teléfono no suena, y la noche va a amparar otra vez, aunque sólo por unos momentos, el fracaso donde se van hundiendo cada día un poco más los restos del optimista que siempre ha sido.
Cuando ella vuelve lo encuentra sentado en el sofá con los ojos enrojecidos y le da un beso sin saber qué decirle. Un día más.
lunes, 25 de abril de 2011
El temor nuestro de cada día
Está visto que, por mucho bienestar que alcancemos y mucho progreso técnico del que presumamos, nuestro sino es el de estar permanentemente sentados bajo la espada de Damocles. El tal Damocles la sufrió como escarmiento a su envidia, pero nosotros la tenemos encima sin que sepamos exactamente quién tiene interés en que la veamos, ni con qué fin, ni qué se consigue con ello. Las religiones sotéricas tuvieron siempre en el Apocalipsis o en sus equivalentes escatológicos el instrumento para quitar a sus fieles la alegría de vivir; los humanos del siglo X vivieron su existencia en aterrorizado estado penitencial ante la llegada del año 1000; visionarios y profetas posteriores auguraron en crípticos mensajes el próximo e inevitable fin de los tiempos. Y el mundo y la vida siguen adelante. En nuestro descreído siglo, cuando el misterio de lo inaprensible ha perdido buena parte de su capacidad para remover los ánimos, las amenazas nos son presentadas con un tinte de racionalidad y amparadas bajo una siempre eficaz etiqueta escrita con términos científicos. Y sin embargo, uno tiende a creer que la espada no está sujeta con una crin de caballo, sino con una gruesa cuerda.
Nos atribularon, y lo que queda, con el cambio climático, como si desde el Precámbrico hasta ahora la Tierra no hubiera vivido en una permanente oscilación climática. Es de suponer que quienes vieron cómo se derretían los hielos delante de su cueva hace medio millón de años, tras la glaciación würmiense, también pensarían, si pudieran, en un cambio climático, y se adaptaron sin problemas y aquí estamos nosotros. Luego llegó aquella gripe, que se convirtió en un espectáculo de capítulos por entregas para que viéramos bien cómo se nos acercaba inexorablemente, casi con resonancias medievales. Después, al hilo de una catástrofe, la apocalipsis nuclear. Prohibido despertarse sin preocupaciones.
Nos atribularon, y lo que queda, con el cambio climático, como si desde el Precámbrico hasta ahora la Tierra no hubiera vivido en una permanente oscilación climática. Es de suponer que quienes vieron cómo se derretían los hielos delante de su cueva hace medio millón de años, tras la glaciación würmiense, también pensarían, si pudieran, en un cambio climático, y se adaptaron sin problemas y aquí estamos nosotros. Luego llegó aquella gripe, que se convirtió en un espectáculo de capítulos por entregas para que viéramos bien cómo se nos acercaba inexorablemente, casi con resonancias medievales. Después, al hilo de una catástrofe, la apocalipsis nuclear. Prohibido despertarse sin preocupaciones.
Vivir es un ejercicio que conlleva riesgos, y cuanto más compleja se vuelve la vida más abundantes son, pero no es aceptable que nos los traten de convertir en una situación permanente de temor, que en definitiva no es más que una forma de control. Los encargados del tráfico nos ponen un nudo en la garganta cada vez que subimos al coche porque hacen que veamos la carretera como un patíbulo muy probable; a los que no nos va el deporte nos auguran mil enfermedades; a los fumadores les anuncian su próxima muerte en las cajetillas. Pues prefería el milenarismo; al menos el fin habría de ser rápido y para todos a la vez. Claro que uno siempre puede elevar la mirada y pensar como el escéptico poeta: "Gira la rueda de la fortuna sin reparar en los pronósticos de los sabios. Puesto que ignoras lo que te reserva el mañana, procura ser feliz hoy. Coge un cántaro de vino y siéntate a la luz de la luna pensando en que mañana quizá la luna te busque en vano".
viernes, 15 de abril de 2011
Semana ¿Santa?
El sol que se nos promete este año, la nieve de otros y las mil razones de siempre han convertido desde hace ya mucho tiempo a esta semana en la menos santa del año. Viajes, escapadas, playa y montaña, campo, barbacoas, espectáculos. Esta semana, milenaria y santa por propia definición, apenas es ya más que un grato paréntesis que interrumpe la rutina de la primera mitad del año. Maná de hosteleros, bendición de agencias de viajes, salvación de compañías aéreas, enderezadora de entuertos turísticos y tormento de los responsables de tráfico. El segundo gran momento del año cristiano, el que cierra y culmina su ciclo dogmático, es una inmensa manifestación de fe profana. Si en el período navideño, a pesar de la plaga comercial que ha caído sobre él, se mantiene una innegable cercanía al hecho que se celebra y un espíritu de cierta aproximación litúrgica, que se refleja en la tradición de la celebración familiar, en Semana Santa se hace difícil encontrar otra cosa que caras ansiosas de llegar a un destino ajeno al suyo. A lo mejor es que un nacimiento, aunque haya tenido lugar hace dos milenios, nos aviva siempre una idea de alegría; en cambio la muerte, por más que haya sido redentora, nos perturba, mientras que la resurrección, como todo lo que es ajeno a la realidad ordinaria, resulta de muy difícil comprensión fuera de la gracia de la fe.
Claro que quedan las procesiones. Aparatosas y rozando la manifestación folclórica en el sur, donde a veces no es fácil deslindarlas de la condición de desfile turístico. Más recogidas y silenciosas las castellanas, y con el valor añadido de la absoluta categoría artística de sus imágenes. Pero incluso estas manifestaciones han llegado a convertirse en un motivo en sí mismas para atraer visitantes; es decir, en un resorte económico. Sorprende ver cómo ediles y alcaldes que se visten de progres el resto del año y aprueban mociones para que se retiren todos los símbolos religiosos de las escuelas públicas, no tienen inconveniente en hacer publicidad de la Semana Santa de su localidad con folletos y carteles con la imagen doliente del Nazareno. ¿Quién hace de piedras pan, sin ser el Dios verdadero? El dinero.
Esta semana termina sólo por ser santa para esa alma humilde y anhelante, que se recoge en la penumbra silenciosa de una iglesia, cara a cara consigo misma y a solas con el misterio que nutre su fe. Su meditación sobre el hecho fundamental del dogma cristiano se convertirá en plegaria, en propósito, en razón de vida. Renovará su esperanza con la palabra mil veces oída y siempre renovada, como alimento que es. Y no andará por las calles con sayales ni capirotes. Sólo para ella la semana es santa.
Claro que quedan las procesiones. Aparatosas y rozando la manifestación folclórica en el sur, donde a veces no es fácil deslindarlas de la condición de desfile turístico. Más recogidas y silenciosas las castellanas, y con el valor añadido de la absoluta categoría artística de sus imágenes. Pero incluso estas manifestaciones han llegado a convertirse en un motivo en sí mismas para atraer visitantes; es decir, en un resorte económico. Sorprende ver cómo ediles y alcaldes que se visten de progres el resto del año y aprueban mociones para que se retiren todos los símbolos religiosos de las escuelas públicas, no tienen inconveniente en hacer publicidad de la Semana Santa de su localidad con folletos y carteles con la imagen doliente del Nazareno. ¿Quién hace de piedras pan, sin ser el Dios verdadero? El dinero.
Esta semana termina sólo por ser santa para esa alma humilde y anhelante, que se recoge en la penumbra silenciosa de una iglesia, cara a cara consigo misma y a solas con el misterio que nutre su fe. Su meditación sobre el hecho fundamental del dogma cristiano se convertirá en plegaria, en propósito, en razón de vida. Renovará su esperanza con la palabra mil veces oída y siempre renovada, como alimento que es. Y no andará por las calles con sayales ni capirotes. Sólo para ella la semana es santa.
domingo, 10 de abril de 2011
Esa cosa llamada televisión
Qué lejos queda aquella ilusión bienintencionada que suscitó la aparición de la televisión. Formar e informar, se decía como objetivo del nuevo medio. Formar ciudadanos responsables desde el conocimiento e informar con la imparcialidad de la imagen, que valía más que mil palabras. Qué lejos queda. La información ha caído en el más puro sectarismo o, cuando menos, en el culto a lo negativo, como si hubiese un empeño en traernos cada día los aspectos más miserables del comportamiento humano. Parece que nada tiene arreglo. Nadie tiene ideales, nadie lucha en silencio por objetivos nobles, nadie conoce el valor del sacrificio ni de la abnegación, nadie quiere de verdad. Pobre del que vea el mundo sólo a través de la televisión, porque vivirá en la desazón de que el ser humano ha perdido todo atisbo de ética, de que el amor y la fidelidad no existen y de que nunca hemos sido tan vulnerables a todos los riesgos y peligros posibles. Del iluso Pangloss hemos pasado a cualquier telediario actual.
Lo de formar suena aún más a sarcasmo. La vieja pantalla familiar se ha convertido en un desfile nauseabundo de miserias humanas, contadas por una caterva de desvergonzados que jamás han conocido ni la más pequeña pizca de dignidad personal, no digamos de ética. Se montan tertulias para dilucidar asuntos tan profundos como porqué una famosa fulana se encamó con no sé qué tipejo y si éste le puso los cuernos o no, y todo ello entre insultos, gritos y un lenguaje tabernario que daría lecciones a un personaje del marqués de Sade y que no va más allá de la media docena de vocablos. O sea, dando un retrato fidedigno de la calidad humana y cultural de los participantes. Por los llamados programas del corazón se mueve una fauna que parece salida de alguna tabla del Bosco. Pindongas, maturrangas, marusos, lumias de bisturí y silicona, adúlteras y gigolós, bardajas de cara bonita, mindundis semianalfabetos, actrices con algún pasado y sin ningún futuro, todos a cuestas con su insoportable insignificancia, apurando los pobres minutos del presente que se les ofrece a costa de quienes gustan de conocer sus miserias. Un retablo grotesco con espectadores sin excesiva preocupación por su autoestima. Hasta los concursos, aquel género entrañable de la tradición televisiva, se han convertido en una exhibición de ejemplares faunísticos encerrados en una casa, en un hotel, en un autobús, en una isla y hasta en un trozo de selva, donde dan rienda a sus instintos más primarios mientras se convierten en nuevos héroes del famoseo. A eso se llama estúpidamente telerrealidad, como si la realidad más cotidiana fuera la de estar haciendo el vago en una casa durante seis meses.
Aquello que decía Groucho de que la televisión le parecía muy educativa, porque cuando alguien la encendía él cogía un libro y se iba a otra habitación a leer, deja de ser una simple ingeniosidad para alcanzar categoría apodíctica. Malos tiempos corren para la razón, así que, por esta vez, nada como ser marxista y hacer caso al filósofo del puro y el bigote.
jueves, 17 de marzo de 2011
La naturaleza juega a los dados
Y la tierra tembló de nuevo y el mar se salió de su sitio y el orden natural se trastornó para sorpresa y dolor del hombre. De lo más profundo de las entrañas del planeta surgió una fuerza desconocida, infinitamente mayor que cualquiera que el hombre pudiera crear, y nos vino a decir que la vida es un accidente sin trascendencia dentro del orden telúrico. Lección tan dura como inútil, porque la vida no forma parte de su sistema más que para tomar la energía que necesita para conservarse. Y, sin embargo, qué sensación de impotencia ante un hecho ante el que nada podemos hacer. Instalados en un afán permanente de certezas, nos quedamos perplejos al ver que no podemos preverlo, que nos llega de pronto y sin aviso y que, con todos nuestros avances técnicos, somos incapaces siquiera de intuirlo. Obsesionados por la seguridad, hemos de resignarnos a comprobar que estamos en manos del capricho de una fuerza que no podemos controlar.
El país del mundo más avanzado en tecnología antisísmica ha visto cómo se ponía a prueba todo su sistema de defensa. Ha opuesto todo lo que el hombre ahora mismo puede oponer, y eso, a pesar de la inmensidad de la catástrofe, ha impedido un desastre que en otro país hubiera sido incalculable. Los edificios se cimbrearon, pero no se derrumbaron; las carreteras se abrieron, las fábricas se incendiaron y millones de toneladas de barro y basura sepultaron pueblos y campos, pero no habrá cólera ni hambre. Las gentes salieron a la calle, pero no hubo pillaje ni saqueos en las tiendas. Cada uno tenía una lección aprendida, sabía a dónde ir, qué equipo llevar, a qué refugio acudir. Los japoneses, esas gentes disciplinadas, creativas, laboriosas y calladas, nos han dado una vez más una lección ejemplar.
Pero el temor sigue. Los expertos vaticinan que en algún momento y en algún sitio se producirá un terremoto 10 y que no hay posibilidad de intuir qué consecuencias tendrá. Simplemente cabe imaginar lo que habría sucedido si este tsunami, en vez de tener lugar en la costa oriental del archipiélago, con toda la inmensidad del Pacífico por delante, hubiera ocurrido en la occidental, a pocos kilómetros de la tierra continental. Las fuerzas telúricas sí juegan a los dados.
Esa es la condena del hombre, el único ser que sabe que ha de morir: la angustia de la incertidumbre, el acecho permanente de lo irremediable, la certeza de que nuestra madre la naturaleza no tiene por nosotros más aprecio que por una oruga. Nos hemos repetido a nosotros mismos, hasta convertirlo en dogma liberador, que el hombre es la medida de todas las cosas, pero no se nos ha ocurrido añadir que en todo caso lo será de todas las cosas humanas. Que en el conjunto de todo lo que nos rodea ni es medida ni es rey. El dominio absoluto pertenece a la naturaleza, de la que no somos más que una pequeña parte, eso sí, la más atrevida, la más rebelde y la única consciente de serlo.
jueves, 17 de febrero de 2011
La sonrisa
A mediados de los años sesenta estaba de moda en todas las listas de éxitos Sor Sonrisa, una monjita belga que cantaba aquello de "Dominique, nique, nique, pobremente por ahí va él cantando amor". Con su guitarra, su cara de angélica inocencia y su voz acariciante, logró que una canción dedicada a un santo, Domingo de Guzmán, alcanzase récords de ventas inimaginables, en un momento en que la primera generación de la posguerra europea comenzaba a cuestionar los valores nacidos tras el fin de la contienda. La sonrisa de Sor Sonrisa no duró mucho. Abandonó los hábitos, tuvo problemas con el fisco, cayó en malas compañías, en la depresión y en el alcohol, y terminó suicidándose en el apartamento que compartía con una amiga. Hoy su canción es casi una pieza de un museo imaginario de sociología.
La sonrisa es siempre la expresión de un estado de ánimo. Puede ser tímida, como cuando sonreímos ante alguien desconocido para ganarnos su simpatía; puede ser irónica, enigmática, cómplice, maternal, cruel, agradecida, condescendiente. Y puede ser también tonta. Nuestro presidente ha adoptado la sonrisa como emblema de su persona y de su actuación política, pero uno se siente incapaz de clasificarla. Quizá bienintencionada, quizá hueca, quizá impostada, quizá innata. Habría que pensar en convocar un gran simposio de buceadores del alma humana para decidir a qué grupo adjudicarla, y aun así, no sé. Una sonrisa que ha conseguido llevarnos a la situación en que estamos merece por fuerza un nuevo apartado en el que poder incluirla.
A lo mejor es que mira más allá del ruin presente y busca la inmortalidad. A las grandes sonrisas de la historia, la de los kuroi griegos, las esculturas etruscas, el borracho velazqueño, el Bacchino malato caravaggesco o la Gioconda, hay que añadir ya para siempre la del presidente que rige nuestros destinos. Lo malo para todos es que no es inofensiva.
La sonrisa es siempre la expresión de un estado de ánimo. Puede ser tímida, como cuando sonreímos ante alguien desconocido para ganarnos su simpatía; puede ser irónica, enigmática, cómplice, maternal, cruel, agradecida, condescendiente. Y puede ser también tonta. Nuestro presidente ha adoptado la sonrisa como emblema de su persona y de su actuación política, pero uno se siente incapaz de clasificarla. Quizá bienintencionada, quizá hueca, quizá impostada, quizá innata. Habría que pensar en convocar un gran simposio de buceadores del alma humana para decidir a qué grupo adjudicarla, y aun así, no sé. Una sonrisa que ha conseguido llevarnos a la situación en que estamos merece por fuerza un nuevo apartado en el que poder incluirla.
A lo mejor es que mira más allá del ruin presente y busca la inmortalidad. A las grandes sonrisas de la historia, la de los kuroi griegos, las esculturas etruscas, el borracho velazqueño, el Bacchino malato caravaggesco o la Gioconda, hay que añadir ya para siempre la del presidente que rige nuestros destinos. Lo malo para todos es que no es inofensiva.
miércoles, 19 de enero de 2011
Señores senadores
Decía Juvenal que en su época era difícil no escribir una sátira. Pues anda que en esta. Lo malo es que ya no tenemos grandes satíricos, aquellos que hacían excelsa literatura con la crítica aguda e ingeniosa de los disparates de su tiempo. En cambio sí nos quedan buenos humoristas, que encuentran cada día motivos sobrados para su trabajo.
El espectáculo de nuestros senadores hablando en varias lenguas para luego traducirlas al idioma que entienden todos lo firmaría el guionista de los hermanos Marx. Una fuente de inspiración para cualquier obra señera del teatro del absurdo. Pero vamos a ver, ¿no se sienten ridículos con un pinganillo en la oreja oyendo la traducción de alguien cuyo idioma oficial es el mismo que el suyo? ¿No les da un no sé qué cuando saben que están en la incomprensión de todos y que no hacen más que contribuir al descrédito de su institución, ya de por sí muy devaluada ante los ciudadanos? Y aún peor: ¿es posible que en la Cámara Legislativa española haya que traducir al idioma oficial de España?
Señores senadores: su labor pasa por ser un verdadero enigma para los que no tenemos muchas luces en eso de la política. Por más que leamos la Constitución no acabamos de saber para qué sirven ustedes. Sabemos que su número es variable, que tienen una sede suntuosa y unas instalaciones acordes con la dignidad de sus señorías, pero de las consecuencias de su trabajo no acertamos a ver nada. Los proyectos de ley que les envía el Congreso, si no los aprueban, vuelven a la Cámara Baja y allí salen adelante como estaban. Se les define como cámara territorial, pero eso tampoco explica gran cosa. Pues eso, para qué sirven. Vale que les sostengamos con sustanciosas retribuciones, qué se va a hacer, pero podríamos al menos exigirles que se dejen de juegos infantiloides y cumplan con seriedad lo que sea que hagan. No está el horno de la economía para bollos de capricho ni la galerna para veleros de pitiminí. Cualquiera de nosotros podríamos darles mil ideas para emplear ese dinero que gastan en dejarnos a todos con una piadosa sonrisa de condescendencia ante sus ocurrencias. Quéjense luego del desprestigio de la clase política.
En el fondo, lo que se ve es un desprecio al idioma común y al ciudadano. Para ustedes la lengua ha alterado su esencia primaria, es decir, la de ser un instrumento de comunicación, de relación social, de expresión del pensamiento y de creación de belleza literaria; ahora es también un elemento más de transacción política. La práctica habitual, nacida de la lógica, se somete a exigencias partidistas, y el ciudadano asiste entre indignado y asombrado al espectáculo de una torre de Babel artificial, que cuesta lo suyo, y ante la que no le queda más que decir: son como niños. Luego, acabadas las agotadoras sesiones, se reúnen en la cafetería y allí se entienden todos muy bien en la misma lengua. Seguramente entonces pueden aplicarse lo que Catón decía de los adivinos: "No pueden mirarse sin reírse".
El espectáculo de nuestros senadores hablando en varias lenguas para luego traducirlas al idioma que entienden todos lo firmaría el guionista de los hermanos Marx. Una fuente de inspiración para cualquier obra señera del teatro del absurdo. Pero vamos a ver, ¿no se sienten ridículos con un pinganillo en la oreja oyendo la traducción de alguien cuyo idioma oficial es el mismo que el suyo? ¿No les da un no sé qué cuando saben que están en la incomprensión de todos y que no hacen más que contribuir al descrédito de su institución, ya de por sí muy devaluada ante los ciudadanos? Y aún peor: ¿es posible que en la Cámara Legislativa española haya que traducir al idioma oficial de España?
Señores senadores: su labor pasa por ser un verdadero enigma para los que no tenemos muchas luces en eso de la política. Por más que leamos la Constitución no acabamos de saber para qué sirven ustedes. Sabemos que su número es variable, que tienen una sede suntuosa y unas instalaciones acordes con la dignidad de sus señorías, pero de las consecuencias de su trabajo no acertamos a ver nada. Los proyectos de ley que les envía el Congreso, si no los aprueban, vuelven a la Cámara Baja y allí salen adelante como estaban. Se les define como cámara territorial, pero eso tampoco explica gran cosa. Pues eso, para qué sirven. Vale que les sostengamos con sustanciosas retribuciones, qué se va a hacer, pero podríamos al menos exigirles que se dejen de juegos infantiloides y cumplan con seriedad lo que sea que hagan. No está el horno de la economía para bollos de capricho ni la galerna para veleros de pitiminí. Cualquiera de nosotros podríamos darles mil ideas para emplear ese dinero que gastan en dejarnos a todos con una piadosa sonrisa de condescendencia ante sus ocurrencias. Quéjense luego del desprestigio de la clase política.
En el fondo, lo que se ve es un desprecio al idioma común y al ciudadano. Para ustedes la lengua ha alterado su esencia primaria, es decir, la de ser un instrumento de comunicación, de relación social, de expresión del pensamiento y de creación de belleza literaria; ahora es también un elemento más de transacción política. La práctica habitual, nacida de la lógica, se somete a exigencias partidistas, y el ciudadano asiste entre indignado y asombrado al espectáculo de una torre de Babel artificial, que cuesta lo suyo, y ante la que no le queda más que decir: son como niños. Luego, acabadas las agotadoras sesiones, se reúnen en la cafetería y allí se entienden todos muy bien en la misma lengua. Seguramente entonces pueden aplicarse lo que Catón decía de los adivinos: "No pueden mirarse sin reírse".
jueves, 13 de enero de 2011
Dennos un descanso
Yo creo que los ciudadanos de a pie nos merecemos unas vacaciones. Dennos un descanso, señores políticos, que ya que mantenemos generosamente sus necesidades bien podrían callarse durante algún tiempo. A ver qué otro gremio, de todos los que pagamos con nuestros cuartos, nos aflige tanto con su omnipresencia, nos sobresalta con sus ocurrencias, nos inquieta con sus desaguisados y nos asombra con su pretenciosidad. Déjennos airear un poco la cabeza, aunque no sea más que para poder comprobar que en la vida y en el mundo existen otras cosas a las que prestar atención. Retírense durante unos días a lavar el polvo de las palabras muertas y, de paso, refrescaremos todos nuestras recalentadas meninges. Aunque ya no resulte tan fácil demostrarlo, la Tierra sigue girando alrededor del Sol, no alrededor de ustedes.
Claro que en un país en el que existen dieciocho parlamentos, y donde hasta el último mindundi con un acta se cree de Tomás Moro para arriba, no resulta fácil escapar de su presencia y, lo que es peor, de sus palabras. Especialmente en los últimos dos meses, no es que sea un chubasco; es un chaparrón, los cuarenta días del diluvio, Krakatoa y Pompeya juntas. Todo el amplio muestrario de los ejercientes del viejo arte de lo posible puesto en la labor de machacar las mentes de quienes no tenemos otra misión que votarlos cada cuatro años: diputados, secretarios generales, tránsfugas, portavoces, nacionalistas, los del federalismo asimétrico, los que con el siete por ciento de los votos exigen gobernar, corruptos, querellantes y querellados, los que se jactan de incumplir las sentencias judiciales, parlamentarios de miniparlamentos y presidentes de minigobiernos, los de la voz grave y las de grito chillón y brazos en jarras. Todo el elenco bombardeándonos con los problemas que ellos mismos han creado. Cada uno con su razón intocable; el error y la mala fe siempre están, por supuesto, en los demás.
Tómense un respiro. No digo ya que imiten a San Pacomio de por vida, pero sí al menos durante un tiempo, de forma simbólica, claro está. Mientras tanto podríamos estar gobernados por un equipo unido de técnicos callados y eficaces, sin más ideología que la de hacer las cosas pensando en el bien de la comunidad. A ver qué pasaría.
Claro que en un país en el que existen dieciocho parlamentos, y donde hasta el último mindundi con un acta se cree de Tomás Moro para arriba, no resulta fácil escapar de su presencia y, lo que es peor, de sus palabras. Especialmente en los últimos dos meses, no es que sea un chubasco; es un chaparrón, los cuarenta días del diluvio, Krakatoa y Pompeya juntas. Todo el amplio muestrario de los ejercientes del viejo arte de lo posible puesto en la labor de machacar las mentes de quienes no tenemos otra misión que votarlos cada cuatro años: diputados, secretarios generales, tránsfugas, portavoces, nacionalistas, los del federalismo asimétrico, los que con el siete por ciento de los votos exigen gobernar, corruptos, querellantes y querellados, los que se jactan de incumplir las sentencias judiciales, parlamentarios de miniparlamentos y presidentes de minigobiernos, los de la voz grave y las de grito chillón y brazos en jarras. Todo el elenco bombardeándonos con los problemas que ellos mismos han creado. Cada uno con su razón intocable; el error y la mala fe siempre están, por supuesto, en los demás.
Tómense un respiro. No digo ya que imiten a San Pacomio de por vida, pero sí al menos durante un tiempo, de forma simbólica, claro está. Mientras tanto podríamos estar gobernados por un equipo unido de técnicos callados y eficaces, sin más ideología que la de hacer las cosas pensando en el bien de la comunidad. A ver qué pasaría.
viernes, 10 de diciembre de 2010
No hay motivo
Tendría que haber un dios de los eternamente insatisfechos y también, si acaso, de los que se regodean en sus miserias y hasta las magnifican para que sea mayor su sentimiento; un dios que podría tener el altar de espinas para que sus devotos se sintieran a gusto. Los devotos de este dios serían ciertamente abundantes y encontradizos desde las cabañas a los palacios. En realidad tal parece como si el español fuese de por sí inclinado al culto de este dios de la autocompasión, y más cuando desde arriba siempre hay prohombres de cartón y mensajeros que se complacen en alimentarlo.
Es cierto. Inexplicablemente poseemos una inevitable tendencia a tener de nosotros mismos un concepto muy bajo, como si anhelásemos más la compasión que el respeto. Tal vez algo se haya calado en los genes de nuestra historia, a juzgar por los testimonios de la lucha que contra ello han mantenido mentes claras de diversos siglos, desde Quevedo a Moratín. Es una constante de antes y de ahora. Y sin embargo, aunque el momento actual no inspire optimismo, desde una mirada más larga no hay motivo.
No hay motivo para que al habitante de este viejo, particular y querido país, que ha visto pasar sobre él la historia entera de Occidente y que ha sido copartícipe de sus alumbramientos, le quieran hacer sentir que el sol siempre está velado sobre sus viejos campos, como si el 98 no fuera ya apenas una menuda anécdota en dos milenios de historia. Cuesta ganar y mantener la fe en lo ganado; cuesta aún más encontrar quien avive esa llama y haga inteligibles los motivos por los que ha de estar encendida. Quizá suceda, como decía aquel pesimista integral que fue Unamuno, que los sentidos al servicio de la conciencia social están dormidos y no son capaces de reaccionar ante estímulos reconfortantes y, además, realistas.
Es sabido, y uno no sabe si desear que fuera el caso, que la insatisfacción aumenta con la conciencia. De ser así, nuestra conciencia, por la estrechez de su código, ha sido y es tan poderosa que ha ejercido como elemento catártico, muchas veces fuera de todo linde de racionalidad.
Harían bien nuestros juicios negándose a admitir a trámite tanta verborrea autoflagelante como lanzan algunos que parecen tenerla como emblema del progresismo. España necesita ser mirada con ojos grandes y, aun así, no resulta fácilmente abarcable. En el balance de sus miserias y sus grandezas podemos estar razonablemente satisfechos.
Es cierto. Inexplicablemente poseemos una inevitable tendencia a tener de nosotros mismos un concepto muy bajo, como si anhelásemos más la compasión que el respeto. Tal vez algo se haya calado en los genes de nuestra historia, a juzgar por los testimonios de la lucha que contra ello han mantenido mentes claras de diversos siglos, desde Quevedo a Moratín. Es una constante de antes y de ahora. Y sin embargo, aunque el momento actual no inspire optimismo, desde una mirada más larga no hay motivo.
No hay motivo para que al habitante de este viejo, particular y querido país, que ha visto pasar sobre él la historia entera de Occidente y que ha sido copartícipe de sus alumbramientos, le quieran hacer sentir que el sol siempre está velado sobre sus viejos campos, como si el 98 no fuera ya apenas una menuda anécdota en dos milenios de historia. Cuesta ganar y mantener la fe en lo ganado; cuesta aún más encontrar quien avive esa llama y haga inteligibles los motivos por los que ha de estar encendida. Quizá suceda, como decía aquel pesimista integral que fue Unamuno, que los sentidos al servicio de la conciencia social están dormidos y no son capaces de reaccionar ante estímulos reconfortantes y, además, realistas.
Es sabido, y uno no sabe si desear que fuera el caso, que la insatisfacción aumenta con la conciencia. De ser así, nuestra conciencia, por la estrechez de su código, ha sido y es tan poderosa que ha ejercido como elemento catártico, muchas veces fuera de todo linde de racionalidad.
Harían bien nuestros juicios negándose a admitir a trámite tanta verborrea autoflagelante como lanzan algunos que parecen tenerla como emblema del progresismo. España necesita ser mirada con ojos grandes y, aun así, no resulta fácilmente abarcable. En el balance de sus miserias y sus grandezas podemos estar razonablemente satisfechos.
miércoles, 24 de noviembre de 2010
La vulgaridad como refugio
Es tan grande nuestro miedo a encontrarnos solos que buscamos refugio en la vulgaridad. Lo dejó escrito Petrarca hace ya siete siglos, así que también en su tiempo debió de vivir la deriva de una sociedad hacia su degradación. Muy grande debe de ser el miedo de la nuestra, porque estamos asistiendo al triunfo absoluto de lo cutre, lo inmundo y lo fétido. Peor aún, a su normalización. Peor aún: a su instalación como categoría propia. Es un espectáculo continuo, que hace pensar que, si esto es lo que nos ha traído la generalización de las comunicaciones, quizá habría que lamentarlo por lo que afecta a la salud intelectual de la ciudadanía. Ahí tenemos, en cualquier revista, en cualquier pantalla y a cualquier hora, a todas las figuras que marcan la pauta social en el país en cuanto a popularidad y fama. Personajes que subastan su dignidad al mejor postor, gentes que venden su intimidad por un cuarto de hora de gloria, figuras cuya gran fama consiste únicamente en haber practicado con asiduidad el adulterio, la infidelidad y la mentira, y en saber venderlo a los bobos. Un torrente de mal gusto, verdadero monumento a las cloacas. Todos ellos embolsándose cientos de millones, que en definitiva es lo único que se busca.
Se silencia al que habla a la inteligencia, por favor, no moleste, que eso no motiva a la masa y no da dinero. Aquí sólo importa fomentar el culto a lo más primitivo del ser humano. Evidentemente, entre un filósofo que trata de darnos una respuesta a la gran incógnita de la vida y alguien que tiene por oficio el subir y bajar de las camas ajenas, no hay color. No cabe ni siquiera plantearlo.
Dejemos a un lado si es un atentado contra la moral para no dar opción a quien alguien salte con el consabido argumento de la relatividad de ese concepto, pero lo que no cabe perdonar es que sea un atentado contra la estética. Pues hasta eso es.
Se silencia al que habla a la inteligencia, por favor, no moleste, que eso no motiva a la masa y no da dinero. Aquí sólo importa fomentar el culto a lo más primitivo del ser humano. Evidentemente, entre un filósofo que trata de darnos una respuesta a la gran incógnita de la vida y alguien que tiene por oficio el subir y bajar de las camas ajenas, no hay color. No cabe ni siquiera plantearlo.
Dejemos a un lado si es un atentado contra la moral para no dar opción a quien alguien salte con el consabido argumento de la relatividad de ese concepto, pero lo que no cabe perdonar es que sea un atentado contra la estética. Pues hasta eso es.
miércoles, 3 de noviembre de 2010
Balada de otoño
Bosque de otoño, sembrado de las ilusiones que se van muriendo, bosque sabio. El símbolo, hoja dorada de tantas metáforas que alientan nuestra pobreza expresiva, lo ha inundado todo, se ha hecho con el aire y la tierra y, sin embargo, qué luz es capaz de dar la buena predisposición de ánimo entre tanto ocre marchito. Está tibio el aire, dormida la tierra y dormido el olor de los espinos. Hay una carretera en la ladera lejana, pero hasta aquí sólo me llega su silencio. Está tragándose sus propios ruidos, allá ella; si no me lanza más que su imagen muda no habrá por qué odiarla. Sé que este seno es eterno y ha cobijado pensamientos diversos y que incluso algunos de ellos se han atrevido a materializarse en ideas y formas que sólo a la cultivada mente del hombre pueden interesar. Pero hoy no quiero ser una mente cultivada, me niego, y me siento en el musgo y dejo que la humedad fije la realidad de mis divagaciones.
Fuera de allí, cuántas palabras, cuántos lechos como cálices amargos, cuántas verdades dichas en susurro, cuántas mentiras dichas a gritos. Somos cantos rodados tirados por el camino de la vida, y si alguien tuviera la facultad de andarlo con paso largo y libre, tropezaría con nosotros. Bultos pequeños que se mueven sin parar, que se mueven en círculo buscando la tangente definitiva. Luego, con los años, sabremos que la única ciencia en la que todos somos diplomados es en la ciencia de no entender nada.
El sendero entre los robles está iluminado por los rayos que las hojas modelan a su gusto. No hay sendero menos libre para elegir su apariencia. Me llega ahora un perfume de helechos, amable y complaciente el bosque con los que renuncian a ser ambiciosos, porque al ambicioso que se apoderó de los sencillos corazones de su pueblo para emplearlos en su propio provecho no le será permitido oler el aroma de los helechos, sino el hedor de las cárceles que creó. Tampoco a la sombra cobarde que aprovecha la oscuridad para romper la esperanza de cuerpos apenas iniciados o la nuca de alguien que ama y es amado, le será dado oler más que la putrefacción de sus propias entrañas. A los que el hambre mata o el terremoto deshereda, sí. A esos puede que sí.
Así me parece en esta tarde de otoño ya maduro, en la que el aire de algún confuso propósito me ha traído hasta el claro de un bosque, en el que, de vez en cuando, aún pasa revoloteando una mariposa blanca. Ya no quedan flores en el suelo ni fresas silvestres ni ardillas temerosas en las ramas; en el canto de los pájaros hay una cadencia de despedida. Siento ganas de internarme por la hojarasca, pero me quedo donde estoy, a cuestas con una extraña mezcla de bienestar y desasosiego. Han caído para siempre las hojas, pero los rayos de sol siguen con su poder de siempre. A lo mejor, la ansiada explicación universal comienza en aquel silencio de colores.
Fuera de allí, cuántas palabras, cuántos lechos como cálices amargos, cuántas verdades dichas en susurro, cuántas mentiras dichas a gritos. Somos cantos rodados tirados por el camino de la vida, y si alguien tuviera la facultad de andarlo con paso largo y libre, tropezaría con nosotros. Bultos pequeños que se mueven sin parar, que se mueven en círculo buscando la tangente definitiva. Luego, con los años, sabremos que la única ciencia en la que todos somos diplomados es en la ciencia de no entender nada.
El sendero entre los robles está iluminado por los rayos que las hojas modelan a su gusto. No hay sendero menos libre para elegir su apariencia. Me llega ahora un perfume de helechos, amable y complaciente el bosque con los que renuncian a ser ambiciosos, porque al ambicioso que se apoderó de los sencillos corazones de su pueblo para emplearlos en su propio provecho no le será permitido oler el aroma de los helechos, sino el hedor de las cárceles que creó. Tampoco a la sombra cobarde que aprovecha la oscuridad para romper la esperanza de cuerpos apenas iniciados o la nuca de alguien que ama y es amado, le será dado oler más que la putrefacción de sus propias entrañas. A los que el hambre mata o el terremoto deshereda, sí. A esos puede que sí.
Así me parece en esta tarde de otoño ya maduro, en la que el aire de algún confuso propósito me ha traído hasta el claro de un bosque, en el que, de vez en cuando, aún pasa revoloteando una mariposa blanca. Ya no quedan flores en el suelo ni fresas silvestres ni ardillas temerosas en las ramas; en el canto de los pájaros hay una cadencia de despedida. Siento ganas de internarme por la hojarasca, pero me quedo donde estoy, a cuestas con una extraña mezcla de bienestar y desasosiego. Han caído para siempre las hojas, pero los rayos de sol siguen con su poder de siempre. A lo mejor, la ansiada explicación universal comienza en aquel silencio de colores.
miércoles, 13 de octubre de 2010
Justicia talibán
Las imágenes de esa mujer siendo asesinada a pedradas en Pakistán, que han pasado casi de puntillas por nuestras televisiones y que apenas han levantado comentarios entre quienes tantos hacen por cualquier nimiedad, hielan el alma. ¿Qué habrá hecho esta mujer? Seguramente algo relacionado con sus impulsos afectivos, quizá un amor prohibido, acaso simplemente dejarse ver en público con otro hombre. Pues que la maldición de Alá caiga sobre ella, que la sura cuarta del Corán la aplaste y que la justa ley de la Sunna le machaque los huesos. No hubo ningún juez misericordioso que sintiese algún remusguillo por dentro; dejaría de ser un buen talibán. El cuerpo de la chica terminó bajo un montón de piedras, sin más réquiem que un corro de miradas heladas y un círculo de manos armadas con guijarros, satisfechas de cumplir su misión. Ni siquiera pudo ver la expresión de quien le tiró la piedra definitiva.
Suena a episodio de la antigüedad semítica, pero es una noticia de estos días del siglo XXI. Los que pregonan desde el amparo de sus códigos legislativos la igualdad moral de todas las civilizaciones deben de verse en el trance de tener que hacer encaje de bolillos para evitar este rotundo argumento en contra. Por cierto, que el Corán dicta sentencia de emparedamiento para las adúlteras; fue la Sunna la que cambió luego esta pena por la de la lapidación, que a su vez procedía de la tradición judía. O sea, que los sincretismos religiosos entre grupos sociales secularmente antagónicos funcionan especialmente bien por su parte más siniestra, como si, por debajo de toda creencia, existiera un hilo conductor común a ellas para igualarlas en inmisericordia. Fue precisamente la misericordia la que libró del apedreamiento a la adúltera más famosa de la Historia: aquella de Jerusalén que vio cómo sus ejecutores tenían que soltar las piedras ante una mansa reconvención.
No creo que los que decidieron esa muerte hayan leído a Juan, ni sé qué grado de blandura tienen sus conciencias, aunque es fácil de adivinar. Sólo sabemos cuál es la dimensión de su compromiso con una ley inhumana, por más que se empeñen en verla divina. Y podemos también imaginar con pavorosa certeza el horror del tormento, que es algo que se impone sobre la sensibilidad por encima de cualquier consideración. No es ya que se trate de un vergonzoso agravio a la dignidad de la mujer -la lapidación es una pena de aplicación casi exclusivamente femenina-, sino que su extraordinaria crueldad remite a la peor abyección de la capacidad humana para hacer sufrir a un semejante, y todo por un delito cuyo juicio moral depende de las circunstancias geográficas. Aquí las adúlteras desfilan a diario por la televisión haciendo gala de ello y embolsándose fama y dinero; en otros sitios, por menos, son apedreadas hasta morir. Todas las convicciones sobre el pacifismo universal que uno pueda tener firmemente asentadas en su sistema ético personal se relativizan de golpe ante esta barbarie. Los grandes ideales alimentan el progreso moral del hombre, pero yo prometo no llorar si los tanques acaban con el poder de estos miserables.
Suena a episodio de la antigüedad semítica, pero es una noticia de estos días del siglo XXI. Los que pregonan desde el amparo de sus códigos legislativos la igualdad moral de todas las civilizaciones deben de verse en el trance de tener que hacer encaje de bolillos para evitar este rotundo argumento en contra. Por cierto, que el Corán dicta sentencia de emparedamiento para las adúlteras; fue la Sunna la que cambió luego esta pena por la de la lapidación, que a su vez procedía de la tradición judía. O sea, que los sincretismos religiosos entre grupos sociales secularmente antagónicos funcionan especialmente bien por su parte más siniestra, como si, por debajo de toda creencia, existiera un hilo conductor común a ellas para igualarlas en inmisericordia. Fue precisamente la misericordia la que libró del apedreamiento a la adúltera más famosa de la Historia: aquella de Jerusalén que vio cómo sus ejecutores tenían que soltar las piedras ante una mansa reconvención.
No creo que los que decidieron esa muerte hayan leído a Juan, ni sé qué grado de blandura tienen sus conciencias, aunque es fácil de adivinar. Sólo sabemos cuál es la dimensión de su compromiso con una ley inhumana, por más que se empeñen en verla divina. Y podemos también imaginar con pavorosa certeza el horror del tormento, que es algo que se impone sobre la sensibilidad por encima de cualquier consideración. No es ya que se trate de un vergonzoso agravio a la dignidad de la mujer -la lapidación es una pena de aplicación casi exclusivamente femenina-, sino que su extraordinaria crueldad remite a la peor abyección de la capacidad humana para hacer sufrir a un semejante, y todo por un delito cuyo juicio moral depende de las circunstancias geográficas. Aquí las adúlteras desfilan a diario por la televisión haciendo gala de ello y embolsándose fama y dinero; en otros sitios, por menos, son apedreadas hasta morir. Todas las convicciones sobre el pacifismo universal que uno pueda tener firmemente asentadas en su sistema ético personal se relativizan de golpe ante esta barbarie. Los grandes ideales alimentan el progreso moral del hombre, pero yo prometo no llorar si los tanques acaban con el poder de estos miserables.
domingo, 19 de septiembre de 2010
Parábola de la vieja casa
Mi amigo me dijo que quería enseñarme algo y me llevó a través de un camino que discurría entre casas de tamaño y aspecto muy variados, hasta una de las más curiosas de todas. Se encontraba en un extremo del pueblo, algo alejada del centro, aunque bien comunicada con las demás. Vista desde fuera, parecía realmente una magnífica mansión. Estaba rodeada de mar en casi toda su extensión, excepto por un pequeño trozo que la unía al poblado. Aunque no era excesivamente grande, era lo suficiente para ser una de las mayores. Era también la más luminosa y soleada de todas, y la de estancias más variopintas, y la de habitantes más hospitalarios, y hasta la más extraña, según había quien decía. Y, por todo ello, la más visitada. Tenía hasta diecisiete habitaciones, más dos pequeños cuartos, pegados ya a una casa vecina. En el centro estaba situada la estancia principal, que no era la mayor, pero sí la más suntuosa, la que albergaba las obras de arte más importantes y la que servía de aposento a la gente principal; por su situación y condición era paso casi obligado para todos. Las demás habitaciones eran también hermosas, unas más que otras, todas distintas entre sí, diversas todas en tamaño y ambiente, sombrías unas y soleadas otras, algunas con vistas al mar y el resto a la montaña, cada una con el recuerdo de un pasado que se adivinaba abrumador. Mi amigo siguió:
-Esta casa fue construida por una familia de larga historia y de carácter fuerte, quizá porque se pasó media vida en el brete de tener que expulsar a tantos como quisieron ocuparla por la fuerza. Han sido siempre gente de enorme talento, pero de un talento intuitivo. Sus acciones generalmente tuvieron más que ver con la pasión del instante que con los esquemas racionalizados. Prefieren el gesto repentino y brillante al agónico esfuerzo del trabajo perseverante. De esta familia han salido algunos de los más grandes escritores y artistas, también personajes de la milicia y la Iglesia, buenos deportistas, los mejores toreros, músicos ilustres. Es para tenerle respeto ¿no? Pero esta casa es curiosa en todo. Ellos dicen que Adán les asignó la envidia como pecado original. No. Su pecado es otro mayor, mucho mayor: la complacencia en la autodestrucción. Son campeones en hablar mal de sí mismos. Disfrutan creyéndose los peores de todos. Tal parece que busquen ser compadecidos continuamente, como si estuviesen afectados por algún atavismo mendicante. Sus hazañas fueron atentados contra otros, sus cosas apenas tienen valor si es el de fuera quien lo dice, todos sus vecinos son más listos y más cultos y más guapos. Una permanente actitud de cuestionarse hasta el mínimo hecho; una necesidad inmanente de justificarlo ante los demás. Es una pena.
Cuando salí, vi que la casa tenía por nombre una hermosa palabra de seis letras, a la que una eñe daba una bella sonoridad.
-Esta casa fue construida por una familia de larga historia y de carácter fuerte, quizá porque se pasó media vida en el brete de tener que expulsar a tantos como quisieron ocuparla por la fuerza. Han sido siempre gente de enorme talento, pero de un talento intuitivo. Sus acciones generalmente tuvieron más que ver con la pasión del instante que con los esquemas racionalizados. Prefieren el gesto repentino y brillante al agónico esfuerzo del trabajo perseverante. De esta familia han salido algunos de los más grandes escritores y artistas, también personajes de la milicia y la Iglesia, buenos deportistas, los mejores toreros, músicos ilustres. Es para tenerle respeto ¿no? Pero esta casa es curiosa en todo. Ellos dicen que Adán les asignó la envidia como pecado original. No. Su pecado es otro mayor, mucho mayor: la complacencia en la autodestrucción. Son campeones en hablar mal de sí mismos. Disfrutan creyéndose los peores de todos. Tal parece que busquen ser compadecidos continuamente, como si estuviesen afectados por algún atavismo mendicante. Sus hazañas fueron atentados contra otros, sus cosas apenas tienen valor si es el de fuera quien lo dice, todos sus vecinos son más listos y más cultos y más guapos. Una permanente actitud de cuestionarse hasta el mínimo hecho; una necesidad inmanente de justificarlo ante los demás. Es una pena.
Cuando salí, vi que la casa tenía por nombre una hermosa palabra de seis letras, a la que una eñe daba una bella sonoridad.
miércoles, 1 de septiembre de 2010
Los menores
Las noticias que leemos cada día sobre casos criminales protagonizados por menores son para que salten todas las alarmas sobre el futuro de nuestra sociedad. Ya no son los actos de indisciplina propios de la edad, ni la típica rebeldía sin causa, ni siquiera las gamberradas de siempre, que en mayor o menor medida nos afectaron a todos en esa bendita etapa; no, ahora es la violencia, la extorsión, el abuso prepotente y hasta el asesinato. Los profesores se están viendo convertidos de educadores con autoridad en víctimas desarmadas; los padres, suponiendo que no estén ignorantes de lo que tienen en casa, se ven impotentes ante el monstruo que se les enfrenta con toda desvergüenza, y la sociedad asiste a todo ello sin hacer el menor gesto de exigencia ante los poderes que han posibilitado esta situación.Nos estamos equivocando. Hacer unos planes de estudio carentes de contenidos morales, esa función que antes cumplía la enseñanza de valores religiosos, supone desarmar a nuestros jóvenes de principios y referencias éticas. Desterrar, en aras de un falso progresismo, conceptos como disciplina, esfuerzo, sacrificio, es vaciar su personalidad de recursos para enfrentarse a la vida. Resulta significativo que los mayores problemas se den en la escuela pública y no en la privada. Y para colmo, ahí está esa seráfica Ley del Menor, que nació ahogada por el exceso de buenas intenciones y por la ausencia prácticamente total de carácter punitivo, como si fuera dirigida a unos seres angelicales que de vez en cuando pueden cometer alguna pequeña travesura.
No todo puede basarse en el castigo, es claro. La educación familiar, el ejemplo social y el sistema educativo están en la base de todo, pero tampoco puede ofrecerse alegremente la impunidad al menor que delinque, aunque no sea más que por respeto a sus víctimas. La lección de la responsabilidad hay que aprenderla pronto.
No todo puede basarse en el castigo, es claro. La educación familiar, el ejemplo social y el sistema educativo están en la base de todo, pero tampoco puede ofrecerse alegremente la impunidad al menor que delinque, aunque no sea más que por respeto a sus víctimas. La lección de la responsabilidad hay que aprenderla pronto.
miércoles, 11 de agosto de 2010
Los viajes que no lo son
Si hay algo por lo que nunca sentiré la menor envidia de los famosos es por la libertad para andar por el ancho mundo a mi antojo, sin compartir compromisos ni rendir cuentas más que a mis deseos y al estado de mis recursos. Ser anónimo es una condición imprescindible para observar sin condicionamientos ajenos y para tratar de penetrar en los recovecos de todo lo que una tierra extraña ofrece, que son dos de los objetivos de lo que uno entiende por viaje. Andar por el mundo a cuestas con la fama de un nombre, rodeado de guardaespaldas, acompañado de una comitiva que todo lo dispone, en medio de consejos y recomendaciones restrictivas, sin la gozosa libertad de poder hablar con quien se quiera ni de tomar un café en el boliche más cutre que uno encuentre, no es viajar. Es una parodia, una transpolación al absurdo. O acaso una cretina manifestación de egolatría, puestos ya a definir las cosas por su nombre. Sterne no pensaba en estos cuando hizo su clasificación particular de los viajeros: simples, ociosos, curiosos, embusteros, vanidosos, melancólicos, delincuentes, infortunados y sentimentales, pero sí toman algo de alguno de ellos. Son simples, ociosos, vanidosos y, sobre todo, infortunados.
El caso visto estos días en Marbella, aliñado con una asqueante mezcla de megalomanía y papanatismo, viene a demostrar una vez más que viajar no es lo mismo que desplazarse y que los placeres del viaje puede que sean de muy distinto signo, pero sólo los primarios, el misterio del camino y la esperanza de la posada, son los que pueden consumar nuestras apetencias, porque siguen arraigados en los escondrijos más profundos de nuestra especie de origen trashumante. El verdadero viajero es ese de ojos eternamente curiosos que se deja empapar libremente por todo lo que ve y que busca por cuenta propia sin aceptar sumisamente opiniones ajenas ni someterse a itinerarios previstos por otros. Sobre las incomodidades se impone la curiosidad y sobre la apetencia de lo simplemente bello la búsqueda de lo interesante. El viajero libre sabe que salir de viaje no es sólo ir en busca de emociones, sino que también es ir en busca de la prueba que verifica nuestra posición en el mundo. "Hay que viajar -dice José Pla- para darse cuenta de que una pasión, una idea, un hombre, sólo son importantes si resisten una proyección a través del tiempo y del espacio".
En realidad, es la vieja metáfora de la vida; todo es un caminar partiendo de un punto para llegar a otro que siempre, siempre, será distinto. Naturalmente cada viajero hace su viaje y le da el tono y la finalidad que se avenga con su forma de ser o que las circunstancias le permitan. Viaje es una palabra que puede envolver un concepto relacionado con el anhelo más ferviente, el placer, la obligación y hasta el odio, como es el caso de la postura kantiana. Uno sólo trata de exponer su visión particular, y ahora se da cuenta de que en pocos artículos ha expresado unas opiniones tan personales. Bueno, para eso ocupa este rincón.
miércoles, 21 de julio de 2010
Los niños del verano
Están nuestros parques más llenos que nunca de niños y de abuelos, más animados con acentos distintos y palabras y preguntas infantiles sobre procedencias, nombres y planes para la tarde. No son turistas. Sus visitas no engordan las estadísticas de visitantes a nuestra región ni contribuyen a las cuentas de resultados del sector hostelero. Son los hijos de los hijos que se fueron a buscar en otros pagos el trabajo que aquí no encontraban. De nuestros jóvenes emigrantes, esos que nuestra alta clase dirigente vino a incluir en el grupo de leyendas urbanas. Algunos ya ni siquiera han nacido aquí, y el único contacto que tienen con nuestra tierra son esos dos meses de verano, cuando el calor aprieta en sus lugares y las vacaciones escolares los convierten en un problema para sus padres, y entonces, claro, qué mejor que irte a Asturias con los abuelos. Y aquí están, llenando temporalmente el hueco que dejaron sin saberlo.
Cuando las cosas están mal, y vaya si lo están, tener unos abuelos "en el pueblo" es un verdadero lujo. Supone contar con un último recurso para poder hacer la escapada de vacaciones, aunque sea a un lugar sin sorpresa posible, pero sobre todo la oportunidad de dar a sus hijos un verano completo dejándolos en manos queridas, seguras y generosas. Puede que sea este el rostro más positivo de la emigración juvenil, el único acaso. Es un trueque a tres bandas en el que, con todas las excepciones que cada uno conozca, todos salen ganando, y eso dejando aparte los aspectos emocionales, que es mucho dejar. Los padres porque solucionan un problema que en otro caso tendrían muy difícil solventar. Los niños porque se les abre un mundo nuevo sin rupturas familiares y sin ver interrumpido el hilo de sus afectos. Y los abuelos porque sí. Porque resulta que la vida es un camino hacia atrás. Porque a medida que uno avanza por él siente el impulso cada vez más exigente de mirar hacia los momentos de su inicio, y en esa mezcla de añoranza, recuerdo y reflexión asombrada sobre la brevedad de los años anda el último tramo. Ahora tiene ante sí el espejo de aquellos primeros pasos que él anduvo, encarnados en alguien que forma parte de su propia continuidad. Y si el que está de vuelta debe fijarse en el gesto del que va de ida, mayor motivación encontrará en este caso. La vieja casa, vacía de ruidos durante tantos años, vuelve ahora a llenarse con gritos y zalemas renovados; aquellos conocimientos semioxidados han de volver a activarse para ayudar en los deberes veraniegos; aquella paciencia que se creía debilitada vuelve a fortificarse, y esos días, que acaso se sucedían dentro de una oscura y resignada monotonía, adquieren de nuevo un brillo con luces y sombras que los vivifica.
Bienvenidos sean esos niños del verano, que tendrán a Asturias en una zona ambigua de sus sentimientos, pero siempre como primer reserva en el banquillo de sus quereres, y que quizá nunca entiendan por qué sus padres abandonaron esa tierra en la que se pasa tan bien durante el verano.
Cuando las cosas están mal, y vaya si lo están, tener unos abuelos "en el pueblo" es un verdadero lujo. Supone contar con un último recurso para poder hacer la escapada de vacaciones, aunque sea a un lugar sin sorpresa posible, pero sobre todo la oportunidad de dar a sus hijos un verano completo dejándolos en manos queridas, seguras y generosas. Puede que sea este el rostro más positivo de la emigración juvenil, el único acaso. Es un trueque a tres bandas en el que, con todas las excepciones que cada uno conozca, todos salen ganando, y eso dejando aparte los aspectos emocionales, que es mucho dejar. Los padres porque solucionan un problema que en otro caso tendrían muy difícil solventar. Los niños porque se les abre un mundo nuevo sin rupturas familiares y sin ver interrumpido el hilo de sus afectos. Y los abuelos porque sí. Porque resulta que la vida es un camino hacia atrás. Porque a medida que uno avanza por él siente el impulso cada vez más exigente de mirar hacia los momentos de su inicio, y en esa mezcla de añoranza, recuerdo y reflexión asombrada sobre la brevedad de los años anda el último tramo. Ahora tiene ante sí el espejo de aquellos primeros pasos que él anduvo, encarnados en alguien que forma parte de su propia continuidad. Y si el que está de vuelta debe fijarse en el gesto del que va de ida, mayor motivación encontrará en este caso. La vieja casa, vacía de ruidos durante tantos años, vuelve ahora a llenarse con gritos y zalemas renovados; aquellos conocimientos semioxidados han de volver a activarse para ayudar en los deberes veraniegos; aquella paciencia que se creía debilitada vuelve a fortificarse, y esos días, que acaso se sucedían dentro de una oscura y resignada monotonía, adquieren de nuevo un brillo con luces y sombras que los vivifica.
Bienvenidos sean esos niños del verano, que tendrán a Asturias en una zona ambigua de sus sentimientos, pero siempre como primer reserva en el banquillo de sus quereres, y que quizá nunca entiendan por qué sus padres abandonaron esa tierra en la que se pasa tan bien durante el verano.
miércoles, 14 de julio de 2010
De rojo y amarillo
Algo muy relevante debía de estar oculto quién sabe bajo qué capas de hojas muertas, porque de repente todo ha estallado en una eclosión vibrante de colores rojos y amarillos. Como si estuviera adormecido a la espera de un motivo que la hiciera aflorar de repente. Como si se hubiera librado de alguna atadura que impedía mover libremente los miembros. Esa profusión de balcones luciendo la bandera de España, esa multitud llenando las calles de todas las ciudades del país con los colores nacionales, esa marea de jóvenes con las caras pintadas de rojo y amarillo cantando "soy español" con naturalidad y frescura, sin reserva alguna, es un fenómeno que conformaría por sí mismo un nuevo capítulo de nuestra sociología.
Quienes ponían en duda la misma idea de patriotismo español y, sobre todo, quienes hicieron todo lo posible por diluirlo, deben de estar viendo la inutilidad de su esfuerzo, porque esta no es un exhibición provocada por motivos ideológicos ni derivada de consignas previamente establecidas. No tiene ninguna connotación partidista ni más carácter reivindicativo que el del propio sentido de pertenencia. Es una juventud desacomplejada en la exhibición de los símbolos de su identidad nacional, espontánea y desenfadada, sin recámaras ocultas en la manifestación de su fervor patriótico. Han sacado del armario sin inhibiciones lo que sus impulsos más hondos les pedían, sin mirar hacia ninguna reticencia del pasado ni mucho menos a quienes se empeñan en perpetuarlo. En su sus sonrisas orgullosas sólo había la satisfacción primaria por el triunfo de su país, y coreaban su nombre y agitaban su bandera con el orgullo de quienes se saben parte de él. Qué limpias, qué auténticas salen las cosas cuando brotan espontáneamente de los sentimientos, sin que las manipulen intereses particulares; cuando ningún político pone sus manos sobre ellas.
Quizá se necesitaba una victoria de esta altura para recomponer externamente lo que en los ámbitos internos de las emociones nunca se había perdido. Bienvenida sea la pasión futbolística si puede romper incomprensibles tabúes. España había obtenido éxitos del mismo nivel en otros deportes -ciclismo, baloncesto, tenis, automovilismo, hockey-, pero sólo el fútbol es capaz, en sus momentos de gloria, de dar la vuelta entera a la vida de un país, de aunar sentimientos y colectivizar voluntades; sólo él puede conseguir que millones de brazos se levanten a la vez con un grito unánime de alegría. Incluso los que no somos especialmente futboleros terminamos rendidos a su misterioso poder. Lo visto el domingo en todas las ciudades españolas y el lunes en Madrid no está al alcance de ningún otro sujeto agente, por muy instigado y organizado que se pretenda desde cualquier instancia. Faltarían las vibraciones de las fibras más íntimas. Cómo no tener respeto a este juego de apariencia infantil y trascendencia insospechada, capaz de renovar entusiasmos que se creían dormidos. Porque nunca se pudo decir con mayor exactitud que esta victoria supone el triunfo de unos colores. Los de la bandera.
Quienes ponían en duda la misma idea de patriotismo español y, sobre todo, quienes hicieron todo lo posible por diluirlo, deben de estar viendo la inutilidad de su esfuerzo, porque esta no es un exhibición provocada por motivos ideológicos ni derivada de consignas previamente establecidas. No tiene ninguna connotación partidista ni más carácter reivindicativo que el del propio sentido de pertenencia. Es una juventud desacomplejada en la exhibición de los símbolos de su identidad nacional, espontánea y desenfadada, sin recámaras ocultas en la manifestación de su fervor patriótico. Han sacado del armario sin inhibiciones lo que sus impulsos más hondos les pedían, sin mirar hacia ninguna reticencia del pasado ni mucho menos a quienes se empeñan en perpetuarlo. En su sus sonrisas orgullosas sólo había la satisfacción primaria por el triunfo de su país, y coreaban su nombre y agitaban su bandera con el orgullo de quienes se saben parte de él. Qué limpias, qué auténticas salen las cosas cuando brotan espontáneamente de los sentimientos, sin que las manipulen intereses particulares; cuando ningún político pone sus manos sobre ellas.
Quizá se necesitaba una victoria de esta altura para recomponer externamente lo que en los ámbitos internos de las emociones nunca se había perdido. Bienvenida sea la pasión futbolística si puede romper incomprensibles tabúes. España había obtenido éxitos del mismo nivel en otros deportes -ciclismo, baloncesto, tenis, automovilismo, hockey-, pero sólo el fútbol es capaz, en sus momentos de gloria, de dar la vuelta entera a la vida de un país, de aunar sentimientos y colectivizar voluntades; sólo él puede conseguir que millones de brazos se levanten a la vez con un grito unánime de alegría. Incluso los que no somos especialmente futboleros terminamos rendidos a su misterioso poder. Lo visto el domingo en todas las ciudades españolas y el lunes en Madrid no está al alcance de ningún otro sujeto agente, por muy instigado y organizado que se pretenda desde cualquier instancia. Faltarían las vibraciones de las fibras más íntimas. Cómo no tener respeto a este juego de apariencia infantil y trascendencia insospechada, capaz de renovar entusiasmos que se creían dormidos. Porque nunca se pudo decir con mayor exactitud que esta victoria supone el triunfo de unos colores. Los de la bandera.
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